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Si aparentemente lo simple es el eje de la escritura de Marta Jara, son finalmente los temas trascendentes encarnados en personas sencillas. Se devela en estos cuatro relatos cuán iguales son todos los seres humanos, asemejados en los grandes tópicos humanos: la muerte, la pérdida, el amor, las relaciones familiares, el envejecimiento. Y de qué manera es la naturaleza determinante en las existencias, cómo su grandiosidad es más que escenario y se despliega ancha e inasible a la vez que intervenida por pequeños fragmentos que generan la identidad de mujeres y hombres con la tierra, el mar y el viento.
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Seitenzahl: 109
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Surazo
Marta Jara
Prólogo de Beatriz García-Huidobro
Ediciones Universidad Alberto Hurtado
Alameda 1869 – Santiago de Chile
[email protected] – 56-228897726
www.uahurtado.cl
© Sucesión Marta Jara
ISBN libro impreso: 978-956-357-347-3
ISBN libro digital: 978-956-357-348-0
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
Directora editorial
Alejandra Stevenson Valdés
Editora ejecutiva
Beatriz García-Huidobro
Coordinadora Biblioteca recobrada
Lorena Amaro Castro
Diagramación interior
Alejandra Norambuena
Diseño colección y portada
Francisca Toral R.
Imagen de portada
iStock
Con las debidas licencias. Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamos públicos.
Con la colección Biblioteca recobrada. Narradoras chilenas, la Universidad Alberto Hurtadobusca dar nueva vida a la literatura escrita por mujeres en Chile desde el siglo XIX, con obras hoy asequibles solo en antiguas ediciones e incluso casi inexistentes en las bibliotecas de nuestro país.
Hemos seleccionado con este fin textos que consideramos atractivos para las y los lectores de hoy: desde novelas o cuentos a otras formas de relato de difícil encasillamiento genérico, debido al mismo lugar excéntrico que estas escrituras ocuparon en los campos culturales y en las inscripciones canónicas de su tiempo.
Esta selección de textos es apenas una contribución a la enorme reformulación crítica del canon y de la historiografía literaria, iniciada sobre todo por pensadoras e investigadoras que, a mediados de los años de la década de 1980, comenzaron a trabajar estratégicamente por una mayor visibilización de la escritura de mujeres en el campo cultural. Esta labor se lleva a cabo hoy a través de diversos esfuerzos académicos y editoriales, a los que nuestra casa de estudios busca contribuir.
La colección busca facilitar el acceso a personas dedicadas a la investigación —y también a lectoras y lectores de diversas edades e intereses— no solo la materialidad de estos libros, sino también recobrarlas voces, las subjetividades y mundos imbricados en ellos, que se habían tornado opacos o inexistentes en un campo cultural misógino, indiferente e incluso hostil a la creación de las mujeres.
En cada volumen de esta colección colabora una escritora o crítica, con un prólogo que busca acercar al presente estas escrituras. A todas ellas agradecemos su contribución. Para la realización de este trabajo se ha contado con un comité integrado por laseditoras Alejandra Stevenson y Beatriz García-Huidobro (Ediciones UAH), junto a dos investigadores de la literatura chilena: María Teresa Johansson y Juan José Adriasola, (Departamento de Literatura UAH) y Lorena Amaro, coordinadora de la colección, crítica literaria y académica (Pontificia Universidad Católica de Chile).
Vivir sobre la tierra y contra el vientoReflexiones en torno a Surazo1 y otros cuentos
Beatriz García-Huidobro
Las cruces se han borrado por efecto del viento.
Aunque partieron su amor en dos y se fueron
aunque las rebanadas se llenaron de moho,
ellos fueron los primeros.
En cada familia hay un hueco en la fotografía
una silla detrás de la puerta
los nudillos blancos de tanto apretar.
Rosabetty Muñoz 2
Siendo niña fui a un taller de arte. El maestro se ponía de pie ante los aspirantes a artistas —que estábamos ansiosos por blandir los pinceles, atacar las paletas aún limpias con sus avaros montoncitos de óleo y el recipiente oloroso de la trementina— y ponía una fruta ante nosotros para que la observáramos mientras repetía el que, asumimos, era su discurso inaugural acerca de las luces y las sombras: “No pinten solamente el objeto, este no existe sin la luz que lo rodea y que recibe desde cada ángulo, ni tampoco sin la sombra que proyecta sobre su apoyo, sin la penumbra ni la contraluz, y sobre todo, sin que se funda contra el fondo y se envuelvan en un solo volumen… que la densidad de la oscuridad sea como el silencio en la música”. Estaba convencido de que si aprendíamos a ver de ese modo, todo y partes, partes y atmósfera, nuestras pinturas atraparían el aire y serían vendavales sobre la tela.
Asimismo se siente la escritura de Marta Jara: figuras como parte del paisaje y paisaje como determinante de mujeres y hombres, y estos mismos como actuantes de hechos que cortan el aire y mueven los momentos y también las vidas completas. Las palabras transitan de un extremo al otro y van dejando una estela entre ellas, de modo que ya no sabemos cuáles se han destinado a un fin u otro, pues el efecto es solo uno y es este imbricado y denso, lectura de capas y trenzas.
Son cuatro los relatos que componen este libro. Si bien todos ellos poseen ecos criollistas, cualquier clasificación es reduccionista en una lectura cuya fuerza está en la sensibilidad y empatía hacia las personas desvalidas, derrotadas, oprimidas. Así como en los cuentos de Marta Brunet los personajes de ambientes campesinos se cargan de densidad por las sutilezas de sus caracteres, de igual modo sucede con aquellos que Marta Jara delinea con suaves trazos, tan tenues que a veces parecen imperceptibles.
“El hombrecito” y “El vestido” se hermanan en el personaje del “falte”, quien recorre los lugares más apartados ofreciendo sus ropas de segunda mano. Es la presencia de este hombre —luego también su pareja— ese soplo de novedad y engañosa esperanza que llevan los afuerinos a las zonas retiradas. En los paisajes de Marta Jara la lejanía es insular, marítima, ventosa y desde luego monótona. Entonces sus trapos representan la ilusión de cambio, su falsamente atribuida capacidad de dar un vuelco a existencias predecibles y cíclicas.
El “falte”, en “El hombrecito”, está asando un cordero cuando desembarcan la mujer y su niño y le piden ver la mercancía. Es ella tímida, de aspecto tosco pero personalidad tenue, contraste entre el cuerpo y el espíritu. En sus manos anchas y oscuras se adivina el trabajo duro y es todo su aspecto el de un cuerpo sin otro destino que el de las labores, y aún así, palpitan en ella las ansias por un vestido, pulsión no explícita que se ve derrotada: los trajes son pequeños para su talle y más caros de lo que puede pagar. El vendedor no está interesado ni en ella ni en la venta, que ve poco probable, sino en su comida que o se enfriará o se pasará si ella no se decide pronto. Esta indiferencia del macho hacia la hembra que se desviste pudorosamente tras las ramas, es un recurso para revelarnos sin describir explícitamente, a una mujer ya sin encantos, con la juventud malgastada en un mar de exigencias.
Y es entonces cuando emerge el niño, un preadolescente, quien toma las riendas de la negociación y revela hacia su madre una ternura y firmeza de hombre empoderado. Valida con sus acciones al ser femenino que contiene la madre, a la vez que traza y sostiene los órdenes patriarcales. Hay además una insinuante sexualización de la madre desde la mirada del niño en contraposición con aquella del vendedor, un breve brochazo que perturba sin hacerse evidente. La autora consigna sin pronunciarse, pues claramente la mirada está dirigida a la figura más débil, a la que no protagoniza y sin embargo es el eje y es en torno a ella que se mueven los demás.
Esto se observa en el registro opuesto, en “El vestido”, donde la jerarquía está encabezada por la madre. La pareja del “falte” se adentra hacia la casa donde vive una mujer grande, fuerte, masculinizada por sus labores campesinas. Tiene más de cuarenta años y no ha conocido hombre, como solía decirse. La virginidad le pesa como un hierro del que debe deshacerse y su anhelo es que alguien la considere y la posea. Y esta no es una posesión explícita ni sexualizada en su matriz, sino que es simbólica, ancestral, carencia desconocida mientras más sufrida. Es el sentido de la existencia determinado de manera imprecisa por un hombre, por la validación a la existencia de una mujer cuando tiene un compañero “aunque sea chilote”.
(…) esta vez sí compraré un vestido. Aunque se oponga lo compraré… Para ir los domingos a la iglesia, a Chonchi. Iré bien lavada y peinada, y con vestido nuevo. Me verán. Alguno, alguien tiene que verme. No me importa que sea un chilote… Es un hombre… Aunque ella se oponga…
La madre se burla de ella y regatea de manera cruel, para que no pueda tener el innecesario vestido y menos la seducción que le atribuye. Se adivina entonces la dureza de su crianza, el desprecio hacia la hija, aquello que Alice Miller describe como “en la base de todo desprecio, de cualquier discriminación, se encuentra el ejercicio del poder —más o menos consciente, incontrolado, oculto y tolerado por la sociedad (…)— del adulto sobre el niño. Lo que el adulto haga con el alma de su hijo es asunto de exclusiva competencia, la trata como si fuera propiedad suya” (…)3.
Imaginamos entonces los cuarenta y tantos años de sometimiento y humillación, del poder de la madre no solo por la investidura de poder adjudicada, sino también por el hecho de que ella sí tuvo un hombre. Que lo haya perdido, que haya vivido una existencia a solas con su hija, no exime el hecho de haber podido yacer entre los brazos de alguien. Tener y perder, dolor posible. No haber tenido, un dolor inenarrable, un vacío.
“Ella se morirá algún día, pero no tan pronto como para brindarme la ocasión. Yo también estaré vieja y me quedaré sola, sin más compañía que el perro, el gato y las aves, siempre sembrando y aporcando papas. ¿Para qué? ¿Para quién?”. De improviso, comprendió: “Ella tuvo todo lo que a mí me niega”.
En este relato, la reiteración de la mujer, su retahíla en torno a la necesidad de un vestido para revertir su presente, no su destino, no su vida, solo tener la experiencia, es un recurso que la autora no usa para enfatizar lo que ya sabemos, sino para demostrar la obsesión, la necesidad, la simpleza del postulado y a la vez la hondura de su opresión. Si como explica Bataille, el erotismo humano difiere de la sexualidad animal precisamente en que moviliza la vida interior, la mujer de este relato se mueve por acciones y pensamientos básicos pero no por ello menos enérgicos, desde una libido que habiéndose oprimido, finalmente ha de resurgir. Y la crueldad de la madre está en que intuye, sabe lo que la hija desea y usa su poder, sus años de sometimiento, sus códigos de opresión, para evitar que satisfaga esta pulsión y escape a su dominio.
Es la hija una mujer hombruna, grande, de cutis muy claro: “Resultaba extraña a las islas la blancura lechosa de la piel”. Y ha sido este prejuicio de clase y raza el argumento de la madre para prohibirle pretendientes. Ellas descienden de españoles y no se mezclan con chilotes. Así es como rechaza los vestidos, desde su clasismo y contención moral:
—No son honestos —latigueaba la voz seca y breve, sistemática, de la anciana. “No habrá ocasión”. Sonreía saboreando el triunfo—. ¿Es qué no tienes vergüenza? ¿Cómo te vas a exhibir así? No es honesto —repetía.
Hay en la solución final de este relato una sororidad entre la mujer del “falte” y la campesina, empatía de la vendedora hacia los desgarros del alma de esa otra, manifestación de la sabiduría adquirida en el contacto con otros seres humanos, apartados pero no por eso menos complejos.
Si aparentemente lo simple es el eje de la escritura de Marta Jara, son finalmente los temas trascendentes encarnados en personas sencillas. Se devela en su escritura cuán iguales son todos los seres humanos, asemejados en los grandes tópicos humanos: la muerte, la pérdida, el amor, las relaciones familiares, el envejecimiento. Y de qué manera es la naturaleza determinante en las existencias, cómo su grandiosidad es más que escenario y se despliega ancha e inasible a la vez que intervenida por pequeños fragmentos que generan la identidad de mujeres y hombres con la tierra, el mar y el viento.
La atemporalidad y universalidad de la escritura de Marta Jara, fue retratada por Ángel Rama cuando escribió:
Se diría que hay aquí una regresión: voluntariamente la autora ha podado todo vestigio de vida social para recuperar las esencias que ella recubre y modifica. Así ha conseguido una sensación directa de carne viva, lacerada, lo que otorga fuerte verdad a sus relatos. Pero el tipo de personajes que utiliza, por una parte, y por otra la autenticidad del sentimiento que maneja, justifican esta aparente regresión. Porque si es cierto que el hombre se inflexiona para dominar la naturaleza, es también cierto que él es naturaleza, y dentro de ella, muchas veces, un fragmento débil4.
En “El yugo”, único relato que no transcurre en lugares apartados y marginales, está una familia acomodada, en un fundo, con invitados y un ambiente festivo. Una mujer entabla conversación con un anciano al que la familia desprecia. Por viejo y latoso, aunque es más bien porque ya ha perdido lo que tenía y no sigue el ritmo de los nuevos tiempos. La casa y las tierras son de un nieto, mientras que las suyas fueron vendidas y en ella quedaron sus recuerdos y su existencia, sus irrecuperables afectos.
La mujer, que es una invitada ocasional, aparentemente más por gentileza y compasión que por interés en el hombre, escucha con atención lo que le cuenta sobre el cortaplumas con que juega en las manos. Es moderno, de marca. Pero él añora su cuchilla que perdió hace años.
