Pensamientos salvajes - Augusta Amiel-Lapeyre - E-Book

Pensamientos salvajes E-Book

Augusta Amiel-Lapeyre

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Beschreibung

Por primera vez en español, una amplia selección de los finos y a veces «asilvestrados» pensamientos de una mujer singular, Augusta Amiel-Lapeyre, que, anotados a lápiz en pequeños cuadernos, vieron la luz a principios del siglo xx.  Las máximas, tan penetrantes como llenas de humanidad, emoción, ironía y tristeza, forman un conjunto armonioso en su variedad. Fueron destiladas a lo largo de una sosegada vida en el campo, en el sur de Francia, desde donde París se veía como algo ajeno, bullicioso y frívolo, que, sin embargo, era la fuente de todo prestigio. En una crítica de 1914, leemos, como si fuera hoy: «¿Quién es ese modesto autor, ¿A. A.-L.? Se trata de una mujer, evidentemente. [...] Una mujer de mente equilibrada, clara, profunda, que reflexiona, que piensa noblemente y que no escribe más que lo que piensa, con una sencillez perfecta, una propiedad en los términos y unos hallazgos expresivos que dejan en el corazón como una reverberación prolongada. No se puede analizar un libro de pensamientos. Hay que leerlo. Este es una excelente guía para la meditación. A quienes, en la vana dispersión de la existencia moderna, han conservado algo de vida interior y el gusto por la reflexión, los Pensamientos salvajes les proporcionan a la vez una rica materia, soluciones ingeniosas y novedades que no son más que verdades muy antiguas que se han borrado». Un ramillete de pensamientos breves, que deben leerse como fueron escritos: lentamente, saboreándolos. Premio Prix Montyon de la Academia Francesa (1921) «Lean todos los Pensamientos salvajes. Nos obligan a reflexionar. Están llenos del más elevado genio: el genio del corazón».  Jean Soulairol   HAN DICHO: «A veces, como un milagro inesperado, surgen del olvido pequeñas obras maestras que han pasado inadvertidas durante años. Este sería el caso de Pensamientos salvajes», Daniel Capó, El Cultural, 19/12/2025 «Naturaleza y cultura. Movimiento y estatismo. Reflexiones a través de los objetos cotidianos o librescos, le dan a estos cuadernos, apuntes o anotaciones secretas aún hoy en día un valor excepcional. Augusta quedó por décadas en un limbo. [...] Sus textos brillan como una luz de faro entre tinieblas. Escritora culta, pero sobrepasada por su gran talento natural, dejó escrito: "Muchos leen para poder decir: 'He leído'. Y otros para decir: 'He pensado'"». César Antonio Molina, ABC Cultural, 02/01/2026

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Seitenzahl: 112

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Título:Pensamientos salvajes

Título original:Pensées sauvages

Autora: Augusta Amiel-Lapeyre

© De esta edición: Ladera Norte, 2025

© De la selección, prólogo, notas y traducción del francés:

Berta Vias Mahou, 2025

Imágenes del interior: p. 111, retrato al óleo de Augusta Amiel-Lapeyre de autor desconocido; p. 149, fotografía ZAC

Primera edición: octubre de 2025

Diseño de cubierta y colección: ZAC diseño gráfico

Detalle fotográfico de cubierta creado con IA; icono de pensamiento salvaje: ZAC

Publicado por Ladera Norte, sello editorial de Estudio Zac, S.L. Calle Zenit, 13 · 28023, Madrid

Forma parte de la comunidad Ladera Norte:

www.laderanorte.es

Correspondencia por correo electrónico a: [email protected]

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede realizarse con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones que marca la ley. Para fotocopiar o escanear fragmentos de esta obra, diríjase a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos), en el siguiente enlace: www.conlicencia.com

ISBN: 979-13-9903-967-2

Nota de los editores

La autora de este libro de pensamientos, Augusta Amiel-Lapeyre, era una persona extraordinariamente esquiva, celosa de su intimidad. Hasta tal punto que el paso que dio en 1913, cuando ya tenía 55 años, al exponer al público sus meditaciones, sus ideas más personales, no bastó para abrir del todo aquella coraza. Como detalle ilustrativo, el libro apareció firmado únicamente con sus iniciales.

A lo largo del tiempo siguió publicando ampliaciones de la selección original, en las que ya figuraba con su nombre completo. Rellenó, recogida en el jardín de su casa, cuatro cuadernos escritos a lápiz que también vieron la luz en cuatro ediciones sucesivas, la última en 1935. Pero no quiso que los libros incorporaran ninguna nota biográfica.

Conocemos sus fechas de nacimiento y muerte (24 de agosto de 1858-21 de enero de 1944), sabemos dónde vivió —siempre en el mismo lugar, Villegailhenc, un pequeño pueblo del sur de Francia— y con quién: su marido André Amiel y sus tres hijos. Poco más. Sin embargo, la popularidad de sus pensamientos, incluidos en numerosísimos repertorios, tanto en publicaciones periódicas o libros impresos como en antologías digitales, hace que su presencia en el mundo de la cultura sea permanente.

En esta edición damos a conocer al lector en lengua española una amplia selección de las máximas que publicó en vida e incluimos el lírico prefacio, tan cargado de simbolismo, que escribió el poeta Francis Jammes para la entrega de 1923. Completamos el conjunto con un estudio de su compiladora y traductora, Berta Vias Mahou, que descubre lo poco que se sabe de Augusta Amiel-Lapeyre y que hemos preferido colocar al final, como epílogo, dejando libre el camino hacia la lectura de estos Pensées sauvages, pequeñas perlas que nos abren la mente y el corazón de una mujer singular.

Índice

Cubierta

Título

Créditos

Índice

Prefacio a la edición de 1923, por Francis Jammes

Pensamientos salvajes

Cuadernos primero y segundo (selección de las ediciones de 1913 y 1923)

Cuadernos tercero y cuarto (selección de las ediciones de 1930 y 1935)

Epílogo de Berta Vias Mahou: Como hablaría y sonreiría una sombra

Guide

Coberta

Título

Start

Prefacio a la edición de 1923

Un día, mientras herborizaba bajo la lámpara, me sentí singularmente seducido por unos pensamientos salvajes que me dirigía una mujer. Me los había presentado —mejor imposible— uno de mis colegas, Gabriel Aubray, aunque ninguno de los elogios que les dedicó estaba por encima del color y las virtudes de aquellas plantas. Tampoco había ni una sola de sus flores que no fuera tan profunda como la noche azul y tan rica como el oro, tal y como puede uno observarlas cuando las sacude el viento.

¿Por qué fatalidad aquellos pensamientos habían dejado indiferentes a esas frívolas abejas que van de hoja en hoja criticando —mientras se nutren de ella— la miel de cálices puros? ¿Acaso los poco sutiles abejorros no supieron distinguir un aroma tan delicioso? ¿O es que el pensamiento, siendo hermano de la violeta y modesto como ella, no quiso salir de la sombra?

Sea como fuere, durante meses, aquel ramo me fascinó por su gracia, su arte, su calidad y su estilo, que lo ponen a la altura de los clásicos más concisos y más inteligentes. Aunque seguía siendo un misterio para mí. Y la florista, una esfinge.

Pero, ¿qué esfinge? A veces la imaginaba como una adolescente vestida de rosas a la que un hada había instruido en los secretos del alma sólo con la magia de su varita de avellano. Otras, semejante a una sibila que, en la flor de la juventud, ensalza sobre su trípode las enseñanzas recibidas de Apolo. O también similar a una vieja Parca, desenredando con lucidez sobre su huso el hilo complejo de los destinos.

Por fin, otro día, en el que me encontraba botanizando, ya no bajo la lámpara del invierno, sino en la temporada de las cigarras, cuando el melocotonero se cubre de una costra de avispas y la sombra del salón adquiere la frescura de una alcarraza, vi entrar a la dama de estos pensamientos.

Nada de París, ni de Bagdad, ni de Mysore, nada de la Lucie de Alfred de Musset, nada de la Pitia1, nada de la hermana hilandera2 cuya rueca se inclina bajo el pábilo humeante. Nada... más que una persona muy discreta, muy «como es debido», ni vieja ni joven, que se ignora ella misma, que habla y sonríe con mucha dulzura, como hablaría y sonreiría una sombra... Nada, digo, más que una mujer poseída por el genio de sus pensamientos en lo más recóndito de un pueblo del Aude que lleva el extravagante nombre de Villegailhenc...

¿Por qué alquimia, por qué adonismo3, aquella provinciana, a la que habría elogiado Pascal, había conseguido brindar esas flores, digamos, salvajes, pero a decir verdad de las más raras y concentradas?

Había alcanzado esa alta cosecha sin esfuerzo, alejada de los refinamientos y de las intrigas de hoy día, en el transcurso de una vida del color de una hoja de otoño, recostada en la terraza sobre una chaise longue, doliente y venerable como su hermana mayor Eugénie de Guérin4, con los ojos cerrados a la luz de las cegadoras labores del campo, pero abiertos de par en par al Cielo interior.

Francis Jammes5

Orthez, hacia 1920

1. La pitonisa del templo de Apolo en Delfos.

2. Se refiere a Cloto, una de las tres Parcas.

3. Culto a la belleza y la elegancia, afán contemplativo. En botánica, un estudio de las plantas cultivadas muy refinado, incluso hasta el exceso.

4. Eugénie de Guérin (1805-1848), mujer de letras francesa a la que marcó profundamente la muerte de su hermano menor, el poeta Maurice de Guérin (1810-1839), pocos meses después de su boda con Caroline de Gervain. Eugénie de Guérin fue una de las grandes musas del poeta Francis Jammes. Falleció a los 43 años, víctima de una enfermedad pulmonar.

5. Francis Jammes (Tournay, 2 de diciembre de 1868 - Hasparren, 1 de noviembre de 1938), poeta, novelista, dramaturgo y crítico francés, del que se hablará más extensamente en el epílogo.

Pensamientos salvajes

Cuadernos primero y segundo

(selección de las ediciones de 1913 y 1923)

 

 

Un pensamiento profundo es un fragmento de alma.

Nuestra vida sólo vale por lo que da de vida a los demás.

La distancia, que reduce la apariencia de los objetos, amplía la de las almas.

Para el hombre honrado la palabra es la envoltura del pensamiento. Para el mentiroso, la máscara.

Allí donde se ha instalado el dolor, hablad en voz muy baja y en un idioma especial.

Ven, charlaremos guardando silencio.

Nuestros amigos son los parientes de nuestra alma.

Huid de la gloria popular. ¡Tal vez os siga!

Los insensatos dicen lo que las personas razonables piensan, pero no dicen nunca.

Quienes no pueden alimentarse de esperanza se saturan de recuerdos.

El niño recibe un muñeco. Lo examina, lo destripa para ver «lo que hay dentro». ¡Lo que podrá hacer más tarde con el alma de su prójimo!

Muchas almas se comportan entre sí como —sin duda— las estrellas. Se miran y no pueden conocerse.

Cuántas personas se creen buenas y no son más que débiles.

«Yo». ¡Es bien pequeña esa palabra para contener nuestro egoísmo tan grande!

Si hace falta ver para mirar, hay que saber mirar para ver.

Los fuertes se vengan con actos. Los débiles, con palabras.

Hay verdades de orden especulativo que debemos simplemente presentir. Las precisiones parecen destruirlas.

¿Quieres que la humanidad te parezca perfecta? Sé ciego, sordo y mudo.

Hay en nuestras grandes penas un fondo de felicidad que nuestra limitada sabiduría tarda en descubrir.

Oír pronunciar con simpatía el nombre de un ser querido es sentir que una mano de terciopelo se desliza sobre nuestro corazón.

El recuerdo es el agua viva que se extrae del pozo profundo.

La desaprobación en los pacíficos se expresa por medio del silencio.

Se dice «creo en todo» cuando ya no cree uno en nada.

Frente a un escritorio, los pensamientos levantan el vuelo como los estorninos ante el espantapájaros.

Como una nuez sabrosa en su envoltura amarga, nuestras alegrías están atrapadas entre dos penas.

Cuando el corazón no tiene alimento, se devora a sí mismo. Sobre sus restos florece el egoísmo.

La simpatía es encontrar en otra alma las cualidades que preferimos.

Algunos aman a sus semejantes como el lobo amaba a Caperucita Roja.

Decimos con frecuencia que todo está dicho. Y, sin embargo, cada uno de nosotros cree que eso que a veces siente jamás ha sido expresado.

Es su necedad o su orgullo lo que permite al mentiroso creer que no se adivina su doblez.

Lanzar al ser humano un grito de desesperanza es pedir al eco que nos responda.

El corazón es como todo el cuerpo. Cuanto más envejece, menos le gustan los desplazamientos.

Cuando sufras, no te lamentes. Revestir el dolor con palabras es darle un cuerpo a lo que tal vez no fuera más que una sombra.

Sólo las personas felices viven en el presente. Los que no lo son se zambullen en el pasado o se lanzan hacia el futuro.

El alma humana yo la reconozco en esa catedral del Medievo, entregando a la masa de turistas sus bellezas arquitectónicas, pero reservando a unos pocos la intimidad de su altar secreto.

El Gran Viaje... Para muchos será la muerte.

Como el humo sigue al fuego, el dolor con frecuencia sigue al amor.

Si el tiempo es el segador implacable de los seres, también es, ay, el gran enterrador de los recuerdos.

La fuerza de un razonamiento definitivo es inversamente proporcional a su extensión.

Hay frases en las que las palabras no son más que las muletas de nuestro espíritu.

¡A veces uno se pregunta si Dios mismo está seguro de conocer el fondo de ciertas almas...!

Una ligera alegría es ese pálido rayo de sol entre dos grandes nubes bajo el cual, friolero, se reconforta uno.

En los periodos críticos de la vida social, las ideas liberadoras se encuentran en estado latente en muchos cerebros. Aquel que, el primero, las comunica se cree un precursor, cuando no es más que un portavoz.

Nos cuesta perdonar a nuestros amigos las ilusiones que sus defectos nos hacen perder.

Los desfallecimientos de un alma noble deberían humillar a todos los seres humanos.

El niño ve a sus padres a través de su corazón. Casado, los mira con los ojos de su cónyuge.

Las armas son el oficio del alemán. Y el violín de Ingres, el del francés1.

No viertas en un corazón amigo más que las palabras que puede contener.

En ocasiones las buenas gentes, pudiendo ver la vida a través de grandes ventanales, prefieren observarla a duras penas por un tragaluz.

A veces el hombre interrumpe su pensamiento como se represa una corriente. Y cuando viene la tormenta, el caudal que rebosa se lo traga todo.

Creemos en nuestras ocupaciones. No tanto en las de los demás.

Si no sientes que tu alma se ahoga en un cuerpo encadenado y enfermo, es que está tan herida y prisionera como él.

Su cuerpo a veces me parece un cadáver. Y su alma, el cirio que se consume a su lado.

¿Ves a esa mujer que trota alegremente? Difunde de casa en casa la noticia triste del día. La pena que sienten los demás basta para hacerla feliz.

En el camino de la vida, aquellos cuyo trayecto es largo no siempre son los que más desean detenerse.

Cuando echo al correo una carta en la que he vertido un poco de mi corazón me parece que sostengo una paloma y que la encierro en una jaula blindada.

El perfume etiquetado ha perdido ya parte de su esencia.

En los sensibles, el amor sigue a la piedad como el perro a su amo.

Para algunos, la justicia es como esos grandes personajes en los que creen sin haberlos visto nunca.

Las almas que se comunican profundamente son como esos reclusos que por medio de golpes sordos y repetidos logran conversar entre sí.

Nos sentiríamos tal vez bastante incómodos si Dios nos exigiera que cumpliéramos las promesas que le hacemos en nuestros cánticos.

Con la misma avidez examinamos la mirada de los recién nacidos y la de los moribundos, para leer en ellas la clave de un mismo enigma.

Para los que no tenían nada, hasta qué punto «un poco» se convierte en «mucho».