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Considerada una de las más bellas historias de amor de la literatura, "El rumor del oleaje" narra el nacimiento y consumación del idilio entre dos adolescentes situados en un mundo arcádico, primitivo y elemental: una minúscula isla japonesa en la que sobrevive una comunidad de pescadores apartada de la civilización y donde se percibe por doquier el olor salobre del mar, la fragancia de las cuerdas de cáñamo, el humo invisible de las hogueras y el rumor de un oleaje azul intenso que todo lo circunda. Guiado por su admiración hacia el modelo humano y la tradición bucólica de la Grecia clásica, que era capaz de establecer una perfecta coincidencia entre la vida humana y la misteriosa belleza de la naturaleza, Yukio Mishima (1925-1970) construye una novela inolvidable acerca de uno de los temas perennes de la literatura.
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Seitenzahl: 252
Veröffentlichungsjahr: 2017
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Yukio Mishima
El rumor del oleaje
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Créditos
En la transcripción de palabras como Tokyo, Kyoto y shintoísta, nos hemos regido por el sistema más ampliamente utilizado en la mayor parte de las lenguas occidentales, que acerca en la medida de lo posible el alfabeto latino a la fonética japonesa.
La isla de Utajima sólo tiene unos mil cuatrocientos habitantes, y el perímetro de su costa no llega a los cinco kilómetros.
En dos lugares de la isla los paisajes son de belleza insuperable. Uno es el santuario de Yashino, que está encarado al noroeste y se alza cerca del punto más elevado de la isla. Desde el santuario se abarca un panorama ininterrumpido de la amplia bahía de Ise, y la isla se encuentra en el estrecho que enlaza la bahía con el océano Pacífico. La península de Chita avanza desde el norte, mientras que la península de Atsumi se extiende al nordeste. Al oeste se atisba la línea costera de Tsu, entre los puertos de Uji-Yamada y Yokkaichi.
Si uno sube los doscientos escalones de piedra que conducen al santuario y mira hacia atrás desde el torii1, con un león guardián de piedra a cada lado, tiene una visión privilegiada de la bahía de Ise y las costas lejanas que la rodean. En el pasado se alzaban ahí dos pinos cuyas ramas habían sido dobladas y entrelazadas hasta darles la forma de un torii, y proporcionaban al paisaje un curioso marco, pero los árboles murieron hace unos años.
En estos momentos el color de las agujas de los pinos circundantes es aún el verde apagado del invierno, pero ya las algas primaverales tiñen de color rojo las aguas cercanas a la orilla del mar. El monzón del noroeste sopla continuamente procedente de Tsu, por lo que todavía hace demasiado frío para disfrutar del panorama.
El santuario de Yashiro está consagrado a Watatsumi-no-Mikoto, el dios del mar. Es ésta una isla de pescadores, y nada más natural que sus habitantes sean fieles devotos de ese dios. Siempre le rezan para que el mar esté sereno, y cuando se salvan de algún peligro en el mar lo primero que hacen una vez en tierra es una ofrenda votiva en el santuario del dios marino.
El santuario posee un tesoro formado por sesenta y seis espejos de bronce. Uno de ellos, del siglo VIII, está decorado con un grabado de granos de uva. Otro es una copia antigua de un espejo chino del período de las Seis Dinastías, de los que no existen más de quince o dieciséis ejemplares en todo Japón; los ciervos y ardillas grabados en el reverso debieron de surgir hace siglos de algún bosque persa, y recorrieron la mitad de la tierra, a través de anchos continentes y mares interminables, hasta que finalmente llegaron aquí, a Utajima, y se quedaron para siempre.
El segundo paisaje más hermoso de la isla es el que se abarca desde el faro, cerca de la cima del monte Higashi, que forma un acantilado en cuya base la corriente del canal de Iroko produce un estrépito incesante. En los días de viento, estos estrechos canales que enlazan la bahía de Ise con el Pacífico están llenos de remolinos. El extremo de la península de Atsumi se proyecta a través del canal, y en su costa rocosa y desolada se alza el pequeño faro, deshabitado, del cabo Irako. Desde el faro de Utajima, en dirección sudeste, se ve el Pacífico, y al nordeste, al otro lado de la bahía de Atsumi y más allá de las cadenas montañosas, a veces se vislumbra el monte Fuji, por ejemplo al amanecer, cuando el viento del oeste sopla con fuerza.
Cuando un vapor procedente de Nagoya o Yokkaichi, o con rumbo a esas poblaciones, navegaba por el canal de Irako, abriéndose paso entre los innumerables pesqueros diseminados a lo largo del canal entre la bahía y el mar abierto, el farero podía leer fácilmente su nombre valiéndose de los prismáticos. El Tokachi-maru2, un carguero de la Línea Mitsui, de mil novecientas toneladas, acababa de entrar en su campo visual. El farero veía dos marineros vestidos con mono de faena gris, que hablaban y pisoteaban la cubierta. Poco después, un carguero inglés, el Talismán, apareció en el canal, rumbo a puerto. El farero veía a los diminutos marineros con claridad, mientras jugaban al tejo en la cubierta.
El farero se sentó ante la mesa en la caseta de vigilancia y, en un libro con una etiqueta en la tapa que decía «Registro de movimientos marítimos», anotó los nombres de los barcos, sus distintivos, los derroteros y la hora. Entonces envió esta información por telégrafo, advirtiendo a los propietarios de la carga en los puertos de destino para que iniciaran sus preparativos.
Al atardecer, el sol se había ocultado tras el monte Higashi y la zona que circundaba el faro estaba sumida en las sombras. Un halcón trazaba círculos en el cielo brillante por encima del mar. Allá en lo alto, el halcón inclinaba un ala y luego la otra, como si las pusiera a prueba, y, en el preciso momento en que parecía a punto de lanzarse hacia abajo, de repente retrocedía en el aire y entonces volvía a ascender con las alas inmóviles.
El sol se había puesto por completo cuando un joven pescador subía apresuradamente por el sendero de montaña que conducía desde la aldea hasta más allá del faro. De una mano le pendía un pescado de gran tamaño.
El muchacho sólo tenía dieciocho años, y el año anterior había terminado la enseñanza secundaria. Era alto y fornido para su edad, y únicamente sus facciones revelaban su juventud. Su piel estaba tan tostada como sólo el sol es capaz de tostar una epidermis, tenía esa nariz bien formada tan característica de los habitantes de su isla y los labios resecos y agrietados. Sus ojos azules eran muy claros, pero no era la suya la claridad del intelecto, sino ese don que el mar concede a quienes se ganan en él su sustento. A decir verdad, sus calificaciones escolares habían dejado mucho que desear. Aún llevaba la misma ropa con la que salía de pesca a diario, unos pantalones heredados de su difunto padre y una camiseta de lienzo basto.
El joven cruzó el campo de juegos de la escuela elemental, ya desierto, y ascendió a la colina que se alzaba junto al molino de agua. Subió los escalones de piedra y siguió avanzando por detrás del santuario de Yashiro. Los melocotoneros florecían en el jardín del santuario, penumbroso a la luz del crepúsculo. Desde allí no había más que una subida de diez minutos hasta el faro.
El sendero que conducía al faro era peligrosamente empinado y serpenteante, hasta tal punto que quien no lo conociera bien sin duda habría perdido pie incluso en pleno día. Pero aunque el muchacho cerrara los ojos, sus pies habrían avanzado sin equivocarse entre las piedras y las raíces de pino sobresalientes. Ni siquiera ahora, sumido como estaba en sus pensamientos, tropezó una sola vez.
Poco antes, cuando aún quedaba un resto de luz, el barco en el que el joven trabajaba había regresado a su puerto base de Utajima. Como todos los días, el muchacho había salido a pescar en el Taihei-maru, un pequeño barco a motor, junto con su propietario y otro joven. Al regresar a puerto transportaron sus capturas al barco de la cooperativa y acto seguido tiraron de su embarcación hasta dejarla varada en la playa. Entonces el muchacho se encaminó a su casa, con el mero que poco después llevaría al faro. Mientras caminaba por la playa, en la atmósfera crepuscular vibraban todavía los gritos de los pescadores que tiraban de sus embarcaciones hasta sacarlas del agua.
Apoyada en un rimero de pesados bastidores de madera, a los que por su forma llamaban «ábacos» y que estaban sobre la arena, había una joven desconocida. Por medio de un torno tiraban de los pesqueros, con la proa hacia delante, hasta la playa, y colocaban aquellos bastidores bajo las quillas para que los barcos se deslizaran con suavidad encima de ellos. Al parecer, la joven acababa de echar una mano para transportar los bastidores, y se había detenido allí a descansar.
Tenía la frente húmeda de sudor y le brillaban las mejillas. Soplaba un viento del oeste recio y frío, pero a la chica parecía agradarle, pues volvía la cara enrojecida por el esfuerzo hacia el viento y dejaba que éste ondease su cabello. Llevaba una chaqueta sin mangas con acolchado de algodón, pantalones de faena femeninos ceñidos a los tobillos y unos sucios guantes. El saludable color de su piel no se diferenciaba del de las demás muchachas de la isla, pero sus ojos tenían una expresión de euforia y el dibujo de sus cejas reflejaba serenidad. Miraba fijamente el cielo por encima del mar, hacia el oeste, donde un fragmento de sol carmesí se hundía entre densas nubes negras.
El muchacho no recordaba haber visto nunca a aquella chica hasta entonces, y no había una sola cara en Utajima que no hubiera reconocido. A primera vista la tomó por una forastera, aunque en cualquier caso el atuendo de la chica no era el que llevaban las gentes procedentes de otros lugares. Sólo en su manera de mantenerse apartada, contemplando el mar, se diferenciaba de las vivaces jóvenes isleñas.
El muchacho pasó a propósito por delante de ella, y de la misma manera en que los niños se quedan mirando un objeto extraño, se detuvo y la miró a la cara.
La chica juntó ligeramente las cejas, pero siguió contemplando el mar sin volver los ojos hacia el pescador.
Él finalizó su silencioso examen y se apresuró a proseguir su camino.
En aquel momento tan sólo experimentó el vago placer de la curiosidad satisfecha, y ahora, transcurrido un buen rato, cuando subía por el sendero que llevaba al faro, se dio cuenta de lo grosera que había sido su inspección. La vergüenza le coloreó las mejillas.
El muchacho miró el mar allá abajo, entre los pinos a lo largo del sendero. Rugían las aguas de la marea entrante, que ahora, antes de que saliera la luna, eran totalmente negras. Al tomar la curva alrededor de la llamada Pendiente de la Mujer, donde decían que a veces se aparecía el fantasma de una mujer de elevada estatura, tuvo el primer atisbo de las ventanas brillantemente iluminadas del faro, todavía a considerable altura. La intensidad de la luz le deslumbró por un instante, pues el generador de la aldea llevaba largo tiempo averiado y el muchacho estaba acostumbrado a la luz mortecina de las lámparas de petróleo con que se alumbraban los lugareños.
A menudo el joven llevaba pescado al faro, pues se sentía en deuda de gratitud con el farero. El curso anterior había suspendido los exámenes finales, y en principio su graduación debería haberse retrasado un año, pero su madre, que pasaba con frecuencia ante el faro cuando iba a recoger leña al monte que se alzaba más allá, había trabado amistad con la señora del farero y le pidió ayuda, explicándole que no le sería posible seguir manteniendo a la familia si la graduación de su hijo se retrasaba. Así pues, la esposa del farero habló con su marido, y éste visitó a su buen amigo, el director de la escuela. Gracias a esta intervención amistosa, el muchacho pudo por fin graduarse sin repetir el curso.
En cuanto finalizó los estudios de secundaria, el chico se hizo pescador, y desde entonces de vez en cuando llevaba al faro una porción de la captura del día. También realizaba pequeños recados para el matrimonio, y tanto el farero como su esposa le tenían en alta estima.
La vivienda del farero se hallaba al lado de un tramo de escalones de cemento armado que conducían al faro propiamente dicho, y contaba con un pequeño huerto. Al aproximarse, el muchacho distinguió la sombra de la mujer que se movía en la puerta de vidrio de la cocina. Era evidente que estaba preparando la cena.
El muchacho anunció su llegada desde el exterior, y la esposa abrió la puerta.
–Ah, eres tú, Shinji-san –le dijo.
El joven le ofreció el pescado sin decirle una sola palabra.
La mujer aceptó el presente y, volviendo la cabeza por encima del hombro, hacia el interior de la casa, dijo:
–Otoosan3, Kubo-san nos ha traído un pescado.
Se había referido al chico por su apellido. Desde otra habitación, la voz del farero respondió en un tono bonachón y familiar:
–Gracias, muchas gracias. Anda, Shinji, muchacho, pasa un momento.
El joven seguía en pie, vacilante, en la entrada de la cocina. La mujer ya había depositado el mero en una bandeja esmaltada de blanco, donde yacía boqueando débilmente, con la sangre rezumándole de las agallas y deslizándose por la piel suave y blanca.
1. Puerta ornamental de acceso a un templo shintoísta. (N. de los T.)
2.En Japón, y desde tiempo inmemorial, todos los barcos, excepto los de guerra, llevan el sufijo maru unido a su nombre. Esta palabra significa «redondo», y se cree que la razón de su uso en la denominación de naves es que, de la misma manera que el círculo está completo, un barco también está completo con su equipamiento y su autonomía. (N. de los T.)
3. Otoosan significa «padre». Es habitual que una mujer casada y con hijos se dirija a su marido llamándole así, en vez de utilizar su nombre. También los jóvenes se dirigen a una pesona mayor llamándole «tío» o «tía», aunque no tengan ninguna relación de parentesco. (N. de los T.)
A la mañana siguiente, Shinji subió a bordo del barco de su patrono como de costumbre y zarparon para pasar el día pescando. Al amanecer el cielo estaba cubierto y se reflejaba en un mar calmado. Tardarían alrededor de una hora en llegar al caladero.
Shinji llevaba un delantal de goma negro que le cubría desde la pechera de la camiseta hasta la parte superior de las altas botas de goma y unos largos guantes también de goma. De pie en la proa de la embarcación, mirando adelante, hacia su lugar de destino en el Pacífico, muy mar adentro bajo el ceniciento cielo matutino, Shinji recordaba la noche anterior, el tiempo transcurrido desde que abandonó el faro hasta que se acostó.
La madre y el hermano de Shinji habían aguardado su regreso en la pequeña habitación iluminada por una lámpara de luz tenue que pendía sobre el fogón. El hermano sólo tenía doce años. Desde el último año de la guerra, cuando su marido murió ametrallado por un avión que atacó en vuelo rasante, y hasta que Shinji fue lo bastante mayor para trabajar, la madre había mantenido a la familia sin más recursos que sus ganancias como buceadora.
–¿Estaba contento el farero?
–Sí –respondió el muchacho–. Me pidió que entrara y me ofreció una bebida que se llama cacao.
–¿Cacao? ¿Qué es eso?
–Parecía una especie de sopa de miso extranjera.
La madre no sabía nada de cocina. Servía el pescado en sashimi o sushi, a la parrilla o hervido; en este último caso sin desechar primero la cabeza, la cola y las espinas. Y, como nunca lo lavaba bien primero, a menudo no sólo masticaban carne de pescado, sino también granos de arena.
Durante la cena, Shinji aguardó esperanzado a que su madre le dijese algo sobre la chica desconocida; pero si bien la mujer no era dada a quejarse, tampoco tendía a chismorrear ociosamente.
Después de cenar, Shinji y su hermano se encaminaron al baño público, y una vez más pensó en obtener de allí alguna información acerca de la muchacha. Ya era tarde; la sala del baño aparecía casi vacía, y el agua de la piscina central estaba sucia. El director de la cooperativa de pescadores y el administrador de correos estaban de pie dentro de la piscina, con el agua hasta la cintura. Discutían de política, y sus voces retumbantes y ampulosas reverberaban en el techo. Los hermanos les saludaron en silencio, con inclinaciones de cabeza, y se encaminaron a una esquina para sacar agua caliente de la piscina4.
Shinji esperaba, aguzando el oído, pero los hombres no se desviaban de la política para hablar de la chica. Entretanto su hermano, con el apresuramiento que le caracterizaba, había terminado de bañarse y ya estaba en el exterior. El joven pescador le siguió y, una vez fuera, le preguntó por el motivo de las prisas. Hiroshi, como se llamaba el hermano, le explicó que aquel día él y sus amigos habían jugado a la guerra, y que él había hecho llorar al hijo del director de la cooperativa al golpearle en la cabeza con su espada de madera.
Shinji nunca tenía dificultad para conciliar el sueño, pero la noche anterior había sufrido la singular experiencia de permanecer despierto durante mucho tiempo. No recordaba haber estado enfermo un solo día de su vida, y yació preguntándose qué le ocurría, temeroso de que aquello pudiera ser lo que la gente llamaba estar enfermo.
Por la mañana, aquella extraña inquietud aún no había desaparecido, pero el vasto océano se extendía desde la proa, donde el muchacho permanecía en pie; gradualmente la visión del mar le iba insuflando la energía de la tarea familiar, cotidiana, y, sin darse cuenta siquiera, volvía a sentirse en paz. Las vibraciones del motor hacían que el barco se estremeciera ligeramente, y el frío viento matinal azotaba las mejillas de Shinji.
En lo alto del acantilado, a estribor, la luz del faro ya se había apagado. En la orilla, bajo las ramas de pino, de color pardusco a comienzos de la primavera, rompían las olas del canal de Irako, blancas y brillantes en el nublado ambiente matutino. Sumergidos en el canal, dos arrecifes mantenían el agua en una agitación constante. Un transatlántico habría tenido que avanzar con cautela por el estrecho pasillo entre ambos, pero el Taihei-maru, gracias a la pericia con que el patrón singaba, navegó suavemente a través de la corriente arremolinada. La profundidad del agua en el canal oscilaba entre dieciocho y cien brazas, pero por encima de los arrecifes tan sólo era de trece a veinte brazas. A partir de ese punto, unas boyas señalaban el corredor que se internaba en el Pacífico y en el que estaban sumergidos los innumerables potes para capturar pulpos.
El ochenta por ciento del total de capturas anuales en Utajima era de pulpos. La temporada del pulpo, que empezaba en noviembre, estaba a punto de terminar, y con la llegada de la primavera comenzaría la temporada del calamar. Estaban al final de la temporada, la última oportunidad para que los potes se llenasen con los llamados «pulpos en fuga», que se trasladaban a las profundidades del Pacífico huyendo de las frías aguas de la bahía de Ise.
Los patrones de pesca estaban habituados a las irregularidades del fondo en las aguas someras del lado de la isla abierto al Pacífico; las conocían con tanta precisión como los huertos de sus casas, y siempre decían: «Sólo un ciego sería incapaz de ver el fondo del mar». Sabían su rumbo gracias a la aguja de marear, y mediante la observación del cambiante perfil de las montañas en los lejanos cabos siempre podían determinar su posición exacta. Una vez establecida su demora, conocían con certeza la topografía del fondo oceánico por debajo de la embarcación.
Habían tendido metódicamente innumerables cuerdas en el fondo marino, a cada una de las cuales estaban atados más de un centenar de potes, y las diferencias de nivel al subir y bajar la marea sacudían bruscamente los flotadores fijados a las cuerdas. En el barco de Shinji, era el patrón quien conocía el arte de pescar el pulpo. Lo único que el muchacho y el otro joven marinero, Ryuji, tenían que hacer era poner a disposición de tan pesada tarea su fortaleza física.
El patrón de pesca Jukichi Oyama, propietario del Taihei-maru, tenía el rostro curtido y muy bronceado por los vientos marinos. Las mugrientas arrugas de sus manos eran indistinguibles de las viejas cicatrices de pescador, quemadas por el sol hasta lo más profundo. Era un hombre que no solía reír, pero que siempre estaba tranquilo y de buen humor, y aunque cuando daba órdenes alzaba la voz, no lo hacía nunca encolerizado. Durante la faena, apenas abandonaba su lugar en la plataforma de popa desde la que singaba, y sólo de vez en cuando soltaba el remo para regular el motor.
Cuando llegaron al caladero, vieron reunidos allí a numerosos pesqueros, que hasta entonces les habían pasado desapercibidos, e intercambiaron saludos con ellos. Una vez en su zona de pesca, Jukichi redujo la velocidad del motor e hizo una seña a Shinji para que enlazara una correa del motor al rodillo de eje que estaba sobre la borda.
Este rodillo hacía girar una polea que sobresalía de la borda. Una de las cuerdas a las que estaban fijados los potes de los pulpos se colocaba en la polea, y la embarcación seguía lentamente la cuerda a medida que la polea sacaba un extremo del mar y dejaba que el otro cayera de nuevo al agua. Los dos muchachos se turnaban para tirar de la cuerda, porque a menudo el cáñamo empapado pesaba demasiado para que la polea pudiera moverlo por sí sola, y también porque la cuerda se deslizaba fuera de la rueda a menos que la guiaran con cuidado.
En el horizonte, detrás de las nubes, se ocultaba un sol calinoso. Dos o tres cormoranes nadaban en el agua, con sus largos cuellos extendidos sobre la superficie. Al mirar atrás, hacia Utajima, se veían los acantilados meridionales, de un blanco intenso, reluciente, cubiertos por los excrementos de innumerables bandadas de cormoranes.
Soplaba un viento gélido, pero mientras tiraba de la primera cuerda hacia la polea, Shinji contemplaba el mar de color añil y sentía bullir en su interior la energía necesaria para realizar la dura tarea que no tardaría en hacerle sudar. La polea empezó a girar, y la cuerda, empapada, pesada, se alzó del mar. Sus manos, enfundadas en unos guantes delgados, aferraron la cuerda gruesa y helada. En contacto con la polea, la cuerda desprendía una rociada de agua marina con aspecto de aguanieve.
Pronto afloraron a la superficie los potes de los pulpos, cuyo color era el de la arcilla roja. Ryuji permanecía a la espera junto a la polea. Si un pote estaba vacío, se apresuraba a verter el agua que contenía y, evitando que golpeara la polea, lo dejaba pendiente de la cuerda que enseguida volvía a hundirse en el mar.
Shinji mantenía las piernas muy abiertas, con un pie apoyado en la proa, y proseguía su interminable tira y afloja con las fuerzas submarinas. Tirón a tirón la cuerda iba emergiendo, y el muchacho se imponía, pero el mar no se daba por vencido y, como si se burlara de él, todos los potes que salían a la superficie estaban vacíos.
Ya habían sacado del agua más de veinte potes, colocados a distancias de entre siete y diez metros a lo largo de la cuerda, de la que Shinji tiraba mientras Ryuji vaciaba el agua de los recipientes. Jukichi, con una mano en el remo y la expresión de su rostro inalterable, observaba en silencio la actividad de los muchachos.
El sudor se iba extendiendo por la espalda de Shinji y empezaba a brillarle en la frente, que recibía el azote del viento matinal. Tenía las mejillas enrojecidas. Por fin apareció el sol entre las nubes, arrojando pálidas sombras a los pies de los jóvenes, que se movían con rapidez.
Ryuji no miraba el mar, sino el interior del barco. Puso boca abajo el pote que acababa de emerger, y Jukichi tiró de una palanca para soltar la polea. Entonces, por primera vez, la mirada de Shinji se posó en la polea.
Ryuji hurgó dentro del pote con un palo. Como una persona a la que acabaran de despertar de una larga siesta, un pulpo se deslizó fuera de la vasija y se agazapó en la cubierta. El muchacho se apresuró a levantar la tapa de una gran nasa de bambú que estaba junto al cuarto de máquinas y la primera captura de la jornada fue a parar al fondo del cilindro con un ruido apagado.
Los tripulantes del Taihei-maru se pasaron la mayor parte de la mañana pescando pulpos, y su magra captura se redujo a cinco piezas. Cesó el viento y el sol brilló en todo su esplendor. Luego el pesquero cruzó el canal Irako y se internó de nuevo en la bahía de Ise para pescar un poco «a la rastra», clandestinamente, pues la pesca estaba prohibida en aquellas aguas.
Confeccionaron la rastra con varios anzuelos y sedales anudados a un travesaño que, a su vez, ataron a un robusto cable de remolque. Entonces pusieron el motor en marcha y arrastraron el improvisado arte de pesca por el fondo de la bahía, como si fuese un rastrillo. Al cabo de un rato lo alzaron, y emergió del agua junto con cuatro kochi5 y tres lenguados aleteantes.
Shinji se quitó los guantes y liberó de los anzuelos las piezas cobradas. En los lenguados negros y mojados, con sus ojillos hundidos en los pliegues de la piel, se reflejaba el azul del cielo.
Llegó la hora del almuerzo. Jukichi limpió los kochi sobre la escotilla del cuarto de máquinas y los cortó en pequeñas porciones que repartieron entre los tres, las colocaron sobre las tapas de las fiambreras de aluminio y las aderezaron vertiéndoles encima un botellín de salsa de soja. Entonces tomaron las fiambreras, que contenían una mezcla de arroz y cebada hervidos y, apelotonadas en un ángulo, unas pocas rodajas de rábano encurtido. Dejaron que el barco se meciera en el suave oleaje.
–Eh, muchachos, ¿qué os parece eso de que el viejo tío Teru Miyata haya traído de vuelta a su hija? –les preguntó Jukichi de improviso.
–No sabía que tuviera una hija.
–Yo tampoco.
Los dos jóvenes hicieron gestos negativos con la cabeza, y Jukichi les resumió la historia de aquella familia.
–El tío Teru tuvo cuatro hijas y un hijo. Dijo que estaba harto de tantas chicas, así que casó a tres de ellas y dio a la otra en adopción. Se llamaba Hatsue, y la adoptó una familia de buceadoras que vivían en Oizaki, en Shima. Pero entonces, quién lo iba a decir, el año pasado su único hijo, Matsu, se muere de una enfermedad pulmonar. Como es viudo, el tío Teru empieza a sentirse solo, y pide a Hatsue que vuelva, la empadrona de nuevo como miembro de su familia y decide adoptar un marido para ella, de modo que su apellido se perpetúe... Hatsue se ha hecho adulta y es una auténtica belleza. Habrá muchos jóvenes deseosos de casarse con ella... ¿Y vosotros, eh? ¿Qué decís?
Shinji y Ryuji intercambiaron miradas y se echaron a reír. Era de suponer que ambos se habían ruborizado, pero el bronceado de su piel era demasiado intenso para que se les notase.
La conversación acerca de aquella muchacha y la imagen de la chica que vio el día anterior en la playa se fusionaron de inmediato en la mente de Shinji. Al mismo tiempo recordó con desánimo su condición humilde, y la muchacha a la que el día anterior había mirado fijamente le pareció ahora muy lejana, pues sabía que su padre era Terukichi Miyata, el rico propietario de dos cargueros de cabotaje fletados a Transportes Yamagata, el Utajima-maru, de ciento ochenta y cinco toneladas, y el Harukaze-maru, de noventa y cinco, y un notable cascarrabias, cuyo blanco cabello se agitaba como los bigotes de un león cuando montaba en cólera.
Shinji había sido siempre muy discreto y comprendía que, a los dieciocho años, era demasiado pronto para pensar en las mujeres. Al contrario de lo que ocurría en la ciudad, rebosante de diversiones para los jóvenes, en Utajima no había ni siquiera un salón de pachinko6, ni un bar ni una sola camarera, y el sencillo sueño de aquel muchacho no era más que el de poseer algún día un barco con motor y dedicarse al negocio del cabotaje con su hermano menor.
A pesar de vivir rodeado por el ancho mar, Shinji no albergaba sueños imposibles de grandes aventuras marinas. Tenía un concepto del mar propio del pescador, muy parecido al del agricultor con respecto a su tierra. El mar era el lugar donde se ganaba la vida, un campo ondulante en el que, en lugar de espigas de trigo mecidas por la brisa, la blanca y amorfa cosecha de olas ondeaba eternamente por encima del azul uniforme de un suelo delicado y productivo.
Con todo, cuando la jornada de pesca casi había concluido, la contemplación de un blanco carguero que navegaba contra el fondo de nubes que cubrían el horizonte en el crepúsculo llenó de extrañas emociones el pecho del joven. El mundo se acercaba a él velozmente, desde muy lejos, con una magnitud en la que hasta entonces no había reparado. La percepción de ese mundo desconocido fue para él como un trueno distante, que retumbaba en la lejanía y se disolvía en la nada.
Una pequeña estrella de mar se había secado en la cubierta de proa, donde el muchacho estaba sentado con una toalla de tela basta atada alrededor de la cabeza. Desvió la mirada de las nubes crepusculares y sacudió ligeramente la cabeza.
4. El baño público japonés ha sido tradicionalmente tanto un establecimiento higiénico como un lugar de relación social. El lavado se realiza en la zona que rodea a la piscina (en general, varias piscinas con diversos grados de temperatura del agua), y la inmersión en el agua muy caliente, una vez el cuerpo limpio, tiene una finalidad relajante. (N. de los T.)
5. Pez de cabeza chata. (N. de los T.)
6. Por todo Japón hay infinidad de salones de pachinko, juego consistente en una máquina tragaperras con un circuito por el que impulsan unas bolitas metálicas. Cuanto mayor sea el número de bolas que ha-yan completado el circuito, mejor será el premio, siempre en especie. (N. de los T.)
