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Los sueños de un hogar y una familia perseguían a Heather Donovan cuando se instaló en Chesapeake Shores. Los cálidos brazos del bullicioso y entrañable clan O'Brien los acogieron a ella y a su hijo, aunque esto hizo que Connor O'Brien, el padre de su hijo, se distanciara de ella. El divorcio de sus padres y su trabajo como abogado especializado en divorcios habían conseguido que Connor viera el matrimonio con malos ojos. Aunque, quizás, perder a Heather lograra que pensara en el amor y en su profesión de un modo diferente. Heather había renunciado a sus viejos sueños de amor, de familia y, sobre todo, de Driftwood Cottage, la casa que deseaba que fuera suya. Sería necesaria mucha persuasión, y algo de ayuda de los O'Brien, para hacer que Heather creyera que había sueños por los que merecía la pena luchar.
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Seitenzahl: 441
Veröffentlichungsjahr: 2012
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2011 Sherryl Wooks. Todos los derechos reservados.
UN FUTURO COMPARTIDO, Nº 5 - marzo 2012
Título original: Driftwood Cottage
Publicada originalmente por Mira Books, Ontario, Canadá
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-9010-552-8
Editor responsable: Luis Pugni
ePub: Publidisa
Heather Donovan abrió la puerta y se quedó allí un instante, junto al iluminado escaparate en Chesapeake Shores, para poder inhalar el aroma a aire de mar procedente de la bahía, al otro lado de Shore Road. Se giró lentamente y observó los montones de coloridas telas que tenía que seleccionar y colocar, y las cajas sin abrir de utensilios para confeccionar colchas. Su orgullo y alegría eran los estantes fabricados artesanalmente, y bajo sus propias especificaciones, por el abuelo de su hijo, el afamado arquitecto Mick O’Brien y cuyo nombre llevaba su pequeño Mick.
Resultaba un poco abrumador, no sólo abrir el negocio, sino todo lo que ello había conllevado: mudarse a ese pintoresco pueblecito, decidirse a criar sola a su hijo y renunciar a un futuro junto a Connor O’Brien. Todos ellos eran unos enormes pasos y su mente aún se preguntaba cuándo había decidido dar esos cambios a su vida porque por mucho que asimilara bien los cambios, no podía evitar estar muerta de miedo.
Si unos meses atrás alguien le hubiera dicho que dejaría al hombre al que amaba más que a nada, que se mudaría con su hijo a un pueblo costero de Baltimore y se embarcaría en una nueva carrera profesional, Heather se habría reído ante lo absurdo de semejantes predicciones. A pesar de que Connor se había negado a plantearse la idea del matrimonio, ella había pensado que tenían una buena vida en común, que estaban entregados el uno al otro. Lo había creído tanto que había ignorado las advertencias de sus padres, en especial las de su madre, sobre el error que estaba cometiendo al tener un hijo con Connor sin llevar un anillo en el dedo.
Pero lo cierto era que Connor, su hijo y ella podrían haber vivido así muchos años si ella no hubiera visto cómo la carrera de Connor como abogado de divorcios estaba haciendo mella en su relación, cómo la furia que él sentía hacia sus padres estaba corrompiendo el día a día de sus vidas. No le gustaba ese hombre amargado en que lo había visto convertirse y él no parecía tener ningún deseo de cambiar.
No es que Heather hubiera tomado la decisión de romper a la ligera. Se había marchado sola unas semanas, dejando a su hijo con la familia de Connor, mientras había meditado sobre lo que era mejor para su futuro y el de su hijo. No la había alegrado la conclusión a la que había llegado, que tenía que empezar una nueva vida desde cero, pero había terminado aceptándolo. Y sabía que con el tiempo se sentiría realizada y satisfecha, al contrario de cómo se había sentido con Connor.
Sin embargo ahora, incluso meses después de haber tomado la decisión, no podía imaginarse el día en que dejara de amarlo. Suspiró ante lo difícil que resultaba en ocasiones reconciliar las emociones con el sentido común y enfrentarse a la realidad, sobre todo con un precioso niño pequeño como constante recordatorio de lo que había dejado atrás.
Una campanilla situada sobre la puerta de la tienda tintineó alegremente interrumpiendo sus pensamientos. Megan O’Brien entró con su nieto en brazos, que sonrió al ver a Heather.
–¡Mamá! –gritó extendiendo sus regordetes pequeños brazos. Ya tenía casi un año y era la alegría de la vida de Heather.
–Estaba echándote de menos –le explicó Megan–. Y he pensado que tú también necesitarías verlo un ratito. Sé que aún no te has recuperado de esas semanas que pasasteis separados.
–Gracias –dijo Heather extendiendo los brazos hacia su hijo.
–¿Te sientes agobiada? –le preguntó Megan con la clase de comprensión que tanto apreciaba.
En muchas ocasiones en el pasado había lamentado que Megan no fuera su suegra, ya que en muchos aspectos se sentía más unida a la madre de Connor que a su propia madre, que vivía en Ohio. Una maravillosa y excelente mujer que iba a la iglesia los domingos, que trabajaba como voluntaria en un refugio para indigentes y en un hospital infantil; sin embargo, Bridget Donovan tenía un interminable acopio de compasión para todo el mundo excepto para su hija. Se negaba en redondo a aceptar que una hija suya optara por no casarse con el padre de su hijo.
Heather suspiró. ¡Como si el matrimonio con Connor hubiera sido alguna opción, por mucho que ella lo hubiera deseado!
Heather acunó al pequeño Mick en sus brazos y asintió en respuesta a la pregunta de Megan.
–Tienes razón con eso de sentirme agobiada –dijo mirando a su alrededor–. No tengo ni idea de por dónde empezar. ¿Qué pasará si haber abierto una tienda aquí ha sido un gran error? No sé nada sobre dirigir un negocio. Y estando aquí, en este pueblo, rodeada por O’Brien… ¿Pero en qué estaba pensando? ¿Por qué os habré dejado convencerme?
–Porque sabías que era una idea brillante –respondió Megan, claramente satisfecha consigo misma por haber solucionado el futuro de Heather–. Aun así, es normal que tengas dudas –dijo consolándola–. Has vivido muchos cambios últimamente. Aunque todos buenos, creo. En cuanto a abrir tu propio negocio, éste es como algo innato en ti. En cuanto vi esas colchas hechas a mano, lo supe. Haces un trabajo absolutamente hermoso. Todo el mundo del pueblo querrá tener una de tus colchas o que les enseñes a confeccionar una.
Megan señaló una colcha hecha a mano con el estampado de una bahía.
–Ésa, por ejemplo, es un tesoro. ¿Cómo puedes soportar separarte de ella? ¿Y a ese precio? Debería costar el doble.
–El precio está bien. Sólo estaba experimentando cuando la hice –dijo Heather modestamente, aún asombrada por el hecho de que su afición pudiera convertirse en un negocio próspero. Siempre había disfrutado haciendo colchas y esa afición había llenado sus noches mientras Connor había estudiado, pero nunca lo había visto como otra cosa que una simple afición.
De hecho, estaba licenciada en Literatura y lo único que se le había ocurrido que pudiera hacer con su titulación había sido enseñar. Después de dos años en una clase descontrolada de un instituto de Baltimore, con mucho gusto había dejado su trabajo al quedarse embarazada.
Señaló la colcha que Megan estaba admirando.
–Si no lo estás diciendo para calmarme, si de verdad te gusta, te haré una.
A Megan se le iluminaron los ojos.
–¡Me encantaría! Pero te la pagaré y te juro que te convenceré para que me dobles el precio.
–Rotundamente no.
–Bueno, eso es lo que te voy a pagar –le respondió Megan con terquedad–. Tienes que dirigir un negocio.
Heather suspiró.
–Abrir un negocio es sólo una más de mis preocupaciones estos días –admitió–. ¿Qué me dices de haberme separado de Connor, Megan? ¿Fue la decisión correcta?
–Mi hijo es muy testarudo y tú le has dado exactamente la advertencia que necesitaba –le dio una palmadita en la mano–. Te quiere. Eso, tenlo por seguro. Si eres paciente, volverá a buscarte.
–¿Durante cuánto tiempo? Nos conocimos en el primer curso de la facultad, salimos durante cuatro años, y nos fuimos a vivir juntos cuando entró en Derecho. Cuando me enteré de que estaba embarazada, estaba segurísima de que nos casaríamos, sobre todo cuando me animó a dejar mi trabajo para ser madre a tiempo completo. Estaba segura de que finalmente seríamos una familia de verdad, una como la que siempre había deseado. Incluso me dijo que eso era lo que él quería también, pero sin un papel firmado de por medio. Debería haber sabido que no cambiaría de opinión. Connor siempre me dijo que no tenía intención de casarse nunca, que no creía en el matrimonio, así que no puedo decir que no entendiera las reglas desde el principio.
–La gente no hace reglas sobre cosas como ésas –dijo Megan desdeñosamente–. Simplemente dejan que el pasado controle el futuro. En el caso de Connor, su actitud se debe a lo que sucedió entre su padre y yo. Ahora que Mick y yo nos hemos vuelto a casar y hemos empezado de nuevo, estoy segura de que Connor verá que el amor puede superar toda clase de pruebas, incluso el divorcio.
Heather sonrió ante su optimismo.
–Connor es más testarudo que una mula. Una vez se forma una idea en la cabeza, no la suelta. Y mira todo el tiempo que ha pasado desde que me marché de casa. Fue en Acción de Gracias cuando me fui para pensar y en enero cuando lo dejé definitivamente. Pronto llegará Pascua y aún no ha dado señales de haber cambiado de opinión. Puede que no le haga mucha gracia que me vaya, pero no está haciendo nada por cambiar la situación.
Megan sonrió.
–Estoy casada con un hombre que es igual: su padre. Créeme, siempre hay forma de hacerles cambiar de opinión –miró al bebé–. Y tú tienes el as debajo de la manga. Connor adora a su hijo.
Heather sacudió la cabeza.
–Una pareja no puede construir su futuro en torno a un niño. No es justo. Mis padres lo hicieron, mantuvieron un miserable matrimonio por mí. Pensaron que sería lo mejor, pero no lo fue. La tensión era insoportable y yo no quiero eso para mi hijo.
–No estoy sugiriendo que estéis juntos por vuestro hijo, sólo que el bebé hará que Connor esté cerca mientras vuelve a poner los pies en el suelo y se da cuenta de lo mucho que os quiere a los dos. Tenerte con él era demasiado cómodo. Lo tenía todo tal y como quería. La decisión que tomaste fue la más inteligente. Con el tiempo se dará cuenta de lo que tiene que hacer para recuperaros a los dos.
–Espero que tengas razón –admitió Heather, aunque no lo daba por hecho. Es más, si las cosas no funcionaban con Connor, podía hacer que la decisión que había tomado de mudarse a Chesapeake Shores, donde estaba rodeada por su familia, fuera la peor de todas las que había tomado en años.
–¡Claro que tengo razón! –dijo Megan con confianza–. Ahora, dime qué puedo hacer para ayudarte a organizarte aquí. ¿Tienes algún sistema?
Heather soltó una carcajada que incluso a ella misma le sonó algo histérica.
–¡Ojalá! –exclamó mirando todo el caos que la rodeaba. Miró a Megan esperanzada–. ¿Estás segura de que tienes tiempo?
–Claro que sí. Ante la insistencia de Mick, he contratado a una ayudante muy competente para la galería y las cosas están bajo control. Mientras tanto, le diré que estaré aquí al lado si me necesita –abrió el teléfono móvil y, después de realizar la llamada, le dijo a Heather–: Ahora, venga, ponme a trabajar.
Heather no vaciló.
–Podrías empezar abriendo esas cajas y yo empezaré a clasificar estas telas para los muestrarios –sugirió dejando a Mick en el parque que le había instalado en una esquina. Él emitió un gemido de protesta de inmediato, pero entonces vio uno de sus juguetes favoritos y se puso a jugar con él.
Heather y Megan trabajaron en silencio un rato antes de que Megan preguntara:
–¿Ya le has contado a Connor lo de la tienda? No me lo mencionó la última vez que hablamos y no quería ser yo la que le diera la noticia.
Heather se puso tensa.
–No ha surgido. La verdad es que apenas intercambiamos unas pocas palabras cuando le llevo a Mick para que pase el día con él. Ni siquiera le he dicho que me he mudado aquí. Me llama al móvil cuando me necesita, así que no es que importe mucho dónde me haya instalado. Supongo que si me marchara a California, tendría una razón legítima para quejarse, pero estoy apenas a una hora de camino. Nada ha cambiado para que pueda ver al pequeño Mick.
Megan pareció quedarse afligida con la respuesta.
–Oh, Heather, tienes que decírselo. Y tienes que hacerlo antes de que venga a visitarnos y lo descubra, o antes de que alguien más de la familia cuente algo. Se pondrá furioso por el hecho de que se lo hayas ocultado.
Heather se encogió de hombros.
–Será una cosa más que añadir a la lista. Ya está furioso porque me negué a volver a casa. Para serte sincera, no le hizo mucha gracia que insistiera en quedarme con Mick después de que os lo dejara aquí mientras me tomaba un tiempo para solucionar las cosas y aclararme las ideas. Al parecer, pensó que eso sería algo permanente.
–Está claro que le gustó tener aquí al bebé, con él y con la familia. A todos nos encantó. Pero creo que todo el mundo, menos Connor, entendía que sólo era algo temporal.
Heather la miró con pesar.
–A veces pienso que estoy destinada a hacer las cosas mal entre Connor y yo. Las pocas veces que hablamos, nunca nos ponemos de acuerdo en nada.
Megan le sonrió.
–Ahora mismo es una situación extraña porque no le das lo que quiere: un compromiso incondicional sin matrimonio de por medio. Tiene que aprender que no siempre puede tener lo que quiere imponiendo su voluntad.
–¿Pero no estoy haciendo yo lo mismo, esperando que las cosas se solucionen como yo quiero?
Megan la miró pensativa.
–Supongo que eso es verdad, pero yo soy de tu misma opinión. Creo que dos personas que se aman y tienen un hijo juntos deberían probar con el matrimonio, deberían luchar para que funcionara.
Ella suspiró.
–Bien sabe Dios que he pasado años intentando hacer que las cosas funcionaran con Mick antes de dar el drástico paso de marcharme. Incluso en retrospectiva, no creo que entonces tuviera elección, aunque sé que debería haber manejado las cosas de otro modo y, mucho más, en lo que concernía a nuestros cuatro hijos. Aún lo lamento y jamás me habría perdonado a mí misma si hubiera salido corriendo al primer signo de problemas en lugar de dejarlo como último recurso.
Heather le sonrió.
–Pero aquí estáis, juntos otra vez. Aún existen los finales felices. ¿Por qué no puede verlo Connor, sobre todo cuando lo tiene justo delante de sus narices?
–Me temo que es porque no tiene ni una pizca de romanticismo en su cuerpo –le respondió Megan–. Se ha vuelto un cínico en lo que concierne al amor. Mick y yo somos los culpables y también su trabajo, por eso de tener que negociar divorcios cada día.
–Entonces, ¿qué te hace pensar que pueda volver conmigo? –le preguntó Heather.
–Que soy una romántica –respondió Megan sonriendo–. Creo en el poder del amor y sé lo mucho que se preocupa por la gente que ha dejado entrar en su corazón; por sus hermanas, su hermano, su abuela, e incluso por Mick cuando no están peleándose por una cosa u otra.
–Esa parte de él también la vi, o eso creía –dijo Heather en voz baja, aunque su voz carecía de la convicción que tenía la de Megan.
–Entonces, no renuncies a Connor –le aconsejó Megan–. Él encontrará el camino de vuelta a ti. Eso también lo creo.
Por mucho que admiraba a esa mujer y que respetaba sus opiniones, Heather deseó poder tener la misma fe que tenía Megan en lo que concernía a Connor, ya que él no parecía inmutarse y estaba decidido a no permitir que las emociones calaran en su testaruda cabeza.
Connor estaba en mitad de su casa de Baltimore preguntándose por qué ya no la sentía como un hogar. El mobiliario que Heather y él habían elegido seguía en su sitio. Ella no se había llevado nada al marcharse y, aun así, la casa parecía estar vacía a pesar de que los armarios de la cocina estaban llenos de platos y la nevera llena de comida…, si bien básicamente de congelados. Es más, a pesar de su marcha hacía unos meses, el toque de Heather estaba por todas partes de la casa.
El luminoso rostro de esa mujer le sonreía desde las numerosas fotos que adornaban la casa y el corazón siempre se le encogía al verla. Era la mujer más bella que había visto en su vida, tanto por dentro como por fuera. La mayoría de la gente veía el resplandeciente cabello rubio, los ojos avellana y los delicados rasgos y se centraba en ellos, pero él sabía que ella poseía el corazón más generoso de toda la tierra. Había aguantado a su lado tanto que le había demostrado que era una santa.
Y después se había ido. Así, sin más, el día de Acción de Gracias mientras él estaba fuera ahogando sus penas en un vaso de whisky irlandés con unos amigos y criticando la decisión de sus padres de volver a casarse. Heather había agarrado a su hijo y se había marchado. Y por si eso había sido poco, había dejado al bebé en la puerta de la casa de sus padres involucrando así a Mick y a Megan en el drama. Connor no estaba seguro de si sería capaz de perdonarla por ello.
Furioso al pensar en la humillación que le había supuesto tener que volver a Chesapeake Shores y explicarse ante su madre, de la que llevaba tantos años separado, optó por servirse otra copa de whisky irlandés. Entró en su despacho esperando sacarse de la cabeza todos esos pensamientos amargos y trabajar un poco, pero antes de poder cruzar la sala, sonó el timbre. Abrió la puerta y allí de pie se encontró a su hermano Kevin.
–¡Qué sorpresa! –dijo mirando a Kevin con reservas. Su hermano no tenía la costumbre de ir a verlo. La última vez que lo había hecho, se había encontrado a una Heather muy embarazada y casi se había quedado mudo por la situación tan incómoda que se había producido. Desde entonces, no había ido mucho.
–¿Te apetece un poco de compañía? –le preguntó Kevin al echarse a un lado. Tras él estaban dos de sus viejos amigos, Will y Mack, junto con sus cuñados, Trace Riley y Jake Collins.
Fue entonces cuando Connor vio cómo sus temores quedaron confirmados. Estaban allí para cumplir con una misión y no tenía duda de quién había tenido la idea: su padre.
–¿Y si no me apetece?
–Ey, Baltimore es una gran ciudad. Estoy seguro de que podemos encontrar un lugar por donde salir –dijo Jake–. No pienso desaprovechar esta oportunidad de tener una noche de chicos. La única razón por la que tu hermana me ha dejado salir ha sido porque Kevin le ha dicho que veníamos a verte.
Connor miró a Jake con incredulidad.
–¿Dejas que Bree te diga lo que puedes y no puedes hacer? ¡Venga, hombre, eso es lamentable! –y algo que confirmaba su pésima opinión sobre el matrimonio, por mucho que estuvieran hablando de su hermana.
Jake sonrió.
–Dejo que crea que las cosas funcionan así –le corrigió–. Y, para serte completamente sincero, esta idea que ha tenido tiene unos beneficios impresionantes, o por lo menos los tenía hasta que ha subido tanto peso con el embarazo que apenas puede moverse. Me echa la culpa del tripón que tiene, de que el bebé esté dando patadas constantemente y de que tiene los tobillos hinchados. Estos días ya puedo olvidarme del sexo.
Connor se tapó los oídos.
–Demasiada información –protestó y se giró hacia Trace–. ¿Y Abby? ¿Tiene que darte permiso para salir con los chicos?
–Claro que no –respondió Trace–. Aunque ayuda mucho que esta noche esté en Baltimore trabajando y que el tema no haya surgido.
–¿Qué habéis hecho con las gemelas? –preguntó Connor, refiriéndose a las precoces hijas de Abby que tenían nueve años, aunque parecía que tuvieran diecinueve–. Son un poco pequeñas para quedarse solas.
–Se han quedado con la abuela Megan y el abuelo Mick. Lo único malo es que mañana tendré que volver a explicarles que el helado y los caramelos no son los dos más importantes grupos de comida. Tendré que intentar convencerlas de eso antes de que su madre llegue a casa.
–¡Pues sí que tenéis complicaciones! –le dijo Connor a sus cuñados con gesto divertido–. No parecéis un buen ejemplo de matrimonio.
Trace y Jake intercambiaron una mirada de preocupación que lo dijo todo. Estaba claro que, por lo menos, alguna parte de su misión era convencerlo de que estaba haciendo las cosas muy mal con Heather.
Aun así, ya que estaban en su puerta y que él necesitaba desesperadamente algo de compañía, Connor se echó a un lado para dejarlos entrar.
–Imagino que a ninguno se le habrá ocurrido traer comida, ¿verdad? Tengo el congelador lleno de comida congelada, pero nada más.
–Mack puede saber al momento dónde está la pizzería más cercana –le aseguró Kevin–. Su móvil le permite encontrar una en cualquier ciudad del país. Puede que esté solo, pero nunca morirá de hambre.
–No estoy tan solo –le respondió Mack.
–Aunque siga diciendo que no está saliendo con vuestra prima Susie, se pasan juntos cada minuto que tienen libre –dijo Will–. Estoy pensando en escribir un artículo para una revista de psicología sobre el fenómeno del delirio de las «no citas».
–¡Que te den! –dijo Mack riéndose–. ¿A todos os apetece pizza?
–A mí sí –respondió Connor antes de mirar fijamente a sus inesperados invitados–. Siempre que no venga acompañada de un extra de metomentodos.
–Claro que no –dijo Kevin con solemnidad.
–Hecho –apuntó Trace.
–Nada de metomentodos durante la cena –añadió Will sonriendo–. Eso nos lo dejamos para el postre.
–¿Cómo han ido hoy las cosas con Heather? –le preguntó Mick a Megan cuando se reunieron para cenar en una de las pequeñas cafeterías de Shore Road situada en la misma calle que su galería.
–Está instalándose –le respondió Megan–. Creo que su negocio va a tener muchísimo éxito. Su apartamento también está arriba y es precioso, perfecto para ella y el pequeño Mick.
–Sigo sin entender por qué no se ha mudado a casa con nosotros –refunfuñó Mick–. El pequeño Mick se siente cómodo allí. Tenemos mucho espacio.
–Y eso haría que Connor los viera cada vez que va a casa –contestó Megan–. ¿Es eso lo que esperabas?
–Bueno, ¿por qué no? Si pasaran un poco más de tiempo juntos, podrían solucionar las cosas. Lo sabes tan bien como yo.
–También sé que no se les puede meter prisa. Pasar un tiempo separados puede ser lo mejor para ellos ahora mismo.
Mick miró a su mujer con gesto divertido.
–No actúes como si no estuvieras manipulando. Sé que has convencido a Kevin para que quedara con Connor esta noche. Por lo que sé, Jake, Trace, Will y Mack han ido a casa de Connor a engrandecer las maravillas de la vida matrimonial.
Megan lo miró inocentemente.
–Will y Mack no están casados.
–Puede que no, pero Will es psiquiatra, así que seguro que tiene muchas percepciones que ofrecer. En cuanto a Mack, casi parece que esté casado teniendo en cuenta todo el tiempo que está pasando con Susie últimamente –sacudió la cabeza desconcertado–. No sé por qué mi hermano no se ha entrometido y se ha hecho cargo de esa situación. Ya es hora de que Mack le pida matrimonio a esa chica o que, al menos, admita que está saliendo con ella.
–Tu hermano no es un entrometido nato, como lo eres tú –le recordó Megan–. Seguro que Susie y Mack se lo agradecen.
–Ya estás otra vez, hablándome con superioridad, cuando sé que eres tan entrometida como yo –la acusó Mick.
Megan se rió.
–¿Qué puedo decir? Quiero que todos nuestros hijos sean tan felices como nosotros.
Mick la miró fijamente; después de que durante su primer matrimonio se le escaparan tantas muestras de infelicidad ahora estaba decidido a que no se le pasara ni una.
–¿Lo dices en serio? ¿Eres feliz?
–Claro que soy feliz. Tengo todo lo que podría querer. Estamos juntos otra vez. He abierto un negocio que me encanta y ha empezado muy bien. Y mi relación con cada uno de nuestros hijos se hace más y más fuerte cada día. ¿De qué podría quejarme?
–Tal vez del hecho de que nunca hiciéramos esa luna de miel que te prometí –le sugirió Mick.
Megan se encogió de hombros como si tener la luna de miel de sus sueños no fuera importante, aunque sólo habían podido permitirse un viaje a Ocean City durante un fin de semana cuando se casaron por primera vez hacía tantos años.
–Eso es culpa mía, no tuya –le dijo–. Todo empezó a marchar bien con la galería justo después del primer año y no había tiempo para irse.
–¿Y ahora? ¿Crees que podrías tener un poco de tiempo para mí?
–La galería ya está abierta y mi ayudante tiene experiencia, así que supongo que podría escaparme –dijo pensativa antes de mirarlo con un intenso brillo en los ojos–. Seguro que ésa no ha sido una pregunta al azar, Mick O’Brien. ¿Qué tenías en mente?
–Una semana en París –dijo inmediatamente. Sacó dos billetes del bolsillo y los dejó sobre la mesa–. Y antes de que empieces a protestar, fíjate en que no tienen fecha. Podemos ir cuando tú digas.
Megan le agarró la mano.
–¿Quién podría haber imaginado que pudieras aprender algo más a estas alturas?
Él se rió ante el comentario.
–Cuando la motivación es suficientemente fuerte, un hombre siempre puede aprender algo nuevo. Espero que Connor se dé cuenta de ello antes de que sea demasiado tarde.
La animada actitud de Megan se ensombreció al oír esas palabras.
–Oh, Mick, eso espero, pero no hay mucho que tú y yo podamos hacer para asegurarnos de que eso pasa. Todo depende de Heather y de él.
Mick lo sabía, pero aun así, no estaba dispuesto a dejar algo tan importante al azar.
–No te importará si hago alguna cosa para darle un empujoncito a la situación, ¿verdad?
Ella lo miró con dureza.
–Puedes darle todos los empujoncitos que quieras, pero estate atento a las señales, Mick. Cuando te griten que te mantengas al margen, hazlo. Lo digo en serio –le sonrió–. Y algo me dice que es el momento ideal para sacarte de la ciudad antes de que hagas algo de lo que los dos tengamos que arrepentirnos. Haz esas reservas para París. Intentaré mantenerte ocupado allí para que Connor y Heather puedan tener un poco de espacio para respirar aquí.
–Ése es un enfoque muy vil –dijo él–, pero se te olvida una cosa.
–¿Qué?
–Soy fantástico haciendo varias cosas a la vez. Megan lo miró a los ojos con expresión divertida.
–¿Ah, sí? –preguntó con voz suave mientras deslizaba una mano por la cara interna de su muslo–. ¿Quieres apostar algo a que no soy capaz de hacer que te olvides de Chesapeake Shores y que dejes de entrometerte?
Mick tragó saliva con dificultad. Se lo pasarían en grande mientras ella intentaba demostrárselo.
Los esfuerzos combinados de los hombres de su familia y sus amigos convencieron a Connor para que hiciera ese viaje a Chesapeake Shores el sábado. No había estado en casa de sus padres desde la celebración de su boda el día de Nochevieja. Aunque había estado bien con Mick e incluso con Megan, las cosas parecían marchar mejor entre ellos cuando mantenía las distancias. Su capacidad de intromisión lo desbordaba. Le habían dejado muy claro lo que opinaban sobre su relación con Heather.
El trayecto hasta casa había sido agradable, para variar. Aunque el tiempo era especialmente suave para tratarse de finales de marzo, era demasiado pronto para que la mayoría de los turistas y domingueros abarrotaran los pequeños pueblos de la Bahía Chesapeake.
Al llegar a Chesapeake Shores y descubrir todas las señales que indicaban que la primavera estaba a la vuelta de la esquina, se dio cuenta de lo mucho que echaba de menos estar en casa. En esa época del año, las zonas verdes del pueblo estaban cubiertas de narcisos, el aire salado de la bahía lo inundaba todo y había algo de especial en el modo en que el sol de la mañana se filtraba por la bruma y resplandecía sobre el rocío que cubría la hierba.
Con temperaturas que se acercaban a los veinte grados, podía imaginarse saliendo a pescar en su viejo bote de remos. Tal vez incluso podría convencer a Kevin de que lo acompañara. Hacía años que no pasaban un día de ocio en el agua.
Antes de dirigirse a casa, recorrió Main Street y después giró a la derecha hacia Shore Road. Era prácticamente un ritual hacer un tour por el pueblo que su padre y sus tíos habían construido, y ver qué estaba pasando. Siempre había algún que otro cambio que lo sorprendía, sobre todo en primavera, cuando la mayoría de los nuevos negocios abrían para ir preparándose para la temporada estival de turistas.
Vio la banderita de «Abierto» hondeando fuera de la nueva galería de arte de su madre y decidió hacer la visita obligada algo más tarde, ya que se había perdido la inauguración oficial. Estaba ansioso por ver si sabía tanto de arte como su padre y el resto de la familia parecían pensar.
Antes de seguir conduciendo, vio una nueva tienda justo en el local contiguo. Una hermosa colcha hecha a mano colgaba de la ventana; una colcha que, según vio impactado, le resultaba muy familiar porque ésa misma, o una muy parecida, había colgado una vez de la pared de su casa. Era la única cosa que había desaparecido después de la marcha de Heather.
Frenando en seco, miró a su alrededor para buscar un sitio donde aparcar. Lo encontró al final de la calle y, después de estacionar, intentó calmar los repentinos latidos de su corazón. Conocía esa colcha porque Heather la había confeccionado. La había observado por las noches mientras había cosido cada costura a la vez que él estudiaba para sus clases de Derecho. Había quedado cautivado por la satisfacción del rostro de Heather mientras trabajaba en silencio, feliz simplemente por el hecho de estar en la misma habitación que él.
Ver esa colcha en un escaparate no debería haberlo dejado así, pensó mientras cruzaba la calle. No debería importarle que ella la hubiera puesto en venta, pero así era.
Le ofendía pensar que tal vez estaba renunciando a ella porque necesitaba dinero, aunque, ¿cuánto podía suponerle una colcha? Creía que le había dado una cantidad lo suficientemente generosa para la manutención de su hijo, suficiente para los dos, en realidad, pero tal vez no estaba cubriendo gastos después de todo. Por otro lado, sabía, gracias a las muchas discusiones que había tenido con ella, que era demasiado orgullosa como para aceptar más.
Aunque, por supuesto, peor aún era la idea de que estuviera vendiendo la colcha porque no pudiera soportar mirarla porque le recordaba a él. ¿Tanto había llegado a odiarlo? Era verdad que últimamente la mayoría de sus conversaciones habían sido breves y muy tensas, pero él se había convencido de que con el tiempo se volverían más civilizadas. Tal vez era otra de las falsas ilusiones que tenía en lo que concernía a Heather, junto a la idea de que cambiaría de opinión y volvería a casa con él.
Miró el cartel de la ventana; uno en el que no se había fijado antes: COLCHAS RÚSTICAS. Por alguna razón, eso también le había extrañado. ¿Alguna vez Heather le había mencionado querer abrir una tienda como ésa? ¿Era uno de los sueños que había tenido antes de renunciar a ellos para estar con él? Sabía cuánto había odiado enseñar, pero no podía recordar lo que había esperado hacer una vez que el bebé fuera un poco mayor; lo cual le recordaba las muchas conversaciones que habían evitado a lo largo de los años que habían pasado juntos: cualquiera que girara en torno al futuro la habían evitado como si fuera un campo de minas.
Justo en ese momento la vio y la oyó. Ahí estaba Heather, entre un mar de tejidos hablando con una clienta animadamente sobre qué colores combinaban y cuáles no. Impactado, vio que no sólo tenía la colcha en venta, sino que además estaba trabajando allí. ¿Cómo había llegado a pasar? Lleno de preguntas, se quedó parado donde estaba, justo al otro lado de la puerta, y esperó.
Cuando la clienta se marchó con una gran bolsa llena de telas, Connor entró. Heather alzó la mirada con una sonrisa en la cara que se desvaneció al verlo.
–Connor –dijo con la voz entrecortada–. No esperaba verte aquí.
–Chesapeake Shores es mi hogar –le recordó él–. ¿Qué demonios estás haciendo aquí?
Ella miró a su alrededor.
–¿A ti qué te parece? He abierto un negocio.
Miles de preguntas lo asaltaron, pero él sólo formuló una:
–¿Es tuyo?
Ella asintió, como a la defensiva.
–¿Has abierto un negocio aquí, en mi pueblo? –le preguntó incrédulo.
Heather sonrió ante su reacción.
–En realidad, si el pueblo pertenece a alguien, es a tu padre, pero estoy segura de que está abierto a nuevos residentes.
–¿Y no has pensado que tenías que decirme que te habías mudado aquí?
–Lo habría hecho en cuanto nos hubiéramos instalado. Abrir este sitio me ha llevado mucho tiempo.
–No me digas que estás viviendo con mis padres –dijo mirándola con desconfianza y sintiendo que estaban tramando algo. Después de todo, ¿no era eso lo que su madre había dejado entrever en su boda, que estaba dispuesta a asegurarse de que él era el siguiente en recorrer el pasillo hasta el altar? Y, sin duda, eso explicaría la inesperada visita de todos los hombres de la familia el fin de semana anterior y cómo habían insistido en que fuera hasta allí.
–No. Créeme, sé que habría sido una mala idea. Tengo mi propio apartamento arriba. Tu madre y yo…
Él frunció el ceño ante la mención de su madre.
–¿Qué tiene que ver mi madre con todo esto? ¿Ha sido idea suya?
–En cierto modo, sí –admitió inmediatamente.
–Y seguiste adelante –dijo él sacudiendo la cabeza, molesto–. ¿No te he dicho que no puedes confiar en ella?
Heather se puso tensa.
–Me has dicho muchas cosas, Connor, todas ellas probablemente válidas desde tu perspectiva, pero prefiero formarme mis propias opiniones sobre la gente. Resulta que aprecio a tu madre e incluso tú tienes que admitir que en los últimos meses ha sido un regalo del cielo, ha cuidado de Mick.
–Pero eso no implica que tengas que seguir sus consejos. ¿Te dijo que si te instalabas aquí, yo acabaría cediendo y me casaría contigo?
–Confía en mí, sé lo que opinas sobre el matrimonio, Connor. Ya me lo has dejado claro muchas veces. Lo tengo bien grabado en la memoria.
–Entonces, ¿qué estás haciendo aquí? –volvió a preguntarle, verdaderamente desconcertado por el hecho de que hubiera elegido ese lugar.
–Esta decisión trata de mí y de lo que quiero para mi futuro. Tu madre vio mis colchas y pensó que tenía talento. Cuando vine para la boda, me habló de este local y del apartamento de arriba. Me pareció ideal, sobre todo porque eso significaba que nuestro hijo crecería cerca de sus abuelos, de sus tíos y de sus primos. Era una opción mucho mejor que volver a Ohio para estar con mi familia, como supongo que puedes imaginar.
Por muy lógico y racional que le parecía todo, Connor no podía tolerar el hecho de que se lo hubiera estado ocultando.
–Nos hemos visto varias veces desde la boda, como cuando me llevaste a Mick para que pasara el día conmigo, y nunca me dijiste ni una palabra de esto. ¿Por qué no?
–Siempre has sabido exactamente cómo localizarme en el teléfono móvil. No creía que te interesara saber dónde vivo –dijo encogiéndose de hombros.
–Claro que me interesa. ¡Estamos hablando de mi hijo! –dijo alzando la voz.
Vio una luz apagarse en la mirada de Heather y supo que había dicho algo equivocado. Era un hábito que no podía evitar. Cuando debería haberle dicho a Heather que la echaba de menos, no había podido pronunciar esas palabras; admitirlo habría mostrado una vulnerabilidad que no estaba preparado para que ella viera.
–No ha cambiado nada en lo que concierne al pequeño Mick –le aseguró Heather con voz tensa–. Lo verás siempre que quieras. Puede que esto no sea tan cómodo como tenernos en Baltimore, pero no es que estemos cada uno en una punta del mundo. Además, aparte de por darle la oportunidad de crecer junto a su familia, este traslado no ha sido por él, sino por mí. Y creo que hace tiempo que está claro que no te importo, así que ya era hora de que empezara de nuevo. Chesapeake Shores tenía muchas ventajas que otros lugares no habrían tenido. Estoy segura de que eso no puedes negarlo.
Connor comprendía por qué ella creía que no le importaba, pero de todos modos lo enfurecía.
–No seas ridícula. Te quiero. Tenemos un hijo juntos. ¿Y qué clase de nuevo comienzo es éste si estás rodeada de mi familia?
–Es donde necesito estar ahora mismo. Acéptalo.
Su tono resultó sorprendentemente tenaz. ¿Qué había pasado con la mujer complaciente y servicial que había conocido tan bien? Antes de poder preguntarlo, ella alzó una mano para detenerlo.
–No pienso tener esta discusión aquí, donde podría entrar un cliente en cualquier momento –dijo firmemente–. Por favor, Connor, márchate. Si quieres estar hoy con tu hijo, está con tu padre. Creo que Mick quería aprovechar el buen tiempo y llevarlo con sus primos Davy y Henry al muelle de la casa para pescar.
Connor quería quedarse allí y discutir con ella, decirle que mudarse allí y acercarse a su familia era un error, pero no tenía derecho a hacerlo. Su testaruda negativa a dar el siguiente paso y casarse con ella le había costado la oportunidad de tener algo que decir en sus decisiones más allá de las que afectaban directamente a su hijo. Y, ¿cómo podía discutirle que un lugar tan plácido como Chesapeake Shores, con toda su familia cerca, no era un lugar perfecto para criar a un niño?
–¿Te veré luego en la casa?
–Lo dudo. Shanna me traerá a Mick a casa cuando recoja a Davy y a Henry.
–¿Mañana? –insistió él, no seguro de por qué quería saber hasta qué punto ella se había involucrado en la vida de su familia–. ¿Irás a comer el domingo?
Ella lo miró a los ojos.
–¿Te molestaría si lo hiciera?
–Claro que no –respondió él logrando pronunciar esa mentira a pesar de los remordimientos que lo invadían. Verla, saber que la había perdido, era una especie de dulce tortura.
–Entonces, allí nos vemos. Puede que tengamos oportunidad de hablar sobre cómo vamos a solucionar esto –esbozó una sonrisa vacilante–. Connor, no quiero que cada vez que nos encontremos se genere una situación tan incómoda. De verdad que no.
Él suspiró.
–Yo tampoco.
Sin embargo, no estaba seguro de que fuera posible actuar como si lo sucedido entre ellos jamás hubiera importado porque lo cierto era que, tal y como había descubierto hacía unos meses, ella y su hijo eran lo único que le importaba en su vida. Pero no encontraba el modo de seguir al lado de ambos sin traicionar su creencia de que la mayoría de los matrimonios eran un engaño y que no conducían a la felicidad, sino a la miseria.
Una vez en la casa que su padre había construido cuando estaba desarrollando Chesapeake Shores, Connor se detuvo lo suficiente para meter su bolsa de viaje en la habitación que tenía de pequeño, que aún conservaba sus viejos pósters de deporte en las paredes. En la cocina agarró un puñado de galletas caseras, aliviado al ver que su abuela no había dejado de cocinar a pesar de que todo el mundo, incluso ella, se había mudado de la casa grande cediéndosela a sus padres. Al parecer, su abuela aún se aseguraba de que el tarro de las galletas estuviera lleno para las visitas de todos sus bisnietos.
Mientras cruzaba el enorme jardín hacia la bahía, podía oír las risas de los niños provenientes del muelle, seguidas por la voz sorprendentemente paciente de su padre. Sobre los tablones desgastados del embarcadero y bajo el cálido sol del mediodía, Connor permaneció allí sin que se percataran de su presencia mientras su padre colocaba cebos y ayudaba a sus tres nietos a lanzar la caña rodeando firmemente con un brazo al pequeño Mick, sin soltarlo ni un instante. Sólo Henry y Davy tenían oportunidad real de pescar un pez, pero incluso sobre el regazo de su abuelo, el pequeño Mick sujetaba su caña dentro de las calmadas aguas de la bahía mientras emitía divertidos sonidos a los que Mick respondía como si pudiera entenderlo perfectamente.
–Ojalá tuviera la cámara –dijo Connor en voz baja haciendo que Mick alzara la mirada y sonriera–. No puedo recordar haberte visto pasando el día pescando conmigo y con Kevin.
La sonrisa de Mick se desvaneció.
–Puede que tengas razón, y es algo que lamento. Por eso doy gracias a Dios cada día por tener otra oportunidad con estos niños.
Hasta ese momento, Davy y Henry habían estado absolutamente absortos observando el agua en busca de alguna señal de que hubiera peces cerca, pero al ver a Connor, unas amplias sonrisas habían cruzado sus rostros. Allí estaba el tío que era más un compañero de juegos que una figura autoritaria.
–Tío Connor, siéntate con nosotros –le suplicó Davy–. Puedes colocarme los gusanos en el cebo.
–Los chicos grandes se colocan sus propios cebos –le dijo Mick firmemente–. Ya te he enseñado cómo se hace.
Davy arrugó la nariz.
–Pero es asqueroso.
Connor sonrió.
–Es verdad. Dame un minuto con el abuelo y el pequeño Mick e iré a ayudaros.
Mientras oía la conversación, Mick observaba a Connor con curiosidad.
–¿Qué te trae por casa? ¿Te esperábamos?
–¿Es que ahora tengo que hacer una reserva? –le preguntó con actitud desafiante. Durante un tiempo había estado como desterrado de su casa por intentar interferir en los planes de su padre de volver a casarse con su madre, pero creía que su exilio formaba parte del pasado. Incluso, se había mudado con ellos durante un tiempo cuando Heather había dejado allí a su hijo unas semanas.
–Claro que no tienes que hacer ninguna reserva, pero es que no venías desde la boda. ¿O debería decir desde que Heather se llevó a tu hijo para que estuviera con ella?
–Me han dicho que tenía que venir a haceros una visita.
Mick se rió.
–Entonces, la misión ha sido un éxito. Puedes darle las gracias a tu madre por planearlo todo.
Connor frunció el ceño.
–¿Mamá envió a Kevin y a los demás a Baltimore? Creía que habías sido tú el que estaba detrás de todo esto.
–Esta vez no. Ha sido tu madre la que ha ido sembrando unas cuantas semillas por aquí y por allá –admitió Mick.
–Supongo que querían traerme hasta aquí para que descubriera que Heather está viviendo en el pueblo con mi hijo.
–No me sorprendería.
Connor le lanzó una mirada amarga a su padre.
–No va a funcionar, lo sabes.
Mick alargó la mano para colocar otro gusano en el anzuelo de Davy, al ver que al chico le estaba costando mucho, y después volvió a mirar a Connor.
–¿Qué no va a funcionar?
–Juntarnos a Heather y a mí. No vamos a casarnos.
Mick se encogió de hombros.
–Tú verás, aunque es una pena que este chico no tenga un padre en su vida todo el tiempo. Y antes de que digas nada, sí, puede que yo haya estado lejos demasiado tiempo, pero siempre fui un padre en todo momento y todos lo sabéis.
De nuevo a la defensiva, Connor dijo:
–Mi hijo sabe que lo quiero.
–¿Y cómo va a saber algo así cuando nunca te ve?
–Lo veo todo el tiempo. Heather me lo llevó la semana pasada.
–Durante una hora o dos, seguro. ¿Qué forma es ésa de ser padre?
–Tiene poco más de un año –protestó Connor–. Ahora mismo necesita a su madre más de lo que me necesita a mí. Cuando sea un poco más mayor, pasará más tiempo conmigo.
–Y crecerá quejándose de que apenas ve a su padre –dijo Mick y alzó la frente, como preparándose para la respuesta de Connor–. «Le dijo la sartén al cazo», sí, lo sé. Pero precisamente eso me convierte en la voz de la experiencia. No dejes que estos preciados años pasen sin que formes parte de ellos. Aprende de mis errores.
Connor pensó en otro comentario acalorado que hacerle, pero en lugar de decir algo, se sentó en el embarcadero junto al pequeño Mick.
–Ey, colega, ¿pescas algo?
Su hijo le esbozó una amplia sonrisa y, feliz, agitó su diminuta caña de pescar en el aire. Se levantó del regazo de Mick para acurrucarse junto a Connor y recordarle así, de un modo que Mick jamás podría lograr, cuánto le estaba suponiendo su terquedad.
Cuando la tienda de colchas se hubo vaciado de clientes a la hora del almuerzo, Heather fue al local de al lado para ver a Megan.
–¿Tienes un minuto?
–Jane está a punto de irse a comprar unos sándwiches así que ahora mismo no puedo salir. ¿Qué pasa?
–¿Podrías salir a la puerta? Así las dos veremos si llegan clientes.
–Claro. ¿Quieres que Jane te traiga algo a ti también?
La comida era lo último en lo que Heather podía pensar en ese momento, ya que lo único en lo que había podido pensar durante la última hora era en la inesperada visita de Connor, pero aun así dijo:
–Si va a ir donde Sally, dile que me traiga un croissant de atún. Ahora le traigo el dinero.
–Vale. Nos vemos fuera en un minuto –le prometió Megan.
Una de las mejoras que se habían hecho en Main Street y en Shore Road había sido añadir bancos delante de muchas tiendas. Eso permitía a los agotados compradores descansar unos minutos, pero lo más importante, permitía que los maridos aburridos se relajaran fuera, en lugar de pasearse de un lado a otro de las tiendas y lanzarles a sus mujeres unas miradas intimidantes que les quitaban las ganas de seguir gastándose dinero.
Aunque el sol era cálido, la brisa de la bahía era fría. Heather se puso un jersey y se sentó fuera a esperar a Megan. Cuando la madre de Connor se reunió con ella, suspiró al sentarse.
–¡Qué bien! Llevo de pie toda la mañana, aunque no debería quejarme porque eso significa que el negocio marcha bien. ¿Qué tal tú? ¿Has estado ocupada?
–Abrumada. Casi todo el mundo ha estado mirando sin más, aunque sí que he hecho dos buenas ventas.
Megan la miró fijamente.
–Entonces, ¿por qué no se te ve contenta?
–Connor ha estado aquí –dijo mirando a Megan atentamente para ver su reacción.
–¿En serio? No nos ha dicho a ninguno que fuera a venir.
–Pero sí que sabías que podría venir, ¿verdad? No te has quedado demasiado sorprendida.
Megan se encogió de hombros.
–Esperaba que viniera a casa pronto, claro, pero no conocía los planes que tenía.
Heather no se creía que Megan supiera tan poco del tema como fingía.
–¿Por qué no me has avisado? Ha venido esta mañana en busca de pelea. Ni siquiera estoy segura de cómo ha sabido que la tienda era mía porque tú me dijiste que no se lo habías contado.
–No le he dicho ni una palabra –le contestó Megan–. Puede que haya reconocido la colcha del escaparate. ¿No me dijiste que la teníais colgada en el apartamento?
Heather no podía creerse que Connor le hubiera prestado tanta atención a esa colcha que ella había hecho, ya que cuando la había tejido por las noches, él había tenido la cabeza hundida en sus libros de Derecho y no había hecho el más mínimo comentario cuando la había colgado en casa.
–Supongo que podría ser eso –dijo lentamente–. ¿Estás segura de que no se te escapó nada sobre la tienda?
–Te dije que no lo haría –contestó Megan, nada ofendida por la pregunta–, pero que él acabaría descubriéndolo tarde o temprano. ¿Se ha enfadado?
Heather asintió.
–No estoy segura de si es porque le ha pillado desprevenido o porque estoy aquí en su pueblo.
–Seguro que por las dos cosas –dijo Megan–. ¿Habéis hablado?
–La verdad es que no. No quería hablar nada aquí, donde podría entrar un cliente en cualquier momento. Decidimos que hablaríamos un poco más cuando llevara al pequeño Mick a comer mañana.
La mirada de satisfacción de Megan sugería que eso era exactamente lo que se había esperado. Heather la miró con desconfianza.
–¿Seguro que no has tenido nada que ver con el hecho de que haya venido aquí este fin de semana?
–Puedo decir sinceramente que hace días que no hablo con él.
–Creo que pasa algo, pero no sé qué es. Supongo que en realidad no importa mucho lo que Connor esté haciendo aquí. Como has dicho, tarde o temprano tenía que presentarse por aquí y supongo que esperaba que fuera más tarde. No estoy preparada para hablar con él. Aún estoy acostumbrándome a mi nueva vida y puede que no sea lo suficientemente fuerte como para defender todas mis decisiones.
–Claro que sí –dijo Megan–. Has empezado una nueva vida para ti y para tu hijo. Puedes con todo. Después de todo, tuviste las fuerzas suficientes como para irte de casa. Para eso hace falta valor, Heather, sobre todo cuando tu corazón quería quedarse en casa con Connor.
–Sólo lo hice porque sentía que no tenía otra elección. Tu hijo es muy locuaz. Si se decide a hacerlo, puede acabar con todas las razones lógicas que tengo para estar aquí y convencerme de que tengo que estar a su lado.
Megan la miró con curiosidad.
–¿De verdad te preocupa que pueda convencerte para hacer algo que no quieres hacer? –le preguntó y añadió con delicadeza–: ¿O te preocupa que no lo intente?
Heather se recostó en el banco con un suspiro que pareció salirle directamente del corazón. Ahí estaba, la verdad que no podía negar. Por mucho que supiera que su decisión de marcharse y dejar a Connor había sido de lo más inteligente, una parte de ella deseaba desesperadamente que él luchara por recuperarla. Si no lo hacía, esa parte de su corazón que aún no estaba completamente rota quedaría hecha pedazos finalmente.
El plan de Connor de salir a navegar en su bote por la tarde se había desvanecido en el momento en que había descubierto que Heather ahora estaba viviendo allí y que su hijo estaba con su padre.
Cuando el pequeño Mick se cansó de estar con sus primos, Connor lo levantó en brazos y lo llevó a la casa.
–Prepararé unos sándwiches, papá. ¿Os queda mucho aquí a los niños y a ti?
–Una media hora –respondió Mick–. Después, todos iremos a echarnos una siesta, ¿verdad, chicos?
Henry lo miró muy serio.
–Yo ya no echo la siesta, abuelo Mick.
–Yo tampoco –apuntó Davy.
–Bueno, pues yo sí –terminó Mick.
–Y también vuestro primo –dijo Connor–. Si después de almorzar no tenéis sueño, jugaré con vosotros, ¿vale?
–Henry te ganará –dijo Davy presumiendo de su hermanastro–. Se le dan muy bien los juegos.
Connor se rió.
–Entonces tendré que tener cuidado con el juego que elijo. Tengo el récord en alguno de ellos.
Mick sacudió la cabeza.
–¿Sigues siendo ese niño tan competitivo que odiaba que le ganaran? –le preguntó a Connor.
–Claro que sí –respondió él guiñándole un ojo–. Nos vemos en casa.
Una hora más tarde, Connor había dado de comer a los niños, después había puesto a dormir la siesta a su hijo antes de meterse en el estudio con Davy y Henry. A pesar de sus protestas, a Davy le entró sueño antes de que pudiera encender el equipo de vídeo. Connor lo llevó arriba, volvió y se dirigió a Henry.
–¿Seguro que no prefieres descansar un poco?
–Preferiría jugar. Davy no me lo pone difícil y el abuelo y Kevin no entienden cómo funciona el juego.
–¿Tan bueno eres?
–Buenísimo –dijo Henry con una demostración de confianza en sí mismo poco común en un niño que acababa de encontrar su lugar en su nueva familia.
–¿Quieres apostar algo? Si ganas, te llevo al pueblo a tomar un helado. Si yo gano, tú invitas.
–No lo hagas –dijo Kevin entrando en la habitación con un puñado de galletitas–. Tu tío Connor hace trampas.
Connor se giró hacia su hermano indignado.
–Claro que no. Si alguien hace trampas aquí, ése eres tú, hermano.
–¿Desde cuándo? –preguntó Kevin y agarró el mando a distancia.
Detrás de ellos, Henry se reía.
–Estáis locos, chicos.
Kevin sonrió a su hijo adoptivo.
–No eres el primero que se fija en eso, hijo. ¿Qué te parece si tú y yo formamos equipo contra este as de los videojuegos?
Henry asintió con entusiasmo.
–¡Genial!
–No me parece justo –dijo Connor–, pero vamos allá.
Una hora después, había acabado con los dos y estaba mirando a Kevin con satisfacción.
–¿Quién llora ahora? En mi futuro puedo ver un helado de nata con doble ración de chocolate caliente.
