Las caídas de Roma - Michele Renee Salzman - E-Book

Las caídas de Roma E-Book

Michele Renee Salzman

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Beschreibung

ROMA EN LA ANTIGÜEDAD TARDÍA: UNA HISTORIA DE CRISIS, RESILIENCIA Y RESURGIMENTO Entre finales del siglo III y el VII, Roma sufrió cinco grandes crisis políticas y militares, entre las que estaban el célebre saqueo, la ocupación vándala y la desaparición del Senado. Tradicionalmente los historiadores consideran que estos acontecimientos vertebraron la decadencia y caída de Roma. Sin embargo, durante todo ese larguísimo período la ciudad seguía siendo la más importante del Mediterráneo occidental y demostró, a pesar de las adversidades, que no solo supo sobrevivir, sino que incluso llegó a gozar de cierta prosperidad. Michele Renee Salzman ha investigado minuciosamente esta época turbulenta y ofrece una nueva interpretación de la longevidad de Roma y su capacidad para regenerarse, gracias a una sociedad romana que una y otra vez levantaba y reconstruía la ciudad. El resultado es un ensayo que, además de brillante, es esencial para comprender el fin de un imperio. «Las caídas de Roma, de Michele Salzman, no hace más que reescribir la historia de Roma en los últimos siglos del mundo antiguo. Basándose en una minuciosa atención a las evidencias de todo tipo, su relato ofrece una nueva perspectiva sobre casi todos los aspectos del destino de esta vasta ciudad y de las familias notables que se unieron una y otra vez para rescatarla y regenerarla tras cada crisis. Esto es sabiduría académica en su máxima expresión. El libro es un modelo a seguir y una obra maestra». Peter Brown, autor de El mundo en la Antigüedad tardía.

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Seitenzahl: 958

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Índice

1. Enfoques sobre el destino de la ciudad tardoantigua

2 El pacto de Constantino

3. Reacciones al saqueo de Roma del año 410

4. Roma después de la ocupación de los vándalos en el año 455

5. Por qué Gibbon no tenía razón

6. La caída de la Roma ostrogoda y la reconstrucción de Justiniano

7. La desaparición del senado

Cuadros

Lista de mapas

Lista de ilustraciones

Abreviaturas

Agradecimientos

Bibliografía

Notas

Título original inglés: The Falls of Rome: Crises, Resilience, and Resurgence in Late Antiquity.

© del texto: Michele Renee Salzman, 2021.

© de la traducción: María Luisa Rodríguez Tapia, 2025.

Edición de 2025 al cuidado de Sonsoles Costero-Quiroga.

© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2025

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

Primera edición en libro electrónico: octubre de 2025

REF.: GEBO727

ISBN: 979-13-8789-609-6

Composición digital: www.acatia.es

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.

1

ENFOQUES SOBRE EL DESTINO DE LA CIUDAD

TARDOANTIGUA

La experiencia no es lo que le sucede a un hombre; es lo que hace un hombre con lo que le sucede.

Aldous Huxley1

Mi corazón se conmueve por todo lo que no puedo salvar: se ha destruido tanto. Debo unir mi destino al de aquellos que, generación tras generación, perversamente, sin ningún poder extraordinario, reconstituyen el mundo.

Adrienne Rich, fragmento de «Recursos naturales»2

Este libro trata de lo que vivieron e hicieron muchas generaciones de hombres y mujeres como consecuencia de las crisis políticas y militares que asolaron la ciudad de Roma desde finales del siglo III hasta principios del VII. Roma seguía siendo la mayor ciudad del Mediterráneo occidental y una capital imperial, con una aristocracia asentada y unas instituciones de prestigio que habían permitido a los romanos gobernar un imperio desde el siglo III a. C. Las cinco crisis políticas y militares que analizaremos a continuación son aquellas que los historiadores han considerado cruciales para entender lo que se denomina la «decadencia y caída de Roma». Resulta interesante reflexionar sobre cómo esas crisis obligaron a los romanos a reconstruir su ciudad, ya que nos ofrecen otra perspectiva para comprender los tres últimos siglos del Imperio romano de Occidente, la ciudad imperial y la aristocracia senatorial. Aunque la suerte de los líderes de Roma —los senadores, emperadores, generales y obispos— fluctuó en una ciudad que perdió su población y vio reducidos sus recursos, los aristócratas siguieron siendo fundamentales para la recuperación de la ciudad. La resiliencia de los senadores romanos, que, una y otra vez, emplearon sus propios recursos para reconstruir la urbs en medio de tantas pérdidas, es significativa y conmovedora.

Sin embargo, quienes escriben sobre la historia de Roma en los últimos siglos del Imperio romano de Occidente suelen infravalorar la capacidad de recuperación y la fuerza de esa aristocracia senatorial en comparación con otras élites. Veamos un ejemplo paradigmático de ese error que también guarda relación con el elemento defensivo más importante de Roma: la muralla construida alrededor de la ciudad por orden del emperador Aureliano (270-275) contra una invasión bárbara que no llegó a producirse. Muy pronto, en los siglos inmediatamente posteriores, Roma fue blanco de sucesivos ataques durante los cuales la muralla de Aureliano y la reorganización del suministro de alimentos, ordenada también por él, resultaron fundamentales para la supervivencia de la urbs. Pero, además, la muralla y el abastecimiento simbolizan la capacidad de los romanos para rehabilitar la ciudad de Roma después de cada crisis militar y política.

ESPERANDO A LOS BÁRBAROS: LA MURALLA DE AURELIANO Y LA DEFENSA DE ROMA

Como todo lo que [había] sucedido [la guerra con varias tribus germánicas] era posible que volviera a ocurrir algo así, como había ocurrido en la época de Galieno. Después de pedir consejo al Senado, [Aureliano] amplió las murallas de la ciudad de Roma.3

En ese periodo lleno de incertidumbre de finales del siglo III, Italia tuvo que hacer frente a una serie de invasores. En 259, los pueblos germánicos llegaron hasta el sur de la ciudad de Roma. El Senado, en ausencia del emperador y el ejército, distribuyó armas entre los soldados y los ciudadanos para resistir el ataque.4 En 270, los jutungos invadieron el norte de la península. El emperador Aureliano, recién elegido por aclamación, los venció en otoño de ese año y después se enfrentó a los vándalos. Pero los jutungos regresaron a Italia y sorprendieron a Aureliano en un bosque próximo a Placentia (la actual Piacenza), y esa vez fue el emperador quien sufrió una derrota desastrosa.5 La noticia sembró el pánico, sobre todo porque los habitantes de Roma tenían demasiado presente el ataque sufrido en tiempos del emperador Galieno (253-268), tal como señalamos en el epígrafe al principio de este apartado.6 Los jutungos llegaron hasta el sur de Umbría pero fueron derrotados allí y de nuevo a las puertas de Ticinum (la actual Pavía). La cercanía del enemigo provocó disturbios en las calles.7 El Senado intentó restablecer la calma. Según el relato sin verificar que figura en la Historia Augusta, una obra anónima del siglo IV, algunos senadores recurrieron a los famosos Oráculos sibilinos, el conjunto de oráculos en verso griego que se consultaban durante las crisis para saber cómo evitar la ira de los dioses. Si es cierto lo que cuenta el libro —algo que sigue siendo objeto de debate, por la escasa fiabilidad de la Historia Augusta—, el Senado romano llevó a cabo ceremonias de purificación en nombre del pueblo.8

Cuando Aureliano entró victorioso en Roma en 271, se encontró con una ciudad sublevada. Los trabajadores de la ceca, temiendo las represalias por haber alterado la moneda, se levantaron en armas contra él. Varios senadores apoyaron la revuelta; según el autor anónimo de Historia Augusta, el historiador del siglo IV, Aurelio Víctor, junto al historiador de principios del siglo VI, Zósimo, fue una conspiración contra el emperador por parte de los senadores que estaban descontentos con el hecho de que el ejército le hubiera elegido a él para gobernar, y tal vez preocupados por que los acusaran de participar en la manipulación de la divisa.9 Estallaron los enfrentamientos entre las tropas y los rebeldes. Los trabajadores de la ceca y sus partidarios se retiraron al monte Celio, una de las colinas de la ciudad, donde murieron miles de soldados de Aureliano en combates cuerpo a cuerpo.10 Aureliano había tenido ya que enfrentarse a otras insurrecciones y quizá repitió en esos momentos una frase que iba a ser emblemática para legitimar su régimen: que «Dios le había dado la púrpura» porque había «nacido para gobernar».11 Las experimentadas tropas de Aureliano sofocaron la revuelta. Ejecutaron a los rebeldes y a varios senadores que los habían apoyado.12 Algunas fuentes posteriores dejaron constancia de la medida como un acto de venganza contra los senadores, motivado por la necesidad de dinero del nuevo emperador, pero también como un severo recordatorio de que era mejor cooperar que rebelarse.13

Aunque en el 271 Roma no había caído en manos de los jutungos germánicos, los habitantes y el nuevo emperador tuvieron que reconstruir la ciudad al mismo tiempo que su relación, y lo hicieron con una rapidez y una habilidad extraordinarias. La señal más visible de esta restauración de la ciudad, todavía manifiesta cuando se visita Roma hoy en día, fue la construcción de una muralla, la primera desde el siglo IV a. C. La muralla de Aureliano se extendía a lo largo de diecinueve kilómetros, tenía ocho metros de altura y tres metros y medio de grosor y estaba reforzada cada cien pies romanos (29,6 metros) con una torre cuadrada.14 Su propósito era claramente defensivo, pero pronto se utilizó para otras funciones, como la recaudación de impuestos. Ahora bien, lo que queremos subrayar es hasta qué punto la muralla de Aureliano redefinió enseguida la ciudad y la relación de sus habitantes con ella y entre sí. Como observó acertadamente Robert Coates-Stephens, a partir de un estudio arqueológico del palacio Sesoriano de Roma (véase el mapa 2), a partir de ese momento, todas las obras de construcción se empezaron a hacer dentro de los confines de la muralla; no hay indicios de que se siguieran construyendo edificios civiles fuera de ella.15 Los únicos tipos de estructuras comunitarias que se encuentran fuera en los siglos posteriores son cementerios y sepulturas con sus correspondientes iglesias..

La muralla aglutinó las interacciones humanas dentro de unos límites concretos y desarrolló relaciones nuevas desde el principio de su construcción. Para erigirla hizo falta, además del dinero imperial, el apoyo de gran parte de la población. El Senado, que había sido el encargado de proteger la ciudad una década antes, habría estado de acuerdo con levantar la fortificación para resguardar a sus miembros y sus hogares.16 Los senadores aristócratas también entendieron las ventajas de un proyecto de obras públicas que, como observó Hendrik Dey, sirvió para «encauzar las energías de las masas y desviarlas de otras vías más destructivas», puesto que dio empleo a varios miles de trabajadores.17 Construir la muralla fue una decisión beneficiosa para todos, que restableció la seguridad de Roma, mejoró la relación entre Aureliano y los habitantes de la ciudad y definió las interacciones de los residentes.

El hecho de que Aureliano reorganizara el suministro de alimentos de la ciudad también fomentó la buena relación con sus habitantes. Desde los últimos tiempos de la República se había concedido a diversos ciudadanos residentes en Roma, por sorteo, el derecho a disponer de cereal gratuito. En los primeros siglos del Imperio, los beneficiarios, ciudadanos varones adultos, eran aproximadamente entre ciento sesenta mil y ciento ochenta mil. Les daban unos vales (tesserae frumentariae) que canjeaban, primero ellos y después sus herederos, por raciones mensuales en el Porticus Minucia Frumentaria del Campo de Marte de Roma (véase el mapa 2).18 Se calcula que los beneficiarios del reparto de grano constituían entre una quinta y una cuarta parte de la población de la ciudad, así que era imposible que se pudiera alimentar de esta forma a toda la ciudad, que en el siglo I d. C. tenía un número estimado de entre setecientos mil y un millón de habitantes, y lo mantuvo hasta el siglo IV.19 Aunque los demás habitantes de Roma compraban el cereal en el mercado privado, las subvenciones públicas estabilizaban los precios de los alimentos para toda la población. Gracias a ello había menos posibilidades de que la comida escaseara y se produjeran disturbios, al tiempo que demostraba la generosidad del Estado. Los esfuerzos de Aureliano por mejorar el abastecimiento le dieron popularidad y le permitieron, además, ejercer un mayor control a los proveedores y administradores. Los cambios en el sistema beneficiaron a algunos de los nuevos gremios, como el de los panaderos, porque Aureliano pasó de distribuir gratis el grano a distribuir pan. Bajo su mandato se instituyó un sistema descentralizado para el reparto de pan en distintos lugares (escaleras o bancos) por toda la ciudad, que, además, hacía más fácil controlar a las muchedumbres. Por último, Aureliano ordenó que a quienes les correspondía el reparto gratuito se les diera también carne de cerdo, y ordenó que se vendiera vino a precios subvencionados a la población en general.20

La gestión de esta distribución de alimentos reestructurada y ampliada recayó sobre todo en los senadores aristócratas, a quienes la supervisión de los diversos aspectos del sistema de abastecimiento les ofreció unas oportunidades excepcionales de obtener sus propios beneficios económicos y políticos. Esta reorganización provocó la consolidación del poder entre los prefectos pretorianos, los gobernadores provinciales y los prefectos urbanos de Roma, todos ellos senadores cuyos nombramientos dependían del emperador.21 Pero, en Roma, la autoridad fundamental a cargo del suministro de alimentos era el prefecto urbano. Cuando el precio del vino era demasiado alto o los barcos cargados de cereal no llegaban a tiempo, tenía que hacer frente a multitudes furiosas y sanguinarias, capaces de quemarle la casa o causarle daño físico.22 Sin embargo, a pesar de esos posibles peligros, la participación de los senadores en este sistema reorganizado les daba unas oportunidades inigualables para incrementar su riqueza y su prestigio político. Se conservan dedicatorias inscritas en las que quedan patentes las redes clientelares que se desarrollaron entre los prefectos urbanos y los gremios dedicados al abastecimiento de comida como los panaderos, los proveedores de carne de cerdo y los comerciantes al por mayor.23 Además, esas redes proporcionaban compensaciones económicas directas, porque los senadores que eran prefectos urbanos solían ser también propietarios de fincas en Italia y el norte de África de las que procedían los cereales, el cerdo y el vino que consumía la ciudad, ya fuera a través de los comercios privados o del Estado.24

Aureliano también trató de asegurarse la lealtad de los senadores apelando a su protección religiosa. Decía que sus triunfos se debían a una deidad asociada a la victoria militar, Sol Invictus (el Sol Invicto), en cuyo honor construyó un nuevo y magnífico templo en el Campo de Agripa (que además era un lugar cómodo para almacenar el vino que distribuía a precios reducidos).25 Los senadores volvieron a tener un papel protagonista y aceptaron ser pontífices del Sol, pontifices Solis.26 Con Aureliano, y a partir de entonces, el nuevo colegio sacerdotal de Sol Invictus y el nuevo templo solar se convirtieron en un centro de actividad de la élite senatorial. En otra muestra de buen hacer en 271 Aureliano eligió a un senador occidental para que fuera cónsul con él y, en 272, permitió a todos los cónsules que fueran.27 El cargo de cónsul, asignado por el emperador y que conservaba todo su prestigio, seguía siendo la máxima magistratura del imperio, si bien ya no tenía ninguna función política o militar real, pero a quienes lo ostentaban proporcionaba respeto e influencia.28

Dados los métodos que empleó Aureliano para restablecer sus vínculos con Roma con los senadores aristócratas, no es de extrañar que ni él ni sus partidarios encontraran mejor recompensa para su enemigo, el derrotado Tétrico, que hacerle senador; y algunos relatos posteriores aseguran que casó a la reina Zenobia —a la que también había vencido— con un senador romano.29 El respeto de Aureliano por los senadores y su decisiva contribución a la fortificación de la ciudad hicieron que el autor del siglo IV de la Historia Augusta, más bien partidario del Senado, lo recordara con cierta admiración, a pesar de la dura represión que ejerció al principio de su régimen contra los insurgentes que le recibieron cuando llegó a la ciudad.30

Hay que saber valorar también de qué forma las élites romanas —los senadores y los militares de las cohortes urbanas— y la gente que no pertenecía a las élites colaboraron con Aureliano para restaurar la ciudad. Aureliano ofrecía incentivos, ya fueran materiales —la muralla, el templo, los alimentos— o intagibles —honores y sacerdocios— a cambio del apoyo a un emperador que tenía legitimidad divina y había «nacido para gobernar». Los senadores aprovechaban esas oportunidades para conseguir honores y cargos y así asumían una función de mecenazgo cívico al mismo tiempo que obtenían beneficios económicos tangibles. En esa relación, la religión tuvo especial importancia. El emperador, las élites y los demás ciudadanos la utilizaron para crear una nueva «topografía de la devoción» al Sol Invictus en la ciudad.31

Pese a todo ello, no se ha prestado suficiente atención a la resiliencia de los senadores romanos en esas circunstancias críticas ni a la construcción de la muralla y sus consecuencias a largo plazo para la supervivencia de la ciudad. Uno de los motivos es la brevedad del reinado de Aureliano, que duró menos de cinco años. Sin embargo, existe otra cuestión: el renacimiento urbano previo a Constantino no se ajusta fácilmente a los relatos tradicionales sobre «la decadencia y caída». Tampoco muchos historiadores modernos son totalmente conscientes de que la capital siguió siendo fundamental para la supervivencia material y política del Imperio romano. Por ahí empieza este libro, puesto que los trabajos más recientes sobre la ciudad de Roma nos obligan a revisar lo que sabemos sobre su posición en el Mediterráneo durante la Antigüedad tardía.

LA INFLUENCIA DE LA CIUDAD DE ROMA EN SU IMPERIO MEDITERRÁNEO

Este libro se centra en la ciudad de Roma, y no en un grupo de ciudades ni en el Imperio romano de Occidente en su conjunto, por la influencia de la capital a la hora de delimitar los contornos de su imperio mediterráneo. Roma era un centro de redes políticas, culturales y sociales desarrolladas por los romanos para afianzar su control en el Mediterráneo. Es importante destacar que «la ciudad» (urbs) —como se la denominaba— siguió siendo durante la Antigüedad tardía, en palabras de Robert Markus, «la cabeza, el centro y la suma del mundo; el mundo no era más que la versión ampliada de la ciudad».32 Esta equiparación era posible porque, como apuntó con ironía Lucy Grig:

Cuando se trata de «Roma» siempre hay cierta ambivalencia: Roma no es solo una urbs [ciudad], ni siquiera la urbs ([la ciudad] como lo era para tantos de sus habitantes): siempre hay un solapamiento entre la ciudad y la idea, urbs e imperium, urbs y orbis. La ciudad de Roma era al mismo tiempo símbolo y sociedad, material e inmaterial, y su topografía tanto simbólica y evocadora como infinitamente polivalente.33

Lo mismo ocurría en la Antigüedad tardía. La muralla de Aureliano era una proclamación material e inmaterial de la importancia que tenía la ciudad como núcleo urbano e imperial en todo el Mediterráneo durante el último periodo romano, hasta finales del siglo VI d. C.

Roma siguió ejerciendo una fuerza centrípeta que atraía tanto a las élites como a los que no formaban parte de ellas. La posición de Roma como capital del imperio fue el motivo principal de que «la clase dirigente invirtiera el botín imperial en el entorno urbano y de que llegara una avalancha de inmigrantes para satisfacer sus necesidades y disfrutar de una porción de esa riqueza; pero la élite hizo esa inversión precisamente porque la importancia de la ciudad les permitía establecerse y mantenerse en el poder. La propia grandeza de Roma era un elemento crucial de la ideología que sostenía su dominio».34 La llegada de hombres y mujeres inmigrantes a Roma servía para reponer la población de la ciudad y proporcionaba la mano de obra necesaria para los proyectos de construcción emprendidos por las élites y el Estado. La ciudad —con sus monumentos y su topografía, su «panem et circenses»— daba a los habitantes del imperio «el modelo de una nueva forma de vida que los romanos se apresuraron a poner ante los ojos de sus súbditos, actuales y futuros».35

Para satisfacer las demandas de la capital y su numerosísima población, los romanos desarrollaron una economía y una red comercial, además de unas estructuras sociales y políticas que se extendían por todo el Mediterráneo.36 En una época pretecnológica, satisfacer la demanda de recursos y mano de obra para sostener una ciudad de semejante tamaño era una hazaña impresionante. Alimentar a toda la ciudad también exigía una enorme capacidad organizativa. El reparto público de cereales —cuya reorganización se ha abordado como parte de la reacción de Aureliano ante la crisis— es un buen ejemplo de hasta qué punto el Estado romano y sus élites no solo invertían dinero y mano de obra, sino también prestigio, para afianzar la posición especial y la dimensión de la ciudad. Conseguirlo era un gran motivo de orgullo, que queda patente, por ejemplo, cuando el escritor y senador del siglo I Plinio el Viejo llegó a la conclusión de que «ninguna ciudad del mundo… podría compararse en magnitud con Roma».37 Aunque el reparto público de grano abastecía a menos de una cuarta o quinta parte de sus habitantes, las redes de comercio subvencionadas por el Estado, que coexistían con los mercaderes privados y que vendían cereal procedente de Egipto, el norte de África e Italia, permitieron que la población aumentara hasta alcanzar este tamaño sin precedentes.

El complejo sistema de abastecimiento de Roma continuó en la Antigüedad tardía y contribuyó a que siguiera siendo, desde el siglo IV hasta el siglo VI, la ciudad más grande del Mediterráneo occidental. Su posición continuó siendo extraordinaria incluso después de que Constantino estableciera la capital del Imperio en Constantinopla y empezara a canalizar hacia allí el cereal egipcio a partir de 332.38 El mercado romano compensó este cambio con un notable incremento de la producción agrícola de Sicilia y otras regiones italianas. Los recientes estudios arqueológicos de Sicilia, Apulia, Campania y Cerdeña están dejando cada vez más claro que en el siglo IV se creó en esas zonas un nuevo cinturón del maíz, que prosperó junto al comercio procedente de Cartago y el norte de África y permitió mantener en la ciudad, sin grandes modificaciones, el suministro de alimentos y el reparto público de cereales que se había desarrollado a principios del Imperio y a finales del siglo III.39 Además, existen pruebas —como la mejora de la red viaria de Sicilia— de que la aristocracia romana «invirtió cada vez más dinero en el sur de Italia y Sicilia desde finales del siglo II y el siglo III y todavía más en el IV».40 Este crecimiento se prolongó en el siglo V y permitió que los aristócratas alimentaran Roma y se enriquecieran todavía más con sus fincas de Sicilia y sus propiedades urbanas en la ciudad de Roma y los alrededores.

Dado lo profundamente integrada que estaba Roma en las redes económicas, políticas y sociales de todo el Mediterráneo, lo que allí sucedía repercutía en todo el Imperio. Esa es una de las razones por las que este libro se centra en la ciudad. Aunque su reivindicación monopolística y privilegiada de ser la auténtica capital del imperio había dejado de ser indiscutible, por el ascenso de Constantinopla y el hecho de que los emperadores ya residían durante largos periodos fuera de Roma, la ciudad y los aristócratas siguieron marcando la vida política, económica, social y religiosa de la sociedad mediterránea. La corte oriental y el emperador eran conscientes de su influencia y sus recursos. De hecho, la idea de que el imperio se dividió en dos mitades totalmente separadas con la fundación de Constantinopla es insostenible: la política, como ahora, iba más allá de lo local. Muy al contrario, el restablecimiento de fuertes lazos entre los emperadores y las élites de Oriente y Occidente fue especialmente crucial en el siglo VI. Incluso después de la guerra de los godos, cuando los romanos orientales —es decir, los bizantinos— empezaron a gobernar en Italia y la ciudad de Roma comenzó su declive como centro urbano capaz de atraer a las clases pudientes, pervivió en la memoria la época en la que era capital imperial.41

Dada la importancia permanente de la ciudad de Roma entre los siglos IV y VI, es comprensible que los emperadores, los generales, los senadores y los obispos, para demostrar su interés por la ciudad y manifestar su poder y su prestigio, tomaran medidas para resolver las crisis que afrontaban los ciudadanos. Se daba por sentado que el buen gobernante debía hacer inversiones materiales —como había hecho Aureliano cuando construyó la muralla y el templo del Sol Invictus— y humanas, es decir, crear lazos personales con los aristócratas. El resultado fue que empezó a volver a la ciudad gente que no pertenecía a la élite. Regresaron comerciantes, obreros y emigrantes en busca de oportunidades y formas de ganarse la vida que no existían en otras ciudades. Sin embargo, estos intentos de recuperación no han sido objeto del interés que merecen.

PARADIGMAS PARA ROMA: CATÁSTROFE, TRANSFORMACIÓN Y PERSPECTIVA GLOBAL

Para entender mejor por qué se ha quitado importancia a la resiliencia de las élites civiles de Roma y su constante papel en la recuperación de la ciudad, se analizará brevemente la historiografía dedicada al paradigma de «la decadencia y caída» de Roma y sus principales alternativas modernas. A continuación, se explicará el modo particular de este libro de abordar el estudio de Roma y sus clases dirigentes.

Para comprender del todo la capacidad de recuperación de Roma debemos tener en cuenta el papel de los senadores aristócratas, que procedían de una cultura en la que la lucha por tener mayor influencia y prestigio servía de acicate. En el mundo romano del último periodo, las crisis provocaron transformaciones que hicieron más difusa y cambiante la política de la ciudad. Las relaciones personales contribuyeron incluso más que antes a la hora de hacerse con el poder y construir unas redes sociales que facilitaran el progreso material y político. Y, durante los tres últimos siglos del Imperio de Occidente, esa rivalidad no debilitó a los aristócratas, sino que les dio más energía. Es cierto que, en ocasiones, sus acciones desembocaron en caídas y fracasos. Pero también hicieron posible la recuperación de la vida urbana y la sociedad, cosa que ha quedado eclipsada por las hipótesis que acompañan a los paradigmas alternativos para entender el final de la Roma tardoantigua.

LA SOMBRA DE EDWARD GIBBON. Desde la publicación de la Historia de Gibbon, a finales del siglo XVIII, los historiadores han mantenido un animado debate sobre la utilidad de su paradigma de «decadencia y caída» para describir los últimos siglos del Imperio romano de Occidente, desde principios del siglo IV hasta finales del siglo VI. Aunque Gibbon decidió ampliar su historia hasta el siglo XV e incluir la caída de Bizancio, su visión de la caída del Imperio romano de Occidente ha seguido ejerciendo una influencia abrumadora. Como decía en la conclusión de los siete volúmenes que componen su obra, su historia describe el «triunfo de la barbarie y el cristianismo».42 Es más, Gibbon opina que esos factores externos ejercieron sobre Roma una influencia equiparable a la de una necesidad biológica: «La decadencia de Roma fue la consecuencia natural e inevitable de una grandeza desmesurada. La prosperidad hizo madurar el principio de la decadencia: las causas de la destrucción se multiplicaron con el alcance de la conquista».43 Pocos historiadores modernos, por no decir ninguno, estarían de acuerdo con Gibbon en que el cristianismo agotó el espíritu y los recursos que el imperio necesitaba para afrontar las dificultades, puesto que, como N. H. Baynes y A. H. M. Jones indicaron hace mucho tiempo, el cristianismo no impidió que el Imperio romano de Oriente siguiera prosperando durante siglos después de que llegara a su fin el sistema imperial de Occidente.44 Pero el fantasma de Gibbon sigue presente.

Dos de los historiadores más influyentes que han revivido el paradigma de Edward Gibbon son Bryan Ward-Perkins, en el libro que lleva el provocador título de La caída de Roma y el fin de la civilización, y Peter Heather, en La caída del Imperio romano. Ambos dan especial importancia a la repercusión de un factor externo, la llegada de los «bárbaros» —las incursiones germánicas en el caso de Ward-Perkins, y las invasiones de los hunos en el caso de Heather—, como causa fundamental del «fin de la civilización».45 Una corriente popular dentro de los estudios en lengua inglesa ha seguido haciendo hincapié en la debilidad del ejército romano frente a los invasores germánicos.46 En épocas más recientes, algunos especialistas han incorporado los efectos del cambio climático y las enfermedades como causa de la decadencia del Imperio de Occidente, sin tener en cuenta su repercusión en el Imperio oriental.47 Ninguna de estas tesis se aparta de la idea de un imperio más o menos «predestinado» al declive y la caída; los distintos factores en los que se fijan no hacen más que subrayar e incluso añadir nuevos elementos a un viejo paradigma. A veces se utiliza el término «catastrofista» para describir lo que, en nuestra opinión, es un punto de vista neogibboniano, porque, para ellos, la caída del Imperio romano de Occidente es consecuencia de unas fuerzas catastróficas, destructoras y disruptivas que acabaron con la «civilización» romana.

Es bien sabido que esta perspectiva de «decadencia y caída» contradice la interpretación alternativa de este periodo que han propuesto diversos historiadores influidos, sobre todo, por la obra de Peter Brown. Estos transformacionalistas defienden que la cultura y las instituciones de Roma mantuvieron toda su vitalidad y ponen el énfasis en «el cambio, la continuidad y la transformación por encima del hundimiento».48 El libro de Brown ha inspirado a una generación de estudiosos que prestan especial atención a las innovaciones y las continuidades en la religión y la cultura que insuflaron nueva vida en la sociedad y las instituciones del Imperio romano, tanto en Occidente como en Oriente. Los principales acontecimientos positivos de esa época son tal vez el auge del cristianismo en Europa y el islam en Oriente Próximo.49 Así, por ejemplo, Peter Brown considera que el papel del obispo en la atención a los pobres y el desarrollo de un ideal de caridad cristiana son avances revolucionarios, muy diferenciados de las formas tradicionales de mecenazgo o evergetismo cívico (las donaciones de los poderosos, o filantropía cívica).50 Otros investigadores han destacado los elementos que, desde la continuidad, desembocaban en innovación. Por ejemplo, Alan Cameron ha analizado de forma magnífica el uso que siguieron haciendo los escritores cristianos de la educación y la retórica clásicas para crear obras literarias nuevas, cristianas, como el poema épico-panegírico tradicional de la aristócrata Proba, de mediados del siglo IV, que está entretejido con versos de la Eneida de Virgilio para alabar a Cristo.51

Una alternativa a estas perspectivas es la adoptada de forma más reciente por los que denominamos defensores de un paradigma históricomundial. Mark Humphries se inspira en la obra del antropólogo Jack Goody para proponer que dejemos de lado los tres paradigmas: el de la «decadencia y caída», el «transformacionalista» y el del «robo occidental» de la historia. A partir de los argumentos de Goody, que señala que los historiadores «han adoptado las experiencias de Europa como marco central para interpretar toda la historia» y existe un sesgo occidental implícito que empuja a afirmar que la historia progresa en una curva esencialmente ascendente, Humphries propone que estudiemos los acontecimientos de la Antigüedad tardía en un contexto histórico mundial. Es decir, por ejemplo, deberíamos estudiar las invasiones bárbaras o la política geopolítica en toda Eurasia entre el siglo III y el VIII, sin limitarnos al mundo mediterráneo.52 También con una amplia visión del tiempo y la geografía, Walter Scheidel sostiene que la caída de Roma fue «lo mejor que pudo ocurrir, porque abrió la puerta al ascenso económico de Europa y la gestación de la Edad Moderna» solo con que el imperio «se fuera para no volver jamás».53 La obra de Scheidel abarca desde la época romana hasta la napoleónica y establece comparaciones generales y relaciones, por ejemplo, entre Roma, Bizancio y China.

Estos tres paradigmas también han inspirado los estudios sobre otras ciudades de la Antigüedad tardía, como Antioquía, Constantinopla, Rávena o Roma. Es comprensible, ya que los investigadores sobre la Antigüedad tardía suelen estar de acuerdo en que las ciudades tardorromanas no son meros espejos de la sociedad antigua, sino «un valioso indicador de unos modelos más generales de evolución cultural».54 Algunos catastrofistas como J. H. W. G. Liebeschuetz piensan que la extinción de elementos clave de la vida urbana romana —por ejemplo, el declive de los consejos cívicos y el patrocinio privado de los anfiteatros y las termas o la desaparición de la cerámica importada de calidad— es un síntoma indiscutible del fin de la ciudad romana como tal.55 El ocaso de esas instituciones refleja la quiebra de las redes de comercio y comunicación que habían hecho posible y productiva la vida urbana. Gian Pietro Brogiolo y Bryan Ward-Perkins, también catastrofistas, sostienen que la mejor descripción de los cambios vividos en Roma, dejando aparte su cristianización en el último periodo, es «la disolución de un experimento complejo y deslumbrante de ordenación de la sociedad desarrollado por griegos y romanos».56

En contra de este punto de vista, los transformacionalistas destacan la innovación y la continuidad de los fenómenos urbanos. Aunque reconocen que la población disminuyó y las redes comerciales se rompieron, así como la riqueza material que perdió una ciudad que había sufrido un asedio, prefieren subrayar que la vida urbana continuó, sin que, por ejemplo, dejaran de utilizarse ni repararse infraestructuras como los acueductos o las murallas. Como observó el historiador del arte Hendrik Dey, «en los últimos siglos de la Edad Antigua y los primeros de la Edad Media, muchos de los núcleos urbanos más importantes de la época romana siguieron contando con una concentración demográfica relativa, nuevos tipos de arquitectura monumental y doméstica, señales continuas de actividad política, económica y religiosa y la presencia constante de los miembros más destacados de la sociedad».57 Dey cree que la construcción de columnatas monumentales, como las que todavía pueden verse en varias ciudades —por ejemplo, Antioquía— o como la que existió en Milán, son innovaciones características de las ciudades de la Antigüedad tardía.58 Ann Marie Yasin analiza la construcción de iglesias monumentales en todo el Mediterráneo en relación con la veneración de los santos. Este fenómeno es otro ejemplo de transformación innovadora en la ciudad tardoantigua y tiene consecuencias importantes para los modelos de vida social.59 Aunque los transformacionalistas como Dey y Yasin reconocen que la supervivencia durante el último periodo de la Edad Antigua fue muy distinta entre unas ciudades y otras (al igual que entre regiones), también subrayan que las innovaciones y los elementos de continuidad son síntomas de la vitalidad urbana en esa época, tanto en Occidente como en Oriente.60

El tercer paradigma para entender el Imperio romano en un contexto histórico mundial también se ha aplicado a las ciudades de la Antigüedad tardía. Por ejemplo, Neil Christie, en el caso de Italia, y Adam Rogers, en el de Britania, han sugerido que debemos analizar la ciudad de ese periodo dentro de un arco histórico más amplio, es decir, enmarcada dentro de una etapa cuyos modelos de asentamiento se remontan a la época prerromana.61 Si examinamos una ciudad como Londres durante el último periodo romano en ese marco temporal más general, la fase tardoantigua sería una parte más de un largo arco temporal, una perspectiva que animaría a comparar Londres con las demás ciudades de todo el continente euroasiático. Centrarse en un periodo concreto es admitir una elección subjetiva que no aborda toda la historia de una ciudad.62 Otro autor que está de acuerdo con la idea de que las ciudades de la Antigüedad tardía pueden estudiarse en un marco global y comparativo es Mark Humphries, en su estudio de 2019 sobre la ciudad tardorromana.63

RESILIENCIA Y RECUPERACIÓN ANTE LA CRISIS: UNA PERSPECTIVA ALTERNATIVA

Este resumen esquemático de los paradigmas dominantes en la historiografía moderna sobre las «caídas» de Roma —la ciudad y el Imperio de Occidente— es útil para situar en contexto la perspectiva personal que se aborda en este libro a partir de las huellas que nos ha dejado la ciudad de Roma. El aprendizaje derivado de ellos y de los escritos de otros investigadores ha sido considerable. Sin embargo, la elaboración de este libro ha sido imprescindible porque ninguno de esos modelos aborda realmente las contingencias, las decisiones ni la habilidad individual y colectiva a la hora de afrontar las crisis políticas y militares que tuvieron que superar en la Roma de la Antigüedad tardía.

En el paradigma alternativo que se propone, la recuperación y reconstrucción de Roma tras la crisis se ve como una reacción de las élites, es decir, los emperadores, senadores, generales y obispos. Es indudable que el resurgimiento de Roma en el siglo V se produjo con un horizonte reducido, con menos población y menos riqueza, pero las interacciones de las clases dirigentes romanas contribuyeron de forma decisiva a la recuperación de la ciudad, para bien o para mal. Aunque el poder de los diferentes grupos fluctuaba, la aristocracia senatorial siguió siendo la responsable fundamental de la recuperación de la ciudad, por ello, los senadores y el Senado, en conjunto, aumentaron su poder durante esos siglos. También creció la influencia de los obispos, pero su papel en la reconstrucción fue mucho menor de lo que muchos han sugerido. La transformación más destructiva de la ciudad de Roma, desde el punto de vista de la vida pública, se produjo ya después de que desaparecieran los aristócratas y su institución central, el Senado, a finales del siglo VI y principios del VII.

Aunque nuestro interés principal es la capacidad de resistencia de las élites frente a las crisis, soy muy consciente de que no basta con narrar lo que ocurrió en Roma durante esos siglos. Como decía Aldous Huxley en el epigrama que abre este capítulo, lo importante no solo es cada acontecimiento, sino también el proceso de darle sentido y nuestra forma de actuar a partir de esa experiencia. A veces, la manera que tenían los romanos de experimentar e interpretar una crisis les hacía entablar nuevas relaciones o emprender cambios estructurales. Por ejemplo, cuando el senador Petronio Máximo, uno de los hombres más ricos y respetados de la Roma de mediados del siglo V, decidió hacerse con el poder y, para ello, planeó el asesinato del general Aecio y el emperador Valentiniano III, las consecuencias fueron la caída de la última dinastía imperial de Occidente y el saqueo de Roma tres meses después. Petronio tenía un poder político inmenso. Pero calculó mal cuando decidió casar a su hijo con la hija de Valentiniano, una joven que ya estaba prometida con el hijo del rey vándalo Geiserico.64 Este aprovechó el pretexto para atacar Roma en 455. La ocupación vándala de la ciudad durante catorce días fue uno de los hechos más funestos que habrían de vivir los romanos hasta entonces.65 Es decir, la interpretación que hizo Petronio del cargo que ocupaba le hizo tomar unas decisiones que desembocaron en la caída de Roma en 455, una crisis que acabó fortaleciendo los lazos entre los senadores romanos y el general germánico Ricimero (véanse los capítulos 4 y 5).

Si observamos el mundo como lo hacían los romanos de aquel entonces y pensamos en cómo reaccionaban individual y colectivamente ante estos acontecimientos y otros varios que ellos consideraban crisis, observaremos que los senadores, emperadores, obispos y generales también interpretaban esos acontecimientos como oportunidades para progresar o promover sus intereses. Las élites romanas de esos siglos demostraron tener lo que los sociólogos denominan resiliencia, definiéndola como la capacidad de administrar los recursos necesarios para reorganizar y restaurar las formaciones sociales incluso ante fracturas y virajes. Aunque los sociólogos han elaborado este modelo con el fin de analizar las conmociones medioambientales en una sociedad o las actuaciones del Estado para mitigar las consecuencias de sucesos catastróficos como plagas o terremotos, se utiliza aquí el término resiliencia para ver cómo se adaptaron las clases dirigentes romanas a las conmociones provocadas por las crisis políticas y militares que se apoderaron de la ciudad de Roma durante sus tres últimos siglos de existencia. Es decir, se sigue el ejemplo de los investigadores que estudian de qué manera «la resiliencia de una sociedad afecta a otros grupos e instituciones dentro de la misma sociedad» y se tiene en cuenta que el peso y los costes de la recuperación no se repartieron de forma equitativa.66

Además, se añadiría que parte de la resiliencia de la sociedad consiste en dar sentido a los acontecimientos para actuar en consecuencia. Por eso, la historia narrada aquí de los últimos siglos de la ciudad de Roma se centra en los seres humanos que encabezaron las respuestas. Creemos que sus acciones fueron un ejemplo de resistencia social. Este punto de vista considera que la historia de Roma depende más de los actores humanos y, por tanto, las «caídas» de Roma son más enrevesadas y circunstanciales de lo que da a entender el paradigma catastrofista. A Roma le hacían falta unos dirigentes capaces de amortiguar los golpes y manejar los recursos necesarios para restaurar la ciudad. Durante esos siglos, los senadores aristócratas siguieron ocupando esa posición, igual que lo hicieron de distintas maneras los obispos.

Mientras que en este libro se pone el énfasis en la resistencia de las élites romanas frente a las crisis, el paradigma catastrofista considera que esos mismos acontecimientos políticos y militares son el inicio de una espiral descendente y prácticamente inevitable para la ciudad y sus habitantes. Menosprecia la duradera fortaleza política y económica de los romanos y, por ejemplo, el Senado, entre otras instituciones. En este sentido, no se le quita importancia a la delegación enviada en el 476 por el Senado de Roma al emperador oriental Zenón, que afirmaba que con un emperador en Oriente bastaba, y la consideramos un mero gesto ineficaz de una institución débil manipulada por un general fuerte (Odoacro), sino que la teoría aquí expuesta es que la embajada fue una manifestación de los nuevos objetivos políticos de unos senadores que todavía eran ricos y poderosos.67

Desde luego, las pruebas escritas y arqueológicas indican que la población y el comercio de la ciudad de Roma disminuyeron y se interrumpieron periódicamente durante los siglos que abarca este libro. Pero lo único que podemos hacer, en el mejor de los casos, es una estimación de los daños que provoca cualquier crisis a escala humana. Ya se indicó antes que incluso un dato tan elemental como la población de Roma podemos calcularlo de forma aproximada a partir de las referencias escritas al reparto de grano. Si aceptamos esos cálculos, la población de la capital cayó de un máximo de entre setecientos mil y un millón de habitantes a principios del siglo IV a entre trescientos mil y quinientos mil a mediados del siglo V.68 Ahora bien, sobre lo que se redujo el tamaño de la ciudad después no podemos más que aventurar una estimación.69

Incluso con el claro descenso de población, existen abundantes pruebas de que hubo trabajos de reconstrucción y restauración después de cada crisis. Es verdad que las continuas crisis políticas y militares de la segunda mitad del siglo V lo hicieron más difícil, pero la ciudad siguió siendo el centro de la sociedad política y aristocrática romana en el último periodo. Y además era la sede del obispo de Roma.

Aparte, ninguna de las crisis analizadas en este libro supuso la catástrofe final de Roma. Una serie de destacados artículos dedicados a evaluar los daños del saqueo de Roma en el año 410 han demostrado (al examinar diversos lugares de la ciudad) los escasos efectos que tuvo el ataque, pese a que, en su momento, provocara una conmoción total porque era la primera vez, en más de ochocientos años, que la ciudad había «caído en manos de los bárbaros».70 Por eso, en contra de la perspectiva neogibboniana, creo que hay muchas pruebas de que la disminución de la población y el comercio tras la ocupación de la ciudad no destruyó la vida urbana. Incluso las interrupciones del suministro de grano de la ciudad tras el saqueo vándalo de 455 se resolvieron buscando nuevas fuentes de abastecimiento, como han señalado trabajos más recientes sobre la producción agrícola en Sicilia, el sur de Italia y Cerdeña.71 Esos nuevos centros proveedores siguieron alimentando a la población mermada de Roma en las décadas siguientes.

Por otra parte, la pérdida de las provincias romanas occidentales de Galia, Hispania, África y Britania durante la primera mitad del siglo V provocó cambios significativos en la sociedad y la política. Las excavaciones llevadas a cabo en las viviendas de la clase dirigente romana como la del Esquilino y los textos que documentan donaciones caritativas a la Iglesia prueban que, a finales del siglo V, algunas casas urbanas de gran tamaño se habían dividido en viviendas más pequeñas, que pasaron a utilizarse como locales comerciales o se donaron a la Iglesia.72 Estas transformaciones son importantes porque reflejan cambios en la dinámica de la vida económica, política y social de la ciudad. Algunos de esos cambios fueron consecuencia de las quiebras creadas por las crisis políticas y militares de las que nos hablan los escritores tardorromanos.

Si se quiere tener en cuenta las terribles fracturas provocadas por determinadas crisis, no se puede estar totalmente de acuerdo con el paradigma transformacionalista. No todos los cambios tuvieron consecuencias nuevas o positivas. Por ejemplo, el estado de abandono de algunas villas o algunos edificios de viviendas sugiere que sus propietarios habían fallecido o pensaban que era imposible reconstruirlos. Los dueños del Tesoro del Esquilino nunca regresaron a su hogar para reclamar su riqueza ni su posición social.73 Hubo gente que murió y sufrió con la captura de Roma; no se duda de que la esclavitud de los romanos hiciera llorar al obispo Deogratias cuando los vio en Cartago, después de que los vándalos tomaran la ciudad en el año 455.74 Si solo prestamos atención a lo que sucedió en la religión y la cultura, como tienden a hacer muchos investigadores encuadrados en lo que suele denominarse el paradigma de la transformación, pasamos por alto cambios económicos, militares, políticos e institucionales de crucial importancia.

No obstante, el punto de vista que se trasmite en este libro más afín al de los estudiosos que dan prioridad al cambio más que a la ruptura. Y se coincide con los partidarios del paradigma transformacionalista en que las respuestas de los romanos a las crisis en este periodo permitieron la recuperación y el renacimiento de Roma, aunque fuera a costa, por ejemplo, de que los hombres y mujeres de determinadas profesiones tuvieran menos libertad de movimiento, o de una insistencia cada vez mayor en la ortodoxia religiosa obligatoria.75 Tampoco se cree que podamos juzgar la historia de Roma si hablamos solo de progreso ascendente o descendente en estos siglos, como implican estos paradigmas. Por ejemplo, se constata una relación dialéctica entre los ideales cívicos que justificaban el derecho de determinados ciudadanos romanos a recibir alimentos gratuitos y la idea cristiana de repartir comida entre los necesitados como encarnación de la virtud de la caridad. Esta serie de justificaciones para continuar con el reparto de cereal en Roma simboliza bien las limitaciones que entraña abordar este periodo desde el prisma de la innovación cristiana o de una ruptura administrativa nefasta.76 El mantenimiento del suministro gratuito de alimentos en la ciudad respondió a una combinación de factores.

El tercer paradigma de Roma, que sitúa la ciudad en un marco de historia universal, no puede explicar la resistencia individual y colectiva de la ciudad. Es un enfoque macrohistórico valioso pero que, al ser menos definido, impide ver la capacidad y la autonomía de unos hombres y mujeres cuya actuación ante las crisis se basó en circunstancias y decisiones concretas. Tampoco es una perspectiva apropiada para estudiar cómo se relacionaban entre sí distintos segmentos de la sociedad, como el de los obispos. Por eso, este tercer paradigma no permite comprender de qué forma mostraron su capacidad de recuperación estos romanos concretos en los últimos años de la Edad Antigua, ni explica cómo fueron capaces de modificar la vida urbana ante unos hechos que nuestras fuentes consideraban «crisis».

La aristocracia senatorial de Roma

Los aristócratas, que constituían la élite senatorial, fueron fundamentales para la resiliencia de Roma. Su poder como responsables de la legitimidad de la autoridad política aumentó a final del siglo III, junto a su riqueza como terratenientes. Los emperadores y los mandos militares intentaron incorporarlos para que apoyaran sus actuaciones. En realidad, para comprender esta dinámica, es esencial valorar los recursos económicos, el prestigio social, el poder político y los valores culturales de los aristócratas y el Senado romano.

Aquellos hombres debían su posición social, en gran parte, a su riqueza, consistente —en todo el Imperio romano en general— en la posesión de grandes extensiones de tierra. Pero, sobre todo, los senadores reforzaban esa posición económica y social con el ejercicio de altos cargos. Sus puestos les permitían proteger y transmitir de generación en generación el patrimonio heredado y ciertas distinciones propias de su estatus que situaban a los miembros de las familias senatoriales por encima del resto de la sociedad. A partir del siglo II, los hijos ambiciosos de los senadores que habían alcanzado un alto cargo de la debida categoría empezaron a utilizar el título de clarissimus («el más destacado»).77 El título lo concedían también a sus esposas e hijas, pero, claro está, las mujeres no podían asistir a las reuniones del Senado.78 En definitiva, desde los últimos años de la República y hasta principios del periodo imperial, uno de los objetivos esenciales de los senadores para reforzar su posición era conseguir ocupar un cargo político que les permitiera disfrutar de todos los beneficios del rango, como el derecho a tener un escaño en el Senado.79

Algunas familias se enorgullecían de mantener una tradición de servicio público. Hasta el siglo IV, a las familias que habían alcanzado el consulado se las calificaba de «nobles» (nobiles).80 Los aristócratas no solo presumían de sus antepasados cónsules; además exhibían en cada casa sus retratos pintados y presumían de un árbol genealógico con varios siglos de historia.81 Durante el mandato de Constantino y en el siglo IV, aunque esa preocupación constante por el estatus siguió incitando a los miembros de las familias senatoriales tradicionales a buscar altos cargos, los hijos de senadores en Roma heredaban el título de clarissimus y, una vez aprobado por el Senado, se convertían a su vez en senadores. Aun así, para obtener todos los beneficios de su condición y cumplir las expectativas, las familias de la élite hacían todo lo posible para que sus miembros consiguieran un cargo, porque, cuanto más alto fuera este, mejor estatus tendrían él y su familia. Los senadores aristócratas transmitían esta distinción a sus herederos y procuraban crear lazos con miembros de las líneas familiares colaterales. A finales del siglo IV, estas distinciones se formalizaron y se dotaron de un rango senatorial superior (véase el capítulo 2).

Gracias a su posición senatorial, un miembro de la élite podía obtener, además de riqueza material y un alto cargo, más prestigio social. Se suponía que los senadores eran de noble cuna y tenían un sólido carácter moral y una buena educación. Como decía Símaco, los aristócratas eran «la mejor parte de la raza humana»,82 una opinión que muchos compartían. En la misma línea, el senador Casiodoro, del siglo VI, relacionaba la aristocracia familiar y otras cualidades o características personales superiores, como la educación, con el servicio público: «La propia ascendencia ya es gloriosa: los elogios tienen su origen en la noble cuna. Para ti, el comienzo de la vida es asimismo el comienzo del servicio público».83 Para un romano, el incentivo para formar parte del servicio público era el honor que conllevaba dicho cargo. De hecho, en latín, el cargo público se denominaba honor u honos. El deseo de alcanzar ese honor público y de que se lo reconocieran los demás era una preocupación omnipresente para el aristócrata tardorromano y para la cultura del prestigio que lo rodeaba.

Por supuesto, la condición de senador era deseable también por sus beneficios materiales. Los senadores y sus familias disfrutaban de ciertos privilegios fiscales y legales asociados a su posición.84 Por ejemplo, los senadores estaban legalmente exentos del deber de financiar actos de munificencia en sus ciudades de origen, estaban protegidos frente a la tortura física y participaban en las reuniones del Senado en Roma.85 Las familias senatoriales se enorgullecían incluso de las obligaciones que debían cumplir, como la de residir en la ciudad, que era una exigencia oficial para los senadores, o el patrocinio de juegos vinculados a determinados cargos.86

Ahora bien, ser miembro de la aristocracia senatorial no era lo mismo que ser senador por ocupar un alto cargo en la corte imperial o en la burocracia del Estado. En los primeros tiempos del Imperio, los hombres que ocupaban esos cargos tenían un rango social inferior, dado que en su mayoría eran equites, miembros de la clase ecuestre. Pero muchos de ellos cambiaron de categoría bajo el reinado de Constantino. El emperador creó nuevas vías para que los antiguos administradores imperiales ecuestres pudieran alcanzar el rango de senadores, es decir, el rango senatorial, es decir, el clarissimato. A partir de 312, los funcionarios civiles que habían ascendido en el escalafón podían acabar teniendo la misma categoría de senadores que otros que lo eran de nacimiento (y también lo recibían algunos oficiales militares). Al mismo tiempo, como consecuencia de la guerra civil de 312, Constantino hizo ciertas modificaciones que dieron a los senadores aristócratas nuevas oportunidades de ocupar altos cargos (véase el capítulo 2).

Para subrayar las diferencias de trayectoria profesional y origen social de estos hombres (que se denominaban todos por igual «los más destacados» [clarissimi] y que ostentaban el mismo rango senatorial), utilizo el término «senador aristócrata» para referirme a los senadores que procedían de familias italianas o romanas asentadas y que tenían una trayectoria cívica. Estos estaban vinculados a la ciudad de Roma. Somos conscientes de que este uso es algo problemático, puesto que «aristocracia» es un término que utilizan los historiadores modernos para describir una clase de familias interconectadas con privilegios legales y una posición derivada de haber heredado grandes extensiones de tierra. En cambio, los senadores aristócratas de la época tardorromana aunaban la riqueza heredada con un cargo político, una poderosa combinación que les permitía acumular recursos generación tras generación.87 Por consiguiente, en este libro, el término «aristocracia senatorial» designa a un grupo más reducido dentro de todos los que alcanzaban el rango de senador. A quienes lo obtenían por su cargo en la corte imperial o al servicio del emperador, o los oficiales militares de alto rango que también llegaban a ocupar esa categoría y formaban parte de la clase senatorial, se denominan aquí la élite imperial o militar. También figuran así los senadores de Constantinopla con cargos cívicos.

Como se explica en el capítulo 2, en el siglo IV, Constantino y sus sucesores recurrieron a miembros de la aristocracia senatorial para reforzar la administración civil del imperio. Sus innovaciones brindaron a los aristócratas la oportunidad de tener una influencia política sin precedentes. Es indudable que las familias senatoriales que más se beneficiaron de estos cambios lo lograron, sobre todo, porque pudieron conservar gran parte de sus ingresos procedentes de la agricultura y los negocios. Es decir, su peso político y económico les hizo mejorar la posición social y cultural a partir del siglo IV.

Sin un emperador que residiera en la ciudad de Roma, algo que sucedió desde la época de Constantino hasta el reinado de Valentiniano III a mediados del siglo V, los senadores aristócratas adquirieron cada vez más protagonismo en la administración del Estado y, como consecuencia, el Senado, como institución, incrementó su influencia y su prestigio. La pérdida de grandes zonas de la Galia, África y Britania durante la primera mitad del siglo V hizo que los senadores y el Senado de Roma e Italia adquirieran más protagonismo político en la ciudad y en la región. En el mismo siglo, la pérdida de territorios redujo las perspectivas y disminuyó el número de senadores, porque ya no era tan frecuente que las élites de provincias decidieran residir en Roma. Pese a ello, la ciudad siguió atrayendo, en especial, a determinadas familias poderosas que se disputaban los cargos, e incluso lo hizo cada vez más a medida que se reducía el territorio en el que podían reafirmar y acumular más poder.88

La influencia política de los senadores aristócratas no explica por sí sola la decisión de decenas de hombres y mujeres —tanto de la élite como de otras clases sociales— de regresar con sus familias a la ciudad después de cada crisis política y militar, especialmente durante la segunda mitad del siglo V, después de que una serie de ataques cada vez más violentos hubiera socavado la vida urbana. Para comprender esta dinámica y cómo consiguieron los aristócratas amortiguar los golpes y emplear una y otra vez sus recursos —la definición de resiliencia que emplean algunos investigadores— para reconstruir la ciudad de Roma, debemos tener también en cuenta las instituciones, los valores y las redes sociales que durante mucho tiempo los obligaron a reinvertir en la ciudad incluso después de las pérdidas que sufrieron durante los asaltos a la ciudad en los años 312, 410, 455 y 472, así como en el siglo VI después de la guerra de los godos.89

Basándome en nuestros estudios sobre Roma en el último periodo de la Antigüedad, creo que las rivalidades entre los senadores —tanto los procedentes de familias aristócratas tradicionales como los recién llegados a la condición senatorial a través de las jerarquías civiles, imperiales o militares— por tener más influencia fueron fundamentales para la recuperación de Roma después de varias crisis políticas y militares importantes. Los enormes recursos económicos que los senadores aristócratas habían acumulado durante siglos les proporcionaban los medios para participar en esa disputa. La riqueza era un factor clave, sin duda. Pero la decisión que tomaron los senadores romanos, condicionados por la solución de crisis anteriores, de regresar a Roma para reconstruir material, ideológica e institucionalmente la ciudad se basaba también en una cultura de prestigio y valores competitivos que estaba presente en la sociedad romana desde hacía siglos. Para estos hombres y mujeres, como para quienes imitaban sus posiciones en la sociedad, el servicio al Estado, en la ciudad de Roma o en el resto del imperio, seguía siendo la base fundamental de su estatus. Ocupar un alto cargo civil —revestirse de ese honor— siguió siendo fundamental para la identidad aristocrática senatorial, incluso ante un Estado cada vez más debilitado.

Ahora bien, la dinámica social de la rivalidad entre los senadores por obtener ventajas políticas sí cambió con los acontecimientos y las transformaciones de este periodo. En el siglo IV, sobre todo, los senadores se disputaban entre ellos el favor político del emperador. Sin embargo, tras la crisis de 410 y durante todo el siglo V, la influencia política empezó a dispersarse. Los senadores intentaban conseguir ventajas políticas de la corte imperial, ya fuera en Rávena o en Constantinopla; de sus colegas senadores en Roma, o de militares poderosos en Galia e Italia. La rivalidad entre senadores por el favor político —de diversas procedencias— fue un estímulo para la recuperación después de las crisis. Con unos emperadores débiles y ausentes, la rivalidad se dispersó tanto que la vida política romana en el siglo V d. C. se parecía mucho más a la que debía de haber sido en las últimas décadas de la república romana, allá por el siglo I a. C., cuando los senadores se disputaban la capacidad de influencia sin que hubiera una figura central fuerte que los controlara.90 Cuando Valentiniano III regresó a Roma en la década de 440 y de forma permanente después de 450, su presencia provocó una rivalidad aún mayor entre los senadores, tal como atestigua el intento de Petronio Máximo de usurpar el poder (véase el capítulo 4). A finales del siglo V y hasta bien entrado el siglo VI, esta dinámica volvió a cambiar con los reyes germánicos que controlaban Italia pero necesitaban a los senadores para dar legitimidad a sus cargos y administrar Roma e Italia (véanse los capítulos 5 y 6).

La resiliencia de los senadores romanos, además, dependía de que fueran capaces de mantener sus redes sociales: amigos, familiares y clientes, unos lazos que tenían repercusiones políticas. A finales del siglo IV, los senadores podían aliarse —y lo hacían ocasionalmente— con los jefes militares «bárbaros», es decir, germánicos. Por nuestra parte, en vez de considerar a los senadores aristócratas marionetas de esos generales poderosos, subrayamos la estrecha relación de los senadores con las élites militares. Aunque los generales Ricimero y Odoacro tenían el control de sus ejércitos, ambos buscaron alianzas con los aristócratas.91 Los senadores no solo proporcionaban legitimidad y estabilidad, sino que además ocuparon puestos cruciales en el Estado, tales como magistrados, mecenas y embajadores. Por consiguiente, hasta principios del siglo VI, la influencia política que ejercían a través de sus redes sociales y políticas hizo que fueran cada vez más importantes para los militares.

Por eso no es extraño que muchos senadores acabaran confiando en esas figuras militares y dejara de parecerles necesario que el emperador residiera en la parte occidental. Es decir, a diferencia de los investigadores que creen que, en el siglo V, los senadores consiguieron convertirse de nuevo en el centro del poder imperial para poder sobrevivir, hacemos en este libro hincapié en su voluntad de dejar de lado cualquier presencia imperial en Roma y en Rávena (véase el capítulo 5).92 Sostenemos que su influencia aumentó durante ese siglo gracias a su autonomía y su situación de poder en Roma e Italia. Los aristócratas se acostumbraron a utilizar cada vez más sus recursos políticos y económicos para ayudar a sus amigos en sus aspiraciones de ser cortesanos, reyes, emperadores o generales. Por ejemplo, cuando el rey godo Alarico asedió Roma entre el 408 y el 410, los senadores asumieron una mayor responsabilidad en las negociaciones y en la recuperación de la ciudad (véase el capítulo 3).

Aunque los aristócratas de las provincias desarrollaron sus propias redes y su identidad regional durante el siglo V, Roma siguió siendo un polo de atracción para mucha gente, entre ellos hombres y mujeres de las provincias y de Oriente que eran conscientes del poder y la influencia que podían adquirir si trababan lazos de amistad con la aristocracia senatorial romana o entraban a formar parte de ella:93 eso es lo que sucedió en el caso del senador galo de mediados del siglo V Sidonio Apolinar.94 Otros llegaban a Roma en busca de oportunidades económicas o educativas. En definitiva, la ciudad siguió atrayendo a nuevos hombres y mujeres, incluso aunque, en ocasiones, las graves crisis políticas y militares obligaran a emigrar. Entre los siglos IV y VI, las redes aristocráticas senatoriales se debilitaron, pero no se interrumpieron, debido a esas crisis. Con la pérdida de las provincias occidentales, la ciudad de Roma adquirió cada vez más importancia como escenario en el que los senadores aristócratas italorromanos podían seguir disputándose el prestigio y los altos cargos. Con esta visión, es más fácil entender sus esfuerzos por ofrecer recursos en reconstruir la ciudad.

La cristianización de Roma: la influencia del obispo de Roma

La difusión del cristianismo no suavizó la lucha entre los senadores aristócratas y las élites en general por adquirir un mayor prestigio. El hecho de que los obispos y el clero enseñaran las virtudes cristianas de la humildad y la piedad no restó atractivo al estatus senatorial y los altos cargos políticos. Además, la mayoría de los senadores aristócratas no dejaron sus posiciones laicas. La idea de que los senadores se limitaron a cambiar la toga por la mitra episcopal no encaja con la trayectoria de la mayoría de los senadores romanos.95