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Del prólogo de Luis Alberto de Cuenca: "Chaplin nos cuenta en Mis andanzas por Europa sus aventuras (que no desventuras) por Inglaterra, Francia y Alemania. Un viaje triunfal. Sus fans lo persiguieron tanto o más que en Estados Unidos. Los periodistas lo abrumaron, y hasta lo cabrearon, con sus impertinentes entrevistas y cegadores y continuos flashes. "Se negó a que le presentaran a Bernard Shaw, por no caer en el tópico, pero intimó con H. G. Wells, que le impartió lecciones de socialismo más o menos utópico. Fue recibido en París como un Pétain después de Verdún. Visitó la Alemania de las cifras astronómicas de marcos impresas en cada billete, fruto de la escandalosa inflación que padeció el país del derrotado Káiser en la inmediata posguerra. "Mis andanzas por Europa es un libro lleno de humor y de ironía, y de datos valiosísimos sobre los gustos de su autor. Sus memorables páginas están escritas en un estilo despojado y sencillo que no rehúye una exquisita hondura lírica, y que cautiva a quien se acerca a ellas, pues quien nos habla es Charlie Chaplin, uno de los cuatro o cinco nombres más relevantes del siglo XX y del cine mundial".
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Seitenzahl: 268
Veröffentlichungsjahr: 2015
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MIS ANDANZAS POR EUROPA
Charlie Chaplin
PRÓLOGO
Luis Alberto de Cuenca
My Trip Abroadse publicó en Nueva York en 1922. Tardaría ocho años en traducirse al español. Lo hicieron A. Rodríguez León y R. Rodríguez Fernández-Andes, que vertieron el título original (algo así comoMi viaje al extranjero) porMis andanzas por Europa[1], un rótulo más exacto a juzgar por el contenido del libro y, desde luego, más comercial en español. Además, no deja de ser pintoresco que Chaplin utilice el términoabroad, pues él había nacido en Londres, en el castizo barrio de Kennington, y mal podría viajar «al extranjero» volviendo a casa. Por debajo de las razones que da el autor para tomarse unas vacaciones europeas («un pastel de carne y riñones, la gripe y un telegrama») había otra razón de peso: Chaplin quería llevarse a su madre, que estaba internada en un psiquiátrico, a los Estados Unidos, para que disfrutara de la fama y los millones de su hijo (la pobre no logró enterarse de nada dado su calamitoso estado mental).
De modo que ahí tenemos a Charlie Chaplin cruzando en tren el continente americano para tomar un transatlántico en la costa este que lo conduzca a su ciudad natal, en la lejana Inglaterra. Estamos en 1921. Charlot tiene treinta y dos años. Hace dos que fundó, con Mary Pickford, Douglas Fairbanks y David W. Griffith, la mítica productora cinematográfica United Artists. Acaba de estrenar en los USA su películaThe Kid, con Jackie Coogan (el chico) y Edna Purviance (su madre), que iba a arrasar en las pantallas de todo el mundo, originando todo tipo dememorabiliapublicitarios, entre ellos el emblema de las famosas galletas Chiquilín de Artiach. Va a estrenarse en LondresThe Kid, y su presencia es requerida por ese telegrama que Chaplin recibe después de cenar pastel de carne y riñones en casa del escritor y guionista Montague Glass y unos días después de haber pasado una gripe que lo había dejado hecho unos zorros. No viene mal pasarse por Europa a averiguar si su capacidad de convocatoria es tan abrumadora como en América, y de paso conocer mundo, y hasta llegar a Rusia, si es preciso, con los ceñudos bolcheviques en pleno subidón.
Con ayuda de un secretario que le pasa sus notas a limpio, Chaplin nos cuenta enMy Trip Abroadsus aventuras (que no desventuras) por Inglaterra, Francia y Alemania. A Rusia no llegó, y eso que parece sentir cierta simpatía por los soviets reinantes, o por lo menos curiosidad por conocer a gente como Lenin y Trotski, que eran lo más de lo más que se podía conocer en la Europa de los primeros años 20 del siglo pasado. Y digo que no hubo desventuras porque fue un viaje triunfal. Susfanslo persiguieron tanto o más que en Estados Unidos. Los periodistas lo abrumaron, y hasta lo cabrearon, con sus impertinentes entrevistas y cegadores y continuosflashes.
Conoció a Thomas Burke (el autor deLimehouse Nights, colección de relatos sobre los que rodó Griffith su inmortal cintaDream Street, que acababa de estrenarse). Intimó con H. G. Wells, que le impartió lecciones de socialismo más o menos utópico, lo recibió en familia y lo impresionó con su vitalidad juvenil (y eso que andaba por los cincuenta y cinco). Se negó a última hora a que le presentaran a Bernard Shaw, por no caer en el tópico en que incurrían todos los prohombres que acudían a Londres en aquella época. Cenó en el célebre Garrick Club con lo másinde la sociedad londinense, incluido el inefablePeter PanBarrie, el niño que nunca creció. Fue recibido en París como un Pétain después de Verdún. Visitó la Alemania de las cifras astronómicas de marcos impresas en cada billete, fruto de la escandalosa inflación que padeció el país del derrotado Káiser en la inmediata posguerra. Lo pasó francamente bien.
Pero todo tiene su final en la vida, y el viaje de Charles Chaplin también. Cuando sale de Southampton rumbo a Nueva York, lo despide su amigo Sonny, el hermano de Hetty Kelly, su amor de adolescencia, la primera mujer que le rompió el corazón. Todavía habrá párrafos de condena de la pena de muerte en ese decimoquinto y último capítulo del libro, tituladoBon voyage. Al cerrar el volumen, nos queda en la mente lectora un sabor sumamente delicioso, puesMis andanzas por Europaes un libro lleno de humor y de ironía, y de datos valiosísimos sobre los gustos de su autor. Sus memorables páginas están escritas en un estilo despojado y sencillo que no rehúye una exquisita hondura lírica en algunos pasajes (véase, por ejemplo, el comienzo del capítulo X) y que cautiva a quien se acerca a ellas, pues quien nos habla es Charlie Chaplin, uno de los cuatro o cinco nombres más relevantes del siglo XX y del cine mundial.
Madrid, 31 de marzo de 20101
[1].- Madrid, Editorial Cenit, 1930, con bonita cubierta en que aparece Charlot en primer plano y la Place de l’Étoile a lo lejos, con el Arco del Triunfo en medio. Incluye una biografía de Chaplin redactada por Carlos Fernández [de] Cuenca, tío abuelo lejano mío y un gran historiador del cine con una copiosísima bibliografíaad hoc.
I
Me decido a hacer novillos
Un pastel de carne y riñones, gripe y un telegrama. He aquí la triple alianza responsable de todo el asunto. Aunque quizá hubiera también un poquito de añoranza y un deseo de aplausos en lo que me hizo partir hacia Europa para unas vacaciones.
Durante siete años había estado soleándome bajo el perpetuo sol de California, un sol aumentado artificialmente por los reflectores Cooper-Hewitts del estudio. Durante siete años había estado trabajando y pensando en una sola onda, y quería marcharme. Salir de Hollywood, de la colonia cinematográfica, de los escenarios, del olor de celuloide de los estudios, de los contratos, de la atención de la prensa, de las salas de montaje, de las muchedumbres, de las bellezas en bañador, de las natillas, de los zapatos grandes y de los pequeños bigotes. Me encontraba en una atmósfera de actividad; pero de una actividad que para mí iba rápidamente acercándose al estancamiento.
Deseaba unas vacaciones emocionales, y al mismo tiempo comenzar una empresa de difícil realización. Les aseguro que incluso el payaso tiene sus momentos racionales y yo entonces los necesitaba.
La triple alianza mencionada aconteció de manera simultánea. Había terminado las películasEl chico[1]yVacaciones[2], y estaba a punto de embarcarme en la siguiente. La compañía había sido ya contratada. El guión y los decorados estaban listos. Habíamos trabajado en la película un día.
Me sentía muy cansado, débil y deprimido. Acababa de recuperarme de un ataque de gripe, y me hallaba en uno de esos estados de ánimo en los cuales todo da lo mismo. Me faltaba algo, y no sabía lo que era.
Y entonces, Montague Glass me invitó a cenar a su casa de Pasadena. Tenía muchas otras invitaciones, pero esta llevaba consigo la garantía de que comería pastel de carne y riñones. Una debilidad mía. Me presenté con bastante anticipación. El pastel era una sinfonía. Y lo mismo la velada. Monty Glass, su encantadora esposa, su pequeña hija, el ilustrador Lucius Hitchcock y su mujer: sencillamente una hogareña reunión familiar, sin luces rojas ni orquesta dejazz, que despertó en mí alguna reminiscencia que no supe identificar.
Después del último asalto al pastel, pasamos al salón, frente a la chimenea. Conversación, no jerga de estudio ni cháchara ociosa. Un intercambio de ideas, ideas fundadas en ideas. Descubrí que Montague Glass es mucho más que el autor dePotash yPerlmutter[3]. Piensa. Es además un músico consumado.
Tocó el piano. Yo canté. No como el que presume de figura del entretenimiento, sino como el que toma parte en una agradable velada doméstica. Jugamos a los acertijos. La noche terminó demasiado pronto. Me dejó anhelante. Allí había un hogar, en el verdadero sentido de la palabra. Allí había un hombre que, habiendo logrado el éxito artístico y comercial, aún podía cerrar las puertas y sacar al gato al caer la noche.
Conduje de regreso a Los Ángeles. Estaba desasosegado. En casa me esperaba un telegrama de Londres. En él se me decía que mi última película,El chico, estaba a punto de aparecer en Londres, y que, como era considerada mi mejor producción, se trataba de una ocasión idónea para que yo hiciera el viaje de retorno a mi patria nativa. Un viaje que llevaba años prometiéndome hacer.
¿Qué aspecto tendría Europa después de la guerra?
Lo pensé detenidamente. Nunca había estado presente en el estreno de ninguna de mis películas. Su debut para mí había tenido lugar en salas de proyección de Los Ángeles. Con esto me había perdido algo vital y estimulante. Obtenía éxitos, pero estos quedaban lejos de mí. Nunca había abierto el envoltorio para saborearlos. Tenía necesidad de recibir elogiosas palmaditas en la espalda. Y acariciaba la idea de que estas palmaditas vinieran «en» y «de» Inglaterra. Me daban a entender que así sucedería, de modo que deseé poner Londres patas arriba. ¿Quién no hubiera querido tal cosa en mi lugar? Mientras tanto, yo sentía la amenaza de una crisis nerviosa por el exceso de trabajo y las consecuencias de la gripe, por no hablar de los efectos del pastel de carne y riñones.
Las más placenteras sensaciones se me ofrecían, al tiempo que una promesa de descanso. Deseé obtenerlo cuando aún había ocasión para ello. Tal vezEl chicofuera mi última película. Tal vez no hubiera otra oportunidad de lucirme bajo los focos. Y deseaba ver Europa: Inglaterra, Francia, Alemania y Rusia. Europa era algo nuevo.
Era demasiado. Abandoné los preparativos de la película recién comenzada, ya decidido a partir para Europa la noche siguiente. Y así lo hice, a pesar de las protestas y los aullidos de los que todo lo consideran imposible. Se compraron los billetes; se hicieron las maletas. Todo el mundo quedó atónito. Me alegré por ello. Tenía deseos de asombrarlos a todos.
A la noche siguiente, creo que la mayor parte de Hollywood estaba en la estación de Los Ángeles para verme partir. Y estaban también sus hermanas, sus primas y sus tías. ¿Por qué me marchaba? A una misión secreta, les dije. Y fue una contestación muy a propósito. Inmediatamente acudió a la mente de todos la idea de que estaba contratado para producir películas en Europa. Pero, ¿me hubieran creído o comprendido si les hubiera dicho que tan solo necesitaba tomarme unas vacaciones emocionales? No lo creo.
Hubo junto al tren las escenas corrientes en toda despedida. El gentío me sorprendió; pero no era más que un anticipo. No me propongo recordar los mensajes de ánimo que se me profirieron a voz en grito. Los de rigor en estas circunstancias, me imagino. Hay, sin embargo, uno que no olvido. En el último minuto, mi hermano Syd gritó a uno de mis acompañantes:
—¡Por el amor de Dios, no permitas que se case!
Esto le proporcionó una carcajada a la multitud; y a mí, un buen susto.
Arrancó el tren y me dispuse a disfrutar de tres días de descanso y rutina ferroviaria. Unas veces comía en el coche restaurante, otras en mi compartimento. Dormía atrozmente. Siempre lo hago. Odio viajar. Los rostros que dejé en el andén de Los Ángeles fueron tornándose más amables y atractivos. No parecían de aquellos que empujan a uno a marcharse. Pero lo habían hecho, o quizá fuera una ilusión óptica mía, inspirada por mi desasosiego mental.
Por espacio de más de dos mil millas hicimos lo mismo muchas veces, para repetirlo después. Quizá hubiera muchas personas interesantes en el tren. No me preocupé de averiguarlo. El porcentaje de personas interesantes en un tren es tan escaso, que no vale la pena molestarse. La mayor parte del tiempo la pasamos haciendo solitarios. Pueden hacerse muchos solitarios durante un recorrido de dos mil millas.
Por último llegamos a Chicago. Me gusta Chicago. Nunca he estado allí mucho tiempo, pero las ojeadas que pude echarle me mostraron una intensa actividad. Sus registros muestran grandes logros.
Pero para mí, personalmente, Chicago significaba Carl Sandburg, a quien conocí en Los Ángeles y cuya poesía admiro grandemente. Tenía que ver a mi viejo amigo Carl y también llamar a las oficinas delDaily News. Este periódico celebraba un gran concurso de guiones. Yo era uno de los jueces, y resulta que Carl Sandburg también lo era.
Todo el grupo fuimos al hotel Blackstone, donde teníamos a nuestra disposición unasuite. El personal del hotel nos abrumó de cortesías.
Y llegaron los reporteros. No hay forma de describirlos, excepto etiquetándolos como un signo de interrogación.
—Señor Chaplin, ¿a qué va usted a Europa?
—A tomarme unas vacaciones.
—¿Va usted a trabajar allí en alguna película?
—No.
—¿Qué hace usted con sus bigotes viejos?
—Los tiro.
—¿Qué hace usted con sus bastones viejos?
—Los tiro.
—¿Qué hace usted con sus zapatos viejos?
—Los tiro.
El muchacho era bueno. Logró hacer todas estas preguntas antes de ser arrollado y de que dos ojos negros tras lentes enmarcadas en monturas de carey consiguieran una entrada[4]. Recobré la «sonrisa de atrezo» que consideraba más apropiada para las entrevistas.
—Señor Chaplin, ¿lleva usted consigo su bastón y sus zapatos?
—No.
—¿Por qué no?
—No creo que los necesite.
—¿Se va a casar usted en Europa?
—No.
El de las gafas fue arrastrado por la marea. Mientras se marchaba dejé escapar la sonrisa, pero solo por un momento. Me apresuré a recuperarla cuando una encantadora joven me cogió del brazo.
—Señor Chaplin, ¿espera casarse alguna vez?
—Sí.
—¿Con quién?
—No lo sé.
—¿Quisiera usted representarHamlet?
—No lo sé. No se me ha ocurrido nunca pensar en ello, pero si usted cree que hay razones que lo aconsejen...
Pero la joven ya había desaparecido. Tenía la palabra otro fiscal de distrito.
—Señor Chaplin, ¿es usted bolchevique?
—No.
—Entonces, ¿por qué va usted a Europa?
—De vacaciones.
—¿Qué vacaciones?
—Perdonen, amigos, pero no he dormido bien en el tren y tengo que acostarme.
Como un jugador de fútbol[5] que encuentra un hueco en la línea enemiga, me dirigí hacia una habitación desde la cual una mano amiga me hacía señas. Ya dentro, tuve la oportunidad de advertir todos los horrores que me aguardaban en mis vacaciones. No por las multitudes. Me agradan. Son amistosas e instantáneas. Pero... ¡los reporteros! Por último, fuimos a las oficinas delNewsy la travesía se realizó sin bajas. Allí nos encontramos con los fotógrafos. No me gusta presentarme ante ellos. Odio las fotografías.
Pero no había más remedio. Yo era juez en el concurso, y precisaban fotografías del juez.
Siempre me he representado a un juez como un personaje muy digno, pero desde entonces albergo otra opinión de los jueces. La idea que estos señores tenían de cómo debía ser fotografiado un juez era colocándolo cabeza abajo y con una pierna apuntando al este. Me sugirieron un bigotito, un sombrero hongo y un bastón.
Era inevitable.
No podía librarme de Chaplin.
¡Y deseaba tanto unas vacaciones!
Pero encontré allí a Carl Sandburg. Fue como un oasis entre mis desgracias. ¡Mi viejo amigo Carl! Recordamos nuestros días en Los Ángeles. Fue una conversación muy agradable.
De vuelta al hotel.
Reporteros. Más reporteros. Señoras reporteras.
Una encerrona publicitaria.
—Señor Chaplin...
Pero me escapé. ¡Qué dormitorio tan oportuno! La experiencia es un grado. Sentí que me las arreglaba mucho mejor en el segundo intento. Quise comprobar si, en efecto, me había convertido en un experto escabulléndome en el dormitorio. Probaría de nuevo. Salí a desafiar a los reporteros. Pero se habían marchado ya. Cuando ensayé la escapada, de vuelta al dormitorio, había perdido toda la gracia. Sin causa no podía haber efecto.
Algo de comer, hacer las maletas y de nuevo al tren. Esta vez para Nueva York. Otra vez muchedumbres. Disfruté de ellas. Cámaras fotográficas. En esta ocasión no me importaron, pues no se me pidió que posara.
Carl estaba allí para despedirme.
Tenía que hacer o decir algo especialmente agradable en atención a él. Algo que pudiera agradecer. Pero no se me ocurría nada. Me puse a decir necedades y sentí que él sabía que me estaba comportando como un necio. Intenté recordar algunos de sus versos para recitarlos. No pude. De pronto, llegó la inspiración.
—¿Dónde puedo comprar tus libros de poemas, Carl?
Se me escapó antes de darme cuenta de lo que decía. Demasiado tarde para rectificar.
—En cualquier librería.
Acaso su respuesta fue despreocupada. Para mí fue una acusación.
¡Dios mío, qué imbécil fui! Necesitaba un descanso. Mi cabeza no funcionaba. No se me ocurrió qué contestar. Gracias a Dios, el tren se puso en movimiento. Tengo la esperanza de que Carl me comprenda y perdone cuando lea esto, si es que alguna vez llega a hacerlo.
Un sueño miserableen train[6], más solitarios, comidas a las horas fijadas, y, por fin, llegamos a Nueva York.
Muchedumbres. Reporteros. Fotógrafos. Y... Douglas Fairbanks. El bueno del viejo Doug. Hizo lo que pudo, pero Doug nunca había hecho una película donde tuviera que vérselas con fotógrafos de la prensa. Me sacaron en cuantas posturas era anatómicamente posible. Dos de ellos se disputaron mi cuerpo para hacerme mirar al este o al oeste.
Ninguno ganó. Pero yo perdí. No podían partir mi cuerpo; pero sí mis ropas, y lo hicieron.
Doug acudió a mi rescate y me introdujo en un automóvil. Jadeando, me recosté sobre los almohadones.
Al Ritz fuimos Doug y yo.
Al Ritz fue la muchedumbre.
O, al menos, así lo creí yo, pues allí había una muchedumbre, y me pareció igual a la anterior. Casi imaginé ver caras familiares. Desde luego vi cámaras fotográficas. Pero esta vez nuestra carga fue mucho más efectiva. Con una guardia de porteros como tropas de choque, salvamos la distancia entre la acera y el vestíbulo, sin la pérdida de un solo botón.
Me sentí verdaderamente hábil y aliviado. Pero, como de costumbre, me había anticipado. Subimos a nuestras habitaciones... ¡y allí estaban! Allí estaban los caballeros de la prensa. ¡Y una dama de la prensa!
—Señor Chaplin, ¿para qué va usted a Europa?
—Para unas vacaciones.
—¿Qué hace usted con sus bigotes viejos?
—Los tiro.
—¿Piensa usted volver a casarse?
—Sí.
—¿Cómo se llama ella?
—No lo sé.
—¿Es usted bolchevique?
—Soy artista. Me interesa la vida. El bolchevismo es una nueva fase de la vida. Por tanto debe interesarme.
—¿Desea usted representarHamlet?
—¿Por qué? No sé…
De nuevo la señora Suerte acudió en mi ayuda. Fui llamado al teléfono. Contesté desde el de mi dormitorio; cerré la puerta y la mantuve cerrada. La prensa se marchó. Me sentía como un trapo arrugado. Me miré al espejo. Vi el rostro sonriente de un gatocheshire. Y es que aún conservaba la «sonrisa de atrezo» que había inventado para las entrevistas. Me pregunté si sería más fácil mantenerla todo el tiempo en lugar de tener que capturarla de nuevo cada vez que veía un reportero. Pero tal vez alguien me acusara de querer imitar a Doug. Así que dejé que mi vieja cara se deslizara de vuelta a la normalidad.
Regresó Doug. Mary estaba mejor. Venía con él. Me alegró verla. Los tres fuimos a la azotea para ser fotografiados. Lo fuimos en todas las posturas imaginables, hasta que alguien propuso que Doug se colgara del borde de la azotea, sosteniendo con una mano a Mary y con la otra a mí. Bonita ocurrencia. Pero no pasó de eso. Me adelanté por un pelo a Doug en la negativa.
Es magnífico tener amigos como Mary y Doug. Me comprendían a la perfección. Sabían muy bien el efecto que los últimos siete años de esfuerzo habían tenido sobre mis nervios. Sabían cuán necesarias me eran estas vacaciones, hasta qué punto necesitaba alejarme de estudios y películas, hasta qué punto necesitaba alejarme de mí mismo.
Doug había pensado en todo esto y planeado que, mientras yo estuviera en Nueva York, mis vacaciones debían ser perfectas. Tendría buen cuidado de que todo me resultara agradable.
De manera que insistió en que yo acudiera a ver su nueva película,Los tres mosqueteros.
Estaba atrapado. Yo no quería ver películas. Pero debía ser cortés. No rehusé, pero desde luego traté de escaparme.
Fue inútil. Con toda seriedad quería que yo viera su película y le diera mi sincera opinión. Deseaba mi crítica, mis sugerencias.
Tenía que hacerlo. Siempre lo hago. Vi la película a trozos.
Había reporteros. Su asistencia no era un secreto.
Una vez proyectada la película, recomendé algunos cambios y varios cortes que en mi opinión la mejorarían.
Siempre lo hago.
Me escucharon con toda cortesía, y dejaron la película como estaba.
Siempre lo hacen.
Afortunadamente, no se hicieron los cambios que yo propuse, y la película ha sido un tremendo éxito.
Pero aún tengo cierta reputación como crítico. Fui invitado a una proyección de la película de MaryEl pequeño lord Fauntleroyy se me pidieron sugerencias. Sabían que sería crítico. Siempre lo soy, y por eso me temen. Sin embargo, cuando ellos ven mis películas siempre son amables y comprensivos y nunca me critican.
Le dije a Mary que su película era demasiado larga. Le indiqué dónde debía cortarla. Cosa que, por supuesto, ella no hizo. Nunca lo hace.
Tanto ella como Doug me escuchan atentamente, y dejan la película tal como está. Siempre ocurre así.
Los hombres de la prensa están en el hotel. Paso por el mismo cuestionario de siempre. Mi «sonrisa de atrezo» presta servicio durante quince minutos. Escapo.
Douglas me telefonea. Quiere ser atento conmigo. Estoy de vacaciones y él quiere que sean tan agradables como sea posible. De modo que me invita a ver de nuevoLos tres mosqueteros. Esta vez se trata del estreno ante el público.
Antes del estreno de la película, quedamos para cenar juntos: Mary y Doug, la señora Condé Nast y yo.
Me resulta embarazoso encontrar de nuevo a la señora Condé Nast. En algún rincón de mi memoria aún subsistía un compromiso para cenar desatendido. Me preocupaba aún más porque yo no había tenido ni siquiera la atención de escribirla excusándome. Fue una tontería. Con todo, probablemente ella me acogería con una sonrisa de «todo está olvidado».
Decidí que mi mejor defensa estaba en hacerme el desentendido y no hablar de ello. Normalmente lo hago y me funciona.
Y ella tuvo el buen gusto de no recordármelo, así que pasamos todos un rato muy agradable. Fuimos al cine en la magnífica limusina de la señora Nast. La muchedumbre se extendía por espacio de varias manzanas a ambos lados de la sala.
Me sentía orgulloso de trabajar en el cine. Pero esta noche, al lado de Mary y Douglas, me sentía como si me aprovechara de la estela de su gloria. Era su noche.
Hay vítores. Para Mary, para Doug, para mí. De nuevo me siento orgulloso de ser cineasta. Procuro aparecer muy digno. Recupero mi «sonrisa de atrezo» y pongo en ella auténtica satisfacción. Es una sonrisa de verdad. La siento agradable y natural.
Salimos del coche y la multitud se arremolina. Hay todo tipo de gente. Doug toma a Mary bajo su protección y se abre camino como si estuviera representando una de sus escenas y la multitud fueran extras.
Quise seguir su ejemplo. Cogí a la señora Nast por un brazo. Al menos, así lo pretendí; pero ella pareció quedar a la deriva, apartándose de mí en dirección a la Octava Avenida, mientras que yo, sin razón aparente, me encaminé hacia Broadway. La marea cambió. Fui barrido de nuevo hacia la entrada del cine. Ya no me sentía tan orgulloso como antes. Continuaba sonriendo a mi querido público; pero otra vez lo hacía con la «sonrisa de atrezo».
Me di cuenta de ello y traté de devolverle la auténtica satisfacción. Al ensancharse, mi sonrisa abrió espacio suficiente entre la multitud como para que un policía lo rellenara con su puño.
No me agrada el sabor de los puños de policía. Así se lo dije haciendo gárgaras. Me miró con ferocidad y me empujó a favor de la corriente. Mi sombrero voló hacia los cielos. Nunca regresó a mí.
Sentí un tirón. Y ruido de maquinaria. Miré hacia abajo. Una mujer, con un par de tijeras, estaba cortando un trozo del fondillo de mis pantalones. Otra agarró mi corbata y poco faltó para que pusiera fin a mis sufrimientos por estrangulación. Después le llegó el turno al cuello. Pero solo consiguieron llevarse la mitad.
Me habían sacado la camisa. Y arrancado los botones de mi chaleco. Sentí cómo me pisoteaban. Y cómo me arañaban la cara. Pero aún mantenía mi sonrisa, por muy «de atrezo» que fuera. Al pensar en ella sentía que se elevaba por encima de las otras «sonrisas de atrezo», dado que había sido galardonada con un puño de policía. No dejaba de insistir en que yo era Charlie Chaplin y que debía estar dentro de la sala. Era absolutamente necesario que yo vieraLos tres mosqueteros.
Mi insistencia, al fin, venció. Como respondiendo a una señal preestablecida, de pronto sentí que me despegaba del suelo, con el cuerpo invertido de tal manera que mi cabeza apuntaba hacia el centro del vestíbulo del teatro y mis pies señalaban hacia el anuncio eléctrico del restaurante El Tejado de Ziegfeld. De pronto sentí un impulso y me vi transportado por encima de las cabezas de la gente a través del vestíbulo.
Al pasar por la puerta, sin saber hacia dónde, vi a un amigo.
Con la «sonrisa de atrezo» aún ondeando, lo saludé con un: «¡Hasta luego!», y, con la cabeza por delante, entré en la sala y caí a la postre, hecho un ovillo, a los pies de una enjoyada matrona. Miré hacia arriba, luciendo mi «sonrisa de atrezo», pero mi esfuerzo no tuvo éxito. No había ningún aplauso en la mirada que ella me dedicó.
Desencantado, traté de reponerme y, con toda la dignidad que me quedaba, me encaminé hacia el palco que se nos había reservado. Allí estaban Mary, tan dulce y linda como siempre; la señora Nast, tranquila y compuesta; y Doug, sereno y apuesto.
«Tarde otra vez», parecieron decirme con la mirada.
Y Mary, con una acerada cortesía, se puso a enumerar mis deficiencias. Pero yo las conocía mejor que ella y apresuradamente me marché al servicio de caballeros para realizar algunos arreglos. Agua, jabón y un cepillo hicieron prodigios; pero no conseguí encontrar pantalones, cuello ni corbata, de modo que tuve que volver al palco, limpio, pero harapiento, siendo recibido allí con unánime desaprobación.
Traté de desplegar mi «sonrisa de atrezo» más radiante, a pesar de estar agotado después de la jornada, pero no surtió efecto ni en Mary ni en Doug.
No obstante, no permití que me la echaran a perder, y viLos tres mosqueteros.
Fue un emocionante triunfo para Doug. Me alegré mucho por él, aun cuando sentía un poco de envidia. Me pregunté si el estreno deEl chicopodría haber significado una noche tan espléndida para mí.
Fue toda una noche la del estreno de la obra maestra de Fairbanks, y, teniendo en cuenta todas las circunstancias, creo que me porté admirablemente. Sin embargo, me temo que en la votación salgo perdiendo por tres contra uno.
[1].The Kid(1921), película muda de Chaplin coprotagonizada por el niño Jackie Coogan.
[2].The Idle Class(1921), película muda de Chaplin.
[3]. Conjunto de relatos publicados en elSaturday Evening Postque sirvieron de base para el guión, escrito por Glass junto a Charles Klein, de la película homónima, producida por Samuel Goldwyn en 1923.
[4]. Inningen el original. Se trata de un término propio del béisbol.
[5]. Fútbol americano, similar alrugbyeuropeo.
[6]. En francés en el original.
II
Hacia Europa
A la mañana siguiente había trabajo que hacer. Tenía que ver a mi abogado, Nathan Burkan. Había contratos y otras cosas. Una molestia casi tan grande como las entrevistas. Pero debo admitir que era necesario.
¡Pobre viejo Nath! Le quiero, pero le tengo miedo. Sus bolsillos siempre están repletos de contratos. Podríamos ser muy buenos amigos si él no fuera abogado. Y estoy seguro de que su compañía debe ser muy grata en ocasiones. Quizá le despida como abogado y después cultive su amistad.
Todo un tedioso día con él. Interrumpido por llamadas telefónicas, invitaciones, fiestas, envíos de entradas de teatro, gente pidiendo empleo. Centenares de cartas, camufladas con buenos deseos, que, invariablemente, piden favores. A pesar de lo cual me gustan.
Llamadas de muchos viejos amigos, que me deprimen, y de muchos nuevos, que me encantan. Quería pastelillos de alforfón. Tuve que recorrer tres manzanas hasta un restaurante Child’s para conseguirlos. ¿Por qué un hotel como el Ritz no tiene un chef que sepa cómo hacer pastelillos de alforfón? ¿Es que no pueden tentar a alguno para que abandone su posición iluminada por los focos tras el mostrador? Con todo, imagino que debe haber una emoción especial en lanzar por el aire la masa pastelera y recogerla de nuevo mientras ojos hambrientos y narices aplastadas se aprietan contra el escaparate.
Aquella noche fui a verLiliom, la mejor obra que se representaba en Nueva York entonces; una de esas que a veces se eleva a alturas de verdadera grandeza. Me impresionó tremendamente y consiguió dejarme insatisfecho de mí mismo. No me gusta estar sin trabajo. Quiero salir al escenario. ¿Podría interpretar ese papel? Me metí entre bastidores y encontré al joven Schildkraut[1]. Me sorprendí de su apostura y juventud. Un verdadero artista, sencillo y sincero. Y a Eva Le Gallienne[2], con su encanto característico. No recuerdo a nadie en escena que se parezca a ella. Renovamos nuestra amistad de Los Ángeles.
Me han dicho que Eva vive el papel que esté interpretando, dentro y fuera del escenario. Esto es muy interesante, aunque dudo que resulte recomendable, por razones artísticas. Pero es una artista encantadora, y eso resuelve mis dudas. Yo no podría hacerlo. Deseo la relajación de ser yo mismo una vez la jornada de trabajo ha terminado. En este momento llevo disfrutada ya una buena dosis de esa relajación. Y eso no ocurre tan fácilmente. Mi pequeño bigote y mis grandes zapatos son marcas comerciales demasiado notorias.
La mañana siguiente proporcionó un plan excelente. Desayuno para mí y almuerzo para los demás en el Coffee Home Club, un pequeño lugar muy interesante frecuentado por artistas y artesanos —escritores, actores, músicos, artistas, escultores, pintores—, todos ellos gente interesante. Voy allí a menudo cuando me encuentro en Nueva York. Eran un grupo brillante. Heywood Broun[3], Frank Crowninshield[4], Harrison Rhodes[5], Edward Knoblock[6], Condé Nast[7], Alexander Woolcott[8] y otros cuyos nombres no recuerdo. Ojalá todas las comidas fueran tan agradables como esta.
Recibí una invitación para cenar con el embajador Gerard y a continuación salí de excursión en coche por el campo. El motor se averió, como suele suceder en estas ocasiones, y tuve que telefonear y excusarme. Lo lamenté, porque perdí la ocasión de conocer a personas brillantes.
Comí al día siguiente con Max Eastman[9], uno de mis mejores amigos. Es un radical y poeta, editor deThe Liberator. Un sujeto encantador y compasivo que piensa. No suscribiría todas sus doctrinas, pero eso no altera nuestra amistad. Nos juntamos, discutimos un poco y luego, de acuerdo en el desacuerdo, lo dejamos estar y quedamos tan amigos.
Me habló de una fiesta que daba en su casa aquella noche, y me apresuré a aceptar la invitación para asistir. Su casa es siempre interesante. Sus amigos también.
