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La "Colección de Lope de Vega" es una obra fundamental del Siglo de Oro español, que ofrece una visión profunda del ingenio y la versatilidad del dramaturgo y poeta Lope de Vega. A través de sus escritos, se pueden explorar temas universales como el amor, la honra y la condición humana, todo ello en un estilo rico y musical que caracteriza su prosa. La variedad de géneros presentes en esta colección —desde la comedia hasta la tragedia— refleja la dinámica del teatro barroco y un contexto social en el que las Artes escénicas comenzaban a adquirir prominencia en la cultura popular. Lope muestra una maestría excepcional en el uso del verso y el diálogo, creando personajes memorables que trascienden su tiempo. Lope de Vega, conocido como el Fénix de los Ingenios, fue un prolífico dramaturgo y poeta cuya vida estuvo marcada por la creación literaria y la pasión. Nacido en 1562, su obra se vio influenciada por sus experiencias personales y las tumultuosas circunstancias históricas de la España de su época, como el impacto de la Inquisición y los conflictos bélicos. Su profunda comprensión de la naturaleza humana y el entorno social lo llevaron a desarrollar un teatro que no solo entretenía, sino que también provocaba reflexión crítica sobre la ética y la moral. Recomiendo encarecidamente la "Colección de Lope de Vega" a todos aquellos interesados en la literatura española y el teatro clásico. Esta obra no solo es un testimonio de la genialidad de Lope, sino que también ofrece una ventana a las complejidades de la naturaleza humana y la sociedad de su tiempo. Cualquier lector que se sumerja en este compendio encontrará un deleite estético y una rica fuente de reflexión. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción amplia expone las características unificadoras, los temas o las evoluciones estilísticas de estas obras seleccionadas. - La Biografía del Autor destaca hitos personales e influencias literarias que configuran el conjunto de su producción. - La sección de Contexto Histórico sitúa las obras en su época más amplia: corrientes sociales, tendencias culturales y eventos clave que sustentan su creación. - Una breve Sinopsis (Selección) oferece uma visão acessível de los textos incluidos, ajudando al lector a seguir tramas e ideias principais sin desvelar giros cruciais. - Un Análisis unificado examina los motivos recurrentes e los rasgos estilísticos en toda la colección, entrelazando las historias a la vez que resalta la fuerza de cada obra. - Las preguntas de reflexión animan a los lectores a comparar las diferentes voces y perspectivas dentro de la colección, fomentando una comprensión más rica de la conversación general. - Una selección curada de citas memorables muestra las líneas más destacadas de cada texto, ofreciendo una muestra del poder único de cada autor.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
Esta Colección de Lope de Vega (Clásicos de la literatura) reúne seis obras fundamentales que permiten recorrer, en un mapa compacto y legible, el corazón del teatro del Siglo de Oro español. Se incluyen El caballero de Olmedo, El castigo sin venganza, El perro del hortelano, Fuenteovejuna, La dama boba y La Dorotea. No pretende ser un corpus completo, sino una selección representativa que muestra la amplitud de registros del autor: desde la comedia de enredo y el drama histórico hasta la tragedia de honor y la prosa dialogada. El propósito es ofrecer un acceso claro y contextualizado a la variedad y la vigencia del arte de Lope.
Lope de Vega, figura central del teatro barroco, consolidó la comedia nueva, modelo dramático que mezcló elementos trágicos y cómicos en una estructura de tres jornadas. Su obra dialoga con la cultura de los corrales, la pluralidad del público y las tensiones de la monarquía hispánica. La selección aquí presentada permite reconocer esos rasgos en acción, en piezas de madurez y plena maestría. Lope ordena el espectáculo desde el ingenio verbal, la agilidad de la intriga y la medida del verso, y su teatro se atiene a la eficacia escénica sin renunciar a la hondura temática ni al relieve poético.
Los textos de esta colección representan, ante todo, teatro: comedias de capa y espada, drama histórico y tragedia de honor. A ese abanico se suma una pieza de prosa dialogada, La Dorotea, que amplía el panorama hacia la ficción conversacional de fuerte impulso lírico. No hay aquí ensayos, cartas, diarios ni colecciones poéticas autónomas, y por tanto el lector encontrará un foco claro en la dramaturgia y en una prosa de escena. El criterio ha sido subrayar las modalidades más influyentes de Lope, las más frecuentadas en los escenarios, y una excepción significativa que ilumina su talento narrativo-dialogal.
Entre los hilos que unifican estas obras destacan el conflicto entre amor y honor, la fricción entre deseo y orden social, y la búsqueda de justicia frente a los abusos del poder. La tensión entre individuo y comunidad adopta rostros diversos: el pueblo que habla con una sola voz, la dama que negocia su libertad, el noble sometido al código de reputación. También recorre la colección la pregunta por la autoridad: la paterna, la política y la simbólica. Lope explora esos dilemas sin dogmatismo, dejando que la acción, el ritmo y los personajes pongan a prueba los principios que sostienen la vida pública y privada.
En el plano estilístico, el conjunto revela la polimetría característica del autor y su mezcla de registros: del coloquialismo chispeante a la elevación lírica. El verso octosilábico, las redondillas y los romances conviven con estancias de mayor aliento, según lo exija el tono dramático. La agudeza conceptista se pliega a la claridad de la situación, y los cambios de metro marcan giros de afecto, estatus y tensión. El lenguaje metafórico, los refranes y las alusiones cultas dibujan un mundo reconocible y complejo, hecho para el oído del corral y aún eficaz en la lectura silenciosa contemporánea.
La dramaturgia de Lope se distingue por la economía escénica, la precisión del aparté, la función del gracioso y la destreza para mover el conflicto entre espacios y clases sociales con mínimos recursos. La estructura en tres jornadas sostiene el crescendo de la acción, y la alternancia de escenas privadas y públicas teje un contrapunto de voces. La música, la fiesta y la costumbre popular se integran en el curso dramático como motores de trama más que como adorno. Estos rasgos, presentes en las piezas seleccionadas, explican su éxito perdurable y la plasticidad con que se adaptan a nuevas lecturas y montajes.
Fuenteovejuna, comedia histórica, sitúa el foco en una villa que enfrenta los abusos de un representante del poder señorial. La comunidad, articulada en voces individuales y corales, se convierte en protagonista de una acción que indaga en la legitimidad de la resistencia y en la mediación de la justicia. Sin anticipar su desenlace, la obra plantea cómo la palabra compartida, el rumor y el testimonio pueden pesar tanto como la fuerza. La relevancia del tema ha hecho de esta pieza un emblema de la capacidad del teatro para pensar lo político sin renunciar al entretenimiento ni a la compleja humanidad de sus personajes.
El castigo sin venganza, tragedia ambientada en una corte italiana, examina con rigor la fragilidad del honor cuando el deseo hiere la arquitectura familiar y política. Un duque, su hijo y el reciente matrimonio del primero desencadenan un conflicto en el que la pasión interroga los límites de la obediencia. La precisión de la intriga y la contención del lenguaje sostienen un clima de fatalidad que no necesita grandilocuencia. Lope despliega aquí una ética dura, de consecuencias inevitables, donde el gobierno de las apariencias y la razón de Estado prueban su precio. El resultado es un drama de intensidad contenida y resonancia moral.
El perro del hortelano y La dama boba representan la cara más lúdica y urbana del teatro de Lope. En la primera, una dama de alta condición vigila, con celos y astucia, el afecto entre su secretario y otra mujer, poniendo a prueba las barreras sociales y su propio deseo. En la segunda, el supuesto desvalimiento intelectual de una joven se ve sacudido por la educación del afecto y la inteligencia práctica. Ambas comedias exploran el ingenio verbal, la movilidad de los roles y la negociación de estatus, con una gracia que no oculta la observación crítica de la jerarquía y los códigos de género.
El caballero de Olmedo, tragicomedia inspirada en una canción popular, sitúa su trama entre Olmedo y Medina en un contexto festivo en el que un noble enamorado afronta recelos y rivalidades. Los presagios y rumores, junto con la sombra del riesgo, impregnan la obra de un tono elegíaco que convive con momentos de humor y celebración. Lope emplea aquí la tradición del romancero y la cultura de feria para dar profundidad a una historia de amor cuyo horizonte emocional se ensombrece progresivamente, sin que la obra renuncie por ello a la vivacidad de escenas, disfraces y juegos de percepción propios de la comedia.
La Dorotea, publicada en 1632, es una ficción en prosa dialogada que Lope subtituló acción, organizada en actos y escenas. Su materia es amorosa y literaria: la vida sentimental comparece junto a reflexiones sobre el arte, la fama y la experiencia del tiempo. El diálogo sostiene una prosa de aliento lírico y ritmo conversacional, con poemas intercalados que intensifican la emoción. Sin que su arquitectura imite la comedia en verso, comparte con ella la precisión en la caracterización y el gusto por la réplica. La presencia de Madrid y de ambientes cortesanos y urbanos añade verosimilitud y densidad a su universo ficcional.
El conjunto de estas obras traza un retrato nítido del laboratorio poético y escénico de Lope. La variedad genérica demuestra que su invención no depende de un molde único, aunque la comedia nueva provea el armazón dominante. La selección permite apreciar cómo un mismo problema —la tensión entre pasión, honor y justicia— adquiere sentidos distintos cuando se piensa desde la villa, el palacio, la casa urbana o la conversación íntima. Leídas hoy, conservan su energía por la combinación de claridad dramática, vivacidad verbal y conciencia de la complejidad humana, cualidades que vuelven comunicable lo particular de su tiempo a lectores contemporáneos.
Félix Lope de Vega Carpio (1562–1635) es figura central del Siglo de Oro español y uno de los dramaturgos más influyentes de la literatura occidental. Renovó decisivamente el teatro castellano y fijó la “comedia nueva”, un modelo flexible capaz de integrar lo trágico y lo cómico, lo culto y lo popular. Autor de centenares de piezas y poeta de vasto registro, su obra abasteció los corrales de comedias y dio voz a tensiones religiosas, sociales y estéticas de su tiempo. Su nombre quedó asociado a un impulso creativo desbordante y a una técnica versátil que armonizó tradición clásica, romancero y poesía italiana.
Su formación transcurrió en un ambiente humanista. Estudió con los jesuitas en Madrid y cursó estudios en Alcalá de Henares, donde afianzó el dominio de las lenguas clásicas, la retórica y la métrica. Las lecturas de autores latinos e italianos, junto con la lírica cancioneril y los romances viejos, alimentaron su sensibilidad. Conoció también la cultura cortesana y el mundo del espectáculo popular, experiencias que influyeron en su dramaturgia. Participó en la expedición de la Armada de 1588 y trabajó al servicio de grandes casas nobiliarias, lo que le abrió redes de mecenazgo y una comprensión directa de la política y la sociabilidad barrocas.
Desde finales de la década de 1580, su teatro conquistó los corrales madrileños con una mezcla inédita de agilidad narrativa, pasión y música verbal. En Arte nuevo de hacer comedias (1609) expuso su poética: tres actos para intensificar el interés, variedad de metros según la situación, prioridad del decoro y de la verosimilitud emotiva, y atención al gusto del público frente a preceptos rígidos. Esta teoría se plasmó en una práctica incesante que combinó leyendas, crónicas, asuntos de honor, comedias urbanas y materia religiosa, siempre con un oído excepcional para el ritmo del verso y la energía de la escena.
Entre sus comedias, Fuenteovejuna encarna la fuerza colectiva y el reclamo de justicia, articulando una memoria legendaria mediante escenas de gran potencia coral. El perro del hortelano propone un juego agudo de ingenio, deseo y rango social en una corte que convierte el lenguaje en estrategia. La dama boba explora la educación del entendimiento y los matices del amor, con un humor que revela mecanismos sociales y retóricos. En estas piezas se aprecia su dominio de la polimetría, el dibujo eficaz de tipos y la capacidad para hacer que cada conflicto gire con naturalidad hacia un clímax teatral.
El caballero de Olmedo despliega una atmósfera lírica y sombría, donde resonancias del cancionero y del romancero se funden con la tensión de la honra y el destino. En El castigo sin venganza, una de sus tragedias más admiradas, la materia política y afectiva se afina hasta un rigor extraordinario, con una arquitectura escénica que conduce a desenlaces de gran intensidad. Estas obras muestran la elasticidad del sistema lopeveguesco: el diálogo sin retórica superflua, la alternancia de tonos, la precisión del conflicto y el uso musical del verso, que convierte el ritmo en motor de la acción teatral.
Junto a su teatro, cultivó la prosa dialogada en La Dorotea, obra de madurez que reflexiona sobre la experiencia amorosa, la memoria y el oficio literario desde un molde clásico y una sensibilidad barroca. Allí se advierte su relación con la tradición petrarquista y la lírica renacentista, así como su interés por la vida urbana y por la conversación como forma de conocimiento. Lope fue ordenado sacerdote en 1614, dato que ilumina ciertas inflexiones morales y devotas de su escritura sin reducirla a un solo registro. Su versatilidad le permitió transitar entre lo profano y lo religioso con naturalidad.
En sus últimos años mantuvo una producción intensa y un prestigio que ya era canónico. Residió principalmente en Madrid, donde su nombre concentró la atención de lectores, actores y compañías. Su muerte en 1635 fue sentida públicamente y consolidó la imagen del “Fénix de los Ingenios”. El legado de Lope se proyecta en la dramaturgia posterior del Barroco, en autores como Tirso de Molina y Calderón, y permanece vivo en los escenarios contemporáneos. Obras como Fuenteovejuna, El perro del hortelano, La dama boba, El caballero de Olmedo, El castigo sin venganza y La Dorotea siguen interpelando a públicos de distintas épocas.
La colección reúne piezas que atraviesan la madurez y la última etapa de Lope de Vega (1562-1635), figura central del Siglo de Oro español. Entre los ca. 1612-1614 de Fuenteovejuna, La dama boba y El perro del hortelano, los ca. 1620 de El caballero de Olmedo, y los años 1631-1632 de El castigo sin venganza y La Dorotea, se advierte el tránsito de un barroco expansivo hacia un tono más áspero y contemplativo. Estas obras condensan tensiones propias de la monarquía hispánica en su apogeo y crisis: autoridad y comunidad, honor y amor, movilidad social y jerarquía, espectáculo público y moral contrarreformista.
Lope escribe bajo tres reinados consecutivos: Felipe II, cuya herencia disciplinaria marca su juventud; Felipe III, con gobierno de validos y expulsión de moriscos (1609-1614); y Felipe IV, bajo el conde-duque de Olivares, con esfuerzos de centralización (como la Unión de Armas, 1625) en un imperio que enfrenta guerras prolongadas en Flandes y Alemania. Estos contextos políticos nutren su teatro: el poder real como árbitro último, las fricciones entre centros y periferias, y la fragilidad de la reputación nobiliaria en un entramado cortesano y burocrático en expansión.
El auge de los corrales de comedias en Madrid y otras ciudades desde fines del siglo XVI creó un mercado teatral estable, con compañías profesionales, autoras y actores. Lope sistematizó su práctica en el Arte nuevo de hacer comedias (1609), legitimando la mezcla de lo trágico y lo cómico y el esquema en tres jornadas. El público heterogéneo —artesanos, mercaderes, criados y élites— exigía tramas ágiles y reconocibles. En ese ecosistema, El perro del hortelano o La dama boba exploran modas urbanas y códigos de galantería, mientras Fuenteovejuna dramatiza una memoria histórica compartida con claridad comprensible para todos los estamentos.
La Contrarreforma, tras el Concilio de Trento (1545-1563), impuso vigilancia moral sobre espectáculos y libros mediante licencias civiles y eclesiásticas. Lejos de extinguir el teatro, esta tutela lo disciplinó: se reforzaron fines edificantes, se atenuaron excesos y se orientaron intrigas hacia modelos de virtud, penitencia y orden. Lope, que recibió órdenes sacerdotales en 1614, escribe desde esa sensibilidad, sin renunciar a la viveza escénica. La tensión entre deseo, conciencia y reputación, palpable en El castigo sin venganza, es inseparable de una cultura católica que valora el sacramento, la confesión y la ejemplaridad pública.
La sociedad de los Austrias articulaba privilegios estamentales (nobleza, clero, estado llano), obsesiones de limpieza de sangre y una economía de dotes, mayorazgos y servicios cortesanos. El honor —valor socialmente acreditado— funcionaba como capital simbólico que condicionaba alianza matrimonial, acceso a cargos y trato cotidiano. En comedias urbanas como El perro del hortelano, el choque entre jerarquías y atracción amorosa se resuelve mediante ingenio y gestiones de reputación; en tragedias o dramas cortesanos como El caballero de Olmedo, el prestigio puede malograrse por envidias y vulnerabilidades propias de un orden que protege la apariencia tanto como la justicia.
Fuenteovejuna se apoya en un episodio de 1476, durante la guerra de Sucesión castellana, cuando una comunidad de la actual Córdoba se alzó contra abusos asociados a la Orden de Calatrava. En la obra, la apelación a los Reyes Católicos encarna la consolidación monárquica y la absorción de los poderes de las órdenes militares. Lope convierte un expediente histórico en paradigma de cohesión vecinal, responsabilidad colectiva y justicia regia. Esta mirada al XV dialoga con la memoria oficial de la unidad dinástica y con una Castila rural que, siglos después, seguía invocando fueros, concejos y amparo soberano.
El eco de Fuenteovejuna en el Seiscientos es el de una promesa de amparo ante agravios locales en tiempos de reformas fiscales y militares. Bajo Felipe IV, la movilización de recursos para guerras exteriores tensó pueblos y ciudades. La obra, compuesta ca. 1612-1614, proyecta al pasado la expectativa de que la Corona arbitre conflictos internos y legitime la acción común frente a abusos. Ese horizonte de monarquía justiciera y unidad política se alinea con discursos oficiales, pero también deja ver la fragilidad de intermediaciones señoriales y militares en la España de los validos.
El perro del hortelano, situado en una corte napolitana bajo dominio español, explora la cultura del servicio y los límites de la movilidad social en un virreinato clave del Mediterráneo. Nápoles era un nodo de administración, comercio y circulación de modas, donde el aparato cortesano articulaba relaciones de patronazgo y dependencia. La comedia, compuesta hacia 1613-1614, dramatiza obstáculos de rango y la etiqueta amorosa que regulaba vínculos entre señores y criados, sin cuestionar abiertamente el orden. El escenario italiano daba distancia prudente para tratar tensiones vigentes en cortes hispanas, desde la precedencia hasta la fama.
La dama boba (1613) se inserta en debates humanistas sobre ingenio y educación, trasladados a una sociedad que, aunque restringía la instrucción femenina, conoció prácticas de alfabetización urbana y circulación de manuales de conducta. El cortejo y el matrimonio, regulados por dotes y tutelas, se vuelven aquí laboratorio de la idea barroca de que el amor despierta el entendimiento. El trasfondo económico —contratos, herencias, expectativas de ascenso— asoma en chanzas y enredos. El teatro capta, así, la convivencia de viejos linajes con mercaderes y profesionales, y la creciente centralidad de Madrid como mercado de prestigio.
El caballero de Olmedo, compuesto probablemente en la década de 1620, reelabora un romance viejo que lamenta la muerte de un hidalgo en tierras de Medina del Campo y Olmedo. El marco mercantil y festivo de Medina —célebres ferias desde el siglo XV— ofrece un paisaje de sociabilidad, torneos y exhibición de honra. Lope lo hace resonar con preocupaciones contemporáneas: vulnerabilidad en caminos, controles de orden público, duelos y celos, y la frontera borrosa entre justicia oficial y reparaciones informales. El sustrato popular del romance dota a la tragedia de autoridad cultural compartida y amplia identificación.
El castigo sin venganza (estrenada en 1631) sitúa su intriga en una corte italiana que recuerda a la de los Este en Ferrara, principado que perdió su autonomía en 1598. La elección italiana permite indagar en la razón de Estado, la fragilidad dinástica y la ética del gobernante sin rozar directamente figuras hispanas. El drama, con dilemas de honor y afecto en el corazón del poder, dialoga con un tiempo de guerras europeas y discusiones sobre el gobierno prudente. Su recepción temprana ya detectó la audacia moral de la pieza, que encarna el barroco conflicto entre ley pública y verdad íntima.
La Dorotea (1632), novela dialogada escrita para la lectura, fija en Madrid una cartografía de tertulias literarias, librerías y sociabilidades cortesanas. Surge en una etapa de desengaño barroco, cuando Lope, consagrado y ordenado sacerdote, mira retrospectivamente la experiencia amorosa y la disciplina del poeta profesional bajo patronazgo. La expansión de la imprenta en la villa y corte, con licencias y privilegios, facilitó su publicación. El texto integra tradición petrarquista, sátira de usos urbanos y conciencia de fugacidad, rasgos agudizados por crisis económicas y lutos que atravesaron la década de 1630 en la monarquía.
Las seis obras participan del barroco hispano, que debatió entre conceptismo y culteranismo, pero en Lope se inclina por claridad rítmica y viveza dramática. Su comedia nueva mezcla tonos y estamentos, hace del gracioso una conciencia crítica y explota disfraces y equívocos para desnudar códigos sociales. En El perro del hortelano y La dama boba, el ingenio verbal funciona como herramienta de negociación social; en Fuenteovejuna, la elocuencia colectiva codifica legitimidad política. La plasticidad estilística de Lope responde a públicos múltiples y a la necesidad de mantener intensidad moral sin parálisis doctrinal.
El aparato teatral se profesionalizó: compañías estables, autoras-empresarias y redes de contratación itinerante garantizaban repertorios frescos. Los corrales madrileños, gestionados por cofradías que financiaban hospitales, integraban un circuito benéfico-cultural singular. La censura previa y los edictos de moralidad convivían con un dinamismo editorial que difundía comedias en sueltas. Epidemias y lutos de corte imponían cierres temporales, pero el teatro retornaba por su función social y económica. En ese marco, las piezas de esta colección circularon con rapidez, se reescribieron en escena y fijaron modelos que otros dramaturgos, como Tirso o Calderón, desarrollaron en décadas siguientes.
La política imperial hispana en Italia aporta contexto específico. Dominios como Nápoles, y la vecindad con principados como Mantua o Ferrara, hicieron del escenario italiano un espejo útil. Guerras y disputas sucesorias a fines de la década de 1620 subrayaron la precariedad de linajes y alianzas. El castigo sin venganza examina la responsabilidad del príncipe frente al escándalo; El perro del hortelano observa la etiqueta cortesana que organiza deseos y ascensos. Lope se vale de geografías italianas para ensayar, a salvo, diagnósticos sobre gobierno, reputación y servicio que eran también problemas de Madrid y Valladolid.
La cuestión de género atraviesa la colección. La presencia de actrices en los escenarios españoles —una particularidad respecto de otros países católicos— dotó a los papeles femeninos de una agencia visible. Personajes como Diana en El perro del hortelano o Finea en La dama boba iluminan márgenes de decisión en un régimen patriarcal de tutelas, confesores y contratos de dote. La dramaturgia hace del ingenio femenino una fuerza ordenadora de la trama, a la vez que exhibe los límites jurídicos y honoríficos. El teatro escenifica, sin proclamas, cómo se negocian libertad, virtud y apariencia en el espacio urbano y cortesano.
La economía y la fiscalidad del Seiscientos laten en trasfondo. La llegada de plata americana, la inflación y los arbitrios para sostener guerras pesaban sobre ciudades y villas. Fuenteovejuna evoca resistencias morales ante el abuso local y confía en el arbitraje regio; El caballero de Olmedo muestra un comercio festivo donde la exhibición de rango puede atraer riesgos. La Dorotea, en clave íntima, registra la profesionalización del escritor y la dependencia de mecenazgos, premios y ventas. Estas obras no ofrecen alegorías económicas cerradas, pero fijan gestos, hablas y ansiedades de una sociedad que siente estrecharse sus recursos y seguridades psicológicas. Prueba la solidez de su vigencia que estas piezas hayan sido reeditadas, adaptadas y discutidas a lo largo de cuatro siglos. El neoclasicismo las miró con recelo por su libertad estructural; el romanticismo europeo las celebró como teatro de imaginación y energía popular. En el siglo XX, Fuenteovejuna se leyó con frecuencia como emblema de acción colectiva y justicia frente a tiranías, mientras comedias como El perro del hortelano han permitido reflexionar sobre clase, deseo y performatividad de género en distintas épocas de puesta en escena. Conjunto, esta selección traza un comentario de largo alcance sobre la monarquía, la ciudad y el individuo. Desde una revuelta del siglo XV resignificada para el público barroco hasta un diálogo novelado de 1632 que medita sobre la escritura y el desengaño, la colección muestra cómo Lope metaboliza historia y costumbre en formas accesibles y versátiles. Los lectores y espectadores posteriores han reenmarcado estas tramas para interrogar autoridad, comunidad y afectos, confirmando la elasticidad histórica de su teatro.
Romance cortesano marcado por presagios y rivalidades, donde un caballero intenta consumar su amor en un entorno de fiestas y competencias. El deseo choca con los celos y con un código de honor que tensa cada gesto, hasta teñir la intriga de sombras trágicas. Predominan el verso musical, la noción de destino y la mezcla de galantería y amenaza.
Tragedia cortesana que sitúa un triángulo amoroso en el borde entre pasión privada y razón de Estado. El conflicto entre deseo y honor avanza con una lógica implacable que convierte la intimidad en asunto público. El lenguaje es sobrio y medido, y la composición refuerza una atmósfera de fatalidad contenida.
Comedia de enredo en la que una dama noble oscila entre celos y deseo, sin decidirse a amar ni permitir que otros amen. Artimañas, disfraces y cartas activan juegos de ingenio que ponen en cuestión jerarquías sociales y prejuicios de linaje. El tono es vivaz y satírico, con réplicas afiladas y ritmo vertiginoso.
Drama de honor colectivo donde una aldea se enfrenta a los abusos de un poder feudal y aprende a responder con una sola voz. La trama combina valentía popular, códigos de justicia y tensiones políticas sin perder el pulso humano de sus protagonistas. El estilo alterna lo festivo y lo grave para convertir lo local en símbolo de resistencia.
Comedia luminosa sobre la educación del corazón y de la inteligencia, en la que el amor actúa como motor de transformación. Malentendidos, burlas y pruebas ingeniosas revelan el poder formativo del lenguaje y del trato. El tono es juguetón y optimista, atento a los matices del deseo y a la crítica amable de costumbres.
Novela dialogada que sigue un amor apasionado y turbulento en un Madrid de letras y desengaños. Entre confidencias, poemas intercalados y escenas cotidianas, se exploran la memoria, el tiempo y el oficio de escribir. El registro es reflexivo y lírico, y muestra una veta íntima del autor que complementa sus comedias.
Contenido
DON ALONSO, caballero
Don RODRIGO
Don FERNANDO
Don PEDRO
El REY don Juan, el II
El CONDESTABLE
TELLO, criado gracioso
Doña INÉS, dama
Doña LEONOR
ANA, criada
FABIA, vieja hechicera y alcahueta
MENDO
Un LABRADOR
Una SOMBRA
CRIADOS
ACOMPAÑAMIENTO
GENTE
SALE don ALONSO
ALONSO: Amor, no te llame amor[1q]
el que no te corresponde,
pues que no hay materia adonde
no imprima forma el favor.
Naturaleza, en rigor,
conservó tantas edades
correspondiendo amistades;
que no hay animal perfeto
si no asiste a su conceto
la unión de dos voluntades.
De los espíritus vivos
de unos ojos procedió
este amor, que me encendió
con fuegos tan excesivos.
No me miraron altivos,
antes, con dulce mudanza,
me dieron tal confïanza,
que, con poca diferencia,
pensando correspondencia,
engendra amor esperanza.
Ojos, si ha quedado en vos
de la vista el mismo efeto,
amor vivirá perfeto,
pues fue engendrado de dos;
pero si tú, ciego dios,
diversas flechas tomaste,
no te alabes que alcanzaste
la victoria que perdiste
si de mí solo naciste,
pues imperfeto quedaste.
Salen TELLO, criado, y FABIA
FABIA: ¿A mí, forastero?
TELLO: A ti.
FABIA: Debe pensar que yo
soy perro de muestra.
TELLO: No.
FABIA: ¿Tiene alguna achaque?
TELLO: Sí.
FABIA: ¿Qué enfermedad tiene?
TELLO: Amor.
FABIA: Amor, ¿de quién?
TELLO: Allí está,
y él, Fabia, te informará
de lo que quiere mejor.
FABIA: Dios guarde tal gentileza.
ALONSO: Tello, ¿es la madre?
TELLO: La propia.
ALONSO: ¡Oh, Fabia! ¡Oh, retrato! ¡Oh, copia
de cuanto naturaleza
puso en ingenio mortal!
¡Oh, peregrino doctor,
y para enfermos de amor
Hipócrates celestial!
Dame a besar la mano,
honor de las tocas, gloria
del monjil.
FABIA: La nueva historia
de tu amor cubriera en vano
vergüenza o respeto mío;
que ya en tus caricias veo
tu enfermedad.
ALONSO: Un deseo
es dueño de mi albedrío.
FABIA: El pulso de los amantes
es el rostro. Aojado estás.
¿Qué has visto?
ALONSO: Un ángel.
FABIA: ¿Qué más?
ALONSO: Dos imposibles bastantes,
Fabia, a quitarme el sentido;
que es dejarla de querer
y que ella me quiera.
FABIA: Ayer
te vi en la feria perdido
tras una cierta doncella,
que en forma de labradora
encubría el ser señora,
no el ser tan hermosa y bella;
que pienso que doña Inés
es de Medina la flor.
ALONSO: Acertaste con mi amor;
esa labradora es
fuego que me abrasa y arde.
FABIA: Alto has picado.
ALONSO: Es deseo
de su honor.
FABIA: Así lo creo.
ALONSO: Escucha, así Dios te guarde.
Por la tarde salió Inés
a la feria de Medina,
tan hermosa que la gente
pensaba que amanecía;
rizado el cabello en lazos,
que quiso encubrir la liga,
porque mal caerán las almas
si ven las redes tendidas.
Los ojos, a lo valiente,
iban perdonando vidas,
aunque dicen los que deja
que es dichoso a quien la quita.
Las manos haciendo tretas,
que como juego de esgrima
tiene tanta gracia en ellas,
que señala las heridas.
Las valonas esquinadas
en manos de nieve viva;
que muñecas de papel
se han de poner en esquinas.
Con la caja de la boca
allegaba infantería,
porque sin ser capitán,
hizo gente por la villa.
Los corales y las perlas
dejó Inés, porque sabía
que las llevaban mejores
los dientes y las mejillas.
Sobre un manteo francés
una verdemar basquiña,
porque tenga en otra lengua
de su secreto la cifra.
No pensaron las chinelas
llevar de cuantos la miran
los ojos en los listones,
las almas en las virillas.
No se vio florido almendro
como toda parecía;
que del color natural
son las mejores pastillas.
Invisible fue con ella
el amor, muerto de risa
de ver, como pescador,
los simples peces que pican.
Unos le ofrecieron sartas,
y otros arracadas ricas;
pero en oídos de áspid
no hay arracadas que sirvan.
Cuál da a su garganta hermosa
el collar de perlas finas;
pero como toda es perla,
poco las perlas estima;
yo, haciendo lengua los ojos,
solamente le ofrecía
a cada cabello un alma,
a cada paso una vida.
Mirándome sin hablarme,
parece que me decía,
"No os vais, don Alonso, a Olmedo,
quedaos agora en Medina."
Creí me esperanza, Fabia;
salió esta mañana a misa,
ya con galas de señora,
no labradora fingida.
Si has oído que el marfil
del unicornio santigua
las aguas, así el cristal
de un dedo puso en la pila.
Llegó mi amor basilisco,
y salió del agua misma
templado el veneno ardiente
que procedió de su vista.
Miró a su hermana, y entrambas
se encontraron en la risa,
acompañando mi amor
su hermosura y mi porfía.
En una capilla entraron;
yo, que siguiéndolas iba,
entré imaginando bodas.
¡Tanto quien ama imagina!
Vime sentenciado a muerte,
porque el amor me decía,
"Mañana mueres, pues hoy
te meten en la capilla."
En ella estuve turbado;
ya el guante se me caía,
ya el rosario, que los ojos
a Inés iban y venías.
No me pagó mal. Sospecho
que bien conoció que había
amor y nobleza en mí;
que quien no piensa no mira,
y mirar sin pensar, Fabia,
es de ignorantes, y implica
contradicción que en un ángel
faltase ciencia divina.
Con este engaño, es efecto,
le dije a mi amor que escriba
este papel; que si quieres
ser dichosa y atrevida
hasta ponerle en sus manos,
para que mi fe consiga
esperanzas de casarme,
tan en esto amor me inclina,
el premio será un esclavo
con una cadena rica,
encomienda de esas tocas,
de mal casadas envidia.
FABIA: Yo te he escuchado.
ALONSO: ¿Y qué sientas?
FABIA: Que a gran peligro te pones.
TELLO: Excusa, Fabia, razones,
si no es que por dicha intentes
como diestro cirujano,
hacer la herida mortal.
FABIA: Tello, con industria igual
pondré el papel en su mano,
aunque me cueste la vida,
sin interés, porque entiendas
que, donde hay tan altas prendas,
sola yo fuera atrevida.
Muestra el papel. (Que primero Aparte
lo tengo de aderezar.)
ALONSO: ¿Con qué te podré pagar
la vida, el alma que espero,
Fabia, de esas santas manos?
TELLO: ¿Santas?
ALONSO: ¿Pues, no, si han de hacer
milagros?
TELLO: De Lucifer.
FABIA: Todos los medios humanos
tengo de intentar por ti,
porque el darme esa cadena
no es cosa que me da pena,
con confïada nací.
TELLO: ¿Qué te dice el memorial?
ALONSO: Ven, Fabia, ven, madre honrada,
porque sepas mi posada.
FABIA: Tello...
TELLO: Fabia...
FABIA: No hables mal;
que tengo cierta morena
de extremado talle y cara.
TELLO: Contigo me contentara
si me dieras la cadena.
Vanse. Salen doña INÉS y doña
LEONOR
INÉS: Y todos dicen, Leonor
que nace de las estrellas.
LEONOR: De manera que sin ellas
¿no hubiera en el mundo amor?
INÉS: Dime tú; si don Rodrigo
ha que me sirve dos años,
y su talle y sus engaños
son nieve helada conmigo,
y en el instante que vi
este galán forastero,
me dijo el alma, "Éste quiero."
Y yo lo dije, "Sea ansí."
¿Quién concierta y desconcierta
este amor y desamor?
LEONOR: Tira como ciego Amor,
yerra mucho, y poco acierta.
Demás, que negar no puedo,
aunque es de Fernando amigo
tu aborrecido Rodrigo,
por quien obligada quedo
a intercederte por él,
que el forastero es galán.
INÉS: Sus ojos causa me dan
para ponerlos en él,
pues pienso que en ellos vi
el cuidado que me dio,
para que mirase yo
con el que también le di.
Pero ya se habrá partido.
LEONOR: No le miro yo de suerte
que pueda vivir sin verte.
Sale ANA, criada
ANA: Aquí, señora, ha venido
la Fabia... o la Fabiana.
INÉS: ¿Pues quién es esa mujer?
ANA: Una que suele vender
para las mejillas grana,
y para la cara nieve.
INÉS: ¿Quieres tú que entre, Leonor?
LEONOR: En casas de tanto honor
no sé yo cómo se atreve;
que no tiene buena fama;
mas, ¿quién no desea ver?
IN&EacueS: Ana, llama esa mujer.
ANA: Fabia, mi señora os llama.
Vase. Sale FABIA, con una canastilla
FABIA: (¡Y cómo si yo sabía
Aparte
que me habías de llamar!)
¡Ay! Dios os deje gozar
tanta gracia y bizarría,
tanta hermosura y donaire;
que cada día que os veo
con tanta gala y aseo,
y pisar de tan buen aire,
os echo mil bendiciones;
y me acuerdo como agora
de aquella ilustre señora
que con tantas perfecciones
fue la fénix de Medina,
fue el ejemplo de lealtad.
¡Qué generosa piedad
de eterna memoria digna!
¡Qué de pobres la lloramos!
¿A quién no hizo mil bienes?
INÉS: Dinos, madre, a lo que vienes.
FABIA: ¡Qué de huérfanas quedamos
por su muerte malograda!
La flor de las Catalinas
hoy la lloran mis vecinas;
no la tienen olvidada.
Y a mí, ¿qué bien no me hacía?
¡Qué en agraz se la llevó
la muerte! No se logró.
Aun cincuenta no tenía.
INÉS: No llores, madre, no llores.
FABIA: No me puedo consolar
cuando le veo llevar
a la muerte las mejores,
y que yo me quedo acá.
Vuestro padre, Dios le guarde,
¿está en casa?
LEONOR: Fue esta tarde
al campo.
FABIA: Tarde vendrá.
Si va a deciros verdades,
mozas sois, vieja soy yo...
Más de una vez me fïó
don Pedro sus mocedades;
pero teniendo respeto
a la que pudre, yo hacía,
como quien se lo debía,
mi obligación. En efeto,
de diez mozas, no le daba
cinco.
INÉS: ¡Que virtud!
FABIA: No es poco,
que era vuestro padre un loco;
cuanto veía, tanto amaba.
Si sois de su condición,
no admiro de que no estéis
enamoradas. ¿No hacéis,
niñas, alguna oración
para casaros?
INÉS: No, Fabia.
Eso siempre será presto.
FABIA: Padre que se duerme en esto,
mucho a sí mismo se agravia.
La fruta fresca, hijas mías,
es gran cosa, y no aguardar
a que la venga a arrugar
la brevedad de los días.
Cuantas cosas imagino,
dos solas, en mi opinión,
son buenas, viejas.
LEONOR: ¿Y son?
FABIA: Hija, el amigo y el vino.
¿Veisme aquí? Pues yo os prometo
que fue tiempo en que tenía
mi hermosura y bizarría
más de algún galán sujeto.
¿Quién no alababa mi brío?
¡Dichoso a quien yo miraba!
Pues, ¿qué seda no arrastraba?
¡Qué gasto, qué plato el mío!
Andaba en palmas, en andas.
Pues, ¡ay Dios!, si yo quería,
¿qué regalos no tenía
de esta gente de hopalandas?
Pasó aquella primavera,
no entra un hombre por mi casa;
que como el tiempo se pasa,
pasa la hermosura.
INÉS: Espera.
¿Qué es lo que traes aquí?
FABIA: Niñerías que vender
para comer, por no hacer
cosas malas.
LEONOR: Hazlo ansí,
madre, y Dios te ayudará.
FABIA: Hija, mi rosario y misa:
esto cuando estoy de prisa,
que si no...
INÉS: Vuélvete acá.
¿Qué es esto?
FABIA: Papeles son
de alcanfor y solimán.
Aquí secretos están
de gran consideración
para nuestra enfermedad
ordinaria.
LEONOR: Y esto, ¿qué es?
FABIA: No lo mires, aunque estés
con tanta curiosidad.
LEONOR: ¿Qué es, por tu vida?
FABIA: Una moza,
se quiere, niñas, casar;
mas acertóla a engañar
un hombre de Zaragoza.
Hase encomendado a mí...
Soy piadosa... y en fin es
limosna, porque después
vivan en paz.
INÉS: ¿Qué hay aquí?
FABIA: Polvos de dientes, jabones
de manos, pastillas, cosas
curiosas y provechosas.
INÉS: ¿Y esto?
FABIA: Algunas oraciones.
¡Qué no me deben a mí
las ánimas!
INÉS: Un papel
hay aquí.
FABIA: Diste con él
cual si fuera para ti.
Suéltale. No le has de ver,
bellaquilla, curiosilla.
INÉS: Deja, madre...
FABIA: Hay en la villa
cierto galán bachiller
que quiere bien una dama;
prométeme una cadena
porque le dé yo, con pena
de su honor, recato y fama.
Aunque es para casamiento,
no me atrevo. Haz una cosa
por mí, doña Inés hermosa,
que es discreto pensamiento.
Respóndeme a este papel,
y diré que me la ha dado
su dama.
INÉS: Bien lo has pensado
si pescas, Fabia, con él
la cadena prometida.
Yo quiero hacerte este bien.
FABIA: Tantos los cielos te den,
que un siglo alarguen tu vida.
Lee el papel.
INÉS: Allá dentro,
y te traeré respuesta.
Vase
LEONOR: (¡Que buena invención!) Aparte
FABIA: (Apresta, Aparte
fiero habitador del centro,
fuego accidental que abrase
el pecho de esta doncella.)
Salen don RODRIGO y don FERNANDO
RODRIGO: Hasta casarme con ella,
será forzoso que pase
por estos inconvenientes.
FERNANDO: Mucho ha de sufrir quien ama.
RODRIGO: Aquí tenéis vuestra dama.
FABIA: (¡Oh necios impertinentes! Aparte
¿Quién os ha traído aquí?)
RODRIGO: Pero, ¡en lugar de la mía
aquella sombra!
FABIA: Sería
gran limosna para mí;
que tengo necesidad.
LEONOR: Yo haré que os pague mi hermana.
FERNANDO: Si habéis tomado, señora,
o por ventura os agrada
algo de lo que hay aquí,
si bien serán cosas bajas
la que aquí puede traer
esta venerable anciana,
pues no serán ricas joyas
para ofreceros la paga,
mandadme que os sirva yo.
LEONOR: No habemos comprado nada;
que es esta buena mujer
quien suele lavar en casa
la ropa.
RODRIGO: ¿Qué hace don Pedro?
LEONOR: Fue al campo; pero ya tarda.
RODRIGO: Mi señora, doña Inés...
LEONOR: Aquí estaba... Pienso que anda
despachando esta mujer.
RODRIGO: (Si me vio por la ventana Aparte
¿quién duda que huyó por mí?
¿Tanto de ver se recata
quien más servirla desea?)
FERNANDO: Ya sale.
Salga doña INÉS con un papel en la
mano. [LEONOR le habla a ella]
LEONOR: Mira que aguarda
por la cuenta de la ropa,
Fabia.
INÉS: Aquí la traigo, hermana.
Tomad, y haced que ese mozo
la lleve.
FABIA: ¡Dichosa el agua
que ha de lavar, doña Inés,
las reliquias de la holanda
que tales cristales cubre!
[Finja que lee]
Seis camisas, diez toalla,
cuatro tablas de manteles,
dos cosidos de almohadas,
seis camisas del señor,
ocho sábanas. Mas basta;
que todo vendrá más limpio
que los ojos de la cara.
RODRIGO: Amiga, ¿queréis feriarme
ese papel, y la paga
fïad de mí, por tener
de aquellas manos ingratas
letra siquiera en las mías?
FABIA: ¡En verdad que negociara
muy bien si os diera el papel!
Adiós hijas de mi alma.
Vase
RODRIGO: Esta memoria aquí había
de quedar, que no llevarla.
LEONOR: Llévala y vuélvela, a efeto
de saber si algo le falta.
INÉS: Mi padre ha venido ya.
Vuesas mercedes se vayan
o le visiten; que siente
que nos hablen, aunque calla.
RODRIGO: Para sufrir el desdén
que me trata de esta suerte,
pido al Amor y a la Muerte
que algún remedio me den.
Al Amor, porque tan bien
puede templar tu rigor
con hacerme algún favor;
a la Muerte, porque acabe
mi vida; pero no sabe
la Muerte, ni quiere Amor.
Entre la vida y la muerte
no sé qué medio tener,
pues Amor no ha de querer
que con tu favor acierte;
y siendo fuerza quererte,
quiere el Amor que te pida
que seas tú mi homicida.
Mata, ingrata, a quien te adora;
serás mi muerte, señora,
pues no quieres ser mi vida.
Cuanto vive de amor nace,
y se sustenta; de amor,
cuanto muere. Es un rigor
que nuestras vidas deshace.
Si al amor no satisface
mi pena, ni la hay tan fuerte
con que la muerte me acierte,
debo de ser inmortal,
pues no me hacen bien ni mal
ni la vida ni la muerte.
Vanse los dos
INÉS: ¡Qué de necedades juntas!
LEONOR: ¿No fue la tuya menor?
INÉS: ¿Cuándo fue discreto amor
si del papel me preguntas?
LEONOR: ¿Amor te obliga a escribir
sin saber a quién?
INÉS: Sospecho
que es invención que se ha hecho
para probarme a rendir
de parte del forastero.
LEONOR: Yo también lo imaginé.
INÉS: Si fue ansí, discreto fue.
Leerle unos versos quiero.
"Yo vi la más hermosa labradora,
en la famosa feria de Medina,
que ha visto el sol adonde más se inclina
desde la risa de la blanca aurora.
Una chinela de color, que dora
de una columna hermosa y cristalina
la breve basa, fue la ardiente mina
que vuela el alma a la región que adora.
Que una chinela fue victoriosa,
siendo los ojos del amor enojos,
confesé por hazaña milagrosa.
Pero díjele dando los despojos:
`Si matas con los pies, Inés hermosa,
¿qué dejas para el fuego de tus ojos?'"
LEONOR: Este galán, doña Inés,
te quiere para danzar.
INÉS: Quiere en los pies comenzar,
y pedir manos después.
LEONOR: ¿Que respondiste?
INÉS: Que fuese
esta noche por la reja
del huerto.
LEONOR: ¿Quién te aconseja,
o qué desatino es ése?
INÉS: No es para hablarle.
LEONOR: Pues, ¿qué?
INÉS: Ven conmigo y lo sabrás.
LEONOR: Necia y atrevida estás.
INÉS: ¿Cuándo el amor no lo fue?
LEONOR: Huír de amor cuando empieza.
INÉS: Nadie del primero huye,
porque dicen que le influye
la misma naturaleza.
Vanse. Salen don ALONSO, TELLO y FABIA
FABIA: Cuatro mil palos me han dado.
TELLO: ¡Lindamente negociaste!
FABIA: Si tú llevaras los medios...
ALONSO: Ello ha sido disparate
que yo me atreviese al cielo.
TELLO: Y que Fabia fuese el ángel
que al infierno de los palos
cayese por levantarte.
FABIA: ¡Ay, pobre Fabia!
TELLO: ¿Quién fueron
los crüeles sacristanes
del facistol de tu espalda?
FABIA: Dos lacayos y tres pajes.
Allá he dejado las tocas
y el monjil hecho seis partes.
ALONSO: Eso, madre, no importara,
si a tu rostro venerable
no se hubieran atrevido.
¡Oh, qué necio fui en fïarme
de aquellos ojos traidores,
de aquellos falsos diamantes,
niñas que me hicieron señas
para engañarme y matarme!
Yo tengo justo castigo.
Toma este bolsillo, madre...
y ensilla, Tello; que a Olmedo
nos hemos de ir esta tarde.
TELLO: ¿Cómo, si anochece ya?
ALONSO: Pues, ¿qué? ¿Quieres que me mate?
FABIA: No te aflijas, moscatel,
ten ánimo; que aquí trae
Fabia tu remedio. Toma.
ALONSO: ¿Papel?
FABIA: ¡Papel!
ALONSO: No me engañes.
FABIA: Digo que es suyo, en respuesta
de tu amoroso romance.
ALONSO: Hinca, Tello, la rodilla.
TELLO: Sin leer no me lo mandes;
que aun temo que hay palos dentro,
pues en mondadientes caben.
Lee
ALONSO: "Cuidados de saber si sois quien presumo,
y deseando que lo seáis, os suplico que
vais esta noche a la reja del jardín de esta
casa, donde hallaréis atado el listón verde
de las chinelas, y ponéoslo mañana en el
sombrero para que os conozca."
FABIA: ¿Qué te dice?
ALONSO: Que no puedo
pagarte ni encarecerte
tanto bien.
TELLO: De esta suerte
no hay que ensillar para Olmedo.
¿Oyen, señores rocines?
Sosiéguense, que en Medina
nos quedamos.
ALONSO: La vecina
noche, en los últimos fines
con que va expirando el día,
pone los helado pies.
Para la reja de Inés
aun importa bizarría;
que podrá ser que el amor
la llevase a ver tomar
la cinta. Voyme a mudar.
Vase
TELLO: Y yo a dar a mi señor,
Fabia, con licencia tuya,
aderezo de sereno.
FABIA: Detente.
TELLO: Eso fuera bueno
a ser la condición suya
para vestirse sin mí.
FABIA: Pues bien le puedes dejar,
porque me has de acompañar.
TELLO: ¿A ti, Fabia?
FABIA: A mí.
TELLO: ¿Yo?
FABIA: Sí;
que importa a la brevedad
de este amor.
TELLO: ¿Qué es lo que quieres?
FABIA: Con los hombres, las mujeres
llevamos seguridad.
Una muela he menester
del salteador que ahorcaron
ayer.
TELLO: Pues, ¿no le enterraron?
FABIA: No.
TELLO: Pues, ¿qué quieres hacer?
FABIA: Ir por ella, y que conmigo
vayas solo a acompañarme.
TELLO: Yo sabré muy bien guardarme
de ir a esos pasos contigo.
¿Tienes seso?
FABIA: Pues, gallina,
adonde voy yo, ¿no irás?
TELLO: Tú, Fabia, enseñada estás
a hablar al diablo.
FABIA: Camina.
TELLO: Mándame a diez hombres juntos
temerario acuchillar,
y no me mandes tratar
en materia de difuntos.
FABIA: Si no vas, tengo de hacer
que él propio venga a buscarte.
TELLO: ¿Que tengo de acompañarte?
¿Eres demonio o mujer?
FABIA: Ven, llevarás la escalera;
que no entiendes de estos casos.
TELLO: Quien sube por tales pasos,
Fabia, el mismo fin espera.
Vanse. Salen don RODRIGO y don FERNANDO, en hábito de noche
FERNANDO: ¿De qué sirve inútilmente
venir a ver esa casa?
RODRIGO: Consuélase entre estas rejas,
don Fernando, mi esperanza.
Tal vez sus hierros guarnece
cristal de sus manos blancas;
donde las pone de día,
pongo yo de noche el alma;
que cuanto más doña Inés
con sus desdenes me mata,
tanto más me enciende el pecho,
así su nieve me abrasa.
¡Oh rejas, enternecidas
de mi llanto, quién pensara
que un ángel endureciera
quien vuestros hierros ablanda!
¡Oíd! ¿Qué es lo que está
aquí?
FERNANDO: En ellos mismos atada
está una cinta o listón.
RODRIGO: Sin duda las almas atan
a estos hierros, por castigo
de los que su amor declaran.
FERNANDO: Favor fue de mi Leonor.
Tal vez por aquí me habla.
RODRIGO: Que no lo será de Inés
dice mi desconfïanza;
pero en duda de que es suyo,
porque sus manos ingratas
pudieron ponerle acaso,
basta que la fe me valga.
Dadme el listón.
FERNANDO: No es razón,
si acaso Leonor pensaba
saber mi cuidado ansí,
y no me le ve mañana.
RODRIGO: Un remedio se me ofrece.
FERNANDO: ¿Cómo?
RODRIGO: Partirle.
FERNANDO: ¿A qué causa?
RODRIGO: A que las dos le vean,
y sabrán con esta traza
que habemos venido juntos.
Dividen el listón. Salen don ALONSO y
TELLO, de noche
FERNANDO: Gente por la calle pasa.
TELLO: Llega de presto a la reja;
mira que Fabia me aguarda
para un negocio que tiene
de grandísima importancia.
ALONSO: ¿Negocio Fabia esta noche
contigo?
TELLO: Es cosa muy alta.
ALONSO: ¿Cómo?
TELLO: Yo llevo escalera,
y ella...
ALONSO: ¿Qué lleva?
TELLO: Tenazas.
ALONSO: Pues, ¿qué habéis de hacer?
TELLO: Sacar
una dama de su casa.
ALONSO: Mira lo que haces, Tello;
no entres adonde no salgas.
TELLO: No es nada, por vida tuya.
ALONSO: Una doncella, ¿no es nada?
TELLO: Es la muela del ladrón
que ahorcaron ayer.
ALONSO: Repara
en que acompañan la reja
dos hombre.
TELLO: ¿Si están de guarda?
ALONSO: ¡Qué buen listón!
TELLO: Ella quiso
castigarte.
ALONSO: ¿No buscara,
si fui atrevido, otro estilo?
Pues advierta que se engaña.
Mal conoce a don Alonso,
que por excelencia llaman
"el caballero de Olmedo."
¡Vive Dios, que he de mostrarla
a castigar de otra suerte
a quien la sirve!
TELLO: No hagas
algún disparate.
ALONSO: Hidalgos,
en las rejas de esa casa
nadie se arrima.
RODRIGO: ¿Qué es esto?
FERNANDO: Ni en el talle ni en el habla
conozco este hombre.
RODRIGO: ¿Quién es
el que con tanta arrogancia
se atreve a hablar?
ALONSO: El que tiene
por lengua, hidalgos, la espada.
RODRIGO: Pues hallará quien castigue
su locura temeraria.
TELLO: Cierra, señor; que no son
muelas que a difuntos sacan.
Retírenlos
ALONSO: No los sigas. Bueno está.
TELLO: Aquí se quedó una capa.
ALONSO: Cógela y ven por aquí;
que hay luces en las ventanas.
Vanse. Salen doña LEONOR, y doña
INÉS
INÉS: Apenas la blanca aurora,
Leonor, el pie de marfil
puso en las flores de abril,
que pinta, esmalta y colora,
cuando a mirar el listón
salí, de amor desvelada,
y con la mano turbada
di sosiego al corazón.
En fin, él no estaba allí.
LEONOR: Cuidado tuvo el galán.
INÉS: No tendrá los que me dan
sus pensamientos a mí.
LEONOR: Tú, que fuiste el mismo hielo,
¡en tan breve tiempo estás
de esa suerte!
INÉS: No sé más
de que me castiga el cielo.
O es venganza o es victoria
de amor en mi condición.
Parece que el corazón
se me abrasa en su memoria.
Un punto solo no puedo
apartarla dél. ¿Qué haré?
Sale don RODRIGO, con el listón verde en el
sombrero
RODRIGO: (Nunca, amor, imaginé Aparte
que te sujetara el miedo.
Animo para vivir;
que aquí está Inés.) Al señor
don Pedro busco.
INÉS: Es error
tan de mañana acudir;
que no estará levantado.
RODRIGO: Es un negocio importante.
[Doña INÉS y doña LEONOR
hablan aparte]
INÉS: (No he visto tan necio amante.
LEONOR: Siempre es discreto lo amado,
y necio lo aborrecido.)
RODRIGO: (¿Que de ninguna manera Aparte
puedo agradar una fiera
ni dar memoria a su olvido?)
INÉS: (¡Ay, Leonor! No sin razón
viene don Rodrigo aquí,
si yo misma le escribí
que fuese por el listón.
LEONOR: Fabia este engaño te ha hecho.
INÉS: Presto romperé el papel;
que quiero vengarme en él
de haber dormido en mi pecho.)
Salen don PEDRO, su padre, y don FERNANDO con el
listón verde en el sombrero
FERNANDO: Hame puesto por tercero
para tratarlo con vos.
PEDRO: Pues hablaremos los dos
en el concierto primero.
FERNANDO: Aquí está; que siempre amor
es reloj anticipado.
PEDRO: Habrále Inés concertado
con la llave del favor.
FERNANDO: De lo contrario, se agravia.
PEDRO: Señor, don Rodrigo...
RODRIGO: Aquí
vengo a que os sirváis de mí.
Hablan bajo don PEDRO y los dos galanes.
[Doña INÉS y doña LEONOR hablan
aparte]
INÉS: (Todo fue enredo de Fabia.
LEONOR: ¿Cómo?
INÉS: ¿No ves que también
trae el listón don Fernando?
LEONOR: Si en los dos le estoy mirando,
entrambos te quieren bien.
INÉS: Sólo falta que me pidas
celos, cuando estoy sin mí.
LEONOR: ¿Qué quieren tratar aquí?
INÉS: ¿Ya la palabras olvidas
que dijo mi padre ayer
en materia de casarme?
LEONOR: Luego bien puede olvidarme
Fernando, si él viene a ser.
INÉS: Antes presumo que son
entrambos los que han querido
casarse, pues han partido
entre los dos el listón.)
PEDRO: Ésta es materia que quiere
secreto y espacio. Entremos
donde mejor la tratemos.
RODRIGO: Como yo ser vuestro espere,
no tengo más que tratar.
PEDRO: Aunque os quiero enamorado
de Inés, para el nuevo estado,
quien soy os ha de obligar.
Vanse los tres [hombres]
INÉS: ¡Qué vana fue mi esperanza!
¡Qué loco mi pensamiento!
¡Yo papel a don Rodrigo!
¿Y tú de Fernando celos!
¡Oh forastero enemigo!
¡Oh Fabia embustera!
Sale FABIA
FABIA: Quedo;
que lo está escuchando Fabia.
INÉS: Pues, ¿cómo, enemiga, has hecho
un enredo semejante?
FABIA: Antes fue tuyo el enredo,
si en aquel papel escribes
que fuese aquel caballero
por un listón de esperanza
a las rejas de tu huerto,
y el ella pones dos hombres
que le maten, aunque pienso
que a no se haber retirado
pagaran su loco intento.
INÉS: ¡Ay, Fabia! Ya que contigo
llego a declarar mi pecho,
ya que a mi padre, a mi estado
y a mi honor pierdo el respeto,
dime, ¿es verdad lo que dices?
Que siendo ansí, los que fueron
a la reja le tomaron,
y por favor se le han puesto.
De suerte estoy, madre mía,
que no puedo hallar sosiego
si no es pensando en quien sabes.
FABIA: (¡Oh, qué bravo efecto hicieron Aparte
los hechizos y conjuros!
La victoria me prometo.)
No te desconsueles, hija;
vuelve en ti, que tendrás presto
estado con el mejor
y más noble caballero
que agora tiene Castilla;
porque será por lo menos
el que por único llaman
"el caballero de Olmedo."
Don Alonso en un feria
te vio, labradora Venus,
haciendo las cejas arco
y flechas los ojos bellos.
Disculpa tuvo en seguirte,
porque dicen los discretos
que consiste la hermosura
en ojos y entendimiento.
En fin, en las verdes cintas
de tus pies llevastes presos
los suyos; que ya el amor
no prende por los cabellos.
Él te sirve, tú le estimas;
él te adora, tú le has muerto;
él te escribe, tú respondes;
¿quién culpa amor tan honesto?
Para él tienen sus padres,
porque es único heredero,
diez mil ducados de renta;
y aunque es tan mozo, son viejos.
Déjate amar y servir
del más noble, del más cuerdo
caballero de Castilla,
lindo talle, lindo ingenio.
El rey en Valladolid
grandes mercedes le ha hecho,
porque él solo honró las fiestas
de su real casamiento,
Cuchilladas y lanzadas
dio en los toros como un Héctor;
treinta precios dio a las damas
en sortijas y torneos.
Armado parece Aquiles
mirando de Troya el cerco;
con galas parece Adonis...
¡Mejor fin le den los cielos!
Vivirás bien empleada
en un marido discreto.
¡Desdichada de la dama
que tiene marido necio!
INÉS: ¡Ay, madre! Vuélvesme loca.
Pero, ¡triste!, ¿cómo puedo
ser suya, si a don Rodrigo
me da mi padre don Pedro?
Él y don Fernando están
tratando mi casamiento.
FABIA: Los dos haréis nulidad
la sentencia de ese pleito.
INÉS: Está don Rodrigo allí.
FABIA: Esto no te cause miedo,
pues es parte y no jüez.
INÉS: Leonor, ¡no me das consejo?
LEONOR: ¿Y estás tú para tomarle?
INÉS: No sé; pero no tratemos
en público de estas cosas.
FABIA: Déjame a mí tu suceso.
Don Alonso ha de ser tuyo;
que serás dichosa espero
con hombre que es en Castilla
"la gala de Medina,
la flor de Olmedo."
FIN DEL PRIMER ACTO
SALEN TELLO y don ALONSO
ALONSO: Tengo el morir por mejor,
Tello, que vivir sin ver
TELLO: Temo que se ha de saber
este tu secreto amor;
que con tanto ir y venir
de Olmedo a Medina, creo
que a los dos da tu deseo
que sentir, y aun que decir.
ALONSO: ¿Cómo puedo yo dejar
de ver a Inés, si la adoro?
TELLO: Guardándole más decoro
en el venir y el hablar;
que en ser a tercero día,
pienso que te dan, señor,
tercianas de amor.
ALONSO: Mi amor
ni está ocioso, ni ese enfría.
Siempre abrasa, y no permite
que esfuerce naturaleza
un instante su flaqueza,
porque jamás se remite.
Mas bien se ve que es león
amor; su fuerza, tirana;
pues que con esta cuartana
se amansa mi corazón.
Es esta ausencia una calma
de amor, porque si estuviera
adonde siempre a Inés viera,
fuera salamandra el alma.
TELLO: ¿No te cansa y te amohina
tanto entrar, tanto partir?
ALONSO: Pues yo, ¿qué hago en venir,
Tello, de Olmedo a Medina?
Leandro pasaba un mar
todas las noches, por ver
si le podía beber
para poderse templar;
pues si entre Olmedo y Medina
no hay, Tello, un mar, ¿qué me debe
Inés?
TELLO: A otro mar se atreve
quien al peligro camina
en que Leandro se vio,
pues a don Rodrigo veo
tan cierto de tu deseo
como puedo estarlo yo;
que como yo no sabía
cuya aquella capa fue
un día que la saqué...
ALONSO: ¡Gran necedad!
TELLO: ...como mía,
me preguntó, "Diga, hidalgo,
¿quién esta capa le dio?.
porque la conozco yo."
Respondí, "Si os sirve en algo,
daréla a un crïado vuestro."
Con esto, descolorido,
dijo, "Habíale perdido
de noche un lacayo nuestro;
pero mejor empleada
está en vos. Guardadla bien."
Y fuése a medio desdén,
puesta la mano en la espada.
Sabe que te sirvo, y sabe
que la perdió con los dos.
Advierte, señor, por Dios,
que toda esta gente es grave,
y que están en su lugar,
donde todo gallo canta.
Sin esto, también me espanta
ver este amor comenzar
por tantas hechicerías,
y que cercos y conjuros
no son remedios seguros
si honestamente porfías.
Fui con ella, que no fuera,
a sacar de un ahorcado
una muela; puse a un lado,
como Arlequín, la escalera.
Subió Fabia, quedé al pie,
y díjome el salteador;
"Sube, Tello, sin temor,
o si no, yo bajaré."
¡San Pablo! Allí me caí.
Tan sin alma vine al suelo,
que fue milagro del cielo
el poder volver en mí.
Bajó, desperté turbado
y de mirarme afligido,
porque, sin haber llovido
estaba todo mojado.
ALONSO: Tello, un verdadero amor
en ningún peligro advierte.
Quiso mi contraria suerte
que hubiese competidor,
y que trate, enamorado,
casarse con doña Inés;
pues, ¿qué he de hacer, si me ves
celoso y desesperado?
No creo en hechicerías,
que todas son vanidades;
quien concierta voluntades
son méritos y porfías.
Inés me quiere, yo adoro
a Inés, yo vivo en Inés;
todo lo que Inés no es
desprecio, aborrezco, ignoro.
Inés es mi bien; yo soy
esclavo de Inés; no puedo
vivir sin Inés; de Olmedo
a Medina vengo y voy.
porque Inés mi dueña es
para vivir o morir.
TELLO: Sólo te falta decir,
"Un poco te quiero Inés."
¡Plega a Dios que por bien sea!
ALONSO: Llama, que es hora.
TELLO: Ya voy.
Llama en casa de don PEDRO. ANA y doña
INÉS, dentro de la casa
ALONSO: ¿Quién es?
TELLO: ¡Tan presto! Yo soy.
¿Está en casa Melibea?
Que viene Calisto aquí.
ANA: Aguarda un poco Sempronio.
TELLO: ¿Si haré falso testimonio?
INÉS: ¿Él mismo?
ANA: Señora, sí.
Abrase la puerta y entran don ALONSO y TELLO en
casa de don PEDRO
INÉS: ¡Señor mío!
ALONSO: Bella Inés,
esto es venir a vivir.
TELLO: Agora no hay que decir,
"Yo te lo diré después."
INÉS: ¡Tello, amigo!
TELLO: ¡Reina mía!
INÉS: Nunca, Alonso de mis ojos,
por haberme dado enojos
esta ignorante porfía
de don Rodrigo esta tarde
he estimado que me vieses.
[... ... ... ...
... ... ... .....]
ALONSO: Aunque fuerza de obediencia
te hiciese tomar estado
no he de estar desengañado
hasta escuchar la sentencia.
Bien el alma me decía,
y a Tello se lo contaba
cuando el caballo sacaba,
y el sol los que aguarda el día,
que de alguna novedad
procedía mi tristeza,
viniendo a ver tu belleza,
pues me dices que es verdad.
¡Ay de mí si ha sido ansí!
INÉS: No lo creas, porque yo
diré a todo el mundo no,
después que te dije sí.
Tú solo dueño has de ser
de mi libertad y vida;
no hay fuerza que el ser impida,
don Alonso, tu mujer.
Bajaba al jardín ayer,
y como por don Fernando
me voy de Leonor guardando,
a las fuentes, a las flores
estuve diciendo amores,
y estuve también llorando.
"Flores y aguas, les decía,
dichosa vida gozáis,
pues aunque noche pasáis,
veis vuestro sol cada día."
Pensé que me respondía
la lengua de una azucena
—¡qué engaños amor ordena!—
"Si el sol que adorando estás
viene de noche, que es más,
Inés, ¿de qué tienes pena?"
TELLO: Así dijo a un ciego un griego
que le contó mil disgustos,
"Pues tiene la noche gustos,
para qué te quejas, ciego?"
INÉS: Como mariposa llego
a estas horas, deseosa
de tu luz... no mariposa,
fénix ya, pues de una suerte
me da vida y me da muerte
llama tan dulce y hermosa.
ALONSO: ¡Bien haya el coral, amén,
de cuyas hojas de rosas,
palabras tan amorosas
salen a buscar mi bien!
Y advierte que yo también,
cuando con Tello no puedo,
mis celos, mi amor, mi miedo
digo en tu ausencia a la flores.
TELLO: Yo le vi decir amores
a los rábanos de Olmedo;
que un amante suele hablar
con las piedras, con el viento.
ALONSO: No puede mi pensamiento
ni estar solo ni callar;
contigo, Inés, ha de estar,
contigo hablar y sentir.
¡Oh, quién supiera decir
lo que te digo en ausencia!
Pero estando en tu presencia
aun se me olvida el vivir.
Por el camino le cuento
tus gracias a Tello, Inés,
y celebramos después
tu divino entendimiento.
Tal gloria en tu nombre siento,
que una mujer recibí
de tu nombre, porque ansí,
llamándola todo el día,
pienso, Inés, señora mía,
que te estoy llamando a ti.
TELLO: Pues advierte, Inés discreta,
