Negociar - David Corona - E-Book

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David Corona

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Beschreibung

David Corona ha sido miembro del Grupo de Intervención de la Gendarmería Nacional (GIGN), los geos franceses, listos para el combate o para volar en helicóptero a 220 km/hora sobre una autopista. Pero Corona es un caso especial en este cuerpo de élite. Siempre ha creído en el poder del diálogo, de las sensaciones, de las vacilaciones, de la emoción desgarradora, vívida… Situaciones peligrosas frente a un hombre atrincherado en su casa, arma en mano, durante un ataque terrorista, durante un asalto, en un pueblecito, en un calabozo, detrás de la puerta de un apartamento. Es el negociador del GIGN. El que tal vez, gracias a las palabras, a la confianza en la humanidad, evitará los tiros y la lucha. O tal vez no… Aquí se narra un recorrido vital con sencillez y convicción. Cómo endureces tu cuerpo en agua helada, cómo aprendes a pelear con las manos desnudas, con un cuchillo, con un rifle de larga distancia. Pero también cómo se trabaja en equipo, solidariamente, cómo se construye un grupo unido. Finalmente, cómo se desarrolla la mirada, la concentración, la atención al máximo en un mundo disperso. A esta formación clásica, David Corona suma un trabajo personal. Aficionado a la psicología, descubrió otros enfoques: la meditación, la hipnosis, el trabajo en profundidad, unas herramientas que explica aquí y que hoy le permiten ayudar con éxito a todo aquél que quiera mejorar sus resultados en deportes, negociaciones de todo tipo, eficiencia o cohesión de equipos. En definitiva un libro que también es un manual para el desarrollo personal en estos tiempos inciertos. No un puño de hierro en guante de terciopelo, sino una mano humana que cree en la complejidad y belleza del ser humano.

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Seitenzahl: 284

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Negociar

De la mediación en un cuerpo de élite a la gestión de emociones, la empatía y el crecimiento personal

David Corona

Negociar

De la mediación en un cuerpo de élite

a la gestión de emociones, la empatía

y el crecimiento personal

A mi clan

Índice

Introducción

Primera parteEl GIGN, un camino iniciático

“Tiradores, nada más estar listos, ¡pasad el código!”

“¡Uno, listo!”

“¡Dos, listo!”

“¡Tres, listo!”

“¡Cuatro, listo!”

“¡Cinco, listo!”

“¡Seis, listo!”

“¡Cero!”

“¡FUEGO!”

Segunda parteNegociador

Entrada en el molde

La madalena de Proust

Primera vez

La muerte o la muerte

‘Charlie Hebdo’

Cuando la voluntad de servir mata

La célula nacional

Atentado de Trèbes

Secuestro de datos

Mi círculo se cierra

Tercera parteLa preparación mental y el mundo de la empresa privada

La hipnosis, ‘white mirror’

Oráculo e hilo de Ariadna

Mental Sport

In_Cognita, concebir lo inesperado

Prueba sobre el terreno

Cuarta parteMantras de crisis y de vida

La realidad: cómo nos la contamos y qué hacemos de ella

La negociación empieza por uno mismo

Mientras hay ruido hay esperanza

No dejemos de imaginar lo peor

Aceptemos la muerte

“Tranquilízate” no tranquiliza

Si tenemos dos orejas y una boca es para escuchar dos veces más de lo que hablamos (Confucio)

De la importancia de ser chimenea y no esponja

Para redefinir el marco salgamos de él

Nunca darse un ultimátum

La solución siempre se encuentra en la mente del Otro

Somos 100% responsables de un 50% de la relación

Somos verdaderamente quien somos cuando ya no tenemos nada

Conclusión y agradecimientos

Conclusión

Sobre el autor

Sobre el libro

Créditos

Introducción

“Es de noche… hace frío… y vosotros no sabéis”

10 de febrero del 2008. Región parisiense, campo de entrenamiento de una unidad francesa de intervención y de contraterrorismo.

Es el primer día de formación con vistas a ingresar en el Grupo de Intervención de la Gendarmería Nacional (GIGN). Son las tres de la madrugada y, junto con cincuenta compañeros, me acaba de despertar la explosión de una granada y los gritos de los instructores. Estamos todos en calzoncillos, descalzos, en el exterior del edificio, en la plaza de armas.

Dos grados de temperatura.

Reinan el silencio y la oscuridad.

Estamos uno junto al otro para poder abrigarnos. El director del cursillo avanza con paso lento hacia nuestro grupo, nos escruta uno a uno, clava su mirada en la nuestra y dice estas palabras:

–Es de noche… hace frío… y vosotros no sabéis.

Entona esta frase, casi de manera mecánica, repetidas veces, antes de continuar:

–Jóvenes, si estáis dispuestos a vivir con esta incerteza durante los próximos quince años, entonces podéis iros a la cama y nos vemos mañana. Caso contrario, ya podéis coger vuestras cosas y volver a casa.

Desde el primer día nos forman para contar con lo inesperado. Ingresar en el GIGN significa vivir con un mensáfono en el cinto y nunca saber cuándo sonará. ¿A las 2? ¿A las 17? ¿A las 22?

¿Teníais que ir por los críos a la escuela? ¿Cenar en casa de amigos? ¿Escoger un traje de novio? En vez de ello salís tres días hacia la frontera española para parar a un go fast, os precipitáis al macizo Central para detener a un enajenado o sois enviados a una cárcel del este de Francia por un secuestro.

El compromiso del GIGN es el siguiente:

Pase lo que pase en Francia, o en el extranjero referente a ciudadanos franceses, siempre y en todo momento, hay una sección de treinta compañeros dispuesta a meterse en un coche o en un helicóptero en menos de diez minutos para salir a la misión.

Nunca se sabe quién, cuándo, qué, ni cómo. Adiós a todas las certezas.

Más vale saberlo y, dado el caso, cambiar de empleo.

De nosotros dependen vidas.

Quería ingresar en el GIGN desde que tenía 15 años. A esa edad fue cuando seguí en directo en la televisión el ataque de Marignane. Aquel atentado marcó profundamente a mi generación e hizo nacer muchas vocaciones como la mía.

El 24 de diciembre de 1994, los pasajeros del vuelo de Air France 8969, que iba de Argel a París, fueron secuestrados por miembros del Grupo Islámico Armado. El 26 de diciembre, mientras el avión hace escala en Marsella para repostar combustible, el GIGN interviene y pone fin al secuestro.

Miro el asalto en directo, quedo estupefacto.

Digo a mi madre:

–Lo que acaban de hacer esos chicos... ¡eso es lo que yo quiero hacer!

Eso: lanzarme al ataque, poner mi vida en juego, llegar a hacer algo superior a mí, que me sobrepase, correr grandes riesgos, pero por una buena razón. Eso quiero hacer.

–Qué va, cariño –me dijo riendo–, serás médico o abogado.

Pese a las reticencias de mi madre, mi deseo de formar parte de aquella unidad me nutrió y me impulsó durante los quince años siguientes.

A los 30, por fin ingresé en el GIGN.

La primera tarde de las pruebas de entrada, los candidatos deben rellenar una carta de motivación, explicar por qué están allí. Demasiado seguro de mí mismo y poco consciente de lo que viene a continuación, escribo esa noche blanco sobre negro, antes incluso de comenzar la formación:

1/ quiero ser operativo en intervenciones,

2/ quiero ser paracaidista,

3/ quiero ser negociador,

4/ quiero acabar mi carrera en el GIGN como formador o instructor.

Gracias a un arduo trabajo, un poco de talento y mi buena estrella, así es precisamente como las cosas van a desarrollarse. Voy entonces a hacer eso, y tantas cosas más.

Cuando recuerdo al yo de aquella época, creo que no sabía realmente lo que significaba negociador, pero ya deseaba formar parte de esa comunidad. Estaba fascinado por esos hombres y esas mujeres que, en medio de la más extrema violencia, tenían suficiente distancia para poner fin, mediante palabras, a situaciones que tenían todas las probabilidades de acabar en un baño de sangre.

Siento cariño por ese yo de la primera tarde, el que aún no sabe que sus palabras son un arma, pero que ha creído lo suficiente en sus sueños para haber llegado hasta allí. También le tengo gratitud por todo lo que me ha permitido lograr a continuación.

En unos diez años, efectué entre doscientas y trescientas negociaciones. De todo tipo: hackers, terroristas, secuestros, rapto de niños, en Francia y en el extranjero, extorsiones de fondos, enajenados, suicidas.

Llevé las negociaciones de Charlie Hebdo y del Súper U de Trèbes, los dos mayores ataques terroristas recientes en que ha intervenido el GIGN.

“Defender la vida siempre”.

Tal es el lema de esta unidad que enseguida llamaré por su sobrenombre: el Grupo. Esas palabras tantas veces leídas, pronunciadas, evocadas y que han cobrado todo su sentido con el paso del tiempo. La intensidad de la vida en todas sus formas, eso es lo que retengo de todos esos años.

La alegría y la insolencia de los compañeros: sus carcajadas en el bar o sus gritos de animal en el gimnasio. Las sesiones de deportes de lucha en las que la sangre y el sudor van de la mano. Las clásicas semanas de alerta, que entreveraban tiro con fusil, investigación, casos concretos, sesiones de helicóptero, pilotaje, paracaidismo… Una vida cotidiana que la gente tilda de vida de chalados. Pero como todo lo cotidiano acaba siendo algo ordinario, rápidamente se ha convertido en mi vida.

Desde entonces he desplegado mis competencias en diferentes campos: preparación mental, asesoría y participación en empresas, formación…

Mi encuentro con la hipnosis ha cambiado profundamente lo que soy y lo que hago. Desde entonces utilizo un estuche de herramientas que es muy mío y que he enriquecido con el correr de los años y de mis experiencias para ayudar a las personas y a las organizaciones que recurren a mí.

Mis actividades pueden parecer dispares, pero para mí todo está relacionado.

Cuando intento liberar rehenes o lograr que algún enajenado salga en buenas condiciones y salvar vidas, en realidad practico el mismo oficio que cuando preparo a deportistas de alto nivel para que se sientan mejor o alcancen algún objetivo. Hago el mismo trabajo que cuando intervengo en una empresa para ayudar a sus dirigentes a negociar, a contratar o a solucionar un problema complejo de administración. Cada vez hay una problemática, y tengo que poner todo en práctica para resolverla. Trabajo con el cerebro, las emociones y las dinámicas humanas, y sea cual sea el campo en que ello se exprese, los mecanismos son los mismos. Es lo que me gusta hacer y, paradójicamente, cuanto más esté en juego mejor me siento. Soy ese tipo de persona que, sabiendo tocar un instrumento, desea explorar todos sus registros.

Desde que dejé el GIGN, por fin puedo hablar a cara descubierta. Hoy lo que quisiera hacer es proporcionar elementos y ardides que me han sido preciosos en la adversidad. Contaros historias extraordinarias, describir situaciones excepcionales y, sobre todo, intentar hacer surgir enseñanzas sobre toda la violencia a la que me he visto confrontado durante este mi itinerario atípico. Contando mi historia quiero transmitir aquello que apliqué de manera consciente y lo que descubrí de manera a veces inconsciente.

Con todo, no se trata de un enésimo libro de desarrollo personal o del testimonio de un exmiembro de las fuerzas especiales que va a explicaros cómo ser el mejor.

No.

Mi convicción es que todos nosotros podemos ser mejores versiones de nosotros mismos. No en el rendimiento vertical, sino en nuestros propios cimientos, en nuestra propia historia. Ser más serenos, más apacibles, perder menos energía en cosas fútiles, saber aprovechar las cosas buenas, allí donde se encuentran.

Mi pauta de conducta consiste en esta idea: concebir lo inesperado.

No existen situaciones complejas sino falta de conocimientos y de tablas de lectura para comprender los momentos y las personalidades más difíciles. Y las situaciones que creemos acerrojadas pueden desbloquearse. Las cosas que nos abruman son superables. Siempre existe un camino. Y cuando lo encontramos todo es factible. Uno puede negociar con todo el mundo, pasar por cualquier prueba, vivir dificultades, sufrimientos. En realidad, puede ocurrir cualquier cosa inesperada, imprevista, pero que se puede integrar a uno mismo para servirse de ella. No hay ninguna necesidad de practicar budismo en Nepal ni de ser titulado por Harvard para lograr cosas que a priori nos parecen inalcanzables.

Quisiera que este libro incite a formular sueños y a hacer todo lo posible para que se cumplan. Que sea un vector de alegría y de esperanza. Lo único que fue lo suficientemente fuerte para hacerme dejar el GIGN fue el haber conseguido ayudar a la gente que me encontraba. Llegar a una persona o a una empresa que iba mal y hacer de tal modo que fuera mejor cuando yo me marchaba. Quisiera que este libro procediera de la misma manera en el mayor número posible de lectores y que sea un medicamento de lectura.

Sigo siendo el chiquillo del ataque de Marignane que quiere mirar la violencia a los ojos, aniquilarla con sus armas y domeñarla con sus palabras.

He aquí mi historia.

Primera parteEl GIGN, un camino iniciático

Existen en el GIGN varios códigos de tiro que permiten a un equipo de francotiradores neutralizar varios objetivos al mismo tiempo y situados en lugares diferentes. Esta disciplina requiere una organización muy precisa para que, en el momento mismo del tiro, solo se oiga un único disparo. Durante una toma de rehenes realizada por varios terroristas, es absolutamente necesario poder neutralizarlos a todos simultáneamente, ya que bastaría con que uno de ellos permaneciera armado para que suprimiera vidas a su alrededor, y la misión fracasara.

Cuando todos los tiradores están en posición, el jefe del equipo da la orden preparatoria: “Tiradores, en cuanto estéis listos, ¡pasad el código!”. Después, cada tirador anuncia a su vez que está listo para disparar anunciando su número y diciendo: “listo”. Así se suceden los “¡Uno, listo!”, “¡Dos, listo!”, “¡Tres, listo!”, y así sucesivamente, hasta el último. Cuando todos los tiradores han anunciado que están listos, el jefe de equipo da la orden de disparar, en dos tiempos. Cuando dice “Cero”, cada cual pone el dedo en el gatillo. Luego deja un minuto de silencio para dar la posibilidad de que cualquier tirador pueda anunciar que su objetivo ya no está en la mira. Por último, dice el “¡Fuego!”, durante el que solo se oye una detonación de varios disparos. La fugacidad de ese instante representa toda la disciplina y la eminente tecnicidad de esta unidad. Pero esas cualidades se adaptan al conjunto de lo que se aprende para llegar a ser un miembro operativo del GIGN.

“Tiradores, nada más estar listos, ¡pasad el código!”

Tenacidad y nacimiento de una vocación

La semana que siguió al ataque de Marignane, me presento en la gendarmería muy campechano, me planto en frente de los gendarmes de la brigada de mi pueblo y les digo sin pestañear:

–Quiero entrar en el GIGN.

–Mira, jovencito –se ríen ellos–, primero tendrás que sacar el bachillerato.

Con el bachillerato en mano, vuelvo a la gendarmería:

–¿Se acuerdan de mí? Todavía quiero entrar en el GIGN.

Desconcertados y comenzando a tomarme un poquitín más en serio, me responden.

–¡Pues bien, tendrás que hacer la mili, para comenzar!

En esa época, todavía era obligatoria.

Así que hago la mili con la firme intención de guardar mi sueño en el punto de mira y, apenas puedo, reitero mi ilusión a quien quiera oírla.

– Para eso tienes que ir a la escuela de suboficiales de la Gendarmería.

Me presento a esas famosas oposiciones, las apruebo y marcho para Le Mans, a 800 kilómetros de mi casa para un año. Finalizado dicho año, escojo como destino un escuadrón en Versalles, allí donde está implantado mi famoso GIGN.

Salgo el 30 de 120 candidatos en la clasificación final, hay siete plazas para Versalles y obtengo la última in extremis. Una primera gran victoria.

Mi idea es sencilla: llegar allí, ver a los muchachos entrenándose, aprovechar las infraestructuras, meterme de lleno, tenerlos bajo la nariz, olfatearlos día a día y, en un momento dado, a fuerza de perseverancia y de impregnación, aprovechar una oportunidad.

Es necesario un mínimo de 24 años para presentarse, y tendré que esperar dos años más.

Es todo muy confuso para mí, pero sé que la selección se hace mediante tests; no sé cuáles, pero entretanto, empiezo a practicar deporte, muy en serio.

Durante dos años me entreno catorce horas por semana, sábados, domingos, festivos, vacaciones, inviernos, veranos. Vuelvo de una misión en París a las 22.30, tras haber estado a cargo de una manifestación, me pongo las zapatillas y marcho para la pista de atletismo. A veces está helada en el carril interior pero corro en el exterior hasta las doce y media de la noche. Y experimento en mi cuerpo la máxima que dice que donde hay voluntad hay un camino.

A las siete de la mañana vuelvo otra vez.

Todos los días.

Footing, piscina, musculación.

Todos los días.

Flexión de codos, de brazos, abdominales.

Todos los días.

Cuerda, marcha comando, boxeo.

Y una y otra vez.

En esa época la selección era todavía muy opaca, y ya estaba contento yo de poder estar inmerso en el sistema que perseguía desde hacía casi ocho años.

Cabe decir que vengo de lejos. Crecí en Digne-les-Bains, una pequeña ciudad de 15.000 habitantes de los Alpes de Alta Provenza. Un lugar paradisiaco entre mar y montaña en donde crecí a lo Mowgli. Libertad, juegos, diversión, despreocupación e inconsciencia forman parte de mi vida diaria. El resto del tiempo lo paso peleando o discutiendo con mis acosadores para intentar sobrevivir en esa jungla humana cuyos códigos no siempre entiendo. En la escuela las cosas no van muy bien, para emplear un suave eufemismo.

La trifulca y la negociación son un binomio que ya llevo en la piel, sin saber aún que me seguirá toda la vida. Soy pelirrojo, regordito, con un corte de cabello mullet que pone de relieve mis mofletes. Suelo ir vestido con un jersey Bill y Bolita tejido a mano y un fular de seda en torno al cuello. Mi madre no se cansa de repetirme que soy frágil, que los otros son unos estúpidos tratándome así. Y mientras ellos van a jugar al fútbol yo estudio guitarra clásica en el conservatorio.

Cuando vuelvo de la escuela llorando, para consolarme no se cansa de decirme que voy a triunfar en la vida, que voy a hacer grandes cosas. Los elementos que forjan un destino o una personalidad cobran a veces giros sorprendentes: aun si solo la escucho a medias, en esos momentos, entre dos sollozos, ella está creando dentro de mí una posibilidad, una puerta abierta. En eso consiste toda la belleza de una sugerencia, que crece si debe hacerlo, pero solo puede crecer si ha sido plantada. Mucho más adelante comprenderé el poder de esas palabras, sembradas en plena desesperación, con la esperanza de que un día surjan de la tierra. Incluso si no tomó la forma que ella imaginaba, hay que reconocer que mi madre tenía razón, de alguna manera.

“¡Uno, listo!”

Fracaso, ira, vergüenza, decepción y cuestionamiento

Me lanzo una primera vez en el 2001.

Las pruebas duran una semana. No pasaré de las primeras veinticuatro horas.

Mi capitán me dice:

–¡Venga, dale! ¡Creemos en ti!

Todo el escuadrón está de acuerdo:

–Si tú no lo logras, nadie podrá…

La primera etapa se lleva a cabo el domingo por la tarde en la piscina.

Primera prueba: saltar desde un trampolín de 10 metros.

Segunda prueba: 100 metros de natación libre en menos de dos minutos.

Tercera prueba: 50 metros en la piscina con los pies obstaculizados y las manos atadas en la espalda.

Puedes escoger, o te sumerges o saltas, pero hay que llegar al otro lado como puedas.

En el fondo del agua hay un buceador y, llegado el caso, cuando ve que ya no se forman burbujas en la superficie viene a salvarte.

Última prueba: 50 metros de apnea. Un equilibrio precario entre ir rápido quemando oxígeno o ir despacio, pero es mucho más largo.

Paso esas pruebas y me voy a dormir.

Al otro día comienza la prueba de los aparatos de gimnasia.

Un máximo de flexiones de codos y de brazos en la barra fija.

Dos minutos de descanso.

Un máximo de abdominales en dos minutos, con los pies sujetados.

Dos minutos de descanso.

Un máximo de flexiones con los pies realzados.

Dos minutos de descanso.

Subir por una cuerda lisa entre cinco y seis metros solo con los brazos. Cronometrado.

En esa época era muy buen corredor, pesaba menos de 80 kilos y corría de 16 a 18 kilómetros en una hora; todo un conejillo. Me decía ingenuamente que con mis capacidades en el entrenamiento cardio, todo saldría bien y que no necesitaba trabajar enormemente lo demás.

Y me topo con un hueso: los brazos no me alcanzan.

Llego hasta 4,5 metros de cuerda, se me resbalan las manos, siento ardor y caigo al suelo.

Lamentablemente.

–Gracias por haber venido, ya puedes volver a casa.

Habrá que hacer frente a mi gente, a todas aquellas y todos aquellos que han creído en mí.

Acabo de pasar estos últimos años arruinando mi vida privada, corriendo en vez de estar en casa y practicando musculación día y noche. He sacrificado mi vida de familia, mi vida de pareja, ¿y con qué resultado?

Liberado de la selección desde el lunes por la mañana.

Estoy en el parking del GIGN, sentado sobre mi mochila caqui y mirando la unidad desde el exterior de una inmensa valla. Siento una mezcla de cólera y de vergüenza.

Tendré que enfrentar la mirada de mis compañeros, de mi padre, de mi hermano.

Todos fundaban esperanzas desmedidas en mí.

Y tendré que volver a casa y asumir el fracaso.

Decido entonces virar ligeramente y me preparo al máximo para la eventualidad de que no entre en el GIGN. Ya veo perfilarse el negro panorama: me doy de frente contra las pruebas dos o tres veces seguidas y acabo encargándome de manifestaciones para el resto de mi carrera. Ya acabo de pasar tres años vigilando puertas cerradas, tras las que no había nadie. Ni hablar de proyectarme en un oficio donde una parte del tiempo consiste en tareas cuya finalidad o utilidad no comprendo. Porque la vida de gendarme móvil puede significar estar a la espera de intervenir en la comisaría del octavo distrito de París, en un bus, diez horas seguidas esperando que algo ocurra. Es un trabajo muy respetable y absolutamente necesario, pero no está hecho para mí. Cuando acabas de pasar ocho horas jugando al tarot con tus amiguetes al fondo de un autobús, ¿qué has aprendido sobre la vida? ¿Has hecho algo interesante? ¿Cuál ha sido el sentido de tu acción?

No obstante, tampoco puedo saltarme esta etapa. No se puede entrar en el GIGN sin ser gendarme de carrera. Tengo varios amigos que estaban en las fuerzas especiales antes de entrar en el Grupo: en la Marina, la Legión Extranjera, comandos del aire, y que aun así tuvieron que pasar por la escuela de Gendarmería y hacerse suboficiales para poder presentarse a las pruebas. Seas quien seas, el camino es siempre el mismo; nada de privilegios ni de enchufes, o das la talla o te largas.

No se salvan vidas con toneladas de indulgencia hacia uno mismo.

Entrar en el Grupo es un viacrucis, y no queda otra solución que pasar (o volver a pasar) por abajo.

Además, es necesario, porque hay toda una cultura por adquirir. En términos de mentalidad y de formateo hay una diferencia entre la Policía, la Gendarmería y el ejército. El espíritu del GIGN se sitúa a medio camino entre la dureza militar y la suavidad que se supone que encarna el servicio público. Y esa cultura mixta no hay mil maneras de aprenderla. Hay que vivirla, sentirla en el propio cuerpo y, algunas veces, recibirla en plena cara.

Decido entonces hacer una pausa. Me presento para obtener un diploma de suboficial. También me lanzo para un diploma de profesor de deporte militar diciéndome que si logro encontrar actividades lúdicas al tiempo que gozo de prerrogativas de mando, será más soportable. Me cualifico en el campo de la intervención profesional, aprendo a hacer investigación y a socorrer a las personas en las alturas. Enseño a mis compañeros una utilización óptima de sus armas. Empiezo a aumentar mis competencias. Adquiero la cultura del combate militar para intentar reducir la diferencia al llegar al GIGN. Para no volver a partir de cero.

Y se presenta una oportunidad: una plaza de seis meses en Argelia para garantizar de cerca la protección del embajador, Bernard Bajolet, quien más adelante estará al mando de la DGSE (Dirección General de la Seguridad Exterior). Presento candidatura, y me cogen. Y marcho para Argelia dos veces durante tres meses. Allá acabo mi preparación.

Y desde el barrio de Hydra en Argel me postulo para presentar las pruebas nada más volver.

Sin volver a la casilla de salida de mi escuadrón.

De lo que he tomado conciencia al fracasar en mi primer intento de entrar en el GIGN es que nadie tiene ningún poder para estresarme, enfurecerme, entristecerme, presionarme o poner expectativas irrealistas en mí. Lo logro estupendamente solo y soy el único responsable de ello.

“¡Dos, listo!”

La selección: el aprendizaje mediante el fracaso

En el 2007 me lanzo por segunda vez, confiado y determinado.

Fueron seis años de arduo trabajo para que por fin me atreviera a intentarlo de nuevo.

Esta vez paso la semana entera de selección y mis brazos cumplen sin fallar.

Tras las pruebas que ya conozco, voy a experimentar:

El footing de diez kilómetros en traje de faena tipo rangers con un saco de diez kilos sobre la espalda.

La “pista de audacia” para poner a prueba la agilidad, con imposiciones vertiginosas: agarrado de un cabo de cordel, hay que saltar de techo en techo, pasando por canalones, sobre pequeños escalones a cuatro metros de altura, pasar por ventanas, agarrarse de cables en el exterior.

El “recorrido estrés”, un camino de noche con consignas. Hay que recobrar información bajo presión: nos bombardean con gases lacrimógenos, nos atrapan, nos muelen a palos, nos interrogan, nos atacan perros de asalto, hay que abrirse paso sutilmente, retener matrículas, escuchar conversaciones, y todo eso durante una noche entera.

El “recorrido lacrimógeno”: un miembro activo que lleva una máscara de gas lanza granadas en el subterráneo en que nos encontramos, hay que seguir un hilo de Ariadna y, mientras estamos respirando, llenándonos los pulmones de gas, al mismo tiempo que escupimos, babeamos, lloramos, vomitamos, tenemos que seguir avanzando y recordar lo que hay en nuestro camino. Hay cosas desperdigadas: cargadores de armas, matrículas, pedazos de mapas de carreteras. Una gran cantidad de información que tenemos que restituir a la salida.

La “boquilla”. Es un tubo de cemento de unos 35 centímetros de diámetro que pasa bajo una carretera a lo largo de 10 metros. Para entrar hay que apretujar los hombros, pasar los brazos y luego rascar con las uñas, intentar ondular el cuerpo y empujar con los dedos del pie para poder avanzar. Esta actividad pone a prueba la claustrofobia.

Hay quienes tardan 45 minutos para atravesar los 10 metros, y hasta vi más adelante jugadores de rugby del equipo de Francia que demoraban horas.

Yo me había entrenado para ello, casi todos los fines de semana, y esa boquilla había llegado a ser mi segunda casa. Cogía el coche el domingo por la mañana, cuando no había nadie en pleno campo y la atravesaba hasta diez veces seguidas, cronometrándome.

El día de las pruebas, sin verdadera gloria, tardo 1 minuto 15 segundos a pesar de mis 1,80 metros de estatura y mis 88 kilos.

La "carrera de obstáculos". Saltar, correr, arrastrarse, caminar con equilibrio, saltar a un foso, escalar un muro: unos 20 obstáculos distribuidos en 400 metros. Es mi punto fuerte. Tenía uno de los mejores tiempos en mi escuela de Gendarmería en este tipo de ejercicio. Volaba, saltaba en medio de obstáculos. En aquel momento tenía la impresión de ser un gato fibrado.

El fin de semana tenemos la “prueba de agresividad”. Y como el nombre lo indica, es… una prueba de agresividad. En esa prueba las competencias técnicas en deporte de combate importan bastante poco; lo que en realidad se evalúa es nuestra capacidad para levantarnos después de haber caído para volver al asalto. Se ponen en relación ya sean personas del mismo peso, ya sean con la misma experiencia de deporte de combate, para enfrentarse en luchas equilibradas. En dos asaltos de dos minutos, la finalidad es dejar al otro fuera de combate. Pies, puños, agarre, estrangulamiento, lo que sea, todo el repertorio, para intentar derribar al otro. Lo que se observa es la tenacidad y potencialmente nuestras facultades de resiliencia de cara al poder de un adversario superior. Los instructores cuentan el número de veces que alguien cae… pero sobre todo las que se levanta.

Esta última prueba responde a la pregunta siguiente: mañana, cuando caigas al suelo a nuestro lado, ¿te levantarás para volver a empezar y continuar avanzando?

El viernes, agotados y estragados por la prueba de agresividad, con cara del hombre elefante, pasamos a una entrevista con unos diez instructores. Aquí, la finalidad es claramente tasar nuestra estabilidad emocional, nuestra confianza, nuestra autoestima al mismo tiempo que nuestra humildad. Con cosas como “¿Quién te crees que eres? ¿Te crees que es muy fácil entrar aquí? Con los tiempos de mierda que has hecho esta semana, ya te digo yo que vas a sufrir todos estos meses”.

Sean cuales sean los resultados de la semana, durante esta entrevista, nos hacen pedazos, y ya está. Es la única entrevista de la formación. El sistema de pedagogía mediante el fracaso comienza aquí. Habrá que ser más junco que roble.

Acabada esta prueba, el viernes por la tarde, volvemos a casa. Sin respuesta. Se nos llamará para el precursillo… o no.

Aquí nace mi relación privilegiada, casi afectuosa, con la incertidumbre. Ya tendré tiempo para aprender a conocerla de verdad.

Estamos en septiembre. De los 150 del principio de semana solo llamarán a los 50 mejores.

Mis pruebas no han sido desastrosas, pero tampoco fantásticas. No estoy para nada seguro de ser seleccionado.

No obstante, tres días antes de que comience el precursillo, recibo un mensaje: “Ha sido elegido para la segunda parte de la selección, preséntese a formación el domingo en tal lugar, a tal hora, con todo lo necesario para la vida de campo”.

Se me convoca a tres meses de selección, y la única indicación es ese “necesario para la vida de campo”, que abarca tal enormidad de posibilidades que me quedo desconcertado.

Llega el primer día, somos 50 en la plaza de armas en el suelo de tierra del campo de entrenamiento. Los instructores empiezan mirando lo que hemos puesto en nuestras mochilas para aguantar 48 horas en exterior con autonomía. Las cogen, les dan vueltas, las vacían:

–¿Qué vas a hacer con esto…? ¿Y esto, para qué te va a servir?

Rápidamente entendemos que un 70% de las cosas que hemos puesto dentro son inútiles. Nos enseñan a hacer correctamente una mochila operacional tanto en cuanto al contenido como en su gestión.

Y allá vamos por doce semanas

No tengo el físico ideal para esas pruebas. Soy un poco gordo y macizo contrariamente al estereotipo de la época, que es una especie de Fórmula 1 despellejado con barriga prominente.

El domingo por la tarde nos confiscan los teléfonos.

A título de anécdota, hoy en día cuando les quitan el teléfono a los precursillistas, es sabido que el lunes por la mañana hay por lo menos tres que se marchan. Muchos jóvenes procedentes de la generación Z tienen su peluche, y algunos ya no pueden prescindir de su teléfono. Actualmente, la primera criba del precursillo ocurre sencillamente de esta manera.

¿Postuláis al GIGN y no podéis prescindir del teléfono? Pues mejor que volváis a casa.

El lunes por la mañana, vamos a la piscina. Hacemos una serie de ejercicios sin sentido durante una hora y media sin haber comido. Todos nos cogemos de la mano en el agua e intentamos flotar juntos sin hundirnos. Está claro que buscan hacernos gastar un máximo de energía.

Saliendo de la piscina, recorremos corriendo los 15 kilómetros que nos separan del campo.

Son las ocho, acabamos de perder a dos más. Ya no pasamos de 45.

Los días empiezan a correr. Entendemos rápido que lo que procuran probar no es el mero desempeño físico sino lo que queda en nosotros cuando el barniz se desconcha. Tomará unas tres semanas que todo el mundo esté en las últimas. Agotado. Totalmente.

Para ello utilizan varias técnicas, y rápidamente voy a aprender a expensas mías la amplitud de su creatividad.

Al principio, dormimos en camas, estamos abrigados. Después nos instalan en el George V.

El George V del GIGN es un edificio en desuso donde se duerme en tatamis insalubres y donde no hay ventanas, solo aberturas. Estamos en el mes de febrero. Nuestro lecho está adornado con una pila de cosas más o menos seca. Pero por la noche estamos a cubierto. Es un lujo.

Y cuando empezamos a ya no dormir bien, a ya no comer como Dios manda a horas respetables, a esforzarnos todo el día y buena parte de la noche, a padecer lastimaduras, pequeñas tendinitis, es cuando vemos partir a la gente.

Es normal, la rusticidad pasa a primer término y la mente acapara los mandos del cuerpo. Por ejemplo, de ahora en adelante ya no estamos autorizados a subir a la primera planta por las escaleras. Instalan sogas a plomo en los extremos del edificio y disponemos de siete minutos para hacer subir 40 personas a la primera planta. Es a todas luces un tiempo demasiado corto. Lo intentamos de nuevo una y otra vez para mejorar nuestro tiempo.

Cuando ya solo somos 30 es más fácil. Pero entonces reducen el tiempo. No hay respiro.

La finalidad es simple: ponernos de manera sistemática en situación de fracaso. Aquí la pedagogía no es de suavidad. Todo se hará con dolor. Por este medio dejan fuera a muchos chicos y escogen lo mejor. Había cuatro mujeres en nuestra promoción. Una sola llegó hasta el final. Exactamente la misma proporción que los hombres.

En general los que salen primeros en la semana de pruebas son también los primeros en partir durante el precursillo. Esto se ha observado con bastante frecuencia y en verdad tiene bastante lógica: son los atletas más duchos… pero también los más finos y los más frágiles. Cuando comienzan a ponerlos en una extrema dificultad, a privarlos de sueño, de alimento, son los primeros en largarse. Yo no acabé la semana de pruebas dentro de los primeros. Tuve suerte. Voy a poder gozar de la rusticidad de mi cuerpo e intentar mostrar, en cada acción, que a partir de ahora habrá que contar conmigo.

Tras el árbol se esconde el bosque de cada cual… la mente es capaz de empujar nuestro cuerpo muchísimo más lejos de lo que lo creíamos capaz. Tenedle confianza y dejad que os muestre vuestros verdaderos recursos.

“¡Tres, listo!”

¿Es el sufrimiento un freno para la acción?

Un lunes los instructores nos despiertan a las dos de la madrugada. Estamos todos amontonados en una sala sobrecalentada cuando hemos cogido la costumbre de dormir fuera y nuestros organismos no soportan bien el calor en ese momento.

Un tema de ensayo nos espera:

“¿Es el sufrimiento un freno para la acción?”.

Tenéis dos horas.