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Dos hermanos escoceses. Dos épocas distintas. Un destino que trasciende el tiempo. Cuando el pasado llama, los McLeod no pueden ignorarlo. EnUn highlander para Navidad, Vanessa, una exitosa empresaria, viaja a Escocia por trabajo... y termina encontrando mucho más: documentos misteriosos, sueños que no parecen suyos y un conde escocés tan enigmático como irresistible. En plena Navidad, el amor y la magia del castillo McLeod transformarán su realidad para siempre. En Un highlander en Normandía, Connor encuentra una fotografía imposible que lo lleva a Francia… y a 1944. En medio del caos de la Segunda Guerra Mundial, se enamora de una mujer valiente, lucha junto a la Resistencia y descubre que su historia ya estaba escrita mucho antes de que él la viviera. Dos historias entrelazadas por la sangre, el destino y un amor que desafía el tiempo. Perfectas para lectoras de romance histórico, viajes en el tiempo y emociones intensas.
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Seitenzahl: 334
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Bilogía
Highlanders
Incluye:
Un Highlander para Navidad
Un Highlander en Normandía
Anne Aband
© Anne Aband (Yolanda Pallás), [2023]
Recopilación publicada en 2026
Corrección: Eva Pallás
ISBN: 979-13-87990-13-8ISBN Ebook: 979-13-87990-69-5
Depósito Legal: Z1422-2025
Astera Ediciones
Portada: Yolanda Pallás
Todos los derechos reservados. Te pido por favor que descargues de forma legal este libro. Es un gran esfuerzo de mucho tiempo y seguro que el karma te lo recompensa. Gracias.
Un Highlander
Para Navidad
Anne Aband
© Anne Aband (Yolanda Pallás), [2023]
Corrección: Eva Pallás
ISBN: 9798869552327
Safe creative: 2311226184053
Impresión independiente
Portada: Yolanda Pallás
Todos los derechos reservados. Te pido por favor que descargues de forma legal este libro. Es un gran esfuerzo de mucho tiempo y seguro que el karma te lo recompensa. Gracias.
Nunca hay un adiós total.
Capítulo 1. Nueva York11
Capítulo 2. Castillo Dunmore17
Capítulo 3. Llegada a Inverness. Vanessa23
Capítulo 4. Visita al castillo33
Capítulo 5. Una cena distinta41
Capítulo 6. Demasiado para un día. Alistair53
Capítulo 7. La vieja torre59
Capítulo 8. Buenas y malas noticias71
Capítulo 9. Una llave75
Capítulo 10. Edimburgo83
Capítulo 11. Una triste historia93
Capítulo 12. Decisiones confusas101
Capítulo 13. La vuelta107
Capítulo 14. ¿Qué hacer?119
Capítulo 15. Reunión familiar123
Capítulo 16. Las cartas131
Capítulo 17. Sorpresa en Navidad137
Capítulo 18. Escocia de nuevo149
Capítulo 19. Una comida numerosa157
Capítulo 20. La carta169
Epílogo177
Epílogo 2179
Otros libros relacionados183
Agradecimientos y sobre mí189
La mujer salió del despacho de su jefe con paso firme, entró en el suyo y cerró la puerta con un buen golpe. Empezó a pasear taconeando por la cara moqueta azul celeste. Su padre… su jefe, pensó en ponerla porque decía que hacía juego con sus ojos. Movió la cabeza molesta ¿Cuándo se había vuelto tan raro? ¿Por qué enviarla a un lugar tan… lejano y a pocos días de la Navidad?
Metió su portátil en la elegante funda de cuero, así como su agenda y varias carpetas sobre la propiedad, el castillo de Dunmore, en Inverness, un lugar que su padre llamaba la vieja Escocia, de donde procedía una abuela o bisabuela, no sabía.
No es que le importase viajar, lo hacía a menudo, pero esta vez había proyectado un maravilloso crucero por tierras cálidas, con un grupo de amigos entre los que estaba John, con el que había empezado a tontear, aunque todavía no habían dado el paso.
—Linda, anula mis citas hasta el martes.
Salió sin esperar respuesta de su secretaria, aunque ella le dio el billete de avión y toda la documentación. Estaba de mal humor y no era normal en ella. Lo cierto es que llevaba un tiempo inquieta, con una sensación extraña, puede que fuera porque no se había recuperado de la ruptura con Michael, hacía un año. Por eso tenía ganas de experimentar lo que era una relación formal. John era abogado de un despacho del mismo edificio donde estaban sus oficinas y poco a poco, habían empezado a sentir algo el uno por el otro.
Salió al frío de la ciudad de Nueva York. De pequeña amaba las Navidades. Entonces, su padre, aunque acomodado, no había amasado la fortuna que tenía ahora con su pequeño imperio inmobiliario. Como resultó que a su hermano mayor no le gustaba el negocio familiar y se alistó en el ejército, ella fue la siguiente opción y allí estaba. Había descubierto que le apasionaba el juego de buscar nuevas adquisiciones y encontrar el negocio perfecto para cada una. Su padre le decía que tenía una visión especial que le permitía encontrar la solución. Ella se reía y pensaba que la halagaba, aliviado de que al menos ella, no lo hubiese abandonado.
En cuanto a su madre, desde que se fue con un actor a vivir a Los Ángeles, no había tenido mucho contacto, ni siquiera con sus dos hermanas más jóvenes. La había abandonado, ¿no? Pues que se quedase con su nueva familia.
El encargado del aparcamiento le trajo su deportivo oscuro, discreto y elegante, como ella.
—¿Señorita Hamilton? —preguntó un hombre antes de que ella pudiera subirse al coche.
—¿Sí? ¿Señor…?
—López, el dueño del local del restaurante Delicious. Confiaba en hablar con usted. Llevo unos días esperando.
—¿En qué puedo ayudarle?
—Quería pedirle que me diera unos días más para abonar la deuda. El mío es un lugar pequeño y familiar y si lo compran, van a poner un lugar de comida rápida. No es lo que le gusta al barrio, señorita.
—Señor López, el dueño de su local lo quiere vender, ¿qué puedo hacer yo?
—Aplazarlo un poco, por favor. Solo necesito unos días más para conseguir lo suficiente como para comprarlo. Se lo ruego.
—Está bien, veré qué puedo hacer. Si me permite.
El señor agradeció con lágrimas en los ojos y Vanessa se metió en el coche. Ese local era muy codiciado porque estaba en la esquina de un barrio emergente. Seguramente el dueño no querría venderlo por menos de lo que pedía y no estaba segura de que el alquilado actual lo pudiera pagar. Miró su teléfono y fue a llamar, pero lo dejó pasar. Quizá al señor López le esperaba otra cosa. Su madre le dijo, antes de marcharse, que la vida te puede dar una vuelta de 180 grados y no puedes hacer nada. Si se empeña en cambiar lo que sea, lo hará, por mucho que te resistas.
Ella no se había resistido. Tuvo que estudiar económicas y dirección de empresas y entrar en la empresa de su padre. Todo fue bien. Se adaptó. Tenía un precioso apartamento en uno de los edificios más caros de Nueva York, amigas que compartían sus gustos y una incipiente relación. ¿Qué más podía pedir?
Paró en un semáforo y un tipo se acercó a su ventanilla. Ella solía tener algún billete a mano y abrió ligeramente la ventanilla. Pasó uno de cincuenta dólares y el hombre la miró asombrado. Le dio las gracias efusivamente y ella finalmente arrancó sin decir nada.
Se sentía mal por lo de López y con esto, empezó a sentirse mejor. No era tan mala, ¿no?
Aparcó en el edificio y empezó a hacer las maletas. No entendía por qué su padre se había empeñado en que fuera a Inverness, que visitara el castillo Dunmore y juzgase si era un lugar para comprar. ¿Qué se le había perdido en Escocia? Y lo peor es que debía hacerse pasar por conservadora de arte, como si fuera a valorar alguna de las piezas. Es cierto que siempre había amado las bellas artes y era aficionada a asistir a subastas, solo como distracción, pero no sabía si estaría a la altura, aunque él había pensado en todo. Tenía el teléfono de la conservadora del Museo Británico, en Londres y ella había hablado con el dueño de la casa. Lo habían arreglado sin decirle nada. Puede que eso fuera lo que más le molestaba. A veces la seguía tratando como si fuera una niña y justo el día 31 de diciembre cumplía los treinta.
Miró su reloj y decidió cambiarlo por el que solía utilizar para hacer deporte, que era más sencillo y menos caro. Si debía pasar por conservadora, mejor no llevar su ropa de firma. Allí debía de hacer mucho frío, así que botas y jerséis, sin duda.
Dejó una nota para la muchacha que limpiaba su apartamento y se fue para el aeropuerto. Cuanto antes acabase lo que tenía que hacer, antes volvería. Acudió al aeropuerto con el chófer de su padre que fue a buscarla y le ayudó con sus dos pesadas maletas. Esperaba que alguien le fuera a buscar allí.
Tenía unas trece horas de viaje, pero al menos iba directa. Estudiaría el castillo y a sus habitantes mientras tanto. Le gustaba ir bien preparada.
Además, en clase business, no tenía compañero de viaje, por lo que se acomodó en su plaza. Sacó varias fotos actuales y antiguas. Lo cierto es que estaba en bastante mal estado. Alguna torre estaba semi derruida y los jardines se veían algo salvajes y abandonados. Tenía que reconocer que el lugar era muy bonito, rodeado de prados y con un bosque enorme que lo circundaba. Lo malo es que deberían invertir mucho dinero si querían convertirlo en un hotel de máximo lujo. Cerró los ojos para visualizar lo que podría hacer. Era algo que solía practicar, como si pudiera imaginarse cómo se vería el local, casa o edificio con sus nuevos dueños. En este caso, vio un lugar rehabilitado, en primavera, con el verde prado cuajado de flores, una fuente de la que manaba agua y perros corriendo por delante de la casa. La puerta se abrió y… no podía ser. ¿Por qué se vio a sí misma saliendo con una enorme sonrisa?
—¡Connor McLeod! —El sonido de una voz ronca retumbó en el vestíbulo del castillo. El hombre estaba pisando el suelo con las botas llenas de barro y eso le enfadaba todavía más. Por lo menos, habían retirado las viejas alfombras y lo arreglaría con agua. Pero lo de su hermano no tenía arreglo.
—¡Connor! —volvió a gritar y por fin se escucharon unos pasos tranquilos, demasiado para su gusto.
Su hermano, diez años menor, apareció poniéndose apresuradamente los pantalones y con su cabello rubio revuelto. No estaba solo.
—¿Qué pasa, Alistair? No son horas de andar gritando, joder.
—¿No tenías algo que hacer hoy?
Connor se apoyó en la barandilla perezosamente y se encogió de hombros. Se estiró mostrando su abdomen torneado y su hermano pudo ver que presumía de su forma física de gimnasio. A él no le daba tiempo de esas cosas.
—Te pedí que fueras a buscar a la conservadora al aeropuerto. Es importante, hombre.
—Ah, eso, ¿a qué hora era?
—Hace media hora. Vístete ahora mismo y ve.
—¿Por qué no puedes ir tú?
—Porque soy yo quien está al cargo. Ve. Ya.
Connor frunció el ceño se dirigió con lentitud hacia su habitación. Alistair procuró no decirle nada más aunque lo estaba deseando. Salió al jardín y se dirigió hacia el cobertizo, donde tenía las herramientas para al menos, darle un aspecto decente, dentro de lo posible, al castillo.
Le habían recomendado a esta mujer y esperaba que algunas de las cosas que tenía guardadas en la torre pudieran venderse para obtener algo de dinero e invertirlo en el mantenimiento del castillo, que se caía a pedazos.
Cogió el saco de cemento y se puso a preparar algo de mezcla para asegurar algunos ladrillos de la fachada lateral. El cemento manchó su ropa vieja, aunque poco le importó. Escuchó el coche de Connor y respiró tranquilo. No quería darle una mala impresión a la mujer. El primer impulso había sido ir él mismo, pero el ama de llaves, que lo había cuidado de pequeño, le pidió que le diera una oportunidad. Como siempre, le había fallado.
Removió el cemento con cuidado y bufó. ¿Quién le hubiera dicho a él que un abogado licenciado en Eton tendría que hacer tareas de este tipo?
Cuando tuvo que hacerse cargo del castillo, tras el accidente de sus padres hacía cinco años, no pensaba que todo fuera tan mal. Estaban llenos de deudas y, sin embargo, aunque ya tenía veintiocho años, no le habían dicho nada. El mundo se les cayó encima, no solo por la falta de dinero, sino porque se quedaban los tres huérfanos en un solo día. Quizá por ambas.
Un canturreo alegre le hizo sonreír. Su hermanita, de solo trece años, se acercaba correteando hacia él. Ella era un poco especial y mentalmente tenía unos siete u ocho años. También iba en el coche y quedó en coma durante unos días. Cuando despertó, por mucho que los años pasaran, seguía igual.
—¿Qué tal, Elisa? ¿Has desayunado bien?
—Sí, Al, ¿Puedo ayudarte? Connor se ha ido con una chica rubia y estaba muy enfadado.
—Ya se le pasará. Claro, pero no te manches o la señora Harris nos reñirá.
—Vale. ¿Por qué no has ido tú a buscar a tu novia? Ya sabes que a Connor le gustan todas las chicas.
—Cariño, no viene mi novia. Es una señora que sabe mucho de cuadros y pinturas y va a ver algunas de las que están en la torre o en el sótano, esas que ya no usamos, para que otras personas puedan utilizarlas.
—Pero me han dicho que era tu novia.
—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó él de mal humor.
—Nadie —contestó ella y se fue hacia el jardín para escarbar con un palito en el parterre.
Alistair movió la cabeza. Debería llevarla de nuevo al psicólogo. La había escuchado hablar sola en su habitación a menudo y no sabía si el trastorno que tenía podría estar peor.
Mientras ella escarbaba en la tierra compacta, intentando buscar alguna lombriz, él comenzó a poner la lechada en la parte inferior del muro. No tenían el suficiente dinero para poder contratar a un albañil y no le quedó otra que aprender. Si su novia en Eton lo viera así, se horrorizaría. Un conde poniendo cemento. Cuando se vino para aquí, la dejó de llamar, sobre todo cuando se enteró del estado de las finanzas. Ella era prima de la esposa del rey de Inglaterra. ¿Cómo podría plantearse siquiera estar con un tipo arruinado?
Al cabo de un buen rato, el coche de su hermano aparcó delante de la puerta, Connor salió, dejó las maletas en el suelo y se marchó. Alistair levantó la cabeza para ver a una joven con un elegante abrigo rosa claro, mirando con el ceño fruncido la casa. Sería imposible que ella pudiera entrar las maletas en casa y no entendía por qué su hermano había sido tan maleducado.
Elisa la vio también y corrió hacia ella, con las manos manchadas de tierra. El desastre se avecinaba.
—Eli, no —gritó Alistair, pero fue demasiado tarde. Su hermana había abrazado a la muchacha, que casi trastabilló y, por supuesto, manchó el abrigo con barro.
Alistair corrió hacia ella, pero no la tocó. Llevaba las manos tan sucias como las de su hermana. Ella lo miró de arriba abajo.
—¿Puede quitarme a… esta niña de encima? —dijo ella con tono severo.
—Disculpe, señorita Hamilton, Eli es muy… efusiva.
—¡Qué guapa eres! —dijo Elisa mirándola ya desde el lado de su hermano.
Él se la quedó mirando y tuvo que admitirlo. Ella era más joven de lo que pensaba, rondaría los treinta quizá, y su cabello castaño aparecía recogido en una seria coleta. Sus ojos color tormenta lo miraban con mal humor. Sin joyas, pero con un abrigo tan elegante como los que solía llevar Zoe, no le engañaba.
—¿Puede ayudarme con las maletas?
—Claro, claro. Pase dentro, hace frío.
Ella entró junto a Elisa al vestíbulo. Alistair tomó las dos enormes maletas y las subió por las escaleras de la entrada. La encontró mirando las viejas paredes con el ceño fruncido. Se avergonzó por no haber podido mejorarlo todavía.
—Elisa, lávate las manos y acompaña a la señorita a su habitación.
—Gracias —dijo ella.
La señora Harris se acercó, secándose las manos en el delantal y sonrió con una amable bienvenida. La muchacha pareció ablandarse y medio correspondió.
—Bienvenida al castillo Dunmore, joven. Elisa, vete a lavar y yo le mostraré su habitación. Está en la parte noble del castillo, verá que es preciosa.
—Yo subiré sus maletas, señorita Hamilton.
El ama de llaves lo miró con un gesto severo y empezó a subir las escaleras, seguida de la conservadora. Elisa había hecho caso omiso y tras frotarse en sus pantalones, algo que había considerado suficiente para limpiar sus manos, las siguió trotando con alegría.
La puerta se abrió y entró Connor.
—¿Por qué no le has ayudado a entrar las maletas?
—Es una tipa estirada. Me ha contestado mal.
—Eso quiere decir que has intentado algo con ella y te ha dado calabazas, ¿no? Parece que al final va a tener buen gusto.
—Bah, acabará cayendo en mi cama, ya verás. Todas las que tienen el aspecto frío, son unas fieras en el sexo.
—Haz el favor de no meterte en su cama, viene a ayudarnos y nos jugamos mucho, ¿acaso no lo sabes? —riñó Alistair.
—Estás muy mal. ¿Hace cuánto no echas un polvo? Tal vez te vendría bien a ti, aunque yo soy más guapo, sin duda.
—Y más idiota. Sube las maletas, que estoy manchado de cemento, algo en lo que me podrías ayudar.
—Tengo que ir a hablar con el tratante de caballos. Puede que acepte nuestro semental. Deberías subirlas tú.
—Eso está bien, Connor, parece que usas la cabeza de vez en cuando.
—No soy tan inútil como crees —bufó él saliendo por la puerta.
Alistair miró su aspecto al salir de la casa en el espejo que su madre había puesto en el vestíbulo. Desde luego, no tenía buenas pintas. Lleno de cemento hasta en el cabello, parecía un operario más que un conde. Claro que, ahora mismo, es lo que era.
Ya se había aprendido la historia del castillo, que no era más que otra historia de rebeliones jacobitas y contrabandistas. Por lo visto, fue el epicentro de una lucha entre los partidarios del ejército de Carlos Estuardo, cuando en 1745 regresó a Escocia desde el exilio en Francia. Los habitantes del castillo lo escondieron en una red de túneles que había bajo las tierras y que comunicaban el fiordo de Moray con la antigua ciudad.
También aparecía un tal Rory McGregor, un contrabandista de la zona, que llevaba armas y suministros sin importar al parecer a quién se los vendía. El castillo se convirtió en escenario de una escaramuza en el que varios miembros de la familia murieron. Pasó a manos inglesas y tras varios litigios que duraron algunos años, volvió a los auténticos dueños, el clan McLeod.
De acuerdo, era una historia interesante, no diría que no. Seguía sin entender por qué su padre tenía tanto interés en comprar el castillo y destinarlo a un hotel. Según vio, había bastantes hospedajes en la ciudad. Desde que emitieron la serie Outlander, en la que salía toda esta zona, el turismo se incrementó. Y sí, respecto a eso, podría ver el punto interesante. Un antiguo castillo, quizá importante en alguna batalla, lo podrían enfocar desde allí. Sobre todo, si tenía pasadizos secretos, algo que a sus compatriotas americanos les encantaba. Todo dependía de lo que tuvieran que invertir, por supuesto. Había estado haciendo números con otras propiedades similares y había calculado el límite de inversión para ser rentable.
Tampoco comprendía por qué no habían ido directamente a hablar con el conde actual para comprarle el castillo y cuál era la razón por la que debía hacerse pasar por una experta en arte. No le gustaba especialmente mentir, aunque lo hubiera hecho antes cuando era necesario.
Suponía que su padre quería que estudiase el entorno y el valor real del lugar. Si ella iba como compradora americana, tal vez quisieran engañarla.
Miró la hora y recogió su cabello castaño en una coleta. Faltaba media hora para aterrizar y, aunque el viaje había sido agradable y cómodo, tenía ganas de salir.
Se puso su caro abrigo rosa, de eso no prescindía y se preparó para salir, cargada con su maletín en el que llevaba el portátil y toda la documentación. Cuando salió de la pequeña terminal, si comparaba con el JFK, se quedó parada. Allí no había nada, ni nadie, esperándola. ¿Cómo se supone que iba a ir al castillo? El frío viento le hizo cerrar el abrigo y ajustar el pañuelo que llevaba en el cuello.
Miró impaciente el reloj y el móvil, pero no tenía ningún mensaje. Esperaría un rato más y si no venían, intentaría llamar a un taxi. Su mal humor se fue incrementando conforme pasaba el tiempo hasta que un deportivo color rojo se paró delante de ella. Un joven rubio que ni siquiera se había puesto abrigo, salió, sonriendo de oreja a oreja.
—¿Miss Hamilton? —dijo saludándola con ese acento melódico de las tierras altas.
—¿Señor McLeod?
—Connor, encantado de conocerla. Disculpe el retraso, se complicó el trabajo.
Ella asintió. Podría aceptar que por temas laborales se hubiera retrasado. El tipo metió las maletas en el coche y le abrió la puerta, todavía sin abrigo, no parecía tener frío.
—¿Primera vez en Escocia? —preguntó mientras arrancaba el coche.
—Sí.
—Te gustará. El castillo está algo descuidado, pero tenemos operarios que lo están arreglando en este momento. Me encantaría enseñarte los alrededores. ¿Has visto la serie de Outlander? Puedo llevarte a esos lugares.
—Lo cierto es que no soy de ver series y los libros en los que están basados no son del tipo que suelo leer.
—¿Y qué libros lees?
Vanessa se removió incómoda. ¿Por qué tantas preguntas? ¿Qué más le daba si ella leía o no? Además, seguramente no le interesaría decirle que solo tenía libros de economía, de empresa, de gestión y como mucho, alguna novela negra.
—De arte, sobre todo —terminó por decir. El conde, demasiado joven para tener un castillo, parecía más un niñato que alguien que estaba levantando el lugar.
—Aun así, miss Hamilton, ¿o puedo llamarte Vanessa? —No le dio tiempo a contestar, cuando siguió hablando—. Aun así, Vanessa, deberías hacer turismo, sumergirte en las tierras altas, pasear por los pueblos y ciudades de la zona. Son bellísimas y hay que aprovechar que todavía no ha empezado a nevar. Cuando eso ocurra, probablemente nos quedemos encerrados en el castillo.
Ella lo miró atónita, mientras él sonreía con doble intención. Si este muchacho pensaba que podría tener algo con él, estaba muy equivocado.
—No me voy a quedar mucho. El martes que viene tengo el avión de vuelta.
—Pero si tienes que catalogar todo lo que hay en la torre norte, te llevará más de un mes.
—Podría volver.
—¿Desde Nueva York? Sería mejor que aprovechases el viaje, así nos conoceríamos un poco más.
Ella miró al frente, sin querer contestarle. El tipo condujo atravesando un camino pedregoso hasta que vio la imponente fachada de piedra. El esqueleto de las enredaderas, ahora solo con las ramas, cubría las paredes grisáceas y enmarcaba las ventanas de estilo gótico, de intrincado diseño y vidrieras de colores que parecían relucir con el débil sol.
La puerta principal estaba reforzada con una estructura de hierro forjado que parecía muy apropiado para defenderse ante un asedio. Tres escaleras de piedra eran el acceso al vestíbulo que se veía por la puerta abierta. Ahí tendrían que poner una rampa lateral de acceso, para facilitar la accesibilidad. Su mente ya estaba haciendo cálculos.
—Vanessa, disculpa. Sé que el aspecto es impresionante, pero no has contestado a mi pregunta.
—Ah, sí, no la escuché.
—Quería invitarte a cenar esta noche. Enseñarte la ciudad, pasar un buen rato.
El tipo se acercó a ella y Vanessa se alejó hacia la ventanilla del coche. ¿Qué pretendía?
—Mira, Connor, no quiero ser maleducada, y eres un joven muy agradable. Sin embargo, no he venido aquí para cenitas y otras cosas, menos con alguien que acaba de salir de la adolescencia.
Connor frunció el ceño y paró el coche. Salió malhumorado y sacó las maletas. Ella también. Había sido un poco brusca, lo sabía, imaginaba que era la única forma de alejar cualquier actitud equivocada.
El tipo, enfadado, arrancó el coche mientras ella lo miraba atónita. Entonces observó alrededor y se encontró con un hombre de aspecto descuidado que miraba el coche del conde, contrariado. Una jovencita, bajita y de cabellos dorado se acercó corriendo hacia ella. Vio horrorizada que la iba a tocar, con las manos llenas de tierra. No pudo evitar que ella la abrazase y casi se cayó.
Aunque el que parecía el jardinero se disculpó, ella ya tenía el abrigo sucio. Un abrigo que le había costado más de siete mil dólares. Le pidió que le entrase las maletas y una mujer se acercó a ella y la condujo a la habitación. La joven las siguió. A pesar de parecer adolescente, no le pareció que se comportase como tal, sino como una niña.
—Soy la señora Harris. Disculpe a la señorita Elisa, es muy efusiva, aunque solo con aquellas personas que le caen bien.
—He tenido suerte, entonces —contestó Vanessa de forma irónica.
—Esta es su habitación. Tiene baño privado. Pertenecía a la hermana del conde, Isobel McLeod, una mujer con una triste historia. Pensé que era la que debía ocupar.
—¿Murió aquí? —preguntó Vanessa mirando alrededor con un escalofrío.
—Ah, no. No se preocupe. Como en todo castillo escocés, hay algún que otro fantasma, sin embargo, son bastante pacíficos.
La niña se echó a reír y empezó a intentar abrir su bolso.
—Por favor, Eli, eso no se hace. Es de mala educación tocar las cosas de los demás sin permiso.
—Pero es que es la novia de mi hermano. Es como mi hermana —dijo ella.
—Discúlpela. Instálese y si necesita algo, por favor, avise con la campanita que hay cerca de la puerta. Acudiré enseguida.
—Gracias, miss Harris.
—Llámeme Rebeca, si lo desea.
—Yo soy Vanessa.
—Vamos, Elisa, dejemos a Vanessa que se instale. Luego comerás con ella.
Tomó a la joven de la mano y cerró la puerta.
Vanessa suspiró y se giró para ver la habitación. Llamaron a la puerta y fue a abrir. Esperaba que no fuera la niña, pero no, era el hombre que subía sus maletas. Lo observó. Era moreno, alto y de anchos hombros. Su rostro aparecía tiznado por arena quizá, aunque eso no le quitaba un ápice de su atractivo. Tenía fuertes brazos solo tapados por un viejo jersey y vaqueros, con botas. Así como el conde no le había parecido nada deseable, con este hombre podría plantearse tener algún tipo de encuentro.
—Sus maletas. Siento lo de Elisa, ella es muy espontánea.
—Ya lo he visto. Gracias.
—La dejo para que se acomode.
—De acuerdo.
El tipo salió sin una palabra más y ella se giró para observar la habitación. Las paredes estaban adornadas con un delicado papel tapiz floral en tonos suaves de azul y crema, ya desvaído por los años pasados. Los muebles, oscuros y antiguos, se veían de buena calidad, pero necesitaban una restauración urgente. Se dirigió hacia las ventanas, cubiertas por encaje blanco y se asomó a la parte trasera del castillo, donde había un huerto y un estanque vacío. Otro lugar que reformar.
En el centro de la pared a la derecha a la cama había un tocador de época, tallado a mano, y sobre él, un espejo ovalado. Había varios frascos de perfume que parecían contener algún tipo de flor conservada. Eso le daba un toque especial, muy agradable y que le encantaría poner en cada una de las treinta habitaciones que tenía el castillo.
Dejó el abrigo manchado sobre un sofá de terciopelo escarlata, que le daba un punto de personalidad a la habitación. Estaba bajo una ventana y se imaginó que sería un perfecto lugar para pasar las tardes de invierno leyendo quizá.
La cama tenía un ligero dosel de terciopelo azul y sobre ella, varios cojines bordados habían sido colocados de forma ordenada. Enfrente, la chimenea apagada y esperaba de corazón que le dejasen encenderla.
Dejó el portátil sobre un escritorio con varios cajoncitos que tuvo el deseo de abrir, tal vez en otro momento. Después, pasó al baño y le sorprendió que, teniendo todas las comodidades modernas, incluso ducha y bañera independiente, tuviera el encanto de una casa solariega.
Definitivamente, se había enamorado de la habitación, como cuando de adolescente se quedó colgada de un compañero de clase. Su corazón palpitaba de forma escandalosa al pasar la mano por los otros muebles. Un gran armario de tres cuerpos y pesadas patas fue su último descubrimiento. En un lado había estantes con varias toallas y mantas. En el otro, cabría medio ropero. Y todo de gran calidad.
Deshizo la maleta y se cambió. Tenía que hablar con la señora Harris para mandar limpiar su abrigo. Por suerte, había traído una cazadora de plumas, e incluso alguna bota de campo.
La ropa de invierno ocupaba mucho espacio, pero como solo iba a estar unos días, no creía que necesitara más.
Envió un mensaje a su padre para decirle que ya estaba instalada y también varias fotos del lugar.
Una corriente de aire frío la sorprendió y miró hacia la ventana, que se había abierto sola. Una buena excusa para hablar con el de mantenimiento, pensó sonriendo.
Vanessa bajó las escaleras, vestida con unos cómodos pantalones de franela, una camisa y una chaqueta gruesa. Había observado que el castillo era frío, sobre todo si la puerta principal estaba abierta a todas horas, como era el caso. Se asomó y vio al operario en el lateral de la casa, de nuevo. La niña no estaba por allí, así que aprovechó para acercarse.
—Hola, qué frío hace —dijo sin ocurrírsele otra cosa.
—¿Tiene algún problema? —dijo sin casi mirarla.
—La ventana de mi habitación se ha abierto sola, no sé si podría echar un vistazo, si no es molestia.
—¡Qué raro! —dijo volviéndose hacia ella. Se puso de pie y ella pudo observarlo de nuevo—, esa habitación hace muchos años que no se usa, la señora Harris la limpió especialmente para alojarla y no me dijo que la ventana estuviera rota.
—Tal vez solo esté floja, no lo sé —contestó Vanessa sonrojada. Le daba la sensación de que la había pillado.
—No se preocupe, la miraré. ¿Quiere comenzar a examinar la torre antes de comer o está cansada del viaje?
—Me encantaría ver el castillo entero —suspiró ella—, es un lugar precioso.
—Claro, quizá Elisa pueda mostrarle las habitaciones. Ella es… bueno, siento lo de antes y por supuesto pagaremos la limpieza del abrigo.
—No es problema, gracias. Se lo daré a la señora Harris y listo. Claro que me gustaría que me explicasen un poco la historia del castillo, alguien que supiera mucho.
Ella lo miró con intención y él pareció confuso.
—Elisa sigue siendo la mejor opción. Connor nunca se ha interesado por las leyendas y yo, lo siento, pero estoy ocupado.
—De acuerdo.
Vanessa se metió en la casa y el hombre la siguió. Tocó una campanita que había al lado de la puerta y la niña salió de una puerta lateral.
—¿Me necesitas?
—Sí, Elisa, enséñale a la señorita Hamilton el castillo y cuéntale todos los detalles.
—¿Las historias de fantasmas también?
—Claro —sonrió Alistair—, seguro que le gustan.
Elisa, con las manos limpias, se acercó a Vanessa y ella aceptó. No le quedaba otro remedio y tal vez pudiera observar bien las instalaciones sin una mirada adulta. Observó que el hombre se iba fuera de nuevo. Qué lástima, un tipo tan guapo y con ese aspecto descuidado.
—¿Cómo se llama? —preguntó a Elisa mientras entraban en la biblioteca.
—Al. ¿A que es guapísimo?
Vanessa se sonrojó y no dijo nada, porque se quedó muda al acceder a la nueva sala. La estancia estaba repleta de libros, con un agradable fuego encendido en una pared y varios sillones alrededor, de épocas diferentes y tapizados de colores, que creaban un acogedor ambiente.
—Estaba leyendo. Este era el rincón favorito de mi mamá.
—Hay miles de libros aquí —dijo Vanessa mirando. De pequeña le había gustado mucho leer, puede que como a Elisa. Ahora no tenía tiempo.
—Puedes coger el que quieras. Este podría ser tu lugar favorito también.
—Gracias. Quizá mire alguno para leer esta noche.
Vanessa se dirigió hacia las estanterías, mirando los tomos encuadernados en piel. Sin duda, algunos eran realmente antiguos y podrían valer mucho dinero. Hizo algunas fotos para preguntar a la conservadora. Puede que con algunos ejemplares se rentabilizase una parte de la obra.
Elisa sonrió de forma traviesa y se acercó a una de las paredes de libros.
—Ven, ven, esto te gustará.
Movió uno de los libros y la estantería se desplazó unos centímetros, dejando un hueco por el que la niña metió la mano e hizo algo de fuerza para abrir una puerta.
—Hay pasadizos por todo el castillo. Este lleva a la planta superior, pero hay otros que están por los cimientos y debajo de la bodega. Una vez seguí uno que daba a una cueva que hay cerca del río. Encontré un esqueleto —terminó susurrando.
—¿Y no deberías tener cuidado por si te pierdes?
—Nunca me pierdo. Me sé todos los caminos. Te voy a llevar a un sitio mágico. Es perfecto.
—Está bien.
Había cristales en la parte superior del pasadizo que dejaban pasar algo de luz. Aun así, Vanessa se tropezó varias veces en el suelo irregular de piedra. Tras unos minutos de caminar, llegaron a un ensanchamiento.
—Esto está detrás de las cuadras, y es donde se veían de noche algunas personas.
Abrió los ojos sorprendida. Una mesa y varias sillas habían sido colocadas en el centro de la estancia, pero al lado había una cama de matrimonio. Estaba claro que se veían de noche y no era para hablar. Miró a la niña que estaba encendiendo un candil de aceite.
—Esta salida da a la parte trasera del castillo, justo al lado de las cuadras y está tapada por una enredadera, por lo que casi no se ve. También la usaban los contrabandistas y cuando llegó el príncipe Bonnie Charlie. Creo que se enamoró de una McLeod, pero ella estaba con otra persona y no le hizo caso. Se enfadó bastante.
—¿Quién rechazaría a un príncipe? —dijo Vanessa encogiéndose de hombros.
—Si quieres a alguien, te da igual que sea un príncipe o no.
—Supongo que esas son ideas muy románticas. ¿De dónde las has sacado?
—Leo muchas novelas y Rebeca siempre me dice que el amor es lo mejor de la vida.
—No lo sé, Elisa. ¿Volvemos? Quisiera ver la torre o quizá alguna de las habitaciones.
—Claro, vamos.
La niña trotó hasta la biblioteca y cerró la puerta. Luego se dirigieron hacia la cocina donde Miss Harris horneaba pan. Elisa le pidió un pedazo del que ya había terminado.
—Señorita, comemos en una hora, aguanta un poco.
La niña puso cara de pena y con un suspiro, la mujer le dio un pedazo de pan. Le ofreció a Vanessa.
—No, gracias, apenas tomo pan y cereales.
La mujer subió una ceja pero no dijo nada.
—Vamos, que quiero mostrarte mi habitación.
Vanessa echó otro vistazo a la cocina. Era extraño que no tuvieran más empleados, Sin duda estaban en apuros económicos, si no, tampoco se explicaba por qué su padre quería comprar el castillo. La sala era muy grande y sin duda cabría una cocina industrial, con hornos de última generación y grandes refrigeradores. Podrían incluso celebrar algún banquete.
—¿No hay un salón? —preguntó Vanessa.
—Vale, te lo enseño antes de subir a mi cuarto.
Salió de la cocina trotando y se dirigió a una puerta doble de una belleza que le dejó sin palabras. Estaban talladas en roble oscuro, adornadas con intrincados diseños florales que llegaban hasta el techo. Las manijas, supuso que de bronce, estaban algo desgastadas y una de ellas estaba torcida, pero eso no le restaba elegancia. Elisa las abrió, dejando paso a un precioso salón con una mesa de al menos cuarenta comensales. Una enorme chimenea se colocaba en el centro y, por supuesto, estaba apagada. Los ventanales, con las cortinas a medio cerrar daban la suficiente luz como para ver los altos techos abovedados, adornados con molduras blancas que hacían destacar las paredes revestidas de roble oscuro. En las paredes había tapices antiguos y sobre la chimenea un espejo dorado que multiplicaba la sensación de amplitud.
No pudo evitar acercarse a los ventanales, que dejaban ver un enorme prado y al fondo un laberinto con paredes de setos que, seguramente había visto días mejores. Tocó las cortinas, de terciopelo azul oscuro. ¿Serían de la época?
Se volvió, caminando abstraída hacia el fondo del salón donde había unos coquetos asientos y una mesita pequeña. Aunque lo que más le chocó fueron los retratos. Hombres apuestos, vestidos con trajes de época rodeaban a uno de los cuadros, que estaba tapado con una tela blanca.
—¿Por qué está tapado?
—Porque si lo destapamos, el fantasma de Isobel sale y visita el castillo. Miss Harris dice que es mejor dejar a los muertos dormir en paz. ¿Quieres verlo?
—Creo que sí —contestó dudosa.
Elisa estiró del paño, que cayó suavemente. Cuando levantó los ojos, quiso frotárselos. La pintura representaba a una mujer delicada, de cabellos dorados que caían en suaves ondas sobre sus hombros. Llevaba un sencillo traje azul oscuro y parecía que la estaba mirando fijamente. Una técnica denominada el efecto Mona Lisa, porque fueras donde fueras, sus ojos no te perdían de vista. La suave luz que entraba por los ventanales hacía que los colores suaves y los detalles precisos del cuadro cobraran vida, creando la ilusión de que la mujer podría salir de la tela en cualquier momento. Su sonrisa serena la conquistó, hasta que la niña le dio un buen susto.
—¡Te pareces mucho!
—Tápala, te ayudaré.
Entre las dos echaron la tela sobre el cuadro. Vanessa estaba nerviosa porque sí, ella se parecía, pero no dejaba de ser una casualidad, ¿no?
—Vamos, te enseñaré la torre, donde están todos los tesoros del castillo, aunque también hay en el sótano.
La niña salió del salón cogiéndola de la mano. Cuando Vanessa se volvió, la tela se había deslizado del cuadro y había dejado al descubierto el retrato de la mujer, que, por supuesto, la siguió con la mirada.
Después de comer en la cocina con Elisa y la señora Harris, Vanessa subió a su habitación a descansar.
Estaba algo decepcionada de que el conde no hubiera tenido la mínima disposición a comer con ella. Suponía que después del rechazo, tal vez estaba molesto. Se quedó en ropa interior y se metió a la cama. En algún momento de la mañana, alguien había encendido la chimenea y el ambiente era cálido. Tenía que reconocer que estaba cansada y que no le iría nada mal echarse una pequeña siesta.
Se quedó dormida, pensando en la casa y justo antes de dejarse caer en un sueño profundo, recordó los ojos de la mujer del retrato.
Escuchó un sollozo proveniente del sillón colocado bajo la ventana. La mujer rubia estaba echada en él, acurrucada y llevaba un vestido claro, largo y antiguo. ¿Qué hacía ella en su habitación? Llamaron a la puerta y ella se sobresaltó. Corrió hacia la ventana y la abrió, de par en par. Se encaramó a ella y… Lo siguiente que vio fue el rostro preocupado del empleado, que la sacudía.
—Miss Hamilton, ¿está bien? —preguntó. Se había sentado en la cama y la había tomado de los brazos. La sábana se había deslizado y dejaba ver su sujetador de encaje blanco. Vanessa se tapó.
—¿Qué hace aquí?
—Llamé a la puerta, no sabía que estaba acostada —dijo él levantándose—. Entré y estaba sentada, mirando hacia la ventana. Gritó. Yo… no sabía. Disculpe.
—Deme unos minutos, por favor.
La ventana estaba abierta y la chimenea se había apagado casi del todo. El hombre asintió y salió, cerrando la puerta. Ella se vistió rápido, poniéndose un jersey y pantalones. Abrió la puerta. El tal Alistair estaba apoyado en la pared de enfrente, con una caja de herramientas en los pies. Así que era cierto. Se sintió avergonzada.
—Pase, por favor.
—De nuevo mis disculpas. Puedo cambiarle de habitación, si así lo desea.
—No, esta es preciosa. Si la ventana se puede arreglar, perfecto.
El hombre pasó las enormes manos por la bisagra, como acariciándola. Parecía tener un verdadero afecto por cada centímetro del castillo. Ella podría conseguir que se quedase de guarda, tal vez algo más. No parecía un simple obrero.
—Creo que la bisagra está floja.
