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Un festín de la alta sociedad. El menú: secretos, avaricia y un crimen en tiempo real. Una de las novelas más aclamadas de Muriel Spark, una autora inmortal. Drama y cotilleo en las altas esferas londinenses. En una elegante casa londinense, ocho invitados se reúnen para disfrutar de un banquete exquisito: faisán al coñac, vino francés, flores decorando la mesa y un apuesto mayordomo. Hablan de arte, de política y de viajes. Se podría decir que la velada es impecable, si no fuera por la ausencia de una invitada, Hilda Damien, que se retrasa más de lo previsto y que nunca llegará a la cita, porque mientras ellos brindan con champán, ella está siendo asesinada. Publicado originalmente como Symposium (1990), este es uno de los grandes ejercicios de sátira social de Spark: afilado, divertido, feroz, absolutamente moderno.
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Seitenzahl: 212
Veröffentlichungsjahr: 2026
El banquete
MurielSpark nació en Edimburgo en 1918.
Como muchas mujeres artistas, tardó en encontrar su voz en medio de una vida de dificultades. Se casó muy joven, y siguió a su marido hasta África donde trabajó de profesora.
Poco tiempo después, en 1944, se embarcó en un transporte de tropas y volvió a Londres, dejando atrás Rodesia (la actual Zimbabue), a su marido y a su hijo. En Londres desempeñó diversos oficios; el más sorprendente, el de colaboradora en una oficina de contraespionaje del Ministerio de Asuntos Exteriores. Su labor allí era difundir noticias falsas para confundir a los alemanes.
Con el fin de la Segunda Guerra Mundial se consagra por completo a la escritura, atravesando duros periodos de los cuales encontramos eco en varias de sus novelas, que nos hablan de un tiempo de juventud en el cual la escritora pasó hambre.
En principio escribe poesía y crítica literaria. Después algunas piezas teatrales para la radio, la biografía de varias figuras literarias del siglo xix como Emily Brontë o Mary Shelley, y más de una veintena de novelas.
Muriel escribía a mano, sin apenas correcciones y por un solo lado, en cuadernos especiales de espiral importados de su Escocia natal.
Tras la publicación y éxito de sus primeras novelas, se traslada a Estados Unidos para escapar del medio literario británico que sentía que la oprimía. En 1979 abandona Nueva York con destino Italia. Allí vivirá hasta su muerte, en abril de 2006, en un pequeño pueblo de la Toscana, dejando una novela inacabada.
Recibió premios y distinciones, entre ellos, el título de dama del Imperio Británico en 1993 y el Premio David Cohen de Literatura Británica, por el conjunto de su obra, en 1997, reconociendo así a la más brillante de las escritoras de posguerra de Gran Bretaña.
MURIEL SPARK
Traducción de José María Gómez
Título original: Symposium
© del texto: Copyright Administration Ltd, 1990
© de la traducción: José María Gómez Pérez / No ha sido posible localizar al traductor. La editorial expresa su reconocimiento y queda a la disposición de quien acredite su titularidad
© de la ilustración de cubierta: Ciara Quilty-Harper
© de la edición: Blackie Books S.L.
Calle Església, 4-10
08024, Barcelona
www.blackiebooks.org
Diseño de cubierta: Sergi Puyol
Maquetación: Bookwire
Primera edición digital: enero de 2026
ISBN: 979-13-88154-01-0
Todos los derechos están reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación sin el permiso expreso de los titulares del copyright.
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... el asunto acabó llegando incluso a las
manos y la fiesta se disolvió finalmente por
el derramamiento de sangre.
Luciano, Elbanquete
... lo más importante que él recordaba era
a Sócrates obligando a los otros dos a reconocer
que el genio de la comedia era el
mismo que el de la tragedia y que el verdadero
artista para la tragedia era un
artista también para la comedia.
Platón, Elbanquete
—¡Esto es una violación!
Su voz ascendió hasta alcanzar un tono agudo al que no había llegado nunca hasta entonces, y continuó elevándose aún más al ir contemplando los destrozos.
—¡Esto es una violación!
No era una violación, era un robo.
Se trataba de Lord Suzy; su título era hereditario, así que cuando se le explicaba esto a gente corriente que no le conociera, todos se inclinaban a decir: «Ya, pero él ¿qué hace?». Lo cierto era que no había hecho gran cosa. Se estaba acercando peligrosamente a los cincuenta, la edad, según se dice, de la menopausia masculina. Sus dos matrimonios anteriores y sus respectivos divorcios habían pasado como borrascas de remotas travesías.
Helen, la actual Lady Suzy, tenía veintidós años. Permanecía allí de pie sin moverse, toda ella sueño y piernas largas, con las manos sobre la cabeza, de pelo corto y negro, pasmada. Hacía casi un año que se había casado con Brian Suzy, y más de una vez había pensado
en salir huyendo. Había conocido a su marido en una función escolar a la que él había asistido para ver a su hija actuar en La muerte de un viajante, la obra elegida ese año por el grupo de teatro. Helen era compañera de colegio de Pearl, la hija única del segundo matrimonio de Lord Suzy. Pearl se encontraba ahora lejos, en Manhattan, manejando un procesador de textos en las Naciones Unidas, y había escrito hablando del «encanto de trabajo» que tenía, lo que hizo que Helen se sintiera sola y envidiosa. Los padres de Helen estaban divorciados. Ella había echado de menos sobre todo a su padre y esa, decía ella, era probablemente la razón por la que se sentía atraída por los hombres maduros, y por la que finalmente se había enamorado de Brian Suzy.
Helen permanecía sin moverse en medio de todo aquel destrozo, y los dos policías, que les habían despertado en mitad de la noche para decirles que la puerta de su casa estaba abierta de par en par y que las luces de la entrada estaban encendidas, tenían ya ganas de marcharse. Los policías estaban asombrados de que ninguno de ellos dos hubiera oído ningún ruido.
—Pues tuvieron que armar bastante jaleo —dijo uno de los policías.
Helen dejó caer las manos de la cabeza.
—Es como si lo hubiese oído, pero no —dijo—. Tuve un sueño en el que oía ruidos, así que debo de haber incorporado el ruido real en mi sueño.
—¡Y lo dice ahora! —exclamó Brian—. Primero dice que no oyó nada y ahora que lo oyó en sueños.
—Viene a ser lo mismo —dijo el otro policía—. Mejor que no bajara. Podrían haberla golpeado.
Cuando se marcharon, Helen buscó cualquier botella que aún se conservara intacta entre las rotas. Encontró una de oporto. En la cocina, donde no habían entrado aquellos vándalos, había un armario que contenía distintas botellas de bebidas; dio con una de brandy y se preparó la última pócima que había aprendido a mezclar.
—¡Brian! —le llamó. Él estaba sentado en el último peldaño de las escaleras, con la cabeza entre las manos. Ella le llevó un vaso de oporto con brandy, su mezcla, y se sentó a su lado en el escalón.
—Una violación —dijo él—. Se siente como una violación.
—¿Sí? No sé qué decirte —dijo ella—. Se han llevado la plata, el equipo de música y el espejo rey Jorge, el resto lo han destrozado.
Era una casa victoriana de tres plantas en una calle tranquila que arrancaba de Camberwell New Road.
—Un robo —dijo él, mucho más calmado tras el susto inicial.
—¿No te habían robado nunca antes? —le preguntó ella. No habían estado casados el tiempo suficiente como para conocer sus respectivas historias con detalle.
—No. He perdido cosas. Hace mucho tiempo hubo algún criado con la mano larga. Trabajos desde dentro de casa. Mi madre también perdió una sortija. Pero nunca me habían robado de esta forma. Las dos y media, las tres de la mañana, y yo sin oír nada. Tú, en realidad, tampoco oíste nada. Podían haber subido y habernos matado a los dos.
—Deberíamos tener una alarma antirrobo —dijo ella—. Tenemos que poner una. Aunque saben cómo desactivar las alarmas.
—Es una locura tener plata —dijo él—. Un dineral y al final terminan robándotela.
—Casi todo eran regalos de boda de mi familia.
Las cosas de plata de él las tenía guardadas en una gran caja fuerte arriba, en su cuarto de baño.
—Odio los regalos de boda —dijo Brian—. Si tuvieras mi experiencia con los regalos de boda, pensarías lo mismo.
—Es cierto que no parece que sirvan para mantener los matrimonios unidos —dijo ella.
—¿Qué es esta pócima que estamos bebiendo?
—Se llama trampolín.
—Se han meado en las paredes, ¿sabes? Es horrible que se te meen en las paredes y encima de todas tus cosas. Una atrocidad.
La anfitriona presenta a la gente que no se conocía de antes: «Lord y Lady Suzy, o sea Brian y Helen, quiero presentaros a Roland Sykes; y ya conocéis a Annabel Treece. Oh, Ernst, encantada de verte... Ernst Untzinger... Os conocéis, oh, bien. Ernst, ¿conoces a Mr. y Mrs. Damien, William y Margaret...?» El anfitrión sirve las bebidas. Es un grupo de diez. La casa se encuentra en Islington. La sala es muy beis, con un vislumbre del comedor que es predominantemente de un azul martín pescador.
Las mujeres del grupo son extremadamente distintas, los cinco hombres son más parecidos, aunque difieren en la edad. Los anfitriones son Hurley Reed, un pintor norteamericano que acaba de estrenar la cincuentena, y Chris Donovan, una rica viuda australiana que está al final de los cuarenta. Viven juntos. Es una feliz conjunción de conveniencia y satisfacción.
Media hora después, el grupo se ha sentado a la mesa. Algunos no se conocían pero en general los dos anfitriones y sus ocho invitados se conocen mucho mejor entre sí de lo que, de momento, los conocemos nosotros.
Hurley Reed se sienta a la cabecera de la mesa en esta cena para diez, con Helen Suzy a su derecha y Ella Untzinger a su izquierda. Al otro extremo de la mesa la anfitriona, la rica e imponente Chris Donovan, dedica ya toda su atención a Brian Suzy, que está sentado a su derecha. Los ojos oscuros de él resaltan en su cara delgada y cetrina.
—Se mearon —insiste Brian— en todas las paredes.
Ernst Untzinger, bronceado y triunfador, con el pelo prematuramente entrecano, está colocado a la izquierda de Chris Donovan. Ha llegado a Londres en uno de sus muchos viajes oficiales desde Bruselas, donde ocupa un puesto en una de las comisiones financieras de la Comunidad Europea. Su esposa Ella se sienta exactamente en el extremo opuesto, junto a Hurley Reed.
—Mearon por todas partes —dice Brian Suzy.
Ernst está deseando hacerle cambiar de tema, pues están sirviendo champán seco en copas oblongas y tiene la impresión de que los detalles del robo de Brian Suzy están completamente fuera de lugar.
El sirviente, conseguido no hace mucho en la mejor escuela de mayordomos del país, cuenta con la ayuda de un interino, un joven graduado en historia moderna; se mueven ambos alrededor de la mesa con sus chaquetillas blancas, sirviendo totalmente impasibles, pero Ernst está preocupado por si pudieran oír a Lord Suzy, así que se siente aliviado cuando Brian Suzy pasa a hacer una lista de las cosas que realmente le faltaron y de las que quedaron inservibles.
—Siempre le digo a Hurley —dice Chris Donovan— que cada vez que te das la vuelta deberías decir adiós a tus cosas. Nunca se sabe, puede que no las vuelvas a ver jamás.
Margaret Damien es una chica de aspecto romántico con pelo largo de un rojo oscuro llamativo, probablemente natural. Dice:
—Hay un poema de Walter de la Mare:
Mira por última vez todas las cosas primorosas Cada hora...
Hurley Reed alza ahora su copa de champán:
—Me gustaría que brindáramos por Margaret y William, por su futuro.
William Damien sonríe. Todo el mundo brinda por la pareja de recién casados.
Hurley Reed, en su extremo de la mesa, está conversando ahora con Helen Suzy, a su derecha. Helen parece incómoda, pues resulta imposible evitar oír la lista que recita su marido.
—Eso fue la semana pasada —dice Helen.
—Una violación —le llega la voz de su marido—. Fue como una violación.
Helen contempla el plato de mousse de salmón que, suave y sigilosamente, le han colocado delante. Toma el tenedor.
Hurley levanta la mano y, mientras le pasa unos bollos diminutos a Ella Untzinget, a su izquierda, continúa su conversación con Helen Suzy.
—¿Has oído hablar alguna vez —le dice en voz baja— de santa Sinestorbo?
—¿Santa qué?
—Una santa medieval —dice él— a quien rezaba la gente, sobre todo las mujeres, para que las librara de sus cónyuges. Era una princesa portuguesa que no quería casarse. Su padre le encontró un marido. Ella rezó para volverse fea y sus plegarias fueron atendidas. Le creció barba, lo que, naturalmente, disuadió al pretendiente. El resultado fue que su padre mandó que la crucificaran. Su imagen, con pelo largo y una gran barba, se encuentra en la capilla del rey Enrique VII en la abadía de Westminster.
—Será mejor que no rece a santa Sinestorbo —dice Helen, cuyo marido, al otro extremo de la mesa, incapaz de callar un momento, continúa lamentando el robo—, podría crecerme la barba.
—No creo —dice Hurley.
—Entonces debería probar el método Sinestorbo —dice Helen.
Ella Untzinger, a la izquierda de Hurley, aunque está hablando con el joven William Damien, tiene la oreja pegada a la conversación entre Hurley y Helen. Ella está hablando con el joven William Damien sin decir gran cosa, pues prevalece el tema del robo, y William ha contribuido diciendo que a su mujer, Margaret, le robaron el bolso de un tirón en Florencia durante la luna de miel. El pelo largo y rubio de Ella cae sobre su cara como un fino velo.
—¡Una violación, igual que una violación! —llega la voz de Brian Suzy desde el otro extremo de la mesa.
—¿Fuiste a la policía? —dice Ella, con los oídos aún pegados a la sediciosa santa Sinestorbo de Hurley.
—Por supuesto —arrastra William las palabras, y no es que lo haga por naturaleza; lo hace ahora, probablemente, porque está cansado—. Pero no conseguimos recuperar el bolso —observa laboriosamente—. Lo más importante eran los documentos. Margaret se quedó sin el pasaporte y la tarjeta Mastercard, tuvimos que ir al consulado y todo eso.
—Qué pérdida de tiempo en vuestra luna de miel —dice Ella.
—Fue una experiencia —responde William.
—Sí, pero no una experiencia que apetezca tener en el extranjero.
—Desde luego que no.
William dirige la mirada al otro lado de la mesa, a su mujer, con un leve gesto de pánico que quiere decir: «¿De qué va esta?» Pero Margaret no está mirando hacia él. La mujer que está a su izquierda, Annabel Treece, está absorta con su otro vecino, Brian Suzy, y sus temores. Tiene la frente ancha, la mandíbula cuadrada. Lleva un vestido azul con perlas.
—¿Vives en Londres? —le pregunta ahora William a Ella.
—Estamos en Bruselas con mucha frecuencia debido al trabajo de mi marido, pero tengo la esperanza de encontrar un piso permanente en Londres. Ahora yo tengo trabajo, doy clases en la universidad. Soy geógrafa y cartógrafa.
Después de todo, no es ninguna estúpida. Nadie de los que están a la mesa es un estúpido. Hurley y Chris siempre calculan bien el nivel de inteligencia de sus invitados cuando dan una fiesta. William mira más alegre hacia su mujer, que le sonríe desde el otro lado, mientras su mano se lleva a la boca el tenedor lleno de mousse de salmón. Ella dirige su atención a Roland Sykes, un hombre joven que está a su izquierda.
—Quizá —le dice— hay algo positivo en los robos.
El joven Roland Sykes, con el pelo gris plateado cuidadosamente cortado a cepillo, contesta que es difícil ver qué puede haber de bueno en un robo salvo para los propios ladrones.
—Según algunos místicos —dice Margaret—, el supremo bien consiste en desprenderse de las posesiones más queridas.
—Hay una gran diferencia entre que uno se desprenda de algo y que le roben —dice el brillante joven Roland—. Dejando a un lado el punto de vista de la moralidad, desde cualquier punto de vista ético, que te roben implica un tipo de delito, en tanto que el desprenderse uno voluntariamente de sus posesiones, no.
La prima de Roland, Annabel Treece, está tratando de consolar a su vecino de mesa, Brian Suzy, persuadiéndole de que los ladrones que entraron en su casa eran deficientes mentales, víctimas de las drogas y, por lo tanto, más dignos de lástima que culpables.
—Oh, pero sabían lo que estaban haciendo —dice Brian—. Podían haber hecho más daño si hubieran sabido el valor de lo que no se llevaron. Dejaron un Francis Bacon en la pared, por ejemplo. Dejaron la guitarra de mi mujer.
—Ese es exactamente mi argumento —dice Annabel—. Lo que no se llevan, no lo que se llevan, es lo significativo.
—Quizá consideraron que un cuadro sería difícil de transformar en dinero rápido —dice Brian—. Y no me sorprendería que hubieran dejado la guitarra por solidaridad con su propia generación.
—Bueno, el hecho es que obviamente tienen una mentalidad bastante limitada —dice Annabel—. O tal vez —añade— están bloqueados históricamente.
Esto deja perplejo a Brian Suzy. Annabel, que es productora ayudante de televisión, es muy dada a estudios filosóficos y psicológicos, a los que dedica una gran parte de su tiempo libre. Ha desarrollado una teoría según la cual la gente pertenece psicológicamente a una cierta época.
—Algunas personas —le informa ahora a Brian— son siglo dieciocho, otras quince, otras siglo tres, otras veinte. Todos los psiquiatras en ejercicio deberían ser estudiosos de la historia. La mayoría de los pacientes están bloqueados —dice— en su propia era histórica y no pueden hacer frente a los retos y costumbres de nuestro siglo.
—Los que entraron en mi casa deben pertenecer a la era Neanderthal —dice Brian—. Mearon por todas partes. —Se expresa con mal humor, incluso con ensañamiento, porque no contempla la idea de hacer ninguna concesión a los ladrones, y Annabel no tiene en absoluto el encanto que pueda hacer aflorar en él un tono más amable.
Están retirando la vajilla usada y sirviendo el segundo plato. Entra el joven graduado interino, alto y gracioso de porte, de rizos oscuros y un fino rostro tostado, unas cejas que casi se le juntan y unos ojos grises muy bonitos. Lleva una fuente de servir con un faisán gordo, salchichas pequeñas envueltas en beicon, acompañado todo de guisantes y zanahorias pequeñas. Dispone la cuchara y el tenedor de servir y empieza a hacerlo, comenzando por Helen Suzy. Le sigue el sirviente de la casa con un vino tinto de Burdeos con el que va llenando las copas. El joven graduado, después de servir a Helen, continúa alrededor de la mesa inclinándose por turno junto a cada una de las mujeres. Luego, siguiendo las instrucciones que le han dado, sirve a los hombres de una fuente idéntica a la primera que está esperando en el aparador. Cuando les han servido a todos faisán y vino, el sirviente de la casa coloca en el aparador una fuente de patatas salteadas. La secuencia al servir es precisamente la que debería ser, tanto si alguien se ha dado cuenta como si no. Pero cuando las patatas salteadas le llegan a Ernst Untzinger se oye un repiqueteo del tenedor de servir. Se le cae al suelo.
—Oh, no importa —dice Ernst—, puedo usar la cuchara —lo que pasa a hacer.
Pero en realidad este pequeño incidente ha ocurrido al tratar Ernst de tocar la mano del muchacho joven mientras servía.
Ella Untzinger se está ahora dirigiendo, dejando a William en medio, a la vecina a la izquierda de él, Annabel Treece, pero sin excluirle completamente a él. Han dejado el tema del robo y están discutiendo el asunto de las carreras profesionales de la mujer.
—Tenía que tener un trabajo. Hasta las mujeres casadas necesitan una carrera, todo el mundo lo sabe —dice Ella a Annabel—. Tú, al menos, como soltera, no tienes que recogerle los pijamas a nadie, cepillarle los trajes y plancharle las camisas.
—¿Es que tú haces de verdad todo eso? —dice William—. Me alegro muchísimo de haberme casado, es verdad. Sin embargo, dudo que...
—Es una realidad más que metafórica muchas veces —dice Ella.
—Es excitante para una mujer —dice Annabel— tocar la ropa masculina. Psicológicamente hablando, es extremadamente placentero.
—Si estás enamorada del hombre, quizá —dice Ella.
—Eso sí, claro.
Tres semanas antes de la fiesta en casa de Hurley Reed y Chris Donovan, Ernst Untzinger estaba colocando unas flores en el piso amueblado y con criados, que tenía alquilado para sus visitas a Londres desde Bruselas.
—Ella —le dijo al hombre joven que se sentaba en el sofá, mirándolo—, como ya sabes, quiere comprar un piso. Necesita establecerse en Londres por su trabajo. Creo que pasará el tiempo entre Bruselas y Londres, quizás incluso alternándose conmigo. Va a ser interesante. A Ella le encantan los lirios con las rosas. Si los consigues van muy bien juntos.
Había llegado al final de lo que tenía que decir, pero, como el hombre joven no decía nada, se puso a tararear el principio de una canción. Luego dijo:
—Ya sabes, Luke, que Ella y yo nos tenemos muchísimo afecto. Después de todo, nos conocimos cuando ella solo tenía dieciséis años y yo diecinueve. Ella es de Manchester, como yo.
—Está claro que Ella es una mujer espléndida —dijo Luke—, por nada del mundo me permitiría dudarlo.
Luke estaba haciendo un curso de posgraduado en la Universidad de Londres, después de haberse licenciado en Rutgers, en los Estados Unidos. Provenía de New Jersey. Se había costeado su educación con becas y había logrado el dinero para sus gastos sirviendo mesas en restaurantes y casas particulares. Dentro de tres semanas estaría sirviendo en una cena en Islington, ofrecida por Chris Donovan y Hurley Reed.
Se oyó una llave en la cerradura:
—Hola —dijo Ella—. Oh, hola, Luke —añadió—. Qué flores tan bonitas.
Ella era alta, iba bien vestida, con una lustrosa melena muy rubia que le caía suelta por su cara alargada y unos ojos pequeños gris azulado. Tenía cuarenta y dos años. Obviamente estaba encantada de ver al guapo Luke. Les dio un beso a cada uno, a él y a Ernst, que rezumaba una gran dosis de buen humor por su llegada.
Fue Ella la que había presentado a Luke a Ernst, cuando unos meses atrás le invitó a cenar en su piso alquilado; había conocido a Luke en la biblioteca de la universidad. Ernst había llegado de Bruselas aquella noche y enseguida se sintió atraído por el joven, de hecho le divertía, especialmente por la forma en que presumía de algunos logros académicos bastante banales, mientras que era sorprendentemente modesto con el principal motivo por el que sí debía enorgullecerse: el valor y la independencia que había demostrado para sacar adelante sus estudios universitarios.
Ernst era alto, con el pelo parcialmente canoso, espesas cejas negras y ojos más bien brillantes, tan oscuros que era difícil saber de qué color eran. Tenía una boca bonita, amplia, una barba gris que se había dejado crecer hacía poco, la nariz tirando a larga. En conjunto, resultaba atractivo. Tenía cuarenta y cinco años. Al principio había pensado que Luke se estaba acostando con Ella durante los puntuales días y semanas que ella venía a Londres por su cuenta, dejándolo a él en Bruselas. No le había importado gran cosa, pensaba que era, después de todo, algo comprensible. Ahora, en cambio, apenas le parecía posible que Luke fuera el amante de su mujer, puesto que el joven manifestaba una clara predisposición hacia él.
—Deberíamos tener cuidado de no consentirlo demasiado —dijo Ella cuando Luke pasó a ser un visitante asiduo, sobre todo durante las ausencias de su marido.
—No le des dinero —dijo Ernst.
—No lo haré. Nunca lo ha pedido —dijo Ella.
—Bien. Invítalo a una copa o a comer, eso es más que suficiente. Deja que sea él quien ponga la mesa y friegue los platos.
—Generalmente lo hace. Tengo la esperanza de que me ayude a buscar piso.
Ernst y Ella tenían una hija, casada recientemente, y que vivía ahora en Nueva York. Luke estaba, en cierto modo, llenando el vacío que ella había dejado. Ernst, tan listo, tan bueno con los idiomas, con sus contactos en el continente, prefería la vida que llevaba en Bruselas, pero, desde que Ella había decidido continuar con su carrera en Londres, se sentía verdaderamente contento de ver a Luke en sus visitas a la ciudad, que a veces duraban hasta una semana. Contento, en realidad, durante el primer mes de conocerse; ahora, al final ya del segundo mes, se iba sintiendo extrañamente fuera de sí. La vieja locura, la vieja excitación, se estaba apoderando de Ernst, afectando a todo lo que hacía y pensaba, agazapada en el fondo de su mente: el joven Luke; en todas aquellas serias reuniones y convenciones, en esos almuerzos privados: el joven Luke. Estoy loco por él, loco, pensó Ernst, ajustándose el cinturón de seguridad y poniendo el coche en marcha para dirigirse desde Heathrow, sorteando el tráfico, hacia Luke, con Ella también allí, entrando y saliendo del piso amueblado: «Qué flores tan bonitas». A veces telefoneaban al servicio de habitaciones para que les llevaran la comida, otras veces la preparaban en la cocina del piso y la tomaban allí mismo, en la encimera.
—Quédate a cenar —le dijo Ernst a Luke.
—No puedo —dijo Luke, mirando el reloj—. Me han contratado para una fiesta, voy a ayudar en el bufé, de ocho a doce.
—¿Y cómo te las arreglas para seguir con tus estudios con tanto trabajo por las tardes? —preguntó Ella.
—No necesito estudiar mucho —dijo Luke—. Me basta con asistir a las clases. Me acuerdo de todo. Es cuestión de tener buena cabeza.
—Bueno, te admiro por ello —dijo Ernst—. No todos los jóvenes estarían dispuestos a trabajar tanto como tú.
