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Koo-chan, el joven narrador de "Confesiones de una máscara" (novela publicada en 1949 que fue el primer gran éxito literario de Yukio Mishima (1925-1970) y que lo catapultó a la fama), es un alma atormentada por una sensibilidad turbadora que va creciendo con el estigma de saberse diferente a los demás. De aspecto débil y enfermizo, solitario y taciturno, de extracción menos favorecida que sus compañeros, irá descubriendo sus inclinaciones homosexuales cuando se siente atraído por Omi, un chico de fuerte constitución. No obstante, en el Japón de los años 1930 y 1940 el protagonista debe ocultarse tras una máscara de corrección y convertir su vida en un escenario, en una representación en la que confluyen la realidad y las apariencias. Traducción de Carlos Rubio y Rumi Sato
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Seitenzahl: 314
Veröffentlichungsjahr: 2017
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Yukio Mishima
Confesiones de una máscara
Traducción de Rumi Sato y Carlos Rubio
Proemio del autor
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Créditos
¡La belleza es una cosa terrible y espantosa! Es terrible porque es indeterminable, y no hay modo de determinarla porque Dios no ha planteado más que enigmas. Aquí las orillas se tocan, aquí viven juntas todas las contradicciones.
Yo soy un hombre muy poco instruido, hermano, pero he pensado mucho en esto. ¡Hay una terrible cantidad de misterios! Son demasiados los enigmas que oprimen al hombre en la tierra. Descífralos como mejor entiendas y sal del agua sin mojarte.
¡Magnífico! No puedo soportar, además, que hasta un hombre de elevado corazón y mente clara empiece con el ideal de la Madona y acabe con el de Sodoma. Aún es más espantoso quien ya con el ideal de Sodoma en el alma no niega el de la Madona y arde por él su corazón, arde de verdad, como en los puros años juveniles.
No, el alma humana es vasta, hasta demasiado vasta; yo la reduciría. Sólo el diablo sabe lo que toda ella significa, ¡ésta es la cuestión! Lo que a la mente se ofrece como oprobio, al corazón le parece hermosura y nada más. ¿Está en Sodoma la belleza? Créeme que para la mayoría de las personas en Sodoma se encuentra, ¿conocías este secreto?
Es terrible que la belleza no sólo sea algo espantoso, sino, además, un misterio.
Los hermanos KaramázovFiódor Dostoyevski*
*Los hermanos Karamázov, de Fiódor Dostoyevski (Libro 3, cap. 3), ed. de Natalia Ujanova (Cátedra, 2008, pp. 214-215).
Durante mucho tiempo insistí en que había presenciado la escena de mi nacimiento. Cuando me ponía a contarla, los mayores se burlaban de mí. En el fondo pensaban que era yo el que se estaba burlando de ellos y entonces lanzaban una mirada de odio mortecino a mi cara pálida e impropia de un niño. Y si por casualidad había invitados ajenos al círculo familiar más íntimo, mi abuela, temerosa de que me tomaran por tonto, me ordenaba callar con una voz aguda y me pedía que me fuera a jugar por ahí.
Los adultos que se reían solían tratar de convencerme por medio de explicaciones científicas. Me decían que los bebés no tienen los ojos abiertos en el momento de nacer, que en sus mentes no puede haber todavía nociones claras aunque abrieran los ojos un instante, y cosas por el estilo. Todos me hablaban con un entusiasmo algo teatral tratando de expresarse con la sencillez con que se habla a los niños. «¿No te parece?», me decían sacudiéndome por mis hombros infantiles al darse cuenta de que no estaba del todo convencido. Y en sus rostros se atisbaba la sombra del miedo a caer en la trampa de un niño: «Por muy niño que sea, hay que estar en guardia. A ver si este golfillo está intentando sonsacarme eso por medio de esta argucia... Pero si es así, ¿por qué no me pregunta de una vez de dónde vienen los niños o por qué ha nacido él?». Finalmente se quedaban mirándome en silencio con una sonrisa congelada, prueba de que en el fondo habían sido ofendidos por alguna razón para ellos mismos desconocida.
Pero todo era un malentendido. En realidad, yo no tenía ningún interés en informarme de eso. Temeroso de ofender a los mayores, jamás se me habría ocurrido tenderles una trampa. Por mucho que trataran de convencerme y de burlarse de mí, yo seguía convencido de haber tenido la experiencia de presenciar la escena de mi nacimiento. Tal vez fuera el recuerdo de la descripción que me pudo hacer alguien presente cuando yo nací, o bien el producto de mi imaginación egoísta. Pero había una imagen que para mí era la prueba irrefutable de que yo había visto todo con mis propios ojos. Era el borde del balde donde me metieron para darme el primer baño de mi vida. Un balde de aspecto refrescante, hecho de madera, flamante y nuevo. Contemplado desde su interior, la luz incidía tenuemente en sus bordes. De toda la superficie de madera, sólo esa parte deslumbraba ligeramente como si fuera de oro. Como la punta de una lengua, el agua lamía la superficie de su interior sin llegar a los bordes. Quizá debido al reflejo del agua o del rayo de luz proyectado en el recipiente, el líquido por debajo de ese nivel brillaba suavemente mientras las relucientes olitas formadas en su superficie golpeaban unas con otras. La prueba más seria que contradecía, sin embargo, aquel recuerdo era el hecho de que yo no nací de día, sino de noche. Exactamente a las nueve, por lo cual, como era invierno, no debía de haber luz natural. Entonces ¿había sido todo obra de la luz de la lámpara? Mas a pesar de las burlas que esta contradicción podía provocar en la gente, yo podía refugiarme sin demasiados problemas en mi propia contradicción y alegar que, incluso naciendo a medianoche, la iluminación no tenía por qué provenir del sol. Así, los bordes del balde, débilmente iluminados, flotaban una y otra vez en mi memoria tal y como los había visto realmente durante mi primer baño.
Nací dos años después de la gran catástrofe2 y diez años después de que mi abuelo dimitiera al asumir la responsabilidad por la falta de un subordinado implicado en un caso de soborno. Eso sucedió cuando él era gobernador provincial de una colonia3. (Que conste que no hablo con eufemismos: no he visto jamás un caso igual al de mi abuelo en cuanto a la tendencia a depositar una confianza absurda en el ser humano.) Desde este suceso de mi abuelo, la fortuna de mi casa inició un descenso imparable y a la alegre velocidad de un carrusel: grandes deudas, embargos, venta de fincas y, después, el fuego de un orgullo morboso cuyas llamas subían más y más –a medida que aumentaban las dificultades económicas– como provocadas por una mano negra.
La consecuencia fue que mi casa natal era un viejo edificio de alquiler situado en un extremo de un barrio que no era de los mejores de la ciudad. Su aspecto era altivo, y daba la impresión de una construcción complicada, sombría y decadente. Visto desde arriba de la pendiente, tenía dos pisos; desde abajo, tres. El portón era una verja de hierro de cierto empaque que daba acceso a un jardín. Tras éste estaba la vivienda, donde no faltaba una sala de estilo occidental amplia como la capilla cristiana de una zona residencial. La casa contenía numerosas habitaciones, todas sombrías, y teníamos seis criadas. Nuestra familia se componía de mi abuelo, mi abuela, mi padre, mi madre y yo. En total, once personas desgranando su rutina diaria en una casa que chirriaba como un armario viejo.
Los problemas de mi familia tenían como fundamento la pasión por los negocios de mi abuelo, y la enfermedad y el despilfarro de mi abuela. Frecuentemente, mi abuelo, incitado por planes quiméricos que personas sospechosas de su entorno le proponían, realizaba viajes a provincias lejanas siempre soñando con montañas de oro. Por su parte, mi abuela, que venía de una familia de antiguo linaje, tenía en poco e incluso aborrecía a mi abuelo. Poseía un alma alocada y poética, pero confinada en el reducto de una mentalidad estrecha y terca. Una enfermedad crónica, la neuralgia, minaba lenta pero inexorablemente su mente, al tiempo que aguzaba vanamente su inteligencia. ¿Quién sabe si sus ataques de nervios, que la persiguieron hasta su muerte, no habían sido el fruto de los excesos cometidos por mi abuelo en su juventud?
En esta casa mi padre acogió a mi madre, una novia bella y delicada.
La mañana del 14 de enero del año 14 de la era Taisho4, a mi madre le arreciaron los dolores del parto. A las nueve de la noche nació un bebé que pesaba cerca de dos kilos y medio. A los siete días de nacer le pusieron un vestidito de franela con su pañal, ropa interior de seda de color crema y un diminuto quimono de crespón moteado. En la tarde de ese día, mi abuelo escribió mi nombre en un papel ceremonial y solemnemente lo depositó en una bandejita que colocó en el tokonoma5.
Durante largo tiempo mi cabello mantuvo un tono muy claro, tanto que constantemente andaban untándomelo con aceite de oliva para que ennegreciera. Mis padres vivían en el piso de arriba. Con la excusa de que era peligroso criar a un bebé en el piso de arriba, mi abuela me separó de mi madre a los cuarenta y nueve días de nacer. Me crié, así, al lado del lecho de una enferma dentro de un cuarto permanentemente cerrado e impregnado de olores a enfermedad y vejez.
Acababa de cumplir un año cuando me caí del tercer peldaño de la escalera y me hice una herida en la frente. Mi abuela se había ido al teatro mientras que mi madre y los primos de mi padre se entretenían relajadamente. Ocurrió cuando mi madre, de repente, subió por la escalera a buscar algo y yo la seguí. Los pies se me enredaron con los bajos que siempre me arrastraban del quimono y yo caí rodando. Enseguida llamaron por teléfono a mi abuela, que estaba en el teatro kabuki. Cuando volvió, se quedó en el recibidor y, apoyada en el bastón que llevaba en su mano derecha, dijo clavando su mirada en mi padre, que había salido a recibirla, y con un tono tranquilo, como si grabara una a una las letras en una tabla:
–¿Ya está muerto?
–No.
Y, subiendo a la casa tras descalzarse, echó a caminar con el paso firme de una sacerdotisa.
El año en que cumplí cinco, por la mañana del Año Nuevo, vomité un líquido parecido a café pero de tono rojizo. Cuando vino el médico de familia, declaró que no podría prometer que iba a curarme. Me pusieron inyecciones de alcanfor y glucosa hasta dejarme hecho un acerico. Pasaron dos horas sin que fuera perceptible el pulso de la muñeca y del brazo. Me daban por muerto.
Me prepararon el sudario, reunieron mis juguetes favoritos para meterlos en el ataúd y acudieron todos mis familiares. Pasó una hora más y solté un poco de orina. El hermano mayor de mi madre, que era médico, exclamó:
–¡Vivirá!
Según él, era una prueba de que mi corazón latía. Poco después oriné otra vez. Paulatinamente mis mejillas fueron animándose con una vaga luz, la luz de la vida.
Esta enfermedad, una autointoxicación, habría de convertirse en un mal crónico durante toda mi vida, un mal que, con regularidad, se presentaba todos los meses y que me afectaba a veces ligeramente, a veces con gravedad. En algunas ocasiones, incluso, me puso en un estado crítico. En tales casos, mi conciencia distinguía, por el ruido de los pasos que se acercaban, si la muerte estaba cerca o lejos.
Mi primer recuerdo, un recuerdo que me atormentaba con una imagen extraña pero vívida, data de aquellos años. No recuerdo quién era la persona que me llevaba de la mano: mi madre, una enfermera, una de las criadas o alguna de mis tías. Tampoco me acuerdo de la estación del año. El sol de la tarde incidía vagamente en las casas que flanqueaban aquella cuesta. Yo subía hacia mi casa agarrado de la mano de esa mujer que no recuerdo. Entonces, alguien bajaba por la cuesta hacia nosotros. La mujer que me llevaba tiró fuerte de mi mano y nos echamos a un lado quedándonos quietos.
He visto esa imagen varias veces en mi vida, la he visto cada vez con más intensidad y concentración. Y cada vez me aportaba un nuevo significado. La silueta de ese «alguien bajando por la cuesta hacia nosotros» poseía una nitidez desproporcionada en relación con el borroso marco de la escena circundante. ¡Sí! Ese alguien, esa persona fue justamente la primera cuyo recuerdo iba a amenazarme y a atormentarme toda la vida.
Quien bajaba por la cuesta era joven. Cargaba sobre el hombro un palo del cual colgaban cubos de «tierra nocturna». Alrededor de la cabeza llevaba una cinta sucia para absorber el sudor de su frente. Sus mejillas estaban encendidas y eran hermosas. Tenía la mirada brillante y con los pies controlaba el peso de los cubos mientras bajaba la cuesta. Su trabajo consistía en vaciar de excrementos los retretes de las casas. Iba calzado con unas zapatillas de lona y vestido con «unos pantalones de algodón muy ceñidos de color azul oscuro». A mis cinco años de edad, yo lo observaba con una atención anormal. Sin entender el significado de la visión, fue mi primera revelación de que estaba ante cierto poder, de que algo o alguien, con voz potente y sombría, me llamaba. Me parece alegórico que esta llamada viniera de un porteador de excrementos, porque el excremento es símbolo de la tierra. Sin duda se trataba del amor malevolente de la Madre Tierra que me reclamaba.
Tuve el presentimiento de que en este mundo habitaba una especie de deseo punzante. Observada desde abajo la figura de este sucio joven que bajaba por la cuesta, me invadió el anhelo de un «quiero ser como él». Este deseo tenía dos focos de atención. Uno era su pantalón ceñido azul oscuro; el otro, su oficio. «El pantalón ceñido de color azul» marcaba claramente la parte inferior de su cuerpo, un cuerpo que se cimbreaba libre como un junco y que parecía dirigirse hacia mí. Sentí en mi interior una adoración inexplicable por esos pantalones. No sabía por qué.
En cuanto a su oficio... Sí, el deseo de «querer ser porteador de excrementos» nació en mí con la naturalidad con que otros niños sueñan con ser generales tan pronto empiezan a tener recuerdos. Podría precisar que la causa de tal deseo se debía a los pantalones ceñidos y azules; pero no, no era sólo eso. Con el tiempo, ese anhelo se haría más fuerte y crecería hasta trazar dentro de mí su propio camino.
Lo que sentí por su oficio era algo parecido a un dolor punzante, a una pena teñida de nostalgia que me sobrecogía. Tuve la sensación de que su ocupación poseía un elemento trágico en el sentido más voluptuoso del término. Era una sensación de abnegación, de decadencia, de intimidad con el peligro, una mezcla espléndida, en fin, de la nada y de la vida. Todas esas sensaciones fueron las que me inspiró el oficio de aquel joven, unas sensaciones que me cautivaron a la edad de cinco años. Era probable que yo no supiera muy bien en qué consistía el trabajo de porteador de excrementos. A lo mejor alguien me había hablado de otro oficio y lo había confundido con éste a causa de la vestimenta. De otro modo, no me lo explico.
Puede que haya sido así, pues unos sentimientos similares me despertaban los conductores del tren de las flores6 y los revisores del metro. Estos dos oficios me producían la fuerte impresión de poseer en igual medida una esencia de vidas trágicas de la que yo estaba excluido o que desconocía por completo. Especialmente en el caso del revisor de metro, me resultaba fácil ver algo trágico en el olor a goma o a menta, que en aquellos tiempos impregnaba el puesto donde los revisores picaban el billete de los pasajeros, y en los botones dorados de sus uniformes azules. Las personas que debían convivir con esos olores estaban dotadas a mis ojos, no sé por qué, de una estatura trágica. La vida y los sucesos que se desplegaban ante mí sin tener nada que ver conmigo, y en lugares ajenos a mí, pero que sin embargo atraían mis sentidos, encajaban en mi definición de cosas trágicas. La tristeza por verme rechazado para siempre de esos lugares y oficios me hacía soñar y transformarla en una especie de pesar por esas personas y sus ocupaciones. Era como si a través de esa tristeza y pesar intentara vanamente compartir su forma de vida.
De ser así, tal vez las cosas trágicas que yo empezaba a sentir no eran más que sombras proyectadas por el presentimiento precoz de la tristeza de verme excluido de ciertos lugares.
Tengo otro primer recuerdo relacionado con un libro ilustrado. Aunque aprendí a leer y escribir a los cinco años, no podía leer las letras de ese libro. Por eso, este recuerdo tiene que datar de cuando yo tenía cuatro años.
Entonces, de entre los libros con ilustraciones que tenía, había uno en especial que me encantaba sólo por una ilustración que había en él y que ocupaba dos páginas. Contemplándola, podía olvidarme del paso de las largas y aburridas tardes en casa. Además, si entraba alguien en mi habitación, rápidamente pasaba la página porque, sin saber la razón, me sentía culpable. Me fastidiaba tanta solicitud de la enfermera y de la criada. Deseaba pasar una vida entera entregado a la contemplación del dibujo. Cada vez que abría el libro por la página donde estaba, el corazón me latía con fuerza. Ante las otras páginas, en cambio, mi corazón no me decía nada.
La ilustración mostraba un jinete alzando en su mano una espada. El caballo tenía los ollares dilatados, y con sus vigorosas patas delanteras apezuñaba el suelo con fuerza levantando polvo. En la armadura de plata que llevaba el caballero se veía un bonito escudo de armas. Por la visera del yelmo asomaba un bello rostro dirigido hacia la «muerte» o, al menos, hacia un objeto volador de aspecto sombrío. Yo estaba convencido de que el jinete iba a morir en el instante siguiente: «Si paso rápido la página, seguro que veo el dibujo de su muerte. O, a lo mejor, el dibujo se transformó de improviso y sin yo darme cuenta en ese instante siguiente».
Pero un día la enfermera abrió el libro casualmente por esa página. Yo miré la ilustración de reojo y la enfermera me dijo:
–Señorito, ¿conoce la historia de esta ilustración?
–No, no la sé –repuse.
–Este jinete parece un hombre, ¿verdad? Pero, en realidad, se trata de una mujer. Es la historia de una mujer que va a la guerra vestida de hombre para servir a la patria.
–¿Una mujer?
Sentí que se me partía el alma. El personaje que yo creía que era él resultó que era ella. No tenía sentido que este hermoso caballero no fuera hombre. ¡Era una mujer! (Todavía hoy las mujeres vestidas de hombre me causan una profunda repugnancia que no encuentro modo de explicar.) Por primera vez en la vida estaba ante «la venganza de la realidad», la venganza cruel a esa ilusión que yo había arrullado tan dulcemente. Años más tarde, iba a descubrir una glorificación de la muerte de un bello caballero en estos versos de Oscar Wilde:
«Gallardo yace muerto el caballero
entre juncos y cañaverales.»
Entonces abandoné el libro y no volví siquiera a tomarlo en mis manos.
En su novela Là-Bas, Huysmans habla del impulso místico de Gilles de Rais, escudero de Juana de Arco por orden real de Carlos VII, que le hacía ver sucesos milagrosos en todos los actos realizados por la heroína francesa. Su misticismo, sin embargo, no le impediría cometer más tarde «la más refinada de las crueldades y el más exquisito de los pecados». Aunque con un efecto contrario, la doncella de Orleans también desempeñó para mí un papel importante.
Hay otro recuerdo. Era un olor a sudor. Un olor que me daba impetus, daba alas a mis anhelos, me avasallaba...
Si aguzaba los oídos, podía percibir un sonido crujiente, turbio, apenas perceptible, siempre amenazante. A veces se mezclaba con el tararí de una trompeta. Hacia mí se arrastraba un canto simple pero extrañamente triste. Entonces, yo tiraba a la criada de la mano para meterle prisa, anhelante por llegar al portón de casa y acurrucarme en sus brazos. Era un pelotón de soldados que, después de hacer alguna maniobra militar, pasaba por delante de nuestra puerta. Me hacía ilusión recibir algunos cartuchos vacíos de la mano de algún soldado al que le gustaban los niños. Bastó que mi abuela me prohibiera recibirlos porque, según ella, eran peligrosos, para que al placer del regalo se añadiera la alegría del secreto. El estruendo de las pesadas botas militares sobre el suelo, los uniformes sucios, el tupido bosque de los fusiles al hombro eran razones suficientes para hechizar cualquier mente infantil. Pero no: el gozo clandestino que subyacía tras el hecho de recibir cartuchos vacíos residía, simplemente, en sentir el olor a sudor.
El olor del sudor de los soldados –un olor a brisa marina, un olor a aire de playa quemada por colores de oro– me penetraba por la cavidad nasal y me embelesaba. Probablemente se tratara de mi primera experiencia olfativa. Era un olor que, aun desprovisto de toda relación con el placer sexual, iba despertando en mí poco a poco, pero profundamente, un anhelo voluptuoso por el mismo destino de aquellos soldados, por la muerte –azar frecuentemente trágico de su vocación–, por los países lejanos que verían, y cosas así.
Esas visiones y sensaciones fueron lo primero que me encontré en la vida. Se me presentaron desde el principio con una nitidez y precisión realmente asombrosas. No les faltaba ni un detalle. Años más tarde, cuando buceé en el origen de mi conciencia y de mis actos, seguían intactas sin faltarles nada.
Desde mi infancia, las ideas que yo tenía sobre la existencia humana nunca se desviaron de la teoría agustiniana de la predestinación. Una y otra vez me atormentaban dudas inútiles –y me siguen atormentando hoy–, pero sabía que eran una especie de tentaciones para caer en el pecado. Yo, fiel a mis principios deterministas, me mantenía firme. Había recibido, por así decir, el menú completo con todas las preocupaciones de la vida aun antes de saber leer. Yo no tenía más que permanecer sentado a la mesa con la servilleta puesta. Hasta el hecho de que algún día me pondría a escribir un libro tan extraño como éste, tal como hago ahora mismo, aparecía ya escrito en ese menú y yo debía de haberlo visto desde el principio.
El período de la infancia es una madeja en donde se confunden el tiempo y el espacio. Por ejemplo, tres hechos como la erupción de un volcán, una rebelión y las noticias sobre otros países contadas por los mayores me parecía que poseían el mismo valor y la misma naturaleza que la enfermedad de mi abuela, los insignificantes conflictos domésticos y los sucesos fantásticos de un cuento de hadas en los que hasta entonces yo había estado inmerso. El mundo no me parecía más complicado que los bloques de madera con los que juegan los niños. Tampoco podía creer que la llamada «sociedad», a la cual yo tenía que incorporarme en el futuro, se diferenciara mucho del «mundo» de un cuento de hadas. Así, sin darme cuenta, una de las limitaciones de mi vida había empezado a actuar. Y todas mis fantasías, desde las más tempranas, estaban teñidas de unos tonos de desesperación, de unos matices extrañamente completos y en cierto modo apasionados que se resistían contra esa limitación.
Una noche, estando en la cama, vi una ciudad resplandeciente flotar en medio de las tinieblas que me rodeaban. Era extrañamente silenciosa, llena de luz y misterio. Quienes la visitaban tenían un sello místico impreso en el rostro. Los adultos que volvían a sus casas a medianoche conservaban en su habla o en sus gestos algo semejante a una contraseña, una especie de signo masónico. También podía observar en sus rostros señales de fatiga, pero era algo tan brillante que no me atrevía a mirarlos directamente a la cara. Pensaba que, si los tocara con la mano, podría descubrir el color de los pigmentos usados en la ciudad para pintarlos. Era como si llevaran esas máscaras navideñas que al ser tocadas dejan marcas de purpurina plateada en la yema de los dedos.
Después vi que la noche subía el telón ante mis ojos dejando ver el escenario sobre el cual Shokyokusai Tenkatsu realizaba sus juegos de magia7. Esta mujer acababa de ofrecer una de sus escasas actuaciones en un teatro de Shinjuku. (El espectáculo de un mago llamado Dante que presencié posteriormente en el mismo teatro era varias veces mayor en escala. Sin embargo, ni ese Dante ni el Circo Hagenbeck de la Expo me impresionaron tanto como la actuación de Tenkatsu.) La artista, con su cuerpo opulento cubierto de una vestimenta que hacía pensar en la gran ramera del Apocalipsis, se paseaba resueltamente por el escenario. Sus movimientos, que desplegaban ese tono de elegante presunción propio de los aristócratas exiliados que suelen adoptar los magos, la simpatía de su expresión respirando cierto aire deprimente y toda su compostura, que recordaba a la de una heroína, armonizaban, por extraño que parezca, con los vistosos accesorios y el maquillaje que llevaba. Consistían éstos en unos llamativos brazaletes de rutilante bisutería, una espesa capa de polvos en la cara como la usada por las cantantes de baladas populares de Rokyoku, otra capa de polvos blancos que le cubría hasta las puntas de los dedos de los pies y, en fin, una aparatosa indumentaria en la que deslumbraba el brillo chillón de oropeles y falsa pedrería. Sin embargo, la delicadeza de las sombras proyectadas por todos esos estridentes elementos decorativos producía una sorprendente ilusión de armonía y conjunto.
Entendía vagamente que mi deseo de ser «Tenkatsu» y el de ser «conductor del tren de las flores» eran básicamente distintos. La diferencia más clara estribaba en que mi anhelo por lo trágico no podía satisfacerlo el oficio de Tenkatsu. La ambición de convertirme en esta artista no me permitía saborear esa mezcla irritante de anhelo y vergüenza. Un día, sin embargo, entré en la habitación de mi madre a hurtadillas y, con el corazón en un puño, me puse a abrir los cajones de su cómoda.
Saqué el quimono más vistoso y llamativo que encontré. Como faja, elegí un obi con diseño de rosas de color escarlata pintado al óleo. Me lo enrollé a la cintura girando y girando mi cuerpo infantil como si fuera un ministro otomano. En la cabeza me coloqué un pañuelo de crespón chino. Al mirarme en el espejo, mis mejillas se encendieron de un placer salvaje. Mi improvisada caperuza me daba un aire de pirata de La isla del tesoro. Pero mi trabajo no había terminado ni mucho menos. A cada movimiento de mi cuerpo, incluyendo las yemas de los dedos, debía darle el toque sutil que adopta el creador de misterios. Me metí un espejo de bolsillo con mango en la faja y me maquillé suavemente con unos polvos blancos. Después me armé con una linterna plateada, una pluma anticuada adornada con un grabado y cualquier objeto que me llamase la atención.
Ataviado de esa guisa, y adoptando un aire de gravedad, me presenté en la sala de estar de mi abuela. Incapaz de contener la alegría, y riéndome furiosamente, me lancé a correr por toda la sala gritando:
–¡Soy Tenkatsu, soy Tenkatsu!
En la sala estaban mi abuela, que yacía enferma, mi madre, una visita y la enfermera de la abuela. Pero mis ojos no veían a nadie. Mi frenesí estaba centrado en la conciencia de que la Tenkatsu de mi disfraz estaba siendo observada por muchos ojos. Es decir, sólo me veía a mí mismo. De repente, sin embargo, reparé en el semblante de mi madre. Levemente pálida, estaba sentada allí como si estuviera distraída. En un segundo nuestras miradas se cruzaron, pero ella bajó rápidamente las pupilas. Comprendí lo que pasaba. Las lágrimas empañaron mis ojos.
¿Qué fue lo que comprendí en ese momento o lo que me estaban pidiendo que comprendiera? ¿Estaba insinuándose ahora, por primera vez, el preludio de un tema futuro, el del «remordimiento que preludia el pecado»? ¿O bien estaba recibiendo la lección humillante de mi aislamiento al ponerme a la vista del amor y, al mismo tiempo, aprendiendo el lado opuesto de la lección, es decir, mi manera particular de rechazar el amor?
La criada me agarró de la mano y me llevó a otra habitación, donde, en un abrir y cerrar de ojos, y como si desplumara un gallo, me despojó de mi absurdo disfraz.
Mi pasión por disfrazarme se agravó cuando empecé a frecuentar las salas de cine. Y se prolongó claramente hasta que cumplí los nueve años.
Cierto día, en compañía del estudiante que teníamos en casa como empleado de hogar, fui a ver la versión cinematográfica de Fra Diavolo. El personaje que interpretaba el papel de Diavolo llevaba un vestido inolvidable de encajes con volantes en los puños. Cuando hice el comentario de que me gustaría ponerme un vestido así y una peluca como la que llevaba el actor, el estudiante sonrió con desdén. Sin embargo, yo sabía que a menudo él hacía reír a las criadas de casa imitando a Yaegaki, un personaje femenino de kabuki.
Después de Tenkatsu, el siguiente personaje objeto de mi fascinación fue el de Cleopatra. Un día que nevaba, a finales de año, un médico amigo de la familia me llevó, ante mis ruegos insistentes, a ver una película sobre ese personaje. Había pocos espectadores porque era final de año. El médico puso los pies en la barra de la butaca y se quedó dormido. Así pues, solo y a mis anchas vi la película completamente absorto. Observé cómo la reina de Egipto entraba en Roma llevada por muchos esclavos en una litera antigua y refinada. Tenía la mirada lánguida, con los párpados totalmente sombreados y maquillados, y llevaba un vestido sobrenatural. Después, en otra escena, la vi aparecer semidesnuda con su piel aceitunada sobre una alfombra persa.
Esta vez, burlando la vigilancia de mi abuela y de mis padres (gozando ya suficientemente del pecado que cometía), me entregué por completo a los disfraces de Cleopatra en presencia de mi hermana y hermano pequeños. ¿Qué esperaba de este disfraz femenino? Años más tarde descubriría que esperaba lo mismo que Heliogábalo, el emperador romano del período de decadencia de Roma, el destructor de los antiguos dioses, aquel soberano decadente y brutal.
Ésas eran las dos premisas de mi vida. Es necesario repasarlas. En primer lugar, estaban el porteador de excrementos, la doncella de Orleans y el olor a sudor de los soldados. En segundo lugar, Tenkatsu y Cleopatra. Hay una tercera que debo confesar.
Ya de niño me leía cualquier cuento de hadas que caía en mis manos. Sin embargo, admito que las princesas no me gustaban nada. Me gustaban sólo los príncipes. Entre éstos, mis favoritos eran aquellos comprometidos con la muerte. Mi amor se inclinaba, especialmente, por los que morían asesinados siendo todavía jóvenes.
No entendía todavía el motivo por el que, de entre los muchos cuentos de Andersen, únicamente el hermoso joven de El duende de la rosa proyectaba una densa sombra en mi corazón. Este protagonista acabó asesinado, apuñalado y decapitado por un malvado armado de un enorme cuchillo, mientras besaba la rosa que su amada le había dejado como prenda de amor. Tampoco alcanzaba a comprender por qué, de todos los numerosos relatos de Oscar Wilde, me fascinaba tan sólo el cadáver del joven pescador de El pescador y su alma, que, abrazado a su sirena, es arrojado por las olas a la playa.
Naturalmente había otros cuentos infantiles que también me gustaban. Entre los de Andersen, mi favorito era El ruiseñor. Además, me divertían la infinidad de cómics que gustan a todos los niños. Lo que no podía evitar, a pesar de esas y otras lecturas, era que mi corazón saliera de mi conciencia rumbo a la muerte, la noche y la sangre.
Las visiones de «príncipes asesinados» me acosaban obstinadamente. ¿Quién podría explicarme la razón del placer que me producía imaginar la relación entre los cuerpos de esos príncipes marcados por sus calzas ceñidas y las muertes crueles que los acechaban? Había un cuento húngaro que me viene especialmente a la memoria en este sentido. Sus estampas en vivos colores eran sumamente realistas y durante mucho tiempo me fascinaron.
La ilustración mostraba al príncipe vestido con unas calzas negras hasta la cintura, un jubón rosa bordado con hilo dorado en la pechera, una capa azul oscuro de forro escarlata y un cinturón verde y oro. Iba tocado de un casco dorado de tonos verdosos y armado con una espada de rojo intenso y con una aljaba de cuero verde. En la mano izquierda, enguantada de cuero blanco, llevaba una flecha, mientras con la derecha se apoyaba en la rama de un viejo árbol del bosque. Con el continente grave e intrépido, contemplaba las espantosas fauces de un dragón a punto de atacarlo. En el semblante del príncipe se percibía su firmeza ante la muerte. Ahora bien, si el destino de este héroe hubiera sido salir vencedor del dragón, ¡qué poco habría estimulado mi morboso interés! Por fortuna para mí, el destino del príncipe era la muerte.
En cambio, era una lástima que la muerte no fuera perfecta. El príncipe de marras superaba siete pruebas muy difíciles con el objeto de rescatar a su hermana y también de casarse con una bella princesa. Gracias al poder mágico de un diamante que llevaba en la boca, las siete veces pudo resucitar, llegando a saborear la felicidad del triunfo. En la estampa de la página de la derecha, se representaba la escena previa a su primera muerte, que consistía en ser devorado por el dragón. A continuación, «una gigantesca araña lo apresaba, le emponzoñaba todo el cuerpo y lo devoraba». En otras muertes perecía ahogado, quemado, picado por avispas, por serpientes, arrojado a un pozo con el suelo erizado de puñales y lapidado con rocas que le caían sobre su cuerpo como «una lluvia torrencial».
La escena de la «muerte en las fauces del dragón» estaba descrita de forma especialmente minuciosa en los siguientes términos:
«Sin perder un segundo, el dragón se puso a morder al príncipe con sus dientes hasta destrozar su cuerpo. Mientras era desgarrado por la bestia, el príncipe experimentaba un dolor indescriptible, pero lo soportó con todo su coraje hasta que quedó completamente triturado. Súbitamente, sin embargo, nuestro héroe recuperó todo su cuerpo y salió volando ágilmente de las fauces del dragón. Su piel no presentaba ni el más leve arañazo. El dragón se cayó al suelo y murió en el acto.»
Este pasaje lo leí y releí más de cien veces. Pero juzgué que contenía un defecto que no podía pasar por alto. Era la frase que decía: «Su piel no presentaba ni el más leve arañazo». Cada vez que la leía, tenía la impresión de que el autor me traicionaba o que había cometido un grave error.
Para remediarlo, se me ocurrió una idea. Consistía en leer ocultando con la mano el fragmento desde «Súbitamente» hasta «El dragón». De esa manera, el cuento era ideal. Quedaba así: «Sin perder un segundo, el dragón se puso a morder al príncipe con sus dientes hasta destrozar su cuerpo. Mientras era desgarrado por la bestia, el príncipe experimentaba un dolor indescriptible, pero lo soportó con todo su coraje hasta que quedó completamente triturado. Se cayó al suelo y murió en el acto».
¿Se darían cuenta los adultos de la contradicción que habría en una omisión así? A pesar de eso, este pequeño y arrogante censor, ensimismado con sus preferencias y no obstante reconocer la evidente contradicción entre la frase «quedó completamente triturado» y «se cayó al suelo», era incapaz de descartar ninguna de las dos frases.
Por otro lado, me encantaba imaginarme muriendo yo mismo en una batalla o siendo asesinado. Aun así, yo tenía un miedo muy intenso a la muerte. Un día, maltraté de palabra a una criada hasta hacerla llorar. Pero, a la mañana siguiente, cuando vi que ella misma me estaba sirviendo el desayuno con una alegre sonrisa como si nada hubiera pasado, me puse a analizar los posibles significados de esa sonrisa. Decidí que el más plausible era que la criada estaba segura de salirse con la suya. Por eso, adoptaba una sonrisa diabólica. Incluso tal vez había tramado envenenarme como venganza. Sentí entonces que el miedo agitaba mi pecho. Sin duda la sopa de miso8estaba envenenada. Por la mañana, cuando me venía esta idea a la cabeza, jamás tocaba el cuenco de la sopa. Al acabar el desayuno y levantarme de la mesa, clavaba la mirada en el rostro de la criada como diciéndole: «¡A mí no me la pegas!». Se me antojaba pensar que esa mujer, situada de pie al otro extremo de la mesa del comedor y contrariada al ver fracasado su plan de envenenarme, se quedaba con la vista fija en la sopa ya fría con polvillo flotando en su superficie.
Mi abuela me tenía prohibido jugar con los niños del vecindario a causa de mi mala salud y también por temor a la mala influencia de su compañía. Por lo tanto, aparte de la criada y la enfermera, mis únicos compañeros de juego eran tres niñas elegidas expresamente por mi abuela de entre las vecinas. Cualquier ruido insignificante, el modo brusco de abrir y cerrar una puerta, una trompeta de juguete, un juego de lucha libre, etc., todo lo que producía un sonido o vibración fuerte afectaba a la neuralgia de mi abuela. La consecuencia era que nuestros juegos debían ser todavía más silenciosos que los habituales entre las niñas. De todos modos, yo prefería jugar y entretenerme a solas, por ejemplo, con la lectura, con bloques de madera, con dibujos, con mis ensoñaciones. Más tarde, cuando nacieron mi hermana y mi hermano, mi padre decidió que fueran criados con más libertad, como niños normales (lejos de la tutela de la abuela, a diferencia de lo que había pasado conmigo). Aun así, la libertad y el comportamiento alborotador de que ellos gozaban no me producían especialmente envidia.
