Notas de memoria - Oscar Guillermo Garretón - E-Book

Notas de memoria E-Book

Oscar Guillermo Garretón

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El 11 de septiembre de 1973 cambió la vida de muchos y también la de Óscar Guillermo Garretón. Ese día se corta la barba y con el tiempo hasta se someterá a una cirugía para recorrer su nueva historia como clandestino. Había sido subsecretario de Economía en el Gobierno de la Unidad Popular y a partir del Golpe pasó a ser uno de los 13 más buscados de Chile. Este libro recorre la vida de un protagonista y testigo de su tiempo: su juventud democratacristiana, luego líder del Mapu. Las vivencias en el gabinete de Salvador Allende. Su asilo en la embajada de Colombia y las experiencias límites de un refugiado al que se le prolonga su salida en el afán por lograr su captura. El exilio en diversos países, sus recorridos por el mundo tras la solidaridad con la resistencia. Los desgarros del largo destierro con mujer e hijas pequeñas. La profunda reflexión autocrítica y el camino a la renovación del socialismo que concluye en la fundación de "Amarillos". Esta es la historia contada por un hombre de múltiples dimensiones, siempre de la mano de su guitarra, compañera de penas y alegrías. Y cómo de sobreviviente del Golpe pasó a ser director y presidente de importantes empresas –entre ellas Metro, Telefónica CTC, Fundación Chile, Iansa, Fepasa, Puerto de Ventanas—, donde descubrió que desde el área privada se pueden hacer igualmente revoluciones que impacten en el progreso del pueblo. Desde este registro de memoria histórica surgen reflexiones y conclusiones políticas, económicas y humanas que dejan valiosas lecciones después de 50 años en el epicentro de aguas turbulentas.

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Seitenzahl: 518

Veröffentlichungsjahr: 2023

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GARRETÓN, ÓSCAR GUILLERMO

Notas de memoria1973-2023

Santiago, Chile: Catalonia, 2023

296 p. 15x23 cm

ISBN: 978-956-415-043-7

AUTOBIOGRAFÍACH 920

Diseño de portada: Amalia Ruiz Jeria

Fotografía de portada: Sandro Baeza

Fotografías e imágenes interiores: archivo personal del autor

Corrector de textos: Hugo Rojas Miño

Diagramación interior: Salgó Ltda.

Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco

Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl).

Primera edición: julio, 2023

ISBN impreso: 978-956-415-043-7

ISBN digital: 978-956-415-044-4

RPI: 2023-A-8026

© Óscar Guillermo Garretón, 2023

© Editorial Catalonia Ltda., 2023

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl - @catalonialibros

Diagramación digital: ebooks [email protected]

Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella.

Haruki Murakami, Kafka en la orilla

Índice

Prólogo del autor

I. El 11: Un día largo

II. Pecados originales

III. El MAPU

IV. Camino a la UP

V. La UP

VI. Mi Allende

VII. Sedición en la Marina

VIII. Asilo en la embajada de Colombia 1

IX. Cuba

X. Huellas del exilio

XI. Argentina

XII. La dura vuelta a Chile

XIII. Tiempos finales del MAPU

XIV. El PS

XV. Presidiendo el Metro al retorno de la democracia

XVI. El paso a otra dimensión: Telefónica CTC

XVII. Un carrier y un puerto

XVIII. Iansa

XIX. Dos almas: La innovación y el ferrocarril

XX. Quilimarí, afectos y el mar

XXI. La viudez y el renacer

XXII. La brújula perdida

XXIII. Se instala la desconfianza

XXIV. Se desestabiliza Chile

Algo propio de un final

ANEXOSFotos y QR

QR 1: Acta entrevista Chou En Lai – Clodomiro Almeyda

QR 2: Carta de Chou En Lai a Salvador Allende

QR 3: En el funeral de Payita

QR 4: Declaración de marinos apresados

QR 5: Palabras de respuesta a almirante Codina

QR 6: Mi despedida a Virginia

QR 7: Carta a la “manada”

Prólogo del autor

Designios misteriosos quisieron que sea un sobreviviente. Por razones de edad, quedan pocos de aquellos que tuvieron responsabilidades durante la UP que aún puedan escribir. Solo los que éramos muy jóvenes entonces. Yo cumplí mis 30 años, después del golpe, asilado en una embajada. Y con Luis Maira somos los únicos vivos de la lista de “los 13 más buscados” por la Junta Militar, publicada a página completa en primera plana de El Mercurio.

En esa ruleta posgolpe, donde la bola paraba en muerte o en vida, como juego de azar en el rojo o el negro, cayeron muchos dirigentes menos buscados que yo, y otros de organizaciones políticas más apertrechadas para cuidarlos que el joven Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU) dividido de entonces. Fui también clandestino no capturado, como lo prueba que ahora esté vivo para contarlo; exiliado durante 14 años y preso político de la dictadura. Luego, sin que me lo hubiera propuesto, soy un hombre de empresas, grandes y pequeñas, desde hace más de 30 años, con gran fascinación por lo transformador, revolucionario de realidades que ellas pueden ser. Al mismo tiempo, tengo una viva vocación política; aunque me trataron de excluir de ella con saña y no lo lograron. Y, por cierto, cuando estoy por cumplir 80 años, soy de los que han podido sortear los accidentes, enfermedades e invalideces en el camino de toda vida y que con el tiempo solo aumentan.

En estos casi 80 años he tenido suficientes experiencias y aprendizajes como para mirar desde otra perspectiva lo vivido. Es por ello que este libro refleja lo que hoy he terminado pensando sobre lo que la vida —esa gran alfarera— ha ido año a año configurando en mí. No puedo, por ejemplo, mirar o juzgar la UP o a Allende desde su tiempo. Como todos, he ido cambiando. Solo los muertos dejan de pensar y están impedidos de desdecirse de sus últimas palabras.

Hay tiempos de cambios mínimos en cada existencia, pero otros que marcan tu futuro. Un tiempo de vuelco personal fue cuando mi formación cristiana me llevó en la universidad al compromiso social y luego a la izquierda. En ese camino, casi sin pausa, como un continuo, personas de esos mismos orígenes descubrimos el marxismo como interpretación iluminadora de la historia. En eso estábamos cuando llegó la UP.

Sin embargo, mi gran vuelco, aquel que me marca hasta hoy, ocurrió después de la UP. Fue el llamado proceso de “renovación socialista” nacido de la voluntad, compartida por varios, de reflexionar en qué nos habíamos equivocado para llegar a una derrota de magnitud tan colosal como la nuestra en la UP.

Sin perjuicio de que todo pensamiento está siempre renovándose, mis conclusiones de ese proceso las expongo a continuación en este prólogo, porque sintetizan e inspiran mi visión del pasado y son pilares importantes de mi presente:

Sobran dedos de una mano para contar los gobiernos exitosos de la izquierda latinoamericana. Los intentos guerrilleros fracasados bañaron de sangre joven selvas y ciudades del continente, y las únicas tres tentativas triunfantes —Cuba, Nicaragua y Venezuela— son un desastre, de las cuales hasta desde la propia izquierda algunos o muchos buscan tomar distancia.

Hay algo extraño en la psicología de mucha izquierda, quizás motivada por el trauma de este cúmulo de fracasos: lo exitoso suele ser visto con sospecha. Pasa con Ricardo Lagos y los gobiernos de la Concertación. No pueden ser de izquierda, dicen. El éxito les suena como señal de inconsecuencia, de comportamiento indebido. Lo que prima en ella, ante la escasez de éxitos, es rendir culto a sus desgracias —al martirologio, a sus muertos en combate, a sus perseguidos y desaparecidos (son muchos y merecen la memoria)—; nunca a triunfos que hayan traído prosperidad perdurable a sus pueblos. Es la reivindicación de la injusticia sempiterna, de pobrezas siempre culpa de otros. Es denunciar la malignidad de sus adversarios como razón de sus fracasos.

Entre las experiencias fracasadas estuvo también la UP. Fue una derrota monumental como pocas de la izquierda latinoamericana. Su envergadura quedó luego recogida en sus consecuencias: pérdida de la democracia y de derechos que había costado generaciones de izquierda ir sumando; muertos, torturados, desaparecidos, exiliados y otras violaciones sistemáticas de derechos humanos, prolongada dictadura para todos los chilenos. Sus errores son parte ineludible de su derrota. Es cierto que intervino EE.UU. para desestabilizar el gobierno, estrangularlo financieramente y contribuir a la subversión interna; que sectores golpistas trabajaron arduamente para llegar al golpe de 1973; que muchos hicieron todo por agudizar los problemas económicos que se vivían. Pero la coalición y su dirección política también tienen responsabilidad.

La “renovación socialista” fue una autocrítica profunda de ese período y una incorporación de todo lo aprendido en años de dictadura y exilio. Es el cambio más importante vivido por la izquierda chilena en su larga y rica historia. Hija rebelde de la UP. En sus definiciones, hay aprendizajes de otras fuentes, pero no hay una sola que no tenga alguna experiencia de ella como su revés. A fin de que ninguna de estas conclusiones políticas inspiradoras pase inadvertida, procederé a enumerarlas:

1.- Un dirigente sindical ya muerto, a quien quise mucho, me dijo: “Cuando no sepas qué hacer, cuando todo te parezca negro, pégate a la gente. Puedes separarte de los libros, pero no del sentir popular, si quieres no perderte. Desconfía más de tus ideas que de este”. Las ataduras a las ortodoxias marxistas-leninistas hegemónicas en la UP fueron claves para su derrota política.

2.- La democracia y los derechos humanos no son relativizables, sino que parte integral de nuestra visión. La democracia siempre será imperfecta, pero mi generación debió perderla para concluir que defenderla era un principio de izquierda. Aprendimos a quitarle apellidos que solo la relativizan —burguesa, popular, capitalista, de mierda— para pasar a defender con dientes y uñas aquel poder popular fundador: el voto que iguala a todos en la urna para elegir a sus representantes, sea cual sea su particularidad. ¿Significa eso abolir las diferencias? No, ellas siempre existen, desde las cavernas hasta hoy, pero es la única forma de que los poderosos —los económicamente poderosos, los armados, los pretenciosos de racismos, mesianismos o creencias superiores— tengan un mismo rasero para medirse en la determinación de destinos comunes: la urna y el voto; además reiteradas regularmente para impedir el anquilosamiento del poder político y, por lo mismo, de una sociedad. El menosprecio a la democracia y la falta de respeto a su institucionalidad y leyes estuvieron presentes en todos durante la UP, y son inconcebibles en alguien genuinamente democrático.

3.- Los cambios, mientras más profundos, requieren más amplias fuerzas sociales y políticas comprometidas, y, por ende, deben ser más graduales (en alianza con el centro, los de la Concertación pueden haber sido menos llamativos que los de la UP, pero son más perdurables y sin retrocesos). Es más revolucionario el reformismo gradualista de mayorías amplias que los sueños rupturistas de minorías mesiánicas que terminan siempre en fracasos sangrientos o en interminables dictaduras represivas. La resistencia a alianzas más allá de la izquierda es una ceguera que, en democracia, condena a ser minoría derrotada cualquier política democrática de cambio social.

4.- Rechazo categórico a la violencia y la lucha armada, no por razones tácticas, sino porque en ella siempre ganan los violentos y armados de uno de los bandos, nunca los pueblos. Estos últimos solo construyen para ellos a partir de la única igualdad que de verdad iguala el poder de cada uno: el voto. La violencia es indicador de degradación de una sociedad. No hay izquierda democrática posible sin una lucha tenaz por preservar la paz, la seguridad ciudadana y el orden público, que permite a todos ser libres para hacer su legítima voluntad. Postular el uso de la “violencia revolucionaria” no solo ha traído derrotas sangrientas en toda América Latina. En las muy escasas ocasiones donde tuvo éxito, construye sociedades basadas en la violencia de los armados, enemigos de cualquier democracia.

5.- No hay economía viable en el siglo XXI sin una combinación de mercado y regulaciones que corrijan sus imperfecciones y distorsiones; sin empresas privadas, sin una política fiscal rigurosa que asegure a todos equilibrios macroeconómicos indispensables para que los pueblos no paguen las consecuencias de la irresponsabilidad fiscal de quienes no quieren límites en sus ansias de repartir y repartirse o consideran que la economía es para después del triunfo final. La relativización de esto conduce ineluctablemente a los pueblos a la miseria. Pretender que lo central de la economía agraria, manufacturera, minera, financiera, o de cualquier tipo, es que sea estatal, solo lleva a desastres.

6.- Toda democracia fuerte es de acuerdos, entre los representantes de una “polis” cada vez más diversa y consciente de su diversidad. La defensa de esa diversidad es condición de democracia. El respeto a la diversidad cultural y étnica ha contribuido a enriquecer el mestizaje de Chile, pero, también, el respeto a la diversidad de intereses y vocaciones que alimenta la vida multifacética de nuestra sociedad. Solo una sociedad que se proponga como objetivo intransable la búsqueda permanente de acuerdos es capaz de construir una convivencia real entre seres no solo diversos, sino que siempre cambiantes. El gobierno de las mayorías, propio de democracias, tiene como supuesto intransable el respeto y consideración de las minorías, las que, además, mañana podrían dejar de serlo. La imposición de la voluntad de una parte de la sociedad a la otra conduce inevitablemente a una crisis, a la derrota, o, peor aún, a la creación de regímenes autoritarios.

7.- Integridad en el ejercicio de la función pública y en el diseño de políticas públicas, más aún con un pueblo cada vez más educado, informado y consciente de sus derechos. Celosos de las medidas y leyes que propiciamos para que tengan los efectos buscados y no otros. Vigilantes estrictos de la probidad y sobriedad. La integridad es un principio político, no un asunto de eficiencia administrativa. La ética de un servicio público impecable es parte sustancial de todo programa político, y hoy, más que nunca, una exigencia ciudadana.

Me siento más hijo de esta reflexión, que del pasado UP. No soy nostálgico de esos años, más bien me angustian. Observo el período 70-73 con ojos de investigador o analista crítico, no como defensor de su obra. Siento ser más auténtico ahora que entonces, cuando todos fuimos arrastrados por una vorágine que hacía a cada uno menos dueño de sí mismo, capturado por recetas ideológicas que debían ser severamente seguidas.

Me afligen quienes quedaron encadenados a esa tragedia y no han podido acompañar la evolución de Chile. Sea por la búsqueda interminable de un ser querido desaparecido; sea por sentirlo momento cumbre de su vida; sea porque, viviendo fuera, el último Chile que les quedó en la retina fue el de entonces; sea porque terminó su vida activa en ese tiempo; sea porque sufren una interminable necesidad de justificar y justificarse.

Pero que no se confunda lo anterior con olvido. Mi visión de ahora es inseparable de ese período que dejó en mí conclusiones y dolores indelebles.

Desde esta visión desembarco en mi historia y lo hago con libertad. No hablaré de todo lo vivido. Solo de aquello que ha dejado marcas fundamentales en mi vida.

Óscar Guillermo Garretón

I. El 11: Un día largo

El día había sido muy largo y la noche amenazaba serlo aún más. Miré por la ventana de la pieza donde estaba, y vi el vuelo de los helicópteros sobre la cercana población La Legua con sus focos apuntando al suelo, mientras la noche se llenaba de ráfagas y disparos. Están matando gente, pensé. Bajé la vista a la calle y allí todo era silencio, ventanas y cortinas cerradas. Ni un perro circulaba. El silencio no podía ser de sueños reparadores, era de angustias muy despiertas. Volví a mi cama. Todo se me entrecruzaba en la cabeza. Al fin había ocurrido lo que hacía tiempo sabíamos que podía suceder.

Hoy, a 50 años de ese día, recuerdo cuántas veces me han preguntado: “Pero, ¿cómo no advirtieron que eso podía ocurrir?”. Bueno, quien no lo ha vivido, es difícil que lo entienda. Desde muchos meses antes sabíamos que se preparaba. Vivíamos a cada rato con anuncio de alertas de grado 1, 2, 3 y había planes, irreales vistos desde hoy, de acción y de repliegue. No es que lo ignorábamos. Pero hay tiempos cuando el torrente te arrastra de manera incontenible en su carrera loca a un final que conoces. Tratas de pararlo, pero es más poderoso que tú y luego intentas salvarte en alguna orilla, pero te arrastra nuevamente.

Ese 11 de septiembre, temprano se supo de movimientos golpistas de la Armada en Valparaíso. El Mercurio traía una nota que indicaba que ese día se veía en la justicia los desafueros como parlamentarios de Carlos Altamirano y el mío, por sedición en la Marina. Me confirman: es el golpe.

Me despedí de mi mujer, Virginia Rodríguez Cañas, y de mis hijas, Virginia, Valentina y Francisca, de 5, 4 y 2 años, respectivamente. Esas despedidas en que uno sabe que puede ser la última, pero tampoco se trata de asustar a las niñas. Virginia sabía dónde debía ir con ellas en caso de golpe. Vivíamos en unos edificios de calle Departamental y con mi nuevo equipo de custodia, entrenado un mes antes, me desplacé hacia el lugar de encuentro con la dirección del MAPU.

En tanto, se despliega la operación golpista. Comienza el control de medios de comunicación, el movimiento de tropas y el sobrevuelo de aviones de guerra. Luego el bombardeo a La Moneda. Después me contaron acerca de las últimas palabras del Presidente Allende; no las escuché, pero sí supimos rápido de su muerte. El escenario pasaba a ser el de un golpe que tomaba control de la situación, pero aún de manera confusa. Se especulaba con posibles avances desde el sur de tropas leales encabezadas por el general Prats y de resistencia en algunas industrias.

Mientras tanto, como dirección del MAPU nos reuníamos en una parroquia de una población en la zona sur de Santiago a cuyo párroco, Enrique Moreno Laval, conocía desde el colegio. Tuvimos comunicaciones con el PS y el compromiso de seguir conectados, lo que resultó ilusorio. Nos separamos los miembros de la dirección, cada uno con sus tareas, lugares de destino y apoyos.

Allí cayó mi barba, que había sido uno de mis rasgos característicos durante toda la Unidad Popular. Me fue útil, porque, si bien tenía una altísima exposición a los medios, nadie, salvo mis familiares y amigos de infancia, me reconocía sin barba.

Partí, y en una casa pasó a ser mi compañera de caminata furtiva por los barrios populares del sur de Santiago, Gloria Cruz, mujer de Carlos Montes, amiga mía muy querible y más aún de Virginia, con quien habían compartido escuela y compromisos como trabajadoras sociales. Gloria estaba embarazada de su hija Javiera, más tarde subsecretaria de Turismo de Michelle Bachelet. Estuvimos en varias casas. La mezcla de esperanzas, desesperanzas y rabias era grande. Recuerdo la casa de una familia mapucista donde llegamos; el padre obrero, dirigente sindical. Ante la orden de la dictadura de izar en cada casa la bandera chilena, decidió izar la suya a media asta por el Presidente Allende. Costó lo indecible convencerlo de que desistiera de ese gesto que ponía en peligro a todo su grupo familiar y a quienes estuviéramos en su casa.

Las 5 de la tarde

A eso del mediodía, todos los medios de comunicación difundieron un comunicado de la flamante Junta Militar, con un listado de nombres de personas conminadas a presentarse en cuarteles o comisarías antes de las 17:00 o “atenerse a las consecuencias”. Yo estaba en la lista.

No había entonces conciencia cabal de la violencia con que actuarían y varios optaron por entregarse. Sin embargo, sabía que la inquina en mi contra era de las más fuertes y no necesité mucho tiempo para decidir que no me entregaría. Pero no se piense que es algo sencillo, cuando uno sabe que en esa decisión se está jugando la vida. Quizás por eso no olvido cuando el reloj marcó las 17:00. A partir de ese momento, ya nada tenía vuelta atrás.

Si hubiera quedado alguna duda, 15 días después, El Mercurio publicó en primera plana, a página completa, con foto y ficha de identidad, la lista de “los más buscados” —“para ubicar y detener”—. Encabezábamos esa lista Carlos Altamirano, Miguel Enríquez y yo. La única curiosidad es que todas las fichas estaban completas, salvo la mía; aparecí con los casilleros en blanco. Mucho después me enteré de que eso se debió a la acción temeraria de una de mis secretarias de cuando estuve en la subsecretaría de Economía, funcionaria de carrera que estaba allí antes de que yo asumiera, democratacristiana, ya fallecida. Se había apropiado de mis antecedentes, no sé cómo, para protegerme cuando avizoró el golpe. Aunque ya no esté, quiero dejar aquí grabado mi agradecimiento a su lealtad y valentía; quizás algún nieto sepa de esto y lo lea.

Como una ruleta rusa

A poco andar, un compañero de dirección se transformó en mi acompañante. No correspondía, y era riesgoso, que Gloria siguiera luego de los primeros momentos. Jamás olvidaré su coraje. Mil gracias a Gloria y a su hija Javiera, mi acompañante nonata.

Comienza allí mi experiencia clandestina, como prófugo intensamente buscado.

Mi exilio se hizo necesario muy pronto después del golpe. Comenzó una cacería en mi contra, dificultando los esfuerzos de sobrevivencia y reorganización que intentaban dirigentes y militantes. Muchos fueron golpeados y torturados buscando información que permitiera mi captura. Mi presencia en Chile se hacía no solo inútil, obligado a la más profunda clandestinidad, sino que además constituía una carga demasiado pesada para todo el resto.

De los dolores personales de esas primeras semanas de septiembre de 1973, quizás los mayores provienen de la tortura y asesinato de los hermanos Darío y Gregorio Hernández. Ambos trabajaron conmigo desde los tiempos que ejercía la subsecretaría de Economía. Darío fue mi chofer y Gregorio, mi guardaespaldas, como se usaba en esa época violenta. Ambos me acompañaron a Concepción cuando dejé la subsecretaría de Economía para postular a la Cámara de Diputados en la elección de marzo de 1973 y siguieron conmigo hasta poco antes del golpe. Sin embargo, Darío se enamoró en Concepción y dejó el trabajo porque se casaba… el 15 de septiembre de 1973. Ambos hermanos ya no me acompañaban desde semanas antes del golpe y desconocían absolutamente mis pasos y escondites. Quizás esta realidad, obvia para ellos, pero desconocida por mis cazadores, les impidió estimar el enorme peligro que corrían. Fueron buscados con ahínco y rápidamente capturados. Poco después sus cadáveres fueron devueltos a sus padres con huellas manifiestas de torturas. Me imagino el trato bestial que les dieron pensando que eran un camino seguro para llegar a mí y que sus negativas a entregar mi paradero no se debían al desconocimiento, sino que a su resistencia. Guardo desde hace años un madero grabado con sus nombres, y en octubre de 2004 fue una emoción sin límites dejar una flor ante las sendas placas con sus nombres que forman parte del bello y sobrio memorial a Rodrigo Ambrosio, que inauguramos en el Cementerio General, obra de la escultora chilena Francisca Cerda. En octubre de 2013, para los 40 años de su muerte, en la sede de calle Santa Lucía de la Comisión de Derechos Humanos —antes sede del MAPU y, después del golpe, local de la Dina— inauguramos una placa recordatoria en compañía de familiares de ambos. Sin embargo, es en mi corazón donde se guarda el recuerdo de ellos que más quiero.

El golpe dejó de manifiesto la profunda ingenuidad y también, hay que decirlo, el verbalismo irresponsable con que se hablaba de resistencia, insurrección o lucha armada. Nada tuvo que ver con un “repliegue ordenado”; tampoco existían las capacidades y medios para resistir. La enorme fuerza popular del gobierno de Allende se hacía impotente en un escenario bélico, demostrando por enésima vez que la alternativa de las armas siempre es lo peor para los pueblos. Con cierta rapidez se fue extendiendo la conciencia masiva de que se trataba de salvar las vidas más que de resistir. A medida que pasaban los días era creciente el miedo y la tensión con que me recibían quienes conocían mi identidad. Me ponía en su lugar y no los culpaba.

Finalmente recalé en la modesta casa de un trabajador de la imprenta Quimantú. No puedo olvidar el cariño y cuidado con que me trataron. Sus hijos no sabían quién era yo, para evitar indiscreciones que podían resultar fatales. Sin embargo, recuerdo que una tarde encontré a los dos niños de la casa cuchicheando y riéndose conspirativamente, mirándome mientras hojeaban una revista. Uno de ellos se dirigió a mí y dijo: “¡Ya sé quién eres tú!”. Aunque era una foto mía con barba, estos aprendices de detective me habían detectado. Me hizo poca gracia sentir confiada mi clandestinidad a dos niños. Sin embargo, entraron en el secreto y lo cuidaron muy bien. Creo que el mismo día de mi llegada el dueño de casa, con inocultable orgullo me abrió el refrigerador que, para mi sorpresa, estaba lleno de libros, especialmente de la Editorial Quimantú. En los años de la Unidad Popular, esta editorial, controlada por el Estado, hizo ediciones masivas a bajísimo precio de innumerables títulos de la literatura universal, que dieron acceso a los libros a millones de chilenos. Me costó convencer a mi anfitrión de que escondiéramos los libros. Eran su orgullo y tesoro. Le costaba entender que, para la dictadura naciente, los libros eran motivo de sospecha y odio. Finalmente los empacamos cuidadosamente y los enterramos en el patio.

Las horas se hacían interminables esperando el enlace con la dirección del MAPU, el que se volvía cada vez más espaciado. Redactaba febrilmente documentos e instrucciones que sospecho nadie leía entre los pocos que pudieron conocerlas. En las noches sentíamos que continuaban los disparos y movimiento de helicópteros, principalmente en la población La Legua, donde la represión fue particularmente violenta y prolongada. Un día tocaron a la puerta. Me oculté y sentí lamentaciones desde mi escondite. Luego la dueña de casa me contó que era una vecina. Esta le confesó que, cansada de los maltratos de su marido cuando se emborrachaba, decidió darle una lección. Lo denunció a una patrulla militar como “extremista” para que recibiera algún castigo. Se lo llevaron y días después, inquieta porque no volvía, preguntó a una patrulla por él. Los soldados le respondieron que a los “extremistas” se los eliminaba. Mientras estuve en esa casa, el marido no apareció.

En esos tiempos de insania, la muerte se hizo arbitraria. Se llevaba vidas sin ton ni son. Aun suponiendo que se trataba de reprimir a sangre y fuego a las fuerzas políticas de Allende, el crimen fue absolutamente irracional. Una ruleta rusa donde caían unos y nos salvábamos otros solo por azares, sin proporción a las responsabilidades. Tampoco faltaron caídos y presos en las FF.AA. Uno de los primeros chistes de humor negro posgolpe graficaba la situación: Un conejo que corría a todo dar, choca con la pata de un elefante. El conejo lo mira y le grita angustiado: “¡Están matando a los elefantes!”. El elefante le responde curioso: “Ya lo sé, por eso me escondo, pero, ¿por qué huyes tú que eres un conejo?”. Y el conejo le replica desesperado: “¿Y cómo lo pruebo?”.

Una promesa

Fue en ese entonces, cuando aún sonaban los balazos en las calles y los barrios populares caían en el silencio y el horror, mucho antes de cualquier reunión evaluadora, cuando aún la inercia nos hacía pensar en locas resistencias o tropas leales que de algún lado avanzaban, una eternidad antes de cualquier asomo de “renovación”... entonces, en algún instante de reflexión, con esa sinceridad solo alcanzable en la soledad con uno mismo, me juré que, si sobrevivía, nunca más dejaría de decir o hacer lo que me parecía justo o correcto, aunque el partido, la “causa” o la “manada” proclamaran algo distinto.

Recorría mentalmente escenas y episodios previos al golpe. Era cierto que intereses externos e internos habían conspirado contra Allende y la democracia chilena sin el menor escrúpulo, pero también lo era que en nuestro comportamiento había responsabilidades. No era una afirmación general. Era algo más personal, un cuestionamiento a mí mismo por no rebelarme ante muchas cosas vividas.

Esa promesa no nacía de traumas pasajeros, sino que de la profunda convicción de que todos, victimarios y víctimas, derechistas e izquierdistas, actores extranjeros y nacionales, tenemos responsabilidad en lo ocurrido. Puedo ser del bando de los perseguidos de entonces, pero no de los inocentes en la creación de ese clima dramático. Traducido en justificación de la violencia como recurso legítimo para dirimir nuestras diferencias; para aplastar al “enemigo”, sea izquierdista o derechista, obrero o empresario, campesino o latifundista, y que es el trasfondo de la derrota política que se forjó la nación chilena para terminar en el desenlace del golpe de 1973. Sí, es culpa de una nación que dejó de creer en su democracia y pasó crecientemente a apostar a su confrontación; para imponerse unos a otros, un país que luego no podría ser de todos. Y dentro de ella, unos debemos hacernos cargo de mayores responsabilidades que otros.

Lo dice el historiador Gonzalo Vial cuando describe los días finales de la UP: “Casi todas las fuerzas políticas, y, en general, casi toda la población, querían la guerra civil, o al menos la aceptaban, resignadamente, como una tragedia inevitable, porque cada bando pensaba hallarse en juego de valores que la merecían y justificaban, no habiendo —en apariencia— otra salida”.1

He vuelto a renovar esa promesa muchas veces. En más de una ocasión, por alguna circunstancia que me la recuerda, resuena en mí como campanada.

Ella no me ha librado de cometer nuevos errores. Pero me obliga a responder por mis conductas sin refugiarme en reparadoras autocríticas colectivas, tan comprensivas y diluyentes de los errores propios, como severas con los “errores y horrores” ajenos; sobre todo, tan inútiles para los que ya sufrieron irreparablemente, como para el futuro, si no se transforman en lecciones intransables a aplicar.

Muchas de mis reacciones de años recientes no tienen que ver con los “autocomplacientes”, ni con mi “ser empresario”, como algunos creen. Y me ayudan a no inhibirme ante el temor de ser acusado de “neoliberal” o “conservador”. Al fin y al cabo, también Allende fue acusado —entre otros, por el propio PS— de reformista y socialdemócrata, en ese entonces algo equivalente al “derechista” o “neoliberal” que le endilgan algunos a la Concertación y al gobierno del Presidente Lagos. Hubo que perderlo todo para terminar transformando al criticado Allende en ícono del PS y comenzar a añorar esa democracia que despectivamente a veces era calificada de “burguesa”.

Tenía 29 años en esos días y noches de septiembre de 1973, cuando parecía que todo terminaba. Ahora, a mis 79, puedo escribir cómo todo esto comenzó en mi vida y adónde ha llegado.

II. Pecados originales

Demasiadas cosas dignas de mencionar que me han ocurrido son fruto de la casualidad. Más aún, yo mismo soy fruto de la casualidad o de probabilidades inciertas.

Mi madre era RH negativo y mi padre portaba el dominante RH positivo en aquellos tiempos donde no había tratamiento para las incompatibilidades sanguíneas. Fui de ese RH negativo con menor probabilidad de ocurrencia y así me convertí en feliz sobreviviente muy amado, seguido de varios abortos involuntarios, hasta que nació mi única hermana.

Siento que estos azares me han marcado en momentos muy cruciales. Sobreviví a la dictadura, no obstante ser más buscado y desamparado que muchos de los capturados, torturados y asesinados. Más tarde fui inhabilitado para ejercer cargos públicos o de elección popular y eso me llevó al camino del empresario, opción que no contemplé ni en mis más disparatadas elucubraciones sobre el futuro. A la luz de los antecedentes, es altamente probable que muera por casualidad.

Una amiga mía, algo cabalista, concluyó hace un tiempo que lo del RH negativo condicionaba casi inevitablemente una visión optimista de la vida y capacidad para no rendirse ante las dificultades e incluso, lo que ya es más grave, para a veces ni siquiera percatarme de ellas.

Soy hijo de clase alta porteña. Nieto por línea materna de un muy influyente y acaudalado personaje de Valparaíso, cuando el puerto era de verdad “principal”, capital financiera de Chile. Sin embargo, la declinación de Valparaíso, ya en curso cuando nací, me hizo convivir con personas de todos los estratos sociales. Mi colegio de niño, los Sagrados Corazones (Padres Franceses) de Valparaíso, ya no era de “ricos” y agradezco haberlo vivido así. Más tarde, siguiendo los desplazamientos de mis padres, pasé al colegio de la misma congregación en Viña del Mar y los tres últimos años de secundaria en su establecimiento de Santiago, en ese entonces en Alameda con avenida Brasil.

Mi formación básica tiene así un fuerte componente cristiano.

Lecturas y parroquia

¿Cómo se llega desde allí a la izquierda y al marxismo? Bueno, en secundaria, el colegio tenía unas “comunidades laicas” muy activas. Sin embargo, entrado a la universidad comenzaba a distanciarme naturalmente de ellas y me ocurrieron dos cosas. En el ámbito intelectual, cayó en mis manos un día La Divina Comedia, de Dante. No la leía, la hojeaba deteniéndome en algún punto y de repente, como el rayo bíblico de Pablo, a las puertas del Infierno me encuentro unos versos que decían: “De las almas que han vivido de modo que ni el bien ni el mal hicieron… ni rebeldes ni leales a Dios: que de sí mismo solo fueron. Ciérranseles las puertas celestiales y el Infierno…” (Canto III). En palabras más actuales, pusilánimes que tenían miedo de vivir, de comprometerse con algo distinto a sí mismos. Nunca lo olvidé y comencé a sentir esa inquietud. Poco después, dirigentes de esas “comunidades” de mi colegio se me acercan y me dicen que de la Parroquia Universitaria les preguntaron si tenían a alguien que pudiera encargarse de su área cultural, y conociendo de mi afición por la guitarra y el canto, me preguntaron si me interesaba. Dije de inmediato que sí.

Así llegué a ella, que concentraba un gran movimiento de universitarios con un párroco de edad, el padre Francisco Vives, y un joven cura muy carismático para nosotros, con estudios previos de arquitectura: Mariano Puga. Su sede fue originalmente la vieja iglesia de Santa Ana. Más tarde se trasladó a la calle Villavicencio en el barrio Lastarria.

Decir que la Iglesia Católica fue una gran cantera para el clamor de cambios que recorría Chile parece absurdo mirando la Iglesia de años después, conservadora y más preocupada de algunos indefendibles valores sexuales (por lo demás, abiertamente incumplidos por parte del clero). Esta Iglesia tiene poco que ver con aquella del Concilio Vaticano II o con ese Papa bonachón y sensible que era Juan XXIII, que acercaba la Iglesia a los mundos nuevos que emergían.

Muchos jóvenes nos nutrimos de la opción por los cambios en la Acción Católica, la Parroquia Universitaria o la Academia de Humanismo Cristiano. Yo mismo fui presidente de la Acción Católica Universitaria. No es azar que fuera la Universidad Católica —en la cual no había presencia de partidos políticos de izquierda o antisistema— donde se inició el proceso de Reforma Universitaria con la toma de su casa central y que al año siguiente se extendió por todo el sistema universitario nacional. Ni que en la elección para presidente de esa mítica FEUC que se tomó la UC dos de los candidatos eran Miguel Ángel Solar, con respaldo de la Acción Universitaria Católica (AUC), y José Joaquín Brunner, con respaldo de la Academia de Humanismo Cristiano.

En esos inicios aprendimos de cambios en la revista Mensaje, de los jesuitas; en retiros espirituales, en los debates católicos, en la lectura de pensadores cristianos alemanes o franceses, y no en manuales de marxismo. La reforma agraria encontraba primeros promotores en hombres como monseñor Manuel Larraín, obispo de Talca. Tampoco es ajena a esa época la toma de la Catedral, en la que participé, y su lema colgado hacia el exterior: “Por una Iglesia junto al Pueblo”. No fue extraño a esos tiempos que muchos de los mejores jóvenes optaran por la política o el sacerdocio. Y, para ser completos, esos tiempos de The Beatles, “revolución de las flores” y convivencia más horizontal de laicos y clero provocaron que muchos de los sacerdotes jóvenes fueran presa no solo del cambio social, sino que también de seductoras feligresas entusiasmadas con su cercanía y el liderazgo que expresaban, que los ayudaron a colgar la sotana. Era un ámbito efervescente. Allí se estaba formando una generación compuesta fundamentalmente por universitarios de la Universidad de Chile y la Universidad Católica, que cuestionábamos la realidad de nuestras casas de estudio y las injusticias en nuestro Chile. Naturalmente, nos comenzaba a atraer el compromiso político con el cambio, y el cauce obvio para ello era la Democracia Cristiana Universitaria, de fuerte influencia en todas las federaciones de estudiantes.

Hoy, cuando la política padece de profundo desprestigio, es difícil entender que numerosos jóvenes universitarios de entonces optaran por el compromiso político y aspiraran a trabajar en el sector público “para devolver a Chile algo de lo que nos ha dado y así construir un país mejor para todos”. Los con vocación empresarial no solo eran menos, sino que además muchas veces vistos con ojos de reproche. De allí surgió una generación política muy excepcional en todos los partidos. La política se nutría de los mejores y parte del compromiso era no decaer en los estudios por su culpa. Por algo ha sido transversalmente una generación de vigencia longeva en la política, la empresa y la cultura. La propia dictadura nutrió su personal civil de muchos de los jóvenes universitarios de esos tiempos, que se foguearon en los debates y luchas de entonces.

Ese mundo, visto desde hoy, resulta sin duda ajeno y extraño. Hoy suena extravagante, cuando las revoluciones violentas dejaron de ser una alternativa realista para millones de personas, pero la violencia se hace omnipresente en las sociedades. Los cambios se han hecho difíciles en lo social o gubernamental, y vertiginosos en los ámbitos científicos y tecnológicos. Para nosotros, la revolución política, sea desarmada o muy posiblemente armada en algún momento, era algo inminente, que caía de maduro.

Todo era posible en esos tiempos. El mundo avanzaba hacia la victoria de los desposeídos, los humildes, los sostenedores de propuestas de cambio social. Es difícil entenderlo desde hoy, 60 años después. Es fácil saber de la caída del Muro de Berlín, pero lo es menos hablar de todos los efectos de un mundo bipolar, de “guerra fría” hace tiempo inexistente. En esos años se vivió el desplome de los imperios coloniales a manos de los movimientos de liberación nacional en toda África, la URSS parecía ser la potencia que avanzaba, la China de Mao auspiciaba un comunismo aún más radical y la Revolución Cubana creaba esperanzas que ya no existen, sobre todo entre las generaciones latinoamericanas más jóvenes.

Generación sin límites

Hoy la sensibilidad por el cambio social existe, pero no la convicción de que el futuro será de victoria proletaria y mejor que el presente. Ni el proletariado está muy en boga. Más bien prima la rebelión respecto a un futuro desastroso y con nuevas banderas identitarias: calentamiento global, destrucción ambiental, desigualdad en crecimiento y de género, etc. La búsqueda de en qué y en quién creer puede ser de izquierda o de derecha en distintos países. La clase obrera dejó de existir como identidad de millones. La violencia se incuba más en Mahoma que en el Che; en la destrucción, el saqueo y el narcotráfico que en esperanzas de paraísos socialistas. La inspiración ideológica pierde prestancia: desaparece la fe inconmovible en Marx y Engels y se busca desesperadamente en algún miembro de burocracias académicas de moda fugaz, a diferencia del meticuloso El Capital.

En mi generación, esa convicción de avance universal, de no tener límites, era particularmente fuerte. No teníamos aún los golpes de la vida que hacen menos triunfalistas a los fogueados en varias batallas. Vivíamos un in crescendo que nos auguraba, sin la menor duda, mundos mejores, cumbres más altas e inminentes.

Esa visión no solo explica un optimismo hacia “la gran causa revolucionaria”, sino que además nos inspiraba en el quehacer cotidiano. Recuerdo que una de las primeras tareas que recibí como militante mapucista fue desarrollar el MAPU entre los sindicatos del puerto de San Antonio, ciudad que jamás había conocido. No se me ocurrió dudar del realismo de esa tarea. Al volante de mi citroneta —nuestros bienes personales eran parte de la causa— pasaba a dejar a otro joven como yo, Mario Montanari, hoy importante empresario, con el encargo de crear el MAPU entre el campesinado de Melipilla, y seguía a San Antonio, para luego recoger a mi compañero al regreso. Lo curioso es que esa ausencia de dudas sobre lo posible tenía efecto. Creamos el MAPU sindical en San Antonio y el campesino en Melipilla. Uno de los sindicalistas que recluté fue más tarde un importante dirigente de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), en tiempos en que esta última era relevante y genuinamente obrera.

Chile era impresionantemente más pobre y atrasado que hoy. A nuestros trabajos universitarios de invierno en las poblaciones de Santiago llevábamos fonolitas para levantar “mediaguas”.2 Hoy las poblaciones más pobres son de material sólido, rejas de fierro, calles en su mayoría asfaltadas, de pobreza con auto, TV, lavadora y refrigerador. Con educación media extendiday jóvenes del mundo popular accediendo masivamente a la universidad, nadie hoy pensaría en tener como una promesa central de campaña aquella de Frei Montalva: “Terminar con el analfabetismo rural”. Estos campos de hoy, sobre los cuales cae el peso de la apuesta nacional de ser una potencia alimentaria mundial, con la mayor variedad de productos exportables a más países del mundo, son un fuerte demandante de trabajo profesional y técnico, con biotecnología y digitalización en su actividad productiva y comercial. Hoy existe una frontera agrícola en expansión que no guarda relación con el viejo Chile rural retrasado, semifeudal, oligárquico, dominado por cultivos cansinos en vastos latifundios; de campesinado analfabeto, pagado parcialmente en especies, con la “pulpería” montada por el propio dueño del fundo tal como antes ocurrió en el salitre, y con manipulación electoral de los patrones.

No es casual que EE.UU., durante el gobierno de John F. Kennedy, favoreciera una reforma agraria en América Latina y apoyara expresamente aquella de Eduardo Frei Montalva en Chile. Este era el mundo en el cual jóvenes como yo asumimos el compromiso político.

La guitarra y el canto

Quizás uno de los más grandes errores que cometí fue no dedicarme a la música.

Desde pequeño me atraía una guitarra de mi madre que ella alguna vez pulseó y luego me regaló. Estaba aún en secundaria cuando tomé las pocas clases que he seguido, porque en realidad soy un autodidacta. En mi curso de colegio varios compartíamos esta pasión musical. Fui parte de varios conjuntos. El más famoso en que participé se llamó “Los Afuerinos”, que creamos en la universidad César Vargas, Javier Luis Troncoso, Jorge Munita y yo. Ganamos dos años seguidos el Festival Universitario de la Canción, que en esos tiempos tenía una enorme convocatoria y atraía decenas de conjuntos juveniles. Tuvimos contrato en la naciente TV y grabamos discos. De esos festivales salieron artistas como Gloria Simonetti y compositores como Julio Zegers, que luego brillaron en el Festival de Viña.

Muchas figuras actuales de la empresa, la política, la academia o el foro forman parte de ese contingente de músicos de los festivales universitarios. Y esa experiencia común creó lazos insospechados para quienes conciben a los seres humanos como unidimensionales, quedando ciegos ante los caminos mucho más ricos y variados de cada ser.

Siempre el canto y la guitarra han sido compañeras de mi vida. Varían los públicos y, con los años, los repertorios. Los tiempos de “Los Afuerinos” están dominados por la zamba argentina y otra música de ese país, entonces de moda entre la juventud. Poco a poco fui asumiendo que lo mío era la música ranchera, los boleros y otros ritmos latinoamericanos. En tiempos de revolución aprendí algunas canciones de protesta, pero nunca fueron mi fuerte. (“Me dedico a protestar todo el día —argüía—; no voy a seguir protestando cuando canto”).

Cuando hablo de compañera de vida es con razón. Miles de anécdotas musicales están unidas a mi historia. El canto estuvo presente los nueve meses que permanecí en la embajada de Colombia después del golpe, alegrando la vida del grupo allí retenido; quizás fueron los tiempos donde incluí protesta —hice un panfleto violento contra los militares golpistas y una zamba para explicarles a mis hijas exiliadas en Bogotá por qué su padre no estaba con ellas y prometiéndoles llegar—, y también jugó un rol en algunos de los episodios más dramáticos de la vida en la embajada.

También la música fue mi compañera en el exilio, en la cárcel, en veladas familiares y con amigos, en mis mundos políticos y, por cierto, ha seguido siéndolo en mi vida empresarial. De hecho, mi estreno en 1993 como presidente de CTC (más tarde Telefónica) ante su personal fue en la tradicional Fiesta de las Operadoras del 2 de mayo, que a esa fecha eran miles. Ese día se reunían todas, se disfrazaban y en un almuerzo masivo tenían “licencia para matar”. Algo así como un masivo “martes femenino” laboral. Éramos pocos los hombres en el evento. Uno de los ejecutivos de CTC había sido integrante de otro de los conjuntos participantes del Festival Universitario de la Canción y sabía que yo cantaba. En el momento que subí al estrado para entregar un saludo a las operadoras en nombre de la empresa, lo vi aparecer por otra punta del escenario con una guitarra. No pude hablar, el público demandaba a gritos que cantara. Interpreté “Y nos dieron las diez”, de Joaquín Sabina, en ese entonces recién conocida. Terminé en medio de un gran aplauso con servilletas de papel encendidas al estilo Festival de Viña y pedidos de un bis. Desde entonces, y mientras fui presidente de CTC, fue tradición que participara en la Fiesta de las Operadoras, y luego, en viaje a la Exposición de Sevilla, el directorio de CTC —entidad que se presume integrada por gente muy formal— adoptó “Y nos dieron las diez” como una especie de himno, con gran acuerdo de sus esposas.

Un recuerdo y felicidad imborrables está asociado al momento en que mi hija Francisca me pidió que cantara en su matrimonio. Lo hice en la ceremonia —“Contigo”, de Rosana— y en la fiesta, en la que canté “Noche de bodas”, de Joaquín Sabina. Esta última la he cantado en varios matrimonios de hijas de amigos míos, a pedido de las novias.

Una anécdota muy especial viví en Cuba ante Fidel Castro. Durante los largos meses que estuve retenido en la embajada de Colombia le puse música al poema “Farewell”, de Pablo Neruda. Encontrándome en Cuba, llegó por primera vez de visita, luego de su liberación, Luis Corvalán, entonces secretario general del Partido Comunista de Chile. Aparte de todas las recepciones y actos oficiales en su homenaje, fui invitado a una pequeña recepción más íntima, en la que se hizo presente Fidel Castro. Era un ambiente distendido y fraternal, ajeno a toda formalidad o discusión política. En un momento, alguno de los presentes trajo una guitarra y me pidió que interpretara algo, en medio de una aprobación generalizada. Olvidando donde estaba, y pensando solo en el festejado, Don Lucho, por quien sentí siempre un profundo cariño, no se me ocurrió nada mejor que anunciar mi musicalización de “Farewell”. Absorto en el canto, no me percaté de nada. Sin embargo, más tarde las manifestaciones de emoción (y también algo de nerviosismo) de varios asistentes me hicieron comprender lo ocurrido. Neruda tuvo un fuerte choque con la Unión de Escritores de Cuba que dirigía Nicolás Guillén (Neruda hablaba de “Guillén el bueno” para referirse a su homónimo español Jorge Guillén), a raíz de un duro ataque que le hicieron por recibir un premio del Pen Club de EE.UU. Desde entonces Cuba tomó distancia del poeta y su obra no existía en ese país. Fue considerado un gesto temerario de mi parte cantar su poesía ante Fidel Castro y nadie creía en mi inocencia al hacerlo. Sin embargo, la velada fue estupenda. Hubo luego muchas otras canciones, Fidel no hizo el menor gesto de contrariedad y nadie me cobró después la audacia. Quedó sin embargo grabada la anécdota en varios que la vivimos.

En otra punta del tiempo, cuando la Presidenta Bachelet viajó a Guatemala y México en 2007 volvió el canto a estar presente. En la capital mexicana, una noche, el merchant d’art chileno Álvaro Covacevic invitó a su casa a la Presidenta y parte de la delegación. El lugar era particularmente exquisito, de una finura excepcional. La casa, sus pinturas y objetos, sus tragos y comidas eran de una especial sofisticación. Entre la concurrencia local se encontraban escritores como Isabel Allende, Carlos Fuentes, Ángeles Mastretta, Héctor Aguilar Camín, el periodista Julio Scherer y muchos otros. A los postres y acompañada por un guitarrista, se levantó de su mesa una de las más conocidas intérpretes de música mexicana de entonces. Luego de varios temas, coquetamente preguntó si alguien del público quería cantar con ella. Las presiones sobre mí aumentaron e incluso creí ver un gesto de la Presidenta que interpreté como un ¡ya pues, haga algo! Salí al frente y sabiendo que cantar bien a dúo requiere alguna preparación, le dije a la artista, retribuyendo su coquetería, que fuera a su asiento, que quería cantarle a ella. Le pregunté al guitarrista por algunas melodías conocidas y luego le pedí que hiciera un arpegio en La Mayor, frase que produjo una sorpresa expectante en el auditorio. Luego canté “La última copa”. Sabiendo que no siempre uno actúa a igual nivel, creo justo decir que esta vez me salió muy bien para gran entusiasmo de los asistentes, quienes me premiaron con un bis. La escritora Isabel Allende me regaló su nuevo libro con una dedicatoria que decía: “Para mi tenor, amor. Isabel Allende”. Dos noches más tarde en el hotel, cuando todos nos disponíamos a dormir luego de una jornada agotadora, la Presidenta nos convidó a un grupo que allí estaba despidiéndose a tomar un último trago. Me pidió otra vez que cantara y por cierto lo hice. Esta ha sido, hasta el momento, mi última actuación protocolarmente relevante. Aunque he agregado después el gusto de cantar, invitado por artistas amigos, en algunos bares y restaurantes memorables para mí, como el Hotel Brighton de Valparaíso y el Mesón Nerudiano del barrio Bellavista.

No ha habido ninguna empresa o entidad de la cual haya sido presidente del directorio —Telefónica, Puerto Ventanas, Iansa, Fundación Chile, Fepasa— donde alguna vez no haya cantado, guitarra en mano, con sus trabajadores. Tampoco resistí tomar la guitarra cuando la encontré en una de las casas donde alojé, en viaje clandestino al Chile de la dictadura.

III. El MAPU

Cuando entré a la universidad (1960), egresaba de ella otra generación muy potente que había liderado el movimiento estudiantil de la UC. En ella destacaban Claudio Orrego Vicuña, presidente de la FEUC, de fuerte liderazgo, padre del actual gobernador de la Región Metropolitana, más otros tres dirigentes ligados a la Acción Católica Universitaria: Rodrigo Ambrosio, Marta Harnecker y Tomas Moulian. Todos ellos optaron por salir de Chile a estudiar posgrados en la Universidad Católica de Lovaina, con el propósito adicional de dejar espacio para el surgimiento de nuevos liderazgos universitarios. Sin embargo, seguían siendo referentes para nosotros.

En las elecciones presidenciales de 1964, triunfaba Eduardo Frei Montalva con su proyecto de Revolución en Libertad, cuyo título evocaba al mismo tiempo una voluntad de cambios estructurales para Chile, pero con una concepción libertaria y democrática, para diferenciarse de la Revolución Cubana, triunfante en 1959, que estaba en el apogeo de su prestigio. La “marcha de la Patria Joven”, con su himno cantado por millones, convergió en Santiago con miles de jóvenes recorriendo todo el territorio nacional desde Arica y Punta Arenas. Reflejaba las esperanzas generacionales que contenía. La Juventud Democratacristiana (JDC) gobernaba el grueso de las federaciones universitarias del país.

Ser protagonistas de esos cambios fue un anhelo joven masivo. Para quienes aún no egresábamos, el nombramiento de un expresidente de la FEUC, Claudio Huepe, como gobernador de Arauco volcó nuestros trabajos de verano a esa provincia, experiencia que nos conectó a miles de universitarios con la realidad de la pobreza. Luego, entre quienes íbamos egresando, concitaban particular entusiasmo la agricultura, por el proceso de reforma agraria en curso, la promoción popular para el desarrollo del trabajo poblacional y, también, el trabajo sindical.

Mientras tanto, desde Europa Rodrigo Ambrosio y Marta Harnecker, transformada en discípula y colaboradora del intelectual marxista francés Louis Althusser, nos nutrían de este pensamiento, para nosotros novedoso y distinto al clásico manual de la URSS. El compromiso de raíz cristiana, pero concentrado en las consecuencias de lo existente —pobreza, desigualdad, injusticia— encuentra en ese pensamiento la explicación “científica” de por qué ocurría.

Progresivamente, un movimiento político comenzaba a gestarse y su cauce natural fue la JDC. El núcleo de origen universitario se fundió con jóvenes DC de diferentes regiones, sindicalistas, personas provenientes de la Juventud Obrera Católica (JOC) y otras vertientes. La DC era un partido de profunda raíz popular. Por sí sola era mayoría en el Parlamento. Esta corriente de la JDC pasó a identificarse como los “rebeldes”. Triunfó llevando como candidato a presidente de la JDC a Juan Enrique Vega, luego lo sucedió Enrique Correa y más tarde, ya de vuelta a Chile y como líder indiscutido, Rodrigo Ambrosio.

La JDC rebelde llegó a convertirse en una organización muy fuerte, con presencia en todas las regiones del país y una dirección sólida y estable a través del tiempo. Su pensamiento iba también haciéndose compartido y, en él, el marxismo hacía su siembra. Muchas tardes y fines de semana eran dedicados al estudio de experiencias revolucionarias (revolución rusa, china, cubana; Comuna de París; debate sobre la estrategia foquista del Che y Debray). Al mismo tiempo, la presencia en el gobierno de Frei la iba educando en gestión del sector público y de distintos frentes sociales.

A medida que el gobierno de Frei perdía su glamour y aparecían sus diferencias, la particular identidad que se fraguaba en la JDC rebelde iba consolidándose y tomando distancias del ala freísta de la DC. Surge el debate de la “vía no capitalista de desarrollo”, en el que destacan Jacques Chonchol y el diputado Julio Silva Solar. Paralelamente nace un grupo llamado “tercerista” —más tarde matriz de la Izquierda Cristiana (IC)— con liderazgos como los de Luis Maira, Pedro Felipe Ramírez y Juan Enrique Miquel, críticos del gobierno DC, pero también distantes de los “rebeldes”.

Se acerca el fin del gobierno de Frei y las diferencias se agudizan. Triunfa Rafael Agustín Gumucio en la DC, pero luego viene la junta de Peñaflor donde es destituida su dirección, provocando gran rechazo en nuestra JDC. La candidatura de Radomiro Tomic irrumpe como alternativa presidencial para las elecciones de 1970 y su posicionamiento es a la izquierda de Frei. De esa postura viene la frase inolvidable de Tomic: “Sin unidad del pueblo no hay candidatura Tomic”. En los hechos la unidad no se produjo, pero Tomic fue candidato de todos modos. Se materializa poco después la ruptura de la DC, que ya era incontenible desde hacía tiempo, sobre todo en su juventud, cuyo pensamiento y subjetividad ya antes habían tomado distancia del pensamiento democratacristiano.

Tanto la DC como la izquierda tenían programas de reformas profundas. Su incapacidad política para transformarlos en una alternativa única mayoritaria refleja las hondas diferencias acumuladas. De hecho, la derecha era más un enemigo referencial, pero la verdadera disputa era entre la “izquierda consecuentemente revolucionaria” y el “reformismo inconsecuente” de la DC gobernante. Diferencias que por cierto los “rebeldes” estábamos viviendo desde hacía tiempo. Esa incapacidad, de matriz ideológica, para construir mayorías por el cambio fue una ceguera que pavimentó después el camino a la tragedia. La importancia decisiva de tener mayorías para promover cambios viables no existía en la conciencia de las dirigencias políticas de entonces.

Digámoslo desde la distancia que dan más de 50 años de los hechos. La expresión orgánica, la más elocuente, de la incapacidad de entendimiento entre la DC y la izquierda en vísperas del gobierno de la UP es el nacimiento del MAPU. Aparentemente era una ruptura meramente ideológica que no necesariamente impedía entenderse. Sin embargo, era más que eso. Fue un cambio de bando entre proyectos que ambas partes consideraban enfrentados. Lo decía explícitamente el programa de la UP en sus párrafos introductorios. Podía haber entendimientos “tácticos”, pero ambas fuerzas políticas, DC e izquierda, se consideraban incompatibles para dar gobernabilidad a Chile. Nos encaminamos así a la elección presidencial de 1970, en la que quien triunfara lo haría con alrededor de solo un tercio de los votos.

Hijo de su época

En el camino a ser lo que hoy soy, hay dos cosas que me costaron mucho: ser secretario general del MAPU y dejar de serlo doce años después.

No quería tomar esa responsabilidad en diciembre de 1972 cuando fui elegido en un congreso que preludiaba la ruptura del MAPU menos de tres meses después. Más aún, me había trasladado a vivir a Talcahuano con mi familia, pensando convertirme en un diputado de fuerte presencia local, en una base social que me había conquistado. Doce años después, ya en Argentina, lo único que quería era dejar ese cargo, bastante ficticio a esa altura. Pero no es fácil terminar con los símbolos que son parte de tu identidad. De hecho, debí ser categórico en que me iba, y, así y todo, cuando el MAPU participó en la unificación socialista de diciembre de 1989 debí, fugazmente, volver a ejercer el cargo para esa ceremonia final.

El MAPU es un fenómeno político curioso. Su grupo fundacional y motor fue la generación de reemplazo de políticos católicos, provenientes de diversas canteras: Parroquia Universitaria, Acción Católica Universitaria, Juventud Estudiantil Católica (JEC), Juventud Obrera Católica (JOC), Academia de Humanismo Cristiano, reforma agraria de Frei, sindicalismo y mundo poblacional DC. Todas ellas encontraron entonces su cauce natural o su referente principal en la JDC de la segunda mitad de los años 60, en cada una de las regiones del país. Sin embargo, no todos los que dejaron la DC en el 68 eran de la Juventud. Por ejemplo, los senadores Rafael Agustín Gumucio y Alberto Jerez, los diputados Julio Silva Solar y Vicente Sota; también es el caso de Jacques Chonchol. Pero, más allá del rol destacado de estos últimos, el hecho político dominante en la ruptura de 1968 fue que la casi totalidad de su juventud abandonó en masa la DC, con dirección incluida y los tres últimos presidentes de la JDC.

Como consecuencia, cuando ya en el gobierno de Allende nace la Izquierda Cristiana, parte importante de esa “vieja guardia” se sumó a ella.

El MAPU es hijo de su época, inseparable de los tiempos en que nació, y no es extraño que haya desaparecido una vez que ese tiempo progenitor dejó de existir, más aún luego de la ruptura que sufrió. Los “mapu” crearon lazos de amistad con muchos que siguieron caminos similares en otros países de América Latina. Por mencionar algunos, Rafael Roncagliolo, después canciller de Perú; Jaime Paz Zamora, ex Presidente de Bolivia; Antonio Araníbar, ex canciller de Bolivia.

Mis comienzos militantes

Quien me reclutó para esa JDC fue el sociólogo Tomás Moulian, quien evolucionó más tarde hacia la izquierda radical y en 2004, impulsado por el Partido Comunista, fue precandidato presidencial. La máxima dirección de entonces en la JDC, en la que destacaban Rodrigo Ambrosio como líder indiscutido y otros dirigentes como Jaime Gazmuri, Enrique Correa y Juan Enrique Vega, me convocó a un núcleo dirigente en el que escaseaban los economistas, cuestión considerada inaceptable para noveles discípulos de Marx. De hecho, inicialmente fuimos solo dos: Humberto Vega, más tarde Tesorero General de la República en el gobierno de Patricio Aylwin, y yo.3

Mi actividad militante se inició en el frente cultural, en ese entonces efervescente. La Peña de los Parra operaba como sede muy principal. También me encargaron trabajos de apoyo programático a la dirección de la JDC y en particular a Sergio Sánchez, vicepresidente de la CUT. A raíz de esto, fui incorporado al primer equipo técnico formado en su historia por esta Central que presidía un gran sindicalista comunista, Luis Figueroa. Allí preparamos un documento programático, “América Latina, un mundo por ganar”, encabezados por David Silberman y que de hecho anticipó mucho de lo que luego sería el programa de la UP.4