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¿Engaño o deseo? Cuando Lang Forsyth descubrió a su socio cenando con la que obviamente era su amante, supo que debía tener cuidado; sobre todo porque él también sentía algo por aquella bella mujer... Ni siquiera cuando se enteró de la verdad pudo dejar a un lado toda su desconfianza. Estaba seguro de que Eden Sinclair no podía ser tan inocente como aparentaba. Lo único que podía hacer era acercarse más a ella y tratar de descubrir todos sus secretos...
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Seitenzahl: 199
Veröffentlichungsjahr: 2016
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2002 Margaret Way, Pty., Ltd.
© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Un malentendido, n.º 1763 - marzo 2016
Título original: Mistaken Mistress
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Publicada en español en 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-8024-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
Owen Carter llevaba más de veinte años intentando olvidar que tenía una hija. Ni siquiera la había visto hasta ese fatídico día lluvioso. Nadie había previsto que Cassandra muriese trágicamente a los cuarenta y tres años. Atormentado por los recuerdos, acudió a su funeral y no pudo dejar de mirar ese rostro tan parecido al de Cassandra que lo impelía a acercarse. Estuvo a punto de ir, pero no se atrevió.
Su hija era igual que su preciosa Cassandra. La misma mata de pelo negro y sedoso, los mismos ojos azules, violeta. En Cassandra, el color dependía de la ropa que llevara, así como de su humor. En aquel día triste, con lágrimas en las mejillas mientras miraba el féretro de su madre, la joven tenía los ojos de un azul muy intenso. La piel era muy blanca y contrastaba de manera sorprendente con el pelo. Nunca se habían visto, pero él la habría reconocido en cualquier lugar. Era Cassandra, que había vuelto a él.
La miraba tan fascinado que ella debió de notarlo, pues se volvió bruscamente, como si se sintiera observada. Fue una mirada sincera y directa, muy propia de Cassandra. Owen dejó escapar un gemido y encogió los hombros como si hubiera recibido un puñetazo en el estómago. Era su hija. El gran amor de su vida, tan oculto en su corazón, floreció de repente. Ya nada lo detendría.
Las había encerrado a ambas, a Cassandra y a Eden, en su corazón, creyendo de alguna forma proteger a su hija. Pero decidió que ya había terminado todo, mientras se disponía a aceptar el desafío. «Es mía», pensó de forma triunfal. «Mi carne y mi sangre. Mi hija. La hija que me fue negada.» «Escúchame, Cassandra», gritó en silencio, dirigiendo sus pensamientos al ataúd. «Es mi hija. He venido a llevármela a casa.»
Lang y Owen salieron juntos de la reunión.
–Ha ido bien –comentó Lang con satisfacción.
–Si ha ido bien, es gracias a ti –admitió Owen con cariño–. Creía que yo era un negociador duro, pero me has superado. Ahora eres tú el jugador principal.
–Pero ¿no era eso lo que querías?
Lang miró de reojo la cara de su socio. Parecía tan en forma como siempre, y de hecho lo estaba. Owen era un hombre atractivo y con gran éxito, en la flor de la vida, pero estaba perdiendo su gancho. Durante los últimos seis meses parecía no dejarse llevar ya por su enorme interés por los negocios. A Lang le parecía extraño, igual que sus viajes mensuales a Brisbane, la capital del Estado. Owen Carter no respondía ante nadie. Ni ante él, que había sido su protegido y actualmente era su socio, ni ante Delma, su mujer. Lang había notado un gran cambio en su relación con Owen, y aquello lo apenaba. Hacía más de diez años que había solicitado un empleo en Carter Enterprises, recién licenciado con excelentes calificaciones y la medalla de oro de la universidad. Enseguida se aseguró el puesto por encima de una docena de aspirantes mayores que él y muy cualificados. A Lang le gustaban la emoción de los grandes negocios y las empresas arriesgadas tanto como a Owen. Sabía que podría hacerse cargo de cualquier cosa que le pidiera su jefe. Y este lo hacía; le había caído bien y confiaba en él. Se entendían el uno al otro. En la actualidad era prácticamente un miembro de su familia.
Tenía que haber algo. Todos habían notado el gran cambio experimentado por Owen, pero ni siquiera Delma se había atrevido a preguntar. De no ser por su excelente aspecto, habrían sospechado de alguna enfermedad. El otro único posible motivo para todos aquellos viajes era una aventura amorosa, lo cual era bastante absurdo. En los doce años que llevaba casado con Delma, muy atractiva y diez años menor, Owen nunca había mirado ni siquiera de soslayo a ninguna otra mujer, a pesar de que había muchas que lo deseaban. El hecho, admitido por ella misma, era que Delma había seguido una estrategia para conseguir a Owen. Lo había convencido de que necesitaba una mujer y un heredero, y que ella era perfecta.
El matrimonio resultó ser duradero, aunque no podía hablarse de un matrimonio feliz. Era un hecho no reconocido de puertas afuera, pero siempre latente. Con un esposo poco ardiente y siempre preocupado por los negocios, Delma se había dejado llevar por pequeños devaneos amorosos. Owen nunca había sido muy extrovertido ni el tipo de persona que engañaría a su mujer. Pero últimamente estaba muy misterioso. Seguirlo habría sido un terrible insulto, pero Lang se descubría muchas veces pensando en qué sería lo que estaría ocurriendo con Owen.
Salvo de su vida anterior a su traslado al norte, Owen hablaba de todo con su socio. Lang siempre había pensado que debía de haber sufrido algún duro golpe en la juventud, del que nunca había sido capaz de recuperarse. Probablemente se llevaría a la tumba todos sus secretos.
A Lang nunca le había importado la atracción que provocaba. A él le importaba el éxito. Lo había perseguido siempre, traumatizado por la caída financiera de su padre, quien había perdido la finca familiar, Marella Downs. Marella era una propiedad muy valiosa, de diez mil kilómetros cuadrados, al oeste de la Gran Cordillera Divisoria. Los Forsyth habían vivido durante más de cien años en aquella maravillosa tierra sureña, hasta que su padre la perdió tras una serie de descalabros financieros.
Su padre había muerto, incapaz de sobrellevar no ya la adversidad, sino la carga de culpa que se había impuesto por perder la herencia familiar. No había vivido lo suficiente para ver a su hijo sobreponerse poco a poco de las adversidades. Pero su madre, Barbara Forsyth, sí, y residía de nuevo en Marella Downs.
Lang había convertido en su proyecto de vida volver a comprar la finca. Por el momento le resultaba imposible hacerse cargo de ella, pero su hermana Georgia y el marido de esta, Brad Carson, un amigo de la infancia, la gestionaban con mucha eficacia. Lang tenía la intención de comprársela cuando llegara el momento, pero aún faltaba mucho. Mientras tanto, los Forsyth habían vuelto a Marella Downs con una nueva generación de la que cuidar, en la forma de Ryan Forsyth Carson, de seis años, su sobrino y ahijado.
Lang y Owen almorzaron en el club y se relajaron con una excelente comida, servida con muchas florituras por el camarero que los atendía siempre. Hablaron relajadamente. Había sido así desde el primer día, pero aquella vez Owen evitó hablar de negocios, lo cual era extraordinario. En su lugar, se concentró en sus intereses extralaborales, como la pasión que ambos compartían por los barcos y la pesca. Después de todo, tenían las fantásticas aguas del Gran Arrecife de Coral a la puerta de casa.
–¿Puedes ver a Arthur Knox por mí esta tarde, Lang? –preguntó Owen con reparos–. Tengo cosas que hacer.
–Sin problema. ¿Nos vemos para cenar?
Ambos se alojaban en el mismo hotel. Por una vez, a Owen se le veía en la mirada que estaba disimulando.
–Me encantaría, Lang, pero he quedado en cenar con el viejo Drummond. ¿Te acuerdas de él?
–¿El juez Drummond?
–Ese mismo.
Parecía una excusa. De hecho, a Lang le parecía que lo había ensayado.
Una vez en la calle, se despidieron. Lang se dirigió al despacho de Knox. Mientras esperaban en la puerta del club habían pasado muchas jóvenes bonitas, pero Owen no se había girado a mirar a ninguna. Lang se preguntaba por qué en aquel momento le estaba preocupando que su socio se hubiera involucrado de algún modo con una mujer. Una mujer que, además, lo había atrapado bien. Pensó que aquello, sin lugar a dudas, era un problema. Se preguntaba si sería una tonta aventura típica de la mediana edad, con un matrimonio que se podía romper. El pequeño Robbie, totalmente consentido por su madre, adoraba igualmente a su padre. Un matrimonio roto trastornaría su niñez. Y él también se vería envuelto, e incluso tendría que tomar partido.
Lang buscó el anonimato de un restaurante en lugar del comedor del hotel. La encantadora recepcionista le había recomendado uno y le había hecho la reserva. Vestido con un traje italiano ligero confeccionado con la mejor lana de Australia, bajó en el ascensor al opulento vestíbulo para salir a la calle. El portero le preguntó si deseaba un taxi, pero le pareció ridículo para una distancia tan corta. La recepcionista le había indicado cómo llegar.
El restaurante era nuevo o había sido reformado por completo, ya que no lo recordaba de sus paseos por la ciudad. Tenía mucha categoría, quizá incluso demasiada. Quería estar tranquilo, tenía mucho que pensar. El maître le consiguió una mesa apartada muy agradable. No había mucha gente; los que había eran discretos hombres de negocios con sus parejas, novias o esposas.
En una mesa al lado de la ventana, se decidió por una langosta seguida de cordero lechal. Pidió además un martini seco de aperitivo y una botella de vino para la cena. Pensó que era un lugar muy agradable, bastante cerca del hotel. Se preguntaba qué estaría haciendo Owen. Aunque muy docto en leyes, Gordon Drummond era un hombre austero con hábitos austeros, y sin ningún sentido del humor; desde luego, no era una compañía muy entretenida.
Tras una comida exquisita, estaba mirando los postres. El camarero esperaba, listo para tomar nota, pero al levantar la vista, Lang vio algo que lo dejó traspuesto. Vio que estaban acomodando a Owen en una mesa. Delante de él iba la joven más preciosa que había visto en su vida, y había visto muchas mujeres atractivas. Era alta, muy esbelta, y tenía una mata de pelo sedoso color azabache, con los rizos sobre los hombros, remarcando el óvalo perfecto de su cara. Pero lo más impresionante eran los ojos. Desde aquella distancia parecían morados. Estaba seguro de que nadie tenía los ojos morados, así que pensó que quizá fueran de un azul muy intenso. La chica era de rasgos delicados. Pero a pesar de toda su belleza y la elegancia del vestido, no era precisamente admiración lo que sentía, sino más bien reprobación.
Aquella era la misteriosa mujer con la que salía Owen, el catalizador que había terminado con todos sus traumas del pasado. No podía dejar de mirarla. Sin buscarla, había encontrado a la misteriosa amante. Ella tenía que ser la respuesta al gran cambio. Lang nunca había visto ningún atisbo de emoción en la cara de su amigo. Pero en aquel momento la veía. Owen se había enamorado por completo de una mujer que podría ser su hija y aquel pensamiento lo llenó de consternación.
Pensaba en cómo podría competir Delma con aquella mujer. La esposa de Owen era una mujer muy llamativa que sabía sacar partido a su belleza. Lang era consciente de que nunca se había sentido muy segura en su matrimonio, ya que ella misma se lo había confiado, pero Owen siempre le había dado cualquier cosa que ella y su hijo hubieran querido. Cualquier cosa salvo su corazón. Era Delma quien luchaba por mantener su matrimonio a flote. Lang nunca había visto a Owen tan feliz, tan triunfante, como en aquel instante, como si estuviera en posesión de un gran secreto.
Owen era un hombre muy aparente. Tenía una cabellera espesa y oscura, rasgos fuertes, nariz estrecha y ojos oscuros. Por desgracia, nunca había amado a su mujer, pero en aquel momento tenía la palabra «amor» escrita en la cara, mientras se cambiaba a una mesa para dos aislada junto al ventanal. Estaba totalmente encaprichado y seducido por la joven que lo acompañaba.
Owen se sentó de espaldas a él, por lo que Lang podía observar libremente la forma en que la joven clavaba los ojos en su socio mientras este hablaba. Ni una sola vez se distrajo o echó un vistazo a la sala, como solía hacer la gente. Parecía que ella también estaba embelesada. Lang no comprendía qué estaba pasando. Por mucho que sus sospechas lo hubieran preparado, estaba atónito de ver a Owen con aquella mujer, que aparentaba veintipocos años.
Se preguntaba dónde y cómo se habrían conocido. Owen pidió champán. El mejor. Lang vio al camarero sacar la botella del hielo y llenar las copas. Le parecía un poco indecente observarlos de aquella forma, pero no podía evitarlo. Brindaron antes de beber. Mientras lo hacían, la chica sonreía con los ojos a Owen. Le refulgía la mirada, joven y tierna. Probablemente hacía sentir a Owen de nuevo con veintidós años. Su socio no los tenía. Tenía más del doble. Pero el Owen que estaba allí actuaba de una forma totalmente desconocida.
Parecían tener mucho de que hablar. Vio a Owen agarrarle la mano varias veces a su acompañante. Vio también la fuerza con que la sujetaba.
De repente, se disgustó. Consigo mismo por estar allí sentado como un voyeur y con Owen por engañar a su mujer y a su hijo. Estaba aún más furioso con la joven. Esta tenía que saber que Owen estaba casado, se lo tenía que haber dicho. Si estaban tan unidos, ella se lo debía haber preguntado. O quizá Owen había mentido. Quizá le había dicho que era viudo o divorciado. O quizá no le importaba. Owen era muy rico.
La aparición de ambos le había arruinado la noche. Llamó al camarero y le preguntó si había alguna forma de salir del restaurante discretamente. Le explicó que en la entrada había una persona a la que prefería no ver.
Pagó con la tarjeta y mientras esperaba a que volviera el camarero comenzó a repicar con los dedos sobre la mesa.
Se podría pensar que el oído de la chica era tan agudo que captó los golpes. O tal vez la forma en que la miraba era tan intensa que había captado su atención. En cualquier caso, lo sorprendió desprevenido. Los ojos preciosos y luminosos de la joven estaban mirando directamente a los suyos. También abrió la boca en un suspiro, como si hubiera leído la reprobación en los pensamientos de él. Se sonrojó. La leve sonrisa que antes iluminaba su cara había desaparecido. Lang vio todo aquello en un instante de apabullante claridad, aunque había entornado los ojos como si la luz del restaurante fuera demasiado brillante. Se dio cuenta, muy a su pesar, de que podría compartir con Owen su enamoramiento. No solo le parecía bonita, sino además muy refinada. Fresca, inocente, perfecta. Aquellas cualidades contradecían su personalidad. Lang no intentó retirar la mirada, incapaz en aquel momento de suavizar la hostilidad que era consciente de estar emanando. Parecía que la atmósfera creada entre la chica y él hubiera absorbido todo el ruido del comedor. Podría jurar que había captado su aroma. Pero no había nada desafiante en la expresión de la joven. Más bien parecía tan vulnerable que era como si su mirada estuviera haciéndole daño.
Entonces ella apartó la vista y rompió el contacto visual, como si el impacto fuera demasiado fuerte. Volvió la cabeza para mirar la noche estrellada, con las luces de la ciudad reflejadas en el río ancho y profundo.
Durante un momento, Lang temió que Owen, tan protector con ella, se volviera para seguirle la mirada. Pero aún estaba leyendo la carta. El camarero regresó y Lang se levantó de golpe, sin querer reconocer que aquel breve intercambio lo había desconcertado. Pensaba que algunas mujeres podían embrujar a un hombre, y aquella era una de ellas. Siguió al camarero hasta una salida trasera, a través de las cocinas. Habría trepado al tejado con tal de no encontrarse con Owen y su hermosa acompañante.
Mientras caminaba por el callejón, no pudo evitar hacer comparaciones entre la joven y Delma. Delma tenía el estilo y la particular confianza en sí misma de una mujer madura, pero el joven rostro que había visto era inolvidable.
Aquella noche durmió mal, seguro de dos cosas. Owen nunca se iba a deshacer de la chica, y él no podía hacer nada.
Estaba saliendo de la ducha cuando sonó el teléfono. Rápidamente, se puso el albornoz del hotel sobre los hombros. La voz profunda y dinámica de Owen lo saludó.
–¿Qué tal te va, amigo?
–Con muchas ganas de llegar a casa.
–Seguro que te encanta el sitio –rio Owen, obviamente de muy buen humor–. Escucha, sé que te he pedido mucho últimamente, pero hay un par de cosas de las que necesito que te encargues hoy. Quiero hacer un viaje rápido a la Costa Dorada. Hay un tipo allí con un yate a motor que quiero ver. Por lo que parece, está muy bien.
–¿Y qué le pasa al Delma? –preguntó tratando de suavizar lo afilado de su tono.
–Nada, nada. Lo podría poner a la venta hoy mismo y me lo quitarían de las manos. El yate está fabricado a mano por los mejores artesanos italianos. Material de primera calidad y lo último en equipamiento. Me gustaría que vinieras también, pero en este viaje el tiempo nos apremia.
«Por supuesto», pensó él con pena. Estaba seguro de que Owen pretendía llevar a su novia y pasar el día disfrutando de los placeres del océano.
–Entonces ¿qué es lo que quieres que haga?
–Podrías ver a Rod Burgess por mí. De todas formas, te llevas con él mejor que yo. Y si puedes haz una llamada de cortesía al patriarca, Brierly. Ya sabes que aún tiene participaciones en algunas de nuestras propiedades. También le gustará verte; le caíste bien al viejo Brierly. Hazlo por mí. Quiero que sepas que lo mejor que he hecho en mi vida fue escogerte como socio.
–Y yo te reconozco como mi mentor. ¿A qué hora esperas regresar? Nuestro vuelo de vuelta es a las nueve de la mañana. Eso significa que tenemos que estar en el aeropuerto a las…
–No te pongas nervioso –se rio Owen–. Por cierto, tengo muy buenas noticias para ti. Es todo cuanto he estado buscando. Durante toda mi vida, por lo que parece.
–Suena como si te hubiera hecho muy feliz.
Intentaba que no se le notara la tristeza. Él no era nadie para juzgar a Owen, quien había sido como un padre para él. Aun así, se le tensaron los músculos del cuello mientras esperaba que su amigo continuara.
–La respuesta es un grandísimo «sí» –dijo Owen –. Pero te lo contaré más adelante. Lleva su tiempo. Hace mucho que te lo quiero decir, pero todavía no he encontrado el momento. Esto ha cambiado mi vida, Lang. No sabía que fuera posible disfrutar tanto. Quiero contárselo a todo el mundo. Quiero proclamarlo.
–¿No me puedes adelantar algo ahora? –prácticamente era un ruego.
–Me encantaría, compañero. Sé que tú me entenderías. Te quiero como a un hijo, aunque no lo eres, gracias a Dios. Tengo planes para ti. Entiendo por qué la gente te respeta tanto.
–Oye, ¿qué es todo esto?
–La vida es demasiado corta para no decir lo que sentimos de verdad –exclamó Owen mostrando, de forma extraña en él, sus emociones–. Escucha, amigo, llaman a la puerta. Me tengo que ir. He alquilado un coche. Te veré esta noche para cenar. Quiero que conozcas a alguien. ¡Ya voy! ¡Ya voy! Nos vemos, Lang.
–Hasta luego. Ve con Dios.
No sabía por qué había dicho aquello, sonaba demasiado sombrío. Casi como un final. Mientras colgaba, buscó la respuesta. Quizá era debido a la tensión a que estaba sometido. Quizá era porque temía por su amigo. Alguien como Owen, un hombre maduro tan enamorado, podía sufrir mucho si las cosas salían mal. Y además estaban Delma y Robbie. Lang pensaba que un niño necesitaba a su padre, y que su amigo debería saberlo.
Burgess, el hombre con quien debía reunirse, era un empresario del sector turístico con mucho éxito. Le encantó ver a Lang y, al cabo de un rato, derivó la conversación de negocios para hablar de cricket. Se despidieron de forma muy amistosa y Rod le dio recuerdos para Owen.
Lang decidió comer algo antes de ver a Sir George Brierly. En la habitación de Owen había información que quería enseñarle, así que pensó en pedir la llave en cuanto llegara al hotel. Todas aquellas preocupaciones lo estaban agotando, pero su filosofía de trabajo era continuar y concentrarse en lo que le quedaba por hacer.
En recepción le dieron la llave de Owen sin preguntar. El director los conocía muy bien a los dos, y sabía que eran muy buenos amigos además de socios. Usó la llave de seguridad del ascensor para llegar al último piso. Era la primera vez que Owen disponía de una suite. Normalmente se conformaban con una habitación normal; a fin de cuentas, pasaban muy poco tiempo en ella. Otra vez acudieron a su mente los oscuros pensamientos. Pensó si sería aquel el nidito de amor de Owen cuando iba a la ciudad. Luego lo descartó; no pensaba que su amigo se fuera a exponer a sí mismo o a su joven amante de aquella forma.
La suite era muy espaciosa y cómoda, elegante, un hogar para los estresados hombres de negocios lejos de su propio hogar. Se dirigió al escritorio que había al otro lado de la pared. Enseguida vio la carpeta que necesitaba. En ella había fotografías en color, bocetos y planos aún en la fase preliminar de un proyecto nuevo muy prometedor, un conjunto de veinticinco villas de lujo que pretendían construir en la costa Hibisco. El complejo iba a tener un puerto deportivo privado, una piscina frente al mar y vigilancia día y noche. El año anterior habían ganado la medalla de platino en los premios al Mejor del Nuevo Milenio. Estaba hojeando la carpeta cuando oyó un ruido en la habitación principal. Frunció el ceño y dudó si sería posible que estuvieran limpiando. Con la carpeta en las manos, se encaminó hacia el pasillo.
–¿Hola?
Sabía que iba directo a encontrarse con el amor de la vida de Owen, y no estaba preparado para ello. Entonces ella salió de la habitación; parecía molesta incluso antes de haberlo visto. A Lang le resultó obvio que había estado vistiéndose. Pensó que probablemente habría pasado la mañana en la cama. Luego observó la sedosa maraña negra de rizos que le caían sobre los hombros, pequeños tirabuzones aún mojados de la ducha. Estaba descalza. Lang levantó la vista y vio que los ojos eran azul oscuro, el mismo color que el vestido. Al igual que la noche anterior, estaba temblando. Tuvo que admitir que sentía algo parecido a la violencia. No lo deseaba, pero no pudo evitarlo. Despreciaba a aquella mujer profundamente, pero se dio cuenta de que quería verla otra vez. Aquello lo dejó paralizado.
–¡Usted!
–Lo siento –dijo él con voz cortante–. No me había dado cuenta de que había alguien. Soy Lang Forsyth, el socio de Owen.
–Ya. Owen me ha hablado muchísimo de usted.
–Ya. Me tengo que ir.
Lang sintió que tenía que salir de aquel lugar antes de que le preguntara qué pensaba sobre ella. Aquello sería demasiado para él. Sería su final con Owen.
–Por favor –la llamada lo hizo parar un instante–. Usted estaba anoche en el restaurante.
–Quería estar a solas. No es necesario que se lo diga a Owen. No tenía intención de molestar.
–Me miraba como si me odiara.
