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Si tenía que ser la amante de alguien... esperaba que fuera la suya. Cuando el abogado Jude Conroy le dijo a Cate que acababa de heredar una fortuna de un acaudalado caballero, todo el mundo, incluyendo a Jude, dio por hecho que había sido la amante del fallecido... Cate insistía en que ni siquiera conocía al hombre que le había dejado aquel dinero. Pero Jude había aprendido a desconfiar de las mujeres que se hacían las inocentes... Sin embargo, había una parte de él que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de creer que decía la verdad.
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Seitenzahl: 185
Veröffentlichungsjahr: 2017
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2004 Margaret Way Pty. Ltd.
© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Amante inocente, n.º 5468 - enero 2017
Título original: Innocent Mistress
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Publicada en español en 2004
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-8791-6
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Si te ha gustado este libro…
Jude se limpió los labios de carmín y se ajustó la corbata. Poppy Gooding acababa de salir de su despacho, dejando el ambiente cargado de su perfume.
«Ten cuidado», se dijo Jude.
Nunca había conocido a una mujer tan promiscua y caprichosa. Estaba acostumbrada a salirse siempre con la suya. Jude había tenido que detenerla antes de que comenzara a quitarse la ropa frente a su mesa. O de que se la quitara a él. Nunca le había gustado mezclar los negocios con el placer, y especialmente con aquella mujer, que podía hacerle perder su trabajo.
Después de meses tratando de evitarla, había terminado por convertirse en uno más de sus caprichos. Lo habían precedido dos de sus compañeros del bufete.
Actualmente, el elegido era él, lo que provocaba jocosos comentarios por parte de sus colegas. El problema era cómo dejarla sin ofenderla. Poppy era la hija de su jefe, Leonard Gooding, socio fundador del prestigioso despacho de abogados Gooding, Carter y Legge. Trabajar en un despacho como aquél era lo que siempre había deseado. En la universidad, se había graduado el primero de su promoción. Era un formidable atleta y eso había impresionado a Leonard Gooding, que era un gran aficionado a los deportes.
Por suerte, Poppy había pasado los últimos seis meses en el extranjero, gastando una buena parte de la fortuna de su padre. Había sido ella la que, desde el momento en que había puesto sus ojos en él, no había cesado en su empeño de tenerlo.
Jude sabía que tenía éxito con las mujeres. Hubiera tenido que estar ciego para no darse cuenta. Pero no estaba interesado en perder su soltería. Tenía veintiocho años y unos impresionantes ojos azules que eran la atracción de sus compañeras de oficina. Vanessa, la recepcionista, había incluso bromeado ofreciéndose a ser la madre de sus hijos.
La vida en la gran ciudad le había dado la oportunidad de conocer mejor a las mujeres. Todas buscaban un marido, preferiblemente rico. Aquello lo aterraba. Muchos hombres al llegar a los treinta años empezaban a plantearse el matrimonio, pero Jude no estaba seguro de que acabara casándose.
Para muchas mujeres, la única preocupación del matrimonio se limitaba al día de la boda: el vestido, el velo, las flores, la iglesia, el banquete… Daba la impresión de que habían pasado toda su vida organizando el acontecimiento. Por eso, cuando la pasión y la atracción desaparecían, la pareja acababa separándose.
Las estadísticas confirmaban que muchos matrimonios no funcionaban. Algunos de sus clientes habían estado casados dos y hasta tres veces, pero nunca habían sido felices. Él no quería que su matrimonio, si es que alguna vez llegaba a casarse, terminara en fracaso.
Hacía un mes que había aparecido en la lista de los diez hombres más atractivos de la ciudad y su foto había sido publicada en el periódico. Para Jude, aquello era una tontería que había provocado que fuera objeto de las burlas de sus compañeros.
Había tardado años en conseguir lo que tenía. Desde que había terminado la universidad, su vida había dado un gran cambio. Siempre le había gustado vestir con ropa cómoda: camisetas, vaqueros y zapatillas de deporte. Pero se había visto obligado a cambiar su aspecto para ser aceptado socialmente y aparentar ser lo que era: un joven y brillante abogado. Ahora vestía trajes caros y elegantes camisas y corbatas.
Su cabello rubio era rebelde y ondulado. Bobbi, su secretaria, le había indicado desde el momento en que había empezado a trabajar en el despacho, las tiendas en las que debía comprar y los lugares a los que debía acudir, incluida la peluquería.
Seguía yendo al gimnasio. Al fin y al cabo, seguía siendo un deportista nato e incluso había ganado una maratón celebrada en la ciudad.
No sabía como reaccionaría Leonard Gooding si se enterase de que mantenía una relación con su hija. Era una persona hermética con un rostro frío e inexpresivo. Las oportunidades que se le abrirían al futuro yerno de Leonard Gooding eran ilimitadas. De ser él el elegido, podría convertirse en el socio más joven del despacho y se ocuparía de los clientes más importantes. Tendría que reírles los chistes y dejarse ganar al golf. A pesar de los beneficios que ello le reportaría profesionalmente, no estaba dispuesto a venderse por nada. En aquel momento, lo mejor que le podía pasar era que Poppy se encaprichase de otro hombre.
Jude se acercó al gran ventanal y desde allí contempló la vista de River City. A esa hora de la tarde, los impresionantes edificios de acero y cristal bañados por los últimos rayos de sol, parecían inmensas columnas doradas.
La aversión que sentía hacia el matrimonio era consecuencia de lo que había vivido en su infancia. Su madre había abandonado al mejor hombre del mundo, su padre y, por supuesto, a él también. En aquel entonces, él tenía doce años y era un estudiante brillante.
–Mi niño –solía llamarle su madre.
Lo entristecía pensar en aquello.
Años más tarde, su padre le había contado toda la historia: su madre se había ido con un rico turista americano al que había conocido en el lujoso hotel en el que trabajaba como recepcionista. En aquellos días, su madre era una mujer impresionante: tenía una larga melena rubia, grandes ojos azules y una elegante figura.
Jude había llegado a la conclusión de que su padre había sido demasiado ingenuo. Incluso de niño, él mismo se había percatado de lo mucho que a su madre le gustaba flirtear.
–Sally necesita otro tipo de vida. ¡Es tan guapa! Se merece más de lo que yo puedo darle –solía decir su padre.
Pero, ¿aquello excusaba su infidelidad? Jude pensaba que no. Su padre se tenía por una persona seria y aburrida cuando realmente era un abogado inteligente y trabajador, al que le apasionaba la música. También disfrutaba pescando. Tenía un gran sentido del humor y, a pesar de que Sally lo había abandonado, nunca le había guardado rencor. Todo lo contrario que Jude.
Su padre había querido a su madre hasta el mismo día de su muerte. Sin embargo él, a pesar de ser un hombre práctico y cabal, no había dejado de odiarla por haberles amargado la vida. Además, al poco tiempo de empezar a trabajar en el despacho, su padre había muerto. Recordó la ocasión en que había ido a verlo para celebrar el nuevo trabajo con una suculenta cena. Antes de irse, le había dicho lo orgulloso que estaba de él y lo mucho que deseaba que su vida fuera mejor que la que él había tenido.
–Encuentra una buena chica y cásate con ella. Quiero que me hagas abuelo. Tú eres todo lo que tengo, Jude. Estoy muy orgulloso de ti.
Siempre se había preocupado por dar alegrías a su padre y eso lo había llevado a triunfar en todo cuanto se proponía. Pero inesperadamente, su padre había muerto. Había salido a pescar con unos amigos cuando se desató una fuerte tormenta que hizo que la barca volcara. Su padre y uno de sus compañeros habían desaparecido bajo las olas y, a pesar de los esfuerzos realizados, sus cuerpos nunca habían sido recuperados. Lo extrañaba mucho.
Bobbi, la secretaria de Jude, golpeó suavemente la puerta de su despacho, interrumpiendo sus pensamientos.
–¿Has logrado deshacerte de ella? –preguntó, y sonrió con complicidad.
Bobbi era una mujer menuda, atractiva y con buen gusto a la hora de vestir. Tenía unos bonitos ojos de color avellana. Era una buena secretaria, eficiente y leal, y desde el primer momento se habían hecho grandes amigos. Estaba a punto de casarse con Bryan, un periodista deportivo con el que Jude también había congeniado a la perfección.
–No estés tan contenta. Ha sido muy difícil. Poppy Gooding está convencida de que sus sentimientos por mí son profundos –dijo regresando a su escritorio.
–Ni que lo digas. Sólo hay que ver la forma en que me ha echado de tu despacho. En el fondo, es igual que su padre.
–Pero, ¿por qué se ha fijado en mí? –preguntó Jude desesperado.
Bobbi lo miró fijamente. Jude Conroy era el sueño de cualquier mujer. Era un hombre muy atractivo, con unos impresionantes ojos azules.
–¿Quieres que haga correr el rumor de que eres gay?
Jude la miró y sonrió divertido.
Su sonrisa era tan perfecta que podía ser el anuncio de un dentífrico, pensó Bobbi.
–No creo que eso detuviera a Poppy. Al contrario, sería un reto para ella. Está convencida de que es capaz de cualquier cosa, incluso de cambiar la forma de ser de un hombre. Creo que lo que necesito son unas buenas vacaciones.
Estaba abriendo la puerta del coche cuando su teléfono móvil sonó. Era Bobbi.
–Escucha, Jude. Acaba de llamar un tal Ralph Rogan. Dice que es amigo tuyo y que necesita hablar contigo cuanto antes. Parecía enfadado. Le he dicho que estabas de camino a una reunión y que no acabarías hasta las cuatro. ¿Tienes bolígrafo para apuntar el teléfono?
–Dímelo, lo memorizaré.
–Eres una calculadora humana.
Siempre se le habían dado bien los números y, desde pequeño, había sido capaz de memorizar toda clase de cifras. Bobbi se lo dijo y enseguida se dio cuenta de que pertenecía a Queensland. Sabía perfectamente de qué Ralph se trataba.
Ralph Rogan era el hijo del hombre más rico de Isis, su ciudad natal. El padre de Jude había sido el abogado y asesor de su padre, Lester Rogan, y sólo había confiado sus asuntos a él.
Jude y Ralph habían ido juntos al colegio, pero nunca habían sido amigos.
Ralph siempre había tenido problemas con su padre, un hombre dominante que trataba a su familia como si de una posesión material se tratara. Había tratado de hacer de su hijo un hombre de provecho, pero éste siempre había estado a la sombra de su padre, un constructor dueño de gran cantidad de propiedades dentro y fuera de la cuidad.
Tenía que haber pasado algo muy importante para que Ralph lo llamara, pensó Jude. Tan pronto como terminara la reunión, lo llamaría.
Unos gritos lo despertaron. Se escuchaban por toda la mansión. En cuanto se dio cuenta de que quien gritaba era su madre, supo que algo no iba bien. A su padre le habían diagnosticado arteriosclerosis. No era de extrañar, después de la vida de excesos que había llevado. A pesar de las advertencias de los médicos, nunca se había cuidado. Y ahora, con un poco de suerte, estaría muerto.
Ralph no sentía ningún afecto por aquel hombre que era su padre. Saltó de la cama y se vistió a toda prisa con unos vaqueros y una camisa. No se molestó en ponerse zapatos y salió corriendo por el pasillo hasta el ala oeste de la casa, donde se encontraban las habitaciones de su padre.
Hacía años que sus padres no compartían dormitorio. Su padre había convertido una parte de la mansión familiar en su vivienda particular. Había hecho sufrir mucho a su madre. La había apartado de su lado y la trataba como a un objeto. El dinero y el poder lo habían convertido en un monstruo.
Entró en el recargado dormitorio de su padre y se encontró a su madre tirada en el suelo junto a la cama. Estaba llorando amargamente. Al oírlo entrar, se giró y lo miró.
Ralph se quedó mirando el enorme cuerpo de su padre recordando toda una vida de amargura y resentimiento. Tenía la mandíbula desencajada y los ojos abiertos fijos en el techo. Se inclinó y se los cerró, retirando la mano con un movimiento rápido, como si esperara que el cadáver recobrara la vida. No quería tocar a aquel hombre que tan mal lo había tratado. Nunca le había dado muestras de cariño. Todo lo que de él había recibido habían sido humillaciones y comparaciones con aquel Conroy, el chico de oro, al que su padre estimaba tanto.
–Está muerto –dijo Ralph cubriendo con la sábana el rostro de su padre–. Voy a avisar a Atwell. Tendrá que venir a firmar el certificado de defunción –se detuvo contemplando a su madre y añadió–: Pero, ¿por qué lloras, mamá? Siempre te trató mal. Nunca tuvo una palabra amable contigo. Te echó de su cama para tener a otras mujeres.
–Pero yo lo quería –dijo la mujer entre sollozos mientras Ralph la ayudaba a levantarse y la acomodaba en un amplio sillón de cuero–. Hubo un tiempo en el que fuimos felices.
Ralph soltó una sarcástica carcajada.
–De eso hará siglos. Nunca ha habido alegría entre las paredes de esta casa. Trata de tranquilizarte mientras telefoneo a Atwell. ¿Dónde está Mel?
Era alto y demasiado gordo para sus veintiocho años. Tenía la mandíbula prominente y los ojos oscuros y profundos.
–Estoy aquí, Ralph –dijo su hermana desde la puerta con su estridente tono de voz–. No puede estar muerto.
–Sí lo está, hija –dijo Myra Rogan.
Melinda era dos años más joven que su hermano y había heredado las bonitas facciones de su madre. Tenía el cabello castaño y los ojos grises.
–Nunca siguió los consejos del médico. No sé de qué te extrañas –gruñó Ralph.
Melinda sintió un nudo en la garganta. Se acercó a su madre y la rodeó con sus brazos. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Después de todo, era su padre.
–No llores, mamá –dijo Melinda tratando de consolarla–. Nunca te trató con cariño.
–Hubo un tiempo en que me quería –dijo Myra con nostalgia.
–¿Y cuándo fue eso? –preguntó Ralph, mientras descolgaba el teléfono.
Myra se quedó pensativa.
–Antes de que nacierais.
–Ten, mamá –dijo Melinda entregándole un pañuelo a su madre, mientras Ralph hablaba por teléfono.
Las lágrimas rodaban por la cara de Myra hasta caer sobre el camisón que llevaba puesto. Había sido una mujer muy guapa, pero desde que su esposo la había apartado de su lado, se había abandonado.
–Atwell llegará en veinte minutos. Deja ya de lloriquear y vístete. Ese hombre –dijo señalando la cama– nos ha hecho un gran favor muriéndose. Por fin ha salido de nuestras vidas.
–Estás deseando poner tus manos sobre la herencia –dijo Melinda desafiante–. Ahora eres el cabeza de familia. Apuesto lo que quieras a que acabarás siendo como él.
Horas más tarde, Ralph Rogan telefoneó a Jude Conroy. Nunca se habían llevado bien, ni siquiera de niños. De hecho, Ralph no había podido olvidar aquella vez en el colegio cuando Conroy lo había puesto en ridículo. Se había reído de un chico nuevo, menudo como una niña, que había sido admitido en la escuela gracias a una beca. Se habían peleado y él había acabado en el suelo, con la nariz llena de sangre y un diente roto. Él, que estaba acostumbrado a pegar a otros chicos, en aquella ocasión había resultado vencido. En aquel momento, se juró que Jude se lo pagaría costara lo que costara. Incluso su propia madre se había puesto del lado de Jude y le había dicho que se lo tenía merecido.
Matthew Conroy, el padre de Jude, había sido el abogado de su padre y había conocido todos sus secretos. Pero ya había muerto y se los había llevado con él a la tumba. Ahora Ralph necesitaba un abogado y, aunque hacía tiempo que no tenía contacto con Jude, sabía que era a él a quien debía llamar. Matthew Conroy había redactado el testamento de su padre y había quedado establecido que, en el caso de que éste falleciese antes que Lester Rogan, Jude sería el albacea.
Un rato después de comenzar el funeral por Lester Rogan, una joven entró en la iglesia. Tras arrodillarse durante unos minutos, se sentó en el último banco. Llevaba la cabeza cubierta con un pañuelo de seda azul y un sencillo vestido del mismo color. Muy pocas personas se percataron de su presencia.
La familia se sentó en el primer banco de la iglesia y Myra Rogan no paró de llorar desconsoladamente desde el principio de la ceremonia. Muchos de los presentes pensaron que eran lágrimas de alegría. Por fin había desaparecido Lester de sus vidas y por fin podrían disfrutar, especialmente con la inmensa fortuna que heredarían.
Myra Rogan se veía muy desmejorada. Poco quedaba ya de aquella mujer que había sido tan atractiva. Llevaba un traje negro que le quedaba grande y una pamela gris que resaltaba la palidez de su rostro sin maquillaje.
Jude, que había llegado diez minutos antes de la ceremonia, se sentó unas filas más atrás. Aquel funeral era muy diferente al de su padre, pensó, en el que la iglesia había estado abarrotada. Ahora, apenas estaban ocupados la mitad de los bancos.
En el de su padre, la gente había llorado de emoción recordando las innumerables muestras de generosidad de Matthew Conroy. Había pasado la vida sirviendo a sus vecinos. Todos habían estado de acuerdo en que había sido un padre fantástico y que Jude era buena prueba de ello.
Se giró y miró a la mujer misteriosa del fondo de la iglesia. Parecía querer pasar desapercibida. Sólo destacaba la palidez de su blanca piel. De repente, ella se percató de que la estaba observando y bajó la cabeza, escondiendo su rostro.
Cuando terminó el funeral, Jude comprobó que la mujer ya se había ido. No había logrado reconocerla. Conocía a casi todas las personas de la ciudad, por lo que tenía que ser de fuera o haberse mudado recientemente. Estaba sorprendido de que aquella mujer hubiera despertado su curiosidad.
Jude condujo lentamente y disfrutó el recorrido por su ciudad hasta el cementerio. Una extraña sensación lo invadía cada vez que regresaba a Isis. Era un lugar tranquilo en el que no había tráfico ni hora punta. Se podía ir de un sitio a otro sin prisas. Se había criado en un lugar estupendo, pensó. El clima tropical, la luz del sol, la arena, el mar, los arrecifes de coral…
Llegó al cementerio y comprobó que sólo algunos de los asistentes al funeral habían acudido al cementerio. Estaban situados alrededor de la tumba, junto a la familia del difunto.
El entierro fue breve. La viuda estaba deshecha. Los asistentes se colocaron en fila para presentar sus respetos a la familia. Jude se acercó y a lo lejos distinguió a la mujer que había llamado su atención en la iglesia.
¿Quién era aquella mujer? Estaba apartada de los demás, oculta bajo la sombra de los árboles. Tenía que haber algún motivo para que se mantuviera alejada de todos, pensó Jude. Era alta y esbelta. El vestido que llevaba resaltaba su figura y ni uno sólo de sus cabellos asomaba bajo el pañuelo.
Cuando le llegó el turno, Jude dio el pésame a Myra y ésta le agradeció su presencia y lo besó. Sintió lástima por ella. Después, reconfortó a Mel con un sincero abrazo.
–Me alegro de verte –susurró, recordando los tiempos que habían compartido en la niñez. Su hermano, Ralph, había sido muy cruel con ella y Jude siempre había estado a su lado para consolarla.
–Si necesitáis algo, podéis contar conmigo –dijo con su seductora voz–. Ha sido un golpe duro. Aunque tu padre estuviera enfermo, ha sido una muerte inesperada.
–Nunca se cuidó. Por el modo en que se comportaba, parecía estar deseando morir –se lamentó Mel–. Ya sabes que era una persona difícil y que nunca fue un buen padre.
–Ya lo sé, Mel.
–Tu padre era un hombre diferente, un ser excepcional. Sé lo mucho que te costó superar la marcha de tu madre. Fuiste muy valiente y siempre contaste con el apoyo de tu padre. Era un hombre encantador –dijo Mel, y se secó los ojos con un pañuelo bordado–. En cambio, mi padre siempre nos trató como si fuéramos estúpidos.
–Pero tú sabes que no lo eres, Mel –dijo Jude tratando de consolarla–. Tu padre siempre intentó hacernos sentir inferiores.
–Pues lo logró –afirmó ella, y bajó la mirada–. La muerte siempre llega por sorpresa, aunque sea esperada. Todavía no me creo que haya muerto –volvió a mirarlo a los ojos y añadió–. ¿Vendrás a casa?
–Desde luego. Soy el albacea del testamento de tu padre. Lo sabes, ¿no?
–Sí, nos lo dijo Ralph. Me alegro de que seas tú y no un extraño. Ya sabes que echamos mucho de menos a tu padre. Era un hombre muy bueno. Como tú.
Jude sonrió.
–No soy tan bueno, Mel. Tengo mis defectos, como todo el mundo. Abriremos el testamento cuando tu madre se encuentre con fuerzas.
Ralph estaba al lado. Seguramente lo había oído todo, pensó Jude.
–Gracias por venir –dijo secamente. Por la expresión de su rostro era evidente que no sentía la gratitud que sus palabras expresaban. Seguía siendo el chico resentido y celoso que había conocido en el colegio–. Ven a casa. Con un poco de suerte, todo el mundo se irá pronto. Quiero que abras el testamento inmediatamente.
Jude miró a Myra.
–Tu madre está muy afectada. ¿Crees que será un buen momento para hacerlo?
–Para mí lo es –contestó Ralph secamente, y se dio media vuelta.
