Solo - Johan August Strindberg - E-Book

Beschreibung

Novela autobiográfica, en la que Strindberg describe cómo decide hacer de la soledad su única compañía, y sentir "gran placer en oír el silencio y prestar atención a las voces nuevas que en él pueden sentirse".

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Seitenzahl: 132

Veröffentlichungsjahr: 2021

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© LOM ediciones Primera edición, abril de 2021 Impreso en 1000 ejemplares ISBN impreso: 9789560013996 ISBN digital: 9789560014160 Traducido desde el sueco por Roberto Mascaró (título original: Ensam, Editorial Albert Bonniers, Estocolmo, 1903) Imagen de portada: «Cuatro habitaciones» de Vilhelm Hammershøi, Dinamarca, 1914. Diseño, Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56–2) 2860 [email protected] | www.lom.cl Tipografía: Karmina Registro n°: 303.021 Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta NormalImpreso en Santiago de Chile

Índice

I

II

III

IV

V

VI

VII

I

Después de una estadía de diez años en provincia, estoy de vuelta en mi ciudad natal y me encuentro cenando con los viejos amigos. Somos todos más o menos cincuentones, y los más jóvenes están por sobre o cercanos a los cuarenta. Nos asombramos de no haber envejecido desde la última vez que nos vimos. Por cierto, se insinúa un poco de gris en las barbas y en las sienes, pero también hay algunos que parecen más jóvenes que antes, y éstos reconocen que al llegar a los cuarenta se produjo un extraño cambio en sus vidas: se sintieron de pronto viejos, creyendo estar en el final de sus días; descubrieron enfermedades que no existían; los brazos se les ponían rígidos y les costaba ponerse el abrigo; todo les parecía viejo y gastado; todo se repetía, volviendo como eterna monotonía; los jóvenes arremetían temerarios, sin ningún respeto por las obras de los mayores. Lo más irritante era que los jóvenes hacían los mismos descubrimientos que habíamos hecho nosotros, y lo peor de todo era que traían sus viejas novedades como si nunca antes hubiesen sido descubiertas.

Sin embargo, mientras hablábamos de viejas memorias, que eran las de nuestra juventud, nos hundimos hacia atrás en el tiempo, vivimos literalmente en el pasado y nos encontramos veinte años antes, de modo que alguno se preguntaba si el tiempo realmente existía.

–Ya lo ha resuelto Kant, –informó un filósofo–. El tiempo es tan sólo nuestra manera de entender la existencia.

–¡Vaya! También yo he pensado eso, porque cuando recuerdo pequeños sucesos de hace cuarenta y cinco años, me resultan tan nítidos como si hubiesen sucedido ayer; y lo que sucedió en mi infancia está tan cerca en el recuerdo como lo que he vivido hace un año.

Y entonces nos preguntamos si todos habrían pensado igual en todas las épocas. Un setentón, el único que considerábamos anciano en el grupo, señaló que no se sentía viejo aún (se había casado hacía poco y tenía un hijo recién nacido). Ante esta valiosa información tuvimos la sensación de que éramos muchachos, y el tono de la conversación se hizo muy juvenil.

Yo había notado en el primer encuentro que los amigos estaban como siempre, y esto me había asombrado; pero también había observado que no sonreían tan rápidamente como antes y que empleaban una cierta cautela al hablar. Habían descubierto la fuerza y el valor de la palabra hablada. Por cierto, la vida no nos había suavizado el juicio, pero la sensatez nos había enseñado que uno recibe de vuelta todas las palabras; y también habíamos reconocido que no es suficiente utilizar los tonos mayores, sino también los menores, para aproximarse a expresar la opinión sobre una persona. Además, nos liberábamos; las palabras no estaban adornadas, las opiniones no eran respetadas; volvíamos al viejo trote y todo se volvía apariencia; pero era entretenido.

Entonces sobrevino una pausa. Varias pausas. Y de pronto, un desagradable silencio. Los que habían hablado más sintieron una congoja, como si hubiesen perdido la cabeza de tanto hablar. Sentían que durante los últimos diez años entre ellos se habían establecido nuevos lazos, y nuevos y desconocidos intereses habían aparecido entre ellos; y que los que se habían expresado libremente habían chocado con arrecifes, habían arrancado hilos, habían pisoteado tierra recién cultivada, lo cual todos habían percibido, y habían visto miradas armadas para el ataque y la defensa, esas contracciones de las comisuras con las que los labios ocultan una palabra silenciada.

Cuando dejamos la mesa fue como si los hilos recién tendidos se hubiesen roto. El ambiente se cortó y cada uno se halló en situación de defensa; cada uno se encerró en sí mismo. Pero entonces, cuando también era necesario hablar, se dijeron frases que por los ojos se notaba que no seguían a las palabras; y por las sonrisas, que no coincidían con las miradas.

Fue una noche insoportablemente larga. Los intentos de revivir viejas memorias, en grupo y de persona a persona, fracasaron. Se preguntaba, por pura ignorancia, sobre cosas sobre las que no se debía preguntar. Por ejemplo: –¿Cómo está tu hermano Herman? (Una pregunta formal, sin sentido, para informarse sobre algo que no interesaba. Abatimiento en el grupo).

–Bien, gracias, está como siempre. ¡No se le nota mejoría alguna!

–¿Mejoría? ¿Acaso ha estado enfermo?

–Sí… ¿No lo sabías?

Alguno se echa en medio de la conversación y salva al infeliz hermano de la dolorosa confesión de que Herman ha estado enfermo.

O algo así: –Hace tiempo que no veo a tu mujer.

(En estos días, ella estaba pidiendo el divorcio).

O así: –Tu hijo debe de estar hecho un hombre. ¿Ya se ha graduado?

(Y resultó que el muchacho era la esperanza perdida de la familia).

En una palabra, se había perdido la continuidad y al final se rompió el vínculo. Pero también habíamos probado la seriedad y la amargura de la vida, y finalmente ya no éramos tan muchachos.

Cuando nos separamos, por fin, en la puerta, sentimos la necesidad de dispersarnos rápidamente y no como antes, de alargar la reunión en un café. Los recuerdos de la juventud no habían tenido la esperada influencia refrescante. Todo lo pasado era paja de establo en la cual había crecido el presente, y esa paja había fermentado, se había consumido y comenzaba a enmohecerse.

Y se notó que ya nadie hablaba del futuro, sino sólo del pasado, por la simple razón de que estábamos ya en el soñado futuro y no se podía fantasear sobre él.

* * *

Dos semanas después me encontré sentado a la misma mesa, con casi la misma compañía y en el mismo lugar. Ahora, cada uno en su casa, había tenido tiempo de leer, de repasar las respuestas a todas las afirmaciones que la vez anterior, por cortesía, habíamos dejado sin responder. Veníamos preparados, y ahora la cosa se cortaba como la leche agria. Los que estaban cansados eran perezosos o preferían la buena comida, dejaban que lo desparejo se emparejase, se escabullían y dejaban un silencio tras de sí; pero los luchadores se trababan. Habíamos estado de acuerdo en el programa secreto, que nunca fue anunciado del todo claramente, y nos acusábamos entre nosotros de herejía.

–¡No, nunca he sido ateo! –gritaba uno.

–¿Ah, no? ¿No?

Y entonces comenzaba una discusión que debería haber tenido lugar veinte años antes. Se intentaba hacer consciente lo que durante la feliz época del crecimiento había crecido de manera inconsciente. El recuerdo no nos asistía; habíamos olvidado lo hecho y lo dicho; uno se citaba a sí mismo y a otros incorrectamente, y se inició el tumulto. Al primer silencio alguien retomó el mismo tema, y la conversación se volvió una noria. Y entonces se acalló, ¡y recomenzó otra vez!

Esta vez nos separamos con el sentimiento de que el pasado estaba acabado y que nos habíamos vuelto adultos, de que teníamos el derecho de dejar el vivero y de crecer por nosotros mismos, plantados ya en campo abierto, sin jardinero, tijeras ni etiqueta.

Así fue, en grandes líneas, que nos quedamos solos, y así ha sucedido siempre. Pero esto no había terminado del todo, porque algunos que no deseaban detener el crecimiento, sino avanzar, hacer descubrimientos, conquistar nuevos mundos, se reunían en un pequeño grupo y empleaban el café como lugar de conversación. Se había intentado conversar en el ambiente familiar, pero entonces se descubrió rápidamente que el amigo había adquirido un estuche que se llama esposa. Y esto se sentía muy a menudo incómodo. En su presencia había que hablar de «otra cosa» y olvidarse de lo propio, de manera que podían suceder dos cosas: o tomaba la esposa la palabra y resolvía las cuestiones de manera dictatorial –y entonces había que callar por cortesía– , o la esposa se levantaba y corría a la habitación de los niños y no se la veía hasta la cena, en la que uno se sentía como un mendigo y parásito y era tratado como si uno quisiese alejar al marido de la casa y del hogar, de obligación y fe.

Esto no solía suceder; por lo general los amigos se separaban por la recíproca antipatía de sus esposas. La una se quejaba de la otra.

Nos encontrábamos en el café. Pero lo peculiar era que no estábamos allí de tan buena gana como antes. Deseábamos convencernos de que éste era el terreno libre para conversar, donde nadie era anfitrión y nadie era invitado; pero sentíamos inquietud por los casados, porque alguien se había quedado en casa; alguien que, si hubiese estado solo en la vida, hubiese buscado compañía, pero ahora estaba condenado a la soledad del hogar. Y además, los parroquianos del café eran casi todos solteros, una especie de enemigos, y éstos aparecían, por ser faltos de hogar, con mayores derechos dentro del café. Se comportaban como si allí estuviesen en su casa, causaban alboroto, se reían a carcajadas, consideraban a los casados como intrusos; en una palabra: molestaban.

En mi condición de viudo, me parecía tener un cierto derecho al café, pero parecía no tenerlo, y cuando invitaba al café a los maridos, me atraía pronto el odio de las esposas, de manera que cesé de concurrir a sus casas. Y tal vez con todo acierto, porque el matrimonio es un mano a mano.

Si los casados llegaban, venían casi siempre tan llenos de sus complicaciones hogareñas, que antes tenía que escuchar sus problemas, de sirvientas y niños, de la escuela y los exámenes, y me sentía tan profundamente involucrado en las miserias familiares del otro, que no hallaba las ventajas de haberme deshecho de las mías.

Por fin nos acercábamos a un tema y a las grandes cuestiones, y sucedía a menudo que uno hablaba por separado, mientras tanto el otro esperaba su turno con los ojos bajos para poder hablar luego un instante, que no era una contribución a la conversación sino un diálogo con las paredes. O sucedía que, de manera endemoniada, hablaban todos al mismo tiempo sin que al parecer ninguno entendiese lo que el otro decía. Una confusión babilónica que terminaba en riña y en la imposibilidad de entenderse.

–¡Pero si no entiendes lo que digo! –era la queja usual. ¡Y así era! Cada uno, en el correr del año, había agregado nuevos significados a las palabras, dado nuevos valores a viejos pensamientos, aparte de que nadie deseaba presentar el significado más profundo de las cosas, que era parte del secreto profesional o de los pensamientos en desarrollo, los cuales eran protegidos con celo.

Cada noche, al regresar a casa de una de esas reuniones de café, sentía lo vano de esas extravagancias con las que uno deseaba en realidad oír la propia voz e imponer a los otros las propias opiniones. Mi cerebro quedaba como deshecho, o como tierra revuelta y sembrada de semillas de mala hierba que había que cortar antes de que brotasen. Y cuando llegaba a casa solo y en silencio, me reencontraba a mí mismo, me cubría de mi atmósfera espiritual propia, que me cuadraba como ropa a medida, y luego de una hora de meditaciones me hundía en la aniquilación del sueño, liberado de pretensiones, deseos, voluntades.

Pronto suspendí mis visitas al café; me entrenaba en estar solo; volvía a caer en la tentación, pero me retiraba cada vez más curado, hasta que encontré el gran bienestar de oír el silencio y escuchar las nuevas voces que en él se encuentran.

II

De este modo fui pronto quedándome solo, reducido exclusivamente al círculo superficial que me ofrecía mi trabajo y que más que nada atendía por teléfono. No quiero negar que el comienzo fue difícil, y que el vacío que se cerró en torno a mi persona reclamaba ser llenado. Al principio parecía que al cortar los contactos con otros seres humanos yo perdía fuerza, pero al mismo tiempo diría que mi yo comenzó a coagularse, a condensarse en torno a un núcleo en el cual se juntaba todo lo que había vivido, se licuaba y servía de alimento a mi alma. De ahí en adelante me dediqué a transformar todo lo que veía y oía, en la casa, en la calle, en la naturaleza, y deslumbrado por todo lo que percibía en el curso de mi trabajo, sentí que crecía mi capital, y los estudios que realizaba en soledad resultaban ser más valiosos que los que realizaba entre la gente, en la vida social.

He tenido varias veces casa propia, pero ahora alquilo dos habitaciones amobladas a una viuda. Fue necesario un tiempo para que me acostumbrase a estos muebles extraños, pero fue corto. El escritorio fue lo más difícil de vivificar y hacer mío, porque el fallecido consejal debe haberse sentado allí toda su vida con su protocolo. Ha dejado las marcas de su tinta azul de Prusia que detesto; su mano ha desgastado el lustre del lado derecho, y a la izquierda ha pegado una lámina circular de cera de horrible color gris amarillento, delante de la lámpara. Esto me molesta bastante, pero he decidido acostumbrarme a todo y pronto dejo de ver el feo parche. Mi sueño hubiese sido tener sábanas propias en la cama, pero aunque pudiese tenerlas, no quiero empezar a comprar cosas, ya que no poseer nada es una cara de la libertad. No poseer nada, no desear nada, es hacerse invulnerable a los peores golpes del destino. Teniendo al mismo tiempo dinero suficiente y por lo tanto sabiendo que uno podría poseer, si quisiese; eso es felicidad, porque eso es independencia y es un aspecto de la libertad.

En las paredes cuelga una confusa colección de malos cuadros, litografías y grabados. Primero los odié por su fealdad, pero pronto les dediqué un interés que desconocía en mí. Una vez, sintiéndome en bancarrota en mi vida de escritor porque me faltaba una escena para mi pieza, eché una mirada desesperada a las paredes. Entonces se detuvo mi ojo en un horrible grabado en colores que había sido alguna vez premio de una revista ilustrada. Representaba a un campesino en un muelle, con una vaca que lo acompañaba a cruzar sobre una invisible barca. El hombre solitario delineado en el aire; su única vaca; sus miradas inquietas… ¡ya tenía mi escena! Y también había en esas habitaciones una cantidad de pequeñeces que sólo se reúnen en una casa con aroma de recuerdos, trabajadas por manos corrientes, y nunca compradas. Posabrazos, colchas, anaqueles con cristal y porcelana. Entre todo esto percibí un gran trofeo con inscripción, agradecimientos, etc. Todo irradiaba amistad, gratitud, tal vez amor por esas pequeñas cosas; y realmente, después de algunos pocos días, me he sentido bienvenido a estas habitaciones. He heredado todo esto que fue de otro, de un muerto que nunca conocí.

Mi casera, que pronto descubrió que yo no era muy conversador, tenía tacto y educación, y organizó todo para que estuviese en orden al llegar a casa de mi caminata matinal, y nos saludamos tan sólo con una amable inclinación de cabeza que decía todo lo posible: ¿Cómo está usted? ¡Bien, gracias! ¿Se encuentra bien? ¡Excelente! ¡Me complace!

Mas pasada una semana, no se pudo aguantar; tuvo que preguntarme si no deseaba alguna cosa; yo no necesitaba más que pedirla...

–No, querida señora, no deseo nada, todo está como se debe.

–¡Ah! Se me ocurrió preguntar; como los caballeros suelen ser tan minuciosos…

–¡Hace mucho que he dejado de serlo!