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¿Qué es la vida para Yukio Mishima? Hanio Yamada, un joven publicitario, sufre una crisis que le lleva a un intento de suicidio fallido. Sintiéndose vacío, importándole muy poco su existencia, se le ocurre la excéntrica idea de poner en venta su vida y lo hace publicando un anuncio en prensa: "Vida en venta. Quien la compre puede utilizarla como le plazca". El problema viene cuando acuden a él una serie de pintorescos personajes que quieren comprársela: unos espías extranjeros en busca de una clave cifrada en manos de un país enemigo, una exquisita vampira que le da tanto amor como le pone al borde de la muerte, una heredera convencida de que va a volverse loca y le involucra en un tétrico plan... Los continuos peligros le devuelven el deseo de vivir y olvidar su sentimiento autodestructivo. Pero la decisión de poner su vida en venta, ¿no ha sido ya un reto demasiado osado al destino? "Una vida en venta" es una de las novelas más originales y surrealistas de Mishima. Tras una trama aparentemente desenfadada, se trasluce la soledad que le acompañó, sus inseguridades, sus dudas existenciales, su sed por vivir intensamente una vida a la que puso fin practicándose el tradicional "seppuku" en 1970. Se publicó por entregas en una revista japonesa en los años sesenta y, sin pena ni gloria, en los noventa en formato bolsillo. Su reedición hace un par de años en Japón ha sido toda una sorpresa por el notable éxito obtenido, sobre todo entre los lectores más jóvenes que han descubierto a un autor hasta ahora desconocido para su generación. Esta edición de Alianza Editorial es la primera que se hace en una lengua occidental.
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Seitenzahl: 291
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Yukio Mishima
Una vida en venta
Traducido del japonés por Keiko Takahashi y Jordi Fibla
Tentaciones al leer a un Mishima inesperado
Una vida en venta
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Omnipotencia e impotencia de Yukio Mishima
Créditos
CUANDO MISHIMA EMPEZABA a relacionarse, en la redacción de la revista Ronsou (Controversia), con un grupo de estudiantes contrarios a los activistas de izquierda que entonces dominaban en las universidades de Tokyo, les propuso un juramento por el que se comprometían a constituir la base del Japón imperial: «Juramos con el espíritu de auténticos hombres de Yamato alzarnos espada en mano contra cualquier amenaza a su cultura y a la continuidad histórica de nuestra patria». Tras redactar estas palabras, Mishima se hizo un corte en el meñique con un cortaplumas y pidió a los demás que le imitaran. Todos vertieron sangre de sus dedos en una taza, hasta llenarla. Entonces cada uno firmó el papel del juramento, mojando el pincel en la sangre. Algunos se marearon y uno tuvo que salir corriendo de la estancia para vomitar. Después de la firma, el escritor sugirió que se bebieran la sangre. Pidió que trajeran un salero, la sazonó y se llevó la taza a los labios para tomar un sorbo. Los estudiantes hicieron lo mismo. «Menuda pandilla de Dráculas estáis hechos», comentó Mishima al ver sus labios y dientes enrojecidos, y se echó a reír.
Poco después, en 1968, formaba con aquellos y otros estudiantes la organización Tatenokai (Sociedad del Escudo), un pequeño ejército privado cuyos miembros se adiestraban al pie del monte Fuji. El escritor se dedicaba a esa actividad, practicaba kendo y culturismo, y escribía. En ese año de 1968 publicó siete textos, entre narrativa y ensayos, sin contar con el himno de la organización que él mismo compuso. Uno de los textos fue la novela breve Una vida en venta, que apareció inicialmente por entregas, como es habitual en Japón, en la edición nipona de la revista Playboy.
Esta obra provoca diversas tentaciones. Por ejemplo, la de ver una conexión entre la repugnante escena en la redacción de Ronsou y el relato de vampirismo que Mishima incluye en la novela y del que tal vez la idea de beber la sangre sobrante, tras haberla utilizado como tinta, fuese la inspiración. También resulta tentador interpretar como un desprecio de la crítica la imagen surrealista de los caracteres del periódico que se convierten en cucarachas. Por entonces Mishima estaba escribiendo la que sería su obra maestra, la tetralogía El mar de la fertilidad, y tenía sed de reconocimiento. El año anterior se había llevado una profunda decepción al no recibir el premio Nobel, según cuentan sus biógrafos. Ahora se lo habían concedido a Kawabata y, aunque se deshizo en elogios de su amigo y mentor galardonado, le comentó a un conocido que pasarían por lo menos diez años antes de que recayera en otro japonés. Evidentemente, él no tenía intención de vivir diez años más y soportar lo que el tiempo le hace a un cuerpo por mucho deporte y culturismo que practique.
La insatisfacción de Mishima con la crítica venía de lejos. Había llegado a la cima de su fama en 1956, cuando publicó El Pabellón de Oro. Al cabo de tres años, La casa de Kyoko, su novela más larga hasta la fecha, en la que trabajó durante un año y medio, algo insólito en él, y que, según el diario que llevó mientras la escribía, le había costado enormes esfuerzos, fue acogida unánimemente con frialdad por los mismos críticos que hasta entonces habían puesto su obra por las nubes. Todos consideraron la novela como el primer gran fracaso de Mishima.
Diez años después, cuando escribió este aparente divertimento que es Una vida en venta, la amargura por el desdén que mostraron incluso los críticos japoneses que él más valoraba hacia La casa de Kyoko, así como la no menos tibia recepción que dispensaron en 1963 a El marinoque perdió la gracia del mar, que además tuvo una cifra de ventas modesta, señalando un claro declive de la popularidad de Mi- shima, podría haberle hecho imaginar esas cucarachas que son un travestismo de las frases de un periódico, tal vez en las páginas de la sección de cultura. Desde luego, la intención declarada de esa imagen es la de simbolizar la falta de sentido del mundo y la insignificancia de la vida, pero la tentación de suponer una sutil venganza de quienes negaron el pan y la sal a su libro más difícil, mientras que habían elogiado otros que, a su modo de ver, eran de calidad muy inferior, es demasiado fuerte. Hanio es un creador a su manera, un redactor publicitario de méritos reconocidos en su medio, como Mishima es un creador literario de fama mundial, y si uno veía la futilidad de la vida en los caracteres del periódico convertidos en cucarachas, tal vez el otro viera en los repugnantes insectos la inanidad de los críticos que no le comprendían.
Una tercera tentación sería identificar a Hanio, el protagonista de la novela, con el autor, cosa que, en principio, no parece desencaminada, ya que Hanio tiene una obsesión con el suicidio que Mishima también tenía. No era lo mismo haber leído la obra cuando se publicó por entregas en Playboy, en 1968,que cuando se hizo la primera edición en forma de libro en 1998. Entre las dos fechas se intercaló el incidente que dejaría estupefacto tanto al mundo literario como a los japoneses que habían dejado muy atrás las aspiraciones imperialistas y para los que el seppuku era una reliquia que solo se veía en las películas de época. El suicidio ritual de Mishima sigue prestándose a diversas interpretaciones, la menos sólida de las cuales es la de que entre el genio y el loco no hay más que el espesor de una hoja de papel. En cualquier caso, es inevitable que su acto tiña de algún modo la lectura de cualquiera de sus obras y hasta induzca a establecer paralelismos que no lo son tanto.
Como aspirante a suicida, Hanio es todo lo contrario de Mishima. Este dejó bien claro en sus escritos, en sus declaraciones, en su película Yuukoku (Patriotismo), una representación milimétrica del seppuku, que consideraba el suicidio ritual japonés como la manera honorable de quitarse la vida. Contraponía el valiente harakiri, como se dice coloquialmente, al suicidio derrotista. Y un suicidio derrotista es lo que intenta Hanio cuando engulle el frasco de somníferos.
¿Cuál debió de ser la postura del autor respecto a su personaje? Yo diría que la del hombre anónimo que envía a Hanio una carta en respuesta a su anuncio de «Vida en venta», donde le dice que antes de la guerra se hablaba del «augusto pueblo japonés» pero que ahora ese pueblo vive en un mundo economicista. «El mundo dominado por el dinero todopoderoso siempre me ha indignado, pero la existencia de personas como tú hace que sea imposible evitar que la plutocracia se apodere de la vida.» Sin embargo, es posible que Hanio encarne también alguna faceta de su creador, aunque la radical incompatibilidad de sus respectivas ideas del suicidio los aleje en ese aspecto. En el diario que acompañó a la escritura de La casa de Kyoko, Mishima anotó: «Cuando desarrollo un personaje en una de mis novelas, a veces siento que está muy cercano a mi manera de pensar, pero otras veces lo alejo de mí y hago que se desvíe y actúe como un ser independiente».
También siente uno la tentación de pensar que Una vida en venta podría ser un acto de exhibicionismo literario, una pequeña travesura por parte de un autor contradictorio que, pese a la ingente obra que produjo en pocos años, encontró tiempo para ejercer el narcisismo, como evidencian las películas de yakuzas en las que intervino o el álbum de fotos Barakei, publicado en España con el título Muerto por las rosas en 1966. Con Una vida en venta, parece como si se hubiera propuesto demostrar, con brevedad pero sin dejar margen a la duda, la capacidad que tenía de escribir sobre lo que se le antojara, por más que prefiriese atenerse a sus obsesiones, de desarrollar en muy pocas páginas una complicada trama en la que se entreveran una organización delictiva secreta y una red de espionaje, dotándola de ribetes cómicos, y ensamblarla con un relato de vampirismo a la japonesa, donde el móvil principal es la idea confuciana de la piedad filial, haciendo que el lector, seducido por el ritmo cinematográfico del relato, que transcurre en ambientes mórbidos y en ocasiones entre oníricos y surrealistas, una de esas intrigas retorcidas que incitan a devorar las páginas para ver en qué acaba todo, acepte de buen grado el inverosímil injerto.
Si en su vocación de suicida Hanio se aparta radicalmente de su creador, comparte con este una visión nihilista del Japón que, tras el periodo de posguerra, está a punto de alcanzar el llamado milagro económico. Le cuesta encontrar un sentido de identidad en un país que, a su modo de ver, ha dado la espalda a sus valores tradicionales para abrazar sin reservas los más prosaicos de las sociedades occidentales. El Japón que ven Hanio y Mishima es feo, lo es tanto en su paisaje urbano como en sus habitantes. La joven con la que Hanio traba conversación en un bar de ligues antes de ingerir el somnífero tiene, literalmente, la cara «aboniatada», el aliento del inspector de policía es fétido, los extranjeros despiden un efluvio dulzón y persistente que debe de ser su olor corporal, la anciana del hostal donde Hanio se refugia tras huir de Reiko, una mujer descortés y con demasiado blanco en los ojos, trae a la mente la figura de Celestina, el casero traza círculos con la lengua en el interior de la boca, «como si guardara un resto de comida en algún recoveco y lo rumiara para volver a saborearlo», el anciano que le ha hecho el primer encargo en su último encuentro se quita la dentadura postiza, con los restos adheridos de los cacahuetes que ha estado masticando, y se la enseña a Hanio. Por no hablar del repugnante método empleado para descifrar los telegramas codificados... pequeños detalles que se suman para dar la sensación de un mundo repulsivo y que son como bocetos de Grosz. En cuanto a la ciudad, la presenta como un nido de termes, aunque su juventud noctámbula más bien evoque el plancton de un mar abisal.
Arthur Miller, que admiraba a Mishima, decía de él que era surrealista y muy erótico, que creaba mitos enormes con una gran economía de medios y que sus novelas eran visiones comprimidas. Todo ello se encuentra en esta novela breve, donde «la sangre salía furtivamente por debajo del cuerpo como si lo hiciera con astucia, como si huyera aprovechándose de la confusión»; donde la esencia del suicidio que Mishima llamaba derrotista se expresa precisamente con una visión comprimida: «Ahora que le embargaba una agradable sensación de abandono a sus impulsos, no le apetecía levantarse para coger el paquete de tabaco que tenía delante de sus narices. Las ganas de fumar existían, pero levantarse para coger el tabaco que estaba fuera del alcance de su brazo extendido le parecía un trabajo tan pesado como empujar por detrás un coche averiado. Eso era el suicidio, en pocas palabras»; donde se dice que «tanto la vida como la política son más superficiales de lo que se cree. Claro que para poder pensar así hay que estar dispuesto a morir en cualquier momento. Es el deseo de vivir el que hace que uno lo vea todo complicado y misterioso». En cuanto al erotismo, aparte del «ejercicio» estratégico con Ruriko, es omnipresente pero contenido, expresado por detalles como una horquilla de pelo entre las sábanas o una mancha de sangre «en forma de pajarillo».
Si la edición de los años noventa tuvo una tibia acogida, esta vez una nueva generación de japoneses se ha dejado tentar por un Mishima inesperado, un autor al que mantenían a distancia, reacios a leerlo porque tenían la vaga idea de algo que Donald Keene ha explicado en uno de sus ensayos sobre él: «No vaciló en recurrir a ideogramas y vocablos poco usados cuando correspondían exactamente al matiz de significado que deseaba. Sus pensamientos y percepciones solían ser complejos en extremo. El uso de la lengua japonesa para una expresión intelectual en vez de emocional es un aspecto de su clasicismo». Una vida en venta, engañosamente sencilla, contiene en pocas páginas la esencia de Mishima y, para sorpresa de muchos que lo tenían por uno de los huesos más duros de roer de la narrativa japonesa moderna, permite hacer algo que solo es posible con muy pocas de sus obras: leerla de un tirón.
JORDI FIBLA
CUANDO HANIO DESPERTÓ, la luz era tan intensa que creyó hallarse en el cielo. Sin embargo, persistía el dolor en la zona occipital, y no es posible que a uno le duela la cabeza en el cielo. Lo primero que reconoció fue el cristal pulimentado de una gran ventana desprovista de cualquier adorno en un entorno excesivamente blanco.
—Parece que se ha despertado —dijo alguien.
—Menos mal. Le he salvado la vida. Qué bien voy a sentirme durante todo el día pensando en ello.
Hanio se esforzó por alzar la cabeza y vio a una enfermera y un hombre rechoncho con uniforme de bombero.
—No, no se mueva —le dijo la enfermera, empujándole suavemente los hombros—. Todavía tiene que evitar los movimientos bruscos.
Entonces Hanio supo que había fracasado en su tentativa de suicidio. En el último tren de aquella noche había ingerido un puñado de píldoras para dormir. En realidad, se las tomó con agua de una fuente de la estación y entonces subió al tren.
Se tumbó en una hilera de asientos del vagón casi vacío, y ya no recordaba nada más.
***
SU ACTO SUICIDA NO HABÍA sido el resultado de profundas consideraciones, sino que el deseo de cometerlo se había apoderado de él repentinamente, aquella misma tarde, mientras leía un periódico del 29 de noviembre en la cafetería donde solía cenar. Deslizaba la vista por las noticias: «El empleado del Ministerio de Asuntos Exteriores era un espía. La redada ha tenido lugar en tres lugares, uno de ellos la Asociación de Amistad Sinojaponesa. Se anuncia un cambio definitivo en el cargo que ocupa McNamara. Tokyo sumida en una neblina de contaminación, primera advertencia de este invierno. Petición de cadena perpetua para el atroz Aono, acusado de intentar la voladura del aeropuerto de Haneda. Un camión ha caído a la vía férrea, colisionando con un vagón. El trasplante de una válvula aórtica de un cadáver a una niña ha sido un éxito. Atraco en una sucursal de un banco de Kagoshima. El asaltante se ha llevado novecientos mil yenes». Todos ellos sucesos cotidianos que no tenían nada destacable. Ninguna de aquellas noticias había impresionado a Hanio. Entonces, de improviso, como si se le acabara de ocurrir que iba a irse de excursión, la idea del suicidio cruzó por su mente. Si insistiéramos en buscar el motivo de su acto, llegaríamos a la conclusión de que había intentado suicidarse porque no tenía ningún motivo para ello. No había sufrido un desengaño amoroso, y aunque lo hubiera sufrido, no era un hombre que se sintiera impulsado a suicidarse por eso. Tampoco tenía dificultades económicas. Era redactor de textos publicitarios. El anuncio del medicamento Sukkiri, de los laboratorios Goshiki, para trastornos estomacales era obra suya: «Sukkiri hakkiri korekkiri»1. En el mundo publicitario se reconocían sus méritos, hasta el punto de que probablemente habría podido independizarse, pero él no tenía en absoluto esa intención. Trabajaba en la agencia Tokyo Ad y estaba satisfecho con el sueldo que le pagaban. Hasta el día anterior había sido un empleado de la mayor seriedad.
Pero sin duda la razón de su tentativa de suicidio tenía que ver con el momento en que hojeaba aquel periódico. Lo hacía desganadamente, repantigado en su asiento, y las páginas interiores se desprendieron de las que él sujetaba y cayeron al suelo bajo la mesa. Hanio debió de contemplar su caída como una serpiente perezosa que observara la muda de su piel. Se propuso recogerlas. Podría haberlas dejado en el suelo, pero probablemente pensó que las buenas maneras le exigían que las recogiese, o tal vez le hiciera decidirse algo más serio e importante, como el deseo de restablecer el orden en el mundo. No podemos saberlo.
La cuestión es que se agachó debajo de la mesa pequeña e inestable y extendió la mano. Entonces vio algo espantoso: encima de una de las hojas había una cucaracha inmóvil, pero en el instante en que movió la mano el insecto de color caoba lustroso huyó velozmente y se perdió, confundido con los ideogramas impresos. A pesar del asco que sentía, Hanio tomó las hojas, dejó las que había estado leyendo sobre la mesa y se puso a leer las recogidas del suelo. Todos los ideogramas se transformaban en cucarachas. Cuando intentaba leerlos, huían mostrando sus oleosos lomos de un negro rojizo. De repente comprendió que era así como estaba hecho el mecanismo de la vida y, una vez lo supo, experimentó un irreprimible deseo de morir. Lo mismo que un buzón rojo en un día nevado, que queda muy bien con su gorro de nieve en la parte superior, desde aquel momento la muerte le sentó a la perfección.
Se sentía alegre sin saber por qué. Entró en una farmacia y compró el somnífero, pero pensó que sería una lástima tomarlo de inmediato. Entró en un cine, vio tres películas seguidas y, al salir, fue a pasar un rato en un bar de liguesal que iba en ocasiones. Una joven entrada en carnes y de aspecto inocente que no le despertaba el menor interés se sentó a su lado y él no supo qué hacer, aunque estaba deseando confesar que iba a suicidarse al cabo de un momento.
Empujó ligeramente con su codo el grueso codo de la joven. Ella, tras mirarle de soslayo, se movió perezosamente en la silla hacia él, como si estuviera haciendo un esfuerzo extraordinario. Entonces contrajo la cara aboniatada y se echó a reír.
—Buenas noches —le dijo Hanio.
—Buenas noches.
—Eres muy guapa, ¿sabes?
—Ja, ja.
—¿Imaginas lo que voy a decirte ahora?
—Ja, ja.
—No te lo imaginas, ¿eh?
—Bueno, algo sí que puedo imaginar.
—Esta misma noche voy a suicidarme.
En vez de mostrarse sorprendida, la joven soltó una carcajada. Se metió en la boca un trozo de surume2y lo masticó mientras se reía. El olor del surume asaltó el olfato de Hanio.
En aquel momento se les acercaron unos hombres que debían de ser amigos de la muchacha, y ella, saludándoles con exageradas sacudidas de la mano, se levantó del taburete y se marchó con ellos sin despedirse de Hanio. También él salió del bar, un tanto irritado porque la chica no se había creído que fuera a matarse. Todavía faltaba bastante tiempo para el último tren, pero su decisión de tomar ese y no otro era firme, y tenía que encontrar la manera de pasar el rato. Entró en un salón de pachinko y se puso a jugar. Acertaba en todos los orificios y las bolitas salían sin cesar de la máquina. Aquella ilimitada cantidad de bolitas ganadas cuando había llegado al final de su vida parecía una broma estúpida.
Por fin llegó la hora del último tren.
Hanio entró en la estación, cruzó el acceso al andén, engulló las píldoras con el agua de una fuente y subió al tren.
1 La originalidad fonética del anuncio es intraducible, pero viene a significar: «Toma Sukkiri y ten la seguridad de que tus molestias desaparecerán en seguida de una vez por todas». [N. de los T.]
2 Calamar seco sazonado que se come como un tentempié. [N. de los T.]
AL FRACASAR EN SU TENTATIVA de suicidio, de alguna manera se abrió ante Hanio un mundo vacío, espléndido y libre. Desde aquel día se fueron interrumpiendo los hábitos cotidianos que hasta entonces le habían parecido eternos, y tenía la sensación de que todo era posible. Los días se iban para no volver, un día tras otro dejaban de respirar, y él podía verlos claramente, como si fuesen ranas muertas panza arriba puestas en hilera. Presentó su dimisión en la agencia Tokyo Ad y, como la empresa era próspera, le pagó una buena suma en concepto de finiquito. Así podría llevar una clase de vida sin restricciones por parte de nadie. Puso un anuncio en la sección de solicitudes de empleo de un periódico de poca monta. Decía así: «Vida en venta. Quien la compre puede utilizarla como le plazca. Soy un varón de 27 años. Garantizo que guardaré el secreto y que no causaré ningún inconveniente». Adjuntaba su dirección. En la puerta de su apartamento fijó un anuncio en inglés con una caligrafía de buen gusto: «Life for Sale. Hanio Yamada».
El día de la publicación del anuncio no se presentó nadie. El tiempo transcurría, vacío, sin nada que hacer, pero Hanio no se aburría en absoluto. Permanecía en su cuarto, tendido y mirando la televisión, con la mente en blanco o sumido en sus ensoñaciones.
Cuando lo llevaron en ambulancia al servicio de urgencias del hospital, estaba totalmente inconsciente, y lo normal sería que no recordara nada, pero, por extraño que pareciera, le bastaba oír la sirena de una ambulancia para que surgieran en su mente con toda nitidez recuerdos de cuando se hallaba en el interior del vehículo, tendido y roncando fuertemente, y un bombero que se había puesto una bata blanca se sentaba a su lado, las manos encima de la manta para sujetarlo y evitar que cayera de la camilla al suelo debido a las sacudidas de la ambulancia. El bombero tenía un gran lunar en un lado de la nariz...
Al día siguiente por la mañana llamaron a la puerta del apartamento. Cuando la abrió, Hanio se encontró ante un anciano de corta estatura y bien vestido, el cual, al tiempo que volvía la cabeza y miraba si había alguien a sus espaldas, extendía la mano hacia atrás para cerrar la puerta.
—El señor Hanio Yamada, ¿no es cierto?
—El mismo.
—He leído su anuncio en el periódico.
—Pase, por favor.
Hanio le condujo a un rincón donde había una mesa y varias sillas negras sobre una alfombra roja. Era evidente que quien vivía allí se relacionaba de alguna manera con el mundo del diseño. Tras hacer una cortés reverencia, el anciano tomó asiento. Su lengua producía un sonido sibilante dentro de la boca, como el silbido de una cobra.
—¿Es usted quien vende su vida?
—En efecto.
—Parece joven, y veo que vive bien. ¿Por qué se le ha ocurrido hacer algo así?
—No es necesario que me pregunte cosas superfluas.
—Por cierto, ¿a qué precio vende su vida?
—Pues... cobraré la voluntad.
—Semejante irresponsabilidad es inaudita. Usted mismo debe fijar el precio de su propia vida. ¿Qué me diría si le ofreciera cien yenes por ella?
—Si eso le pareciera a usted apropiado, lo aceptaría.
—Vamos, vamos, no diga tonterías.
El anciano se sacó una cartera del bolsillo y extrajo cinco billetes de diez mil yenes, tan nuevos que podrían cortar la mano con el filo, y los desplegó en abanico como si fuesen naipes.
Hanio tomó los billetes sin que sus ojos revelaran la menor emoción.
—Bien, dígame qué desea. No me negaré a nada.
—Veamos... —dijo el anciano, y sacó un cigarrillo con filtro de un paquete—. Si fumas de estos, puedes olvidarte del cáncer de pulmón —comentó inesperadamente, considerando que la relación con el vendedor de su vida ya era lo bastante estrecha para tutearle—. ¿Quieres uno? Claro que un hombre que vende su vida no le teme al cáncer. Bueno, lo que necesito es muy sencillo. Mi mujer... mi tercera mujer, tiene veintiséis años, exactamente medio siglo menos que yo. Es una chica estupenda. Sus pechos se orientan hacia lados distintos, uno aquí y otro allá, como dos palomas que no se llevaran bien. Con los labios sucede lo mismo, uno apunta hacia arriba y el otro hacia abajo, y tienen una expresión de dulce fatiga. No sabría describir con palabras la maravilla de su cuerpo. También sus piernas son excelentes. Hoy en día están de moda las piernas delicadas, tan finas que parecen enfermizas, pero las suyas... no sabría expresar la manera en que se van ahusando ligeramente desde los poderosos muslos hasta los tobillos. También su trasero es hermoso y rotundo, con la forma de los montecillos de tierra acumulada después de que un topo haya cavado su agujero en primavera.
»Pues bien, esa mujer se obstinó en ir por ahí sin mí, y ahora es la amante de un sankokujin3. El hombre es un canalla descomunal que tiene cuatro restaurantes, pero sin duda ha matado a dos o tres personas en una querella por los terrenos. Lo que quiero pedirte es que te pongas en contacto con mi mujer, que tengas relaciones íntimas con ella y entonces pongas tales relaciones en conocimiento de ese hombre. Cuando lo hayas hecho, con toda seguridad serás asesinado, y probablemente mi mujer también. Eso sería un alivio enorme para mí. Morir así requiere habilidad, claro está.
—Vaya... —dijo Hanio, que le había escuchado sin ningún interés aparente—. Pero ¿seguro que será todo tan romántico? Usted sueña con vengarse de su mujer, pero si a ella le hiciera feliz morir conmigo, ¿cuáles serían entonces sus sentimientos?
—No es una mujer que se alegre de morir. Esa es la diferencia contigo. Ella se aferra desesperadamente a la vida. Es como si tuviera un conjuro escrito en todos los lugares de su cuerpo.
—¿Cómo sabe usted eso?
—Pronto lo sabrás tú también. Bien, espero que sepas morir hábilmente. Supongo que no será necesario un contrato.
—No. No hace ninguna falta.
El anciano se quedó pensativo, mientras volvía a hacer unos ruiditos sibilantes en el interior de la boca.
—¿Tienes algo que pedirme para después de tu muerte?
—No, nada. No necesito funeral ni tumba. Tan solo le agradecería que, cuando ya no esté, cuidara de mi gato siamés. Siempre he querido ocuparme de él, pero por pereza y falta de ocasión no he podido hacerlo. No le dé la leche en un plato corriente sino, de acuerdo con mi visión de cómo debe hacerse, hágale beber de una pala grande. Una vez el gato haya tomado uno o dos sorbos, álcele la cabeza con la pala. Con toda seguridad su cara se empapará de leche. Hágalo así una vez al día sin falta. Le ruego que no se olvide nunca de hacerlo, ya que es muy importante.
—No entiendo en absoluto a qué viene esto.
—Es que usted vive en un mundo totalmente normal y corriente. En lo que acaba de pedirme tampoco hay ni pizca de imaginación. Ah, por cierto, si saliera vivo del encargo, ¿tendría que devolverle los cincuenta mil yenes?
—No sería necesario, pero entonces tendrías que matar a mi mujer, fuera como fuese.
—Eso me convertiría en un asesino que actúa por encargo.
—Así es, en efecto. En cualquier caso, que esa mujer desaparezca del mundo para siempre será estupendo, pero deseo evitar el menor sentimiento de culpabilidad. Encima de las amargas experiencias que he sufrido, no quiero sentirme culpable. Bien, has de ponerte en movimiento esta misma noche. Cada vez que se produzcan gastos adicionales, solo tienes que decírmelo. Todo correrá de mi cuenta.
—Que me ponga en movimiento... ¿Adónde he de ir?
—Aquí tienes este plano, llévalo encima. En lo alto de esta calle en cuesta hay un lujoso edificio llamado Villa Borghese. Debes ir al apartamento 865. Está en la última planta del edificio, y parece que es magnífico, pero desconozco cuándo se encuentra ella ahí. Tú mismo deberás informarte del resto.
—¿Cómo se llama su esposa?
—Ruriko Kishi. Ruri escrito en sílabas kana, mientras que Kishi se escribe con el mismo ideograma del primer ministro Kishi —replicó el anciano, con el rostro realzado por un brillo que no era nada natural.
3 Este término, literalmente «persona de un país tercero», se aplica por igual a coreanos o chinos residentes en Japón, por lo que se desconoce de momento la nacionalidad concreta de la persona mencionada. [N. de los T.]
EL ANCIANO CRUZÓ EL UMBRAL, pero, antes de cerrar del todo la puerta, volvió a abrirla y entró en el recibidor. Lo que dijo entonces era del todo correcto, ya que había comprado la vida de su interlocutor.
—Ah, me olvidaba de una cosa importante. Jamás hablarás con nadie de la persona que te ha hecho el encargo ni tampoco dirás qué es lo que te ha encargado. Ya que vendes tu vida, doy por hecho que tu moral comercial estará a ese nivel.
—No debe preocuparse en absoluto por eso.
—¿Me firmarás un juramento por escrito?
—Qué absurdo. ¡Jurar tal cosa sería tanto como decir que lo hago por encargo!
—En eso tienes razón.
Dio unos pasos hacia el interior del apartamento, emitiendo aquel sonido sibilante de la dentadura mal ajustada movida por el nerviosismo.
—Entonces, ¿cómo puedo confiar en ti?
—O confía plenamente o no confía. O duda de mí o no duda en absoluto. En cualquier caso, usted ha venido aquí y me ha pagado, lo cual me ha hecho creer que en este mundo existe la confianza. Además, señor cliente, aunque quisiera decirle a alguien lo que me ha pedido, no podría hacerlo, porque no sé quién es usted. Así que puede estar tranquilo.
—Qué tontería. Ruriko te dirá quién soy.
—Sí, es cierto, pero no tengo el menor interés en saber quién es usted.
—Comprendo. He conocido a mucha gente a lo largo de mi vida. Nada más verte, tu cara me ha inspirado confianza. Cuando necesites dinero, pon un anuncio en el tablón de mensajes que hay en la salida de la estación central de Shinjuku, por ejemplo «Espero dinero mañana a las ocho. Life». Cada día voy caminando a los grandes almacenes, pero, como no tengo nada que hacer antes de que abran, cuanto más temprano dejes el anuncio, tanto mejor para mí.
El anciano se encaminó a la puerta y salió. Hanio lo hizo tras él.
—¿Adónde vas?
—¿Cómo que adónde? Solo puede ser a un sitio. Al apartamento 865 del Villa Borghese.
—¡Qué rápido empiezas!
Hanio recordó algo. Dio la vuelta al cartel que pendía de la puerta. En el reverso se leía: «Vida agotada».
EL EDIFICIO LLAMADO VILLA BORGHESE era blanco, de estilo italiano, y se alzaba al final de una calle en cuesta bordeada de sórdidas casas. Era fácilmente identificable desde lejos sin necesidad de consultar el plano. Hanio echó un vistazo a la recepción, pero no había más que una silla vacía, y se encaminó al ascensor que se veía al fondo. Avanzaba como si careciera de voluntad, manejado por medio de hilos. Se sentía eufórico y sin responsabilidades, una persona totalmente distinta del hombre que había sido antes de la tentativa de suicidio. La vida no podía ser más liviana.
Caminó por el pasillo de la octava planta del edificio solitario a aquella hora matinal y en seguida encontró el apartamento 865. Pulsó el timbre, cuyo plácido sonido se prolongó sin que hubiera respuesta. ¿No habría nadie en casa? Pero Hanio intuía que aquella mañana ella estaba allí sola. Era la hora en que una amante habría vuelto a dormirse profundamente después de haberse despedido de su hombre, y Hanio siguió insistiendo. Por fin pareció que alguien se acercaba a la puerta. La abrieron, pero solo la holgura máxima que permitía la longitud de una cadena, y apareció la cara sorprendida de una mujer. Llevaba camisa de dormir, pero su expresión no era la de quien acaba de despertarse, sino que no fingía en absoluto que estaba despejada. Era cierto que su labio superior se levantaba un poco y el inferior descendía, formando una línea vertical.
—¿Quién es usted?
—Soy de la compañía de seguros Life for Sale. Quisiera presentarle nuestros productos.
—¿Pero qué dice? Ni hablar de eso. No necesito ningún seguro de vida. Tengo mucha vida por delante y no me hace falta.
A pesar de que la mujer hablaba en un tono cortante, no cerraba la puerta, lo cual hizo pensar a Hanio que tenía cierto interés por él. Recurrió a una táctica de vendedor a domicilio e introdujo un pie en la abertura de la puerta.
—No le pido que me permita entrar, sino tan solo que me escuche. Será solo un momento.
—No, no quiero, porque mi marido se enfadará. Además, ya ve cómo estoy...
—Si lo desea, vuelvo dentro de veinte minutos.
—Bueno... —La mujer se quedó pensativa un momento—. Vaya a visitar otros domicilios y dentro de veinte minutos vuelva a llamar.
—De acuerdo.
Hanio retiró el pie y la puerta se cerró. Tomó asiento en un sofá ante la ventana al final del pasillo, desde donde veía allá abajo el paisaje de la ciudad iluminada por la luz invernal. Comprendía claramente que aquella ciudad era como un nido de termes. Por supuesto, la gente conversaba y decía cosas como «buenos días», «¿qué tal va el trabajo?», «¿está bien tu mujer?», «¿y los niños?», «la situación internacional está cada vez más tensa, ¿verdad?», pero nadie se percataba de que esas palabras ya no significaban nada. Fumó dos o tres pitillos, se dirigió a la puerta y llamó de nuevo. Esta vez se abrió en seguida y la mujer, con un vestido amarillo verdoso muy escotado, le invitó a entrar.
—¿Quieres tomar un té o una copa de licor?
—Hacerle ese ofrecimiento a un vendedor es un tanto excepcional, ¿no es cierto?
—No me he creído eso de que eres un vendedor de seguros. Me he dado cuenta antes, nada más verte. Si haces teatro, deberías actuar mejor.
—Ya, comprendo. Bueno, me tomaría una cerveza.
Ruriko guiñó un ojo mientras reía. Cruzó despacio la estancia y desapareció en la cocina, dejando en Hanio la impresión de un trasero grande que no armonizaba con la delgadez de su cuerpo.
Al cabo de un rato los dos brindaban con cerveza.
—Bien, ¿vas a decirme quién eres realmente?
—¿Y si lo dejamos en que soy el repartidor de la leche?
—No te burles de mí. En cualquier caso, has venido aquí sabiendo que este es un lugar peligroso, ¿verdad?
—No.
—¿Quién te ha encargado que vengas?
