René Blattmann - Maurus Held - E-Book

René Blattmann E-Book

Maurus Held

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Beschreibung

René Blattmann: Su nombre es ley invita a redescubrir a un jurista cuya labor impactó profundamente nuestras vidas. A través de entrevistas íntimas, el periodista suizo Maurus Held nos acerca a este boliviano-suizo, cuyas "Leyes Blattmann" modernizaron la justicia en Bolivia, y revela capítulos menos conocidos. Entre otras cosas, Blattmann dirige posteriormente el Departamento de Derechos Humanos de la Misión de Paz de la ONU en Guatemala (MINUGUA). En 2003 es nombrado Juez de la Corte Penal Inter- nacional en La Haya y, tres años más tarde, fue elegido, por sus pares, como uno de sus vicepresidentes. En la CPI participó en el primer juicio, sentenciando al señor de la guerra Thomas Lubanga. Desde juicios históricos por crímenes contra la humanidad hasta la creación de principios jurídicos universales, Blattmann se consolida como una f igura clave del derecho global. Un relato ameno que guía al lector por la evolución del derecho internacional, desde la Edad Media hasta la actualidad.

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Seitenzahl: 263

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Título de la primera edición:

René Blattmann – Sein Name ist Gesetz

©️ 2023 rüffer & rub Sachbuchverlag GmbH

ISBN: 978-3-907351-20-8

Fotos: propiedad de René Blattmann, excepto:

p. 109 (arriba): © Andreas Kirsch

p. 146 Ministerio de la Presidencia, 1993

p. 157 © ICC-CPI /Coalition for the ICC;

Fuente: www.flickr.com/photos/coalitionforicc/4584009547

© Maurus Held, 2025

© Plural editores, 2025

Primera edición: mayo 2025

d.L: 4-1-3236-2025

ISBN (impreso): 978-9917-34-102-4

ISBN (digital): 978-9917-34-143-7

Producción:

Plural editores

c. Jacinto Benavente Nº 2255

Teléfono: 2411018 / Casilla 5097 / La Paz, Bolivia

e-mail: [email protected] / www.plural.bo

Diagramación digital: ebooks [email protected]

Para Marianne

Índice

Prólogo

Introducción

001 De Basilea a la selva

002 Con un lápiz contra el mal

003 El color del dinero

004 “Un país sin justicia es como tierra sin agua”

005 Bolivia merece más: el nuevo ministerio de Justicia

006 El héroe del pueblo con los regalos de Navidad

007 Juego con cartas boca abajo

008 “Se hace camino al andar”

009 El horticultor de legumbres de Ituri

010 Testimonios que erizan la piel

011 Paz mediante la justicia

012 Los idealistas son necesarios

Hechas las sumas y las restas, Goni no debió haberse presentado para su segunda presidencia en 2002. Habría sido mejor que nos dejara con el buen sabor de su primer mandato (1993-1997), marcado por la Ley de Participación Popular, la Ley 1602 de Abolición de prisión y apremio corporal por obligaciones patrimoniales, la Ley 1685 de Fianza juratoria (las leyes Blattmann por excelencia) y, entre otras cosas, el controvertido proceso de capitalización de empresas estatales. Este último, más agrio que dulce, pero en última instancia, necesario.

El primer gobierno de Goni fue la última gestión presidencial completa del siglo xx. Navegó en la dirección correcta y, no lo sabíamos aun, no importa en qué dirección hubiera navegado, fue un acercarse inexorablemente al cambio de siglo, que fue también un cambio de ciclo y de signo histórico, una tempestad tan inconmensurable que ningún capitán hubiera podido capear sin sufrir grandes daños o perecer políticamente en el intento, como de hecho sucedió.

Este libro revela que, en 1997, René Blattmann, candidato del mnr designado por Goni y confirmado por la asamblea movimientista, pudo haber derrotado a Banzer en las elecciones de ese año. No obstante, el mnr le retiró su apoyo, dejándolo sin opciones y forzando su renuncia.

Hugo Banzer, el ganador de esos comicios, quedó atrapado en los engranajes de la historia. En su intento por redimirse de su dictadura (1971-1978), se presentó en seis elecciones y ganó dos (1985 y 1997), logró facilitar la gobernabilidad durante el período de la democracia pactada, pero sufrió la devastadora pérdida de sus dos hijos en el camino. Su gobierno democrático, empero, fue un fracaso, porque ya iba a contrapelo de la historia. Los cínicos podrían argumentar que su dictadura fue mejor como dictadura que su presidencia democrática como tal.

¿Qué habría sucedido si el mnr hubiera respaldado a Blattmann y este triunfaba en las elecciones de 1997? Es una pregunta que él se planteó muchas veces, aunque hoy ya no le preocupa. Lo más probable es que hubiera corrido la misma suerte que Banzer y, más tarde, Goni: habría sido devorado, quizás, por una historia que ya no era suya. El destino nos traía a Evo Morales. Y si no era Evo, habría sido un Felipe Quispe, un Oscar Olivera o un Roberto de la Cruz.

El largo dominio del mas (que accedió al poder en 2006 y permanece en el poder mientras se escriben estas líneas, 2024) nos ha separado de ese pasado cercano con una pesada cortina. La democracia pactada (1985-2005), que muchos vivimos, parece hoy tan distante y ajena como las luchas entre el Partido Liberal y el Conservador, o entre el purs, el pir y el Partido Republicano Genuino de épocas pretéritas.

A pesar de esta impresión de lejanía, las reformas judiciales de René Blattmann, como la mencionada Ley 1602, están a la vuelta de la esquina en términos históricos. Gracias a él, Bolivia adoptó leyes que garantizaron el debido proceso y la defensa pública, reformando un sistema penal que estaba desfasado en siglos. Antes de esas reformas, en Bolivia aún se encarcelaba a las personas por deudas, una práctica que la mayoría de las naciones había eliminado, algunas de ellas, hacía mil años. Antes de hacerse cargo del ministerio de Justicia, primaba en Bolivia una frase que se encuentra en el libro: “Cuantos menos derechos tenga el individuo, más segura estará la comunidad.” René habría de cambiar aquello, aunque fuere por unos pocos años.

Estas reformas apuntaban a la modernización del obsoleto y corrupto sistema judicial boliviano. Pero la victoria de Banzer en 1997 marcó el inicio de su desmantelamiento. Peor aún, la llegada de Evo Morales al poder en 2006 supuso su destrucción y borrado de la memoria colectiva. Hoy requiere un esfuerzo recordar esa época que prometía un futuro mejor para la justicia y el país.

Como bien apunta el politólogo Diego Ayo: “El mas no refundó nada: destruyó sin crear. Donde antes decidía el Defensor del Pueblo, decidió Evo; donde antes deliberaban los congresistas, decidió Evo; donde gobernaban las autoridades locales, decidió Evo”. La institucionalidad se desmoronó y con ella las reformas de Blattmann.

Pero este libro no es un ejercicio de nostalgia gonista. Aunque revive las políticas y reformas del primer gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, también narra la conmovedora historia de los descendientes del suizo Karl Blattmann, pionero del auge del caucho, y su esposa, Cristina Oyola, descendiente de un cacique indígena Baure, en el amanecer del siglo xx. Su hijo, René Carlos, vivirá en carne propia el choque entre ambas culturas en un episodio que dejará una profunda impresión en los lectores.

Al final, ser abandonado por el mnr y renunciar a la candidatura fue lo mejor que le pudo pasar a René Blattmann. Como dicen, Dios no cierra una puerta sin abrir una ventana. Y qué ventana: Blattmann pasó de ser un ejemplar ministro de Justicia a ser postulado por Bolivia como juez para la naciente Corte Penal Internacional y, contra todo pronóstico (pues era un outsider y Bolivia no sabe de lobbies), resultó elegido. Durante nueve años y medio, Blattmann fue juez en La Haya, llegando a ser vicepresidente de la cpi durante cuatro. René es uno de los muy pocos bolivianos que han alcanzado la cúspide de su profesión a nivel mundial. Pero su carrera ni siquiera acaba ahí.

Tenía que ser un suizo, Maurus Held, el autor de este libro, quien nos sacuda de este letargo fatalista. Al descubrir en sus cercanías la vida de René, este boliviano-suizo extraordinario, nos recuerda a los demás bolivianos que hemos dejado en el olvido una época y una historia de esperanza. Es hora de despertar, valorar lo logrado y reconocer que nuestro país sigue produciendo personas excepcionales. Solo hay que alzar la mirada más allá de la mezquina y asfixiante coyuntura.

Finalmente, quiero hacer a continuación un mea culpa e intentar hacer una reparación personal, aunque fuere parcial, a René. René Blattmann y quien suscribe estas líneas somos exalumnos, con 16 años de diferencia, del Colegio Alemán Mariscal Braun de La Paz. Desde siempre una excelente entidad educativa, en 2019 la Fundación Robert Bosch le otorgó el premio al segundo puesto como uno de los mejores colegios alemanes. No como el segundo mejor colegio alemán en el extranjero, sino como el segundo mejor colegio alemán contando a todos los colegios de la propia Alemania. No es poca cosa.

En 2023 el Colegio Alemán Mariscal Braun celebró su centenario. En ese marco, quien suscribe estas líneas estuvo a cargo de coordinar el libro conmemorativo correspondiente. Con el equipo multigeneracional a mi cargo, elaboramos una lista de los exalumnos destacados que debían figurar, ya fuere con artículos dedicados, o escritos por los mismos protagonistas, o por terceros, o bien, sólo menciones y referencias, pues en 100 años el camb produjo, entre hombres y mujeres de primerísimo nivel, cancilleres, ministros, jueces de la Corte Suprema, alcaldes, poetas, artistas plásticos, músicos, empresarios, filántropos, atletas y un largo etcétera.

Un año después, durante las primeras conversaciones con Maurus y René para llevar a cabo esta traducción que el lector tiene en sus manos, el corazón me dio un salto. ¿Figuraba en el libro René Blattmann, juez de la Corte Penal Internacional? Con el teléfono en la oreja, mi cerebro se negaba a negar o confirmar esta sospecha ardiente, así que en el acto acudí al anaquel de libros, abrí mi ejemplar y… no. El nombre de René Blattmann, juez de la Corte Penal Internacional, no figura en el libro conmemorativo de los 100 años del Colegio Alemán Mariscal Braun. Ni siquiera una mención, mucho menos un artículo dedicado. Ese libro, estupendo como es, me parece por ello herido de muerte. Se me pasó a mí, a mis dos excepcionales colaboradoras y a los miembros del Centro Escolar Alemán, alguno de ellos muy amigo de René, habiendo sido René el abogado a cargo de la parte legal de la construcción del nuevo Colegio a fines de los 80 y principios de los 90.

Lo que sigue son puras excusas, pero las debo intentar y tiene que ver con lo dicho al principio de este texto. La asunción del poder por Evo Morales en 2006 constituye un corte a cuchillo de la historia reciente. Como decimos más arriba, el país no ha vuelto a pensar, reflexionar o discutir sobre ese tiempo. René Blattmann pertenece a ese inmerecido olvido. Con el agotamiento del ciclo del mas, empiezan a publicarse libros acerca de aquel tiempo. Este es uno de ellos y sin duda será uno de los más importantes.

Chapeau, René y Maurus.

Robert BrockmannTraductor del libroLa Paz, septiembre de 2024

“García Márquez utiliza un estilo llamado realismo mágico. En un escenario por lo demás real, de repente suceden cosas mágicas que son inexplicables para el lector, pero bastante normales para los personajes, ¿y sabes qué? Por algo se asocia este estilo con Sudamérica…”

Un ciudadano suizo-boliviano que, lejos de Suiza, en su otra patria, como ministro de Justicia, da a miles de indígenas la libertad que tanto tiempo llevaban anhelando, se convierte en una figura popular y más tarde ejerce como juez en la Corte Penal Internacional de La Haya: esta vida tenía que ser contada. No lo dudé ni un segundo, sobre todo porque René y sus logros son prácticamente desconocidos en Suiza. Escribí la semblanza en un santiamén, me fascinaba todo lo que me contaba y explicaba. Ya mientras lo escribía confiaba en que el texto llegaría al Charakterköpfe, como en efecto sucedió. El libro se publicó en agosto de 2021, pero solo me di cuenta del verdadero potencial de la colaboración con René cuando nuestro retrato fue finalmente seleccionado como uno de los cuatro mejores de un total de 28 y ganó un premio.

“¿Realmente ganamos? Pucha, Maurus, necesito un trago.” “René, tengo una idea…” “Sabes, Maurus, si quieres escribir mi biografía, no necesitas usar elementos del realismo mágico. Mi vida ya tiene suficiente de ellos”.

Y así nos pusimos manos a la obra. Investigamos y rebuscamos en expedientes judiciales, textos jurídicos y artículos de prensa. Localicé a antiguos compañeros de René, escribí varios correos electrónicos e hice llamadas telefónicas a Sudamérica. Él me dio un curso intensivo de jurisprudencia, en el que aprendí Derecho romano-germánico y principios de common law, pero sobre todo la historia del Derecho internacional. Como juez de la Corte Penal Internacional de La Haya, René contribuyó significativamente a darle forma al Derecho internacional, y por eso este libro contiene tres breves pero importantes digresiones sobre este tema. El primer capítulo también contiene una anécdota sobre el notario boliviano Victoriano Hurtado. Fue la única persona viva que René conoció que había alternado personalmente con su abuelo Karl. Karl, que emigró de Basilea a Bolivia en 1905, marca el comienzo de la historia de los Blattmann lejos de Suiza y, por consiguiente, también de este libro. A partir de entonces, la vida de su nieto se narra cronológicamente, con flashbacks individuales a su pasado y al de su familia, que sirven de interludio.

Un total de 17 sesiones, obstaculizadas a lo largo de un año y medio –debido a la pandemia de coronavirus debí acudir unas cuantas veces más–, dieron como resultado unas 80 horas de material de audio grabado y unas 50 páginas de notas apenas descifrables. El resultado es esta biografía que el lector tiene ahora en sus manos. Se necesitó mucha paciencia, perseverancia, dedicación y disciplina. Pero, sin duda, ha valido la pena.

“Maurus, ¿y los elementos del realismo mágico?” “Pero René, tú dijiste…”

Por último, pero no por ello menos importante, sólo me queda dar las gracias. Gracias, René, por tu confianza, por esta apasionante, instructiva e intensa colaboración. Escribir tu biografía fue un gran placer y siempre lo recordaré con cariño, así como las muchas conversaciones, paseos y almuerzos más allá del trabajo.

También me gustaría dar las gracias a la editorial rüffer & rub por su magnífica y sencilla colaboración; a Anne Rüffer por la confianza depositada en mí y en mi proyecto, a Felix Ghezzi por la edición, a Saskia Nobir por el diseño de la portada y la maquetación. También me gustaría dar las gracias a Kathia Saucedo, Nelly La Mar, Arturo “Zorro” Yáñez Cortés y Godofredo Reinicke, que respondieron a todas mis preguntas en muy poco tiempo, a pesar de la diferencia horaria entre Europa y Sudamérica. Me gustaría dar las gracias a Jan Müller y Sven Micossé por sus diversas sugerencias durante el proceso de redacción y el diseño de la portada, así como a mis padres, mi hermana y Richi Hänzi. Él, tanto como Pablo Blattmann, merecen un agradecimiento especial: gracias a su iniciativa surgió la primera idea de que esto sería un libro. Por último, pero no menos importante, quisiera dar las gracias a Robert Brockmann por su excelente traducción al español y a José Antonio Quiroga, de Plural editores, por su confianza en nuestro proyecto.

Unos meses antes, en otoño de 1905, Karl Blattmann, el abuelo de René Blattmann, había salido de Basilea, su ciudad natal suiza, como consecuencia de una oferta de trabajo de la empresa francesa Braillard & Co. en París. Braillard era una empresa comercial que había descubierto que se podía ganar mucho dinero con el caucho en la segunda mitad del siglo xix. La forma natural de esta sustancia lechosa se obtiene del árbol del mismo nombre, y este árbol, cuyo nombre científico es Hevea brasiliensis, crecía en aquella época sólo en las interminables extensiones tropicales de la cuenca del Amazonas. Hasta entonces, las llanuras aluviales del Amazonas se habían considerado inadecuadas para establecer colonias agrícolas, razón por la cual pocos colonos europeos probaron suerte en este rincón del mundo. El descubrimiento del caucho iba a cambiar esta situación. Así que Braillard envió empleados desde París a Brasil, Bolivia y Perú para que trabajaran sobre el terreno con sus empresas matrices en la promoción de la extracción del caucho, transportando enormes cantidades de caucho por los innumerables afluentes del Amazonas hasta el océano, desde donde se organizaba finalmente su transporte a Europa y Estados Unidos. Para superar los retos comerciales y logísticos, la empresa necesitaba contratar a hombres experimentados que entendieran su oficio y pudieran establecer una buena relación con los trabajadores locales. Karl Blattmann habría de ser uno de ellos. A este joven de 23 años siempre le había gustado viajar, ver cosas nuevas, salir de lo conocido para encontrarse con lo desconocido, era un fotógrafo apasionado y fotografiaba con su cámara de fuelle todo lo que le fascinaba. Así que, sin pensarlo mucho, aceptó la oferta de trabajar como director en una sucursal en el extranjero. Un par de semanas después partió hacia París, desde donde viajó a Ámsterdam y, luego en barco, al Callao, en Perú. Una vez allí, serían otros 2.000 kilómetros por tierra hasta el destino final: Riberalta, Bolivia.

Riberalta se encuentra en la selva profunda del norte de Bolivia, en el departamento del Beni, cerca de la frontera con Brasil, donde confluyen los ríos Madre de Dios y Beni. El pueblo fue antaño el hogar de los Pacahuara y los Chácobo, dos tribus indígenas que durante mucho tiempo consiguieron defender férreamente sus comunidades de la invasión de los colonos europeos y preservar sus culturas y tradiciones. El nombre de Riberalta se compone de las palabras ribera y alta, pero antes de que los extranjeros, que poco a poco consiguieron romper la muralla de defensa indígena hacia finales del siglo xix, dieran a la aldea este nombre, sus habitantes la llamaban cariñosamente Pamahuayá, “lugar de frutas”. La chirimoya, o manzana de nata, o la jabuticaba, las cerezas de tronco de árbol, crecen aquí por doquier, en los campos, en los jardines, a lo largo de ambos ríos, en la selva, y al igual que estas frutas han crecido siempre allí, también lo hacen los árboles del caucho. En quechua caucho significa “madera que llora”, y en retrospectiva puede que fuera una triste premonición, ya que la llegada de los comerciantes de ultramar marcó el inicio del declive de Pamahuayá y el auge de Riberalta, tal como se la conoce hoy. La ciudad fue fundada oficialmente en 1885 por Federico Bodo Clausen, como Karl Blattmann, un suizo que había seguido a su espíritu pionero por el ancho mundo en busca de felicidad y prosperidad.

Tras 23 días a bordo del “La Plata”, Karl Blattmann y otros empleados de Braillard llegaron al puerto del Callao. Inmediatamente prosiguieron su viaje vía Arequipa y cruzaron la frontera boliviana por La Paz, a lo largo de los Yungas, una región de profundos valles subtropicales en dirección a Reyes y El Cerrito, hasta llegar finalmente a Riberalta. Allí fueron recibidos por comerciantes franceses, suizos y de otros países europeos, e inmediatamente se familiarizaron con la infraestructura local, muchos de los cuales habían abandonado su patria años antes y se habían construido una nueva vida en la selva boliviana. Los ejecutivos eran fácilmente reconocibles por su elegante indumentaria, ya que vestían de blanco la mayor parte del tiempo debido al clima tropical. Camisas blancas de lino, pantalones blancos, zapatos blancos. Parecían médicos, y algunos lo eran, porque los molestos mosquitos, desconocidos en Europa, hacían que la gente enfermara con frecuencia de malaria o dengue. La Braillard incluso había creado su propio hospital para estos casos. Los fines de semana salían a pasear con sus perros y un puma que Karl tenía como mascota, o cabalgaban por la inmensidad de la selva. No se relacionaban demasiado con la población indígena del pueblo. Dependiendo del tiempo que llevaban aquí, su conocimiento del español aún no era lo suficientemente bueno como para entablar una relación más estrecha con ellos, o bien los propios indígenas hablaban poco o nada de español. Y aunque se hubieran superado las barreras lingüísticas, igual los extranjeros habrían sido recibidos con gran desconfianza por parte de los indígenas. La llegada de los conquistadores a partir del siglo xvi les había enseñado que el curso de la historia podía ser alterado por extranjeros en un santiamén de un modo que ni siquiera imaginaban. Esto quedó inevitablemente grabado en su memoria colectiva.

Por eso, Karl Blattmann se esforzaba en tratar a los trabajadores indígenas de Braillard con decencia y respeto, y en mostrarles que no les era hostil. Se ocupó de ellos y les enseñó el oficio de comerciante, haciendo hincapié sobre todo en la importancia de inculcarles las virtudes típicamente suizas: Precisión, puntualidad y disciplina. Pronto se dio cuenta de que los indígenas no estaban muy familiarizados con estas virtudes, lo que le causó, como uno de los responsables de su rama, alguno que otro problema. Por ejemplo, en una ocasión, un joven recadero llamado Victoriano Hurtado no se molestó en cerrar la tapa de su tintero, lo que provocó que la tinta se secara con el calor tropical. Blattmann no tuvo reparos en frustrar los planes de ocio vespertino de Victoriano y ordenarle que subsanara la omisión de inmediato. Aunque tenía muchas ganas de asistir a una de las mayores fiestas anuales del pueblo, la Fiesta de Reyes del 6 de enero, y había estado horas antes entre el público, justo después del trabajo, tuvo que abandonar su lugar y regresar a la oficina justo cuando comenzaba la fiesta. Después de aquella lección, no volvió a quedar abierto ningún tintero.

Años después de su llegada al norte de Bolivia, corrió la voz de que Karl Blattmann no sólo enseñaba estas virtudes, sino que él mismo las practicaba y demostraba. Se había hecho de un nombre en Riberalta como comerciante industrioso, de modo que finalmente fue reclutado por la Casa Suárez. Esta casa comercial estaba situada en un pequeño asentamiento llamado Cachuela Esperanza, en la frontera con Brasil, a unos cien kilómetros al noroeste, y, al igual que el propio pueblo, había sido fundada por los hermanos Suárez Callaú. Eran siete, encabezados por Nicolás, probablemente el barón del caucho más exitoso de Bolivia, que prácticamente monopolizó la producción de esa materia prima en su apogeo. Con su fortuna incluso había equipado brevemente su propio ejército, formado por empleados de su poderosa casa comercial, con los que libró una guerra fronteriza contra los brasileños en 1898. Nicolás Suárez Callaú, ese intrépido macho alfa, reconoció el potencial de Karl Blattmann, y en 1913 lo nombró director gerente de la Casa Suárez en Cachuela Esperanza. El duro trabajo en Riberalta había dado sus frutos.

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Medio milenio antes, un tirano gobernaba el pueblo de Breisach, a 60 kilómetros de Basilea, a orillas del Rin. Breisach pertenecía al Ducado de Borgoña, gobernado por Carlos el Temerario (1433-1477), considerado la personificación de un verdadero caballero. Nunca rehuía un combate, siempre defendía sus territorios con férrea fiereza y rara vez perdía la oportunidad de demostrar al pueblo su poder. Y al igual que el duque gobernaba, también lo hacían sus alguaciles. Ellos se ocupaban de los asuntos administrativos cotidianos que surgían en cada una de las zonas del ducado, lo que permitía a Carlos el Temerario dedicarse por completo a su pasión, el ejército. Uno de estos alguaciles era Peter von Hagenbach (1420-1474), cuya tiranía le costó muy cara. Bajo su mandato, las mujeres y los niños de Breisach, en particular, eran constantemente acosados y maltratados, se cobraban impuestos y tasas demenciales sobre los alimentos y otros bienes, y se ejecutaba arbitrariamente a los opositores políticos. No es de extrañar, por tanto, que el resentimiento de la población a orillas del Rin fuera en aumento hasta culminar en la sublevación de varios pueblos. En abril de 1474, Peter von Hagenbach fue derrocado y capturado, y pronto tuvo que ser juzgado en la Torre Radbrunnen de Breisach. Dos de los cinco cargos eran asesinato y violación. Al final, fue condenado a muerte, lo que probablemente no causó mucho revuelo, ya que este tipo de sentencias condenatorias eran habituales en la época. No obstante, el juicio de Peter von Hagenbach resonaría durante siglos y fue considerado por historiadores y juristas como una de las piedras angulares del derecho internacional, ya que fue el primer juicio internacional por crímenes de guerra de la historia. El tribunal convocado especialmente para este juicio estaba compuesto por 28 jueces de diversas partes del Sacro Imperio Romano Germánico, procedentes de distintos reinos, principados o condados. Esta transnacionalidad era una novedad, ya que los tribunales solían limitarse a una jurisdicción dentro de un solo estado. Además, los jueces consideraron la violación que tuvo lugar bajo la autoridad de Hagenbach como un crimen de guerra y la castigaron en consecuencia. Nunca antes se había pronunciado una sentencia judicial sobre delitos sexuales específicos de género. Y en lo que respecta a la llamada responsabilidad superior, también se sentó un precedente en Breisach. Peter von Hagenbach argumentó que no era posible que hubiera tenido conocimiento de todos los crímenes cometidos por sus súbditos ni que los hubiera podido evitar a tiempo. El tribunal, por el contrario, opinó que esa era precisamente su obligación como superior y que no lo había hecho, por lo que los delitos se imputaron a Hagenbach como si los hubiera cometido él mismo. Esta interpretación de la ley sería fundamental para los juicios por crímenes de guerra durante la segunda posguerra del siglo xx. Se pueden encontrar referencias al juicio de Peter von Hagenbach en muchos de los documentos de la sentencia.

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Pastor Oyola Ojopi estaba furioso, ¡y de qué manera! Aunque su nombre de pila sugería lo contrario, puede que sólo fuera un simple ciudadano del departamento del Beni, pero eso no significaba que desconociera sus derechos civiles. Y entre ellos, desde luego, no figuraba el de convertirse en víctima de dos funcionarios de ojos desorbitados, codiciosos y ávidos de poder, que abusaban de su cargo en el momento en que le maltrataron violentamente a él y a muchos de sus conciudadanos. Así que, en 1893, Pastor presentó una queja oficial, una denuncia, al gobierno supremo en La Paz y le puso el título de “Dos monstruos en Beni”, para que no quedara duda de lo que él pensaba que eran el prefecto Samuel González Portal y su subprefecto, Rómulo Arano Peredo. Entre todas las personas, este último era el esposo de su prima, una circunstancia desafortunada, pero para Pastor Oyola Ojopi esto no era motivo para demostrar una hipócrita lealtad familiar. En su opinión, los dos altos funcionarios debían ser despojados inmediatamente de sus cargos y de su inmunidad. “Con ocasión de varios atentados incalificables en Trinidad, capital del departamento del Beni, y en otras poblaciones, hemos sido encarcelados, hostigados, explotados y finalmente deportados, muchos de nuestros vecinos sin motivo legal alguno, sin el debido proceso legal y en absoluta violación de los derechos fundamentales que garantizan el domicilio, la propiedad y la libertad del ciudadano”, escribió Pastor en su denuncia al ministro de Gobierno. Supuestamente, él y sus conciudadanos se habían rebelado contra el orden constitucional, pero la verdadera razón de los crímenes del prefecto González Portal y su subprefecto Arano Peredo era simplemente su deseo de expulsarlos de las ricas tierras del Beni, de una región en la que, cabe señalar, llevaban generaciones viviendo. De hecho, el abuelo de Pastor, Hipólito Ojopi, era un cacique ampliamente respetado y rico, un jefe tribal de los baure, un grupo étnico del este del Beni, y como nieto suyo, Pastor se sentía aún más obligado a llamar la atención sobre la explotación de los indígenas. Exigió que los dos funcionarios fueran severamente castigados y que los bienes robados, incluidos los intereses, fueran devueltos a las víctimas. Para Pastor, sin embargo, la acusación no sólo ofrecía la oportunidad de reparar el daño financiero, sino también de curar las heridas emocionales que él y sus seres queridos habían sufrido. Él y su esposa acababan de ser padres de una niña, Cristina, y había pensado en ella constantemente durante su encarcelamiento. Pastor Oyola Ojopi estuvo a punto de perder la cabeza ante la idea de tener que dejar a su hija huérfana de padre.

Afortunadamente, no llegó a eso, ya que los dos funcionarios, González Portal y Arano Peredo, fueron pronto relevados de sus funciones. La justicia había prevalecido. Con el paso del tiempo, Pastor Oyola Ojopi vio a su hija Cristina convertirse en una hermosa joven. Típico de una baure, tenía rasgos fuertes, pelo negro azabache y ojos oscuros, y un día esos ojos llamarían la atención de un comerciante de caucho que no pudo resistirse a la expresión tranquila y casi melancólica de Cristina, y se enamoró de ella. El hombre se llamaba Karl Blattmann, era suizo y desde hacía unos tres años era gerente y apoderado general de la Casa Suárez en Cachuela Esperanza, el pueblito donde finalmente nació su hijo en 1917. Lo bautizaron René Carlos, y el pequeño se pareció a su madre; los genes baure eran innegables. Renequito, como le llamaban cariñosamente, era el orgullo de Cristina y Karl. Lo cuidaban con mucho cariño, y cuando estaban ocupados en los campos de Cachuela Esperanza, una niñera se ocupaba siempre de su hijo. En los dos primeros años tras el nacimiento de René Carlos, esto era bastante habitual.

Luego vino el tercer año. Por supuesto, un niño de tres años es aún demasiado pequeño para comprender las cosas en toda su dimensión y, no obstante, su mente registra más de lo que los adultos creerían posible. René Carlos debió de notar que un hombre siempre vestido de blanco se hacía de pronto presente en torno a su padre, al principio a intervalos aleatorios, pero pronto cada vez con más regularidad. Este hombre solía visitar a Karl Blattmann en su dormitorio, lo cual era una curiosidad en sí misma, ya que durante el día solía estar trabajando y no en casa, y cada vez que venía el hombre de blanco, Cristina cogía a su hijo de la mano y se iba con él a la habitación contigua. Los primeros signos y síntomas de la malaria suelen aparecer a partir del octavo día tras la picadura de un mosquito Anopheles infectado, y a menudo más tarde. Al principio se puede pensar que se trata de una simple gripe, con dolores de cabeza, fiebre y dolores articulares. La sospecha sólo suele despertarse cuando te asaltan el frío, los escalofríos, la fiebre y los brotes de sudoración, en este orden y en ciclos regulares de dos a tres días. Sin embargo, dicho ritmo también puede tomar un curso diferente o estar completamente ausente, por lo que no hay que cometer el error de considerar su ausencia como un indicio de ausencia de infección. Otro síntoma de la enfermedad es el deterioro de la mente hasta llegar a la alteración de la conciencia, en la que en el peor de los casos el paciente puede incluso caer en coma. Aunque Karl Blattmann se salvó de esta situación, parecía haber perdido la cabeza, al menos a los ojos de sus allegados que le cuidaban, cuando, aquejado de fiebre y escalofríos, decidió regresar a su casa en Basilea. Con René Carlos. Sin Cristina.

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En 1807, casi 400 años después del juicio a Peter von Hagenbach en Breisach, el Parlamento británico aprobó en Londres una ley que prohibía el comercio de esclavos en todo el territorio del Imperio Británico. Esta nueva ley, la Slave Trade Act (“Ley sobre Trata de Esclavos”) fue precedida por el llamado movimiento abolicionista para abolir la esclavitud, que cobró fuerza durante el Siglo de las Luces y contó con el apoyo de representantes de la Iglesia protestante. Para muchos de ellos, el comercio internacional de seres humanos ya no era compatible con sus convicciones éticas y religiosas. Además, Gran Bretaña se encontraba en aquel momento inmersa en una guerra bastante infructuosa contra los franceses. Tras la Revolución Francesa de 1789 a 1799, el emperador Napoleón Bonaparte había vuelto a legalizar el comercio de esclavos en sus colonias de ultramar, por lo que la introducción de la Ley de Abolición británica también pretendía enviarle a él y al mundo el mensaje de que al menos era moralmente superior a su oponente. Así y todo, Londres era muy consciente de que el comercio ilegal de esclavos seguiría floreciendo y no se detendría ante una nueva legislación. Para contrarrestarlo, el gobierno británico firmó a lo largo de los años varios tratados bilaterales con las potencias coloniales más implicadas en el comercio de esclavos, principalmente los reinos de Portugal, España y Holanda. Los tratados decidieron la creación de los llamados Mixed Commission Courts