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Verónica Ormachea emprende con Neruda y su laberinto pasional una nueva aventura, para la que no vislumbro un nombre que la defina mejor que el de bioficción: una biografía con ribetes ficticios, que sin descuidar las referencias espaciales, temporales y vivenciales, confiere la parte del león a lo que el título ya anuncia: un laberinto pasional, amoroso y erótico. Con este laberinto se vinculan expresamente los versos de Neruda, que son aquí reproducidos de modo a la vez reiterado y pertinente. DARÍO VILLANUEVA, Real Academia Española. Verónica Ormachea, con un desafiante coro de voces narrativas contrapuestas, se acerca a la intimidad de uno de los poetas más reconocidos de América latina. Es un Neruda descarnado en la verdad de su vida, por sus obsesiones desnudadas, por la paradoja entre su generosidad para con la sociedad y el brutal egoísmo con sus seres más próximos, por la dureza de sus actitudes y el vuelo poético de su obra. Una biografía novelada intensa y atrapante. CARLOS MESA GISBERT, escritor y expresidente de Bolivia
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Seitenzahl: 701
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Ganadora del Premio Escriduende
a la mejor autora hispanoamericana
en la Feria del Libro de Madrid, 2023.
Cuidado de la edición: Claudia Adriázola
© Verónica Ormachea Gutiérrez, 2023
© Del Prólogo: Darío Villanueva, 2023
© De la presente edición: Plural editores, 2023
Primera edición: Grupo editorial Sial Pigmalión (Madrid)
febrero de 2023 / ISBN 978-84-19370-66-2
Segunda edición: Plural editores (La Paz), noviembre de 2023
Depósito Legal: 4-1-4735-2023
ISBN (impreso): 978-9917-625-76-6
ISBN (digital): 978-9917-34-106-2
Producción:
Plural editores
c. Jacinto Benavente Nº 2255
Teléfono: 2411018 / Casilla 5097 / La Paz, Bolivia
e-mail: [email protected] / www.plural.bo
Diagramación digital: ebooks [email protected]
PRÓLOGO
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
A mi nieta: Rafaella Hage Montes
Darío Villanueva
Real Academia Española
Como la autora de Neruda en su laberinto pasional es mujer con muy inteligente sentido del humor, me atreveré a comenzar este breve prólogo a su última novela con una paráfrasis de la frase insolente, y una pizca surrealista, que Salvador Dalí le dedicó a Pablo Picasso. Verónica Ormachea es estudiosa de la literatura y de la historia; yo también. Verónica Ormachea es académica; yo también. Verónica Ormachea es novelista; yo… tampoco”.
Entiéndaseme: ella lo es, yo no. Y la publicación de Neruda en su laberinto pasional así lo certifica cabalmente. Con anterioridad, había sabido de su literatura a través de su obra Los infames, que leí antes de ser impresa en 2015 y me interesó vivamente como novela sobre la historia vinculada a un alter ego del checo Oskar Schindler, al que hizo famoso el cine de Spielberg: Mauricio Hochschild, el rey del estaño boliviano, que salvó a miles de judíos trasladándolos a su país y empleándolos en sus múltiples negocios. Pero Ormachea ya había publicado antes otra muestra del mismo género histórico, Los ingenuos, sobre la incidencia en una familia de la alta burguesía de la revolución nacional boliviana de 1952.
Podría decir muchas cosas después de conocer, de nuevo en primicia, el original de Neruda en su laberinto pasional que la propia escritora me ha confiado, pero su texto, respetado lector, habla sobradamente por sí mismo desde su propio título, que para mí es la primera frase –y no la menos relevante– de toda novela.
No siendo novelista –evidencia que ya confesé–, sin embargo fui llamado a la Real Academia española en parte a causa de mi dedicación a la narrativa por mi oficio de profesor de teoría literaria y literatura comparada. Y allí, en esa docta casa tuve la suerte de conocer personalmente a Verónica Ormachea, que pertenece a ella en calidad de académica correspondiente. Se me disculpará, así, que acaso por pura deformación profesional leyendo Neruda y su laberinto pasional me sobrevinieran algunas hipótesis acerca de sus peculiaridades y su singularidad como creación literaria que confío no resulten del todo descabelladas.
El primer libro de nuestra escritora, Entierro sin muerte. El secuestro de Doria Medina, publicado en 1998, trata del secuestro del conocido como el “Rey del cemento” y candidato a la Presidencia de Bolivia Samuel Doria Medina llevado a cabo por el grupo terrorista peruano Movimiento Revolucionario Túpak Amaru (mrta), y en esta obra Verónica Ormachea, que además de diplomática es también periodista, hace una primera incursión en un género que a mí, personalmente, me resulta de gran interés. Me refiero al que en los Estados Unidos se dio en llamar New Journalism, con Truman Capote, Norman Mailer, Tom Wolfe y mi admirado Gay Talese, en nada ajeno a nuestras literaturas ni ausente de ellas desde tiempos muy tempranos, cuando comenzaba también a cultivarse en inglés. En ellas, en nuestra letras, encontró por ejemplo un sobresaliente precursor con el argentino Roberto Walsh, autor en 1957 de Operación Masacre, y en España tiene un cultivador excepcional en la figura de Javier Cercas, quien supo aprovechar los mejores recursos de la llamada “novela sin ficción” para contar el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 en Anatomía de un instante, publicada en 2009.
Ahora Verónica Ormachea nos sorprende muy favorablemente con una nueva combinación que juega y se mueve creativamente entre la ficcionalidad de la narración de estirpe novelística y la facticidad de los hechos que se corresponde con el género histórico. Explicaré mi modesta teoría.
Está suficientemente arraigado en el metalenguaje literario –la jerga que se utiliza para especular sobre la literatura– un neologismo, autoficción, creado en 1977 por el crítico y novelista Serge Doubrovsky para referirse a su novela titulada Fils. En la literatura francesa, amén de algunos antecedentes en obras de Colette, Michel Butor, Léo Ferré, Violette Leduc, o Albertine Sarrazin, encontraría amplio eco en escritores como Guillaume Dustan, Nelly Arcan, Emmanuelle Pagano, Christine Angot, Chloé Delaume, Hervé Guibert ou o el propio Alain Robbe-Grillet.
Define esta autoficción la mestura del planteamiento propio de la autobiografía (fusión entre tres entidades o instancias novelísticas: el autor empírico, real, que firma con su propio nombre; el narrador de la obra; y el protagonista de la historia que se cuenta, que es el relato de su propia vida) y la libertad imaginativa propia de la novela en lo que se refiere a los acontecimientos narrados y sus personajes, que son entes de ficción. Se produce, en definitiva, la suma, aparentemente contradictoria, entre dos pactos de lectura opuestos: lo que Philippe Lejeune acertó en denominar “pacte autobiographique” y lo que en la certera expresión de Samuel Taylor Coleridge se define como “the willing suspension of disbelief”, la “voluntaria suspensión del descreimiento” en la que se basa el acto de leer una novela.
Se trata, pues, de substituir aquellos dos pactos por otro (relativamente) novedoso, un pacto ambiguo por el que la enunciación del relato viene de una fuente autorial identificada con un autor real, conocido, con nombre y apellidos, pero lo que se nos cuenta se beneficia de todos los privilegios de la ficción novelesca en lo que se refiere a la invención de acontecimientos, situaciones, diálogos, personajes o avatares en general.
Pues bien, tengo para mí que Verónica Ormachea, después de haber tentado la novela sin ficción del nuevo periodismo y la novela histórica contemporánea, emprende ahora con Neruda en su laberinto pasional una nueva aventura, para la que no vislumbro un nombre que la defina mejor que el de bioficción. Sí: no una autobiografía con ribetes ficticios, sino una biografía que se permite, creativamente, las mismas licencias; que hace suyas idénticas prerrogativas.
Porque en este texto está la vida entera de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, desde su infancia en Temuco hasta su muerte en la capital chilena cuando triunfaba el golpe de Estado en 1973 comandado por el general Pinochet.
Entre estos alfa y omega vitales del escritor que tomó como seudónimo el nombre del checo Jan Neruda, la bioficción de Ormachea reseña puntualmente la etapa estudiantil del incipiente poeta, sus periplos como diplomático (Rangún, Batavia, Europa), su presencia en la España de la guerra civil y su posterior implicación determinante en el rescate de los exiliados republicanos, su vinculación política (Chile, Argentina, Rusia), su idílico refugio en Capri, el premio Nobel en Estocolmo… Pero esta bioficción, sin descuidar todas estas referencias espaciales, temporales y vivenciales, confiere la parte del león a lo que el título ya anuncia: un laberinto pasional, amoroso y erótico. Con este laberinto se vinculan expresamente los versos de Neruda, que son aquí reproducidos de modo a la vez reiterado y pertinente.
Aparte del recuerdo a su Mamadre, Rosa Neftalí Basalto, asoman por las páginas de esta bioficción muchas –supongo que no todas– las mujeres por las que el poeta se apasionó, simultánea o sucesivamente, a lo largo de su vida, a las que gustaba llamarlas con nombres por él inventados, como si de este modo quisiera acabar de poseerlas del todo. Desde las jóvenes musas chilenas de Veinte poemas de amor y una canción desesperada: Terusa (Marisol), Albertina (Marisombra) o Laura (Milala), y dos bolivianas “con aura”, poeta la una (Patricia, la Indomable), artista orfebre la otra (Nilda), hasta las exóticas Josi (Mamea) y su primera esposa, la criolla holandesa María Antonieta Hagenar (Maryka), a la que Neruda abandonará a su suerte, como también a la desgraciada hija de ambos Malvita.
Lógicamente, y dejando al margen amantes ocasionales como la mejicana Beatriz, y sin menoscabo de la entidad como personaje de una pieza que es su primera esposa Maryka, en este elenco de mujeres nerudianas ocupan el primer plano la argentina Delia del Carril, “La Hormiguita”, veinte años mayor que él, que fue su mentora política, su sostén económico y copartícipe en el episodio más heroico de la vida de Neruda (el flete del buque Winnipeg para el rescate de los republicanos españoles), y la chilena Matilde Urrutia de la Cerda, que lo acompañó hasta el final, cuando Neruda se había prendado ya de su sobrina (de ella) Alicia Urrutia.
Como bioficción que es, Neruda en su laberinto pasional resulta ser fruto de una amplia documentación histórica y literaria que la autora reseña finalmente en una “bibliografía esencial”. Pero en su texto, la recreación de los distintos episodios, avatares y peripecias (en el sentido aristotélico del término), públicos e íntimos, documentables y sentimentales, precisa obligadamente de la invención de la novelista, que no solo no escatima los diálogos entre los personajes, sino incluso tampoco elude algo tan comprometido como son los monólogos del propio protagonista, como el que ocupa precisamente las primeras páginas la de la narración. Cierto que Neruda nos dejó sus memorias tituladas póstumamente Confieso que he vivido, pero lo que allí puede haber de confesión personal es amplificado literariamente por Verónica Ormachea en el ejercicio de sus facultades y licencias de novelista para ofrecer a nuestra curiosidad de lectores una invención. Fiel a su étimo latino, inventio, este sustantivo significa tanto ficción como descubrimiento.
En ese monólogo inicial, el más extenso de todos los que se ponen en boca del protagonista, Neruda se desnuda: “fui un eterno infiel”. El relato de los hechos de su vida pasional que viene después no lo desmiente, sino todo lo contrario. Sus hechos y las valoraciones poco piadosas de los demás personajes, especialmente de las mujeres de su vida corroboran tal autoconocimiento de su infidelidad sustancial. Probablemente la más determinante entre todas ellas, Delia, sentenciará la definitiva separación entre ambos cuando Pablo dice que la ama a ella pero a la vez quiere a Matilde, con una frase lapidaria: “Neruda no se ama más que a sí mismo”.
Nunca me he sentido proclive a diferenciar en términos de literatura la escrita por hombres y la escrita por mujeres. Esa facultad prodigiosa de hacer arte con las palabras mostrencas, que son de todos, beneficia por igual a uno y otro sexo. Pero llegada a su final mi lectura de esta bioficción de Verónica Ormachea, admito que quizá no sería igual lo que un novelista hubiese hecho con el asunto del laberinto pasional de Neruda que lo que serena, circunspecta pero comprometidamente, sine ira ac studio, ha logrado la académica boliviana.
Ante la muerte, todos somos iguales. Hoy, que soy parte del último capítulo de mi vida, en esta antesala de la muerte, tengo miedo, mucho miedo ¿Hay algo más definitivo que la muerte? Esta no nos llama por lista. Tengo miedo, porque creo haberlo conocido todo. Haberlo vivido todo, o casi todo, pero es la muerte lo único que no conocemos y es lo único definitivo. Aquí estoy agonizando en este hospital, en esta maldita cama en la que ni sé cuántos habrán muerto. Una cama mortuoria en esta pieza pintada de verde desteñido y sombrío que huele a formol, como la morgue.
En esta noche amarga, y a pesar de que estoy acompañado, me siento más solo que nunca, porque a quien amo no está conmigo. A mis sesenta y nueve años sigo enamorado. Lo estoy de Alicia, la sobrina de mi señora, una chiquilla como cuarenta años menor que yo. Da igual, lo importante es el amor. La Matilde lo sabe, claro que lo sabe y ha hecho de la vista gorda. Por suerte me ha perdonado.
¿Será que estoy a punto de tomar este viaje sin retorno, y por eso miro atrás y recuerdo lo que viví, lo que no quise vivir, lo que pude vivir y no pude, y lo que me tocó vivir? Pero no me arrepiento ni un ápice de nada, porque viví con tanta intensidad como la vida misma. Amé y fui amado, que es lo único que vale.
Me bautizaron como Neftalí Reyes, pero como mi nombre no sonaba para nada ni para nadie –y hasta rechinaba en mis oídos de poeta– lo cambié por Pablo Neruda y me quedé con él para siempre. Quería borrar el apellido de mi detestable padre. Incluso me molestaba que me llamaran Neftalí, porque fue él quien me bautizó así.
Con mi flamante nombre de poeta forjé mi nuevo mundo. Jamás me imaginé en lo que me convertiría.
—¡Matilde! Llama a la enfermera. Quiero vomitar –grita Pablo con voz temblorosa.
Cómo no voy a querer vomitar con las radioterapias y esas pastillas que me dan que me hacen sentir peor. Ya no aguanto más. Ya no sé para qué me las siguen dando si saben que estoy desahuciado. Mi mujer ha hecho esfuerzos sobrehumanos para ocultarme que tengo cáncer, pero lo sé. El médico soviético me lo confirmó. Pero ella no sabe que lo sé. La pobre me dice que el tratamiento es para sanar el reumatismo que tengo en la cadera, pero tengo la próstata del tamaño de una pelota, y me está matando. Esto es como la maldita Espada de Damocles, pero incrustada en el corazón. Sin embargo, mi poesía me salvará, porque si yo muero, ella no morirá y yo viviré así para siempre, al menos en los corazones del mundo.
Aunque a veces quiero morirme de verdad para no ver lo que estos milicos han hecho y siguen haciendo. Le han dado un golpe de Estado a mi entrañable amigo Salvador. Se oyen ráfagas de ametralladora día y noche. Dicen que hay francotiradores. Hay toque de queda, los aviones vuelan bajo sembrando terror e intimidando a los chilenos. Estos militares de mierda. Todo para mostrar su poder a través de las armas. Los tanques transitan por las calles fantasmales iluminando con faroles enceguecedores a los edificios buscando a comunistas chilenos y extranjeros para seguir torturándolos y matándolos, a mis correligionarios, a mis queridos correligionarios. Hay muertos tirados por todas partes, incluso algunos flotando en el Mapocho y otros en las orillas, pudriéndose rodeados de moscas. Nadie se atreve a reclamar sus cuerpos porque también los matan a ellos.
Este Pinochet huevón, ha dado un golpe dejando a La Moneda en llamas. Han desdibujado a Chile. La ciudad está envuelta en sombras. Me dicen que Salvador se quedó allí, en medio del incendio y solo, solo como yo lo estoy ahora, solo. Se quedó solo con su cuerpo y con su alma valiente; se quitó la vida, apenas hace unos días.
Los bomberos que apagaban el incendio encontraron su cuerpo tirado en el piso y sus sesos contra la pared. Se suicidó, aunque los milicos dicen que murió en el bombardeo. ¡Mentira! ¡La mentira más grande de los fascistas asesinos canallas!
Tienen a miles de mis correligionarios chilenos y extranjeros, hombres y mujeres, encerrados en el estadio nacional, los llaman por parlante, los torturan, los descuartizan, los matan y los hacen desaparecer. Dicen que los tiran al mar amarrados a adoquines y allí quedan hundidos para siempre, como alimento de los peces.
Están matando gente a mansalva. ¡Qué locura! Principalmente a jóvenes idealistas y luchadores por promover el marxismo. Pero si estos solo buscan la lucha de clases para llegar a un Estado igualitario, para que el proletariado se libere del yugo de la burguesía explotadora. ¿Es eso malo? Sí, para la derecha, para los momios hediondos que ningunean a todos los que no son de su clase, unos pitucos huevones. ¡Militares traidores a Chile! Nuestro escudo dice “por la razón o por la fuerza”, pues aquí no hubo razón, sino que la fuerza arrasó sin medida ni clemencia. Unamuno decía “Por la razón y siempre por la razón”. Pero a los milicos ignorantes les da lo mismo.
Toda esta mierda contribuye a atrofiar mi espíritu y siento que mi vida se apaga como una vela. Creo que ahora quiero morir de verdad. Cómo hubiera querido hablar con Salvador antes de que cayese su gobierno; pero lo tomaron por sorpresa. Teníamos tantas cosas que decirnos. Ahora está enterrado, quién sabe dónde. Dicen que en un nicho sin nombre. Eso quieren estos perros golpistas, para que no le rindan homenajes.
Aquí hay una guerra desigual. Solo de pensar en ello, me dan ganas de morirme, morirme de verdad. Aunque ya sé que me estoy yendo. ¡Cómo ha podido terminar nuestra lucha de esta manera! Tengo pena, esa que agujerea el corazón, qué pena da la pena. Mi espíritu atribulado es por mi culpa, porque obligué a la Matilde y a mi querido Homero a contarme lo que está pasando ahora en Chile, aunque sé que me cuentan poco.
Mi alter ego me anunció mi misión salvadora e igualitaria, pero me da lo mismo. Y pensar que escribí Canto aStalingrado. Era un canto de apoyo al pueblo a punto de ser atacado por los nazis. Pero todos lo interpretaron como un homenaje a Stalin.
Ahora, que han pasado los años, me doy cuenta de que fue un tirano que mató a millones. Algo así como estos milicos fascistas, golpistas. ¡Y qué mal me sentí cuando Kruschev –el mismo Kruschev– denunció los asesinatos de Stalin. ¡Qué ingenuo fui!
Y luego, por tonto, escribí la Canción de gesta a Fidel Castro. Esa fue menos elogiosa, pero da igual. La escribí y fui un idiota. De esos que marcan época.
—¡Matilde! Ven, escribe. Te dicto –le dice a Matilde con la mirada desvaída.
Hay cadáveres
Hay pies de pegajosa losa fría,
Hay la muerte en los huesos,
Como un sonido puro,
Como un ladrido sin perro…
—Ahora, déjame solo.
Matilde, que le tiene pasión y compasión, en actitud sumisa hace lo que él le pide. Piensa: “Son sus últimas horas. Hay que hacerle caso en todo”.
Hoy, aunque por momentos siento que estoy más allá que acá, me golpea el pasado con más fuerza que nunca. Ahora en este lecho de muerte, recuerdo… recuerdo… recuerdo… recuerdo que nací en el último rincón de la tierra, donde el tiempo se había estancado, donde no había futuro para nadie, y menos para mí que soñaba con ser poeta. Éramos tan pero tan pobres, que convivíamos con el barro, la lluvia, el frío y el hambre. Luego de vivir aquello, me juré que jamás sería un don nadie, que nadie me ningunearía. Éramos tan pobres que ni la casa ha quedado para hacer un museo. Todo cambia y nada es eterno. Jamás me imaginé que me convertiría en uno de los poetas más universales del siglo xx, traducido a todos los idiomas, mis Veinte poemas de amor y una canción desesperada –y yo, siempre desesperado por las mujeres– fue un best seller absoluto en la poesía. Se vendieron millones de ejemplares. Hasta los analfabetos de los rincones de Chile repetían mis versos de memoria. ¿Para qué otra cosa sirve la poesía?
Y alguien dijo que mi Canto General era el Cantar de los Cantares de la lengua castellana; otros, que era la mejor epopeya americana. La voz de los sin voz. Al menos esto traté. Solo sé que hice feliz al mundo. Los hice amar, soñar, llorar. Incluso los consolé, porque si de algo se sufre es del desamor.
Mi amigo Julio Cortázar comentó que me encontraba entre los grandes de Latinoamérica. Y Carlos Fuentes dijo que yo era el “gran poeta épico”. No lo sé. Eso sí, puedo asegurar que no soy de los poetas que utiliza los dedos para contar los decasílabos u octosílabos. Fui un creador de una única metáfora. Inventor de miles de nombres y sobrenombres.
Solo sé que mis versos se escribían solos. Que me escribían. Y los escribía de un arrebato. No busqué mi poesía; ella me encontró. He creado neologismos que luego han sido utilizados por el mundo y han sido inmortalizados. Aunque debo confesar que mis maestros fueron los “poetas malditos”, Rimbaud, Baudelaire y Verlaine. Cuando los leía, los saboreaba, los pensaba y hasta los memorizaba. Leyéndolos, descubrí que podía escribir. Jamás me imaginé que a los veinte años ya tendría dos libros publicados. Que eran obras maestras. Mis colegas españoles me decían que mi poesía era un arte mayor, equiparable a la de Rubén Darío, de quien dicen que fue el maestro de los de la generación del 98 y el que unió a América con España. Años después yo volvía a tender el puente. A los treinta años era considerado “el poeta de América”. Octavio Paz dijo que yo era “de lejos” el mejor poeta de mi generación. Mejor que Huidobro, que Vallejo y que el mismísimo Borges, y que todos mis hermanos muertos, los españoles de mi época, a quienes tanto quise.
No hubo Darío sin Góngora, ni Apollinaire sin Rimbaud, ni Baudelaire sin Lamartine, lo dije. Ni yo sin todos ellos. Federico, mi hermano Federico, dijo que yo era la voz más profunda de América desde Rubén Darío. Fui el Rimbaud del siglo xx.
Mi producción literaria fue monumental. No fui de poemitas sueltos que se publican en diarios y antologías hechas por amigos o admiradores. Fui un poeta de libros. Fui un poeta versátil. He escrito de todo, hasta de objetos.
Me sigue enfureciendo que muchos de mis versos se perdieron en manos de mujeres a las que se los entregué. ¡Quién confía en ellas! Nunca se imaginaron mi alcance, y muchas me abandonaron, me perdieron. ¿O las perdí yo a ellas?
Mi amigo Gabo dijo que yo era el mejor poeta del siglo xx en todos los idiomas. Decía que mi talento era tal, que escribía sobre el amor por antonomasia y sin parangón, principalmente a las mujeres, que han sido mi sino, aunque confieso que las utilicé como inspiración y lo que más me apasionó fueron los amores clandestinos, esos prohibidos o imposibles para que me salieran las palabras de lo más hondo. Y las engañé a todas, a todas mis mujeres, fui un eterno infiel ¡Qué fresco fui! En el fondo de mi alma reconozco que las que no me correspondieron me dieron la mejor producción, porque no hay nada más universal que el amor. Necesitaba estar siempre enamorado, como lo estoy ahora. Y siempre me apasionaron los amores, las mujeres, ser un eterno enamorado.
Cuando empecé a tomar conciencia de mi existencia, quise ser reconocido, apreciado, pero principalmente amado. Quería además ser siempre el centro de atención de todo y de todos, porque siempre supe que no era un adonis con mi nariz de tucán, mis ojos caídos y con esa voz monocorde que aburre hasta a la más enamorada.
Lo que no podía hacer con mi físico poco agraciado, debía lograrlo con mis versos, y a las mujeres, mis mujeres, a todas las verdaderas mujeres les encantaba recibir poemas de amor. Les encantaba sentirse amadas. Aproveché para susurrarles al oído palabras de amor.
Recuerdo con pasión a todas las mujeres que amé, pero como el amor trae dolor, las hice sufrir a todas porque solo pensaba en mí mismo y en mis versos. Ahora, a la hora de la verdad, me arrepiento de haberlas lastimado porque me amaron y no merecían aquello. Jugué al amor, como mi padre. Quería hacerme amar por todas todo el tiempo. Que yo fuese inmortal en sus vidas y hacerlas imperecederas a ellas a través de mis versos, de la palabra. ¡Qué egoísta fui!
Por aquello he sido criticado en los cinco continentes, en los siete océanos y en la treintena de mares. Mis enemigos decían que cambiaba mujer cuando necesitaba escribir algo nuevo. Hasta hubo quien me acusó de tener el complejo de Edipo con ellas. ¡Mentira! Nací para estar enamorado. Y como el amor es mi perdición, amaré a Alicia hasta mi último aliento y me duele en lo más profundo no poder verla. Matilde jamás lo permitiría. Incluso yo, con señales de senectud, descubrí el placer del sexo con una mujer joven. Fue carne fresca, pura; el erotismo en su máxima expresión.
Las mujeres, la tierra y mi soledad infinita han sido una constante fuente de inspiración. Dicen los literatos que esta no existe. Yo, pues, me niego a aceptarlo porque para los poetas es fundamental.
Por eso jamás debí escribir esa novela crasa cuyo nombre no quiero ni recordar.
He necesitado amor, mucho amor. Esa necesidad de sentirme siempre enamorado me ha hecho víctima del amor. ¿Será porque jamás tuve el amor de mi madre muerta? ¿Madre, por qué me dejaste antes de conocerte? ¿Antes de tener memoria? Moriste al mes y medio de mi alumbramiento.
Cuando nací mi madre se moría
con una santidad de ánima en pena
madre mía, he llegado tarde para besarte
para que con tus manos me bendigas…
Solo me pudo amamantar durante un mes. Probablemente ese fue mi nexo más cercano a ella. Mi único consuelo ha sido verla en fotografías. La he echado de menos toda mi vida, incluso ahora, que estoy cercano a la muerte. Le escribí a Matilde: “… y en cuanto a mí, no olvides que si despierto y lloro es porque en sueños solo soy un niño perdido que busca entre las hojas de la noche tus manos, el contacto del trigo que tú me comunicas”.
Aún tengo pesadillas. Siempre sueño que me acerco a ella, pero nunca puedo alcanzarla.
Yo no tengo memoria
de paisaje, ni tiempo,
ni rostros, ni figuras,
solo polvo impalpable,
la cola del verano
y el cementerio en donde
me llevaron
a ver entre las tumbas
el sueño de mi madre.
Y como nunca vi su cara,
la llamé entre los muertos, para verla,
pero como los otros enterrados,
no se sabe, no oye, no contestó nada,
y allí se quedó sola, sin su hijo,
huraña y evasiva
entre las sombras.
Me contaron que mi madre escribía versos que no pude leer. ¿Habré heredado de ella mi pasión por la poesía? Cuando le dije a mi padre que quería ser poeta, él hizo que aquellos versos se esfumaran. Mi padre odiaba mi poesía, y yo a él. Es lo único absoluto que me ha pasado en la vida. Dicen que me parecía a mi madre, que heredé su nariz, su mirada ausente y cargada de sosiego. Si bien mi Mamadre fue la mejor madre, siempre sentí la ausencia de la verdadera. ¿El hecho de haber ido tras cuanta mujer se cruzó por mi camino o quise que lo cruzara fue para reemplazar la ausencia de mi madre?
Ahora que estoy a punto de irme, por fin la conoceré, al menos eso dicen los católicos: que la muerte no es la palabra final, que tras ella empieza la vida.
Yo soy ateo, desterré a Dios de mi vida porque me quitó a mi madre; pero ahora me convertiría a católico solo para reencontrarme con ella y como tonto –porque estoy aterrado– estoy musitando oraciones católicas que me enseñó mi Mamadre, a quien también encontraré. Esa es la única ilusión que me da la muerte.
¿Convertirme al catolicismo cuando estoy al borde del precipicio? Eso quisieran la Matilde y mi hermana que han armado un altar con un crucifijo, estampitas de la Virgen y de la corte celestial iluminadas por velas que están encendidas día y noche, rodeadas por unas flores hediondas y agonizantes, como yo. Todo sea por darles gusto.
Sé que me han bautizado en silencio porque me han puesto agua de Lourdes y han hecho una cruz sobre mi frente, y no las he recriminado. A estas alturas es mejor estar más cerca de Dios que lejos. Se juntan a rezar día y noche. Cuando les digo que dejen de hacerlo, ellas me dicen que es mejor creer que no creer en Dios. No sé para qué. Solo sé que este es un callejón sin salida.
Una vez comenté que era tan famoso que publicarían hasta cómo eran mis calcetines. Cómo pude ser tan arrogante, cuando apenas somos un respiro en la historia del mundo. También me burlé de la gente junto a Picasso, cuando nos venían a pedir autógrafos y uno firmaba por el otro y así nos divertíamos. La fama nos tenía obnubilados, envanecidos. Incluso obtuve el codiciado Nobel. Tras recibir aquel premio, la jauría periodística me preguntó que qué más esperaba de la vida; desde muy arriba les contesté: “Espero todo en la vida; no me ha pasado nada todavía”. Reinó un silencio revelador durante el que unos miraban a los otros. Mentí, claro que mentí. Nada deseaba más que el Nobel. ¿Me volví soberbio? Era el segundo chileno al que se lo daban y el tercer sudamericano. Todos decían que los grandes poetas de Chile venían del sur. Gabriela y yo. ¿Qué más podía pedir yo, que salí de la nada? ¿Que no era nadie? La universidad de Oxford me dio el título de Honoris Causa sin haber terminado la universidad.
Hoy, en esta noche amarga, la más amarga de mi vida, con el espíritu atribulado y con los que imagino serán mis últimos pensamientos, creo que la vida me ha quedado corta. Muchos versos se quedaron en el tintero, principalmente aquellos para Alicia y para mis camaradas caídos, asesinados por los milicos malditos que nunca perdonaré.
Otro pensamiento me asalta de golpe en este torbellino de recuerdos que irrumpen sin permiso en mi mente febril: ¿Violé a aquella tamil de cuerpo delgado y de piel color bronce en Sri Lanka? Me lo he preguntado cien veces. La abusé. Claro que la abusé porque la obligué a ser penetrada, y ella quedó muda como un retrato. La abusé. Yo fui el hombre blanco que tomó por la fuerza a la humilde mujer de la limpieza.
Pero no debo temerle a la muerte, porque mientras viva mi poesía, yo viviré. Hasta me lo dijo mi entrañable amigo Volodia. Dijo que mis versos me harían inmortal.
Ahora me siento cansado, muy cansado. Pocas ganas tengo de escribir mis versos que en mi vida salvaron mi espíritu y que al final me dieron lo material que siempre necesité.
Hoy, más o menos lúcido, pero con estos malditos dolores y cargado de morfina que me atonta, aunque me dicen que estoy con mis cinco sentidos, creo que preferiría no estarlo.
Me pregunto si fui un hombre bueno. Solo sé que fui muchos nerudas que se tradujeron en mis versos.
¿Fui feliz? No lo sé. La vida fue dura, pero también muy generosa conmigo. La felicidad fue una opción, y yo opté por ella a costa de todo. Por alcanzarla, pequé de egoísmo, de un egoísmo imperdonable. Pensé solo en mí. Solo en mí, más que en los otros, principalmente más que en la única hija que tuve, mi Malva Marina.
Es algo que nadie me perdona y yo tampoco me lo perdonaré. A ella y a la Maruca les pido perdón mil veces y que se repita como eco, para el que quiera oír, yo fui mi peor enemigo. Cómo pude ser tan canalla, cuando son las mujeres a las que hay que proteger. Ese fue un tema que cerré en un cofre del que perdí la llave para siempre.
Nunca me sentí tan feliz como cuando aquel ángel de dulzura e inocencia apareció en nuestras vidas, Rosarito, la hija de Alicia, a quien adoré. Quise ser su padre, como el que no fui de Malva Marina, pero mi circunstancia, mi maldita circunstancia, no me lo permitió. ¿Cómo pude salvar a miles de republicanos y no pude hacerlo con la única hija que tuve? Consolé a millones con mis versos, pero no a mi propia hija.
Mis enemigos decían que no he sido capaz de amar a nadie más que a mí mismo.
Viví la vida. Sin duda que la viví intensamente. Nací poeta. Veía cosas que otros no ven. Sentí cosas que solo nosotros los poetas podemos expresar a través de los versos, porque he vivido lo peor y lo mejor, pero, a pesar de aquello, he creado la más exquisita y refinada de las riquezas: la poesía.
“Padre, lee mi poema, es mi primer poema. Está dedicado a la Mamadre. Toma, léelo”, le pidió Pablo a su padre José del Carmen con la cabeza baja, casi como avergonzado a pesar de que se sentía excepcionalmente feliz.
Su padre, viejo, chato, barbudo, bigotón y mal agestado, miró el verso casi sin leer y se lo devolvió. Su único comentario fue que de dónde lo había copiado.
Mamadre, que le temía a su marido, pero adoraba al niño, sin decir nada, acarició la cabeza del muchacho y le echó una mirada cómplice.
Así de odioso era su padre. Ni siquiera le dio el poema a su mujer, quien era la destinataria, lo cual era la intención del muchacho. Después de la devolución, Pablo pensó que no debió haberse sorprendido. El joven poeta –sin saber que ya lo era– se enojó tanto por el desprecio de su padre, que después, en secreto, se lo entregó a su Mamadre. Era una postal con un paisaje de las tierras lluviosas de Temuco, escrita en el reverso. Ella lo atesoró.
Como el joven no aceptaba que su padre dudara de la autoría de su primer poema, le brotó el orgullo y, desde el fondo del alma y con el amor propio a flor de piel, se encerró en su modesta pieza y escribió otro al que tituló: Nocturno.
Es de noche: medito triste y solo
A la luz de una vela titilante
y pienso en la alegría y en el dolo…
La tristeza era una constante en la vida de Pablo. No la disimulaba ni tampoco le importaba hacerlo. Su aspecto flaco como esqueleto, con piel cetrina y desprotegido como ave sin nido, no lo hacía sociable. Siempre estaba solo como dedo. Así nació su poesía.
Su gran dolor era crecer sabiendo que nunca conocería a su madre. La había perdido a los dos meses de nacido. Ella murió con tuberculosis, enfermedad de la pobreza.
Era una llaga abierta que siempre había tenido en el corazón, como un tatuaje. No entendía cómo podría conocer –a través de una simple fotografía– a una madre que siempre había vestido de negro, como presintiendo –según él– su temprana muerte.
Él siempre miraba ese retrato en su mesa de noche. Y lo atesoraba, porque era el único que tenía. Estaba seguro de que su padre se había encargado de tirar cualquier otra imagen de su madre al basurero.
Era su santa; como las estampitas que tenía su Mamadre y a las que les rezaba. Él le pedía unas cosas y le agradecía otras. Llegó a la conclusión de que, como los santos están en el cielo, y su madre también, ella era su santa. Ella, su cómplice desde el cielo. Le hablaba en las noches. Cuando se acostaba, le contaba cómo había sido su día.
Le contaron que su abuelo materno recitaba de memoria “La oración por todos”, verso de Víctor Hugo. ¿Pablo, heredaste de ellos tu pasión por la poesía?
Lo único bueno que había hecho su padre en la vida fue casarse con un ángel, tras enviudar de la Rosa Neftalí Basoalto, su madre.
Era tan buena que el poeta nunca pudo decirle madrastra y la bautizó como Mamadre. Ella lo crió y protegió. Él nunca vio bondad igual. Ella tenía una predilección por él, que disimulaba con maestría. Incluso, le guardaba la escasa comida que había en la casa, para dársela a escondidas. Su corazón era oceánico. También adoraba a Laurita, la hermana de Pablo, que, al igual que Pablo, no era su hija, sino de su marido con otra mujer. Los niños la querían más que a su padre. Y ambos niños eran muy unidos porque compartían un sentimiento en común: el terror a aquel hombre. Mamadre era la madre que la vida le robó a Pablo. Ella crió a Pablo, Laurita y Rodolfo con devoción. Los tres eran hermanos de padre, aunque de distintas mujeres. Es que aquel hombre era como los marineros: tenía una mujer en cada puerto.
José del Carmen, oriundo de Belén, un pueblo que se encuentra excepcionalmente en contados mapas, era intratable. Jamás tenía una palabra amable o una muestra de cariño con nadie. Trataba a su familia a gritos y a pitazos como si se manejara en un cuartel.
Pitazo para levantarlos para ir al colegio, pitazo para ir a almorzar, pitazo para ir a dormir y cuando llegaba a la casa a las cuatro de la mañana, volvía a echar un pitazo que despertaba a toda la familia sin importarle nada más que anunciar su llegada.
Pablo, que estaba en pleno sueño, solía descomponerse al extremo de querer vomitar por el susto. Y Mamadre, flaca, chica, envejecida, estoica y siempre vestida con delantal como empleada doméstica, se levantaba a atenderlo semidormida, en silencio y con resignación. Nunca se quejaba de nada ni de nadie. Además, recibía y atendía en la casa a todos los ferroviarios que su marido invitaba a desayunar o después de algún viaje a los alrededores.
Por eso la caldera estaba siempre llena de agua hervida. Siempre había alguien a quien atender.
Durante el verano, José del Carmen llevaba a Pablo y a Laurita al helado y oscuro mar del Pacífico y de un pitazo los obligaba a aprender a nadar solos. Y desde la playa les mostraba su cinturón amenazante. Aquello intimidaba tanto a Pablo que jamás aprendió a nadar.
Cada vez que escuchaba un pitazo, se acordaba de su siniestro padre, que no pudo ser más que un conductor de un tren lastrero de provincia; todo lo que Pablo no quería ser. Tampoco quería tener su insignificante personalidad.
El ferroviario no perdía ocasión para echar en cara a su familia que jamás morirían de hambre porque además él era dueño de una panadería.
Pablo y Laurita planeaban.
—Y… ¿cómo lo matamos? –decía Pablo.
—¿Tal vez le ponemos veneno para las ratas en la sopa? –planeaba Laurita.
—O lo empujamos al riel del tren o cuando nos lleve al mar, lo hundimos entre los dos.
Pablo le tenía repulsión porque su padre además despreciaba su poesía. “Hay que aprender a ser hombre”, le decía. “Ser poeta es de maricas, de muertos de hambre”. Y, mientras el hombre más detestaba la poesía, él la amaba más, y en silencio y a escondidas de todos, la escribía y leía cuanto libro de poesía caía en sus manos.
Pablo, Laurita y Mamadre debían pagar un precio muy alto por su frustración que se traducía en neurosis. “Es lo más cercano al demonio que debe existir. Al menos Baudelaire decía que hablaba con él”, pensaba Pablo.
Un día les hablaba; otro, ni los saludaba. Todos ignoraban por qué. De pronto enmudecía cuando se sentaba a la mesa, lo que creaba tal tensión que se podía cortar el aire con hacha. Y nadie podía abrir la boca sin su autorización.
El abuelo paterno de Pablo no fue ningún santo. Como vivía en la costa con puertos cargados de marineros, siempre rondaba en los barrios del pecado.
Era un mujeriego empedernido. Tuvo trece hijos regados por todas partes; entre ellos, José del Carmen.
Uno de esos días en los que nada pasa, José del Carmen apareció con un niño de la mano, diez años mayor que Pablo.
—Les presento a su hermano Rodolfo –les dijo a Pablo y Laurita.
Quedaron secos. ¿Un hermano? ¿Y dónde estaba escondido?, pensó Pablo.
Fue entonces que José del Carmen le propuso matrimonio a la Mamadre porque le resultaba imposible manejar a tantos hijos él solo. Ella aceptó de inmediato porque nunca había dejado de amarlo. A ella se le entró el alma al cuerpo. Probablemente era la única persona que lo quería. “Dios bendito seas, te he rezado tanto, he esperado este momento durante años”. Le cambió la vida. ¡Resultó que Rodolfo era hijo de ambos! Ellos habían tenido una relación en el pasado y de esta nació Rodolfo. Para José del Carmen fue solo un acostón; no así para ella. Él la abandonó embarazada y soltera. Nació el bebé y, para evitarle la vergüenza de ser madre soltera, se lo arrebató y se lo llevó a una mujer para que se hiciera cargo de su crianza por la cual le pasaba una mísera pensión.
Diez años le ocultó a Mamadre dónde se encontraba su hijo, y ella sufrió lo indecible.
Y, como suele ocurrir con los hijos naturales, Rodolfo resultó ser idéntico a su padre. Heredó sus ojos azules y, en parte, su mal genio.
El muchacho se quedó a vivir con su familia. Un día José del Carmen le confesó que Mamadre era su verdadera madre. Él no quiso aceptarlo, porque no podía dejar de querer a la mujer que lo había educado.
Rodolfo era distante con su nuevo hermano. Tenía, sin embargo, un don. Era el Caruso de Temuco. Cuando se inscribió en el Conservatorio Nacional de Música, José del Carmen aulló de rabia, y esos gritos hicieron eco en el corazón de Pablo y le pusieron la piel de gallina. “Si a él le hace un escándalo por inscribirse en el conservatorio, ¿cómo será conmigo?”. Caruso se limitaba a cantar en reuniones de amigos.
Años antes, una noche José del Carmen llevó a Pablo a Talcahuano. Entraron a una pensión de una guapa mujer catalana, pero algo venida a menos. Y, con toda libertad, se dirigieron rápidamente a un dormitorio donde encontraron a una niña llamada Laura. Estaba en cama, oculta entre las sábanas y solo sacaba la cabeza de donde saltaban los ojos aterrorizados. Su padre le dijo entonces a Pablo: “esta es tu hermana”. Pablo quedó más helado de lo que ya estaba. Era hija de su padre y de la española.
Se la arrancó a la española en medio de los llantos y gritos de las dos. “Si intentas verla, te mataré”, le gritaba, mientras sacaba a empujones a la niña.
Cuando su padre viajaba, Laurita desaparecía con la complicidad de la Mamadre. Iba a ver a su madre o ella iba a Temuco para pasar tiempo juntas. Aparecía toda vestida de negro con un pañuelo en la cabeza para que nadie la reconociera. Iban a la plaza y se abrazaban llorando sin parar y sin poderse desprender la una de la otra. Laurita se pasó la vida echando de menos a su mamá, pero aceptaba vivir con la Mamadre, a quien llegó a querer mucho.
Rodolfo, cuando creció, también desaparecía. Iba a ver a la mujer que lo había criado, a quien adoraba. Mamadre lo sabía y hacía de la vista gorda. “Lo ayudó a crecer”, pensaba. “No puedo culparlo, a pesar de que yo soy su verdadera madre”.
Pablo y Laurita tenían poca o ninguna relación con Rodolfo, probablemente por la diferencia de edad y porque a él no le interesaban sus “nuevos hermanos”.
José del Carmen consolidó su matrimonio con Mamadre. Él la trababa como a una sirvienta. Su mentalidad machista e ignorante hacía que le exigiera realizar las labores domésticas con eficiencia y la metía a la cama cuando se le antojaba. Ella, probablemente, con tal de tener a su hijo cerca, prefería soportar al conductor de trenes que quedarse sola en la vida y sin tener quién la mantuviera. Además, ya tenía una familia y era eso lo que verdaderamente le importaba. Nunca se supo si Mamadre fue un acostón de José del Carmen, un viejo amor o la mujer que él necesitaba. Mamadre era la prueba de que la santidad existe. Los crió a los tres con dulzura, bondad y sin hacer diferencias. Trataba a los hermanos por padre mejor que el conductor de trenes. Pablo la adoraba. “Fue la primera mujer en mi vida, fue como una madre, aunque, claro, hubiese preferido contar con la propia”.
Pablo era su preferido y todos lo sabían. Y lo era porque su padre lo maltrataba y el muchacho se veía obligado a resistir con resignación sus torpezas y su desprecio. El ferroviario incluso tenía celos de Mamadre porque sabía que ella le tenía una preferencia especial. Ella lo sabía y debía callar, porque también le temía.
Mamadre lo veía como un alma en pena, solitario, flaco, pálido y callado como desierto, desprotegido, ocultando siempre la cabeza como avestruz, resistiendo incluso las pobrezas.
Después de escribir sus primeros versos, Pablo se vio obligado a buscar un seudónimo para despistar a su padre. Encontró por ahí una revista con el nombre de un escritor checo Jan Neruda y se bautizó con ese apellido. Después, se enteró de que aquel era uno de los grandes poetas universales.
Y fue en esa edad… Llegó la poesía
a buscarme. No sé. No sé de dónde
salió, de invierno o río.
No sé ni cómo ni cuándo, (…)
“La lluvia de Temuco nos ahogaba y el barro nos hundía… vivimos bajo una catarata”, pensaba Pablo. Según él, el lugar donde vivía tenía olor a lluvia y a humo de locomotora. Nunca dejaba de llover. Estaba ubicado entre los ríos Cautín y Toltén, y, con apenas treinta mil habitantes, era parte de la tierra austral camino hacia la Araucanía, Chile, al sur del mundo. Era tierra de indios mapuches. Era una zona fluvial, maderera y carbonífera donde el gran evento era el paso de la locomotora.
Era el Chile profundo. La lluvia era parecida a los monzones en la India y el paisaje abigarrado de vegetación como Suiza. Pablo detestaba la lluvia porque se veían obligados a caminar sobre el lodo, ya que no había una calle pavimentada y menos una acera. Todos vivían mojados. Mamadre secaba la ropa, principalmente los calcetines, frente a la chimenea e incluso con la plancha para que se los pusieran al día siguiente, ya que la economía familiar era limitada. Incluso José del Carmen le controlaba a Mamadre hasta el último centavo. Pablo y Laurita a veces tenían que ir al liceo con los zapatos húmedos.
Pablo, sin embargo, amaba su tierra a pesar de no haber salido nunca de ella, de no haber conocido nada mejor, peor o distinto.
Sentía que la vegetación lo embriagaba y que sus pájaros cantores lo acurrucaban. Su tierra lo conectaba con la poesía. ¿Empezó a ser motivo de inspiración para tus versos, Pablo? El gran poeta Alonso de Ercilla la describió como bella y soberbia. Y lo era.
Estaba cerca de Puerto Saavedra al que llamaban “el granero de Chile”, que proveía de trigo al país y donde llegaban colonos de todas partes del mundo. Era una suerte de campamento. En él transitaban los caballos con jinetes chilenos, mapuches e inmigrantes siempre con ponchos de lana de castilla. Los percherones arrastraban carretas con verduras, fruta, herramientas y mantas. También circulaban yuntas de bueyes que jalaban con cables de acero productos hacia los buques mercantes. Los araucanos montaban caballo y sus mujeres caminaban a su lado a pie. Cuando deshelaba la cordillera, el agua desbordaba y las calles se convertían en ríos donde los niños se divertían navegando en bateas donde se lava la ropa.
Estaba lleno de ferreterías. Y como los araucanos no sabían leer, las tiendas anunciaban sus ventas, como latas de pinturas, herramientas, frazadas, cordeles, cueros y velas, con dibujos. Cada vez que iba a pasar el tren, los mapuches corrían a vender a los pasajeros sus tejidos de colores, sus gallinas, sus huevos y su pan amasado.
Ellos eran el centro de Temuco. En realidad, eran los dueños y el resto, inmigrantes que habían llegado a Chile a buscarse la vida con una mano adelante y otra atrás.
La ciudad era una suerte de campamento. La familia de Pablo vivía en la calle Lautaro. La casa era como un conventillo cuyas dependencias, siempre inconclusas, se comunicaban. Sus espacios estaban demarcados, pero había sectores que eran de todos y de nadie.
Compartían con sus vecinos desde herramientas hasta los cumpleaños.
El sitio donde habitaban era modesto. Tenía goteras; por tanto, había baldes desparramados por todas partes. Cambiar el techo era tan caro, que debían resignarse a vivir así.
No dejaban a los jóvenes entrar a la sala, cuyos muebles siempre estaban cubiertos con sábanas, como si nadie viviera allí.
El comedor tenía un mantel de hule floreado. Del techo colgaba una lámpara con un foco pobretón que los iluminaba apenas y en las paredes colgaban unos cuadros descoloridos de paisajes europeos con el marco raído y un calendario del año 1918. También en una repisa descansaba la imagen del Corazón de Jesús con una rosa de plástico y un foco que prendía la Mamadre de manera sagrada todas las noches.
Una chimenea era el centro de encuentro. Calentaba el pequeño espacio y todos se acercaban a buscar su calor.
Había habitaciones sin pintar, piezas descuidadas, patios que se convertían en depósitos llenos de cosas inservibles donde Pablo siempre husmeaba buscando algo que le gustara. Le encantaba coleccionar, lo que fuera, pero coleccionar. ¿Sería porque siempre habían vivido con las justas? Es el complejo del pobre: coleccionar, lo que sea, pero tener. Del que tiene miedo de perder sus cosas difícilmente obtenidas.
Se topaban con los vecinos día y noche, especialmente en el patio cubierto donde se secaba la ropa. Y se escuchaba cualquier griterío y las peleas familiares. Todos sabían la vida y milagros del resto. Un infierno.
El conventillo era habitacional y familiar. Carlos Masson, un estadounidense inmigrante y una suerte de patriarca, vivía en el mejor sector. Él también era propietario de baños públicos frente a la estación de tren.
Para administrarlos contrató a Rudecindo Ortega, que era el chato de los mandados. Este conoció a Mamadre cuando eran adolescentes. Bajo el encanto de la juventud la dejó embarazada y nació Orlando. Años más tarde, Mamadre repetiría la misma historia con José del Carmen, de cuya relación nació el Caruso de Temuco. Y con la misma vergüenza de no estar casada y de no tener un peso para mantener al bebé, la Mamadre se lo entregó en secreto a su hermana, que era casada con Masson. La pareja lo adoptó y se adueñaron de él. Lo llamaron Orlando Masson.
Así, la pobre Mamadre había tenido antes otro hijo que se vio obligada a entregar con la condición de nunca reclamarlo. Ella pensaba: “Al menos estará en buenas manos con mi hermana y siempre lo tendré cerca. ¡Dos hijos… uno que no puedo develar que es mío y el otro que adora a la mujer que lo crió!”. Por eso, su mirada era siempre triste y sumisa.
Ella, cuando veía a Orlando, ya fuera en la calle o en la casa de su hermana, era deferente con él. Lo miraba con detenimiento sin que él lo notara, principalmente cuando su hermana no la veía. Tenía una promesa y la debía cumplir con todo el dolor del alma. Se había visto obligada a entregar a sus dos hijos, aunque afortunadamente había recuperado a Rodolfo, a quien trataba de conquistar día a día. Pobre Mamadre.
José del Carmen odiaba y le tenía celos enfermizos a Orlando porque sabía que era hijo de Mamadre con otro hombre y sabía que ella lo amaba en silencio. Evitaba que lo viera y nunca la ayudó a recuperarlo. Pero cuando llegó a ser adulto, Orlando supo quiénes eran sus padres verdaderos y amó a Mamadre. ¿Quién no?
Su padre no perdía ocasión de ningunear a sus hijos y de decirles que eran buenos para nada. Que Pablo andaba pajareando con su poesía y que Rodolfo solo servía para cantar en boliches de mala muerte.
Mamadre llevaba a Pablo a la iglesia del Corazón de María, perfumada por las lilas. Como este había decidido no ser creyente, no se persignaba. Pensaba: “Dios no puede existir en un mundo con tanta maldad”.
Ella no lo criticaba. Su intención era ir para ver niñas bonitas que iban acompañando a sus madres. Solían ir solo mujeres y generalmente él era el único joven. Allí surgió su primer amor infantil.
Se llamaba María, como la Virgen a la que rezaban las cuatro beatas de Temuco. Un amor infantil, ni siquiera adolescente. Esperaba los domingos para verla y ella a veces lo observaba, tal vez porque él no le sacaba la mirada de encima. Allí, en la iglesia, empezó a amar a las mujeres. También tuvo un amor platónico. Se enamoró de una viuda rica, hija de gringo y chilena, que había quedado sola con dos hijas. Se llamaba Amalia Alviso Escalona.
Su primera experiencia erótica fue cuando tenía catorce años. Dos pequeñas vecinas lo llevaron a un corredor oscuro tras la panadería y le ofrecieron tocar un nido con unos huevos color turquesa de un pájaro silvestre a cambio de “hurgarle sus ropas”, él, salió corriendo. Esa noche soñó con ellas. Pablo, ¿aquello te abrió el mundo a Eros?
Años después tuvo su primera relación sexual. Obtuvo un trabajo cosechando trigo en el fundo de dos hermanos que andaban con pistola al cinto como los cowboys del pasado y algunos locos que hoy aún existen.
Tras la faena hicieron dormir a hombres y mujeres sobre unas esterillas en un galpón donde se almacenaba paja. Cuando apagaron la luz y todos dormían por el agotamiento, un cuerpo de mujer se acercó a él y vino a seducirlo. De pronto la tenía encima e hicieron el amor tratando de no hacer ruido. Luego de tener sexo, ella se echó a dormir a su lado y no se volvieron a tocar. Le dio placer. No pudo verla. Solo pudo intuir que era una india porque le acariciaba las trenzas gruesas como cordones de barco. Quedó asustado porque tal vez sería la mujer de algún mapuche, pero cuando amaneció, ella ya se había ido.
Al día siguiente vio a mujeres, hizo cábalas, pero nunca supo a ciencia cierta cuál era.
Luego le contaron que las mapuches buscan engendrar hijos con los blancos para tener hijos mestizos. ¿Pablo, habrías engendrado uno?
En Temuco tenía muchos conocidos y pocos amigos. Entre ellos, uno entrañable. Se llamaba Monge. Su padre le prohibió estar con él porque era el más peligroso cuchillero de Temuco. A Pablo le daba igual. Se divertía con él. Traía insectos –esos que nadie quiere ver–, como tarántulas, y ambos les extirpaban las patas peludas. Su rostro moreno y carismático tenía dos cicatrices verticales a causa de cuchillazos. Pero un día fatal, cuando su amigo del alma viajaba en un tren, se resbaló y cayó al precipicio. Ante el griterío de los pasajeros, el convoy se detuvo. José del Carmen le contó que fue a ver el cadáver y que lo había encontrado convertido en huesos. Pablo lo lloró sin consuelo durante días. La muerte fue su primer encuentro con la vida.
El liceo le abrió el mundo porque su timidez era tan extrema que no se atrevía a mirar a la gente a los ojos; tampoco cuando le tomaban una fotografía. Solo quería convertirse en un espectro. Estaba consciente de que no era un adonis. Su físico destartalado y su cara insignificante con una nariz de tucán no lo favorecían. Su padre no perdía ocasión de decirle que era un esperpento. La gente comentaba que era raro, arisco y huidizo; que siempre andaba melancólico. Pero Mamadre le decía que sus ojos eran profundos como pozo ciego y que tenía un corazón más grande que el universo, y eso le permitía escribir sus versos.
El liceo era solo para hombres, lo cual no le hacía ninguna gracia. Cuando hacía calor, iba a pie con pantalones cortos, avergonzado de mostrar sus piernas flacas como palos. Se aburría tanto en clase que se ponía a escribir sus versos y copiaba los de Baudelaire, Verlaine, Sully Prudhomme y los leía y releía con fascinación de zoólogo. Hasta se los sabía de memoria. Su escritura lo seducía. Quería ser como ellos porque los encontraba geniales y se sentía también creador. Y cuando podía, iba a la biblioteca de Puerto Saavedra donde leía las aventuras del capitán Nemo de Julio Verne o del jorobado de Notre Dame, cuya catedral imaginaba y soñaba visitar algún día y estaba enamorado de Esmeralda. También leía sobre los espadachines de Paul Feval y los libros de Salgari, en los que Sandokán se convirtió en su héroe. Y cuando leyó Buffalo Bill, lo dejó porque mataba a los indios, lo cual le parecía imperdonable. Los mapuches eran parte de su vida y pocas veces vio raza tan digna. Escribió:
En mi senda bien triste, fueron libros amigos
los que me dieron agua, los que me dieron pan.
Cuando iba al colegio, apareció una mujer que provenía de las nieves de Magallanes. Era tan alta que aquello le daba distinción y siempre vestía de negro. Su rostro era moreno y tenía facciones indígenas que había heredado de sus ancestros. Era discreta y amable con todos. Era directora del liceo de mujeres. Se llamaba Lucila Godoy y luego cambió su nombre a Gabriela Mistral.
“Mistral… Mistral, qué mágica palabra”, pensaba Pablo.
A pesar de que le inspiraba cierto temor, fue a conocerla. Cuando hacía antesala vio a una chiquilla preciosa, a la que no se atrevía ni a mirar. La mujeres nunca pasaban desapercibidas ante sus ojos. Gabriela, ¡cuándo no una mujer!, lo introdujo al mundo de la literatura. Le regaló sus Sonetos de la muerte. Tenían una fuerza escalofriante. Pablo los leía y releía. Tras leerlos quedó tan impresionado, que esa noche no pudo dormir. “Tener alguien tan valiosa y tan cerca”, pensaba.
“Sus versos son colosos como Los Andes, como ella misma”.
Gracias a Gabriela, empezó a leer a los rusos. Ella le decía: “Nadie escribe mejores novelas que Tolstoi, Dostoievski, Chéjov o Pasternak”.
“Me enamoré de Ana Karenina. Seductora e infiel. Qué más da. Qué importa la infidelidad mientras uno sea feliz. Mi padre fue infiel siempre, aunque no sé si es feliz”, pensaba.
Las novelas que le recomendó eran muy buenas, pero no fáciles de leer, principalmente por la enorme cantidad de personajes que además tenían sobrenombre; todo resultaba ser muy enredado. Pablo también leía el periódico La Mañana, que dirigía Orlando Masson. Aquel le insistía que este medio debía denunciar los robos de los tinterillos que despojaban de sus tierras a los mapuches indefensos que ingenuamente confiaban en ellos. Allí nació su sentido social a favor de los indígenas y los pobres de su tierra.
Un día incendiaron el diario. Nunca se supo quiénes fueron, pero lo pudieron intuir.
Luego se publicaron los primeros artículos y versos de Pablo en La Mañana.
Su primer ensayo lo tituló Entusiasmo y perseverancia. Tenía trece años. El día en que fue publicado, se levantó al alba y corrió a comprar el diario para verlo plasmado en blanco y negro. Se le llenó el corazón de alegría. En aquella oportunidad firmó como Neftalí Reyes. A su padre le dio tal ataque de furia, que delante suyo tiró el periódico a la basura. Y Mamadre –sin que él la viera– lo recogió y recortó su escrito.
Ella y Pablo ocultaban sus artículos en un baúl viejo en el depósito. Y al grupo secreto, se sumó más tarde Laurita.
Cuando tenía dieciséis años, el joven poeta escribía de dos a cinco poemas al día. No sabía si eran buenos o malos, pero sí, muy sentidos.
Una tarde a la salida del colegio:
—Pablo, ¿podrías escribir unas cartas de amor a Blanca Wilson por quien ando loco? –Claro, compadrito.
Eran tan románticas que la destinataria se dio cuenta de que Pablo era el autor y se lo comentó. Él no se pudo negar porque ella le gustaba. En agradecimiento, Blanca le regaló un pedazo de membrillo que él no se atrevía a comer ni cuando tenía hambre, con tal de guardar algo de ella. Hizo las de Cyrano de Bergerac.
Siguió escribiéndole cartas de amor a espaldas de su amigo y ganó el corazón de Blanca. “Fui desleal a mi amigo”, pensó, pero poco le importó.
Un día, su hermana convidó a la casa a su amiga Guillermina. Pablo quedó enfarolado.
(…) entró el sol, entraron las estrellas
entraron dos trenzas de trigo
y dos ojos interminables.
En Temuco había dos instituciones importantes: la Federación de Estudiantes de Cautín y el Ateneo Liceo de Temuco, cuyas asambleas y tertulias se realizaban en el teatro Tepper de propiedad de los hermanos Tepper, quienes tenían la generosidad de prestárselo.
Lo más entretenido de su pueblo, sin embargo, era el Ateneo Literario donde eligieron a Pablo presidente, y él nombró como miembro honorario a su mentora, Gabriela Mistral, a quien siempre le mostraba sus versos.
Las viejas pitucas y siúticas le decían a la poeta que usara sombrero y ella les contestaba que era como ponerle sombrero a la cordillera de Los Andes.
Luego se convirtió en corresponsal de la revista Claridad que era de la federación de estudiantes de Chile. También les vendía unos cuantos ejemplares. Era su vínculo con la capital.
El joven poeta, para juntar a los amigos, fundó “El Clusito” donde jugaban fútbol. La pasaban bien, como en toda provincia donde todos se conocen.
Pablo empezó a descubrir a las mujeres. Poco a poco fue ganando prestigio. Se convirtió en “el poeta” de Temuco y todos lo conocían. Su ego se inflaba porque leían sus poemas en voz alta delante de ellas. Él prefería no hacerlo porque sabía que su voz era aburrida, a pesar de que había mejorado ya que una cantante le había dado clases de foniatría.
