Los años verdes - Yukio Mishima - E-Book

Los años verdes E-Book

Yukio Mishima

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Beschreibung

Inspirada en un hecho real, "Los años verdes" se centra en la figura del protagonista, Makoto Kawasaki, joven de buena familia marcado por su singular carácter, por su escasa empatía social y por la conflictiva relación con su padre. Una vez desmovilizado tras la derrota japonesa en la Segunda Guerra Mundial, Makoto, nihilista frente a la sociedad, resentido frente a la familia, se embarcará en una espiral autodestructiva presidida por una morbosa obsesión por el dinero y la fascinación por la muerte.

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Seitenzahl: 286

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Yukio Mishima

Los años verdes

Índice

Prólogo del autor

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Créditos

Prólogo del autor

–¿No te parece algo anticuado esto de seguir la costumbre de empezar una novela con un diálogo entre el autor y su amigo?

–Claro que sí. En todo caso, nosotros no podemos librarnos de ser personas un poco anticuadas.

–Por cierto, ¿encaja en algún modelo el protagonista de esta última obra?

–Naturalmente. Es un tal Akitsugu Yamazaki del Club Hikari1.

–¿Y el argumento? ¿Qué clase de historia vas a encasquetar en la cabeza de este personaje?

–Será la historia de un hombre que no duda. Es un argumento complejo, pero te puedo dar algunas pistas. Veamos. Si uno duda de todo, acaba siendo un filósofo al que no le queda más remedio que encerrarse en su estudio. Si, por el contrario, uno no duda de nada, podrá saborear una felicidad a ras de tierra. Mi protagonista, sin embargo, pondrá un coto a sus dudas dentro del cual jamás dudará. Así, sus actos nunca pasan de proyectos, unos proyectos que no puede interrumpir ni tampoco dejar de tener. De lo que no duda es de la verdad y de la autoridad universitaria. A veces descubre una vulgaridad que él mismo no sospecha que está dentro del coto de sus dudas. Sin embargo, lo verdaderamente ridículo de esa vulgaridad encerrada en el coto de sus dudas es que puede beneficiar grandemente su conducta heroica, una conducta igualmente confinada en el coto de sus dudas. De esa forma, por la misma razón que ataca a Maquiavelo, se convierte en maquiavélico. Si un joven intenta preservar su pureza, la vía más inteligente puede ser seguir el ejemplo de Maquiavelo, aunque, por supuesto, la vía más inteligente no tiene por qué ser la mejor...

–Entonces, vamos a ver... ¿qué pretendes escribir, una novela satírica o una historia heroica? No me parecen compatibles...

–Tienes razón: no lo son. Lo que quiero escribir es una novela de hechos falsos, una especie de mito heroico, pero falsificado a conciencia. Si el ser humano tiene que comprender como actúa y no debe actuar como comprende, entonces podemos decir que mi protagonista será un hijo ilegítimo de la comprensión.

–¿Un hijo ilegítimo al que vas a legitimar tú?

–Eso todavía no lo sé.

1. El Club Hikari era una empresa financiera fundada en septiembre de 1948 por un joven estudiante llamado Akitsugu Yamazaki. El hecho de que se dedicara a realizar préstamos a un elevado interés y de que fuera dirigida por un estudiante de tercer curso de Derecho de la prestigiosa Universidad de Tokio resultó doblemente llamativo. (N. de los T.)

Capítulo 2

En este heroísmo, producto del invento incierto de un alumno del primer año de la escuela secundaria, se observaba una especie de amenaza de sombra; sin embargo, también Makoto podría haber llegado a ese concepto del heroísmo por instigación de la misma sombra. Lo cierto es que esta noción de heroísmo no era en definitiva más que una suerte de individualismo aprendido de la sociedad circundante.

Estas reflexiones adoptaban ya entonces el tono que Makoto habría de utilizar años después. Así como las personas aprenden el individualismo de una sociedad en estado normal, igualmente el adolescente, antes de eso, aprende el heroísmo de una sociedad anormal. El aumento de la amplitud de vibraciones de una sociedad provoca convulsiones en el individualismo. El heroísmo es, así, un individualismo armado en defensa propia y también un individualismo que grita elocuentemente contra la sociedad misma. Y de tanto gritar, los adolescentes que maduraron en la década de los treinta acabaron quedándose roncos.

Cuando Makoto pasó al segundo curso de la secundaria, su hermano del medio estaba en el quinto curso. Llamaba la atención que los tres hermanos Kawasaki fueran los primeros del curso respectivo y los delegados de su clase. Era como si hubieran sido fabricados con un molde. En la escuela primaria eran los únicos que iban a clase con hakama12. Daba la impresión de que esta prenda de vestir, convertida con ellos en emblema del pedigrí y de la inteligencia de la familia Kawasaki, no estaba reservada a ningún otro niño.

Makoto se llevaba bien con su hermano del medio, sobre todo en comparación con el hermano mayor. Cuando iban los dos a la secundaria de K, volvían juntos a casa cada vez que coincidían al salir de clase. Un día de principios de verano, su hermano del medio lo acompañó de escolta, pues corría el rumor de que unos chicos algo violentos de quinto curso estaban al acecho en el camino a casa. Mientras caminaban por la carretera provincial, vieron cómo se acercaba en dirección contraria una pobre demente de unos cincuenta años. Conocida por sus obscenidades, la llamaban «la vieja soldado». Cada vez que se encontraba con un soldado, lo detenía para preguntar por un hijo suyo que no existía. Mientras el soldado buscaba con apuros cómo contestar, la mujer, a pesar de su edad, se exhibía con coqueterías indecentes. Siempre llevaba colgado de la mano un envoltorio con porquerías, a pesar de lo cual iba vestida con pulcritud y maquillada con discreción, aunque el carmín le sobresalía ligeramente de la línea de los labios. Cuando se cruzaron con «la vieja soldado» y recibieron un saludo realizado con mucha cortesía, los dos hermanos se miraron y se rieron por lo bajo. Justo en ese momento se oyó desde atrás el sonido retumbante y el pitido de alarma de un vehículo que podría ser un camión militar. En efecto, al volver la cabeza, los dos hermanos vieron cómo un camión del ejército abarrotado de soldados se abalanzaba hacia ellos. Tuvieron tiempo de echarse a un lado de la carretera. «La vieja soldado», en cambio, al darse cuenta de la presencia de los soldados en el camión a escasos diez metros de ella, se lanzó sin vacilar contra el vehículo gritando:

–¡Eh, señores soldados!

El conductor no tuvo tiempo de esquivarla y el camión atropelló a la pobre mujer, parándose por fin en seco en la misma dirección en que venía ella. Los soldados, ante la sacudida brusca del frenazo, cayeron desordenadamente. El conductor, un soldado joven de cara pálida, se bajó de la cabina y preguntó a los hermanos si eran familiares de la mujer atropellada. Al escuchar la respuesta del hermano del medio, el conductor recobró el ánimo y aplacó las protestas ruidosas que venían del interior del camión diciendo con tono resuelto que se trataba de una loca.

El hermano del medio se asustó cuando vio que Makoto no estaba a su lado. Miró alrededor y lo vio entre los soldados que formaban un espeso corro alrededor del cuerpo atropellado. Con una expresión pavorosamente serena, incluso con un aire de orgullo, Makoto contemplaba absorto la masa de carne que todavía se movía mientras perdía el aliento. Se sentía a gusto y feliz de verse a sí mismo capaz de presenciar una escena tan horrorosa sin inmutarse para nada. «Así se muere la gente..., así, moviendo los dedos con dificultad, como un bebé...»

Makoto observaba el cadáver con detalle e imprimía todo en su mente. Había adquirido el conocimiento de cómo muere una persona. Más tarde recordaría con la satisfacción de una fidelidad borrosa y del deber cumplido que durante esos minutos había podido mantenerse como observador impávido. Se halló a sí mismo en poder de una especie de suprema exaltación.

Su hermano, ligeramente aterrorizado, sentía que era su deber acercarse al corro y tirar de la mano a Makoto. Por fin, armándose de valor, se aproximó a Makoto y lo puso de camino de regreso otra vez por la carretera. Después de ver unas mariposas de la col revoloteando por la carretera, se tranquilizó un poco y preguntó a Makoto:

–¿Cómo tuviste agallas para quedarte mirando una cosa así?

–Es que quería saber cómo se muere la gente –repuso alegremente Makoto mirando a su hermano.

Esta contestación dejó al hermano mudo de asombro.

El año 12 de Showa, Makoto pasó al tercer curso de la escuela secundaria. En julio de ese año tuvo lugar el incidente del puente de Roko13. Años más tarde, esa escuela secundaria llegaría a ser célebre por la excelencia de sus ejercicios militares. Especialmente, algunos deportes atléticos como la carrera de velocidad y el salto de altura alcanzaron un nivel tan alto que sus practicantes consiguieron el primer premio en los campeonatos de Jingū. También era una escuela destacada en la sección de moral cívica.

Makoto era el delegado de su clase y, al mismo tiempo, el encargado precisamente de la moral cívica. Parecía cumplir todos los requisitos para el cargo: las rayas de su uniforme escolar aparecían todos los días perfectamente marcadas, el cuello del uniforme jamás estaba sucio, las uñas siempre bien cortadas y el cabello limpio con corte a cepillo. No sólo eso: sus calcetines tenían remiendos, nunca agujeros; y la cartera de los libros había sido heredada de su hermano mayor. Cuando se cruzaba con alumnas del instituto femenino, hacía todo lo posible por no mirarlas, para lo cual caminaba sin parar con la expresión arrogante como si quisiera mostrarles su desdén. La frialdad de su expresión era acentuada por la delgadez del caballete de su nariz, lo cual aumentaba la antipatía que provocaba entre las chicas. Pero, a decir verdad, si Makoto no las miraba a la cara, era porque temía enrojecer de vergüenza.

Sería faltar a la verdad decir que la generación que alcanzó la adolescencia en la década militarista no había tenido tiempo de pensar en las chicas. Lo que sí es cierto es que aquellos adolescentes pensaban que el amor, las chicas y cosas por el estilo resultaba todo demasiado llamativo y especial para su energía dividida entre la turbación natural de la adolescencia y la confusión del ambiente.

Makoto, aunque a veces se mostraba tenso en el desempeño de sus obligaciones como responsable de la moral cívica, al mismo tiempo, cuando tenía que informarse sobre detalles de aventuras amorosas ajenas, empezó a sentir el mismo placer intelectual que debe de sentir un policía divertido al interrogar con curiosidad a un criminal. La misma naturaleza capciosa de las preguntas hechas descubría inesperadamente la ingenua intención del propio interrogador. Rápidamente Makoto se dio cuenta de que, a la hora de advertir a sus compañeros «inmorales», lo primero era necesario adoptar una actitud amable y que pareciera salir del fondo del corazón. Por eso, cuando un día escuchó a un compañero de curso, cuyo nombre figuraba en la lista negra de la clase, hablar con cariño de su amor, dio un ligero suspiro y le dijo:

–Lo que pasa contigo es que llamas mucho la atención. Pero, bueno, a mí también me gusta llamar la atención aunque no lo creas, ¿eh?

Este compañero maleducado, que llevaba desabrochado el cuello del uniforme en contra de las advertencias recibidas repetidamente, enseguida torció la boca y soltó una risa sardónica porque la forma de expresarse de Makoto le había revelado su verdadera intención, una intención propia de su edad.

–¡Puf! ¿Llamar la atención tú? ¡Vamos, no me hagas reír!

A la edad de Makoto esta reacción humillante de un compañero afectaba mucho. Se levantó con el semblante pálido, se mordió los labios y no dijo nada más. La piel delicada de su frente traslucía su nerviosismo y dejaba ver la curva de unas venas que parecían de adulto. «¿De quién es la culpa de una humillación como ésta? ¿Quién tiene la culpa de que me hayan educado así? Mi madre es débil y no tiene la culpa... Es mi padre... Mi padre tiene la culpa de todo.»

La válvula de escape ideal para desahogar su malhumor se presentó esa misma tarde en la clase de redacción. El tema sobre el que debía escribir se titulaba «Sobre mi padre». Decidió estar lo más tranquilo posible y estuvo pensando un buen rato con la pluma apretada contra la mejilla.

El profesor de redacción, acabada la clase, se quedó aturdido al leer lo que había escrito Makoto. Su letra era maníacamente ordenada, sin un solo trazo que se saliese de las casillas del papel cuadriculado. Decía así:

«Sobre mi padre»

Nombre del alumno: Makoto Kawasaki

Mi padre pasa por un hombre de carácter muy bueno y por persona de gran humanidad. Por supuesto que se trata de uno de los mejores médicos internistas de la provincia. Sin embargo, estoy preocupado por su lado anticuado y autosuficiente. No me parece de ninguna manera que mereciera graduarse en instituciones de tanto prestigio como el Colegio de Ichikō y la Universidad Tōdai. ¿Era mi padre un hombre de buen carácter ya el primer día en que nació? Aunque no lo fuera, creo que es un gran error que los padres, movidos por amor, eduquen a sus hijos con rigor y traten de evitar que éstos cometan las equivocaciones que ellos cometieron varias veces. Los seres humanos sólo aprenden la verdad después de haberse equivocado ellos mismos. No puedo entender por qué mi padre se empeña en mantener a su hijo eternamente alejado de la verdad. O tal vez... Sí, también puedo pensar que está vigilando a su hijo para que no le robe la verdad, esa verdad que él alcanzó tras haber experimentado errores de varias clases. Mi padre tiene en su carácter muchas facetas detestables que la gente desconoce. Para empezar, es envidioso. Por ejemplo, el otro día mi padre, al que la gente toma por un hombre humanitario y de buen carácter, injurió con toda clase de palabras feas a un amigo suyo de infancia cuando se enteró por el periódico de que lo habían nombrado profesor en Tōdai. Me hizo sentir mal al escucharlo hablar así. También tiene envidia por sus hijos. Estoy dedicándome en cuerpo y alma a mis estudios en esta prestigiosa escuela secundaria de K porque simplemente tengo mucha fuerza de voluntad, no por obediencia a mi padre. «¡Vamos, padre, diablo del hogar, quítate de una vez esa máscara de hipocresía con que engañas a todo el mundo!» Creo que algo así es lo que me gustaría gritar.

Después de la clase de redacción estaba la de educación física. Al grupo de Makoto le mandaron correr fuera del campo de la escuela. Mientras corría, Makoto tenía la sensación de flotar entre las nubes. Se sentía simplemente exaltado tras su primer brote de rebeldía. A la izquierda del camino que llevaba al monte Ota se veía la sombría edificación en ladrillo del matadero. Los chillidos de los cerdos que estaban siendo sacrificados hicieron reír al grupo de corredores. Pero Makoto no se reía por eso, sino por una idea que acababa de ocurrírsele y que le pareció muy emocionante. «¡Sí! ¡Seré profesor universitario! O mejor aún: profesor de Tōdai. Así la venganza contra mi padre será formidable. Se enterará de mi nombramiento por la prensa y me criticará con dureza.»

Esa forma de pensar de Makoto revelaba que todavía no sabía nada del mundo, al creer que lo que él odiaba eran los defectos del carácter de su padre. Al igual que ocurre con otros adolescentes, ignoraba que lo que odiaba en realidad era el amor mismo.