La casa de Kyoko - Yukio Mishima - E-Book

La casa de Kyoko E-Book

Yukio Mishima

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Beschreibung

En la casa de Kyoko los invitados son bien recibidos a cualquier hora. Ahí se reúnen cuatro jóvenes, de profesiones y caracteres diferentes, y algo en común: una conciencia estoica que les obliga a negarse a sí mismos, a aparentar que no creen en la existencia del sufrimiento en este mundo, acostumbrados a ocultar sus sentimientos, ese espejo roto en pequeños fragmentos de cristal en su interior. En esa casa no se toman en serio los matrimonios, las clases sociales, los prejuicios ni el orden, ni hay temas de conversación prohibidos. Sólo pensar que existe un lugar así en el mundo alegra a esos cuatro jóvenes, para los cuales ese lugar es un refugio y un faro. Yukio Mishima (1925-1970) es uno de los escritores japoneses más importantes del siglo XX. La casa de Kyoko, novela publicada en 1959, no había sido traducida al castellano hasta ahora. Cuenta las historias interconectadas de cuatro hombres que representan las diferentes facetas de la personalidad del autor: lo artístico en el pintor, lo atlético en el boxeador, lo nihilista en el hombre de negocios y lo narcisista en el actor.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Yukio Mishima

La casa de Kyoko

Traducido del japonéspor Emilio Masiá López

Primera parte

Capítulo 1

Todos bostezaban.

—¿A dónde vamos? —dijo Shunkichi.

—¿Dónde vamos a ir a estas horas del mediodía?

—Nosotras bajamos aquí, iremos a la peluquería —dijeron Mitsuko y Tamiko, por lo visto aún de bastante buen ánimo.

Shunkichi y Osamu no objetaron nada. La única mujer que se quedó en el coche era Kyoko. A Mitsuko y Tamiko les pareció bien. Shunkichi y Osamu, cada uno a su manera, se despidieron de ellas como si nada. Ellas, en cambio, esperaban una despedida más atenta por parte de Natsuo, debido a su buen carácter y a que su relación nunca había ido más allá de la amistad. Natsuo, tal como se esperaba, cumplió las expectativas.

Eran cerca de las tres de una tarde a principios de abril de 1954. El coche de Natsuo, conducido por Shunkichi, giró por una calle de sentido único. ¿Dónde podríamos ir? Algún lugar poco concurrido sería ideal... Demasiada gente los dos días que pasaron junto al lago de Ashinoko. Y hoy, a su vuelta por el céntrico barrio de Ginza, otro tanto de lo mismo.

En momentos así convenía tener en cuenta la opinión de Natsuo:

—Hace tiempo fui a Tsukishima a pintar unos bocetos, ¿qué os parecen los terrenos ganados al mar de la bahía de Tokio?

Aceptada por todos la sugerencia, el coche se puso en marcha hacia aquella dirección.

Aunque aún lejos, en torno al puente de Kachidoki se divisaban muchos coches en un atasco de tráfico.

«¿Qué habrá pasado?, ¿un accidente?», dijo Osamu. Al fijarse mejor, se daba uno cuenta de que era el momento en que el puente levadizo se alzaba. Shunkichi chasqueó la lengua. «Es desesperante, olvidémonos de ir a la bahía», dijo. Sin embargo, Natsuo y Kyoko no querían perderse la impresionante apertura del puente, que jamás habían presenciado; aparcaron el coche y, uno a uno, fueron cruzando por la pasarela metálica del puente. Shunkichi y Osamu parecían no tener el mínimo interés.

La parte central del puente era de acero. Ésa era la parte móvil del puente que se levantaba para dar paso al tráfico marítimo y se bajaba para reanudar la circulación terrestre. En ambos extremos los operarios ondeaban unas banderas rojas de señalización ante la fila de coches parados. En la pasarela lateral para peatones una cadena impedía el paso. Había mucha gente curiosa ante el espectáculo. Otros, como los repartidores de mercancía, se alegraban de la interrupción del tráfico que les proporcionaba un descanso en medio de su labor apresurada.

Las placas metálicas para las vías del tren en el carril central despedían un negro resplandor. En ambos extremos del puente, atasco de vehículos y aglomeración de mirones en silencio.

Chirriaron las láminas metálicas y la estructura alzó sus extremidades, la armadura al levantarse fue dejando una brecha de espacio abierto. Al mismo tiempo se levantó la barandilla lateral de hierro con la arcada protectora, apuntando hacia lo alto con sus bombillas levemente iluminadas. La gigantesca estructura articuló al unísono sus piezas. A Natsuo le emocionaba la belleza del tinglado mecánico en movimiento.

Cuando las partes metálicas del puente estaban a punto de alcanzar la verticalidad, desde los flancos del puente y la cavidad de las vías del tren un remolino de polvo se levantó formando una fina nube que luego iba lloviendo polvareda sobre el canal. La figura diminuta que dibujaban los numerosos remaches laterales a lo largo del puente iba, poco a poco, reduciéndose, a la vez que disminuía y desplazaba su ángulo la sombra proyectada por las barandas laterales. Finalmente, al alcanzar la posición casi vertical las placas de metal, la sombra se detuvo de nuevo. Natsuo alzó la vista extasiado ante el arco del puente, cuyos pilares ya se plegaron horizontalmente; en ese momento cruzó por encima una gaviota en vuelo rasante.

Así fue como un gran muro metálico bloqueó inesperadamente el camino ante los cuatro jóvenes.

Daba la impresión de que habían tenido que esperar mucho. Cuando el puente volvió a su posición original, era como si se hubiera disipado el interés por cruzar hasta los alrededores de la zona reclamada al mar de Tsukishima. Una vez bajado el puente levadizo, sólo quedaba una sensación de obligatoriedad, de tener que cruzarlo sin más. En cualquier caso, cansados por el viaje, la falta de sueño y el calor húmedo del verano, no estaban de ánimo para pensar demasiado o hacer un cambio de planes. Como su destino era el mar, bastaba con ir hasta donde pudieran. Parcos en palabras y soltando algún que otro bostezo, volvieron lentamente hacia el coche.

El coche cruzó por el puente de Kachidoki en la localidad de Tsukishima, para después atravesar otro puente más, el puente de Reimei. Una llanura de campos verdes se extendía recortada en el horizonte por carreteras de asfalto trazadas rectilíneamente como sobre un tablero de go. Brisa marina y salitre en las mejillas. Shunkichi detuvo el coche ante el cartel de «prohibido el paso» colocado en un camino del perímetro de una pista de aterrizaje en unas instalaciones militares del ejército estadounidense. Junto al edificio del acuartelamiento, una alameda brillaba bajo los rayos del sol.

Natsuo se sintió feliz al bajar del coche y sentir la brisa marina. «Las ruinas y las tierras reclamadas al mar son lugares que me gustan», pensó. Sin embargo, debido a su carácter serio y reservado, no expresaba sus sentimientos, ni tampoco es que tuviese un carácter sombrío dominado por consideraciones estéticas; además esos temas de conversación no tenían cabida en este grupo, y eso era precisamente lo que le gustaba. Con todo, seguía empapándose del paisaje observando sin descanso sus matices.

Tras las llanuras de los terrenos artificiales ganados al mar se divisaba un buque blanco, un carguero de carbón que acaba de zarpar de los muelles del puerto de Toyosu. En la chimenea se leía «pozo» inscrito en caracteres en blanco. Toda aquella ordenada configuración le parecía realmente bella. A ese paisaje se sumaban las llanuras de disposición geométrica de los terrenos artificiales rebosantes de espléndidos campos primaverales.

De repente, Shunkichi echó a correr. Corría sin parar. Su silueta se empequeñecía a medida que se adentraba en la distante llanura.

—A partir de mañana empieza a entrenar, qué fastidioso es verle tan entusiasmado. La verdad es que envidio a quienes tienen esa fortaleza y agilidad —dijo Osamu, que, aunque era actor, todavía no había recibido ningún papel de importancia.

—Cuando estuvimos en Hakone, todas las mañanas salía a correr, ¿te acuerdas? Pone mucho empeño en su entrenamiento —añadió Kyoko.

Shunkichi se había parado, a sus ojos la silueta de sus tres amigos en la distancia también parecía pequeña. Salir a correr se había convertido en una práctica indispensable para él; y los días de lluvia jamás se olvidaba de saltar a la cuerda durante veinte minutos seguidos en el pabellón deportivo.

Shunkichi era el más joven del grupo de amigos de Kyoko. Era capitán de un equipo de boxeo. El próximo año terminaría la carrera. Todos los demás del grupo de Kyoko, como poco, ya habían terminado la carrera. Osamu ya se había graduado hace tiempo. Natsuo también.

Shunkichi era despreocupado por naturaleza; Yanagimoto Seiichiro, aficionado al boxeo, y mayor que él, fue quien lo invitó por primera vez a casa de Kyoko. Desde aquel día, con su característico desapego, entró a formar parte del grupo. Aunque no tenía coche, conducía muy bien, motivo por el que también era muy apreciado. Además, que fuera boxeador le hacía ganarse la admiración entre aquel grupo de compañeros con los que no compartía ni edad, ni profesión ni procedencia. Suscitaba curiosidad por su profesión y atractivo por su persona. Todos lo trataban cariñosamente, como si fuese menor. Aunque muy joven, era de fuertes convicciones, que nunca quebrantaba. Una de ellas era no dar vueltas a las cosas pensando. Al menos ésa era la forma en que él hacía gala de cultivarse a sí mismo.

Mucho antes, por la mañana de ese día, mientras corría solo por la carretera que bordea el lago Ashinoko, ya había olvidado lo sucedido la noche antes entre Tamiko y él. Era importante convertirse en un hombre sin recuerdos ni memoria.

El pasado... Él sólo conservaba en su memoria una parte mínima y necesaria de sus recuerdos, aquellos que suscitaban apego y habían dejado impronta en su memoria. Sólo recuerdos que suponían una motivación y apoyo en su vida presente. Por ejemplo, mantenía intacto en su memoria el recuerdo del día de su primer entrenamiento en el club de boxeo universitario tres años atrás; también cuando por primera vez hizo de contrincante en un entrenamiento con un compañero con más veteranía.

Al recordar cómo peleaba en sus inicios, se daba cuenta de lo mucho que había avanzado. Aquello fue al primer mes de entrar en los entrenamientos de boxeo. Todavía hoy percibía nítidamente la sensación del vendaje en sus manos ese día, aunque desde entonces ya se las hubiera lavado en infinidad de ocasiones. El tacto del grueso vendaje de algodón sobre el dorso de la mano y en la base de los nudillos, enrollado una y otra vez ceremonialmente sobre la mano al colocárselo. Él, ya de por sí, apreciaba sus manos recias. Unas manos imponentes y fuertes, que nunca traicionarían los sentimientos o nervios de su portador, como si fuesen un martillo de madera. Las líneas arrugadas sobre la palma de la mano formaban un diseño sencillo, sin complicadas líneas dignas de alegrar a un quiromántico. Las sencillas y definidas líneas marcadas sobre la piel con sólo apretar o relajar los puños resaltaban como cinceladas sobre la carne. Shunkichi se dejaba llevar por esos recuerdos. Rememora la imagen: tiene los brazos extendidos y sus dos compañeros veteranos le dan unos guantes raídos de 340 gramos para entrenar. Eran unos guantes de boxeo de cuero curtido realmente viejos, resquebrajados, y entre el color morado de las grietas parecía relucir a hilachos el cuero; más que guantes, parecían reliquias vivientes. Sin embargo, el interior de aquellos desastrosos y grandes guantes resultaba cálido y de una textura suave. Le apretaron los cordones firmemente a sus muñecas.

—¿Aprieta?

—La mano derecha un poco.

Había soñado durante todo un mes con escuchar este tipo de frases al borde del cuadrilátero. Sus dos compañeros veteranos lo colmaban de atenciones, como cuando se alimenta y cría a un animal para luchar. El momento en que le ajustaban cuidadosamente los guantes a las muñecas constituía, en una palabra, una emoción inenarrable. Siempre había anhelado aquellos momentos de la rutina de la vida del boxeador, como cuando el ayudante durante el descanso del round le alcanzaba una lata de cerveza llena de agua para que se enjuagase.

¡Pelear, ése era el objetivo! Y cuidar con la máxima consideración a los hombres que viven peleando, una necesidad.

Después, su ayudante le colocó, por primera vez, el casco protector. Muy a menudo recordaba la impresión del tacto del viejo cuero del casco de entrenamiento como si se tratase de una ceremonia de coronación. La presión del cuero en los lóbulos enrojecidos y calientes de las orejas, la impresión de percibir el aire por los agujeros abiertos en el cuero a la altura de las orejas.

Lo primero que hizo fue probar los guantes dándose un golpecito flojo en la mandíbula, el tabique nasal y el entrecejo. Al principio se golpeaba suavemente, después con todas sus fuerzas. Una sombra ardiente y pesada parecía aplastarse contra su cara.

—Eso lo hacen todos la primera vez que juegan de sparring —le dijo su compañero veterano desde un lado.

... Shunkichi se ruborizó un poco con todos esos recuerdos. Era el momento de subir al cuadrilátero. ¡Fue sonar la campana de comienzo de ronda y no tardó en probar la dureza de la lucha! Una experiencia mucho más dolorosa que cualquier pelea anterior. Ninguno de sus puñetazos acertaba en el rival. En cambio, los golpes del rival llegaban por doquier, golpes directos y sin compasión contra la cara, el estómago y el hígado. Parecía pelear con el legendario bodisatva Kannon de infinidad de ojos y brazos. En la segunda ronda, sintió debilitada y dolorida su mano izquierda, los puñetazos sin fuerza, suaves como algodón. Sin embargo, por un momento, le pareció escuchar el elogio del adversario, que exclamaba jadeante:

—¡Buen golpe de izquierda!

Shunkichi, al detectar aquella mínima debilidad del rival, sintió que recuperaba brío y alegría ante la pelea. Aquella alegría lo hizo fuerte de nuevo.

Shunkichi contempló el mar grisáceo y turbio de primavera. En alta mar había un carguero inmóvil de cinco mil toneladas habitual en la zona de Mishima. Una capa de nubes sin forma cubría el mar en calma. Bajo los brillantes reflejos del sol, las gaviotas se veían de un blanco nítido.

Shunkichi se puso en posición de pelea con los puños en alto ante el mar. Era como si su espíritu travieso lo estuviese observando en ese instante. De hecho, la primera vez que pensó en convertirse en boxeador profesional fue debido a la insistencia de aquel espíritu o diablillo travieso.

No se trataba de practicar una especie de movimientos de shadow boxing ante un rival imaginado. Su oponente era el mar inmenso y turbio de primavera; una sucesión de olas rompiendo suaves allá abajo contra la costa, un movimiento de olas de lejana marejada de alta mar descargando contra las rocas. Sin duda, aquél no era un enemigo contra el que luchar. Todo cuanto podía esperar era que se lo tragase en su inmensidad, era un enemigo que doblegaba con un arma de apaciguamiento horrorosa. Ahí se alzaba el mar, un enemigo libre con una leve y persistente sonrisa.

Los tres se habían sentado sobre unos bloques de piedra, restos de las obras de construcción cercanas, y fumaban mientras esperaban el regreso de Shunkichi. En momentos como ése, la figura que sobresalía entre todos era la de Osamu. En el perfil de su cuerpo se dibujaba nítidamente su postura de descanso; de hecho, parecía como si ni siquiera estuviese presente. Tanto Kyoko como Natsuo se habían percatado hace ya tiempo de ese rasgo peculiar del carácter de Osamu. Aunque sólo se quedase callado un momento, era como si a su alrededor se levantase una pared invisible; allí brotaba su mundo exclusivo, un lugar cuyo acceso estaba vedado al resto de personas en este mundo. Por eso a veces la gente tildaba a Osamu de aburrido o de soñador ensimismado. Sin embargo, si uno se fijaba bien, comprendía que no tenía un ápice de soñador. Osamu no era ni soñador ni realista; quien había allí no era más que él mismo, Osamu. Kyoko, que ya se había acostumbrado a su carácter, no se preguntaba qué pensaría ni se hacía conjeturas de ese estilo.

Tampoco podía decirse que fuese solitario. Cuando estaba solo, apenas se encontraría un hombre como él que diese tan poco la impresión de no estar solo. Sin embargo, este joven estaba degustando continuamente, como quien mastica chicle, una inquietud placentera de su propia cosecha. Él vive aquí y ahora en cada momento. Ciertamente existe. Pero vive con una inquietud: la duda acerca de su propia existencia.

Ésta es una inquietud habitual entre los jóvenes, pero la peculiaridad de Osamu estriba en lo placentero de la inquietud no exenta de relación con la toma de conciencia de sus bellas facciones.

Shunkichi regresó corriendo. Su figura se agrandaba en el horizonte. La sombra de sus rodillas se proyectaba bajo los rayos oblicuos del sol. Al fin, su cara roja y bañada en sudor, aunque con la respiración pausada, se acercó a las de sus amigos.

—Di, ¿cómo olía el mar? —le preguntó Kyoko. Shunkichi contestó sin rodeos:

—Olía a amoniaco.

Natsuo contempló el horizonte. La línea de flotación del buque de carga estaba pintada en dos colores, la parte superior a la línea de flotación, en una franja negra, y la franja inferior, de un límpido tono rojo; la precisión y fuerza de sus líneas le daban que pensar. Además, parecía como si se entrecruzaran las infinitas líneas trazadas con exactitud matemática en el amplio horizonte. Sin embargo, en la calima marina parte de las líneas trazadas por el barco en el mar se difuminaban como algas elásticas flotantes.

Osamu, abstraído, empezó a recordar la noche de la primera representación del grupo de estudiantes de teatro. Como al empezar la función él estaba de pie sobre el escenario con atuendo de botones de hotel, sintió que la oscuridad del hemiciclo en sombra se alzaba ante las tablas emergiendo poco a poco desde la planta de sus pies. A la luz de los focos su figura se hacía visible ante los espectadores, y sin embargo el público era invisible para él. La incógnita de esta penumbra le inquietaba. Se estremecía al sentir que toda su existencia era absorbida por la mirada de un público desconocido y se trasponía en clave de existencias ajenas.

A Kyoko le gustaba dejar a sus anchas a aquellos jóvenes, incluso verlos distraídos o ausentes como ahora. Se notaba claramente que ya ninguno pensaba en la mujer con la que había pasado la noche anterior. Kyoko era consciente de que el viaje llegaba a su fin, el cansancio iba haciendo mella y, a la vez, despertándole nuevas emociones. Tan sólo le preocupaba que la brisa, ahora más fuerte, la despeinara. Se llevó las manos al pelo y al mirar hacia el coche vio a un grupo de cuatro o cinco hombres junto a él. Los miraban sonriendo.

Todos llevaban chaquetillas de trabajo manchadas de tierra, polainas y los típicos botines de obrero jika-tabi. Debían de ser trabajadores de alguna fábrica cercana. Alguno llevaba una cinta ceñida a la frente. Hasta hace un instante no se les oía, pero ahora sus carcajadas al ver a Kyoko darse la vuelta denotaban su estado de embriaguez. Uno de ellos cogió una piedra blanca y la lanzó contra el techo del coche. Impactó estrepitosamente y se echaron a reír.

Shunkichi se levantó. Kyoko hizo lo mismo tratando de controlarlo.

Osamu empezó a despertar, poco a poco, de su ensoñación, o mejor dicho de la vaga realidad en la que vivía. Con todo, ya antes de tener que actuar rápidamente parecía resignado. Jamás se había peleado. En cualquier caso, le costaba creer que estuviese sucediendo realmente algo tan imprevisto.

Natsuo, aunque consciente de su debilidad, sin pensárselo dos veces se dispuso a proteger a Kyoko. El coche, comprado por su padre hacía un mes escaso, y que por su inseguridad al volante prefería que condujese Shunkichi, había sido rayado en un abrir y cerrar de ojos. A Natsuo se le vino a la cabeza la imagen del coche destrozado. Sin embargo, alguien como él, desde niño indiferente a las posesiones, contemplaba, casi ensimismado, el coche a punto de ser destrozado ante sus ojos.

Shunkichi ya se había colocado ante el coche y estaba rodeado por los cuatro hombres. «¿Qué estáis haciendo?», dijo en voz alta.

Osamu pensó, molesto: «Mira, encima protesta. No hay duda, se está quejando. Por qué lo hará, ni siquiera es su coche». Osamu, sin embargo, malinterpretaba las verdaderas intenciones de Shunkichi, que no tenían nada que ver con el deber de la justicia.

Los obreros con mala cara murmuraron algo entre sí. No había ápice de originalidad en ninguno de sus insultos. Shunkichi escuchó inmóvil. Distinguió algunas palabras groseras dirigidas hacia Kyoko. Que unos mozalbetes fueran paseándose por ahí a pleno mediodía por un sitio como ése tonteando con una mujer, al parecer, no les hizo gracia. El que había levantado la piedra, uno de los de más edad, debió de pensar, equivocadamente, que Shunkichi era el dueño del coche, y por eso lo llamó «señorito burgués»; a Shunkichi ese insulto, erróneamente dirigido contra él, lo envalentonó aún más. En ocasiones, este tipo de malentendidos son necesarios para pelear. La siguiente pedrada dio contra el cristal de la ventanilla. El cristal no se rompió, pero se resquebrajó formando una telaraña de rayaduras.

Shunkichi había sujetado por la muñeca al hombre que lanzaba la piedra y el impacto perdió la fuerza necesaria para romper en añicos el cristal. Al mismo tiempo, otro obrero intentó zancadillear con sus jika-tabi a Shunkichi, pero no logró darle de lleno. Shunkichi se dio la vuelta y le propinó un cabezazo. El tipo quedó tumbado bocarriba sobre el suelo.

Kyoko gritó al ver al mayor de los obreros a punto de arrojarle una piedra por la espalda a Shunkichi. Éste, que seguía inclinado tras haber pegado el cabezazo, esquivó al obrero fintando hacia un lado y provocando su caída. Shunkichi lo agarró de las solapas de su chaquetilla de trabajo happi y le pegó un puñetazo en la mandíbula.

El grito de Kyoko llamó la atención de los dos hombres que quedaban en pie. Ellos se fijaron en el tipo enclenque que la protegía y el joven con aire despistado y ropa llamativa tras la pareja. Una manaza sucia aferró a Kyoko por el hombro cogiéndola del vestido.

Shunkichi se acercó por el lado, e inmediatamente apartó la mano de encima a Kyoko. Sin embargo, el hombre que había agarrado a Kyoko por el hombro le dio un golpe en el pecho a Shunkichi. Éste salió despedido dos o tres pasos, pero no llegó a caerse. Se fijó en la camisa del tipo a la altura de la barriga y la hebilla chapada en oro desgastado de su cinturón. La camisa blanca se hinchaba a la altura de la prominente barriga, y el latón de la base de su cinturón saltaba a la vista. Era verdaderamente un cinturón vulgar. Una gran flor de peonía plateada resaltaba en la hebilla. Shunkichi se dio cuenta de que la hebilla podría dañar fácilmente sus dedos. Sería imperdonable dañar sus valiosas manos con semejante ordinariez.

El tipo no dejaba de proferir palabras soeces que no hacían más que confirmar a Shunkichi que la victoria era suya. Golpeó con sucesivos ganchos el estómago del contrario, sus golpes no encontraban oposición ninguna, disfrutaba al percibir cómo la amplia superficie de carne recibía sus puñetazos. El espacio que confrontaba estaba completamente lleno, no era nada más que carne humana. El hombre estaba tan lastimado que se acuclilló en el suelo.

El otro salió corriendo.

En ese momento, Natsuo se metió de un salto en el coche y lo puso en marcha. Kyoko, Osamu y Shunkichi se subieron; el coche se puso en marcha, enseguida cruzaban ya el puente de Reimei adentrándose en las aglomeradas calles de Tsukishima. Natsuo mismo se sorprendió de su inesperada habilidad al volante aquel día.

Shunkichi luchó durante un rato con el mal sabor de boca que queda tras las peleas y la sensación de que el cuerpo se empequeñeciese. Finalmente, él, que bajo ningún concepto reflexionaba más que lo indispensable, recobró su acostumbrado estoicismo.

Shunkichi se había prohibido el alcohol y el tabaco. No obstante, tanto las peleas como las mujeres eran ineludibles, no las elige uno sino que vienen a por ti sin remedio. Shunkichi no era el único estoico. El grupo de hombres que solía reunirse en la casa de Kyoko, aunque de profesiones y caracteres completamente diferentes, tenía algo en común: cada uno a su estilo vivía estoicamente. Osamu era así. Y Natsuo también. Qué decir de Yanagimoto Seiichiro, el más estoico de todos. Les daban vergüenza el sufrimiento y la impaciencia de la juventud actual. Ellos se habían acostumbrado a ocultar sus sentimientos, y vivían un estoicismo extremo mordiéndose la lengua. Mostraban un rostro alegre. Se sentían obligados a aparentar que no creían en la existencia del sufrimiento en este mundo. Debían negarse a sí mismos.

El coche se dirigió hacia la casa de Kyoko en Shinanomachi, al este de Yotsuya.

En aquella casa se reunía a pasar el rato un grupo de hombres. El ambiente era tan liberal que podía confundirse con una casa de citas. Allí se permitían todo tipo de bromas y hablar de cualquier disparate. Además, se podía beber gratis sin necesidad de pagar nada. Había botellas de alcohol a disposición, no pertenecían a nadie, eran botellas dejadas por los visitantes tras su marcha. También había un televisor y se podía jugar al mahjong. Venía uno cuando le apetecía y se marchaba cuando quería. Todo cuanto había en la casa era de todos y para todos; por ejemplo, si alguien venía en coche, todos los demás podían utilizarlo libremente sin problema.

Si el padre de Kyoko volviese un día como aparición fantasmal a esta casa, no hay duda de que se quedaría espantado al ojear la lista de nombres en el registro de invitados a la casa. Para Kyoko no existía el concepto de clases sociales, sólo juzgaba a las personas por su gracia, por su capacidad de seducción; a los visitantes de su casa los veía como si les hubiera despegado de la solapa la etiqueta de marca de la clase social correspondiente de manera que todos los invitados quedaban fuera del marco de cualquier clase social. Fuese cual fuese la procedencia de esa persona, nadie igualaba a Kyoko a la hora de no ser fiel a su cuna y romper los esquemas de las normas sociales de la época. Aunque no leyese la prensa, su casa se había terminado por convertir en un recipiente de todas las corrientes de su tiempo. En el corazón de Kyoko no brotaba ningún prejuicio discriminador, por más que aguardase a ver si aparecían con el paso del tiempo. Pero ella lo interpretaba como una especie de enfermedad y desistía de considerarlo un problema. Igual que las personas que se han criado en el ambiente sano y límpido del campo son más proclives a los virus, ella había vivido expuesta sin defensas al ataque de todas las ideologías venenosas para las que la posguerra ha sido un buen caldo de cultivo, y aunque ya otras personas se hubiesen ido curando de la infección, ella seguía sin haberlo superado. Ella creía que lo habitual era que la anarquía durase indefinidamente. Cuando oía decir que la gente criticaba su inmoralidad, ella se reía de lo anticuado de esas calumnias, pero no se había dado cuenta de que en estos tiempos esas críticas maledicentes estarían en boca de personas que hoy presumirían de estar a la vanguardia.

Había heredado la flaqueza de su padre. Tenía un rostro de característica belleza oriental, y aunque a veces la finura de sus labios parecía expresar disgusto, en su parte interna se percibía una suave calidez que contrastaba con la imagen de frialdad expresada de puertas para afuera. Le quedaban bien los vestidos formales de estilo occidental, y con la llegada del verano se ponía vestidos ligeros dejando hombros y brazos al descubierto con estampados de llamativos diseños que le favorecían. No olvidaba vestir lo apropiado para cada estación del año, y sólo en cuanto a perfumes podía decirse que se saltaba lo establecido y probaba unos y otros.

Kyoko consentía al máximo la libertad de las demás personas, por eso amaba más que nadie el desorden, y pocas personas igualarían su estoicismo innato. Como un médico que sabe del propio poder de autoanálisis y que precisamente por eso rehúsa usarlo, conocedora de su propio encanto, había perdido el interés por saborear los frutos de su atractivo femenino. Le gustaba presumir, pero no pasaba de ahí. Cuando la tildaban sin razón de inmoral, secretamente se alegraba, y gozaba más cuando los escuchaba equivocarse de plano y en lugar de considerarla una mujer con carácter propio pensaban que era una chica de alterne o bailarina. De todas esas cosas falsas, que no tenían que ver con la verdadera realidad, ella se enorgullecía. Podía pasarse el día entero hablando de temas sensuales al tiempo que se reía de sus propios sentimientos. La mayoría de los jóvenes invitados a la casa solían quedar fascinados por Kyoko, pero al final acababan por desistir y se quedaban con la primera chica resultona que encontraban. Contemplar este desarrollo habitual de las cosas era motivo de regocijo para Kyoko, que saboreaba en ello una especie de intensa felicidad.

Esta caprichosa heredera no amaba a los pájaros, tampoco a los perros ni los gatos; a cambio, había desarrollado un interés constante por las personas; sin embargo, tenía un marido amante de los perros. Los perros fueron el primer motivo de las peleas matrimoniales y, finalmente, la causa del divorcio; su hija Masako se quedó con ella, Kyoko echó de casa al marido y, con él, a los siete perros de raza, varios pastores alemanes y un gran danés, y la casa se liberó del olor canino que la inundaba hasta entonces.

Kyoko tenía una convicción clara; la experimentaba cuando se cruzaba por la calle a un matrimonio o pareja. El hombre, sin excepción, le daba un buen repaso. En esos momentos, Kyoko percibía de un modo tan claro, que casi le dolía, que ellos, aunque se reprimieran, en realidad la deseaban más a ella que a sus propias parejas. A Kyoko le gustaba la mirada de todos aquellos hombres tratando de reprimir sus sentimientos verdaderos. Su marido, en cambio, no la miraba de esa manera; aunque él también sintiese atracción por ella, su mirada era más contenida, tal vez de ahí su gran amor por los perros. ¡Pero sólo pensar en dichas conexiones mentales era para echarse a temblar! ¡Daba espanto tan sólo imaginarlo!

La casa de Kyoko fue construida sobre una ladera alta; nada más cruzar el portón de entrada, se divisaba el amplio panorama del jardín. Bajo la ladera se veía el trasiego de los trenes pasando por la estación de Shinanomachi, y en la lejanía, el bosque alto de Meiji Kinenkan y los bosques del Palacio Imperial se superponían recortando su perfil arbolado en el horizonte. Aunque era época de floración, había pocos cerezos. En el bosque de intensos tonos verdes oscuros de Meiji Kinenkan sólo un gran cerezo había florecido espléndidamente. Al lado también sobresalían algunos árboles oscuros elevándose a lo alto, su ramaje denso y complicado se desplegaba como un abanico dejando traslucir la caída del sol entre sus intersticios.

Sobre el cielo del bosque a veces sobrevolaban bandadas de cuervos esparciendo un reguero de semillas negras de goma por el horizonte. Kyoko, desde niña, creció observando aquellas bandadas de cuervos volando en la lejanía. Cuervos en los jardines del templo sintoísta de Jingu Gaien en el Meiji Kinenkan, en el Palacio Imperial... Aquí abundaban los nidos de cuervos. También se dejaban ver en la terraza del salón. En un punto lejano aparecía una bandada de cuervos; de repente la bandada se disgregaba en pequeñas motas negras por el cielo, y aquel panorama dejaba un difuso y vago sentimiento de melancolía en el corazón de la pequeña Kyoko. En ocasiones, pasaba mucho tiempo observándolos. Cuando tenía la impresión de que ya se habían ido, volvían a aparecer. De repente, allí estaban graznando en los bosques bajo la casa, y la agudeza de sus graznidos resonaba por el cielo... A estas alturas, Kyoko ya se había olvidado de aquello; sin embargo, Masako, la hija de ocho años, que a menudo se quedaba sola, también observaba los cuervos asiduamente desde la terraza.

Como se dijo antes, frente a la entrada principal se extendía un jardín deestilo europeo en armonía con el paisaje. A la izquierda quedaba la mansión de estilo occidental, y siguiendo más a la izquierda, una pequeña casa de estilo japonés en la que vivió la familia durante el periodo en que fue requisada la mansión principal. Como el camino ante la puerta frontal era muy estrecho y los coches no podían detenerse allí, solían aparcar en el recinto interior ante la mansión.

Natsuo, nada más cruzar el umbral del portón de entrada, se quedó impresionado por el bello crepúsculo poniéndose en el horizonte más allá de las arboledas en los parques de allá abajo; una vez que todos se bajaron ante la entrada, él se volvió para contemplar aquel atardecer.

Como todos sabían del carácter reservado pero agradable de Natsuo, la mayoría de las veces se libraba de intromisiones ajenas. Si se tratase de otra persona, sería necesario decir algo y excusarse de algún modo al no franquear la entrada de la casa y volverse al portón de entrada. De no hacerlo, no habría podido evitar un «oye, ¿pero adónde vas?», aunque no había nadie que pensase dirigirse en tales términos a Natsuo.

Era sorprendente que Natsuo no sintiese siquiera la leve desazón que se supondría en cualquier persona de gran sensibilidad. Entre su mundo interior y el mundo exterior, ya fuera con otras personas o la sociedad en general, jamás había experimentado ningún choque. Su sensibilidad era como la técnica habilidosa de un ladrón de guante blanco o prestidigitador capaz de captar la única imagen del mundo exterior que le interesaba sin que los demás se apercibiesen. Ni una sola vez había sufrido a causa de su riqueza de sentimientos, experimentaba en todo momento una escasez y vacío de luminosa lucidez.

Se hacía querer por su tranquilidad y carácter maduro y bondadoso. ¿Sería ésa tal vez la causa de su delicadeza y receptividad? ¿O sería más bien que para proteger su innata sensibilidad, que le hacía especialmente vulnerable, se había configurado ese carácter? Incluso a él le costaría responder a esta cuestión. Aunque no pretendía encontrar el equilibrio, lograba mantenerlo en sí mismo, y como no buscaba un significado especial en el mundo exterior, la naturaleza en su entorno transmitía serenamente belleza. Desde que se graduó en bellas artes, aunque llevaba dos años siendo galardonado por sus cuadros, este joven pintor japonés, bondadoso y despreocupado, jamás se molestaba en plantearse si era un genio o no.

Captaba visualmente una escena y la recreaba recortándola del mundo externo. Siempre miraba el mundo exterior inconscientemente.

Las nubes, como borrones de tinta china de oscuro rojizo, se alargaban al caer el sol, destellando en reflejos verdosos sobre la parte alta de los bosques. Los cuervos sobrevolaban lentamente. El intenso azul oscuro del cielo preludiaba la amenazadora oscuridad en ciernes.

«Ya me olvidé por completo de la pelea. No fue más que un espectáculo, una mera distracción», pensó Natsuo.

Lo cierto es que fue un espectáculo peligroso, pero, al fin y al cabo, no dejaba de ser un espectáculo sin más. El incidente, más que a sí mismo, concernía a su coche. Natsuo lo percibía como algo ajeno. Lo característico de su vida era la ausencia de percances.

Precisamente hace un mes todo el mundo hablaba del suceso de las radiaciones atómicas del atolón Bikini. Unos pescadores japoneses, faenando cerca del atolón de las islas Bikini, fueron víctimas de una lluvia radiactiva provocada por un experimento con una bomba de hidrógeno. Los pescadores se vieron expuestos a la radiación. Toda la población de Tokio temía comer atún por la posible contaminación radioactiva. El precio del atún se desplomó en los mercados. En todo caso, para Natsuo, aunque él tampoco comió atún, no fue más que un accidente de repercusión social extraordinaria. Pero no se podría decir que le hubiese afectado personalmente. Como persona compasiva, por supuesto, lamentaba lo sucedido a las víctimas y simpatizaba con ellas, pero eso no significaba que el suceso le hubiese provocado una fuerte impresión que afectase a su propia vida.

Parecía como si a Natsuo le acompañase cierto fatalismo algo infantil que, por otra parte, coexistía inconscientemente con una fe igualmente infantil. Como si fuera la fe o confianza ingenua de quien se siente protegido de algún modo por una divinidad o un ángel de la guarda que lo saca del apuro. Por eso para Natsuo era lo más natural permanecer indiferente a cualquier modo de actuación.

Solamente lo miraba todo con ojos de pintor. Él era un espectador. No vivía el acontecimiento, sólo lo observaba. Siempre andaba buscando un pretexto que proporcionara un buen alimento a la vista para sus ojos de artista que contempla. Así es como él andaba siempre en busca de una ocasión para captar en un instante la imagen de algo atrayente, y así lo veía, sin más. Lo así contemplado era indudablemente bello. Sin embargo, había ocasiones en que le brotaba desde lo hondo un velo de ansiedad. Era como si en ese momento se estuviese preguntando a sí mismo por su «otro yo», como si se dijera a sí mismo: «¿Cuando mis ojos ven algo como objeto amable o deseable, estará bien que yo me deje llevar por completo por ese objeto de deseo?».

En ese momento, alguien lo agarró del pantalón. Masako reía a carcajadas. Entre todos los visitantes a la casa, Natsuo era el preferido de Masako. La niña acababa de cumplir ocho años. Tenía una carita verdaderamente adorable, y, cosa rara en una niña de su edad, le gustaba mucho vestirse como una niña; como si no se relacionara con el mundo de los adultos, nunca trataba de imitar el comportamiento de los mayores. Soñaba, en cambio, con parecerse a una muñequita «tan adorable que uno se la comería». Desde otro punto de vista, podría decirse que tenía una capacidad de juicio crítico excepcional a su edad.

La niña permanecía pegada a Natsuo todo el tiempo que éste estaba en la casa. Lo agarraba por la manga, el pantalón o la corbata. Kyoko, de tanto en tanto, la reñía, y en esos momentos ella se apartaba, pero al poco volvía a las andadas. También a Kyoko se le olvidaba enseguida que la había reñido. Natsuo pensaba para sus adentros: «Si anoche hubiera hecho yo algo inapropiado, ahora no tendría coraje para mirar a la cara a la pequeña Masako». «Efectivamente, anoche mi comportamiento fue correcto», se dice a sí mismo. Esto es lo que pensaba este joven cándido mientras acariciaba los cabellos infantiles de Masako.

En el hotel de Hakone Shunkichi y Osamu compartieron habitación con sus acompañantes femeninas; sin embargo, Kyoko y Natsuo durmieron en habitaciones separadas. Fue por iniciativa de Kyoko, que, desde el principio, quiso dar muestra de su corrección. No obstante, fue ella la que a medianoche llamó a la puerta de Natsuo. «¿Tienes algo para leer? Es que no puedo dormir...», le dijo al entrar. Natsuo, que todavía estaba despierto leyendo, se limitó a prestarle una revista esbozando una sonrisa. Aunque no la invitó a que se quedara, ella se sentó a su lado. En semejante situación, Natsuo habría tenido que titubear sin saber qué decir, pero no tuvo de qué preocuparse porque aquella noche Kyoko hablaba sin parar como poseída de la coquetería que durante el día tanto despreciaba.

Hasta ahora Natsuo siempre había sentido gratitud por la amistad de Kyoko. Tampoco en este viaje había ningún motivo para dudar de esa amistad. Pero aquella vez, aunque temeroso, trató de contemplarla por primera vez con otros ojos. El esfuerzo del intento lo ponía en un aprieto dificultoso.

A través del ancho cuello de la bata de noche se insinuaba su combinación interior a la luz demasiado brillante de la lámpara de noche; aquella blancura trazaba una suave línea descendente desde el cuello de Kyoko hacia su pecho con majestuosa belleza. Aunque hablaba incesantemente con aquellos labios finos tan suyos, sus ojos estaban fijos con firmeza y denotaban una cálida languidez. A ratos nerviosa, con sus uñas pintadas de rojo se tocaba el lóbulo de la oreja como si le picara. Como excusándose, dijo: «Cuando no llevo pendientes, a veces me siento como desnuda».

Esas palabras de Kyoko en ese contexto parecerían estar pidiendo como la cosa más normal una respuesta con cierto desenfado atrevido. Pero no ocurrió nada de eso. Natsuo conocía bien a Kyoko. Le parecería molesto apostar por entregarse a esa actuación desinhibida y tan poco natural. Le parecía mejor continuar como hasta ahora con la misma sensación de felicidad en su amistad. Además, Natsuo sabía que Kyoko era una mujer fuerte. Habría hecho falta mucho coraje para tener el atrevimiento de malinterpretar a Kyoko. Natsuo, ante la palabra «coraje», carecía por completo del ansia de aparentar propia de un joven.

El sentimiento, si se lo deja estar, no soporta mucho tiempo la ambigüedad de una situación. Los sentimientos se definen por sí mismos, resuelven la situación y se desvanecen. No es que Natsuo supiera esto por experiencia de dejar que se resolviesen las cosas así tan espontáneamente, no era algo que hubiera aprendido de alguien o pudiera imitar de los demás; simplemente lo tenía asimilado así, o tal vez no tenía tanta experiencia como para ello, pero destacaba sin embargo por su original talento para confiarlo todo en manos de la naturaleza.

Al fin, Kyoko comprendió que las dudas de Natsuo se debían al respeto que sentía hacia ella. Creyó que efectivamente era así. Por eso de repente su expresión adquirió brillo y con voz clara y luminosa impropia de la media noche dijo:

—Buenas noches. —Y salió de la habitación.

Masako le dijo:

—¿Por qué se ha roto la ventana del coche? ¿Fue un golpe?

—Sí, fue un golpe.

Masako esbozó una ligera sonrisa:

—¿Cómo?

—Con una piedra.

—Ya.

Masako, a diferencia de otras niñas de su edad, no agotaba la paciencia de los mayores preguntando interminablemente «¿por qué?, ¿por qué?». Masako, en aquel punto de la conversación, dejó de hacer preguntas. Eso no significaba que lo hubiese entendido todo. Todavía quedaban enigmas que dilucidar. Pero esta niña, ya de ocho años, solía dejar de hacer preguntas llegado cierto momento.

Reunidos en torno a Kyoko, el grupo de jóvenes bebía una botella de fino sherry que alguien había traído. Shunkichi era el único que, testarudo, bebía zumo de naranja. Todos estaban acostumbrados a sus hábitos saludables y no se extrañaban.

Kyoko le pidió a Shunkichi y Osamu que le contaran detalladamente lo que pasó la noche anterior. Ambos admitieron como si tal cosa que dejaron que pagasen la estancia en el hotel sus acompañantes femeninas. En cuanto a Osamu, podía haber sido más atento, pero Shunkichi apenas tenía dinero y en cierto modo era normal. Puestos a recordar detalladamente cómo les había ido en la cama, la verdad es que Shunkichi apenas recordaba nada: Osamu, por el contrario, se acordaba bien y, aunque con cierta desgana, lo contó todo. Kyoko quería escuchar hasta el menor detalle. Mientras seguían enfrascados en ese tema de conversación, Masako los escuchaba con aire inocente dando vueltas alrededor. Natsuo, como de costumbre, la observaba con preocupación.

—Increíble, es realmente increíble que Mitsuko haga eso.

—Pues no te miento —dijo Osamu. Nada más decirlo, tuvo la impresión de que todo cuanto decía era mentira, de que absolutamente nada era cierto.

Natsuo empezó a hablar con Shunkichi, que se había mantenido callado hasta ese momento:

—Tengo que darte las gracias. De no haber sido por ti, no sé lo que le habría pasado al coche.

Shunkichi estaba sentado cómodamente y con pose incluso algo altiva, tanto que se diría que él también estaba bebiendo alcohol, aunque sólo bebiese zumo de naranja; al escuchar sus palabras, sonrió con un poco de timidez y sin decir nada hizo un gesto con la mano como para quitarle importancia.

De todos modos, cabría preguntarse por qué siempre ocurrían accidentes en torno a Shunkichi, cuando seguro que no ocurriría nada en la misma situación si allí estuviese solo Natsuo. Shunkichi sólo recordaba anécdotas, que diesen para una conversación, relativas al boxeo o peleas imprevistas; en cambio, en cuanto a las mujeres, todo lo olvidaba enseguida.

Natsuo, como pintor que era, hacía tiempo que tenía interés en el rostro de Shunkichi. Tenía un rostro sencillo y viril; era indudable que su cara había sido moldeada a base de golpes, sin embargo, algunos de estos puñetazos habían imprimido más belleza a sus facciones. Entre los boxeadores hay dos tipos de rostros: espectacularmente bellos o todo lo contrario. Había un tipo de cara cuya belleza era realzada por los golpes; también se daba el caso contrario. La resistencia de la piel golpeada le daba un lustre peculiar. La cara de Shunkichi tenía una sencillez que además confería a sus facciones una impresión de fortaleza; su piel curtida por los golpes aumentaba esa impresión de sencillez, marcaba más sus facciones, y sus grandes y angulosos ojos, enmarcados por unas cejas rectas, sin señal de cortes ni golpes, todavía resultaban más vivaces. Resaltaban especialmente la profundidad y la frescura de su mirada. A diferencia de la cara de cualquier hombre, en su rostro terso como un balón de fútbol de cuero sólo el brillo de sus grandes y angulosos ojos era lo que le daba una expresión total y característica.

—Entonces, después, ¿después qué pasó? —preguntó Kyoko bajando la voz, no por temor a que escuchasen Shunkichi y Natsuo, sino para suscitar en Osamu las ganas de contarlo.

—Después... —Osamu, de nuevo, volvió a dar detalles innecesarios sobre lo ocurrido con su pareja. A medida que contaba lo sucedido, aumentaba su impresión de irrealidad, de inexistencia propia aquella noche. La aspereza de las sábanas de almidón arrugadas, el sudor transpirando levemente, la sensación como de un barco flotando sobre una cama de muelles demasiado blandos... Todo aquello ciertamente existía en cuanto tal. También perduraba una sensación constante de alivio al percibir cómo el placer se alejaba de sí. Lo único que no podía afirmar con certeza era su propia existencia.

Ya había atardecido. Masako, sentada sobre las rodillas de Natsuo, hojeaba tranquilamente un manga.

Por un momento la idea de «felicidad» cruzó la mente de Natsuo y le asustó. «Si este lugar en el que me encuentro ahora fuese mi hogar y el de mi familia —pensó—, sería horrible.»

Como el ventanal de la terraza estaba abierto, se oía claramente el silbido de salida de los trenes. Una hilera de luz se iluminaba allá en la estación de Shinanomachi.

Eran las diez de la noche cuando sonó el timbre de la puerta de entrada. Era Yanagimoto Seiichiro. Kyoko, que tras el cansado viaje ya estaba a punto de irse a dormir, se arregló de nuevo ante el espejo; enseguida se le quitó el sueño. Masako ya estaba durmiendo. En la casa de Kyoko los invitados eran bien recibidos a cualquier hora que viniesen.

Seiichiro esperaba en el salón. Al ver a Kyoko, dijo algo descontento:

—Vaya, ¿ya se han marchado todos?

—Mitsuko y Tamiko se fueron solas al llegar a Ginza. Luego vine con los tres a casa, y Shunkichi y Natsuo se marcharon al poco. El que aguantó más fue Osamu, pero hace una media hora se fue. Ya estaba a punto de irme a dormir.

A Kyoko ni se le ocurrió decir: «Podías haber llamado antes de venir». Bien sabía que Seiichiro solía venir sin avisar. Tampoco osaba mencionarle su estado de embriaguez diciendo frases del estilo: «¿Has bebido, ¿verdad?». Cuando Seiichiro venía tarde por la noche, solía ser después de haber estado de copas con alguien. Entre los hombres que iban a su casa, era con Seiichiro con quien mantenía amistad desde hacía más tiempo, desde que ella tenía diez años; él era como su hermano pequeño.

—¿Cómo fue el viaje? —preguntó Seiichiro. Como al preguntarle dejó entrever su falta de interés, Kyoko abrevió:

—Bien, sin novedad —dijo.

Seiichiro, cuando estaba en esta casa, tenía un semblante que traslucía descontento y calma extremos a un mismo tiempo, curiosa amalgama de matices de ánimo diferentes. Era una expresión similar a la de los asalariados que van a tomar unas copas a la vuelta del trabajo, pero esa expresión era traicionada por sus facciones; con aquella mandíbula fuerte y recia y ojos de mirada penetrante, de su rostro emanaba una fuerte voluntad. Con esa cara o, mejor dicho, protegido por ese semblante, él creía firmemente en el fin del mundo.

Kyoko, después de servirle una copa de sake, igual que se hace al traer a colación el golf en la conversación al hablar con aficionados a este deporte, aludió al tema de conversación del gusto de Seiichiro: el desmoronamiento del mundo.

—Hoy día nadie va a comprendernos o tomarnos en serio si hablamos del fin del mundo. Si fuese en tiempos de guerra, Seiichiro, durante los bombardeos, seguro que te darían la razón. O durante la posguerra, cuando los comunistas decían que en cualquier momento se podía producir una revolución, tendría pase. Tres o cuatro años atrás, cuando estalló la guerra con Corea, tal vez te habrían creído. Pero ¿ahora qué? Ahora, a diferencia de antes, vivimos rodeados de comodidades. ¿Quién va a creernos si decimos ahora que éste es el fin del mundo? Nosotros no íbamos en el pesquero Fukuryumaru, del que no sobrevivió ningún miembro de la tripulación.

—¿Qué tiene que ver lo que yo digo con la bomba atómica? —preguntó Seiichiro. Después, con un tono poéticamente exaltado por la embriaguez, le dio su opinión a Kyoko.

Según él, actualmente nada presagiaba decadencia, y ése era el signo más claro de la indudable destrucción del mundo. Cuando hay disturbios sociales, se solucionan alcanzando acuerdos razonables, todo el mundo cree en la victoria de la paz y la razón, se restablece la autoridad, ya no se lucha ni se pelea, y en su lugar predomina siempre una mentalidad que tiende a perdonar al adversario... En la mayoría de hogares, hoy día, se permiten el lujo de criar un perro, y en vez de arriesgar los propios ahorros en operaciones especulativas, ahora el tema de conversación de los jóvenes es a cuánto ascenderá su pensión de jubilación ahorrada durante años... Y así florecen, tranquilos y rebosantes, los árboles de cerezo en la radiante primavera... Todo aquello era un signo manifiesto de la venidera destrucción del mundo.

A Seiichiro no le gustaba discutir sobre sus propias opiniones con los demás, y tampoco solía conversar de estos temas con mujeres. De hecho, los hombres evitaban el debate. Sin embargo, cuando estaba con Kyoko, sentía un vínculo con ella. Ella rechazaba obligaciones o normas morales, se dejaba llevar sin más abandonándose a la indolencia, y pese a que jamás vendería su cuerpo, tenía el detalle de maquillarse para recibir a una visita nocturna.

—No pega el collar con el vestido de estilo occidental —le dijo sin ninguna reserva mientras degustaba su copa de licor.

—Ah, ¿sí? —Kyoko enseguida fue a cambiarse el collar. Ella se fiaba de sus opiniones dada su larga amistad desde que eran niños.

«Últimamente, cuando está cansada, se le marcan unas leves arrugas en torno al ojo —pensó Seiichiro—. Tiene tres años más que yo, ya ha cumplido treinta. Es injusto que nosotros dos también debamos envejecer como los demás; además, nunca nos interesó esta época en la que vivimos.»

Kyoko volvió con otro collar. A decir verdad, combinaba mejor con el vestido que llevaba. Con ese mínimo cambio, el contorno de su piel blanca entre su cuello y su pecho en un espacio tan reducido parecía mitigar las asperezas con el mundo externo realzando levemente la armonía. Tal vez los efectos del alcohol exageraban la sensación producida a Seiichiro. En cualquier caso, él le dijo que ahora sí que le quedaba bien. Ella se alegró por el comentario e intercambiaron una sonrisa. Eran conscientes de su entendimiento mutuo, y aquella alegría medio teatral entre los dos se transmitía al corazón.

Poco después de morir su padre, Kyoko echó a su marido de casa, y desde entonces Seiichiro se sentía más libre. El padre de Seiichiro en vida había sido un fiel colaborador del padre de Kyoko. Los domingos y días de fiesta solía venir a visitarlos con su esposa e hijo. Como el padre de Kyoko era lo que se dice «todo un demócrata», pudo ser compañero de juegos de Kyoko mientras aún eran niños, y bromear libremente con ella, además, se ganaba unos dulces como regalo al despedirse. Sin embargo, al llegar a la edad de casarse, Kyoko y Seiichiro se abstuvieron de verse, y su padre terminó por no traerlo durante sus visitas a la casa. Después, una vez que Kyoko se hubo casado, todavía en vida de su padre, Seiichiro, un muchacho ya joven universitario, recobró la costumbre de pasar en visita de cortesía un par de veces al año, y era recibido cordialmente tanto por el cabeza de familia, el padre de Kyoko, como por la joven pareja de recién casados... Pero ahora, cuando Seiichiro venía a esta casa, se diría que se comportaba como el cabeza de familia.

Pensándolo bien, dicho comportamiento resultaba algo sarcástico. Sin embargo, Seiichiro conocía bien a Kyoko y compartía su empeño por acabar con el clasismo, y además le parecía un ejemplo muy apropiado a seguir. Sus visitas intempestivas, su arrogancia sin reservas, su forma de presentarle a Kyoko a todos sus amigos sin hacer ninguna discriminación, esa forma de añadir admiradores a su lista... Todo aquello era cuanto habría podido desear Kyoko. Tal vez sería exagerado decir que Kyoko amaba a Seiichiro, pero en el preciso momento en que ella se quedaba sola, se daba cuenta de que no había mejor amigo que él. Kyoko no había cosa que aborreciese más en este mundo que el servilismo. En cambio, la altivez arrogante le parecía hasta bella. Tal vez por eso desde pequeños eran más parecidos el uno al otro de lo que habrían pensado.

Kyoko acogía con natural alegría el comportamiento caprichoso de Seiichiro en esta casa. Él a veces afectaba una moderación sutil. Como responsable administrador de su propiedad, la asesoraba diligentemente. Por un lado, era conocedor de las finanzas y sabía cómo gestionar el patrimonio, pero su continuo nihilismo expresaba algo oscuro; entre todos los visitantes a la casa, él era el más detestado por Masako.

Como Seiichiro no dejaba de prever la destrucción del mundo, Kyoko le dijo:

—A mí se me hace insoportable pensar en todo ese derrumbamiento después de tantos esfuerzos de reconstrucción durante la posguerra. La semana pasada subí a la azotea del edificio M. Hacía mucho que no observaba el centro de Tokio desde las alturas. Al ver, con mis propios ojos, lo mucho que se ha avanzado en las tareas de reconstrucción, no dejo de asombrarme. No queda ya rastro de las ruinas de los edificios quemados. Todas las irregularidades del terreno quedaron aplanadas, igual que moldes de impresión de las hojas de un periódico. Apenas había espacios verdes, sólo gentío en la distancia como tallos de hierba azotados por la brisa.

Seiichiro le preguntó a Kyoko si aquel panorama la hacía feliz. Ella le dijo que no.

—Kyoko, en el fondo tú piensas como yo, el fin del mundo es una idea que te atrae. No puedes olvidar la claridad de los terrenos abrasados por las llamas. Hoy observas esta ciudad a la luz de un tiempo pasado. No me cabe duda. Cuando camines por esas frías aceras de hormigón completamente renovadas, sentirás añoranza del suelo quemado bajo tus pies y la sensación de andar sobre ascuas, te faltará algo, te entristecerá contemplar desde los acristalados edificios modernos un paisaje nuevo sin las flores de diente de león que germinaban tras los incendios.

»La destrucción que amabas es ya parte del pasado. Aquella destrucción contenía el orgullo que cultivaste y puliste de forma sublime, te enorgulleces de haber hecho todo eso idealizando la destrucción. Creo que es por tu inevitable aversión a todo cuanto evoca alzarse de las cenizas como el ave fénix, resurgir, volver a la senda correcta, ensalzar las construcciones, mejorar, aspirar siempre a cosas mejores, querer a toda costa reconstruirlo todo, dar un paso más como ser humano... No, seguro que especialmente aborreces todo eso. Se te debe de hacer muy difícil vivir en esta época... no puedes negarlo.

—¿Y qué me dices de ti? Ni siquiera puede decirse que vivas realmente en esta época —le contestó Kyoko devolviéndole el golpe—. Siempre estás hablando de la inminente destrucción del mundo.

—Ciertamente —admitió el propio Seiichiro; poco a poco hablaba con la espontaneidad y entusiasmo lírico de un joven que está fuera de sí. Sin embargo, él sólo se permitía hablar de este modo en su casa; fuera de allí guardaba las apariencias y evitaba decir lo que se consideraba inapropiado.

»¿Cómo podría vivir si no tuviese la certeza de que se acerca el fin del mundo? Si pensara que el buzón rojo colocado en el camino a mi oficina por las obras de reconstrucción fuese a estar allí eternamente, ¿cómo iba a poder pasar por ese camino sin sentir náusea y horror? De estar allí para siempre el dichoso buzón rojo de grotesca abertura, ¿podría permitirle que siguiese ni un segundo más con esas fauces abiertas? ¿No crees que me liaría a patadas con el buzón rojo? ¿No crees que lucharía contra él hasta derribarlo y reventarlo a pedazos? Si puedo armarme de paciencia ante semejante buzón, si acepto y consiento su existencia, si cada mañana en la estación de tren trago con la cara de foca del jefe de estación y acepto su existencia, si trago con las paredes color de huevo en el interior del ascensor de la oficina, si cuando subo en el descanso del mediodía a la azotea trago con el globo inflable con promociones comerciales... Pues todo eso es gracias a que tengo la completa certeza del fin del mundo.

—Entonces, no haces más que tragar con todo. Todo lo toleras, todo te da lo mismo...

—Como al gato del cuento la única forma de luchar que le quedaba era tragárselo todo, esa era la única forma de vivir que tenía. El gato se tragaba todo cuanto encontraba por el camino: un carruaje de caballo, un perro, un edificio escolar. Si tenía sed, se tragaba un depósito de agua, incluso desfiles de reyes, hasta una abuelita, o un carrito de la leche... Sí, me gustaría saber cómo vivió ese gato.

»Tú sueñas con la destrucción del pasado. Yo preveo la destrucción del futuro. Y mientras, entre esos dos mundos de destrucción, resistimos viviendo, bebiendo a pequeños sorbitos el vivir el día a día. Esa manera de sobrevivir es desconsiderada e insensible hasta un punto horroroso, vivimos sin cesar abrazando ese fantasma que sólo aspira a alargar su vida eternamente. Ese espectro va ganando terreno, sumiendo en la parálisis a millares de personas; ahora la frontera entre sueño y realidad ha desaparecido, o tal vez todos han acabado por creer real esta ilusión.

—Entonces debes de ser el único que sabe que se trata de una ilusión, por eso puedes tragar con todo como si nada.

—Pues sí, y eso es porque sé que la realidad auténtica es «la realidad de un mundo a punto de ser destruido».

—¿Por qué lo sabes?

—Lo veo sin más. Cualquiera puede captar el fundamento de sus acciones si se fija bien. Lo que pasa es que nadie quiere verlo. Yo tengo valor para mirar de frente esa realidad, no puedo evitar ver claramente lo que va a pasar. Percibo claramente el rápido avance de las agujas en la esfera de un reloj.

Seiichiro estaba cada vez más ebrio. La cara roja y la flojedad en sus extremidades relajadas denotaban lo poco consciente que era ya del hilo de sus pensamientos. Con su formal traje azul a juego con una corbata y calcetines sobrios, ese joven siempre preparado para perderse en el anonimato de la gente hacía desprenderse de sí un olor de vida colectiva, incluso hasta en la mancha de su camisa descuidada. No era una suciedad o una mancha natural; daba más la impresión de ser una mancha producto de su esfuerzo por resultar natural. Como una medusa lanzada y despedazada sobre la arenosa playa, cuando él estaba en casa de Kyoko, era la viva imagen de la contradicción, tanto sus ideas como sus sentimientos no eran más que una amalgama absurda que él no podía controlar.

De repente, Seiichiro cambió de tema de conversación.

—¿Qué tal estaba Shun antes del entrenamiento?

—Parece que estaba muy bien, volvió con mucha confianza.

Kyoko le contó parte de lo sucedido aquella tarde en la pelea.

Seiichiro se echó a reír. Aunque era muy improbable que él se viese envuelto en una, le gustaba mucho oír hablar de peleas ajenas. Elogió mucho a Kyoko por su serenidad durante la trifulca.

Seiichiro inspiró profundamente el aire de la noche y, sentado, estiró las extremidades. La pronunciada nuez de su garganta se movía teñida de rojo a la luz de la lámpara. De repente se levantó y estrechó las manos a Kyoko.

—Me voy. Estarás cansada por el viaje, ¿verdad? Buenas noches.

—Pero, ¿a qué has venido entonces?

Kyoko se lo preguntó sin levantarse de la silla, ni alzar la mirada hacia él; tan sólo observaba la punta de sus uñas rojas con un brillo más intenso a la luz de la noche.

—Eso me pregunto yo, ¿para qué he venido? —dijo mientras se tambaleaba un poco sujetando la cartera del trabajo.

Ante la entrada dio un par de pasos, después se volvió, observó complacido el movimiento de su sombra proyectada sobre la vetusta puerta de roble y al fin dijo:

—Me duele un poco la cabeza. Ah, sí... Hay algo sobre lo que quería pedirte opinión.

—¿De qué se trata?

—Creo que ha llegado el momento de casarme.

Kyoko, que había salido a despedirlo a la puerta, se quedó callada. Ya estaba cerrada la noche, y unas rachas de viento arreciaron de repente arremolinándose por el muro que circundaba el jardín y el puente de piedra. En un rincón iluminado en la oscuridad se observaban las bayas de una aucuba de brillantes tonos rojos. Las hojas nuevas de tonos verdosos vibraban agitadas por el viento. Los innumerables frutos rojos temblaban como coagulados en sus racimos.

—Vaya viento tan terrible —dijo Kyoko en el preciso momento de despedirse.

Seiichiro se dio la vuelta con una leve expresión de disgusto: intuía el sentido insinuante de sus palabras. Él era consciente de que a Kyoko no le pegaba hacer ese tipo de comentario insulso aludiendo al tiempo. Kyoko interpretó el momentáneo gesto de disgusto de Seiichiro como señal de su desinhibición. Al fin y al cabo, Kyoko no tenía nada contra él.

Masako, que dormía en su habitación de estilo occidental, se despertó al oír que se marchaba el invitado. Mientras observaba el reloj en la mesilla de noche, pensó que este último invitado del día se había ido bastante pronto. Después, se levantó sigilosamente y abrió el cajón de los juguetes. Era realmente hábil para abrir este cajón sin hacer el más mínimo ruido.

En el cajón había muchos vestidos de muñeca, y emanaba olor de alcanfor. A Masako le encantaba aquel aroma del alcanfor envuelto en celofán de colores y había llenado el cajón por completo de aquellas bolsitas. Además, cuando estaba sola, le encantaba asomar la nariz en aquel cajón y aspirar el intenso y místico aroma.