Yo soy un refugiado - Beatriz Basoalto Labraña - E-Book

Yo soy un refugiado E-Book

Beatriz Basoalto Labraña

0,0

Beschreibung

Seis relatos abordan el tema del abandono forzado de la patria desde el dolor y la esperanza, con la particular mirada de los niños y jóvenes que han sido sus protagonistas.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 50

Veröffentlichungsjahr: 2020

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



© LOM ediciones / Amnistía internacional Primera edición, 2013 ISBN IMPRESO: 9789560004062 ISBN DIGITAL: 978-956-00-1323-1 Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 688 52 73 | Fax: (56-2) 696 63 [email protected] | www.lom.cl Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta NormalImpreso en Santiago de Chile

Índice

Gaspar

El Caballito y la Vela

La vida es intentar

A dos noches

Sordomudo por un día

Mi historia como refugiado

Gaspar1

Beatriz Basoalto Labraña

Caminé hacia afuera del salón de clases asustado, era el primer recreo del día. Todos corrieron a jugar con sus amigos: reían, corrían, eran simplemente felices. Yo los miraba como si fueran extraterrestres, no los comprendía, me sentía perdido; estaba a años luz de volver a ser como ellos; la despreocupación en sus rostros me causaba envidia. Intenté recordar a mis amigos, nuestro último momento feliz; recordé sus caras sucias con pequeñas sonrisas que demostraban fortaleza y valentía. Sin embargo, eran sonrisas oscurecidas por las batallas perdidas, las lágrimas, el hambre y el miedo. No encontraba un momento inocente, despreocupado o feliz. Busqué en toda mi memoria: no teníamos momentos así desde hace mucho tiempo.

Me preguntaba si los señores con uniforme seguían llevándose a personas en sus camionetas en los días o si seguían disparando en el bosque por las noches.

Sentí que traicionaba a mis amigos cuando nos fuimos, sentí que los abandoné; renunciamos y escapamos de nuestra propia vida. Ese día ni siquiera pude despedirme, la verdad es que no se podía, dejamos nuestra casa rápidamente: mi mamá tomó una vieja maleta, la llenó con ropa, unas frazadas y una foto, no tenía marco y estaba arrugada. Era del día en que nació mi hermanita, Emma, estábamos mis hermanos mayores, Elena, Nora y Teo, mis padres y yo, todos abrazados y sonrientes. La vida era simple en esos días, tenía siete años, amigos, un hogar y me sentía feliz y seguro. Mamá arropó a Emma, que dormía profundamente en sus brazos, tomó mi mano, llamó a mis hermanos, cada uno con un bolso mediano, y salimos a medianoche, en silencio. No tenía claro adónde íbamos o por qué mamá me apretaba la mano tan fuerte, pero intenté mantener el ritmo de los demás.

Después de un rato encontramos a mi padre esperándonos frente a un bus: miraba para todos lados, besó de manera fugaz a mi madre y nos pidió que subiéramos.

Encontré una banca bajo la sombra de un árbol y me senté. Miré otra vez a mis compañeros y me sumergí de nuevo en mis recuerdos: volví a unas semanas atrás, cuando llegamos y mi mamá me contó que estábamos en otro país, un país amigo que nos ayudó en un momento difícil. Cuando pregunté si ayudarían a mis amigos también, mi mamá me miró triste, con los ojos vidriosos, a punto de llorar. Recordaba esa mirada, era la misma de cuando me explicó a medias por qué el abuelito no venía los domingos, o por qué no venían mis primos, o por qué no podíamos ir nosotros a verlos; o cuando me explicó por qué no podíamos salir a pasear después de cenar, o cuando me explicó también hace un año por qué no teníamos qué cenar. En fin, mi mamá me daba las malas noticias, por lo que yo conocía la cara de malas noticias muy bien.

Cuando mi mamá, entre sollozos contenidos, me decía algo sobre que lo único que podíamos hacer era rogar mucho para que todos estuviesen bien allá, cuando miré en sus ojos entendí que no servía de nada preguntar a quién tenía que pedirle que mis amigos estuviesen bien, porque hiciese lo que hiciese, no los volvería a ver nunca más.

El resto de mi familia pareció adaptarse fácilmente a todo: Elena tenía amigas en el barrio, mi papá tenía trabajo, mamá encontró un hospital pequeño en el que nos pusieron vacunas a Emma y a mí para que no nos enfermáramos con las picaduras de unos mosquitos que hay aquí. Mamá estaba muy feliz, pero creo que Emma estaba tan enojada como yo cuando la doctora nos pinchó los brazos. Teo también estaba en el colegio y después de unos meses no estaba casi nunca en casa. Elena bromeaba con mis padres diciendo que a Teo lo había picado el bicho del amor. Debe ser porque a él no lo vacunó la doctora cuando nosotros fuimos al hospital.

Aunque extrañaba muchísimo a mis amigos, tengo que admitir que, como todos, estaba muy feliz con la casa nueva: no era demasiado grande, pero ya no tenía que compartir la pieza con Elena y Teo, cada uno tenía su cama y a mí ya no me dolía la espalda todos los días.

La casa tenía mucha agua, la cual ahora no la venían a dejar una vez por semana en un bidón como antes en mi primer país, sino que salía por la llave del baño, por la de la cocina y por la del jardín. Estábamos en verano, hacía calor y podía tomar cuanta yo quisiera, porque cada vez que abría la llave, salía más. Teníamos un patio al que Nora y yo podíamos salir a jugar tranquilos, mientras mi mamá nos miraba por la ventana de la cocina. Los de aquí nos quieren mucho, porque incluso nos dieron una caja con mucha comida: tallarines, arroz, sopas en sobre, legumbres y mucha comida, hasta había unos pocos dulces.

El día que llegó la caja, saqué un chocolate para compartir con Lisa y Seba. Iba corriendo hacia la puerta cuando mi mamá me preguntó a dónde iba, y me acordé que si salía por la puerta no iban a estar ni Seba ni Lisa en la plaza, jugando con tierra, esperándome; no podían comer chocolate conmigo; espero que en mi primer país les den una caja que traiga chocolates también.

Ya pasó un mes y todo se ha mantenido más o menos bien, las cosas no empeoran a cada segundo como antes; sigo sentándome en la misma banca en los recreos, aún no hago amigos. Mi mamá nos dijo que mañana vendrá un reportero, hablará con nosotros, nos hará preguntas y tenemos que recordar agradecer la oportunidad de empezar de nuevo en este lugar.