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Considerada como el testamento ideológico y literario de Yukio Mishima (1925-1970), «El mar de la fertilidad» es una tetralogía en la que el autor abarca a través de su inconfundible mundo narrativo la evolución del Japón desde comienzos del siglo XX hasta los años 1960, expresando su rebeldía contra una sociedad que él consideraba sumida en la decadencia moral y espiritual. Obra transida de espiritualidad oriental a la vez que malévolo retrato del Japón posterior a la Segunda Guerra Mundial, "El Templo del Alba" (1970) es una novela que, como las del resto de la serie, participa de un torrente de belleza y pasión, de crueldad y poesía, de espíritu y materialidad.
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Seitenzahl: 545
Veröffentlichungsjahr: 2017
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Yukio Mishima
El Templo del Alba
El mar de la fertilidad (3)
Primera parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Segunda parte
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Créditos
Era la estación de las lluvias en Bangkok. El aire se hallaba saturado de una llovizna constante y tenue y con frecuencia las gotas de agua caían bajo los brillantes rayos del sol. Aquí y allá se veían siempre jirones azules, e incluso cuando las nubes se espesaban con más fuerza en torno del sol, el cielo en toda su extensión era deslumbrantemente azul. Ante la proximidad de un chubasco se tornaba ominosamente oscuro y amenazador. Como un presagio, una sombra envolvería entonces aquella ciudad de tejados bajos, predominantemente verde y punteada de palmeras.
El nombre de la ciudad se remonta a los tiempos de la dinastía Ayutthaya cuando fue por primera vez llamada banq, «poblado», kok, «olivas», por obra de sus numerosos olivos. Otro antiguo nombre es el de Krung Thep o «Ciudad de las Esquinas». La metrópoli, alzada a menos de dos metros sobre el nivel del mar, no conocía más vías de transporte que los canales. Cuando se construyeron caminos, apilando tierra, se crearon inevitablemente canales. Y cuando se excavaba el suelo para levantar una casa, se formaban en el acto charcas. Éstas desaguan naturalmente en los arroyos y así los «canales» se extienden en todas las direcciones, fluyendo al unísono hacia las aguas del Menam, con una tonalidad brillante y cobriza que es la misma que la de la piel de sus habitantes.
En el centro de la ciudad hay edificios de tres pisos y estilo europeo, con balcones, y numerosas construcciones en ladrillo, de dos o tres pisos, en las concesiones extranjeras. Los árboles que bordeaban los caminos, antaño uno de los más bellos rasgos de la ciudad, han caído aquí y allá para hacer posible la construcción de carreteras y algunas calles han sido parcialmente pavimentadas. Las mimosas, interceptando los intensos rayos de sol, forman charcos de profundas sombras sobre la calzada, cubriéndolas con negros velos de luto. Tras un aguacero tormentoso, las hojas, ajadas por el calor, reviven de repente y, reanimadas, alzan sus cabezas.
En su prosperidad la ciudad recuerda algunas de las urbes meridionales de China. Innumerables triciclos de pedales se abren camino, protegidos con cortinas en los costados y por atrás. A veces, por las calles, llegan búfalos desde los arrozales próximos a Bangkap sobre cuyos lomos aún se yerguen los cuervos. Aquí y allá la piel luminosa de un mendigo leproso reluce en la sombra como un negro tiznón. Los chicos corretean completamente desnudos mientras que las chicas lucen una concha metálica sobre el sexo. En los escaparates de los bancos chinos brillan cadenas de oro puro, suspendidas como celosías de bambú.
Pero cuando cae la noche, Bangkok queda confiada a la luna y al cielo repleto de estrellas. Al margen de los hoteles con un sistema eléctrico propio, sólo relucen alegremente acá y allá las casas de los ricos, que cuentan con generadores de energía. Los demás recurren a lámparas y velas. Una solitaria vela arde durante toda la noche en los altares budistas de todas las casitas bajas que bordean el río y únicamente los dorados de las imágenes budistas brillan tenuemente en las profundidades de las construcciones de piso de bambú. Gruesas y pardas varas de incienso arden ante las imágenes. En el río se reflejan las luces de las casas de la orilla opuesta y su brillo sólo es interrumpido de vez en cuando por la silueta de un barco que cruza.
En 1939 –el año pasado– Siam trocó su nombre oficial por el de Thailandia.
La razón por la que se llama a Bangkok la Venecia de Oriente no procede de ninguna semejanza exterior entre las dos ciudades, a las que no cabe comparar ni por su estructura ni por su escala. Pero ambas emplean una plétora de canales en el transporte y las dos albergan muchos edificios sagrados. Hay setecientos templos en Bangkok.
Las pagodas budistas se alzan entre la vegetación y son las primeras en recibir luz del alba y las últimas en retener los rayos del sol poniente, cambiando con la luz en una multitud de colores.
Wat Benchamabopit, el Templo de Mármol, construido por Rama V Chulalongkorn en el siglo XIX, aunque modesto como edificio, es el templo más moderno y desde luego el más suntuoso.
El presente monarca, Rama VIII o rey Ananda Mahidol, accedió al trono en 1935 a la edad de once años, pero pronto fue a estudiar a Lausana, y ahora, a los diecisiete, aún sigue consagrado a sus estudios. Durante su ausencia, el primer ministro, Luan Phiboon, asumió poderes totalitarios, y ahora un parlamento de carácter nominal actúa exclusivamente como cuerpo consultivo. Fueron nombrados dos regentes: el primero, el príncipe Achitto Apar, era en buena medida una figura decorativa, mientras que el segundo, el príncipe Prude Panoma, ostentaba el auténtico poder.
El príncipe Achitto, un budista devoto, visitaba a menudo en sus ratos de ocio uno u otro de los santuarios. Una tarde se anunció que proyectaba acudir al Templo de Mármol.
El edificio se alzaba a orillas de un canal, bordeado por las mimosas de la carretera de Nakhon Pathom.
Estaban abiertas las puertas de color pardo rojizo del Templo de Mármol, protegidas por un par de pétreos caballos con mandorlas en el antiguo estilo Jmer como blancas llamas cristalinas. A cada lado del recto camino de losas que conducía desde la entrada al edificio principal se alzaban, sobre la hierba de un brillante verde esmeralda, dos pabellones en el clásico estilo javanés con los tejados vueltos hacia arriba. Las mimosas dispersas por el césped, recortadas en formas redondeadas, habían florecido. Sobre los aleros de los pabellones unos alegres y blancos leones pisoteaban llamas.
Las blancas columnas de mármol indio que se elevaban junto al edificio principal, los dos marmóreos leones guardianes, la balaustrada baja de tipo europeo y la fachada, también de mármol, reflejaban los deslumbrantes rayos del sol poniente y formaban un blanquísimo fondo que servía para destacar los complejos arabescos en oro y en rojo. Los marcos interiores de las ventanas arqueadas se hallaban pintados de escarlata y rodeados de llamas doradas que se alzaban envolviéndolos. Incluso las blancas columnas de la fachada estaban decoradas en un oro brillante con serpientes naga enroscadas que surgían abruptamente de los capiteles. Filas de serpientes doradas con las cabezas alzadas bordeaban los tejados recogidos hacia arriba, en donde se sucedían, hilera tras hilera, las tejas chinas. Las puntas de cada tejadillo inferior estaban constituidas por diminutas colas de doradas serpientes como los tacones puntiagudos de zapatos femeninos, que parecían competir alzándose hacia el azul, apuntando al mismo cielo. Todo este oro relucía más bien sombríamente bajo el sol, resaltando la blancura de las palomas que se movían entre los gablos.
Pero cuando las blancas aves, asustadas, se lanzaban de repente a volar en el cielo que se oscurecía gradualmente, se tornaban tan negras como partículas de hollín. El hollín de las llamas doradas, repetido en los ornamentos del templo, se trocaba en aves.
En el jardín, las altas palmeras parecían petrificadas de sorpresa, fuentes arbóreas como arcos, alzando más y más su verdura hacia los cielos.
Plantas, animales, metal, piedra y el rojo indio, armónicamente mezclados, jugueteaban bajo la luz. Incluso las marmóreas cabezas de los blancos leones que guardaban la entrada se les antojaban a todos como girasoles. En sus bocas entreabiertas se alineaban como semillas sus dientes aguzados; sus caras leoninas eran airados y blancos girasoles.
El Rolls Royce del príncipe Achitto Apar surgió ante la puerta. La banda militar juvenil, de uniforme rojo, se hallaba formada en el césped, junto a los pabellones, y hacía sonar sus instrumentos. Se hincharon los cobrizos carrillos. Las pulidas bocas de las trompas reflejaban minuciosamente las figuras de los jóvenes en sus resplandecientes uniformes. Bajo el sol tropical ningún instrumento parecía más apropiado.
Un criado de chaqueta blanca y faja roja seguía al príncipe, sosteniendo sobre la regia cabeza una sombrilla del color de la hierba. El príncipe, que lucía condecoraciones en su blanca guerrera, penetró en el templo escoltado por un chambelán de faja azul, portador de las ofrendas, y de diez guardias reales.
Habitualmente su visita duraba unos veinte minutos. Durante este tiempo los espectadores aguardaban en el césped, tostándose al sol. Del recinto interior llegó el sonido de una viola china, mezclado al de delicadas campanillas, y el lacayo de la sombrilla se acercó a la entrada. Alzó hasta la altura de su hombro la sombrilla cuya punta remataba una diminuta pagoda de oro, y cuatro guardias tocados con sombreros semejantes a los de los monjes, cuyas alas les colgaban sobre la nuca, se alinearon ante los peldaños de piedra. El interior, oculto a la vista, se hallaba tan oscuro que apenas podía distinguirse el resplandor de las velas. Las voces que entonaban una sutra se elevaron rápidamente en un crescendo y luego se callaron tras un solo campanillazo.
El criado abrió la sombrilla verde, manteniéndola respetuosamente sobre el príncipe que se marchaba, y los guardias saludaron alzando sus espadas. El príncipe cruzó rápidamente la entrada y se metió en su Rolls Royce.
Al cabo de un rato se dispersaron los espectadores que habían contemplado la partida del príncipe, se marchó la banda militar y sobre el templo descendió serenamente la quietud de la tarde. Algunos de los bonzos de hábitos color azafrán comenzaron a pasear por la orilla del río; otros leían libros y algunos conversaban. Flores rojas marchitas y frutas podridas flotaban en el agua donde se reflejaban las mimosas de la otra orilla y las bellas nubes del cielo vespertino. El sol se hundió tras el templo y la hierba tomó una tonalidad más oscura. A lo lejos, sólo las columnas de mármol, los leones y la fachada del templo retuvieron fugazmente su blancura en el crepúsculo.
Wat Po.
Es preciso abrirse camino a empujones ante la muchedumbre que fluye entre las pagodas de finales del siglo XVIII y la gran nave central construida bajo Rama I.
Sol cegador. Cielo azul. Pero las grandes columnas blancas de la galería del templo principal aparecen manchadas como las patas de un elefante blanco.
La pagoda se halla adornada con pequeños fragmentos de porcelana cuyo terso vidriado refleja el sol. La Gran Pagoda purpúrea luce cinceladas filas de mosaicos azules e innumerables piezas de cerámica sobre las que están pintadas incontables flores de pétalos amarillos, rojos y blancos sobre un fondo azulado; es como una alfombra persa de cerámica alzada en el cielo.
A un lado se eleva una pagoda verde. Una perra preñada cuyas ubres rosáceas moteadas de negro se balancean colgantes camina vacilante sobre las losas de la entrada como abrumada por el martilleante sol.
En la Sala de Nirvana descansa una gran imagen dorada de Sakiamuni, apoyando su masa de rizos de oro en una almohada rectangular de mosaicos azules, blancos, verdes y amarillos. Su brazo derecho se extiende para sostener su cabeza y en el otro extremo de la sombría nave relucen sus dorados talones.
En las plantas de sus pies se incrusta el nácar y en cada segmento, contra un negro fondo afiligranado, hecho con conchas irisadas, aparecen escenas de la vida de Buda, todas adornadas con peonías, conchas, accesorios de altar, despeñaderos rocosos, flores de loto que se alzan de ciénagas, danzarinas, extrañas aves, leones, elefantes blancos, dragones, caballos, grullas, pavos reales, naves de tres velas, tigres y aves fénix.
Las ventanas abiertas brillan como pulidas planchas de latón. Bajo los tilos pasa un grupo de bonzos, envueltos en sus resplandecientes hábitos anaranjados, desnudo el cobrizo hombro derecho.
Afuera, el mismo aire parece presa de alguna fiebre tropical. Sobre la charca inmóvil entre las pagodas, relucientes mangles verdes hacen caer su masa de raíces aéreas. Las palomas dejan transcurrir el tiempo en un islote central de rocas pintadas de azul. En la fachada aparece dibujada una mariposa inmensa y en la cima se alza una pagoda negra, pequeña y adusta.
Y Wat Phra Keo, templo guardián del palacio real, famoso por su imagen principal, un Buda esmeralda.
Ha permanecido inmutable desde su construcción en 1785.
Un garuda dorado, medio mujer, medio ave, se alza a cada lado de las torres doradas y reluce bajo la lluvia en lo alto de las escaleras de mármol. Entre la lluvia luminosa brillan más que nunca las rojas tejas chinas de bordes verdes.
Las paredes de la galería del Mahamandapa se hallan cubiertas de murales que ilustran episodios del Ramayana.
En esa historia de imágenes, aun con más frecuencia que el virtuoso Rama, aparece Hanuman, el dios mono, el extravagante hijo del dios viento. Sita, la belleza dorada de dientes de jazmín, es raptada por el terrible rey rakshasa. Rama, con ojos fijos y brillantes, libra muchas batallas.
Aparecen abigarrados palacios, dioses monos y batallas de monstruos contra montañas pintadas a la manera de la escuela de la China meridional o a la de los primitivos y sombríos paisajes venecianos. Sobre el tenebroso panorama se remonta un dios de los siete colores del arco iris, montado sobre un fénix. Un hombre de dorados ropajes azota a un caballo engualdrapado que permanece inmóvil sentado sobre sus cuartos traseros. Un pez monstruoso que asoma la cabeza fuera del mar está a punto de atacar a algunos soldados de pie sobre un puente. A lo lejos se divisa un lago tenuemente azul; y Hanuman, desenvainada la espada, acecha desde un matorral a un blanco caballo de silla dorada que pace tranquilamente en el sombrío bosque.
–¿Conoce usted el verdadero nombre de Bangkok?
–No, no lo conozco.
–Es Krung thep phra mahanakorn amon latanakosin mahintara shiayutthaya mafma pop noppala rachatthani prilom.
–¿Y qué significa eso?
–Es casi imposible traducirlo. Los nombres thailandeses son como los arabescos de los templos, innecesariamente pomposos y floridos, filigranas por la filigrana misma.
»Bueno, Krung thep significa aproximadamente “capital”, y pop noppala es “diamante de nueve colores”; rachatthani es “una gran ciudad”, y prilom significa algo como “placentera”. Eligen sustantivos y adjetivos exagerados y ostentosos y los ensartan como las cuentas de un collar.
»Al responder con un simple “sí” al rey, el protocolo del país exige que añada: phrapout chao ka kollap promkan saikrao sai klamon que aproximadamente se traduce como: “Vuestro humilde y sumiso siervo obedece reverentemente a Vuestra Majestad”.
Honda, hundido en un sillón de mimbre, escuchaba, divertido y distante, las palabras de Hishikawa.
Itsui Products Limited había destinado a ese personaje enciclopédico, pero un tanto extraño y desaliñado –sin duda artista en otro tiempo–, para que sirviera como intérprete y guía de Honda. A sus cuarenta y seis años, éste ya consideraba como una especie de cortesía para sí mismo confiar las cosas a los demás, sobre todo en un país tan caluroso como éste.
Había llegado a Bangkok a petición de Itsui Products. Cuando después de una transacción comercial concertada en el Japón y conforme a la legislación japonesa surgía una diferencia con un comprador extranjero, aunque hubiera de ser zanjada por un tribunal de otro país, tendría que aplicarse el Derecho Internacional privado. Por añadidura, los abogados extranjeros ignoran invariablemente la legislación japonesa. En tales casos suele invitarse a algún eminente jurista nipón a que explique a los abogados nativos las complejidades legales japonesas con objeto de ayudar a zanjar el conflicto.
En el mes de enero, Itsui Products había exportado a Thailandia cien mil cajas de píldoras antifebriles Calos. Treinta mil de las cajas habían sido afectadas por la humedad, perdiendo su coloración y consecuentemente su eficacia. Las cajas llevaban una fecha de origen, indicando una reducción en su poder al cabo de un determinado tiempo, pero de nada servía ahora que habían quedado estropeadas. Tales problemas de carácter civil debieran haber quedado resueltos con arreglo a la ley relativa al incumplimiento de una obligación, pero los compradores habían presentado una demanda por fraude penal. Conforme al artículo 715 del Código Civil, Itsui Products tendrían que haber asumido desde luego su responsabilidad, indemnizando por un defecto no culposo en la mercancía vendida por una empresa farmacéutica subcontratista. Pero nada podían hacer sin la ayuda de un abogado japonés como Honda, experto en cuestiones de esta naturaleza que implicaban al Derecho Internacional privado.
Habían reservado para Honda una habitación en el Oriental Hotel –los nativos pronunciaban Orienten Hoten– con una maravillosa vista del río Menam. La habitación estaba aireada por un enorme ventilador blanco, pero al caer la tarde era mejor salir al jardín que se extendía junto al río y disfrutar allí de una ligera brisa. Mientras saboreaba su aperitivo con Hishikawa, que había venido para servirle de guía en la noche, dejó que su compañero llevara el peso de la conversación. Honda se sentía abrumado por el cansancio; incluso la cucharilla parecía pesarle demasiado para que la alzaran sus dedos, y conversar era aún más fatigoso que una cucharilla plateada.
En la orilla opuesta, el sol se ocultaba tras Wat Arun, el Templo del Alba. La omnipresente luz vespertina llenaba el vasto cielo sobre el paisaje uniforme de la jungla de Thon Buri, interrumpido tan sólo por dos o tres torres que se recortaban contra el horizonte. Como si fuera algodón, el verde de la selva absorbía la luz, trocándola en un tinte verdaderamente esmeralda. Cruzaban sampanes, se congregaba el gentío y en el agua del río persistía un sucio tono rosáceo.
–Todo arte es como la luz vespertina –dijo Hishikawa, al tiempo que, como siempre hacía cuando expresaba una opinión, observaba el efecto de sus palabras en su oyente.
A Honda aquellas pausas le irritaban aún más que el continuo parloteo de Hishikawa.
El perfil de Hishikawa con el atezamiento siamés de sus mejillas y su piel pastosa, tirante y no siamesa, relucía con los últimos rayos de sol que llegaban de la orilla opuesta.
–El arte es un colosal resplandor vespertino –repitió–. Es la ardiente ofrenda de todas las mejores cosas de una era. Incluso la más clara lógica que haya logrado medrar a la luz del día, queda completamente destruida por la espléndida e insensata explosión de color en el cielo vespertino; incluso la Historia, aparentemente destinada a perdurar siempre, se torna abruptamente consciente de su propio final. La belleza se alza ante todo el mundo y torna fútil cualquier empeño humano. Ante el brillo del ocaso, ante la llegada de las nubes vespertinas, se esfuman inmediatamente todos esos desatinos sobre un «futuro mejor». El momento presente lo es todo; el aire rebosa de un veneno de color. ¿Qué está comenzando? Nada. Todo concluye.
»No hay en ello nada palpable. Claro es que la noche posee su propia naturaleza intrínseca: la esencia cósmica de la muerte y de la existencia inorgánica. El día tiene también su propia entidad; todo lo humano corresponde al día.
»Pero no hay sustancia en la luz vespertina. No es nada más que una broma, una broma absurda, pero impresionante de formas, luz y color. Mire... mire esas nubes purpúreas. Rara vez ofrece la naturaleza un banquete tan espléndido de color como el púrpura. Las nubes vespertinas constituyen un insulto a todo lo simétrico, pero tal destrucción del orden se halla íntimamente ligada a la ruptura de algo mucho más fundamental. Si comparamos la serena blancura de la nube diurna con la exaltación moral, entonces estos turbulentos colores nada tienen que ver con la moralidad.
»Las artes predicen la visión más grandiosa del final; antes que ninguna otra cosa ellas anticipan y encarnan el final. Los espléndidos manjares y los buenos vinos, las formas bellas y las vestiduras suntuosas, todo lo que la extravagancia de los seres humanos pueda soñar en una era está contenido en las artes. Todas esas cosas han estado aguardando su forma. Alguna forma con la que despojar y aniquilar en el más breve espacio de tiempo a toda la vida humana. Y ésa es la luz vespertina. ¿Cuál es su finalidad? Desde luego, ninguna.
»La cosa más compleja, el juicio estético más minucioso hasta en su último detalle (me refiero a los contornos indeciblemente sutiles de esas nubes anaranjadas), se hallan ligados a la universalidad del vasto firmamento; sus aspectos más íntimos se expresan en color y, unidos a sus aspectos exteriores, se trocan en la luz vespertina.
»En otras palabras, la luz del ocaso es expresión. Y sólo la expresión es la función de la luz vespertina.
»En ella, la timidez, el júbilo, la ira y el enfado humanos más livianos se hallan expresados en una escala celestial. En esta gran operación se exteriorizan y se extienden por todo el cielo los colores de los intestinos humanos, de ordinario invisibles. La ternura y la gallardía más sutiles se funden con un weltschmerz y, en definitiva, la aflicción se transforma en una orgía fugaz. Los numerosos fragmentos de lógica que tan tenazmente han conservado los hombres durante el día se sienten atraídos hacia la vasta explosión emocional de los cielos y la liberación espectacular de las pasiones y las gentes comprenden la futilidad de todos los sistemas. En otras palabras, todo halla su expresión en un máximo de diez o quince minutos y luego concluye.
»La luz vespertina es fugaz y posee las características del vuelo. Constituye quizás las alas del mundo. Como las alas de un colibrí que se irisan con el movimiento mientras chupa el néctar de las flores, el mundo nos muestra un breve atisbo de su capacidad de remontarse; a la luz del ocaso todo vuela embelesado y en éxtasis... y luego al final cae al suelo y muere.
Mientras Honda escuchaba distraído las palabras de Hishikawa, el cielo por encima de la otra orilla se sumía lentamente en la penumbra, dejando un tenue resplandor en el horizonte.
¿Había afirmado que todo arte era luz del ocaso? ¡Y sin embargo, allí se alzaba el Templo del Alba!
La mañana anterior Honda había cruzado a la orilla opuesta en una embarcación de alquiler y visitado el Templo del Alba.
Acudió precisamente al salir el sol, en el momento más oportuno. Aún estaba oscuro y sólo la misma punta de la pagoda captó los primeros rayos del sol naciente. Más allá, la jungla de Thon Buri rebosaba de los penetrantes chillidos de las aves.
Al acercarse advirtió que toda la pagoda estaba cubierta de incrustaciones de innumerables fragmentos de porcelana china con vidriado rojo o azul. Cada piso estaba marcado por una barandilla; la del primero era parda, la del segundo, verde, y la del tercero, de un azul purpúreo. Incontables platos de porcelana allí dispuestos formaban flores: los amarillos representaban el centro de las flores desde donde otros platos se prolongaban para formar los pétalos. Cadenas de tales flores se remontaban hasta la cima. Las hojas eran de tejas y desde arriba descendían en los cuatro puntos cardinales cuatro trompas de elefantes blancos.
La redundancia de su ornamentación y la suntuosidad de la pagoda eran casi sofocantes. La torre con su color y su brillo, adornada en tantas capas y afilándose hacia la cumbre, daba la impresión de tener encima numerosos estratos de secuencias oníricas. Los plintos de las escaleras, muy empinadas, se hallaban también profusamente festoneados y cada banda estaba adornada con un bajorrelieve de aves con rostros humanos. Era aquélla una pagoda abigarrada en cada uno de cuyos pisos se acumulaban sueños, esperanzas y oraciones, sobre los que se agolpaban a su vez otros relatos a modo de pirámide, siempre ascendiendo hacia el cielo.
Con los primeros rayos del amanecer sobre el río Menam, las decenas de millares de fragmentos de porcelana se trocaron en innumerables espejitos que captaron la luz. Una gran estructura de nácar que relucía turbulentamente.
La pagoda había servido durante largo tiempo como campana matutina, tañida por sus ricos tintes, sus resonantes colores que replicaban al alba. Fueron creados así para evocar una belleza, un poder, una capacidad explosiva como la del propio amanecer.
A la aterradora luz matinal, amarillenta y parda que se reflejaba rojiza en el río Menam, la pagoda captaba aquellos brillantes reflejos anunciadores de la llegada de un nuevo y caluroso día.
–Estoy seguro de que se siente harto de templos. Esta noche le llevaré a algún sitio divertido –dijo Hishikawa.
Honda contemplaba distraído el Templo del Alba, ahora completamente envuelto en la oscuridad.
–Ha visto Wat Po y Wat Phra Keo. Y cuando fue al Templo de Mármol tuvo la suerte de asistir a la visita del regente. Y ayer por la mañana vio el Templo del Alba. Si le gustan, las visitas a los templos nunca concluirían, pero me parece que ya ha tenido bastante.
–Hum. Supongo que así es –replicó abstraído Honda, abandonando de mala gana los pensamientos en los que se hallaba tan profundamente absorto al ser interrumpido.
Había estado meditando sobre el viejo Diario de los sueños de Kiyoaki, que no leía desde hacía mucho, pero que había traído en el fondo de su maleta, pensando que podría leerlo de nuevo para que le ayudara a pasar el tiempo durante el viaje. Por obra del intolerable calor y de su cansancio aún no había tenido la oportunidad de leerlo. Pero aún seguían estando vivos en su mente los brillantes colores tropicales en la descripción de un sueño.
Indudablemente, estando tan ocupado, Honda no había aceptado el viaje a Thailandia por razones puramente profesionales. En sus días escolares, a su edad más sensible y a través de Kiyoaki, se familiarizó con dos príncipes siameses y había sido testigo del patético final del idilio de Chantrapa y de la pérdida del anillo de la esmeralda del príncipe Pattanadid. Firmemente convencido de que se hallaba destinado a ser un observador, la borrosa imagen había perdurado en su memoria como en un marco fuerte y sólido. Mucho tiempo atrás decidió con resolución que un día visitaría Siam.
Mas por otro lado, a sus cuarenta y seis años, Honda se había vuelto muy cauteloso respecto a la más leve de las emociones; inconscientemente había incurrido en el hábito de hallar en ellas engaño y exageración. Pensaba que su última pasión había tenido como fin salvar a Isao, el muchacho al que había identificado como la reencarnación de Kiyoaki. Había llegado incluso a renunciar a la judicatura. Le había llevado a la nada y sólo había experimentado un profundo fracaso con la sensación de la completa futilidad del altruismo.
Tras haber abandonado los ideales altruistas, se convirtió en un abogado mucho mejor. Careciendo ya de pasión alguna, alcanzó el éxito, salvando a los demás en un caso tras otro. No aceptaba ninguno a menos que el cliente fuera rico, y entonces poco le importaba que el asunto fuera civil o penal. La familia Honda prosperó mucho más que en tiempos de su padre.
Los abogados pobres que actuaban como si fueran los representantes naturales de la justicia social y se proclamaban como tales resultaban ridículos. Honda era muy consciente de las limitaciones de la ley en lo que se refería a salvar a los hombres. Por expresarlo francamente, quienes no podían permitirse contratar a abogados no se hallaban calificados para transgredir la ley, pero la mayoría de la gente cometía errores y violaba la ley por pura necesidad o por estupidez.
Ocasiones había en que a Honda se le antojaba que conceder categoría legal a la vasta mayoría del pueblo era probablemente el pasatiempo más arrogante que había concebido la Humanidad. Si los delitos eran a menudo obra de la necesidad o de la estupidez, ¿no podía afirmarse quizás que los hábitos y costumbres en que tales leyes se hallaban basadas eran, asimismo, imbéciles?
Tras el incidente con la Liga del Viento Divino en el período Showa, que concluyó en la muerte de Isao, habían tenido lugar muchos acontecimientos similares, pero la agitación intestina en el Japón terminó con los hechos del 26 de febrero de 1936. El incidente chino, iniciado poco después, no había alcanzado todavía un desenlace al cabo de cinco años de guerra. Y ahora el pacto que unía al Japón, Alemania e Italia había proporcionado un intenso estímulo y el peligro de una guerra entre el Japón y los Estados Unidos se había convertido en tema frecuente de discusión.
Pero como Honda ya no se hallaba interesado en el paso del tiempo, las pugnas políticas o la inminencia de la guerra, ya no sentía emoción alguna al respecto. Algo se había venido abajo en el espacio más recóndito de su corazón. Sabía que era impotente para detener los acontecimientos que irrumpían tempestuosos como aguaceros, empapando a cada persona insignificante, golpeando indiscriminadamente a los guijarros individuales de la fortuna. Pero no entendía si todas las fortunas eran en definitiva patéticas. Hábito de la Historia era progresar accediendo a los deseos de unos y negándose a los de otros. Por desolador que el futuro pudiese ser, no tenía necesariamente que decepcionar a todos.
Pero no hay que suponer que Honda se hubiese tornado nihilista y un cínico completo. En comparación con el pasado se sentía totalmente cordial y alegre. Su manera de expresarse, que tanto había cuidado durante su período de judicatura, había cambiado de modo considerable; y sus gustos en materia de indumentaria se habían hecho más liberales. Llegó incluso a vestir una chaqueta deportiva a cuadritos de pata de gallo y había comenzado a contar chistes y a comportarse con mayor generosidad. Pero desde su llegada a este sofocante país las bromas ya no asomaban fácilmente a sus labios.
Su rostro mostraba ahora una grave dignidad acomodada a sus años. Hacía tiempo que había perdido el perfil tajante de su juventud, y su piel, antaño tan vulgar como el algodón lavado, habiendo probado el sabor del lujo, había cobrado la contextura del damasco satinado. Como sabía muy bien que jamás había sido atrayente, no le desagradaba del todo el velo opaco que la edad le había impuesto.
Además, ahora era dueño de su futuro en una medida muy superior a la de cualquier joven. La razón de que los jóvenes hablaran tanto del futuro residía simplemente en el hecho de que aún no lo poseían. La posesión a través de un dejar fluir a las cosas era un secreto de la propiedad desconocido para la juventud.
De la misma manera que Kiyoaki no influyó sobre la época en que vivió, Honda tampoco influía en la suya. En lugar de la era en la que Kiyoaki pereció en el campo de batalla de las emociones románticas, llegaba ahora un período en que los jóvenes morirían en auténticos campos de batalla. Su precursor era la muerte de Isao. En otras palabras, Kiyoaki y su reencarnación, Isao, habían conocido muertes contrapuestas en contrapuestos campos de batalla.
¿Y Honda? ¡En él no había signo de muerte! Jamás había deseado apasionadamente la muerte ni nunca había tratado de rehuir su acometida. Ahora que de repente se había convertido en blanco de los fieros dardos del sol tropical que caían sobre él a lo largo de todo el día, la bella, densa y lozana vegetación de alrededor parecía posiblemente la pasmosa lozanía de la misma muerte.
–Hace algún tiempo, quizás veintisiete o veintiocho años, cuando dos príncipes siameses fueron al Japón para estudiar, tuve el privilegio de tratarles durante una temporada. Uno era el hermano menor de Rama VI, el príncipe Pattanadid; y el otro era el príncipe Kridsada, su primo, nieto de Rama IV. Me pregunto qué estarán haciendo ahora. Cuando vine a Bangkok confiaba en verles, pero me parece presuntuoso presentarme yo mismo a unas personas que seguramente ya no se acuerdan de mí.
–¿Por qué no me lo dijo antes? –preguntó el omnisciente Hishikawa, apresurándose a reprochar a Honda su reserva–. Sea lo que fuere lo que usted desee, yo puedo encontrar una solución.
–Bien. ¿Cree usted entonces que puedo ver a los dos príncipes?
–Yo no diría tanto. Rama VIII, su tío, depende mucho de ellos y ahora se encuentran con él en Lausana. La mayoría de los miembros importantes de la familia real se han ido a Suiza y el palacio se halla vacío.
–Siento que así sea.
–Pero existe la posibilidad de ver a un miembro de la familia del príncipe Pattanadid. Es una extraña historia. La hija menor de Su Alteza Real, una niña de unos siete años, se ha quedado en Bangkok sola con sus damas de honor. La pobrecilla es prácticamente una prisionera en una pequeña mansión que llaman el Palacio de las Rosas.
–¿Por qué?
–A la familia le resultaría muy embarazoso llevarla al extranjero; se cree que es una niña retrasada. Desde que empezó a hablar, la princesa no ha dejado de decir: «Yo no soy en realidad una princesa siamesa. Soy la reencarnación de un japonés y mi verdadero hogar se halla en el Japón». No dejará de afirmarlo por mucho que diga la gente. Si alguien le lleva la contraria, coge una rabieta. Así es que se rumorea que todos sus servidores se acomodan a su antojo y hacen como si creyeran lo que dice. Una audiencia resultaría bastante difícil, pero como usted conoció a los príncipes, creo que podré hacer algo al respecto. Todo dependerá de cómo pueda abordar a quienes son responsables de la niña.
Tras haber oído la historia de la pobre princesita loca, Honda no se sintió inmediatamente acuciado para solicitar una audiencia.
Sabía que continuaría a su alcance como un brillante templete dorado. Y al igual que los templos nunca echan a volar, escapando, sentía que la princesa también seguiría siempre allí. En este país la locura sería con seguridad como su arquitectura o como sus monótonas y elegantes danzas, que se prolongaban interminablemente en su eterno esplendor. Otro día, pensó, cuando hubiera cambiado de humor, solicitaría una audiencia.
Tal vez esta dilación procediera en parte de la pereza que uno experimentaba en los trópicos y en parte de su edad ya madura. Su pelo estaba tornándose gris y su vista se hubiera vuelto cada vez menos aguda si por fortuna no hubiese sido ligeramente miope desde la infancia. Aún era capaz de arreglarse sin la ayuda de esas gafas de viejo.
Su edad le permitía emplear a modo de medida las leyes que le había enseñado la experiencia y podía predecir el desenlace de la mayoría de las situaciones. En realidad, a excepción de las calamidades naturales y por inesperados que pudieran parecer, los acontecimientos históricos tenían lugar sólo tras una larga maduración. La Historia es tan titubeante como una joven doncella ante una proposición romántica. Para Honda siempre había un atisbo de artificio en cualquier hecho que se correspondiera precisamente con sus propios deseos y que se aproximara a una placentera celeridad. Por eso, aunque deseaba confiar sus acciones a las leyes de la Historia, siempre le resultaba mejor adoptar una actitud reservada ante todo. Había conocido demasiados casos en donde uno nada de lo que quería podía alcanzar y en donde en definitiva la resolución había sido totalmente inútil. Incluso las cosas que podrían haberse conseguido de no haberlas ansiado lograban esfumarse simplemente por haber sido tan deseadas. El suicidio parecía depender por completo del deseo y de la determinación de cada uno, y sin embargo Isao había tenido que pasar todo un año en prisión hasta poder realizarlo con éxito.
Mas, al reflexionar sobre ello, el asesinato perpetrado por Isao y su suicidio parecían como brillantes luceros vespertinos, presagios en una noche que rebosaba de brillantes constelaciones, y que abrían el camino hacia el incidente del veintiséis de febrero. En realidad, los asesinos esperaban el alba, pero lo que se materializó fue la noche. Y ahora, fueran lo que fuesen los tiempos, aquella noche casi había transcurrido y sobrevenía una madrugada inquieta y sofocante, tal como ninguno de los activistas la habría imaginado.
El tratado concertado por el Japón, Alemania e Italia había irritado a un segmento de los nacionalistas y a quienes eran francófilos o anglófilos. Pero complacía a la gran mayoría de los que gustaban de Europa y de Occidente e incluso a los anticuados defensores del panasiatismo. Japón iba a casarse, no con Hitler, sino con los bosques germanos; no con Mussolini, sino con el panteón romano. Era un pacto que ligaba a las mitologías germánica, romana y nipona: una amistad entre los bellos dioses masculinos y paganos del Este y del Oeste.
Honda, desde luego, jamás se había dejado arrastrar por tan románticas inclinaciones, pero sentía que los tiempos estaban madurando trémulamente en un cierto modo y que era claro que se esbozaba algún sueño. Y ahora que se hallaba allí, lejos de Tokio, el ocio y el descanso súbitos determinaban curiosamente una fatiga y nada podía hacer por sustraerse a esta inmersión en el recuerdo del pasado.
No había renunciado a su idea, la que recalcó hacía mucho, muchísimo tiempo, hablando con el Kiyoaki de diecinueve años: la voluntad de engranarse uno mismo en la Historia es la esencia del propósito humano. Pero el temor instintivo que un muchacho de diecinueve años siente respecto de su propio carácter resulta ser a veces extremadamente profético. Mientras proclamaba entonces semejante concepto, Honda en realidad expresaba su desesperanza en su propia contextura. Este desaliento creció al envejecer y finalmente se convirtió en una dolencia crónica. Pero su personalidad jamás cambió en lo más mínimo. Recordó uno de los más aterradores pasajes del capítulo sobre las Tres Recompensas1 en el Tratado sobre el establecimiento de la realidad, que figuraba entre los dos o tres textos budistas recomendados por la abadesa del Templo de Gesshu:
Quien se complace en hacer el mal
es porque el mal no está maduro.
Así, Honda experimentó un placer despreocupado y tropical en la amable acogida que le fue dispensada en Bangkok, en lo que oyó y vio e incluso en lo que comió y bebió. Pero eso no era en realidad prueba de que hubiese estado exento de actos malignos en los casi cincuenta años de vida. Su mal aún no se hallaba con seguridad tan maduro como el fragante fruto listo para dejarse caer de la rama.
En el budismo del Theravada thailandés, con el concepto simple de causalidad hallado en el Canon Budista Meridional, Honda reconoció la causalidad de las Leyes de Manu que tan profundamente le habían impresionado en la juventud. Del principio al fin, las deidades hindúes muestran sus grotescos rostros. La sagrada serpiente naga, el mítico garuda, medio gigante, medio águila, con cuerpo dorado, cara blanca y rojas alas que adorna los aleros de los templos. Aún se narran las historias del Naga-nanda, la epopeya india del siglo séptimo y la piedad filial del garuda es aclamada por el Vishnú hindú.
Desde que llegó a aquel país, se había avivado la antigua curiosidad intelectual de Honda y sentía ansias de descubrir cómo explicaba el budismo del Theravada el misterio de la transmigración. Este concepto era el que le proporcionaba la oportunidad de dejar a un lado media vida de racionalidad.
Según los eruditos la filosofía religiosa india se halla dividida en seis períodos:
1.El período del Rig Veda.
2.El período de los Brahmanas.
3.El período de los Upanishads, que se extiende desde los siglos octavo a quinto antes de Cristo, una era de filosofía pagada de sí misma, que establece como su ideal la unidad de Brahma, el fundamento último de toda existencia, y el atman, la personalidad. En este período apareció claramente por vez primera la idea de un ciclo de nacimientos y muertes –samsara– y cuando se ligó al concepto según el cual los actos (karma) determinan consecuencias inevitables, surgió la ley de la causalidad. Emparejándola con la idea del atman, emergió un sistema filosófico.
4.Un período de cismas entre diversas escuelas de pensamiento.
5.El período de perfeccionamiento del budismo del Theravada, que tiene lugar entre los siglos tercero y primero antes de Cristo.
6.Los quinientos años subsiguientes que contemplaron el auge del budismo del Mahayana.
El problema es el quinto período durante el cual fueron compiladas las Leyes de Manu. Honda se sintió sorprendido en su juventud cuando descubrió que el concepto de samsara se aplicaba incluso a los códigos legales. La idea del karma, tal como aparece después en el budismo, era claramente diferente de la que existe en los Upanishads. La diferencia radica en el rechazo budista del atman, porque semejante rechazo constituye la esencia de esta religión.
Una de las tres características que diferencian el budismo de otras religiones es el altruismo de todos los dharmas. El budismo postuló el altruismo y rechazó el atman, que había sido considerado como el constituyente principal de la vida. De ahí que el budismo negara la idea de «alma», que es la prolongación del atman en el más allá. El budismo no reconoce el alma como tal. Si no hay en los seres una sustancia que sea su meollo y a la que se denomina alma, tampoco existe desde luego en la materia inorgánica. Como una medusa desprovista de esqueleto, no hay esencia innata en toda la creación.
Pero entonces se suscita la perturbadora pregunta: si los actos buenos producen una existencia subsiguiente buena y los actos malos una mala, y si todo vuelve a la nada tras la muerte, ¿qué es entonces la sustancia que transmigra? Si asumimos que no existe personalidad, ¿cuál es, para empezar, la base del ciclo de nacimientos y muertes?
Los trescientos años del budismo del Theravada constituyen un período de disputas y conflictos entre muchas escuelas, que no terminaron con una satisfactoria conclusión lógica para ninguna de ellas. Todas se mostraron perplejas ante las contradicciones e incoherencias que existían entre el atman, rechazado por el budismo, y el karma, que es heredado.
Para obtener una respuesta filosófica verosímil a esta pregunta, la Humanidad ha de aguardar a la escuela del Mahayana llamada Yuishiki o «sólo conciencia». Pero cuando evolucionó la escuela Sautrantika del Theravada, se llegó al concepto de «perfumado de la semilla», según el cual el efecto de un hecho bueno o de un hecho malo subsiste en la conciencia de cada uno, calándolo como la fragancia de un perfume cala las ropas, y así forma el carácter. Este poder de formación constituyó el origen de la teoría causal. La doctrina fue la precursora de las ulteriores ideas de la Yuishiki.
Y ahora Honda comprendía lo que había tras la constante sonrisa y los ojos melancólicos de los dos príncipes siameses. Era una sensación de dorada y profunda indiferencia, de brisas adormecedoras bajo los árboles, la constante evasión de cualquier sistema lógico organizado; sometidas y lánguidas bajo el sol, las gentes de esta tierra de templos, flores y frutos suntuosos adoraban al Buda y creían implícitamente en la reencarnación.
Al margen del príncipe Kridsada, el inteligente príncipe Pattanadid poseía, sorprendentemente, el agudo cerebro de un filósofo. Pero la violencia de sus emociones alejaba cualquier desapasionado intelectualismo. Honda aún recordaba con viveza, más que ninguna de las palabras que el príncipe hubiera pronunciado, la visión de él, al final de aquel verano, desmayándose en un sillón del jardín de la residencia meridional de Kiyoaki al conocer la noticia de la muerte de Chantrapa. Su brazo moreno abandonó el apoyo del blanco sillón y quedó colgado blandamente. Honda no podía ver si el rostro del príncipe, que se inclinaba sobre un hombro, había palidecido, pero distinguía sus dientes blancos y brillantes entre los labios ligeramente entreabiertos.
Sus largos y elegantes dedos cobrizos, concebidos para las sutiles caricias del amor, pendían desaferrados, casi tocando la verde hierba estival como si los cinco hubiesen seguido momentáneamente en la muerte al muerto objeto de su deseo.
Honda temía, sin embargo, que los recuerdos del Japón que el príncipe tuviera no fuesen muy agradables, aunque el paso del tiempo bien pudiera haberle hecho añorarlo. Su aislamiento, sus dificultades idiomáticas, la diferencia de costumbres, la pérdida del anillo de la esmeralda del príncipe y la muerte de la princesa Chantrapa habían sido causa de que su estancia en el Japón no fuera precisamente placentera. Pero lo que en definitiva le había impedido entenderlo fue el espíritu arrogante del equipo de esgrima en la Escuela de Nobles. Ese espíritu no sólo había alienado a los príncipes, sino también a los estudiantes corrientes como Honda y Kiyoaki y a los jóvenes liberales y humanistas de la sociedad literaria del Abedul Blanco. Por desgracia, el auténtico Japón no se hallaba con facilidad entre los amigos de los príncipes, sino que resultaba mucho más presente entre sus enemigos; los mismos príncipes eran probablemente conscientes del hecho de una manera vaga. Un Japón intransigente, tan orgulloso como un joven guerrero en su seda escarlata y sin embargo tan susceptible como un muchacho retando al combate antes que ser vejado y lanzándose a la muerte antes que aceptar un insulto. Isao era diferente de Kiyoaki porque él vivía en el corazón de ese mundo radical y creía en la existencia del alma.
Ya cerca de los cincuenta, Honda poseía ahora una ventaja; se hallaba probablemente libre de prejuicios. Y también de autoridad, porque él mismo había sido una vez autoridad; e incluso de razón, dado que había sido antaño la personificación de la cerebración.
El espíritu del equipo de esgrima en la segunda década del siglo era el de una juventud de uniforme; penetraba en toda la época. Y también Honda, que no se había sentido nunca parte de aquello, ahora que era más viejo identificaba en su memoria aquellos días juveniles con un espíritu agresivo.
Este talante, aún más destilado y depurado, formó el mundo de Isao, un mundo que Honda no compartió con él, mucho más joven, un mundo que sólo había observado sintiéndose ajeno a él. Al pensar cómo se había destruido a sí misma la mente japonesa y juvenil de Isao, pugnando en un absoluto aislamiento, Honda no podía dejar de creer que lo que le había permitido vivir de la forma en que había vivido era la fuerza del pensamiento occidental, importado de afuera. El pensamiento no fertilizado conduce a la muerte.
Si uno deseaba vivir, no debía aferrarse a la pureza, como había hecho Isao. No debía cerrarse todas las vías de retirada; no debía rechazarlo todo.
Nada había obligado tanto a Honda a reflexionar profundamente sobre la cuestión de un Japón no adulterado como la muerte de Isao. ¿Existía alguna manera de vivir honestamente con el Japón que no fuera la de rechazarlo todo, rechazando el Japón actual y al pueblo japonés? ¿No había otra manera de vivir que no fuese ésta, la más difícil, la que en definitiva conducía al asesinato y luego al suicidio? A todos les asustaba confesarlo. ¿Pero acaso no lo había probado Isao con sus actos?
Había que pensar que en la más pura de las tribus existía el olor de la sangre y el tinte del salvajismo. A diferencia de los españoles, que conservaron su deporte nacional de los toros pese a las acusaciones de los amantes de los animales en todo el mundo, los japoneses, cuando a finales del siglo pasado abrazó la nación una cultura y ética nuevas, consagraron sus esfuerzos a eliminar las costumbres bárbaras de las generaciones precedentes. Como consecuencia de ello, el espíritu nacional genuino y sin adulteración se hallaba subordinado y su energía emergía de vez en cuando en explosiones de violencia que repelían y alienaban a las gentes todavía más.
Pero, por aterradora que fuese la máscara que podía asumir, en su estado original el espíritu nacional era de una prístina blancura. Viajando por un país como Thailandia, Honda comprendía más claramente que nunca la simplicidad y la pureza de lo japonés, como un arroyo transparente a través de cuyas aguas pueden distinguirse los guijarros del fondo, o la integridad de los ritos del shinto. Al igual que la mayoría de los japoneses, él lo ignoraba, comportándose como si no existiera y sobreviviendo gracias a rehuirlo. A lo largo de toda su vida había evitado cosas fundamentales y simples: la blanca seda, el agua fría y clara, el blanco papel en zigzag de la pértiga del exorcista, agitándose al viento, el recinto sagrado marcado por un torii, la morada de los dioses en el mar, las montañas, el vasto océano, la espada japonesa con su reluciente hoja, tan pura y afilada. No sólo Honda, tampoco la gran mayoría de los japoneses occidentalizados podían exportar ya tales elementos intensamente nativos.
¿Pero cuál podría ser el proceso si Isao, que creía en el alma, había ido a los cielos –y éste era un ejemplo de una buena causa que producía un buen efecto–, si había entrado en el ciclo de nacimientos y muertes y había renacido como ser humano?
Ahora que pensaba en ello, Honda se preguntó si Isao, cuando se resolvió a morir, no habría poseído secretamente alguna premonición de otra vida. Parecían existir algunos indicios al respecto. ¿No se hallaba un hombre naturalmente inducido a la suposición de otra existencia cuando tanto pugnaba por vivir su vida de una manera tan pura y extremada?
Honda recordó el templete japonés y bajo aquel calor el mismo pensamiento le hizo sentir en su frente unas gotas de agua clara y fría. Al visitante que remontaba los peldaños de piedra, el torii se le antojaba sencillamente un marco bien definido para el edificio principal del templo; al salir, parecía trocarse en un marco del cielo puro y límpido. Era extraño que un marco contuviera por un lado un majestuoso templo y por el otro un cielo azul y vacío. La forma del torii parecía como la del alma de Isao.
Porque Isao había vivido una vida bien definida que se asemejaba a un torii, majestuoso, bello y sencillo. E inevitablemente al final se llenaba con un cielo azul y límpido.
Poco importaba cuánto se hubiera alejado del budismo la mente del Isao moribundo. Esa misma paradoja parecía indicar a Honda la relación entre lo japonés y el budismo. Era como si las fangosas aguas del Menam fueran a filtrarse por un tamiz de blanca seda.
Más tarde, aquella misma noche en que supo de labios de Hishikawa la historia de la princesa, Honda hurgó en su maleta en la habitación del hotel y extrajo el Diario de los sueños de Kiyoaki envuelto en seda de color púrpura.
El diario había sido leído y releído y había empezado a desencuadernarse; desmañada pero cuidadosamente, Honda lo había recompuesto. Aún vibraba la escritura apresurada y juvenil de Kiyoaki, pero el color de la tinta había palidecido en los treinta años transcurridos desde que fue escrito.
Sí, exactamente como Honda recordaba, Kiyoaki había tenido un sueño vívido sobre Siam que anotó en el diario poco después de que los príncipes siameses visitaran su casa.
Kiyoaki se hallaba sentado en una torneada silla en un palacio con un jardín abandonado. Llevaba «una corona de oro, alta y puntiaguda, con incrustaciones de racimos de piedras preciosas». En el sueño, él era un miembro de la realeza siamesa.
Muchos pavos reales estaban alzados sobre las pértigas y dejaban caer deyecciones blancas. Kiyoaki lucía en un dedo el anillo de la esmeralda del príncipe Pattanadid. La piedra reflejaba «la cara encantadora de una niña pequeña». Ésta tenía que haber sido la cara de la princesita loca que aún no había visto y el reflejo en la esmeralda, bajo los ojos, era probablemente la propia imagen de Kiyoaki. A Honda le parecía ahora fuera de discusión que la princesa era la reencarnación de Kiyoaki a través de Isao.
No era sorprendente que hubiese tenido semejante sueño tras recibir en su casa a los príncipes siameses y escuchar los fascinantes relatos de su país. Pero después de varias experiencias, Honda se vio obligado a admitir que el sueño de Kiyoaki era otra manifestación de su transmigración.
Se explicaba por sí mismo. Una vez superado el problema de una lógica defectuosa, todo encajaba. Isao nunca le dijo a Honda, ni Honda descubrió jamás, si había tenido algunos otros presagios; Isao muy bien podía haber soñado con la niña de los trópicos durante sus noches en la prisión.
Hishikawa atendía diligentemente a las necesidades de Honda durante la estancia de éste en Bangkok. Y el proceso iba bien, gracias a los esfuerzos de Honda. Había descubierto un fallo en los compradores.
Según el artículo 473 del Código Civil thailandés, que se hallaba inspirado en el Derecho angloamericano, los vendedores no tenían por qué asumir responsabilidad respecto a los defectos en su mercancía en uno o más de los siguientes casos:
1.Si el comprador era sabedor del defecto en el momento de la compra o si pudiera haberlo sido un observador ordinario.
2.Si el defecto resultaba evidente en el momento de la entrega de la mercancía o si el comprador aceptaba la mercancía sin reservas.
3.Si la mercancía era vendida en subasta pública.
Cuando Honda profundizó en sus investigaciones, advirtió claramente que los compradores podían haber sido culpables de conformidad en el primero o el segundo caso. Si era capaz de proseguir por este camino y obtener pruebas suficientes, cabía muy bien la posibilidad de que se vieran obligados a retirar su demanda.
Es inútil decir que Itsui Products mostró su agradecimiento y que el propio Honda se vio completamente aliviado. Se sentía inclinado a pedir a Hishikawa que prosiguiera sus negociaciones para conseguir una audiencia con la princesa. Pero aquel hombre era un majadero.
Honda jamás había sentido deseo de hacerse amigo de artistas y desde luego jamás tuvo uno que pudiera llamarse tal. Tampoco había esperado encontrarse en lugar tan remoto con un seudoartista.
El asunto resultaba aún más exasperante porque Hishikawa era muy eficaz como guía del viajero inexperto y no mostraba la más ligera desgana en hacer todo lo que le pedía Honda. Por añadidura, poseía toda clase de trucos para entrar por la puerta falsa en un país en donde cualquier entrada por la fachada principal resultaba estrictamente vedada. Era un guía inapreciable y lo sabía.
Pero Hishikawa había conservado la desagradable afectación de un artista, fuera cual fuese la obra que hubiese realizado en el pasado. Dependía de sus servicios como guía de viajeros para ganarse la vida, pero en su corazón desdeñaba a aquellos seres prosaicos a quienes acompañaba. Y como eso resultaba transparentemente claro para Honda, éste se divertía comportándose como la imagen misma del ser prosaico que Hishikawa creía que era. Intencionadamente, le habló de su esposa y de su madre en el Japón y de su infelicidad por no tener hijos. Disfrutaba observando cómo Hishikawa, que nada recelaba, simulaba comprenderle.
En realidad, los artistas que no sólo eran inmaduros, sino que se jactaban de su inmadurez como una coartada deshonesta para rechazar las críticas a sus obras, resultaban desmedidamente odiosos en comparación con la inmadurez sin artificio que había mostrado Kiyoaki o Isao. Los artistas arrastraban su inmadurez a lo largo de sus vidas... hasta llegar a los ochenta. Era como si transformaran en mercancía las prendas con que solían distinguirse de los demás.
Si existía algo peor era el seudoartista; su indescriptible arrogancia junto con su género particular de obsequiosidad desprendían un rastro, peculiar de los haraganes. Hishikawa era sencillamente un vago que vivía a costa de los demás, pero pretendía ser un negligente y elegante aristócrata que residía en los trópicos. A Honda le irritaba su costumbre de decir en los restaurantes, con la carta de vinos en la mano: «Puesto que en cualquier caso va a pagar la cuenta Itsui Products...» y luego pedir los vinos más caros. A Honda no le gustaba en absoluto el vino.
Aunque confiaba en no verse obligado nunca a defender a semejante hombre, como invitado, hubiera constituido una falta a la etiqueta pedir que le destinaran otro guía.
Cada vez que el obeso gerente de la sucursal preguntaba a Honda en la antesala del tribunal o en una cena: «¿Le parece bien Hishikawa?», Honda replicaba: «Sí, es muy capaz», ocultando en sus palabras una cierta amargura. El gerente parecía satisfecho con tomar sus respuestas al pie de la letra y a Honda le exasperaba que no hiciera esfuerzo alguno por leer entre las palabras.
Su familiaridad con las soterradas relaciones humanas en este país, que eran como la maleza de la húmeda jungla pudriéndose rápidamente bajo la verdura superficial que brillaba al sol ardiente, había permitido a Hishikawa desarrollar su talento para rastrear la podredumbre en los asuntos humanos con más celeridad que ningún otro. Y ésta era la fuente de sus ingresos. Indudablemente sus alas de mosca se habrían posado en las sobras del plato del gerente.
–¡Buenos días!
Honda se vio arrancado de su profundo sueño por una voz familiar en el teléfono interior de la cabecera de su cama. Era una voz que oía todas las mañanas, la de Hishikawa.
–¿Le desperté? Perdóneme. A los del tribunal no les importa nada hacerle esperar horas, pero son terriblemente estrictos con la puntualidad de los visitantes. Le llamo temprano para asegurarme. Tiene tiempo de sobra para afeitarse. ¿Qué? ¿Desayuno? No, no, no se preocupe. Bien, para ser sincero, aún no he desayunado, pero puedo pasarme sin eso. ¿Cómo? ¿En su habitación, con usted? Bueno, muchas gracias. Acepto la invitación y subiré. ¿Le dejo cinco minutos? ¿O diez? Claro que como usted no es una señora, quizá no tenga por qué ser tan puntilloso.
No era ésta la primera vez que Hishikawa disfrutaba en la habitación de Honda del suntuoso desayuno inglés de varios platos del Oriente Hotel.
Muy poco después apareció Hishikawa vestido con un bien cortado traje de lino blanco y abanicándose apresuradamente el pecho con un jipijapa. Se detuvo en seco bajo las grandes y blancas aspas del ventilador que giraban perezosamente.
–Antes de que se me olvide –dijo Honda, aún en pijama–, ¿cómo debo tratar a la princesa? ¿Resulta adecuado decir «Su Alteza»?
–¡No, no! –replicó Hishikawa con firmeza–. Es hija de Pattanadid y éste es hermanastro del rey. Su título es Pra Ong Chao; usted debería llamarle «Su Alteza Real» en inglés. Pero la hija es Mon Chao y usted tiene que llamarla «Su Alteza Serenísima». En cualquier caso, no se preocupe. Yo me encargaré de todo.
El implacable calor había invadido ya la habitación. Tras haber abandonado su cama empapada de sudor y al darse una ducha fría, Honda sintió por vez primera la mañana en su piel. La experiencia era extrañamente sensual. Él, que jamás entraba en contacto con el mundo exterior sin filtrarlo primero a través del pensamiento racional, sentía aquí a través de su piel; sólo a través de su piel, percibiendo el verde brillante de las plantas tropicales, el bermellón de las flores de las mimosas, los panes de oro que adornaban los templos o el súbito rayo azulado, podía entrar en contacto con el mundo que le rodeaba. Ésta era para él una experiencia totalmente exótica. Las cálidas lluvias, las duchas tibias. El mundo exterior era un líquido de bellos colores, como si constantemente estuviese bañándose en él. ¿Cómo podía haber imaginado todo aquello en el Japón?
Mientras aguardaba el desayuno, Hishikawa paseó por un lado y por otro de la habitación como si fuese un europeo, mofándose del mediocre paisaje que colgaba de la pared. Los talones de sus negros zapatos recién limpios reflejaban los dibujos de la alfombra mientras adoptaba posturas desenfadadas. Honda se sintió súbitamente harto de aquel juego en el que Hishikawa desempeñaba el papel del artista y a él le correspondía el de un ser prosaico.
Volviéndose súbitamente, Hishikawa extrajo de su bolsillo una cajita forrada de terciopelo púrpura. Se la entregó a Honda al tiempo que le decía:
–No se olvide de esto. Entrégueselo directamente a la princesa.
–¿Qué es?
–Un regalo. Aquí la realeza no acostumbra recibir jamás un visitante que llega con las manos vacías.
Honda abrió la cajita y descubrió un anillo con una perla fina.
–Ah, claro. No se me había ocurrido. Gracias por recordármelo. ¿Cuánto le debo?
–Oh, nada. Realmente no es necesario. Dije en Itsui Products que usted lo necesitaba para una audiencia real. En cualquier caso, el gerente se lo compraría barato a algún japonés. No tiene por qué preocuparse.
Honda comprendió inmediatamente que por el momento no debía preguntar más acerca del precio. Pero Itsui Products no tenía por qué abonar sus gastos particulares. Él entregaría el dinero al gerente. Probablemente Hishikawa le habría cobrado una fuerte comisión. Tendría que pasar eso por alto y reembolsar al representante local, fuera cual fuese el precio.
–Bien entonces. Acepto agradecido su amabilidad –Honda se puso en pie, y mientras introducía la cajita en el bolsillo de la chaqueta que iba a ponerse, preguntó con indiferencia–: A propósito, ¿cuál es el nombre de la princesa?
