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Bienvenidos a Rook Hall. El escenario está listo. Los actores preparados. Y al final de la noche se producirá una revelación: el nombre el asesino. El exinspector de policía Jackson Brodie está pasando un caso grave de crisis de la mediana edad cuando le piden que vaya a un pueblecito de lo más tranquilo en Yorkshire para ocuparse del caso, aparentemente rutinario, de un cuadro robado. Pero un robo lleva a otro y se produce la desaparición de una valiosa obra de Turner de Burton Makepeace, el hogar de lady Milton y su familia. El lugar, que en el pasado fue una grandiosa casa de campo, se ha trasformado parcialmente en un hotel, que organiza encuentros de fin de semana para aficionados a las novelas de misterio. En el hotel, donde se alojan al mismo tiempo un pastor eclesiástico, un exoficial del ejército, aristócratas completamente arruinados y viejos amigos, surgirá un misterio tremendamente inteligente, que le rinde homenaje a los grandes maestros del género, de Agatha Christie a Dorothy Sayers. Brillante y original, con las habituales señas de identidad de Atkinson, su ingenio, sus juegos de palabras y su ágil narrativa, Muerte en Rook Hall puede que sea el caso más descabellado y memorable de Jackson Brodie hasta el momento.
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Seitenzahl: 541
Veröffentlichungsjahr: 2026
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KateAtkinson
Muerteen Rook Hall
Traducido del inglés por Puerto Barruetabeña Díez
Para Russell Equi
«Los culpables siempre se hacen pasar por inocentes, pero lo contrario no es algo que suela ocurrir».
El secreto de la caja del relojNancy Styles
… a disfrutar de la emoción de un fin de semana para aficionados a la novela de misterio en el encantador enclave de Rook Hall, un hotel rural situado en Burton Makepeace House, una de las más exquisitas mansiones de Inglaterra, que ofrece una ambientación perfecta para dicha velada.
Degustarán una suntuosa cena de cuatro platos, rodeados del esplendor de nuestra magnífica Habitación Stubbs y en compañía de los dueños de la mansión: el marqués y la marquesa de Milton. Después compartirán café y licores en la comodidad de la Biblioteca, diseñada por Robert Adam, mientras descubren y siguen la multitud de pistas que los llevarán a una fascinante búsqueda del asesino.
El precio es de 1250 £ por persona, sin IVA, con alojamiento en habitación doble. En dicho importe están incluidas todas las comidas, entre ellas un magnífico bufé de desayuno, servido en la preciosa Sala de estar, de estilo Downton Abbey. Para hacer efectiva la reserva se requiere un depósito de 300 £ por persona, no reembolsable. Háganla cuanto antes, porque las plazas son limitadas. Si tienen cualquier duda o pregunta, pónganse en contacto con nosotros a través del siguiente correo electrónico: [email protected]
Como estaba previsto, se reunieron en la Biblioteca antes de la cena. No había sitio para que se sentaran todos, así que alguien bromeó preguntando si iban a jugar a las sillas musicales.
—¿Podríamos hacerlo? —preguntó el comandante Liversedge, animado por la idea.
El comandante y sir Lancelot Hardwick fueron caballerosos y optaron por quedarse de pie.
—¿Pero qué pretenderán con todo esto? ¿Ustedes qué creen? —intervino el reverendo Smallbones—. Espero que haya una buena cena para compensarnos por tanta espera —añadió, quejumbroso.
—¿Y esas bebidas prometidas? —preguntó Guy Burroughs en voz demasiado alta.
—Qué hombre más insufrible —murmuró la condesa Voranskaya, que no podía ocultar el desagrado que sentía por el insolente actor estadounidense.
—Sí, ¿dónde está Addison con el jerez? —apoyó sir Lancelot, y volvió a tocar la campanilla. Notó la expresión de desagrado en la cara del bajito y fastidioso detective suizo, René Armand, y se echó a reír—. No se preocupe, monsieur —añadió—. Tenemos un coñac excelente.
—Me temo que debemos tomárnoslo con calma —sugirió el reverendo Smallbones—. Esa ventisca de ahí afuera significa que nos vamos a quedar aquí encerrados un tiempo.
—¡Atrapados! —exclamó la condesa Voranskaya, con acento eslavo y tono pesimista.
El grupo se sumió en un silencio un poco incómodo. Se oyó un evidente suspiro de alivio cuando entró Addison y le dijo a sir Lancelot:
—¿Ha llamado, señor?
—Sí, Addison. Queríamos…
—Perdonen si mi pregunta es un poco tonta, pero estoy confundida —susurró lady Milton—: ¿quién es Addison?
—El mayordomo —contestó Reggie también en voz baja.
—Es muy enrevesado. Es que hay tantos…
—Lo sé, lady Milton, pero supongo que irán cayendo uno a uno. Es lo que suele pasar.
—¿En serio?
—Santo Dios —dijo Jackson Brodie entre dientes—. Si esto se alarga mucho más, los mataré yo a todos.
—Y eso que todavía no ha empezado de verdad —comentó Reggie.
Lo cierto era que todo había comenzado una semana antes, cuando Jackson aceptó un nuevo cliente. Dos, en realidad, porque vinieron en pareja (resultó que eran mellizos): Ian y Hazel, la progenie en edad de jubilación de la recientemente fallecida Dorothy Padgett. A Jackson no le cayó muy bien Hazel cuando lo llamó por teléfono, pero ella le pidió que fuera a Ilkley, a «la escena del crimen», como la calificó, y allí había un local llamado Bettys Café Tea Rooms que Jackson no había probado. Aunque si aceptó, no fue por el canto de sirena de un bollito tostado, sino más bien por la promesa de un poco de orden, de una especie de santuario incluso. «Un lugar limpio y bien iluminado», dijo su ex, Julia, cuando intentó explicarle la razón de su atracción. «Es una cita de Hemingway y no finjas que lo sabías, porque sé que no es así». Tenía razón, no tenía ni idea, pero estaba bastante seguro de que no se iba a encontrar a Hemingway en Bettys, zampándose un pastelito glaseado. Ese pobre escritor no sabía lo que se estaba perdiendo.
—¿Y ahí era donde estaba colgado el cuadro? ¿En el dormitorio de su madre? —preguntó Jackson, mirando la marca en la pared.
Era como si lo que había antes allí se hubiera desintegrado. Le vino a la cabeza Hiroshima. Y lo puso de mal humor sentir el peso de la historia sobre sus espaldas. Sin duda, su hijo adolescente, Nathan, no iba a librarlo de esa carga.
—Sí —aseguró Hazel Sanderson, de soltera, Padgett.
Antes de jubilarse había sido profesora de geografía. Cuando Jackson iba al colegio, la geografía consistía en dibujar mapas, colorearlos y, si cometías algún error, ganarte un golpe en el dorso de la mano con una regla de madera. Tal vez las cosas habían cambiado desde entonces. O quizá no.
—Era un retrato —aportó Ian—. Pequeño, de veinticinco por veinticinco centímetros sin el marco. Aproximadamente —añadió, por si había dado la impresión de que se había entretenido en medirlo (que seguro que sí, pensó Jackson).
Ian se había jubilado después de trabajar en «el mundo de los seguros», y tenía la pátina apagada y deslucida de alguien que se había pasado la vida en un interior.
—Añádale otros cinco centímetros del marco —puntualizó—. Era elegante, dorado.
—Pero no de oro, claro —se apresuró a aclarar Hazel.
—Ha desaparecido todo —continuó Ian—. No lo han cortado para separarlo del marco, como suelen hacer los ladrones. —(Había estado echando un vistazo por internet, estaba claro, pensó Jackson)—. Era muy… —Ian intentó encontrar la palabra adecuada—. Portátil —concluyó.
¿Portátil? A Jackson le parecía que no había oído nunca esa palabra aplicada a una obra de arte. Aunque era una cualidad destacable si lo que pretendías era robarla.
—Databa del Renacimiento —afirmó Hazel.
—¿El Renacimiento? —Eso tampoco se lo esperaba. «Renacimiento» debía de equivaler a «un montón de dinero». Pero qué sabría él, que tendría dificultades para diferenciar un Rembrandt de un Renoir. En la casa en la que se crio Jackson, una reproducción de Woolworths de Chinese Girl,de Tretchikoff, se consideraba arte de primer nivel.
—Siglo xv, puede que xvi —especificó Hazel, mirándolo de arriba abajo como si ya estuviera dudando de sus capacidades.
Supuso que ella era ese tipo de mujer que asumía que él era idiota desde el principio; últimamente parecía que no conocía a ninguna que no fuera así. Tenía una postura defensiva, con los brazos cruzados apoyados en su barriga rotunda. Grasa visceral, pensó Jackson. Había estado aprendiendo esas cosas gracias a su hija, Marlee, el Fantasma del Futuro.
—Era el retrato de una mujer —siguió explicando Hazel—. No tenemos ni idea de quién era ella, ni tampoco el artista que la pintó. —Los dos Padgett se quedaron mirando el hueco en la pared, como si así pudieran hacer que reapareciera la imagen de esa mujer anónima.
—¿Era valioso? —preguntó Jackson.
—No lo sabemos —contestó Hazel sin darle importancia—. Pero casi seguro que no valía mucho. Su valor es más sentimental que monetario. —No parecía una persona que le diera mucha importancia a lo sentimental.
—Nunca lo tasamos ni lo intentamos asegurar —añadió Ian, uniendo sus esfuerzos a los de su hermana—. Nada parecido.
¿No estaba asegurado? The Willows le había parecido una de esas casas donde confiaban mucho en los seguros. Sin duda Ian lo hacía, ya que se había dedicado a eso durante ¿cuánto? ¿Cuarenta años?
—Cuarenta y cinco —corrigió el hombre—. Empecé muy joven.
El alma de Jackson se encogió al pensar en soportar una esclavitud como esa durante casi medio siglo.
—No conocemos su «procedencia», como dicen en el mundo del arte —aclaró Hazel, pronunciando la palabra con cuidado, como si fuera peligrosa. Significaba algo para ella, pensó Jackson—. Nuestro padre lo compró barato tras la guerra, en una subasta del contenido de una mansión que acababan de vaciar.
—Nadie quería cosas antiguas entonces, ¿verdad? —intervino Ian.
Jackson tuvo la clara sensación de que los dos estaban recitando un guion. Algo que habían pactado de antemano. Pero eran unos actores muy malos, sobre todo Ian.
—Me temo que sus orígenes se pierden en la noche de los tiempos —comentó Hazel—. Lleva colgado en el dormitorio de nuestra madre toda la vida, desde que tenemos memoria, ¿verdad, Ian?
Él respondió enseguida al pie que le daba su hermana.
—Sí, sí —confirmó, asintiendo con mucha energía. Si seguía así, se iba a lesionar el cuello, pensó Jackson—. Mi madre decía que le gustaba verlo al despertarse —continuó—. Y cuando se iba a dormir también, supongo. Le encantaba ese cuadro.
El recordatorio espectral (una marca cuadrada en el papel pintado, enmarcada por una leve acumulación de polvo) estaba en la pared que había enfrente de la cama de matrimonio en la que había fallecido su madre. Su lecho de muerte, pensó Jackson. Dorothy Padgett no se iba a despertar más veces. Nunca. Y debía de dormir con la puerta cerrada, porque era la única forma de que pudiera ver el cuadro desde la cama.
Observó la colcha con estampado de flores y volantes, y las fundas de almohada a juego. Había una mañanita de croché sobre la colcha, y sintió la necesidad de tocarla, para ver si aún seguía caliente. Lo más perturbador de todo eran las gafas, que ella no iba a volver a usar, muy bien colocadas en la mesita. Tenían las gruesas lentes de culo de vaso de los que están casi ciegos. A Dorothy Padgett le habría costado bastante ver el cuadro al despertarse por la mañana.
La anciana, viuda de noventa y seis años, había muerto un par de días antes, mientras dormía, porque se le paró el corazón cansado, y los buitres ya estaban alimentándose de la carroña. Jackson no quería morir mientras dormía y que la llegada de la Parca lo pillara desprevenido: prefería enfrentarse a ella con los ojos bien abiertos. Tampoco es que aún estuviera preparado para morir. Todavía le quedaban cosas que hacer en este mundo: ver a su hija feliz, mantener a salvo a su nieta, convencer a su hijo de que dejara el móvil y moviera el culo.
En el breve tiempo que había pasado desde que su madre se fue al otro mundo, Ian y Hazel ya habían revisado toda esa casa de Ilkley, y habían puesto pegatinas de colores en todos sus enseres: rojos para Hazel y azules para Ian. Jackson se preguntó de qué color sería el punto que tendría el cuadro desaparecido, porque, al parecer, los dos tenían el mismo interés por él. La mezcla del rojo y el azul daba morado. El color imperial. Había estado leyendo a Robert Harris.
Los hermanos no habían perdido el tiempo y ya habían ido a ver a los abogados.
—Ya sabíamos lo que ponía en el testamento, claro —afirmó Hazel—. Solo queríamos asegurarnos de que todo estaba en orden. Ahora solo queda esperar a que un juez lo legalice.
—¡Sin sorpresas! —Ian se rio como si en algún momento hubiese temido que su madre les hubiera tendido una emboscada en sus últimas voluntades y hubiese donado sus bienes a un refugio para gatos o, peor, a su cuidadora, Melanie Hope. Pero no.
—Hay que dividirlo todo en partes iguales entre los dos —informó Hazel.
—Partirlo justo por la mitad —aportó Ian, sin necesidad, y se ganó una mirada gélida de su hermana, por haber hablado de más. Estaba claro que, en ese guion pactado que tenían, había mucho que leer entre líneas.
La casa de Dorothy Padgett era un lugar pasado de moda y lleno de cretona. Estaba en una calle tranquila y cara. Desde el piso de arriba se veía el paisaje campestre y, más allá, se distinguía la Ilkley Moor, famosa por la canción que se titulaba On Ilkley Moor Baht’ At, que cantaba Jackson cuando iba al colegio, hacía más o menos un milenio. Hablaba de un hombre sin sombrero que encontraba la muerte en Ilkley Moor, después se lo comían los gusanos, los patos se merendaban a los gusanos y al final las aves acababan en la mesa. El círculo de la vida, mucho antes de que llegara El rey león.
Una casa como The Willows no estaría a la venta mucho tiempo. Valía más de un millón de libras (Jackson se había convertido en un experto rastreador del contenido de las webs de inmobiliarias), aunque, aparte de las vistas, no había nada en ella que a él le pareciera atractivo. Una casa independiente, de piedra, del periodo de entreguerras, con cuatro dormitorios y un jardín enorme. Ya nadie construía casas con jardines tan grandes. Jackson estaba tan familiarizado con el tema porque había estado buscando casa últimamente. Desde hacía ya un tiempo la mayoría de su trabajo se centraba en esa parte del mundo, su vida amorosa (si podía llamarse así, porque el amor tenía poco que ver con ella) también estaba allí, y le parecía un buen momento para volver a echar raíces. Al fin y al cabo ya era abuelo, el patriarca de una dinastía. («No te subas a la parra», le habría dicho su padre). Se sentía orgulloso de sí mismo por ser tan sensato y tan maduro.
Se había pasado varias semanas siéndolo y después se compró un Land Rover Defender para compensar. Era un vehículo enorme y muy potente. Nuevecito, el modelo con las mejores prestaciones de la gama, 518 caballos en un motor V-8, con todos los extras disponibles. Le había costado un riñón, pero no se arrepentía de nada. Se podía vivir en un Defender, si era necesario, pero no se podía conducir una casa. La imagen tan poderosa y masculina que proyectaba solo quedaba un poco estropeada por la presencia de la sillita de bebé de su nieta en la parte de atrás.
Hacía poco que había pasado un mes en el atestado y carísimo apartamento de su hija en Londres, cuidando de su nieta. Todos los preparativos que había hecho Marlee para cuidar de su hija cuando se le acabara la baja por maternidad se habían desmoronado justo cuando tenía que volver al trabajo, así que lo llamó para pedirle ayuda. Fue un bautismo de fuego para los tres.
Su nieta se llamaba Niamh, como la hermana de Jackson que murió asesinada. Él no estaba muy convencido de que fuera una buena idea ponerle a la niña el nombre de alguien que había tenido una muerte trágica, pero Marlee insistió en que se llamara como la tía que nunca conoció.
Agotado, hundido hasta las rodillas en pañales y cubierto de todo tipo de fluidos corporales, Jackson fue consciente de que apenas había contribuido al cuidado infantil cuando sus dos hijos eran bebés. En el caso de Marlee, muy poco, y en el de Nathan, absolutamente nada (aunque no fue culpa suya, se disculpó). Era un mundo de mujeres.
—Pues te acabas de convertir en miembro honorífico del género femenino —afirmó Marlee entre risas.
—Hace tiempo que lo soy —contestó él.
—No te engañes —dijo Marlee.
—¿Le parece que vayamos al salón?
Hazel lo sacó del dormitorio y lo llevó al piso de abajo, a una habitación con grandes puertas cristaleras que tenían vistas al patio y al jardín que había más allá. Una butaca de respaldo alto, muy desgastada, miraba hacia los árboles desnudos. The Willows (Los Sauces) tenía, como su nombre indicaba, un par de enormes sauces llorones en el jardín de atrás, con las ramas peladas porque era invierno.
—Recuerdo que mi padre los plantó cuando nos mudamos a esta casa —contó ella—. No durarán mucho más. Los sauces no son árboles longevos, como los robles o los pinos.
—O las hayas —aportó Ian, asintiendo con parsimonia—. O los sicómoros.
Jackson se preguntó si iban a enumerar todas las especies de árboles.
Era una casa grande para una señora tan menuda y anciana (la chaqueta de cama que llevaba era diminuta, como de una muñeca grande), pero, por supuesto, se trataba de la casa familiar, «donde nos habíamos criado. Hazel y yo. En los cincuenta abandonamos Leeds y nos vinimos a vivir aquí», le había contado Ian.
En las paredes se veían las fotos escolares de rigor, una variedad de niños con uniforme, a los que les faltaban dientes, pero que habían arreglado y repeinado para la foto oficial.
—¿Los nietos de la señora Padgett? —preguntó Jackson.
—Y tenía bisnietos también —respondió Hazel—. Ian y yo tenemos dos hijos cada uno, y ambos tienen dos hijos también. —Parecía más un problema matemático que un árbol genealógico.
Había más fotografías a la vista sobre un aparador, que era uno de esos estilizados de madera de teca que marcaron la introducción del estilo escandinavo en el sombrío modo de decoración típico de la posguerra en Gran Bretaña. Era probable que en la actualidad se considerara una antigüedad moderna, si eso no fuera una contradicción en sí misma. Había unas estanterías a juego y una mesa con seis sillas en el comedor. Los Padgett se habrían considerado muy modernos en su época. Jackson sabía, por su incursión en el mundo inmobiliario, que los comedores ya no estaban de moda. Tampoco había una habitación de ese tipo en la casa donde él se crio. Comían en la cocina, clavándose los codos huesudos unos a otros cuando se sentaban todos alrededor de una mesa con superficie de formica. Poco a poco, todos los miembros de su familia fueron desapareciendo por culpa de asesinatos, suicidios o cánceres, un trío de puro dolor que acabó convirtiendo aquella mesa en un páramo.
Solo había una fotografía de todos los Padgett en familia: en color, aunque ya amarilleaba, de los sesenta, en la que estaban los dos progenitores y unos Ian y Hazel adolescentes. Dorothy tenía una sonrisa un poco tímida, como si estuviera haciendo todo lo posible por compensar, delante del fotógrafo, lo que trasmitía el resto de su malhumorada familia, que tenía una cara propia de alguien que acabara de escuchar algo muy irritante.
—Mi madre y mi padre intentaron tener un bebé durante años —explicó Hazel—. Llevaban casi diez años casados cuando por fin consiguieron adoptar.
—Adoptarnos a nosotros —precisó Ian, por si acaso. Hazel puso los ojos en blanco.
Eran como un dúo cómico, pero sin gracia. Hazel, con la necesidad constante de reivindicar su jerarquía, no había dejado pasar la oportunidad de decirle a Jackson que era mayor que su hermano, porque había nacido «media hora antes» que él.
Ella cogió una foto de boda en un marco de plata y se lo tendió a Jackson diciendo:
—Mi padre y mi madre el día de su boda.
Dorothy le sonreía a la cámara, mostrando unos dientes torcidos previos a la guerra. La joven novia daba la impresión de estar deseando quitarse los tacones y ponerse a bailar allí mismo, mientras que el hombre que tenía a su lado parecía querer apoltronarse de por vida en un sillón, con un vaso de media pinta de Tetley’s cerca.
—Solo tenía dieciocho años. Trece menos que mi padre —añadió Ian.
—Dieciocho… —murmuró Jackson. En aquella época, con dieciocho ya se era mayor. Su hijo, Nathan, iba a cumplir dieciocho ese año. Pensar que con esa edad tuviera la madurez suficiente para casarse le parecía descabellado.
—El banquete se celebró en el salón municipal y consistió en té y pastel de cerdo —continuó Hazel, como si le hubiera gustado que esa frugalidad continuara en la actualidad. Tal vez no estaría mal. Mejor que llevarte a todos los invitados a la boda al Caribe durante una semana, pero a su costa. Eran otros tiempos y otras costumbres. Jackson estaba seguro de que había una expresión en latín para decir eso.
—¿Y esta? —dijo, cogiendo otra fotografía. Era el padre durante la guerra, con uniforme militar de correo de despachos, posando muy orgulloso junto a una moto.
—El Alamein —contestó Ian.
Harold Padgett estaba muy moreno, pero tenía unos círculos blancos alrededor de los ojos por las gafas de conducir. Llevaba un uniforme de color caqui que parecía sucio: los pantalones y la camisa estaban arrugados y las botas, polvorientas. Jackson se imaginó que la higiene personal no era lo primero en la lista de prioridades de los hombres que luchaban en la campaña del norte de África.
—La moto es una Royal Enfield —continuó Ian—. Y el arma, una Smith and Wesson .38/200.
Jackson tuvo que contener su cinismo (un arte que dominaba, porque no le faltaba práctica). Lo más cerca que había estado Ian de un arma sería alguna vez que hubiera ido a disparar al plato con los colegas del trabajo, e incluso Harold, al ser correo, lo más probable es que se hubiera pasado toda la guerra sin disparar el arma que llevaba ni una vez.
—Estaba en Señales —prosiguió él—. Trabajó para muchos regimientos diferentes: Dunquerque, Norte de África, Sicilia, Italia, Alemania. Acabó en el 11.º Regimiento de Húsares, y entró en Berlín con ellos. Soy un aficionado a la historia, señor Brodie. —Se le veía a punto de dejarse llevar por la nostalgia, pero continuó, decidido—. A mi padre siempre le gustaron las motos y tuvo una durante años después de la guerra. Una Vincent Black Lightning, comprada nada más salir de la línea de producción, en 1948. Antes de eso tenía una antigua BSA con sidecar, y viajó en ella con mi madre por toda Inglaterra, antes de que llegáramos nosotros.
—Bueno, por «toda Inglaterra» no, solo por el norte —corrigió Hazel, con ese afán puntilloso suyo—. Era un hombre de Yorkshire y orgulloso de serlo. Ni siquiera visitó nunca Londres. Decía que aquí tenía todo lo que necesitaba.
Jackson era un «fetichista de los coches» (descripción de su hija), pero le daban igual las motos, aunque sí que sabía que una Vincent Black Lightning nuevecita, después de la guerra, no tuvo que salir nada barata. Y Harold Padgett no solo se había podido permitir comprarse la moto, sino también el desembolso para empezar su imperio cárnico. ¿De dónde salió tanto dinero? Como si hubiera oído la pregunta que le daba vueltas en la cabeza, Ian contestó:
—Creo que mi padre fue lo que en aquellos tiempos se llamaba «un oportunista».
Hazel lo fulminó con la mirada y dijo:
—Dicho así, suena como si fuera un delincuente, Ian. Y lo que pasa es que se le daba bien encontrar y aprovechar gangas. En realidad era un pilar de la comunidad.
—Y maestro de su logia —aportó Ian.
—Ah —respondió Jackson. Siempre había desconfiado de las sociedades secretas. Tal vez porque nunca le habían invitado a unirse a una.
—También era miembro asiduo del club de los conservadores locales —añadió Ian—. No había nada que le gustara más a papá que un par de pintas de cerveza y una partida de billar con sus amigos. Que eran sobre todo comerciantes. Son una raza aparte. Una clase en sí mismos.
Menudo perfil de su padre estaban haciendo. ¿Pretendían utilizar todas sus credenciales burguesas para proporcionarle una justificación a su carácter «oportunista»? ¿O es que se habían pasado toda su infancia oyendo repetir, una y otra vez, la larga retahíla de los logros de su padre? Tal vez se los habían grabado en el cerebro a base de mucho machacárselos. No podía estar seguro en el caso de Hazel, pero a sus setenta años, Ian tenía el aire nervioso de un superviviente. Jackson lo había visto muchas veces y era capaz de reconocerlo al instante.
—Y el golf, claro —continuó Hazel, como si eso fuera obvio y no hiciera falta ni mencionarlo—. Fue capitán del club local una temporada.
—Sí, no se puede negar que nuestro padre vivió una vida plena y muy interesante —concluyó Ian.
Jackson podría haber discrepado ante esa conclusión. Golf, masonería y billar tal vez en algún momento se consideraron cosas peculiares, pero «interesantes» no sería la palabra más adecuada para esas aficiones; «desquiciantemente aburridas» le parecía una descripción más precisa. ¿Pero qué sabía él? Harold, fuera un héroe o no, había conducido su moto por varios continentes durante la guerra. Jackson también había estado, tanto tiempo atrás que parecía que habían pasado varias vidas, en Irlanda del Norte, Bosnia y el Golfo. Y esos lugares habían sido muchas cosas, pero no fueron aburridos, ni mucho menos.
—¿Y su madre? —preguntó.
¿La mujer que acababa de morir no merecía también que le contaran algo sobre su vida? ¿Presumían sus hijos de la reputación de su madre con el mismo entusiasmo que hablaban de su padre, o ella era solo un apéndice de la vida de Harold y todos sus pasatiempos masculinos? ¿Le recompensaría su lealtad de esposa llevándola en alguna ocasión a cenar y a bailar al club de golf? Quizás estaba siendo sexista al no considerar la posibilidad de que a la fiel esposa Dorothy también le gustara de vez en cuando ir a hacer algún birdie que otro y sacar la pelota del campo, o lo que fuera que hicieran los aficionados al golf.
Ian se echó a reír.
—Nuestra madre no tenía nada que ver —dijo—. Le gustaban los bailes de salón, pero papá tenía dos pies izquierdos, así que iba a bailar con una amiga.
—Eran solo amigas, nada más —dejó claro Hazel.
—También le gustaban el club de lectura y las clases nocturnas, ¿verdad? —añadió Ian, mirando a su hermana—. A lo largo de los años fue a clases de todo: decoración de tartas, arreglos florales e, incluso, informática para principiantes, aunque nunca tuvo ordenador.
—E italiano, nivel conversación —aportó Hazel—, aunque nunca fue a Italia.
—Creo que nunca dijo nada en italiano, aparte de Spaghetti bolognese, per favore. —Ian soltó una carcajada. La suya era una risa extraña, como una especie de relincho, que después de un rato podía sacarte de quicio. Estaba claro que a Hazel le pasaba.
—Aunque tampoco es que fuera a restaurantes italianos cuando mi padre vivía. También hizo un curso de cocina en Le Cordon Bleu, pero a papá no le gustaba la cocina extranjera. Era uno de esos hombres tradicionales que no salía de la típica carne con dos tipos de verduras. Sabía lo que le gustaba —siguió contando Ian.
—Y le gustaba lo que conocía —sentenció Hazel.
Santo Dios, pensó Jackson. En cuanto abría la boca cualquiera de los dos, salía un tópico.
—Mamá dejó el colegio con catorce años —prosiguió Ian—. Por eso siempre tuvo el deseo de culturizarse. Además, eso le daba una excusa para salir de casa, supongo. Y de la tienda también. Papá era un poco tirano —confesó con un hilo de voz.
Ah, ahí estaba la revelación, se dijo Jackson. Ian y Hazel se quedaron callados un momento, perdidos en sus recuerdos compartidos, y Jackson vio un destello de algo que estaba muy enterrado. Esa adoración de la faceta de héroe de Harold era una perversa cortina de humo.
—Ella también pasaba mucho tiempo escribiendo, ¿verdad? —comentó Ian, tras volver al presente.
—¡Ian! —exclamó su hermana, pero él no registró el tono de advertencia en su voz.
—Siempre estaba escribiendo historias y… —Se detuvo en seco y el resto de la frase se despeñó por algún precipicio. Miró con cara de preocupación a su hermana y después intentó seguir, pero fue como si se hubiera quedado sin guion y se viera obligado a improvisar—. Mamá era una mujer maravillosa —concluyó, cambiando de rumbo y esperando la siguiente frase para aferrarse a ella como si su vida dependiera de ello.
Hazel intervino enseguida para echarle un cable a su hermano y rescatarlo.
—No es que fuera Jane Austen. Le gustaba escribir historias románticas, ya sabe, de esas ambientadas en castillos medievales, hospitales o remotas islas escocesas. —Se estremeció, seguramente ante la idea de cualquier tipo de romanticismo.
—Y romances en barcos —se le ocurrió a Ian—, aunque nunca se había subido a uno.
—Enviaba lo que escribía a The People’s Friend —dijo Hazel—, pero nunca llegaron a publicarle nada. Y además —añadió un poco altiva—, ya tenía bastante con ser esposa y madre.
—A veces echaba una mano en la tienda con las empanadas —dijo Ian—. Hacía unas empanadas de carne de ternera buenísimas. Las echo de menos. —(¿Más que a su madre?, se preguntó Jackson).
«Hacía unas empanadas de carne de ternera buenísimas». No era un epitafio muy espectacular, ¿verdad?
El tour por el aparador terminó con una figurita de porcelana de una mujer con un vestido de noche largo azul. Estaba en pleno giro, como si estuviera bailando un vals. Era como si acabara de salir de la versión de Disney de La Cenicienta. El poco valor estético que podía tener la figurita quedaba completamente anulado por el punto rojo que tenía en plena cara, que le cubría los rasgos casi del todo.
—Se la regalé a mamá por su sesenta cumpleaños —explicó Hazel, orgullosa de sí misma.
Para el sesenta cumpleaños de Jackson, Marlee dejó a Niamh con una niñera y lo llevó a Le Manoir aux Quat’Saisons, para que se dieran juntos una buena comilona. Mucho mejor que cualquier figurita de porcelana, dónde iba a parar.
—No es que mamá y papá fueran coleccionistas, ni nada por el estilo —prosiguió Hazel, interrumpiendo los pensamientos de Jackson, que habían vuelto al Defender, algo que le pasaba a menudo. A ese coche le gustaba el terreno difícil. Le estaba costando encontrar alguno que le sirviera para poner a prueba su potencia, y eso que tenía los brezales en la misma puerta de su casa.
—Ambos venían de hogares muy modestos —añadió Ian—. Nuestro padre era un hombre hecho a sí mismo, y estaba muy orgulloso de ello. Fundó Padgett’s, la carnicería, cuando volvió de la guerra. Había aprendido el oficio antes de que lo llamaran a filas. Padgett’s fue creciendo hasta convertirse en una pequeña cadena con presencia en todo el norte: Pontefract, Barnsley, Keighley…
—Doncaster —se le ocurrió a Hazel.
—Castleford —añadió Jackson, sorprendido al verse uniéndose a su letanía.
Se acordaba bien de Padgett’s: serrín en el suelo y olor a matadero, el mismo que identificó la primera vez que tuvo que presentarse en la escena de un asesinato sangriento… La mente se le llenó de recuerdos. Cuando su padre salía contento de la casa de apuestas, lo enviaba a Padgett’s a por chuletas de cerdo o empanada de ternera. Jackson aún recordaba el olor de esa empanada, que inundaba toda la casa cuando la calentaban en el horno. Con eso era suficiente para los dos, después de la muerte de todos los demás. Todavía se acordaba del movimiento rítmico de la enorme cortadora de aquella carnicería, loncheando delicadamente el beicon, que hipnotizaba al joven y siempre hambriento Jackson. Entonces se lo habría comido crudo. En la actualidad era un poco más comedido. Se preguntó si él habría cenado alguna de las empanadas que hicieron las manos de la recién fallecida Dorothy Padgett. Seis grados de separación. O menos, en este caso.
Los hermanos Padgett estaban sentados en un enorme sofá pasado de moda (con fundas de tela con estampado de rosas desvaído) manteniendo mucha distancia entre ambos, como si intentaran parecer cualquier cosa menos conspiradores. Se habían pasado la última hora contándole un montón de cosas que no tenían nada que ver con la razón por la que lo habían llamado. De hecho, seguía sin saber muy bien por qué lo habían hecho ir hasta allí.
—Y… en cuanto al cuadro —intentó reconducir la conversación—, ¿me pueden dar una descripción más detallada?
—Puedo hacer algo mejor —aseguró Ian, y sacó un sobre grande de un cajón del aparador de teca. De él extrajo una fotografía, que le pasó a Jackson—. La encontramos ayer entre las cosas de mamá. Es del cuadro. Así tendrá una idea clara de cómo es.
El retrato de un retrato, una foto como las que se hacían para los seguros, a pesar de que Ian negara que tuvieran uno. Era casi del mismo tamaño que el cuadro, y el marco solo era un detalle en los márgenes. Parecía profesional.
—No sabemos cuándo la hicieron —dijo Hazel—. Mamá nunca nos comentó nada.
Sobre un fondo azul oscuro, con un patrón de hojas más oscuro, se veía una mujer joven sentada, con el pelo rubio rojizo cubierto por un velo casi traslúcido. Un collar de coral le rodeaba la pálida garganta y tenía las manos, desprovistas de anillos, unidas. Entre ellas sujetaba un ramito de flores rosadas. Parecía como si supiera algo que el espectador no.
Jackson intentó recordar retratos de mujeres del Renacimiento que hubiera visto en galerías a lo largo de los años, pero solo le vinieron a la cabeza rasgos angulosos y frentes altas y pálidas. Nunca parecían mujeres de verdad. Pero la de aquel retrato sí. Daba la impresión de que en cualquier momento se iba a recoger las faldas y salir del «elegante» marco dorado para tener una conversación con el espectador. O incluso para tomarse una copa con él. Y tal vez también contarle cuál era el secreto que guardaba.
Se trataba de una mujer hermosa, con el tipo de belleza que hacía preguntarse si la pintaron inspirándose en una modelo o si era la representación de un ideal que solo existía en la imaginación del artista. Aparte de todo eso, lo más reseñable del retrato era que tenía un pequeño animal peludo acomodado en el regazo. Las diminutas florecillas rosas parecían en peligro de acabar devoradas por él en cualquier momento. Era difícil saber de qué especie era el animalillo, porque parecía tener todas las proporciones equivocadas. Al artista se le daba bien pintar mujeres, pero no tanto bestezuelas peludas. Los ojillos oscuros de la criatura no se apartaron de Jackson.
—Es una comadreja, creo —aclaró Ian—. O un armiño, tal vez.
—Esos dos son el mismo animal —corrigió Hazel—. Se llama armiño cuando la comadreja muda para pasar al pelaje blanco del invierno. —Frunció el ceño, como para recriminarle que no lo supiera.
No sabía por qué, pero en aquel momento Jackson se acordó de su madre. Ella tenía una especie de pelaje estacional, porque contaba con un «abrigo de invierno» y un «abrigo de verano», y el uso de uno u otro dependía estrictamente del calendario, y no del tiempo. El abrigo de verano era una gabardina amorfa, y el de invierno era de tweed, de segunda mano, y se lo había enviado un pariente «de casa». Tweed de Donegal, decía siempre, y Jackson se preguntaba todas las veces si ese era el lugar de procedencia de su familia en Irlanda, pero, no sabía por qué, nunca se había molestado en averiguarlo. «¿Cómo puede ser que no lo sepas?», le preguntó Marlee una vez, indignada. Los fantasmas del pasado significaban más para ella que para él. Tal vez porque a ella le quedaba muy lejos aquella pobreza que los obligó a alimentarse casi en exclusiva de patatas. La mayoría de sus antepasados huyeron de la Gran Hambruna, eso sí lo sabía, porque la memoria popular de aquello siempre estuvo presente en la mente de su madre. Se le ocurrió que debería intentar enterarse de algo más de su historia, por la nueva y recién llegada Niamh. Tal vez le vendría bien contratar a un genealogista. ¿Pero quién se creía que era?
Su madre llamaba «casa» a Irlanda, no al lugar en el que vivía con su marido y sus hijos. Jackson se estaba acordando mucho de su madre últimamente. No sabía por qué. Le resultaba casi imposible creer que ella solo tuviera poco más de cuarenta años cuando murió. Entonces le parecía muy mayor.
—¿Señor Brodie?
—Sí, perdón. ¿Podría ser un hurón? —aventuró Jackson.
Su hermano tenía hurones y hacía caza furtiva con ellos. Era una de esas cosas del norte. Su padre se libró de los animales después de que su hermano se suicidara, pero Jackson nunca le preguntó qué hizo con ellos. Los recuerdos de los Padgett parecían haber abierto una escotilla que daba al pasado, pero él la cerró enseguida. Por si se colaban por ella los fantasmas.
—Una garduña —adjudicó Hazel para concluir la disputa—. Mamá decía que era una garduña.
¿Quién habría hecho la fotografía?, les preguntó Jackson.
—Ni idea —continuó Ian—. Como ya le he dicho, acabamos de encontrarla.
—¿Me la prestan? —pidió Jackson.
—Pero devuélvanosla —exigió Hazel. Si no, le daría un golpe con la regla, supuso Jackson.
Le dio la vuelta a la fotografía y vio que había algo escrito detrás, con esa letra que ya no se enseñaba en los colegios: «Septiembre 1945. Ottershall».
—¡Sí! —exclamó Hazel—. De hecho, encontramos esto con la fotografía. —Con una floritura triunfante, propia de un ilusionista, sacó un trozo de papel y se lo dio. Era antiguo y frágil, y parecía un folleto de publicidad de una casa de subastas de Newcastle; anunciaba que el 20 de septiembre de 1945, a las 10:00 de la mañana, habría una subasta de «el contenido íntegro de Ottershall House».
—Una prueba —dijo Ian con una risita tímida.
—Papá debió de comprar el cuadro ahí —aventuró Hazel, por si Jackson no era lo bastante listo para hacer la conexión por sí solo.
No sabía por qué le producían tanto recelo esos dos. Pero no lo podía evitar. A veces el instinto era la mejor guía.
—¿Reconocen la letra? —preguntó.
Los dos respondieron al mismo tiempo.
—No —dijo Hazel.
—Es la de mamá —contestó Ian.
Los dos se miraron sin decir nada un momento, hasta que Hazel aclaró:
—Podría ser la de nuestra madre, pero es una letra muy común entre la gente de su edad, ¿no le parece?
—Y su padre, ¿ya había vuelto de la guerra en septiembre?
—Lo licenciaron antes de tiempo, por motivos médicos — señaló Ian.
—¿Cuáles?
—¿Podríamos volver al robo? —interrumpió Hazel.
—Claro, disculpe —concedió Jackson, solícito—. ¿Por qué no me cuentan qué ocurrió el día que desapareció el cuadro? En detalle.
—El día que lo robaron, querrá usted decir —insistió ella con terquedad.
—Háblenme de Melanie Hope. Era la empleada interna que cuidaba de su madre, ¿no? ¿La contrataron a través de una agencia?
—Eso creíamos —contestó Hazel—. La cuidadora anterior de nuestra madre se fue. En realidad ella no necesitaba muchos cuidados porque tuvo bastante movilidad hasta las últimas semanas. Mel apareció un día en la puerta, sin más. Creímos que… ya sabe… Que venía de los Servicios Sociales. Que nuestra madre se había puesto en contacto con ellos.
Mel limpiaba, cocinaba y hacía la compra. Como habría hecho una hija, pensó Jackson. O un hijo, se corrigió enseguida, cuando todas las mujeres de su vida enarcaron una ceja acusatoria al mismo tiempo.
—No quería ir a una residencia —añadió Hazel.
O tal vez fue cosa de esos dos, que no estuvieron dispuestos a ver reducida su herencia por culpa de las astronómicas mensualidades que se pagaban en las residencias. Jackson sabía un poco del tema porque había tenido un caso reciente en el que una familia, que sospechaba que podía haber algún tipo de maltrato, le pidió que comprobara si cuidaban bien a una pariente mayor que estaba en una de esas residencias. Y él descubrió, gracias a una cámara oculta que instaló en un reloj que tenía la residente en su habitación, que la trataban bastante mal. Así que al final Dorothy Padgett había tenido suerte de encontrar a Melanie Hope, y el robo de un cuadro antiguo tampoco era un precio tan elevado que pagar por sus atentos cuidados.
No había cámaras ocultas en The Willows; tampoco de seguridad ni sistema de control de entrada en la puerta; nada que monitorizara las entradas y salidas de Melanie Hope ni de cualquier otra persona. Era una zona cara y Dorothy Padgett era mayor y vulnerable. ¿Qué tipo de parientes no se aseguraban de estar pendientes de ella, aunque fuera solo a través de la lente de una cámara?
—Descríbanme lo que pasó ese día.
Al parecer, Melanie Hope le había llevado a Dorothy una taza de té por la mañana «como siempre», pero no pudo despertarla. Entonces llamó al médico de la anciana, que a su vez se puso en contacto con Hazel.
—Nuestra madre murió mientras dormía —concluyó ella.
—Vinimos lo antes posible, como es lógico —prosiguió Ian, siguiendo donde lo había dejado su hermana—. Hazel vive en Halifax y yo, en Otley, que solo está a quince minutos por la A65, aunque esa mañana hubo un accidente en la autopista, así que tuve que coger Moor Road, por la que normalmente se llega en veinte minutos, o tal vez un poco más, pero…
El exsuegro de Jackson era igual que Ian: tenía fotos de todo lo que había hecho en sus vacaciones en Sitges, desde el aeropuerto y el viaje en tren hasta todo lo que había bebido y comido allí. Una pena que muriera antes de la era de Instagram. Ian seguía con su retahíla.
—… West Lane, que en realidad es una ruta más corta, pero se tarda más. —Que alguien lo detenga, por favor, pensó Jackson.
—Ian —dijo Hazel con su voz de maestra de escuela—, no hace falta que sigas. —Ella cogió el testigo—. Cuando llegamos, el médico ya había pasado por aquí y se había marchado. Estas cosas siempre suponen un shock, ¿no cree? Incluso cuando te las esperas.
—Se la veía muy en paz —aportó Ian—. Es un consuelo para nosotros.
Ese era uno de esos tópicos que la gente se sacaba de la manga en momentos como ese, ¿verdad?, pensó Jackson. Él había visto muchos muertos y no diría que estaban en paz. Lo que estaban era muertos.
—Y Melanie Hope, ¿seguía en la casa cuando llegaron?
—Sí. Y fue de gran ayuda —reconoció Hazel—. Le cepilló el pelo a mamá, ordenó la habitación, preparó té para todos, porque los de la funeraria ya habían llegado también, pero después recibió una llamada y dijo que tenía que irse. Al parecer, su hermana no se encontraba bien y ella iba a recoger a su sobrino del colegio.
—¿La vieron responder a esa llamada?
—Salió al pasillo a hablar. No oímos la conversación. Yo no acostumbro a espiar a la gente, señor Brodie —respondió con tono ofendido. Jackson se apostaría la camisa a que ella se ponía a espiar detrás de una puerta a la menor oportunidad.
—¿Y saben cómo se llama esa hermana?
Ninguno de los dos tenía ni idea.
—Ni siquiera sabíamos que Mel tenía una hermana hasta ese día, la verdad —confesó Ian—. Nunca hablaba de su familia. Y tampoco es que fuéramos íntimos. —Pareció escandalizado por la palabra que acababa de salir de su boca. Y Hazel también.
—Quiere decir que solo teníamos una relación profesional con ella —se apresuró a aclarar—. Nada personal.
—Por supuesto —dijo Jackson para tranquilizarlos—. Entonces se fue y no la han vuelto a ver.
—Dijo que volvería al día siguiente, ayer, para ayudarnos con los preparativos del funeral y a preparar la casa para la venta, pero… —¿El cuerpo de su madre no estaba frío del todo y ya estaban deseando poner el cartel de «Se vende» en la entrada?
—¿Y cuándo se dieron cuenta de que faltaba el cuadro?
—Unas horas después. La llamamos enseguida para preguntarle si sabía qué había pasado con él, pero no respondió. Ni nos ha cogido el teléfono desde entonces.
—¿Alguien la vio salir?
—La verdad es que no —reconoció Hazel—. Había mucho lío. Y ella siempre llevaba un bolso grande, de los de colgarse del hombro. Recuerdo que una vez le dije: «Madre mía, Mel, ¿pero qué llevas ahí dentro?». —Hazel se había vuelto una actriz tan mala como su hermano—. Pudo descolgar el cuadro de la pared y meterlo en ese bolso. Parecía que nunca había roto un plato, pero todo era mentira —sentenció con amargura.
—Encontramos una dirección suya en la agenda de mamá —añadió Ian—. De Leeds. Nosotros no hemos ido, pero hemos pensado que podría ir usted.
¿Por qué?, se preguntó Jackson. ¿Es que le tenían miedo a Melanie Hope? No parecía nada amenazadora, al menos a juzgar por la descripción genérica que le había hecho Ian: treinta y tantos, delgada, rasgos normales, pelo claro («Llevaba mechas», rectificó Hazel) y ojos verdes («No, marrones»).
—¿Guapa? —preguntó Jackson, aunque no le interesaba la respuesta, sino el efecto que produjera la pregunta, sobre todo en Ian.
Él hizo una mueca casi imperceptible.
—Supongo que sí —admitió. Eso quería decir que definitivamente sí, pensó Jackson.
Hazel se encogió de hombros con indiferencia, como si nunca se lo hubiera planteado. Pero sí que lo había hecho, se dijo Jackson. Ella nunca había sido una mujer guapa.
—Era lo que la gente llama «menudita» —continuó—. Uno cincuenta y cinco o sesenta. —Hazel era una mujerona grande y huesuda. La mayoría de las mujeres parecerían pequeñitas a su lado.
Y entonces Jackson hizo la gran pregunta:
—¿Y por qué no llamaron a la policía?
Los dos se miraron. Fue Ian quien contestó.
—Mel se portó muy bien con nuestra madre, no queremos perjudicarla. Si pudiéramos arreglar esto de forma amistosa, mejor. No hace falta implicar a las fuerzas del orden. Solo queremos encontrarla y recuperar lo que nos ha robado.
—Y que nos devuelva las llaves de la casa, de paso, porque no nos las dio antes de irse —añadió Hazel.
—Es posible que ya haya vendido el cuadro —señaló Ian—. Con la ayuda de algún «intermediario» —añadió con la misma delicadeza peculiar que había mostrado su hermana al pronunciar la palabra «procedencia». Esa gente había visto demasiadas series policiacas, pensó Jackson.
—Pero me han asegurado que el cuadro no tenía ningún valor económico —comentó Jackson, perplejo.
—Lo que le he dicho es que no tenemos ni idea de si tiene algún valor —refunfuñó Hazel—. Queremos recuperar el cuadro. No es por su valor monetario, sino…
—Por el sentimental —concluyó Jackson—. Sí, ya me lo ha dicho.
Melanie Hope había vivido en The Willows cuatro meses. ¿Qué tipo de persona estaba dispuesta a invertir meses de su vida para conseguir acceso a una casa? Eso sí que era planificar a largo plazo. ¿Se había instalado allí a la espera de su oportunidad para llevarse algo que sabía que tenía más que «valor sentimental»? ¿O había sido un robo oportunista? Tras semanas de hacer tareas domésticas por un sueldo bajo, ¿simplemente había aprovechado la oportunidad para mejorar sus circunstancias?
Jackson había examinado la habitación en la que dormía Melanie Hope. No podría haber sido más minucioso aunque hubiera llevado una lupa. El dormitorio estaba al lado del de Dorothy y tenía un tamaño razonable y baño incorporado. Su decoración floral de color melocotón gritaba «moda de los ochenta». Habían quitado toda la ropa de cama y, según Hazel, la habían lavado, pasado por la secadora y doblado para volver a guardarla en el armario de la ropa de casa. La de Dorothy era una de esas casas que tenía un armario solo para eso. Se había dejado un par de prendas de ropa en la cómoda: baratas y prácticas, deportivas, lo que se pondría alguien para hacer tareas domésticas, además de una que parecía un gabán, marrón con un borde amarillo, que convertiría a cualquier mujer en invisible nada más ponérselo. No encontró adornos, nada personal, aunque había dejado una novela de misterio abandonada en la mesita de noche: ¡Escucha, escucha! Los perros ladran, de Nancy Styles. El nombre de la autora le sonaba de algo: novelas de «misterio amable», antiguas. Jackson no leía novelas de misterio; había visto demasiados en la realidad y nunca resultaban «amables», ni mucho menos.
También en la habitación en la que dormía Melanie encontró, ¡atención, pista!, un libro caro, de tapa dura y brillante, que se titulaba Retratos del Renacimiento. Tal vez Melanie se lo había comprado a Dorothy en The Grove Bookshop, y las dos habían pasado buenos ratos juntas mirándolo e intentando identificar al artista, o la intención que había detrás de Mujer con garduña.
Nunca sabría cómo fue la relación de Dorothy y Melanie durante esos últimos días, pero la versión del drama de The Willows que Jackson prefería por encima de todas las demás era en la que Melanie Hope se había llevado el cuadro solo porque quería tener un recuerdo de la señora a la que le había cogido cariño. Y tal vez pensó que lo mejor, a nivel moral, era mantenerlo lejos de las zarpas egoístas y avariciosas de Ian y Hazel. O, y esa versión era aún mejor, el cuadro era un recuerdo que le había regalado la moribunda Dorothy Padgett a la persona que la había cuidado para demostrarle su gratitud. («Quédatelo, querida, insisto. Por lo buena que has sido conmigo»).
Melanie estaba allí cuando llegaron los hermanos, ¿no? Les preparó té, llamó a la funeraria, mostró respeto ante su muerte, pero en algún momento se atrevió a descolgar el cuadro e irse de allí con él. Metido en su «bolso grande». (¿Pero quién habría hecho la llamada que provocó que se fuera corriendo? ¿Alguien que conspiraba con ella?).
—¿Algo interesante? —preguntó Hazel cuando Jackson acabó de registrar la habitación. Había ido detrás de él todo el tiempo.
—La verdad es que no —contestó Jackson.
—¿Y qué me dice de las huellas dactilares? —preguntó mientras él hojeaba el libro de la mesita de Melanie—. ¿O de una rueda de reconocimiento con fotografías?
—Tendrían que involucrar a la policía de verdad para eso, me temo —dijo Jackson, y le dolió tener que utilizar el calificativo «de verdad».
Los mellizos parecieron decepcionados al ver que no se ponía un sombrero de cazador, sacaba una pipa y les daba una explicación intrincada e improbable sobre lo que había pasado en The Willows.
—¿Les importa que eche un vistazo al jardín antes de irme?
—No hay mucho que ver —advirtió Hazel.
—Para no dejar ningún rincón sin revisar —contestó Jackson con tono agradable. Le seguía resultando raro que Ian y Hazel tuvieran un aura de delincuentes y no de víctimas.
Pero Hazel tenía razón: el jardín no tenía gran cosa que ver. Todo lo que había allí estaba en hibernación, esperando volver a la vida cuando llegara la primavera. Dorothy no estaría allí para disfrutarlo. Ella no iba a volver a la vida con la nueva estación.
El fondo del jardín estaba menos cuidado. Había una montaña de compost y un incinerador de jardín. Para las hojas, supuso Jackson. Miró dentro. Había algo que habían intentado reducir a cenizas. ¿Qué habían quemado? ¿Y quién? Rebuscó con un palo que encontró en el césped. Había unos trozos de papel en los que se veían palabras escritas a mano: «Sir Edmund se quitó el guantelete de su armadura, atrajo a Marjorie contra su pecho y dijo: “Pequeña estúpida”». En otro se leía: «¿Dónde está mi enfermera de quirófano? No puedo operar sin ella». Y cosas por el estilo. Las historias románticas de Dorothy, supuso. ¿Quién las había quemado? ¿Melanie Hope? ¿Y por qué?
Una pista llamativa y evidente le habría venido muy bien. Un trozo de papel calcinado que dijera: «Y el asesino es…». Pero a Dorothy Padgett no la había matado nadie. ¿Por qué se le había ocurrido algo así?
¿De verdad quería aceptar ese caso? Lo cierto era que no, pero lo intrigaba Melanie Hope. Y si ella no había robado el cuadro (no había ninguna prueba de que así fuera), entonces tal vez podría hacer una buena obra y limpiar su nombre, el de alguien inocente hasta que se demuestre lo contrario y todo eso. Y tenía que admitir que lo atraía la mujer enigmática y sin nombre del retrato, que lo miraba a través del cristal del tiempo. Ella también parecía ser parte del peso de la historia. Incluso la garduña le añadía más kilos al conjunto, se dijo, aunque no tenía ni idea de cuánto podía pesar ese animal.
—Bueno, será mejor que me vaya a lo mío —les dijo a Ian y Hazel—. Tengo que hacer preguntas y resolver misterios.
Ian lo acompañó a la puerta principal, casi empujándolo por el pasillo, ansioso por librarse de él. Jackson aflojó el paso a propósito.
—Oh, una cosa más —dijo. Era una de esas preguntas que se hacen en el umbral, el gancho que se lanzaba como si nada, por encima del hombro, camino a la salida. Jackson se imaginó a Hazel en el salón, poniendo puntos rojos para añadir más cosas a su botín—. Ian —continuó, adoptando un tono cómplice al que le pareció que él respondería—, esas historias que escribía su madre, ¿tiene por ahí alguna?
Su mirada se movió rápido de un lado a otro (algo fascinante de observar) mientras intentaba recordar el guion. Se aturullaba con mucha más facilidad que su cáustica hermana. Pero no le iba a llegar desde el salón un pie que pudiera ayudarlo.
—Uf… ni idea —contestó al fin.
—Qué pena, seguro que eran interesantes.
Entonces Jackson vio a Hazel mirándolo fijamente. Y juraría que Ian se encogió un poco cuando vio la expresión en la cara de su hermana.
—Entonces, ¿qué va a hacer usted ahora? —le preguntó él a Jackson, deseoso de cambiar de tema.
Ni idea, pensó Jackson, pero recurrió a la forma de hablar típica de las series policiacas.
—En esta fase, tengo que considerar varias líneas de investigación.
Habían pasado más de dos años desde la traición a lady Milton. Ella había repasado lo que ocurrió aquel día tantas veces, en su cabeza y con la policía, que lo tenía extrañamente claro. Su memoria no era muy precisa en general, pero esa era la excepción.
Su día había empezado en el asilo local, en un desayuno para recaudar fondos; era una incondicional de ese acontecimiento y siempre estaba encantada de ser la «invitada de honor», cuando no podían conseguir que asistiera su primera opción, la princesa Ana (algo que no había ocurrido nunca).
Después pasó la tarde en una reunión del Women’s Institute, en la que una de sus miembros, Marian Forster, que acababa de volver tras «el viaje de su vida» a Japón, dio una charla sobre el ikebana. Lady Milton creía que era algún tipo de arte marcial, y la decepcionó bastante enterarse de que no era más que una técnica para hacer arreglos florales con un nombre complicado. ¿De verdad hacía falta enseñarle a alguien a poner flores en un jarrón? Las que había en Burton Makepeace salían de su propio jardín y las colocaba el ama de llaves, Sophie.
—Francamente, no sé qué haría sin ti, Sophie —le dijo lady Milton—. Eres la persona más imposiblemente organizada que conozco.
—Para eso estoy aquí, señora —respondió Sophie entre risas.
Estaban tomando el té juntas en el invernadero, cada vez más deteriorado, de Burton Makepeace. Las actividades de esa mañana la habían dejado exhausta. Las plantas del invernadero, que percibieron la ruina del edificio, decidieron abandonarlo tiempo atrás y solo dejaron en aquel lugar un aroma a tierra que no resultaba desagradable, al menos no del todo. Ella se imaginaba que cuando estuviera descomponiéndose dentro de su ataúd, despediría ese mismo aroma.
—Tuvo que ser precioso en su momento —dijo Sophie, mirando los paneles de cristal polvorientos y los marcos metálicos oxidados.
—Todo era precioso en su momento —confirmó lady Milton.
—Seguro que no todo —murmuró el ama de llaves.
—También teníamos pájaros aquí —añadió, tras pasar un largo rato contemplando la bandeja del té—. Una cacatúa, que estaba bastante loca, y un loro, uno gris africano.
—¿Y hablaba?
—Se negaba a hacerlo. Era muy terco.
La hora del té era el momento favorito del día de lady Milton. A las cuatro, todas las partes difíciles del día habían pasado y ya podía dejarse llevar sin más hasta la cena, para después acostarse pronto. Johnny, lord Milton, no tenía afición a tomar el té por la tarde. Nunca le había gustado. Desayunaban juntos, y era posible que se encontraran un rato durante la comida, pero muy pocas veces volvían a verse antes de la cena. La ausencia era la base de un buen matrimonio, en su opinión. Por la noche cada uno permanecía en su propio dormitorio. Johnny tampoco había mostrado nunca un gran interés por esa parte del matrimonio. Solo disfrutaba de verdad disparándole a cualquier cosa. Cuando tuvieron a Piers, y quedaron así asegurados la sucesión y el futuro de la propiedad, él muy rara vez volvió a molestarla.
Fue una gran sorpresa para ella que consiguieran tener un tercer hijo: Cosmo (la segunda resultó ser una niña, así que no les servía como «sustituto»). Ya hacía tiempo que los tres habían pasado la edad en que se les podía llamar «niños». Piers y Arabella ya habían entrado en la mediana edad, y Cosmo debía de tener más de cuarenta. Lady Milton perdía la cuenta de los años una vez que pasaban los treinta. O incluso antes, la verdad.
Afuera, el cielo de noviembre tenía un color gris amarillento enfermizo y todo se veía horriblemente yermo. Las últimas hojas pasaban volando por delante de la ventana. A lady Milton (Honoria para unos pocos elegidos) no le gustaba esa época del año. Le parecía innecesaria.
—¿Debería ser madre? —preguntó Sophie.
—Oh, sí, claro. Siempre es un alivio que alguien diga eso.
Sophie sirvió el té, un Oolong Formosa Jade de un bonito color pálido que había encontrado hacía poco. Las dos compartían una especie de pasión por los tés chinos delicados. Era sorprendente ver en cuántas cosas coincidían, dada su diferencia de edad y de posición en la vida. Sophie no parecía un miembro del personal, más bien… Lady Milton dudaba incluso a la hora de pensar en la palabra para definirla, pero no podía negarlo: era como una hija. Y le resultaba mucho más agradable estar con ella que con su verdadera hija, Arabella.
Ella no le tenía especial cariño a ninguno de sus hijos. Prefería a sus perros, dos labradores negros, Tommy y Tuppence (macho y hembra, hermanos), unas criaturas muy razonables en comparación con sus propios hijos. Sentido y sensibilidad, los llamaba Sophie. («Es una novela de Jane Austen», añadió con cautela, porque no sabía muy bien el terreno que pisaba. A la aristócrata no le gustaba demasiado leer. «Nos obligaron a leer Emma en el colegio», contestó. «Fue una tortura»).
Si tuviera que elegir a uno de sus hijos para acompañarla, seguramente escogería a Cosmo. Al menos tenía sentido del humor, aunque muy pocas veces era de buen gusto. ¿Pero era de Johnny? No podía estar segura. Hubo un verano alocado en el que estuvo bastante, o más bien muy enamorada (por primera y única vez, gracias a Dios) del hombre que vino a tasar los cuadros (Pip). «Un amante del arte», murmuraba cuando recorría con las manos su espalda desnuda. Eso fue en la época en que se preparaban para abrir la casa al público por primera vez. La gente iba a entrar allí, a mirar con la boca abierta todas sus cosas. ¡Qué descarada invasión de su intimidad!
Pip resultó ser un sinvergüenza, por supuesto. Tenía esposa e hijo en Montreal. Cosmo se parecía un poco a él.
