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La increíble realidad de la vida de un camarero en París Edward Chisholm sueña con convertirse en escritor, pero ha roto con su novia y se encuentra en París sin dinero y sin un lugar donde dormir. Para sobrevivir, empieza a trabajar en un restaurante como ayudante de camarero, el escalafón más bajo. Allí conocerá un mundo de trabajo agotador, a menudo bajo jefes sádicos, con horarios inhumanos y unos salarios tan bajos que la competencia por las propinas entre compañeros es feroz. Un camarero en París es el relato que hace Chisholm de esa temporada de su vida que pasó en un restaurante parisino. Por sus páginas desfila un elenco de personajes inolvidables: Lucien, un aspirante a actor que sueña con llegar a Hollywood; Salvatore, un camarero italiano con un corazón de oro y pasión por la política, o De Souza, un boxeador retirado que intenta conciliar su trabajo y su vida familiar. Chisholm nos ofrece una mirada íntima al mundo de la restauración y, en especial, a sus miserias. Un camarero en París es un libro hermoso y conmovedor, autobiografía y literatura a la vez, que retrata lo mejor y lo peor de la condición humana en nuestra sociedad moderna. Finalista del Premio Ackerley de Autobiografía
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Seitenzahl: 597
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Portada
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Página de créditos
Sobre este libro
Servir
Introducción
Amouse-bouche
PARTE 1. L'apéritif
El este de París
Días parisinos
Se acabaron las vacaciones
La búsqueda de trabajo
El descenso
La apertura
Los camareros
El almuerzo
El marginado
Bon dimanche?
PARTE 2. La soupe
Voyage au bout de Paris
La vida en el Hôtel du Simplon
Vida nocturna
Los baños del hotel
La ligne 4
PARTE 3. L'entrée
Tigres Tamiles
El Inframundo
Punday
Horas extra
Conoce tu rango
Sainte Pauline
El ascenso del corredor
El sumiller
De fiesta con Salvatore
El silencio paga
PARTE 4. Le plat principal
La cena con Lucien
La iglesia estadounidense
Una nueva habitación con vistas
La cocina de arriba
La actriz y el gánster
Aprendizaje sobre vinos
Las aceitunas del patron
Una muestra de la vida en el restaurante
PARTE 5. Le fromage
La llegada de la primavera
Todo es pura actuación
Un nuevo rang: la terraza de bebidas
Desayuno en los Estados Unidos
El cambio de guardia
El nuevo Salvatore
Órdenes del médico
La gran inundación
Comida, bendita comida
Calcetines rojos
La graduación
Siempre hay un Nico en una fiesta
PARTE 6. Le dessert
Sísifo
Piotr
Cuentos de los bosques
Raki y loukoumi
La boda de De Souza
El banquete de boda
Direction Paris
Horas perdidas
Londres me llama
La chute
El baño árabe
Luchadores por la libertad
Su merecido
La caída
PARTE 7. Le digestif
El museo
Conclusión
Agradecimientos
Sobre el autor
V.1: marzo de 2025
Título original: A Waiter in Paris. Adventures in the Dark Heart of the City
© Edward Chisholm, 2022
© de la traducción, Claudia Casanova, 2025
© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2025
Todos los derechos reservados, incluido el derecho de reproducción total o parcial de la obra.
Diseño de cubierta: Taller de los Libros
Imagen de cubierta: Alamy Stock Photo - Ian Shaw
Corrección: María Ubierna, Julio Monterroza, Adrián Giménez
Publicado por Ático de los Libros
C/ Roger de Flor n.º 49, escalera B, entresuelo, oficina 10
08013, Barcelona
www.aticodeloslibros.com
ISBN: 979-13-87592-00-4
THEMA: DNC
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
Edward Chisholm sueña con convertirse en escritor, pero ha roto con su novia y se encuentra en París sin dinero y sin un lugar donde dormir. Para sobrevivir, empieza a trabajar en un restaurante como ayudante de camarero, el escalafón más bajo. Allí conocerá un mundo de trabajo agotador, a menudo bajo jefes sádicos, con horarios inhumanos y unos salarios tan bajos que la competencia por las propinas entre compañeros es feroz.
Un camarero en París es el relato que hace Chisholm de esa temporada de su vida que pasó en un restaurante parisino. Por sus páginas desfila un elenco de personajes inolvidables: Lucien, un aspirante a actor que sueña con llegar a Hollywood; Salvatore, un camarero italiano con un corazón de oro y pasión por la política, o De Souza, un boxeador retirado que intenta conciliar su trabajo y su vida familiar. Chisholm nos ofrece una mirada íntima al mundo de la restauración y, en especial, a sus miserias.
Un camarero en París es un libro hermoso y conmovedor, autobiografía y literatura a la vez, que retrata lo mejor y lo peor de la condición humana en nuestra sociedad moderna.
«Este libro asombroso describe una existencia cruel y salvaje y es digno de estar junto a Orwell como un clásico sobre la explotación humana.»
Daily Mail
«Un relato dickensiano, agridulce y encantador.»
Publishers Weekly
«El relato de Chisholm es apasionante y a menudo emocionante. […] Es un excelente escritor.»
The Wall Street Journal
«Un camarero en París narra las asombrosas experiencias de Edward Chisholm mientras servía mesas en la capital francesa, un mundo de gerentes sádicos, ladrones, gente que se pelea por propinas y traficantes de drogas.»
Evening Standard
«Una lectura entretenida y emocionante.»
The Times Literary Supplement
Para Morgane y George
servir verbo
[seɾˈβiɾ]
Estar sujeto a alguien por cualquier motivo haciendo lo que él quiere o dispone.
Asistir a la mesa trayendo o repartiendo los alimentos o las bebidas.
Diccionario de la lengua española
Mientras escribo esto, París está en silencio. Sus avenidas están vacías y sus tiendas, bares, cafés y restaurantes permanecen cerrados. Las semanas de confinamiento han reducido nuestros mundos a la decena de metros cuadrados que llamamos hogar.
La ciudad contiene la respiración y sueña con la vuelta a la normalidad, que aquí significa sentarse en los cafés o en los bistrós, en las terrazas o en los parques, donde se come bien y barato. Ese es el París que todos amamos.
No hay nada mejor que el lujo de un restaurante. Entras, alguien te indica tu mesa, te entregan un menú y te sientas, te relajas y observas cómo el desfile de platos, copas y botellas aparece y desaparece ante tus ojos, como por arte de magia.
Aunque podría decirse que París democratizó el comer fuera de casa, hacerlo sigue siendo un lujo, en su sentido más puro. Durante el confinamiento, el incesante comprar, preparar, cocinar y luego tener que recoger la mesa y lavar los platos nosotros mismos nos lo ha recordado y por eso pensamos tanto en ello. En salir a cenar, en la comida y, por supuesto, en los restaurantes.
Y ningún lugar representa mejor el mundo de los restaurantes que París.
Un camarero en París comienza en noviembre de 2011, tres años después de la crisis financiera y casi dos años después de graduarme en la universidad. Años de barbecho durante los cuales tuve una serie de trabajos insignificantes en Londres que incluyeron períodos en centros de atención telefónica, en la construcción, repartiendo folletos y (¡posiblemente el punto culminante de mi carrera hasta entonces!) vendiéndole cine pornográfico a canales de televisión de Europa Oriental. Todo ello mientras presentaba a otros trabajos más «prestigiosos». Trabajos que, al parecer, ya no existían.
La pregunta, a primera vista, era bastante sencilla: en el mundo posterior a la crisis financiera, ¿qué se suponía que debíamos hacer los licenciados universitarios en humanidades, con nuestra vida? La respuesta, sin embargo, se me escapaba. Así que, sin nada que me atara a Londres, corto de dinero y de opciones, decidí aceptar la oferta de una maravillosa chica francesa, Alice, de irme a vivir con ella a París. Se mudaba desde Londres y me ofreció quedarme con ella hasta que lograra estabilizarme en aquella ciudad. Era la solución perfecta: me permitía a la vez vivir una aventura y ponerle rumbo por fin a mi vida.
Llegué con solo una bolsa de ropa y un par de libros, entre ellos el que había despertado mi pasión por la lectura y la escritura y había hecho que me entusiasmara con la idea de París muchos años antes: Sin blanca en París y Londres, de George Orwell. Se trata de una de sus obras menos conocidas en la que relata su época viviendo y trabajando casi en la indigencia, primero en la capital francesa y luego en la británica. Con Orwell nos asomamos a la realidad de la vida en París en aquellos tiempos, que estaba lejos de las fiestas deslumbrantes de F. Scott Fitzgerald o de los salones literarios de Gertrude Stein donde se reunían Hemingway, Picasso y Matisse.
Nunca tuve la intención de trabajar en restaurantes. Ingenuamente pensé que encontraría un «trabajo como Dios manda» al llegar, pero esto, igual que en Londres, nunca se materializó. Así que, a medida que se me acababan el tiempo y el dinero, busqué una solución, como tantos otros, en la hostelería. Era una forma de sumergirme en la ciudad, evitar a los extranjeros, aprender francés y, en retrospectiva, demostrarme a mí mismo que podía hacer algo con mi vida; que podía ser el protagonista activo de mi propia historia, en lugar de ser una mera víctima pasiva de la crisis económica.
Sin saberlo, introducirme en el mundo de los restaurantes parisinos fue el comienzo de una gran aventura. Resultó ser un mundo que había cambiado poco desde que se había empezado a escribir Sin blanca en París y Londres en 1929, el año del último gran crac financiero. Fue una experiencia que hizo que me enamorara de Francia y de Europa para toda la vida, pero también me enseñó los valores del trabajo duro y la humildad. Me enseñó que, si te propones algo y te esfuerzas, puedes conseguirlo. Y también que hay todo un mundo de posibilidades ahí fuera. Solo hay que tener el valor de creer en uno mismo y lanzarse a por ellas.
* * *
En París, los camareros son tan omnipresentes como la bandera tricolor o la Torre Eiffel. Están por todas partes: sirviendo en las terrazas, fumando en la parte trasera de los restaurantes o apoyados en las barras al final de la noche, agotados. Son tan ubicuos que tendemos a ignorarlos, que es lo que quieren. No reparamos en ellos a menos que haya un problema, cosa que les hacemos saber de inmediato; o tal vez les dedicamos un pensamiento pasajero al dejarles unas monedas en la mesa después de comer. Pero ¿te has preguntado alguna vez cómo es ser camarero? ¿Pasarse la vida sirviendo mesas? La verdad es que es una existencia cruel. Vives día a día, a menudo bajo las órdenes de jefes sádicos, con un sueldo tan bajo que te peleas con tus propios compañeros por las propinas. Es un trabajo físicamente muy exigente, a menudo humillante e increíblemente competitivo. Un mundo oculto a plena vista, regido por normas arcaicas y una jerarquía mezquina, poblado por el elenco de personajes más increíble que jamás te vas a encontrar: ladrones, narcisistas, antiguos legionarios, aspirantes a actores, inmigrantes sin papeles, traficantes de drogas…
Y el acceso ilimitado a las cocinas de París, sin duda hace que te lo pienses dos veces a la hora de elegir dónde te gastas tu mísero sueldo cuando puedes comer fuera.
En total, pasé más de cuatro años trabajando de camarero en restaurantes y bares por toda la ciudad mientras intentaba labrarme una carrera como escritor. Un camarero en París es esa historia, y aunque en buena parte se basa en la experiencia de un restaurante concreto, en realidad es una amalgama de todas las que he vivido. De hecho, ni siquiera es mi historia; yo era un mero observador, alguien de paso, «una cámara con el obturador abierto», como escribió Christopher Isherwood sobre su estancia en Berlín. Los verdaderos héroes de esta historia son la gente que conocí allí. Por eso he cambiado los nombres de todas las personas que menciono, y también el nombre del restaurante, que por suerte —y como era de esperar— ya no está abierto.
Por supuesto, en realidad esta no es una historia sobre un restaurante en concreto, sino un retrato del París contemporáneo y, por extensión, de Francia. Corta un bistró parisino por la mitad y obtendrás una muestra asombrosamente fiel de la sociedad francesa de hoy. Una imagen multilingüe, multiétnica, complicada y llena de matices. Con los ricos y blancos arriba, los pobres y negros abajo y todos los demás —tú incluido— en medio. Sí, puede que París no sea Francia, pero toda Francia se encuentra en París.
Si no me crees, la próxima vez que bajes esos estrechos escalones de piedra en busca del aseo en un bistró parisino, échale un vistazo a la cocina y dime cuántas caras de esrilanqueses o negros ves. Están ahí por la misma razón por la que yo, un camarero blanco, estaba arriba, sobre el suelo.
A raíz de mis experiencias —tanto las buenas como las malas— y las de la gente increíble que conocí y con la que trabajé, me sentí casi obligado a escribir este libro. A darle voz a una industria invisible. A contar las cosas como son.
Así que sí, el escenario es parisino y el idioma francés, pero estas historias son mucho más universales; están ocurriendo ahora mismo en Londres, París, Nueva York, Berlín, Madrid, Roma y muchas ciudades más. Pero a veces optamos por ignorarlas y nos centramos en lo que queremos ver: la comida, la decoración…, es decir, la fachada.
Y luego está la maravillosa lengua francesa. ¿Cómo puede alguien que no habla ni una palabra del idioma (transparencia total: ni siquiera tengo un nivel básico en una lengua moderna) entender lo que pasa? No tardé en aprender que, si entiendes el contexto de lo que se está hablando, aunque solo captes una de cada diez palabras, puedes entender lo esencial. El cerebro hace un trabajo estupendo rellenando los espacios en blanco, que es como he intentado escribir los diálogos a lo largo del libro. A menos que se indique lo contrario, todo el mundo hablaba conmigo en francés, sin hacer concesiones a mi lengua materna. Como veremos, me las apañé.
Un camarero en París es mi intento de contar la historia de las personas que viven y trabajan al otro lado de la puerta giratoria que pone «privé» y un poco de lo que es vivir en París y ser camarero en un restaurante parisino. O al menos, intentar serlo. Resultó que, como en la mayoría de los trabajos a los que me había presentado desde que acabé la universidad, en la hostelería tampoco creían que fuera capaz de lograrlo.
Si vas a sacar una lección de este libro, espero que sea la siguiente: la próxima vez que comas algo que parece demasiado bueno y barato para ser cierto, piensa en las personas que están pagando de verdad el precio de lo que comes. Y, si puedes, déjales también algo de propina.
Nos han dicho que el mundo después del COVID-19 será diferente. Espero de todo corazón que así sea, sobre todo para quienes trabajan en los restaurantes.
Edward Chisholm
Marzo de 2021
Es la hora de comer y las mesas del comedor se están llenando. Los camareros, con sus elegantes trajes negros y pajaritas, parecen profesionales, ocupados y, sin ninguna duda, franceses, mientras se apresuran a repartir menús, tomar pedidos, responder preguntas y, finalmente, desaparecer como asesinos o monjes por la pequeña puerta giratoria del fondo del comedor.
Me quedo mirándolo todo, intentando ocultar mi creciente pánico y preguntándome si debería sincerarme con alguno de ellos, llevarlos a un lado y decirles la verdad: que no tengo ni idea de lo que estoy haciendo.
Pero ni siquiera puedo hacer eso. Se darían cuenta de otra cosa que quiero ocultar: que no hablo francés. Estoy en medio de un elegante restaurante de la capital francesa, vestido —a todos los efectos— como un camarero parisino, y ni siquiera sé hablar el idioma.
No se trata de un pequeño café ni de un bistró local. Es un auténtico restaurante parisino, con una mujer aterradora en un atril junto a la puerta, un ejército de camareros hoscos, un directeur que parece el primo (mucho más alto) de Napoleón Bonaparte y un encargado rencoroso que quiere que me vaya porque sabe la verdad, que no pertenezco a este lugar.
He conseguido hacerme con el trabajo (si es que se puede decir que me he hecho con él) mediante una serie de encogimientos de hombros bien calculados y un monólogo memorizado de antemano. Si ahora descubren que no sé hablar francés, se acabó. Debo encajar a toda costa porque, si no lo hago, lo que quiera que sea esto —un trabajo o un turno de prueba, aún no estoy seguro— se acabará y volveré a recorrer las heladas calles de París desde la salida del sol hasta el ocaso con una carpeta de currículos en la mano.
Los hechos actuales son estos: llegué poco después del amanecer con un traje barato y holgado y hasta hace poco he estado alejado de los demás camareros, como si fuera el Minotauro, en una bodega subterránea, abrillantando copas hasta que me salen ampollas en los dedos.
En los breves momentos en que he estado cerca del resto de mis compañeros oigo la misma palabra, «runner», que supongo que soy yo. Por supuesto, no tengo ni idea de lo que es un runner, y menos aún de lo que se supone que debe hacer.
Así que, mientras el restaurante se va llenando de parisinos vestidos con elegancia, yo permanezco lo más quieto posible para no llamar la atención, observando a los demás camareros en busca de pistas, de cualquier cosa que me permita descifrar cómo funciona todo, cómo se trabaja aquí. Se mueven como un reloj, inmersos en una extraña coreografía, sin pensar, un paso por delante de sus comensales: ponen y quitan cubiertos de plata, hacen ligeras reverencias, retiran sillas, colocan servilletas blancas sobre sus regazos, descorchan y sirven el vino con ceremoniosidad afrancesada, sonríen con discreción, asienten con la cabeza…
Huelga decir que no dispongo ni de bolígrafo ni de bloc de notas, no tengo ni idea de lo que hay en el menú, ni de cómo tomar los pedidos, ni siquiera de si debería hacerlo. No tengo ni idea de dónde viene la comida, ni cómo se hace, o ni siquiera quién la hace.
Como es natural, los comensales intentan atraer mi atención, pero, después de varios intentos infructuosos de entenderlos, me limito a ignorarlos, lo que me resulta sorprendentemente fácil y me da un aire de profesionalidad.
Cuando creo que por fin he conseguido mimetizarme con la pesada cortina roja que tengo a mis espaldas, me fijo en el encargado, de rostro delgado y traje gris, que merodea por el otro extremo del comedor.
El restaurante —decorado al estilo clásico francés, con techos altos e iluminación baja, espejos de estilo Luis XVI con marcos de oro desgastado, papel pintado con motivos de flores de lis y grandes ventanales de cristal sencillo que dejan que la luz plana del invierno parisino ilumine toda la escena— está ya casi lleno. Desde las mesas, el ligero parloteo, el delicado tintineo de los cubiertos sobre la cerámica y el aroma de perfumes caros se elevan hacia el mundo de los camareros, que vuelan por encima de los comensales con enormes bandejas de plata mientras los blancos paños de cocina que cubren sus antebrazos flamean tras ellos como la estela de vapor de un avión.
El encargado, un hombre de rostro enjuto, se acerca rápidamente, así que, en un último intento por parecer ocupado, decido dirigirme hacia la puerta giratoria del fondo del comedor. La puerta es ligera y oscila en ambos sentidos sobre sus bisagras, depositando al viajero en un mundo donde el aire es fresco, no huele a perfume y, desde luego, no hay charlas amables.
Pero es más que una puerta. Es un umbral, más allá del cual se esconde un mundo completamente distinto, uno que vislumbré esta mañana: un mundo laberíntico de cocinas, salas de preparación, almacenes, cuartos de limpieza, vestuarios, cuartos de basuras, pasillos, escaleras ocultas y mucho más. Y luego están las personas que le dan vida. Las caras ocultas de París. Las personas cuyo trabajo consiste en trabajar en la sombra para que tú puedas comer a un precio decente.
Delante de mí hay un oscuro pasillo de losas y techos bajos que desciende a las entrañas del edificio. Por el aire viajan los olores de la cocina, los gritos lejanos de los hombres y el agudo chocar y golpear de los metales.
Detrás de mí, al otro lado de la puerta, cientos de parisinos esperan a que les sirvan la comida en el entorno opulento de un conocido restaurante.
Se trata de la frontera entre dos mundos: el París que se ve y el París que no se ve. Y quiero saber qué hay ahí, qué pasa detrás de la fachada de la ciudad.
De repente, el encargado de rostro enjuto irrumpe por la puerta batiente y empieza a reñirme y a empujarme a la fuerza por el oscuro pasillo hacia la fuente de los misteriosos sonidos y olores.
—¡____ _____ _____! —me grita.
No tengo ni idea de lo que dice, pero está enfadado.
—Je suis le runner —pruebo a decir.
—_ _____ _____ putain runner! —me espeta.
Hay algo en su tono de voz que lo confirma: yo soy el runner, el corredor. ¿Tan difícil puede ser?
Con cada empujón agresivo desde atrás, me empuja más lejos por el pasillo, más hacia el corazón de la máquina, más cerca de los ruidos y olores extraños. Con un último empujón, bajo a trompicones por unos escalones y entro en una pequeña habitación. Hay un grupo de tres hombres, todos ellos camareros, apiñados alrededor de una especie de abertura en la pared. Se oyen muchos gritos. Se empujan y se gritan unos a otros. Al final, como palomas asustadas, se dispersan, con sus bandejas de plata cargadas de delicias, y el encargado de rostro enjuto los echa con aspavientos hacia el pasillo y de vuelta al comedor.
Vuelvo a estar solo, y la misteriosa abertura a la altura de la cintura en la pared está despejada. Las lámparas de calor arden en rojo, como la entrada al Hades. En la habitación oscura al otro lado de la abertura se mueve una sombra.
—Allo? —digo.
No hay respuesta. Momentos después suena un timbre y la sombra se materializa dentro de una sucia chaqueta blanca: la parte inferior de una persona. Entonces, en silencio, un par de manos sacan un plato. Las sigue una voz: «Service!».
Me quedo ahí, congelado. No tengo ni idea de lo que debo hacer. Si cojo el plato de lo que parece foie gras, ¿a dónde lo llevo?
—Service! —Esta vez con tono más insistente.
Al diablo. Me lo llevo. No tengo ni idea de a dónde, pero ¿qué es lo peor que puede pasar?
Unos meses antes… Me instalo en mi nueva vida en París. Vivo en el piso de Alice en una primera planta, encima de un taller de reparación de pianos en el este de la ciudad, cerca de la Porte des Lilas. No parece París, por lo menos no el que yo había imaginado en mi infancia. No hay amplias avenidas arboladas ni parques con estanques en los que los niños empujan barquitos de juguete. Es una zona fronteriza de edificios obreros de antes de la guerra y bloques de viviendas de la posguerra, justo en el límite de la ciudad. Más allá están las banlieues, las afueras, un submundo industrial-residencial en el que prefieren no pensar quienes viven dentro de la Périphérique, la carretera de circunvalación de París. Me recuerda más a la película El odio que a cualquier cosa que haya visto en el Museo de Orsay.
Bajando por la rue de Belleville, hacia el centro de la ciudad, se encuentra uno de los dos principales barrios chinos de la ciudad. Toda una calle de estrechos restaurantes, caóticos supermercados chinos y pequeñas tiendas desordenadas. Todos los rótulos y escaparates están escritos en caracteres chinos. Es un lugar bullicioso: durante el día, los chinos hacen trueques, apuestan, fuman y escupen en la acera; por la noche, las prostitutas chinas se agrupan en las calles, charlan entre ellas, sonríen y les echan el humo a los transeúntes que las miran un segundo de más. «Bon-soir-sa-va-mon-sur», dicen fonéticamente. Para prestar sus servicios, te llevan a una de las habitaciones traseras del edificio, a los sótanos o incluso a una furgoneta aparcada.
El piso tiene una estrecha cama de latón en una esquina, un lavabo en un armario medio podrido en otra y dos hornillos eléctricos para cocinar. Detrás de una puerta endeble hay una bañera diminuta, antaño de color amarillo canario, en la que apenas puedes ponerte en cuclillas para ducharte, y en el rellano se encuentra el retrete compartido, un cuarto diminuto sin bombilla que apesta a lodo y orines rancios y siempre tiene el suelo mojado.
El edificio se ha dividido periódicamente en espacios cada vez más pequeños, con paredes finas que apenas amortiguan el sonido. Alice y yo nunca vemos mucho a los demás residentes, pero todos nos conocemos en la intimidad. El agua que corre por las paredes cuando alguien se ducha a las tres de la madrugada, el golpeteo rítmico de un cabecero a las cinco de la mañana, discusiones escalofriantes a las ocho de la mañana… Nuestro vecino inmediato, un camarero alto y anémico, con cara de asco permanente y un peinado canoso, se complace en golpear la pared con el puño o la olla en señal de protesta al menor ruido. El hecho de que le moleste un acento británico solo parece indignarle aún más. «Espèce d’anglais de merde!», grita. «Sale con de rosbif! Pauvre con!». Como resultado, estoy aprendiendo palabrotas muy rápido.
Toda la escalera huele a cigarrillos viejos y a olor corporal porque el camarero siempre deja la puerta un poco entreabierta. Cuando grita, le respondo con la misma moneda, golpeando la pared y gritando obscenidades. No tardan en unirse otros vecinos, como presos amotinados en una celda o en un manicomio.
—Ta gueule!
—Ferme-la!
Y, si tenemos suerte, en el piso de abajo estarán afinando un piano al mismo tiempo.
Una noche en que el camarero se había puesto tan furioso que parecía que iba a romper la pared o a darle un infarto, entro en su habitación. Se sorprende tanto al verme entrar como yo al ver el tamaño de la sala. El pobre hombre ni siquiera tiene ventana. En un rincón hay una cama plegable individual, hecha con esmero con una manta de lana rasposa bien estirada, una mesa barata con una estufa eléctrica y un candelabro en una botella de vino cubierta de centímetros de cera derretida. El origen del olor en el rellano ahora está claro, ya que hay ceniceros rebosantes esparcidos por toda la habitación y la pintura está desconchada y manchada de nicotina.
En resumen, es una celda de unos pocos metros cuadrados. Donde debería haber una ventana, ha colocado tres postales, cada una de ellas con santos y mártires cristianos contorsionados por el dolor o rezando.
Nos observamos durante un momento a través de una gran brecha: dos mundos diferentes frente a frente. Con la mano levantada, sujeta la olla. Colgando de unos clavos en la pared detrás de él está su uniforme de camarero con unos zapatos maltrechos debajo, en el suelo. Empiezo a golpear sin parar la pared con el puño como un loco y le aseguro que si sigue golpeando la pared de esa manera, le haré lo mismo a él. Mientras tanto, él está sentado en la única silla que tiene, frente a un pequeño calentador de aceite, envuelto en una gruesa bata y con las zapatillas puestas. Su silencio atónito me dice que lo ha entendido.
Durante las semanas siguientes pienso mucho en él. No entiendo cómo un hombre puede caer tan bajo, verse reducido a unas condiciones de vida tan inhumanas, en el París del siglo xxi. Ya no se trata de un joven o un estudiante; esto es lo mejor a lo que puede aspirar.
En París, la vida cuesta menos que en Londres. Es más fácil ser pobre. Los precios de algunos productos básicos están, en esencia, fijados: una baguette tradicional cuesta 1,20 euros; un demi-bière, 1,50 euros; un café au bar, 1 euro. Los cigarrillos son más baratos, el vino también, incluso el metro es barato (1,70 euros por un billete sencillo frente a las 5 libras de Londres).
Mis días adoptan una forma lujosa. Vivo como un hombre rico: me levanto tarde, leo los periódicos en la cama o en los cafés y me paseo por las calles de la ciudad, bloc de notas en mano, imaginándome como una especie de joven novelista o poeta. París es una ciudad que inspira a caminar, y eso es lo que hago todos los días, sin rumbo, simplemente contemplando la ciudad. Me pierdo en ella. Camino hasta que estoy agotado del todo y me vuelvo a casa en metro.
Por primera vez desde que tuve un préstamo de estudios en la universidad, noto que mi poder adquisitivo aumenta. Sin embargo, todavía necesito encontrar trabajo. Porque, más allá de algunas ideas abstractas de querer ser europeo, para eso estoy aquí. La búsqueda de empleo tiene dos vertientes: por la noche, en los cibercafés, solicito lo que yo llamo «trabajos de carrera», y durante el día busco trabajos «temporales» que paguen al contado. Lo busco sobre todo en los tablones de anuncios de las tiendas y boulangeries o en páginas web rudimentarias que nunca parecen actualizarse.
Durante mis primeros meses, a medida que el otoño se convierte en invierno, los «trabajos temporales» son esporádicos, pero diversos: clases de inglés con un empresario francés que no para de sugerirme que conozca a su mujer; vender gnomos en una feria de jardinería; hacer de extra en una película; montar muebles de Ikea… Cualquier cosa por un poco de dinero. Sin embargo, la mayor parte del dinero que tenemos proviene de Alice, que tiene dos trabajos: uno en un pequeño restaurante del distrito 8 —un lugar donde los hombres de negocios huelen a almuerzo— y otro por la noche, cuidando al niño mimado de una familia aristocrática que vive en un gigantesco apartamento del elegante distrito 16. Además, estudia mucho y aspira a convertirse en restauradora de arte. Tiene una determinación y un sentido de la orientación que admiro sobremanera, pues son dos cosas de las que carezco.
Inspirado por su determinación, solicito trabajo con el mismo ímpetu que en la universidad: busco nombres, adivino direcciones de correo electrónico y envío cartas; lo que sea. Pero el silencio es ensordecedor: nadie responde.
* * *
Llega diciembre y la ciudad se vuelve más fría, los días más cortos y es más difícil pasar tanto tiempo paseando. Las aceras están heladas y la ciudad, paralizada. Paso los días en la cafetería o en la cama, tratando de mantener el calor. Sigo presentándome a «trabajos de carrera», pero confío tan poco en ellos que al final dejo de hacerlo. Escribirle a la gente sin obtener respuesta tiene un límite, pues te sientes como un loco aullando al viento. Además, mis fondos se agotan a un ritmo acelerado.
—Solo han pasado dos meses —comenta Alice—. Ya encontrarás algo.
—Dos años y dos meses. Te olvidas de contar los años desde la universidad.
Las cosas no van muy bien entre nosotros. Lo que había empezado como un romance increíble se ha estancado. Las discusiones son cada vez más frecuentes, las razones más rebuscadas. La energía que nos unió en un principio nos está separando. Ella se siente frustrada, por mí, por la falta de confianza en mí mismo y por su propia situación. Quiere trabajar en el mundo del arte, no servir mesas y cuidar a un niño rico. Los dos queremos llegar a algo en la vida: la diferencia es que ella sabe lo que quiere.
—No soporto volver todas las noches y verte tan… abatido. —Se cepilla la melena rubia en el espejo roto de la pared.
—No encontrar trabajo me está destrozando. No dejo de preguntarme qué voy a hacer con mi vida. Si no encuentro algo pronto, ¿es posible que esto sea todo? Nunca tendré nada. Tendré veintitantos y solo habré hecho trabajos de mierda. Tal vez no sea bueno en nada. Pero me encanta París.
Lo que Alice no sabe es que, para matar el tiempo y no pensar en mis problemas económicos y profesionales, me paso el día en los barrios periféricos, sobre todo en los cafés y bares: Aubervilliers, Montreuil, incluso subo a Sarcelles. Ahí me siento más vivo, sin pretensiones, quizá con una pizca de peligro en el aire. Los precios también son razonables y hay mucha gente que parece no tener trabajo, cada uno a su manera, andando confusamente por el terror existencial de vivir. Estos barrios parecen más reales, más puros, un mundo alejado de las solicitudes de empleo en línea, los currículos y la presión por ser alguien en la vida.
—¿Y yo qué? —pregunta.
—Tienes un trabajo.
—Eso no es lo que quería decir. A mí, ¿me quieres?
Un momento de vacilación, una sentencia de muerte zumbando en la distancia.
—Por supuesto.
—No es verdad. Y ni siquiera tienes el valor de admitirlo. Lo cierto es que te encanta la idea de mí. —Deja el cepillo y se vuelve hacia mí—. No te preocupes, siempre lo he sabido. Te quiero, sí, pero no puedo hacer que me quieras. No como yo quiero, no como lo necesito.
«Ni siquiera tienes el valor…».
Se desnuda en un abrir y cerrar de ojos en la fría habitación antes de deslizarse en la pequeña cama a mi lado.
—Abrázame, tengo frío —me pide. Luego, después de unos momentos añade—: Me parece increíble la falta de confianza que tienes en ti mismo.
Alice me tiene calado y es la única que conoce mi secreto: que, en el fondo, quiero escribir. Lo que no sabe es que no tengo nada que decir y que, aunque lo tuviera, me falta confianza para hacerlo. Además, ¿cómo se llega a ser escritor? ¿O periodista? Enviar currículos por correo electrónico y solicitar trabajo no parece funcionar. Lo único que oigo es que despiden a periodistas, no que los contratan. Por supuesto, andar por bares de mala muerte o barrios periféricos me está mostrando un mundo del que me gustaría saber más, pero escribir sobre él me convertiría en un fraude. Un intruso que mira desde fuera. A menos que lo viviera de verdad, claro.
Al día siguiente, un amigo de Alice nos presenta a unos inmigrantes ingleses y estadounidenses. Llevan más o menos tiempo en París, pero tienen algo en común: ninguno habla francés. Aunque no sabía muy bien a qué se dedicaban. Mi plan original era ver si alguno de ellos podía ayudarme a encontrar trabajo. Sin embargo, no tardé en descubrir que sus principales fuentes de ingresos son sus padres. Viven un cliché: uno está en la ciudad para escribir una novela, otro para estudiar fotografía, mientras que la tercera tiene un blog de moderado éxito que aborda temas tan importantes como «dónde encontrar los mejores macarons de París» o «cómo es salir con un francés». En realidad, ninguno de ellos parece estar haciendo nada. No estoy en París para pasar el rato con angloparlantes que juegan a ser inmigrantes o pretenden ser escritores. Juro que nunca voy a mencionar que quiero ser escritor.
—No sois tan diferentes —dice Alice con amargura mientras volvemos a casa—. Al menos hacen algo. No se pasan el día de brazos cruzados preguntándose quién están destinados a ser.
—No, solo están de brazos cruzados fingiendo ser quienes quieren ser.
A pesar de mi felicidad por estar en París, mi pesimismo por encontrar trabajo y una dirección en la vida empeora a medida que pasan las semanas. Mis días no tienen estructura, se desenredan de mi mano como un trozo de cuerda. Incluso con tanto tiempo disponible, los días pasan y no consigo hacer nada. Leer parece el tipo de lujo que alguien se da en sus ratos libres, no todo el tiempo; los museos no son gratis; y hace tanto frío fuera y voy tan escaso de dinero que me quedo en la cama todo el día en lugar de hacer todas las cosas que uno se imagina que hará en París: cines antiguos, exposiciones, bares, etcétera. Para ahorrar los fondos que me quedan, me he limitado a un expreso, au bar, al día. Allí es más barato y, además, es donde están los periódicos, así que puedo prolongar el tiempo que tardo en tomar el café manteniendo un intenso interés por L’Équipe o Le Parisien.
El sitio que más frecuento es el café-tabac que hay junto a la estación de metro de Jourdain. Un lugar estrecho y de aspecto monótono por fuera, pero siempre concurrido y lleno de otros desempleados como yo. Ahora que se acercan las Navidades, incluso han colocado lo que en su día fue un elegante árbol de Navidad falso, aunque ahora sería más adecuado para desatascar desagües. El café-tabac es el tipo de lugar donde nunca es muy temprano para tomar una cerveza o un eau-de-vie. Y el elenco de asiduos pinta un cuadro de un París que me gustaría conocer mejor, uno que parece más real que los lugares del centro de la ciudad donde una fuerte voz estadounidense se oye por toda la salle y todo el mundo se ve más bien glamuroso. Y desde luego, es más parisino que cualquiera de las direcciones del último blog de esa chica inglesa sobre «los bares más parisinos de París».
Incluso veo de vez en cuando al camarero de al lado. Aunque, desde nuestro altercado, se niega a reconocerme.
El dueño es un viejo francés amargado que ha cedido la mitad del tabac de su establecimiento a dos hermanos chinos diligentes, y ahora se pasa todo el tiempo detrás de la barra quejándose de ellos a quien quiera escucharle.
—Ya van por el 98 % de los tabacs… —dice, como si hubiera hecho la investigación él mismo—. Los chinos se están apoderando de todo. Yo fui uno de los últimos, ¿sabes?
Los hermanos chinos lo ignoran. Están demasiado ocupados llevando un negocio redondo con el flujo continuo de gente que entra a comprar cigarrillos y tarjetas de rasca y gana.
En Francia eres lo que has estudiado, no hay competencias transferibles. No puedes haber estudiado, por ejemplo, historia, y querer ser periodista o guionista. Si has estudiado historia, trabajas en un museo. Fin de la discusión. ¿Quieres trabajar en marketing? ¿Publicidad? ¿Finanzas? Más te vale haber hecho los estudios adecuados; si no, te toca volver a la universidad. En Francia, estas decisiones profesionales se toman por ti mucho antes de que tengas ni idea de lo que quieres hacer en la vida.
—Necesito contarte algo —dice Alice.
Su voz suena tranquila y tiene los ojos húmedos.
—Hay un trabajo… en una galería. Empieza en unas semanas… Y…, bueno, voy a aceptarlo.
Hace una pausa.
—La cosa es que… está en Londres. Así que…
La sugerencia está implícita, volveremos juntos. Pero ella nunca pregunta y yo nunca lo menciono. Lo sabe tan bien como yo: para mí, volver es impensable. Acabo de llegar; estoy en París y voy a quedarme. Eso es lo único que sé. Al menos hasta que consiga algo, aunque solo sea aprender francés.
Las dos semanas siguientes las pasamos como barcos en la noche: yendo y viniendo cuando el otro está fuera. La temperatura empieza a bajar de forma radical y en la radio hablan del invierno más frío en París en años. En el apartamento, el aire es casi el mismo que fuera, así que mi solución es pasar más tiempo en los cafés, lo que significa gastar un poco más y racionar un café durante un par de horas en una mesa junto a un radiador. Tengo el periódico de ayer frente a mí, cubierto de marcas de bolígrafo, y un diccionario inglés-francés de segunda mano a mi izquierda.
Hay cierta ironía en ello. Un mes después del encuentro con mi vecino camarero, mi vida está patas arriba. En lugar de compadecerme de él, ahora lo envidio. Necesito con urgencia lo que él tiene: un trabajo y un lugar donde vivir. Y el tiempo corre en mi contra, pues Alice se irá dentro de dos semanas.
En los días siguientes al anuncio de Alice, me lanzo a un profundo examen de conciencia y llego a la conclusión de que la escuela y la universidad me han preparado para un mundo que ya no existe. En todo caso, estoy peor que cuando empecé la universidad, con una gran deuda que me lo recuerda por si se me olvida. Decido aceptar el hecho de que no tengo dinero ni amigos en la ciudad (ya que, en un increíble acto de solidaridad, los amigos de Alice que he conocido desde que llegué no tardan en desaparecer en cuanto se enteran de mi decisión de no volver a Londres con ella). También he decidido que si voy a poner mi vida en orden, empezaré desde abajo, lo que, una vez lo acepto, es un alivio. Solo necesito demostrar que puedo hacerlo, que puedo hacer algo. Ya he hecho trabajos basura, pero esta vez es diferente. Me quedaré en París y viviré una aventura, a ver a dónde me lleva. Además, es lo único que puedo hacer, porque no tengo otra opción.
Me quito un peso de encima al centrar mi atención en el futuro inmediato. Me olvido de los rechazos de mi carrera, de los fracasos de Londres, de la presión por seguir adelante con mi vida, por ser alguien. Aquí tengo la oportunidad de ser alguien que no soy, o al menos que no he imaginado ser. Y quizá en el proceso aprenda algo sobre mí mismo; quizá aprenda quién soy en realidad.
* * *
Hay un momento de silencio y luego oigo cómo se cierra la alta puerta que da a la calle. Después, sus pasos vuelven a desvanecerse en la oscuridad de la ciudad.
La cama aún está caliente y la habitación incluso huele un poco a su perfume. Eso es lo único que queda.
Evalúo mi situación. El piso está pagado hasta mediados de febrero, lo que me da algo menos de cuatro semanas para encontrar un trabajo y un lugar donde vivir. Es eso o volver a Inglaterra con otro fracaso anotado en mi lista.
En París hay distintos niveles de locales gastronómicos. Por un lado, está el bistró o café de barrio, especializado en ofrecer comida decente a precios razonables en el menor tiempo posible. En el otro extremo de la escala están los restaurantes con estrellas Michelin y los que se encuentran en los hoteles palaciegos de cinco estrellas. En ninguno de ellos se contrata a un camarero sin formación. En los primeros, porque se basan en la eficacia y lo que buscan es un camarero de carrera curtido, y en los segundos, porque quieren profesionales, es decir, personas que se hayan formado en prestigiosas escuelas de hostelería o que hayan escalado posiciones en un bistró de barrio. Por supuesto, en medio de estos dos extremos hay toda una plétora de restaurantes, desde los que no son de cocina francesa —que en París tienden a ser los que sirven comida de antiguas colonias, como el norte de África, Líbano o Vietnam— hasta bistrós de diversos tipos.
Tras imprimir un puñado de currículos en un cibercafé —probablemente mi mayor obra de ficción hasta la fecha—, comienzo la búsqueda de empleo. El plan es sencillo: en una ciudad con miles y miles de restaurantes, conseguiré trabajo de camarero.
De sol a sol, por todos los rincones de París y siempre con mi ropa más elegante. Las mañanas las paso haciendo cola delante de las «agencias de trabajo temporal» que se han instalado en poco tiempo en tiendas recién desocupadas, iluminadas con suelos de baldosas, un escritorio barato y una planta enmacetada, solo para que se rían de mí por estar sobrecualificado. Luego, toca caminar, y caminar mucho. Pero no como antes, pues ya no soy esa figura literaria romántica, le flâneur, el artista poeta baudeleriano que me imaginaba ser cuando llegué, sino un demandante de empleo.
No hay restaurante ni bar en toda la ciudad en el que no entre. Tengo un mapa manido de bolsillo y una determinación tenaz.
El proceso es, en general, humillante: currículos depositados en canecas ante mis propios ojos, risitas de lástima cuando salgo… La fraternidad de los camareros parisinos parece empeñada en no dejarme entrar. Sin embargo, el lado positivo es que al final de las dos primeras semanas puedo pasar por francés, habiendo aprendido poco a poco un monólogo sobre la búsqueda de trabajo. Con unos cuantos encogimientos de hombros a la francesa de por medio, empiezo a parecer de aquí.
También aparecen algunos trabajos que pagan al contado, incluyendo uno recogiendo vasos vacíos en un bar muy concurrido. Trabajo durante tres noches: de siete de la tarde a tres de la madrugada. La cuarta noche llego y me recibe el chico cuyo puesto había ocupado.
—Ya no te necesitamos —comenta con una risita.
La situación empieza a hacer que me desespere.
Al subir las escaleras que crujen hasta el apartamento, veo la sombra del camarero a través de la rendija bajo su puerta; su radio está encendida en el fondo (suena un partido de fútbol) y el olor a cigarrillo rancio se filtra hasta el rellano. En las últimas semanas no he dejado de pensar en él, en la deprimente criatura que vive en esa habitación sin ventanas. Al menos tiene una habitación y algo parecido a un trabajo. En mi desesperación, decido llamar a la puerta. Oigo que baja el volumen de la radio y luego nada. Vuelvo a llamar. Hay otra pausa y, por fin, la puerta se abre un poco y asoma su miserable cara de zorro por el hueco. Sin que yo diga nada, se pone a defender la radio:
—¿_____ no puedo escuchar la radio? ¿Eh? ________! Espèce de con d’anglais de merde…
Le pregunto en un francés penoso si es camarero y me mira como si me burlara de él.
—Busco trabajo —continúo en mi mejor francés—. Como camarero.
Se chupa los labios fruncidos saboreando el momento, como si llevara toda la vida esperándolo. La puerta se abre de par en par y se endereza en su gruesa bata.
—¿Crees que tú _____ camarero? —Se ríe. Una risa falsa—. No puedes _____ un camarero. Es un métier de verdad. ¡_____!
Comienza a cerrar la puerta.
—Attends.
—Quoi? —espeta.
—¿Dónde trabajas? Eh… ¿Trabajo para mí?
—¿Que dónde trabajo? —pregunta con incredulidad—. ¿Crees que _____ ingleses de mierda como tú? Yo trabajo _____ buen restaurante francés. _____________ _____ gente importante en París. ¿Y tú? ¿Un sucio chômeur? ¿Trabajar conmigo? T’es fou.
Al terminar, da un portazo y enciende la radio.
Espèce de merde d’anglais era bastante fácil de entender, pero es la primera vez que escucho la palabra «chômeur». De vuelta a mi habitación helada, la busco. Literalmente significa alguien que no trabaja, un parado. Pero parece una palabrota: un chômeur. Alguien que vive para no hacer nada.
* * *
Al principio de la tercera semana, he empezado a racionar mis comidas a lentejas de lata recalentadas y pan. He bajado en un ascensor exprés al sótano del mundo laboral, en el que sigo sin tener suerte. Un temporero de pelo grasiento me dice: «Estos trabajos no son para ti. Ve a buscar un trabajo de oficina». Pero de esos no hay, eso es lo que no entiende.
Estoy a punto de perder toda esperanza cuando un camarero irlandés que trabaja en Pigalle me da un consejo. Dice que conocía a una chica que había trabajado como hôtesse en «este restaurante de la ciudad» y que había ganado mucho dinero. Con una letra cursiva casi infantil, escribe el nombre: Le Bistrot de la Seine. Es el final del día del último día que he decidido pasar buscando trabajo como camarero. La descripción del irlandés no es precisamente alentadora. Por lo que sé, Le Bistrot de la Seine no es un bistró de barrio, pero tampoco una experiencia gastronómica con estrellas Michelin: se sitúa en un punto intermedio y se presenta como una especie de Meca donde se encuentran la moda y la alta cocina. Para el beau monde es el lugar al que ir para ser visto, pero también donde los turistas tienen la oportunidad de comer. Dice que no es muy caro, pero tampoco barato. En esencia, el bistró resume el París contemporáneo, sobre todo su obsesión por las apariencias. Para confirmarlo, me da un último dato sobre la chica que trabajaba allí: «Es muy guapa. Le gustaba decir que era modelo. No puedo decir que fuera verdad, pero sí puedo confirmar que era una completa zorra».
* * *
Es el final de la tarde y ya ha oscurecido. Las pesadas puertas de entrada de Le Bistrot de le Seine me depositan en una antesala aún más oscura, con un atril y una diminuta lámpara de lectura de latón encendida. Inclinado sobre él, como si estuviera estudiando, se encuentra un hombre alto con un traje que se ve muy caro.
—Bonjour —dice con curiosidad.
Me corrige para decirme que es el directeur, no el encargado.
—Schweeler le directeur…
Mientras le suelto mi monólogo permanece en silencio.
Al final, con los labios fruncidos y seguido por una bruma de rico perfume, sale de detrás del atril y me mira de arriba abajo, como un granjero miraría a un semental decepcionante en un mercado de ganado.
—_____ _____ commencer quand? —pregunta en tono seco.
Atrás ha quedado la manera servil con la que me había susurrado «bonjour» cuando llegué.
Le respondo que puedo empezar de inmediato.
—Bon. Faut qu’ _____ à six heures. —Ahora habla con un tono entrecortado. Un indicio de disgusto por mi presencia, por tener que respirar el mismo aire que yo, un untermensch, un antiguo flâneur, ahora chômeur. Un aspirante a camarero.
—Le matin?
—Évidemment, le matin. _____. —La segunda frase no la pronuncia de forma amistosa.
Le doy las gracias y me giro para marcharme.
—Attends —grita.
Me doy la vuelta con un toque de servilismo que me sorprende incluso a mí.
Mirando por encima del hombro, el directeur levanta la mirada de mis pies hasta mi cara y añade, mientras se fija en mis botas marrones, mis pantalones grises, mi camisa azul y mi chaqueta gris: «Avec des chaussures noires, un costume noir, une chemise blanche et un nœud papillon noir».
Me despido de él. No me ha quedado claro si tengo un trabajo, o tal vez un turno de prueba, o incluso una entrevista con otra persona. Lo único que sé es que tengo una hora antes de que cierren las tiendas y que necesito un traje negro barato, una camisa blanca, zapatos negros de cuero y lo último que me había pedido: una mariposa-algo-negra, que resulta ser una pajarita. Conozco la palabra mariposa porque hace poco terminé Papillon, de Henri Charrière, libro en el que relata su condena a trabajos forzados en una colonia penal francesa, y en cuya portada había una enorme mariposa. Ahora que lo pienso, puede que el universo intentara decirme algo.
Son las 5.45 de la mañana y hace un frío glacial. Al final de la rue de Belleville, donde la carretera se convierte en una calle pavimentada, todavía quedan algunas prostitutas chinas vestidas con pieles falsas en portales oscuros. Paso junto a ellas montado en la vieja bicicleta de Alice mientras me siguen con sus oscuras miradas en silencio. Hay un olor a humo de cigarrillo y luego otra vez el frío inodoro.
Fuera de un hotel barato, un botones de noche fuma bajo una farola, lleva el cuello de la camisa levantado y las manos metidas en los bolsillos. En el Marais, el aire huele a cruasanes. La gente dice que París huele a pis, pero por la mañana huele a cruasanes.
El rítmico chasquido de la bicicleta resuena en los viejos muros de piedra. En el interior de una tienda de lencería de lujo, todas las luces están encendidas. Bajo las pantallas de televisión de diosas semidesnudas, un viejo negro con chaleco azul aspira el suelo sin levantar la vista. Paso de largo como una sombra.
Silencio de nuevo.
Llego a la rue de Rivoli y veo a un par de taxis con las luces verdes encendidas, al acecho, buscando un último viaje para terminar la noche. En el respiradero metálico que hay frente al almacén de cadena, un hombre yace boca abajo como si acabara de caerse allí. Está inmóvil, solo se ve su pelo negro anudado ondeando ligeramente en el aire caliente y viciado que sale por la rejilla de ventilación. Anoche hacía siete bajo cero.
Vuelvo al distrito 4 pedaleando con fuerza. Lo oigo antes de verlo, ese sonido esforzado y quejumbroso. Luego, las ráfagas de luz naranja en las paredes, los gritos groseros de los hombres y los portazos de las tapas de plástico. El olor al acercarse al camión es siempre el mismo, un hedor agrio, como lo describió Orwell. Los hombres, vestidos con sus monos verdes, se suben a las plataformas metálicas, el camión da un bandazo y desaparece al doblar una esquina.
Silencio de nuevo.
Ahora el Sena. Los castaños de Indias están desnudos y sin vida. Se puede oler el frío río en los quais de abajo. Una barcaza se adentra en la corriente sin apenas moverse; su carga es tan pesada que las bordas están casi al nivel del agua. Al oeste, bajo un cielo sin estrellas, París, en toda su gloria parpadeante, sucia, majestuosa y adormecida.
Poco después, un lento y pausado sonido chirriante. Bajo una farola, una figura vestida de verde se encorva sobre una escoba y avanza por la cuneta entre los coches.
París, primera hora de la mañana, todavía de noche; febrero… Un enorme teatro desprovisto de su elenco principal. Solo los tramoyistas trabajan en la sombra para preparar la escena.
Amarro la bicicleta a la barandilla de hierro y me apresuro a pasar junto a la placa de latón con el nombre del restaurante. Ante mí se extiende una larga terraza, cientos de sillas alineadas en perfecto orden. La pequeña plaza está completamente vacía, salvo por las anaranjadas farolas, encendidas en la fina bruma de la oscura mañana.
Dentro del restaurante hay una única luz detrás del atril, pero la puerta principal está cerrada con llave, como un santuario. Llamo a la puerta y una mujer, alta, negra, elegante, indiferente, se acerca con un chal bien envuelto y la abre con un tranquilo «Bonjour». Tiene el rostro de un retrato de Modigliani, esbelto y melancólico.
—Ça caille. —Hace mucho frío, digo, soplándome en las manos. Es algo que Alice siempre decía en el apartamento cuando podíamos ver nuestro aliento en el aire.
—Oui —responde—. Vous _____ ser el nuevo corredor. Valentine —se presenta en francés y tiende una mano fría y delgada—. Enchantée.
Sigo a Valentine por las escaleras de moqueta roja que vi ayer y entro en un gran espacio oscuro. Es el comedor: siluetas de mesas y sillas. Un olor a barniz para madera se mezcla con el perfume de las flores.
—Attends ici —dice.
Desaparece, con un exagerado balanceo de caderas al andar, y me pregunto qué demonios es un corredor. Quizá es como llaman aquí a los camareros. Cuando la vuelvo a ver, está leyendo el periódico de ayer en la barra, al fondo del comedor. No me dice nada. Hay tanto silencio en el restaurante que oigo cómo caen las páginas al pasarlas. Estoy a punto de recordarle que estoy aquí cuando el viejo parqué cruje bajo las alfombras. Me giro y veo a alguien que camina hacia mí.
—Viens avec moi —me ordena.
Nos dirigimos hacia una puerta negra que pone «Privé», al fondo del comedor. Siento un cosquilleo de emoción: por fin voy a cruzar esa puerta, voy a pasar al otro lado.
La puerta se cierra detrás de mí y ambos avanzamos por un pasillo de paredes encaladas. A mitad de camino hay una pequeña abertura que conduce a una estrecha escalera de piedra. Antes de que fuera un restaurante, este edificio debió de tener otro uso, y ahora estamos en la zona de servicio de lo que probablemente fue una mansión privada o un palacio. Sin darse la vuelta, el tipo menciona algo sobre no subir nunca. «Interdit», dice, señalando como si fuera hacia el cielo, o hacia el mundo de la superficie de los mortales.
Bajamos los escalones y, al doblar una esquina, de repente oímos ruidos que suben desde las profundidades: voces apagadas, gritos, traqueteos. ¿Las cocinas, tal vez? Pero nunca llegamos allí. Antes de llegar a lo que haya al final de la escalera, nos desviamos y bajamos a un pequeño sótano encalado.
—Espera aquí —me indica.
Cuando vuelve, tiene un cubo de plástico con agua hirviendo que tiene un fuerte olor a vinagre y en el que flota un puñado de limones cortados en rodajas. En la penumbra del pequeño sótano puedo ver que tal vez sea solo un poco mayor que yo. Tiene un rostro apuesto y ancho y el pelo castaño oscuro, y mueve la expresiva boca con rapidez bajo una gran nariz gala.
—¿_______________? —Señala una decena de cajas grises de plástico llenas de cubiertos, apiladas en un rincón de la pequeña habitación de piedra—. _____ limpiando. No _____ jabón _____.
Supongo que quiere los cubiertos limpios.
—¿Café?
—Vale.
—Soy Lucien —se presenta con indiferencia.
Nos damos la mano.
—¿_____ acento? —pregunta.
—Inglés.
—Anglais, chic. Buena suerte —me desea en mi idioma.
Lucien me deja solo en la celda pequeña, fría y encalada. Al mirar de cerca los cubiertos, queda claro que hay que frotarlos para quitarles las manchas de jabón, por no hablar de la comida seca que se le ha pasado por alto a quien los haya limpiado. Es un trabajo interminable que implica hundir las manos en cajas de cuchillos y tenedores, lo que me crea pequeños cortes en la piel empapada, antes de sumergirlas en el agua con vinagre y limón, lo que hace que escuezan muchísimo.
Desde algún lugar de abajo, siguen llegando los inconfundibles ruidos de la cocina: chasquidos, silbidos y portazos. De vez en cuando también voces, indistintas, ininteligibles…
Espero con ganas el café que Lucien dijo que traería, pero nunca llega.
A las 6.40 vuelve Lucien y subimos de nuevo al comedor. Las luces siguen apagadas y Valentine ha desaparecido. Lucien no dice nada, trabajamos en silencio; él hace algo, yo le copio. Primero las contraventanas: enormes cosas de madera que crujen al abrirse para revelar el final de la noche parisina. Tenemos las manos frías, pues la calefacción aún no está encendida. Trabajamos a oscuras, junto al naranja sulfúrico de las farolas que irradia a través de las ventanas. Hay algo relajante en ello, como si aún estuviéramos dormidos o soñando: fantasmas en la ciudad. Fuera, algún que otro taxi retumba por el bulevar, y las luces comienzan a encenderse en las ventanas del edificio de enfrente. París comienza a despertar. La niebla fría que flota en el aire indica que será un día gris.
—Putain, il fait froid. _____ —dice Lucien—. A menó que estés en la oficiná, ahí sí tiené calentadogcitó —añade en mi idioma para que le entienda.
Miro en dirección a «la oficina», hacia la oscuridad y la misteriosa fuente de calor. Supongo que es ahí donde está Valentine, la de la cara bonita y las caderas cadenciosas, pero no quiero preguntarle a Lucien porque se daría cuenta de lo mal que hablo francés. Así que me ciño a mis bien ensayados encogimientos de hombros afrancesados.
—¿_____ fumar?
La verdad es que no me apetece fumar en este momento, pero si le he entendido bien a Lucien, me está diciendo que es el último descanso que tendremos en las próximas horas.
