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Momentos es un libro peculiar en el que se mezclan pensamientos breves, frutos de mecanismos de asociación libre con relatos reales y otros ficticios de temáticas no homogéneas, pero con hilos conductores como la amistad, el dolor, el cariño, el exilio, el amor, la libertad, la injusticia o la fantasía. Pero sobre todo es una invitación a la reflexión relacionada con preocupaciones humanas que trascienden el tiempo, como el envejecimiento, los desengaños, las pérdidas irreparables y la solidaridad entre las personas. En fin, es lectura que entretiene, atrapa y nos deja pensando.
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Seitenzahl: 252
Veröffentlichungsjahr: 2020
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MOMENTOS
Relatos y otros escritos
JOSÉ HERRERA PERAL
MOMENTOS
Relatos y otros escritos
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2020
MOMENTOS. Relatos y otros escritos
© José Herrera Peral
© de la imagen de cubiertas: Momentos, obra de Joaquín Peral (José Herrera Peral), acrílico sobre lienzo, 2008
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2020.
Editado por: ExLibric
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JOSÉ HERRERA PERAL
MOMENTOS
Relatos y otros escritos
A mis padres,in memoriam.
Este pequeño libro que he escrito me ha servido para pensar, no olvidar, reflexionar y compartir historias y sentimientos con el lector. Dado que es una autoedición, está destinada fundamentalmente a los amigos, a las personas cercanas y también para cualquiera que desee conocer aspectos de la vida, de las dudas existenciales, de un humano que desde su último tercio de la vida mira y analiza sus vivencias y sentimientos enmarcados en la sociedad actual. En fin, en lo personal es el cierre de una etapa o de un periodo dentro del ciclo vital de un individuo que ha vivido y vive entre los siglos XX y XXI.
Lo he titulado Momentosporque los relatos y escritos diversos que están en estas páginas son eso: momentos en la vida de una persona que escribe algunas historias reales, otras de ficción, y además ideas y asociaciones libres que pasan desde el cerebro al papel sin un juicio crítico estricto. Hay también un afán de contar, de retener historias y, por supuesto, de que estas sean leídas. Algunos de estos relatos ya los compartí con mis amigos hace unos años; ahora he ampliado el texto con otras historias y quizás al haber transcurrido casi dos décadas desde las primeras se aprecie el efecto del tiempo en el pensamiento y la mirada de este modesto escritor.
Aunque no soy uno en el sentido habitual del término, sí soy un hombre que escribe y, por lo tanto, al igual que otros narradores me he planteado el porqué de la necesidad de escribir. Conozco muchas respuestas a esa pregunta, sin embargo, solo logran satisfacerme parcialmente. Pienso que se debe a una necesidad de comunicación que nos permite contar, conservar historias, entretener, ampliar nuestro horizonte cerebral, transmitir vivencias e incitar a veces a la reflexión sobre las dudas y la conducta del ser humano en el quehacer cotidiano de la realidad. Hace ya unos años hice leer a mi amigo Federico Soriguer un grupo de estos relatos y también le manifestaba entonces el interrogante de por qué escribimos. Me contestó con un texto que resumidamente os transcribo a continuación:
El escribir, autoeditarse y compartirlo con los amigos es un privilegio y un ejercicio democrático desconocido hasta ahora cuando, gracias a la técnica, desparece o está desapareciendo la línea, verdadera frontera alambrada que separaron al escritor del editor y sobre todo del lector. Hoy, afortunadamente, la escritura vuelve a sus orígenes que son los de la epístola entre amigos; eso es al menos lo que dice Sloterdijk de la cultura occidental: la historia de una gigantesco epistolario entre amigos. Primero, los griegos, que en aquellas cartas entre ellos sentaron las bases que luego copiarían los romanos, ávidos lectores de aquellos griegos a los que les había dado por contar en voz alta sus cuitas, sus costumbres, sus amores y desamores, y todo aquello que constituye la urdimbre de lo humano. Luego, siguieron los bárbaros, que leyeron a sus enemigos los romanos y con sus cartas se romanizaron, continuando con esa tradición de vampirismo antropológico que no ha cesado hasta nuestros días.
En fin, espero que vosotros mismos os deis una respuesta a los motivos por los que se escribe y tras la lectura de estas páginas sintáis que ha merecido la pena dedicarle vuestro tiempo.
JOSÉ HERRERA PERAL (PEPE HERRERA)
Los momentos de Pepe Herrera aquí recopilados son un trozo de su vida, pero también de la vida de cada uno de nosotros. Son una apasionada, y además hermosa, reflexión, muy próxima a la filosofía, a la filosofía de todos los días. De esa que necesitamos para entender las cosas. Y son asimismo una catarsis. Y un homenaje. Y eso hay que agradecérselo a Pepe.
Hay momentos inquietantes, sobre todo. Los hay conmovedores hasta la lágrima. O cargados de un humor casi negro. Y, a veces, el desasosiego se mezcla con la emoción, con la ternura, con el humor. Porque a su autor, lejos de ser esclavo de una sola ciencia, le gusta vagar por caminos inexplorados. Creo que siempre ha tenido ese espíritu errático que lo enriquece.
Dentro de una aparente heterogeneidad y un falso desorden —que no es sino el caos de la propia vida—, desfilan en los momentos el cambio climático, la inmigración, la xenofobia, la enfermedad, el miedo, el fanatismo, la religión, el amor, el paso del tiempo, el envejecimiento,… En definitiva, la vida, y la muerte. «Solo bioquímica desde el principio al fin». Eso son los momentos de Pepe Herrera. Y los de todos nosotros. La vida, el «acortamiento de los telómeros» y la muerte.
¡Ah! Léanlos, si pueden, con Thelonious Monk de fondo. Y diviértanse. Sospecho que podrán contestar a Pepe su pregunta final: ¿por qué o para qué escribo?
Alberto Salamanca (Granada, España)
Escritor y médico
***
Uno se desliza suavemente por la prosa de Momentos sin necesidad de descansos. Recorre el cielo terrestre y el infierno terrestre, el amor y la intolerancia, el exilio y el abrazo de los otros, la soledad y la compañía de la nostalgia.
Pepe Herrera en estos relatos va por la vida como rindiendo cuentas y no queda más remedio que acompañarlo y, como amigo que vive en otro continente, aprobar sus valientes testimonios que sirven para unirnos en este mundo que se cree global y nos exilia a todos.
Juan Serra (Tucumán, Argentina)
Político. Periodismo
***
El libro de Pepe requiere de una autorización de nosotros, la de dejarse interpelar por cada una de las historias, que nunca pertenecen solamente al autor. Los relatos ocurren en algún lugar del pasado o del futuro en donde las marcas que va dejando Pepe, hace que muchas veces se prefiera que lo que cuenta no hubiera existido y que todo su recorrido sea ficción.
Nos hace guiños, de complicidad, logrando hacer humano lo que quisiéramos alejar de nosotros, nuestra propia extranjeridad.
Sin embargo, no nos deja escapar, atravesando los límites del lenguaje con la ternura, que es su singularidad, logrando como pocos de nosotros, no desvirtuarla en su escritura.
Los relatos a veces son experiencias que, en principio, se muestran simples, cotidianas, sin embargo, acaban mostrando toda la fuerza de una inusitada revelación.
Los lectores, quizás encuentren como yo, en las historias que nos va contando Pepe, seres de este mundo a quienes aún se puede amar.
Leyendo a Pepe, estaremos menos solos, acompañados por él, en su desafío de atrapar con el lenguaje el imposible de la comprensión humana.
Zully Flomenbaum (Jerusalén, Israel)
Psicoanalista, miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, AMP
Miré hacia la mesita de noche y vi en el despertador que eran solo las tres de la madrugada. Desde hacía cierto tiempo a menudo tenía insomnio. Pensé lo malo que es el paso de los años. Al instante de tener ese pensamiento, tuve una sensación desagradable dentro de mí dado que no me gusta reconocer los achaques de la edad. El dormir mal había comenzado tras mi jubilación. Palpé en la oscuridad entre las sábanas y a mi lado estaba mi mujer que dormía profundamente. Le acaricié sus cabellos y me invadió una sensación tranquilizadora al saber que estaba cerca de mí; habíamos superado un periodo de crisis de esos que sobrevienen a la parejas cuando llevan muchos años conviviendo. Mantuve los ojos abiertos y al rato ya me había adaptado a la penumbra de la habitación. Hice un intento de dormirme. Cambié de posición, cerré los párpados y procuréno pensar en nada, sobre todo no quería pensar en lo que tenía que hacer a la mañana siguiente. Di muchas vueltas en la cama durante un largo rato y esto aumentaba mi desasosiego. Me fue imposible volver a conciliar el sueño. Aparecían en mi mente pensamientos relacionados con mi anterior trabajo y con la situación del mundo; recordé las absurdas noticias del telediario de la noche anterior que solo demostraban lo inmensas que pueden ser la estupidez y la maldad humanas.
Como no podía dormirme, me levanté sigilosamente. Caminé hasta el cuarto de baño y tuve mi lucha particular con las dificultades urinarias, situación que compartía con varios amigos de la misma edad. Luego, fui al salón y me puse unos cascos para oír música. Comencé con Thelonious Monk y eljazzme transportó en el tiempo y en el espacio. No sé por quérecordé a una novia de mi juventud si hacía más de cincuenta años que no sabía de ella. Me imaginé cómo sería su rostro y su silueta ahora, ya que por entonces era de un atractivo magnético y subyugante. Quizás ella, si es que aún vivía, estaría como yo, notando los efectos del paso del tiempo y probablemente, ya no cautivaría a nadie.
Quise olvidar ese tema y lo hice cambiando de música. En unos instantes, penetró en mi cerebro la interpretación de Glenn Gould de lasVariaciones Goldbergde Bach. Esas notas de piano, además de deleitarme y trasladarme a otro lugar, despertaron en mi mente recuerdos de una novela que años atrás había leído: se titulabaSábado. Había sido escrita por McEwan y en ella se hacía referencia a esa pieza musical, ya que uno de los personajes, que era neurocirujano, la ponía en quirófano mientras operaba.Disfrutando de Gould, comencéa hojear un manuscrito que tenía desde hace tiempo sobre la mesa del salón. Era otras de mis ocupaciones pendientes: había comenzado a escribir unas memorias de mi vida profesional como médico. No sé por qué, pero relataba bien y sin dificultad la rutina que había tenido durante más de cuarenta y cinco años. Sin embargo, cuando escribía sobre casos clínicos que marcaron mis vivencias de ginecólogo, recordaba a las personas como individuos únicos y no como pacientes en general; cada mujer y su núcleo familiar tenían una riqueza de matices que ahora y pasado los años los aprecio aún mejor. Lo cierto es que me detenía en cada historia particular de mis pacientes y sus circunstancias, lo que hacía que la proyectada memoria profesional fuera mutando a otra cosa: se transformaba en un relato de seres humanos que compartieron conmigo quizás los momentos más importantes de sus vidas donde la existencia, la enfermedad y la muerte hacen su impronta para siempre. La mayoría de ellas confiaron en mí y las experiencias compartidas pasaron a formar un territorio común en los recuerdos. Me daba la impresión de que nuestras vidas se habían entrecruzado en una telaraña que nos envolvía de forma placentera, aunque también ahora algo triste por la sensación de que había llegado a un final.
Al dejar el manuscrito sobre la mesa, golpeé accidentalmente unas fotos enmarcadas que mi mujer tenía en el salón. Aunque siempre estaban allí, esa madrugada las observaba de modo diferente. En ellas estábamos toda la familia: mis hijos, más pequeños, nosotros, más jóvenes; todos sonrientes y felices en aquel hotel de las playas gaditanas que era como nuestro hogar de adopción en los veranos de nuestra vida. En ese instante, me propuse que debía evitar la fuga del pensamiento a recuerdos que ya no volverían, pero de los que me sentía dichoso de haberlos tenido. Apagué la música y me quité los auriculares; siempre trato de ser muy racional ante los hechos de la vida, pero en esos instantes no lo estaba siendo. Miré el reloj y eran las seis y media de la mañana. Volví al dormitorio.
En ese momento, fui totalmente consciente de que mi insomnio sí tenía entonces motivos claros para haberme alterado la noche. No era como en otras ocasiones; me di cuenta de que no había querido pensar deliberadamente en lo que teníamos que hacer mi mujer y yo aquel día.
A las siete de esa mañana especial sonó el despertador. La luminosidad de un día radiante se filtraba por todos los ángulos de la habitación en el comienzo de ese lunes que hacía presagiar una jornada calurosa en nuestra querida ciudad. Aunque estaba totalmente despierto, permanecí sentado unos veinte minutos más en la cama. María seguía dormida a mi lado, inmóvil y demostraba poco interés en levantarse para realizar las actividades que teníamos previstas para ese día tan señalado; al menos, eso es lo que me pareció a mí. Mi mujer y compañera, siempre tan vital, había sufrido un cambio en su actitud desde que notó aquel bulto en el cuello. Llevábamos semanas de pruebas médicas a las que yo acudía como un acompañante más, lo que me había costado mucho dado que durante años estuve al otro lado de la mesa en una consulta.Tras acariciarle su rostro sin obtener respuesta, me levantéy me dirigí a la cocina; desde allí, observé el jardín en donde el verde césped y las preciosas flores producían un placer sensorial intenso solo alterado por el miedo que se había instalado en nuestras vidas desde que nos sentimos amenazados por la enfermedad y la muerte. Preparé el desayuno y en una bandeja lo llevé a nuestro dormitorio. Desperté a María y desayunamos casi sin hablar, pero, cuando ella salió de la ducha, se abrazó a mí sin pronunciar palabra: no hacía falta.
Unas horas después, ya estando en la sala de espera del hospital, fuimos llamados a la consulta de la médica. Nos recibió sin mirarnos mientras observaba unos informes que tenía sobre la mesa. Mientras los leía, nosotros estábamos tomados de la mano y sin quitarle la vista a las expresiones de su rostro. Unos instantes después, la doctora levantó la vista y nos dijo:
—No es nada importante, es solo un proceso inflamatorio antiguo. No hay que hacer ningún tratamiento. —Se puso de pie y se acercó a María. Le dio un beso en la mejilla y le dijo — Nos vemos el año que viene.
Salimos de la consulta y casi corrimos por los pasillos del hospital. Parecía que los dos hubiésemos rejuvenecido; con la fuerza de la alegría y del optimismo nos sentíamos lanzados al paraíso de una felicidad recuperada. Cuando llegamos a casa, estaban nuestros hijos esperándonos: nos fundimos en un abrazo todos juntos y nos dispusimos a preparar una comida familiar especial.
Esa noche ya no tuve insomnio, aunque soñé que terminaba de escribir mis memorias al tiempo que escuchaba a Thelonius y a Gould.
Estaba profundamente dormido cuando Marta me despertó:
—He oído ruidos —me dijo.
Tardé en despertarme, pero unos minutos después bajaba por las escaleras aguzando los sentidos para intentar confirmar lo que ella había oído. En ese momento, escuché una crepitación que provenía del salón; me detuve con brusquedad. Pensé que habían entrado ladrones en casa. Sentí en mi cuerpo al mismo tiempo una mezcla de miedo y rabia. Todos mis sentidos se pusieron en alerta máxima y esperé agazapado que algo ocurriera. Pasaron los minutos y solo reinó el silencio. Marta se reunió conmigo y esperamos juntos un largo rato.
Al constatar que no se repetían los ruidos, decidimos recorrer la casa y no observamos nada anormal: todo estaba en orden. Volvimos a la cama, aunque tardamos en dormirnos otra vez, ya que los dos, sin hablar entre nosotros, permanecimos bastante tiempo escrutando el silencio para interpretar qué nos había sobresaltado aquella noche.
Al día siguiente, retornamos a nuestros trabajos y no volvimos a hablar del asunto, pero por la noche, a las dos de la madrugada, volvió a ocurrir lo de la velada anterior. Esa vez oímos pequeños ruidos, crujidos de maderas y sonidos como si los muebles fuesen deslizados de un sitio a otro. Repetimos el periplo de la noche pasada: recorrimos temerosos y preocupados cada una de las habitaciones de la casa y no encontramos ninguna explicación a nuestras percepciones auditivas. A pesar de ello, no desapareció en nosotros la sensación de angustia intensa.
La semana siguiente estuve solo en casa. Marta me dijo que tenía que viajar por razones de trabajo y que estaría varios días fuera; más tarde, me di cuenta de que había sido solo un pretexto para no estar en casa, ya que ella tenía pánico de volver a pasar una noche como las que habíamos vivido llenas de ansiedad y desasosiego. Para mí, esos días de soledad fueron una repetición de los anteriores: cada noche que pasaba oía más ruidos inexplicables, pero comenzaba a acostumbrarme a ellos. Pasé del miedo que me inmovilizaba a necesitar oír esos ruidos que rompían la soledad que me embargaba desde hacía tanto tiempo. Marta no regresó nunca y tampoco la extrañé.
Con el paso de las semanas, noté que ese lenguaje de sonidos nocturnos comenzaban cada vez más temprano y eran también más nítidos e intensos: oía ruidos de sillas, puertas que se abrían o cerraban y hasta voces susurrantes.
Ayer, al anochecer, cuando regresaba del trabajo, al acercarme a mi casa vi luz en su interior. Me quedé paralizado e incluso dudé por un instante de si estaba en el sitio correcto. Unos segundos después, me repuse y, mientras introducía la llave en la cerradura, la puerta fue abierta por una mujer de mediana edad, muy afable, que me invitó a entrar en mi propio hogar. Me quedé estupefacto, pero sin hablar siquiera la seguí como un autómata hasta el salón. Allí había un hombre de sonrisa plácida que me invitó a sentarme en su mesa, ya que al parecer mi llegada había interrumpido la cena.
Como si fuese una situación ordinaria, cenamos los tres, conversando de cuestiones diversas, hasta que esos anfitriones en mi propia casa se despidieron de mí y se marcharon hacia los dormitorios. Me quedé solo, sentado en el sofá del salón, y, al cabo de un rato, comencé a oír los ruidos de siempre en las habitaciones contiguas. No sabía qué pensar y no supe qué hacer, por lo que opté por pasar la noche allí tumbado. Para distraerme, me dediqué a descifrar los sonidos que invadían la casa; me quedé dormido.
—No, Stefan, no llevas razón —dijo Marcos mientras se pasaba la mano por sus cabellos en un gesto que denotaba cansancio y hastío. Una vez más, entablaba una discusión que de antemano sabía que terminaría en nada, ya que ninguno lograría convencer al otro.
Stefan Zweig, escritor judío no practicante, cosmopolita y amante apasionado de las artes, de la cultura y del conocimiento, no podía dar el brazo a torcer ante los argumentos de mi bisabuelo Marcos, sionista convencido, cuando abordaban el tema que ellos llamaban «de la cuestión judía». Mientras en Europa morían millones de personas victimas del odio y el fanatismo, mi bisabuelo y Stefan, sentados en un café de Buenos Aires, hablaban del futuro del mundo:
—Los males de la humanidad de los últimos siglos siempre han estado ocasionados por las religiones fanáticas e intolerantes, la codicia de los poderosos, los nacionalismos y los dogmatismos totalitarios —aseveró sin vehemencia Stefan, quizás porque ya se lo había dicho tantas veces a Marcos que este ni le contestó.
Zweig estaba de paso por Argentina, ya que tras presentar su libro Novela de ajedrez se marcharía a Brasil. A pesar de que rechazaba con firmeza y contundencia los argumentos de mi bisabuelo, Stefan transmitía a través de su mirada y de su rostro unos sentimientos de tristeza, desilusión y pesimismo. Charlotte, su esposa, permanecía callada a su lado cogiéndole de la mano y con su mirada parecía decirle que para qué discutir si mejor es el silencio. Stefan, que había frecuentado y participado en los acontecimientos artísticos y culturales más destacados de las primeras décadas del siglo XX, estaba ahora hundido en una silla y, al comprender la mirada de su mujer, guardó silencio y casi no volvió a hablar aquella noche, solo concretaron algunos nombres de personas que en Petrópolis los ayudarían a asentarse en la ciudad que acogería esa nueva etapa del exilio.
Al regresar al hotel, Zweig no pudo dormir ya que recordaba a muchos amigos que en la vieja Europa habían compartido con él la ilusión de un mundo creativo, tolerante, culto e innovador. Aunque se lo había preguntado muchísimas veces a sí mismo, seguía sin encontrar respuesta en su cerebro sensible y racional sobre el porqué de la barbarie y la sinrazón que asolaban las tierras en las que antes se había disfrutado del arte, la ciencia y la esperanza de una sociedad mejor. Después de mucho meditarlo, concluyó que quizás su tiempo había terminado y su mundo había muerto.
***
Cuando iba a releer lo escrito, oí tres golpes en la puerta de mi despacho: era la forma habitual en que Carmen, mi secretaria, anunciaba su entrada. Al verla acercarse, mi rostro adquirió una rigidez, una seriedad y una impenetrabilidad que yo había aprendido a adoptar para marcar las distancias con todas las personas que me rodeaban.
—Sr. Benzaquén, pronto se iniciarán los cortes de agua y energía. ¿Activo el generador? —me preguntó y sin mirarla le respondí que sí.
Desde hacía cinco años, solo disponíamos de agua y energía unas cuantas horas al día. El despilfarro, el cambio climático, las guerras y la prolongadísima sequía —más de ocho años sin llover— nos habían cambiado la vida. En realidad, ya casi no nos acordábamos de cómo vivíamos antes: los paseos por la playa, el ocio en la piscina, las duchas diarias, las calles y casas iluminadas habían pasado al terreno de los recuerdos brumosos e inciertos. Quizás a veces estos recuerdos estaban agigantados por comparación con las actuales carencias e idealizados también al ver películas de otras épocas que ya parecían pertenecer a un pasado muy lejano.
Mi fama en el ministerio de funcionario incorruptible, duro, distante e inflexible, producto de mi forma de actuar, me había transformado en otra persona: me sentía juez o supremo hacedor cuando decidía sobre la solicitud de visado de miles de personas que pretendían dirigirse fuera de Europa. Años atrás, las estrategias diseñadas por mí en la lucha sin cuartel contra la emigración ilegal me habían dotado de gran prestigio y ello facilitó mi ascenso en la institución gubernamental regional. Sin embargo, ahora me dedicaba a dos funciones primordiales: la primera consistía en conceder los cupos de racionamiento del agua tanto para uso familiar como industrial; la segunda, que era donde estribaba mi mayor responsabilidad, se debía a que yo era la autoridad incontestable e inapelable que disponía sobre la concesión de los pasaportes para poder viajar a Sudamérica. Ese sitio del mundo se había convertido en el único lugar del planeta donde aún se podía vivir de forma parecida al pasado, al menos, según los relatos de los que habían tenido la suerte de ir allí. Después de las confrontaciones fundamentalistas, de las guerras asiáticas y del holocausto de oriente, el mundo estaba acabado: llevábamos solo diez años sin petróleo y parecía que habíamos retrocedido siglos. Mi oficina, situada en esta pequeña ciudad del sur de Europa, recibía solicitudes de todo el continente.
En mi trabajo, todos los que habían intentado engañarme, sobornarme o convencerme para que torciese mi celo funcionarial en la concesión de los visados habían terminado en la cárcel o en el destierro. Tras la desaparición de los obsoletos estados nacionales, el único elemento común de las personas era el anhelo de supervivencia; aun así, mi seguridad y mi elevada autoestima basada en la inflexibilidad a la hora de tomar decisiones se desplomaron como un frágil castillo de naipes cuando conocí a Sara. Entonces, creí que nuestro primer encuentro había sido casual, aunque más tarde descubriría que no.
Aprovechando mi día libre quincenal, acudí a la única biblioteca pública que quedaba en la ciudad. En estos últimos años, estaba siempre vacía: parecía que la gente había perdido el gusto por la lectura o por el conocimiento. Tal vez muchos pensarían como mi madre: ella, con frecuencia, haciéndome mirar al entorno decadente, me decía: «Mira para lo que ha servido el conocimiento y la ciencia», y antes de que yo pudiera contestarle, cambiaba de tema para evitar una discusión que ella sabía que iniciaríamos y que no nos llevaría a ningún lado.
Los ordenadores de la biblioteca eran ahora muebles decorativos, ya que estaban todos fuera de servicio; por eso, fui por mi cuenta hacia la estantería donde sabía que estaban los libros de Zweig. BuscabaLa tierra del futuro, que se había publicado en 1941; tenía mucho interés en leerla, ya que describía Brasil como un paraíso por descubrir. En mi mente y ensoñaciones personales ese era el sitio al que, en otra etapa de mi vida, había deseado emigrar. Ese sentimiento era para mí un secreto íntimo e inconfesable: de solo pensar que alguien lo supiese me producía temor, ya que sabía que eso me convertiría en un individuo frágil y corriente, imagen tan alejada de la que yo mostraba entonces a los demás.
Cuando me aproximé al sitio de la librería donde estaban las obras de Stefan, una mujer depositaba allí un libro de este autor, tituladoLa piedad peligrosa. Pasó a mi lado casi rozándome y lo que más me impactó fue percibir su olor limpio. Desde hacía años, debido a la falta extrema de agua, nuestros hábitos higiénicos habían cambiado radicalmente: no existía la ducha ni el baño, apenas nos aseábamos y nuestro cuerpo y ropa habían adquirido un olor desagradable, penetrante y constante que nos había llevado a acostumbrarnos y a convivir con él. Giré mi cabeza disimuladamente y seguí observándola hasta que ella salió de la biblioteca.
Le calculé unos treinta años, casi veinte menos que yo. Alta, hermosa, caminaba con firmeza, pero en silencio; su pelo castaño claro, suelto, limpio, se movía suavemente al compás de sus pasos. Llevaba un pantalón negro y una blusa azulada; mi mirada se dirigió instintivamente hacia sus nalgas: pensé si eso estaría codificado genéticamente, ya que muchas veces había elucubrado al respecto. Sus piernas largas, ágiles, y sus perfectos muslos me hicieron olvidar mi actitud de disimulo inicial. Visualicé unos pechos redondos, firmes, y un rostro que parecía ensimismado, ausente del entorno que le rodeaba, pero con un gesto de paz y serenidad que llegó a sobrecogerme dado el contrapunto con lo que yo sentía en mi vida cotidiana.
Durante las dos semanas siguientes no dejé de pensar en ella y visité a menudo los alrededores de la biblioteca deseando encontrarla, pero no tuve éxito hasta aquel sábado en que fui a devolverCastellio contra Calvino. Nos volvimos a encontrar en la estantería de los libros de Zweig. Me miró con unos ojos verdes, dulces, y en su boca se apreciaba una sonrisa encantadora.
—Parece que nos gusta el mismo autor —me dijo; la máscara pétrea e inhumana que yo sentía desde hacía tiempo en mi rostro se derrumbó, desapareció.
—Sí, me gusta mucho; además, mi bisabuelo fue amigo suyo —le contesté con voz entrecortada y nerviosa. Mi seguridad, aplomo y rigidez desaparecieron de forma instantánea.
Cuando salimos de la biblioteca y nos dirigimos al lugar donde habíamos dejado nuestras bicicletas, ya habíamos intercambiado nuestras opiniones sobre las mejores obras de Zweig; seguimos hablando más de una hora en un banco situado a las afueras de la biblioteca donde otrora había existido un jardín. Me volvió a impresionar su aspecto y olor a limpio, y sentí vergüenza de mi cuerpo. Debido a mi coherencia cerril respecto al uso del agua para baño que se imponía en aquellos años, ya casi se me había olvidado lo que era la sensación de frescor y limpieza; y estaba yo allí sentado muy cerca de ella gozando de la proximidad, pero temiendo al mismo tiempo que percibiese el mal olor de mi cuerpo y el de mis ropas.
Desde el primer instante en que conocí a Sara quedé subyugado por su voz, su mirada, su piel y sus movimientos. Mientras charlábamos de Zweig en ese primer encuentro, por momentos yo dejé de oírla y mi mente y mi mirada recorrieron con disimulo cada centímetro visible de su piel bronceada, suave, aterciopelada y joven. Me desplacé por sus pies, sus tobillos, su escote y sus manos, deseando en ese momento más que nada en el mundo poder acariciarla. En ese instante de divagación, pero que para mí era como una ensoñación inalcanzable, de repente se puso de pie y apoyó su mano derecha sobre mi hombro, ya que yo aún permanecía sentado.
—Bueno, espero que pronto nos volvamos a ver y que disfrutes deLeporella.
