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Pantano es una novela-ensayo donde, a través de la crónica y el diario personal, Ana Emilia Felker reflexiona sobre la migración, el racismo y la identidad. Habitando por tercera vez Estados Unidos —ahora para estudiar un doctorado— la autora intenta entender el territorio más allá de sus propios prejuicios, pues esta no solo es la nación del capitalismo y la guerra, del dinero y la deuda, sino también el país de origen y residencia de la mitad de su familia. Desplazándose por las autopistas y la escritura, en medio de la violencia que multiplica las fronteras más allá del río Bravo, ella se pregunta en qué consiste el sueño americano, qué define la blanquitud, cómo hablar de los tiroteos masivos sin reproducir sus discursos de odio, mientras ayuda a su abuelo a ordenar sus historias y trata de recuperar la relación con su padre en un momento en que la vida en los suburbios americanos parece haber sepultado sus convicciones juveniles y mermar la salud de su memoria.
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Seitenzahl: 244
Veröffentlichungsjahr: 2024
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ANA EMILIA FELKER
DERECHOS RESERVADOS
© 2023Ana Emilia Felker
© 2024Almadía Ediciones S.A.P.I. de C.V.
Avenida Patriotismo 165,
Colonia Escandón II Sección,
Alcaldía Miguel Hidalgo,
Ciudad de México,
C.P. 11800
RFC: AED140909BPA
https://editorialalmadia.com/
www.facebook.com/editorialalmadia
@Almadia_Edit
Edición digital: 2024
eISBN: 978-607-8851-75-1
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.
Hecho en México.
Carla, Omar,sigo en la misma Pointer azulen que cruzamos.Vamos en el asiento trasero.Ustedes son la música,el auto y la carretera.
The West is a science-fiction world come to life:its characters trapped inside an unmapped city…CHELA SANDOVAL, METHODOLOGY OF THE OPPRESSED
Occidente es un mundo de ciencia ficción hecho realidad:sus personajes están atrapados en una ciudad no cartografiada…CHELA SANDOVAL, METODOLOGÍA DEL OPRIMIDO
When I say jokes about white people, don´t think, for a second, that I’m talking about you […] When you make enough money in America, they pull back the curtain and introduce you to the real white people. You guys just think you are white.
No piensen ni por un segundo que me refiero a ustedes cuando bromeo sobre la gente blanca […]. Cuando ganas suficiente dinero en Estados Unidos, ellos descorren la cortina y te presentan a la verdadera gente blanca. Ustedes piensan que son blancos, pero no lo son.
DAVE CHAPELLE
CAPÍTULO 1. ROADKILL
CAPÍTULO 2. ERA UNA ALBERCA
CAPÍTULO 3. BANDERAS
CAPÍTULO 4. DIGNO SILENCIO
CAPÍTULO 5. ABAJOCOMUNES
CAPÍTULO 6. EL REY DE MAIN STREET
CAPÍTULO 7. DOUBLE TROUBLE
CAPÍTULO 8. MÁSCARAS BLANCAS
CAPÍTULO 9. CUL-DE-SAC
CAPÍTULO 10. MANEJAR EN EL ESPACIO
CAPÍTULO 11. TIRO AL BLANCO
CAPÍTULO 12. DESDOBLAMIENTOS
CAPÍTULO 13. ANIMALES SAGRADOS
CAPÍTULO 14. MOMENTOS
CAPÍTULO 15. EL ALACRÁN
CAPÍTULO 16. LA CALLE DE LA PALMA
CAPÍTULO 17. IR EN PIJAMA A ESTADOS UNIDOS
CAPÍTULO 18. VUELO DE LÉVY
CAPÍTULO 19. LA TERCERA ORILLA
AGRADECIMIENTOS
El río fluiría desde las Rocallosas, entre los pinos, acarreando guijarros; sería un zanjero cavando en la tierra con la fricción de su camino; diseminando riberas de aleteos y labores urgentes; sería el vaivén metálico de una carpita, el ojo de un reptil vigía sobre el barro; sería el promontorio para las garzas, la cuenca para las culebras, meandro entre peñascos y mezquitales; sería, serpenteando distancias, garabateando incansable sobre la arena hasta enmararse. Sería solo un río con sus faenas de caudal, si no fuera frontera. Si no hubiera casetas, torniquetes, policías, cámaras, reflectores, banderas que lo distrajeran de su flujo. Si no lo apremiaran a llevar ahogados.
Él tendría un nombre, sería el joven de esmoquin, lentes y ceño fruncido que aparece junto a la foto de su hermana en el anuario del high school; el que se sentaba solo en el autobús; el estudiante de college; el que tenía serpientes por mascotas; el que trabajó como empacador en un supermercado. Todo eso, pero también el que encontró su verdad en foros en la web. Sería un ávido seguidor de los sucesos actuales, un lector de Dr. Seuss preocupado por la contaminación de los bosques. Tendría un nombre, pero no se lo voy a dar. Por menos de mil dólares, ordenó un rifle semiautomático rumano por internet –una versión civil de una AK-47– y mil rondas de municiones rusas que recogió, acompañado de su padre, en una gun range local a escasos nueve minutos de su casa. La que sería solo una madre suburbana llamó a la policía para confirmar si el arma de su hijo era legal. Y lo era.
Tiempo después, con el Honda Civic cargado, saldría de noche de su fraccionamiento de pastos perfectos, calles redondeadas y tranquilas rumbo al oeste. Sería al pasar Dallas, donde la urbanización ha arrasado con los árboles, que él podría confirmar sus preocupaciones ecológicas. En su manifiesto escribe que el modo de vida, las ciudades expandidas e ineficientes y el uso inmoderado de recursos de las corporaciones han puesto una carga inaguantable sobre las nuevas generaciones. Siente el peso de su misión: asegurar que los suyos exploten la naturaleza el mayor tiempo posible. En su mente, para lograrlo es necesario limitar el acceso a los recursos, cerrar el paso por el río a las caravanas.
El que sería un río, una vez más, como todos los días, reinicia su cauce austral, desde las Rocallosas hacia la Sierra de Guadalupe, arrastrando sedimentos. Va menguado por las presas, por el calor de la tierra, del aire, por la falta de nieve y deshielo. Los campesinos que siembran trigo, avena, ajíes y alfalfa dosifican el agua porque a veces llega en caudales y a veces a cuentagotas. Es un río de extremos que se debate entre la abundancia y la escasez. La siembra no dice el color de la piel de quienes esparcen las semillas, abonan, riegan, cuidan, sudan. La comida aparece en el supermercado como por generación espontánea y personas como él la empacan en bolsas de plástico, detestando su propia maquinización.
Él sería un conductor nocturno más, con diez horas para dialogar consigo mismo con las manos sobre el volante; para rumiar sus miedos, para proyectarse hacia el futuro. Piensa que, al ganar su causa, será valorado; mientras tanto, le corresponde aceptar la infamia. Se asume soldado de la guerra para recuperar el imperio del hombre blanco. Al rebasar un tráiler con sobrecarga quizá se imagina laureado por el nuevo régimen, el que vendrá gracias a su hazaña. Millas más adelante escribirá en su manifiesto sobre su disposición a convertirse en un mártir, no piensa rendirse, tendrán que derribarlo.
El río viene ondulando hacia el sureste para surtir a los campos de tomate y manzanas. En otras temporadas lleva el lecho seco, oliendo a despojos de carpitas. Las millas se acumulan, pero los minutos se arrastran con lentitud de oruga. Sobre la carretera, mientras el cielo poco a poco pierde su negrura, él repite sus razones. En qué más iba a pensar. Entonces aparecen los animales. Tal vez primero los buitres revoloteando sobre un caballo. Después, un rastro de sangre que guía los ojos hacia el acotamiento donde yace un jabalí despedazado. Los coyotes muertos se parecen demasiado a los perros que la gente pasea por su casa en coreográficos recorridos. Después, un cuerpo ya irreconocible salvo por las astas que alguna vez fueran imponentes. Otro y otro, cubiertos de moscas. Ojalá hubiera cruzado miradas con un venado vivo que interrumpiera su camino, que se reflejara en sus ojos bien abiertos. Pero lo pienso rodeado de cadáveres.
Han pasado demasiadas horas, una nube de mariposas diminutas se estrella con tenacidad sobre su parabrisas, manchándolo. Debió tener hambre, sueño. Vio los letreros que advierten sobre las consecuencias de manejar bajo la influencia de sustancias. No está intoxicado de alcohol, pero sí del odio que fluye en los canales oscuros de la web.
Las montañas se superponen y desdibujan a la distancia. El cableado entre poste y poste llega hasta la sierra: un electrocardiograma con picos, descensos, mesetas, subidas y precipitaciones. ¿Será que su corazón se acelera? El cielo es inmenso. Cielo de mañana. Cielo de verano. Cielo del desierto. Cielo sin interrupciones. Cielo que amenaza con tragárselo a él en una inversión de la esfera terráquea. Peligros latentes. La quietud de los arbustos espinosos.
Aquí el río ya no tiene nada de su majestuosidad, es casi un desagüe que fluye en tierra de nadie, entre reja y reja. Él llega a la ciudad por la interestatal, desde ahí observa el espectáculo fronterizo. Es una de las ciudades más seguras del país con presencia militar constante, pero para quien imagina invasiones en las que los inmigrantes acabarán por reemplazar a los blancos, la vista hacia Ciudad Juárez desde El Paso debe presentarse como una confirmación. Sitiada por el desierto, una sola metrópoli rajada por la mitad. Desde el norte no se alcanza a ver el fin de ese océano de cemento debajo de una bruma grisácea. De entre esa inmensidad, solo se distinguen unos cuantos marcajes como la escultura roja de Sebastián: la X de México que, para unos ojos como los suyos, bien podría ser un general ordenando el avance de su regimiento: una masa devoradora de recursos que repta hacia el norte.
Publicar en internet su manifiesto es una estrategia indispensable en su cruzada; a través de textos como el suyo se definirá lo que será legítimo en el futuro. Sin embargo, se justifica, titubea. Escribe: “prefiero publicar un manifiesto ‘meh’ que postergar el ataque”. Cierra con un llamado a la acción como los que ha leído en tantos otros manifiestos: “¡Hagan su parte y pasen la voz, hermanos!”. Hasta entonces, solo era un discurso de odio más, protegido por una de las garantías más preciadas de este país.
En busca de comida, se estaciona frente al centro comercial Cielo Vista que a diario visitan multitudes de ambos lados del muro. Los coches buscan sitio, hacen fila, esperan. En la entrada, padres de familia, entrenadores y jugadoras de un equipo de soccer estudiantil piden donaciones para la temporada. Es inicio de mes, los retirados intentan cobrar sus pensiones. Las personas entran y salen en un bullicio rutinario.
Al poner un pie en el Walmart, el que tendría un nombre, pero ya no lo tiene, encuentra el sitio ideal para sus objetivos. Regresa a su auto y vuelve armado. Bueno, al menos eso dicen las versiones oficiales. Los locales dirán que había otros, que vieron a otros, que los vieron registrándose en hoteles, que nada de esto fue casualidad.
Detrás de él, la esterilidad del estacionamiento: ni un solo árbol, apenas unos zanates parados en carritos de súper. La falta de árboles ha pasado a un segundo plano en su discurso. Los animales hace rato que lo observan. Camina sobre la plancha de cemento hirviendo. Lleva canceladores de sonido sobre las orejas, no escucha nada más que sus ideas latiéndole en el pecho. Hasta este momento, era un portador legal.
En condiciones normales y en estado puro forma dicloro: ungas tóxico amarillo-verdoso, más pesado que el aire. (Cl2)
WIKIPEDIA
En la primera ida soy feliz; en la segunda, se acaba la adolescencia; en la tercera, quizá se acabe el mundo. Pero eso todavía no lo sé. Solo sé que vuelo hacia el norte cuando traigo en el cuerpo el sur. ¿O traigo el norte? Mi abuela Gloria inició la confusión casándose con un gringo, desde entonces ha sido ir y venir de arriba hacia abajo en el viceversa del desarraigo. Al final, después de varias vueltas, mis abuelos, mis tíos, mis primas, mi padre y mi hermano decidieron nortearse, buscarse la vida acá arriba en el humedal. A mí, una suerte de magnetismo terrestre me trajo aquí antes, esta es la tercera vez.
En la primera sumergida tengo trece años, mis padres aún están juntos y vivimos en la Ciudad de México. Como trabaja en Aeroméxico, mi tío me consigue boletos para que visite por primera vez a mis primas a quienes, desde que emigraron al humedal, no he parado de escribirles cartas con plumones de colores. Mi edad opera como una droga: lo que entra por los ojos me acelera el pulso. A cierta altura, desde la ventanilla del avión, todo es forma y textura: pliegues del territorio, cuadrículas, círculos inesperados y gradaciones tornasol. En el cuenco de la mano que es el Golfo aparece la delgada estela de un barco. El mar entra a la tierra, pero desde aquí no tengo certeza de si observo un lago, una bahía o un juego de brillantinas. Veo por la ventana y vuelvo a encorvarme para escribir en mi cuaderno sobre la endeble mesita frente a mi asiento.
Hora de ponerse el cinturón. Casi llegamos. Un sarpullido de puntos azules salpica la tierra. Conforme descendemos, los puntos van develando sus formas varias, de un color tan característico que se llama así: azul piscina. Ya se distinguen las cercas de madera que dividen los patios traseros, las calles que garigolean y forman conjuntos atomizados entre la trama de carreteras. Me concentro en las manchas de agua clorada, mientras los rectángulos de pasto se pierden entre parpadeos. Vengo con objetivos bien calculados: pasar el mayor tiempo del verano pataleando con fuerza hacia el fondo de la fosa de clavados para rescatar ligas de cabello con mis primas.
Eso es el humedal: la alberca del fraccionamiento y el salvavidas pestañudo. Andar en traje de baño, mojadas todo el día buscando ranas, el sonido de las cigarras, jugar básquetbol y bañar al perro en la calle. Con la alerta de tormenta, salir de la alberca de inmediato y correr hacia la casa. Esquivar charcos porque si el rayo cae sobre el agua, la electricidad nos atravesará desde las plantas hasta el cerebro convirtiéndonos en luciérnagas. La infancia es refugiarnos del latigazo de un tornado que nunca llega y que mis primas y yo nos orinemos de risa y nervios en la penumbra de un clóset.
El humedal también son los paseos por el mall para probarnos ropa que no podemos comprar; las idas al Walgreens para recorrer los pasillos de dulces; es el helado de vainilla Blue Bell, los M&M’s y las jarras y jarras de Kool-aid que nos bebemos después de jugar bajo el sol del verano.
En la entrada del fraccionamiento, la escenografía esperada del suburbio: casas grandes con albercas a las que nos metemos a escondidas cuando no están los vecinos. Al fondo hierve la sección de casitas de un piso con la madera hinchada y las puertas que rechinan. Ahí los niños llenamos las calles y dibujamos con gis sobre el pavimento que de pronto se trunca en el límite con el campo. Unas cercas de madera horizontales marcan la interrupción del concreto. Nos trepamos en ellas para platicar entre nosotras o con los demás niños, con los que hablan español y los que no, con los que tienen permitido ver televisión y los que no, los que son tan blancos que no les puede dar el sol, los que su casa huele a sopa recién hecha o a queso derretido en microondas.
Mi tía trabaja en un restaurante. Por las noches, en la mesa de la cocina organiza cupones del estado para pagar el próximo súper. Me basta este verano para adquirir el gusto por la inmersión en las vidas ajenas; por ahora, las de mis primas, que crecen en una pequeña casa al fondo del fraccionamiento.
Al final de las vacaciones, mis primas y yo movemos la cabeza de lado a lado para sacar una especie de canica que se nos mete en el cráneo de tanto explorar las profundidades de la alberca. Mi tía nos hace cucuruchos de papel a los que les quema la punta para sacarnos las partículas de cloro y agua que se nos han quedado dentro. Me llena de nostalgia dejar el humedal para volver a la reseca Ciudad de México, a la vida normal de escuela, departamentos sin albercas y calles en las que no puedo jugar.
Una vez lejos, la correspondencia con mis primas transcurre entre dos idiomas: ellas escriben en un inglés al que apenas se acostumbran y yo contesto en español. En una, Erica me cuenta sobre un niño de su escuela que murió en un accidente automovilístico relacionado con alcohol. Desde entonces pienso en las carreteras del humedal, con sus altísimas velocidades y múltiples carriles, como el lugar al que van a morir los jóvenes. Erica me dice que le gustaría que mi familia y yo nos mudáramos al humedal, que podríamos ir a la misma escuela y jugar en el mismo equipo de básquetbol, aunque a mí no se me dan mucho los deportes.
En la segunda ida, tengo diecisiete y escribo sobre mi cuaderno en la mesita del avión, pero el asombro ha perdido intensidad. Veo hacia afuera, como anestesiada de percibir cualquier cosa ajena a mi interior. Veo una nube encajada en una montaña con la punta cubierta de nieve. Una nube con hueso. Cuando se vuela sin instrumentos, existe el riesgo de adentrarse en una nube que se piensa vaporosa para encontrarse de nariz con una montaña asesina. Pienso entonces si el humedal será una de estas nubes engañosas. Vuelo sin instrumentos suficientes para entender el territorio.
Presto menos atención al sarpullido azul y más a los patios traseros de las casas que se ven diminutos desde las alturas. Mi abuelo me contó alguna vez que cuando él era niño en Maine, las casas eran pequeñas y los terrenos grandes para los animales y los diferentes materiales que se necesitaban para producir alimento y vestido. Entonces cada casa era una pequeña fábrica para la autosuficiencia familiar. Él recordaba que cuando su madre hervía la miel de maple que habían extraído de los árboles, se despegaba el tapiz de la cocina de tanto calor. También contaba que un familiar contrabandista produjo whiskey en su casa durante la Prohibición.
Con el paso del tiempo, las casas de los suburbios se han hecho más grandes y los patios más chicos; en lugar de tener gallinas, se compran huevos en el supermercado. Los patios traseros son para asar la carne o para brincar en el trampolín; los delanteros, el escaparate siempre podado a la perfección, el lugar para colocar las banderas. En ciertas casas de mayor ingreso, el patio frontal sigue simbolizando el destino manifiesto, el derecho divino de fraccionar la tierra que le pertenecía a alguien más.
Escribo y en lugar del asombro de niña, ahora laten con fuerza unas prenociones de hacia dónde voy. El humedal ya no es una alberca sino el territorio pantanoso al que se ha desplazado mi familia paterna, volviendo al norte sin ser del todo gringos ni ya tan mexicanos. Unas formas de ser y de hablar que han transformado a mis primas en personas muy distintas a mí, que también vuelvo transformada. Ellas son fuertes y altas, quizá por las hormonas en la leche y el pollo o por el ejercicio constante en la escuela y las salidas en bicicleta. Mientras ellas están listas para la guerra, yo apenas si tengo masa muscular, he pasado demasiado tiempo viendo televisión en mi vida de departamento.
Me reencuentro con mis primas con las que bailé “Wannabe” como si no hubiera mañana. Erica sigue siendo la que se mete a bañar con calcetines porque se le olvidó quitárselos, a quien un perro mordió en la cara por acercarse demasiado, quien observa aves, quien tiene un novio que todos sabemos que es gay y terminará siendo su mejor amigo. Andrea, la del carácter fuerte, la que adora a los niños y se ha comprado un coche con su trabajo de niñera; también es la que siempre sale con algún güero republicano con planes de enlistarse en el ejército. Yo soy la que critico de más y antes de tiempo, la esnob que escribe en su diario que tal o cual le parece un imbécil.
Paso un año de la preparatoria en el humedal mientras mis papás y mis hermanos se quedan en México. Un año que se ahorrarán de colegiatura y en el que supuestamente practicaré inglés. Voy a la prepa pública y vivo en los suburbios con mis abuelos, mi tía y mis primas.
Una tarde todos vemos en CNN las luces verdes en el cielo nocturno de Irak. Desde la televisión reclutan como si se tratara de un deporte extremo en un gran parque de diversiones con rápidos para hacer rafting, campos minados y tirolesas. ¡Enlístate, consigue la ciudadanía! La promesa de lealtad a este nivel supera al juramento a la bandera, el pledge of allegiance en el pasillo de la escuela. En Fox News, una cortinilla en la que ondea una bandera animada anuncia: Operation Iraqi Freedom. En la radio pública discuten que la deuda estudiantil aumenta los enlistamientos en el ejército.
Mis primas y yo grabamos a mi abuelo respondiendo a nuestras preguntas. Abuelito, do you believe in patriotism? Él nos explica qué significa la expresión to rally around the flag que invoca a unirse en torno a la bandera, poner en pausa las diferencias para luchar contra un enemigo externo. Los políticos ganan elecciones ondeando la bandera, dice mientras se acomoda los lentes y luego habla de Donald Rumsfeld, Secretario de Defensa de George W. Bush. Él invocó a la bandera como a un demonio dormido, pronunció el conjuro, el unknown known danger: se conoce que hay un peligro cuya naturaleza se desconoce. Así no pudiera probarse con hechos la existencia de armas de destrucción masiva en Irak, según Rumsfeld y Bush había que atacar porque el miedo es legítimo, aunque no se sepa a qué se teme.
Por teléfono, mi madre me pide que evite controversias en la escuela; que no critique como acostumbro, que no dé mi opinión sobre la guerra; que no diga lo que pensamos de los gringos ni quiénes son realmente. No me dice por qué pensamos así de los gringos en México: los amamos y los odiamos al mismo tiempo. No me dice si esos juicios incluyen a mis primas, a mi tía, a mi abuelo o a mi papá.
Me pregunto si en Bagdad lanzan advertencias desde los altoparlantes de mezquitas y edificios públicos. Si llaman al rezo y al resguardo como en mi highschool de humedal suena el juramento a la bandera cada día a la misma hora. Salgo de la clase de matemáticas para ir al baño; un policía me obliga a detenerme a la mitad de un pasillo extenso y despoblado, salvo por otro estudiante que también fue detenido a unos treinta metros de distancia. No acabo de entender lo que el policía me dice en inglés, pero intuyo un: no te atrevas a mover un músculo, respeta al altoparlante. Con toda su corpulencia, el policía me repite la misma frase, pero en un tono más alto: don’t move. Veo que trae un arma. Quiero decirle que voy al baño, pero un nervio extraño me hace tartamudear y no encuentro las palabras. De las bocinas de la escuela sale una especie de rezo. Estoy ahí frente a un policía, sintiéndome obligada a imitar al otro estudiante detenido, levantar el brazo y jurar lealtad a la bandera, luego al estado de Texas y luego guardar un minuto de silencio. Le escribo a mi madre contándole todo esto, la carta cierra con un: “Nos tratan como robots, nos dan instrucciones para todo, a cada rato hablan por las bocinas para volver a explicarnos qué significa cada uno de los miles de timbres. ¡Cómo no van a ser nacionalistas con tanto juramento!”.
La guerra en Irak, dice mi abuelo, recuperó un orgullo bélico perdido en Vietnam. Aumentó el financiamiento para armas que luego se desbordaron hacia Latinoamérica. La guerra en Irak significó el quiebre absoluto con la realidad y la idea de que el peligro está en todos lados, incluso adentro. Se teme lo desconocido mientras se le fabrica.
Mis primas y yo sacamos Bowling for Columbine de la biblioteca. En 1999 un par de adolescentes entraron a su preparatoria en Colorado con armas automáticas y explosivos, mataron a doce estudiantes y a una maestra. La apariencia del director del documental me resulta tan gringa como la bandera misma; Michael Moore acompaña a dos de los sobrevivientes del shooting al Kmart de donde salieron las balas para pedir que retiren ese producto de su inventario. Vemos la película varias veces, nos obsesiona que nos pase a nosotras, que entren a nuestra escuela con balas del Walmart. Cada mañana, en las entradas de la escuela, decenas de cucarachas yacen muertas, víctimas de venenos nocturnos; después de haber visto el documental de Columbine, los bichos nos remiten a otro tipo de masacres.
Nos unen este tipo de miedos, así como nuestras tendencias anfibias. La práctica de natación comienza a las seis treinta de la mañana. Salimos semidormidas de la casa con una barrita de granola en la mano que comemos en el trayecto. Andrea maneja y yo miro por la ventana los pastos debajo de la neblina. Nos ponemos dos trajes de baño, uno encima del otro, para compensar el desgaste del nailon. Les hacemos nudos para apretarlos hasta que el traje no da más de sí. Los vestidores del natatorio siempre encharcados se llenan de cucarachas que de cuando en cuando trepan la pierna desnuda de alguna nadadora. Son cucarachas de humedad, enormes y voladoras, endémicas de este hábitat.
Calentamos alrededor de la alberca, luego nos aventamos de clavado a la orden de un silbato, sin tiempo para tantear la temperatura del agua, y comenzamos a dar vueltas a un ritmo tranquilo y sostenido, sin frenar en las orillas. Acariciar el agua. Ver el suelo. Contar azulejos. Ver el techo. Contar vigas. Estirar el cuerpo lo más posible en cada brazada. Acariciar el agua. Después de eso, ir a la clase de química con la gorra de plástico marcada en la frente, los ojos enrojecidos y un potente olor a cloro en la piel.
“Ma, estoy adolorida por la natación, nunca había hecho tanto ejercicio, me duelen los brazos, la espalda, las piernas, todo. Supongo que es buena señal. ¿Me volveré tan fuerte como ellas?”.
De niñas, mis primas y yo jugábamos a ser blancas, a cambiarnos los nombres por Stacy o Amy, decolorarnos los vellos de los brazos y fingir que no hablábamos español, fingir el acento para dizque sonar nativas. Habría que confesar: queríamos ser populares, pero ahora, de adolescentes, preferimos ser invisibles a llevar sonrisas prefabricadas como las de las rubias subiéndose a convertibles con sus novios futbolistas con futuro daño cerebral. Ahora solo quiero juntarme con mexicanos y las Stacys me parecen anodinas. Tal vez para hacerme la intelectual, la contestaria o la antiyanqui, o para que me deporten porque ya estoy harta de estar aquí, sentada en un pasillo de la escuela, leo El manifiesto comunista medio deshojado que me regaló mi papá.
El manifiesto se convierte en una especie de amuleto. Me hace sentir especial, una observadora externa, una documentalista de cine directo como Frederick Wiseman que, aunque no enuncia ni una sola palabra, enfoca lo que le interesa escudriñar. El maestro de química, un tal Chad que también es el coach de futbol americano, lanza una extraña advertencia: este país le abre las puertas a todos, pero eso no significa que puedan opinar o venir a quejarse. Lo dice así, con el pie sobre el asiento del pupitre, con la cara enrojecida de Pedro Picapiedra, viéndonos a los ojos a los extranjeros, a los latinos.
En México mi padre pierde el trabajo, deja de mandar dinero y en el refrigerador de casa de mi tía solo quedan gelatinas rojas. Observo la comida desperdiciada en los botes de basura de la escuela. Tengo hambre en el país más gordo del mundo.
En la escuela coincido en dos clases con un chico pecoso, flaco, de aspecto y acento vaquero, que además tiene dos personalidades: por las mañanas en la clase de química es hiperactivo, los maestros no pueden controlarlo, se sube a las bancas y no para de gritar. Por las tardes, en la de matemáticas, después de haber tomado su medicina, apenas si puede articular palabra, babea, se queda dormido. Me invita a salir y no me atrevo a decirle que no, me pregunto cuál de sus dos personalidades aparecerá en la cita.
Hay varios estudiantes con brazaletes en los tobillos por arresto domiciliario, los observo y me pregunto qué habrán hecho, si manejaron ebrios o algo peor. También observo con especial curiosidad las peleas entre mujeres en los pasillos, golpes reales, tirones de cabello, una cabeza cae al piso, una rodilla, gritos hasta que llega la policía.
Mi preparatoria se vuelve high school por un año y aunque yo siga jugando a estar en una serie en la que los niños se reúnen a platicar frente a sus casilleros, para mis primas no es un juego; ellas ahora pertenecen, en sus cuerpos y sus palabras, a este mundo ajeno a mí. El humedal es más oscuro que una alberca y un casillero, pero el entorno sigue cumpliendo un encuadre televisivo de sonrisa blanca y pompones de porristas.
Jacob me dice "bolilla", como les llaman a los latinos güeros color migajón. Para él soy blanca y para mí él es gringo. El mejor amigo de mi prima Andrea es hijo de inmigrantes michoacanos. Hablamos, nos reímos, me lleva a pasear en su Mustang sesentero; me invita chili cheese hot dogs y se le quedan pedazos entre los bráquets. Me lleva a una fiesta en la que somos los únicos mexicanos, los anfitriones apagan la música y fingen que todo ha terminado para que nos vayamos. Desde afuera, a punto de subir al coche, oímos que vuelve a sonar el estéreo.
Lo hago todo mal: le digo a Jacob que vayamos juntos al baile de fin de año, al prom, como se ve en las chick flicks, sin contárselo a mi prima. Nos hacemos novios y Andrea no me dirige la palabra durante el resto del año que vivo con ella en la misma casa. De hecho, desde que me fui del humedal apenas si volvimos a hablar, pararon las cartas. Han pasado catorce años, Andrea tuvo dos hijas a las que aún no conozco.
