Pasión y poder - Ilona Andrews - E-Book

Pasión y poder E-Book

Ilona Andrews

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Beschreibung

Nevada Baylor no puede decidir qué le molesta más: gestionar sus habilidades como buscadora de la verdad o lidiar con su relación con Mad Rogan. Sí, él la está ayudando a navegar por el complejo mundo mágico en el que ella se ha convertido en una pieza crucial; a la vez, también tiene que tratar con la exprometida de Rogan, cuyo marido ha desaparecido, y no deja de molestar. Rogan, por su parte, se enfrenta a sus propios retos, ya que el rango mágico de Nevada la ha transformado en un partido muy deseable para otros principales. Controlar sus inmensos poderes es un juego de niños comparado con controlar sus emociones. Y ahora ambos se enfrentan a una nueva amenaza dentro de la propia familia de ella. ¿Podrán hacerle frente juntos? ¿O todo su mundo está a punto de convertirse en humo?

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Seitenzahl: 525

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

www.harpercollinsiberica.com

 

Pasión y poder

Título original: Wildfire

© 2017, Ilona Gordon y Andrew Gordon

© 2025, para esta edición HarperCollins Ibérica, S. A.

Publicado por HarperCollins Publishers LLC, New York, U.S.A.

© De la traducción del inglés, María Romero Valiña

 

Todos los derechos están reservados, incluidos los de reproducción total o parcial en cualquier formato o soporte.

Esta edición ha sido publicada con autorización de HarperCollins Publishers LLC, New York, U.S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos comerciales, hechos o situaciones son pura coincidencia.

Sin limitar los derechos exclusivos del autor y del editor, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta edición para entrenar a tecnologías de inteligencia artificial (IA) generativa.

 

Diseño de cubierta: Damonza

Imagen de cubierta: © Shutterstock

 

ISBN: 9788410643154

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

 

 

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Agradecimientos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Epílogo

Sobre los autores

Si te ha gustado este libro…

Dedicatoria

 

 

 

 

Para Anastasia y Helen.

Esperamos que os guste.

Agradecimientos

 

 

 

 

Nos gustaría dar las gracias a nuestra editora, Erika Tsang, por su orientación y paciencia; a nuestra agente, Nancy Yost, y al equipo de NYLA por aguantar nuestras ridículas exigencias; a la maravillosa gente de Avon Books por ayudarnos a convertir el manuscrito en libro; a Pam Jaffee por promocionar incansablemente la serie; a Stephanie Stogiera por detectar nuestros errores; a nuestros lectores beta por mejorar aún más el libro; y, por último, a ustedes, queridos lectores, por darle una oportunidad a Legado oculto.

Capítulo 1

 

 

 

 

Cuando la vida te golpea en la boca del estómago, siempre es un golpe bajo. Nunca lo ves venir. En un momento caminas tranquilamente, preocupándote por tus pequeñas inquietudes y haciendo planes en silencio, y al siguiente estás hecha un ovillo, intentando protegerte del dolor, agitada y aturdida, con la cabeza inundada por un torbellino de pensamientos angustiosos.

Una corona navideña colgaba de nuestra puerta. Me detuve con la mano sobre el teclado electrónico de la cerradura. Era el día de Navidad. Esa misma mañana estaba en una cabaña en la montaña, jugando en la nieve con el hombre más peligroso de Houston. Pero un mensaje del experto en vigilancia de Rogan lo cambió todo. Ahora, seis horas después, me encontraba frente al almacén que servía de hogar a mi familia, con la ropa arrugada y el pelo hecho un desastre. Tendría que entrar y darles la noticia. A nadie le iba a gustar lo que sucedería a continuación. Después de todo lo sucedido, habíamos acordado no intercambiar regalos este año. No solo me había perdido la Nochebuena, sino que estaba a punto de entregarles el peor regalo que pudiera imaginarse.

Lo importante era no entrar en pánico. Si perdía la calma, mis hermanas y mis primos también lo harían. Y mi madre haría todo lo que estuviera en sus manos para convencerme de no llevar a cabo la única solución lógica a nuestra crisis. Había conseguido mantener bajo control mis emociones durante todo el trayecto desde la cabaña hasta el aeropuerto, en el vuelo en el jet privado y después en el trayecto en helicóptero desde el avión hasta la pista de aterrizaje situada a cuatro manzanas. Pero ahora todos mis temores y el estrés estaban a punto de desbordarme.

Tomé aire profundamente. La calle a mi alrededor estaba concurrida. No tanto como hacía unos días, cuando ayudaba a Cornelius Harrison, un mago especializado en animales y ahora empleado de la Agencia de Investigación Baylor, a descubrir quién había asesinado a su esposa Nari; aun así, había bastante movimiento. Las ideas de Rogan sobre seguridad eran bastante draconianas. Estaba enamorado de mí y había decidido que mi hogar no era lo suficientemente seguro frente a un ataque. Por eso había comprado tres kilómetros cuadrados de inmuebles industriales alrededor de nuestro almacén y los había convertido en su propia base militar privada.

Todos vestían de paisano, pero no engañaban a nadie. Toda la gente de Rogan había pasado por las Fuerzas Armadas de un modo u otro, y no paseaban ni deambulaban. Se desplazaban del punto A al punto B con un objetivo preciso. Llevaban la ropa impecable, el cabello muy corto y llamaban «comandante» a Rogan.

Cuando hacíamos el amor, yo lo llamaba Connor.

Un sonido seco me llegó desde la calle. El recuerdo de haberle roto el cuello a David Howling se apoderó de mí. Oí el crujido de sus huesos cuando le torcí la cabeza hacia un lado. En mi mente, lo vi caer cuando lo solté, y un ataque de pánico me ahogó. Dejé que me invadiera y esperé a que remitiera. Descubrir quién había asesinado a Nari había resultado un asunto sórdido y brutal. Al final, presencié cómo Olivia Charles, la mujer que la había matado, era devorada viva por una horda de ratas mientras Cornelius cantaba, lamentando la muerte de su esposa. Revivía la escena en mis sueños casi todas las noches.

Aún no quería volver al mundo real. Solo… solo necesitaba un poco más de tiempo.

Me obligué a mirar en la dirección del ruido. Un exsoldado venía hacia mí. Rondaría los cuarenta, tenía el rostro marcado por cicatrices y guiaba a un enorme oso pardo con una correa muy fina. El oso llevaba un arnés en el que se leía: «Sargento Teddy».

El exsoldado estiró el brazo izquierdo y lo giró, como intentando recolocar los huesos en su sitio. Otro crujido seco resonó y me provocó un escalofrío de aprensión. Probablemente se trataba de una lesión antigua.

El oso se detuvo y me observó.

—Sé educado —le indicó el soldado—. No te preocupes, solo quiere saludarte.

—No me molesta.

Me acerqué al oso con cuidado. La enorme bestia se inclinó hacia mí y olfateó mi cabello.

—¿Puedo acariciarlo?

El soldado miró al sargento Teddy. El oso emitió un gruñido corto y suave.

—Dice que sí puedes.

Extendí la mano y acaricié con cautela el pelaje espeso y áspero de su cuello.

—¿Cuál es su historia?

—Alguien pensó que sería buena idea crear osos mágicos muy inteligentes y utilizarlos en combate —respondió el hombre—. El problema es que, en cuanto vuelves inteligente a alguien, empieza a ser consciente de sí mismo y ya no se traga tus tonterías. El sargento Teddy es pacifista. La correa es solo para aparentar, así la gente no se asusta. El comandante lo compró hace unos años. Según él, nadie debería verse obligado a luchar en una guerra si se opone moralmente a ella, sea humano u oso.

—Pero aún sigues aquí —me dirigí al oso.

Teddy resopló y me miró con sus ojos de color chocolate.

—Le ofrecimos vivir en una propiedad privada muy bonita en Alaska —continuó el exsoldado—, pero no le gustó. Dice que se aburre. Suele pasar el tiempo con nosotros, come cereales que no le convienen y ve dibujos animados los sábados. Y películas. Le encanta El libro de la selva.

Esperé el cosquilleo familiar de mi magia indicándome que me estaba tomando el pelo, pero no percibí nada.

El sargento Teddy se alzó sobre las extremidades traseras, cubriendo el sol por completo, y me rodeó con sus enormes patas delanteras. Mi rostro quedó hundido en su pelaje. Le devolví el abrazo. Nos quedamos así un momento. Luego, el grizzly volvió a posarse sobre sus cuatro patas y continuó su camino, la correa arrastrándose por el suelo.

Miré al exsoldado.

—Ha debido de sentir que necesitabas un abrazo —dijo él—. Suele quedarse en el cuartel casi todo el tiempo, así que puedes venir a visitarlo si quieres.

—Lo haré.

El hombre asintió y siguió al oso.

Introduje el código en la cerradura. Me acababa de abrazar un oso gigante, superinteligente y pacifista. Así que, podía hacerlo. Podía hacer cualquier cosa. Solo tenía que entrar y convocar una reunión familiar. Casi era hora de cenar y, siendo domingo, todos estarían en casa.

Abrí la puerta y entré en el pequeño espacio de oficinas que albergaba la Agencia de Investigación Baylor. Un pasillo corto, tres despachos a la izquierda y una sala de descanso y otra de conferencias a la derecha. La tentación de refugiarme en mi despacho casi logró detenerme, pero seguí adelante, atravesando el pasillo hasta la otra puerta, que daba al espacio de aproximadamente trescientos metros cuadrados donde vivíamos. Cuando vendimos nuestra casa para pagar las facturas del hospital de papá, trasladamos a la familia al almacén para reducir gastos. Dividimos el espacio en tres partes claramente diferenciadas: la oficina, la vivienda y, más allá, tras un muro muy alto, el taller de abuela Frida, donde trabajaba reparando vehículos blindados y artillería móvil para la élite mágica de Houston.

Me quité los zapatos y crucé el laberinto de habitaciones. En las paredes colgaban guirnaldas. Mis hermanas ya habían empezado a decorar. Se oían voces desde la cocina. Mi madre…, también mi abuela. Estupendo, eso me ahorraría tiempo.

Pasé junto al gran árbol de Navidad que presidía el salón, entré en la cocina y me quedé paralizada.

Mi madre y mi abuela estaban sentadas a la mesa. Una mujer joven se hallaba al lado de mi abuela. Era esbelta y muy guapa, con un rostro en forma de corazón enmarcado por ondas de un precioso cabello rojo, y con los ojos tan grises que parecían plateados.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Rynda Charles. La exprometida de Rogan. La hija de Olivia.

—¿Me recuerdas? —me preguntó con la voz quebrada. Tenía los ojos enrojecidos, el rostro tan pálido que los labios parecían casi blancos—. Mataste a mi madre.

No sé cómo, pero logré articular unas palabras:

—¿Qué haces aquí?

Rynda se secó las lágrimas de los ojos y me miró con expresión desesperada.

—Necesito tu ayuda.

 

 

Quise decir algo, pero no fui capaz.

Mi madre abrió mucho los ojos y señaló la mesa con un movimiento de cabeza. Dejé caer la bolsa al suelo y me senté.

—Bébete el té —ofreció abuela Frida, empujando hacia Rynda una taza humeante.

Ella la aceptó y bebió un sorbo, pero su mirada seguía fija en mí. La desesperación en sus ojos se convirtió en pánico. Qué bien.

Cerré los ojos, tomé aire profundamente, lo retuve un instante y lo dejé salir despacio. Uno, dos… Calma, calma…

—¿Nevada? —me llamó la atención abuela Frida.

—Es una principal empática —respondí—. Estoy alterada y eso la afecta a ella.

Rynda soltó una breve risa, y reconocí en su voz a Olivia Charles.

—Vaya, qué ironía.

Cinco, seis… Inspira, expira… Diez. Suficiente.

Abrí los ojos y miré a Rynda. Tenía que mantener bajo control mi voz y mis emociones.

—Tu madre mató a toda una tropa de soldados de Rogan y a cuatro abogados, entre ellos dos mujeres de tu edad. Fue una masacre sin sentido. Ahora sus maridos son viudos y sus hijos huérfanos de madre por su culpa.

—Una persona nunca es solo una cosa —replicó Rynda mientras dejaba la taza en la mesa—. Para ti pudo haber sido un monstruo, pero para mí era mi madre. Fue una abuela maravillosa con mis hijos. Los quería mucho. Mi suegra no les hace caso. Ahora ellos no tienen abuelos.

—Siento mucho tu pérdida y la de tus hijos, y lamento profundamente cómo salieron las cosas. Pero su muerte estuvo justificada.

Dios mío, estaba sonando como mi madre.

—Ni siquiera sé cómo murió. —Rynda unió las manos en un único puño apretado—. Me devolvieron solo sus huesos. ¿Cómo murió mi madre, Nevada?

Respiré profundamente.

—No fue una muerte fácil ni rápida.

—Tengo derecho a saberlo. —Su voz sonó dura como el acero—. Dímelo.

—No. Dijiste que necesitabas mi ayuda. Ha debido de ocurrir algo terrible. Hablemos de eso.

Su mano temblaba, y la taza bailó un poco cuando se la llevó a los labios. Bebió otro trago de té.

—Mi marido ha desaparecido.

Bien. Un marido desaparecido. Territorio conocido.

—¿Cuándo fue la última vez que viste a…? —Rogan había mencionado su nombre una vez. ¿Cómo se llamaba?—. ¿Brian?

—Hace tres días. Salió para ir a trabajar el jueves y no regresó. No contesta al teléfono. Brian es una persona rutinaria, siempre vuelve a casa para cenar. Es día de Navidad, jamás faltaría un día como hoy. —De repente, su tono de voz se volvió histérico—: Sé lo que vas a preguntarme… Que si tiene una amante, si nuestro matrimonio es bueno, si se emborracha… No, no es así. Él cuida de mí y de los niños. ¡Siempre vuelve a casa!

Seguro que ya había hablado con la Policía de Houston.

—¿Rellenaste el formulario de persona desaparecida?

—Sí, pero no van a buscarlo. —Su voz se volvió amarga—: Es un principal, es asunto de las Casas. Pero la Casa Sherwood está convencida de que Brian se encuentra bien y que solo se ha tomado un descanso. Nadie lo está buscando, excepto yo. Nadie devuelve mis llamadas. Incluso Rogan se niega a verme.

Eso no tenía sentido. Rogan nunca se negaría a ayudarla, ni aunque yo montara un escándalo al respecto. Los había visto charlar en algunas ocasiones. Rogan le tenía aprecio, se preocupaba por ella.

—¿Qué te dijo exactamente Rogan?

—Fui a verlo el viernes. Su gente me dijo que no estaba. El sábado tampoco estaba. Cuando quise esperarle, me dijeron que perdería el tiempo. Que no sabían cuándo regresaría. Puede que sea ingenua, pero no soy tonta. Sé lo que eso significa. Hace dos semanas, tenía amigos. Tenía los amigos de mi madre, gente poderosa, respetada y siempre dispuesta a hacerle un favor a Olivia Charles. Hace dos semanas, con una simple llamada, la mitad de la ciudad habría salido a buscar a Brian. Habrían presionado a la Policía, al alcalde, a los Rangers de Texas. Pero ahora nadie está disponible. Todos están demasiado ocupados para verme. Hay un muro invisible a mi alrededor. Por más fuerte que grite, nadie me oye. La gente solo asiente y me ofrece palabras vacías…

—Él no te estaba evitando —la interrumpí—. Estaba fuera del estado. Conmigo.

Se quedó mirándome fijamente.

—¿Estáis juntos?

Mentir no tenía sentido.

—Sí.

—Entonces, lo de mi madre, ¿no fue solo un trabajo para ti?

—No. Ella mató a la esposa de un hombre al que considero amigo. Ahora él trabaja aquí.

Rynda se cubrió la boca con la mano.

Se hizo un silencio pesado y tenso.

—No debería haber venido. Tomaré a los niños y me iré.

—Así es —dijo abuela Frida.

—No —intervino mi madre.

Conocía ese tono. Era la voz de la sargento mamá. Rynda también lo reconoció, porque se irguió en la silla. Olivia Charles nunca había estado en el Ejército, pero, tras hablar con ella apenas tres minutos, entendí que había dirigido a su familia con mano de hierro, y que tenía una paciencia escasa para las tonterías.

—Ya estás aquí —continuó mamá—. Viniste a nosotros en busca de ayuda porque no tienes a dónde ir y porque temes por tu marido y tus hijos. Has venido al sitio indicado. Nevada es muy buena rastreando personas desaparecidas. Ella te ayudará o te recomendará a alguien que pueda hacerlo.

Abuela Frida se giró para mirar a mamá como si le hubiera salido una piña en la cabeza.

—Así es —afirmé.

No había matado personalmente a la madre de Rynda, pero sí había propiciado su muerte. Ahora ella era una marginada, estaba sola y asustada. Había perdido a su madre, a su marido y a la gente que creía que eran sus amigos. Debía ayudarla. O al menos orientarla en la dirección correcta.

—¿Puedo hablar con vosotras dos un maldito minuto? —gruñó abuela Frida.

—Dame un momento —le pedí a Rynda, poniéndome de pie.

Mi abuela me agarró del brazo con una mano, tomó la muñeca de mamá con la otra y nos arrastró por el pasillo, alejándonos lo más posible de la cocina.

—¿Y los niños? —pregunté, mirando a mamá.

—Tus hermanas los están vigilando. Un niño y una niña.

—¿Habéis perdido las dos la maldita cabeza? —siseó abuela Frida.

—No está mintiendo —dije—. Su marido desapareció de verdad.

—¡De ella lo espero! —Abuela Frida me señaló con un dedo mientras fulminaba con la mirada a mamá—. Pero tú deberías tener más sentido, Penelope.

—Esa mujer está al límite —respondió mi madre—. ¿Cuánto crees que le ha costado venir aquí? Es a lo que nos dedicamos. Ayudamos a gente como ella.

—¡Exacto! —contestó abuela Frida—. Está desesperada. Es guapa, rica, indefensa y busca urgentemente que alguien la salve. Y además es la exprometida de Rogan. Si Nevada acepta este caso, es imposible que Rogan y Rynda no pasen tiempo juntos.

Me quedé mirándola.

—Es un imán para los hombres —continuó mi abuela, apretando los puños—. A ellos les encanta esa tontería de mujer indefensa que pide ser rescatada. Su marido lleva desaparecido tres días. Si no se ha escapado ya, probablemente esté muerto. Ella necesitará consuelo, buscará un hombro sobre el que llorar, uno fuerte y grande. ¿Necesito deletreártelo? ¡Estás a punto de entregarle a tu novio en bandeja de plata!

Rynda era realmente guapa e indefensa. Yo quería ayudarla. Sabía que Rogan también lo haría.

—Las cosas no son así. Fue él quien rompió el compromiso.

Abuela Frida negó con la cabeza.

—Me dijiste que se conocían desde hacía años, desde niños. Ese tipo de conexión no se desvanece así como así. La gente de Rogan también lo sabe, por eso no le han dado ninguna información. Estás jugando con fuego, Nevada. Déjala ir, que otro se ocupe de ella. Es una principal, es rica. No es tu problema, a menos que tú lo conviertas en tu problema.

Miré a mamá.

—Tercera regla —respondió ella.

Cuando papá y mamá fundaron la agencia, establecieron tres reglas fundamentales: primera, una vez que nos pagaban, permanecíamos fieles al cliente; segunda, hacíamos todo lo posible por no infringir la ley; y tercera, al final del día, teníamos que poder mirarnos al espejo. Podía vivir con la muerte de Olivia. Tenía pesadillas por ello, pero su muerte estaba justificada. Sin embargo, echar a Rynda, cuando estaba sentada en nuestra cocina, superaba mis límites. ¿A dónde iría?

—Si las lágrimas de Rynda hacen que Rogan rompa conmigo, eso significa que nuestra relación tampoco hubiera durado mucho más.

La mayor parte de mí creía esas palabras, aunque una pequeña e insignificante no lo hacía. Pero no importaba. Era humana y tenía derecho a sentir cierta inseguridad. Aunque no permitiría que eso determinara mis acciones.

—Gracias, abuela, pero lo tengo controlado.

Abuela Frida levantó las manos con gesto de fastidio.

—Cuando se te rompa el corazón, no me vengas llorando.

—Lo haré de todas formas —respondí, y la abracé.

—Ehh… —Hizo el amago de apartarme, aunque acabó devolviéndome el abrazo.

Abrí la puerta de la oficina y avancé por el pasillo hacia mi escritorio, donde me esperaba mi portátil.

—Todo esto es culpa de James —añadió abuela Frida con voz lastimera en la distancia—. Arruinó a todos mis nietos con sus ideas altruistas.

Mi madre no respondió. Papá llevaba muerto siete años, pero escuchar su nombre aún le dolía. A mí también.

 

 

Tomé el portátil, un bloc de notas y una carpeta de nuevo cliente por si acaso; volví a la cocina, me senté a la mesa y abrí el ordenador. Un par de pulsaciones en el teclado me bastaron para comprobar que Bern estaba en casa y conectado.

Le envié un correo rápido: «Envíame cuanto antes la información básica sobre Brian Sherwood». Dejé el portátil a un lado y tomé el bloc y un bolígrafo. La gente solía sentirse menos incómoda con las notas escritas a mano en papel que con ordenadores o grabadoras, y necesitaba que Rynda se relajara. Estaba bastante tensa.

—Empecemos desde el principio.

—No te agrado —soltó Rynda—. Lo noté cuando nos conocimos en el salón de baile. Estabas celosa de mí.

—Sí. —Esto me pasaba por aceptar un caso con una empática como clienta.

—Y cuando entraste hace un momento y me viste, sentiste lástima y miedo.

—Sí.

—Pero vas a ayudarme de todos modos. ¿Por qué? No es culpa. La culpa es como caer en un pozo oscuro. La habría sentido.

—Dímelo tú.

Entrecerró los ojos. La magia me rozó suavemente, como una pluma.

—Compasión —dijo en voz baja—. Y sentido del deber. ¿Por qué sentirías deber hacia mí?

—¿Has tenido alguna vez un empleo?

Ella frunció el ceño.

—No. No necesitamos dinero extra.

Qué suerte…

—¿Tienes aficiones? ¿Alguna pasión?

—Hago… esculturas.

—¿Las vendes?

—No. No son nada espectaculares. Nunca he participado en exposiciones.

—Entonces, ¿por qué las haces?

Rynda parpadeó sorprendida.

—Porque me hace feliz.

—Ser investigadora privada me hace feliz. No lo hago solo por dinero, lo hago porque a veces puedo ayudar a la gente. Ahora mismo, tú necesitas ayuda.

El portátil emitió un pitido. Un nuevo correo electrónico de Bern apareció en mi bandeja de entrada:

 

Brian Sherwood. 32 años. Segundo hijo de la Casa Sherwood. Principal herbamago. Empresa: Sherwood BioCore. Patrimonio personal estimado: 30 millones de dólares. Esposa: Rynda (Charles), 29 años. Hijos: Jessica, 6 años, y Kyle, 4 años. Hermanos: Edward Sherwood, 38 años; Angela Sherwood, 23 años.

 

Brian Sherwood era un mago especializado en plantas. Rynda era una empática con un talento telequinético secundario. Aquello no encajaba. Los principales normalmente se casaban con personas que compartían su misma rama de magia. O eso me había explicado Rogan una vez, con un elegante discurso sobre el sacrificio heroico. Preservar y aumentar la magia en la familia condicionaba la mayoría de las decisiones matrimoniales.

Volví a mirarla.

—Todavía no sé si soy tu mejor opción. Quizá otra agencia pueda darte una ayuda mejor. Pero antes de que hablemos sobre eso, dime todo lo que hiciste el jueves. Te despertaste, ¿y luego qué pasó?

Ella puso cara de concentración.

—Me levanté. Brian ya estaba despierto y duchado. Hice el desayuno y preparé los almuerzos para él y los niños.

—¿Les preparas los almuerzos todos los días?

—Sí. Me gusta hacerlo.

Brian Sherwood, con una fortuna valorada en treinta millones de dólares, llevaba al trabajo cada día una bolsa marrón con el almuerzo que su esposa le preparaba. ¿Se lo comía o lo tiraba a la basura? Esa era la cuestión.

—Brian me besó y me dijo que llegaría a casa a la hora de siempre.

—¿Qué hora es esa?

—Las seis en punto. Le comenté que cenaríamos filetes empanados. Me preguntó si también habría patatas fritas… —Se atragantó con un sollozo.

—¿Quién llevó a Jessica a la escuela?

Me miró sorprendida.

—¿Cómo sabes su nombre?

—Mi primo me ha enviado vuestros datos públicos. —Giré el portátil para que pudiera verlo.

Ella parpadeó varias veces.

—Toda mi vida resumida en un párrafo.

—Sigue, por favor —le pedí—. ¿Quién llevó a Jessica al colegio?

—Brian la dejó en la escuela. Yo llevé a Kyle a dar un paseo.

Mentía.

—Llamé a Brian alrededor de la hora del almuerzo. Esa vez me contestó.

Eso era verdad.

—¿De qué hablasteis?

—De nada serio.

Otra mentira.

—No soy tu enemiga. Me ayudaría que fueras sincera conmigo. Intentémoslo otra vez. ¿Adónde fuisteis Kyle y tú, y de qué trataba esa llamada?

Rynda apretó los labios formando una línea fina e inexpresiva.

—Todo lo que me digas será confidencial. Aunque no como lo sería una conversación con tu abogado, lo que significa que tendría que revelarlo en un juicio. Pero, salvo en esa circunstancia, te garantizo que no saldrá de aquí.

Se cubrió la cara con las manos, se quedó pensando durante un largo rato y luego exhaló.

—La magia de Kyle no se ha manifestado todavía. La mía apareció cuando yo tenía dos años, la de Brian a los cuatro meses y la de Jessica a los trece. Kyle tiene casi cinco años. Va con retraso. Lo estamos llevando a un especialista. Siempre llamo a Brian después de cada sesión, porque quiere saber cómo ha ido.

Para un principal, tener un hijo sin magia es algo devastador. La voz de Rogan resonó en mi cabeza: «Crees que no te importará, pero lo hará. Piensa en tener que explicarles a tus hijos que sus talentos son inferiores porque no has conseguido asegurar una combinación genética adecuada».

—Tu ansiedad acaba de aumentar. ¿Por qué? ¿Fue por algo que dije? ¿Lo del especialista es importante?

—Todavía no lo sé.

Sería una clienta muy difícil. Captaba cada mínimo cambio emocional en mi comportamiento.

—¿Kyle ha manifestado algún cambio?

—No.

—¿Qué ocurrió después?

Suspiró y relató el resto del día. Recogió a Jessica, les dio de comer a los niños, luego leyeron libros y vieron dibujos animados juntos. Preparó la cena, pero Brian no apareció. Llamó a su móvil varias veces durante las siguientes dos horas y, finalmente, decidió llamar al hermano de su marido. Edward Sherwood aún estaba en el trabajo. Casualmente, había mirado por la ventana cuando Brian salió a la hora de siempre y recordaba haberlo visto entrar en su coche. Para asegurarse, Edward bajó a la oficina de Brian y confirmó que estaba vacía. También llamó a la recepción, y el guardia aseguró que Brian había firmado la salida y abandonado el edificio a las seis menos cuarto. No había regresado.

—¿A qué distancia está tu casa de BioCore, la empresa de Sherwood?

—A diez minutos en coche. Vivimos en Hunters Creek Village. BioCore está en Post Oak Circle, cerca del hotel Houstonian. Son cinco kilómetros tomando la Memorial Drive. Incluso con mucho tráfico, normalmente llega en quince minutos.

—¿Edward mencionó si Brian planeaba hacer alguna parada?

—No lo sabía. Me dijo que no tenía conocimiento de que tuviera reuniones programadas esa tarde.

—¿Parecía preocupado?

Ella negó con la cabeza.

—Dijo que estaba seguro de que Brian aparecería, pero yo sabía que algo iba mal. Simplemente lo sabía.

Luego vinieron todas esas cosas habituales cuando alguien querido desaparece: llamadas a hospitales y comisarías, recorrer la ruta en coche buscando su vehículo, hablar con la gente de su trabajo, llamar a otros familiares para preguntar si sabían algo, etcétera.

—No volvió a casa —continuó con voz apagada—. A la mañana siguiente, llamé a Edward; me dijo que no me preocupara, que Brian parecía algo tenso últimamente y que ya aparecería. Le dije que iba a presentar una denuncia policial. Me respondió que no creía que hiciera falta, pero si así me quedaba más tranquila, que lo hiciera.

—¿Qué impresión te dio Edward?

—Parecía preocupado por mí.

Interesante.

—¿Por ti? ¿No por Brian?

—Por mí y por los niños.

—¿Brian ha hecho algo así antes?

No respondió.

—¿Rynda?

—A veces desaparece cuando está estresado —confesó en voz baja—. Lo hacía antes. Pero no en los últimos tres años, y nunca durante tanto tiempo. Tienes que entender que Brian no es un cobarde; simplemente necesita estabilidad. Le gusta que las cosas estén en calma.

Eso explicaba por qué su hermano no había dado la voz de alarma inmediatamente ni movilizado a todo el mundo.

—¿Puedes contarme algo más sobre eso? ¿Cuándo fue la última vez que desapareció?

—Fue después del primer cumpleaños de Kyle. Edward le preguntó si Kyle había manifestado poderes y Brian le dijo que no. Entonces, Joshua, el padre de Brian, que murió un año después, dijo que era mejor que Brian y yo fuéramos pensando en tener otro hijo, porque Jessica es empática como yo, pero que un inútil no podía liderar a la familia.

Había llamado inútil a su propio nieto. Qué desagradable.

—Gracias —dijo Rynda.

—¿Por qué?

—Por sentir repugnancia. La ansiedad de Brian en ese momento se disparó. Sentí en él una necesidad intensa de escapar, así que les dije que ya era tarde y que los niños estaban cansados. La familia se marchó. Brian no volvió a acostarse. Se subió al coche y se fue. Regresó a casa la tarde siguiente. Fue la vez que más tiempo estuvo desaparecido desde que estamos casados.

—¿Te dijo adónde había ido?

—Solo me dijo que condujo sin rumbo. Luego encontró un hotel pequeño y pasó la noche allí. Regresó a casa cuando se dio cuenta de que no tenía a dónde ir y que nos echaba de menos a los niños y a mí. Nunca me abandonaría, y la última vez que lo vi estaba tranquilo.

Verdad.

Me froté la frente.

—¿Le has contado todo esto a la policía?

—Sí.

Y la tomaron por una mujer histérica, cuyo marido se había ido cuando la presión se volvió insoportable.

—¿Tienes acceso a las cuentas bancarias de Brian?

—Sí —respondió pestañeando.

—¿Puedes comprobar si hubo algún movimiento? ¿Ha utilizado sus tarjetas en los últimos días?

Agarró su bolso y rebuscó frenéticamente en él.

—¿Por qué no se me ocurrió antes…? —Sacó el móvil y comenzó a pulsar en la pantalla a toda prisa.

Pasó un rato. Otro más.

Su rostro se ensombreció.

—No. Nada.

—Rynda, ¿mataste a tu marido?

Ella me miró fijamente.

—Necesito que contestes —insistí.

—No.

—¿Sabes lo que le pasó?

—¡No!

—¿Sabes dónde está?

—¡No!

Decía la verdad en cada respuesta.

—Hay varias posibilidades —le dije—. Primero, pudo haberle ocurrido algo malo vinculado a la política de las Casas o a su propio trabajo. Segundo, tal vez ocurrió algo traumático durante la jornada del jueves que hizo que decidiera esconderse. Puedo buscarlo yo misma, o puedo recomendarte a Montgomery International Investigations.

Cuando papá enfermó, hipotecamos el negocio con MII; su propietario, Augustine Montgomery, y nuestra familia tenían una historia complicada, pero eso no cambiaba el hecho de que MII me pareciera la mejor opción para ella.

—Es una agencia de primera categoría y están perfectamente equipados para manejar situaciones como esta. Además, puedes permitírtelo. Debes saber que Baylor es una empresa pequeña, con muchos menos recursos de los que posee MII.

Rynda permaneció inmóvil.

Se escucharon pisadas correteando por el pasillo.

—¡Mamá! —Un niño pequeño entró a toda prisa en la cocina con un papel en la mano. Tenía el cabello oscuro y los ojos plateados de Rynda. Ella extendió los brazos hacia él, y el niño le entregó la hoja—. ¡He dibujado un tanque! ¡Tienen un tanque en el garaje!

Catalina entró en la habitación, delgada, con el cabello oscuro y una leve sonrisa en el rostro.

—Kyle quería enseñártelo.

—¡Qué tanque tan temible! —exclamó Rynda.

—Vamos —instó mi hermana, extendiendo la mano hacia el pequeño—. Te mostraré más cosas interesantes.

Kyle puso el papel delante de su madre.

—Es un regalo para ti. ¡Haré otro para papá! —Luego salió corriendo.

Catalina suspiró y fue tras él.

Rynda lo siguió con la mirada y una expresión extraña en el rostro.

—Ya he hablado con MII. —Tragó saliva y pude ver en sus ojos un atisbo de la mirada despiadada de su madre—. Montgomery rechazó el caso.

Augustine Montgomery había decidido no implicarse. Interesante. Yo era, efectivamente, su última opción.

—Está bien —dije—. Buscaré a Brian.

Ella cambió de postura en el asiento y soltó abruptamente:

—Quiero un contrato.

—De acuerdo.

—No quiero que sea un acto de caridad. Te pagaré por este trabajo.

—Está bien.

—Quiero que todo quede definido y sea profesional.

—Yo también.

—Y nuestra relación será únicamente la de cliente y proveedor de servicio.

—De acuerdo —respondí.

Una puerta se abrió de golpe. Una tormenta apareció detrás de mí y avanzó por la casa, envuelta en poder y magia. Rogan.

Llegó hasta la cocina y se detuvo en el umbral. Alto, de hombros anchos, con los ojos azules oscurecidos y su magia envolviéndolo como un animal salvaje mostrando sus feroces dientes. Si no lo conociera, habría retrocedido y sacado mi arma.

—¡Connor! —Rynda se levantó de un salto desde detrás de la mesa, acortó la distancia entre ellos y lo abrazó.

Los celos se clavaron en mi corazón como puñales. Él era mío.

Rogan la rodeó con los brazos suavemente, pero sus ojos azules permanecieron fijos en mí.

—¿Estás bien?

—No. —Rynda ahogó un sollozo—. Brian ha desaparecido.

Él seguía mirándome. Asentí. «Sí. Estoy bien».

Rynda se separó de él.

—No sabía a dónde ir. Yo…

—Yo me encargaré de esto —anuncié a Rogan.

—Nevada es tu mejor opción —respondió él con voz completamente serena.

Consulté mi portátil. 17:47.

—Rynda, necesito que firmes algunos documentos. Hoy puedo adelantar algunas cosas, pero mañana iré directamente a BioCore. Me facilitaría las cosas que llamaras antes para avisar a la familia de que voy a ir.

—Iré contigo —afirmó ella.

—Sería mejor si voy yo sola —le expliqué—. Tal vez alguien me diga cosas que no mencionaría en tu presencia. Si necesito acceder a lugares o áreas restringidas de la familia Sherwood, te pediré que me acompañes.

—¿Y qué hago mientras tanto? —le preguntó a Rogan, ignorándome por completo.

—Firma los papeles y regresa a tu casa. Es posible que Brian llame o aparezca —le respondió Rogan—. No estás sola, Rynda. Nevada va a ayudarte. Yo voy a ayudarte.

—Te odio por haber matado a mi madre —le soltó ella, con la voz tensa.

—Lo sé —contestó él—. No se pudo evitar.

—Todo se está desmoronando, Connor. ¿Cómo puede estar pasando esto?

—Así es la vida de las Casas.

Los hombros de Rynda se hundieron y, volviéndose hacia mí, preguntó:

—¿Dónde tengo que firmar?

Le expliqué todo el papeleo, las tarifas y las condiciones. Ella firmó y fue a buscar a sus hijos.

Rogan esperó a perderla de vista y se acercó a mí.

—Va a necesitar escolta para volver a su casa —le dije—. Y que alguien vigile la vivienda. Nunca sabemos hasta dónde puede llevarnos la investigación, y tener seguridad extra nunca está de más.

—Me ocuparé de ello —respondió. Luego me besó. Un beso repentino y exigente, intenso y ardiente. Quemaba como el fuego.

Nos separamos y vi al dragón en sus ojos. Rogan se estaba preparando para ir a la guerra.

—Tu abuela está en la ciudad —anunció colocando una memoria USB en mi mano—. Tienes que tomar una decisión esta noche.

Se dio la vuelta y se marchó, dejando en mí la huella abrasadora de su beso.

Respiré hondo y conecté la memoria a mi portátil.

Capítulo 2

 

 

 

 

Toda la familia estaba sentada alrededor de la mesa del comedor. Esta vez me coloqué en la cabecera. A mi derecha tenía un montón de papeles tapados por una carpeta. Había impreso el contenido de la memoria USB.

Mis dos hermanas tomaron asiento a mi lado, Catalina a mi derecha y Arabella a mi izquierda. Catalina, a una semana de cumplir los dieciocho, tenía el cabello oscuro, era seria y tranquila. Le encantaban las matemáticas y evitaba a toda costa ser el centro de atención. Arabella, que aún tenía quince años, era rubia, atlética, con más pecho y más curvas que su hermana, y la palabra calma ni siquiera formaba parte de su vocabulario. Le interesaban la medicina forense y las humanidades, y su método preferido para resolver los conflictos era «decir las cosas a la cara». El club de debate del instituto, que cometió el error fatal de ignorarla porque era una estudiante de primer año y su cupo ya estaba lleno, vivía aterrorizado por ella.

Bernard, el mayor de nuestros dos primos, estaba sentado junto a Catalina. Con más de un metro ochenta y hombros tan anchos que le costaba pasar por puertas estrechas, Bern tenía el físico de alguien que se dedicaba a romper huesos. Había practicado lucha en el instituto y aún iba a judo varias veces por semana, algo que, según él, hacía para compensar las largas horas sentado escribiendo código informático. Cuando era niño, tenía el pelo del color de la paja y rizado. Ahora ya no tenía rizos. Era rubio oscuro y lo llevaba corto y desordenado.

Su hermano Leon era justo lo contrario: delgado, moreno y ágil. Leon oscilaba entre el sarcasmo, el entusiasmo y la más absoluta tristeza tan rápido como su cuerpo de dieciséis años era capaz de producir hormonas. Admiraba muchísimo a su hermano mayor. También creía que él mismo era un fracaso sin ningún talento mágico. Yo sabía que no era así, pero hacía todo lo posible por mantener esa información en secreto, ya que solo existía un tipo de trabajo disponible para alguien con las habilidades mágicas de Leon, y ninguno de nosotros quería que terminara dedicándose a eso. Por ahora, solo Bug —el experto en vigilancia de Rogan—, mi madre y yo sabíamos de lo que era capaz. Y la única razón por la que había tenido que contárselo a mamá era porque, tarde o temprano, su talento saldría a la luz. En el caso de que yo no estuviera presente cuando eso sucediera, alguien más debería encargarse. En algún momento tendría que decírselo a Leon.

Mi madre estaba sentada en el otro extremo de la mesa. Había sido soldado, pero el tiempo que pasó como prisionera de guerra le había dejado una cojera permanente. Ahora era una mujer más calmada, y siempre llevaba su cabello castaño trenzado y recogido en la nuca. Sus ojos eran marrones, al igual que los míos. Cuando papá enfermó, y también después de su muerte, mamá logró mantenernos unidos. Ahora empezaba a comprender cuánto le había costado.

Abuela Frida estaba sentada junto a mamá. Uno de mis primeros recuerdos era estar jugando en el suelo del taller con pequeños coches de juguete mientras abuela Frida, que por aquel entonces aún conservaba algo de rubio en el cabello, canturreaba al tiempo que trabajaba en algún vehículo enorme. La mayoría de la gente olía aceite de motor y goma y pensaba en un mecánico. Yo, en cambio, pensaba en mi abuela; en mi familia.

Los quería muchísimo a todos, y debía hacer cuanto estuviera en mi mano para mantenerlos a salvo. Aquella sería una Navidad que jamás olvidaríamos.

—Victoria Tremaine sabe quiénes somos —anuncié.

Las palabras cayeron sobre la mesa como un saco de piedras. Arabella palideció, Catalina se mordió el labio y Bern se quedó completamente inmóvil. Leon, sin captar aún la magnitud de la noticia, frunció el ceño al ver las expresiones tensas de los demás. Ninguno decía nada.

Las personas con el talento de buscador de la verdad, como yo, eran extremadamente escasas. Apenas había tres Casas con buscadores de la verdad en todo Estados Unidos. La Casa Tremaine era la más pequeña y la más temida. Contaba con un solo miembro: Victoria Tremaine. Y ahora venía a buscarnos.

—¿Cómo de segura estás? —rompió el silencio mamá.

—Intentó comprar nuestra hipoteca.

Mamá soltó un juramento.

—Creía que la Casa Montgomery era dueña de nuestra hipoteca —dijo Leon.

—La Casa Montgomery posee la hipoteca de nuestro negocio —explicó Bernard con paciencia—. La hipoteca del almacén la tenía un banco privado hasta que Rogan la compró.

—Para poneros a todos al día —interrumpí antes de que se fueran por las ramas—. Papá era el único hijo de Victoria. Nació sin magia y ella lo odió por eso. Él huyó después del instituto, conoció a mamá y vivió una vida tranquila, por eso Victoria nunca lo encontró. Pero ahora lo sabe. Es la única integrante de su familia. Cuando muera, la Casa Tremaine desaparecerá con ella.

—¿Cómo es que yo no sabía esto? —preguntó Leon—. ¿Soy el único que no lo sabía? ¿Vosotros lo sabíais y no me dijisteis nada?

Levanté la mano.

—Lo importante ahora es que Victoria Tremaine nos necesita desesperadamente. Ella es la única principal superviviente de su Casa.

—La Casa lo es todo —señaló Bern con voz tranquila—. Necesita confirmar si las chicas y tú sois principales y así mantener viva su Casa.

—¡Una pregunta! —exclamó Leon—. Si ella es el único principal, ¿cómo puede seguir siendo una Casa?

—Cada vez que se registra un nuevo principal, la Oficina de Registros verifica si la familia tiene al menos dos principales —explicó Catalina—. Si existen dos principales vivos, la familia es recertificada como Casa. No le quitan la categoría a la familia hasta que muere el último principal vivo durante su última certificación.

Mi hermana había estado investigando sobre las Casas.

—Sabéis lo que puedo hacer —intervine.

Y podía hacer mucho. Detectar mentiras era el menor de mis talentos. Podía abrir la mente humana como si fuera una nuez y extraer cualquier información que necesitara. Y no tenía por qué dejar la mente intacta después.

—Victoria puede hacer todo lo que yo hago y mucho más, y lo hace mejor. Apenas he descubierto el alcance de mi poder. A ella la han entrenado en el uso de la magia desde que pudo sostener una tiza en la mano. Tiene poder, dinero y tropas que nosotros no tenemos. Hará lo que sea necesario para controlarnos, al menos a Catalina y a mí.

Abuela Frida se tapó la boca con la mano.

Bernard solía ser tranquilo y firme, como una roca en mitad de la tormenta, pero ahora mismo tenía la mirada llena de miedo.

—Puede hacer cosas atroces con el talento de Catalina.

Cosas horribles e innombrables. Cosas que harían que mi hermana, tan amable y considerada, se odiara a sí misma.

—Y si descubren la magia de Arabella… —No terminé la frase.

Ni siquiera quería pensar en ello. La encerrarían, la mantendrían sedada durante el resto de su vida. Jamás volvería a ver el sol, ni a reír, ni a amar, ni a vivir.

Mi abuela jamás le pondría las manos encima a mis hermanas. No lo permitiría.

Catalina se inclinó hacia delante con los ojos desafiantes.

—¿Qué opciones tenemos?

Miré el rostro de mi madre. Estaba inmóvil, con expresión sombría.

—Podemos rendirnos —respondí—, pero eso significaría muy probablemente que Catalina y yo tendríamos que hacer todo lo que Victoria nos dijera, y abandonar nuestro negocio.

Catalina hizo una mueca de dolor. Nuestros padres crearon la Agencia de Investigación Baylor, y yo me había pasado siete años haciéndola crecer. No se trataba únicamente de un negocio: era nuestro futuro y el núcleo mismo de la familia.

Tenía que continuar.

—Probablemente quedaríamos separadas de mamá, de abuela Frida, de Bern y de Leon por un largo tiempo.

Eso hizo que me miraran con auténtico horror.

—Tendríamos que obedecerla y hacer todo lo que ella quisiera. Yo haría interrogatorios y lobotomizaría a la gente. —Mantuve la voz firme. No necesitaban escuchar mis emociones en ese momento—. Con el tiempo, Victoria morirá. Ya está mayor.

Y eso no sonó nada macabro. En absoluto.

—Acabaríamos heredando la Casa Tremaine —añadí.

—¿Cuánto tiempo llevaría eso? —preguntó Leon.

—No lo sé. Tiene más de setenta años. Quizá diez años, quizá veinte.

—Plan B, por favor —opinó Arabella.

—Estoy de acuerdo —intervino Bern—. No haremos eso.

—La otra opción es luchar —les dije—. Pero Victoria tiene más dinero, más tropas, más de todo.

—Rogan nos ayudaría, ¿no? —preguntó Arabella.

Busqué con dificultad las palabras adecuadas.

—Sí, pero no siempre podemos contar con Rogan.

Estrictamente hablando, era mentira. Rogan haría cualquier cosa por ayudarme.

—No deberíamos contar siempre con Rogan —dijo mamá.

Todos la miramos.

—No es su problema —añadió—. Es nuestro problema.

—Si dejamos que Rogan nos salve, quedaremos vinculados a él —expliqué—. Nos considerarán sus vasallos. Tendríamos su protección, pero heredaríamos también sus enemigos, y tiene varios muy poderosos.

—Y si tu relación con Rogan se estropea, la situación se complicaría mucho —puntualizó Bern.

—Sí.

—Entonces, no queremos rendirnos ni podemos luchar contra la Abuela Malvada. ¿Queda una tercera opción? —preguntó Arabella.

—Sí. Podemos convertirnos en una Casa.

Mis hermanas y mis primos se quedaron mirándome. Ya había mencionado esta posibilidad en una ocasión anterior, pero en ese momento estábamos demasiado ocupados intentando resolver un asesinato y cumpliendo con otras cosas importantes como no morir.

—Vaya… —Leon parpadeó.

—No —intervino mamá—. Tiene que haber otro camino.

Me recliné hacia atrás.

—Convertirnos en una Casa nos otorgaría inmunidad provisional durante tres años frente a ataques de otras Casas. Tiempo suficiente para establecer una base de poder sólida.

—¿Victoria respetaría esa regla? —preguntó Catalina.

—Rogan dice que sí. Proteger a las Casas emergentes es algo que interesa a todos, porque, de lo contrario, la endogamia se convertiría en un peligro real. Al parecer, es una de esas reglas que los principales jamás rompen. Nos daría tiempo para fortalecer nuestras posiciones, forjar alianzas y todo ese tipo de cosas que hacen las Casas.

—No lo estarás diciendo en serio —dijo mamá.

—Lo estoy.

—Ella no va a obedecer ninguna regla. Esa mujer es un monstruo. No puedes ser tan ingenua, Nevada.

Sostuve la mirada de mi madre.

—Tal vez siga atacándonos, sí. Pero tendría que hacerlo de manera que no puedan culparla. Convertirnos en Casa se lo pondría más difícil.

Y una vez que fuéramos una Casa, podríamos hacer alianzas en igualdad de condiciones.

—Les estás llenando la cabeza con fantasías de convertirnos en una Casa. ¿Por qué no les cuentas cómo es en realidad? Háblales de Baranovsky.

—Mamá tiene razón —dije—. Las Casas son despiadadas. ¿Recordáis esa gala benéfica a la que fui con el vestido negro? Era muy exclusiva. El hombre que la organizaba, Gabriel Baranovsky, bebía champán en lo alto de la escalera del salón. David Howling congeló el vino en la garganta de Gabriel. Lo convirtió en una hoja afilada que le cortó el cuello desde adentro hacia afuera.

—Impresionante —comentó Leon.

Todos lo miramos.

—Es una forma elegante de matar —añadió él—. El hielo se derrite y no queda ninguna prueba. Ni huellas, ni arma homicida, nada de nada.

Tenía que hablarle sobre su magia. No había manera de evitarlo. Así era como funcionaba su mente, y eso no iba a cambiar. Quizá debería decírselo ya.

Mi madre carraspeó y me lanzó una mirada de advertencia, como si pudiera leerme la mente.

—Cuando Baranovsky se ahogó con su propia sangre y cayó al suelo, nadie lo ayudó —continué—. Nadie gritó. Cientos de principales se dieron media vuelta y empezaron a caminar tranquilamente hacia la salida, porque iban a cerrar la mansión y ninguno quería problemas.

Hice una pausa para que lo asimilaran.

—A los principales les dará igual que seamos joven. No serán benévolos. Intentarán utilizarnos, manipularnos o acabar con nosotros. Podríamos estar en medio de la Asamblea y, si un principal llamara a una manada de lobos salvajes para que nos atacaran, dudo que alguien se prestara a ayudarnos. Así será nuestra vida.

Sus rostros se volvieron sombríos. Los estaba perdiendo. Ya contaba con la desaprobación de mi madre, pero al menos esperaba convencer a mis hermanas.

—Si lo hacemos, podremos aumentar nuestra fuerza durante tres años —insistí—. Victoria viene a por nosotras. Ya está en la ciudad. La única razón por la que no nos ataca es porque la gente de Rogan nos protege. Tendría que atravesarlos primero y no quiere enfrentarse con la Casa Rogan a menos que sea absolutamente necesario.

—Haced las maletas —ordenó mamá—. Vosotros cinco os vais.

—¿Mamá? —Arabella la miró fijamente—. No podemos irnos.

—Ni hablar —intervine. Sabía que reaccionaría así.

—No pienso abandonar la universidad —dijo Bern.

—¡No vamos a dejaros! —La voz de Catalina se elevó—. ¡No vamos a abandonaros, ni a la abuela ni a ti!

—Ya me habéis oído —dijo mi madre, con un tono todavía más duro.

—¿¿Y adónde quieres que vayan?? —gritó abuela Frida, elevando tanto la voz que se le quebró.

Mi madre se volvió hacia ella.

—¿Dónde piensas enviarlos para que esa bruja no los encuentre, Penelope? Ella los conoce físicamente, sabe sus nombres y hasta sus números de la Seguridad Social. Puede sacarle la verdad a cualquier persona con quien se cruce. ¿En qué rincón del planeta podrías esconderlos donde su dinero y su poder no puedan alcanzarlos?

—Mamá… —dijo mi madre en voz baja y con cara de asombro.

—Te lo advertí hace veintiséis años: si te casabas con él, pagarías el precio. Te dije que lo dejaras, pero no me escuchaste. Los criaste para que lucharan. Ahora no van a salir corriendo.

—Ellos harán lo que yo diga —respondió mamá con firmeza—. Soy su madre.

—Ajá. —Abuela Frida entrecerró los ojos—. ¿Y qué resultado me dio eso a mí?

Mi madre abrió la boca para decir algo, pero volvió a cerrarla.

—¿Qué implica exactamente convertirse en una Casa? —preguntó Catalina.

—Al menos dos de nosotras tendremos que pasar las pruebas y registrarnos oficialmente como principales —respondí—. Lo más probable es que tú y yo lo seamos.

Mi hermana frunció el ceño.

—¿Y si yo no lo consigo?

—¡Yo lo haré! —anunció Arabella.

—¡No! —contestamos todos a la vez.

—¿Por qué no?

—Sabes perfectamente por qué no —respondió mi madre—. No me obligues a ponerte otra vez ese documental…

Mi hermana respiró hondo. Oh, oh…

—No voy a estar toda la vida escondiéndome. ¡Así nadie verá jamás lo que puedo hacer! —Golpeó la mesa con su pequeño puño—. Pasaré las pruebas.

La cara de mi madre me decía que tenía que encontrar una solución rápido o acabaría estallando e intentando mandarnos a todos al exilio de nuevo.

—Puedes controlar tu magia —dije.

—¡Sí! —exclamó Arabella.

—Nosotros lo sabemos, pero nadie más lo sabe. La gente tiene miedo porque la última persona que tuvo tu tipo de magia perdió el control. La única forma de que pudieran aceptarte sería demostrando que tienes un dominio absoluto sobre ti misma, y que nosotros, como familia, también controlamos perfectamente la situación. Eso lleva tiempo. Si nos das esos tres años, al final del proceso estaremos establecidos como Casa. Y entonces, cuando tengas dieciocho años, podrás pasar las pruebas.

—¡Nevada! —gruñó mamá.

—Pero eso también significa que los próximos tres años estaremos bajo la mirada de todo el mundo —continué—. Y tienes que dejar de comportarte como una mocosa impulsiva.

—Exacto —añadió Catalina—. Se acabaron los arrebatos de ira, los gritos, nada de golpear a la gente ni de provocar líos en Internet.

Arabella cruzó los brazos sobre el pecho.

—Está bien. Pero prométemelo. Prométeme ahora mismo que, si me comporto, podré presentarme a las pruebas dentro de tres años.

—Te lo prometo.

Mi madre golpeó la mesa con el puño.

—Ya veo a quién se parece… —comentó Bern.

—¿Cuál es la alternativa? —preguntó abuela Frida mirando a mamá.

—No acabar encerrada de por vida en un lugar donde la mantendrían sedada permanentemente —respondió mi madre con enfado.

—Hay otros requisitos —intervine—. Todos los que se sometan a las pruebas deberán entregar una muestra de ADN para comprobar que somos familia. Tendremos que presentar algunos documentos, ellos fijarán la fecha de las pruebas, luego nos examinarán y, si cumplimos con todo, nos convertiremos en una Casa.

—¿Eso es todo? —preguntó Leon.

—Sí —respondí poniendo la mano sobre la pila de papeles—. Si decidimos hacerlo, será definitivo. No habrá marcha atrás.

—¿Y si no reunimos las condiciones? —preguntó Catalina—. Quedaríamos como débiles que intentaron ser principales y fracasaron. Nadie volvería a hacer negocios con nosotros.

—Lo conseguiremos. Yo soy una principal y tú también.

—Es posible que ni siquiera entiendan en qué consiste exactamente mi magia —insistió ella—. ¿Y si causo daños a la gente de manera permanente? ¿Qué pasa si…?

—Oh, ¡cállate ya! —le ordenó Arabella—. Hiciste que un ejército de mercenarios se sentara en el suelo y escuchara tu historia como si fueran niños de guardería. Y todos están perfectamente.

—Yo también quiero registrarme —anunció Bern—. Tal vez no como principal, pero la última vez que me examinaron tenía diez años. Ahora soy más fuerte.

Leon se dejó caer de manera teatral contra el respaldo de la silla.

—Sí, restregádmelo todos. ¡Vosotros y vuestra magia! Yo me quedaré aquí sentado siendo el inútil sin magia de la familia.

Abrí la boca y volví a cerrarla. No era el momento adecuado para decírselo.

—Nevada, tiene que haber otro camino —dijo mamá.

—No sé qué otra opción hay —respondí con sinceridad—. Rogan tampoco lo sabe. Si hubiera otra solución, la tomaría, te lo aseguro. Esta es la única manera de mantenernos a todos a salvo.

—Si hacemos esto, nunca estaremos a salvo —insistió mi madre.

—Si lo hacemos, nada volverá a ser igual. —No era exactamente una respuesta directa a lo que ella planteaba, pero debía continuar—: Por eso tenemos que votar como familia. Todos compartimos la responsabilidad de esta decisión. Una vez tomada, nadie se quejará y todos tendremos que trabajar juntos. ¿Alguien quiere añadir algo más?

Silencio.

—Todos los que estén a favor de convertirnos en Casa, que levanten la mano.

Yo levanté la mano. Bern, Arabella, Leon y la abuela hicieron lo mismo.

—Ahora, todos los que prefieran huir y escondernos.

Mamá levantó la mano.

Miré a Catalina.

—Me abstengo —contestó ella.

—No puedes abstenerte —la increpó Arabella—. ¡Por una vez en tu vida, toma una decisión!

Catalina respiró hondo.

—Yo voto a favor de la Casa.

—Sois unos insensatos —dijo mi madre—. He criado a una panda de imbéciles.

—Pero somos tus imbéciles —contestó Leon.

Tomé los documentos llenos de pósits de colores que indicaban las líneas para las firmas.

—Necesito que los firméis todos.

—¡Esperad! —Abuela Frida agarró su teléfono—. Tenemos que tomar una foto para la posteridad.

Se reunieron a mi alrededor. Abuela Frida colocó el móvil con el temporizador y tomó una foto en la que todos salían junto a mí, con los documentos delante y el bolígrafo en mi mano. Una sensación helada invadió mi estómago.

Los amaba tanto. Solo esperaba haber tomado la decisión correcta.

 

 

La Oficina de Registros de Casas ocupaba una pequeña torre de cristal negro en Old Spanish Trail, frente a la Oficina de Estadísticas Vitales. El edificio asimétrico tenía una ligera inclinación hacia atrás que le otorgaba un perfil extraño. Cuando Rogan aparcó su Range Rover gris metalizado en el aparcamiento, pude ver la fachada frontal de la torre. Tenía forma de una pluma estilográfica.

El sol del atardecer se reflejaba sobre el cristal oscuro. Solo unos pocos coches esperaban en el aparcamiento.

—¿Seguro que estará? —le pregunté.

—Sí.

—Es el día de Navidad.

Rogan se volvió hacia mí.

—Estará porque llamé y le pregunté.

Apreté con tanta fuerza la carpeta con cremallera que llevaba pegada a mi pecho que los dedos se me pusieron blancos. Última oportunidad para echarse atrás.

Rogan se acercó y me rodeó con su magia. Me agarró la mano y la estrechó entre las suyas.

—¿Quieres que demos la vuelta?

—No. —Tragué saliva—. Hagámoslo.

Salimos del coche y caminamos hacia la puerta. Esta se abrió suavemente sin hacer ruido y accedimos a un vestíbulo moderno. Las paredes, revestidas de un imponente granito negro, contrastaban con el suelo que brillaba en un elegante tono gris. En el centro del vestíbulo, delicadas líneas doradas trazaban con precisión un círculo mágico. Un guardia nos miró desde detrás de su escritorio e inclinó la cabeza en señal de saludo. Rogan me guio hacia los ascensores.

La carpeta se había vuelto increíblemente pesada en mis manos. Todas mis dudas salieron a la superficie, negándose a desaparecer.

—¿Estaré haciendo lo correcto?

—Haces lo único que tiene sentido para mantener a salvo a tu familia.

—¿Y si no lo consigo?

—Te enfrentaste cara a cara con Olivia Charles, una principal manipuladora, y ganaste —dijo con firmeza—. Lo lograrás.

—Gracias por venir conmigo.

No respondió. En el pasado, había dejado claro que esperaba que me alejara de él en cuanto nuestra familia se convirtiese en Casa. Pensaba que nuestra magia no era compatible. Si tuviéramos hijos, probablemente no serían principales. Él veía lo que estaba haciendo como el comienzo de nuestro final, pero me había acompañado de todos modos. También estaba totalmente equivocado si creía que iba a dejarlo escapar. Era mío. Mi Connor.

El ascensor se abrió y salimos a un pasillo con una docena de puertas cerradas. Al fondo, unas grandes puertas dobles permanecían abiertas. Avanzamos hacia ellas y entramos en una estancia enorme y circular, cuyas paredes estaban repletas de libros, miles de ejemplares que descansaban en estantes curvados de madera, distribuidos en tres pisos de altura, cada uno con un balcón con barandilla. En el centro de la estancia había varios sofás tapizados en cuero oscuro. Justo enfrente, entre los sofás y nosotros, se encontraba un mostrador circular elevado.

Detrás del mostrador estaba sentado un hombre mayor, leyendo un libro. Su piel era de un suave tono marrón que delataba una herencia latinoamericana, tenía el pelo blanco y vestía un elegante traje gris de tres piezas con una pajarita escocesa. Levantó la cabeza, nos sonrió y bajó con agilidad de su silla. Sus ojos, que se escondían detrás de unas gafas grandes, eran muy oscuros, casi negros, y brillaban como dos piedras de obsidiana.

—Señorita Baylor —me saludó con voz suave y refinada—. Por fin.

—Lamento molestarlo en un día festivo.

Él sonrió ampliamente, mostrando una hilera de dientes blancos.

—No se preocupe. Al fin y al cabo, es mi trabajo. Aunque lo habría hecho de todos modos. Estaba en el centro de Houston, en los túneles, cuando cayó el antiguo Centro de Justicia. Les debo la vida al señor Rogan y a usted.

Un hombre salió de un oscuro hueco en la pared lateral, moviéndose con pasos silenciosos. De unos veinticinco años, con zapatos caros y un elegante traje negro, llevaba una camisa blanca, que resaltaba con su piel ligeramente bronceada, y una corbata negra. Tatuajes en negro y gris cubrían sus manos y cuello. Su pelo castaño oscuro, corto en los lados y algo más largo en la parte superior, peinado hacia atrás, enmarcaba un rostro atractivo y alargado, con ojos inteligentes del color del whisky. Tenía un aire peligroso y ligeramente melancólico, como un gánster de la época de la ley seca en un funeral.

—No todos los días se puede registrar una nueva Casa emergente —siguió hablando el registrador. Se inclinó hacia mí y sonrió como si compartiera un secreto—. Especialmente una que cuenta con una buscadora de la verdad. Estoy encantado de poder conocerla al fin. Y Michael también, ¿verdad, Michael?

Michael asintió.

El registrador se puso unos guantes de lino y se dio la vuelta. Detrás de él, un libro enorme descansaba sobre un pedestal, protegido por una cubierta de cristal. Levantó la cubierta, tomó el pesado volumen encuadernado en cuero jaspeado y lo dejó sobre el mostrador. Un elaborado escudo dorado decoraba la portada.

—Es precioso —comenté.

—Lo es. Encuadernación holandesa del siglo XVIII. Las Casas de Texas se han registrado en este libro desde antes de que fuera un estado.

Lo abrió cuidadosamente y me mostró una página en blanco.

—Si superan las pruebas, aquí figurará su Casa.

Pasó las pesadas páginas hasta llegar a un marcador rojo. Cuatro columnas de nombres escritos con una preciosa caligrafía cubrían la página. Algunos estaban tachados.

—¿Son los que suspendieron las pruebas?

Él asintió.

—Así es. Bien, ¿han traído la documentación necesaria?

Le entregué la carpeta. Él la abrió y revisó las hojas.

—¿Dónde está el segundo testigo? —preguntó Rogan.

—Llega tarde. Dadas las circunstancias, quería asegurarme de seleccionar a alguien cuya reputación fuese irreprochable. Alguien cuyo nombre imponga respeto. Creo que se llevarán una sorpresa agradable.

—Un testigo en la fundación de una Casa emergente adquiere ciertas obligaciones —me explicó Rogan en voz baja.

—¿Como cuáles?

—Se espera que ofrezcamos consejo y orientación.

El registrador comprobó las firmas y levantó la cabeza.

—Nos ha puesto en un aprieto, señor Rogan. Encontrar una prueba adecuada para una buscadora de la verdad fue todo un desafío, pero identificar la magia de la joven señorita Baylor lo fue todavía más. Debo decir que el poder de su hermana es verdaderamente extraordinario. Es, por supuesto, una rama mental, pero ¿a qué subgrupo pertenece? Naturalmente, uno tiende a pensar en los psiónicos, pero jamás se ha presentado uno capaz de evocar amor verdadero. Michael y yo tuvimos que investigar muy a fondo en nuestros archivos y en algunos más. Tuvimos que pedir favores, solicitar acceso a bases de datos y consultar a otros registradores extranjeros. Pero perseveramos, ¿verdad, Michael?

Michael volvió a asentir.

Me froté la frente.

—Tuvimos que investigar muy a fondo, y finalmente encontramos lo que buscábamos en Grecia. Existe una sola Casa, solo una, cuyos registros mostraron la aparición de un talento similar. Únicamente en descendientes femeninas. La última manifestación verificada fue en los años cuarenta. Al parecer, hubo un suceso desagradable.

—¿Qué clase de suceso desagradable? —pregunté.