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Su esposa quiere... ¡una noche de pasión con su marido! Tessa. Mi matrimonio con el multimillonario griego Rafael Drakos no fue la unión apasionada que yo deseaba desesperadamente. Descubrir eso me hizo darme cuenta de lo protegida y limitada que he vivido siempre. No voy a negarme el amor y la pasión que merezco, así que quiero el divorcio... Rafe. Mi esposa por conveniencia no puede obtener lo que pide… todavía. No hasta que cumplamos un año de casados y yo pueda reclamar mi herencia. Pero no esperaba lo que Tessa me exige a cambio: una apasionada noche de bodas. ¡Ni tampoco el deseo salvaje que desata en mí!
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Seitenzahl: 207
Veröffentlichungsjahr: 2026
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© 2025 Emmy Grayson
© 2025 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Todo lo que puedo ofrecerte, n.º 232 - febrero 2026
Título original: Still the Greek’s Wife
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 9791370172510
Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Portadilla
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 18
Capítulo 19
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Rafe
Nunca había contemplado el asesinato; hay métodos más lógicos para tratar con la gente. Tener mil setecientos millones de euros me ofrece más opciones que a la mayoría. Pero, mientras observo a mi esposa sonreírle a un desconocido en París y, mientras él la besa en la mejilla, aprieto los dedos sobre el volante y evalúo las posibilidades. Contratar a alguien no sería difícil. Empujarlo desde la Torre Eiffel, tampoco.
No son celos. Es ira. Nunca he tolerado que nadie rompa un contrato. Eso incluye a mi esposa, aunque nuestro matrimonio sea solo en papeles. El mismo contrato que incluía una cláusula de fidelidad de dos años. Quizá por eso pide el divorcio apenas cuatro meses después de casarnos: para seguir libremente con el rubio que gesticula de forma exagerada, casi cómica. Sus movimientos me recuerdan a un payaso de circo.
Y Tessa…
Se me encoge el pecho. Tessa está preciosa. Su cabello rubio oscuro cae espeso sobre los hombros. Lleva un vestido azul claro que sigue la esbelta curva de su torso antes de abrirse en una falda amplia hasta las rodillas.
Me sorprende verla con las piernas desnudas. Nunca la había visto usar nada distinto de vestidos largos, faldas o pantalones holgados. Cuando la vi en la boda de mi hermano Gavriil, hace cuatro semanas, logró sacarme de mi apatía habitual. Moviéndose con seguridad sobre las muletas, riendo y conversando con desconocidos, despertó en mí una chispa de orgullo. Su madre, siempre sobreprotectora, la había limitado a mirar desde la distancia en lugar de permitirle participar.
Pero eso ya no es así.
El hombre se agacha y la abraza, rodeándole la cintura con una intimidad que me impulsa a salir del coche. Resisto las ganas de dar un portazo y cierro la puerta en silencio. Cruzo la calle con la mirada fija en mi esposa. Que, aparentemente, ha decidido romper nuestro acuerdo.
Cuando entré en mi habitación la noche de nuestra boda y encontré su carta sobre la almohada, me sentí como si me atravesaran el pecho y me dejaran vacío por dentro. Una sensación que solo había experimentado dos veces antes. Supe que debía apartarla de mi vida antes de que se convirtiera en un problema. Me centré en los hechos tal y como ella los exponía en su carta: estaba aprovechando nuestro matrimonio concertado para vivir de forma independiente en París y me deseaba lo mejor en mis futuros proyectos. Una carta fría y directa escrita por alguien a quien había considerado tan cercana como una amiga.
Nunca he perseguido a una mujer, y menos lo iba a hacer con alguien que había demostrado una astucia insospechada bajo su aparente tranquilidad. Mi intención era simplemente ofrecerle la oportunidad de dejar la casa de sus padres, una vida nueva con recursos que la mayoría ni siquiera puede imaginar.
Pero ella no quería saber nada de mí ni de mi dinero. Casarse conmigo le dio el valor para dejar atrás su antigua vida. Así que hice lo que mejor sé: prioricé mis objetivos. La boda se celebró. Ya tenía lo que necesitaba. Nuestro matrimonio convenció a su padre de venderme la prestigiosa agencia inmobiliaria que había heredado: una empresa con décadas de renombre y una montaña de deudas que habrían arruinado a Nolan Sullivan sin mi intervención. Invertir en ese proyecto me mantuvo concentrado.
Hasta hace tres días, cuando recibí una petición de divorcio en mi villa privada, en una isla a poca distancia en barco de Santorini. La leí desde mi balcón, con vistas a su modesta casa. La misma casa donde le propuse matrimonio hace siete meses, antes de saber nada sobre el plan demente de Lucifer.
Solo recordar ese momento me oprime el pecho. Tessa estaba sentada en su balcón, en su silla de ruedas, mirando el mar con una tristeza que me golpeó. Me di cuenta entonces de que la había visto así muchas veces. Y que proponerle matrimonio no solo me daría lo que yo quería, sino que podía ofrecerle algo más que la existencia limitada en la que vivía.
Me senté a su lado y le expliqué lo que su padre y yo habíamos acordado. Cuando le pregunté si quería ser mi esposa, vi esperanza en sus ojos. Esperanza y algo más que afecto casual. Algo a lo que respondí… y que luego desapareció con la misma rapidez.
Pero da igual, nada de eso importa. Si quiere el divorcio, se lo daré. No me interesa estar atado a alguien que no quiere estar casado. Vi lo que eso hizo con mi madre.
Pero necesito que Tessa siga llevando mi apellido durante un tiempo. Solo ocho meses más y heredaré oficialmente todo lo que mi padre me dejó, incluida la empresa para la que me criaron. Una empresa vinculada a una condición final: estar casado al menos un año.
Tessa aún no sabe nada de esa cláusula. Yo tampoco lo supe hasta hace poco más de un mes, en la lectura del testamento. Gavriil se había casado con una periodista para conservar su parte. Mi otro hermano, Michail –cuya existencia desconocía hasta entonces– maldijo a nuestro padre y se largó furioso.
Yo ya había cumplido la primera condición cuando le puse el anillo a Tessa en una ceremonia íntima celebrada en nuestra isla frente a la costa de Santorini.
Pero hay una segunda cláusula, ahora en peligro por la decisión de Tessa de solicitar el divorcio. Si no llegamos a nuestro primer aniversario, lo perderé todo. Y, le guste o no, su intento de romper el contrato reabre una herida que no sabía que existía hasta recibir la carta del abogado de Atenas.
Objetivos. Tareas. Metas concretas que puedo evaluar, medir, alcanzar. En eso destaco. No en emociones, compromisos sociales ni matrimonio. Todo este lío demuestra que mi filosofía ha sido acertada: estar solo es lo mejor.
Llego al otro lado de la calle.
Es hora de recordarle lo que tiene que perder con su supuesto romance y con su ridícula petición.
Tessa me mira cuando el hombre la suelta. Sus ojos se agrandan, pero no hay pánico ni vergüenza en aquellas profundidades marrón dorado. Solo sorpresa. Su falta de remordimiento me llena de ira.
–Bonjour, señora Drakos.
Sus labios se tensan en una línea firme.
–Hola, Rafael.
Touché. Detesto mi nombre completo, y ella lo sabe. También detesto tener que reprimir la sonrisa de admiración que amenaza con escapar.
–¿Es tu marido? –pregunta el rubio, mirándonos como si siguiera un partido de tenis.
La ira alimenta mis siguientes palabras:
–Lo soy.
En lugar de retroceder, el idiota extiende la mano y me la estrecha.
–Encantado de conocerte. Tu mujer es increíble.
Habla con la efusividad de un adolescente. Empiezo a considerar poco probable el romance entre ellos.
Suelto mi mano de su agarre húmedo.
–Yo también lo creo.
El suave resoplido de Tessa me sorprende, igual que la mirada que me lanza cuando bajo la vista hacia ella.
–Ni siquiera estaría haciendo esto sin ella –continúa el hombre, aparentemente ajeno a la tensión–. Pensé en la Torre Eiffel para declararme, pero Tess creyó que los jardines eran mejores, y lo son.
¿Se callará alguna vez?
–Incluso me ayudó a elegir el anillo.
La presión en mi pecho se alivia: está ayudando a este hombre a declararse a otra persona. Pero regresa de nuevo en cuanto noto que la mano izquierda de Tessa está desnuda.
Recuerdo la boda de Gavriil. Nuestra interacción fue mínima. Nunca le miré las manos. ¿Cuánto tiempo lleva sin usar el anillo?
No debería importarme. Pero me importa. Otro símbolo de su intención de romper nuestro acuerdo.
Nuestras miradas se cruzan. Sus mejillas se tiñen de rosa, pero no aparta la vista. Bajo la mía hacia mi propio anillo de plata, que brilla con la luz del atardecer. Ella sigue el gesto y frunce el ceño.
–Dios, lo siento –dice el hombre, avergonzado–. Soy Nathan. Nathan Jones. El novio de Katie.
La última pieza encaja. Katie, la hermana de Tessa, también desapareció la noche de nuestra boda. Una llamada bastó para saber que había acompañado a Tessa a París. Mi cuñada no me cae nada bien.
–Espero que sea mi prometida antes de que acabe la noche –añade Nathan.
La sonrisa que Tessa le dedica me irrita más de lo razonable.
–Hablando de eso, vas a llegar tarde si no te vas ya –le recuerda ella.
Nathan mira su reloj y maldice.
–¡Me voy! –Beso en la mejilla para Tessa, apretón de manos para mí–. Encantado de conocerte, Rafael.
Se va antes de que pueda corregirlo.
Me deja solo con mi esposa, que se muerde el interior de la mejilla para no reír.
–¿No podías haberlo corregido? Sabes que detesto que me llamen Rafael.
–Es un nombre elegante.
Nunca había notado cuán grande es la diferencia de estatura entre nosotros. La boda de Gavriil fue una nebulosa en la que luché contra dos demonios: abrir lo suficiente mi corazón para impedir que mi hermano cometiera un error, y mantener la distancia con Tessa. Verla me inquietó. Necesité espacio.
Ahora, a un palmo de distancia, lo percibo todo: el contorno delicado de su rostro en forma de corazón, sus ojos color caramelo y sus labios llenos que suavizan cada rasgo. La hace aún más hermosa la seguridad que desprende. Me envuelve una fragancia ligera y floral con un toque dulce al final.
–Tienes razón.
Ella parpadea.
–¿Qué?
–Es elegante –inclino la cabeza–. Igual que Contessa.
Ella frunce el ceño.
–Mi nombre no es elegante. Es ridículo.
–Noble y elegante –le respondo, disfrutando de cómo aumenta su rubor.
Ella resopla.
–¿Qué haces aquí? Creía que habíamos quedado mañana.
Contemplo su vestido y me fijo en el tono rosado de sus labios. Algo se enraíza en mi pecho. Siempre pensé que Tessa era atractiva, con un encanto inquietante que me atraía en silencio. Una idea que hacía aceptable casarme con ella para consolidar la fusión. Cuando imaginaba nuestro matrimonio, lo veía sencillo: serenidad, conversaciones tranquilas, una convivencia cómoda.
Ahora no hay comodidad. Hay deseo. No la atracción sutil que he mantenido bajo control durante dos años, sino algo que se mete bajo mi piel.
Me obligo a retroceder mentalmente. En este matrimonio no hay espacio para emociones que compliquen un acuerdo mutuamente beneficioso. Aun así, soy consciente de la suavidad de su piel, del brillo en sus ojos. Los trece años que nos separan nunca me molestaron. Hasta ahora, mientras mi mirada roza el contorno de sus pechos y me pregunto cómo se sentiría…
Aparto la mirada. Es solo la sorpresa de verla distinta.
–Las negociaciones han terminado antes de lo previsto –digo–. Me gustaría invitarte a cenar.
–¿Por qué? –pregunta frunciendo el ceño.
Fuerzo una sonrisa.
–Tenemos asuntos que discutir. Y estamos en una de las principales capitales gastronómicas del mundo. Más vale disfrutar mientras hablamos de un tema desagradable.
Ella mira su vestido. Los celos me tensan el cuello.
–A menos que tengas otro plan.
Me estudia durante un largo rato. Finalmente niega con la cabeza.
–Iba a salir a un restaurante. Pero puedo ir mañana.
La victoria me invade. He aprendido que, cuando alguien acepta el primer paso, la meta está al alcance.
Endereza los hombros y levanta la barbilla, como si se preparara para la batalla. Le sonrío. Puede luchar todo lo que quiera.
Pero antes de volver a Grecia, habré ganado la guerra.
Tessa
Echo un vistazo al comedor de La Tour d’Argent. Los manteles color marfil y las sillas de mimbre aportan calidez al espacio, mientras las vistas desde los ventanales dominan la escena. El Sena serpentea por París como una cinta azul oscuro salpicada de barcos. Las torres de Notre Dame se recortan contra el sol que desciende en el horizonte. Es el tipo de restaurante al que llevarías a alguien especial.
Mi mirada se dirige hacia Rafe, sentado frente a mí mientras examina el menú. Hubo un tiempo en que habría dado cualquier cosa por tener una cita con él. Ese hombre que cautivó mi imaginación infantil con su intensidad. Que se transformó en un héroe romántico inalcanzable en mi adolescencia.
El hombre del que me enamoré –o eso creí– simplemente porque fue el único que se fijó en mí.
El dolor en mi pecho se intensifica cuando sus ojos encuentran los míos. Sé lo que está haciendo: evaluándome, buscando alguna grieta en mi armadura que pueda usar a su favor. No tengo idea de por qué quiere que me quede. Desde luego, no es porque me desee. No voy a caer de nuevo en la trampa de pensar que la esperanza y el amor pueden con todo, al menos no con Rafael Drakos. Ese sueño murió la noche de nuestra boda, cuando escuché por casualidad lo que pensaba de mí y de nuestro matrimonio concertado.
Los acontecimientos de la última hora han dejado huella. El agotamiento me invade. Un dolor agudo me recorre las pantorrillas. Nada que no haya soportado antes, pero esta noche se siente más difícil. La fisioterapia de esta mañana, el uso de las muletas y la aparición repentina de mi futuro exmarido en mi puerta han pasado factura.
Aun así, me obligo a mantenerme erguida, a levantar con naturalidad mi copa y dar un sorbo modesto a mi rosado. He mejorado mucho defendiéndome y comunicando lo que necesito. Pero me niego a mostrarme vulnerable ante Rafe.
Observo por la ventana un barco turístico que navega río abajo. Este restaurante estaba en mi lista de lugares por descubrir este verano. Pero en lugar de leer el menú o disfrutar del París nocturno, mi atención se centra en él.
¿Duele porque me pone nerviosa saber por qué está aquí? ¿O es porque una parte de mí quiere aferrarse a él, a lo que pensé que podría ser nuestro futuro, aunque sé que debo dejarlo ir?
–¿Qué tal París?
La irritación atraviesa mis pensamientos.
–Por mucho que aprecie el intento de charla trivial, no finjamos, Rafe. Me invitaste a cenar para hablar de nuestro acuerdo.
Ladea la cabeza, con esa sonrisa aún presente. Pero no alcanza sus ojos. Este es el Rafe de siempre: calmado, frío, calculador. Tiene un motivo para estar aquí, y no soy yo.
El dolor se profundiza.
–No recordaba que fueras tan directa.
–He cambiado mucho.
–Ya lo veo.
Sus ojos se oscurecen mientras recorren mis hombros desnudos. Me paralizo. La tensión carga el aire cuando su mirada baja a mi escote y sigue por mi brazo hasta mis dedos en la copa.
Luego vuelve a mirarme. Me siento patética. No hay calidez en sus ojos, ni un atisbo de deseo. Solo hielo.
–Estás aquí por los papeles del divorcio.
–Así es.
El camarero llega con el bourbon de Rafe y un plato de brioche artísticamente dispuesto, cubierto con ricota, guisantes y beicon. Me concentro en la presentación, en el aroma relajante de las hierbas que me recuerda a mis paseos por Fontainebleau con Katie aquel primer mes.
Mejor pensar en eso que en el hecho de que esta es nuestra primera comida juntos como marido y mujer. Apenas probé bocado en la farsa de recepción de bodas. Estaba demasiado mal del estómago, demasiado destrozada por lo que había oído.
Calma, me digo. Me sirvo un trozo de brioche y lo muerdo, saboreando los sabores con un murmullo de aprecio.
–Recibí tu solicitud de divorcio.
Trago demasiado rápido y toso. Rafe me acerca un vaso de agua.
–¿Y? –pregunto tras aclararme la garganta, resistiendo las ganas de fulminarlo con la mirada.
–¿De verdad quieres el divorcio?
–No habría enviado los papeles si no fuera así.
Me observa durante tanto tiempo que sé que me está poniendo a prueba. Usa su legendaria capacidad de permanecer en silencio para hacerme hablar, para que revele algo que pueda usar en su estrategia.
Pero no hay ningún plan. Cuando Rafe me propuso matrimonio, dejó claro que era un acuerdo comercial. Quería la inmobiliaria que mi padre heredó tras las muertes inesperadas de mi abuelo y mi tía. Una empresa familiar de más de cincuenta años; por eso mi padre se aferraba a ella, aunque pudiera arruinarlo.
Mis labios se tuercen. Aferrarse a lo que no conviene parece tradición familiar.
Dejo el vaso y retomo la comida, ignorando la mirada penetrante de Rafe. Sabía lo que ofrecía cuando acepté. Me aferré al salvavidas que me tendió como alguien que se ahoga, sin preocuparme por ver quién me remolcaba. Creí, absurdamente, que con el tiempo él podría llegar a sentir algo más, y que mientras tanto podría conformarme con nuestra amistad.
Hasta nuestra noche de bodas. Hasta aquel horrible momento en que pasé por la biblioteca durante el cóctel y oí a Rafe hablar con su padre. Entonces entendí que todos mis cuentos de hadas eran solo eso: cuentos.
Pero también fue el último empujón que necesitaba para librarme de mis miedos. Volví a mi habitación, hice las maletas y organicé mi huida a Santorini con la ayuda discreta de un miembro del personal. Cada paso lejos de mi antigua vida fue como romper un grillete. Eso ayudó a contener el dolor de un corazón que llevaba años fracturándose.
Venir a París fue mi primer gran acto sola. En los últimos cuatro meses he construido una vida en la que no dependo de nadie más que de mí misma.
Tengo a Katie, y nuevos amigos. Tengo mi propio apartamento, la mitad del tamaño del dormitorio que Rafe me asignó en su villa. Me despierto cada mañana emocionada por enfrentar el día, en lugar de seguir un horario estricto diseñado por una madre más preocupada por protegerme que por dejarme vivir.
También tengo Tessa’s Interiors. Mi propia empresa de diseño. Ya está creciendo más rápido de lo esperado. De mis primeros tres clientes, dos son proyectos de diseño accesible. El tipo de trabajo con el que soñaba. Combinar funcionalidad con estética y crear espacios que representen a mis clientes… es un sueño hecho realidad.
En París no dependo de otros para ser feliz. Estoy creando mi propia felicidad. Y no voy a renunciar a ella por mi supuesto marido.
–¿Lo saben tus padres?
La irritación agudiza el dolor en mis pantorrillas y forma un nudo en mi estómago. Tengo veintiocho años.
–No se lo he dicho.
–¿Has hablado con ellos desde que te fuiste?
Suelto la tostada que iba a comer y me recuesto con un suspiro.
–No. –No menciono cómo mi madre saturó mi teléfono la primera semana con docenas de mensajes y cientos de textos hasta que cambié de número–. Soy adulta. Tengo mi propia casa, mi propio negocio y mi propio dinero para mantenerme hasta que mi empresa crezca más.
–El fondo fiduciario que te dejó tu abuela materna.
Por supuesto que conoce cada detalle de mi vida.
–Sí.
Ladea la cabeza mientras bebe de su copa.
–Una cantidad bastante modesta.
No oculto mi incredulidad.
–Dos millones de euros son una fortuna para casi cualquiera. Y solo los intereses me permitirán vivir durante décadas si no lo malgasto.
–Podrías tener más.
Cierro los dedos en un puño.
–No puedes ofrecerme lo que quiero.
Frunce el ceño.
–Soy uno de los hombres más ricos del mundo. Claro que puedo.
Dios. Gavriil tenía razón: su hermano mayor es incapaz de ver más allá de hechos y cifras.
Demasiado tarde, me doy cuenta de que lo dije en voz alta. El calor sube por mis mejillas.
–Yo…
–¿En qué tenía razón Gavriil?
El nerviosismo me seca la garganta. Tomo un largo trago de rosado mientras me preparo para responder.
–En que solo te importa Drakos Development.
Una de sus comisuras se curva.
–«Importar» es una palabra fuerte.
–Da igual. No hay espacio para nada más en tu vida. –Hago una pausa, luchando contra el dolor que intento ocultar–. Ni siquiera para una esposa e hijos.
Sus ojos encuentran los míos, ese azul pálido y enigmático que me sedujo cuando era joven e ingenua. Que permaneció en mi corazón tras tantas cenas, galas y eventos caritativos. Que confundí con algo que nunca fue.
–El contrato establece claramente…
–Sé lo que establece. –Intento mantenerme firme–. Y también sé que he cambiado de opinión.
Un parpadeo. Es la única señal de que me escuchó.
–Firmaste el acuerdo, Tessa.
–Lo hice. –Por razones equivocadas–. Pero he cambiado de opinión. Vivir en París me abrió los ojos a lo que es posible cuando no estoy encerrada en Santorini.
El destello de furia en su mirada me sorprende. Se inclina hacia mí.
–¿Encerrada?
Un escalofrío me recorre.
–Es una forma de hablar… –murmuro.
La ira desaparece tan rápido como llegó, reemplazada por su impenetrable indiferencia. ¿Acaso lo imaginé? ¿Sigo tan desesperada por una migaja de su atención que invento reacciones?
Se recuesta de nuevo y toma su bourbon.
–¿Te importaría explicarte?
El camarero aparece con otra copa de rosado. Normalmente me limito a dos. Pero esta noche rompo la regla. Vacío la primera copa y se la entrego, decidiendo cuánto compartir.
Mi madre…, su obsesión con mi cuidado tras el accidente. «Involucrada» es un término suave para definirlo. Durante años no hice nada para poner límites, porque mantener la paz parecía más fácil que afrontar mis propios miedos. Pero, al final, comprendí que vivía atrapada en una burbuja que no me dejaba respirar.
–A mis padres les costaba dejarme vivir mi propia vida –comienzo–. Mi madre cargaba con mucha culpa por mi accidente. Yo también. Intenté mantener la paz durante mucho tiempo. –Me encojo de hombros–. Un día me di cuenta de que era profundamente infeliz permitiéndoles tomar mis decisiones.
No menciono el ataque de histeria de mi madre cuando planeé viajar sola a París el año pasado, que me obligó a cancelar. Ni el resentimiento que eso reveló.
Protegida. Resguardada. Asfixiada.
Miro la Torre Eiffel iluminada a lo lejos. Para algunos es un cliché; para mí, un símbolo de nuevos comienzos.
–Así que mi propuesta llegó en un momento oportuno.
Tamborileo con un dedo la base de mi copa. Rafe no entiende de emociones, pero entiende de lógica.
–Sí.
¿Por qué me siento culpable? ¿Por qué debería importarme si él se casó conmigo solo por la empresa de mi familia?
–Una vez te liberaste de tus padres, te fuiste.
–Sí. –Una mentira enorme. Me fui porque lo oí decirle a su padre que la única razón para casarse conmigo era quedarse con la empresa. Un acto de venganza contra su propio padre. Mi matrimonio no era un acuerdo. Era un arma.
Oírlo así… mató a la chica que fui.
Pero también me salvó.
Una pareja pasa cerca. Él rodea a la mujer por la cintura y la besa en la frente. Antes, habría deseado tener algo así con Rafe.
Ahora sé que nunca lo tendría.
–¿Quieres tener hijos?
