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Recorridos mínimos es la recopilación de trayectos realizados por un joven a lo largo de veinte años: la vuelta a casa en autobús desde el instituto, el trayecto en metro previo a una primera cita durante la época universitaria, un paseo por el barrio en pleno confinamiento… «Un baile frenético en un bar de madrugada. Un complejo que daba por superado. Una explosión en el barrio. Una madre llorando. El presentimiento de que todo irá a peor. Un bronceado mediocre al final del verano». Narrado en primera persona con la voz directa, precisa y sensorial de Rodrigo Gervasi, este libro es un elogio de la observación, del detalle, de lo cotidiano. A través de cada trayecto descubrimos que tras el deseo de orden y perfección del protagonista se esconde una ansiedad inexplorada, una realidad de padres divorciados y una homosexualidad reprimida. Una historia sin filtros de la distancia entre lo aparentemente anodino y lo extraordinario.
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Seitenzahl: 149
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Fue durante una bonita y ordinaria tarde en un café de Almirante Reis cuando comentamos, casi lamentando, la pérdida del viaje en nuestro mundo contemporáneo. Me sitúo en aquella avenida lisboeta fácilmente porque esta es una de esas conversaciones que nunca se olvidan y este es un libro donde el escenario importa. Importa porque te acompaña sin quererlo. «A Madrid llegas en pocas horas desde cualquier punto de la península», fue la frase más sonada de ese debate que mantuvimos mis amigas y yo, por aquel entonces estudiantes de Filosofía y Letras, sobre las ciudades, sus formas y los diferentes tipos de traslados que realizamos entre ellas. Más allá del magnético centralismo de la capital, estábamos de acuerdo en que ya nada transcurre lento. Si por nosotros fuera, plantaríamos árboles y engendraríamos personas en cuestión de segundos. Aún se nos resisten algunas cosas, pero desplazarse no es una de ellas.
Pasaron varios meses después de la inolvidable conversación hasta revivirla con Rodrigo, de nuevo, en un café, esta vez en la Plaza de la Cruz Verde, cuando hablábamos del aún embrionario Recorridosmínimos. El manuscrito inicial lograba recoger lo que en su día habíamos divagado: un retrato de esos tiempos que muchos reconocerían como un tiempo perdido, una descripción de los espacios intermedios, de las transiciones entre un quehacer y otro. De todas formas, no quisiera que se me malinterpretase, soy consciente de que avanzar a mayor velocidad conlleva ventajas al proporcionarnos un significante ahorro de tiempo, pero se siente como si trasladarse fuera tedioso. Para algunas personas esos espacios carecen de valor y para Rodrigo son la vida misma. La vida explicada a través de interludios.
Antes todo viajero incluía en su bitácora la experiencia del traslado. Conservo en la mía, por ejemplo, el número de paradas que realiza un Socibus desde Cádiz hasta la estación de Méndez Álvaro y sus diferentes aspectos: en estaciones de grandes y pequeñas dimensiones, con y sin marquesinas, céntricas o perdidas en medio de la nada. Por recordar, recuerdo el letrero luminoso de la estación de servicio de Pedro Abad. Es de neón rojo y tipografía estilo Aisle Seats JNL. Pido disculpas de antemano por llevármelo a lo personal; resulta inevitable cuando hablamos del commute: trayectos cotidianos que nos definen. De casa al trabajo, del trabajo a casa, las idas y vueltas al supermercado. Sabemos cuántos segundos duran determinados semáforos en rojo, pegar un esprint o ceder el paso es solo una decisión personal que nos lleva a distintos escenarios previamente experimentados.
Querido lector o lectora —siempre he deseado decir esto—, lo que vas a leer a continuación es un conjunto de recorridos mundanos, especiales, atípicos, abstractos, oníricos, pasados, actuales, que configuran la entidad de alguien. Narrados en primera persona del presente, esta recopilación de trayectos pretende llevarte al momento exacto en el que se desarrollan para comprenderse a través de los ojos de su instante, sin ser adulterados por el paso del tiempo y, así, verse como cotidianos. No todos, sin embargo, lo son. Esta historia, como la vida misma, es una combinación de escenas monótonas que se completa con otras únicas e irrepetibles.
PabloPérezReal
Trayecto del instituto a casa de mi madre
17:30 – Cada palabra pronunciada por el profesor se superpone en forma de imagen sobre las agujas del reloj que miro fijamente desde hace quince minutos. En cuanto suena la campana arranco la huida. Adiós. Atravieso el pasillo corriendo, salto las escaleras y abro la puerta principal de un empujón. El frío de la calle se amolda a mis nudillos. Me abro paso entre charlas acerca del desarrollo del día y las expectativas del mañana. Pocas personas visten bien y yo no soy una de ellas. Todos queremos ser admirados. Esquivo a los cuerpos que obstruyen el camino modificando mis pasos bruscamente. Al sortear un torso doy un codazo. Es lo que hay. No dejo de pensar en que sin tanto barullo podría oír el río.
Frente al liceo, pegados al borde de la acera, una hilera de autobuses aguarda con las puertas abiertas. Tarjetas de transporte en mano y mochilas a la espalda, nos montamos en masa. La hostilidad en el interior es extenuante: la peste a sudor se siente en el paladar, el tembleque del motor agita hasta el último milímetro de la carrocería y las risas desmedidas retumban en mis oídos como lo hacen decenas de conversaciones simultáneas en un restaurante de carretera mal insonorizado. Al ver que nadie se inmuta procuro no darle importancia. Me acomodo en un hueco libre apoyando las rodillas contra el asiento de enfrente y las mantengo inmóviles para que el de delante no se queje. Observo la repetición de patrones en la tapicería del respaldo mientras repaso mentalmente las tareas que haré al llegar a casa. Rectángulos rojos de diferentes tamaños flotan en un fondo azul marino. Si consigo acabar los deberes antes de las ocho podré ver el telediario de LaSexta. Me fascina la capacidad de la gente para hablar sin parar. Juzgo y envidio. Durante esta media hora que compartimos espacio no hay un segundo de silencio. Carcajadas ensordecedoras, gestos abruptos y fragmentos de frases cuyo contexto desconozco. Me aíslo con los auriculares. Escojo una canción de Hannah Montana y seguidamente preparo en el menú del iPod una lista de reproducción de música electrónica por si alguien me pregunta qué estoy escuchando. Al apoyarme contra la ventana mi cabeza vibra de una forma tan molesta como placentera. Cierro los ojos. Estoy bien aquí: la sensación de transitar, de saber que mi presencia es puramente pasajera y tiene como único fin terminar, me tranquiliza. Me fuerza a vivir el presente de una forma que no logro alcanzar en ningún otro contexto. Mi existencia se vuelve tenue, prácticamente transparente.
Abro los ojos al notar la curva de la rotonda del Pont de Lisboa, aliada perfecta que me avisa suavemente de que ya estamos en La Massana. Las fachadas de piedra de los edificios del pueblo se mimetizan con la montaña, salvo una que es de cemento. Cada vez que la veo, pienso en una manera de reformarla. Ideo diseños austeros y otros ambiciosos, desde reemplazar las barandillas de aluminio por unas de madera a convertir las medianeras en enormes jardines verticales. Está claro que así no puede quedarse. Se acerca mi parada y el botón de aviso está estropeado. Por desgracia, no parece que nadie más vaya a bajarse. Me aclaro la garganta y pego un grito al chófer esforzándome por sonar masculino.
Una vez en la calle echo un vistazo al reloj y calculo mi tiempo de ducha en función de la hora. Catorce minutos. No está mal, ayer fueron diecisiete y hace dos días seis. De pie ante el paso de cebra, clavo la mirada en los ojos del conductor constriñéndole a frenar. Pasa de largo. No se lo tengo en cuenta si levanta la mano en señal de disculpa, en alguna ocasión mi madre, que conduce estupendamente, también se lo ha saltado. Ahora sí, cruzo despacio para fastidiar.
Al entrar en el portal veo que el calor de las luces está dejando manchas negras sobre el gotelé recién pintado. ¿Tan jodidamente difícil era poner leds? Pulso el botón del ascensor y subo hasta el sexto. Suerte que no habla, los ascensores que hablan me hacen sentir solo. – 18:16
Trayecto de la discoteca de moda a casa de mi madre
03:58 – A las puertas de la discoteca las conversaciones se intercalan con sonrisas desafiantes y caladas a cigarros de menta. No sé de quién fue la idea, pero las noches de los viernes existen únicamente para salir de juerga. Los chicos miran a las chicas y estas caminan seguras de sí mismas sabiendo que ya han descifrado la vida. Estamos repletos de sueños o al menos hemos descubierto que hay un hueco en nosotros destinado a albergarlos. Pese a que he bebido más de la cuenta me encuentro sereno; será el frío de la montaña junto con la boloñesa que he cenado. Hace escasos veinte minutos hubiera deseado que la noche durase para siempre y ahora solo pienso en el alivio que sentiré al desplomarme en la cama. He recordado quién soy, y todo lo que ello conlleva. Me asusta haberlo olvidado y odio tenerlo presente. Irse de fiesta supone un extenso protocolo de supervivencia, desde controlar mi manera de hablar a adaptar las posturas en las que me siento. Parecer relajado sin estarlo. Alargo el botellón porque no puedo bailar fuera de mi cuarto.
Me alejo sin despedirme evitando miradas que interrumpan mi huida. Son las cuatro de la mañana pasadas y he perdido el último bus. Me sabe mal tener que coger un taxi, pero es preferible a subirse al coche de un borracho. Caliento el móvil entre las manos y mientras tecleo el número de teléfono del taxista busco una referencia con la que indicarle mi ubicación. La fuente de piedra frente a la telecabina. En lo que llega reviso los Snapchats que he subido e imagino la reacción de la gente al verlos. Me hacen gracia los vídeos de Felipe tomando chupitos y me acuerdo de que antes de entrar al garito nos hicimos una foto del grupo completo. Estoy seguro de que cuando la cuelgue en Facebook será un éxito. Salgo favorecido en la parte inferior junto a Miguel. Evito a toda costa quedarme en los extremos, el lugar de los acoplados.
Subo en el taxi sin tocar la carrocería a lo Kim Kardashian, deslizándome en el interior como si conociera sus medidas a la perfección. Una vez sentado, antes de cruzar miradas con el conductor por el reflejo del retrovisor, me fijo en el taxímetro para comprobar cuánto cuesta la tarifa nocturna. Pronuncio un bonanit en el tono más neutro posible y le digo mi dirección. El calor de la calefacción y el silencio de la radio apagada son una gozada. Asiente con la cabeza, quita el freno de mano y emprende la ruta. La nieve pegada a la suela de mis zapatos se derrite sobre la alfombrilla del coche, dejándola tan suave que podría confundirse con una toalla de baño. Acelero el proceso rozando las suelas entre sí, hipnotizado por el balanceo de los cordones desatados. Son péndulos porque así lo he decidido. Los transformo en látigos, pendientes de gala, trazas de neumático y colas de caballo. Suficiente, ya no son nada. Apoyo la frente contra la ventanilla y aunque no veo la carretera siento el recorrido en mi cuerpo. Me gustaría saber cuántas veces tendré que repetirlo hasta aprenderlo de memoria. De momento el frío del cristal me mantiene despejado en los giros inesperados.
Al llegar a La Massana la luz de las farolas se cuela en el coche de forma intermitente. Si cierro los ojos sigo notando sus destellos, hay algo en ellos que revuelven mis adentros. A pesar de acercarme al vacío son diminutos pellizcos que evidencian que existo. Tal vez resida ahí la intensidad de la vida.
Pasamos delante de los comercios del pueblo y observo los escaparates, tengo vivencias almacenadas en el interior de cada uno de ellos. De la carnicería Ángela recuerdo los rollitos de jamón y queso rebozados que nos freía mi madre a la hora de cenar. Tocábamos a dos por cabeza, pero el primero nunca lo disfrutábamos, recién salido de la sartén chorreaba aceite hirviendo y nos abrasaba la lengua. Por muy prevenidos que estuviéramos, resistirse a darle un bocado resultaba imposible. A menos de cien metros de casa el taxi se detiene en un semáforo rojo y el contador sigue avanzando. Comienzo a temblar. Abro la puerta. Echo a correr. Siento en cada paso la dureza del suelo atravesando mis piernas. El rostro del taxista se tiñe de color verde y arranca de nuevo. Le indico cuál es mi edificio y, tras comprobar que tengo el móvil, las llaves y la cartera, le tiendo un billete de veinte, cojo el cambio y, ahora sí, me bajo del coche. Doce euros no hubieran compensado el peso de conciencia de irme sin pagar.
Pulso el interruptor y se ilumina el portal al completo. Con una lámpara de una sola bombilla hubiera bastado. Tanta claridad despierta preocupaciones: transmite un rigor que no logro igualar, me muestra los recovecos del espacio y yo continúo hecho un lío. Por suerte a estas horas no me permito echarme nada en cara. Mañana, cuando despierte, haré los deberes y comeré una pieza de fruta. Mejoraré poco a poco. Los comienzos grandiosos requieren demasiadas emociones. Espero al ascensor sentado en el tercer peldaño de las escaleras, sujetando mi cabeza entre los puños con los codos apoyados sobre las rodillas. Estoy tan cansado que permanezco inmóvil hasta que oigo el sonido de la cabina alcanzar la planta baja. Se abre la puerta automática y me monto. No quiero verme en el espejo. Preparo la llave para introducirla en la cerradura. Me miro en el espejo. Aunque entro en casa sin hacer ruido, sé que mi madre me ha oído. Bebo un litro de agua en la cocina, me cepillo los dientes en el baño y compruebo por última vez el móvil, bajo el edredón, en mi habitación. – 04:27
Trayecto de la residencia universitaria a casa de Guille
20:02 – Ya es viernes, las clases han terminado por la mañana y me he tirado el día en el escritorio leyendo sentencias para no tener que hacerlo durante el fin de semana. Ojearé la última que me queda mientras veo a Guille jugar al pádel en su partido del sábado; el resto del tiempo estaremos juntos. Doy vueltas en la habitación sin tocar las paredes, he acumulado en ella tantos pensamientos que a veces no quepo ni yo. Debería desprenderme de ellos y así despejarme, de momento hasta el domingo por la noche no volveré a verlos. Meto en una mochila un puñado de ropa arrugada y salgo al pasillo. De ahora en adelante soy solo ocio.
Salto los peldaños de las escaleras de cinco en cinco sintiendo mi peso en las plantas de los pies. Las puertas cortafuegos se abren y cierran acompañadas de voces que hablan por teléfono. Mantengo la mirada en el suelo negro grisáceo, la luz natural ilumina únicamente los descansillos que tienen ventanas. Me tropiezo y sigo bajando. Los tablones de anuncios del vestíbulo invitan a eventos a los que nadie irá. No respiro por la boca porque hay gente a mi alrededor y restriego la lengua empapada de saliva por el paladar. Saboreo mi cuerpo. Un chico moreno en vaqueros lee una novela sentado en el sofá junto a la entrada, sus rizos cuelgan hasta la altura de sus cejas y la expresión en sus labios transmite tensión. Parpadea lentamente al pasar de página con los dedos cargados de anillos y cuando levanta la vista se topa con la mía clavada en su rostro. La aparto tan rápido como puedo. Si me hubiese dirigido la palabra le habría contado un secreto. Ya he olvidado sus facciones. Según mis cálculos tardaré una hora y media en llegar a casa de Guille. Demasiado. Le mando un mensaje para avisarle de que ya estoy en camino y le pido sutilmente que me prepare algo rico para cenar. Con ese algo sabe perfectamente que me refiero al arroz brillante Basmati con tomate frito artesano del Mercadona y los sanjacobos a 0,99 euros el paquete de cuatro.
El campus está desierto, con el cierre de las facultades se convierte en una mera zona de paso. Avanzo despacio con un solo propósito: desenredar los auriculares sin estresarme. Deslizo el cable de goma entre los dedos y desato, en una ardua tarea que me drena por dentro, un nudo tras otro. Ojos que solo ven manos y yemas endebles arañadas por uñas inertes. Una vez lo consigo, ignoro el logro. Celebramos poco. Me pongo a escuchar las canciones que le gustan a Guille por la mera razón de que quiero pensar en él. El sol ya se ha puesto pero las farolas todavía no se han encendido. Distingo la antigüedad de los adoquines en función de su color, los que están recién colocados no han tenido tiempo de aclararse. La acera se ha convertido en un mosaico de reparaciones estivales. Me inquieta la aridez del paisaje y busco consuelo en la idea de que Madrid siempre ha sido así, o al menos eso me aseguró mamá durante un viaje en coche a León.
