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¡Para bien o para mal, tendrá a su heredero! Alessandra Wright podría haberlo perdido todo por una sola noche de pasión. El hombre con el que se dejó llevar fue Michail Sullivan, el hijo ilegítimo del cliente al que más desprecia. Ahora no solo debe enfrentarse a las explosivas cláusulas del testamento de su difunto padre… sino también confesarle que está embarazada. Michail Sullivan no confía en nadie, y mucho menos en la mujer que ha irrumpido en su vida con el momento y las circunstancias perfectas para atraparlo. Pero para asegurar su herencia y proteger su legado, Alessandra se convertirá en su esposa. Su matrimonio será solo un acuerdo. Hasta que la atracción entre ellos empiece a romper todas las reglas.
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Seitenzahl: 211
Veröffentlichungsjahr: 2026
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© 2025 Emmy Grayson
© 2025 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
La propuesta de su cliente, n.º 233 - marzo 2026
Título original: Pregnant Behind the Veil
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 9791370172527
Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Portadilla
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Alessandra
Presiono la palma contra la suave curva de mi vientre, sintiendo un sutil movimiento en mi interior. No son mariposas. Es un bebé. Mi bebé.
Sonrío mientras acaricio delicadamente mi piel, preguntándome si él ya puede percibirlo. Estoy de diecinueve semanas, aunque solo lo sé desde hace dos. En estos catorce días, mi mundo se ha transformado por completo: toda mi atención se ha volcado en este pequeño ser que crece dentro de mí.
Mis ojos recorren los millones de luces que brillan más allá de la ventana, como un campo de estrellas sobre el horizonte de Nueva York. Los últimos retazos de nubes de una tormenta vespertina se disipan lentamente, dejando vetas violetas y naranjas en el cielo nocturno.
He disfrutado de esta vista durante más de un año, desde que obtuve mi certificación como Especialista en Planificación Patrimonial. Con ella llegó un aumento de sueldo, esta oficina en una esquina del edificio y aún más trabajo. Lo adoro: la variedad de mis tareas, el impacto tangible que genero, el orgullo de marcar la diferencia en uno de los bufetes de derecho patrimonial más prestigiosos del mundo.
Mi mirada abandona la ventana y se posa en las cajas esparcidas por la oficina, los estantes medio vacíos y los huecos en las paredes. Unos dedos invisibles se clavan en mi pecho, aferrando mi corazón y estrujándolo. En ese instante de dolor, siento el peso de los últimos trece años: días saturados de clases, noches interminables de trabajo y estudio, la llamada que me anunció el empleo de mis sueños.
Todo evaporado por una aventura de una sola noche.
Aprieto los dedos contra mi vientre. Antes de aquella consulta médica hace dos semanas, habría dado cualquier cosa por retroceder en el tiempo y apartarme cuando Michail entró en el bar. O, mejor aún, arrojarle el contenido de mi copa a la cara.
Pero cuando el doctor pronunció las palabras «vas a ser madre», los remordimientos se disiparon, reemplazados por un amor feroz e instintivo hacia mi hijo por nacer. Nunca me había permitido reconocer cuánto deseaba la maternidad, sobre todo cuando mi relación más larga apenas había durado seis meses. Eso fue hace casi dos años. Basta de añorar lo que pudo haber sido.
Mi futuro ya no pasa por conservar esta oficina ni por ascender a socia en Kingston, sino por dar un giro decisivo en mi carrera. Se avecinan nuevos acontecimientos, y con ellos, un regalo extraordinario. Esta noche marcará el último paso: el momento definitivo para liberarme, por fin, y avanzar hacia mi nueva vida.
Ahora solo tengo que decirle a mi antiguo amante que será padre antes de que acabe el año.
«Sullivan». Mi sonrisa se desvanece al susurrar su nombre en mi mente.
Aunque no es solo Sullivan. Es Michail. Michail Sullivan, un multimillonario hecho a sí mismo, experto de renombre mundial en seguridad doméstica y privada, y, como se descubrió recientemente, hijo ilegítimo del difunto Lucifer Drakos.
El mismo Lucifer Drakos que, hasta su muerte hace casi tres meses, fue mi cliente más rico y detestable.
Me levanto y camino del escritorio a la ventana. No sabía nada de Michail cuando nuestras miradas se cruzaron en un bar junto a un acantilado en Grecia, hace cinco meses. Solo vi su mandíbula cincelada, labios carnosos curvados en una media sonrisa, y el deseo ardiendo en sus ojos. Incluso cuando me advirtió de que lo que compartiéramos empezaría y terminaría esa noche, no apagó mi deseo. Al contrario, la naturaleza prohibida de una aventura fugaz solo me hizo anhelarlo más.
Fue una noche de pasión abrasadora, de placer como nunca había conocido e, inesperadamente, de momentos de ternura: secretos susurrados en la oscuridad mientras la luna bañaba la habitación con luz plateada. Esos instantes abrieron la puerta a un anhelo distinto cuando desperté con el sol matutino iluminando su piel bronceada, haciendo que deseara conocer a ese hombre, pasar más tiempo con él y quizá imaginar algo más allá de una sola noche.
Me aparto de la ventana. No hubo rastro de ternura cuando irrumpió en mi oficina hace diez semanas. Una chispa de esperanza brilló un instante cuando alcé la vista y lo vi en la puerta, creyendo que había venido por mí.
Entonces la realidad no solo se entrometió: derribó la puerta, haciéndola añicos al ver sus ojos a plena luz del día por primera vez.
De un azul pálido, casi translúcido. Los mismos ojos que los de Lucifer.
Me había acostado con el hijo de un cliente.
Una náusea me sube por la garganta. Inspiro profundamente y exhalo. Nunca he violado el juramento que hice al convertirme en abogada. Transgredir mi ética de forma tan espectacular, aunque sin saberlo, me revuelve el estómago.
Michail no se molestó en ocultar su desprecio mientras me fulminaba con la mirada durante la lectura del testamento, una reunión que lo dejó a él y a sus dos medio hermanos atónitos. El documento revelaba que Lucifer exigía que Michail y su hermano menor, Gavriil, contrajeran matrimonio en el plazo de un año y alcanzaran su primer aniversario. El mayor, Rafael, se había casado recientemente, aunque todavía no cumplía el requisito.
Le sugerí a Lucifer que eliminara esa cláusula. Por primera vez en mi carrera, discutí con un cliente. Se negó rotundamente y me dejó la ingrata tarea de comunicar el alcance de sus manipulaciones.
Gavriil reaccionó con furia, aunque también con determinación. Rafe permaneció reservado, como siempre. Pero Michail… era como contemplar un volcán a punto de estallar, con los ojos ardiendo en llamas azules y los puños apretados. Dijo que prefería reunirse con Lucifer en el infierno antes que casarse o aceptar un solo centavo. Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se volvió y me atravesó con aquella mirada incendiaria.
–Y si alguien intenta convencerme de lo contrario, no le van a gustar las consecuencias.
Eso fue casi amable, comparado con las acusaciones que me lanzó cuatro semanas después, durante la recepción de la boda de Gavriil: teorías disparatadas sobre una supuesta conspiración mía con Lucifer para chantajearlo, sobre haberlo buscado únicamente para obtener un beneficio personal. Me acusó de ser como todas las demás mujeres que, según él, solo habían intentado poner las manos en su fortuna.
Odio que esa última acusación me doliera tanto. No solo redujo nuestra noche a una aventura más, sino que me etiquetó como oportunista, cazafortunas, mentirosa. ¿Cómo pude ser tan ingenua como para creer que, en aquellos momentos compartidos, pudo sentir por mí algo real? Para él, no fui más que un cuerpo disponible, sexo sin compromisos.
Yo fui la idiota que lo vio como alguien de quien podría enamorarse.
El timbre estridente del teléfono interrumpe mis pensamientos. Miro la pantalla: el número de recepción, atendido por Donnie, el guardia nocturno.
Dejo que suene una vez, dos. Luego presiono el altavoz.
–Hola, Donnie.
–Buenas noches, señorita Wright. Su visita ha llegado.
Un nudo se forma en mi garganta.
–Gracias.
Donnie chasquea la lengua.
–Espero que no trabaje tanto en su próximo empleo. Debería salir con amigos… tal vez tener una cita.
–¿Te estás ofreciendo, Donnie?
Él suelta una carcajada al otro lado de la línea.
–Si tuviera treinta años menos y no estuviera casado, señorita Wright, yo… –Se queda en silencio de repente y, unos segundos después, continúa–: ¿Quiere que esté presente? El tipo parecía como si acabara de masticar vidrio…
–Probablemente lo hizo. –Unos golpes en la puerta me sobresaltan–. Estoy bien, Donnie. Te lo prometo.
–La llamaré en diez minutos.
–Con suerte, se habrá ido en cinco.
Cuelgo, me aliso la falda, respiro hondo y camino hacia la puerta. Cada paso retumba en mis huesos, mientras el miedo choca con el recuerdo de un cuerpo musculoso presionándome contra las buganvillas que caían sobre un muro de piedra, besándome como si fuera su último aliento.
Dios, necesito que esto termine.
Otro golpe, más fuerte y seco, suena cuando alcanzo el pomo. La irritación me ofrece algo a lo que aferrarme. Enderezo los hombros, levanto la barbilla y abro la puerta.
Está demasiado cerca, con su imponente presencia ocupando por completo el umbral mientras se cierne sobre mí. Lleva las manos en los bolsillos de unos pantalones negros y una camisa azul marino ceñida a su pecho, con las mangas remangadas hasta los codos y el botón superior desabrochado, como si nada le importara. Es la encarnación misma de la riqueza, el poder y la seguridad, envueltos en un cuerpo alto y musculoso. El calor irradia de su piel y un aroma terroso, amaderado, se desliza hasta mí, tentándome a caer de nuevo en el pasado: no solo en nuestra noche juntos, sino también en el impacto que apenas logré ocultar cuando entró en mi oficina hace más de dos meses y descubrí que Michail Drakos y Sullivan eran la misma persona.
A regañadientes, echo la cabeza hacia atrás para observar su rostro atractivo y ceñudo: la mandíbula cuadrada, tensa bajo una barba oscura; los labios carnosos, que antes se curvaban en sonrisas seductoras, ahora forman una línea rígida. Y sus ojos… azul pálido, casi translúcido, como los de su padre y sus hermanos.
No lo noté en la penumbra del bar, ni en las calles de Santorini, ni en la villa donde bajé la guardia ante un desconocido que, por una noche, me hizo sentir menos sola en el mundo. Pero ahora, con la sospecha y la ira brillando en su mirada, sé que fui una tonta por muchas razones.
Al verlo junto a Rafe y Gavriil, el parecido familiar resultó imposible de ignorar.
–Veo que la paciencia no es una de sus virtudes, señor Sullivan.
–Pensé que habías cambiado de idea y te habías ido. Como siempre.
Mi espalda se tensa. No le debo explicaciones por dejar su cama al amanecer, no cuando dejó claro que nuestra aventura no iría más allá de una noche: sin preguntas, sin compromisos, solo sexo.
Y en la boda de Gavriil, me fui porque fue un bastardo cruel. Merecía más que acusaciones y conspiraciones ridículas.
Retrocedo y le indico que entre. Su mirada recorre el espacio, como esperando encontrar alguna trampa.
–No voy a asesinarte –le digo.
Él me lanza una mirada dura y recelosa.
–Aunque sea tentador –añado con una sonrisa dulce.
Su mirada se afila, intentando descifrar si hablo en serio. Ni yo lo sé. Cuando pasa junto a mí, ese aroma a tierra y especias lo sigue. Me preparo, cierro la puerta y me dirijo al escritorio. Él observa las cajas.
–¿Te mudas a otra oficina?
–En cierto modo. –Mi corazón se retuerce. Marcharme duele como un fracaso, pero es lo correcto–. He aceptado un puesto en Regent Capital Planning.
Arquea una ceja, sorprendido pero crítico.
–¿Asesoramiento financiero? ¿Dejas Kingston?
Señalo la silla frente a mi escritorio, pero él niega mi invitación con la cabeza. Permanece de pie, con las piernas separadas y los hombros tensos, como un depredador listo para atacar.
Entonces me preparo para hacer trizas su mundo…
–Tuve suerte de que el bufete me permitiera encargarme del patrimonio de tu padre después de informar sobre nuestra… relación.
–¿Que hiciste qué?
Frunzo el ceño ante su tono cortante.
–Informé a los socios y me reuní con el comité de ética –digo–. Una reunión incómoda, en la que tuve que compartir detalles de mi vida sexual con jefes y colegas. Una vez que confirmaste por correo electrónico que renunciabas a tu herencia y que no querías tener más contacto ni con Kingston ni conmigo, me autorizaron a continuar, aunque bajo supervisión.
Él parpadea.
–Me sorprende que lo hayas contado.
–Era lo correcto –respondo, conteniendo el impulso de llevarme las manos al vientre.
–Lo correcto… –repite tras un resoplido burlón.
¿Qué esperaba? ¿Que seis semanas bastaran para cambiar su opinión? ¿Para borrar su crueldad?
–A diferencia de tus acusaciones, yo priorizo la ética y la integridad.
–Integridad… Tú y yo tenemos definiciones diferentes, señorita Wright.
Consigo contener las ganas de arrojarle algo a la cara.
–Dadas las fantasías que inventaste sobre Grecia, sí –le digo.
Una tormenta oscurece su rostro.
–Fantasías no, sospechas. Y están justificadas.
Me toco los labios. Sus ojos siguen el gesto, y su mandíbula se endurece al fijarse en mi boca. Un calor traidor se acumula en mi vientre. Puede odiarme, pero él también recuerda esa noche.
Bien. Merece sufrir.
–Mi favorita: que te seguí hasta Santorini, situándome estratégicamente en los lugares que solías frecuentar para que me vieras y te enamoraras. O que conspiraba con tu padre para seducirte, casarme contigo y someterte.
No dice nada. Solo me observa con el ceño fruncido. Es demasiado pedir que reconozca lo absurdo.
Niego con la cabeza.
–Podrías ser escritor. Te sobran imaginación y dramatismo.
–¿Lucifer y tú erais amantes?
Me dan ganas de vomitar.
–No creí que pensaras tan mal de mí. –Levanto la mano cuando intenta hablar–. Lucifer me doblaba la edad, era una víbora malvada y, además, mi cliente. Todas nuestras reuniones, excepto una, fueron virtuales por su estado de salud. La única en persona fue al día siguiente de conocerte. –Me pongo de pie, con la furia vibrando en cada fibra de mi cuerpo–. Nunca me acostaría con un cliente.
–¿Solo con sus herederos?
Se me hiela la sangre.
Alzo la barbilla. Es hora de zanjar el tema. Debo decírselo, aunque también debo mantenerlo alejado de mi bebé.
–Te pedí que vinieras para decirte que estoy embarazada. Y no hay ninguna duda de que tú eres el padre.
El mínimo ensanchamiento de sus ojos y el tenso movimiento de sus fosas nasales me saben a victoria.
–No necesito que me creas –añado, sentándome y apoyando las manos entrelazadas sobre la mesa–. Te lo digo únicamente por una cuestión ética. Puedo criar a este hijo sola. No quiero nada de ti.
Le indico la puerta con un gesto seco.
–Gracias por venir, Sullivan. Ya puedes irte.
Michail
El débil aullido de una sirena asciende desde las calles abajo, mientras el aire frío susurra a través de las rejillas de ventilación y un reloj en algún lugar marca el paso del tiempo con un tictac insistente. Mi corazón late con tal fuerza contra las costillas que duele, pero yo la miro fijamente. Ella me devuelve la mirada: calmada, serena, controlada, como si no acabara de lanzar una bomba que altera por completo el rumbo de mi vida.
Alessandra Wright. Deslumbrante y casi inalcanzable, con pómulos elegantes y una mandíbula bien definida que reflejan su confianza inquebrantable, equilibrados por grandes ojos verdes y labios carnosos. La belleza es la misma, pero la mujer que conocí como Lexi durante aquella noche fugaz llevaba el cabello castaño rojizo suelto y ondulado. Alessandra lo recoge en un moño pulcro en la nuca. Lexi sonreía de un modo que hacía brillar sus ojos con calidez genuina; cuando Alessandra sonríe, es un gesto frío, como si marcara una casilla en lugar de revelar una emoción real.
No tengo idea de quién es esta mujer en realidad. La mujer que supuestamente lleva a mi hijo.
Las piezas del rompecabezas comienzan a encajar. Desde que entré en su oficina y descubrí que la mujer con la que me había acostado meses atrás era también la abogada de Lucifer, he intentado descifrar cuál era su objetivo final.
Ahora lo veo con claridad: el día que la conocí fue el mismo en que me encontré con Lucifer Drakos por primera y última vez. Mi padre biológico. El hombre que me dijo lo orgulloso que estaba de mi éxito, como si hubiera contribuido en algo, antes de añadir que podría ser aún más rico si me casaba dentro del año siguiente a su muerte.
Su máscara de magnate afable se deslizó entonces, revelando a un ser patético y rabioso cuando le dije que prefería irme al infierno antes que cumplir sus deseos.
Fue profundamente satisfactorio rechazarlo. Pero no esperaba que tuviera un plan de respaldo ya en marcha.
Alessandra.
Mi mirada desciende de su rostro hacia su vientre, aunque el escritorio me impide verlo con claridad. Si está fingiendo, su engaño no durará: un par de llamadas bastarán para que la inhabiliten antes de medianoche. Si intenta encasquetarme el hijo de otro para reclamar mi herencia, la demandaré por fraude.
Pero mientras la observo, buscando cualquier grieta en su fachada, la duda perfora mi determinación. Si no miente, si realmente está embarazada de mi hijo o hija, no hay forma de que me aleje. ¿Intenta manipularme emocionalmente? ¿Mantener al supuesto bebé fuera de mi alcance para provocarme y que acepte sus demandas? Sea como sea, no sacrificaré a un niño inocente ni lo dejaré sin padre solo para satisfacer mi venganza contra mi padre biológico.
–Quiero una prueba de paternidad.
Se encoge de hombros, como si estuviéramos discutiendo el clima.
–Si lo deseas… Aunque realmente no importa.
Me trago la furia antes de que tome el control de mi lengua.
–¿Realmente no importa?
El tono gélido de mi voz ha hecho palidecer a más de un director ejecutivo del Fortune 500. Alessandra simplemente arquea una ceja.
–No quiero ninguna manutención. –Sus ojos me recorren de arriba abajo, pero no con el hambre que mostró en Grecia antes de arrancarme la camisa. Ahora es una evaluación clínica, desinteresada–. No me pareces del tipo paternal, así que las visitas no serán un problema.
Nada de lo que dice tiene sentido. Aprieto la mandíbula: detesto no tener respuestas, y el anhelo persistente por ella desde que desapareció de mi cama me pone aún más irritable. Incluso ahora, bajo la sospecha y la ira, un calor diferente inunda mis venas. Sus pechos generosos presionan contra la blusa, y la curva de su cuello desnudo captura mi atención. Imagino quitándole las horquillas del pelo, dejando que esa cascada castaño rojiza caiga sobre sus hombros antes de enredar mis manos en ella.
La sangre se agolpa en mi entrepierna, donde el deseo y la ira chocan, calentando mi cuerpo a niveles peligrosos. No he estado tan cerca de perder el control desde nuestra noche juntos.
Respiro hondo y suelto el aire despacio, mesurado, hasta que mi pulso vuelve a algo parecido a la normalidad. Tendré que lidiar con esta atracción molesta más tarde. El problema inmediato es determinar si miente. Si no, tengo preocupaciones mayores, empezando por hacerme a la idea de convertirme en padre. Ser padre no estaba en mis planes, pero si Alessandra está embarazada y el bebé es mío, estaré ahí para él como el mío nunca estuvo.
–Si estás embarazada y el niño es mío, no voy a ninguna parte.
Abre mucho los ojos mientras se inclina hacia delante, con un movimiento repentino y ligeramente frenético.
–¿Qué?
–Si el niño es mío, no voy a dejar que lo críes sola.
El color se escapa de su rostro, y el miedo destella en sus ojos antes de que lo apague, como si pulsara un interruptor.
Maldigo mentalmente. Se me da bien leer a la gente: una habilidad que perfeccioné como policía y afiné al convertir Sullivan Security en un éxito internacional. Algo no encaja. Ni una sola vez, durante nuestra noche juntos, detecté manipulación.
Además, la situación es extraña. Nunca me contactó entre aquella noche y el momento en que entré en su oficina. Si su objetivo hubiera sido quedarse embarazada o seducirme para casarse conmigo, ¿por qué marcharse antes de que despertara y no volver a intentarlo?
Miro hacia la puerta de su oficina. Cuando crucé ese umbral por primera vez y la vi, lo primero que sentí fue un alivio profundo: «Ahí estás». Nunca he perdido la cabeza por una mujer; las disfruto, pero siempre las mantengo a distancia. Sin embargo, al despertar en una cama vacía después de aquella noche con Lexi, la decepción se instaló en mi estómago como un peso persistente que duró semanas.
Un peso que se alivió por un instante al verla tras el escritorio, con el cabello recogido y la figura envuelta en un traje azul marino que se ceñía a sus curvas. Pero luego volví a sentirlo con más fuerza al registrar su expresión distante, su saludo impecablemente profesional, y comprender que estaba vinculada a Lucifer.
Curioso cómo la lujuria y el deseo pueden convertirse en asco e ira. Sé lo fácil que es que la gente te decepcione, pero bajé la guardia por primera vez en décadas ante una mujer hermosa y triste en un bar.
Una mujer que ahora parece todo menos triste mientras me fulmina con la mirada.
–Dejémoslo claro, señor Sullivan. Se trata de mi hijo. –Su voz azota como un látigo de hielo, y una mano se mueve instintivamente hacia su vientre, un gesto que habla por sí solo. El pecho se me oprime–. No tuyo, no nuestro: mío. No te necesito y desde luego no quiero que estés involucrado.
Un golpe rompe la tensión. Giro la cabeza de golpe, y Alessandra se vuelve hacia la puerta. En ese momento, veo la pequeña curva presionando contra la tela de su vestido.
La posesividad me aprieta el pecho como un tornillo que se cierra con cada paso que da hacia la puerta. Es la misma que surgió al ver a mi medio hermano, Gavriil, coquetear con ella durante la lectura del testamento. Entonces pude descartarla, amparándome en el shock y la furia para sofocar cualquier sentimiento residual.
Pero ahora, mientras mi mundo se reduce a ella y a esa diminuta protuberancia, quiero ir a su lado, llevarla a algún lugar privado y exigir respuestas.
Cierro los puños mientras abre la puerta.
–Hola, Donnie.
Parpadeo ante el cambio en su tono: cálido, acogedor. Me catapulta de vuelta a Santorini, cuando nuestros ojos se encontraron por primera vez y me regaló una sonrisa que me hizo querer poseerla tanto como venerarla. Cuando dijo «Hola» con esa voz ronca que se deslizó sobre mí como seda caliente, como si me hubiera estado esperando toda la noche.
–Solo quería ver cómo estaba, señorita Wright.
La mirada de Donnie vuela hacia mí. Le devuelvo la mirada fijamente; el hombre me ha tenido en el punto de mira desde que me vio llegar, recibiéndome con ojos entornados y voz plana.
–Estamos bien. El señor Sullivan y yo estamos terminando. Te aviso cuando nos vayamos.
La sonrisa en su voz despierta un remolino desagradable de celos. Ridículo, considerando que es solo amabilidad hacia un compañero lo bastante mayor como para ser su padre. Pero está ahí, y maldita sea, tengo que controlarlo.
Alessandra cierra la puerta tras él. Cuando se gira hacia mí, su rostro recupera esa máscara fría.
–Tus compañeros parecen apreciarte.
Su boca se afina mientras parpadea una, dos veces, y la máscara se desliza solo una fracción.
–Son buena gente.
–Sin embargo, te vas. –Miro las cajas esparcidas por su oficina–. ¿Por el bebé?
Pasa un largo momento antes de que asienta una vez. Una culpa no deseada me pincha entre los omóplatos.
–Kingston nunca fue mi plan para siempre. No esperaba irme tan pronto. –Mira alrededor de su oficina–. Pero lo manejaré.
–¿Y no quieres nada de mí?
La investigación que encargué sobre ella hace tres meses no reveló irregularidades financieras ni deudas. Vive con austeridad para su sueldo: un apartamento de un dormitorio en Astoria, Queens, usuaria frecuente del metro. Podría mantener al niño por su cuenta.
