El color prohibido - Yukio Mishima - E-Book

El color prohibido E-Book

Yukio Mishima

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Beschreibung

Shunsuké, un famoso escritor sexagenario, se siente atraído por la extraordinaria belleza de un joven homosexual, Yuichi. Encallado en una encrucijada vital, se ve tentado por la idea de vengar por medio de él las muchas frustraciones que le han hecho experimentar las mujeres y se embarcará en un juego perverso cuyas insospechadas consecuencias está muy lejos de prever. En "El color prohibido" -expresión japonesa que hace referencia a la homosexualidad- Yukio Mishima (1925-1970) nos ofrece una obra teñida de una atmósfera turbia e inquietante acerca de un mundo prohibido.

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Seitenzahl: 828

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Yukio Mishima

El color prohibido

Traducción de Keiko Takahashi y Jordi Fibla

Contenido

Nota de los traductores

1. El comienzo

2. El contrato del espejo

3. El matrimonio de un buen hijo

4. Efecto de un incendio lejano visto en el crepúsculo

5. Los primeros pasos hacia la salvación

6. Las tribulaciones de las mujeres

7. Entrada en escena

8. Una jungla de sensibilidades

9. Celos

10. Azar falso y azar verdadero

11. La vida cotidiana

12. Gay party

13. Cortesía

14. Independencia

15. Un domingo sin nada que hacer

16. Las consecuencias del viaje

17. A tu aire

18. La desgracia de la mirona

19. Mi cómplice

20. La desgracia de la mujer es la desgracia del marido

21. Chuta envejecido

22. El seductor

23. Los días que maduran

24. Diálogo

25. Conversión

26. La llegada del verano tras la embriaguez

27. Interludio

28. Un incidente caído de las nubes

29. «Deus ex machina»

30. Amor heroico

31. Problemas espirituales y financieros

32. Shunsuké Hinoki visto por sí mismo

33. Apoteosis

Créditos

Nota de los traductores

La producción de Yukio Mishima fue frenética desde el mismo comienzo de su carrera. Tres obras en 1949, entre ellas Confesiones de una máscara, uno de los ejemplos de narración introspectiva más desgarrados y sangrantes, en un sentido literal, que se han escrito jamás. Al año siguiente, Sed de amor1 no apareció sola, sino que la acompañaron otras cuatro obras. En 1951, año en el que Mishima publicó el primer volumen de El color prohibido, su producción ascendió a seis títulos, y esto sin contar con la «literatura alimenticia», a la que dedicaba un par de horas al día, destinada a revistas populares y que probablemente jamás conoceremos en Occidente.

Nacido en 1925, en la época en que publica todas estas obras Mishima es veinteañero. Asombra la amplitud de su ambición y su audacia. En esta novela, concretamente, la audacia de deslizarse bajo la piel de un escritor de sesenta y cinco años al que el autor, desde su perspectiva juvenil, ve como decrépito y ya sin energía creativa, el modelo de lo que él nunca querrá llegar a ser (de lo que realmente jamás será), o la de presentar un cuadro del ambiente homosexual en el Tokyo de la inmediata posguerra y no dudar en meter en el mismo saco a todos los extranjeros que pululaban por la arrasada capital y aprovechaban los últimos coletazos de la ocupación norteamericana para realizar turbios negocios, al igual que lo hacían personajes de una inmoralidad que es el antónimo exacto del término «acrisolado», como el inefable matrimonio Kaburagi.

Una copiosa producción y una evidente renuencia a detenerse y volver atrás para eliminar o rehacer suponen inevitablemente unas veces desigual calidad, otras cierto desequilibrio. Mishima alcanzó muy pronto la maestría, con Confesiones de una máscara, pero, al igual que otros creadores que han tenido tan brillante comienzo en su primera juventud, como Norman Mailer, el autor japonés atravesó una época de claroscuros, hasta que inició un nuevo periodo de maestría sin fisuras que sólo podemos imaginar adonde le habría conducido si no hubiera decidido suicidarse a los cuarenta y cinco años.

El color prohibido es una obra con claroscuros. Queremos decir que contiene algunos pasajes en los que el autor abandona por un momento la trama y los personajes, o aprovecha a uno de éstos para embarcarse en complejas disquisiciones de las que él mismo diría, según recoge su biógrafo Henry Scott Stokes en The Life and Dead of Yukio Mishima, que son «innecesariamente confusas». Tal vez por eso, algunos traductores, como Alfred H. Marks en su versión inglesa, decidieron podar el libro. En el caso de Marks, la poda fue tan radical (no sabemos si con permiso del autor, puesto que la traducción se publicó en 1968, dos años antes de la muerte de Mishima), que incluso eliminó todo un capítulo. En esta versión española hemos decidido traducir íntegramente la obra, tal como está al alcance del lector japonés, para el que esos pocos párrafos un tanto enrevesados plantean la misma dificultad de comprensión que para el lector español, y lo hacemos así no sólo porque no podemos ponernos en contacto con Mishima para pedirle que nos permita empuñar la podadera, sino también porque consideramos que la obra, tal como la escribió un Mishima de veinticinco años, con sus ingenuidades, su pizca de pedantería, sus recurrencias obsesivas y sus oscuridades, es hoy en día tanto una novela muy interesante como un documento de la época en que Japón estaba postrado y empezaba a levantarse penosamente, vista por un creador genial cuyas confusiones personales en aquellos momentos debían de tener su correspondencia en la confusión del país que acababa de salir de la peor pesadilla de su historia.

En cuanto al título, Kinjiki, que significa literalmente «color prohibido» (y, en japonés, el concepto de «color» se extiende al erotismo), viene a ser un eufemismo de homosexualidad.

1 Ambas obras están publicadas en Alianza Editorial. (N. del E.)

1. El comienzo

A medida que aumentaba la frecuencia de sus visitas, Yasuko se había ido acostumbrando, y ya se sentaba despreocupadamente en las rodillas de Shunsuké, que descansaba en una silla de roten instalada en el jardín. A él le encantaba semejante familiaridad.

Era en pleno verano. Shunsuké no recibía visitas por la mañana, durante la cual, si le apetecía, trabajaba. Cuando no se sentía con ánimos para ello, escribía cartas o se tendía en una tumbona que había ordenado colocar a la sombra de los árboles y leía, o ponía el libro con las tapas hacia arriba sobre sus rodillas y no hacía nada, o llamaba a la sirvienta con una campanilla y le pedía una taza de té, o, si la noche anterior no había podido dormir lo suficiente, dormitaba un rato con la manta subida hasta el pecho. Pese a que ya habían transcurrido cinco años desde que dejó atrás los sesenta, no tenía nada a lo que pudiera llamar una afición. A decir verdad, en cuestión de aficiones era más bien escéptico. Carecía totalmente de interés por la relación objetiva entre sí mismo y el prójimo, que sería el requisito indispensable de una afición. Esta falta absoluta de objetividad, junto con la relación compulsiva y mal organizada entre su interioridad y el mundo exterior, dotaba a sus obras, incluso las de madurez, de frescura y candor, pero, por otra parte, le hacía sacrificar los verdaderos elementos de la narración, tales como los incidentes dramáticos que surgían del choque entre las formas de ser de los personajes, las descripciones cómicas, la delineación del carácter humano y los antagonismos entre el personaje y sus circunstancias. A ello se debía que ciertos críticos muy cicateros todavía dudaran en considerarle un gran escritor.

Yasuko se había sentado en las largas piernas del hombre, extendidas en la tumbona y cubiertas por la pequeña manta. El peso era notable. Aunque Shunsuké había pensado en decirle a la joven algo subido de tono, seguía callado. El ruido estridente de las cigarras hacía más profundo su silencio.

De vez en cuando Shunsuké sufría un acceso de neuralgia en la rodilla derecha. La crisis se anunciaba primero como una neblina en lo más profundo de la rodilla. Al hueso envejecido le costaba aguantar durante largo rato el peso de la tibia carne de la jovencita. Pero mientras resistía el dolor, que se iba intensificando, su semblante revelaba una especie de solapado placer.

–Me duele la rodilla, Yasuko –le dijo finalmente–. Voy a apartar la pierna para hacerte sitio.

Yasuko le miró aprensiva, la expresión seria, y él se rió. La joven le despreciaba.

El viejo escritor percibió su desprecio. Se irguió en la tumbona y rodeó los hombros de Yasuko desde atrás, le asió el mentón, haciendo que se volviera hacia él, y la besó en los labios. Lo hizo como si fuera una obligación, y entonces se apresuró a tenderse de nuevo, presa de un repentino dolor en la rodilla derecha. Cuando alzó la cabeza para mirar a su alrededor, ella había desaparecido.

Transcurrió una semana sin que viera de nuevo a Yasuko. Cierta vez, durante uno de sus paseos, visitó la casa donde ella vivía. Le dijeron que se había ido de viaje con unos compañeros de estudios, a un balneario de la costa, cerca del extremo sur de la península de Izu. Le facilitaron la dirección del lugar, y cuando regresó a casa, Shunsuké hizo rápidamente el equipaje. En aquellos momentos debía trabajar en un texto que ya le habían reclamado varias veces, y aprovechó esta circunstancia como un pretexto para emprender de improviso un viaje en pleno verano y sin nadie que le acompañara.

A fin de evitar el calor, tomó un tren que partía a primera hora de la mañana, pero de todos modos ya tenía sudada la chaqueta de lino blanco. Llevaba consigo un termo de té caliente, y bebió un poco. Metió en un bolsillo su mano delgada y seca como caña de bambú y leyó ociosamente el folleto publicitario de sus obras completas que le había dado un directivo de la gran editorial que había ido a despedirle a la estación.

Era la tercera vez que publicaban las obras completas de Shunsuké Hinoki. Cuando editaron la primera versión, el escritor sólo tenía cuarenta y cinco años.

«Recuerdo que ya en aquel entonces –se dijo– no me tomaba en serio mis obras, que iban acumulándose, mientras que los críticos las consideraban un ejemplo de estabilidad y perfección y, en cierto sentido, el anuncio de la futura madurez, sino que me abandonaba a esas necedades. Pero las necedades no significan nada. No hay ninguna relación entre esas necedades y mis obras, ni entre las necedades, mi espíritu y mi pensamiento. Mis obras no son en modo alguno necias. (La cursiva indica la ironía con la que Shunsuké se expresará más adelante.) Por eso me enorgullecía de no recurrir al pensamiento a fin de atenuar mis necedades. Para que el pensamiento se mantuviera puro, rechacé por completo los efectos del espíritu que lo generaría. Sin embargo, el sexo no era el único motivo. Mis necedades no se relacionan ni con el espíritu ni con el cuerpo, sino con las eternas abstracciones, lo cual me amenaza de una manera que sólo es posible calificar de inhumana. Y esto sigue siendo así en la actualidad, incluso a los sesenta y seis años...».

Con una amarga sonrisa, contempló su fotografía en la cubierta del folleto de la editorial.

Del anciano cuya foto estaba allí sólo podía decirse que era feo. De todos modos, no resultaba difícil descubrir en sus facciones cierta clase de belleza, esa belleza que la sociedad ha convenido en llamar espiritual. Tenía la frente ancha, las mejillas chupadas y como cinceladas, los labios gruesos y codiciosos, la mandíbula voluntariosa... todos sus rasgos mostraban claramente las huellas de una larga actividad espiritual. Pero era el suyo un rostro más consumido que construido por el espíritu, lo mostraba en exceso, era la suya una espiritualidad demasiado al descubierto. Lo mismo que una cara que refleja los defectos de la persona es fea y resulta penoso mirarla, así la fealdad de Shunsuké obligaba a desviar los ojos de él, como un cuerpo desnudo cuyo espíritu se ha deteriorado tanto que ha perdido la capacidad de ocultar sus partes vergonzosas.

Si hay personas atrevidas envenenadas por el hedonismo intelectual de la época, que sustituyen el interés humano por el interés individual, que prescinden del carácter universal de la idea de belleza y que, mediante un acto de violencia casi propio de unos atracadores, rompen el vínculo existente entre la ética y la belleza y califican de bello el aspecto de Shunsuké, su juicio es del todo particular y no puede generalizarse.

Sea como fuere, los diversos textos publicitarios obra de decenas de famosos personajes que contenía el folleto con la foto del feo anciano en la cubierta ofrecían un extraño contraste con la imagen. Aquellos veteranos del mundo espiritual, una bandada de papagayos siempre dispuestos a entonar sus canciones cuando se les requiere y tal como se les impone que lo hagan, cantaban al unísono la inquieta belleza que encerraban las obras de Shunsuké. Por ejemplo, un prestigioso crítico, muy conocido como estudioso de la obra de Hinoki, resumía así todos los títulos editados en veinte volúmenes:

«Esta enorme cantidad de obras que caen sobre nuestro espíritu como un aguacero han sido escritas con sinceridad y finalizadas con desconfianza. Afirma el señor Hinoki que, de no haber tenido la capacidad de desconfiar, habría destrozado sus obras a medida que las escribía, y no habría exhibido ante el público semejante hilera de cadáveres.

»Las obras del señor Shunsuké Hinoki describen todas las categorías de la belleza negativa: la que es imprevista, inquieta, nefasta; la que es desdichada, inmoral, anormal. Cuando sitúa su novela en una era determinada, elige siempre el periodo más decadente, y cuando el tema es amoroso, siempre pone el acento en la desilusión y el hastío. El único tema tratado con un sano y enérgico vigor es la soledad que asola el corazón humano, como una epidemia que devastara una ciudad tropical. Al parecer, todos los sentimientos profundamente humanos, como el odio, los celos, el rencor, la pasión, apenas despiertan su interés. A pesar de todo, el resto de calor que conserva todavía el cadáver de una pasión dice mucho más acerca del valor esencial de la vida que cuando ardía en el cuerpo vivo.

»En el fondo de esta insensibilidad, aparece el intenso estremecimiento de la sensación; en el fondo de la inmoralidad, aparece una ética en el mismo borde de la crisis; en el fondo de esta insensibilidad, se manifiesta un arranque de virilidad. ¡Pero qué dominio del estilo se requiere para seguir este complejo encadenamiento de paradojas! Es un estilo digno del Kokinshû, un estilo rococó, un estilo “artificial” en el verdadero sentido de la palabra, es un estilo ataviado por el gusto de ataviarse, en la medida en que ni está vestido por las ideas ni enmascarado por los temas. En una palabra, es lo contrario de lo que se llama un estilo desnudo, algo que evoca la estatua de la diosa de la Fatalidad en el aguilón del Partenón, los pliegues de la vestimenta que cubre a la Niké de Peonios. Pliegues que fluyen y vuelan: no se trata tan sólo de un conjunto de líneas que se limitan a seguir los movimientos del cuerpo, sino pliegues que fluyen por sí mismos y que por sí mismos vuelan hacia el cielo...».

A medida que iba leyendo, una sonrisa irritada apareció en los labios de Shunsuké.

–No entiende nada –musitó–. Va completamente descaminado. Todo esto no es más que un elogio fúnebre, adornado, florido. Nos conocemos desde hace veinte años, ¡y qué idiota llega a ser!

Contempló el paisaje a través de la ancha ventanilla del vagón de segunda clase. Se veía el mar, y un pesquero con la vela desplegada se alejaba de la costa. El viento era insuficiente y la blanca lona de la vela, como si se percatara de que la miraban, se aferraba al mástil, envolviéndolo con sensual languidez. En aquel momento un rayo de sol incidió en la base del mástil, que brilló como azogue. Entonces el tren cruzó un bosque de pinos rojos, cuyos troncos alineados relucían en la mañana veraniega, y penetró en un túnel.

«¿No habrá sido ese destello momentáneo un reflejo de la luz en un espejo? –se preguntó Shunsuké–. ¿No habrá una pescadora en esa embarcación? ¿No se estará maquillando? ¿No habrá enviado el espejito, desde las manos bronceadas y parecidas a las de un hombre de la pescadora, una señal al pasajero del tren que pasa casualmente en este momento para revelarle sus secretos?»

Esta fantasía poética le llevó a imaginar el rostro de la mujer. Era el de Yasuko. El viejo artista notó entonces que le temblaban los miembros delgados y empapados en sudor.

... ¿No era Yasuko?

*

«Al parecer, todos los sentimientos profundamente humanos, como el odio, los celos, el rencor, la pasión, apenas despiertan su interés.»

¡Mentira! ¡Mentira! ¡Mentira!

Podría decirse que la manera en que los artistas se ven obligados a falsear sus sentimientos es la opuesta a la manera en que las personas corrientes tienen que hacerlo. Los primeros mienten para revelar, los segundos para disimular.

Otro efecto de la reticencia de Shunsuké con respecto a las confesiones ingenuas y directas era que quienes trataban de unificar las ciencias sociales y el arte le reprochaban la carencia de un pensamiento estructurado. Pero era propio de él no haber hecho caso de esos charlatanes que pretendían reconocer la existencia de un pensamiento en la conclusión de una obra que promete «un futuro radiante», al modo de las bailarinas de vodevil que se alzan las faldas para enseñar los muslos. De todos modos, el concepto que Shunsuké tenía de la vida y el arte traía aparejada inevitablemente la esterilidad del pensamiento.

Eso que denominamos pensamiento no precede a los hechos, sino que es posterior a ellos. Primero aparece como un abogado defensor de un acto que hemos cometido por azar, obedeciendo a un impulso. El abogado reviste ese acto de sentido y teoría, sustituye el azar por la necesidad, el impulso por la voluntad. El pensamiento no cura la herida de un ciego que ha chocado con un poste del tendido eléctrico, pero por lo menos es capaz de atribuir la causa del accidente no al ciego, sino al poste. Cuando a cada una de nuestras acciones se le asigna, una vez cometida, una teoría, las teorías se convierten en el sistema y el agente no es más que la probabilidad de todas las acciones. Él tenía un pensamiento. Tiró un papel a la calle. Lo tiró por medio de su pensamiento. Así pues, quien posee un pensamiento se convierte en prisionero del pensamiento que creía posible extender eternamente gracias a sus propias fuerzas.

Shunsuké había trazado una nítida línea de separación entre el pensamiento y la insensatez. En consecuencia, la insensatez se convertía en un pecado sin posible redención. Los fantasmas de sus insensateces constantemente excluidos de sus obras turbaban su sueño noche tras noche. Sus tres matrimonios, todos ellos fallidos, no aparecían ni por asomo en sus obras. Desde su juventud, la vida de Shunsuké había sido una sucesión de desastres, de cálculos erróneos, de fracasos.

¿Que no le importaba en absoluto el odio, no? ¡Mentira! ¿Que no le importaban los celos? ¡Mentira!

En contraste con la serena resignación que impregna su obra, el odio y los celos llenaban la vida de Shunsuké. Tres matrimonios fracasados, y no sólo eso, sino más de una decena de relaciones sentimentales que acabaron de mala manera... ¿Qué clase de modestia o de orgullo explican que este viejo escritor, a quien nunca ha dejado de atormentarle un odio indeleble hacia las mujeres, jamás haya utilizado este sentimiento en su obra?

Las mujeres que aparecen en sus numerosas novelas son tan puras que llegan a impacientar a los lectores de ambos sexos. Un inquisitivo estudioso de la literatura comparada alineó a sus heroínas junto a los personajes femeninos sobrenaturales de Edgar Allan Poe, como Ligeia, Berenice, Morella y la marquesa Afrodita, mujeres que más bien tienen la carne de mármol. Sus pasiones, fácilmente exhaustas, eran como las sombras fugaces que la luz de la tarde proyecta aquí y allá sobre una estatua. Shunsuké temía dotar de sentimientos a sus heroínas.

No deja de tener su gracia que cierto crítico bonachón calificara a Shunsuké de eterno feminista.

Su primera esposa fue una ladrona. Durante sus dos años de vida matrimonial se las arregló astutamente para birlar y revender un abrigo, tres pares de zapatos, la tela para confeccionar dos vestidos de entretiempo y una cámara fotográfica Zeiss. Cuando se marchó de casa, cosió unas joyas bajo el cuello y la faja del kimono. Shunsuké era de familia rica.

Su segunda esposa estaba loca. Le obsesionaba la idea fija de que su marido la mataría cuando estuviera dormida, lo cual agravaba su pertinaz insomnio y aumentaba su histeria. Cierta vez, cuando volvió a casa, Shunsuké percibió un extraño olor. Su mujer estaba en la entrada y se negaba a dejarle pasar.

–Déjame entrar. Hay un olor raro. ¿No lo notas?

–Ahora no. Estoy haciendo algo muy divertido.

–¿Qué?

–Si sales tan a menudo es porque me engañas, ¿verdad? He robado el kimono de tu querida y lo estoy quemando. ¡Ah, qué sensación tan agradable!

Shunsuké apartó a su esposa, entró en la vivienda y vio los trozos de carbón que ardían en varios lugares de la alfombra persa. La mujer se acercó a la estufa, se sujetó delicadamente una manga del kimono y, con gestos serenos y elegantes, tomó una pequeña pala y recogió unos trozos de carbón ardiente, que dispersó sobre la alfombra. Presa del pánico, Shunsuké intentó detenerla. Entonces la mujer se resistió con una energía tremenda, como un ave de presa cautiva que aleteara con todas sus fuerzas, tensos todos los músculos.

La tercera esposa permaneció a su lado hasta que murió. Padecía furor uterino e hizo experimentar a Shunsuké toda la gama de sufrimientos que puede soportar un marido. Él recordaba vívidamente la primera mañana en que dieron comienzo.

Shunsuké trabajaba siempre de un modo más fluido después del acto sexual. Hacia las nueve de la noche se acostaba un momento con su mujer. Luego la dejaba en la habitación y él subía al primer piso, donde estaba su estudio, y trabajaba hasta las tres o las cuatro de la madrugada, tras lo cual dormía en una pequeña cama que tenía en la estancia. Mantenía este hábito rigurosamente, y no veía de nuevo a su mujer hasta alrededor de las diez de la mañana.

A altas horas de una noche de verano, le acometió un deseo irrefrenable y quiso sorprender a su mujer mientras dormía, pero la férrea voluntad de realizar su trabajo le hizo reprimir esa travesura. Aquella madrugada, para castigarse por su frívolo deseo, trabajó sin interrupción casi hasta las cinco. Estaba completamente desvelado. Su mujer debía de estar aún dormida. Shunsuké bajó de puntillas a la planta baja y abrió la puerta del dormitorio. Su mujer no estaba allí.

En aquel momento le pareció que la ausencia era natural, y se hizo la siguiente reflexión: si él se había entregado con tal regularidad a un hábito tan riguroso, era porque había previsto y temido semejante resultado.

Sin embargo, su agitación se calmó en seguida. Ella debía de haber ido al lavabo, poniéndose la bata de terciopelo negro encima del viso. La esperó, pero ella no regresaba.

Inquieto, recorrió el pasillo hacia el lavabo que estaba en la planta baja. Entonces vio a su mujer bajo la ventana de la cocina, enfundada en la bata negra, inmóvil, los codos sobre la mesa. Reinaba todavía la penumbra previa al amanecer, y la forma de la mujer era tan vaga que no se veía con claridad si estaba sentada en una silla o arrodillada. Shunsuké permaneció oculto, observándola, detrás de la gruesa cortina que separaba el pasillo de la cocina.

Entonces oyó el chirrido de la puerta de madera, como a una decena de metros de la cocina. Alguien emitió un tenue silbido. Era la hora en que pasaba el repartidor de la leche.

Los perros solitarios ladraban en los jardines vecinos. El repartidor de la leche calzaba zapatillas deportivas y vestía un polo azul que le revelaba los brazos. Enrojecido por el esfuerzo, brincó alegremente por el sendero de losas que había mojado la lluvia de la noche anterior, apartando las húmedas hojas de los arbustos. El frío de las piedras se filtraba hasta las plantas de sus pies. El límpido silbido de sus jóvenes labios tenía algo de la frescura matinal.

La mujer de Shunsuké se levantó y abrió la puerta de la cocina que daba al jardín. La silueta del hombre apareció en la penumbra, vagamente visibles la blancura de sus dientes al sonreír y el polo azul. El viento de la mañana penetró en la vivienda y sacudió ligeramente la cenefa de la cortina.

–Muchas gracias –dijo ella. Tomó las dos botellas de leche que el joven le tendía. Se oyó el tintineo al entrechocar las botellas y el sonido del anillo de oro blanco que la mujer llevaba cuando rozó el vidrio.

–¿No hay un pequeño premio para mí, señora? –le preguntó el muchacho, en un tono adulador con un punto de insolencia.

–Hoy no –respondió ella.

–No es necesario que sea hoy. ¿Qué tal mañana a mediodía?

–Mañana tampoco.

–¿Cómo? ¿Una sola vez cada diez días? Tiene otro lío por ahí, ¿no es cierto?

–¡No hables tan alto!

–¿Pasado mañana, entonces?

–Pasado mañana es posible. –Pronunció estas palabras, «pasado mañana», con un aire de importancia, como si colocara cuidadosamente en un estante un frágil objeto de cerámica–. Pasado mañana por la tarde podrá ser, porque el señor habrá salido para dar una conferencia.

–¿Le irá bien a las cinco?

–Sí, a las cinco.

Abrió de nuevo la puerta que había cerrado, pero el joven no parecía dispuesto a marcharse. Tamborileó con los dedos en la jamba de la puerta.

–¿Por qué no ahora? –susurró.

–¿Pero qué dices? Mi dueño y señor está en el primer piso. No me gustan las personas que dicen cosas sin sentido común.

–Entonces sólo un beso.

–Aquí no. Si nos ve, se acabó la fiesta.

–Vamos, nada más que un beso.

–¡Hay que ver lo pelmazo que es este crío! Está bien, nada más que un beso.

El joven, que estaba en la entrada, tendió una mano hacia atrás para cerrar la puerta. Ella fue a su encuentro, calzada con las zapatillas de piel de conejo que habitualmente sólo usaba en el dormitorio.

Se abrazaron como una rosa y su rodrigón. De vez en cuando un movimiento como de oleaje ondulaba la bata de terciopelo negro desde la espalda hasta la cadera. La mano del hombre desató el nudo del cinto. La mujer se opuso, sacudiendo la cabeza. Era una refriega silenciosa. Hasta ese momento Shunsuké la había visto de espaldas, pero ahora quien le daba la espalda era el hombre, y tenía ante los ojos la bata entreabierta. Ella no llevaba nada debajo. El joven se arrodilló en la estrecha entrada.

Shunsuké jamás había visto nada tan blanco como el cuerpo desnudo de su mujer en la penumbra que precede al amanecer. En la oscuridad, aquella blancura no estaba en pie, sino que flotaba. Sus manos, como si fueran las de un ciego, tanteaban buscando el cabello del joven arrodillado. ¿Qué miraba ella con los ojos brillantes, nublados, abiertos o entrecerrados? Ni las ollas esmaltadas ni el frigorífico ni la alacena de la vajilla ni los árboles visibles a través de la ventana ni el calendario fijado en la columna, nada de cuanto contenía aquel espacio silencioso y familiar, como un cuartel dormido que espera la actividad del nuevo día, nada retenía su mirada. Pero sus ojos miraban de hito en hito la cortina y, como si la mujer fuese consciente de la presencia detrás de ella, rehuía los ojos de Shunsuké, que la observaba.

«Es una mirada adiestrada para no mirar nunca a su marido», se dijo Shunsuké, estremecido. El deseo de intervenir se desvaneció por completo. La única venganza que conocía era silenciosa.

Al cabo de un rato, el joven abrió la puerta y se marchó. La blancura del alba empezaba a extenderse por el jardín. Shunsuké subió sigilosamente al primer piso.

Aquel escritor, un caballero a carta cabal, encontraba el único desahogo de las frustraciones que le causaba la vida cotidiana en la escritura de un diario íntimo, que redactaba en francés, y había días en los que escribía varias páginas. (Aunque jamás había viajado al extranjero, tenía un buen dominio del francés. Él mismo había traducido a un japonés excelente la trilogía de Huysmans, La Cathédrale,Là-bas y En route, así como Bruges-la-Morte, de Rodenbach.) Si ese diario se publicara después de su muerte, muy bien podría rivalizar con sus obras de creación. Todos los elementos ausentes en su obra brillaban intensamente en cada página del diario, pero utilizarlos en sus libros era contrario a los principios de Shunsuké, que detestaba la verdad desnuda. Estaba convencido de que toda expresión espontánea del talento era falsa. Sin embargo, el motivo de que sus obras carecieran de objetividad era el tesón con que mantenía una actitud profundamente subjetiva en sus creaciones. Hasta tal punto detestaba la cruda realidad, que convertía su obra en una realidad contraria a ella, como una estatua hecha con el vaciado de un cuerpo vivo y desnudo.

Una vez en su estudio, Shunsuké se puso a escribir en su diario y describió las dolorosas emociones despertadas por aquel encuentro al amanecer. Escribía con la peor caligrafía posible, como si pretendiera no poder releerse. Al igual que en los diarios acumulados durante décadas y apilados en la estantería, también cada página de aquel cuaderno contenía maldiciones contra las mujeres. Que las maldiciones no hubieran surtido ningún efecto se debía a que quien las profería no era una mujer, sino un hombre.

No es difícil aportar como ejemplo un fragmento de ese manuscrito, que, más que un diario propiamente dicho, es un conjunto de apuntes y sugerencias. He aquí la entrada de un día de su juventud:

«La mujer no puede producir más que hijos. El hombre puede producirlo todo, salvo hijos. La creación, la reproducción, la propagación son facultades masculinas. El embarazo de la mujer no es más que la primera etapa de la puericultura. Ésta es una verdad antiquísima. (Por cierto, Shunsuké no había tenido hijos, en parte como una cuestión de principios.)

»De lo que la mujer está celosa es de las facultades creadoras. Una madre que ha tenido un hijo varón al criarlo experimenta el dulce placer de vengarse de la creatividad masculina. La mujer sólo saborea el sentido de la existencia al impedir la creación. El deseo de lujo y de consumo es un deseo de destrucción. Dondequiera que miremos, el instinto femenino triunfa. En sus comienzos, el capitalismo era un principio masculino, el de la producción. Luego, el principio femenino lo socavó, y el capitalismo se transformó en el principio del consumo sin medida. Helena fue la causante de que se declarase la guerra. En el lejano futuro, las mujeres también harán desaparecer el comunismo.

»Las mujeres están por todas partes y reinan como la noche. Sus hábitos alcanzan la cima de la bajeza. Las mujeres arrastran todos los valores por el fango de la sensiblería. Su comprensión de las teorías es nula. Entienden el significado de las palabras terminadas en “ista”, pero no las que concluyen en “ismo”. Y no se trata sólo de las teorías. Como no tienen la menor originalidad, ni siquiera comprenden los ambientes. Lo único que perciben es el olor. Hozan como los cerdos. El perfume es un invento masculino con la finalidad educativa de pulir el olfato femenino. Gracias a él, los hombres han evitado que las mujeres los husmeen.

»La atracción sexual de la mujer, su instinto de coquetería, todas sus capacidades de seducción son otras tantas pruebas de su inutilidad. Lo que es útil no tiene necesidad de seducir. ¡Qué despilfarro es que el hombre deba sentirse atraído por la mujer! ¡Qué baldón para la espiritualidad masculina! La mujer carece de espiritualidad, sólo posee sensibilidad. Lo que se considera en ella la espiritualidad suprema es una contradicción absolutamente ridícula, una lombriz solitaria que se ha hecho a sí misma. La sorprendente grandeza que la maternidad alcanza a veces tampoco tiene nada que ver con el espíritu. Se trata tan sólo de un fenómeno biológico y no tiene ninguna diferencia cualitativa con el abnegado amor que se observa en la maternidad animal. Lo característico del espíritu es esta diferencia cualitativa que distingue a los seres humanos de los demás mamíferos».

Diferencia cualitativa... o más bien la característica que podríamos denominar la capacidad de combinación de elementos para crear una realidad ficticia que es tan propia del ser humano... Eso era lo que se percibía en la foto de Shunsuké a los veinticinco años inserta entre las páginas del diario. Era feo, pero aquella fealdad juvenil era más bien artificial, la fealdad de alguien que continuamente intenta persuadirse de que es feo.

En una parte del diario de aquel año había varios garabatos escandalosos dispersos que hacían inútil el esfuerzo de haber escrito en francés. En dos o tres ocasiones había tachado el tosco dibujo de un órgano sexual femenino. Maldecía la vagina.

Pero aunque se había casado con una ladrona y una loca, no lo hizo porque otras mujeres no quisieran casarse con él. No faltaban en su entorno las mujeres «espirituales» que se enamoran de un joven tan prometedor. Pero las mujeres espirituales eran monstruos, no mujeres. Aquellas a las que él era capaz de amar y, por lo tanto, podían traicionarle eran únicamente las que no comprendían su espiritualidad, que era su único punto favorable y su única belleza. Ellas eran las mujeres verdaderas, las auténticas. Shunsuké sólo podía amar a mujeres hermosas, a Mesalinas, seguras de sus encantos y sin necesidad de complementarlos por medio de la espiritualidad.

Recordó el bello rostro de su tercera esposa, fallecida tres años atrás. Contaba cincuenta años cuando se suicidó con su amante, que no llegaba ni a la mitad de su edad. La razón del suicidio era evidente. Temía la espantosa vejez que debería compartir con Shunsuké.

Encontraron los dos cadáveres en el cabo de Inubo. El oleaje los había depositado sobre una alta roca. La operación de rescate fue sumamente complicada. Unos pescadores, provistos de una cuerda alrededor de la cintura, saltaron de roca en roca, bajo el blanco rocío que levantaban las violentas olas.

Tampoco resultó nada fácil separar los dos cadáveres. Estaban fusionados, y sus pieles, como si fueran de papel japonés mojado, casi parecían una sola. De acuerdo con los deseos de Shunsuké, el cadáver de la esposa, separado a la fuerza, fue enviado a Tokyo antes de que lo incinerasen. Hubo una ceremonia fúnebre por todo lo alto. Una vez terminada, llegó el momento de iniciar el cortejo. El viejo marido fue a despedirse de la esposa, cuyo ataúd había hecho transportar a una habitación donde nadie más podía entrar. El rostro de la muerta estaba terriblemente hinchado, sumido bajo los lirios y los claveles, y alrededor de la frente semitransparente se veían las raíces azuladas del cabello. Sin ningún temor, Shunsuké contempló aquel rostro, de una fealdad extrema. Y entonces percibió la mala intención que reflejaban sus facciones. No haría sufrir más a su marido, de modo que la cara ya no tenía por qué ser hermosa. ¿No sería ése el motivo de que se hubiera vuelto tan fea?

Shunsuké tomó una máscara de mujer joven, procedente del teatro noh, y la colocó sobre el rostro de la difunta. La apretó con fuerza, aplastando la cara de la ahogada como si fuese una fruta demasiado madura... Nadie se enteraría de ese acto, cuyas huellas desaparecerían consumidas por las llamas al cabo de una hora.

Durante el periodo de luto se entregó a los recuerdos, en los que la tristeza se alternaba con el odio. Al rememorar aquel amanecer de verano en el que dio comienzo su sufrimiento, tuvo la sensación de que estaba tan cercano que parecía increíble que su mujer ya no existiera. Había tenido más rivales que dedos de las manos, de una descarada juventud, de una odiosa apostura... Cierta vez, en un arrebato de celos, la emprendió a bastonazos con un joven, y su mujer exigió el divorcio. Tuvo que pedirle disculpas a ella y costearle un traje al joven. Más adelante, cuando éste murió en combate, en el norte de China, Shunsuké, loco de contento, escribió largamente en su diario y luego salió a dar un paseo por la ciudad.

Las calles estaban abarrotadas de soldados que partían hacia el frente y la multitud que los vitoreaba. Shunsuké se sumó a un grupo alrededor de un soldado al que despedía su hermosa prometida y agitó con regocijo una banderita de papel. Un fotógrafo que casualmente se encontraba cerca reparó en él, y posteriormente la prensa publicó una gran foto del escritor con la bandera en la mano. ¿Quién habría podido imaginarlo? La bandera que hacía ondear aquel excéntrico escritor saludaba a los soldados que iban a morir en el mismo lugar dichoso donde había caído el detestable joven.

Durante hora y media, en el autobús que le transportaba desde la estación de I. hasta la playa donde se encontraba Yasuko, tales recuerdos sombríos y desordenados acosaron a Shunsuké Hinoki.

«Y entonces llegó el fin de la guerra –siguió pensando–. Dos años después, a comienzos del otoño, mi mujer y su amante se suicidaron. Los principales periódicos tuvieron la cortesía de referirse a una crisis cardiaca. Sólo unos pocos amigos conocían el secreto.

»Cuando finalizó el periodo de luto, me enamoré de la mujer de un conde que había perdido el título nobiliario. Pensé que con aquel amor, el décimo, si no más, de mi vida, sería feliz, pero el marido se presentó de improviso, cuando me hallaba en una situación crítica, exigiéndome treinta mil yenes. El ex conde tenía una segunda ocupación, la de chantajista, que practicaba en colaboración con su señora.»

El bamboleo del autobús mientras se entregaba a estos pensamientos le hizo reír. La anécdota del chantajista era divertida, pero tan ridícula que su recuerdo le hizo sentirse inquieto.

«Tal vez ya no pueda odiar a las mujeres con tanta intensidad como cuando era joven.»

Pensó en Yasuko. Pensó en la joven de diecinueve años que le visitaba con frecuencia, sin que tuviera un motivo especial para hacerlo, desde que trabaron conocimiento en Hakone el último mes de mayo. Al viejo escritor le palpitó el enflaquecido pecho.

A mediados de mayo, cuando Shunsuké se alojaba en un hostal de Naka-Gora, adonde se había retirado para escribir, una joven clienta del mismo establecimiento le pidió su autógrafo por intermedio de una doncella. Finalmente, se encontró por casualidad con ella en el jardín. La muchacha caminaba hacia él con dos de sus novelas en la mano. La tarde era muy agradable y él había salido a dar un paseo. Regresaba ya al hostal cuando vio que Yasuko subía la escalera.

–¿Eres tú? –le preguntó.

–Sí, me llamo Segawa. Es un placer conocerle.

Llevaba un vestido rosa que le daba un aspecto infantil. Tenía los miembros largos y bien torneados, y a Shunsuké le pareció que tal vez eran incluso demasiado largos. La piel de los muslos, visibles bajo la corta falda, era pálida, blanca con reflejos dorados, como la prieta carne de pez de agua dulce. El escritor le echaba diecisiete o dieciocho años, pero también podría tener veinte o veintiuno, pues la expresión de su rostro, alrededor de las cejas, era de madurez. Las geta2 que calzaba revelaban los talones impecables, pequeños, modestos y duros como las patas de un pajarillo.

–¿Dónde está tu habitación? –le preguntó Shunsuké.

–En la casita independiente, al fondo.

–Por eso no te había visto. ¿Estás sola?

–Sí, hoy estoy sola.

La muchacha convalecía allí de una leve pleuresía. Lo que encantó a Shunsuké fue que Yasuko era una joven que leía novelas sólo por la «historia» que contaban. Su acompañante, una anciana, había tenido que ir uno o dos días a Tokyo.

El escritor podría haber ido con ella a su habitación para firmarle allí los libros, pero prefirió llevárselos y pedirle que fuese a buscarlos al día siguiente, y entonces se sentaron en uno de los feos bancos del jardín. Hablaron de diversas cosas, pero era muy difícil encontrar un terreno común en el que un hombre mayor y reservado y una muchacha bien educada pudieran comunicarse con fluidez. Shunsuké le preguntó, entre otras cosas, desde cuándo se alojaba en el hotel, se interesó por su familia y por la recuperación de su salud, y en general ella se limitaba a responderle con una sonrisa, sin decir nada.

A Shunsuké le sorprendió la rapidez con que el crepúsculo invadía el jardín. A medida que oscurecía, las formas suaves del pico Myojo y del monte Tateyama iban volviéndose más severas. Entre ambas elevaciones se extendía el mar de Odawara. En el límite indefinido entre el cielo crepuscular y la estrecha franja de mar parecía brillar el lucero de la tarde, pero la regularidad de los destellos intermitentes indicaba que era un faro. Apareció una doncella para anunciar que la cena estaba servida, y el escritor y la joven se despidieron.

Al día siguiente, por la mañana, Yasuko y su anciana acompañante visitaron a Shunsuké en su habitación, obsequiaron al escritor con dulces traídos de Tokyo y la muchacha recogió los dos libros ya firmados. La anciana se puso a hablar por los codos, lo cual permitió al hombre y a la joven guardar un silencio francamente agradable. Cuando se hubieron ido, Shunsuké tomó la repentina decisión de dar un largo paseo. Subió una cuesta a paso vivo, jadeando. Quería convencerse de que podía ir a cualquier parte, todavía no se fatigaba, también él podía andar de aquel modo. Llegó a una pradera y se dejó caer sobre la hierba, a la sombra de un árbol. Un gran faisán, asustado, emprendió el vuelo desde unos arbustos. Shunsuké se sobresaltó, y entonces notó que la fatiga le producía una agradable sensación, como si flotara, y se sintió jubiloso.

«¡Hacía tanto tiempo que no experimentaba semejante sensación! –se dijo Shunsuké–. ¿Cuántos años hará?»

Se olvidaba de que «semejante sensación» la debía en gran parte a su propio esfuerzo y que, para tenerla, había decidido dar aquel paseo de un vigor inusitado. Y tal vez ese mismo olvido no fuese más que un acto que el anciano realizaba a propósito.

La ruta que seguía el autobús hasta la ciudad donde se encontraba Yasuko pasaba a veces por el borde del mar. Desde lo alto de los acantilados, Shunsuké tenía un panorama a vista de pájaro del mar, que en verano parecía irradiar fuego. Aquellas llamas transparentes incendiaban la superficie marina, presa de un dolor sereno, semejante al de un metal precioso sobre el que se cincela un grabado.

Aún faltaba mucho para el mediodía. Los dos o tres pasajeros del autobús casi vacío eran todos de la localidad, y se pusieron a comer bolas de arroz y a compartir los distintos manjares envueltos en corteza de bambú. Shunsuké desconocía lo que era tener hambre. Mientras comía estaba absorto en sus pensamientos, y a menudo se olvidaba de que acababa de comer y se sorprendía al notar el estómago lleno. Tal como le sucedía a su espíritu, a sus órganos también les traía sin cuidado la vida cotidiana.

Dos paradas antes de la última, el ayuntamiento de la ciudad de K., el autobús se detuvo en el parque K., pero no se apeó ningún pasajero. La carretera atravesaba un enorme parque de unas mil hectáreas, que se extendía entre la montaña y el mar y, por lo tanto, se dividía en dos zonas. Entre los frondosos árboles agitados por el viento, Shunsuké reparó en un parque infantil desierto, más allá el paisaje marino cuya línea añil parecía interrumpirse a trechos y unos columpios que proyectaban sus sombras inmóviles en la ardiente arena. Esta imagen de un lugar desierto, en una mañana de verano, ejerció en Shunsuké un profundo poder de seducción.

El autobús se detuvo ante una manzana de la enmarañada y pequeña ciudad. No parecía haber nadie en el interior del ayuntamiento, y a través de una ventana abierta se veía brillar la superficie barnizada de una mesa redonda sobre la que no había nada. Unos empleados del hotel que habían ido en busca de Shunsuké le hicieron reverencias. Él les confió su equipaje y siguió a sus guías, subiendo lentamente la escalinata de piedra al lado del santuario sintoísta. Gracias a la brisa marina, el calor era casi imperceptible. Tan sólo le molestaban los chirridos de las cigarras, que parecían un tejido lanoso de cálidos sonidos extendido por encima de su cabeza. Shunsuké hizo un alto a mitad de las escaleras y se quitó el sombrero. Allá abajo, en el puerto, había atracado un vaporcito, que emitía ruidosamente vapor. El ruido cesó de repente. De la rada de líneas esquemáticas pareció alzarse el sonido de innumerables alas, como una nube de moscas a las que ya nada espantará.

–Hermosa vista, ¿verdad? –dijo Shunsuké, como si hubiera tratado de encontrar en su interior y expresar esa clase de emoción. En realidad, el panorama no tenía nada de hermoso.

–La vista desde el hotel es mucho más bonita, señor.

–¿Ah, sí?

La pereza que le producía al viejo escritor bromear y recurrir a la ironía explicaba la impresión de rigidez que causaba. Le resultaba difícil mostrarse ligero.

Ocupó la mejor habitación del hotel y, una vez instalado, le hizo a la doncella las preguntas que había preparado durante el trayecto y que le costaba formular con la necesaria naturalidad. (Lo cierto era que temía haber perdido por completo la naturalidad.)

–Dígame, ¿se aloja aquí una señorita llamada Segawa?

–Sí, señor. Está aquí.

Al viejo escritor le latía con fuerza el corazón, y tuvo que hacer una pausa antes de plantear la siguiente pregunta.

–¿Está acompañada?

–Sí, en la habitación de los Crisantemos, desde hace cuatro o cinco días.

–¿Cree usted que se encuentra ahora en su habitación? Soy un amigo de su padre.

–Ha ido al parque K.

–¿Acompañada?

–Sí, señor.

La doncella no había precisado si la acompañaban una o varias personas. Shunsuké no sabía cómo preguntar de una manera apropiada si eran amigos o amigas, y las dudas le inquietaban. ¿No le acompañaría un solo amigo? ¿Por qué hasta aquel momento no se le había ocurrido pensar en esa posibilidad? ¿Acaso la insensatez no tiene una lógica propia que, a fin de avanzar hasta lograr su objetivo, rechaza todas las consideraciones inteligentes que se interponen en su camino?

La insistencia de los empleados del hotel para que se diera un baño antes de comer en la habitación era más una orden que una sugerencia, y, mientras se bañaba y comía, la inquietud del viejo escritor no encontraba reposo. Cuando por fin se quedó solo, fue de un lado a otro de la estancia, presa de una excitación que no remitía. Finalmente, aquel sufrimiento le impulsó a obrar de una manera impropia de un caballero. Entró a hurtadillas en la habitación de los Crisantemos. Reinaba allí un orden perfecto. Entró en la habitación contigua, abrió el armario y vio unas prendas masculinas, pantalones blancos y camisa de popelina blanca, colgadas junto a un vestido de Yasuko, de lino blanco con adornos tiroleses. Examinó el tocador: había pomada para el cabello y brillantina al lado de una polvera, un pintalabios y un tarro de crema. Shunsuké salió de la habitación, regresó a la suya y pulsó el timbre para llamar a la doncella. Cuando ésta se presentó, le pidió que encargara un coche. Mientras se estaba poniendo un traje, llegó el vehículo. Pidió al conductor que le llevara al parque K.

Tras decirle al conductor que le esperase, cruzó la puerta del parque, que seguía sumido en un profundo silencio. Era una puerta nueva, hecha con piedras naturales que formaban un arco. Desde allí no se avistaba el mar. El viento movía las pesadas ramas de los árboles, cubiertas de hojas de un verde oscuro, y su rumor semejaba el del lejano oleaje.

El viejo escritor se encaminó a la playa donde, según le habían dicho, ellos se bañaban a diario. Cruzó el parque infantil. Entonces se encontró en una esquina del pequeño parque zoológico, donde había un tejón encogido, con la sombra de los barrotes de su jaula claramente trazados en el lomo. En un amplio terreno vallado, en cuyo interior los animales se movían libremente, se alzaban muy juntos dos frondosos arces, y en el reducido espacio entre ambos árboles, protegiéndose del calor, dormía un conejo negro. Shunsuké bajó la escalera de piedra cubierta de hierba y, más allá de unos densos arbustos, atisbó el mar. Los árboles se sucedían, interminables, a lo largo del camino, y, hasta donde alcanzaba la vista, no había más que la agitación de las ramas; el viento parecía un animal invisible que saltara veloz de rama en rama y, cuando soplaba con más fuerza, se diría más bien una gran bestia que hiciera cabriolas. Y por encima de todo ello, la inflexible luz del sol y el no menos inflexible canto de las cigarras.

¿Qué camino debía seguir para bajar a la playa?

Bastante más abajo había una agrupación de pinos, hacia donde la escalera cubierta de hierba parecía orientarse tras un desvío. La luz del sol, que se filtraba entre las ramas y se reflejaba en la hierba, envolvía a Shunsuké. Notaba que el sudor le empapaba todo el cuerpo. La escalera trazó una curva y por fin desembocó en la playa, que era un estrecho corredor de arena al pie del acantilado.

Tampoco allí había nadie. Exhausto, el viejo escritor se sentó en una roca.

La ira era lo que le había conducido hasta allí. Pese a que vivía continuamente rodeado de los elementos venenosos que eran el enorme prestigio, la veneración religiosa que le profesaban, las diversas actividades y las amistades heterogéneas, en general no tenía ninguna necesidad de evadirse. La mejor manera de huir consistía en acercarse todo lo posible al prójimo. Shunsuké Hinoki tenía una gama de amistades sorprendentemente amplia, y en su relación con ellas desafiaba todas las leyes de la perspectiva, como un actor que supiera dar a cada miembro del público la impresión de que interpretaba exclusivamente para él. Por excesivas que fueran la admiración o la crítica negativa, no afectaban al gran actor. Y es que él no prestaba oído a nada. Si bien temía que le hiriesen, al mismo tiempo lo deseaba con ardor, como le sucedía ahora. Así pues, necesitaba la conclusión a la que sólo podía llegar teniendo la absoluta certeza de que habían herido sus sentimientos.

Sin embargo, el ancho y ondulante mar, ahora próximo a él de una manera desacostumbrada, aliviaba a Shunsuké. Las rápidas olas se abrían paso entre las rocas, rompían y le mojaban, le penetraban y parecían teñir de azul su interior... y entonces se retiraban.

En aquel momento, en medio del mar azul apareció un rizo del que se alzaba blanco rocío, como si fuese la cresta de una ola. Aquel rizo avanzaba en línea recta hacia la playa donde se encontraba Shunsuké. Cuando hizo pie, el nadador se alzó entre las olas que rompían. El rocío ocultó por un instante su cuerpo, y entonces reapareció. Avanzó hacia la orilla dispersando el agua con sus robustas piernas.

Era un joven de sorprendente belleza. La seducción que se desprendía de su cuerpo era suave, casi dubitativa, y evocaba no tanto una estatua griega de la época clásica como un Apolo esculpido en bronce por un artista de la escuela del Peloponeso. Su cuello se erguía con nobleza, las curvaturas de los hombros eran delicadas, el pecho ancho, los brazos de una elegante redondez, un torso cuyas líneas se estrechaban de improviso en la cintura y las musculosas piernas firmes como espadas. Se detuvo en el lugar donde rompían las olas y, torciendo un poco el cuerpo, volvió la cabeza a fin de examinarse el codo izquierdo, que sujetaba con la mano derecha. El reflejo de las olas que se retiraban de sus pies iluminó entonces el perfil inclinado que parecía sonreír y a cuya hermosura contribuían las cejas delgadas y vivaces, los ojos profundos y melancólicos, la frescura de los labios más bien carnosos. La línea perfecta de la nariz y las recias mejillas daban a su rostro el aire de un animal que aún no conoce más que la nobleza y el hambre. Y esto, junto con la mirada oscura y fría, los dientes blancos y fuertes y la languidez con que movía los brazos de un modo inconsciente, aumentaba todavía más su aspecto de joven lobo. Sí, las suyas eran las bellas facciones de un lobo.

La suave redondez de los hombros, la inocencia que revelaba el pecho demasiado expuesto en su desnudez, el encanto de los labios... todo ello poseía una dulzura extraña e inexplicable. De las delicadas líneas de aquel cuerpo juvenil irradiaba una fragancia que evocaba la «dulzura prerrenacentista» a la que se refirió Walter Pater al hablar del delicioso relato del siglo XIII Amis y Amile, signo precursor de un potente, vasto y misterioso despliegue más allá de todo lo imaginable.

Shunsuké Hinoki detestaba a todos los jóvenes apuestos de este mundo. Sin embargo, la belleza le dejaba mudo. Puesto que en sus reflexiones se había acostumbrado a asociar la belleza con la felicidad, tal vez lo que acalló su odio fue la felicidad perfecta que debía de experimentar aquel joven, no su belleza perfecta.

El joven se percató de la presencia de Shunsuké, pero no le hizo ningún caso y desapareció detrás de una roca. Pronto apareció de nuevo, vestido con camisa blanca y pantalones de sarga azul. Se puso a silbar mientras subía la escalera por la que Shunsuké había bajado. El escritor se levantó y le siguió. El joven volvió la cabeza y miró una vez más en su dirección. Tal vez fuese el efecto del sol veraniego que brillaba en sus pestañas y cuya sombra los velaba, pero los ojos se habían vuelto completamente oscuros, y Shunsuké se preguntó por qué razón el joven, tan resplandeciente cuando estaba desnudo, había perdido de súbito, por lo menos en aquel momento, el brillo de su felicidad.

El joven tomó un sendero. No era nada fácil seguirle. Cuando el viejo escritor llegó al inicio del camino, estaba agotado y no le quedaban fuerzas para continuar la persecución. Sin embargo, oyó la voz clara y fuerte del joven desde un claro que debía de hallarse en el otro extremo del sendero.

–¿Todavía estás durmiendo la siesta? Es pasmoso. Mientras dormías, he nadado una buena distancia mar adentro. Anda, levántate. Vamos a volver.

Como si estuviera muy cerca de él, Shunsuké vio a una muchacha que se levantaba entre los árboles y estiraba los esbeltos brazos. Entonces observó que el joven le abrochaba los botones de la espalda del vestido azul bastante infantil que llevaba. Ella se sacudió la falda para desprender las briznas de hierba y la tierra adheridas mientras se abandonaba a la siesta, y los movimientos hicieron su figura más discernible. Era Yasuko.

Shunsuké, perdidas por completo las fuerzas, se sentó en un escalón. Encendió un cigarrillo. No era raro que un experto en celos como él experimentase una mezcla de admiración, de celos y de derrota, pero esta vez su corazón no estaba tan atormentado por Yasuko como por aquel joven de tan extraordinaria belleza.

Ser un hombre joven en toda su perfección, ser la perfecta representación exterior de la belleza, tal había sido el sueño que aquel escritor feo tuvo en su juventud, pero no sólo había ocultado a los demás ese sueño, sino que tenerlo le parecía algo despreciable. La juventud del espíritu, el periodo de la vida en el que se desarrolla la espiritualidad, ése era el veneno que le hacía perder rápidamente a un hombre joven su «juvenibilidad», por así decirlo. Shunsuké había pasado su juventud dominado por el imperioso deseo de ser joven. ¡Qué estupidez! Es cierto que en la juventud nos acosan los deseos y la desesperación, pero por lo menos no nos damos cuenta de que nuestros sufrimientos son los propios de la juventud. En el caso de Shunsuké, no hubo un solo instante en su juventud en el que no fuese consciente de ello. En sus ideas y reflexiones, en todo cuanto constituía su «juventud literaria», no admitía nada permanente, universal, general, nada que fuese desagradablemente ambiguo, es decir, rechazaba la eternidad romántica. Por otro lado, las insensateces que cometía no eran más que intentos momentáneos y carentes de significado. En aquel entonces lo único que deseaba era tener la suerte de ver en el suyo propio el sufrimiento justo y perfecto de un hombre joven, lo cual le capacitaría para pensar que su propia alegría también era justa. Se trataba, en definitiva, de una capacidad indispensable para la vida.

«Esta vez voy a permitirme perder con toda tranquilidad –se dijo–. Él posee toda la belleza de la juventud. Vive bajo la luz del sol, sin probar jamás ese veneno llamado arte, ha nacido para amar a las mujeres y ser amado por ellas. Por eso, ante un hombre como él, puedo retirarme de buen grado. Incluso le dejaré con mucho gusto el campo libre. Durante toda mi vida he luchado contra la belleza, pero parece que ha llegado el momento de poder estrecharle la mano y hacer las paces con ella. Tal vez los dioses me hayan enviado a estos dos seres con ese fin.»

Los novios avanzaban hacia donde él estaba, uno detrás del otro porque el sendero era demasiado estrecho. Yasuko fue la primera que reparó en él. Los dos se miraron. El dolor que experimentaba era patente en los ojos del viejo escritor, pero sus labios sonreían. Yasuko palideció y bajó la mirada.

–¿Ha venido aquí para trabajar? –le preguntó sin alzar los ojos.

–Así es, desde hoy.

El joven miraba a Shunsuké de un modo inquisitivo. Yasuko hizo las presentaciones.

–Éste es mi amigo. Se llama Yuichi.

–Minami. Me llamo Yuichi Minami.

El nombre de Shunsuké no le sorprendió demasiado.

«¿Le habrá hablado Yasuko de mí? –se preguntó Shunsuké–. ¿Será por eso por lo que no se sorprende? La verdad es que si jamás hubiera echado un vistazo a las tres ediciones de mis obras completas y ni siquiera conociese mi nombre, estaría incluso más encantado...»

Subieron juntos las escaleras del tranquilo parque, hablando de trivialidades, como el estado de abandono en que se encontraba aquel lugar turístico. Aunque Shunsuké era incapaz de mostrarse magnánimo y comportarse jovialmente como un hombre de mundo, estaba de bastante buen humor. Regresaron al hotel en el coche que el escritor había alquilado.

Cenaron los tres juntos. Shunsuké lo había propuesto. Después de cenar, fueron a sus respectivas habitaciones. Al cabo de un rato, Yuichi, enfundado en la yukata3del hotel, que aún le hacía parecer más alto, se presentó en la habitación de Shunsuké.

–Perdone que le moleste si está trabajando –le dijo desde el otro lado de la delgada puerta corredera–. ¿Me permite que entre?

–Adelante.

–Yasuko se está dando un baño tan largo que empezaba a aburrirme.

Eso no era más que una excusa. La aflicción visible en sus ojos oscuros se había hecho más profunda, y Shunsuké, con su instinto de escritor, adivinó de inmediato que el joven tenía que confesarle algo.

Tras hablar de cosas sin importancia, el muchacho pareció cada vez más impaciente por decir lo que deseaba.

–¿Va a quedarse algún tiempo aquí? –inquirió finalmente.

–Ésa es mi intención.

–Me gustaría regresar esta misma noche, en el barco de las diez, a ser posible, o mañana a primera hora, en el autobús. Pero la verdad es que preferiría irme esta misma noche.

Shunsuké se quedó muy sorprendido.

–¿Y qué me dices de Yasuko? –le preguntó.

–Verá, de eso precisamente he venido a hablarle. ¿No podría usted hacerse cargo de ella? Si he de serle sincero, creo que lo ideal sería que se casara con ella.

–Me temo que has llegado a alguna conclusión errónea respecto a mis intenciones hacia Yasuko.

–No, en absoluto. No soporto la perspectiva de pasar otra noche aquí.

–¿Por qué razón?

El joven respondió en un tono sincero pero más bien frío.

–Sin duda usted me comprenderá si le digo que no puedo amar a una mujer. Tal vez físicamente pueda amarla, pero mis sentimientos son sólo espirituales. Desde que nací, jamás he necesitado a las mujeres. Una mujer no despierta en mí el menor deseo. Y, a pesar de todo, he querido engañarme a mí mismo y he engañado a una muchacha que ignora por completo esta circunstancia.

Los ojos de Shunsuké adquirieron una tonalidad extraña. Dada su naturaleza, carecía de sensibilidad ante un problema como aquél. Sus tendencias eran casi por completo normales.

–¿Qué es entonces lo que amas?

–¿Yo? –El joven se ruborizó–. Sólo amo a los chicos.

–¿Pero no has hablado nunca de ese asunto con Yasuko?

–No.

–No es necesario que se lo confieses. No debes decírselo, de ninguna manera. Hay cosas que uno puede decirle a las mujeres, y otras que no. No es mucho lo que sé de esa cuestión, pero creo que pertenece a la categoría de las cosas que no deben decirse a las mujeres. Si una chica está tan enamorada de ti como parece estarlo Yasuko, te sugiero que te cases, ya que más tarde o más temprano tendrás que hacerlo. Considera el matrimonio como algo insignificante, sin importancia. Precisamente porque es tan insignificante se lo puede considerar sagrado.

Un diabólico buen humor embargaba a Shunsuké. Entonces miró al joven de hito en hito y en voz baja, como para zafarse de la curiosidad pública, adoptando el tono apropiado a un escritor que ha publicado tres veces sus obras completas, le preguntó:

–¿Y no ha pasado nada entre vosotros durante estas tres noches?

–No, nada.

–Muy bien, es así como se debe educar a las mujeres –dijo Shunsuké, y rompió a reír, con una risa sonora y alegre que jamás hasta entonces se había permitido en presencia de sus amistades–. Baso esto que te digo en mi larga experiencia: jamás enseñes el placer a una mujer. El placer es un invento trágico del hombre, y es preciso que no sea nada más. –Los ojos de Shunsuké reflejaban una satisfacción de sí mismo que casi rozaba el éxtasis–. Estoy seguro de que seréis una pareja casada ideal –añadió.

No había dicho «una pareja casada feliz». Para Shunsuké, tan sólo pensar que un matrimonio como aquél causaría la desdicha absoluta de una mujer era algo magnífico. Estaba seguro de que, con la ayuda de Yuichi, podría enviar al convento a un centenar de jóvenes vírgenes. Por primera vez en su vida, el viejo escritor descubría su verdadera pasión.

2 Las geta son una especie de sandalias de madera. (N. de los T.)

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