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La exploración del amor y del sexo y de su papel en las relaciones humanas ocupa un lugar destacado en la obra de Yukio Mishima. Situada en el Japón de los años 1960, "Música" (novela cuyo narrador es un psicoanalista que, expresivamente, la subtitula «Una interpretación psicoanalítica de un caso de frigidez femenina») despliega una sugerente e interesante historia en la que se ponen en juego los complicados resortes que esconde y utiliza el alma humana en su búsqueda desesperada de la plenitud tanto del amor físico como del "amor absoluto".
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Seitenzahl: 265
Veröffentlichungsjahr: 2017
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Yukio Mishima
Música
Prefacio del editor
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Créditos
Éste es el informe del doctor Kazunori Shiomi sobre un caso concreto de frigidez femenina. El trabajo se ha titulado Música y recoge toda una serie de anotaciones curiosas donde se unen, por un lado, la reflexión humana y serena del hombre y, por el otro, su investigación médico-científica.
La memoria se basa en hechos reales, ocultando por ello todos los nombres de quienes protagonizan el caso.
Cuando el borrador llegó a nuestras manos, a pesar de no existir ningún motivo que impidiese su edición, pensamos en la advertencia obligada para el público, ya que nos pareció parte de nuestro deber recalcar dos puntos de vital importancia para el lector. A estos puntos nos referiremos a continuación.
Una de nuestras dos preocupaciones, por así decirlo, va destinada al público femenino, que puede llegar a criticar, por tratarse en todo momento de un informe científico, el trato que recibe la sexualidad femenina, duro y sin miramientos.
Si se tratase de una obra literaria, el sexo se hubiera tratado de otra forma, como un objeto envuelto en un hermoso velo. Ese estilo, sin duda, hubiese estimulado la imaginación de los lectores; sin embargo, este trabajo carece de atenciones de ese tipo, y si en algún momento el doctor Shiomi utiliza cualquier tipo de simbología más o menos atractiva o sugerente, siempre es porque su paciente así lo ha querido a través de la lógica de su relato médico.
Nuestra segunda preocupación hace referencia a la posible crítica o valoración de la memoria, por ello desearíamos una visión madura y coherente que no permita definirla como «disparate».
Hay que tener en cuenta que la protagonista-paciente no es una mujer normal, de sexualidad corriente y sensata.
Ante todo, debemos respetar estos hechos reales y dejar que ellos mismos nos conduzcan a la inmensidad del mundo de los sentidos humanos. Y aunque la lectura de dicho caso no nos resulte siempre agradable, hay que tener en cuenta que nos puede ocurrir lo mismo a cualquiera de nosotros, y sobre todo a ustedes, queridas lectoras.
Desde que abrí una clínica en el cuarto piso de un edificio de Hibiya ya han pasado cinco años. ¡El tiempo pasa muy rápido!
En un principio la profesión de psicoanalista era desconocida para todo el mundo, pero, poco a poco, la gente se ha ido acostumbrando a ella, y mi negocio ya empieza a funcionar. Así, ya puedo pagar el caro alquiler del centro de la ciudad. Desde luego que no se puede comparar el éxito del psicoanálisis en América con el del Japón, pero para mí es sumamente grato el disfrutar de los avances en este campo.
Lo primero que hice al abrir la clínica fue crear un ambiente que invitase a cualquier persona a entrar fácilmente y a contar su historia personal, a mí me parece que esta familiaridad fue la clave del éxito. No resulta nada extraño que las secretarias o los oficinistas me visiten improvisadamente después del trabajo, como si de mostrar las rayas de la mano se tratase. A decir verdad, resulta difícil ocultar cualquier conflicto que surja de lo más íntimo del alma. La sociedad del progreso está estructurada de manera tal que los individuos no son más que las piezas dentadas de un enorme engranaje, por ello es lógico que mis pacientes aumenten de manera proporcionada a tal estructura organizativa. Los japoneses, a diferencia de los americanos, no sufren conflictos interiores por causa de una severa conciencia puritana, pero sí muestran sus neurosis provocadas por el particular sistema de vida en las ciudades.
Como ya he dicho antes, entre mis pacientes hay empleados y secretarias, pero también personajes de night-club, personas ricas y trabajadoras, productores de televisión, jugadores profesionales de béisboly, en la práctica, gente de todas las profesiones más modernas.
Ninguna de las profesiones de vanguardia queda excluida de mi negocio. Hay personas que llegan hasta mí por recomendación de otro paciente u otro médico que conoce mis métodos, pero también hay quien viene sin contactos previos.
Afortunadamente, los trastornos psicológicos han dejado de tratarse en los manicomios y ya nadie habla de vergüenza o deshonra al referirse a cualquiera de estos casos. Desde luego que es distinto que acudir al dentista, porque aún la mayoría de mis pacientes temen las miradas de la gente y llegan a mí aturdidos y ruborizados. Sin embargo, hay un punto que acapara toda mi atención y que me preocupa notablemente. Se trata de casos de chicas jóvenes que acuden a mí para satisfacer su exhibicionismo mental, confesando inútilmente todo tipo de manías.
Yo les cobro, naturalmente, los honorarios establecidos. También esto forma parte de la terapia psicoanalítica, ajustando la mente con la economía. Tal y como me decía mi amigo y colega, el doctor E., el cliente debe pagar en mano y en efectivo, sin aceptar crédito alguno por nuestra parte, el importe de la visita al darse ésta por concluida.
Durante estos cinco años, entre mis múltiples y numerosas visitas hay una sumamente interesante, la de Reiko Yumikawa. Ella llegó hasta mí con un terrible problema, desconcertándome acerca del misterio del cuerpo y la mente humana. Como psicoanalista he tratado casos parecidos y creía estar familiarizado con ellos y no ser capaz de sorprenderme ya por nada. Sin embargo, cuanto más investigo en este trabajo, más me doy cuenta de que el mundo de la sexualidad humana es infinito y complejo. En el sexo no existe una única felicidad. Quiero que los lectores recuerden bien este último punto.
Mi clínica dispone de tres salas de análisis y consulta, cerradas y perfectamente insonorizadas, con una instalación total y precisa. Decidimos, al tratar de su decoración, no colocar ni cuadros ni floreros que pudieran atraer la atención de mis pacientes y estorbarlos al realizar la asociación de ideas naturales. Nunca se les puede bombardear con estimulaciones innecesarias.
Por el contrario, y por lo que se refiere a la sala de espera, siempre hemos procurado que no falten las flores en sus mesitas y que el revistero disponga de revistas gráficas de oriente y occidente. Fue sumamente importante coordinar y preocuparse de la armonía de los colores entre las paredes y los sillones. Desde el principio, planeamos también que tuviera unas ventanas amplias para lograr, de esta forma, un ambiente lo más agradable posible.
Un día colocamos unos crisantemos amarillos preciosos en el florero, un paciente se enfureció por haber esperado demasiado tiempo para su visita, y se los acabó comiendo. De todos modos, éste fue un caso especial y una excepción entre las excepcionalidades.
Recuerdo otro bello crisantemo. La mañana que Reiko Yumikawa me visitó por primera vez debió de ser una de aquellas mañanas de cielo despejado. Creo acordarme de que aquel día también había unos preciosos crisantemos en el jarrón.
Esa visita estaba concertada desde el día anterior, a través de una llamada telefónica. Ella fue el primer paciente de la jornada. La impresión que me causó aquella voz a través del hilo telefónico fue normal, una voz baja y húmeda, agradable, aunque observé un poco de inquietud en su forma de expresarse. Un viejo amigo mío, médico de un hospital de la ciudad, le había recomendado mi clínica. A mí me pareció que el caso no presentaría complicación alguna y que aquella mujer no sería problemática en ningún sentido.
Aquella mañana, cuando llegué a la consulta, recibí un saludo de mi ayudante Kadame y también de la enfermera Yamauchi. A continuación me cambié de ropa y me vestí con mi habitual bata blanca, hasta que llegó la hora de la visita de Reiko Yumikawa.
Llegó siete minutos tarde; llevaba un bonito abrigo de color rojo. En el hecho de haber escogido un color fuerte, que llamase la atención, ya se escondía alguna razón psicológica. Lo que me sorprendió desde aquel primer encuentro fue la belleza de Reiko, con sus 24 o 25 años y su maquillaje discreto. La razón de tal discreción pensé que podría ser la confianza en su belleza natural, en su rostro, en sus facciones perfectas frente a las cuales uno no puede permanecer indiferente. La forma de la nariz, sin ser demasiado acusada, convertía en delicioso su perfil. En fin, decidí otorgarle el honor de definirla como de un moderado encanto. Sus labios eran carnosos; la forma de su barbilla, delicada y de apariencia frágil. Sus ojos, limpios. Sus movimientos y su manera de dirigirse a un lado y a otro no presentaban un solo síntoma de anormalidad. Sin embargo, cuando salí a buscarla, la saludé y la recibí, ella intentó mantener una leve sonrisa en sus labios. Fue entonces cuando un tic se asomó a sus mejillas. Yo fingí no haberme dado cuenta de la convulsión que había mostrado su rostro, sin duda alguna síntoma de su histerismo.
Después de un tic, llegó otro y aun otro por tercera vez, como olas del mar, pequeñas y rizadas.
No tardé mucho en percibir la confusión interior de Reiko. Pensé que podría engañarla, claro está, en sentido profesional, pero, sin embargo, ella se dio perfecta cuenta de mis estrategias y mis intenciones. Quizá sea una falta de seriedad por mi parte decir que se trataba de una «zorra» muy bella. Me pareció extraño verla en la sala de espera, una sala moderna, desde donde pueden distinguirse, a través de su ventana, edificios de oficinas, hoteles, teatros, etc. En una tarde como la de hoy, clara y otoñal, me sorprende aquel recuerdo como si se tratara de una rara ilusión de mi memoria.
Tras la primera impresión, la invité a entrar en la sala de análisis. Allí le expliqué bien que no había la más remota posibilidad de que alguien pudiera vernos o escucharnos y le rogué que se sentara en el sillón de los pacientes, mientras yo sostenía entre mis manos el mando regulador de dicho sillón.
Me senté en mi silla con despreocupación, con un cuaderno delante de mí y encima de mi escritorio, intentando que ella no captase la importancia de dicho elemento en mi labor. A partir de aquel momento ella empezó a hablar de su situación con voz agradable:
–Más o menos desde este verano empecé a perder el apetito. Primero pensé que era natural, debido al calor, pero poco después aparecieron las náuseas. Náuseas que terminaron por preocuparme, ya que se repetían constantemente, convirtiéndose en algo muy incómodo para mí. Fui a la farmacia en busca de una solución y me dieron un medicamento para el estómago. Lo tomé durante un tiempo sin percibir mejora alguna. Muy pronto empecé a preocuparme...
Reiko humedeció su labio superior con la punta de la lengua y vaciló al hablar.
–... lo que me preocupaba realmente era un posible embarazo.
–Es decir, ¿tenía motivos para suponerlo? –le pregunté.
Ella me respondió que sí. En su respuesta pude leer audacia y orgullo, al igual que en sus palabras siguientes.
–Sobre este tema desearía proceder de forma ordenada. Nos referiremos a él más tarde. Bien, entonces fui al médico. Éste me dijo que no tenía síntomas de embarazo y me mandó a un médico internista, el doctor R. Allí me hicieron varios análisis, pero sin resultados positivos, no encontraron nada. Finalmente, según todo lo que pudieron observar decidieron enviarme a usted.
A continuación Reiko me habló de su familia y de su historia personal, aunque yo me mantuve sin preguntar, dejándola a su aire. Me contó que su familia era una de las más ricas de Kofú* Su casa era antigua y distinguida, y había pertenecido a diecisiete generaciones anteriores hasta llegar a manos de su padre.
Cuando Reiko se graduó en el colegio femenino de la ciudad, su ardiente deseo de saber la condujo a la Universidad de Tokio, también sólo para personas del sexo femenino, e inició su vida en la residencia de dicha universidad. Una vez finalizados los cursos, estaba obligada a regresar a su ciudad, pero se negó a ello con firmeza debido a su compromiso de matrimonio con su primo hermano, quien le desagradaba profundamente. Reiko logró convencer a su padre para que le permitiera no regresar aún, con la excusa de necesitar un poco más de experiencia social, y entró a trabajar, como oficinista, en una empresa de comercio exterior de primera línea.
Desde entonces han pasado ya dos años, pero aun así, si decide volver a casa, le esperan una boda y un compromiso en toda regla; por ello sigue prolongando con multitud de excusas su permanencia en el apartamento, y su vida libre y caprichosa. Su padre es, sin ninguna duda, un hombre blando que sigue enviando a su hija el dinero suficiente para satisfacer su actual situación, regañándola con simples palabras.
Las circunstancias de Reiko son envidiables y nadie podría pedir más. Su sueldo está destinado únicamente a sus propios caprichos. Nunca envía dinero a sus padres, sino al contrario, tal y como he mencionado con anterioridad. Supongo que su padre no puede abandonar la idea de que si ella mantiene una vida rica, es difícil que tome caminos socialmente erróneos.
Ahora bien, desde el otoño Reiko empezó con sus tics, además de manifestar otros síntomas como náuseas o anorexias.
–Es muy extraño, parece como si mi cara –continuó aquel día– adquiriera vida por sí sola, abandonando al resto de mi cuerpo.
Ésta fue una hábil expresión psíquica y una sobrada demostración de su inteligencia. Mientras hablaba asomaron diversos tics por su mejilla. Ella intentó manifestar hacia ellos una cierta resistencia con una sonrisa, como si me guiñara maliciosamente el ojo. La intensidad de un tic está en función del intento de oponerse a él. La voluntad histérica actúa de forma contraria a las intenciones. Al llegar a aquel punto, Reiko empezó a formular una pregunta que llamó mi atención:
–Doctor, ¿por qué no puedo oír la música?
* Kofú: capital de Yamanashi-ken, cerca del monte Fuji, al oeste de Tokio.
Le rogué que me explicara con claridad lo que le pasaba. Me dijo lo siguiente:
–Por ejemplo, si escucho un programa dramático en la radio, entiendo y oigo perfectamente la parte dialogada, pero la música de fondo desaparece, como si el sol, de repente, escondiera las nubes.
–¿Y qué sucede en los programas íntegramente musicales? –le pregunté.
–Pues que me ilusiono y pienso «ahora empieza la música», aumento el volumen del aparato y finalmente no consigo oírla. Cuando vuelve a intervenir el locutor, escucho la voz con normalidad –continuó ella.
El solo hecho de pensar en la música la hacía desaparecer. El concepto de la música anulaba en ella a la música misma.
Pensé que podía tratarse de un delirio, pero de una forma y manifestación tan extrañas que debía probarse y analizarse. Así que decidí hacerlo inmediatamente. Le pedí a mi enfermera que trajera un transistor y empecé a seleccionar las emisoras. Una de ellas radiaba una serie de cursos de inglés, que Reiko oía perfectamente. Continué dando vueltas al botón hasta localizar una emisión de música muy ruidosa, similar a la latinoamericana. Los ojos de Reiko reflejaron desorientación y una extraña ansiedad. Algo parecido a la sensación de encontrarse dentro de un automóvil en un gran atasco.
Hice todo cuanto pude por interpretar la expresión de aquellos ojos. Imaginé que en algún instante había escuchado algo y que en su interior reinaba la duda: «¿Qué hago?», «¿digo que la oigo?», «¿finjo no oírla?».
De forma casi inmediata obtuve una respuesta. Reiko me dijo que no había oído nada. De repente, su rostro se quedó sin vida y sus ojos se convirtieron en un par de elementos abiertos, en vano, hacia el silencio. Poco a poco fueron surgiendo algunas lágrimas, sus límpidas pupilas parecían vacilar...
Pensé que si no podía ser aquel mismo día, en la próxima visita iniciaríamos la terapia basada en la asociación de ideas libres. Lo mejor era preguntárselo directamente a ella, sin permitir ningún sentimiento de hostilidad hacia el psicoanalista, sentimiento posible dada su inestabilidad emocional. El doctor F., adicto a esta terapia y con tendencias a aplicarla en todos los casos, una vez obtuvo inmejorables resultados utilizándolos de forma contraria.
–A propósito de estar embarazada, ¿continúa manteniendo relaciones con él?
–Sí.
Al contrario de lo que me esperaba, me respondió claramente, como si mi pregunta la hubiera tranquilizado.
–Cuando entré a trabajar en la empresa, él era casi un niño. Trabajaba en mi mismo departamento y era el punto de atención de todo el público femenino. Por ello yo sentía una gran antipatía hacia él.
Reiko abrió su monedero y sacó una fotografía que guardaba detrás de su abono ferroviario.
–Éste es –me dijo.
Pude ver a un joven en camiseta y pantalón corto que sonreía sosteniendo un remo en una mano, parecía un miembro de cualquier club de universidad. Me dijo que había formado parte del club de remo como estudiante de la Universidad T. Era un hombre guapo, fuerte, alto y con una interesante expresión en su rostro. Tenía todas las cualidades requeridas por el sexo femenino.
–Esta foto pertenece a su época estudiantil; aquí aún aparece con su aire de estudiante y goza de buena reputación en la oficina –me explicó, acercándose para mirar junto a mí la fotografía.
–¡Caramba! –respondí casi a propósito.
Del resto de su historia entendí que Reiko, a los pocos meses de haber entrado a trabajar en la empresa, se había dado cuenta de la situación. Naturalmente, fue considerada como la rival de las demás empleadas, porque Ryuichi Egami, el muchacho de la foto, era el ídolo en el trabajo, aunque nadie le había robado aún el corazón. Reiko se mostraba fría ante él y él tampoco había mostrado ningún interés hacia ella. Entre las chicas se había formado una relación amistosa y pactaron la «no agresión» hacia el muchacho.
Una relación como aquélla, en la cual se finge poco interés, pero que se controla desde lejos, no hace más que aumentar el deseo de cada uno. Reiko, voluntariamente o no, acabó enamorándose de él sin apenas darse cuenta.
Mi objetivo no es hacer una descripción novelesca del caso y por lo tanto me limitaré a destacar unos cuantos aspectos y datos que me parecen de vital importancia.
Ryuichi y Reiko rápidamente se acercaron el uno al otro después de una ocasión en que se encontraron en la calle por pura casualidad. El joven le confesó que sentía una especial simpatía por ella desde el primer día que la vio, justo al llegar a la empresa.
Desde aquel encuentro, transcurridos ya unos meses, Reiko pudo comprobar a conciencia que Ryuichi no era un donjuán, ni una persona rastrera y aduladora. Todos estos aspectos actuaron favorablemente en la chica, que se mostraba ante mí como un ser sincero, enamorado, feliz y soñador.
La pareja se había convertido en inseparable, a pesar de sus esfuerzos por mantener su historia lo más secreta posible para que nadie de la empresa lo supiera. Después de dos meses de estar juntos, Reiko aceptó tener relaciones sexuales. A mí, por lo que ella me contaba, me resultó un tanto repentina y precipitada su forma de aceptar. Ésta fue nuestra conversación al respecto.
–¿Fue la primera vez?
–¿Qué quiere decir con eso?
–Es decir, ¿nunca había mantenido relaciones sexuales hasta ese momento?
Reiko me mostró sus tristes ojos y se manifestó cortada y avergonzada ante mí y ante el contenido de nuestra conversación. Otra vez en su mejilla relampagueó el tic como signo, quizá, de mal augurio. En aquel instante decidió continuar:
–De todos modos, será mejor que se lo cuente todo tal y como fue. Cuando Egami me propuso hacer el amor, fue horrible. No sé ni cómo contárselo, me preocupé mucho y me sentí fatal. Yo he nacido en una familia decente y eso siempre lo he respetado. En mi época estudiantil tenía algunos amigos, pero yo me mostraba ante ellos como ejemplo de decencia y firmeza.
»El caso es que desde que conocí a Egami yo también, como hacen otras chicas, pensaba en nuestro matrimonio y en nuestra unión; cuanto más me enamoraba de él, más aumentaba mi miedo acerca de la convivencia y la vida en común. Desarrollé en mí un enorme deseo de convertirme en bella y limpia para él, pero sólo con imaginar un posible fracaso me invadía una terrible y atroz sensación de inseguridad.
»A decir verdad, mi prometido de la infancia no me gustaba en lo más mínimo, pero por desgracia fue él quien me robó la virginidad. Como consecuencia de ello, le detesto profundamente. También ésta es la causa de mi huida y permanencia en Tokio.
»Si Egami se enterara, yo no sé qué haría. La verdad es que preferiría morir.
»Yo sé que Egami me deseó a pesar de intuir mi probable negativa. Me sentía muy enamorada y todo se presentaba ante mí como una buena oportunidad, increíble e importante. Lo pensé muchísimo, pero finalmente decidí ceder y aceptar. Supongo que Egami, al hacer el amor conmigo, se dio cuenta de que yo no era limpia, que había perdido la virginidad. Aun así, no me dijo nada. Eso ayudó a destrozar mi orgullo. Siempre guardaba silencio sobre el tema, nunca hacía ninguna referencia al respecto. Este hecho me produjo una especie de recelo que me hizo sospechar que él podría utilizar todo eso en mi contra en el momento en que yo le pidiera matrimonio.
»Creo que mi recelo y mis sospechas habían dado con la verdad, ya que Egami nunca me ha pedido que me case con él. Nuestra relación continuó sin ningún tipo de aclaraciones al respecto y desde este verano aparecieron los síntomas que le he explicado antes. Es muy triste, pero le quiero cada vez más y tengo miedo de pensar hasta dónde me puede arrastrar este amor.
Mi clínica, por supuesto, no es un consultorio de problemas amorosos y, sin embargo, algunos de mis pacientes me hacen pensar en esas cartas sentimentales dirigidas a periódicos y revistas del corazón. Desde luego, el nivel de su historia romántica no despertaba un especial interés en mí, pero lo que me hacía dudar era su forma de hablar y su expresión al relatar lo acontecido, ambas demasiado lógicas y ordenadas. Es raro que una mujer que puede contar su experiencia amorosa de ese modo sufra síntomas tan evidentes de histeria.
Veía claro que en este caso cualquier tic, anorexia o náusea, todos ellos comunes en la muchacha, no formaban parte de enfermedades internas, sino de consecuencias de su histeria.
Las terapias psicoanalíticas se suelen realizar a diario o a días alternos en Estados Unidos, por supuesto. En Japón tan sólo se llevan a cabo una vez a la semana. Por ejemplo, hoy mismo he reservado para ella la hora de diez a once de la mañana. La semana que viene nos veremos el mismo día y a la misma hora. Volviendo al tema de Estados Unidos de América, quizá debamos destacar la confianza compartida por médico y cliente hacia esos métodos, hecho no tan frecuente en mi país.
No hace falta que diga que el paciente –mi paciente– se compromete a aceptar cualquier propuesta que yo haga. Ellos deben asumir sus responsabilidades y cumplir con sus obligaciones. Deben, de igual manera, pagar los honorarios, y aunque una cita quede anulada por problemas personales, la deben abonar igualmente.
El tiempo de la primera visita de Reiko finalizó. Ella me pagó lo acordado y regresó, según me dijo, a su casa, quedando citada para la próxima sesión.
Como he mencionado antes, la segunda visita debía ser el mismo día y a la misma hora una semana más tarde, pero a los cinco días de nuestro primer encuentro recibí una carta. La carta decía que no podría venir a la segunda entrevista y estaba correctamente firmada por ella. Decía lo siguiente:
«Doctor Shiomi:
»Yo estaba ilusionada con la posibilidad de gozar del descanso posterior a su visita, habiéndole contado todo cuanto guardaba dentro de mí misma, acumulado durante tanto tiempo. Sin embargo, la realidad fue distinta y experimenté lo contrario de lo que había imaginado.
»Doctor, ¿qué me ha pasado?
»Piense que desde el día siguiente a nuestro primer encuentro mi rostro no ha gozado de descanso alguno. En mi cara se repiten las convulsiones. Si hago el menor esfuerzo por vencerlas, éstas se convierten en más fuertes. Por ello ya no me veo capaz ni de asistir al trabajo.
»Por otra parte, no tengo apetito y no puedo ni ver la comida.
»Sé que puedo morir y, por ello, me esfuerzo en ingerir algún alimento que mi cuerpo repele y expulsa con el vómito segundos más tarde. Las náuseas son constantes después de haber comido.
»Ya lo ve usted, frente a tal resultado debo responder con una negativa a su tratamiento y anular nuestra segunda cita. Estoy completamente segura de que, si sigo sus consejos, mi situación empeorará. Tengo mucho miedo y no sé qué debo hacer.
»Se lo repito: a pesar de que usted, muy profesional, me dio hora de visita, lamento tener que decirle que no asistiré a ella.
»Por cierto, el otro día le oculté, intencionadamente, un hecho que me parece de vital importancia. Usted ya sabe que en las primeras visitas pueden darse algunas muestras de cierta falta de valor por parte del paciente, por ello no creo que deba tomármelo en cuenta. Pues bien, esto sería como un autodiagnóstico. Puede ser que los síntomas se deriven precisamente de aquello que le oculté. No obstante, yo venía con la idea de ser sincera, pero, en parte por remordimiento y en parte por temor, no lo fui. Quizá se trate tan sólo de una insignificancia. No tiene sentido, ¿no le parece?».
Esta carta, al parecer, fue escrita serenamente. Sin embargo, en ella se refleja al final una contradicción total y evidente. Primero, habla de algo importante, pero líneas más abajo lo tacha de insignificante. Además, Reiko añadió su número de teléfono junto a su dirección de forma intencionada. Esto me hizo pensar que, al contrario de lo que me decía en su carta, deseaba volver de nuevo a mi consulta. Quería continuar, pero antes deseaba ser suplicada. Empecé a distinguir en Reiko su ego tremendamente fuerte y poderoso, ego que no pude ver en un primer momento. «Demasiado pronto –pensé yo– desafía a su analista, a quien ha visto tan sólo en una ocasión.» Tuve claro que Reiko había empeorado, pero que en su empeoramiento había una parte de desafío, hacia mí. Rápidamente la llamé por teléfono a su apartamento, mas no me contestó nadie. Más tarde lo intenté de nuevo, y tampoco; me dije que a la tercera lo cogerían, y así fue. Llamé a las cinco de la tarde y no tardaron ni un segundo en descolgar el auricular. Era ella que, sin vacilar, dio una excusa. Dijo que había pasado el día entero fuera de casa y que acababa de llegar. De hecho, yo ya estoy acostumbrado a trucos semejantes y por ello no me sentí humillado en lo más mínimo. Tener que suplicar para que aceptara vernos de nuevo, tal y como en un principio acordamos, me fue fácil. Le dije humildemente:
–El empeoramiento del que usted me habla forma parte de una sintomatología natural, se trata de una reacción correcta, no hay nada por lo que debamos preocuparnos. Tan sólo debemos tomarlo como una muestra y concluir hablando de los aspectos positivos derivados de nuestra primera sesión. Piense que es una lástima venir sólo una vez y abandonar. Yo entiendo que a usted le pueda resultar un sacrificio, pero le ruego y le pido, por favor, que venga pasado mañana.
–¿Le hace ilusión verme de nuevo? –me respondió Reiko de modo ambiguo y con voz un tanto ronca.
–Claro que sí.
–¿De veras...? Bueno, de acuerdo; le visitaré.
Y así fue. Reiko llegó a mi consulta a la hora convenida. La observé y pude distinguir en ella el resultado de un cierto cambio. Llevaba un abrigo gris muy sobrio, bajo el cual se ocultaban una falda y una especie de blusa del mismo color.
Tal y como estaba previsto, entramos en la sala de análisis. Ella se sentía inquieta y nerviosa. Rápidamente empezó a hablar:
–Estoy avergonzada, pero sé que si no le cuento lo que hay en mi interior, usted no podrá ayudarme nunca. Por lo tanto, doctor, me he decidido a decírselo. Por favor, no me mire a la cara, le suplico que se coloque de cara a la pared... ¡Eso es!, ahora está bien.
»Yo no he sentido nada en mi relación sexual con Egami. Ya sé que se trata de un hombre sumamente atractivo y con un cuerpo perfecto. Es del todo mi tipo y, además, sabe cómo debe tratar a las mujeres. Sabe enamorar. Sé también de su multitud de experiencias con el sexo femenino, chicas de fuera de la empresa, pero aun así, sintiéndome enamorada y celosa, no experimento ninguna sensación de placer.
»Yo no dejaba de pensar que una próxima vez sería mi salvación y que finalmente lo lograría, pero llegó la siguiente vez y tampoco fue como yo imaginaba. Recuerdo su cara de aburrimiento y su expresión de cansancio, en una ocasión concreta, después de haber hecho el amor. Por ello decidí actuar, fingir. Usted sabe tan bien como yo que este tipo de comedia no se puede llevar adelante durante mucho tiempo. El sentir debe ser real y no un engaño o una falsa actitud. Además, en aquellos momentos me invadía la tristeza y me avergonzaba de la pena que sentía hacia mí misma. El ridículo se apoderó de mí. Me preocupaba que decidiera abandonarme o que se sintiera disgustado. Una vez leí algo sobre el tema, algo como que si la mujer no siente, el hombre queda herido en su amor propio y empieza a odiarla. También puedo recordar que un día, como si de una broma se tratara, después de uno de nuestros encuentros amorosos, Egami me miró y me dijo: “Dudo de que me quieras en serio”. Aquellas palabras me dolieron. Sufrí tanto que sentí cómo mi corazón se iba desgarrando poco a poco.
»Doctor: yo le amo profundamente, tanto, que me estoy volviendo loca. En cambio, en los momentos cruciales me muestro totalmente al contrario de lo que siento. La verdad, doctor, no sé cómo resolver mi problema. Estoy desesperada. Durante este verano empezaron las molestias de las que lehablé y a consecuencia de ellas acudí a usted. Yo ya conozco la causa, la razón por la cual me siento desaparecer. Quiero que usted me analice y que me haga sentir. Si yo percibo de nuevo, los síntomas de mi enfermedad morirán.
Yo dejé hablar a su manera a Reiko y que dijera lo que creía que debía decir. Cuando me volví hacia ella y le dirigí una primera mirada, sus mejillas habían enrojecido, sus ojos brillaban. No pude ver ni el triste asomo de uno de sus tics. Ella continuó hablando y dijo algo que me pareció sorprendente:
–¿Se acuerda de cuando le conté que no podía oír la música? –Yo asentí–. Pues aquello fue una mentira. No crea que intenté ponerle a prueba con mis afirmaciones. No era mi intención engañarle, pero simplemente me sentí incapaz de comunicarle que no sentía nada. Aquella expresión me sirvió de metáfora para ver si usted podía interpretar, a partir de ella, lo que me sucedía y que pretendía ocultar en parte a través de aquel pequeño juego verbal.
