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Gina Petrillo estaba huyendo de sus problemas y necesitaba el apoyo de sus viejas amigas. Pero parecía que los problemas la habían seguido hasta su casa de Winding River. El abogado Rafe O'Donnell había seguido su rastro desde la ciudad y no tenía la menor intención de dejar escapar a tan guapísima sospechosa. Pero convertirse en la sombra de Gina podía llegar a ser un verdadero reto ya que, a pesar de su desconfianza, los besos de aquella mujer eran demasiado irresistibles.
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Seitenzahl: 249
Veröffentlichungsjahr: 2013
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2001 Sherryl Woods. Todos los derechos reservados.
ATRAPAR A UN LADRÓN, Nº 63 - julio 2013
Título original: To Catch a Thief
publicada originalmente por Silhouette® Books
publicado en español en 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-687-3469-9
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
El despacho del Café Toscana, en el Upper West Side de Manhattan, era poco mayor que un escobero. Tenía el espacio suficiente para contener un escritorio, una silla y una estantería repleta de libros de cocina, informes, menús y recetarios escritos a mano. En él solo podía entrar una persona cada vez, pero, en aquel momento, la sensación de claustrofobia que Gina Petrillo sentía tenía más que ver con el documento legal que tenía entre las manos que con la falta de espacio.
–Lo mato –murmuró, mientras se le caía la citación judicial de entre los dedos–. Como le ponga las manos encima a Bobby, lo mato.
Había conocido a Roberto Rinaldi cuando los dos estaban estudiando gastronomía en Italia. Bobby era un apasionado de la restauración y tenía un genio muy intuitivo para la cocina. La instantánea corriente de simpatía que había saltado entre ellos estaba más relacionada con la elaboración de salsas y los usos de la pasta que con el deseo.
Efectivamente, Gina no habría dejado que Bobby se acercara a su cama. Él era más veleidoso con las mujeres de lo que lo era con los ingredientes. Constantemente estaba experimentando con ambos. Se salía con la suya porque era encantador e imposible de resistir cuando tentaba a las féminas con suculentos platos o deliciosos besos. Al menos, eso era lo que decían sus muchas conquistas.
Gina había decidido no prestar atención alguna a sus insinuaciones románticas y se había concentrado en sus habilidades en la cocina. Él era el chef más creativo que había conocido a lo largo de sus estudios, lo que era decir mucho. Después de renunciar a ir a la universidad, había estudiado en algunas de las mejores escuelas gastronómicas de Europa. Aunque le encantaba la cocina francesa, era la italiana la que le llegaba al alma. Tal vez era genético, o tal vez no, pero la primera vez que se había metido en una cocina en Roma, el aroma a ajo, tomates y aceite de oliva la había hecho sentirse como en su casa.
Para Bobby había sido igual o, al menos, eso era lo que decía él.
Cinco años atrás, cuanto terminó un curso de un año de duración en Italia, habían acordado formar una sociedad, buscar inversores entre los contactos de Bobby y abrir un restaurante en Nueva York. Habían tardado otro año en hacer realidad su sueño, pero había merecido la pena, a pesar de los sacrificios económicos y de las largas noches rascando pintura y lijando suelos. El Café Toscana había sido un sueño para ambos.
Aparentemente, también lo había sido el plan de Bobby para hacerse muy rico rápidamente. Según la citación que había recibido hacía una hora, Bobby no solo había malversado los fondos del restaurante, sino que había robado también a los que los habían apoyado. Un cheque de la cuenta del café, que se había extendido hacía unos minutos, confirmaba lo peor. Las arcas estaban vacías y se debía el alquiler y los pagos de los albaranes de la mayoría de sus proveedores.
Gina no podía culpar a nadie más que a sí misma por el desastre. Había dejado que Bobby se hiciera cargo de las cuentas del café porque a ella le interesaba más la cocina y el marketing que las cuentas. Resultaba humillante el hecho de que una persona ajena a todo, un abogado que representaba a los inversores a los que supuestamente se había estafado, conociera mejor el estado de las cuentas que ella misma. No parecía importar que hubiera sido ella la que había hecho prosperar el negocio. Parecía ser tan culpable como el hombre que se había escapado con el dinero. Al menos, eso parecía que implicaba aquella citación.
Gina pensó en todo lo que había sacrificado para crear el Café Toscana, lo que incluía su vida personal. Sin embargo, había merecido la pena. Con el empuje de una de sus antiguas compañeras de instituto, la superestrella Lauren Winters, había conseguido que el Café Toscana fuera uno de los restaurantes más conocidos en una ciudad donde abundaban los establecimientos de calidad. Las mejores mesas se reservaban con semanas de antelación y en las fechas señaladas no cabía ni un alfiler. A los famosos les gustaba que se les viera allí y su presencia nunca pasaba desapercibida en los periódicos del día siguiente. En los acontecimientos que se celebraban allí el éxito estaba asegurado y cada uno de ellos acarreaba nuevas reservas que mantenían a Gina ocupada de la noche a la mañana.
Entonces, ¿dónde había ido todo el dinero? Sin duda, a los bolsillos de Bobby.
Cuando llamó a la casa de su socio, un carísimo apartamento del Upper East Side, había descubierto que la linea estaba desconectada. Tampoco respondía al teléfono móvil. Bobby había huido. ¡Menudo canalla!
Porque él, aquel abogado, aquel Rafe O’Donnell, le seguía la pista. Aparentemente, estaba convencido de que ella formaba parte del plan en vez de ser una más de sus víctimas.
Sentada a la mesa, Gina se dio cuenta de que su sueño no solo se terminaba, sino que se hacía pedazos. A menos que pudiera conseguir dinero, mucho dinero, tendría que declararse en quiebra y cerrar el Café Toscana.
–Tengo que pensar –susurró.
Decidió que no iba a hacer nada allí metida. Necesitaba aire fresco y espacios abiertos. Tenía que marcharse a casa, a Winding River, Wyoming.
Podría dejar el restaurante en las capaces manos de su ayudante durante una semana o dos. Podría llamar a ese O’Donnell para que pospusiera la declaración hasta algún momento del siglo próximo.
La reunión de antiguos alumnos del instituto le proporcionaba la excusa que necesitaba. Sus amigas, las indomables componentes del Club de la Amistad, lograrían levantarle el ánimo. Si se decidía a pedirles consejo, ellas se lo darían. Lauren estaría dispuesta a extenderle un cheque para sacarlo momentáneamente del apuro, Emma le daría consejo legal y Karen y Cassie encontrarían algún modo de alegrarla.
Gina suspiró. Todas ellas harían eso y mucho más si ella se decidía a contarles el lío en el que estaba metida. Incluso podrían prestarle una pistola que podría utilizar si volvía a ver a Roberto Rinaldi.
–¿Que Gina Petrillo se ha ido dónde? –preguntó Rafe O’Donnell, levantando súbitamente la cabeza al oír la información que acababa de darle su secretaria.
–A Wyoming. Llamó hace una hora para cambiar la cita de la declaración –repitió Lydia Allen, con un aspecto muy alegre.
Si Rafe no hubiera sabido que era imposible, habría pensado que Lydia se alegraba de que esa tal Gina se hubiera escapado de sus garras. Miró a la mujer, que se le había asignado como secretaria cuando entró a trabajar para Whitefield, Mason y Lockart, hacía siete años, y frunció el ceño. Por aquel entonces, ella llevaba con la empresa veinte años y había afirmado que siempre la asignaban como secretaria de las últimas incorporaciones al bufete para asegurarse de que se adaptaban bien a la empresa. Lydia seguía con Rafe porque juraba que a una secretaria menos experimentada le resultaría imposible trabajar con él.
–¿He dicho yo que se podía cambiar de fecha? –preguntó, muy irritado.
–Ha estado en los tribunales todo el día –afirmó Lydia, sin sentirse en absoluto intimidada por su brusco tono de voz–. Estas cosas se cambian de fecha continuamente.
–¡No para que una delincuente se marche de rositas a Wyoming!
–No puede estar seguro de que Gina Petrillo sea una delincuente. ¿Recuerda eso de «Inocente hasta que se demuestre lo contrario»?
–No necesito que una abuela me recuerde los principios fundamentales del Derecho –replicó Rafe, tratando de refrenar su mal genio.
Como siempre, Lydia no prestó atención alguna al insulto.
–Tal vez no, pero le vendrían muy bien unas cuantas verdades. Yo he comido en ese restaurante, como la mayoría de los socios de este bufete. Si usted no estuviera tan obsesionado por su trabajo, también sería un cliente asiduo. La comida es fabulosa. Gina Petrillo es una joven hermosa e inteligente. No es ninguna ladrona.
Así se explicaba la actitud de Lydia. Conocía personalmente a la mujer y desaprobaba la determinación de Rafe de vincular a Gina con los delitos de su socio. Teniendo en cuenta lo blanda de corazón que era su secretaria, seguramente había llamado a Gina para advertirle que se marchara de la ciudad.
–Dices que no es una ladrona –comentó Rafe, con engañosa suavidad para luego ir a la yugular–. ¿Te importa decirme cómo has llegado a esa conclusión? ¿Tienes una licenciatura en Psicología, tal vez? ¿Acceso a los libros del restaurante? ¿Tiene pruebas que la eximan de toda culpa?
–No, no tengo pruebas. Y usted tampoco, pero, al contrario que algunas personas, sé juzgar muy bien el carácter de las personas, Rafe O’Donnell.
Rafe tuvo que admitir que era así... normalmente.
–En cuanto a ese Roberto –prosiguió la secretaria–, sí me creo que haya robado a las personas. Tiene la mirada furtiva.
–Gracias, señorita Marple –dijo Rafe, con cierto desprecio–. Roberto Rinaldi no era el único que tenía acceso al dinero.
Una buena parte de ese dinero parecía pertenecer a la madre de Rafe. Aquel hombre la había engañado con su encanto. Rafe no había explorado la verdadera naturaleza de la relación, pero conociendo a su madre, seguramente no había sido platónica. No era menos consciente que su padre, antes del divorcio, de las faltas de su madre, pero hacía todo lo posible para evitar que le robaran de aquel modo.
–Es Roberto el que ha desaparecido –señaló Lydia–. Debería de estar concentrándose en él.
–Lo haría si pudiera encontrarlo. Y esa es precisamente la razón por la que quiero hablar con Gina Petrillo. Tal vez sepa dónde está. Ahora, gracias a ti, ni siquiera sé dónde está ella.
–Claro que lo sabe. Se lo acabo de decir. Se ha ido a Wyoming.
–Es un estado muy grande. ¿Puedes reducir un poco las posibilidades?
–No hay necesidad de ser sarcástico.
–¿Sabes dónde está o no?
–Claro que sí.
–Entonces, resérvame un billete en el próximo vuelo.
–Dudo que Winding River tenga aeropuerto. Lo comprobaré –dijo Lydia. Su expresión pareció alegrarse.
–Lo que sea –replicó Rafe, no muy contento al pensar en las imágenes del salvaje oeste–. Cancela todo lo que tenga en mi agenda y haz que llegue allí mañana por la noche.
–Lo haré, jefe. De hecho, me adelantaré más y cancelaré todo lo que tiene para la semana que viene. Le vendría bien un poco de tiempo libre.
–No necesito tiempo libre –protestó Rafe, algo suspicaz ante el repentino interés de su secretaria–. Lo solucionaré todo este fin de semana y estaré de vuelta el lunes.
–¿Por qué no espera a ver cómo se desarrollan las cosas?
–¿Qué es lo que estás tramando?
–Solo estoy realizando mi trabajo –dijo ella, con una expresión inocente en el rostro.
Rafe dudaba que aquella inocencia fuera auténtica. Sin embargo, no podía imaginarse por qué Lydia tenía tantas ganas de que se marchara a Wyoming. No era la clase de secretaria que utilizaba la ausencia del jefe para marcharse de compras cada vez que podía o para tomarse más tiempo que el debido para el almuerzo. No. Era de las que trabajaban, de las que se enorgullecían de convertir la vida de sus jefes en un infierno inmiscuyéndose demasiado en sus asuntos. Era evidente que sentía aprecio por esa Gina Petrillo... De repente, descubrió lo que su secretaria estaba tramando.
–¡Lydia!
–No tiene por qué gritar. Solo estoy al otro lado de la puerta.
–Cuando me reserves la habitación en Winding River, asegúrate de que estoy solo.
–Pero claro, por supuesto –observó la mujer, fingiendo estar escandalizada.
–No me mires de ese modo. No sería la primera vez que ha habido una confusión en un hotel que me ha puesto a compartir la habitación con una mujer a la que tú creías que debía conocer mejor.
–Yo nunca...
–Ahórrate los discursos. Asegúrate bien, Lydia, o te pasarás el resto de tu vida profesional en esta empresa en los archivos.
–Lo dudo, señor –afirmó ella, lanzándole una pícara sonrisa–. Yo sé perfectamente en qué armarios están los esqueletos...
Rafe suspiró profundamente. Lydia también.
Cuando en Winding River se organizaba una reunión de antiguos alumnos, las celebraciones se prolongaban durante tres días. Había una barbacoa como fiesta de bienvenida el viernes por la noche, un rodeo el sábado por la mañana y un baile por la noche, para terminar con un picnic el domingo, a modo de despedida. Todo ello solía entremezclarse con las celebraciones del Cuatro de Julio.
A Gina no le interesaba nada de ello, excepto pasar unas horas con sus más queridas amigas. Deseaba disponer de unas horas en las que poder olvidarse de Roberto Rinaldi y del lío en el que él la había metido.
–¿No podríamos ir al Heartbreak a tomar unas cervezas, escuchar un poco de música y a relajarnos durante unas pocas horas? –suplicó, mientras las otras la sacaban de la casa de sus padres y la llevaban hasta un coche la tarde del viernes.
–Habrá cerveza y música en la barbacoa –le dijo Emma–. Además, ¿desde cuándo has desaprovechado tú la oportunidad de irte de fiesta? La única que estaba siempre más dispuesta que tú para una juerga era Cassie.
–Ojalá hubiera venido esta noche... –susurró Gina.
–Ha prometido estar en el baile mañana por la noche –le recordó Karen–. Y sabes perfectamente por qué no ha venido.
–Sí, ya sé que ha sido por lo de Cole –comentó Gina–. Eso le ha afectado mucho. Faltó muy poco para que Cole se encontrara cara a cara con su hijo.
–En mi opinión, eso hubiera sido lo mejor –observó Karen–. Creo que está posponiendo lo inevitable.
–Tal vez –dijo Lauren–, pero, por mucho que me gustase que Cassie estuviera aquí esta noche, no voy a dejar que eso me estropee la velada–. Ahora, vayámonos, chicas. He estado viviendo de lechugas desde hace mucho tiempo. Hace años que no he tomado una barbacoa como Dios manda y estoy dispuesta a ponerme las botas esta tarde –añadió, empujándolas hasta el deportivo que había alquilado para su visita.
Veinte minutos más tarde, Lauren entró en el aparcamiento del instituto, donde había compartido algunos de los mejores momentos de su vida con sus amigas. Por aquel entonces, las conocían como las componentes del Club de la Amistad y las cinco habían creado más problemas que ningún otro alumno, antes o después que ellas. Cassie era la cabecilla, pero el resto había seguido de buena gana todo lo que a ella se le ocurría.
Años después, Karen vivía en un rancho, Lauren estaba en Hollywood, Cassie seguía tratando de evitar que se supiera el nombre del padre de su hijo y Emma era una abogada de mucho éxito en Denver. Junto con Emma y Lauren, Gina era uno de los miembros de la clase que más éxito había tenido. Su padre era agente de seguros y su madre había sido secretaria del instituto, pero Gina había decidido ponerse a trabajar como camarera desde muy joven. En aquellos momentos, era la dueña de uno de los restaurantes más exclusivos de Nueva York. A ojos de todo el mundo, su vida había sido un verdadero cuento de hadas. Si supieran lo cerca que estaba de convertirse en una pesadilla...
Cuando se acercaron al campo de fútbol, vieron que todo estaba ya preparado para la barbacoa. Había comida y bebida en abundancia. Todo el mundo andaba de un sitio a otro, saludando a todos los que no habían visto desde hacía diez años, cuando todos se graduaron en el instituto.
De repente, Gina sintió que alguien le daba un codazo en las costillas.
–¡Oye! –exclamó, al tiempo que descubría que había sido Lauren–. ¿A qué se ha debido eso?
Lauren, de la que se había pensado que era la que más posibilidades tenía de alcanzar el éxito debido a su inteligencia, señaló a un hombre que estaba sentado, con las piernas estiradas y los codos apoyados en el banco que tenía detrás. Tenía un aspecto distante y parecía estar completamente fuera de lugar. También era muy guapo, aunque, desde hacía unos días, a Gina no le interesaban aquel tipo de hombres. De hecho, si no volvía a conocer a otro hombre guapo, estaría encantada. La desaparición de Bobby le había hecho dudar de todos los hombres atractivos.
–¿Quién es? –le preguntó Lauren–. Estoy segurísima de que no se trata de uno de los nuestros. Ninguno de nuestros compañeros de instituto podría mejorar tanto en veinte años, y mucho menos en diez.
Gina observó al desconocido con curiosidad. Efectivamente era muy guapo. Tenía un aire sofisticado, de ciudad. A pesar de llevar pantalones vaqueros y camisa de franela, que, incluso desde allí, se apreciaba que eran completamente nuevos, no había posibilidad alguna de confundirlo con un vaquero. Era demasiado refinado. Llevaba el cabello castaño impecablemente cortado y su rostro era demasiado pálido y aristocrático. Proclamaba a voces que era un yanqui de buena familia.
–¿Y bien? –preguntó Lauren–. ¿Lo conoces?
Gina estaba segura de que no lo había visto nunca antes, pero eso no evitó que el corazón se le acelerara un poco más. Tal vez fuera el marido de alguien, pero algo le decía que no era así. La estaba mirando fijamente, en vez de fijarse en Lauren, que era la que solía atraer la atención de los hombres. En vez de eso, no dejaba de observar a Gina Petrillo, con su cabello indomable, sus caderas demasiado anchas y un viejo vestido que había sacado del armario de su antigua habitación.
–Solo hay un modo de descubrirlo –añadió Lauren, tras dedicarle una sonrisa a Gina.
Esta quiso impedírselo, pero sabía que no conseguiría nada. La luz de los focos había hecho que Lauren, que siempre había sido tan inteligente como tímida, hubiera desarrollado una confianza en sí misma que siempre había necesitado.
Gina decidió desaparecer de la zona y fue a por una cerveza. Acababa de tomar un trago, cuando oyó la voz de Lauren a sus espaldas.
–Por fin te encuentro, Gina –le dijo–. Este hombre tan guapo te está buscando a ti. ¡Qué afortunada!
Gina sintió que se le hacía un nudo en el estómago. Lentamente, se volvió hacia ellos, a pesar de que cada fibra de su ser le decía que no tenía nada de suerte. Estaba segura de que aquel hombre no la estaba buscando para que le diera su receta para los fettucini.
–Gina Petrillo, Rafe O’Donnell –dijo Lauren. Entonces, tras guiñarle un ojo a su amiga, los dejó a solas, como si hubiera conseguido un enorme éxito por haberlos presentado.
Sin embargo, Gina reconoció el nombre con un enorme sentido de inevitabilidad. Se obligó a mirar los insoldables ojos de color topacio con los que él la contemplaba y se dio cuenta de que no había razón alguna para fingir que no reconocía el nombre. A pesar de todo, decidió mantenerse tranquila, por mucho que le costara. No quería que aquel hombre pensara ni por un segundo que se sentía culpable de nada.
–Está muy lejos de su casa, señor O’Donnell.
–Como usted, señorita Petrillo.
–Se equivoca. Esta es mi casa.
–¿Y Nueva York?
–Es el lugar en el que trabajo.
–Ya no, si yo tengo algo que decir al respecto.
–Ya veo que la estrategia para la batalla está ya preparada. Menos mal que no es usted ni juez ni jurado. Si así fuera, lo único que yo podría hacer sería echarme a temblar.
–Debería hacerlo de todos modos. Soy muy bueno en mi trabajo.
–¿Y a qué se dedica usted, señor O’Donnell? ¿A condenar a las personas sin necesidad de juicio?
–No. Llegar a los hechos, señorita Petrillo. Ese era el propósito de la declaración que usted decidió anular.
–No he anulado nada. Es mejor que compruebe su agenda. Lo único que he hecho ha sido dejarla para otro día.
–Sin mi permiso.
–A su secretaria no pareció presentarle ningún problema.
–Sí, bueno... A Lydia algunas veces se le olvida quién está al mando.
–Y estoy segura de que eso le molesta mucho.
–Principalmente, resulta un inconveniente.
–Sí, ya me imagino que perseguir a los malos como yo por todo el país debe de causar estragos en su agenda...
Para sorpresa de Gina, él se echó a reír.
–No tiene ni idea. Tenía unos planes estupendos para este fin de semana.
–¿De verdad? ¿De qué se trataba? ¿De un partido de fútbol con los niños? ¿Tal vez de un acto benéfico con la esposa?
–No tengo ni esposa ni hijos.
Aquella revelación le despertó una sensación de alegría completamente inapropiada en el estómago. Sin embargo, se negó a admitir, o a dejarle ver a él, que tenía la capacidad de desconcertarla en modo alguno... y mucho menos de aquella forma.
–En ese caso, debe de tratarse de una cita con una hermosa mujer.
–No.
–Estoy segura de que no puede ser que esos planes estupendos fueran pasar el fin de semana completamente solo, señor O’Donnell.
–Me temo que sí. Por supuesto, me habría divertido lo mío. Antes de marcharme, se me concedió el derecho de examinar los libros del Café Toscana. Hice que fueran a recogerlos ayer por la mañana. Tengo entendido que su ayudante se mostró muy colaboradora. Es una pena que ni usted ni su socio muestren la misma actitud. Por cierto, ¿dónde puedo encontrar a Rinaldi?
–Estoy segura de que esos libros le habrán resultado mucho más reveladores de lo que yo le pueda decir. Debería haberse quedado en su casa con ellos. Habría podido pasarse todo el fin de semana repasando números. En cuanto a Bobby, si lo localiza, hágamelo saber. Tengo algunas palabras que me gustaría decirle.
–¿Espera que me crea que se marchó sin decírselo a usted?
–Francamente, no me importa lo que usted crea o no. Ahora, márchese a casa, señor O’Donnell. No es demasiado tarde para poder disfrutar con esos libros de cuentas. ¿Por qué no toma un avión esta misma noche?
–Porque le di la noche libre al piloto del vuelo chárter que me trajo aquí desde Denver y no me gustaría estropearle la velada. Estaba deseando irse a bailar a un sitio que se llama Heartbreak.
–¡Qué considerado es usted! ¡Y qué caro resulta alquilar un vuelo chárter para uno solo! ¿Saben sus clientes cómo desperdicia usted su dinero?
–No tiene por qué preocuparse. Los gastos de este viaje corren de mi cuenta. No he estado en un acontecimiento como este desde hacía mucho tiempo –añadió, mirando a su alrededor.
–Para defender con tanto ahínco la verdad, señor O’Donnell, esa es una buena trola. Estoy segura de que nunca ha estado en un acontecimiento como este, ¿me equivoco? –le espetó Gina, mirándolo con escepticismo–. A mí me parece que usted ha ido a un colegio privado de la Costa Este y luego a Harvard. Si ha estado alguna vez en una reunión, estoy segura de que esta se celebró en un hotel de lujo o en un club de campo privado. Y mi instinto me dice que lo más cerca que ha estado de un caballo ha sido en una esquina de las calles de Nueva York, y que entonces había un policía montado encima.
–Pues se equivoca. Me eduqué en colegios públicos y luego fui a Yale, no a Harvard.
–No creo que sea una distinción muy significativa.
–Le sugiero que no le diga eso a un alumno de cualquiera de las dos universidades. Nos gusta aferrarnos a nuestras ilusiones de supremacía.
–Bueno, pues aférrese todo lo que quiera, pero hágalo en otra parte. Yo he venido aquí para divertirme con mis amigas. No quiero encontrarlo acechando en las sombras cada vez que me dé la vuelta.
–Pues lo siento, porque no pienso marcharme a ninguna otra parte.
–¿Qué es lo que de verdad lo ha traído aquí? –preguntó Gina, irritada por su vehemencia–. ¿Es que se teme que yo vaya a desaparecer? ¿Acaso está esperando descubrir que tengo guardado el dinero que falta debajo del colchón de la cama que tengo en casa de mis padres?
–¿De verdad?
–Claro que no. Ni hay dinero ni escondrijo. Lo que sí puedo mostrarle es mi billete de avión, para que vea que es de ida y vuelta. Márchese a su casa, señor O’Donnell. Lo veré, tal y como está establecido, dentro de un par de semanas.
–Podríamos quitarnos esto de encima ahora mismo –sugirió él–. Así, yo podría regresar a Nueva York y disfrutar del resto de mi fin de semana.
–¿Sin un abogado presente? No lo creo.
–En ese caso –replicó él, encogiéndose de hombros–, tendrá que acostumbrarse a mi presencia durante... ¿cuánto tiempo ha dicho que pensaba quedarse?
–Dos semanas.
–Entonces, durante dos semanas –dijo Rafe, a pesar de que aquel dato pareció entristecerlo mucho–. Lo que haga falta.
–Como usted quiera –suspiró Gina–. Yo voy a por otra cerveza.
–Beber no la ayudará a olvidarse de que estoy aquí.
–No, ya me imagino que no. Haría falta un buen golpe en la cabeza para conseguirlo, pero la cerveza hará que su presencia me resulte más tolerable. Lo veré en los tribunales, señor O’Donnell.
–Oh, yo creo que nos veremos mucho antes de eso –replicó él–. De hecho, estaré en todos los lugares a los que usted vaya.
Gina sabía que no era culpable de nada, a excepción de haber cometido la equivocación de meterse en el mundo de los negocios con Bobby, pero Rafe O’Donnell le parecía el tipo de hombre que podría desenterrar secretos, tergiversar palabras y pintar un cuadro muy negro de la persona más santa que hubiera sobre la tierra. Iba a quedarse en Winding River, rebuscando por todas partes, buscando pruebas que la incriminaran y molestando a sus amigas. Aquel último pensamiento la hizo echarse a temblar.
Tal vez sería mejor terminar con todo aquello, hablar con él y hacer que se marchara. Sin embargo, aquella idea tampoco la atraía. Necesitaba tiempo para pensar antes de ver a un abogado en Nueva York. No quería meter a sus amigas en aquel asunto a menos que tuviera que hacerlo. Era su problema y lo arreglaría sola, eso suponiendo que pudiera arreglarlo.
En aquel momento, se dio cuenta de que la música había empezado a sonar. A nadie le gustaba bailar más que a Gina. Decidió que podía posponer aquella cerveza durante algunos minutos.
–¿Sabe bailar esta música?
–No.
–No importa –replicó ella, agarrándolo de la mano–. Limítese a seguirme.
El abogado aprendió más rápidamente de lo que ella hubiera esperado. No se le daba muy bien, pero al menos no se tropezaba ni la pisaba.
–Veo que le gustan los desafíos –dijo Gina.
–Hay muy pocas cosas que no fuera capaz de hacer para ganar.
–¿Seguimos hablando del baile?
–¿Es que acaso hablábamos del baile antes?
Gina suspiró. Vio que nada iba a cambiar. Rafe O’Donnell nunca iba a olvidar qué era lo que lo había llevado a Winding River.
–Creo que me iré ahora a tomar esa cerveza –dijo, antes de que terminara la música. Se dispuso a salir de la pista de baile, pero entonces se dio la vuelta para volver a encararse con el abogado–. Deje a mis amigas al margen de esto.
–No diré nada... por el momento.
–Mire, señor O’Donnell...
–Creo que, dado que nos vamos a relacionar tan asiduamente durante las próximas semanas, deberías llamarme Rafe.
–Como quieras, pero te advierto que no saben nada de esto ni quiero que lo sepan.
–¿Por qué? Tu amiga Lauren gana diez millones con cada película. Podría extenderte un cheque y terminar con este asunto ahora mismo. Podrías pagar a todas esas personas que han sido estafadas, cuadrar las cuentas del restaurante y la vida seguiría como antes. No tendrías que volver a verme.
–Sí, claro que podría, pero no es su problema. Es el mío. No, un momento. Permíteme que me corrija. Es el de Bobby.
–Pero él te dejó con la patata caliente, ¿no es así?
–No pienso hacer esto ahora. Buenas noches.
Gina se dio la vuelta y se marchó. Sin embargo, a casa paso que daba, sentía con más fuerza que la mirada de Rafe le quemaba la espalda. Se alegraba de que no pudiera verle la cara, porque habría sabido exactamente lo mucho que la había alterado aquella conversación.
A poca distancia de allí, se encontró con Lauren.
–¿Quién es ese hombre tan guapo?
–Ese hombre tan guapo es una serpiente –le espetó Gina.
–¿Qué es lo que ha hecho?
–Nada. No tienes por qué preocuparte. No se trata de nada de lo que yo no pueda ocuparme –replicó Gina, con una sonrisa.
–¿Estás segura?
–Por supuesto.
Sin embargo, aunque trató de inyectar una nota de confianza en la voz para que Lauren la creyera, Gina no pudo dejar de preguntarse si Rafe O’Donnell no sería una amenaza demasiado fuerte para ella. Recordó el modo en el que el pulso se le había acelerado en su presencia y entonces rectificó el pensamiento. Seguramente, habría varios aspectos en los que Rafe O’Donnell sería un formidable enemigo para ella.
