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Casada con un desconocido. ¿Qué sabía Kyra Symington de James Redman? Que era uno de los directivos de la empresa donde ella trabajaba, que le gustaba el café solo y amargo, y que el domingo siguiente se convertiría en su marido. Kyra estuvo a punto de caerse de la silla cuando el atractivo James le pidió la mano. Su unión sería temporal y sin ataduras, por supuesto. Ella jamás soñaría con dormir al lado de su marido toda una noche, ni con recibir algo más que un beso amistoso en la mejilla. Tendría que vigilar rigurosamente su corazón, porque James no jugaba limpio cuando quería algo… o a alguien.
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Seitenzahl: 204
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2000 Helen Conrad
© 2015 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Tiempo de vivir, n.º 2570 - junio 2015
Título original: Prometed--to Wife!
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Publicado en español en 2000
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-687-6327-9
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Si te ha gustado este libro…
Kyra Symington observó cómo su cuchara se hundía lentamente en el helado de fruta y nueces, atravesaba la nata batida y el chocolate espeso, llegaba hasta el helado crujiente y volvía luego hacia ella con una porción de uno de los mayores placeres conocidos por el hombre. Se había acabado la dieta. Había perdido seis kilos y había ganado la competición que habían hecho las trabajadoras de su empresa, así que tenía que celebrarlo.
–Vas a volver a engordar lo que has perdido –le advirtió Chareen Wolf, colocándose varios mechones de su pelo rubio y liso detrás de las orejas mientras la observaba con envidia.
Kyra estaba sentada en una mesa de la cafetería de empleados junto a otras tres mujeres jóvenes, que estaban fijándose en cómo su compañera, rubia y de ojos marrones, se comía con gran placer aquel helado. Las cuatro habían hecho dieta. Chareen había perdido cuatro kilos, la pelirroja Gayle Smith había ganado uno y la otra seguía como estaba. Así que no había ninguna duda al respecto. Kyra era la vencedora y se merecía ese helado. Pero Chareen no pudo evitar hacer otro comentario.
–Esa cosa debe de tener miles de calorías.
–Lo sé –replicó Kyra, chupando la cuchara con el helado.
Era evidente que sus amigas estaban empezando a sentirse celosas. Cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, con lo que su cabellera rubia como el oro se desparramó como un río ondulado.
–Ooh –suspiró, exagerando un poco y disfrutando de su actuación–. Aaa –en ese momento, sus compañeras comenzaron a reír y ella abrió los ojos e iba a echarse también a reír cuando se encontró con la brillante mirada turquesa del nuevo director de Proyectos Especiales, que estaba observándola desde la puerta. Por la expresión de su rostro, debía de haber oído cada uno de sus gemidos y haber visto su expresión de éxtasis. Y por su sonrisa, parecía que se lo estaba pasando muy bien.
Las otras observaron asombradas el intercambio de miradas entre los dos y luego comenzaron a soltar risitas cuando el señor Redman se dio la vuelta y entró en el comedor para ejecutivos junto a dos colegas.
–¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! –Chareen amortiguó su grito con las manos–. ¿Habéis visto la cara de él? ¿Habéis visto cómo la miraba?
Solamente Kyra se mantuvo en silencio con el rostro encendido. «Me gustaría morirme», pensó. «Me gustaría no haber nacido. Me gustaría que King Kong apareciera ahora mismo en la ventana y me llevara con él. Me gustaría...».
–Espera y veras. Seguro que le aumenta el sueldo.
–O la asciende.
–O a lo mejor el señor Redman la solicita como su secretaria personal.
–Oye, nena –Gayle imitó la voz de un hombre–, ¿podrías ayudarme con la fotocopiadora?
–Yo lo ayudaría en lo que él me pidiera –comentó Chareen, echándose el pelo hacia atrás y poniendo un gesto afectado–. Incluso le podría hacer alguna recomendación.
Las voces de sus amigas llegaban hasta Kyra. Pero ella no escuchaba su significado. Se sentía avergonzada e intrigada al mismo tiempo. Se había fijado en el señor Redman desde que lo habían trasladado desde Dallas pocas semanas antes y había estado fantaseando con ese hombre alto y guapo. Era un hombre en el que no podía dejar de fijarse una. Y desde luego ella se había fijado. Pero lo que la tenía asombrada era lo que acababa de pasar entre ellos. Cuando sus ojos se habían encontrado momentos antes, ella había notado algo en la mirada de él más allá de su sonrisa. Algo se había encendido.
Al menos por parte de ella. Kyra sintió un escalofrío y soltó un suspiro. Él no había notado nada. ¿Por qué iba a hacerlo? Todas las mujeres del piso octavo se habían fijado en él. Un hombre como él podía tener a la mujer que quisiera. Así que lo único que había sucedido era que a él le había hecho gracia la actuación de ella. Se había reído de ella y eso no resultaba nada divertido. Hizo un gesto y volvió a meterse en la conversación que mantenían sus amigas.
–Cheryl Pervis nos contó que él se la insinuó cuando fue a ayudarlo a cotejar el informe de Roberts –estaba diciendo Gayle.
–Oh, Cheryl cree que el portero se la está insinuando cuando le pide que aparte las piernas para que pueda sacar la papelera de debajo de su mesa –comentó cáusticamente Chareen.
–Quizá lleves razón –dijo Gayle con aire pensativo–, pero ese hombre parece peligroso. ¿No te has fijado en la sonrisa? Es evidente que le gusta jugar.
Kyra desconectó de nuevo. Se quedó mirando el helado, que estaba empezando a derretirse. «Qué apropiado. Parece justo lo que está pasando con mi vida», pensó. La divertía pensar que aquel hombre se sentía atraído por ella. Eso haría más divertido el tiempo que pasara en el trabajo. Además, ese tipo de cosas rara vez le sucedían a ella. Los hombres solían preferir a las mujeres atrevidas, como Chareen, o a las elegantes, como Gayle. Seguramente los hombres pensaran que ella era demasiado seria. Y probablemente llevaran razón.
Pero no siempre había sido así. Cuando iba al instituto, había tenido muchos admiradores. No había sido una de las chicas más populares, pero se había unido a una pandilla de amigos y se había divertido mucho con ellos... Iban a bailar, de picnic o hacían un crucero hacia Catalina. Al finalizar el segundo año, incluso había creído estar enamorada.
Gary se había mostrado muy afectuoso y ella se había sentido muy feliz de encontrar un hombre que le perteneciera. No se había dado cuenta de que todo lo que hacía giraba en torno a él. Por otra parte, como los dos habían estudiado en la misma universidad, se habían divertido mucho juntos. Kyra tenía que admitir que el haber estado con él había hecho que muchas cosas fueran más fáciles.
Pero todo aquello parecía haber pasado hacía una eternidad. Durante el segundo semestre, sus padres se habían estrellado en la avioneta de su padre y nada había vuelto a ser lo mismo. Todo su mundo se había derrumbado de repente. No solo por perder a sus padres, sino por tener que hacer frente a la situación económica en la que la habían dejado. Las deudas superaban el pequeño seguro que su padre tenía contratado.
Y para poner las cosas peor, Gary la había abandonado. A él solo le interesaba divertirse, así que en cuanto las cosas fueron mal, decidió desaparecer. Ella había aprendido así que era una estupidez confiar en un novio si las cosas te iban mal.
Afortunadamente, había tenido a sus abuelos. Los padres de su madre no tenían mucho dinero, pero eran muy cariñosos y se la habían llevado a vivir a su casa. Y allí empezó a trabajar para pagarse sus gastos y para pagar las deudas de su padre. De ese modo fue como entró en TriTerraCorp, una empresa constructora que tenía proyectos en todo el país. El salario no era espectacular, pero el edificio en el que estaba la empresa era una obra de arte. Todo de cristal y hierro, con pasillos alfombrados y despachos individuales, en vez de los cubículos que se les daba a los empleados en la mayoría de las empresas. Era un lugar muy agradable para trabajar. Pero su trabajo allí, junto al segundo empleo que había empezado poco tiempo antes, le dejaban muy poco tiempo para salir con hombres.
–Bueno, si el señor Redman te invita al almacén para una consulta privada, nos lo tienes que contar –estaba diciendo Chareen, tomándole el pelo–. Hace mucho que los hombres no se fijan en mí, así que disfrutaré solo con que me lo cuentes.
–Tú no necesitas que los hombres se fijen en ti –le replicó Gayle–. Ya tienes a dos niños pelirrojos en casa.
Kyra se quedó mirando a Gayle, consciente del tono anhelante que había empleado. Aquella mujer, alta y guapa, habría dado cualquier cosa por tener un hijo. Llevaba intentando quedarse embarazada desde que la conocía, pero su marido era mucho mayor que ella y tenía una salud delicada. De manera que, hasta entonces, ni siquiera unas cuantas clínicas de fertilidad habían podido ayudarlos.
Por otra parte, Chareen, que tenía gemelos, carecía de un marido que la ayudara y tenía que ser ella misma quien educara a aquellos dos niños traviesos. Por un momento, Kyra sintió vergüenza de sus quejas, incluso aunque no las hiciera en voz alta. Había otras personas con problemas mucho más graves que los suyos. Así que no tenía ningún derecho a sentir pena de sí misma.
Se había acabado la hora del almuerzo y Kyra dejó la mayor parte del helado sin tocar, a pesar de las bromas de las otras mujeres. Su apetito parecía haberse evaporado.
Al salir de la cafetería, vio enseguida al señor Redman. Este iba con un grupo de hombres en dirección contraria y no se fijó en ella. Su corazón, sin embargo, dio un vuelco cuando vio la espalda ancha de él. También dejó escapar una risita nerviosa. ¡Qué estupidez era aquella! «Ni que fuera una colegiala», se reprendió a sí misma, prometiéndose que aquello no volvería a ocurrir. Al menos, no donde cualquiera podía verla comportarse como una boba.
Regresó a su mesa y comenzó a trabajar en la correspondencia. Tenía toda una pila de cartas que responder y aquella tarde tenía que salir puntualmente. Su segundo trabajo empezaba a las seis, así que tendría el tiempo justo para pasar por casa y comprobar que su abuela estaba bien antes de ir al restaurante. Ocho horas en TriTerraCorp y otras cuatro en Rusty Scupper hacían que el día fuera terriblemente largo.
Y eso haría que no le quedara tiempo para soñar con el nuevo director de Proyectos Especiales, el hombre más atractivo de toda la empresa.
Soltó un suspiro y se detuvo un momento para darse el gusto de pensar en él un instante. Eso era mucho más seguro que las citas de verdad. Podría pensar en él todo lo que quisiera sin arrepentirse después.
Y desde luego era un tema estupendo para soñar despierta. El señor Redman... Se preguntó cuál sería su nombre de pila. La mayoría de los ejecutivos tenían barriga y estaban calvos, por no mencionar que estaban casados, pero el señor Redman era tan joven y guapo como una estrella de cine y tenía una sonrisa irresistible.
Kyra no pudo sacárselo de la cabeza en toda la noche mientras trabajaba en el Rusty Scupper. Llevaba siendo relaciones públicas de aquel restaurante hacía ya casi un año y nunca lo había visto por allí. Pero muchos ejecutivos de TriTerraCorp eran clientes habituales, así que se pasó toda la noche esperando verlo aparecer cada vez que entraba una pareja al local. Tenía ganas de verlo y eso que, seguramente, iría con una mujer del brazo. Así que, ¿por qué quería verlo aparecer? Lo mejor que podía hacer era olvidarse de sus ojos de color turquesa y concentrarse en el trabajo.
Al día siguiente, cuando llegó a TriTerraCorp, echó un vistazo al despacho de él, al salir del ascensor, para mirar a otra parte inmediatamente, insultándose por la estupidez de su comportamiento. Tenía que acabar con aquello. Estaba empezando a obsesionarse y no había razón para ello.
Se pasó el resto de la mañana trabajando en el ordenador. Estaba tan ocupada, que estuvo a punto de prescindir del almuerzo. Se había equivocado en una columna de las hojas de cálculo que estaba confeccionando y tuvo que empezar desde cero, así que no se mostró muy receptiva cuando Chareen se detuvo ante su escritorio.
–¿Vienes a comer? –le preguntó su amiga.
Kyra hizo una mueca.
–No sé. Quizá debiera comprar una chocolatina y...
–No, no vas a haber hecho esa dieta para volver ahora a los viejos hábitos. Vamos, seguro que puedes parar unos minutos para comer algo mejor que una chocolatina. Además, te vendrá bien un descanso. Luego, volverás relajada y lista para enfrentarte al trabajo con nuevas fuerzas.
–¿Sabes una cosa? –preguntó Kyra, sonriendo–. Por una vez en tu vida, has dicho algo sensato. Creo que llevas razón –agarró su bolso y se levantó–. Vamos.
Se pusieron en la cola de la cafetería, se sirvieron la comida en las bandejas y se encontraron con sus compañeras en la mesa habitual. El comedor estaba muy bien decorado, con varias mesas alrededor de una chimenea abierta. Durante el invierno, la chimenea se dejaba encendida y, durante el verano, la llenaban de helechos y plantas.
Comieron rápidamente, charlando de temas intrascendentes. Kyra pensó que era agradable estar con las amigas un rato y relajarse. Al ver la sonrisa de Gayle y cómo brillaban los enormes ojos de Chareen, se dio cuenta de que la querían. Eran sus amigas. Y ella también las quería. Así que, ¿para qué necesitaba a ningún hombre?
Pero, de pronto, volvió a aparecer él. Todas se quedaron calladas en cuanto apareció en la puerta y, sorprendentemente, comenzó a avanzar hacia ellas. Tenía tan buen aspecto como siempre, con su caro traje y sus ojos de un color entre el azul y el verde. Había algo especial en ese hombre, incluso en su modo de atravesar una habitación. Kyra imaginó que podía oler su loción de afeitado y sentir el calor que desprendía su cuerpo bajo la camisa blanca.
Todas las mujeres del comedor se quedaron mirando fijamente cómo avanzaba hacia la mesa de ellas y las miraba una por una.
–Buenos días a todos –dijo, mirando a su alrededor antes de volver a fijar su atención en ellas–. He pensado que podía entrar y echar un vistazo a la cafetería de empleados. Lo cierto es que nunca he estado aquí antes.
Chareen fue la primera que pudo decir algo.
–Bueno, pues ya la está viendo. ¿Se la imaginaba así?
–Supongo que sí –respondió él, sonriendo–. Me llamo James Redman. ¿Y ustedes son...?
Lo preguntó mirando a Chareen, así que ella fue la primera en presentarse. Luego, lo hicieron las demás.
–Tracy Martin.
–Gayle Smith.
–Ann Marie Hope.
–Kyra Symington –ella fue la última en presentarse y él se quedó mirándola mientras repetía su nombre para sí.
Luego, hubo un incómodo silencio, así que ella tendió la mano hacia él, que se la estrechó y la sostuvo más tiempo del normal entre la suya mientras repetía una vez más su nombre como si lo estuviera memorizando.
A Kyra se le aceleró el pulso. ¿Qué diablos pretendía aquel hombre? Tiró de su mano y él la dejó escapar mientras no dejaba de sonreírle.
–¿Qué está usted tomando? –preguntó él, observando el plato de ella–. ¿Una ensalada César?
–Así es.
–¿Y qué tal está?
–Pues... muy buena, gracias –la sonrisa de él estaba haciendo que se le doblaran los dedos de los pies–. ¿Quiere usted probarla? –preguntó ella sin pensar lo que decía
Se quedaron mirándose el uno al otro durante largo tiempo. A su alrededor, comenzaron a oírse risitas contenidas y ella deseó la ejecución de sus amigas. O al menos, su destierro a un reino lejano. Esa situación era completamente irreal y ella no tenía ni idea de cómo podía estar sucediendo.
–Ahora no, gracias –dijo él finalmente.
Su mirada brillante parecía acariciarla de un modo tan sensual que estuvo a punto de pararle el corazón.
Luego, se dio la vuelta y se dirigió hacia el comedor de ejecutivos.
–Esto no ha sucedido de verdad, ¿o sí? –Chareen apenas podía contenerse–. ¿No habrá sido todo un sueño? ¿No te has fijado en cómo te miraba? –le preguntó a Kyra.
–Yo no he notado nada –respondió ella, pinchando la ensalada con el tenedor.
–¡Pues debes de estar ciega!
–Ooh, Kyra –dijo Ann Marie, a la que un mechón de pelo negro le caía sobre uno de sus ojos violeta–. Es obvio que busca algo contigo.
Kyra sacudió la cabeza.
–No, estoy segura de que...
–Apuesto diez a uno a que irá a verte a tu despacho esta misma tarde.
–Y si te llama a su despacho –añadió Chareen–, será mejor que lleves tu spray de defensa.
–Nada de spray de defensa –dijo Gayle–. Será mejor que lleves un salto de cama.
Chareen se echó a reír.
–Muy bien, acepto apuestas. Yo digo que intentará besarla.
–Yo apuesto a que la tumba sobre su escritorio y le hace el amor allí mismo –dijo Gayle riéndose.
–¡Ouch! –exclamó Ann Marie–. Entonces terminaría con la espalda llena de marcas de bolígrafos. Yo pienso que lo mejor sería optar por la alfombra. He oído decir que tiene una bien mullida en el despacho.
Tracy, que se había limitado a observar tranquilamente a las otras, se decidió a hablar.
–Yo digo que él va a pedirle una cita.
Entonces, todas se volvieron hacia ella. Tracy era la más joven de todas y siempre solía tener un punto de vista menos cínico que las otras. Así sorprendió a todas con aquellas palabras.
–Ni hablar –replicó Chareen–, los ejecutivos nunca piden salir a sus empleadas. Eso no estaría bien.
Tracy levantó la barbilla.
–Entonces, ¿para qué iba a querer ella hacer nada con él?
Las otras resoplaron al oír aquello, pero Kyra no. Estaba de acuerdo con ella. O las cosas se hacían bien o era mejor no hacerlas.
–Me parece que deberíais de tener un poco más de respeto por mí –dijo Kyra a sus amigas, levantándose con la bandeja en la mano y dirigiéndose al contenedor de basura. Después, se volvió hacia ellas y les hizo una pequeña reverencia antes de abandonar el comedor con una sonrisa en los labios.
Pero aquella sonrisa se le borró en cuanto vio el monitor de su ordenador. Todavía no había terminado la hoja de cálculo y tenía un montón de trabajo nuevo que acababa de recibir en la bandeja de entrada del correo electrónico. Así que no tenía tiempo para pensar en ese hombre ni en su sonrisa sensual. Además, luego tenía que conseguir una medicina para su abuela y la enfermera O’ Brien, que se quedaba con ella por las tardes, le había pedido también una crema de manos. Trabajo y más trabajo.
Una hora después, Chareen se detuvo un momento ante su escritorio cuando se dirigía a la fotocopiadora. Kyra ya casi había terminado la hoja de cálculo para entonces.
–¿Todavía no has tenido noticias del señor Maravilloso? –le preguntó su amiga en un susurro.
–Tengo que trabajar, así que déjame tranquila.
Chareen arqueó una de sus cejas y se marchó. Mientras se alejaba, Kyra pensó en su encuentro con el señor Redman. Era posible que él no tuviera ningún interés en ella, pero lo cierto era que había agarrado su mano durante más tiempo del normal, había repetido su nombre dos veces y le había sonreído de un modo especial. ¿Significaría eso algo?
Pero, ¿qué más daba? ¿Se había vuelto loca o qué? Ella no pensaba responder a ningún requerimiento de aquel playboy. Chareen llevaba razón. Los ejecutivos nunca salían con las empleadas. Así que aunque muestren algún interés, solo están pensando en una cosa. Y lo que había dicho a sus amigas en la mesa era cierto. Una mujer tenía que cuidar de que la respetaran. Ella nunca había sido el juguete de nadie y tampoco iba a serlo en el futuro. Era una mujer seria y estaba obligada a trabajar duramente si quería subsistir. Así que no tenía tiempo que malgastar en frívolas fantasías con su jefe.
Pero, aun así, él había sostenido su mano más tiempo del normal...
Perdida en aquellos pensamientos, no se dio cuenta de que la supervisora se acercaba hasta su despacho.
–No sabía que estabas interesada en que se te trasladara al departamento de Proyectos Especiales –dijo la mujer, mirándola con frialdad.
–¿Qué? –Kyra miró a Alice Beals, parpadeando–. Yo no he pedido ningún traslado.
–¿De veras? –Alice parecía escéptica–. Y entonces, ¿por qué el nuevo director de Proyectos Especiales está haciendo indagaciones acerca de tu disponibilidad?
Sintió que un gran calor le subía a las mejillas mientras la habitación comenzaba a dar vueltas.
–Yo... ¿que él ha preguntado... ? ¿Quieres decir que el señor Redman?
–¿Hay alguien más que se encargue en estos momentos de dirigir Proyectos Especiales? No lo sabía.
–No, me refiero a que...
–Sí, el señor Redman. Su secretaria acaba de llamar preguntando si estabas disponible para un programa de relaciones públicas que están preparando.
–¿Qué dijeron? –preguntó, con el corazón palpitándole a toda velocidad y una vaga sensación de irrealidad.
–A los directores de departamento siempre se les concede lo que piden. Les dije que te encantaría dejarlo todo y empezar inmediatamente, arruinando mis horarios y dejando un hueco en nuestro equipo –contestó, enfadada. Luego, entornó los ojos y miró hacia el frente–. Lo sé. Yo también puedo jugar su juego. Le pediré a Finanzas que me dejen a Sharon Nishiyama para ocupar tu puesto. Le diré al señor Hoover que me la envíen cuanto antes –sus ojos brillaron satisfechos, sin duda, pensando ya en nuevos planes.
–Alice, y yo, ¿qué se supone que tengo que hacer?
–Tu trabajo, por supuesto. Ella solo ha preguntado si estabas disponible. Dijo que volvería a llamarnos –respondió la mujer después de aclararse la garganta.
–Ah.
Kyra tomó aire y trató de recuperarse. Era inútil tratar de analizar lo que estaba pasando, porque no estaba acostumbrada a ese tipo de situaciones. Llevaba trabajando allí dos años y nunca le había sucedido nada parecido. Lo mejor sería que hiciera lo que Alice le había aconsejado: su trabajo. Se forzó a mirar hacia la pantalla del ordenador, pero su cerebro parecía no registrar nada y sintió un gran alivio cuando una mujer joven se acercó a su mesa.
–¿Es usted Kyra Symington?
–Sí, soy Kyra –afirmó con un gesto ligeramente rígido.
–El señor Redman desea que vaya a verlo a su despacho a las cuatro en punto. Tiene algo que decirle.
–¿A las cuatro en punto? –repitió–. Creo que podré.
Pensaba marcharse a las cuatro y media, así que debería decirle a la secretaria del señor Redman que...
Pero la mujer se había ido ya, dejando a Kyra muy preocupada. ¿Qué demonios querría el señor Redman? Recordó los comentarios de Chareen y Gayle sobre que el hombre se había enamorado de ella. Se dijo que era ridículo, pero no encontraba ninguna explicación lógica. ¡Qué forma de sonreírle! Sintió la boca seca al recordarlo.
Por si fuera poco, tenía otra preocupación más. ¿Bastaría con media hora para resolver la entrevista? ¿Lo molestaría al señor Redman si le decía que solo tenía media hora para hablar de aquel misterioso proyecto? Por otro lado, quedarse más tiempo con un hombre como aquel sería buscarse problemas. ¿Tendría que prepararse para defenderse contra un agresivo seductor?
En realidad lo dudaba, se dijo a sí misma mientras recogía algunas carpetas y ordenaba su mesa. Él probablemente querría saber su opinión acerca de la comida de la cafetería, o habría decidido que ella podría encargarse de un programa de entretenimiento para la hora del almuerzo de los trabajadores, o quizá necesitara a alguien que llenara sobres los fines de semana. ¿Quién demonios podía saber lo que ese hombre quería? Fuera lo que fuera, él había arruinado aquel día su capacidad de concentración. Así que se levantó de la mesa, agarró su bolso y se dispuso a darse un poco de maquillaje.
Incluso mientras se daba rímel y se cepillaba el pelo, no dejó de preguntarse qué demonios estaba haciendo. Pensaba que quizá él tratara de seducirla, así que por eso trataba de resultarle más atractiva. ¿Tenía eso alguna lógica? Claro que no. Cerró su bolsita de aseo y la metió en el bolso. Luego, se miró al espejo enfadada. ¡Era suficiente!
Pero, a pesar de que se fue de nuevo a su mesa, no pudo seguir trabajando. Continuó estudiando mentalmente las diferentes opciones. En su opinión, existían dos posibilidades. Una era que él le pidiera algo legítimo relacionado con el trabajo y otra era que tratara de seducirla y comenzar una relación sentimental. Cuanto más lo pensaba, más trataba de descartar la segunda opción. Ese hombre parecía muy exigente. ¿Por qué la habría elegido a ella?
