La escuela de la carne - Yukio Mishima - E-Book

La escuela de la carne E-Book

Yukio Mishima

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Beschreibung

En el Tokio de los años sesenta, donde cohabita la sociedad moderna con las viejas tradiciones y la mujer goza de más libertad, pero en el ambiente siguen flotando los viejos prejuicios, Taeko Asano es una mujer independiente, divorciada, con un buen nivel de vida. Cansada de jóvenes inmaduros y de nuevos ricos banales, seduce a Senkitchi, un camarero de una discoteca gay de escandalosa reputación. Senkitchi es joven y atractivo, de mirada angelical, pero también de ambiciones perversas, y la aventura arrastrará a Taeko más allá de lo que espera. En "La escuela de la carne" Mishima enfrenta el mundo refinado de sutiles códigos sociales con el de la vida cotidiana, incluidos los bajos fondos, de un Japón que huye del corsé de sus tradiciones.

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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Yukio Mishima

La escuela de la carne

Traducción de Carlos Rubio

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Créditos

Capítulo 1

Las mujeres divorciadas dan la impresión de relacionarse de forma natural entre ellas. Ni Taeko Asano ni su grupito de amigas eran la excepción.

Aunque en el Japón de comienzo de los años sesenta, a diferencia de lo que ocurría por entonces en Estados Unidos y otros países, la situación de una divorciada no permitía que abundasen entre ellas esas que pudieran llamarse advenedizas del divorcio, lo cierto es que las tres mujeres que formaban parte de ese grupo llevaban una vida libre y, a los ojos de la gente, bastante entretenida.

Taeko era propietaria de una boutique; Suzuko Kawamoto, de un restaurante, y la otra, Nobuko Matsui, trabajaba como crítica de cine y moda. Ya en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial las tres habían sido miembros destacados de la flor y nata de la sociedad japonesa.

Durante la guerra a nadie le extrañó que, tratándose de unas mujeres jóvenes como ellas y con una fama ya en entredicho, acabaran divorciándose. Bien es cierto que no se les dio mal mantener en secreto los devaneos efímeros que se permitieron con bastantes personas en los años de la contienda, unas ligerezas que la confusión de la posguerra pareció haber borrado por completo. O casi por completo, si no fuera por unos cuantos vividores que estaban ahí para dar fe de la juventud disipada de las tres amigas. Y, aunque durante cierto tiempo a las tres les dio por negar al unísono y con un mohín de disgusto la veracidad de todas esas historias, ahora, entre ellas, se guiñaban el ojo en un gesto de tácita complicidad.

Generalmente, los padres con hijas de conducta semejante a la de ellas lo que más quieren es casarlas cuanto antes, una rapidez causante tal vez de que, en este caso, la vida matrimonial de estas tres amigas hubiera sido, por igual, bastante desgraciada. Por lo que atañe a Taeko, su marido resultó un perfecto inútil para la vida y, por añadidura, un hombre poseído por unas inclinaciones insoportables. A las otras dos, los maridos les salieron por el estilo. A pesar de que entre ellas reinaba una confianza que las tenía habituadas a contarse sus secretos sin reservas, estaban también unidas por una especie de consenso tácito para no hablar de sus exmaridos.

Había un hecho cierto, y era que, si Japón no hubiera perdido la guerra, las tres habrían podido ofrecer a la sociedad una imagen de fieles esposas y, cada una a su manera, habrían acabado siendo las respetables señoras de fulano y mengano.

El lector probablemente sepa que en los años treinta y cuarenta las bombillas de la mayoría de las habitaciones emitían una luz tan débil que, en comparación con lo que ocurre hoy en día, el interior de las casas era sumamente sombrío. Esta oscuridad era la misma para los ricos que para los pobres; e incluso en las espaciosas mansiones de los primeros daba la impresión de ser más profunda, al estar extendida sobre una superficie mayor. Así, bajo esa iluminación mortecina, también estas mujeres, hartas de su vida conyugal, no podían dejar de pensar que la falta de luz era común en todas las casas.

Por lo tanto, se puede decir que la derrota en la guerra y la democracia que la siguió fueron la causa de sus respectivos divorcios. El corto periodo de casada de cada una de ellas, lleno de memorias desagradables que detestaban recordar, había sido, igual que la iluminación de sus casas, la parte más sombría de sus vidas.

Capítulo 2

Se veían con frecuencia. Sin embargo, como por unas cosas u otras las tres andaban bastante ocupadas por el trabajo, se decidió que mantendrían un encuentro todos los meses.

Aquel 26 de enero habían quedado a las ocho para cenar las tres en un restaurante situado en el barrio tokiota de Roppongi.

Ese día, Taeko Asano salió de su tienda a las seis a fin de pasarse por un cóctel al que la habían invitado, y, luego, poder llegar a tiempo a su cita de las ocho.

El cóctel tenía lugar en la embajada de un país pequeño de Europa. Fue la esposa del embajador, una de sus clientas regulares, quien la había invitado. Pero por lo que Taeko había sabido, fue el embajador, un hombre de baja cuna pero esnob a más no poder, quien se había apresurado a agregar su nombre a la lista de invitados nada más enterarse de que había sido la esposa de un barón. Cada vez que asistía a este tipo de cócteles, a Taeko le encantaba la rapidez con que se metamorfoseaba. Solía cambiarse de ropa en el cuarto del fondo de su boutique mientras ponía en marcha a sus costureras.

Se puso un traje Chanel de satén negro y de tweed trenzado sobre una blusa de seda tailandesa de color azul grisáceo, un collar y una pulsera de perlas negras; y enfundó las manos en unos guantes largos de cuero gris adornando uno de los dedos enguantados con un diamante. El bolso de noche era de lamé plateado; los zapatos, sin tacón, de charol negro. Finalmente, a juego con el tejido del traje, se perfumó con una fragancia marca Satén Negro y se cubrió los hombros con un chal de visón argentado.

La boutique estaba en el barrio de Ryudomachi; la embajada, en el de Azabu; y el restaurante de las ocho, en Roppongi. Afortunadamente, eso quería decir que esa tarde a Taeko le bastaba con hacer una pequeña ronda para cubrir los tres puntos. El chófer de su tienda la dejaría en la embajada y volvería a buscarla después de haber realizado dos o tres entregas a clientes.

Es cierto que hay embajadas de toda clase y condición. Ésta, aunque pequeña y después de haber sido sometida a algunos cambios, ocupaba una mansión señorial que se había librado de los incendios de la guerra y cuya entrada, espaciosa y flanqueada de pinos, permitía maniobrar a los automóviles que llegaban.

La difunta madre de Taeko había celebrado con frecuencia en su casa fiestas a las que solía invitar a muchos extranjeros. Como eran los años de la guerra, se veían sobre todo caras de alemanes e italianos; y Taeko ya de jovencita sabía muy bien cómo conducirse en este tipo de fiestas. Su madre no dejaba de pasar todos los fines de semana recluida en su villa de Hakone, al suroeste de Tokio, donde se dedicaba a contestar el correo acumulado durante la semana escribiendo cartas en un papel impreso con el blasón familiar.

A los trece o catorce años a Taeko ya le habían enseñado el significado de la sigla francesa RSVP –«se ruega contestación»– inscrita en el ángulo izquierdo de las invitaciones. En realidad se trataba de un conocimiento perfectamente inútil; y, así, sin saber muy bien qué podría resultarle necesario para el futuro, había entrado en la edad adulta.

... En el vestíbulo de la embajada estaban de pie el embajador y su esposa recibiendo a los invitados. La embajadora vestía un espléndido vestido de cóctel en brocado de sarga confeccionado en la boutique taller de Taeko. Si ésta se había decidido por un conjunto de ropa y accesorios dominados por los tonos oscuros, era precisamente porque sabía qué iba a ponerse su anfitriona esa tarde. La embajadora solía llamarla familiarmente «Taeko», pero en esta ocasión se dirigió a ella como «baronesa». El embajador, a pesar de su aire somnoliento de siempre, recibió a su invitada con una alegría que no parecía fingida. Por su parte, Taeko dirigió dos o tres palabras halagadoras a la embajadora sobre lo bien que le quedaba el vestido, a lo cual ésta respondió radiante devolviéndole el cumplido. ¿No es absolutamente extraño este mundo del comercio en el cual el vendedor complace al cliente felicitándolo por el producto que ha vendido en su propia tienda?

La embajadora estaba obsesionada por el volumen excesivo de sus caderas y de sus piernas, pero el oficio de Taeko consistía, precisamente, en simpatizar con los puntos flacos de sus clientas. En este sentido no había ninguna diferencia entre extranjeras y japonesas; y Taeko sabía bien que las mujeres que, de puertas afuera, aparentan una gran seguridad en sí mismas son las que, de puertas adentro, más sufren de algún complejo de inferioridad física.

Taeko, después de dejar al embajador y a su esposa, se giró para pasear la vista sobre los otros invitados que estaban de pie en una sala de iluminación más bien débil. Se asombró entonces de que casi todas las caras que veía le resultaban conocidas.

Y un invitado tras otro le decían: «¡Mis respetos!». Este saludo, aunque antes de la guerra era propiedad de un grupo de aristócratas, ahora era usado hasta la saciedad incluso por los dueños de los restaurantes y las encargadas de los bares de copas. ¿No era perfectamente absurdo usarlo una y otra vez, incansablemente?

«¡Pero si aquí no hay más que una colección de antiguallas!», se dijo Taeko mientras esbozaba una ligera sonrisa.

Se encontraban allí el señor A, antiguo marqués, un distinguido ornitólogo, al lado de su esposa; los señores B, un matrimonio con acceso a la corte imperial; los señores C, que hasta no hace mucho se codeaban con la flor y nata de la sociedad; los antiguos condes D, cuyas cacerías de tigres habían sido famosas, y muchos más invitados. Taeko paseaba su mirada sobre todo el mundo allí congregado sin poder evitar una viva sensación de hastío hacia sí misma al recordar la sucesión de escándalos provocados años atrás por todos ellos. Por ejemplo, el amante clandestino de una mujer todavía hermosa, que en otro tiempo se había elevado a la cima de la pirámide social, ahora se había convertido en un exembajador completamente calvo.

Al contemplar a tales personas en esta estancia envejecida de estilo inglés dentro de un edificio de antes de la guerra, Taeko se preguntaba si el tiempo no había iniciado una cuenta atrás. Sin embargo, podría decir que la situación habría resultado divertida si esta recepción hubiera sido ofrecida en la casa de alguna de estas personas, las cuales, por otra parte, habían aceptado la invitación de un extranjero loco por la nobleza y ajeno, por lo demás, a ellos mismos. Aunque, hablando con toda crudeza, como la recepción iba a ser seguida de un bufet, para todos ellos no dejaba de tratarse de una ocasión de llenar gratis sus estómagos.

Aun así, Taeko, al cruzar la mirada con todos, tuvo de inmediato una sensación desagradable. Los ojos de la totalidad de ellos reflejaban una mezcla de desdén y envidia por el éxito de la boutique que Taeko había abierto. No les hubiera importado hacer zalamerías ante cualquier actriz de cine, pero adoptaban de forma instintiva una postura desafiante ante alguien como ella que, en su opinión, había traicionado su pertenencia a la antigua clase social. Es más, antes de ser menospreciados, se apresuraban a tomar la delantera y menospreciar ellos mismos.

Taeko comprendía bien el motivo de la animadversión de Suzuko y Nobuko, sus dos amigas, hacia esta gente. Entonces, con objeto de dar pasto a la maledicencia de todos ellos, se acercó resueltamente a un grupo de extranjeros compuesto exclusivamente por hombres.

Éstos, halagados, envolvieron a Taeko en un círculo.

Bien pensado, ¿quién podría poner en duda la vulgaridad de todos estos halagos y requiebros hacia una mujer? ¿A quién creían engañar festejándola así? Era evidente que ninguno de esos extranjeros podría quitarse de la cabeza el prejuicio de ligereza que achacaban a las japonesas.

Además, estaba la opinión que Taeko tenía de los occidentales. Detestaba su piel: esa piel de pollo cuya transparencia casi permite ver el color de la sangre, una piel que envejece con una rapidez penosa y que siempre parece manchada. La razón de por qué nunca había aceptado las propuestas seductoras de occidentales se basaba en la sensación de extraña impotencia y de falta de energía vital que recibía de todos esos hombres; y eso a pesar del talle esbelto de muchos de ellos, de su vigor físico, de su nariz pronunciada, del perfil escultural de sus cuerpos.

–El otro día, haciendo turismo por Nara y Kioto, pude ver numerosas estatuas y pinturas budistas; pero ninguna de ellas transmitía nada de eso que pudiera llamarse atractivo erótico. En cambio, entre nosotros, «bárbaros de Europa», como nos llamáis, desde el Renacimiento está arraigada la costumbre de fusionar erotismo y belleza. Nos cuesta apreciar la belleza allí donde no percibimos alguna sombra de erotismo. En nuestra opinión, por lo tanto, tan sólo la mujer japonesa de nuestro tiempo es bella sin ningún género de dudas.

Tal fue la halagadora opinión expresada por un joven rubio de aspecto culto a pesar de su pose de ingenuo.

«¿Será así desde un punto de vista, digamos, animal? –se preguntó Taeko mientras posaba su mirada en el rostro de ese hombre no desprovisto de belleza viril–. Más que estos occidentales, los jóvenes japoneses poseen en mayor grado una belleza animal, sí, una elasticidad salvaje, una flexibilidad, una belleza inexpresiva.»

En primer lugar, estaba esa nariz blanca y larguísima de los extranjeros cuya punta enrojecía y parecía quedar entumecida cada vez que le daba el viento frío del invierno, una visión nada agradable de ver. Afortunadamente, sin embargo, este salón tenía buena temperatura.

Una vez que la totalidad de los invitados parecieron haber llegado, el embajador y su esposa salieron a mezclarse y a departir con todos ellos. Los camareros, enguantados de blanco, hacían circular bandejas en donde había vasos de whisky con soda, martinis, y otras bebidas como manhattan, dubonnet, jerez. Mientras, pasaban camareras vestidas de quimono ofreciendo aperitivos pinchados por palillos.

El exmarqués ornitólogo se acercó a Taeko. El rostro de este anciano de setenta y cinco años, surcado de profundas arrugas, parecía haber sido cincelado siguiendo el modelo de una de esas esculturas de madera del estilo de la época Meiji1. Sus rasgos se podían reconocer sólo en las caras de esos viejos actores encasillados en papeles secundarios del kabuki o del teatro de vanguardia de nuestros días. La piel blanca y arrugada de su garganta sobresalía por los bordes del cuello falso de su camisa.

–Disculpe, pero ¿no será usted la distinguida hija del señor Asano? –preguntó.

–Sí –respondió Taeko.

–A lo mejor usted no lo sabía –se aventuró a decir el anciano–, pero yo, después de graduarme en la universidad, pasé cierto tiempo enseñando Zoología en el Colegio de Nobles, donde tuve el honor de tener como alumno a su padre de usted, el señor Asano. ¡Y qué bromista era su padre! En una ocasión en que le pedí que me trajera el esqueleto de un arqueóptero, tuvo la ocurrencia de traérmelo con una cinta roja alrededor de la cabeza. Una historia que acabó haciéndose famosa...

A pesar de que Taeko ya había oído tres veces de los labios de la misma persona esta historia del ave prehistórica, el viejo exmarqués, cada vez que se encontraba con Taeko, parecía comportarse como si la viera por primera vez.

En el salón más bien oscuro, esta recepción de fantasmas proseguía animada. El caballero que servía en el palacio imperial, y cuyo rostro poseía esa insipidez tan característica de la antigua nobleza cortesana, no paraba de beber mientras hacía preguntas directas; sin embargo, su porte parecía forzado, produciendo una impresión desagradable.

Aunque aquí no escaseaban joyas ni perfumes, se echaba en falta esa juventud y animación de la sociedad actual. ¡Justo lo que más le gustaba a Taeko! Ahora que lo pensaba: ¿cómo era posible que a su anfitrión el embajador se le hubiera ocurrido adornar de repente su salón con tal «colección de fantasmas»?

Taeko decidió entonces no tomar interés más que por el lado comercial. Con esta resolución en mente, las perspectivas de este aburrido cóctel para una Taeko ahora cazadora daban un giro de ciento ochenta grados. Y es que había tantas presas a tiro...

Ahí estaba, por ejemplo, la mujer del presidente de una empresa de productos textiles, una señorona a la que acababa de ser presentada y con quien sólo había intercambiado dos o tres palabras. Bastaba una mirada para darse cuenta de que su vestimenta occidental, por mucho dinero que le hubiera costado, le sentaba fatal. A Taeko se le ocurrió la idea de ofrecerle suavemente algunas sugerencias y, sin lastimar el amor propio de esta mujer, de sacar partido rápidamente a sus complejos para convertirla en una clienta fija de su boutique. Taeko sabía que las técnicas de la psicología –algo que tenía bien aprendido por su crianza y que consideraba una parte del arte de vivir– determinaban en gran medida el éxito o el fracaso de las casas de alta costura.

Así, con un vaso de dubonnet en la mano, la sonrisa en los labios y estos pensamientos en la cabeza, Taeko se acercó a la esposa del presidente. Y a medida que se aproximaba a ella, el abdomen de esta mujer, cuyas carnes no conseguía ocultar la ropa occidental que llevaba, le parecía a Taeko cada vez más enorme bajo la débil iluminación de la sala.

1. De 1868 a 1912.

Capítulo 3

Lo primero que hicieron las tres amigas, una vez sentadas en el piano bar, fue ponerse a parlotear animadamente.

–¿Qué tal el cóctel de hoy?

–¡Vaya rollo...!, aunque, bueno, a lo mejor me ha salido un buen negocio –respondió Taeko, que, desde que había llegado, mostraba una manera de hablar más desenfadada. Pero, al mismo tiempo, también su belleza natural parecía haberse desatado. Y añadió–: ¡Qué agobio, con toda esa gente...!

Bruscamente puso su sortija de un diamante encima del piano blanco y mordió la punta de uno de sus guantes para quitárselo cuanto antes. Al llegar aquí, rápidamente se le empezaron a notar los efectos de todo lo que había bebido.

–Oye, Taeko, ¡has manchado el guante con el rojo de labios!

–Bueno..., ¿no es así más erótico? –repuso Taeko, que dobló toscamente el guante y trataba de meterlo en su pequeño bolso de cóctel. Pero, cansada de intentarlo sin conseguirlo, enrolló el guante con los dedos y se puso a juguetear con él. Después, extendió el índice de su mano derecha sobre el piano blanco y, como si fuera un taco de billar, empezó a empujar la sortija que después recuperaba ágilmente con el dedo.

A pesar de que la espléndida y radiante belleza del rostro de Taeko la hacía parecer mucho más joven de lo que podrían indicar sus treinta y nueve años, de sus ojos y labios emanaba la expresión de fuerza y resolución de una época anterior, una sombra en la cual flotaban vagamente la distinción y la dignidad de otros tiempos. Quizás por esto los hombres de antes no se habrían sentido intimidados por este tipo de mujer. Los de hoy en día, en cambio, habituados solamente a una belleza fácil y próxima, solían experimentar cierto temor ante una mujer como Taeko a causa, además, de su estilo distante.

En este aspecto se asemejaba al diamante de su sortija. Esta joya, de tres quilates y de calidad superior, era el regalo de boda que le había hecho su difunta madre. Taeko había podido conservarla a pesar de las requisas de los años de la guerra. Pero, por desgracia, era de una talla antigua. Taeko lo sabía, pero eso no le impedía llevarla puesta en fiestas y otras ocasiones. Además, el paso del tiempo empezó a revestir el diamante de una distinción y elegancia que ella realzaba insistiendo en que, en efecto, había que valorar la pátina del tiempo.

–¿Qué tal? –preguntó Nobuko dirigiendo rápidamente sus pupilas en dirección al pianista con la intención de llamar la atención de Taeko.

–Un verdadero Alain Delon en pequeño –respondió ésta.

El pianista era muy joven y de tez blanca. Como suele ser el caso de los pianistas, su mirada, sin un lugar concreto donde posarse, erraba de un sitio a otro como las algas dentro del agua. Y en sus labios, ni la más mínima sonrisa.

–Una cara con demasiada seguridad en sí mismo. ¡No me vale en absoluto! –sentenció Suzuko, la dueña del restaurante.

–Llévele algo de beber que le guste –ordenó Nobuko al camarero mientras aplaudía la conclusión de la pieza que acababa de interpretar el pianista.

Pero éste, sin hacer caso de la bebida que le habían traído (Nobuko habría deseado levantar la copa desde lejos con él), se limitó tan sólo a bajar imperceptiblemente la cabeza y a mantener como siempre el gesto impasible y desnudo por completo de sonrisas.

–¡Vaya! Tiene su orgullo tu Chopin, ¿eh? –dijo Taeko con ironía.

A partir de ahí y tan pronto como pasaron al restaurante y se acomodaron en la mesa, las tres amigas se sumergieron en una conversación inexcusable sazonada con numerosas palabras de una jerga sólo conocida por ellas y nada más que por ellas.

Sin embargo, cuando les colocaron a la vista la carta del restaurante, grande como un calendario mural y empezaron a pasar revista a los platos que se les ofrecían, las tres recobraron la actitud de sobriedad. Sintieron que el hecho de que en ese preciso instante no hubiera a su lado ningún hombre que hiciera el pedido en nombre de ellas les brindaba una independencia tanto más digna de ser celebrada cuanto más soberana les parecía.

–¿No habrá por aquí algún plato que no me haga engordar? –preguntó Suzuko, la única de las tres que empezaba a preocuparse seriamente de su peso. A su lado, Nabuko era delgada como un fideo, siendo Taeko quien, merced a su constancia en la práctica de ejercicios de gimnasia adecuados, había sabido conservar una línea perfecta.

–¿Qué tal si tomaras un cuenco de ensalada?

–Yo voy a tomarme un bistec a la Stroganoff –ordenó Taeko con un tono a la vez compasivo y majestuoso.

–¡Vaya, vaya! ¡Todas aquí! ¿Qué es esto, el desfile de bellezas del parque de Toshima?

Era el dueño del restaurante que se había acercado al grupo de las tres mujeres.

–¡Vaya un caradura!

«Toshima», aparte de un nombre de lugar, podía interpretarse también como «mujer madura», un juego de palabras con el cual el propietario había deseado referirse a la reunión de las tres amigas.

Se llamaba Kaizuka y era amigo de ellas desde hacía más de veinte años. Incluso con Taeko había tenido una relación pasajera en Hakone antes de que ella se casara; a Suzuko la veía con mucha frecuencia, sobre todo desde que compartían la misma profesión de restauradores.

Era un hijo de buena familia que, una vez graduado en la universidad, fue incapaz de perseverar en un trabajo serio. Su padre, que aún estaba en la cima de su carrera, se resignó a la inconstancia del hijo y decidió darle un capital suficiente para que se hiciera un hueco en los negocios del ocio y la restauración. En ellos, por primera vez en su vida, pareció hallarse por fin como pez en el agua.

Kaizuka, que ese mismo año había cumplido cuarenta años, conservaba todas las trazas de un playboy de los de antes de la guerra. Traficaba con el encanto de una elegancia ya algo rancia. En realidad no podía venderse como una belleza melancólica ni tampoco jugar fuerte, quedándole así un atractivo cuya rareza esos días le daba valor y todavía le funcionaba de cara a las jovencitas inocentes que se ponían a su alcance. Naturalmente, era un hombre que no podía olvidarse jamás de llevar corbata, incluso en la canícula del verano, y que había jurado no ponerse nunca en su vida unos pantalones vaqueros, para lo cual, por cierto, tampoco tenía ya edad.

Este hombre estaba unido a las tres mujeres por una amistad con plenas libertades pero con un guiño siempre dirigido a la diversión. Los cuatro se contaban sus hazañas amorosas y se intercambiaban informaciones. Además, sin tener para nada en cuenta el sexo al que cada uno pertenecía y sin referirse a temas que consideraban tediosos, se gastaban el mismo género de chanzas y bromas que podrían cruzarse entre sí los viejos camaradas de un regimiento en el fondo de las trincheras de cualquiera de esas guerras irresponsables que hay en el mundo...

–Bueno, ¿y de vino, qué? ¿Algo de beaujolais?

–Estupendo..., pero, siéntate tú también, ¿eh? Si no estás con nosotras, la conversación no arranca, hombre.

–Precisamente eso, pero en plural: «hombres». Hombres es lo que falta aquí, hombres.

Capítulo 4

En el oficio de un crítico, ¿es importante la tolerancia? o ¿es más importante la intolerancia? Sin embargo, Nobuko, la crítica de cine y moda, la única de las tres capaz de actuar sin rodeos, veía la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio; y en el fondo de su corazón conservaba ciertos resabios de temperamento puritano.

Cada vez que Suzuko escuchaba, boquiabierta y admirativamente, las palabras desenvueltas de Taeko, Nobuko no desarrugaba el entrecejo, siempre ligeramente fruncido, en un gesto que traslucía cierta irritación.

–¿Y qué tal con tu estudiante de la Universidad K? –preguntó Suzuko.

Taeko se soltó entonces a contar su historia con tal vehemencia, que no le faltó mucho para derribar la molesta vela que se hallaba delante de sus ojos.

–Ese chico no es lo suficientemente bruto... Ser más salvaje: eso es lo que le falta. Por cierto, ahora que lo pienso, no le vendría mal a Nobuko. Ha conocido ya a dos o tres mujeres, a pesar de lo cual no acaba de librarse por completo de cierta obsesión por la «virginidad» y de dar al sexo una importancia exagerada. En resumen, chicas, que ha comenzado a irritarme cada vez más. Es evidente que estos niños de buena familia no valen para nada.

–¿Y yo qué? –preguntó Kaizuka, el único hombre del grupo–. Yo soy también hijo de buena familia, lo cual, creedme, me da mucha vergüenza.

–A tu edad, querido, ser de buena o mala familia ya no cuenta. Me estoy refiriendo a los chicos jóvenes, ¿comprendes?, a los jóvenes.

–Sí, lo he entendido bien.

–Al principio, él creía que me tenía en su poder y eso le hacía andar por ahí todo ufano. La situación daba lugar a escenas tiernas, así que yo le dejaba que se hiciera ilusiones. Pero después, poco a poco, empezó a dar señales de estar inquieto, a tener miedo, primero, de sí mismo, y luego de mí. Y yo, llegados a ese punto, si hay algo que detesto de los hombres, es que carezcan del orgullo de por lo menos salvar las apariencias. Para tenerlo es necesaria una fuerza tosca, cierta..., ¿cómo diría?, maldad ingenua en los modales. En fin, que yo, hasta ese momento, no había sentido esa falta con tal intensidad.

»Cierto que no se le daba mal el S (esta “S” designaba “sexo” en el argot de las tres amigas). Además, como había practicado rugby, tenía un buen físico. Y es que hay algo que debo deciros, y es que no aguanto un cuerpo masculino blandengue. Todos los músculos deben ser duros y elásticos, listos para responder como un resorte. Por cierto, ¿qué tal los tuyos? –preguntó Taeko agarrando a Kaizuka por el brazo, debajo de la ropa, sin cortarse para nada. Y enseguida exclamó–: ¿Qué es esto? ¡Un flan!

–Pero cuando están abrazadas a mí, las mujeres dicen que es como si sumergieran cómodamente el cuerpo en el agua caliente de la bañera. Les encanta.

–¡Vamos! Lo único que las estimula de ti es ese afán de decadencia absolutamente masoquista que llevan todas las chicas jóvenes dentro –replicó Nobuko, la crítica de cine.

–No sé si será decadencia o depravación, lo cierto es que en mi cuerpo parecen encontrar lo que buscan. Algo parecido a un sultán turco, claro.

... Taeko, como siempre que se aliviaba soltando lo que quería decir, y justo en el preciso momento de tener conciencia de este alivio, sintió que delante de sus ojos veía el mismo desierto de siempre.

Un desierto...

No es que esta imagen evocara especialmente en ella la desolación, la soledad o el vacío. Simplemente se trataba de un desierto ilimitado que, al acercarse a él, de repente dejaba un gusto de arena en la lengua, entre los dientes.

En las cosas que contaba, incluso ante este círculo de amigos íntimos, Taeko se esforzaba por ajustar al máximo sus palabras a la verdad, lo cual, por otro lado, no la liberaba del temor de que éstas pudieran ser tomadas por una cortina elegante, útil para ocultar la culpabilidad sentida a causa de haber sido abandonada por un hombre. Sin embargo, este temor no acababa de explicar la sensación de apatía de Taeko. Tampoco se podía afirmar que la explicara su edad.

Era simplemente el desierto. El desierto y nada más que el desierto. Para resistir esta sensación, para combatir la irritabilidad que le producía, tenía que limitarse a devorarlo. Y hacerlo a toda prisa. Devorar el desierto. ¿Acaso podía hacer otra cosa?

... Taeko tomó en la mano la copa en cuyo interior temblaba una hermosa agua fría, y pudo tragarse unos pequeños trozos de carne.

Capítulo 5

Después Suzuko se puso a revelar sus últimos romances y Kaizuka contó sin reservas cómo se había acostado con tres jovencitas a la vez. Por su parte, Nobuko se limitó a hacer algunos comentarios inconclusos sobre su último amante interrumpiéndose ahí donde le parecía entrar en la escabrosidad de un terreno prohibido. Y eso a pesar de ser siempre la más osada en describir los comienzos.

Cuando Nobuko terminó de contar sus asuntos personales –un relato interrumpido arbitrariamente–, puso a sus amigas al corriente de las novedades cinematográficas y, como siempre, prometió darles un pase para los estrenos. Una promesa que, invariablemente, nunca cumplía.

Mientras tomaban de postre unas crepes Suzette, la fatiga de la conversación y los efectos del vino empezaban a notarse. La tez de los rostros de las tres amigas, sin la limpidez de antes de que comenzaran a beber, pareció preocuparles de repente y las tres, como de común acuerdo, se abalanzaron sobre sus espejos de mano. Kaizuka ya se había retirado a una mesa cercana donde conversaba con unos clientes extranjeros.

Con toda inocencia Suzuko abría una gran boca cuyos labios temblaban al imaginar el crimen que sería engordar aún más. Pero, al mismo tiempo, introducía entre sus labios, una tras otra, las partes cortadas de las crepes Suzette, blandas y calentitas.

Con un fulgor en sus grandes ojos, exclamó de repente:

–¡Ah! El otro día estuve en un bar gay.

–¿Y qué? ¿Acaso es eso raro?

–Está en el barrio de Ikebukuro. Esto... ¿cómo se llamaba? ¡Ah, sí! ¡El bar Jacinto! Ahora me acuerdo de que el barman estaba imponente. Seguro que es del tipo de los que le gustan a Taeko.

–¡Venga, déjalo! ¿Un tío que trabaja en la barra de un bar? ¿Y un bar de maricas? Sólo de oírlo, me da asco.

–¡Pero si es un chico que no tiene nada de afeminado! Si lo ves detrás de la barra..., es un macho con un rostro en el que brilla toda su belleza salvaje. Por lo menos esa impresión produce en medio de todos esos camareros con pinta de mujeres...

–Muy bajo tengo que caer para tener que arrastrarme a un bar de gais.

Entonces intervino Nobuko para decir con una punta de malicia en el tono:

–¡No conoces el mundo si dices eso! ¿Es que no puede haber en esos sitios chicos normales que trabajan por horas para ganarse un dinero? Sobre todo los que están detrás de la barra... El hecho de que las circunstancias los obliguen a trabajar en un bar gay no quiere decir que sean homosexuales, ¿verdad que no?

A Taeko empezaba a dolerle ligeramente la cabeza. Este dibujo del mundo insano que sus dos amigas estaban esbozando empezaba a dar vueltas dentro de su cabeza como las aspas de un molino. Cierto que la perversidad de su exmarido no tenía nada que ver con la homosexualidad, pero, para una jovencita como entonces era ella, había bastado para hacerla vislumbrar la profundidad del abismo tenebroso y verde que se muestra cuando se está fuera de las leyes de este mundo. De esa manera, Taeko había adquirido el hábito de discernir algo inquietante oculto tras una elegancia aparente, como, por ejemplo, en las personas reunidas esa misma tarde con motivo del cóctel del embajador. Su propia juventud y energía la hacían soñar aún con estar lo más alejada posible de esas oscuras profundidades. Le sentaba mal cualquier otra cosa que pudiera acercarla a tales abismos o que la enredaran de alguna forma. Pero, por otro lado..., en el corazón de Taeko ya iban apareciendo, adheridas a la pureza de sus sueños, las señales que anunciaban una vaga fatiga y cierta desesperación. Si existían esos abismos tenebrosos y verdes, entonces sus sueños no eran más que imágenes superficiales y de plástico.

¡El tedio de tan sólo la juventud y la salud...! En realidad, la inquietud que las palabras de Suzuko habían despertado en el corazón de Taeko procedía del hecho de que un nuevo sueño surgido de esa fosa verdinegra acababa de hacer acto de presencia y tal vez de brillar a la luz de un verdadero sol. Verdadero porque los soles a los que ella se había acercado hasta ahora no eran más que meros decorados de plástico.

La embriaguez que la botella de vino tinto había causado en las tres amigas hacía remontar a la superficie, como una espuma amarga, la fatiga de una jornada de trabajo. Taeko dudaba entre el deseo de volver a casa tal como estaba para acostarse cuanto antes y el temor a no poder conciliar el sueño una vez acomodada en su cama solitaria.

Sin embargo, las tres amigas, después de compartir la cuenta, tomaron un taxi que, bajo la guía de Suzuko, las condujo al bar Jacinto en Ikebukuro.

Al abrir la puerta, se mostró ante ellas un hombre vestido en quimono de mujer. Era «la patrona», la mama san del local, que, con un estilo de hablar femenino, las saludó así:

–¡Ah, señoras, bienvenidas! ¡Uy, qué vergüenza siento de que tres bellezas tales se hayan dignado visitarnos! ¡Sí, un verdadero shock para mujeres de pega como nosotras! ¡Y decir que a nosotras nos cuesta pagar por lo mismo tres veces más que a ustedes...! ¡Vamos, entren, por favor!

Sin dejar de proferir comentarios de ese jaez, la mama san las condujo a un apartado del bar. En la pared podía verse un cuadro de estilo antiguo, El juicio de Paris, cuya presencia en tal establecimiento intrigó a Taeko: ¿quién estaba allí más fuera de lugar, Paris o las tres diosas? Pero antes de dar con la respuesta, se presentaron de inmediato varios camareros ruidosos, evidentemente homos y también ataviados con quimonos femeninos, que se sentaron entre ellas y les ofrecieron toallitas calientes. Por un instante, las miradas se perdieron hasta el punto de no ver nada bajo los focos tamizados y oscurecidos por el humo de los cigarrillos.

Uno de los camareros volvió al mostrador para encargar el pedido. En ese momento, Suzuko presionó la rodilla de Taeko y le hizo un gesto para que siguiera su mirada.

Detrás de un mostrador débilmente iluminado, el tronco de un joven de perfil escultórico se inclinaba hacia adelante. El rostro que mostró al volverse frontalmente al camarero, con sus cejas imponentes y unos rasgos viriles, pertenecía a todas luces a un hombre dotado de una belleza de las que no se encuentran fácilmente en ningún sitio.

Capítulo 6

Tuvo que pasar bastante tiempo antes de que Taeko pudiera verse con el joven barman fuera de aquel establecimiento.

De por sí, a Taeko le atraían los rostros hermosos. Ahora bien, aunque con sólo una mirada había sentido el tirón de la cara y del cuerpo de este joven al que todos llamaban «Sen-chan» (el pequeño Sen), sabía que aún no había llegado a esa edad en la cual una mujer puede entregarse sin vergüenza a fantasías eróticas. Además, como tampoco se había evaporado por completo en ella el anhelo de dejarse seducir, ni siquiera el de renunciar a una aventura pasajera, tomó la resolución de dedicar bastante tiempo a los prolegómenos de este romance en ciernes.

En primer lugar, se precisaba bastante valentía para que una mujer sola frecuentara un bar gay. Este valor le parecía una prueba necesaria para librarse de su viejo yo. Por ese motivo, para flagelar ella misma a su propio yo, había tomado la costumbre de mandar detener el taxi a plena noche enfrente del bar gay. Allí, un camarero homo llamado Teruko, a cuyo trato se había ido habituando, había musitado al oído de Taeko, quién sabe si por simpatía o por celos, los siguiente consejos:

«¡Ay, amiguita mía, si quieres a Sen-chan, no hace falta que andes gimoteando tanto! Es un joven dispuesto a hacer lo que sea por dinero. Llévatelo una noche a algún sitio y por cinco mil yenes todo irá sobre ruedas. Este chico se mete en la cama con quien sea. Si después surge algún problema, confía en mí y me lo cuentas. No creo que este chico quiera complicarte la vida, pero si diera la casualidad de que se pusiera pesado, ya se encargará esta Teruko que tienes de amiga de hacerle entrar en razón. Así que, bonita, no merece la pena que gastes tantos suspiros. ¡Que no, mujer, que no, que no hace falta que gente tan glamurosa como tú se ande con tantas pamplinas!».

Lo que a la misma Taeko no dejaba de sorprenderle era que, a pesar de que la crudeza de estos consejos debería hacerla comprender la naturaleza de su deseo, sus sentimientos no se veían en absoluto afectados. Antes bien, estaba perfectamente tranquila sobre el carácter de los mismos. Al fin y al cabo, ¿no había sentido un absoluto desdén por el joven Senkitchi –Sen-chan– al principio de haberlo conocido? La noche siguiente a la conversación con Teruko, Taeko soñó por primera vez con él. Y fue un sueño obsceno.

Lo que le preocupaba a Taeko al darse cuenta de cómo se había acostumbrado a frecuentar un bar gay se resumía, por un lado, en que su vida, ahora que tenía un secreto, se había vuelto más palpitante. Lo normal hubiera sido presentarse de incógnito en un lugar así. Ella, por el contrario, llegaba allí vestida con cuidada elegancia. La razón era que no deseaba ser confundida con la mayoría de las mujeres que pueden ser vistas en tales lugares. Además, y a pesar del temor paralizante a que se descubriera su origen social, a Taeko no le desagradaba recibir cumplidos de aquellos hombres, siempre tan sensibles a la forma de arreglarse de una mujer. Por otro lado, a su vanidad le inquietaba también ser vista en un bar gay por alguno de sus conocidos. ¿Qué iban a pensar de una dama como ella capaz de despreciar toda consideración social y caer tan bajo de buscar en tales sitios la forma de aplacar su sed de amor o, por expresarlo con más crudeza, de satisfacer la urgencia de la falta de un hombre?

Esta última consideración pesaba bastante en el ánimo de Taeko. Si por un instante alguien de sus círculos sociales la viera allí y fuera pasto de la comidilla social, de inmediato quedaría casada de nuevo. Y es que, a fin de cuentas, la raíz de su libertad descansaba en tres pilares: era rica, bella y solicitada. Pero a Taeko no le bastaba en absoluto ser escogida y amada; tampoco mostraba interés por aquellos a los que agradaba. En resumen, era imposible que fuera engañada por alguien.

Decidió tomar a Teruko, el camarero gay, por aliado y –con dinero de por medio– por fuente de información sobre Senkitchi. Supo así que el apuesto joven era un respetable alumno de la Universidad R. Su padre, después de sufrir la bancarrota de la pequeña empresa que dirigía, se vio incapaz de seguir pagándole los estudios y tuvo que retirarse al campo, en la provincia de Chiba, con su madre y una hermana pequeña. Senktichi debió entonces procurarse fondos para cubrir sus necesidades y poder seguir estudiando. Se puso a buscar algún trabajo por horas y, gracias a un anuncio clasificado en el periódico, se presentó un buen día en el bar donde fue bien acogido y mimado como un niño. Fue elegido para el puesto de barman, un oficio que aprendería sobre la marcha. Un día, Taeko, haciendo uso de la información obtenida de que Senkitchi había practicado boxeo cuando era alumno de la escuela secundaria, le preguntó:

–Sen-chan, ¿es cierto eso que dicen que has practicado boxeo?

–Bueno, algo... Era para hacer un poco el tonto.

–Pero ¿llegaste a competir?

–No, no, hasta ahí no llegué nunca.

–¡Oye, pues qué bien! Si te hubieras metido a fondo en eso, ahora no tendrías esa cara...

Fue así como consiguió llegar a bromear con él.