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Crónicas de época con recuerdos de situaciones y costumbres de infancia y adolescencia en la Mendoza de fines de los setenta y la década de los ochenta. Aunque se trata de historias personales, pueden ser fácilmente reconocibles a través de la experiencia de quienes vivieron esos años en el interior de la Argentina. La serie completa apareció publicada en el diario Mdz online los domingos, entre el 24 de enero y el 26 de diciembre de 2021. La autora comparte aquí la mirada de aquella niña tímida, con el pelo lleno de rulos dotados de voluntad propia, que fue. La panorámica recorre cómo vivían los integrantes de su numerosa familia mendocina, la Tribu. Y entre varios asuntos, el enfoque se detiene en reconstrucciones de las ocurrencias infantiles para superar el aburrimiento y la condena de las icónicas siestas mendocinas, cuando estaba terminantemente prohibido hacer ruido y no dormir. También desfilan episodios escolares, lugares, calles, sentimientos y más pormenores –hasta golosinas, música, películas y otros paisajes y peripecias- que hacían a la vida de niños y adolescentes de entonces. La secuencia no es cronológica, sino que está hilvanada del modo en que surgen los recuerdos, salpicados por el dictado de la emoción. Cuando se mira con detenimiento el presente, se valora que la mirada sobre el mundo empezó por seguir ese hilo de Ariadna que nace en la familia, aunque a veces se transforme en un hilo invisible.
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Seitenzahl: 194
Veröffentlichungsjahr: 2022
Fúnes, Martina
Un hilo invisible : mis recuerdos de los ‘80 / Martina Fúnes. - 1a ed. - Godoy Cruz : Jagüel Editores de Mendoza, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-4931-43-6
1. Narrativa Infantil y Juvenil Argentina. 2. Memorias. I. TÌtulo.
CDD A863.9283
UN HILO INVISIBLE
Mis recuerdos de los ‘80
MARTINA FÚNES
© 2022 Jagüel Editores de Mendoza
© 2022 Stella Marys Ballarini
© 2022 Martina Fúnes
Correspondencia: Sarmiento 1740 – (5501) Godoy Cruz, Mendoza, Argentina
cel. 54-261-5093367
tel. 54-261-4522010
e–mail: [email protected]
e-mail de la autora: [email protected]
Diseño Gráfico: Ana Povedano
Ilustración original de cubierta: Vicky Malamud – Título: “Balcón a mi infancia”
Curadoría: Bettina Ballarini
Conversión a formato digital: Libresque
Advertencia: La presente colección de relatos es una selección de crónicas que la autora publicó en MDZ Online entre el 24 de enero y el 26 de diciembre de 2021.
Derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la tapa, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Las opiniones expresadas en los artículos firmados son exclusiva responsabilidad de sus autores.
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A María Ana Barrozo, siempre y para siempre.
A Gonzalo y Manuela Casas, todo es con y para ellos, hasta el infinito.
A cada uno de los integrantes de mi Tribu.
No sé si alguna vez tendré la suerte de ser abuela, aunque no me quepan dudas de que es una experiencia que no me quisiera perder. Lo sé, sobre todo, porque me encantó ser nieta.
Mi referencia son esas abuelas que ven en los hijos de sus hijos una síntesis perfecta de todas las características, únicas e irrepetibles, de lo mejor de un ser humano. Esas abuelas que saben que el mundo es un lugar mejor porque hay una persona especial que ellas ayudan a crecer y desarrollarse. Las que son capaces de acostarse y levantarse planificando el día impecable que van a compartir con su descendiente preferido.
Quisiera ser como una abuela que conocí que se podía pasar toda la tarde en el cine viendo una y otra vez las dos mismas películas que se proyectaban en loop, disfrutándolas como si cada vuelta fuera la primera. O como aquella con la que daban ganas de estar toda una siesta leyendo o durmiendo en un sillón, sin ninguna ocupación o tarea pendiente más que las ganas de estar juntas.
Las abuelas son esas personas que te esperan con un cargamento de tu golosina favorita cada vez que llegás a su casa; que incluso te dejan desordenar un placard y dar vuelta todo el contenido de un cajón lleno de objetos para que busques y encuentres algo que te entretenga cuando estás aburrida. Las que pueden transformar un vestido en un disfraz, o una sábana en una carpa para que hagas de su jardín un campamento con fogata incluida. Son seres capaces de hacer cariños y mimos por horas sin cansarse nunca, consolar y aconsejar mil veces, sobre todo cada vez que alguien te decepciona.
Son, además, las que siempre saben, sin preguntar, cuál es el juguete (o libro en mi caso) con el que sueñan sus nietos. Tejen con ellos una conexión que hacen innecesarias las explicaciones y cosen, desde el día del nacimiento de los hijos de sus hijos, un hilo invisible e indestructible, que los ata y los sostiene.
Para entrar a la casa de mi abuela había que subir unas escaleras que yo trepaba a la carrera. Saltaba los escalones de mármol blanco de dos en dos. Recuerdo que cada minuto que tenía libre lo quería pasar entre sus muebles, porque eran el refugio que me salvaba de alguna penitencia y donde me sentía lejos de cualquier amenaza.
A ese lugar yo viajaba para descubrir tesoros ocultos en los sitios más impensados. Los chocolates, por ejemplo, no se guardaban en la cocina ni en las despensas, ni siquiera en una habitación que se usaba para acumular latas, botellas o bolsas de azúcar. El chocolate se almacenaba en los cajones de los roperos, en las mesas de luz y debajo de alguna almohada.
En la casa enorme, en verano, el ambiente estaba inundado de un perfume que no he vuelto a sentir nunca más en ningún lado; es que siempre había alguna mermelada hirviendo a fuego lento que era necesario ayudar a revolver hasta que alcanzara el punto ideal. O también un dulce de membrillo, que adoptaba la forma de pececitos y se amontonaba en varias pilas, para que las reservas alcanzaran hasta que pasara el frío. Y unas cascaritas de naranja o pomelo que se caramelizaban y se revestían de azúcar. Hace años busco sin éxito el sabor, la textura y el color únicos de esos dulces de mi abuela, en todos los que compro o pruebo por ahí.
Era un espacio para leer, ver tele y todo eso que no me dejaban hacer en mi casa. También jugar a las cartas con mi abuelo, y hasta encontrarme con primos y tíos, porque el caserón era un punto de reunión y un lugar de paso de todo integrante de la Tribu que, entre un trámite y otro, o en los ratos libres del trabajo, se visitaba para tomar un café, o comer alguna sobra del almuerzo.
Más adelante, también fue el lugar que elegí para estudiar algunas materias de la Facultad. Un mundo en el que quienes intentábamos aprender los rudimentos de nuestra Carrera éramos recibidos con una fiesta que se materializaba en recipientes llenos de gomitas de todos colores. Y donde estaban asegurados la tranquilidad y el silencio para pasar mañanas y tardes completas entre tratados de “Semiótica”, “Lingüística” o apuntes de “Psicología Social”.
No sé si alguna vez tendré la suerte de ser abuela. Pero si lo soy, quisiera que mis nietos sean personas que logren mejorar la vida de todos los que los rodean, y saber que yo acompañé ese recorrido y fui parte de ese proceso. Quisiera quererlos como me imagino que jamás voy a querer a nadie.
Me gustaría ser esa abuela que combine la habilidad para leer cuentos sin cansarse con la de inventarlos; la que sea capaz de transmitirles el gusto por cocinar el plato favorito de una persona que les importa. Que sepan que a mi casa siempre van a poder venir a buscar libros, películas y esa música vieja que no se escucha por ahí.
La que contagie a sus nietos el amor por la lectura y la lealtad incondicional a los amigos. La que les ayude a valorar los afectos por sobre todas las cosas; la que les de coraje para que quieran sin restricciones y sin miedo. Y quien les enseñe a recibir ese cariño en la misma medida.
Del lugar donde pasábamos la mayoría de los veranos cuando éramos niños, la arena de la playa provocaba la atención a primera vista. Un talco negro. Granos finitos y muy oscuros que se metían por todos lados, se fundían con la lycra de los trajes de baño y era muy difícil sacarlos de entre los dedos de los pies. Lo curioso, sin embargo, es que era una playa que presumía de su arena dorada. Playa Amarilla se llamaba.
Claro que la mayor preocupación pertenecía a las madres. A los niños nos deslumbraban las numerosas posibilidades de diversión exóticas que prometía ese lugar de vacaciones. Y es que nuestra Tribu, compuesta por un número más o menos variable de primos, tíos, padres y madres, veraneaba casi todos los eneros en Con-Con, en la V Región de Chile, a 8 kilómetros de Viña del Mar.
Para los niños, la Playa Amarilla tenía una infinidad de atractivos que hacían absolutamente insuficiente la cantidad de horas que nuestros padres nos dejaban jugar ahí.
El entretenimiento obvio era moldear la arena en todos sus estados de humedad y, por supuesto, lograr la cobertura total y conversión inmediata de cada chico en milanesa. Pero también estaba el mar, muy peligroso por la bravura de sus olas y sus corrientes, y también extremadamente frío. De más está decir que no le prestábamos atención a la temperatura y éramos absolutamente inconscientes de que la violencia de ese mar podía lastimarnos.
En el extremo contrario al océano había un paredón de piedras y unas escaleras que conducían a los puestitos de venta de comida, a los baños y a lo que más nos interesaba a nosotros: los juegos. De todos ellos, las estrellas eran los taca taca —lo que aquí llamamos “metegol”. Conseguir monedas para comprar las fichas era una obsesión permanente. El tiempo que pasábamos practicando para jugar sin remolinete y las cartas de truco forman parte de un relato posterior, el de la adolescencia en Con-Con, pero los taca taca y los flipper formaban parte del exotismo de los veraneos por los que suspirábamos los otros once meses del año.
Entre las aventuras preferidas de la playa elegíamos escalar las rocas, un lugar que visitábamos puntualmente de lunes a viernes. Los fines de semana solíamos pasear por otros pueblitos y costas menos concurridos. Los dos extremos de la Playa Amarilla estaban flanqueados por grandes rocas apiladas, la excursión a esos lugares se convertía en el momento más esperado del día. Nos gustaba especialmente por su nivel de dificultad, porque sabíamos que era más o menos peligroso y queríamos sentirnos grandes, pero, sobre todo, por los tesoros que prometía y los que nosotros pensábamos que ocultaba.
El Pacífico en esa zona es muy temperamental. En ciertos horarios la marea sube y la fuerza de las olas sobre las rocas no solo las salpica sino que sumerge varias, y podía ser que nosotros con ellas. Como buenos montañeses de Mendoza, nos gustaba subir y desde arriba buscábamos huecos y cavernas inundados que el mar dejaba cuando se retiraba. Queríamos descubrir y coleccionar animales marinos: estrellas de mar, erizos, caracoles diversos, cangrejos y alguna vez hasta pudimos ver algunas jaivas que nos dio miedo tocar.
La mayor parte de nuestra vida en vacaciones giraban en torno de la playa; sin embargo, había otras actividades que también eran sinónimo de verano y diversión. Nuestros padres solían alquilar cabañas en Con-Con, más precisamente en el Bosque de Los Romeros.
Vivíamos rodeados de árboles y también nos zambullíamos en el olor a madera, eucaliptus y humedad. Las hojas verdes, las secas, la tierra blanda medio arenosa y una gran variedad de flores se convertían en materiales imprescindibles de nuestros juegos. Pasábamos casi todas las horas que no estábamos en la playa, buscando palitos que cortábamos prolijamente a la misma altura, formando adoquines de barro, juntando pajitas y diferentes clases de vegetales que nos servían para proyectar y construir casitas, granjas, corrales y fortalezas que servían de refugio para playmobiles, animalitos y juguetes diversos.
Todas y cada una de mis vacaciones de adolescente y de adulta remiten inexorablemente a esas de cuando era niña: con sus olores, sus colores, la especial sonoridad que tienen las voces en Chile y el rugido feroz del océano contra las rocas y la playa.
Con el mayor de mis primos varones, tuvimos siempre una complicidad indestructible. Casi toda nuestra niñez y la pre-adolescencia vivimos en casas muy cercanas que facilitaron que creciéramos juntos. Todavía hoy tenemos algunos rasgos físicos que nos igualan, como la cabeza llena de rulos o el color de la piel. En aquellos años mucha gente pensaba que éramos hermanos. Lo que seguro nos hermanaba, era la sed de aventuras en el horario de la siesta.
Los días cuando el febrero de los años ´80 en Mendoza señalaban la mitad del mes, después del almuerzo y hasta que se ponía el sol, las veredas de las calles en las que vivíamos eran el escenario de una lucha permanente: estábamos en Carnaval.
Esta celebración de origen religioso, en muchas culturas latinoamericanas se celebra de diferentes modos: como una ceremonia sincrética con mixturas de credos y pensamientos, con ofrendas y agradecimientos a la Pachamama, con desfiles de carrozas o con comparsas profusas de vestuarios y disfraces. Pero, para nosotros, solo significaba guerra de agua, mojar mucho y permanecer lo más seco posible. Para conseguir la victoria valían los globitos multicolores que venían en bolsitas de a cien y que llenábamos de agua hasta que estaban a punto de reventar, baldes, fuentones, palanganas y pomos.
Algunos soldados conocíamos claramente nuestra misión; sin embargo, como en toda guerra también había daños colaterales: eran esos pobres civiles que recibían innecesariamente los efectos indeseados de la contienda. Las batallas se desataban cuando el sol mendocino estaba a punto de fundir las juntas de las baldosas de las veredas; y terminaban casi de noche, cuando nos llamaban a bañarnos y a comer.
Con mi primo organizábamos el ejército. La formación estable era compuesta por nosotros dos y nuestros dos hermanos menores. Teníamos unos vecinos, a la vuelta, que eran mayores en edad y tamaño, feroces para combatir y con infinidad de recursos bélicos. Les teníamos bastante miedo. El mito urbano, por aquellos días, aseguraba que la pimienta dentro de las bombitas provocaba más dolor al impacto, y estábamos convencidos de que ellos la usaban a mansalva. Para las siestas en las que pensábamos que nos tocaría enfrentarnos con ellos convocábamos refuerzos. Así, sumábamos al resto de los primos de la Tribu que tenían nuestra edad y a algunos amigos, como mi compañera de banco de toda la escuela primaria. Con gran valentía a pesar del miedo, nos ayudaban a equilibrar las fuerzas desparejas de esos enfrentamientos.
Algunos días, esos de la vereda y la vuelta a la manzana con aire insulso, no había suficientes enemigos. Era el momento de aventurarse a las zonas vedadas, lugares de donde era imposible salir secos y sin moretones: las plazas cercanas —tres muy cerca— y los alrededores de la heladería Soppelsa. A veces nos disfrazábamos para hacer esas excursiones. Las mujeres recurríamos a ropa, bijouterie, carteras —donde almacenábamos las bombitas— y hasta el maquillaje de nuestras madres. Los varones se arreglaban con algún sombrero y un corcho quemado para dibujarse bigotes y barba.
El garaje de mis abuelos era el ingreso a tres casas: la principal, en el piso de arriba, y dos departamentos en planta baja, donde vivíamos mi familia y la de mi primo. Un espacio grande, con dos portones inmensos de madera maciza que solo se cerraban de noche. Se podía guardar hasta tres autos. Ahí acumulábamos nuestros recipientes de agua. Llenar y almacenar las bombitas, cuidando que no se descogotaran en la canilla de la cochera.
Si se nos acababan esos proyectiles favoritos —no siempre teníamos plata para comprar una bolsa, a veces ni siquiera bombitas sueltas en un quiosco— usábamos directamente los baldecitos de playa, que disminuían nuestra capacidad de respuesta y nos dejaban expuestos al bombardeo cada vez que teníamos que recargar. Debo ser honesta y reconocer que, en más de una ocasión, cuando estábamos empapados y ya no era posible resistir a los ataques, nos refugiábamos detrás de esas puertas altísimas y las cerrábamos hasta que alguno de nuestros padres tenía que sacar un auto.
Había otros enemigos que nos atacaban desde camionetas. En en esos casos la desigualdad se presentaba grosera porque eran muchos y pasaban a una velocidad que les permitía mojar sin ser mojados. Contra ellos intentábamos defendernos desde el balcón de la casa de nuestros abuelos, donde el traslado de agua resultaba complejo; es que podíamos mojar el piso parquet de las habitaciones y corríamos el riesgo de ganar horas de detenciones en penitencia si alguna de nuestras madres nos descubría.
El balcón estaba ubicado en el primer piso de la casa principal. Era la comunicación externa de dos de las habitaciones que daban a la vereda. Desde allí, cuando ningún ejército enemigo estaba a la vista, tratábamos de hacer tiempo con algún bombazo desde el primer piso a la vereda. Así cometimos la imprudencia de mojar a alguna gente que no estaba jugando con nosotros y que pasaba por ahí camino a la Universidad o al trabajo.
Cierta vez, una joven estuvo dispuesta a llevar su justificada furia hasta el final y, después de gritarnos irreproducibles calificativos, se encaminó decidida a hablar con algún adulto responsable. Rápidos de reflejos con mi primo cerramos inmediatamente las puertas— ventana que daban al balcón, borramos todo indicio de que habíamos estado ahí y corrimos a desconectar el timbre para que no sonara. Nos ocultamos en uno de los recovecos del comedor de la casa grande hasta que pasó un tiempo prudencial. Ni bien medimos que ya no había peligro, bajamos al jardín que daba al fondo de mi casa a jugar con los playmobiles. Nunca más volvimos a challar a alguien que no estuviera dispuesto a mojarse.
Hoy los días de Carnaval se destinan al descanso, a unas “minivacaciones” con familia o amigos. Muy atrás quedó esa sucesión de días durante la que nos acostábamos y levantábamos planificando estrategias y preparando los escenarios para las batallas de siestas y tardes de febrero.
Para mí un indicador de alegría instantánea, desde siempre, ha sido divisar después de más o menos seis horas de viaje, los barquitos de madera de colores que usan los pescadores de Con-Con atracados en la playa, sus redes tejidas con retazos de diferentes cuerdas y las sogas gastadas. Así lo sentía en los veraneos durante mi adolescencia, que se vivían a pleno. En banda. Cada enero desde niños, éramos una pandilla más o menos estable, que frecuentaba ese pueblito ubicado a ocho kilómetros de Viña del Mar.
Entre el 2 y el 31 de enero todo ese equipo se hacía inseparable. Teníamos la risa fácil y el impulso irrefrenable de estar juntos. Confidentes, compinches, amigos y un poco burlones. Nos parecía imposible no vernos todos los días, aunque, inexplicablemente, el resto del año en Mendoza llevábamos vidas casi sin contacto. Pero en Con-Con nos las ingeniábamos para vernos en las mañanas, cumpliendo con los mandados de rigor para las madres en botillerías, verdulerías, tiendas de abarrotes o pescaderías. Después, más tarde, en la Playa Amarilla.
Ir de compras siempre era una fiesta. Los almacenes nos ofrecían infinidad de productos similares a los nuestros argentinos, pero nos maravillaban sus olores y sabores distintos y exóticos. De la misma manera, las voces de los vendedores ambulantes que mostraban dulces de la ligua pan amasado, cuchuflí y otros manjares, formaban parte de esa cotidianidad con la que nos sentíamos tan cómodos. Eran gustos y sensaciones que nos deleitaban y con los que soñábamos de febrero a diciembre cada tarde, cuando tomábamos la merienda en Mendoza.
Las siestas estaban signadas por la paleta y el truco. En las nochecitas, después de la comida en familia, puntualmente nos pasábamos a buscar unos a otros caminando por esas calles finitas de arena, entre los eucaliptos y los jardines de la V Región de Chile, siempre verdes y plagados de flores. Nos acompañaban la brisa marina y el aroma de la naturaleza entera. Recorríamos juntos cada una de las cabañas o departamentos para dirigirnos a nuestra obligada diversión nocturna: los eternos partidos de taca-taca, nuestros metegoles.
En aquellos tiempos no salíamos sin nuestras infaltables camperas de jean con los puños arremangados y las zapatillas Topper blancas o celestes. Siempre entre risas y compartiendo todo tipo de golosinas y gaseosas multicolores. Ningún programa nos entretenía más que insertar una tras otra la sucesión de fichas metálicas a las que les faltaba una medialuna chiquita en la ranura correspondiente. Y esperar a que cayeran rodando las siete pelotitas amarillas o blancas.
Los taca-taca, esas canchas miniatura donde jugábamos al fútbol con figuritas de metal, eran mesas de madera, más elegantes y pesadas que las argentinas. No se desplazaban ante los movimientos frenéticos de los deportistas que empujaban sus manijas y saltaban como si su conmoción ayudara a los muñequitos a patear mejor. Los agarres de cada hilera de jugadores, perillas redondas de madera; no como los mangos plásticos —similares a los puños de bicicletas— que usábamos acá.
Conseguir monedas para comprar las fichas se volvía una obsesión permanente, y ya desde entonces, sabíamos jugar sin remolinete, sino solo con la fuerza de la muñeca. Ese estilo de juego marcaba la diferencia entre una contienda de expertos o los desesperados intentos de los aficionados que no controlaban su golpe ni apuntaban para hacer un gol.
Nuestra diversión favorita, la estrella de nuestras noches y madrugadas. Aunque a veces nos obligábamos a tomar algo con alguien que nos invitara a salir. De reojo y con envidia mirábamos a quienes no tenían una cita y estaban a los muñecazos pateando las pelotitas de plástico. Y al escuchar un gol que sonaba fuerte en la chapita de metal que estaba detrás del arco, queríamos dejar plantada a nuestra pareja para ir a ver cómo iba ese partido.
En realidad, todo el esparcimiento nocturno de los adolescentes que habitábamos los veranos en Con Con se concentraban en una sola cuadra, con dos espacios enfrentados: el Chezare, un lugar donde tomar algo y bailar; y los juegos de El Chona —nombre del dueño—, un gran predio al aire libre que reunía una interesante cantidad de flippers —mis preferidos—, algunas consolas de juegos como el Pac Man o Space Invaders —por citar dos de los más populares—, un inflable que se llamaba Caminata Lunar y muchas, muchísimas mesas de taca-taca.
