4,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 4,99 €
Después de siete años como corresponsal en el extranjero, la periodista Dinah Davis decidió volver a casa y volver a intentarlo con el hombre serio y formal que, hacía ya algún tiempo, le había prometido amor eterno. Pero en lugar de encontrar la seguridad que buscaba, acabó en los brazos de la oveja negra de la familia, el hermano de su ex. Cordell Beaufort creía que Dinah era una mujer difícil, pero cuando la recién llegada bajó la guardia y se dejó conocer, Cord empezó a preguntarse si no la habría juzgado injustamente. Quizá fuera por eso por lo que le resultaba tan difícil imaginarla ante el altar con su hermano… Cord era el último hombre que Dinah elegiría, pero parecía que el destino tenía otros planes para ella.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 398
Veröffentlichungsjahr: 2013
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2005 Sherryl Woods. Todos los derechos reservados.
ENTRE DOS HERMANOS, Nº 72 - marzo 2013
Título original: The Backup Plan
Publicada originalmente por Mira Books, Ontario, Canadá
Publicado en español en 2006
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin, logotipo Harlequin y Romantic Stars son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-687-2706-6
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
Su productor estaba tratando de ignorar las malas noticias. Dinah se lo notaba en los ojos y en la voz. Después de una década trabajando en el periodismo televisivo con prácticamente el mismo equipo, ella había aprendido a interpretar los gestos de cada uno de ellos.
Ray Mitchell era un fantástico productor, pero no solía ser muy sútil en su modo de comunicarse. Más bien, ladraba las órdenes que le daba al equipo. Pertenecía a otra era, a la de los periodistas siempre acompañados por el alcohol y el humo de los puros, a la de los corresponsales de guerra que habían dado una nueva perspectiva a las noticias de los campos de batalla a través de hábiles directos. Ver cómo Ray trataba de ocultar tímidamente lo que tuviera en mente resultaba doloroso.
—¿Qué es lo que te estás esforzando tanto por no decirme? —le preguntó ella por fin—. ¿Tiene algo de malo el reportaje que te acabo de entregar? Creo que fue una entrevista genial.
Al escuchar aquellas palabras, Ray pareció aún más incómodo.
—Para otra persona, tal vez —dijo, con la familiar brusquedad que Dinah siempre había respetado—, pero no para ti.
En cierto modo, Dinah había estado esperando aquel comentario, pero, a pesar de todo, lo miró muy sorprendida. No estaba acostumbrada a recibir ningún tipo de crítica por su trabajo, ni siquiera las más amables. Durante sus muchos años de trabajo, solo había recibido alabanzas de sus compañeros y sus jefes.
—¿Qué estás tratando de decirme, Ray? Escúpelo.
Hacía mucho calor en la improvisada redacción, pero Dinah sabía que aquella no era la razón de que Ray necesitara secarse el sudor del rostro con un pañuelo. Estaba tan nervioso que resultaba patético.
—Muy bien —dijo por fin—. Quieres saber la verdad, pues aquí está. Has perdido fuerza, Dinah. Es comprensible, dado que te ocurrió tan solo hace unos pocos meses, pero...
Dinah se desconectó de lo que le estaba diciendo su compañero. Nadie mencionaba lo ocurrido delante de ella. No poder hablar de lo ocurrido siempre le había resultado muy difícil a Dinah. Cuando hablaba de aquella trágica pesadilla, los ojos de los presentes se llenaban de pena. Entonces, comenzaban a murmurar palabras tranquilizadoras y, por último, impedían que se siguiera hablando del tema.
En parte, eso se debía a que, durante semanas después de lo ocurrido, Dinah había escuchado con los ojos secos los comentarios compasivos de la gente o había realizado la clase de comentarios cáusticos que todos los reporteros realizan para mantener a raya sus miedos y penas. Al ver su actitud, todos habían tomado nota de ella y habían dejado de hablar de ello. En aquellos momentos, cuando Dinah por fin se sentía con ganas de hablar, la compasión de los demás se había esfumado, como si no quisieran que se les recordara que solo por la gracia de Dios no habían sido ellos los que estaban en aquella mortal cuneta. Ya no quería enfrentarse a su propia mortalidad ni considerar los riesgos inherentes a aquel destino infernal.
Los corresponsales de guerra eran una clase de periodistas muy especial. El índice de reporteros que se quemaban en aquel campo era muy alto para los que favorecían la ambición por encima de la supervivencia.
—En Nueva York están haciendo preguntas —continuó Ray.
Aquel comentario captó la atención de Dinah.
—¿Qué clase de preguntas?
—Quieren saber si deberías tomarte un descanso, ya sabes, hasta que hayas tenido tiempo de superar lo ocurrido. De todos modos, te mereces unas vacaciones. Nadie se acuerda de la última vez que te las tomaste.
Dinah sintió que el alma se le caía a los pies. Lo último que necesitaba en aquellos momentos eran unas vacaciones. El trabajo la definía, la motivaba para levantarse por las mañanas. El hecho de haber entregado una entrevista algo floja después de años realizando reportajes merecedores de premio y de ganarse el respeto de todos, no se merecía aquel trato.
—No necesito vacaciones —replicó—, sino seguir trabajando.
—¿Qué te parece entonces cambiar de destino? —sugirió Ray—. Irte a la redacción de Londres durante un tiempo. O a París o incluso a Miami. Eso sí que estaría bien. Sol, palmeras, playa...
Aquella imagen no impresionaba a Dinah. En los días después de lo que ella aún recordaba como el «incidente», había considerado dejarlo todo. Sin embargo, entonces había comprendido que aquel era el único trabajo que deseaba hacer. Si le resultaba más duro, si la asustaba, estaba dispuesta a superarlo día a día. Consideraba sus acciones diarias como un tributo personal a la valentía de todos los corresponsales de guerra que habían muerto mientras realizaban su trabajo.
—Venga ya, Ray. Yo estaría desperdiciada en Londres o en París. En cuanto a lo de Miami, olvídate. Soy corresponsal de guerra y realizo mi trabajo mucho mejor que el noventa por ciento del resto de los reporteros.
—Hasta hace muy poco, eras la mejor —comentó él, mirándola con preocupación.
—Y volveré a serlo. Solo necesito un poco de tiempo para...
¿Para qué? ¿Para ajustarse? Imposible. ¿Para seguir adelante? Tal vez. Aquello era lo único que deseaba. Poder ir superando el día a día.
—¿No sería mejor que te tomaras ese tiempo en otra parte? —insistió él—. Te lo mereces, Dinah. Se te debía un descanso mucho antes de que todo esto ocurriera. Ya hablamos de ello, ¿te acuerdas? Yo creía que estabas pensando regresar a casa para ver a los tuyos. ¿Por qué no lo haces ahora? La gente se turna para trabajar aquí porque nadie puede vivir así sin perder un tornillo. Tú no eres una Superman. ¿Por qué ibas tú a ser diferente? Yo siempre hubiera creído que deseabas la oportunidad de ir a ver a tu familia, de hacer algo normal durante un tiempo. ¿No estabas deseando hacerlo?
Así había sido, pero ya no. Las cosas habían cambiado demasiado drásticamente. Dinah necesitaba trabajar si quería permanecer cuerda y retener su autoestima. No creía que quisiera volver a casa hasta que todo el mundo se hubiera olvidado de lo que hubieran oído sobre ella. Aún no quería enfrentarse a todas las preguntas que la esperaban en casa.
—¡Ahora no, maldita sea! —le espetó, con más brusquedad de la que hubiera deseado en un principio—. ¡Olvídalo, Ray! No pienso ir a ninguna parte.
La alarma se reflejó en los ojos de Ray.
—De esto precisamente es de lo que te estoy hablando. Nunca tratabas así a la gente, por muy tensas que se pusieran las cosas. Has dejado de ser tú, Dinah y eso me preocupa. No quiero que te pongas así en directo uno de estos días.
Dinah lo miró fijamente. De repente, lo había comprendido todo.
—Por eso he hecho tan pocas conexiones en directo últimamente, ¿verdad? Tienes miedo de que vaya a perder el control.
—Prefiero no correr el riesgo —admitió él con cierta incomodidad—. Por tu bien, no por el de la cadena. Me importa un comino lo que piensen.
Dinah sospechaba que era cierto. Ray siempre había defendido a su equipo con uñas y dientes y trataba a todos sus componentes como si fueran hijos suyos. Como tenía fe en los motivos de Ray, Dinah se obligó a tranquilizarse antes de responder.
—Te preocupas demasiado por mí —dijo—. Estoy bien. Si eso cambia, si creo que ya no puedo seguir realizando mi trabajo, te juro que serás el primero en saberlo, Ray.
—Tú jamás has conocido tus límites porque jamás te los has tenido que poner. Hacías lo que hiciera falta hacer.
—Y aún lo hago —repuso Dinah, segura de que eso al menos era verdad. Simplemente le costaba más—. Vamos, Ray, dame tiempo.
—De eso se trata precisamente. Te he estado dando demasiado tiempo.
Las palabras de Ray la dejaron muy asombrada. Se sintió humillada.
—¿De qué estás hablando? ¿Estás diciendo que no estoy haciendo mi trabajo?
Ray la miró con incomodidad.
—Muy bien. Te voy a decir la pura y cruda verdad. Y escúchame, porque necesitas oír lo que tengo que decirte. Se nos han pasado algunas historias, Dinah, cosas sobre las que jamás deberíamos haber dejado de informar. Los peces gordos lo han estado pasando por alto por las circunstancias, pero se están poniendo algo impacientes. Llevan así varios meses ya. No voy a poder seguir conteniéndolos mucho tiempo más. La decisión de si te quedas o te vas podría dejar de ser mía... o tuya.
En silencio, Dinah tuvo que admitir que lo que Ray había dicho era cierto. Escuchar lo que ya sabía la llenó de una renovada sensación de determinación.
—Tienes razón, pero te aseguro que eso forma ya parte del pasado. De ahora en adelante, volveré a estar encima de todo lo que ocurre. Si no es así...
—Si no es así, te marchas a casa —afirmó Ray—. Tanto si quieres como si no.
La nota de advertencia que notó en la voz del veterano periodista la hizo reaccionar como llevaba semanas sin hacerlo.
—Te aseguro que no llegaré a eso.
Lo único que tenía que hacer era apartarse aquellas horribles imágenes de la cabeza y centrarse en el presente. Había tenido que abstraerse al horror en mil ocasiones para poder realizar su trabajo y podía volver a hacerlo. Iba a armarse de valor y a renacer para realizar su trabajo mejor que nunca. Se lo debía a los televidentes que la seguían todas las noches en el telediario. A la cadena que le había dado una oportunidad nada más salir de la Facultad de Periodismo. Más que nada, se lo debía a sí misma. Sin su trabajo, ¿quién diablos era ella?
Dos semanas después de su conversación con Ray, el teléfono móvil de Dinah empezó a sonar a las cuatro de la mañana, lo que provocó que se metiera rápidamente debajo de la cama. No era la primera vez que, sin motivo alguno, tenía miedo, pero los episodios eran cada vez más frecuentes y más dramáticos.
También lo eran las pesadillas que la hacían despertarse cubierta de un sudor frío. Llevaba semanas sin dormir bien. No hacía falta ser un genio para saber que estaba sufriendo el síndrome del estrés postraumático, pero había estado convencida de que podría superarlo sola. No estaba siendo así.
Al final, salió de debajo de la cama y, aún temblando, se sentó en el suelo con las rodillas contra el pecho esperando que el pánico fuera remitiendo.
Tal vez Ray tenía razón. Tal vez no podía seguir trabajando, pero ¿qué era lo que podía hacer si no trabajaba?
Podría regresar a casa. Cuando Ray le mencionó aquella posibilidad, la recibió muy fríamente, pero tenía que admitir que sentía una cierta nostalgia con solo pensar la palabra. Siempre había sentido desapego por su hogar. Lo consideraba simplemente el lugar de donde venía, no en el que quería estar. Tan solo un par de semanas antes, habría odiado la idea de regresar.
De repente, las imágenes de los campos de Carolina del Sur le resultaron muy atrayentes. Los árboles cubiertos de musgo, el cálido aire del verano impregnado de aroma de la madreselva... Todo aquello resultaba idílico y completamente alejado del horror de Afganistán.
Jamás lo había apreciado en demasía, y mucho menos cuando crecía en las afueras de Charleston. Entonces, odiaba la tranquilidad y el lento ritmo de vida, las tórridas noches en las que casi resultaba imposible respirar. Le había faltado el tiempo para abandonar el hogar paterno.
Ser la hija de Dorothy Rawlings Davis, una mujer cuyos antepasados habían llegado al Nuevo Mundo en el primer barco que atracó en Charleston, y Marshall Davis, cuyo abuelo había amasado una fortuna en el negocio de la banca de Carolina del Sur, le daba a Dinah una visión muy clara de su propia importancia. Por fortuna, había sido lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de ello y rebelarse. Su hermano no había tenido tanta suerte. Se había dejado llevar por la sombra de su padre y la de sus orgullosos antepasados, por lo que Tommy Lee no podía enorgullecerse de haber hecho nada por sí mismo.
Dinah no se había contentado con heredar su lugar en el mundo. Había querido labrarse el suyo propio. Había sentido la necesidad de demostrar que era una mujer tan capaz e independiente como cualquiera de sus antepasados. En primer lugar había deseado ser una mujer de éxito y, en segundo lugar, una mujer sureña. Cualquiera que se hubiera criado en el Sur de los Estados Unidos conocía muy bien la diferencia.
Había elegido el periodismo televisivo porque era una profesión llena de nobles ideales. Había aceptado destinos que la habían colocado en primera línea del peligro solo para poder demostrar que podía estar al lado de los mejores en su profesión. No le bastaba con ser buena. Estaba decidida a ser la mejor, la corresponsal en la que todos los telespectadores confiaban para saber la verdad.
Durante diez años, Dinah lo había cumplido a la perfección en Chechenia, Oriente Medio, Pakistán y Afganistán. Estaba siempre presente donde estaba la noticia.
Sus últimos destinos habían sido los que más desafíos le habían presentado. Había sido imposible calcular los riesgos, encontrar fuentes dignas de confianza o incluso predecir si iba a vivir lo suficiente como para poder realizar la conexión. Muchos decían que hacía falta ser un adicto al peligro para aceptar tales destinos, pero Dinah jamás lo había visto así. Los riesgos merecían la pena porque los acontecimientos que se desarrollaban sin la presencia de las cámaras a menudo daban lugar a escalofriantes horrores.
Sin embargo, en sus treinta y un años, jamás había tenido unos sueños tan aterradores. Suponía que había visto demasiado. Había perdido amigos, algunos de los mejores en su profesión. Eso le estaba arrebatando la vida.
Tal vez Ray estaba en lo cierto. Tal vez había llegado el momento de que regresara a casa. Ya no le quedaba nada por demostrar allí.
Al lado de la cama de hotel, consiguió por fin que los latidos del corazón recuperaran una cadencia más normal. En ese instante, comprendió que tenía que regresar a casa. Si se quedaba allí, perdería por completo la cordura.
Aquella misma mañana, unas horas después, Dinah le comunicó a Ray lo que había decidido. Le dolió ver un cierto alivio en sus ojos.
—Es lo mejor —le aseguró.
—No es para siempre —replicó ella, necesitando creérselo—. Unas pocas semanas. Un par de meses como mucho.
Ray se levantó y cerró la puerta. Entonces, le indicó a ella que se sentara.
—Escúchame, Dinah. Regresa a Carolina del Sur y búscate un lugar allí. Consigue un trabajo en una cadena local. Conviértete en su estrella. Encuéntrate un buen hombre, sienta la cabeza y empieza una familia. Esto no es vida.
—Es mi vida —protestó ella, horrorizada por lo que Ray le estaba sugiriendo.
—Ya no —insistió Ray—. Lo he visto antes. Un excelente reportero se salva por los pelos, ve cómo muere un amigo ante sus ojos y empieza a pensarse los riesgos que corre. Dudan, quieren ir sobre seguro o se convierten en un ser alocado que nadie puede controlar. Sea como fuere, un reportero así no me sirve.
—¿Estás diciendo que jamás podré volver a realizar este trabajo? —le espetó ella con ira.
—Nunca tan bien como lo has hecho antes. Eres hermosa, inteligente y con talento. Echa mano de todo eso cuando regreses a casa. Si no quieres en Carolina del Sur, entonces en Nueva York o en Washington. Te puedo conseguir un puesto allí en cuanto tú me lo digas. Búscate una vida y vívela. Lo que hacemos aquí es necesario, pero no es vida. Más bien cortejamos a la muerte.
—¿Me estás diciendo todo esto tan solo porque soy una mujer? —le preguntó ella—. Resulta un poco machista hasta para alguien como tú.
—Puede ser, pero principalmente te lo digo porque me caes bien. Quiero saber que estás en algún lugar segura y feliz. No quiero tener que llamar a tus padres para decirles lo mismo que he tenido que hacer con los de otros reporteros.
—Dímelo claramente, Ray. ¿Me estás diciendo que no quieres que regrese?
—No —contestó él—. La cadena me cortaría la cabeza si lo hiciera. Lo que te estoy diciendo es que espero que no vuelvas. Escúchame, ¿quieres? Piensa en lo que te estoy diciendo. Ya has demostrado que eres una heroína. Todo el mundo sabe lo que eres capaz de hacer. Eres una periodista de primera, una de las mejores, pero tal vez haya llegado el momento de que te pares para que trates de descubrir quién es Dinah Davis.
—Entonces, ¿crees que debería dimitir?
—Sí, Dinah. Creo que debes vivir tu vida.
Ella trató de imaginarse una vida tranquila y corriente, precisamente la que Ray estaba describiendo para ella. No pudo hacerlo.
—¿De verdad crees que estoy destinada a convertirme en esposa y madre?
—¿Y por qué no?
—¿Y si yo decido que lo que de verdad soy es corresponsal de guerra y que jamás desearía ser otra cosa?
—En ese caso, siento pena por ti.
—Es lo que tú llevas haciendo toda tu vida.
—Mírame. No tengo ni esposa ni familia. A nadie le importa si yo regreso a casa o no. No deseo ese destino para ti. ¿No hay alguien en quien pienses de vez en cuando, en algún hombre al que eches de menos?
Dinah empezó a negar con la cabeza. Entonces, la imagen de Bobby Beaufort se le coló en el pensamiento. No pudo evitar que una sonrisa se le dibujara en el rostro. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había pensado en Bobby. Él había querido casarse con ella, pero Dinah lo había rechazado para ir en busca de su sueño.
—¡Lo sabía! —exclamó Ray con voz triunfante.
—No era nada especial —insistió Dinah—. Solo un amigo.
Un buen amigo que había prometido esperarla si ella se cansaba alguna vez de recorrer el mundo. Si estaba lista para el amor. Él le había dicho que siempre sería la dueña de un trozo de su corazón, que lo único que tenía que hacer era regresar a casa, decir la palabra y se casarían antes de que ella pudiera pronunciar Las Vegas. Antes de que ella se marchara le había dicho todo eso. Bobby era su red, su plan de emergencia. Dinah jamás había esperado necesitarlo.
Se aseguró que no lo necesitaba. Todo lo que Ray le estaba diciendo no significaba nada. Se recuperaría y terminaría regresando.
—Muy bien —dijo, por fin—. Dimito. Supongo que no hay razón para hacer eso a medias.
Pronunció aquellas palabras con cierta desgana, pero Ray le dedicó una sonrisa de ánimo.
—¡Me alegro por ti, Dinah! Es lo mejor que podrías hacer.
«Tal vez», pensó ella, con cierto desprecio. Sin embargo, por si acababa de cometer un grave error, lo primero que debería hacer cuando regresara a Carolina del Sur sería buscar a Bobby Beaufort. Tal vez el destino de Bobby era salvarla de la solitaria vida que Ray estaba describiendo. Lo sabría cuando lo viera.
Bobby jamás le había acelerado el pulso, pero era un buen tipo. Una persona tranquila, en la que se podía confiar. Bobby jamás la había defraudado. De hecho, siempre se había mostrado tan solícito con ella que le había resultado casi agobiante, pero tal vez había cambiado. Tal vez deseaba tener a su lado alguien que pudiera colmarla de amor y atenciones.
Con aquel pensamiento, los labios volvieron a curvarse en una sonrisa. Efectivamente, una mujer que había decidido dejar su trabajo tan impulsivamente tenía que mantener abiertas sus opciones.
Después de cuatro cenas de bienvenida, Dinah decidió echar el freno.
—¡Mamá, ya basta! Estoy segura de que no hay ni un alma en Charleston, al menos en ciertos círculos sociales, que no sepa que he regresado a la ciudad.
Dorothy Davis la miró con tristeza.
—Solo una más —dijo—. Unas cuantas personas del comité que se ocupa de salvar la Plantación de Covington. De hecho —añadió mientras se le iluminaba repentinamente la mirada—, si dieras un pequeño discurso, podríamos convertir la cena en un acto benéfico. Estoy segura de que a todo el mundo le fascinarían tus aventuras. Además, las obras van a costar una fortuna. ¿No sería maravilloso que pudiéramos trabajar juntas para obtener más fondos?
Dinah miró a su madre. Precisamente estaba tratando de olvidar sus aventuras. Si Dinah se lo hubiera dicho a su madre, esta se habría mostrado aún más protectora. Hacía varios meses, había tenido que llamarla muchas veces para convencerla de que se encontraba bien y de que no había nada de lo que preocuparse. Aparentemente, había conseguido quitarle importancia a lo ocurrido porque su madre no había dicho nada al respecto. Dinah no quería volver a poner a su madre en estado de alerta.
Probó con otra táctica.
—¿No te parece que tus amigos me han sacado ya toda la información que eran capaces de escuchar, mamá? Nadie quiere saber en realidad cómo está la situación allí. No resulta muy agradable como conversación de sobremesa. Les basta con saber que está ocurriendo al otro lado del mundo.
—No todos los que viven aquí son tan superficiales, cariño —le recriminó su madre—. Siempre has tenido una pobre impresión de nosotros.
Dinah suspiró. Era cierto, pero, desde su regreso, no había oído nada que le hiciera cambiar la impresión que tenía de los amigos de sus padres. Vivían en un mundo acomodado y protegido y se contentaban tan solo con que no lloviera cuando jugaban al golf.
—Olvídate del discurso, mamá. Jamás se me han dado bien esas cosas. Te suplico que no organices otra cena. He regresado a casa para tener paz y tranquilidad y, desde que he llegado, no he tenido ni un momento a solas con papá ni contigo ni con Tommy Lee y su familia —añadió, aunque en realidad no le molestaba perderse la compañía de los hijos de su hermano. Por lo poco que había visto, eran unos verdaderos demonios.
A pesar de todo, había disfrutado muy poco de la tranquilidad que tanto había anhelado. Aparte de las cenas que su madre había organizado, había tenido que ir a almorzar con los colegas de negocios de su padre en unas cuantas ocasiones. Aún no había visto a ninguno de sus amigos, aunque no había mantenido el contacto con ninguno de ellos desde que se marchó a la universidad.
En realidad, no le hacía demasiada ilusión ver a nadie. Cuando podía, se refugiaba en la soledad de su habitación o se sentaba en el jardín con un libro entre las manos.que jamás llegaba a abrir Se había dicho que aquella inercia era solo temporal, que conseguiría sacudírsela en unos pocos días, aunque en realidad estaba empezando a preguntarse si no sería más fácil dejarse llevar.
A juzgar por el gesto de preocupación que se dibujaba en el juvenil rostro de su madre, Dorothy se había dado cuenta de la poca disposición que mostraba su hija a abandonar la casa.
—¿Acaso hay algo que no me hayas dicho? —le preguntó su madre—. No es propio de ti pasarte todo el día sentada en casa.
—No me siento solo en la casa. Algunas veces, también lo hago en el jardín.
Aquel comentario se ganó otra mirada de reprobación por parte de Dorothy. Esta jamás había sabido cómo entender a su hija. Dinah se burlaba de las tradiciones. Aunque al final había accedido, Dinah no había hecho más que hacer burla de su baile de presentación en sociedad. Además, había ido a regañadientes a un colegio privado y, peor aún, había decidido ir a la universidad fuera del estado, a Nueva York nada menos, cuando sus padres habían terminado los estudios sin dejar Carolina del Sur. Por suerte, su hermano sí se había plegado a la tradición. Además, la popularidad de Dinah les había permitido levantar la cabeza un poco en los últimos años. Dinah no dejaba de preguntarse qué pensarían si les decía que estaba pensando en dejarlo todo para siempre.
Las diferencias entre Dinah y su madre eran aparentes incluso a las ocho de la mañana. Su madre llevaba un caro traje hecho a medida, joyas de oro y diamantes, zapatos de diseño italiano y una peluquería y manicura perfectas. Dinah, por su parte, llevaba un par de pantalones cortos muy viejos, una camiseta de tirantes e iba descalza. Además, no se había hecho la manicura o la pedicura desde hacía años y llevaba un corte de cabello muy funcional. En menos de una semana, su madre había tratado de convencerla en seis ocasiones para que fuera al salón de belleza. En lo que se refería al estilo, Dinah era una amarga desilusión para su madre. No obstante, Dorothy parecía encantada de tener a su hija en casa.
Dinah incluso podía entender el deseo de su madre por rentabilizar la fama de su hija. No le sorprendió en absoluto que su madre no fuera a aceptar un no por respuesta.
—Cariño, es que vienes con tan poca frecuencia... Quiero asegurarme de que todo el mundo pueda verte antes de que te vuelvas a marchar por ahí...
Dinah sabía que debía confesar que no iba a marcharse a ningún sitio por el momento, pero el silencio le permitía seguir fingiendo que aquello solo era un descanso temporal. Al menos, dispondría de unas pocas semanas antes de que sus padres empezaran a preguntarle cómo su fulgurante carrera había terminado tan bruscamente. En aquellos momentos, se sentían orgullosos de ella. Resultaba agradable poder gozar de aquellas sensaciones.
—Lo sé, mamá —dijo ella, forzando una sonrisa—, pero déjalo unos días, ¿de acuerdo? Déjame recuperar el aliento. Ni siquiera he visto a Maggie ni a ninguno de mis amigos.
Aparte de a Bobby, Maggie Forsythe era la otra persona a la que Dinah estaba deseando ver y la única a la que se atrevía a mencionar. Si hablaba de Bobby Beaufort, su madre empezaría a sacar conclusiones equivocadas. De hecho, la perspectiva de una boda sería lo único que podría distraer a Dorothy del hecho de que hubieran echado a su hija a patadas de Afganistán.
—Muy bien, si insistes... Lo dejaremos para dentro de dos semanas —cedió por fin su madre—. Aún seguirás aquí, ¿verdad?
—Por supuesto —le aseguró Dinah.
Satisfecha, Dorothy rodeó la mesa del comedor para acercarse a su hija y darle un beso en la mejilla.
—Me alegro mucho de que estés aquí. Tu padre y yo te hemos echado mucho de menos. Ahora, me tengo que marchar corriendo. Tengo una reunión sobre las obras que se van a realizar en la plantación. ¿Qué vas a hacer hoy? Si no tienes nada en mente, podrías venir conmigo y echar un vistazo. Hemos progresado mucho. Creo que te resultaría fascinante.
—Si tú estás implicada en ello, no me cabe ninguna duda —respondió Dinah, tratando de fingir entusiasmo—. Te prometo que iré, pero no hoy.
Dorothy ocultó bien su desilusión, pero Dinah sabía que le había hecho mucho daño. A su madre siempre le había decepcionado mucho que Dinah no mostrara interés alguno por sus proyectos de renovación y conservación de lugares históricos.
—Muy bien. Entonces, me marcho. ¿Vendrás a cenar?
—Por supuesto. Si decido no hacerlo, te llamaré o te dejaré recado con Maybelle.
—Entonces, hasta luego.
Cuando por fin se quedó a solas, Dinah sintió que se aflojaba la tensión que la atenazaba completamente los hombros. Le había resultado muy duro regresar a casa, aunque había sido más fácil de lo esperado. La habían recibido como si de la hija pródiga se tratara. Lo que más difícil le había resultado había sido mentir y mantener las apariencias de que todo iba bien, que tenía una carrera perfecta y una vida sorprendente.
Algunos días, era capaz de convencerse de que estaba bien. Desde que había llegado, no había tenido ni un solo ataque de pánico, como si su cuerpo sintiera por fin que estaba en un lugar seguro. Incluso las pesadillas habían disminuido. Solo se había despertado envuelta en un sudor frío y con los latidos del corazón acelerados en dos ocasiones. No obstante, le costaba mucho salir a la calle. Sabía que esconderse no era lo mejor, ni siquiera una actitud propia de ella. Decidió que tenía que llenarse de energía y volver a encontrarse con parte de su antiguo espíritu.
Decidió empezar buscando a Bobby. Le vendría bien verlo, ponerse al día y ver si había alguna chispa que pudiera convertirse en fuego y así poder olvidar lo que había tenido que dejar atrás.
Recogió los platos y los llevó a la cocina. Maybelle Jenkins, que se había ocupado de la casa desde que Dinah tenía uso de razón y antes aún, cuando su madre estaba soltera, se apresuró a quitárselos de las manos.
—¿Qué diablos te crees que estás haciendo? —la reprendió—. ¿Estás tratando de que me despidan? Yo me encargo de recoger los platos.
Dinah sonrió.
—Las dos sabemos que haces mucho más que recoger los platos. Tú mantienes en funcionamiento la casa y unida a la familia.
Maybelle se fundió con ella en un abrazo, uno más de los muchos que le había dispensado desde que llegó a casa.
—Señor, te he echado tanto de menos... Has estado fuera demasiado tiempo, mi niña. Ya iba siendo hora de que regresaras a vernos. Algunos de nosotros ya no somos muy jóvenes, ¿sabes?
Aunque no los aparentaba, Maybelle tendría que tener al menos setenta y cinco años. Tenía casi veinte cuando fue a trabajar a la casa para Adelaide Rawlings cuando Dorothy nació, de lo que hacía cincuenta y cinco años.
—¿A quién tratas de engañar, Maybelle? Tú nos vas a enterrar a todos.
—Especialmente si tú no haces más que ponerte al alcance de bombas y armas de fuego. Ese incidente en el que te viste involucrada casi me provocó un ataque al corazón. Jamás pude comprender que sentido tenía que hicieras eso. Creía que eras más inteligente.
Al escuchar aquellas palabras, Dinah sintió la necesidad de liberarse de su carga. Maybelle había escuchado pacientemente todas sus esperanzas, sueños y desilusiones desde que Dinah era una niña.
—¿Te puedo contar algo que no le puedes decir a nadie? —le preguntó Dinah.
—¿Me estás preguntando si te puedo guardar un secreto? Os he guardado más que suficientes a tu hermano y a ti, ¿no te parece?
—Sí, supongo que sí —comentó Dinah, riendo. Entonces, adoptó una expresión mucho más seria—. Puede que no vaya a regresar.
—¡Pues alabado sea el Señor! —exclamó Maybelle, llena de alegría—. Esa es la mejor noticia que he escuchado en mucho tiempo. ¿Y por qué quieres mantenerlo en secreto?
—¿Te parece una buena noticia? —preguntó Dinah, con cierta tristeza.
—Si significa que mi niña va a estar a salvo, claro que sí. Sin embargo, tú no pareces estar muy contenta. ¿Lo has dejado o te han despedido?
—Lo he dejado, pero nadie tiene que saberlo. No espero que mientas, pero no digas nada al menos por el momento, ¿de acuerdo?
—Te he dado mi palabra, ¿no es así? Sea lo que sea lo que te está pasando —afirmó, dándole de nuevo un abrazo—, sé que sabrás solucionarlo. Sé que lo puedes solucionar muy bien tú sola, pero si necesitas volver a hablar con alguien, ya sabes dónde me tienes.
—Gracias. Te quiero mucho.
—Y yo también a ti. Igual que a mis hijos.
Los ojos de Dinah se llenaron de lágrimas. Se los secó rápidamente con un gesto de impaciencia.
—Mira, ya me has hecho llorar —bromeó—. Ahora, tendré que retocarme el maquillaje antes de salir. Si no, mi madre se sentirá completamente humillada.
—¿Desde cuándo te pones tú maquillaje? Tu madre se preocupa demasiado por cosas que no le importan ni un comino a nadie más que a ella y a sus amigas. No creas que no sería capaz de decírle a ella esto mismo a la cara —añadió, al ver el gesto de Dinah—. También la conozco a ella desde que llevaba pañales.
—Ay, Maybelle... Tú sí que sabes... Tal vez uno de estos días nos pasará lo mismo a nosotros.
—Puede que a ti sí, pero me parece que es demasiado tarde para ese hermano tuyo. Es igualito que tu padre. Se muestran tan pagados de sí mismos que prácticamente no ven nada más —añadió, empujando a Dinah hacia la puerta—. Ahora, vete de aquí, niña. Tal vez tú estés en paro, pero yo no. Este caserón no se limpia solo y yo tardo un poco más que antes en recorrerlo.
Dinah subió las escaleras con la intención de cambiarse de ropa antes de salir en busca de Bobby, pero encontró un viejo anuario escolar y se distrajo.
Cuando lo cerró por fin, había pasado ya la hora de almorzar. Aún con los mismos pantalones cortos y la misma camiseta, añadió un par de sandalias y se peinó un poco antes de bajar a pedirle un bocadillo a Maybelle.
Eran las cuatro cuando por fin se decidió a ir a buscar a Bobby. Tal vez cuando lo viera, sentiría que se despertaba algo dentro de ella y sabría por fin si iba a quedarse definitivamente. No obstante, por experiencia, sabía que las opciones que presentaba la vida no resultaban tan claras.
Durante las tediosas reuniones de la plantación Covington, Dorothy se había sentido distraída. No podía evitar tener la sensación de que algo le ocurría a su hija. Dinah llevaba comportándose de un modo muy extraño desde que llegó a casa.
El hecho de que se resistiera a las cenas era de esperar. Siempre había odiado las reuniones sociales. Sin embargo, el hecho de aislarse en la casa y referirse en contadas ocasiones y de muy mala gana a su trabajo le hacía pensar a Dorothy que el incidente en el que se había visto implicada hacía unos meses le había pasado más factura de lo que les había hecho creer.
Como no podía hablar con su esposo en casa, decidió ir a verlo al banco. Por las reacciones de asombro que recibió de todos los presentes, llegó a la conclusión de que había pasado mucho tiempo desde la última vez que había ido a visitar a su esposo. De hecho, últimamente había habido muy poca espontaneidad en sus vidas. Aquel era uno de los aspectos que le preocupaban sobre su matrimonio.
Cuando entró en el despacho, Marshall estaba hablando por teléfono. Él le saludó distraídamente con la mano y siguió hablando. Dorothy miró a su alrededor. Ella misma le había ayudado a decorar aquel despacho cuando su esposo se convirtió en presidente. Le sorprendió darse cuenta de que los muebles que ella había elegido tan cuidadosamente habían sido sustituidos por otros más modernos.
Dudaba que el cambio hubiera sido idea de Marshall. A su esposo no le preocupaban aquel tipo de cosas. Seguramente se lo habría encargado a otra persona, un detalle que le resultó a Dorothy muy turbador. Había habido un tiempo en el que hablaban de todo lo que ocurría en el banco, un tiempo en el que Marshall confiaba en su opinión y buen gusto. ¿Cuándo había dejado de ser así? ¿Hacía meses? ¿Años?
Miró a su esposo con tristeza y se preguntó qué habría ido mal. Ambos tenían poco más de cincuenta años. Eran demasiado jóvenes para haberse distanciado tan completamente.
Cuando Marshall colgó por fin, la miró con la alegría que habría mostrado en el pasado, aunque también con un punto de impaciencia.
—No sabía que ibas a venir —dijo—. Tengo una reunión dentro de diez minutos.
—En ese caso, te diré lo que he venido a decirte en nueve —replicó ella, con cierta amargura—. Quiero hablarte sobre Dinah.
—¿Sobre Dinah? —repitió Marshall, muy asombrado.
—Le ocurre algo. ¿No te has dado cuenta?
—No. A mí me parece que está bien.
—¿No te extraña que prácticamente no haya salido de casa?
—¿De qué estás hablando, Dorothy? Claro que ha salido de casa. Ha almorzado conmigo en tres o cuatro ocasiones en la última semana.
—Porque tú se lo pediste. Y aparece a cenar porque yo le digo a qué hora tiene que estar en el comedor. Sin embargo, carece de vida, de chispa. No hace más que estar en su cuarto o en el jardín, pensando. No es propio de ella.
—Casi no está en casa, así que creo que no puedes saber lo que es propio de ella o no. Demonios, después de todo lo que ha pasado, tiene derecho a un poco de paz y tranquilidad. Todo el jaleo que hemos montado a su alrededor probablemente haya sido demasiado para ella. Después de todo, todas estas cenas y almuerzos no tienen nada que ver con la clase de vida que ha estado viviendo desde hace unos años. Tal vez la hayamos agobiado un poco.
—En realidad, eso es precisamente lo que me ha dicho —reconoció Dorothy.
—Pues ya está —concluyó Marshall, muy satisfecho de haber resuelto el problema—. Ahora, si me perdonas, tengo que prepararme para la reunión.
Dorothy se sintió algo molesta por la brusquedad de aquellas palabras. Se dirigió hacia la puerta, pero, antes de abrirla, se giró.
—¿Cuándo has cambiado la decoración del despacho?
Marshall levantó la mirada una vez más. Parecía bastante desconcertado por la pregunta.
—Hace unos meses. ¿Por qué lo preguntas?
—Me sorprende que no me pidieras ayuda para hacerlo.
—Tú has estado muy ocupada con tus propios proyectos —respondió él—. Le pedí a mi secretaria que llamara a un decorador.
—¿Y te gusta el resultado? —le preguntó Dorothy, aunque no estaba segura de que importara la respuesta.
—Es un cambio —comentó Marshall, encogiéndose de hombros tras observar el despacho como si lo hubiera visto por primera vez.
—Ni que lo digas. Y no a mejor.
Con eso, Dorothy salió del despacho. Se sentía muy enojada. Aquella mañana, se había levantado con solo una preocupación en mente: su hija. En aquellos momentos, tenía dos.
Su matrimonio, algo que siempre había aceptado como un vínculo sólido y firme, distaba mucho de transmitir seguridad. Había vivido ya lo suficiente como para saber que una pequeña fisura podía socavar seriamente los cimientos más fuertes. Había sido una gran sorpresa descubrir que su matrimonio tenía fisuras.
Desgraciadamente, por el momento, Dinah era su prioridad. Simplemente tendría que esperar que, cuando tuviera tiempo para volver a centrarse en su propia vida, no fuera demasiado tarde.
Cord Beaufort golpeó perezosamente la mosca que no dejaba de merodear alrededor de su botella de cerveza. Aquel día tan caluroso y agotador, que había puesto a prueba su paciencia, estaba a punto de terminar.
Se había reunido con el consejo de dirección de la Plantación Covington, el grupo más exasperante de seres humanos con el que había tenido oportunidad de trabajar. Querían ocuparse de todo y ninguno de ellos tenía los conocimientos ni la experiencia necesarias para hacerlo.
Peor aún, había tenido que ponerse traje y corbata aunque la temperatura se acercaba a los cuarenta grados. Si había algo que odiara más que tratar de aplacar a un grupo de personas ricas y egocéntricas era tener que llevar traje y fingir que no le aburrían de muerte las cosas que esas personas contaban. Algo que se podría haber decidido en menos de una hora había necesitado una reunión de un día entero.
Tumbado sobre una hamaca que pendía de dos viejos robles, se sentía muy cómodo ataviado tan solo con unos vaqueros. Hacía tanto calor... El sonido del motor de un coche que avanzaba por el sendero que se dirigía a su casa no contribuyó a mejorar su estado de ánimo. Ni se sentía sociable ni optimista. Había dejado todos los baches de aquel camino para no tener visitas y parecía que la mayoría de la gente había comprendido el mensaje.
Cuando pudo por fin ver el coche, no lo reconoció. Sin embargo, el hecho de que emergieran de su interior dos bonitas y largas piernas mejoró ligeramente su estado de ánimo. Solo había una mujer que tuviera unas piernas así en Carolina del Sur. Una mujer que lo odiaba sin que él pudiera culparla por ello.
Si los rumores que había escuchado eran ciertos y Dinah Davis había decidido presentarse en su casa solo podía deberse a un motivo. Estaba allí para redimir a su hermano de la estúpida promesa que él le había hecho hacía años. Bobby, por mucho que Cord lo quisiera, era un idiota. ¿Quién estaría a disposición de una mujer cuando a ella le convenía, aunque esa mujer fuera tan hermosa como Dinah Davis?
Cord observó cómo salía del coche y se preguntó si su sofisticada mamá sabría que se estaba paseando por el pueblo con un par de pantalones cortos que dejaban muy poco a la imaginación y una camiseta de tirantes que no estaba en la lista de prendas recomendadas para una muchacha de la alta sociedad de Charleston que jamás se había apartado del buen camino. En aquellos momentos, Dinah tenía el aspecto de una mujer con la que a Cord no le importaría darse un revolcón, algo que horrorizaría a su mamaíta.
No obstante, podría ser que el atuendo que Dinah había escogido explicara en cierta manera la actitud tan irritante de la señora Davis en la reunión. Una hija rebelde, aunque tuviera treinta y un años y fuera famosa internacionalmente, podría irritar fácilmente a una mujer tan recta.
—Vaya, vaya... —comentó, al darse cuenta de que Dinah lo contemplaba con desafío—. Mira quién ha venido...
Dinah se ruborizó vivamente y se le reflejó en los ojos azules una cierta irritación, pero sus buenos modales sacaron lo mejor de ella.
—Buenas tardes, Cordell —dijo—. Veo que tus modales no han mejorado con los años.
—No mucho —admitió él—. Sin embargo, a ti te han tratado bien. Eres tan hermosa como una Escarlata O’Hara, pero dos veces más dura, a juzgar por lo que he visto en televisión.
—Me sorprende que veas las noticias. Yo habría dicho que los dibujos animados serían más de tu gusto.
—Nena, soy un hombre. Hacer zapping forma parte de mi naturaleza. Hasta yo me paro cuando veo a una chica de mi ciudad en la pantalla con las bombas explotándole a la espalda
—Sí, me imagino que eso te da algo sobre lo que fantasear en tus noches solitarias —replicó ella con cierto desdén.
—No estoy solo más que cuando yo así lo quiero —afirmó, aunque, últimamente, lo estaba queriendo así cada vez más frecuentemente. Las mujeres, por muy fascinantes y hermosas que pudieran ser, daban más problemas de los que un hombre podía soportar.
Dinah lo miró con un cierto desmayo, como si considerara que aquella afirmación era digna de risa.
—Por muy agradable que pueda resultar hablar contigo, he venido a ver a Bobby. ¿Está en casa?
Cord le dio un largo sorbo a la botella de cerveza y la miró lentamente de la cabeza a los pies antes de responder.
—No.
—¿Va a venir?
—Supongo.
—¿Qué significa eso?
Cord sonrió, Siempre le había gustado irritar a Dinah.
—Yo creo que está muy claro. Vendrá cuando venga. Ya sabes que nosotros, los holgazanes e inútiles Beaufort, no nos movemos por horarios.
Dinah suspiró profundamente, lo que produjo un efecto fascinante en el movimiento de sus pechos. Cord se preguntó si sería consciente de la sensualidad que irradiaba en aquel momento o de lo cerca que él estaba de tomarla entre sus brazos y de besarla. Eso incrementó su empeño de proteger a Bobby.
—¿Va a regresar esta noche? ¿Mañana? ¿La semana que viene? —preguntó ella, con tono impaciente.
—Puede que la semana que viene. Y puede que no.
—¿Te ha dicho alguien alguna vez lo imposible que eres?
—¿Antes de que lo hicieras tú? Pues ahora que lo mencionas, creo que tu mamá me dijo algo muy similar esta misma tarde.
—¿Dónde diablos has visto a mi madre?
—Bueno, por ahí. Después de todo, Charleston es una ciudad muy pequeña en muchos aspectos. De hecho, creo que esa fue la razón por la que tenías tantas ganas de marcharte.
—Me marché para ir a la universidad y tener una profesión. Tal vez eso es algo que debieras considerar hacer.
—¿Y por qué iba yo a marcharme? —replicó Cord, señalando con la botella de cerveza todo lo que lo rodeaba—. No puede ser mejor que esto, si quieres saber mi opinión. Un techo sobre la cabeza, un poco de dinero en el banco, algo fresco para beber y, hasta hace solo unos pocos minutos, mucha paz y tranquilidad.
—Gracias a Dios, tu hermano no comparte tu total falta de ambición.
El arrogante tono de la voz de Dinah molestó a Cord profundamente. Frunció el ceño y estuvo a punto de decirle unas cuantas cosas, pero ¿por qué molestarse? Disfrutaba considerándolo un parásito. ¿Por qué evitar que siguiera pensando así? Sería mucho más divertido esperar a que tuviera que tragarse aquellas palabras.
—Por favor, dile a Bobby que estoy en casa de mis padres y que tengo muchas ganas de verlo. ¿Te podrás acordar de un mensaje tan sencillo?
—Si me esfuerzo...
No tenía intención de hacerlo. Dinah Davis podría comerse vivo a su hermano. Desgraciadamente, la última vez que se había metido en la relación que Bobby mantenía con Dinah, se había montado un buen jaleo.
—Pues esfuérzate.
Con eso, regresó al coche, proporcionándole una bonita vista de un hermoso trasero. Cord sacudió la cabeza. Era una pena que Dinah fuera tan irritante. Si no, podría ser que disfrutara liándose con ella. Tendría que contentarse evitando que su hermano cayera en las garras de aquella mujer.
—No sé cómo Bobby y Cordell pueden tener los mismos genes —le dijo Dinah a su amiga Maggie mientras se tomaban un té helado en el porche de la casa que Maggie tenía a poca distancia del puerto—. Bobby es cariñoso, amable, inteligente y ambicioso y Cordell...
—Cordell es guapo, inteligente y sexy como el propio pecado —afirmó Maggie, completando así la descripción que Dinah no había podido finalizar.
—¿Acaso estás loca? —le preguntó Dinah, mirándola con sorpresa.
—No me digas que no te has dado cuenta. Por eso no encuentras las palabras y estás toda ruborizada. ¿Qué llevaba puesto? Unos vaqueros y nada más. ¿Tengo razón? —preguntó Maggie, abanicándose con la mano con un gesto exagerado, como para acentuar la veracidad de sus palabras—. Es el único hombre que conozco que es capaz de convertir los vaqueros en una prenda de moda.
—No me he fijado...
—¡Ja! Eres una mujer, ¿no? Todas las mujeres se fijan en... en los atributos de Cordell —añadió, tras una pausa muy significativa.
—¡Magnolia Forsythe! Una dama no puede hablar así de un caballero.
Maggie sonrió, reconociendo las palabras que la directora del colegio al que ambas acudían solía pronunciar.
