Mi hermano el Che - Juan Martín Guevara - E-Book

Mi hermano el Che E-Book

Juan Martín Guevara

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Beschreibung

Cuando los Guevara se enteraron por la prensa de la muerte del Che, decidieron guardar silencio. Cincuenta años después, su hermano menor Juan Martín ha decidido compartir sus recuerdos y desvelar quién era el Che en la intimidad. Nos habla de Ernesto, aquel hermano mayor atento y protector, cómplice de secretos y aventuras infantiles. De sus viajes, estudios, primeros amores... Del aventurero idealista, intelectual comprometido y guerrillero en que se convirtió. De los dos meses extraordinarios que pasó con él en La Habana, en 1959, retratándonos aquellos primeros momentos de la revolución cubana. A través de recuerdos, anécdotas y reflexiones sobre su vida y su manera de pensar, Juan Martín Guevara lo rescata del mundo del mito para devolverle su rostro humano de hermano, hijo, padre... En una biografía, que es autobiografía a la vez, en la que se entrecruzan la historia familiar con la historia en mayúsculas de los acontecimientos que les rodearon y de los que el Che fue protagonista hasta su muerte, el 9 de octubre de 1967, en La Quebrada del Yuro, en Bolivia. El objetivo de Juan Martín Guevara es que los valores e ideales de su hermano sigan siendo fuente de inspiración para las futuras generaciones.

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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Juan Martín GuevaraArmelle Vincent

Mi hermano el Che

Traducido del francés porElena-Michelle Cano e Íñigo Sánchez-Paños

Índice

La Quebrada del Yuro

La Habana, enero de 1959

Una pareja excéntrica y desinteresada

Libres como el aire

Un personaje único

«El país de América donde mejor se come»

Descubrir el mundo o cambiarlo

Regreso a Buenos Aires

«Puede ser que esta sea la definitiva»

Ocho años, tres meses y veintitrés días

Días de liberación

Volar hacia La Habana

«Hasta siempre, hijos míos…»

Es frecuente equivocarse cuando se habla de los cubanos

¿Qué puedo yo hacer sino sembrar?

El Che se empeña en seguir vivo

«Un año. Tan lejos ya…»

Anexo I. Del discurso de Argel

Anexo II. Carta del obispo Moure

Agradecimientos

Bibliografía

Archivo fotográfico

Créditos

Nota previa

Esta traducción ha sido amablemente revisada por Juan Martín Guevara y Armelle Vincent, autores del original en francés. Las diferencias que presenta se deben a sus valiosas enmiendas y aportaciones. Sin su estricta colaboración, habría sido mucho más laborioso localizar textos originales en español (en particular, cartas privadas) o poner en boca de quienes las dijeron las palabras auténticas según se recuerdan, con todo su sabor. Quede aquí patente nuestro agradecimiento.

LOS TRADUCTORES

La Quebrada del Yuro

HE ESPERADO CUARENTA y siete años para ir al lugar donde asesinaron a mi hermano Ernesto Guevara. Todo el mundo sabe que murió vilmente fusilado el 9 de octubre de 1967, en un aula miserable de la escuela municipal de La Higuera, una aldea perdida del sur de Bolivia. Lo habían capturado el día anterior en lo hondo de la Quebrada del Yuro, un barranco pelado donde se había atrincherado después de haberse dado cuenta de que su tropa dispersa de guerrilleros debilitados por el hambre y la sed estaba rodeada por el ejército. Dicen que murió dignamente y que sus últimas palabras fueron: «Póngase sereno y apunte bien. Va a matar a un hombre». Mario Terán Salazar, el teniente a quien habían designado para tan baja tarea, temblaba. El Che era ciertamente, desde hacía once meses, el enemigo público número uno del ejército boliviano, quizá incluso de todo el continente americano, pero era un adversario legendario, un personaje mítico aureolado de gloria, reputado por su sentido de la justicia y de la equidad, y también por su inmensa valentía. ¿Y si ese Che que lo miraba sin pestañear, con sus grandes ojos profundos, sin dar la impresión de que estuviera juzgándolo, fuera de verdad el amigo y el defensor de los humildes, en lugar del revolucionario sanguinario que pintaban sus superiores? ¿Y si sus seguidores, de quienes decían que eran todos muy leales, decidieran un día venir a perseguirlo para vengar su muerte?

Mario Terán Salazar había tenido que emborracharse para encontrar el valor de apretar el gatillo. Al ver al Che sentado, esperando tranquilamente a que se cumpliera un destino que ya sabía ineludible, había salido precipitadamente del aula, bañado en sudor. Sus superiores lo obligaron a volver.

Mi hermano murió de pie. Querían que muriera sentado, para humillarlo. Protestó y ganó aquella última batalla. Entre sus numerosas cualidades, o talentos, poseía el arte de convencer.

ME COMPRÉ UN par de deportivas nuevas para bajar a la Quebrada del Yuro. Es una profunda garganta, que cae a plomo por detrás de La Higuera. Estar aquí es para mí muy difícil, muy doloroso. Doloroso, pero necesario. Es una peregrinación que llevo dentro de mí desde hace años. Me ha resultado casi imposible venir antes. Los primeros tiempos, era demasiado joven, no estaba aún bien preparado psicológicamente. Después, la Argentina del golpe cívico-militar de 1976 se convirtió en fascista y represiva y estuve prisionero durante casi nueve años en la cárcel. Aprendí a mantener un perfil bajo: en el clima político de mi país, estar asociado al Che Guevara fue durante mucho tiempo peligroso.

Solo mi hermano Roberto vino a esta región en octubre de 1967, enviado desde Buenos Aires por la familia, para intentar identificar el cuerpo de Ernesto, en cuanto anunciaron su muerte. Regresó profundamente impactado y confuso: en lo que llegaba a Bolivia, los restos mortales de mi hermano se habían volatilizado. Los militares bolivianos le tomaron el pelo a Roberto, mandándolo de un pueblo a otro y cambiando de versión cada vez.

Mi padre y mis hermanas Celia y Ana María nunca tuvieron valor suficiente para hacer el viaje. Un cáncer se había llevado a mi madre dos años antes. Si no hubiera estado ya en la tumba, a la tumba la habría enviado el asesinato de Ernesto. Lo adoraba.

Vine desde Buenos Aires en coche, con unos amigos. Un periplo de 2.600 kilómetros. En 1967, ignorábamos dónde estaba Ernesto. Se había marchado de Cuba en el mayor de los secretos. Únicamente algunas personas —entre ellas, Fidel Castro— sabían que combatía por la liberación del pueblo boliviano. Mi familia se perdía en conjeturas, lo imaginaba en la otra punta del mundo, en África, quizá. En realidad estaba solo a treinta horas de camino desde Buenos Aires, donde vivíamos. Años más tarde nos enteraríamos de que había pasado antes por el Congo Belga1 con una docena de revolucionarios cubanos para apoyar a los rebeldes simba.

En lo alto de la cortada, se me acercó un guía. Ignoraba quién soy y no tenía ningún interés en decírselo. Me pidió dinero para acompañarme hasta el lugar donde capturaron al Che, primera señal de que la muerte de mi hermano se había convertido en un comercio. Me sentí indignado. El Che representa precisamente lo contrario del lucro vil. El amigo que me acompañaba, escandalizado, no fue capaz de evitarlo y le dijo quién era yo. ¿Cómo es posible que aquel guía se atreviera a intentar sacarle dinero al hermano del Che cuando era la primera vez que iba a visitar el lugar de la fatal derrota? El guía se apartó reverencioso y se quedó mirándome con los ojos como platos. Parecía como si acabara de tener una aparición. Se deshizo en disculpas que ni siquiera llegaba yo a oír. Estaba acostumbrado. Ser el hermano del Che nunca ha sido anodino. Cuando la gente se entera, todos se quedan atónitos. Cristo no puede tener hermanos. Y el Che es un poco como Cristo. La Higuera, en Vallegrande, adonde llevaron su cuerpo el 9 de octubre para exponerlo al público antes de que desapareciera, se ha convertido en San Ernesto de La Higuera. Los habitantes rezan delante de su imagen. Por lo general, suelo respetar las creencias religiosas, pero esta me molesta enormemente. En la familia, desde mi abuela paterna Ana Lynch Ortiz, no creemos en Dios. Mi madre nunca nos llevó a misa. Ernesto era un hombre. Hay que apearlo del pedestal, darle vida de nuevo a la estatua de bronce para perpetuar su mensaje. El Che habría detestado el estatus de ídolo.

Empecé a bajar hacia el lugar fatídico, con el corazón encogido. Me sorprendió lo pelado que estaba el barranco. Esperaba encontrar una vegetación más densa. En realidad, salvo algunos arbustos secos y recios, la naturaleza era casi desértica. Entonces comprendí mejor por qué se vio Ernesto pillado en la trampa, como una rata. Era prácticamente imposible hurtarse a la vista del ejército, que rodeaba la Quebrada desde el día anterior.

Llegué al lugar donde había sido herido de bala en el muslo izquierdo y en el antebrazo derecho. Me sentí conmocionado. Delante del árbol raquítico en el que estaba apoyado el 8 de octubre, la tierra árida estaba cubierta por una estrella de cemento, indicando el sitio exacto donde estaba sentado cuando lo descubrieron. Una profunda angustia se apoderó de mí. Me asaltaron las dudas. Notaba su presencia. Sentía pena. Me preguntaba qué hacía Ernesto ahí, solo. ¿Por qué no estaba yo con él? Tendría que haber estado a su lado, naturalmente. Siempre fui un activista, como él. No solo era mi hermano, era también mi camarada de lucha, mi modelo. Yo solo tenía veintitrés años, pero eso no era ninguna excusa: en la Sierra Maestra cubana, el macizo montañoso de donde partió la lucha armada durante la cual Fidel Castro lo nombró Comandante y donde se hizo grande, ¡había combatientes de quince años! No sabía que él estaba en Bolivia, pero ¡tendría que haberlo sabido! Tendría que haberme quedado en Cuba con él en febrero de 1959 y haber hecho caso omiso de la prohibición de mi padre.

Me senté —más bien, me desplomé— en el sitio donde él estuvo sentado. Veía su rostro tan bello, su mirada hipnótica e inquisidora, su sonrisa maliciosa. Oía su risa contagiosa, su voz, su indefinible inflexión: con los años pasados en México y luego en Cuba, su español se había convertido en una mezcla de tres acentos. ¿Se había sentido solo, vencido?

Algunas de las preguntas que me hacía tenían un sentido concreto. Otras eran puramente sentimentales. El Che no estaba solo, sino apoyado por seis combatientes a quienes apresaron con él. ¿Habría podido yo ayudarlo a huir? Al fin y al cabo, aquel día, otros cinco compañeros —entre ellos, Guido Inti Peredo— consiguieron escapar de la emboscada2. ¿Por qué no él? Reconstruyo ahora el desarrollo de los acontecimientos que llevaron a la muerte a mi hermano. ¿Habían vendido al Che? Si sí, ¿quién? Existen varias hipótesis, pero como solo son precisamente eso, hipótesis, prefiero no dedicarles mucho más tiempo. Ernesto guerreaba bajo el apodo de Ramón Benítez. Dicen que había elegido el nombre de Ramón en homenaje al cuento titulado «Reunión», de Julio Cortázar, que relata las peripecias de un grupo de revolucionarios en Sierra Maestra. Su presencia estaba aureolada de misterio. El Gobierno boliviano, alimentado por los informes que le proporcionaba la CIA —que se había instalado con el mayor de los descaros en el palacio presidencial de René Barrientos, en La Paz—, se olía que Ernesto Guevara mandaba el ejército de Ñancahuazú, sin tener ninguna prueba de ello. Hasta que el argentino Ciro Bustos, detenido cuando ya el Che lo había autorizado a abandonar la guerrilla, hizo un retrato robot bajo la amenaza de pasar el resto de sus días en prisión.

AL VOLVER a subir el barranco, me sentí destruido, vacío. Una desagradable sorpresa me aguardaba en La Higuera. Cuando estaba entrando en la aldea para ir a recogerme en la escuela donde mataron a Ernesto, una mujer se apartó de un grupo de turistas japoneses y se me abalanzó. Acababa de enterarse por una compatriota suya periodista de que estaba allí el hermano del Che. Rompió a llorar, gimiendo: «El hermano del Che, el hermano del Che». Me pidió muy educadamente que posara para hacerme una foto con ella. Lo único que podía hacer era aceptar y consolarla. Aquella japonesa parecía verme como una reencarnación del Che. Me sentía al mismo tiempo confuso y emocionado. Casi cincuenta años después de su muerte, mi hermano está más presente que nunca en la memoria colectiva. Está claro que yo no soy Ernesto, pero puedo —y debo— ser una herramienta para divulgar su pensamiento y sus ideales. Sus cinco hijos lo conocieron poco. Mi hermana Celia y mi hermano Roberto se niegan en redondo a hablar. Mi hermana Ana María murió de cáncer, como mi madre. Y yo tengo 72 años. No me queda tiempo que perder.

La escuela donde Ernesto pasó su última noche ha sufrido algunas transformaciones. El tabique que separaba las dos aulas lo han derribado. Las paredes están cubiertas de imágenes y de carteles que explican las últimas horas del Che. La silla que ocupaba cuando Mario Terán Salazar entró para matarlo sigue estando ahí. Imagino a mi hermano sentado, aguardando la muerte. Es muy difícil.

En la plaza del pueblo se levanta un gran busto blanco, esculpido por un artista cubano según la famosa foto de Alberto Korda Guerrillero heroico. El busto —por detrás se recorta contra el cielo una cruz blanca— también tiene una historia accidentada. Lo colocaron a principios de 1987 y lo retiró muy rápidamente un comando del ejército boliviano para poner en su lugar una placa en memoria de los soldados que fueron víctimas de la guerrilla. Volvió a su lugar veinte años después; venía acompañado por una escultura de cuatro metros de alto que campa a la entrada de la aldea. Los habitantes de La Higuera y de Vallegrande vivieron aterrorizados durante años. Nadie se atrevía a hablar del Che: para erradicar cualquier huella de aquel subversivo3, el régimen boliviano había prohibido toda mención de su nombre. La reacción ante aquel silencio impuesto fue que inevitablemente empezaron a forjarse algunas leyendas. En el momento en que lo capturaron, los campesinos de la comunidad aimara que pueblan la región no tenían ninguna conciencia de la importancia del prisionero. Nunca veían a ningún extranjero, apenas si hablaban español. Con la muerte del Che, invadieron el pueblo hordas de periodistas. Hasta el 9 de octubre de 1967, nadie había oído nunca hablar de La Higuera. El 10, treinta y seis aviones estaban alineados en la improvisada pista de aterrizaje de Vallegrande, a sesenta kilómetros de distancia. Los autóctonos empezaron a comprender que acababa de producirse un acontecimiento de envergadura, que aquel prisionero no era un prisionero cualquiera.

EL CADÁVER DE Ernesto lo evacuaron hacia Vallegrande en una camilla que montaron en el tren de aterrizaje de un helicóptero. Los militares bolivianos decidieron exponerlo para ejemplo de todos en la lavandería, en el fondo del jardín del pequeño hospital del lugar, durante diecisiete horas. Había que dejar claro que los subversivos de la catadura de aquel Ernesto Che Guevara serían aniquilados. ¡El Che estaba muerto, muerto, muerto! Que el patético fin sirva de lección al pueblo. Que no vaya este a embarcarse en una aventura tan lamentable como aquella, ineludiblemente abocada al fracaso.

El cuerpo a medio desvestir quedó expuesto sobre un lavadero de cemento. Estaba descalzo, con los ojos abiertos. Se dijo sin embargo que un sacerdote se los había cerrado en La Higuera… Algunos compararon la imagen de mi hermano supliciado con la tela Lamentación sobre Cristo muerto, del pintor italiano del Renacimiento Andrea Mantegna. La semejanza es asombrosa pero no aporta nada. Hay testigos que dicen que los ojos del Che los seguían mientras deambulaban alrededor de sus restos mortales. Otros, que el médico —admirador secreto— encargado de lavar el cuerpo quiso embalsamarlo, pero que, por falta de tiempo, le habría extraído el corazón para conservarlo en un frasco. Ese mismo médico habría hecho dos mascarillas mortuorias: la primera de cera y la segunda de escayola. Una enfermera, por su parte, se sorprendió al ver la expresión de paz de Ernesto, que contrastaba inexplicablemente con la de los otros guerrilleros matados, marcados por el sufrimiento y la angustia. No creo de ninguna manera tales pamplinas. Todas tienden hacia un mismo objetivo: convertir al Che en un mito. Ese es el mito que me propongo combatir, devolviéndole a mi hermano un rostro humano.

Después del 9 de octubre, en La Higuera permanecieron de servicio quince soldados durante todo un año. Les explicaron a los campesinos que estaban allí para protegerlos de los cómplices del Che, que no dejarían de ir a vengar su muerte masacrándolos. Porque eran ellos, los campesinos, verdad, quienes habían traicionado al Che.

Así nació un culto, entre los rumores y el temor.

EL COMERCIO VERGONZOSO que ha ido desarrollándose alrededor del Che me horroriza. Ernesto habría desaprobado esas leyendas absurdas, en la linde del misticismo. En La Higuera y en Vallegrande, todo un negocio turístico se dedica al Che. Existen visitas guiadas por «la ruta del Che». Intentan venderle a uno de todo y cualquier cosa. Es repugnante. A la puerta de la escuela vi los tenderetes de objetos, de camisetas, de banderas. Me pareció de una bajeza inaudita. Ernesto luchaba por la liberación del continente americano y hay tipos que explotan su imagen para llenarse los bolsillos. La gente le reza al Santito Che, le reclama milagros, le pide por sus vacas o ¡qué sé yo cuántas cosas más! El Che quería dar, no quedarse con nada. Creía en el hombre como dueño de su destino y no sometido a una especie de fuerza superior que le concedería o no cosas. Creía en la lucha. Era un humanista.

Fui dos veces a La Higuera y seguro que no vuelvo más. Ya no es una aldea de cuatro casuchas miserables, sino una tienda a cielo abierto, donde intentan constantemente sacarle a uno dinero. Todo eso no tiene nada que ver con mi hermano, nada.

EL CUERPO DE Ernesto desapareció misteriosamente la mañana del 11 de octubre de 1967. Una religiosa de guardia en el hospital le confesó más tarde a un franciscano alemán, fray Anastasio, que había oído ruidos como de una procesión por los pasillos del hospital, hacia la una de aquella noche. Como es natural, empezaron a circular rumores de todo tipo.

La verdad estalló veinte años después.

1 En 1998, cuando se publicó su libro Pasajes de la guerra revolucionaria: Congo.

2 Tardarían más de un mes en atravesar las redes del ejército de Bolivia para llegar a una población sin que los descubrieran. A Guido Inti Peredo lo acorralarían y asesinarían en 1969.

3 Con las oleadas de represión en Argentina, el adjetivo subversivo se convirtió en nombre común, de modo que así lo utilizaremos también aquí.

La Habana, enero de 1959

EL TELÉFONO SONÓ al final de la mañana en nuestra casa de la calle Aráoz, de Buenos Aires. Mi madre se sobresaltó. ¿Y si fuera él? Se levantó de un brinco, tropezó con la mesa en la que estaban preparados los naipes del solitario. Hacía dos años que vivía una profunda depresión y con una angustia casi permanente, y encontraba cierto sosiego haciendo solitarios, mientras fumaba cigarrillos negros sin filtro. No dejaba de hacerse mala sangre por mi hermano mayor, Ernesto, que estaba combatiendo en vanguardia de la columna n.o 8 Ciro Redondo del Ejército Rebelde del joven líder revolucionario Fidel Castro y su Movimiento 26 de Julio, con el objetivo de derrocar al dictador cubano Fulgencio Batista, cuya ferocidad tenía al pueblo aterrorizado. La prensa internacional había anunciado en muchas ocasiones la muerte del «médico argentino Ernesto Che Guevara», sumiendo a nuestra familia en la desesperación y la incertidumbre. Pero solo eran rumores difundidos por el régimen opresor para confundir al pueblo cubano y convencerlo de que dejara de prestar ayuda a los revolucionarios. Todas esas informaciones funestas quedaban desmentidas una a una, para nuestra inmensa tranquilidad.

Las noticias de Ernesto eran escasas. Sabíamos que estaba combatiendo en algún lugar de Cuba, que el ejército revolucionario había ganado batallas decisivas, que contaba con el apoyo de la población y que avanzaba hacia la capital. Nosotros vivíamos a 6.500 kilómetros de la isla, que es tanto como decir a años luz. Nos asíamos a cada brizna de información proveniente del teatro de operaciones, cuya base estaba por entonces en Sierra Maestra, una cadena montañosa inhóspita del sudeste de la isla, donde la vegetación es impenetrable y las temperaturas pueden desplomarse brutalmente en invierno.

Las sucesivas muertes de Ernesto habían ido haciéndose cada vez más dudosas, cada vez menos creíbles. Sin embargo, vivíamos en el filo de la navaja, en un estado de alerta permanente. Mis padres se reprochaban, sin decírselo, no haber sabido convencer a aquel hijo temerario e indomable para que se quedara en casa, aunque nunca intentaron retenerlo: nos educaron en libertad total, animándonos a viajar, a descubrir, a vivir la aventura, la política e incluso la rebelión. Pero eso ya… Aquella revolución en tierra extraña, donde cada día arriesgaba el pellejo… Les costaba un trabajo enorme comprenderlo, soportarlo. El hijo adorado, a quien habían tenido entre algodones, a cuya cabecera habían pasado tantas horas de agonía intentando aplacar sus espectaculares ataques de asma que le arrancaban toda fuerza y le impedían respirar, estaba jugándose la vida por unos ideales. ¡Y ni siquiera había cumplido aún treinta años! Sin embargo, debían reconocer que eso también se lo habían enseñado ellos. Nos educaron así, pero estaban viéndose superados. Ernesto se había alimentado con sus lecciones y les había dado otro impulso.

Yo tenía por entonces quince años. Me daba perfectamente cuenta de que mis padres sufrían su ausencia, pero calculaba mal el peligro. Sentía admiración por mi hermano, un gran aventurero que se había ido solo y prácticamente sin un centavo, con veintiún años, a dar una vuelta de 4.500 kilómetros por el norte de la Argentina al manillar de una motocicleta; y un año después, un viaje de varios meses en moto, con su amigo Alberto Mial Granado; y a continuación, otra larga expedición, al final de la cual se encontró con un grupo de revolucionarios cubanos con quienes se marchó a reinventar el mundo, empuñando un arma, a una isla lejana y exótica. Ninguno de mis amigos podía vanagloriarse de tener un hermano así.

—¿Sí? —contestó mi madre al descolgar el teléfono.

—Hola, vieja. Soy yo, tu hijo Ernestito.

Mi madre nunca fue muy expresiva. Sin embargo, no pudo reprimir un grito. Durante seis largos años, solo había oído la voz de Ernesto una vez, cuando la llamó unos minutos desde su campamento de Sierra Maestra. Desde que se marchó definitivamente de Buenos Aires, el 8 de julio de 1953, cada miembro de la familia —mi padre, Ernesto Guevara Lynch, mi madre, Celia de la Serna, mi hermano Roberto, mis hermanas Celia y Ana María y yo— mantuvo con él una correspondencia regular, al menos hasta que se metió en actividades clandestinas. La comunicación familiar siempre pasó por la escritura, más que por el teléfono.

La vieja irradiaba felicidad. «¡Es Ernestito!», gritó. Parecía de pronto tan dichosa. Las noticias eran excelentes. Ernesto le anunciaba la victoria del Ejército Rebelde, su entrada triunfal en La Habana y la retirada de Fulgencio Batista. Pero no llamaba a Buenos Aires para hablar de sus hazañas —aclaró—. Quien llamaba no era el Comandante, sino el hijo y el hermano. Quería oír el sonido de la voz materna, que tanto había echado de menos. La vieja y él se profesaban un inmenso amor y un profundo respeto. Ella fue, sobre todo, quien formó a Ernesto. Ella fue política y contestataria antes que él. Le infundió el gusto por la lectura, le enseñó francés, lengua que ella hablaba corrientemente. Dicen que Ernesto era su ojito derecho. Un favoritismo cuyo origen había que ir a buscar a la enfermedad que le envenenó la infancia: el asma aguda que le impidió seguir una escolaridad normal y obligó a mi madre a darle clases en casa hasta los nueve años.

Nunca sufrí por aquella estrecha relación que mantenían: yo era el menor, el último —tengo respectivamente quince y once años menos que Ernesto y que Roberto—, y disfruto de un puesto de privilegio en la familia. Además, al día siguiente de la llamada de Ernesto, cuando el mundo tuvo noticia de la victoria de Fidel Castro, mi madre le hacía la siguiente declaración a la periodista Angelina Muñoz, de la revista La Mujer: «De mis cinco hijos, Ernestito es el más conocido, pero todos son magníficos», y añadía: «No sé bien con quién voy a encontrarme. Estos últimos seis años han sido demasiado intensos para mi hijo. ¿Cómo será ahora? […] Claro que estoy contenta. Aunque no dejo de sentirme un poco intimidada por el encuentro. Estos seis años han sido muy importantes para mi hijo… ¿Cómo lo encontraré? Nunca quise coartar la libertad de mi hijo. Si lo hubiéramos hecho, no seríamos, como somos, tan compañeros. Nunca necesitó enfrentar a su familia, hemos tratado siempre de comprenderlo y compartir sus inquietudes».

La tarde de aquella llamada providencial, estábamos todos reunidos en casa, eufóricos y perplejos. Todos nos hacíamos la misma pregunta: ¿reconoceremos a Ernesto? ¿Quién era ese hombre barbudo, con esa melena indomable ceñida por una boina, ese Comandante que estaba en primera página de toda la prensa internacional? ¿Qué tenía que ver con nuestro Ernestito?

Todos los periódicos habían anunciado el triunfo de la Revolución cubana. Los allegados que siempre se habían mostrado más refractarios a las ideas de Ernesto también lo celebraban. Al parecer, los clanes Guevara y De la Serna acababan de parir a un gran hombre y estaban a reventar de orgullo. Al menos, de momento. Ya tendrían tiempo algunos de intentar distanciarse, cuando las cosas se pusieron feas en Argentina.

DOS DÍAS DESPUÉS de la llamada, el 6 de enero de 1959, mi padre, mi madre, mi hermana Celia y yo dejamos la calle Aráoz en dirección al aeropuerto internacional de Ezeiza, con destino a Cuba. Desafortunadamente, Roberto y Ana María no pudieron acompañarnos. A Roberto lo retenía un asunto profesional, ya no recuerdo cuál; Ana María acababa de dar a luz. Yo iba todo ufano con el traje que mis padres me habían comprado para la ocasión, mi primer traje. Por fin iba a reencontrarme con mi hermano mayor, el bromista que me había iniciado en las novelas de aventuras de Emilio Salgari y Julio Verne. Poco importaba que se hubiera convertido en El Comandante o El Che. Sentía, como era natural, un orgullo difuso —al fin y al cabo su cara andaba en todos los periódicos—, pero todo era aún demasiado abstracto para mí.

Estábamos muy exaltados. Fidel Castro había decidido discretamente, sin decirle nada a Ernesto, llevarnos a La Habana para celebrar la victoria. Mi hermano habría rechazado la idea para no malgastar el dinero del nuevo Estado cubano revolucionario. En los dos años que llevaban combatiendo codo con codo, Ernesto y Fidel habían desarrollado una relación de compañeros indestructibles que el intelectual cubano Alfredo Guevara resumiría más adelante como sigue, en una entrevista concedida al diario El País4:«Fidel encontró en su vida demasiados espejos; el Che no era espejo, tenía cultura y criterio propio. El Che le hablaba de igual a igual, era un igual, quizá el único de nosotros. El Che sabía que Fidel era el jefe, y Fidel escuchaba y respetaba al Che; era una complicidad perfecta».

Fidel sabía del afecto de su amigo por la familia. Ernesto había arriesgado su vida para liberar una patria que no era la suya. De modo que Fidel consideró que era injusto que fuera el único «huérfano» de la fiesta. Le encargó a su otro Comandante, Camilo Cienfuegos, que nos avisara y que fuéramos al aeropuerto con las maletas. Teníamos que tomar un avión de Cubana de Aviación especialmente fletado para repatriar a exiliados políticos cubanos no solo de Argentina, sino también de otros países de América Latina. El vuelo chárter prometía ser interesante…

Los primeros exiliados se presentaron en Ezeiza cargados como mulas. Uno de ellos en particular transportaba un centenar de libros rebosando de varias bolsas. Mi padre, preocupado, se quejó al piloto por exceso de peso: teníamos que sobrevolar la cordillera de los Andes para aterrizar primero en Santiago de Chile, donde nos aguardaban otros exiliados; después, en Quito… El piloto tranquilizó a mi padre y despegamos en un ambiente extraordinariamente festivo.

En Quito, el avión se puso a describir grandes círculos en lugar de descender hacia el aeropuerto. La maniobra duró casi una hora. El tren de aterrizaje se resistía a funcionar. La tensión era extrema. Pero todo acabó afortunadamente por desbloquearse y por fin tomamos tierra. ¡Solo habría faltado que nos estrelláramos sin haber visto a Ernesto!

El viaje fue excesivamente largo. En cada aeropuerto nos asaltaban los periodistas, que querían entrevistar a los familiares del Che. ¡Y nosotros que creíamos que nuestra presencia en el avión de los exiliados se había mantenido en secreto! Mi padre se plegaba de buen grado a las exigencias: ¡al parecer, el vagabundo de su hijo se había convertido en un héroe internacional!

Sobrevolando ya La Habana, temimos por segunda vez estrellarnos por culpa del tren de aterrizaje, que volvía a hacer de las suyas a pesar de las reparaciones a que lo habían sometido en Quito. Terminamos posándonos con toda suavidad en la pista del aeropuerto José Martí, de La Habana. Estábamos agotados, pero la idea de volver a encontrarnos con Ernesto nos llenaba de alegría.

Al bajar del avión y pisar tierra cubana, mi padre se arrodilló y la besó.

Unos guerrilleros barbudos y armados nos esperaban en la misma pista para escoltarnos entre la muchedumbre hacia Ernesto. Por razones de seguridad, se había quedado dentro de la terminal. Aquella misma mañana, Camilo le sugirió que fuera al aeropuerto, «donde lo aguarda una sorpresa». No había tenido tiempo para enfadarse, para argumentar que rechazaba frontalmente todo trato de favor para él y los suyos. Al fin y al cabo, Fidel aún no había llegado a La Habana. La victoria era reciente. Solo le quedaba alegrarse por encontrarse de nuevo con su familia.

Cuando mi madre vio a Ernesto, salió corriendo hacia él, enredándose los pies en la maraña de cables de televisión que cubrían el suelo. El abrazo fue interminable, un momento de una intensidad extraordinaria. Mi madre sollozaba entre los brazos de Ernesto, que la estrechaban con ternura. Mi padre, Celia y yo observábamos la escena con profunda emoción. Hacía seis años que mi madre soñaba con ese momento. ¡Había creído tantas veces que su hijo estaba muerto!

Para mi padre, las cosas eran diferentes. Él también quería a su hijo mayor, pero la relación era conflictiva. A todos en la familia nos faltaba un tornillo; en materia de locura, no obstante, mi padre, con mucho, se llevaba la palma. Digamos que sus continuas excentricidades tenían el don de exasperar a sus más allegados. Además, aunque apoyará más adelante las ideas de Ernesto, en aquel enero de 1959 no compartía sus ideas políticas. Tenía otras ambiciones para Ernesto. Al parecer, albergaba la intención de aprovechar la estancia en La Habana para ponerle en orden las ideas y convencerlo de que regresara a Buenos Aires para continuar su carrera de médico alergólogo. No tardaríamos mucho en ver que las intenciones de Ernesto eran otras. Mi padre no parecía comprender que, para su hijo, aquella revolución era mucho más que una bonita aventura a punto de terminarse para dejar sitio a cosas más serias: «De mi medicina puedo decirte que hace rato que la he abandonado. Ahora soy un combatiente que está trabajando en el apuntalamiento de un gobierno. ¿Qué va a ser de mí? Yo mismo no sé en qué tierra dejaré los huesos», comentó Ernesto. Y, con su habitual sentido del humor, añadió enseguida: «Mirá, viejo, como vos te llamás Ernesto Guevara como yo, en tu oficina de construcciones colocás una chapa con tu nombre y abajo le ponés MÉDICO y ya podés comenzar a matar gente sin ningún peligro»5. Hay que aclarar que mi padre decía que era arquitecto e incluso practicaba el oficio, pero nunca obtuvo ningún título…

Mi hermano ya no tenía nada de médico: desde la despedida del 8 de julio de 1953 en la estación Retiro de Buenos Aires había cambiado. Él, que hablaba tan atropelladamente, comiéndose la mitad de las palabras, que parecían correr para alcanzar pensamientos galopantes, se había convertido por entonces en pausado. Mi padre, sorprendido, comentaba que parecía meditar y medir las palabras antes de hablar. Salió de Buenos Aires imberbe; ahora tenía una barba de pelo fino y ralo, pero barba a pesar de todo. Si le gustaba el pelo corto para no tenerse que peinar, lucía ya una melena difícil de gestionar. Estaba más delgado. Hasta el momento, su apetito siempre había sido fluctuante, pasando de la voracidad a la frugalidad al ritmo de los ataques de asma. Llevaba el uniforme verde oliva, el cinturón ancho y elástico de color caqui y la boina negra con la estrella roja de Comandante que ya nunca dejaría. Había ganado en seguridad, en prestancia, en carisma y en autoridad, si tal cosa era posible, porque Ernesto tuvo siempre un carácter firme, un desparpajo natural, un alma de líder. Ya de niño era jefe de la banda de amigos, sin imponer nunca nada, simplemente porque inspiraba confianza. A su lado, hasta los chicos de más edad que él se sentían protegidos. Su amistad era indefectible; su lealtad, inquebrantable.

Me daba cuenta del respeto que Ernesto parecía inspirar a sus hombres. Tenía delante de mí a un hermano que me sonreía con ternura, que me buscaba las cosquillas como en el pasado, y a un hombre transfigurado. Me sentía impaciente por descubrir a ese hermano, que tan valientemente se había distinguido en el combate y que, con tres mil compañeros de armas, había vencido a un ejército sofisticado de cincuenta mil hombres, apoyado por la potencia más poderosa del mundo, los Estados Unidos. Lo que más me importaba, sin embargo, era volver a encontrar la complicidad de nuestra infancia.

SALIMOS ENJEEP hacia el hotel Hilton, donde íbamos a quedarnos por un tiempo aún indeterminado. El ambiente en las calles de La Habana era el de un país por fin liberado después de un interminable sometimiento. En todos los barrios se entrechocaban las músicas, la gente bailaba, todos celebraban la victoria de los jóvenes revolucionarios, a quienes debían la libertad recuperada. Era un alboroto ensordecedor. Grupos de guerrilleros llegados de Sierra Maestra, que apenas si sabían leer y escribir, que nunca habían salido de sus pueblos o de sus montañas y jamás habían tenido la posibilidad de contemplar una ciudad, admiraban el lujo de la capital, los rascacielos, los coches, los hoteles.

En el Hilton, la escena era surrealista y de un exotismo desenfrenado para el joven argentino que yo era. Un negro altísimo y un enano en librea custodiaban las puertas, como centinelas de otro universo. El actor americano Errol Flynn iba y venía por el vestíbulo: la llegada de la columna del Che lo había sorprendido en plenas vacaciones. El lujoso hall era una mezcla barroca de guerrilleros repantigados en los sofás y de turistas desconcertados por haberse transformado tan de pronto en inciertos testigos de una revolución en marcha. Unos y otros parecían aturdidos: no les había dado prácticamente tiempo a asimilar el giro que habían tomado los acontecimientos. Cuando estábamos contemplando aquella escena, aturdidos nosotros también, llegó el Comandante Camilo Cienfuegos con su tropa. Los guerrilleros que estaban tumbados se levantaron como un solo hombre. Camilo era guapo e imponente, barba bien poblada, pelo largo, sombrero de cowboy y su subfusil Thompson en bandolera. Soltó una carcajada atronadora. También él se había convertido en una leyenda. Ernesto se le acercó y le dio un abrazo antes de presentarnos. Se habían hecho muy amigos. Los empleados del Hilton no entendían nada. ¡Todo había sucedido tan rápidamente! Era un espectáculo alucinante que me deleitaba en saborear segundo a segundo. Las mesas se vencían bajo el peso de las armas de fuego, que no dejaban sitio alguno para un plato, ni siquiera para una taza. Los soldados aparecían hirsutos y desarrapados. Acababan de emerger de dos años de clandestinidad. Los uniformes sucios y descoloridos por el paso del tiempo, el sol y las inclemencias habían ido a parar al suelo, junto a los amuletos; las botas que llevaban puestas estaban desgastadas y agujereadas. Yo estaba pasmado de constatar que hombres jóvenes, de mi edad, lucían ya un grado en el ejército revolucionario. Pero lo más sorprendente era Ernesto. Mi familia siempre fue marginal, anticonvencional, absolutamente refractaria a la autoridad. De modo que ver de Comandante a mi hermano, el mismo que no había hecho el servicio militar argentino porque padecía asma, era para quedarse sin palabras.

NOS INSTALARON EN una suite de la planta 16 del Hilton. Mi madre salió al balcón y abarcó el cuadro que tenía ante los ojos: el barrio Vedado, la Rampa, el Malecón, el Castillo del Morro, el mar. Se deleitaba con tanta felicidad. Se había hecho un programa: disfrutar lo más posible de su hijo, verse con ese Fidel del que tanto había oído hablar en las cartas de Ernesto y en la prensa y empaparse todo lo que pudiera de la revolución y sus objetivos políticos, filosóficos, económicos, prácticos. Los anhelos de mi padre estaban más a ras del suelo. Entre otras cosas, quería establecer contactos que acaso podrían —¿quién sabe?— serle de utilidad más adelante.

Nuestro viaje había sido agotador. Nos fuimos todos a acostar con un alboroto de charanga que venía de la calle, felices y asombrados aún de dormir bajo el mismo cielo que Ernesto.

Cuando llegó, al día siguiente, para almorzar con nosotros, se sorprendió al ver que mi padre estaba en plena sesión de fotos con un tío y una prima de Fidel, Gonzalo y Ana Castro Argiz. El orgullo que les provocaba la reciente gloria de sus respectivos familiares los había acercado. Ernesto se enfadó. Habría preferido que su padre hubiera adoptado un comportamiento discreto, más de acuerdo con la solemnidad de las circunstancias. ¡Algo así como pedirle a una estrella de cine en ciernes que se hiciera invisible durante el Festival de Cannes! Mi padre era un hombre brillante y los acontecimientos providenciales que estaba viviendo acudían precisamente a proporcionarle el entarimado perfecto para salir a escena. Resultado: la exasperación de Ernesto —y mía— iba a ir creciendo a lo largo de los días siguientes, con cada nuevo paso en falso de nuestro padre. Iba a cometer una serie de torpezas ciertamente imperdonables y a precipitar su marcha.

Una de las mejores cualidades de mi hermano era su probidad, su sentido innato e inamovible de la equidad y de la justicia. Una rectitud a toda prueba, en los límites de la rigidez, heredada de nuestra madre, que chocaba desde siempre con la fantasía y el oportunismo de nuestro padre. Él se encontraba en el Hilton como los propios ángeles. El lujo le caía bien, incluso le encantaba, sobre todo porque hacía ya mucho que lo tenía olvidado. De hecho, ni siquiera entre nuestros parientes más ricos habíamos conocido nunca aquel tipo de confort moderno, que parecía tan típicamente americano. El cuarto de baño que teníamos en la habitación estaba equipado con una inmensa bañera-jacuzzi. El frigorífico contaba con un botón que producía cubitos de hielo. Para un adolescente como yo, que nunca había viajado y que provenía de una casa destartalada, semejante opulencia resultaba inverosímil y turbadora. Para mi madre, que conoció lujos en su juventud, venía a ser igualmente chocante e incluso insoportable en el contexto de la revolución. A los dos días de nuestra llegada, exigió que nos cambiaran a un hotel menos lujoso. Nos trasladaron al Comodoro, junto a la playa, a una suite que tenía una cama redonda enorme, demencial, donde había dormido la actriz mexicana María Félix. La ventana daba al embarcadero, en el que había yates amarrados. El hotel contaba con un helipuerto en la azotea. Era donde aterrizaría Ernesto varias veces para visitarnos por sorpresa. El Comodoro era apenas menos lujoso que el Hilton, pero era el único disponible. ¡Conque tendríamos que adaptarnos!

FIDEL CASTRO LLEGÓ de Santiago de Cuba a La Habana, celebrado como un héroe, dos días después que nosotros. Pronunció un discurso y se instaló en la planta 23 del Hilton. Ernesto vivía con su pareja, Aleida March, una joven revolucionaria cubana a la que conoció en Sierra Maestra y que se vio obligada a buscar refugio en la selva para evitar que la detuvieran y la torturaran. Se alojaba, sin embargo, en una celda monástica de la fortaleza San Carlos de La Cabaña6, donde tenían ya lugar los procesos contra miembros del régimen derrocado, procesos cuya responsabilidad le había confiado Fidel. Una responsabilidad que le echarían duramente en cara los contrarrevolucionarios en el mundo por las numerosas condenas a muerte pronunciadas, sobre las que diría en una entrevista: «La posición mía en este caso es una posición difícil. Tengo la responsabilidad total de las condenas. Y entonces en estas condiciones, no puedo estar yo en contacto con esa gente. No conozco uno solo de los presos de La Cabaña. Me limito en este caso solamente a ejercer la acción de jefe del tribunal supremo de La Cabaña y analizar fríamente los hechos. Yo parto de la base de que la justicia revolucionaria es de verdad justicia». Aleida contaría más tarde en su autobiografía7 que aquellos juicios, a los que el Che no asistiría nunca salvo, a veces, en recurso, eran muy difíciles y desagradables para él; en particular, cuando las familias de los acusados venían a invocar y a reclamar su clemencia.

Acusaron a Ernesto de crueldad. Nada más falso. En la selva cubana, trataba a los prisioneros enemigos con humanidad. Cuando estaban heridos, recuperaba su condición de médico para curarlos. En la selva boliviana, los ponía en libertad. Los prisioneros de La Cabaña no eran hermanas de la caridad: eran un revoltijo de los peores torturadores de la dictadura cubana. Tipos que habían intimidado, amenazado, matado, torturado al pueblo. Ernesto nos explicó que los jefes revolucionarios habían decidido llevar a cabo juicios para evitar la justicia sumaria de la calle, bastante más fea. Porque era generalmente proclive al linchamiento de los agentes del verdugo que los había hecho padecer auténticos horrores.

Ernesto me prohibió tajantemente que fuera a La Cabaña. Pero sí asistí, no obstante, a un juicio: al tercer día de estancia en La Habana, me dirigí al Coliseo de la Ciudad Deportiva, en la avenida de Boyeros. Ahí fue donde se celebró el primer proceso de todos, el único que fue público, el de un sádico conocido por su crueldad, Sosa Blanco. Guardo un recuerdo execrable. En la cancha de baloncesto donde se celebraba, había un ambiente nauseabundo de partido de fútbol. El público estaba muy exaltado y gritaba: «¡Asesino!». Aunque el acusado se había declarado culpable de actos inhumanos, el espectáculo no podía ser más lamentable. Ernesto ya me había dicho que era imposible conseguir ningún tipo de satisfacción con esos procesos. Tenía razón. Por lo tanto, nunca intenté entrar en La Cabaña.

Ernesto venía a veces al Comodoro para distraerse de sus obligaciones. Esperábamos entonces a que su séquito se marchara de la habitación para olvidar la revolución y hablar de Argentina y de los viejos tiempos. Nos hacía innumerables preguntas sobre la familia, se interesaba por todos, en particular por Roberto y Ana María, que se habían quedado en casa. Me moría de ganas de estar a solas con él. Cuando se presentaba la ocasión, lo primero que hacía era quitarle la boina; a veces le decía: «¡Sacate la gorra y el grado de comandante que conmigo no lo sos!». Entonces, se ponía a provocarme, a gastarme bromas. Era su manera de divertirse, de rebajar la tensión. Él también parecía necesitar de esos momentos íntimos que le permitían olvidar sus responsabilidades para volver a ser de nuevo simplemente un hermano. Hay cosas que solo nos pertenecían a nosotros y que era imposible que compartiera con la gente que lo rodeaba. Y además, nos había echado tanto de menos durante seis años.

Un día que estábamos solos en su despacho, quiso boxear. Se quitó el pañuelo que llevaba para sujetarse el hombro que tenía luxado y me dio un puñetazo. Respondí y le di en el codo. Hizo como si estuviera sufriendo martirio y se doblaba en dos. Cuando me acerqué para ayudarlo, me dio un golpe que me lanzó varios pasos hacia atrás. Me puse furioso, lo insulté. Él se partía de risa. Me pidió que me sentara y me dijo, a modo de lección, llamándome hermanito: «Nunca te descuides o descreas del enemigo».

En otros momentos, me insistía para que emprendiera estudios superiores. «Hay que aprender», repetía. Yo era el único de los hermanos que se negaba a hacer una carrera universitaria, fuera la que fuera. Ernesto era médico; Roberto, abogado; Celia y Ana María, arquitectas. Mi deseo era ponerme a trabajar cuanto antes y convertirme en proletario. Un día que volvía a insistir en lo mismo, le cerré el pico de una vez por todas, diciéndole: «Si no me equivoco, vos tenés un diploma de médico, ¿no? Y ¿qué hiciste con él? ¿En qué consulta lo colgaste? —¡Pero el estudio no se limita a eso! —me respondió—. Es una disciplina necesaria». Mi argumento era más que nada una defensa. No quería estudiar, y basta. Mi madre estaba demasiado cansada para animarme; mi padre, demasiado ocupado en llevar su propia vida fuera del nido familiar. Sin embargo, soy un lector voraz. Eso nos permitía mantener conversaciones interesantes. Ernesto era extraordinariamente brillante y culto. Era seguidor de Marx, Engels y Freud, y también de Jack London y Jorge Luis Borges, de Baudelaire, de León Felipe, de Cervantes y de Victor Hugo. Conocía a fondo las obras de Merleau-Ponty y de Jean-Paul Sartre. Cuando recibió a este último en La Habana —con Simone de Beauvoir—, después de nuestra marcha, Sartre se quedó muy sorprendido al descubrir detrás del guerrillero a un hombre inteligente y erudito. Ernesto devoraba por término medio un libro al día, aprovechando cada momento libre para sumergirse en una obra. Sentía una predilección particular por el Quijote, que había leído seis veces, y por El capital, de Karl Marx, que consideraba un monumento del conocimiento humano. Se sabía de memoria el Canto general, de Pablo Neruda, que solía recitar durante las ofensivas. Desde niño, se refugiaba en los versos y en la prosa en los momentos difíciles. Los versos y el mate. Y además, escribía divinamente bien. Aunque nunca se consideró un autor, dejó una obra de más de tres mil páginas compuesta de diarios, ensayos, cartas, discursos, manuales de guerra. Tanto es así, que el escritor cubano Julio Llanes le consagró un libro a ese «Che escritor8».

CON EL FIN de que pudiéramos desplazarnos cómodamente por La Habana y los alrededores, Ernesto nos designó un teniente del ejército para custodiarnos.Ernesto insistió en cobrar la pobre paga de un soldado; es decir, 125 dólares al mes. Se negaba a que le pagaran más que a sus hombres, aunque otros altos responsables del régimen recibían 700 dólares mensuales. Se enfadó también con un lechero que le dejó una ración de leche anormalmente abundante delante de su puerta. Una integridad que desorientaba a mi padre. La encontraba fuera de lugar y ridícula teniendo en cuenta los sacrificios de Ernesto por la revolución. Por idénticas razones, consideraba normal que los padres del Che disfrutaran de algunos privilegios. Al fin y al cabo, le habían «prestado» a Cuba a su hijo bien amado, la niña de sus ojos, y habían sufrido enormemente por ello. Si bien mi padre se enzarzaba regularmente con Ernesto pidiéndole una y otra vez que le explicara sus decisiones y sus preferencias ideológicas, alimentaba hacia él sentimientos entrañables. Ese hijo suyo no dejaba de desconcertarlo. No comprendía por qué Ernesto recibía un salario tan bajo. Todos esos escrúpulos lo superaban. Como el hecho de que Ernesto se negara a firmar autógrafos diciendo: «No soy un artista de cine».

Por deferencia hacia nuestros padres y para que pudiéramos pasearnos por la isla, Ernesto terminó aceptando poner un coche a nuestra disposición, a condición, sin embargo, de que el viejo se encargara de pagar la gasolina. Pero, como de costumbre, Ernesto padre no llegaba a fin de mes. No tenía un chavo. De modo que intentó argumentar: «Hijo, estamos en un período de vacas flacas». A lo que Ernesto contestó: «¡Los cubanos también! ¡Apáñatelas, coño!».

Mi padre hizo como si se hubiera enterado. Pero intrigaba a espaldas de Ernesto para obtener lo que quería, insinuando que el Che estaba de acuerdo. Cuando Ernesto se enteró, se puso hecho una fiera. Le leyó la cartilla. ¡Pero nada detenía al viejo! Seguía haciendo lo que le daba la gana. Siempre he ignorado qué era lo que se le pasaba por la cabeza: comprenderlo era una misión imposible. Algo así como meterse en un laberinto con los ojos vendados.

Desde que llegamos, mi viejo carecía de discernimiento o de disciplina o de ambas cosas. Parecía no haber captado en quién se había convertido su hijo y hasta qué punto aquella revolución había hecho de él un ser de una probidad aún más puntillosa que la de su juventud. Para Ernesto, el más anodino de sus actos alcanzaba valor de mensaje. Si el Che pretendía dar ejemplo de ese «hombre nuevo» que quería parir para construir una sociedad basada en la igualdad, su conducta debía ser irreprochable. Y por extensión, la nuestra. ¿Quién y cómo era ese hombre nuevo, según Ernesto? «[…] se plantea a todo joven comunista ser esencialmente humano, ser tan humano que se acerque a lo mejor de lo humano, purificar lo mejor del hombre por medio del trabajo, del estudio, del ejercicio de la solidaridad continuada con el pueblo y con todos los pueblos del mundo, desarrollar al máximo la sensibilidad hasta sentirse angustiado cuando se asesina a un hombre en cualquier rincón del mundo y para sentirse entusiasmado cuando en algún rincón del mundo se alza una nueva bandera de libertad», declararía en un discurso de octubre de 1962.

MI PADRE NO parecía comprender. A menos que estuviera escondiendo la cabeza como un avestruz con la intención de evitar los obstáculos que Ernesto le ponía delante para que no se apartara del camino recto de la revolución y del ejemplo. Mi padre había invitado a tres dirigentes sindicales argentinos, que vinieron en avión desde Buenos Aires con nosotros. Aquello nos pareció extraño, incluso fuera de lugar, pero, como ya he dicho más arriba, hace tiempo que abandonamos toda veleidad de comprender las motivaciones de nuestro padre. Supongo simplemente que pretendía montar algún que otro negocio gracias a los sindicalistas. ¿Qué negocio? Lo ignoro. Mi padre intentaba sacarle partido a todo, aunque fracasaba estrepitosamente en todo lo que emprendía, a pesar de su mucha inteligencia. Era un soñador y un artista, en modo alguno un hombre de negocios, por mucho que lo intentaba.

Desconfié cuando una mañana me informó de que tenía una cita con el director general de la compañía de bebidas alcohólicas Bacardí. Me pidió que lo acompañase. Como era de esperar, no le había dicho nada a Ernesto. Llegamos a la sede de Bacardí, un imponente edificio art déco, en la avenida de Bélgica de la ciudad vieja. Nos recibió José Pepín Bosch en su magnífico y amplio despacho. Me sirvieron un daiquiri en un vaso en cuyo fondo flotaba una perla. ¡No podía creer lo que estaban viendo mis ojos! Mi padre hablaba tranquilamente con Bosch. Se encontraba a sus anchas. Igual que mi madre, provenía de una familia patricia de la alta burguesía argentina. No iba siguiendo con detalle la conversación, estaba ocupado en admirar el lujo que me rodeaba. En el momento de marcharnos, mi padre mencionó la posibilidad de hacer negocios con Bacardí en Argentina.

Al día siguiente, fuimos a visitar al director general del banco Pedroso, que era uno de los más importantes de capital cubano. ¡Cabe imaginar lo revolucionario que podía ser el tipo! Cuando Ernesto se enteró, se enfadó. «¡No podés hacer eso! —intentó explicarle—. ¡Acabo de hacer la revolución, che! No podés ir a comprometerte con todos los directores generales de la isla. Vas a hacerme perder toda credibilidad. Si insistís en reunirte con dignatarios, andá a ver al presidente de la República. Te arreglaré una cita». Así fue como nos vimos con Manuel Urrutia.