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El agente Teo Dávila sigue el rastro de una red de droga alterada y abuso que parece no dejar huellas… hasta que un nombre surge entre sus notas: El Mulato. La pista lo conduce a un local nocturno provocador y hermético llamado Femistocrazy, un espacio donde el deseo y el poder se negocian en silencio. Para avanzar en su investigación, Teo sabe que debe cruzar una línea peligrosa: acercarse a una de las chicas que trabajan allí. Lo que no sabe es que ha entrado en un territorio donde la mentira se paga caro. Xenia no es alguien a quien se pueda engañar con facilidad. Cuando conoce a su nuevo cliente, algo en él no encaja. Hay gestos, silencios y preguntas mal disimuladas que activan demasiado su hipervigilancia. Lo que jamás imaginó es que ese mentiroso despertaría en ella una atracción incómoda… ni que acabaría arrastrándola a una trama turbia donde la seguridad, el control y el consenso brillan por su ausencia. ¿Logrará Teo descubrir la verdad que se oculta tras Femistocrazy y el nombre de El Mulato? ¿Será Xenia su aliada en la búsqueda o la presencia de ella lo desorientará aún más? Este año, el Femistocrazy abre sus puertas a una historia intensa de investigación, romance, erotismo y sumisión, donde nada es lo que parece y cada decisión tiene un precio que puede que ninguno quiera pagar.
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Seitenzahl: 295
Veröffentlichungsjahr: 2026
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YES, MISTRESS
LENA VALENTI
YES, MISTRESS
EDITORIAL VANIR
Primera edición: enero 2026
Título: Yes, Mistress
Diseño de la colección: Editorial Vanir
Corrección morfosintáctica y estilística: Editorial Vanir
De la imagen de la cubierta y la contracubierta:
Shutterstock
Del diseño de la cubierta: Lena Valenti, 2026
Del texto: Lena Valenti, 2026
De esta edición: Editorial Vanir, 2026
ISBN: 979-13-87544-35-5
Depósito legal: B 1825-2026
Bajo las sanciones establecidas por las leyes quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización
por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra
por medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro —incluyendo las fotocopias
y la difusión a través de internet— y la distribución de ejemplares de esta edición y futuras
mediante alquiler o préstamo público.
ÍNDICE
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Sé Ama de ti misma y dominarás tu mundo.
Lena Valenti
Capítulo 1
La noche caía sobre Barcelona con ese brillo húmedo que provocaba que las luces parezcan más cercanas de lo que realmente están.
Teo Dávila observaba el reflejo de los neones del Femistocrazy sobre el parabrisas de su coche policial —un K de la Nacional—, estacionado frente al local.
Llevaba cuatro noches ahí, vigilando, esperando y midiendo cada movimiento.
No vestía de uniforme ni tenía placas a la vista, solo llevaba una chaqueta de cuero corta, una camiseta larga blanca debajo, los tejanos y su cara limpia, pero con barba de tres días y una expresión neutra que adoptan los hombres que prefieren pasar desapercibidos y van de paisano. Iba de incógnito, pero con todos sus sentidos activados.
El Femistocrazy no era un local cualquiera. Su fachada discreta y elegante, contrastaba con el flujo constante de coches caros y hombres trajeados que entraban y salían con la cabeza gacha, y recién duchados, como si acabasen de tener la mejor experiencia de sus vidas y también la más agotadora.
Las chicas de ese local debían ser unas auténticas máquinas haciendo lo que fuera que hiciesen.
En aquel club de élite, exclusivo y misterioso, nadie sabía demasiado sobre lo que ocurría dentro, porque para poder acceder a él debías rellenar un formulario, pasar un test y grabar un vídeo en el que aceptabas lo que te iban a hacer. Es decir: todo estaba muy controlado y era evidente que no todos tenían acceso. Normal, por otra parte, porque el precio era muy caro. Sin embargo, los rumores hablaban de dominación femenina, de “experiencias terapéuticas privadas”, de poder… y placer.
El tipo de lugar que se mantenía intocable porque la gente que lo frecuentaba tenía suficiente dinero para comprar el silencio. Y lo compraban muy bien.
Pero Teo no estaba allí por placer.
Iba siguiendo los pasos de El Mulato. Un tipo alto, de hombros anchos, piel morena y sonrisa torcida.
Su verdadero nombre ni siquiera importaba: en el departamento lo conocían así desde hacía un tiempo.
Hacía unos días, una mujer se había presentado en comisaría diciendo que aquel hombre que él estaba siguiendo, con esas características, le había ofrecido droga adulterada que la mantuvo en el hospital un día y que cree que abusaron de ella. La descripción que le había dado la mujer encajaba demasiado bien con su objetivo como para ignorarla. Y era la segunda denuncia que tenían en poco tiempo de ese tipo.
Una denuncia podía ser casualidad.
Dos, no.
Teo apretó la mandíbula mientras tomaba nota mental de la hora: 23:47.
Según sus investigaciones, El Mulato solía salir sobre esa hora, pero iba alternando las noches.
Las noches anteriores, Teo lo había visto salir con ella, con esa mujer: Xenia.
Así la había oído llamarla él cuando ambos pasaron cerca de su coche.
El nombre se le había quedado grabado en la memoria, como una marca.
Era curiosa la forma en que una sola mujer podía alterar la atención de un agente acostumbrado a la observación y al seguimiento.
Teo se había fijado en ella la primera noche. No por provocación —Xenia no parecía de esas—, sino por algo distinto. Tenía una elegancia contenida, y una calma que descolocaba.
Vestía siempre de negro: pantalón negro ajustado, camisa satinada y botas altas. Nada ostentoso, pero todo en ella parecía medido.
Su cabello liso caía sobre los hombros y el flequillo le rozaba las pestañas.
Era pálida, de ojos enormes, color gris metálico.
Y en la comisura de su ojo izquierdo tenía un lunar que hacía que su rostro resultara inolvidable.
Cada vez que salía del local, caminaba junto al Mulato sin mirar a nadie y subía al Ferrari rojo de él con paso tranquilo, como si no tuviera prisa ni miedo, como una mujer pequeña al lado de una bestia. Y, era una contradicción que Teo no lograba digerir.
¿Qué hacía ella con él? ¿Era su pareja? ¿Su cómplice? ¿Una víctima? Se reía demasiado para serlo. De hecho, hasta le había parecido que coqueteaban.
Teo se frotó la frente y exhaló despacio. La lluvia empezaba a salpicar el parabrisas y el reflejo del letrero del Femistocrazy temblaba en el cristal, como una tentación.
Esa noche El Mulato no estaba, y por eso Teo iba a entrar allí para tener un contacto directo con Xenia y empezar a sacar información, consideraba que ya había esperado suficiente.
El plan era sencillo: infiltrarse como cliente, preguntar lo justo sin levantar sospechas y tantear el terreno. En un principio, no parecía una tarea complicada; sin embargo, el Femistocrazy imponía protocolos de seguridad draconianos que incluían análisis de sangre y una entrevista personal con una psicóloga para evaluar el perfil del aspirante. Tardamos más de dos semanas solo en ser aceptados como candidatos a miembros del club.
Si podía acercarse a Xenia para estudiarla y hacerle un perfil, mejor, porque si lograba que confiara en él, quizás descubriría qué relación tenía con El Mulato.
Teo había escuchado rumores de que el local ofrecía “experiencias sensoriales personalizadas”.
¿Placer? Sí.
¿Dinero? Mucho.
¿Legalidad? Lo ponía en duda porque esas podían ser palabras y slogans que camuflaran una prostitución en cubierta.
Y lo que más inquietaba a Teo era ver mujeres de distintas nacionalidades, que probablemente no tendrían documentación comprobada.
¿Todas estaban allí por voluntad propia? ¿Hacían lo que hacían porque sí? ¿Seguro?
Tomó aire, se miró al espejo retrovisor y se obligó a recuperar su máscara más profesional, encabezada por esa mirada fría y concentrada que aprendió a usar cuando el mundo se volvía demasiado humano.
—Vamos allá —murmuró, saliendo del coche.
La puerta del Femistocrazy lo esperaba al otro lado de la acera, con una imponente fachada en medio de aquella calle céntrica de la ciudad. Había un hombre trajeado frente a ella, que era un miembro de seguridad, sin duda.
Teo se ajustó la chaqueta, cruzó la calle y, mientras su sombra se alargaba bajo la luz de un neón rosado, pensó que aquella sería una noche más de trabajo.
Aunque tuviera más curiosidad de la debida por su investigada.
Cuando cruzó el umbral del Femistocrazy, supo que había entrado en un mundo al que no pertenecía.
No hacía falta más que un vistazo para entender que aquel era un lugar de alto standing, donde todo —desde una mirada hasta un silencio— tenía un precio.
El vestíbulo era sobrio, casi minimalista de líneas limpias, mármol gris y un ligero aroma a sándalo.
Detrás del mostrador, había un letrero metálico con el nombre del local se alzaba como una sentencia: FEMISTOCRAZY.
Las letras brillaban con una luz que parecía hecha para recordar a quien entraba, que allí, las reglas eran otras.
El silencio reinante estaba apenas roto por un hilo musical casi imperceptible.
Bruce Springsteen sonaba de fondo, melancólico, con I’m on Fire, y el eco de su voz parecía envolverlo todo con una sensualidad calculada.
Teo siguió el protocolo sin titubear.
Le hicieron grabar un breve vídeo leyendo un texto de consentimiento: aceptaba voluntariamente cualquier experiencia que tuviera lugar dentro del local.
“Todo lo que ocurra aquí —decía el texto— será fruto del deseo, no de la obligación.”
Teo repitió las palabras con tono neutro, miró a la cámara y firmó el contrato electrónico.
Una formalidad más en su infiltración que, sin embargo, lo hizo sentir como si estuviera firmando algo más grande y peligroso.
Había pagado por la primera sesión y, por supuesto, había elegido a Xenia.
El catálogo digital del Femistocrazy mostraba perfiles de mujeres con descripciones precisas: “tiernas, dominantes, abiertas, eléctricas, oscuras.”
Había de todo: miradas suaves o crueles, cuerpos atléticos o etéreos y personalidades diseñadas para complacer cualquier fantasía.
Pero Teo no había necesitado leer más de una ficha porque tenía claro a quién quería: Xenia.
Dulce y dominante. Mimosa pero exigente. Acepta límites y desafíos, pero no permite entregas que no sean honestas. Puede hacerte llorar, si se lo pides.
Divertido, había pensado Teo. Y, sin querer admitirlo, también provocador.
Aquella descripción lo había desarmado un poco más de lo que le habría gustado.
Detrás del mostrador, una recepcionista hablaba por teléfono, girando el auricular entre los dedos mientras reía con familiaridad.
—Sí… no te preocupes, pesada. Tú disfruta de tus días con Lebrón. Relájate, que nosotras cuidamos de todo. Te dejo, que tengo un cliente…
Colgó y, al levantar la vista, se encontró con Teo.
Lo miró unos segundos, evaluándolo. Sus ojos se detuvieron en su rostro cuadrado, en el mentón cubierto de barba y en los rizos oscuros y cortos que ocupaban la parte superior de su cabeza.
Sonrió con cierto aire divertido, como si no esperara ver a alguien como él en ese lugar. Era un hombre con cara aniñada y pícara.
—Buenas noches, mi nombre es Teo Dávila —saludó, con una voz grave que pareció llenar el silencio del vestíbulo.
La mujer parpadeó, sorprendida por el tono tan grave, masculino y seco.
—Buenas noches. ¿Tienes cita o sesión hoy? —preguntó, profesional, pero con un dejo de curiosidad.
Teo echó un vistazo rápido por encima del hombro. El guardia de seguridad junto a la puerta, que era una mole vestido de negro, lo observaba sin pestañear.
Volvió la mirada a la recepcionista.
—Tengo un… primer encuentro con Xenia.
Ella arqueó las cejas, y una media sonrisa se dibujó en su boca. Tecleó algo en el ordenador iMac, sin apartar la vista de la pantalla.
—Bien. —Pausa breve—. Ya puedes pasar. Es en la planta primera, puerta tres. Ella te está esperando.
Teo asintió.
—Gracias.
Las puertas automáticas se abrieron con un leve zumbido.
Un pasillo alfombrado lo recibió con una fragancia tenue, mezcla de incienso y perfume caro. Estaba frente a una amplia sala y había una balconada en la planta superior con puertas numeradas.
Mientras avanzaba hacia el ascensor, sintió un pulso irregular en el pecho mientras que el sonido metálico de las puertas cerrándose tras él marcó el punto de no retorno.
Xenia había llegado con el tiempo justo para prepararse.
Esa misma tarde había hecho el último examen del grado en Criminología, que era la defensa de su Trabajo Final: una investigación sobre la psicología de la sumisión y los mecanismos de poder en relaciones asimétricas. Y era un tema que no había escogido por casualidad.
Durante meses había pasado más tiempo en bibliotecas que en cualquier otro lugar, devorando manuales de derecho penal, victimología y psicología forense.
Habían sido años duros, compaginando los estudios con su trabajo como Mistress.
Pero aquella defensa final, frente a tres profesores que la miraban con una mezcla de desconcierto y respeto, había sido el cierre perfecto de toda una etapa de estudio y autodescubrimiento.
Había hablado con seguridad y sin rubor:
“—La sumisión —dijo— es una forma de comunicación extrema. Una rendición consciente, pactada, que no indica abuso ni debilidad, sino una decisión de confianza absoluta en la que ceder las riendas es abrazar la libertad de ser quien uno es.”
Después de su larga y elaborada exposición, hubo un largo silencio. Y tras eso, hubo un asentimiento tácito entre todos, porque, incluso se veían sorprendidos con sus conclusiones.
La nota llegaría en unos días, pero en su interior, Xenia ya se sentía licenciada.
Había sobrevivido al sistema y a sí misma.
Ahora, de vuelta en su mazmorra del club, se sentía tranquila con la calma que precedía al ritual de cada noche.
Después de tanto esfuerzo y días de clavar los codos, estaba lista para ayudar a otra persona más a desahogar sus necesidades.
Y también, aunque no lo dijera en voz alta, las suyas.
Porque Xenia se conocía.
Sabía lo que le gustaba, lo que necesitaba, y cuál era su naturaleza.
El control en el sexo y en la intimidad no era un disfraz: era su lenguaje. El único en el que podía ser completamente honesta. Se miró en el espejo un segundo.
Sus ojos grises, enormes y rasgados, brillaban bajo la luz suave.
Solo llevaba rímel y un poco de cacao en los labios.
Nada más.
El primer encuentro con un nuevo sumiso debía ser así: a cara descubierta, sin máscara ni artificios. Porque si ella iba a verlo a él, él iba a mirarla, y Xenia quería que la viera de verdad como el acto honesto y descarnado que era aceptar una naturaleza y el trato que necesitaba.
Peinó su flequillo largo y liso con los dedos y comprobó que la camiseta negra de manga corta y el pantalón de pitillo estaban bien ajustados. Esa sería su ropa de trabajo. No se ponía sexy, porque allí se trataba de hacer un trabajo y de escuchar lo que no le decía el sumiso, no de seducirlo.
Se movió ligeramente y los tacones repiquetearon sobre el suelo pulido como un metrónomo personal.
Se preguntó cómo sería el nuevo cliente, porque le gustaba analizarlos incluso antes de conocerlos. Era parte de su naturaleza curiosa y casi científica.
Después de todo, estudiaba mentes antes de tocar cuerpos.
¿Por qué vendría él?
¿Necesitaría una doma real o solo el alivio momentáneo del control cedido?
¿Vendría por deseo, por curiosidad… o por miedo?
Cada uno tenía un motivo y Xenia disfrutaba descubriéndolos uno a uno.
Con esas preguntas suspendidas en su mente, giró lentamente hacia la puerta, colocó las manos cruzadas detrás de la espalda, en posición relajada y paciente y respiró hondo. Estaba lista.
El sonido del ascensor subiendo y las puertas abrirse fue la señal de que su nuevo cliente acababa de llegar.
Teo tenía muy claro lo que iba a hacer. Antes de permitir una inspección oficial, exponer a todo el local y dar pie a una investigación abierta, necesitaba motivos reales.
Motivos que trascendieran una denuncia anónima, que apuntaran directamente a El Mulato, o a lo que pudiera moverse bajo las capas elegantes del Femistocrazy.
Y para eso, primero, iba a sonsacar a Xenia.
Sabía qué papel debía interpretar, había repasado mentalmente sus líneas, su respiración, incluso la dirección de su mirada.
Pero nada —ni la preparación, ni la distancia profesional, ni la intención calculada— lo preparó para lo que sintió al verla tan de cerca y sin que hubiera un cristal entre ellos.
Las puertas de la mazmorra se abrieron con un sensor silencioso. Era todo muy inmersivo. Y ahí estaba ella, de frente sin maquillaje, ni máscara ni tampoco artificio.
La belleza que había observado desde la calle era real, pero de cerca era otra cosa: más suave y más peligrosa al mismo tiempo.
Tenía facciones delicadas, y esos ojos parecían mirar de dentro hacia afuera, como los ojos de una leona que no retrocedían.
Un hormigueo extraño se ubicó en la parte baja del estómago como una sensación eléctrica e incómoda. La clase de sensación que él sabía reconocer como advertencia.
—¿Puedo pasar? —preguntó, sosteniendo la mochila sobre el hombro. Lo habían instruido a traer ropa de recambio y una toalla.
Xenia descruzó las manos con la calma de quien controla la situación desde antes de que empiece.
—Pasa, Teo. Deja la mochila en aquella silla de la esquina y acércate.
La voz de ella era suave, pero no había nada dulce en la forma en que pronunciaba su nombre. Era una invitación disfrazada de prueba.
Teo obedeció.
No por sumisión, sino por estrategia.
Pero en el trayecto hacia la silla, mientras dejaba la mochila, se descubrió mirándola de reojo como se mira algo que te afecta.
Xenia lo notó y sonrió discretamente.
Un sumiso no mira así, pensó ella.
Un sumiso mira al suelo, cede terreno y ofrece vulnerabilidad sin pedir permiso.
Teo se situó a unos dos metros frente a ella.
Era un hombre alto, de hombros fuertes, con esa mezcla entre duro y joven que no encajaba con ningún rol evidente.
Tenía el pelo rizado por arriba, rasurado por los lados, los ojos grandes de color caramelo y de pestañas largas. Era una cara atractiva, más inocente de lo que su postura intentaba transmitir.
Y no dejaba de mirarla.
Las mejillas se le habían encendido, por la tensión del momento.
Qué mono…, pensó ella, sin mover un músculo que la delatara.
Xenia se cruzó de brazos y empezó a recorrerlo con la mirada, lentamente, sin prisa, evaluándolo sin coquetería.
Teo, por su parte, apretaba el pulgar de su mano derecha entre los dedos, en un gesto repetitivo, casi imperceptible que indicaba ansiedad y necesidad de control forzado.
Pero lo que Xenia sabía que realmente no encajaba con un sumiso era otra cosa: su postura. Tenía los pies ligeramente separados, como quien está preparado para reaccionar; la espalda recta, pero no abierta para recibir, sino para observar; y la mandíbula tensa, acompañada de una mirada que no era de entrega.
Xenia lo vio tan claro como si alguien se lo hubiera dicho en voz alta: ese hombre no había ido allí a ceder, venía a entender. Y nadie que viene a entender viene a entregarse.
Eso era lo que no encajaba y que hacía que él no fuera sumiso.
Al menos, no todavía.
Capítulo 2
Xenia no perdió el tiempo.
Dio un paso hacia él, tranquila, y empezó a rodearlo. Caminaba despacio, en círculos, observando cada detalle de su cuerpo y su postura. Dejaba que sus tacones sonasen con un clic seco sobre el suelo, marcando el ritmo de la inspección.
Teo la siguió con la mirada. No giraba el cuerpo, pero sus ojos la perseguían con precaución, como si no se fiara de tenerla a la espalda y ella lo notó enseguida.
Desconfía, pensó.
Me ha elegido como su Mistress y no se fía de mí. Qué curioso.
Siguió caminando a su alrededor.
Él estaba demasiado recto, con los brazos tensos a los lados, sin saber si mantenerlos cruzados o relajados.
Tenía los hombros duros y la espalda rígida, y no bajaba la cabeza, como se esperaba en una primera sesión. Es decir, que el gesto era más de vigilancia que de entrega.
—¿Por qué me miras? —preguntó ella de pronto.
Su voz sonó tranquila, pero con autoridad.
Teo dio un pequeño respingo. Se le tensó el cuello y se quedó tieso, como si lo hubieran pillado haciendo algo que no debía.
Xenia lo estudió.
No esperaba mis órdenes, pensó. No se mueve como un sumiso. No obedece por reflejo. Está analizando.
Pasó junto a él, casi rozándole el brazo, y notó cómo contenía el aire.
Seguía apretando el pulgar contra los dedos de la mano derecha en un intento de no perder el control.
Se detuvo frente a él.
—Teo… —lo llamó con calma—. ¿Es tu primera vez?
Él levantó la vista un poco.
—¿En el Femistocrazy? Sí.
—¿Y en una doma?
La palabra lo sorprendió. No lo demostró, pero sus cejas se movieron apenas y sus ojos se abrieron un poco más de la cuenta.
—No —respondió rápido.
Mentía.
Y lo hacía mal.
Xenia lo supo por cómo retuvo el aire, por ese parpadeo lento y la tensión en la mandíbula. Vamos, era una mentira de manual.
—Entiendo… —dijo ella, sin apartar los ojos de los suyos.
Él se sonrojó un poco, pero no apartó la mirada.
Eso tampoco lo hacía un sumiso.
Un verdadero sumiso bajaba la vista o esperaba instrucciones, pero él la sostenía, firme, midiendo sus reacciones.
Analiza, pensó Xenia. No se deja llevar, observa. No viene a entregar nada, viene a averiguar algo.
Y, sin embargo, había algo atractivo en su forma de fingir. Era alto, con una complexión fuerte y ese pelito rizado le daba un aire juvenil.
La dureza de su cuerpo y la torpeza de sus gestos le resultaban casi entrañables.
Bebé…, pensó sin querer.
—Muy bien —dijo al fin, con una sonrisa leve.
Si él iba a mentir y no jugaba limpio, ella haría lo mismo.
Sabía perfectamente que estaba rompiendo las reglas básicas de una sesión:
no se improvisaba con un cliente nuevo, no se omitía la charla previa y no se jugaba sin confianza.
Pero había algo en ese hombre que le despertaba más curiosidad que precaución.
Así que decidió hacer justo lo contrario a lo que debía y saltarse todos los protocolos.
Iba a poner a prueba su mentira y, de paso, se divertiría un poco.
Xenia enderezó los hombros y lo miró con calma.
—Perfecto —dijo, con un tono que no dejaba lugar a réplica—. Vamos a empezar.
No añadió nada más.
Solo dejó que el silencio se alargara lo suficiente para que él empezara a preguntarse quién, exactamente, estaba investigando a quién.
Xenia no dio indicaciones al principio solo lo observaba. Había algo en ese silencio que empezaba a resultar incómodo incluso para Teo, acostumbrado a interrogatorios y a salas de espera que podían durar horas.
Pero esta vez el ambiente tenía algo diferente.
Sería el olor, el orden, la luz cálida o el eco amortiguado de sus propios pasos.
O, tal vez era ella, allí, de pie frente a él, tranquila, con el cabello cayendo sobre los hombros y esa mirada tan directa que parecía atravesar cualquier capa de seguridad.
Teo intentó mantener el papel, recordar lo que debía hacer: observar, medir, provocar conversación y sonsacar información, pero cuanto más la miraba, más difícil se le hacía mantener la compostura.
Ella tenía algo que no tenía que ver solo con la belleza. Era la forma en que sostenía la mirada sin pestañear y esa serenidad que emitía de quien no teme los silencios.
Su voz sonó baja y firme, con esa cadencia que podía desarmar a cualquiera.
—Quiero que te quedes donde estás. —Dijo, sin levantar el tono—. No te muevas —Teo asintió, casi por instinto—. Las manos… —añadió ella, acercándose un poco—. Déjalas quietas, a los lados. No te las lleves a los bolsillos.
Él obedeció.
Sintió el aire moverse cuando ella pasó frente a él, a escasos centímetros.
Notó el leve roce del perfume: madera, sándalo y algo dulce, como miel.
Era un olor limpio y sin artificios y eso lo descolocó aún más.
Xenia se movía despacio, observando cada reacción y cada mínima rigidez.
Él quiso decir algo —romper la tensión con una frase cualquiera—, pero ella levantó una mano sin mirarlo, indicándole que callara.
El gesto fue tan natural que se sintió obedecer sin pensarlo.
“Joder”, pensó, intentando recomponerse.
No era normal que alguien lo descolocara así.
Había tratado con todo tipo de personas —traficantes, soplones, incluso psicópatas— y siempre mantenía el control. Pero esa mujer tenía otra clase de autoridad que no imponía miedo, imponía presencia.
—¿Siempre estás tan tenso? —preguntó ella de pronto, en tono neutro.
—No —respondió rápido.
Xenia ladeó la cabeza.
—¿Seguro?
Teo se obligó a sonreír.
—Solo… intento hacerlo bien.
—¿“Hacerlo bien”? —repitió ella, acercándose un poco más—. ¿Qué es hacerlo bien para ti?
La pregunta lo tomó por sorpresa.
Había esperado órdenes, no un diálogo y entonces se quedó pensando.
—Supongo que… seguir las indicaciones.
—No. —Lo interrumpió suavemente—. Eso es obedecer, no hacerlo bien —Teo la miró porque ella no sonreía, lo decía en serio—. Hacerlo bien —continuó— es entender lo que se te pide sin que te lo digan. Y tú, Teo, todavía estás intentando descubrir de qué va esto.
Él tragó saliva.
La forma en que decía su nombre, sin ser dulce, le recorría la espalda como un latigazo de electricidad.
Xenia volvió a dar una vuelta a su alrededor y él notó cómo ella se detenía justo detrás, muy cerca.
Podía sentir su respiración suave cerca del cuello y se le erizó la piel involuntariamente.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó ella, con tono casi confidencial.
Teo mantuvo la calma.
Tenía preparada su historia: un cliente nuevo, curioso, con una vida monótona y que buscaba experimentar control y entrega. Esa era su tapadera.
Pero su mente estaba demasiado ocupada procesando la cercanía, la voz y su perfume.
—Por curiosidad —contestó, sin pensar demasiado.
Xenia dio un paso al lado y volvió al frente.
Lo miró a los ojos, evaluándolo.
—¿Por curiosidad? Si dices que has tenido otras experiencias, esa curiosidad ya debería estar satisfecha, ¿no crees?
—Curiosidad por este lugar nuevo y por vivir la experiencia aquí —repitió, como si probara la palabra.
—¿Qué ha pasado con el otro lugar al que ibas o con tu antigua Mistress? ¿Era fija? ¿Tenéis un compromiso o solo has tenido domas libres con Dóminas distintas?
A Teo todo aquello le sonaba a ruso. Pero debía encontrar una respuesta rápida.
—Solo intento encontrar a la persona adecuada y el lugar adecuado para mí.
—Ya… ¿y crees que eso te va a bastar?
—Supongo que sí. —Se encogió de hombros.
Esa respuesta no le gustó nada a Xenia. Era poco respetuosa.
—No creo que te baste. —Su tono era firme, casi impersonal—. Porque aquí la curiosidad no sirve de mucho.
Teo la observó.
Le habría gustado responder algo con ironía y recuperar el control de la conversación, pero no lo hizo, porque en ese momento se dio cuenta de algo:
ella estaba dirigiendo cada segundo de ese intercambio y él la estaba siguiendo.
No lo notaba como manipulación. Era… magnetismo.
Su mente de policía analizaba la escena, pero su cuerpo reaccionaba de otra forma.
Xenia, mientras tanto, seguía tomando nota mental de cada detalle en esos ojos que se negaban a bajar.
Era guapo, sí. Demasiado guapo.
Pero lo que más la intrigaba era su forma de mentir: segura como quien está acostumbrado a hacerlo.
—Vamos a hacer algo —dijo ella al fin—. Algo sencillo.
Teo asintió, serio.
—Levanta la mano derecha.
Él obedeció.
—Ahora, la izquierda.
También.
—Bien. Cruza los brazos detrás de la espalda.
Teo dudó un segundo.
Ella levantó una ceja, apenas, y él lo obedeció.
—¿Te incomoda? —preguntó.
—No.
—Mentira. —Sonó casi divertida, pero no sonrió.
Teo apretó la mandíbula.
—No estoy acostumbrado.
—¿Y a qué estás acostumbrado? ¿Qué te hacían antes, si no es mucha… curiosidad?
Él tragó saliva.
—Cosas…
A Xenia por poco se le escapa la risa. O era muy torpe, o realmente ella le ponía muy nervioso. Y, sobre todo, estaba mintiéndole a la cara.
—Ya. A eso has venido, ¿no? —Lo dijo sin tono de burla, pero con una seguridad que lo dejó sin réplica—. A que te hagan… —deslizó una uña perfecta de color rojo por su pecho. Y se le erizaron los pezones a través de la camiseta— cosas.
Él bajó la vista, solo un instante.
Xenia lo vio y, curiosamente, sintió que había ganado algo: ese hombre tenía una coraza enorme, pero si bajaba la mirada una sola vez, podía llegar más lejos de lo que imaginaba.
—Bien —dijo ella, sin más. Caminó hacia una pequeña mesa lateral, tomó una copa de agua y bebió un sorbo. Ni siquiera lo miró—. Puedes relajarte un poco. No estamos en el ejército.
Teo soltó el aire que no sabía que había estado conteniendo. Ella no lo miraba, pero sabía que lo había notado y le resultaba imposible no observarla.
El modo en que movía las manos, cómo se colocaba el pelo detrás de la delicada oreja con piercings, la calma con la que hablaba… Cada gesto parecía calculado, pero natural al mismo tiempo.
Ahora entendía por qué esa mujer era tan cara en lo que hacía, porque no se trataba del físico, ni la voz, ni siquiera la experiencia… Su poder radicaba en el control absoluto de cada segundo.
Sabía crear tensión sin tocar, dirigir sin mandar y hacer que todo pareciera sencillo mientras no lo era en absoluto, y lo más inquietante era que Teo, que se había preparado para manipularla, empezaba a sentirse manipulado, no por engaño sino por pura atracción.
Cuando ella volvió a acercarse, él ni siquiera disimuló su fascinación. Los ojos la siguieron por el impulso simple de verla moverse, de escucharla y de entender qué tenía que no tenían las demás.
Xenia lo notó, claro, pero no lo delató, solo inclinó un poco la cabeza y dijo, con un tono que sonó casi amable:
—Vamos a ver si esas cosas que dices que te hicieron, son las mismas que te puedo hacer yo, Teo —Y luego, tras un breve silencio, añadió—: quítate la camiseta y siéntate en esa silla.
Teo ni siquiera la había visto antes.
Hasta ese momento, su atención había estado completamente centrada en ella, pero cuando miró alrededor, entendió dónde estaba.
La sala no era simplemente una habitación.
Era un espacio pensado para probar límites en el que había una cruz, una mesa alta con objetos que prefería no analizar demasiado, una especie de potro, y un gran espacio vacío en el centro.
No había cuadros, ni ventanas, ni distracciones.
Solo lo esencial. Y ella, obvio.
Teo tragó saliva y le obedeció sin decir nada, quitándose la chaqueta y después la camiseta, tal como ella había indicado con un gesto mecánico.
No estaba acostumbrado a obedecer, y mucho menos a hacerlo frente a una desconocida, pero Xenia tenía algo que anulaba la resistencia.
Ella se acercó con la calma de quien sabe exactamente lo que provoca y solo usó su voz, el tono pausado y la seguridad en sus movimientos para añadir:
—Bien —se situó detrás—. Vamos a ver qué clase de hombre eres, Teo.
Él notó su respiración muy cerca, y su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Intentó concentrarse, mantener la fachada, pero se dio cuenta de que estaba demasiado consciente de ella y de la calma y cercanía con la que lo observaba como si leyera un expediente.
Xenia empezó con preguntas ligeras, casi de broma.
Nada comprometedor ni nada que un cliente nuevo no pudiera responder.
Pero las formulaba con un tono entre juguetón y analítico que hacía imposible ignorarlas.
—¿Qué tipo de experiencias buscas, Teo? ¿Control o rendición? ¿Te cuesta confiar?
Cada pregunta era una trampa disfrazada de curiosidad y él lo sabía, pero no podía evitar seguirle el ritmo.
—Supongo que… rendirme un poco —respondió, improvisando.
—“Un poco” —repitió ella, sonriendo—. No suena muy convincente.
Él sonrió también, intentando relajarse.
—Bueno, no suelo hacerlo mucho.
—Ya lo veo. —Xenia se inclinó hacia delante, observándolo con más atención—. Eres de los que creen que tienen el control incluso cuando no lo tienen.
La frase lo desarmó por su exactitud, porque era una definición demasiado precisa.
Él quiso replicar, pero no encontró palabras.
Solo pudo sostenerle la mirada.
—¿Qué pasa, Teo? —preguntó ella con voz suave—. ¿Te incomoda que te lean tan rápido?
—Me sorprende. —Su tono sonó más sincero de lo que esperaba.
Xenia sonrió.
El silencio se alargó unos segundos.
Había algo lúdico en la situación: se trataba de dos personas que fingían estar en un juego erótico, pero en realidad estaban jugando a ver quién leía mejor al otro.
Ella lo observó un poco más, con ese aire profesional que la protegía de todo lo demás y notó detalles que ya se habían vuelto familiares: cómo apretaba los dedos cuando intentaba mantener la calma, cómo miraba siempre directo a los ojos y cómo su respiración se aceleraba en cuanto ella hablaba más cerca.
No es un cliente cualquiera, pensó. Está aquí por algo más. Pero aún no sé por qué.
Sin embargo, no lo iba a presionar todavía y prefirió cambiar de tono.
—Teo, ¿qué te imaginas al estar aquí? —preguntó con un deje divertido—. ¿Qué piensas que va a pasar?
Él levantó una ceja, intentando mantener la compostura.
—Supongo que lo de siempre… una especie de entrenamiento.
—¿Entrenamiento? —repitió ella.
—Sí. Algo… físico.
—Oh, no. —Xenia sonrió abiertamente, sin suavidad—. Aquí lo físico es lo menos importante.
Lo dijo con tal seguridad que Teo tuvo la impresión de que ella acababa de borrar cualquier intento suyo de dirigir la conversación. Y, sin saber cómo, acabó confesando algo que no debía:
—Eres buena en lo que haces.
—Lo sé —respondió ella, sin arrogancia, solo constatando un hecho. Y luego añadió, con una mirada que lo descolocó por completo—: Y tú, Teo… no estás acostumbrado a que alguien te lo demuestre.
Teo no dijo nada, porque era verdad.
Ella lo supo.
Él también.
El silencio que siguió fue más cargado y honesto. Por primera vez desde que entró, Teo dejó de pensar en el caso, en El Mulato, en su papel y solo pensó en ella y en lo hipnótica que resultaba su calma.
Y en ese momento entendió por qué esa mujer era tan especial y valía lo que valía. Porque no era solo una profesional: era una especialista en vulnerabilidades.
Sabía ver lo que cada persona ocultaba y, en su caso, acababa de encontrar una rendija por la que poder entrar y descubrir la verdad.
Xenia no dijo nada más, dio un paso atrás, lo observó y sonrió con serenidad.
Teo estaba excitado. Estaba duro detrás del pantalón, y sabía que Xenia lo notaba, porque sonreía y lo miraba.
Ella se le acercó y pensó que iba a ponerle al límite rápido. Sin más, se colocó detrás de él, con movimientos seguros y empezó a torturarlo y a hacer todo tipo de preguntas atrevidas.
Primero le arañó los pezones con las uñas y Teo se quedó tieso, apretando los dientes. Después ella le mordió el lóbulo de la oreja mientras le preguntaba:
—¿Qué te gusta que te hagan, Teo? ¿Cuál es tu grado de dolor?
Y Teo sabía que tenía un alto grado de dolor, pero no en ese nivel.
—Grado… alto. Me encanta…
Xenia le mordió el otro lóbulo de la oreja con fuerza y Teo soltó un gemido y dio un saltito en la silla.
—¿En qué piensas cuando te hacen esto?
Teo no podía ni pensar porque sentía sus pezones irritados y duros por las atenciones de sus uñas y estaba muy excitado.
¿Cómo podía ser? ¿Solo por ese juego se sentía así?
—Me imagino… en una fiesta…
Xenia le sujetó el pezón con fuerza y esperó a escuchar la mentira que le iba a decir.
—¿Una fiesta?
—Sí… Me pregunto si… ¿se te puede contratar para hacer esto en el exterior o solo puede ser aquí?
Xenia pensó que aquello se ponía interesante. ¿Qué tipo de interés era ese? Ahora quería descubrirlo, mientras seguía retorciéndole el pezón.
—¿En qué fiesta estás pensando?
Y Teo sintió que estaba ganando, que la iba a pillar y dijo:
—En una fiesta multitudinaria, con mucha gente, y en la que pudieras traer a amigas como Blanca, Nieves y Rosa…
Capítulo 3
