E-Pack Sherryl Woods 5 marzo 2022 - Sherryl Woods - E-Book

E-Pack Sherryl Woods 5 marzo 2022 E-Book

SHERRYL WOODS

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Beschreibung

El viaje más largo Después de separarse, Kiera Malone tuvo que luchar para criar a sus hijos en un pueblo de Irlanda. Y justo cuando había vuelto a enamorarse, su prometido tuvo un ataque al corazón y murió, y ella volvió a quedarse sola. La pérdida de su amor la dejó hundida. Su hija y su padre la convencieron para que fuera a visitarlos a Estados Unidos. Y, con la promesa de tener un trabajo en O'Brien's, el pub irlandés de su yerno, decidió aceptar. Sin embargo, resultó que atravesar el océano no fue nada comparado con instalarse al lado de Bryan Laramie, el malhumorado chef de O'Brien's. Muy pronto, sus peleas en la cocina se hicieron legendarias, y los casamenteros de Chesapeake Shores llegaron a la conclusión de que, donde había fuego, también tenía que haber pasión. Con vistas al mar Hannah Matthews estaba orgullosa de su capacidad para solucionar cualquier crisis. Sin embargo, con la negativa de su abuela a irse a una residencia, el inesperado embarazo de su hija y la repentina vuelta de un antiguo amor a su vida, tenía que enfrentarse a unas cuantas crisis. Y el hecho de haber tenido que volver a la casa de su infancia, en Seaview Key, era otro motivo de estrés. Luke Stevens sabía bien lo que era una crisis. Mientras él estaba sirviendo a su país en Irak, su mujer lo traicionó con su mejor amigo y socio en su consulta médica. Entonces, le pareció que Seaview Key era el lugar perfecto para esconderse durante una temporada. Lo último que esperaba era enamorarse de su pueblo natal… y de Hannah. Sin embargo, en algunas ocasiones, lo necesario para curar el corazón era lo más inesperado.

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Seitenzahl: 946

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

E-pack Sherryl Woods 5, n.º 296 - marzo 2022

 

I.S.B.N.: 978-84-1105-612-0

Índice

 

Créditos

Con vistas al mar

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Si te ha gustado este libro…

 

El viaje más largo

Dedicatoria

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

 

 

 

 

 

Queridos amigos:

Cuando se publicó por primera vez Con vistas al mar, en 2008, una de mis amigas de toda la vida estaba luchando contra una recaída de un cáncer de pecho. Patti, como muchas otras mujeres valientes, perdió esa batalla. Sus últimos meses fueron una mezcla de coraje, dignidad, tratamientos rigurosos y empeño por vivir para ver crecer a su nieto pequeño.

Por desgracia, eso no pudo ser, pero siempre estuvo dispuesta a ganar una semana más, o un día, o una hora, para poder estar con sus hijas y su nieto, y fue un gran ejemplo para todos los que la queríamos.

Creo que eso debe de ser igual para todas las familias de las mujeres que han tenido que luchar contra esta terrible enfermedad. Los demás solo podemos ofrecer apoyo, plegarias y nuestra fuerza en esos días en los que la debilidad triunfa sobre la voluntad de vivir.

Gracias a la detección precoz y los tratamientos, que cada vez son mejores, hay más y más mujeres que superan el cáncer de mama hoy día, pero incluso las personas más fuertes tienen sus momentos de duda. La historia de Hannah es para ellas; es un recordatorio de que siempre hay esperanza, de que hay familia y amigos en los que apoyarse, y de que hay nuevas curas a la vuelta de la esquina.

A todas aquellas que estáis luchando os deseo fuerza, esperanza y muchos años de buena salud.

Con afecto,

Sherryl

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Hannah Matthews estaba orgullosa de ser una persona sensata y responsable. Era madre divorciada y ejecutiva de relaciones públicas que dirigía las cuentas de varios clientes muy exigentes y, a la vez, fascinantes. Era la persona a la que acudir en un momento de crisis. Decía que no era en absoluto supersticiosa, pero estaba empezando a preguntarse si aquel dicho de que «Las desgracias nunca vienen solas» era cierto. Claramente, en aquel momento se sentía superada.

Hacía tres meses que había terminado el tratamiento de quimioterapia por un cáncer de pecho, y menos de un mes desde que su madre había muerto por la misma enfermedad. Y allí estaba ella, de vuelta en un pueblo del que había huido años atrás, delante de un establecimiento de hostelería que, antiguamente, era su hogar. Un hogar que detestaba. Y lo peor de todo era que tenía que convencer a su obstinada abuela de ochenta y cinco años de que vendiera la posada, Seaview Inn, y se mudara a vivir a una residencia con atención médica y otros servicios. La vida no podía ser más estresante.

–Hannah, ¿qué haces ahí, pasmada? –le preguntó su abuela, desde el otro lado de la pantalla de la puerta, en un tono tan quejoso y exigente como el que ella recordaba de su última visita–. Con este calor, dejar la puerta abierta es malgastar el aire acondicionado. Y ¿por qué no has llegado esta mañana? Me dijiste que vendrías por la mañana. He estado esperándote en el porche hasta que he tenido que meterme en casa por el calor.

Hannah contuvo un suspiro, tomó la maleta y tiró de ella.

–Me han retrasado el vuelo, abuela. ¿No te acuerdas de que te llamé desde el aeropuerto de Nueva York para decírtelo?

Los ojos castaños de su abuela se llenaron de confusión. Aquello era otro cambio con respecto a su astuto comportamiento de siempre.

–¿Seguro?

–Sí, seguro, abuela, pero no importa. Ya estoy aquí.

–Y ya era hora –respondió su abuela con un suave resoplido.

Hannah le pasó un brazo por los frágiles hombros y le dio un beso en la mejilla.

–Estás estupenda, abuela. ¿Te encuentras bien?

En realidad, parecía que una ráfaga de viento fuerte podría llevársela. Había adelgazado, y no podía permitirse seguir perdiendo peso. Tenía la cara demacrada, llena de las arrugas y de las marcas que le habían dejado sus ochenta y cinco años de vida, y perder a su única hija le había pasado una terrible factura. Sus amigas habían llamado a Hannah para decirle que Jenny apenas salía de casa desde el funeral. Ya no iba a las reuniones del grupo de confección de colchas ni a la misa de los domingos. Todos estaban preocupados por ella.

–En mi opinión, se va a dejar morir de pena –le dijo Rachel Morrison por teléfono.

Hannah había notado el tono de crítica de Rachel, como si le estuviera diciendo que había sido una irresponsable por marcharse corriendo después del entierro de su madre y dejar a su abuela sola con su dolor en Seaview Inn.

Aunque su familia sí conocía la situación por la que estaba atravesando, ella no había querido hablarle de su propio cáncer a ninguno de aquellos vecinos bienintencionados. Por eso, no había podido defenderse ni justificar sus actos. ¿Cómo iba a decirles que ver el rápido empeoramiento y la dolorosa muerte de su madre en medio de su propio tratamiento le había causado terror? Había tenido que salir rápidamente de Seaview y alejarse de los recuerdos. Creía que un requisito indispensable para curarse de un cáncer era mantener una actitud positiva, pero eso era casi imposible después de ver que su madre moría de una recaída poco menos de dos años después de que le dieran el primer diagnóstico.

Así pues, en vez de dar explicaciones, y con un gran sentimiento de culpabilidad, había tomado dos semanas de vacaciones que tenía acumuladas y varios días por enfermedad para volver al pueblo. Aquellas dos semanas eran lo que le quedaba después del tiempo que había tomado para recuperarse de la mastectomía y para recibir el tratamiento de quimioterapia. Su jefe había permitido, de mala gana, que se marchara, pero le había dejado bien claro que no estaba nada contento con el momento elegido.

En menos de veinticuatro horas, había vuelto a Florida, había alquilado un coche y había tomado un ferry para ir a Seaview Key, una pequeña isla de menos de mil habitantes que estaba junto a la costa oeste de Florida. Una vez allí, se había encontrado con los atascos de tráfico que provocaban los turistas de invierno. Todo aquello, en su actual estado, le había resultado estresante, por decirlo de un modo suave.

Y lo peor de todo era que solo tenía catorce días para convencer a su abuela de que vendiera la posada, que también había sido el hogar familiar durante mucho tiempo, y se fuera a vivir a una residencia de ancianos donde iba a ser muy bien cuidada. Como los padres de la abuela Jenny habían levantado Seaview Inn cuando en la isla solo había un pueblecito de pescadores al que había que llegar en barca de remos, Hannah tenía el presentimiento de que iba a ser una tarea muy difícil. Algunas veces, su abuela tenía un sentimentalismo que superaba al sentido común.

–Sé que solo son las cuatro, pero vamos a comer ya –dijo su abuela–. No he almorzado y tengo hambre. Ya desharás después la maleta –añadió, mirando el escaso equipaje de Hannah–. No has traído muchas cosas, ¿no? ¿Es que has pedido que te envíen el resto?

Hannah la miró con desconcierto.

–¿Por qué iba a hacer eso?

–Pues porque te vienes a vivir a casa, lógicamente –dijo su abuela Jenny, dándolo por sentado–. Le he dicho a todo el pueblo que la posada abrirá otra vez dentro de una o dos semanas. Mientras tu madre estaba enferma, tuvimos que desatender unas cuantas cosas, pero ahora que estamos tú y yo, lo tendremos todo preparado enseguida, ¿no crees? Todavía quedan un par de meses de temporada de invierno, y en primavera habrá algo de movimiento. Y, aunque algunos de nuestros clientes de siempre tuvieron que hacer otros planes, estoy segura de que volverán el año que viene.

Su abuela había asumido tantas cosas que no eran ciertas, que Hannah no sabía por dónde empezar. De todos modos, no importaba, porque Jenny no esperó su respuesta. Ya iba hacia la cocina a un ritmo que no se correspondía con la previsión de su muerte inminente. De hecho, Hannah pensó que su abuela la iba a sobrevivir, y lo iba a hacer con gusto.

 

 

Durante toda aquella comida tardía, a base de pescado a la plancha, ensalada de tomate y fresas del mercado del pueblo, la abuela Jenny siguió bombardeando a Hannah con los planes que había hecho para volver a abrir Seaview Inn tan rápidamente como fuera posible. Seguía igual de aguda y de decidida que siempre.

–Te servirá de mucho toda tu experiencia en el campo de las relaciones públicas –le dijo a Hannah–. Pon anuncios en medios de comunicación del Norte. Muchos de nuestros clientes de Ohio y Michigan tienen que enterarse de que volvemos a estar abiertos. Incluso podrías hacer algo por internet. Tengo entendido que hoy día es el mejor modo de anunciarse. O podríamos enviar postales. Tengo la dirección de la mayoría de los clientes que se han hospedado aquí estos últimos años. En realidad, tengo la dirección de los clientes que han estado viniendo desde siempre, pero, claro, esos ya se habrán muerto, ¿no crees?

Hannah dejó el tenedor en el plato e intentó dar con las palabras más adecuadas para explicarle a su abuela que, en vez de gastar el dinero y el tiempo en anuncios, tenían que encontrar un buen agente inmobiliario. Entonces, se le ocurrió que deberían hacer algunas pequeñas reformas para aumentar el interés de la casa y poder venderla con más rapidez. Tal vez no tuviera que hablarle de la venta en aquel preciso instante. Podría empezar aquella batalla otro día, cuando no estuviera tan agotada.

–Lo pensaré –dijo por fin–. Mañana por la mañana, a primera hora, podemos echar un vistazo y ver lo que hay que hacer, ¿de acuerdo?

–¿Y para qué vamos a esperar? –preguntó su abuela, y se puso en pie de un salto, con los ojos brillantes de entusiasmo–. Aunque estemos a finales de enero, todavía nos queda una hora de luz hasta que atardezca. Vamos a revisar primero la parte de fuera. He estado pensando que le vendría bien una mano de pintura de algún color alegre y brillante, a lo mejor un turquesa, con las molduras en blanco.

Hannah se estremeció al imaginarse el resultado de aquella combinación, que despojaría a la posada de la poca clase que tenía.

–Bueno, vamos –dijo su abuela–. Que se va la luz.

Hannah la siguió con un suspiro.

Con los años, la posada había ido formándose desde la vivienda privada original, una casa de playa de dos pisos construida en los años treinta. Debido al tamaño de la casa y al gusto de sus bisabuelos por conocer gente, habían abierto las habitaciones libres para huéspedes de pago. Aquella primera temporada habían tenido tanto éxito, que la habían bautizado oficialmente Seaview Inn y habían ido ampliándola con los años, añadiendo un ala a principios de los cuarenta y otra en los cincuenta. Funcionaban a la manera de los bed-and-breakfast que se habían popularizado más tarde.

Por desgracia, no habían prestado atención a la arquitectura a la hora de hacer las ampliaciones. Las partes nuevas sobresalían del edificio al azar, una a cada lado, construidas en ángulo para que las habitaciones de la derecha y el gran comedor de la izquierda, con sus altas ventanas y su colección heterogénea de mesas y sillas antiguas, tuvieran vistas a la playa que había al otro lado de la carretera, al igual que la vivienda que la familia ocupaba en el segundo piso. Hannah pensaba, con desaprobación, que parecía un cruce entre una casa medio decente y un motel de mala muerte. Haría falta algo más que una mano de pintura, fuera del color que fuera, para arreglar aquel desaguisado.

Su parte favorita era el porche, que recorría la fachada de la casa original, y en el que había una fila de mecedoras blancas y una colección de sillas de mimbre antiguas con cojines desvaídos. Los años anteriores había una cesta colgante llena de flores, pero, aquel año, ni su madre ni su abuela habían tenido el tiempo ni la energía para dedicarse a esos detalles.

De niña, ella organizaba meriendas y tés con sus muñecas en aquel porche. Algunas veces, su madre y su abuela la acompañaban. Esas tardes eran las mejores. Después, en la adolescencia, aquel porche había sido un lugar para compartir sueños y planes con sus amigas, tomando un refresco y un aperitivo. Y su primer beso había tenido lugar allí, en las sombras del porche de su casa.

En aquel momento, bañada por la luz de un atardecer espectacular, la posada no tenía tan mal aspecto como le había parecido a primera vista. Casi podía ver su particular encanto y entender por qué su abuela quería mantenerla abierta y que siguiera siendo de la familia. El problema era que la abuela Jenny no podía hacerlo sola, y en la familia no había nadie que pudiera ayudarla. Hannah no quería marcharse de Nueva York, sobre todo, porque su equipo médico estaba allí, por no mencionar que tenía una profesión que adoraba. Su hija de veintiún años, Kelsey, terminaría en California, seguramente, cuando terminara sus estudios en la Universidad de Stanford. ¿Para qué iba a quedarse ahora con la posada si, al cabo de unos años, tendría que vendérsela a unos desconocidos? Su abuela se merecía disfrutar de los años que le quedaban, no pasarse el resto de su vida trabajando para los clientes de la posada.

Hannah se giró y se dio cuenta de que su abuela la estaba observando especulativamente.

–Es un buen momento del día, ¿a que sí? –le dijo, en voz baja, con una expresión de nostalgia–. Tu abuelo y yo pasábamos muchas noches aquí, mirando el atardecer con la música que salía por las ventanas del piso de abajo. Y, antes que nosotros, mis padres pasaban las veladas haciendo lo mismo. No nos quedábamos dentro, viendo la televisión, como hace la gente hoy día. Hablábamos y conocíamos a la gente que se hospedaba aquí. Disfrutábamos de la belleza que Dios nos concedió en este lugar –explicó, y miró a Hannah a los ojos–. Tú también amabas este lugar cuando eras más joven. ¿No te acuerdas? Algunas noches no había manera humana de traerte a casa de la playa.

De repente, Hannah se acordó de cuando tenía cinco o seis años. Había hecho un castillo de arena en la playa. Tuvo que entrar en casa para acostarse y, al día siguiente, había cruzado la calle a toda prisa para ver su obra, pero las olas se lo habían llevado por la noche. Había aprendido que algunas cosas no duraban demasiado, por mucho que parecieran sólidas. Algunas veces, lo que más importaba eran los cimientos y no la estructura, y la arena era una de aquellas cosas que se movían bajo los pies, como el matrimonio de sus padres, que se había desmoronado pocos años después.

Con el paso de los años, ella había aprendido muchas más cosas, y sabía que, después del divorcio, su madre se había sentido atrapada allí. ¿Qué otra cosa podía hacer, con una hija adolescente y sin experiencia laboral, aparte de haber trabajado siempre en la posada?

–Me acuerdo –dijo, por fin, pero su tono de voz era amargo, y su abuela la miró fijamente.

–Hubo momentos muy buenos, Hannah, aunque tú no quieras recordarlo.

–Me pregunto si mamá pensó lo mismo después de que mi padre se marchara. Creo que tenía ganas de salir de aquí y hacer algo diferente. Él pudo huir de ella y de todas sus responsabilidades, pero ella se quedó aquí estancada.

–¿Qué es lo que quieres decir? –le preguntó su abuela con indignación–. ¿Que yo la obligué a quedarse? Nada más lejos de la verdad. A ella le encantaba estar aquí. Sabía que era el mejor lugar para criar a una niña, rodeada de su familia y sus amigos.

–Pues es obvio que a mi padre no le gustaba tanto.

–Oh, Hannah, eso no es verdad. Seguro que, a estas alturas, ya sabes que las relaciones son muy complicadas. Tus padres fueron felices durante un tiempo y, después, dejaron de serlo. No tuvo nada que ver con Seaview Key ni con la posada.

Hannah no quería malgastar el tiempo hablando de aquello. Cuando sus padres se habían divorciado, ella no era más que una niña, y cabía la posibilidad de que no hubiera presenciado las peleas y desencuentros entre sus padres. Para mantener la paz, le dio la razón a su abuela.

–Supongo que no.

A su abuela se le hundieron los hombros.

–Necesito sentarme –dijo, y subió las escaleras del porche agarrándose con fuerza a la barandilla. Se dejó caer en su mecedora favorita mientras el sol se hundía lentamente en el mar del Golfo de México, dejando vetas de color naranja y dorado en el cielo.

–Abuela, ¿estás bien?

–Solo estoy un poco cansada. Entra tú, si quieres. Instálate. Yo me voy a quedar aquí un rato para disfrutar de la puesta de sol. Deja en paz los platos. Ya recojo yo cuando entre.

–Pero… si ni siquiera hemos empezado con la lista de reformas que quieres hacer –dijo Hannah, que se sentía un poco culpable por haber desanimado a su abuela.

–Tú misma lo has dicho, mañana podemos empezar.

No quería entrar y dejar sola a su abuela, y se quedó en la puerta unos minutos.

Cuando se puso el sol, se encendió la farola de la esquina e iluminó el porche y el jardín. Entonces fue cuando Hannah se dio cuenta de que su abuela tenía las mejillas llenas de lágrimas.

 

 

–Mamá, ¿qué estás haciendo en Florida? –le preguntó Kelsey, cuando llamó al móvil de Hannah aquella noche y la despertó–. Te he llamado a la oficina y tu secretaria me ha dicho que te habías tomado unos días para ir a Seaview. Llevo todo el día intentando hablar contigo, pero tenías el teléfono apagado. Como no me devolvías las llamadas, me he preocupado. ¿Está bien la abuela?

Hannah se sentó al borde de la cama. Casi se arrepentía de haberse acordado de encender el teléfono antes de acostarse. Tenía cinco mensajes de su jefe, en un tono de impaciencia, y tres de Kesley. Por una vez, hizo caso omiso de todos ellos; por suerte, era demasiado tarde para llamar a la oficina y, en aquel momento, todavía no quería hablar de la situación con su hija. Sin embargo, ya no le quedaba más remedio que hacerlo.

–¿Te refieres aparte de su idea de que voy a abandonar mi carrera profesional y voy a volver aquí para llevar la posada?

–Oh, Dios mío –susurró Kelsey–. ¿Lo dice en serio?

–Se ha pasado una hora durante la cena hablando de que necesitamos reformar algunas cosas y darle un buen lavado de cara a todo para abrir dentro de dos semanas. Yo diría que sí, que va en serio.

–Pero tú no vas a hacerlo, ¿no? Tú odias Seaview Key y la posada.

–No, claro que no voy a hacerlo –dijo Hannah con vehemencia. Después, suspiró–. En realidad, estaba pensando que sí sería buena idea hacer algunas reformas y arreglos –dijo.

–Pero… ¿para qué, si no va a abrir la posada? Sabes que no puede atenderla ella sola.

Hannah titubeó.

–Sí, ya lo sé –dijo, al final.

–Tú querías que la vendiera, ¿no? Pero se le va a romper el corazón, mamá. No puedes hacerle eso.

–¿Y qué otra elección tengo?

–Supongo que ninguna, pero odio todo esto, mamá.

–Yo, también, pero no puedo quedarme aquí. Lo único que pasa es que todavía no sé cómo se lo voy a explicar a tu abuela. Ya sabes cómo es cuando se le mete algo en la cabeza.

–Muy parecida a ti.

–Sí, bueno… Ese es el problema, ¿no? –dijo con ironía. De repente, se le ocurrió que tenía que haber una crisis de algún tipo para que Kelsey la estuviera llamando desde la universidad a mediados de semana–. Bueno, ya está bien de hablar de lo que pasa aquí. Ya se me ocurrirá algo. ¿Y tú? Cuéntame qué está pasando.

Kelsey vaciló.

–Puede que no sea un buen momento. Hablaremos cuando hayas vuelto a Nueva York después de arreglarlo todo por allí.

A Hannah se le encogió el estómago.

–¿No es un buen momento para qué? –insistió.

–¿Seguro que no quieres esperar y hablar de esto en otro momento? –le preguntó Kelsey, en un tono de esperanza.

–Ahora mismo –ordenó Hannah.

–Está bien. ¿Te acuerdas de que en Navidad te dije que no me gustaba estar en la universidad?

–Y yo te dije que era solo que estabas pasando por un mal momento –le recordó Hannah.

–Bueno, es algo más que eso, mamá. No te agobies, ¿de acuerdo? He pensado mucho en esto, y es lo que necesito hacer en este momento. He decidido dejar la universidad, ir a casa, a Nueva York, y buscar un trabajo.

Hannah apretó el auricular con fuerza.

–¿En el tercer año? –preguntó, alzando la voz, a pesar de que quería mantener la calma–. ¿Te has vuelto loca?

–Sabía que no lo ibas a entender –dijo Kelsey con petulancia. Parecía más una niña mimada que la mujer adulta y responsable que era en realidad.

–No, no lo entiendo. Y, a menos que tengas una explicación que incluya un puesto de trabajo varios niveles por encima de servir hamburguesas, no es probable que lo entienda. Llegamos a un acuerdo. Si yo pedía un crédito para que fueras a Stanford, la universidad de tus sueños, tú cumplirías con tu parte del trato y te graduarías en Diseño Gráfico, pasara lo que pasara. ¿No te acuerdas?

–Sí, sí me acuerdo –dijo Kelsey, dócilmente–. Pero, mamá…

Hannah la interrumpió.

–Nada de «pero, mamá». Fuiste a Stanford. He pagado ya tres cursos en Stanford, y vas a terminar en Stanford. Punto. Ahora ya no puedes romper nuestro compromiso.

–No puedo quedarme aquí.

–Claro que puedes quedarte. Si las asignaturas son demasiado difíciles, puedes dejar una de ellas, pero no puedes dejarlo todo, y se acabó. Vamos, hija mía. Tú puedes hacerlo. Eres inteligente. Ya llevas más de medio camino recorrido hacia la licenciatura. Solo tienes que posar el trasero en la biblioteca y hacer lo que haga falta para salir de ahí graduada el año que viene.

–No lo entiendes –dijo Kelsey.

–Claro que lo entiendo, hija. Todos nos hemos encontrado obstáculos en el camino de vez en cuando. No podemos rendirnos.

–Mamá, no se trata de ningún obstáculo. Es que estoy embarazada –le soltó Kelsey.

Si no hubiera estado ya sentada, se habría desmayado y, seguramente, se habría abierto la cabeza de un golpe en el suelo. Parecía que las cosas sí podían ir peor, y ya sabía en qué sentido.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Por la mañana, Hannah se levantó con una jaqueca terrible. Se había pasado toda la noche rememorando su conversación con Kelsey e intentando asimilar que su hija iba a tener un niño.

La abuela alzó la vista cuando ella entró en la cocina.

–Creía que ibas a pasarte todo el día durmiendo –le dijo. Y, al verla bien, añadió–: No tienes buena cara. ¿Estás mala?

«Tengo el corazón encogido», pensó Hannah, pero no lo dijo en voz alta. Ya tendría tiempo de explicarle a su abuela lo que estaba ocurriendo después de que Kelsey llegara al día siguiente o al otro, en cuanto pudiera tomar un vuelo desde California. Hannah había conseguido que su hija le prometiera que no iba a tomar ninguna decisión drástica hasta que tuvieran más tiempo para hablar de la situación.

–No he dormido mucho –le dijo a su abuela–. Me vendría bien una taza de café.

–Bien. Después, podemos empezar a hacer la lista. Ya he pedido ayuda a algunas personas, así que tú y yo tenemos que organizarnos.

El dolor de cabeza de Hannah se intensificó.

–En cuanto haya hablado con mi jefe, que me ha llamado varias veces –le prometió a su abuela, mientras rebuscaba una caja de aspirinas en el armario. Se tomó un par de ellas–. Ayer me dejó un montón de mensajes y no los escuché hasta que era demasiado tarde como para llamarlo.

Su abuela frunció el ceño.

–¿Por qué te molesta? Yo creía que ibas a dejar ese trabajo.

–No, abuela, no lo he dejado –le dijo Hannah–. Solo me he tomado unas vacaciones de dos semanas.

–Bueno, pues deberías dejarlo del todo. Tu sitio está aquí. En esta casa serías tu propia jefa.

–No hablemos de eso ahora, ¿de acuerdo? –le rogó Hannah–. He venido para estar un par de semanas.

Su abuela descartó aquella explicación con un gesto de la mano, como si no tuviera importancia.

–De todos modos, aunque estés de vacaciones, tu jefe no debería aprovecharse así. Cualquiera que trabaje tanto como tú se merece tener unas vacaciones de verdad. Un jefe que te aprecie debería saberlo.

–No se está aprovechando de mí, abuela. Me he marchado avisando con muy poca antelación, y hay algunas cosas que tengo que resolver. La llamada no va a durar mucho. Tú empieza con la lista de reformas, y la repasamos cuando yo entre. Tengo más cobertura en el porche.

–Bueno, pues date prisa. Necesitamos algunas cosas que no podemos comprar en la isla. Tenemos que tomar el ferry de las once para ir a la costa.

Hannah hizo un mohín. Aquel era otro motivo para no vivir en Seaview. Si uno perdía la lancha de las once, no había otra hasta las cuatro y media, y eso era demasiado tarde para ir de compras. Solo había cuatro ferris diarios; el de las once, el de las cuatro y media, el de las seis, sobre todo, para la gente que trabajaba en la costa, y el último, a las ocho, que tomaban sobre todo las personas que habían ido a pasar el día a Seaview Key, se habían quedado a cenar y querían volver.

–Sí, no tardo nada –le prometió a su abuela.

Tomó el teléfono y la taza de café, salió y se sentó en una cómoda mecedora en uno de los extremos del porche, donde el sol había creado una zona cálida en medio del frío matinal. Le dio un largo sorbo al café e inclinó la cabeza hacia el sol. Ojalá no tuviera que hacer aquella llamada. No iba a ir bien. A Dave no le había parecido bien que ella pidiera aquellas vacaciones de manera inesperada, y menos, después de todos los meses durante los que su horario había sido impredecible a causa de las sesiones de quimioterapia.

Marcó el número de la oficina de mala gana.

–Hola, Melinda, soy Hannah. Dave intentó hablar conmigo ayer, pero yo estaba de viaje y tenía apagado el teléfono. ¿Puede ponerse ahora?

–Sí –le dijo su secretaria, y añadió, en voz baja–: Pero tengo que decirte que está furioso. Aunque tú pusiste a Carl al tanto de los plazos de la cuenta de Parker, no ha cumplido la primera entrega, y Dave ha tenido que soportar la ira de Ron Parker, que estaba furioso.

Hannah soltó una palabrota. Carl Manson era un inútil, pero Dave siempre le daba otra oportunidad. Se había empeñado en que Hannah le dejara a cargo de sus cuentas mientras estaba fuera. Era culpa suya que las cosas hubieran salido mal, pero era ella la que iba a tener que sacarlos del atolladero.

–Mira, no me pases ahora a Dave. Voy a hablar primero con Ron para suavizar las cosas y después, vuelvo a llamar para hablar con Dave.

–Claro, cariño –le dijo Melinda. Sin embargo, antes de que su secretaria pudiera colgar, Hannah oyó a Dave al fondo.

–¿Es Hannah? Pásamela ahora mismo –le ordenó a Melinda.

–Lo siento –murmuró su secretaria.

–No ha sido culpa tuya –dijo Hannah. Esperó a que Dave tomara la llamada e intentó adelantarse a los acontecimientos–. Melinda ya me ha puesto al corriente de los problemas con la cuenta Parker. Estaba a punto de llamar yo a Ron.

–No habría ningún problema con esa cuenta si la estuvieras llevando tú –gruñó Dave.

Hannah tuvo que contenerse para no corregirlo diciéndole que no habría ningún problema si se la hubiera asignado a alguien competente. De todos modos, habría estado malgastando saliva.

–Ron no se va a calmar con una llamada de teléfono –le dijo Dave–. Tienes que volver aquí y hacer tu trabajo.

–Sabes que no puedo. Hay una crisis familiar y tengo que solucionarla.

–Has tenido muchas crisis últimamente –le respondió Dave–. Tal vez tu trabajo ya no sea tan importante para ti como antes.

Al oír aquel comentario tan insensible, a Hannah se le escapó un jadeo.

–¿De verdad crees que he decidido tener cáncer de pecho para molestarte? ¿Crees que quería que mi madre muriera y que mi abuela tuviera problemas para adaptarse a su falta, para poder tomarme unas vacaciones?

–No. Lo siento. No debería haber dicho eso. Sé que has pasado por un infierno, pero eres la persona más importante de este equipo. Que faltes en la oficina tiene un impacto muy fuerte.

–Está bien –dijo ella–. Mira, solo son dos semanas. Le he dejado a Carl bien anotado todo lo que hay que hacer, además de los plazos de entrega. A lo mejor tienes que vigilarlo durante estas dos semanas para cerciorarte de que sigue las instrucciones. Si eso no funciona, entonces no es culpa mía.

Dave suspiró.

–Sé que no está a la altura. Por eso lo puse a trabajar contigo. Pensé que se le pegaría tu capacidad organizativa.

–Siempre fuiste un soñador –respondió ella con ligereza.

Esa era una de las razones por las que siempre habían trabajado tan bien juntos. Cuando Dave y Lou Morgan habían abierto la agencia, hacía quince años, ella había sido la primera persona a la que habían contratado. Dave era un genio a la hora de idear campañas de relaciones públicas para sus clientes, pero Hannah era la que dirigía los proyectos y los llevaba según lo previsto, tranquilizaba a los participantes y contribuía con sus propias ideas creativas. Además, Dave contaba con que ella no tuviera pelos en la lengua y, en aquel momento, no los tuvo.

–Dave, creo que le has dado ya bastantes oportunidades a Carl. A lo mejor deberías decirle que se fuera y contratar a alguien que haga bien el trabajo.

–Sí, seguramente tienes razón –reconoció él, de mala gana–. Si no le hubiera prometido a mi mujer que iba a tener paciencia con él, lo habría despedido hace meses. Es su sobrino, y lo adora. ¿Sabes la que me va a caer encima si lo despido?

–Comparado con la que te está cayendo ahora, con clientes como Ron Parker, no sé… Mira, voy a llamar a Ron y voy a arreglar este lío, pero no puede haber una segunda vez, Dave. Lo sabes.

–Sí, lo sé. Date prisa en volver, ¿de acuerdo?

–Dos semanas –le recordó ella–. Casi no te vas a dar cuenta de que no estoy.

–Lo dirás de broma. Dos minutos después de que te fueras hemos tenido el primero de nuestros problemas.

–Ten cuidado –le dijo ella–. Voy a pensar que soy imprescindible y te voy a pedir un aumento de sueldo.

Colgó despacio y se pasó unos minutos tranquilizándose de la exasperación que sentía hacia Carl por haber metido la pata. Entonces, llamó a Ron Parker y le pidió disculpas. Por suerte, Ron era un tipo razonable y, con la promesa de unas cuantas ofertas para la siguiente campaña de relaciones públicas, se calmó.

–Siento que Dave te haya molestado durante tus vacaciones –le dijo–. Cuando hablé con él estaba muy enfadado, y despotriqué. No pensaba cambiar de agencia de relaciones públicas, claro que no. Tú eres la mejor, Hannah. Y Dave, también.

–Y a nosotros nos encanta trabajar contigo. Tenemos que quedar todos para comer en cuanto vuelva a Nueva York. Tú elige el sitio, y yo invito.

–Debería invitar ese idiota de Carl Mason –dijo Ron–. Disfruta de las vacaciones y no te preocupes por nada de esto, ¿de acuerdo?

–Gracias por tu comprensión.

Cuando, por fin, pudo dejar el teléfono, estaba agotada. Todavía le dolía la cabeza, aunque la cafeína y las aspirinas estaban empezando a hacer efecto. Con otra taza más de café, podría vérselas con la abuela Jenny y enfrentarse a lo que tuviera pensado para destruir su tranquilidad aquel día.

 

 

–No entiendo por qué te vas a Florida –le dijo Jeff a Kelsey, mientras ella hacía la maleta–. No es el mejor momento para salir corriendo, cuando tenemos tantas cosas que resolver.

–Las cosas ya están resueltas, Jeff. Digas lo que digas, no me voy a casar contigo, y es definitivo.

–¡Pero si vamos a tener un hijo! –exclamó él, como si ella necesitara que se lo recordaran.

–Yo soy la que va a tenerlo –replicó Kelsey–. No tú. Yo soy la que tiene que darle al pause en la vida porque fuimos idiotas una noche y lo hicimos sin condón.

Jeff se quedó pálido.

–Y es culpa mía, lo reconozco. Fue una estupidez, pero, por mucho que me disculpe, las cosas no van a cambiar. Ahora tenemos que aceptar lo que somos. Yo te quiero, y quiero casarme contigo. Quiero que seamos una familia. Lo quería antes de que te quedaras embarazada, y lo quiero ahora.

–Y yo ya te he dicho que no estoy lista para casarme.

Llevaban dos semanas discutiendo sobre ello, desde que le había dicho a Jeff que iban a tener un hijo. Para él, el bebé solo era un problema insignificante en el camino que había trazado cuando habían empezado a salir, hacía un año. Para ella, sin embargo, lo cambiaba todo. Le había quitado las opciones y la había dejado arrinconada. Quería a Jeff, y podía verlos juntos en el futuro, sí, pero no quería verse obligada a tomar una decisión apresurada, una decisión demasiado importante como para tomarla con prisas.

Era hija de padres divorciados y, aunque su madre había hecho todo lo que estaba en su mano para que nunca le faltara nada, ella nunca había dejado de desear tener a sus dos progenitores. Su padre y ella no habían vuelto a tener relación, aparte de que él le enviara algún cheque en Navidad o por su cumpleaños, o de alguna llamada de teléfono ocasional. Al principio se habían visto alguna vez, pero eso había cesado cuando él había vuelto a casarse, había tenido más hijos y había formado la clase de familia que ella había querido siempre.

Y, ahora, ella estaba dispuesta a negarle a su hijo lo que siempre había deseado para sí misma durante su infancia. Sabía que era irónico, pero estaba segura de que, si se casaba con Jeff apresuradamente por el bebé, no conseguirían que su matrimonio funcionara. No podría contener el resentimiento, y eso envenenaría su relación.

Suspiró, se sentó al borde de la cama y tiró de Jeff para que se sentara a su lado. Así sentados, muslo contra muslo, notaba la química que había entre ellos a pesar de las circunstancias, y esa química había existido desde el primer momento en que se conocieron. Él no era como los niños pijos con los que había salido siempre. Era poco convencional, tenía algo de bicho raro. Era castaño y llevaba el pelo un poco largo, no por rebelión, sino porque se le olvidaba cortárselo.

Sin embargo, lo que la había atraído más de él eran sus ojos. Eran como chocolate fundido y, cuando se clavaban en ella, la intensidad de su mirada le aceleraba el pulso.

La forma de vestir de Jeff era un horror. Pantalones vaqueros desgastados, camisetas y zapatillas deportivas viejísimas. Era una ofensa para el sentido que ella tenía de la moda, que se le había desarrollado al tratar con algunos de los clientes de su madre, que eran diseñadores de moda. Sin embargo, había sabido ver más allá de la ropa y darse cuenta de lo buena persona que era. Después de que estuvieran saliendo varios meses, supo que Jeff pertenecía a una familia rica de San Francisco y que era un genio de la informática que ya había amasado una pequeña fortuna personal con un software que él mismo había desarrollado.

En aquel momento, no lo miró a los ojos, porque pensaba que, si lo hacía, acabaría aceptando casarse con él. Era la solución más fácil para su problema, pero no quería aceptarla.

–Quiero que entiendas que no te estoy diciendo que no porque no te quiera –le dijo, suavemente.

–Estás diciendo que no porque eres muy obstinada –replicó él–. Llevamos meses hablando de casarnos. Lo único que cambia este embarazo es el momento de la boda.

–Exacto. Teníamos planificado lo que íbamos a hacer, y era por un buen motivo. Yo quería graduarme y empezar mi carrera profesional antes de dar el siguiente paso en nuestra relación. Quería saber quién soy.

–Yo ya sé quién eres, aunque supongo que eso no cuenta –dijo Jeff–. De todos modos, tú puedes hacer todo eso. Podemos contratar a una niñera. O yo cuidaré al bebé cuando tú estés en clase.

–Tú también tienes clases –le recordó ella.

–Vamos, Kelsey, ya hemos hablado de esto. Entiendo lo que quieres decir, y entiendo que estés asustada, pero las cosas no tienen por qué cambiar. Si no tuviéramos ni un centavo, tal vez sí habría que hacer sacrificios, pero podemos permitirnos tener un buen lugar donde vivir y contar con ayuda. Tendrás tiempo y espacio para saber quién eres, para estudiar y para hacer lo que quieras. De hecho, sería más fácil, porque no te verías obligada a aceptar trabajos que no te aporten nada para poder pagar las facturas. Puedes tomarte un tiempo después de la graduación para encontrar el trabajo perfecto.

Al oír la sinceridad con que le hablaba Jeff, ella deseaba con todas sus fuerzas poder creer que las cosas iban a ser tan sencillas, pero no podía. En un abrir y cerrar de ojos, se convertiría en la señora de Jeff Hampton, en esposa y madre. Y tenía mucho miedo de que Kelsey Matthews-Ryan se perdiera por el camino.

También sabía que sus temores no tenían un único origen. Había pensado muchos años que estaba segura de lo que quería: dedicarse profesionalmente al diseño gráfico. Sin embargo, después de estar varios años estudiando diseño y de haberse demostrado que podía conseguirlo, aquel camino que había elegido había perdido algo de brillo. Y temía que ocurriera lo mismo con su matrimonio, si se casaba con premura. Tal vez fuera por el mareo matinal o por las hormonas, pero su mundo se había tambaleado y tenía náuseas. No podía tomar una decisión tan importante como aquella en aquel momento.

–No puedo, Jeff. No puedo hacerlo.

–¿Prefieres dejar de estudiar y salir corriendo a tu casa para ser madre? –le preguntó él con incredulidad–. Eso no tiene lógica. Estás renunciando precisamente a lo que dices que quieres hacer.

–Temporalmente –respondió ella–. Volveré a estudiar cuando haya nacido el bebé. Puede que para entonces haya decidido si lo que realmente quiero hacer es dedicarme al diseño gráfico. ¿Para qué voy a graduarme en una cosa que tal vez no sea mi pasión?

–De acuerdo. Digamos que te tomas un tiempo sabático de los estudios. ¿Cómo vas a volver a la universidad dentro de uno o dos años, y más aún, si decides empezar otra carrera desde cero?

Kelsey frunció el ceño.

–No lo sé, exactamente, pero lo conseguiré.

–Mírame –le dijo Jeff–. Kelsey, mírame. No seguirás pensando en lo de la adopción, ¿verdad? Porque yo no lo voy a permitir. Quiero a este bebé, aunque tú no lo quieras.

Kelsey percibió un tono inflexible en su voz, algo que no había oído nunca. ¿Por qué tenía Jeff que dejar de ser una persona tranquila y nada exigente, precisamente en aquella situación, y convertirse en alguien tan empeñado en salirse con la suya?

Se le llenaron los ojos de lágrimas. ¿Cómo era posible que se hubieran complicado tanto las cosas? Hacía pocas semanas, la vida discurría según lo previsto. Había sacado unas notas estupendas en los exámenes finales. Estaba muy emocionada con las nuevas asignaturas, aunque estuviera empezando a cuestionarse cuáles eran sus objetivos profesionales. Estaba con un chico al que adoraba. Y, ahora, por culpa de un momento de descuido, todo eso estaba en la cuerda floja.

–Deberías irte –le dijo a Jeff–. Esta noche no vamos a resolver nada, y yo salgo de viaje a primera hora de la mañana.

–Pero ¿vas a volver? –le preguntó él–. No irás a desaparecer y hacer algo sin que yo lo sepa, ¿verdad?

–No puedo creer que me preguntes eso –le dijo ella, muy dolida–. Me conoces mejor que nadie. Te he prometido que no iba a cometer ninguna locura, y no lo voy a hacer. A mi madre le he prometido lo mismo.

–¿Y ella se lo ha creído?

Kelsey suspiró.

–No del todo. Mira, tome la decisión que tome, volveré y te lo diré. Es lo máximo que puedo prometerte.

–Supongo que tendré que conformarme con eso –dijo Jeff. Entonces, la miró a los ojos–. Por ahora.

–¿Qué significa eso?

–Significa que yo también tengo algo que decir en esta decisión. Sé que ahora necesitas tiempo, y te lo concedo. Pero no demasiado tiempo, o iré a buscarte y haré todo lo que esté en mi mano para que cambies de opinión.

Kelsey miró a Jeff a los ojos y vio una profunda determinación en su mirada. Se dio cuenta de que los poderes de persuasión de Jeff eran lo que más la asustaba.

 

 

Hannah aprovechó el trayecto de veinte minutos en ferry para abordar el tema que la había llevado a Seaview Key. El mar estaba tranquilo y corría una brisa cálida. Su abuela y ella iban junto a la barandilla, en cubierta. A medida que se acercaban a la costa, el horizonte de la ciudad se hacía más y más impresionante.

–Abuela, ¿has pensado en venir a vivir a la costa? –le preguntó Hannah con cautela.

–¿Y por qué iba a pensarlo, si estoy perfectamente en mi casa?

–Estarías con gente de tu edad –le dijo Hannah, tratando de hablar con entusiasmo–. Podrías apuntarte a más actividades, y estarías más cerca de los médicos y de un hospital grande. La clínica de Seaview Key solo está preparada para urgencias menores.

–¿De verdad crees que me voy a ir a vivir a una residencia? Porque me estás hablando de eso, ¿no? De sacarme de la pradera, como si fuera un caballo que ya no es útil.

–Claro que no –dijo Hannah–. Creo que sería estupendo que pudieras hacer muchas más cosas sin tener que preocuparte del horario del ferry. Además, te has pasado toda la vida atendiendo a los demás. Ya es hora de que alguien se ocupe de ti.

–Yo no necesito que nadie se ocupe de mí, y no me preocupa el horario del ferry –respondió su abuela, secamente–. Me lo sé de memoria. Además, ahora que ya no conduzco mucho, cada vez que necesito algo de la costa, le pido a alguien que me lo traiga. Yo no soy como tú. No necesito estar todo el rato de arriba para abajo. Me gusta mucho el sitio donde estoy –dijo, mirando a Hannah con dureza–. Y tengo intención de quedarme aquí, así que no te hagas ideas equivocadas.

Hannah decidió dejar aquel tema por el momento. Iba a buscar en internet las mejores residencias de la zona y llamaría para pedir folletos. Tal vez, en su próximo viaje a la costa, pudiera convencer a su abuela para ir a visitar un par de ellas.

–¿Te apetecería comer en algún sitio en especial? –le preguntó, cambiando de conversación–. Creo que deberíamos comer antes de hacer los recados.

–A mí me vale con esa cafetería.

Hannah se contuvo para no gruñir. La última vez que había tomado un pedazo de tarta allí, la nata tenía la textura de la espuma de plástico.

–Supongo que querrás comer hígado encebollado –bromeó.

–Por supuesto. Hace mucho que sé que perdería el tiempo preparándote eso. Te entrarían náuseas cada vez que lo pusiera sobre la mesa.

–Lo cual debería decirte algo –respondió Hannah–. Pero, si quieres ir a ese sitio, vamos.

Su abuela la miró con astucia.

–No creas que me vas a ablandar, jovencita. Aunque accedas a hacer todo lo que quiero yo de aquí a Navidad, no voy a mirar ninguna residencia.

–Lo que tú digas –respondió ella, pero tuvo que contener la sonrisa. Acababa de hablar exactamente igual que Kelsey en sus momentos más molestos. Parecía que la vida quería convertirla en una niña petulante a ella también.

 

 

–¿Qué habéis hecho la abuela y tú hoy? –le preguntó Kelsey aquella noche.

–Elegir pintura y mirar telas para los cojines del porche –le dijo Hannah–. Hemos podido comprar la pintura en el primer sitio que hemos ido, pero para encontrar una tela que le gustara hemos ido a cuatro tiendas. He visto tantas telas de flores que he llegado a casa mareada.

–¿Le has dicho ya que no te vas a quedar?

–Sí, pero no ha dejado de intentar que cambiara de opinión. Bueno, cuéntame tú. ¿Has podido reservar un vuelo?

–Sí, para mañana –le dijo Kelsey, y le dio la hora de llegada y la información del vuelo.

–¿Y la vuelta? –le preguntó Hannah.

Kelsey vaciló.

–Solo he comprado la ida, por si acaso decido no volver ipso facto.

–¡Kelsey!

–No pasa nada, mamá. Puedo comprar el billete de vuelta cuando esté allí. ¿Quién sabe? A lo mejor decidís que necesitáis mi ayuda.

Hannah pensó que discutir no iba a servir de nada.

–Entonces, te recojo mañana. Que tengas un buen vuelo, cariño.

–Gracias. ¿Mamá?

–¿Sí?

–¿Se te hace muy duro estar allí… sin tu madre?

Hannah no supo qué responder. Si se paraba a pensarlo, diría que sí, que era increíblemente difícil, y que esa era una de las razones por las que había permitido que su abuela la convenciera para hacer las reformas. Así, tendría menos tiempo para pensar en que su madre había perdido la guerra contra el cáncer. Y aún no había entrado en la suite de su madre; había pasado muchas horas allí antes de que muriera.

–No me permito a mí misma pensar en eso –dijo.

–¿Cómo no vas a pensar en eso? –preguntó Kelsey–. Ella era una parte muy importante de Seaview Inn. Debes de verla por todas partes, como los cubos de arena que coleccionaba. A mí me parecían porquerías, pero a ella se le empañaban los ojos cuando me contaba que le recordaban a su niñez.

Hannah estuvo a punto de sollozar. Recordaba el entusiasmo que sentía su madre cada vez que encontraba un cubo antiguo de lata para jugar en la arena, pintado con coloridas imágenes, en los anticuarios que visitaba. Se le iluminaban los ojos como si acabara de recordar mil cosas a la vez. Ella había evitado mirar las estanterías que albergaban la colección. Y, en aquel momento, se dio cuenta de que se había pasado los dos últimos días negando la realidad.

–Sí, le encantaban –dijo cuando recuperó la voz.

–Oh, mamá… ¿estás llorando? Lo siento. No quería ponerte triste.

–Creo que llevo desde que llegué aquí fingiendo que todo es de lo más normal, que está de viaje, o algo así. No he querido asimilar la realidad de que se ha ido para siempre.

–Puede que te venga bien que yo vaya, ¿no? Para distraerte.

–Teniendo en cuenta el motivo por el que vienes, yo diría que seguro que sí –respondió Hannah con ironía–. Nos vemos mañana.

–Adiós, mamá. Te quiero.

–Yo también te quiero.

Colgó el teléfono, pero, inmediatamente, volvió a sonar. Al mirar la pantalla, vio que se trataba de Sue Nelson, su mejor amiga desde que había ido a vivir a Nueva York, hacía veinte años.

–He tenido que enterarme por tu secretaria de que te has vuelto a ir de la ciudad –le dijo Sue a Hannah cuando contestó.

–Lo siento. El viaje surgió repentinamente.

–Jane me ha dicho que tu abuela lo está pasando muy mal para superar la muerte de tu madre. ¿Te has ido por eso?

–Sí, más o menos. Estoy intentando convencerla de que venda la posada y se vaya a vivir a una residencia.

–¿Y qué tal vas? –preguntó Sue. Conocía a su abuela y, seguramente, se imaginaba su reacción.

–Como era de esperar. Ni siquiera se lo he dicho, pero ya me ha contestado que ni lo sueñe.

–Entonces, ¿por qué no te vuelves a casa? Seguro que estar allí en estos momentos tiene que ser muy duro para ti. Además, ¿no tienes la revisión de los tres meses del cáncer?

–La he pospuesto.

–¡Hannah! No puedes hacer eso. Es demasiado importante.

–No te pongas así. Solo la he pospuesto dos semanas. Iré el día después de llegar a Nueva York.

–¿Podrías ponérmelo por escrito? Sé que la temes.

–Bueno, es lógico que la tema, pero no soy tonta. Sé que no puedo retrasarla indefinidamente.

–¿Cuándo es la nueva fecha?

–¿Por qué? ¿Piensas que te estoy mintiendo?

–No, es que quiero apuntarla en mi agenda para poder ir contigo. Cuando te dieron el diagnóstico, te dije que no ibas a pasar sola por esto.

A Hannah se le llenaron los ojos de lágrimas por segunda vez aquel día.

–Has sido maravillosa y nunca podré agradecértelo lo suficiente –le dijo a su amiga–, pero ya te has pasado bastante tiempo cuidándome durante la operación y la quimioterapia. Puedo ir a una cita yo sola.

–Pero ¿por qué? Sobre todo, teniendo en cuenta que después podemos irnos a cenar a un restaurante por todo lo alto para celebrar que estás perfectamente.

–Shhh. No digas esas cosas. Es como pedir que algo salga mal.

–Creía que no eras supersticiosa.

–Estoy replanteándomelo.

–¿Y eso?

–Es una larga historia, y John y tú debéis de estar a punto de cenar.

–No creo que le importe esperar unos minutos –dijo Sue–. Dime por qué te dan miedo de repente los gatos negros y las escaleras.

–No se trata de gatos y escaleras. Pero, hazme caso, las desgracias nunca vienen solas. Kelsey está embarazada.

–¡Oh, Dios mío! ¡No es verdad!

–Sí, no iba a mentirte en algo así.

–No, ya me supongo que no. ¿Cuándo te lo ha dicho?

–Anoche.

–¿Y cómo reaccionaste?

–Ya me conoces, soy una obsesa del control. Le ordené que viniera aquí antes de tomar cualquier decisión. Necesito verla. Quiero ver por mí misma que está bien.

–¿Cuándo llega?

–Mañana.

–Está bien. Y tú, ¿cómo te sientes al respecto?

–Estoy atontada, para ser sincera. No me esperaba nada así.

–Dudo que ninguna madre se espere algo así, a no ser que sus hijas sean unas rebeldes, cosa que Kelsey no es. ¿Cómo está ella?

–Parecía que estaba tranquila, pero yo sé que está angustiada. No tiene la cabeza clara. En este momento, la solución que ha pensado es dejar los estudios y volver a Nueva York conmigo.

–¡Vaya! Me sorprende no haberte oído chillar desde aquí.

–A mí, también.

–¿Puedo hacer algo?

–Solo con saber que estás ahí cuando necesite hablar es suficiente.

–Puedo ir a veros para mediar, si sirve de algo.

–No, no te preocupes. Yo puedo arreglármelas. Cuando vuelva a Nueva York, empieza a preparar Martinis.

–Eso dalo por hecho. Y, si necesitas algo más, solo tienes que llamar.

–Gracias, Sue, no sé qué haría sin ti.

–En lo bueno y en lo malo, ese fue el trato que hicimos hace tantos años –le recordó Sue, y añadió con ironía–: Es una pena que algunos de mis votos matrimoniales no duraran tanto y del mismo modo que nuestra amistad.

–Solo porque tuviste muy mal gusto a la hora de elegir, hasta que conociste a John.

–Sí, yo también lo creo. Bueno, voy a darle de cenar. Te echamos de menos, querida. Vuelve pronto.

–Gracias por llamar.

Hannah colgó con una sonrisa. Tenía otros amigos en Nueva York, incluyendo a Dave y a su mujer, y muchos conocidos, pero Sue Dyer Martinelli Nelson era la mejor. Si Hannah hubiera dicho que la necesitaba en Florida, Sue habría estado allí a la mañana siguiente. Y saberlo era casi tan reconfortante como habría sido estar sentada en el porche con ella, con una coctelera llena de Martini entre las dos.

Capítulo 3

 

 

 

 

 

Seaview Inn tenía muy mal aspecto. Luke Stevens llevaba veinte años sin pasar por allí, y la posada acusaba el paso de todos aquellos años. Tenía la pintura descolorida, el césped estaba sin cortar y a la barandilla del porche le faltaban media docena de postes. Era como si fuera una víctima del descuido, como si la hubieran dejado de lado. Tal y como él se sentía, también, en aquellos momentos.

Era un pensamiento amargo, pero tenía derecho a sentir amargura. Como muchos otros hombres que habían vuelto de Irak, se había encontrado que su vida anterior ya no existía. Había pasado varios meses en un hospital de rehabilitación en Washington y, después, había tenido que enfrentarse a la realidad de que no podía volver a su antigua vida en Atlanta. Su mujer le había pedido el divorcio dos semanas antes de que la explosión de un coche bomba le hubiera destrozado la pierna. Los médicos se la habían salvado, y siempre les estaría agradecido por ello. Sin embargo, todavía le quedaba mucho para poder mantenerse en pie en un quirófano durante largas horas, haciendo operaciones de Traumatología, la que había sido su especialidad antes de volver al ejército para responder a la necesidad de médicos en el frente. Sí, sentía amargura, y no pensaba disculparse por ello.

Durante su recuperación, sentado en una silla de ruedas, mirando la nieve que cubría Washington una mañana de enero hacía dos semanas, había tenido de repente el anhelo de sentir el sol y ver las palmeras que llevaba más de veinte años sin ver, desde que se había marchado de Seaview Key a la universidad. Aunque su familia se había ido de la isla para vivir cerca de su hermana, en Arizona, Seaview siempre había ocupado un lugar especial en su corazón. Era su hogar. Allí era donde se había enamorado por primera vez, donde había aprendido a pescar y a nadar, donde había trabajado como voluntario en el equipo de rescate local y había descubierto su pasión por la medicina. En suma, era el lugar perfecto para curarse.

En Seaview no tendría recuerdos de Lisa, la que pronto iba a ser su exmujer, ni imágenes de sus hijos tendidos en la playa de arena blanca. Como llevaba tantos años lejos de allí, seguramente nadie se acordaría mucho de él. La mayoría de sus compañeros de clase habían dejado la isla en busca de vivencias más emocionantes de las que podían encontrar allí. Así pues, nadie lo miraría con lástima, no le harían preguntas. Tan solo sentiría paz y tranquilidad mientras pensaba en lo que iba a hacer durante el resto de su vida.

Hacía veinte años, solo existía un hotel donde alojarse en la isla: Seaview Inn. Era una posada que llevaba tres generaciones en manos de la familia Matthews. Hannah también estaba en su clase y, como todos los demás, tenía el anhelo de salir de allí. Recordó a aquella chica callada y estudiosa, cuyo rostro se iluminaba cuando reía, algo que no hacía demasiado a menudo. Era amiga de Abby Dawson, su primer amor, así que se habían pasado mucho tiempo en el porche delantero de la posada, meciéndose durante horas y hablando del futuro, mientras la brisa marina agitaba suavemente las palmeras y las estrellas brillaban como diamantes en el cielo de terciopelo negro.

Movió la cabeza. Qué sencilla era la vida entonces. Su mayor problema era averiguar cómo quitarle el sujetador a Abby sin que ella le diera una torta. Por fin, lo había conseguido al final de un verano. Sonrió al recordar en lo mucho que le había servido aquella técnica en la universidad.

Al pasar el tiempo, cuando todos se habían ido a la universidad, habían terminado por perder el contacto. Él había conocido a Lisa y se había olvidado de Seaview Key. Hasta hacía poco tiempo.

Había llamado al servicio de información y había conseguido el teléfono de la posada, pero había tardado varios días en conseguir hablar con alguien. Ni siquiera tenían contestador automático, pero él había insistido, porque no quería renunciar al único plan que le agradaba en mucho tiempo.

Por fin, alguien había respondido al teléfono. Se trataba de una anciana que le habló en un tono de molestia.

–¿Qué quiere? –preguntó la mujer sin saludar.

–¿Hablo con Seaview Inn?

–Es el número que ha marcado, ¿no?

A pesar de aquella respuesta, él sonrió. Claramente, la vieja Jenny Matthews tenía un mal día.

–Sí, señora –dijo–. Quería reservar una habitación.

–Estamos cerrados.

Luke decidió intentarlo de otro modo.

–Señora Matthews, soy Luke Stevens. No sé si se acuerda de mí…

–Todavía no he perdido la cabeza –le espetó ella–. Claro que me acuerdo. Eres el hijo de Mark y Stella. Siempre estabas aquí con la niña de los Dawson. A propósito, ella no era para ti. Espero que tuvieras sentido común y no os casarais.

–No sé si tuvo algo que ver con el sentido común, pero no, no nos casamos –dijo él, que se había quedado impresionado por su memoria.

–Me alegro. Lo último que supe de ella era que estaba trabajando en un bar de Pensacola y codeándose con tipos poco recomendables. Sospecho que una banda de moteros.

Luke se echó a reír. Lo último que él había sabido de Abby era que tenía un restaurante en Pensacola y estaba casada con un reverendo. Sin embargo, no vio la necesidad de hablar de aquello con la señora Matthews. Habría tiempo suficiente cuando la viera en persona.

–Ha dicho que en este momento están cerrados. ¿Cuándo van a abrir?

–Eso depende de Hannah.

Luke se quedó sorprendido.

–¿Hannah sigue viviendo en Seaview?

–No, Hannah vive en Nueva York, pero estoy trabajando en eso. Cuando la tenga otra vez aquí, supongo que podré conseguir que se quede. Después, me llevará un par de semanas poner la posada a punto para que vengan los huéspedes.

–Yo podría ayudar en eso –dijo Luke–. No sé lo que necesita, pero puedo hacer algunos trabajos para usted.

–¡No! Si eres un huésped, no puedes –respondió ella, escandalizada.

–No me importa. Me vendrá bien hacer algo útil. Si no se siente cómoda, puede hacerme un descuento en el alojamiento. Espero estar allí varias semanas.