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«El mar de la fertilidad» es una tetralogía en la que Yukio Mishima abarca a través de su inconfundible mundo narrativo la evolución del Japón desde comienzos del siglo XX hasta los años 1960, expresando su rebeldía contra una sociedad que él consideraba sumida en la decadencia moral y espiritual. Obra póstuma(pues fue concluida el mismo día en que el autor se suicidó siguiendo el ritual del "seppuku"), "La corrupción de un ángel" (1974) es la última novela de la serie que vertebra como testigo y protagonista Shigekuni Honda. Situada en los años 70, la historia de ilusión y desencanto que desarrolla tiene como ejes la preocupación por la vejez y el fin de las ilusiones, la consideración del suicidio como medio para sortear el dolor de la existencia, la admiración por la virilidad y la belleza, y el horror por la vulgaridad del mundo moderno. "Nieve de primavera", "Caballos desbocados" y "El templo del alba", novelas todas ellas que admiten una lectura independiente, completan el resto de la tetralogía.
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Seitenzahl: 369
Veröffentlichungsjahr: 2017
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Yukio Mishima
La corrupción de un ángel
El mar de la fertilidad (4)
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Créditos
Mar afuera, la neblina tornaba negros los barcos lejanos. Aun así el día era más claro que el precedente. Podía distinguir las crestas de la península de Izu. El mar de mayo se hallaba tranquilo. El sol era fuerte, apenas había mechones de nubes y el mar estaba azul.
Contra la orilla rompían diminutas ondas. Pero antes de quebrarse había algo de repelente en los colores de ave nocturna de las panzas de las ondas, como si contuvieran todas las variedades desagradables de algas marinas.
El batir del mar, jornada tras jornada, diaria repetición del batir del mar de leche en la leyenda india. Tal vez el mundo no le permitía reposo. Tal vez algo en el mar conjuraba toda la maldad que había en su naturaleza.
La turgencia del mar de mayo, agitando incansable e inquieto sus reflejos, una miríada de diminutos clavos.
Tres aves parecieron trocarse en una en lo alto del cielo. Luego se separaron en desorden. Había algo maravilloso en aquella unión y en aquella separación. Tenía que significar algo aquel llegar, tan juntas que podían sentir el viento agitado por otras alas; y luego, de nuevo, la distancia azul entre ellas. Tres ideas se fundirán alguna vez en nuestros corazones.
El negro casco de un pequeño mercante, cuya chimenea lucía como emblema una montaña sobre tres líneas horizontales, brindó con su relieve una sensación de grandeza y repentina pujanza.
A las dos de la tarde el sol se envolvió en un tenue capullo de nubes, un gusano blanquecino y brillante.
El horizonte era un acerado arco de azul oscuro que encajaba perfectamente en el mar.
Por un instante, en un solo punto de la orilla, una blanca ola se alzó como un ala blanca y tornó a caer. ¿Qué significaría aquello? Tenía que ser alguna gran señal o quizás una grandiosa fantasía.
Ascendía poco a poco la marea, crecían las olas, la tierra yacía ante el más fuerte de los acosos. El sol se ocultaba tras nubes y el verde del mar cobró tonos sombríos y un tanto coléricos. Una larga línea blanca se extendía por encima, de este a oeste, como una especie de gigantesco triángulo invertido. Parecía liberarse de la llana superficie y, cerca, hacia el vértice, unas líneas en abanico se perdían sombríamente en el mar verde oscuro.
El sol salió de nuevo. Otra vez dio el mar terso cobijo a la blanca luz y a las órdenes de un viento del sudoeste, sombras innumerables, como lomos de leones marinos, se desplazaron hacia el nordeste y el noroeste, manadas inmensas de olas que se alejaban de la costa. La luna lejana mantenía un férreo dominio de la marea.
Nubes aborregadas cubrieron la mitad del cielo y su línea superior cercenó quedamente el sol.
Dos pesqueros se hicieron a la mar. Más allá navegaba un mercante. El viento cobró más fuerza. Del oeste llegó un pesquero como si hubiera de señalar el comienzo de una ceremonia. Era una humilde embarcación; pero, sin ruedas ni palas, avanzaba con una orgullosa gracia como si barriera la superficie con un vestido de cola.
Hacia las tres los cúmulos se tornaron más livianos. Por el cielo de mediodía las nubes se desplegaron como las timoneras de una blanca tórtola hasta arrojar una profunda sombra por encima del mar.
El mar: un mar sin nombre, el Mediterráneo, el mar del Japón, la bahía de Suruga, aquí ante él; una vasta, innominada y absoluta anarquía, captada tras una larga pugna como algo llamado «mar», mas en realidad rechazando ese nombre.
Cuando el cielo se cubrió el mar se sumió en una hosca meditación, tachonado por diminutos puntos de color de un ave nocturna. Se erizó con olas espinosas como la rama de un rosal. En las propias espinas había indicios de tersura. Las espinas del mar eran tersas.
Tres y diez. No había barcos a la vista.
Muy extraño. Todo el vasto espacio se hallaba abandonado.
Ni siquiera alas de gaviotas.
Luego, hacia el poniente, surgió y desapareció un barco espectral.
La península de Izu quedó envuelta en la niebla. Durante algún tiempo dejó de ser la península de Izu. Era el fantasma de una península perdida. Luego desapareció por completo. Se había tornado una ficción en el mapa. Tanto los barcos como la península pertenecían al «absurdo de la existencia».
Aparecía y desaparecían. ¿En qué diferían?
Si la visibilidad era la suma del ser, entonces, el mar, mientras no se perdiera en la niebla, existía allí. Se hallaba sinceramente presto a la existencia.
Un solo barco trocó todo.
Cambió toda la composición. Desgarrando toda la trama del ser, un barco fue acogido por el horizonte. Se rubricó una abdicación. Todo un universo quedó arrumbado. Un solo barco a la vista para arrojar de allí al universo que había velado su ausencia.
Múltiples cambios en el color del mar, instante tras instante. Cambios en las nubes. Y la aparición de un barco. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Qué eran aquellos sucesos?
Cada instante les traía unos eventos, más transcendentales que la explosión del Krakatoa. Pero nadie los advirtió. No vale la pena tomar en serio la pérdida de un universo.
Los sucesos son los indicios de una reconstrucción, de una reorganización interminable. El tañido de una lejana campana. Un barco aparece y tañe la campana. En un instante el sonido hace todo suyo. En el mar son incesantes y la campana tañe continuamente.
Un ser.
No es preciso que sea un barco. Para que la campana empiece a tañer basta una sola naranja agria, surgida quién sabe de dónde.
Tres y media de la tarde. Una sola naranja agria manifestó su existencia en la bahía de Suruga.
Oculta tras una ola y apareciendo de nuevo, flotando y hundiéndose como un ojo que parpadeara incesantemente, el brillante puntito anaranjado iba poco a poco hacia oriente, entre las ondas próximas a la orilla.
Tres y treinta y cinco. Por poniente, de la dirección de Nagoya apareció, tétricamente, un negro casco.
El sol se hallaba tras las nubes, como un salmón ahumado.
Tôru Yasunaga apartó el ojo del catalejo de treinta aumentos.
Aún no se veía rastro del mercante Tenrô-maru, que debía estar en el puerto a las cuatro.
Volvió a su mesa y distraídamente pasó la mirada por los avisos del tráfico portuario de Shimizu.
Arribadas previstas. Navegación no regular. Sábado, 2 de mayo de 1970.
Tenrô-maru, japonés, 16,00. Naviera Taishô. Agente, Suzuichi. Procedente de Yokohama. Fondeadero 4-5, muelle Hinodé.
Shigekuni Honda tenía setenta y seis años. Tras la muerte de su esposa Rié solía viajar solo. Elegía lugares de fácil acceso que no le cansaran en demasía.
Había visitado los altos de Nihondaira que dominan el Fuji y al regreso se había detenido junto al pequeño bosque de Mio y contemplado tesoros tales como el paño, probablemente del Asia interior, del que se decía que era un fragmento de la túnica del ángel. Cuando inició el retorno a Shizuoka descubrió que deseaba hallarse solo durante un tiempo en la costa. No importaría gran cosa que perdiera su tren. El viaje de regreso a Tokio le llevaría poco más de una hora.
Detuvo el taxi y ayudándose con un bastón recorrió los cincuenta metros que le separaban de la costa de Komagoé. Cuando contempló el mar se preguntó si ésta sería la playa de Udo, identificada en el siglo XIV por Ichijô Kanera como el lugar exacto en que cayó el ángel. Se acordó también de la costa de Kamakura en su juventud. Dio la espalda al mar. La playa estaba tranquila. Jugaban los niños y había dos o tres pescadores de caña.
Hasta aquel instante, atento al mar, no se había dado cuenta pero entonces sus ojos repararon en la rústica tonalidad rosácea de un convólvulo bajo el malecón. En la arena, a lo largo del murallón los vientos marinos habían amontonado basura y desperdicios: botellas vacías de Coca-Cola, latas de conserva, botes de pintura, bolsas de plástico no degradable, paquetes de detergente, ladrillos y huesos.
Las heces de la vida en tierra se habían precipitado contra la inmensidad. El mar, inmensidad hasta entonces no encontrada. Las heces, como el hombre, se mostraban incapaces de enfrentarse con su final como no fuese en la más horrible y sucia de las maneras.
Unos pinos dispersos a lo largo del ribazo despedían floraciones como rojas estrellas de mar. A la izquierda, en un retazo del terreno, los rábanos silvestres lucían, ignorados, blancas flores de cuatro pétalos. Pinos pequeños flanqueaban la carretera. Lo demás era tan sólo una enorme extensión de tejados de plástico para proteger los fresales. Bajo una multitud de semiesferas de plástico los fresales arrastraban sus frutos sobre terrados de piedra entre una profusión de hojas. Las moscas corrían por los bordes serrados de las hojas. Hasta donde alcanzaba su mirada llegaban, una contra otra, las semiesferas prefabricadas de un desagradable color blanco, hacinadas. Y entonces Honda reparó en algo que no había visto antes: una estructura que destacaba como una torrecilla entre las semiesferas.
Justo al lado de la carretera comarcal en donde se había detenido el taxi y sobre una plataforma de hormigón desproporcionadamente alta surgía aquella caseta de dos pisos. Resultaba demasiado elevada para garita de vigilancia de los fresales y demasiado humilde para ser una oficina. Tres de sus fachadas estaban casi enteramente ocupadas por ventanales.
Curioso, ascendió hasta lo que parecía ser un patio. Sobre la arena se amontonaban en desorden blancos marcos de ventanas. Fragmentos de cristales reflejaban fielmente las nubes. Alzó los ojos y vio en una ventana lo que parecían ser viseras para las lentes de un catalejo. De la plataforma de hormigón emergían dos grandes tubos de hierro, rojos de herrumbre, que desaparecían después bajo tierra. Con pasos inseguros Honda cruzó los tubos y empezó a subir por un tramo de desgastados peldaños de piedra.
Al pie de la escalera de hierro que conducía a la caseta había un cartel resguardado.
Decía en inglés:
ESTACIÓN DE TRANSMISIONES DE TEIKOKU
Y en japonés:
TEIKOKU, COMPAÑÍA DE TRANSMISIONESY COMUNICACIONES. DELEGACIÓN DE SHIMIZU.
Aviso de arribadas, partidas y amarres.
Detección y prevención de accidentes en el mar.
Comunicaciones tierra-mar.
Información meteorológica marina.
Recepción y despacho de naves.
Otros servicios relacionados con la navegación.
A Honda le gustó la blanca pintura de las palabras, casi desconchada aquí y allá, con el nombre de la compañía trazado en caracteres antiguos. De la lista de servicios y funciones brotaba con fuerza, incontenible, el aroma del mar.
Miró escalera arriba. Todo estaba en silencio.
Abajo y tras él, hacia el noroeste, más allá de la carretera comarcal y de la ciudad, en donde los molinetes reflejaban la luz sobre las grímpolas que reproducían carpas en los tejados nuevos de azules tejas, se extendía el complejo portuario de Shimizu, un entramado de grúas en tierra y cabrias en los barcos, los blancos silos de las factorías y los negros cascos, el hierro descolorido por los vientos marinos y las chimeneas repintadas, una masa detenida en la costa y la otra llegada de todos los mares. Allí, en la distancia yacía desnudo el mecanismo del puerto, congregado en el lugar prescrito, deslumbrante de parte a parte. Y la serpiente reluciente y desmembrada del mar.
A lo lejos, el Fuji asomaba sobre las colinas. Únicamente era visible la cima como si una peña grande, blanca y aguzada hubiese sido alzada a través de la incertidumbre de las nubes.
Honda se detuvo a mirar.
La plataforma de hormigón era un depósito de agua.
Allí se conservaba el agua bombeada de un pozo y que servía para regar los fresales. La Compañía Teikoku de Comunicaciones había advertido las posibilidades de una plataforma tan elevada y alzado la caseta. Resultaba ideal para divisar las naves que por poniente venían de Nagoya o que por oriente llegaban de Yokohama.
Normalmente trabajaban allí cuatro señaleros en turnos de ocho horas. Pero uno de ellos llevaba enfermo largo tiempo y cada uno de los otros tres estaba de servicio veinticuatro horas seguidas. En el primer piso se hallaba el despacho del inspector, que sólo de vez en cuando llegaba de las oficinas instaladas en la zona comercial. Los tres señaleros disponían tan sólo, en el segundo piso, de un cubículo de desnudo suelo y apenas cuatro metros cuadrados, rodeado en tres de sus costados por ventanales.
Junto a una ventana había una mesa desde la que se podía ver en tres direcciones. Cara al sur había un catalejo de treinta aumentos; frente a las instalaciones del puerto por el este había unos prismáticos de quince aumentos y en la esquina del sudeste, para las señales nocturnas, se hallaba un transmisor óptico de un kilovatio. Completaban la instalación dos teléfonos sobre la mesa de la esquina del sudoeste, una estantería, mapas, banderas de señales ordenadas en altas repisas y en la esquina del noroeste una cocina, un armario y un catre. Frente a la ventana del este se alzaba una torre de acero, sustentadora de cables eléctricos. Sus aislantes de porcelana reflejaban el color de las nubes. Los cables descendían hasta la playa, en donde los sostenía una segunda torre. Después giraban hacia el nordeste para llegar a una tercera torre y luego, por la costa sobre torres plateadas cada vez más diminutas, alcanzaban el puerto de Shimizu. Desde este lugar la tercera torre constituía un excelente jalón. Cuando un barco penetraba en el puerto y cruzaba la tercera torre uno sabía que se aproximaba a la dársena 3-G, en donde se hallaban los muelles.
Incluso ahora la identificación se hacía a simple vista. Mientras que los caprichos de consignaciones y corrientes gobernaran los movimientos de las naves, éstas seguirían llegando demasiado pronto o demasiado tarde y no desaparecería un cierto romanticismo de la arribada. Se requerían observaciones más precisas para indicar a los funcionarios de aduanas y de cuarentena y a los estibadores y a los prácticos y a los lavaderos y a los avitualladores cuándo debían disponer sus servicios de recepción. Aún era más necesario contar con un árbitro imparcial que decidiera quién había de adelantarse cuando dos barcos entraban juntos y competían por el último fondeadero.
Ésa era la tarea de Tôru.
Había aparecido un barco bastante grande. El horizonte estaba ya oscuro y se requerían los ojos de un experto para precisar la identificación de la nave. Tôru se dirigió al catalejo.
En la clara atmósfera de la mitad del verano o del invierno había un instante en que un barco surgía abruptamente en el umbral superior del horizonte. En las neblinas del preludio del verano, semejante llegada significaba una separación gradual del fondo. El horizonte era como una larga, blanca y empapada almohada.
El tamaño de aquel negro mercante parecía el adecuado para el Tenrô-maru de 4.780 toneladas y el puente en popa también correspondía con lo que el registro había dicho a Tôru. La estela era blanca y limpia, como el puente. Había tres cabrias amarillentas. ¿Qué significaba aquella marca redonda y roja en las negras chimeneas? Tôru aguzó la vista: el signo de tai, «gran», en un círculo rojo. Naviera Taishô, sin duda alguna. Y mientras tanto la nave mantenía una velocidad de doce nudos y medio y amenazaba con escapar del campo visual del catalejo. Era como una mosca cruzando el cristal de una claraboya.
Aún no podía distinguir el nombre. Estaba seguro de que había tres caracteres y presentía que el primero era ten, «cielo».
Se volvió a la mesa y llamó por teléfono al agente.
–Oiga. Aquí Comunicaciones Teikoku. Dispóngase para la arribada del Tenrô-maru. Está a punto de cruzar la torre. ¿Carga? –Tôru evocó una imagen de la línea de flotación que dividía a la nave en rojo y negro–. Me parece que mediada. ¿Cuándo estarán los estibadores? ¿A las cinco?
Eso le daría una hora. Había crecido el número de lugares que deberían ser informados.
Tôru se afanó entre la mesa y el catalejo e hizo unas quince llamadas.
La oficina del práctico. El remolcador Shunyô-maru. La casa del práctico. Varios abastecedores. La patrulla de servicio en el puerto. Aduanas. La agencia una vez más. La sección administrativa portuaria de la oficina de control. El departamento de estadística para el pesaje de la carga. Las oficinas de la naviera.
–Está llegando el Tenrô-maru. Hinodé cuatro-cinco, por favor.
El Tenrô-maru se encontraba ya en la tercera torre. Cuando la imagen se desplazó hacia la costa fue distorsionada por las ondas de calor que se alzaban del suelo.
–Atención. El Tenrô-maru a la 3-G.
–Atención. Aquí Comunicaciones Teikoku. El Tenrô-maru está en la 3-G.
–¿Aduanas? Policía, por favor. El Tenrô-maru ha llegado a la 3-G.
–Atención. El Tenrô-maru está en la 3-G. Dieciséis quince.
–Atención. El Tenrô-maru llegó hace cinco minutos.
Las naves procedentes no del extranjero sino de Nagoya o Yokohama eran más frecuentes al final que al comienzo del mes. Yokohama estaba a ciento quince millas náuticas de allí, nueve horas y media a doce nudos. Tôru no tenía más obligaciones que la de mantenerse de guardia aproximadamente durante una hora antes de la llegada prevista. Hoy no habría más arribadas salvo la del Nitchô-maru, procedente de Keelung, que llegaría a las nueve de la noche.
Tôru siempre se sentía un tanto abatido cuando había concluido una ronda de llamadas. El puerto cobraría súbitamente vida. Él encendería un cigarrillo mientras observaba la agitación desde su remoto aislamiento.
En realidad no debería fumar. El inspector le reprendió una o dos veces cuando advirtió al principio la presencia del cigarrillo en la boca de un muchacho de dieciséis años. Después ya no dijo más. Sin duda había llegado a la conclusión de que lo más provechoso sería hacer como que no se daba cuenta.
El pálido rostro de Tôru, delicadamente esculpido, era como el hielo. No manifestaba emociones, ni afecto ni lágrimas.
Pero él conocía la felicidad de observar. La Naturaleza se lo había dicho. Ningún ojo puede ser más perspicaz y agudo que el ojo que nada tiene que crear, que no tiene más que mirar. El horizonte invisible más allá del cual no podía penetrar el ojo consciente era mucho más remoto que el horizonte visible. Y todo género de entidades surgían en las regiones visibles y accesibles a la conciencia. El mar, las naves, las nubes, las penínsulas, el rayo, el sol, la luna, las miríadas de estrellas. Si ver es una cita entre el ojo y el ser, es decir, entre el ser y el ser, entonces debe ser como las imágenes reflejadas de dos seres. No, se trataba de algo más. De ver más allá del ser, de cobrar alas como un pájaro. Transportaba a Tôru a un reino invisible para los demás. Allí incluso la belleza poseía unos confines podridos y costrosos. Tenía que haber un mar nunca profanado por el ser, un mar sobre el que jamás aparecieran los barcos. Tenía que haber un reino en donde en el límite de todas las capas diáfanas nada surgiera, nunca un reino de añil sólido y firme en donde la visión se despojara de todas las argollas de la conciencia y se tornara transparente, en donde los fenómenos y la conciencia se disolvieran como el óxido plúmbico en ácido acético.
Para Tôru la felicidad consistía en lanzar sus ojos hasta tales distancias. No existía para él manera más completa de desembarazarse de su ser que la propia visión. Sólo los ojos le brindaban el olvido, menos cuando observa su imagen en un espejo.
¿Y quién era Tôru?
Un muchacho de dieciséis años que se hallaba completamente seguro de no pertenecer a este mundo. Sólo la mitad de él estaba aquí. La otra se hallaba en el reino de añil. No existían en consecuencia leyes ni normas que le gobernasen. Él se limitaba a simular que se hallaba sometido a las leyes de este mundo. ¿Dónde están las leyes a las que ha de someterse un ángel?
La vida era sorprendentemente simple. No le inquietaban la pobreza y las privaciones, las contradicciones de la sociedad y de la política. De vez en cuando permitía que una tibia sonrisa asomara a sus labios pero no había en ella simpatía. Era el último signo de rechazo de la humanidad, una invisible saeta lanzada por el arco de sus labios.
Cuando se cansaba de observar el mar tomaba de la mesa un espejo de mano y se miraba. En aquella cara pálida y bien conformada había unos bellos ojos, siempre rebosantes de la medianoche. Las cejas eran finas pero orgullosas, los labios tersos y firmes. Pero los ojos eran el rasgo más bello. Resultaba irónico que sus ojos fuesen la parte más bella de su ser físico, que fuera el más bello el órgano que determinara su propia belleza.
Las pestañas eran largas y la mirada, profundamente cruel, parecía al principio perdida en una ensoñación.
Este huérfano, uno de los elegidos, diferente de los demás hombres, sentía una confianza completa en su propia pureza, sea cual fuere el mal que pudiese obrar. Su padre, capitán de un mercante, había perecido en el mar y su madre murió poco después. Fue acogido por un tío arruinado. Tras graduarse en la escuela secundaria pasó un año en el centro de adiestramiento de la prefectura, se licenció como señalero de tercera clase y fue contratado por Teikoku Comunicaciones.
Tôru nada sabía de los callos petrificados por los ultrajes de la pobreza, como glóbulos de ámbar endurecido que nace de la savia manada a través de una corteza herida. Su corteza había sido siempre dura. La espesa y dura corteza del desdén.
El placer de ver, en donde todo era patente y conocido, residía tan sólo en el horizonte invisible, mucho más allá del mar. ¿Por qué tenía que ser una sorpresa? Al margen del hecho de que el engaño llegara puntualmente cada mañana a cada puerta, como la leche.
Conocía sus propias facultades hasta en sus más nimios extremos. Su sistema de inspección era impecable. Nada existía inconscientemente en él.
–Si yo llegara a hablar o a obrar, movido por el más mínimo impulso subconsciente, el mundo quedaría inmediatamente destruido. El mundo debería agradecerme mi conciencia de mí mismo. En la conciencia nada hay de qué sentirse orgulloso, es sólo una cuestión de dominio.
Tal vez, pensaba a veces, él era una bomba de hidrógeno dotada de conciencia. En cualquier caso estaba claro que no era un ser humano. Tôru era un muchacho meticuloso. Se lavaba las manos infinidad de veces al cabo del día. Constantemente restregadas, aparecían blancas y secas. Ante el mundo pasaba tan sólo por ser un chico limpio y aseado.
Se mostraba indiferente al desorden fuera de sí mismo. Se le antojaba síntoma de enfermedad preocuparse por las arrugas en los pantalones de otro. Los pantalones de los políticos eran un desorden de podredumbre y arrugas. ¿Pero qué importaba eso?
Oyó un ligero golpe en la puerta escaleras abajo. El inspector siempre abría aquella puerta mal encajada como si aplastara una caja de cerillas y ascendía estruendosamente los peldaños. No podía ser él.
Tôru deslizó sus pies en las sandalias y bajó por la escalera de madera. Se dirigió a la forma rosácea en cristal turbio, pero no abrió la puerta.
–Aún es temprano. Puede llegar hasta las seis. Vuelve después de cenar.
–¿Cómo? –Inmóvil por un instante, la forma turbia se alejó.
–Entonces volveré. Tengo muchas cosas de qué hablar.
–Sí, vuelve.
Tôru se colocó tras la oreja el cabo de lápiz que sin razón alguna había llevado consigo y corrió escaleras arriba.
Como si hubiera olvidado a quien llamó, empezó a observar la aproximación del ocaso.
El sol se pondría tras las nubes, pero ese momento llegaría a las seis y treinta y tres. Aún quedaba más de una hora. El mar estaba tornándose gris y la península de Izu, por un tiempo invisible, retornó tenuemente, como perfilada en tinta.
Dos mujeres cruzaban entre las cubiertas de plástico con cestas de fresas a la espalda. Más allá se extendía el mar como metal en bruto. Alineado con la segunda torre un mercante de quinientas toneladas había permanecido anclado toda la tarde. Había zarpado pronto, al parecer para ahorrarse los derechos portuarios, y luego echó anclas con objeto de proceder a una pausada limpieza; una vez concluida, el barco levaba anclas de nuevo.
Tôru se dirigió a la cocina. Contenía un pequeño fregadero y un hornillo de propano. Calentó su cena. Sonó el teléfono. Control del puerto. Se había recibido un mensaje del Nitchô-maru, confirmando que arribaría a las nueve.
Después de cenar leyó el periódico vespertino. Tomó conciencia de que aguardaba a quien había llamado antes.
Siete y diez. El mar se envolvió en la noche. Sólo parecía resistir el blanco de las cubiertas de plástico, como una capa de escarcha.
La vibración de motores ligeros resonó en los cristales. La flotilla pesquera había partido de Yaizu, a la derecha, rumbo a los bancos de sardinas frente a Okitsu. Cruzaron las luces verdes y rojas del centro de las embarcaciones, quizás unas veinte, pugnando por el primer puesto. La palpitación de las luces en el mar brindó una manifestación visual al esfuerzo primitivo de los motores.
Durante un tiempo la noche en el mar fue como una fiesta aldeana. Como una masa desordenada de peregrinos, cada uno con una linterna en la mano y pugnando ruidosamente por llegar a un oscuro templete. Tôru sabía que los barcos estarían hablándose. Apresurados, peleando por el umbral del mar, soñando con una espléndida captura, vitales y agresivos, brillantes los músculos que olían a pescado, estarían hablándose con megáfonos, mar afuera.
En el silencio que siguió a aquella agitación, el rumor del tráfico en la carretera comarcal mantuvo su firme zumbido. Tôru oyó llamar a la puerta. Sería Kinué otra vez.
Bajó y abrió la puerta.
Kinué, con su jersey rosa abierto por delante, se hallaba bajo la luz. Lucía en el pelo una gardenia grande y blanca.
–Entra –dijo Tôru con vigor masculino.
Tras una sonrisa de delicada desgana, como sólo puede permitirse una gran belleza, Kinué entró. Una vez arriba dejó sobre la mesa de Tôru una caja de chocolatinas.
–Para ti.
–Eres demasiado buena conmigo.
Los crujidos del celofán inundaron la estancia. Tôru abrió la caja rectangular y tomando una chocolatina sonrió a Kinué.
Siempre la trataba como si fuese una gran belleza. Ella se sentó más allá del transmisor luminoso. Tôru se sentó ante la mesa. Ocuparon sus posiciones a una distancia predeterminada y discreta como si estuvieran dispuestos a huir escaleras abajo.
Cuando él se colocaba ante el catalejo apagaba todas las luces, pero en cualquier otro momento los tubos fluorescentes del techo iluminaban brillantemente la habitación. La gardenia en el pelo de Kinué cobró un lustroso resplandor blanco. Bajo aquella flor su fealdad era verdaderamente espléndida.
Era una fealdad que no pasaría desapercibida a nadie. No guardaba ninguna relación con esa fealdad mediocre que en el momento y en el lugar adecuados se troca en una especie de belleza, ni con la fealdad que revela la belleza de un espíritu. Era fealdad y no cabía describirla como nada más. Era un don del cielo, una perfecta fealdad, negada a la mayoría de las muchachas.
Pero Kinué se sentía constantemente angustiada por su belleza.
–Lo bueno de ti –dijo, preocupada por sus rodillas y tirándose de la corta falda–, lo bueno de ti es que eres el único que nunca se propasa. Claro que eres un hombre y nunca podré sentirme suficientemente segura. He de advertirte. Si llegas a propasarte no volveré ni te veré más. Ése será el final. ¿Me prometes que tú al menos nunca te propasarás?
–Lo prometo solemnemente.
Tôru alzó la mano para dar más fuerza a sus palabras. Tenía que mostrarse muy serio en tales cuestiones cuando se hallaba con Kinué.
Cada conversación era precedida por ese compromiso. Una vez formulado, los modales de ella cambiaban. Se despojaba de su envaramiento, se relajaba su figura sedente. Tocó la gardenia en su pelo como si fuera a romperse. Le sonrió desde su sombra y tras un hondo y repentino suspiro, empezó a hablar.
–Soy tan desgraciada que podría morirme. Dudo incluso de que pueda esperar que un hombre comprenda lo que significa para una mujer ser bella. Los hombres no respetan la belleza. Cualquier hombre que me mira siente los más despreciables deseos. Los hombres son bestias. Yo tendría más respeto por ellos de no haber nacido tan bella. En cuanto un hombre me mira se convierte en una bestia. ¿Cómo es posible que yo respete a un hombre? La belleza de una mujer se halla ligada a las cosas más horribles y para una mujer no existe peor insulto. Ya no me gusta ir al centro de la ciudad. Cada hombre con el que me cruzo, sin excepción, me mira como un perro babeante. Allí voy caminando tranquilamente por la calle y cada hombre que viene hacia mí tiene en sus ojos una mirada que dice la deseo, la deseo, la deseo. Todos con la misma mirada en sus ojos que sólo puede significar esas palabras. Simplemente caminar por la calle me abruma. Ahora mismo, en el autobús, uno quiso propasarse. Odioso.
Extrajo del jersey un pañuelito floreado y se frotó con elegancia los ojos.
–Era un chico de buena apariencia, a mi lado. De Tokio, me imagino. Llevaba una enorme bolsa de dos asas sobre las rodillas y una gorra de visera. De perfil se parecía un poco a ... –y mencionó el nombre de un cantante popular–. No dejaba de mirarme y yo me dije, ya estamos otra vez. La bolsa era toda blanda y blanca como un conejo muerto. Metió la mano allí para que nadie pudiera verle y luego tendió un dedo y me tocó la pierna. Aquí mismo. En el muslo y también más arriba. Me quedé sorprendida, puedo asegurarte. Y la cosa era aún peor porque el chico parecía formal y educado. Chillé y di un salto. Los demás viajeros me miraron y mi corazón latía con tanta fuerza que no pude decir nada. Una señora muy amable me preguntó qué me pasaba. Yo iba a decirle que aquel hombre se había propasado conmigo. Pero él estaba rojo y miraba al suelo y yo soy demasiado buena. No pude explicarle lo que había sucedido. No tenía ninguna obligación de encubrirle pero dije que pensaba que habría sido un clavo, que la gente debiera tener cuidado con aquel asiento. Todos dijeron que eso era muy peligroso y observaron extrañados el almohadillado. Era de color verde. Alguien declaró que yo debería presentar una reclamación pero respondí que no valía la pena, que me bajaba en la siguiente parada. Y me bajé. Mi asiento seguía vacío cuando arrancó el autobús. Nadie deseaba correr ningún riesgo. Todo lo que vi fue un pelo negro brillando bajo la gorra de visera. Éso es lo que pasó. Me alegro de no haber perjudicado a nadie. Yo fui la única que salí perdiendo y me alegro. Ése es el destino de una persona bella. Simplemente aceptar toda la fealdad que hay en el mundo y ocultar la herida y morir sin revelar el secreto. Eso es suficiente. ¿No crees que una chica bonita y de buena figura tiene más probabilidades de convertirse en ángel? Te lo digo a ti y a nadie más. Tú eres capaz de guardar un secreto.
–Sí, es cierto. Sólo una mujer bella puede saberlo verdaderamente y ella ve en los ojos de un hombre la fealdad del mundo, el modo en que desaparece la verdadera forma de un ser humano.
Cada vez que Kinué pronunciaba la palabra «bella» era como si reuniera toda la saliva que guardaba dentro de sí y la escupiera.
–Una mujer bella mantiene el infierno a distancia. Recibe del otro sexo todas esas cosas horribles, las escupe, sonríe y lo llama destino. Así es una mujer bella. Realmente una vergüenza. Nadie sabe hasta qué punto. Es una desgracia que sólo alguien tan bello como ella puede comprender y no hay en realidad una sola persona que sea capaz de entenderla. Me corren estremecimientos por la piel cada vez que otra mujer dice que desearía ser tan bella como yo. Esas personas nunca comprenderán nuestro infortunio. Jamás. ¿Cómo es posible que entiendan la soledad de una joya? Pero un diamante se mantiene puro de la sucia codicia y yo me mantengo siempre pura de las sucias ideas. Si las personas supieran lo que es verdaderamente la belleza se arruinarían todos los salones de belleza y los especialistas de cirugía plástica. Quienes creen que es bueno ser bello son únicamente los que no lo son. ¿No es cierto?
Tôru hacía girar entre sus dedos un lápiz verde hexagonal.
Kinué era hija de un rico terrateniente. Se había mostrado un tanto extraña después de unos amoríos desgraciados y había permanecido seis meses en una clínica mental. Padecía un curioso síndrome denominado depresión delirante, intoxicación depresiva o algo por el estilo. Desde entonces no había dado muestra de ninguna otra perturbación grave y había llegado al convencimiento de que era la muchacha más bella del mundo.
Su engaño le había inducido a romper el espejo que tanto le atormentaba y a huir hacia un mundo sin espejos. La realidad se tornó para ella maleable, selectiva, una visión de lo que era deseable y un rechazo de todo lo demás. A la mayoría de las personas ese camino les habría conducido a un desastre casi seguro, mas para ella no constituyó fuente de complicaciones ni peligro alguno. Tras haber arrojado al cubo de la basura el viejo juguete de la conciencia de sí misma había empezado a elaborar un nuevo juguete maravillosamente ingenioso y complejo y lo había adaptado a la perfección a sus necesidades y logrado que funcionara como un corazón artificial. Cuando acabó de construirlo, Kinué logró la perfecta felicidad o, como ella hubiese dicho, la perfecta infelicidad.
Probablemente su infortunio romántico surgió cuando un hombre mencionó su fealdad. En aquel instante Kinué vio extinguirse la luz en su único camino, el precipicio ante ella. Si no podía cambiar su propia apariencia entonces tenía que cambiar el mundo. Comenzó a trabajar en su propia y secreta cirugía plástica y logró alterarlo todo. De la concha fea y cenicienta emergió una reluciente perla.
Como un soldado asediado que hallara el modo de escapar, Kinué encontró un nexo básico pero engañoso con el mundo. Y con ese nexo como punto de apoyo invirtió el mundo. La más extraordinaria de las revoluciones. Superchería exquisita la de considerar como desgracia lo que en su corazón anhelaba por encima de todas las cosas.
Echado hacia atrás, bien estiradas las piernas embutidas en unos vaqueros, Tôru sostenía el cigarrillo de una manera un tanto anticuada para sus años. Nada de lo que ella le había dicho le resultaba nuevo pero no denotó que estuviera aburrido. Kinué era muy sensible al interés de su audiencia.
Nunca se burlaba, como hacían sus vecinos. Por eso le visitaba ella. En esta mujer loca y fea que le llevaba cinco años él advertía un camarada en el aislamiento. Le gustaban las personas que se negaban a comprender al mundo.
Si era igual la dureza de los dos corazones, uno protegido por la insania, el otro por la conciencia; si su grado de dureza resultaba semejante, entonces no había por qué sentir temor de que se hirieran por mucho que se rozaran. Tampoco era preciso temer magulladuras carnales. Kinué se mantenía en guardia. Cuando Tôru se levantó, haciendo crujir su silla y se dirigió hacia ella, dando unas zancadas, Kinué lanzó un chillido y corrió a la puerta.
Él se precipitaba hacia el catalejo. Con el ojo pegado al visor agitó una mano tras de sí.
–Tengo trabajo que hacer. Vete a casa.
–Lo siento. No me di cuenta. Pienso realmente que no eres como los demás hombres pero me sorprendiste. Me han sucedido cosas tan horribles que cuando un hombre se levanta tan de repente creo que va a suceder de nuevo. Debes comprender que vivo con un miedo constante.
–Claro. Vete a casa. Estoy ocupado.
–Me iré pero...
–¿Qué sucede?
Con el ojo todavía en el catalejo advirtió que titubeaba al comienzo de la escalera.
–Yo... yo siento un gran respeto por ti. Bueno, adiós.
–Adiós.
Oyó sus pasos y luego el sonido de la puerta al cerrarse. Tôru seguía una luz con el catalejo.
Mientras escuchaba a Kinué había dirigido un vistazo a la ventana y había captado una señal. Aunque estaba nublado se distinguían luces dispersas arriba y abajo por poniente, en las colinas de Izu. Y cuando el signo de que se aproximaba un barco apareció entre las luces de los pesqueros surgió un cambio tenue y sospechoso como una chispa en la oscuridad.
El Nitchô-maru no tenía que aparecer hasta casi dentro de una hora. Pero no se debe confiar en que los barcos se atengan a los horarios previstos.
Allí, en la oscuridad, en el círculo del catalejo, moviéndose como un bicho, se hallaban las luces de una nave. Una piña se trocó en dos. El barco había cambiado de rumbo y las luces de proa y de popa se separaban. A juzgar por la distancia y por las luces del puente no sería un pesquero de algunos centenares de toneladas sino el Nitchô-maru, que desplazaba sus buenas cuatro mil doscientas. Tôru tenía ya experiencia para poder juzgar el tonelaje de una nave por su eslora.
Mientras el catalejo las seguía, las luces se apartaron de las lejanas de Izu y de los pesqueros. Segura de sí, la nave proseguía su ruta marítima.
Venía como una resplandeciente muerte. Las luces del puente se reflejaban en el agua. Cuando pudo distinguirlo claramente en la noche, la silueta por babor, la popa y las luces de cubierta, la forma de un barco, la forma especial de un mercante, como una completa y antigua pieza de cerámica, Tôru se hallaba ya junto al telégrafo óptico. Lo ajustó manualmente. Si sus señales eran demasiado rápidas, a la nave le costaría descifrarlas y si llegaban cuando estuviese demasiado cerca, la columna del sudoeste de la caseta podía impedir que alcanzaran la nave algunas de las señales. Y como además no cabía prever fácilmente el tiempo que tardarían en captarlas y en enviar la respuesta, no era en manera alguna fácil elegir el momento.
Tôru accionó el conmutador. La luz brotó tenue del viejo centelleador. Había unos prismáticos encima, como los ojos de una rana. La nave flotaba en un espacio redondo de la oscura noche.
Tôru envió tres saludos. Punto-punto-punto-raya-punto1*. Punto-punto-punto-raya-punto. Punto-punto-punto-raya-punto.
Sin respuesta.
Volvió a transmitir tres veces.
Una raya. Como rezumada de algún lugar junto al puente.
Podía sentir la resistencia del lejano obturador.
–¿Nombre?
Punto-raya-raya-punto, punto-raya-punto-raya-punto, raya-punto-punto-punto-raya, punto-raya, raya-punto-punto-punto.
Tras aquella raya inicial, el nombre del barco, fantasmal.
Raya-punto-raya-punto, punto-raya-raya-punto, punto-punto-raya-punto, raya-raya, punto-punto-raya, raya-punto-punto-raya, raya-punto-raya-raya-punto.
Indudablemente, el Nitchô-maru.
Había una inquietud salvaje en las luces largas y cortas, como si entre los racimos de luces inmutables una sola luz hubiera enloquecido de júbilo. La voz que llamaba desde lejos, del oscuro mar, era como la voz de una loca. Una voz metálica gimiendo tristemente pero no triste, proclamando la angustia del júbilo. Sólo informaba del nombre de la nave, pero la voz infinitamente alterada de la luz transmitía también en cada fragmento la irregularidad de un pulso sobrexcitado.
Las señales serían probablemente obra del segundo oficial, de guardia. Tôru podía advertir en los signos que le llegaban de un puente los sentimientos de un segundo oficial de regreso a casa. En aquella lejana estancia, cargada con el olor a pintura blanca y en donde brillaba el latón de la brújula y el timón reinaría el cansancio del largo viaje y del sol persistente del sur. El retorno de una nave, agobiada por los vientos y por su propia carga. Un profesionalismo que refrenaría un desfallecimiento masculino. Una experta celeridad y toda la intensidad febril de un regreso a casa. Dos estancias iluminadas y solitarias frente a frente con el oscuro mar por medio, y cuando surgió la comunicación, la existencia de otro espíritu humano en la oscuridad fue como una luz fantasmal en el mismo mar.
Tendría que anclar fuera de puerto y entrar mañana. Los servicios de cuarentena cerraban a las cinco y no abrirían hasta las siete de la mañana. Tôru aguardó hasta que la nave pasó la tercera torre. Si había preguntas ulteriores, sólo tendría que dar la hora.
–Los que vienen de puertos extranjeros llegan siempre pronto –se dijo Tôru.
A veces hablaba consigo mismo.
Eran ya cerca de las nueve. El viento había cesado, el mar estaba en calma.
A eso de las diez salió afuera para respirar un poco de aire y prevenirse contra el sueño.
Aún había tráfico en la carretera comarcal. Las luces en torno del puerto de Shimizu, por el nordeste, centelleaban nerviosamente. El monte Udo, que en los días claros se tragaba el sol poniente, era una oscura masa. Se oían cantos de borrachos en el dormitorio de los astilleros.
Dentro, de nuevo, escuchó el parte meteorológico. Habría lluvia, mar gruesa y mala visibilidad. Luego llegaron las noticias. Las operaciones americanas en Camboya habían inutilizado hasta octubre el cuartel general, puestos de avituallamiento y hospitales del Frente de Liberación.
Diez treinta.
La visibilidad era ya mala y las luces de Izu habían desaparecido. Mejor era esto, pensó Tôru soñoliento, que una noche de luna clara. En las noches de luna resultaba difícil distinguir las luces de navegación entre el reflejo de las aguas.
Puso el despertador a la una y media y se tendió en el catre.
1* El código es el empleado por los japoneses conforme al silabario Kana.
Aproximadamente a la misma hora, Honda, en su casa de Hongô, tenía sueño.
Se había acostado temprano y, fatigado por el viaje, pronto se quedó dormido. Tal vez bajo la influencia del pinar que había visto aquel día, el sueño estaba relacionado con ángeles.
Sobre los pinos de Mio volaba no un ángel sino una multitud de ángeles, masculinos y femeninos. El sueño hizo buen empleo de lo que Honda sabía acerca de las escrituras budistas.
Soñando, Honda se dijo que las escrituras eran verdaderas. Rebosaba una felicidad pura.
Allí estaban los ángeles de los Seis Mundos del Deseo y los seres sensibles de los diversos Mundos de la Forma. Los primeros son los mejor conocidos. Como en el sueño de Honda los ángeles masculinos retozaban con los femeninos, parecía probablemente que procediesen de los Mundos del Deseo.
Portan luces de siete colores, fuego, oro, azul, rojo, blanco, amarillo y negro. Como gigantescos colibríes de irisadas alas que revolotearan de acá para allá.
Su cabello es azul, sus dientes brillan muy blancos cuando sonríen. Los cuerpos son la delicadeza misma, la auténtica pureza. Las miradas son imperturbables.
Los ángeles masculinos y femeninos de los Mundos del Deseo se abordan constantemente pero los ángeles del tercer mundo se contentan con tenderse las manos, los del cuarto con intercambiar pensamientos, los del quinto con intercambiar miradas y los del sexto y más allá con intercambiar palabras.
Aquélla debía de ser una de tales reuniones, se dijo Honda. Había flores esparcidas, delicados perfumes y música. Honda se sentía extasiado ante esta introducción en sus diversos mundos. Sabía que, si bien los ángeles son seres sensibles superiores a los humanos, aún no han escapado al ciclo del nacer y del renacer.
