El Pabellón de Oro - Yukio Mishima - E-Book

El Pabellón de Oro E-Book

Yukio Mishima

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Beschreibung

Mizoguchi es un joven poco agraciado, lo que le ha convertido en solitario, taciturno y acomplejado: el mal y lo trágico invaden sus pensamientos. Su única fascinación es el pabellón de oro de Kioto del que su padre, monje budista, le ha hablado que es la encarnación de la suprema belleza. Tras su muerte, Mizoguchi entra como novicio en dicho templo. Se pasa el tiempo admirándolo: es su único objeto de deseo, su obsesión. Pero cuando despierta en él la sensualidad, esta belleza suprema se va a interponer en sus relaciones amorosas, le va a impedir tener otras admiraciones o afectos; se va a convertir en un obstáculo para la vida de verdad. Solo su destrucción le puede liberar. Su amistad compartida entre el amable Tsurukawa y el mefistofélico Kashiwagi, y sus desencuentros con el superior, Tayama Dosen, precipitarán los hechos. "El Pabellón de Oro" es una novela en la que, como en parte de su obra, el elemento principal es la belleza y su destrucción, la vida y la muerte, eros y tanatos; nihilismo y aceptar lo irremediable, reflejo de aquel Japón, ante los ojos de Mishima, decadente y humillado tras la guerra. La presente edición de la obra es la primera que se publica en España, traducida directamente del japonés por Carlos Rubio.

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Seitenzahl: 486

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Yukio Mishima

El Pabellón de Oro

Traducido del japonés por Carlos Rubio

Índice

El Pabellón de Oro

Glosario

Créditos

1

¡CUÁNTAS VECES, NO siendo yo más que un niño, me hablaba mi padre del Pabellón de Oro!1.

Nací al noroeste de Maizuru, en un cabo solitario que se proyecta hacia el mar de Japón, la costa noroccidental del archipiélago. Pero mi padre no era de allí, sino de Shiraku, una población en las afueras del este de Maizuru. Abrazó la vida religiosa tras ceder a varios apremios y, una vez monje budista, fue puesto al frente de un templo situado en un remoto promontorio del mar. Allí se casó. Yo fui el fruto de aquel matrimonio.

Cerca del templo del cabo Nariu no había ningún colegio adecuado para mí. Por eso no pasó mucho tiempo antes de que tuviera que abandonar el hogar de mis padres y trasladarme a la casa de un tío, en el pueblo natal de mi padre. Desde esta casa recorría a pie el camino de ida y vuelta al Instituto de Enseñanza Media de Maizuru Este.

La luz que bañaba la tierra natal de mi padre era exuberante. Sin embargo, no pasaba un año, por noviembre o diciembre, incluso en días perfectamente despejados sin una sola nube, en que el cielo no descargara de repente varios chaparrones seguidos. Me pregunto si no sería entonces y por influencia de tal clima cuando desarrollé este carácter mío tan cambiante.

En mayo, al caer la tarde, después de haber regresado del instituto, contemplaba las colinas de enfrente desde el cuarto de estudio situado en el piso de arriba de la casa de mi tío. Los rayos del sol poniente refulgían en las hojas nuevas que recubrían las laderas asemejándolas a enormes biombos de oro desplegados allí, en medio del campo. Cada vez que me quedaba absorto viendo estas laderas, imaginaba el Pabellón de Oro.

A pesar de haber contemplado infinidad de veces el templo del Pabellón de Oro real en fotografías y libros de texto, la que dominaba en mi corazón infantil era la imagen del pabellón de un monasterio tal como mi padre me la había descrito. Nunca me había dicho mi padre que el verdadero Pabellón de Oro refulgía gracias a los mil destellos del oro en que estaba construido. No, nada de eso. Así y todo, en toda la tierra no había nada, según mi padre, de una belleza comparable a la de este edificio... el Pabellón de Oro. Tan solo las letras con que estaba escrito y hasta la simple pronunciación de las cuatro palabras de su nombre, dos cortas y dos más largas, imprimían en mi corazón la representación de algo maravilloso.

Por ejemplo, si a lo lejos veía la superficie de los arrozales refulgir bajo los rayos del sol, me decía: «¡Ah, esa debe de ser la sombra dorada que proyecta el pabellón que no se ve!». Es justamente en dirección este por donde se sitúa el paso montañoso de Kichizaka, que marca la frontera entre la prefectura de Fukui y la de Kioto. Es por donde sale el sol. Aunque la ciudad de Kioto de verdad se ubica precisamente en dirección contraria, era por encima de esos montes del este por donde yo veía como el Pabellón de Oro se elevaba majestuoso a hombros del cielo de la mañana.

En resumidas cuentas, el Pabellón de Oro se me aparecía en todas partes. En el sentido de que mis ojos no podían posarse directamente en él; me pasaba lo mismo que con el mar que había por allí. A pesar de que la bahía de Maizuru dista apenas seis kilómetros del oeste del poblado de Shiraku donde yo vivía, resultaba imposible ver el mar a causa de la barrera montañosa que se interponía. Sin embargo, en esa tierra siempre estaba ahí, como flotando, una especie de presentimiento del mar. A veces era el viento el que traía un olor a mar; otras veces, cuando el océano estaba agitado, las gaviotas llegaban en fugitiva desbandada hasta posarse sobre los arrozales cercanos.

YO ERA DE COMPLEXIÓN DÉBIL: cuando había carreras o ejercicios de barra fija, los otros chicos del instituto siempre me ganaban. Para colmo, era tartamudo de nacimiento, lo cual me hacía encerrarme más y más en mí mismo. Aparte, todos sabían que yo venía de un templo. Algunos de mis compañeros más maliciosos, para burlarse de mí, se ponían a imitar a un bonzo tartamudo leyendo sutras. En uno de los libros de clase había un relato de un detective tartamudo y los chicos lo leían en voz deliberadamente alta.

Ni que decir tiene que mi tartamudez levantaba un obstáculo entre el mundo exterior y yo. Es el primer sonido el que no sale bien. Este primer sonido es como la llave de la puerta que separa el mundo exterior y mi mundo interior, pero nunca se me ocurrió pensar que esa llave pudiera girar fácilmente. La mayor parte de la gente, al ser capaz de manejar con toda libertad las palabras, mantiene abierta de par en par la puerta que separa el mundo exterior del interior, por lo cual el aire corre continuamente entre los dos mundos. A mí, en cambio, me resultaba totalmente imposible. Mi llave estaba irremisiblemente oxidada.

El tartamudo, cuando lucha desesperadamente por producir ese primer sonido, se parece a un pajarillo en su intento angustioso por separar el cuerpo de la espesa liga, es decir, del mundo interior. Pero cuando lo consigue, ya es tarde. Evidentemente también ocurría que la realidad del mundo exterior parecía estar esperándome, de brazos cruzados por así decir, mientras yo forcejeaba por librarme de la pegajosa liga. Con todo y con eso, tal realidad que me hacía el favor de esperar no era una realidad fresca. Cuando, al cabo de mucho esfuerzo, por fin conseguía establecer contacto con el mundo exterior, me encontraba con una realidad que había cambiado de repente: ya no tenía el mismo color y hasta se mostraba borrosa. Era una realidad que había perdido la frescura que a mí me convenía, una realidad que despedía un olor medio a podrido.

Como cabe esperar de un joven así, yo abrigaba un ansia de poder que tenía dos formas opuestas. En historia me gustaban las descripciones de tiranos. Me veía como un tirano tartamudo y taciturno rodeado de súbditos atentos a la más leve expresión de mi rostro y temblorosos ante mí día y noche. ¿Qué necesidad tenía yo de usar palabras claras y rotundas para explicar mi tiranía? Bastaba mi silencio para justificar cualquier forma de crueldad. Por un lado, me deleitaba imaginando los diversos castigos que impondría, uno a uno, a todos mis profesores y condiscípulos que diariamente me mortificaban. Por otro lado, disfrutaba igualmente viéndome como un gran artista dotado de serena clarividencia, un verdadero dueño y señor de los reinos interiores. Mi aspecto exterior era miserable, pero mi mundo interior era opulento, con más riquezas que nadie. ¿No era natural que un joven irremediablemente mal dotado como yo diera en pensar que había sido secretamente elegido? En efecto, yo sentía como si en algún lugar de este mundo hubiera una misión que me esperaba y de la cual aún no tenía la menor idea.

A la memoria me viene el recuerdo de un pequeño suceso ocurrido entonces...

El Instituto de Enseñanza Media de Maizuru Este disponía de un conjunto de luminosos edificios modernos y de espaciosos terrenos de juego. Todo ello rodeado de apacibles colinas.

Pues bien, un día de mayo unos años antes se presentó en nuestro instituto un joven graduado, el cual entonces estudiaba en la Escuela de Ingenieros de la Marina de nuestra ciudad. Como estaba de vacaciones, había venido a visitar su antiguo instituto.

Con la piel bronceada por el sol y una nariz prominente que destacaba bajo la gorra del uniforme militar que llevaba hundida hasta los ojos, a nuestro visitante lo adornaba, de los pies a la cabeza, el halo de un joven héroe. Estaba explicando a los alumnos, todos más jóvenes que él, los rigores de la disciplina militar. Sin embargo, la vida cuya dureza todos esperábamos que comentara él la describía como si se tratara de una existencia pródiga y lujosa. Todos sus gestos, hasta los más insignificantes, rebosaban de arrogancia, pero, al mismo tiempo, de la perfecta conciencia, a pesar de la juventud de su dueño, del valor de una humildad aceptada. El pecho del joven militar, abombado bajo la chaqueta del uniforme, hacía pensar en un mascarón de proa cortando audazmente la brisa marina.

Recuerdo que estaba sentado en uno de los peldaños de la pequeña escalera de piedra por la que se bajaba a los terrenos de juego. A su alrededor había un grupo de cuatro o cinco alumnos que bebían sus palabras. En los parterres de la ladera brillaban flores de mayo: tulipanes, guisantes dulces, anémonas, margaritas... De un magnolio pendían, por encima de las cabezas de los muchachos, las suntuosas y blancas corolas de sus flores.

Como si fueran estatuas, ni el narrador ni sus escuchantes movían un músculo de sus cuerpos. En cuanto a mí, me hallaba sentado en uno de los bancos que había al lado del terreno de juego, solo, a unos dos metros del grupo. Así era yo. Es decir, así era mi manera de rendir tributo a las flores de mayo, al uniforme rebosante de orgullo, al coro de risas claras de los demás alumnos.

Pero he aquí que el joven héroe mostró más interés en mí que en su corte de admiradores. Yo parecía ser el único que no se había postrado ante su augusta persona, un pensamiento que debió de haberlo herido en su orgullo. Preguntó a los demás cómo me llamaba.

—¡Eh, Mizoguchi! —gritó al poner los ojos en mí por primera vez en su vida.

Yo, sin decir nada, lo miré fijamente. En la sonrisa de su rostro pude detectar ese gesto halagador de los poderosos.

—¿No dices nada? ¿Es que el señor es mudo?

—E.., e.., e... es que es tartamudo —respondió burlonamente en mi nombre uno de los admiradores.

Todos rompieron a reír. ¡Qué deslumbrante estallido de risas desdeñosas! En las risas crueles de esos compañeros me pareció ver mil destellos. Eran los destellos de un fulgor semejante al reflejo que revienta en un grupo de hojas, algo, en fin, característico en muchachos de su edad.

—¡Vaya! ¿Así que tartamudo? ¿Y por eso el señor no va a poder ingresar en la Escuela de Ingenieros de la Marina? Allí en un día te quitan la tartamudez, aunque sea a palos...

¿Qué me pasó entonces para dar una respuesta instantánea y clara? Las palabras me brotaron de forma inmediata y sin yo quererlo, como un borbotón incontenible y limpio:

—No iré a esa escuela. Me haré religioso.

Todo el mundo se quedó callado. El joven héroe bajó la cabeza, tomó una brizna de hierba y, poniéndosela en la boca, dijo:

—Bueno, siendo así, cualquier año de estos daré al señor algún trabajo.

La guerra del Pacífico estalló ese año2.

En ese instante experimenté sin ningún género de dudas una revelación. Fue el conocimiento de que yo me iba a mantener a la espera con las manos extendidas en un mundo tenebroso, de que algún día aquellas flores de mayo, aquel uniforme, aquellos compañeros crueles acabarían dentro de mis manos abiertas. Pero la revelación de que yo mismo estaba apresando el mundo, estrujándolo por su propia base, era algo... excesivamente pesado para ser motivo de orgullo en un muchacho como yo.

El orgullo necesita más ligereza, alegría, visibilidad, fosforescencia. Yo deseaba esa visibilidad. Sí, deseaba que mi orgullo fuera algo capaz de ser visto por todo el mundo. Por ejemplo, la daga que el joven aquel ceñía a la cadera era claramente ese algo que yo anhelaba.

Aquella daga, motivo de admiración para todos los estudiantes del instituto, era realmente un hermoso adorno. Corría el rumor de que los cadetes de la Marina usaban la daga a escondidas para sacar punta a los lápices. ¡Vaya capricho refinado —pensaba yo—, usar un símbolo tan solemne para llevar a cabo una labor tan trivial!

Dio la casualidad de que el joven se había despojado de su uniforme y lo había colgado de una valla pintada de blanco. Los pantalones y la camiseta blanca, que colgaban justo al lado de las flores, exhalaban la fragancia de una piel juvenil bañada de sudor. Tomándola por la corola de una flor, una abeja vino a posarse sobre la camiseta de un blanco deslumbrante. También sobre la valla, la gorra decorada de trencilla dorada, descansaba en la misma posición con que cubría la cabeza de su dueño, con la visera inclinada reglamentariamente hacia adelante y hundida hasta los ojos. El joven, al cual habían retado a un combate de sumo los alumnos más jóvenes, se había ido al campo de juegos para medir sus fuerzas.

Al contemplar las prendas allí abandonadas, se me grabó la impresión de que aquel joven tenía delante una tumba gloriosa. La profusión de flores de mayo reforzaba mi sensación. Allí yacía la gorra en la que se reflejaba el negro intenso de la visera, y la daga negra dentro de su ataúd de cuero que colgaba al lado. Todo ello, separado de su cuerpo y exhalando una belleza lírica, formaba un conjunto tan perfecto como el recuerdo que yo tenía de su dueño. De hecho, podría decirse que sus dos elementos se asemejaban a las reliquias dejadas por un joven héroe partido al campo de batalla.

Me aseguré de que no había nadie por allí. Desde el campo donde jugaban al sumo me llegaban los gritos de aliento. Saqué del bolsillo un cortaplumas oxidado que usaba para afilar lapiceros y me acerqué a la valla. Entonces, en el reverso de la bella funda de cuero negro de la daga, marqué dos o tres feas cuchilladas...

De la descripción precedente, la gente podrá llegar a la rápida deducción de que yo era un joven con cierta predisposición a la poesía. Sin embargo, hasta el día de hoy no he escrito un solo poema, ni siquiera notas personales o cosas por el estilo. Jamás he sentido el impulso de superar a los demás destacando en el cultivo de alguna habilidad o técnica especial para, de esa manera, compensar los defectos que me dejaban en inferioridad ante otras personas. Para expresarlo de otra forma, tenía demasiada soberbia para ser artista. El sueño de ser un tirano o un gran artista nunca fue más allá de eso, de una fantasía. La prueba es que no sentía ninguna gana en absoluto de sobresalir y, por tanto, jamás llevé a cabo esfuerzo alguno para conseguirlo.

La única fuente de mi orgullo era el hecho de no poder ser comprendido por los demás. Por eso, ¿cómo iba a sentir el impulso de expresarme y de intentar que los demás entendieran algo de lo que yo sabía? Las cosas visibles a ojos de la gente —pensaba yo— no habían sido ordenadas para mí. En tales condiciones, mi soledad engordaba más y más, exactamente igual que hace un cerdo al que se ceba.

De repente mi memoria se enciende con un trágico incidente ocurrido en nuestro pueblo. A pesar de que tampoco puedo decir que en realidad me viera directamente implicado, soy incapaz de sacudirme de encima la sensación incontestable de haber participado en él.

En el curso de este suceso, me hallé cara a cara y de sopetón ante todo: vida, sensualidad, traición, odio, amor...; sí, todo lo que puede haber en la existencia. Aun así, mi memoria prefería rechazar y pasar por alto cualquier atisbo de sublimidad que pudiera haber en el fondo de todo ello.

A DOS CASAS DE LA DE MI TÍO vivía una guapa muchacha. Se llamaba Uiko. Tenía los ojos grandes y la mirada límpida. Debido tal vez a la riqueza de su familia, sus modales era altivos. Aunque todo el mundo se desvivía por ella, resultaba imposible imaginar qué pensaba cuando estaba sola. Algunas mujeres celosas hacían correr el rumor de que por su aspecto iba a ser estéril. Sin embargo, Uiko probablemente todavía era virgen.

Nada más graduarse del Instituto Femenino de Enseñanza Media, Uiko ingresó en el cuerpo de enfermeras del Hospital de la Marina de Maizuru. El hospital no estaba lejos, y podía ir al trabajo en bicicleta. Así y todo, tenía que estar en su puesto de trabajo muy temprano, por lo que debía salir de casa a esa hora de luz incierta en que el día empieza a clarear, es decir, unas dos horas antes de que yo tomara el camino hacia el instituto.

Hubo una noche en que después de haber dormido bastante poco, absorto en melancólicas fantasías en torno al cuerpo de Uiko, me levanté de la cama cuando todavía todo estaba envuelto en sombras, me puse las zapatillas de deporte y salí fuera. La noche de verano moría.

No había sido aquella noche la primera en que mi imaginación se había entretenido con el cuerpo de Uiko. Poco a poco en mi mente había ido tomando solidez algo fugazmente entrevisto. El físico de la joven, una especie de condensación de estos pensamientos, se me aparecía envuelto en lúgubres sombras, pero era elástico y blanco; y finalmente se hacía sólido en forma de carne perfumada. Pensaba en el calor que yo sentiría en los dedos al tocar esa carne. Mis pensamientos divagaban también en torno a la elasticidad con que se encontrarían mis dedos y a la fragancia, semejante a la del polen, que exhalaría su piel.

Eché a correr resueltamente por el camino bañado en las sombras que preceden la aurora. Hasta las piedras parecían apartarse de mis pies mientras la oscuridad desplegaba ante mí su manto para mostrarme generosa el camino.

Llegué a un ensanche desde donde se puede acceder a la pequeña aldea de Yasuoka y en el cual se erguía solitario un enorme árbol zelkova. La corteza de su tronco estaba húmeda por el rocío. Me oculté detrás del tronco y me quedé a la espera de la bicicleta de Uiko, que debía llegar desde nuestro pueblo.

La esperaba sin saber qué iba a hacer. Había llegado a la carrera entre jadeos y, ahora que recuperaba el aliento a la sombra del zelkova, ni yo mismo tenía idea de cómo iba a actuar. Llevaba viviendo largo tiempo sin contacto con el mundo exterior, por lo que había alimentado la idea de que, una vez que saltase a ese mundo, todo sería muy fácil, todo sería posible.

Los mosquitos me picaban en las piernas. Por aquí y por allá se oía el canto de los gallos. Yo no apartaba los ojos del camino. A lo lejos atisbé una forma blanca. Podía pensarse que se trataba del color de la alborada, pero no. Era Uiko.

Era ella que se acercaba en bicicleta. Llevaba encendido el faro delantero. La bicicleta se movía silenciosamente. Yo salí de la sombra del árbol y me planté en medio del camino para cortar el paso. La bicicleta tuvo que dar un brusco frenazo y se detuvo.

En ese momento tuve la sensación de haberme transformado en piedra. También mi voluntad y mi deseo se petrificaron por completo. El mundo exterior, que había perdido contacto con mi interior, existía realmente y una vez más me rodeaba por todos lados. Ese yo que había salido de la casa de mi tío, que se había calzado unas deportivas blancas y había corrido como un loco camino arriba envuelto en las sombras que anuncian el alba hasta llegar al árbol zelkova, ese yo no era más que el que había hecho que fuera su propio mundo interior el que corriera y corriera sin parar. ¡Qué absoluta, qué pavorosa carencia de sentido tenían las techumbres de las casas del pueblo débilmente perfiladas en medio de las sombras del alba, los árboles en penumbra, las cumbres negras de los montes Aobayama, incluso la presencia de la misma Uiko, en ese momento de pie ante mí! Sin esperar a mi participación, algo había dotado de realidad todo esto, una realidad absurda, enorme, desmesuradamente tenebrosa que se me entregaba, que me oprimía con un peso hasta entonces desconocido.

Como siempre, pensé que las palabras eran el único recurso a mi alcance para salvarme de la situación. Un error característico en mí. Cuando había que actuar, a mí solo me importaban las palabras. Y es que las palabras salían con tanta dificultad de mis labios que me obsesionaba con ellas hasta el punto de olvidarme por completo de la acción. Para mí, la acción era algo esplendoroso y variado que debía ir siempre acompañado de palabras igualmente esplendorosas y variadas.

Yo no veía nada. Por lo que recuerdo, al principio Uiko se asustó, pero luego, al darse cuenta de a quién tenía delante, se limitó a clavar la vista en mi boca. Nada más. Probablemente se fijaba en este diminuto y estúpido agujero negro, sí, en este insignificante y feo agujero, sucio como un nido de ratas, que en ese momento gesticulaba de forma incomprensible en medio de las primeras luces del alba. Después, una vez asegurada de que de tal boca no saldría la más mínima fuerza capaz de ponerme en relación con el mundo exterior, respiró aliviada y exclamó:

—¡Vaya, qué comportamiento tan raro! ¡Hay que ver cómo sois los tartamudos!

Su voz tenía la frescura y corrección de la brisa de la mañana. Tocó el timbre de la bicicleta, nuevamente colocó los pies en los pedales y se puso en marcha evitándome con un rodeo, como quien evita una piedra en el camino. A pesar de no haber ni un alma más alrededor, Uiko se alejó tocando el timbre de la bicicleta una y otra vez, burlonamente, dejándome con el eco del ringring que llegaba desde los arrozales lejanos.

La noche de ese mismo día la madre de Uiko se presentó en casa de mi tío. Era evidente que Uiko me había acusado. Mi tío, de ordinario un hombre apacible, me soltó una buena reprimenda. Yo maldije a Uiko y le deseé la muerte. Meses después mi maldición se cumplió. Desde entonces tengo una fe firme en el poder de las maldiciones.

Día y noche deseaba la muerte de Uiko. Sí, deseaba la desaparición del testigo de mi vergüenza. Esta vergüenza quedaría desarraigada de la faz de la tierra si no existiera un testigo. El resto del mundo era también testigo. Sin embargo, si no existieran los otros, es decir, ese resto del mundo, la vergüenza no tendría razón de ser.

Lo que yo vi en el rostro de Uiko, detrás de sus ojos relucientes como el agua a la luz mortecina del amanecer y clavados en mi boca, era ni más ni menos el mundo de los otros, el mundo de los que nunca nos dejan solos, de los que están listos a intervenir a la vez como cómplices y testigos de nuestra abyección. Los otros, todos ellos, han de ser eliminados. Sí, el mundo ha de ser eliminado para que yo pueda realmente mirar cara a cara al sol...

Dos meses después de haberme acusado, Uiko dejó su trabajo en el Hospital de la Marina y no salía de casa. La gente del pueblo hizo correr todo tipo de habladurías. Después, al final del otoño, tuvo lugar el incidente.

¿QUIÉN IBA A SOÑAR QUE un desertor de la Marina fuera a buscar refugio en nuestro pueblo? Un día, a eso del mediodía, la policía militar se presentó en el ayuntamiento, una visita que nadie relacionó con algo grave ni juzgó extraordinaria.

OCURRIÓ UN DÍA DESPEJADO a finales de octubre. Yo había asistido a clase como de costumbre, terminado mis deberes en casa y me disponía a acostarme. Cuando iba a apagar la luz, miré por la ventana y vi que por la calle del pueblo corría un tropel de gente jadeando y haciendo mucho ruido, como una jauría de perros. Bajé y me encontré con mis tíos, que también se habían levantado. Salimos fuera. Uno de mis compañeros de clase, que estaba a la puerta, nos gritó con los ojos desmesuradamente abiertos por el estupor:

—¡Por allá! La policía militar se lleva detenida a Uiko. ¡Vamos a ver qué pasa!

Me puse las geta3 a toda prisa y salí a la carrera. Era una hermosa noche de luna. Sobre el suelo de los arrozales ya cosechados caían, por aquí y por allá, las sombras de los caballetes que sostenían las gavillas de arroz.

Detrás de unos árboles se movía una aglomeración de negras siluetas humanas. Uiko, vestida de negro, se hallaba sentada en el suelo. Una extrema blancura bañaba su semblante. La rodeaban sus padres y cuatro o cinco policías, uno de los cuales gritaba algo con voz colérica mientras en la mano sostenía lo que parecía una fiambrera. El padre de Uiko movía la cabeza alternativamente, a un lado para disculparse ante el policía, al otro para reprender a su hija. Mientras, la madre lloraba de cuclillas en el suelo.

Nosotros observábamos la escena desde la otra punta del arrozal. Poco a poco crecía el número de curiosos, cuyos hombros se rozaban silenciosamente. Arriba, sobre nuestras cabezas, la luna se mostraba pequeña, como si hubiese sido estrujada.

Mi compañero me musitó al oído una explicación. Al parecer, Uiko había sido sorprendida cuando salía de su casa llevando la fiambrera y se disponía a dirigirse al pueblo de al lado. La policía, que estaba al acecho, la había detenido en ese momento. Evidentemente la joven tenía la intención de llevar algo de comer al desertor con el cual había intimado mientras trabajaba de enfermera en el Hospital de la Marina. El resultado de estas relaciones fue que Uiko se quedó embarazada y fue despedida. La policía ahora la asediaba a preguntas para que confesara dónde se escondía el desertor, pero Uiko, atrincherada en un obstinado silencio, permanecía sentada sin mover ni un músculo.

Por mi parte, me limitaba a devorar con la mirada las facciones de Uiko. Parecía una loca entre rejas. Su rostro se mantenía perfectamente inmóvil bajo la luna.

Nunca había visto hasta entonces un rostro tan rebosante de repulsa. Mi cara, pensaba yo, expresaba la repulsa del mundo hacia mí; por el contrario, el rostro de Uiko expresaba la repulsa que a ella le merecía el mundo. La luz de la luna se derramaba generosamente sobre su frente, sus ojos, el caballete de su nariz, sus pómulos; pero el rostro inmóvil simplemente se dejaba bañar por esa luz. Si hubiese movido un solo músculo de los ojos o de la boca, el mismo mundo hacia el que ella trataba de expresar tal rechazo lo habría interpretado como una señal de debilidad y se habría precipitado sobre ella.

Yo, conteniendo el aliento, la observaba fijamente, observaba esa cara cuya historia acababa de ser interrumpida en este momento, una cara que no iba a revelar absolutamente nada ni de su futuro ni de su pasado. Un rostro tan extraño como este lo podemos reconocer a veces en la superficie que muestra el tocón de un árbol recién cortado. Aunque el corte transversal del árbol permita observar un color fresco y lozano, su desarrollo ha sido interrum-pido en el instante en que muestra el corte. A partir de ahora el árbol está expuesto al viento y al sol, una exposición que no debería haber sobrevenido. De repente queda a la vista de un mundo que originalmente no era suyo. En la superficie de este corte, en la cual se dibuja la belleza de los anillos y vetas de la madera, descubrimos entonces un rostro extraño, el rostro que se expone al mundo simplemente para afirmar que lo rechaza...

No podía por menos de pensar que ni en la vida de Uiko ni en la mía, como observador entonces, habría un momento en que el rostro de la joven fuese tan bello como en ese instante. Pero no duró tanto como yo esperaba, pues la visión del hermoso rostro de la muchacha se transformó de repente.

Uiko se levantó. Creí ver que en ese momento se reía, que su dentadura blanca refulgía al claro de luna. No puedo añadir más sobre su transformación porque, al levantarse, su rostro salió de la zona iluminada por el claro de luna y se perdió bajo la penumbra de la arboleda.

¡Qué pena no haber podido observar el cambio operado en las facciones de Uiko cuando se decidió por la traición! Si lo hubiera visto con detalle, acaso habría brotado en mi interior el sentimiento de perdonar al ser humano, el sentimiento de perdonar cualquier posible género de miseria humana.

Uiko apuntó con el dedo en dirección al vallejo montañoso de Kawara, en la aldea vecina.

—¡Está en el templo de Kongo! —exclamó uno de los policías.

ME SENTÍ INVADIDO ENTONCES por una alegría infantil, como por un aire de fiesta. Se decidió que los policías se repartieran en grupos y rodearan el templo de Kongo por todos lados. Al mismo tiempo, se pidió la colaboración de la gente del pueblo. Preso de un deseo no exento de resentimiento, me uní a un grupo de otros cinco o seis muchachos de mi misma edad que formamos parte del primer grupo a cuya cabeza iba la misma Uiko. No dejó de extrañarme el paso decidido de la joven flanqueada por los policías mientras recorría el camino iluminado por el claro de luna.

El templo de Kongo, o Kongo-ji, era famoso. Construido en un vallejo montuoso, a unos quince minutos a pie desde la aldea de Yasuoka, era célebre por el árbol kaya plantado por el príncipe Takaoka y por la elegante pagoda de tres pisos atribuida a Hidari Jingoro4. En verano solíamos venir a bañarnos en la cascada que hay detrás de los montes del edificio.

A lo largo de una de las márgenes del río corría la tapia del edificio principal del templo. Sobre este muro ruinoso hecho de barro crecían salvajes los miscantos, cuyos penachos plateados brillaban en la noche. Al lado de la puerta del edificio florecían las camelias. Nuestro grupo bordeó silenciosamente el río.

El pabellón principal del templo estaba más arriba. Si uno cruza el puente de troncos, encuentra una pagoda de tres pisos a la derecha y un bosquecillo con hojas teñidas de tonos rojizos por el otoño a la izquierda; al fondo hay una escalera de ciento cinco peldaños de piedra recubiertos de musgo, los cuales, por ser de piedra caliza, resultan muy resbaladizos.

Pues bien, antes de salvar el puente de troncos, los policías volvieron la vista atrás y nos hicieron una señal para que nos detuviéramos. Se decía que antiguamente en este punto se levantaba una puerta flanqueada por las dos advocaciones budistas Nio, de terrorífico aspecto, esculpidas por los famosos artistas Unkei y Tankei5. A partir de ahí, las colinas del valle Tsutsura formaban parte del territorio del templo de Kongo.

Contuvimos la respiración...

Los policías ordenaron a Uiko que siguiera caminando. Cruzó sola el puente de troncos y poco después la seguimos los demás. La parte inferior de la escalinata de piedra estaba envuelta en sombras, pero de la mitad hacia arriba los peldaños se nos aparecían bañados por el claro de luna. Nos ocultamos en la parte inferior, en las gradas más bajas de la escalinata. A nuestro alrededor las hojas de los árboles, aunque habían empezado a tomar los tonos encarnados y ocres del otoño, parecían todas negras por la luz de la luna.

En la cima de la escalera está el pabellón principal del templo. Desde él y en diagonal a la izquierda corre una galería que conduce a una sala vacía con un escenario, con todo el aspecto de haber servido para representar las danzas sagradas celebradas en el templo. Esta sala fue diseñada teniendo como modelo el escenario usado para dicho fin que existe en el templo Kiyomizu de Kioto. Sobresale por encima de la colina, y numerosos pilares y vigas ensambladas aguantan el peso de su estructura desde el vacío de abajo. Tanto esta edificación como la galería y el armazón, por haber estado a merced del viento y la lluvia, relucen con tonos blancos y limpios como los huesos de un esqueleto. En otoño, cuando el follaje del bosque circundante se enciende con mil colores, las llamaradas de las hojas armonizan bellamente con la estructura ósea y alba del templo. Por la noche, sin embargo, el claro de luna transforma este gran esqueleto blanco en un lugar misterioso y cautivador.

Al parecer, el desertor estaba escondido dentro de la sala vacía que había sobre el escenario. Los policías habían decidido usar a Uiko como cebo para atraerlo fuera y poder capturarlo.

Nosotros, como testigos de la captura, teníamos que seguir ocultos e inmóviles. A pesar del aire frío de finales de octubre que me envolvía, mis mejillas ardían.

Sola, Uiko había subido los ciento cinco escalones de piedra caliza. Lo hizo con el aire triunfal de una demente... El perfil blanco y hermoso de su rostro destacaba entre la negrura del cabello y del vestido que llevaba. Con aquella luna y estrellas, con las nubes de la noche, con las colinas que delimitaban el cielo gracias a su crestería de erizados cedros, con las sombras que proyectaba la luna, con los edificios religiosos flotando con su blancura en las tinieblas, en medio de un entorno tal, yo me sentía embriagado por la serena belleza de la traición que Uiko estaba a punto de cometer. ¡Qué bien cumplía los requisitos para ascender, solitaria y con los senos altivos, por aquella blanca escalinata de piedra! Su perfidia era la misma de las estrellas, la misma de la luna, la misma de los cedros. Expresado de otra manera, vivía en el mismo mundo en que vivíamos nosotros, testigos de su traición, y aceptaba la naturaleza que nos rodeaba a todos. Ascendía, pues, por aquella escalinata como nuestra representante.

Con la respiración entrecortada, no pude por menos de pensar: «Gracias a su traición por fin me ha aceptado a mí también. ¡Ahora sí que es mía!».

HAY UN PUNTO A PARTIR del cual lo que llamamos «suceso» se desvanece en nuestra memoria. La Uiko que subía esos ciento cinco escalones de piedra cubiertos de musgo permanece ante mis ojos. Es como si los subiera y subiera a perpetuidad.

Sin embargo, a partir de ese punto, se transformó en una persona completamente distinta. Pudo ser que la Uiko que subía por esos peldaños de piedra me traicionara, nos traicionara, una vez más. A partir de ese punto, dejó de sentir una absoluta repulsa por el mundo; y también una absoluta aceptación. Doblegándose a la disciplina de la simple pasión, se rebajó al nivel de una mujer que entrega su cuerpo a un solo hombre.

Por tal motivo solamente puedo recordar lo que siguió como si se tratase de una escena dibujada en alguna vieja litografía. Uiko avanzó por la galería y lanzó un grito en dirección a las tinieblas. Apareció la silueta de un hombre. Uiko le dijo algo. El hombre apuntó con un revólver a la escalinata de piedra y disparó. Desde unos arbustos cercanos los policías contestaron con más disparos. Cuando el hombre estaba a punto de disparar de nuevo, Uiko se dio la vuelta y echó a correr en dirección a la escalera. El hombre le disparó en la espalda una y otra vez. La joven se desplomó. El hombre colocó el cañón del revólver en su propia sien e hizo fuego...

Primero los policías, luego los demás se precipitaron escalinata arriba hasta llegar adonde yacían los dos cuerpos muertos. Yo, en cambio, permanecí sin moverme, oculto en la penumbra de las hojas otoñales. Sobre mi cabeza se erguían, superpuestas en todas direcciones, las piezas de la estructura blanca del templo. A mis oídos llegaba el traqueteo amortiguado de las pisadas de la turba humana azotando las tablas de la galería. Los resplandores entrelazados de dos o tres linternas ascendían sobre la barandilla de la galería y fenecían entre las ramas cuajadas de hojas rojizas y ocres.

En lo único en que yo podía pensar era en que el suceso ocurría en un pasado remoto. Las personas insensibles solamente se aturden cuando ven correr la sangre. Pero cuando la sangre corre, la tragedia ya se ha consumado. Sin darme cuenta, me quedé dormido. Al despertarme, no había nadie: se habían olvidado de mí. Los trinos de los pajarillos llenaban el aire y el sol de la mañana penetraba entre las hojas rojizas de las ramas más bajas de los árboles. Al contacto con el sol que la iluminaba desde abajo, la estructura de blanco esqueleto parecía volver a la vida. El templo, sereno y altivo, proyectaba la cuña de su sala vacía en el valle encendido por las hojas empurpuradas del otoño.

Me puse en pie tiritando y me froté la piel para entrar en calor, pero solo el frío permanecía dentro de mi cuerpo. Sí: lo único que me quedaba era el frío.

* * *

EN LAS VACACIONES DE PRIMAVERA del año siguiente mi padre vino a visitarnos a la casa del tío donde yo vivía. Vestía el uniforme civil usado en aquellos años de guerra, pero sobre él llevaba la estola budista. Dijo que me iba a llevar con él a Kioto para pasar dos o tres días. La enfermedad de mi padre se había agravado bastante, tanto que me asombré de cómo había decaído. No fui solo yo, también mis tíos trataron de convencerlo para que desistiera de hacer un viaje a Kioto. Pero mi padre se mantuvo en sus trece. Al pensar en ello después, comprendí que lo que él deseaba hacer en vida era presentarme al superior del monasterio donde estaba el Pabellón de Oro.

Naturalmente, visitar el Pabellón de Oro había sido mi sueño desde hacía muchos años. Lo que no me atraía era la idea de hacer el viaje con mi padre, el cual, a pesar de los denodados esfuerzos que hacía por ocultarlo, era evidente que llamaba la atención por su aspecto de extrema gravedad. A medida que se acercaba el momento de posar mi mirada en el Pabellón de Oro por primera vez en mi vida, sentía bullir en mi interior ciertas vacilaciones. Este edificio tenía que ser bello ocurriera lo que ocurriese. Yo confiaba, por consiguiente, no tanto en la belleza objetiva del monumento cuanto en mi propia capacidad para imaginar tal belleza.

Conocía al dedillo todo sobre el Pabellón de Oro, por lo menos todo lo bien que podría comprenderlo un muchacho de mi edad. Fue en un libro de arte donde en una ocasión había leído las siguientes líneas dedicadas escuetamente a la historia del monumento: «Ashikaga Yoshimitsu6 tomó posesión de la mansión del barrio de Kitayama, en las afueras de Kioto, y patrimonio de la familia Saionji, convirtiéndola en una grandiosa villa. Sus edificios principales estaban destinados al culto budista y eran los siguientes: la Sala de Reliquias, la Sala del Fuego Sagrado, la Sala de las Confesiones, el Palacio del Agua de la Ley Budista o Hosui-in; había también dependencias de uso residencial, como el Aposento Señorial o Shinden, el Salón de la Nobleza, la Sala de Asambleas, la Torre del Espejo Celestial, el Mirador del Señor del Norte, el Patio del Manantial, el Pabellón de la Contemplación de la Nieve, y muchas más. Entre todas ellas, la Sala de Reliquias destacaba por una ejecución arquitectónica más elaborada. Fue esta construcción la que más tarde se conoció como el templo del Pabellón de Oro. Cuándo exactamente empezó a ser llamada por este nombre es difícil de precisar, pero parece que la denominación “Pabellón de Oro” ya era corriente en los tiempos de las guerras de Onin; así pues, en la Era Bunmei7.

»El templo del Pabellón de Oro es un edificio a modo de torre de tres pisos levantados al borde del llamado “Estanque del Espejo” en medio de un amplio jardín. Se cree que su construcción fue finalizada el quinto año de la Era Oei, es decir, el año 1398. Los dos primeros pisos se inscriben en el denominado estilo arquitectónico shinden, de uso señorial doméstico, en el cual no faltan ventanales plegables. El tercero, que consta de una estancia de cinco a seis metros cuadrados al más puro estilo zen, dispone de una puerta central corredera y de un ventanal con florón a derecha e izquierda. El tejado, construido con corteza de ciprés japonés, es de estilo hogiyo y está rematado con un fénix de bronce y oro. El Pabellón de Pesca o Tsuri, también llamado Sosei, con tejado de doble pendiente proyectado hacia el estanque, rompe la monotonía de la arquitectura circundante. La suave curvatura del tejado, la precisa proyección de los aleros, la delicadeza de la veta de madera producen la impresión de un conjunto grácil y elegante. Es una obra maestra de la arquitectura de jardín por la armoniosa combinación del estilo residencial y del religioso budista. La construcción revela el gusto del sogún Yoshimitsu, que había sabido expresar tan fielmente la cultura de la corte imperial, y nos permite trasladarnos a la atmósfera de la época.

»Tras la muerte de Yoshimitsu y conforme a su voluntad, la mansión de Kitayama fue convertida en un templo de la escuela zen, pasando a formar parte del monasterio de Rokuon. Posteriormente, otras estructuras del complejo arquitectónico fueron trasladadas a diversos emplazamientos o bien fueron víctimas de la incuria y acabaron en la ruina. Felizmente nos queda el Pabellón de Oro, el único edificio preservado de aquel conjunto...».

COMO UNA LUNA EN EL CIELO de la noche, el templo del Pabellón de Oro fue levantado a modo de símbolo en medio de la oscuridad de aquellas épocas. También el Pabellón de Oro de mis sueños necesitaba tener un fondo de tinieblas por todos los lados. Los bellos y delicados pilares del edificio se apoyaban firme y reposadamente en medio de esta oscuridad emitiendo desde su interior débiles haces de luz. Nada importaba lo que la gente pudiera decir de este hermoso templo: su estructura continuaría airosa en el mismo sitio, desplegando calladamente a los ojos del mundo toda su delicada elegancia y aguantando la embestida de las tinieblas circundantes.

También pensaba en el fénix de bronce y oro que coronaba el edificio y que había permanecido allí año tras año a merced de la intemperie. Esta misteriosa ave de oro, que jamás anunciaba los albores del día, que jamás desplegaba su plumaje, sin duda estaba completamente olvidada de que era un ave. Sin embargo, no sería verdad afirmar que no parecía estar a punto de echar a volar. Así como otras aves surcan el espacio, esta ave fénix de oro con sus alas resplandecientes surca el tiempo por toda la eternidad. El tiempo que ha golpeado sus alas; y, en virtud de este golpe, el fénix se desliza hacia atrás. Lista para navegar por los aires, su silueta permanece inmóvil con un destello de ira en los ojos, con las alas alzadas, las plumas de la cola extendidas como un penacho y la pose intrépida mientras se apoya en sus majestuosas patas de oro.

Con estos pensamientos en la cabeza, yo veía el Pabellón de Oro como un bello navío que surcaba el océano del tiempo. En el libro de arte se lo describía asimismo como «edificio de paredes insuficientes por donde se cuela el viento», lo cual evocaba también en mi imaginación la forma de un barco. En cuanto al llamado Estanque del Espejo, teniendo a su lado este sofisticado barco de recreo de tres pisos, se lo podría tomar por el mar. El Pabellón de Oro surcaba la vasta noche en una travesía cuyo término resultaba imposible de prever. Después, digamos durante el día, el singular navío fondeaba con un aire de inocencia sometiéndose a las miradas de una multitud de curiosos; pero, con la llegada de la noche, sacaba renovados bríos de las tinieblas que lo rodeaban y con el tejado henchido como la lona de una vela volvía a surcar las aguas de alta mar.

No exagero si digo que el primer problema de verdad que he tenido en mi vida ha sido el de la belleza. Mi padre no era más que un bonzo de pueblo, de vocabulario pobre. Solo me enseñó una cosa: «En este mundo no hay nada tan bello como el templo del Pabellón de Oro». El hecho de pensar que tal belleza existiera en el mundo sin que yo la hubiera conocido me despertaba una especie de inquietud y disgusto. Si fuera así, es decir, si era indudable que la belleza existía ya antes, entonces mi propia existencia estaba al margen de tal belleza.

A pesar de ello, para mí, el Pabellón de Oro jamás fue una simple idea. Aunque la barrera de las montañas me impedía contemplarlo con los ojos, si yo lo deseaba, su estructura siempre estaba ahí para que yo acudiera a verla. La belleza es algo que uno puede tocar con los dedos, algo que incluso puede reflejarse en la propia pupila. Sabía y creía que, incólume en medio de los múltiples cambios que pudieran operarse en el mundo, el Pabellón de Oro existiría inmutable.

Había veces en que me lo imaginaba como una delicada y diminuta obra de artesanía capaz de caber en mi mano. Otras veces, sin embargo, me figuraba el dorado pabellón como una catedral monstruosa y gigantesca que se perdía en las alturas del cielo. Debido a mi juventud, no se me ocurría pensar que la belleza no tiene por qué ser grande ni pequeña, sino algo moderado y relativo. Por eso, cada vez que me fijaba en las florecillas de verano humedecidas por el rocío e iluminadas por una extraña luz, me parecía que eran tan bellas como el Pabellón de Oro. Y es más: cuando los nubarrones preñados de tormenta se alzaban osados más allá de las colinas dejando ver tan solo unos ribetes refulgentes de oro, su esplendor me recordaba el pabellón. Por fin, siempre que me encontraba con un rostro bonito, a mi mente acudía la misma comparación: «¡Ah, bello como el Pabellón de Oro!».

Fue un viaje triste. Los trenes de la línea ferroviaria de Maizuru hacían el trayecto de Maizuru Oeste a Kioto pasando por Ayabe y deteniéndose en todas las estaciones pequeñas, como Magura y Uesugi. Los vagones estaban sucios. Cuando llegamos al paso de Hozu y el tren empezó a meterse en un túnel tras otro, la carbonilla y el humo penetraban despiadadamente en nuestro vagón haciendo toser sin parar a mi padre.

La mayor parte de los demás pasajeros estaban relacionados de una manera u otra con la Marina. En los vagones de tercera clase se apiñaban familiares que volvían a sus casas después de haber visitado en Maizuru a oficiales de bajo rango, marineros, mecánicos y trabajadores del arsenal.

Por la ventanilla del tren contemplé el cielo nublado y grisáceo de primavera. Me fijé en la estola que llevaba mi padre encima del uniforme civil y también en los pechos de los jóvenes oficiales, de sonrosada tez, que parecían estallar por la fila de botones dorados. Tuve la sensación de hallarme en el medio. Pronto tendría edad para ser llamado a filas y convertirme también en soldado. Sin embargo, cuando me llamaran, ¿podría cumplir fielmente mi deber de soldado como sin duda lo cumplían estos oficiales que tenía ante mis ojos? De cualquier modo, en este momento estaba sentado justo entre dos mundos. Por muy joven que fuera todavía, bajo mi frente fea y terca yo ya sabía que era la guerra lo que había puesto en contacto el mundo de la muerte en el cual gobernaba mi padre como bonzo y el mundo de la vida en donde se movían esos jóvenes. Tal vez yo fuera a ser el lazo entre un mundo y otro. Cuando cayera en combate, ¡qué poco iba a importar el camino que tomara de esos dos mundos que entonces se desplegaban ante mis ojos!

Mi juventud poseía los colores difusos del crepúsculo. Aunque me daba miedo el mundo con su penumbra opaca, desconocía por completo cómo sería vivir donde todo fuera diáfano igual que la luz de mediodía.

Pendiente como estaba de los accesos de tos de mi padre, encontraba alguna ocasión para mirar por la ventanilla el río Hozu. Presentaba un color azul marino y casi plomizo, semejante al sulfato de cobre que se usa en los experimentos químicos. Cada vez que el tren salía de un túnel, las aguas del río o bien se mostraban lejos de la vía férrea o inesperadamente al lado de ella. Rodeado de rocas lisas, el río hacía girar una y otra vez los tonos azul marino de sus aguas.

La fiambrera de mi padre contenía algunas bolas de arroz inmaculadamente blanco, un lujo al alcance de muy pocos en aquellos años de escasez a causa de la guerra, por lo que se sintió avergonzado de abrirla a la vista de los demás pasajeros del vagón.

—No es arroz conseguido en el mercado negro —anunció—, sino un donativo de mis feligreses. Por eso lo puedo comer con gozo y agradecimiento.

Lo dijo en voz alta para que pudieran oírlo todos los pasajeros del vagón. Sin embargo, fue incapaz de terminar la primera bola que se puso a comer, una que ni siquiera era particularmente grande.

Yo no podía creer que este tren viejo y sucio por el hollín tuviera como destino la gran ciudad; más bien tenía la impresión de que nuestra locomotora se dirigía a la estación Muerte. Una vez que esta idea pasó por mi cabeza, la siguiente vez que nos metimos en un túnel me pareció que la humareda que volvió a colarse dentro del vagón tenía el olor de un crematorio.

A PESAR DE TODO, CUANDO finalmente me vi delante de la puerta Somon del monasterio de Rokuon o Rokuon-ji, mi corazón latía con fuerza. Era natural: ¿no estaba a punto de contemplar lo más bello del mundo?

El sol caía y las colinas aparecían envueltas en la bruma. Al mismo tiempo que nosotros, mi padre y yo, franqueábamos la entrada, otros visitantes hacían lo propio. A la izquierda de la puerta, estaba el campanario rodeado de unos ciruelos todavía en flor.

Delante del edificio principal del monasterio se elevaba un enorme olmo. En la recepción mi padre solicitó ser recibido. El superior del monasterio estaba ocupado con una visita, le respondieron, y nos rogaba que esperáramos veinte o treinta minutos.

—Vamos a aprovechar este rato para echar una ojeada al Pabellón de Oro —propuso mi padre. Era evidente que deseaba mostrar a su hijo que tenía influencia en el monasterio; por eso, se dispuso a entrar sin pagar, pero ni el hombre que vendía entradas y amuletos, ni el encargado de control de entradas eran los mismos de hacía diez años, cuando mi padre venía a menudo al templo.

—Supongo que la próxima vez que venga, tampoco serán los mismos —comentó mi padre con aire glacial.

Tuve la sensación, no obstante, de que mi padre ya sabía que esa «próxima vez» nunca tendría lugar.

Pese a todo, yo me comportaba deliberadamente como un muchacho (de hecho, esto solo pasaba en momentos así, es decir, en situaciones en que yo decidía adrede conducirme como un adolescente) y eché a correr alegremente por delante de mi padre. Entonces el Pabellón de Oro, con el cual tanto había soñado, se mostró ante mí en toda su plenitud, pero no sin cierta decepción por mi parte.

Yo estaba de pie a este lado del Estanque del Espejo, mientras que el templo se elevaba a la otra orilla revelando su fachada al sol poniente. El Sosei o Pabellón de Pesca estaba medio escondido más a la izquierda. En la superficie del estanque, en cuyas aguas flotaban dispersas algas y hojas de otras plantas acuáticas, se proyectaba la imagen perfecta del Pabellón de Oro, una imagen aún más bella que el mismo edificio. Los reflejos proyectados por el sol del poniente en las aguas hacían estremecer el reverso de los aleros de los tres pisos del pabellón, los mismos reflejos que, comparados con la envolvente luz, resultaban demasiado deslumbrantes y límpidos. Tanto que tuve la sensación de que el Pabellón de Oro, con toda su altivez, se arqueaba ligeramente hacia atrás.

—¿Qué? Hermoso, ¿verdad? —dijo mi padre—. El primer piso se llama Hosui-in [el Palacete del Agua de la Ley Budista]; el segundo es el Chondo [la Gruta del Rumor del Lago]; y el tercero, el Kukyocho [la Cima de la Plenitud] —añadió con su descarnada, enfermiza mano sobre mi hombro.

Yo contemplaba el monumento moviendo el cuello de un lado a otro para variar el ángulo de visión, pero sin expresar emoción alguna. No era más que un viejo, negruzco y pequeño edificio de tres pisos. Hasta el ave fénix del tejado, ¿acaso no parecía más que un cuervo posado allá arriba para descansar un rato? Lejos de parecerme bella, la construcción me despertaba una sensación de desequilibrio y desasosiego. «¿Puede la belleza ser algo con tal ausencia de belleza?», me preguntaba.

Si yo hubiera sido un joven humilde y estudioso, debería haber lamentado mi falta de conocimientos de estética antes de sentirme tan fácilmente decepcionado. Pero el dolor de haber sido engañado por algo en lo que esperaba encontrar tanta belleza me privaba de cualquier otra reflexión.

Se me ocurrió pensar que el Pabellón de Oro tal vez usara algún género de disfraz a fin de ocultar su propia belleza. Tampoco era imposible que la misma belleza deseara camuflarse bajo las miradas de la gente para protegerse a sí misma. Debía acercarme más al pabellón, despejar los obstáculos que a mis ojos aparecían feos, examinar el monumento minuciosamente y detalle a detalle; debía, en fin, percibir la esencia de su belleza con estos ojos míos. Mi actitud de entonces era natural en tanto en cuanto yo no tenía más fe que en la belleza observable con los propios ojos.

Con aire respetuoso mi padre me llevó primero a la galería exterior del Hosui-in, en el primer piso. Lo primero que vi fue una maqueta del Pabellón de Oro, de exquisita ejecución, guardada en una vitrina. Me gustó. Se parecía más al pabellón de mis sueños. Mientras contemplaba esta pequeña reproducción del monumento dentro del monumento, me vino a la cabeza la infinita secuencia de correspondencias surgidas cuando un microcosmos existe dentro de un macrocosmos, y otro microcosmos, más pequeño aún que el primero, existe dentro de este. Por primera vez podía soñar. Sí, soñar con un Pabellón de Oro diminuto pero perfecto, aún más pequeño que el de esta maqueta; soñar también con un Pabellón de Oro más grande que el edificio real en el cual yo me encontraba en ese momento, infinitamente más grande, tan inmenso, en efecto, que casi podría contener el universo entero.

Sin embargo, no podía permanecer con los pies plantados indefinidamente ante la maqueta. A continuación, mi padre me llevó ante una estatuilla de madera que representaba a Yoshimitsu, una obra famosa declarada Tesoro Nacional. La talla era conocida con el nombre de Rokuoninden Michiyoshi, el nombre religioso adoptado por el sogún Yoshimitsu al tonsurarse.

También este objeto me pareció un simple ídolo ennegrecido y extravagante, desprovisto de cualquier asomo de belleza. Seguidamente subimos al segundo piso, la estancia llamada Chondo.Contemplamos la pintura que había en el techo, obra atribuida a Kano Masanobu8, en la cual se representaban unos seres celestiales músicos. Pero ni en esta obra ni en la que vi en el tercer piso, el Kukyocho, con unos vestigios miserables del pan de oro que antaño recubría todo el interior, pude reconocer rastro de belleza.

Apoyado en la frágil balaustrada, dejé vagar mi mirada perdida hacia abajo, hacia el estanque, brillante bajo el sol vespertino, en cuya superficie, como uno de esos antiguos espejos de cobre oxidados por el paso del tiempo, se hundía recta la silueta del pabellón. Profundamente, bajo las algas y plantas acuáticas del estanque, se reflejaba el cielo de la tarde, un cielo distinto del que había sobre nuestras cabezas. El cielo del agua, límpido y rebosante de una luz serena, absorbía por completo desde las honduras del estanque este mundo terrenal nuestro, mientras que en su seno se sumergía el Pabellón de Oro como una gigantesca áncora de oro puro enteramente ennegrecida por la herrumbre...

El superior del monasterio, Tayama Dosen, y mi padre eran amigos desde que estudiaron juntos en cierto monasterio zen donde convivieron tres años. Ingresados los dos jóvenes en el seminario especializado de Shokoku-ji, un monasterio edificado bajo el sogunato del mismo Yoshimitsu, habían compartido la disciplina de la escuela zen y después abrazado la vida religiosa. Y no solamente eso. Bastante después me enteré de boca del mismo superior Dosen, un día en que estaba de buen humor y conversaba conmigo, de que los dos jóvenes no se habían limitado a compartir el rigor diario de la vida monástica, sino que algunas noches, después de la hora de acostarse, habían saltado la tapia del monasterio para comprar favores de mujeres y divertirse un rato.

Una vez terminada nuestra visita al monumento, mi padre y yo volvimos a la recepción, en el edificio principal. Desde allí fuimos guiados a través de una espaciosa sala de forma alargada hasta llegar al despacho del superior, situado en la biblioteca principal del monasterio, desde la cual se disfrutaba la vista del jardín con su famoso pino en forma de barco.

Yo estaba allí, tenso bajo mi uniforme escolar, en la respetuosa posición de sentado en el suelo sobre los talones. A mi padre, por el contrario, nada más entrar, inesperadamente se lo veía a sus anchas. Sin embargo, aunque formados en el mismo seminario zen, mi padre y el superior tenían un aspecto diametralmente distinto. Mi padre se hallaba consumido por la enfermedad, y presentaba un aspecto miserable y una tez reseca y terrosa. El superior Dosen, por el contrario, guardaba una perfecta semejanza con un pastel de color melocotón. Sobre la mesa despacho de la estancia se apilaban paquetes sin abrir, revistas, libros y cartas, enviados desde diferentes puntos del país, todo lo cual parecía hablar en favor de la prosperidad del monasterio. El superior alargó sus dedos gordezuelos, tomó unas tijeras y se puso a abrir con destreza uno de los paquetes.

—Me los mandan de Tokio —explicó—. Estos días no es nada fácil ver este tipo de pasteles. Al parecer no los distribuyen en tiendas. Solo los sirven a los militares y a las oficinas del Gobierno.

Bebimos un delicado té y comimos unos pasteles secos de tipo occidental que yo nunca había probado. Cuanto más nervioso me ponía, más migajas se me caían del pastel sobre las rodillas de mis pantalones relucientes y de negra sarga.

Mi padre y el superior expresaban su descontento por el trato de favor que tanto el Ejército como el Gobierno dispensaban exclusivamente a los santuarios sintoístas del país, mientras que menospreciaban los templos budistas; en realidad, más que menospreciar, los presionaban. Discutieron también sobre cuál sería la mejor manera de administrar los monasterios en el futuro.

El superior era un hombre rollizo. Por supuesto que tenía arrugas, pero parecía que el interior de cada una de ellas hubiese sido perfectamente lavado. En su cara redonda destacaba una nariz larga, que daba la impresión de un trozo de resina colgado que se hubiera vuelto sólido. A pesar de un rostro así, la cabeza rapada le prestaba un aire severo. Era como si toda la fuerza se hubiera concentrado en la testa, dotándola de una terrible cualidad animal.

La conversación de los dos monjes giró sobre los recuerdos de los días del seminario. Yo contemplaba, entretanto, la silueta del pino con aspecto de barco que había en el jardín del pabellón. Esta forma se había conseguido dando a las ramas bajas de un gigantesco pino la curvatura de un barco y llevando las más altas a un punto convergente más elevado como si fuera la proa. Había por allí un grupo de visitantes, que probablemente acababa de entrar justo antes de la hora de cierre, y el murmullo de sus voces llegaba desde el Pabellón de Oro, al otro lado del muro. Pero la brisa del atardecer de primavera absorbía voces y pisadas, limando perfectamente las aristas de todos los sonidos hasta suavizarlos y redondearlos. Poco después, el sonido de las pisadas desvaneciéndose como el reflujo del mar evocó claramente en mí el ruido de los pies de la humanidad sobre la faz de la tierra. Alcé la vista a lo alto del Pabellón de Oro y me quedé mirando fijamente el ave fénix que inmóvil absorbía las últimas luces de la tarde.

—Pues este muchacho... —Al llegarme la voz de mi padre, me giré hacia él.