Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
En "Después del banquete", Yukio Mishima brinda una nueva muestra de su penetrante visión de las relaciones humanas. La novela, que gira en torno al amor y la ambición, está protagonizada por Kazu, mujer que a base de esfuerzo ha conseguido ser la propietaria de uno de los principales restaurantes de Tokio, y Noguchi, destacado político que es uno de sus más distinguidos clientes. Sometido a la sed de poder y a la complejidad de las relaciones humanas, la naturaleza del amor se verá confrontada a una revelación definitiva.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 315
Veröffentlichungsjahr: 2017
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Yukio Mishima
Después del banquete
1. El Setsugoan
2. El Club Kagen
3. La opinión de la señora Tamaki
4. Compañeros de ocio
5. Interpretación del amor por parte de Kazu
6. Antes de la partida
7. La ceremonia del Omizutori en Nara
8. La boda
9. La llamada «nueva vida»
10. Visitantes de nota
11. La auténtica «nueva vida»
12. Colisión
13. Un obstáculo en el sendero del amor
14. Y por fin, las elecciones
15. El día de las elecciones
16. Orquídeas, naranjas y una alcoba
17. Una tumba en las nubes del ocaso
18. Después del banquete
19. Antes del banquete
Créditos
El Setsugoan –el Albergue tras la Nieve– se alzaba en las alturas de una parte escarpada del distrito de Koishikawa, en Tokio. Por fortuna, no había sufrido daño alguno durante la guerra; nada se había perdido en el espléndido jardín, un notable ejemplo del estilo Kobori Enshû, que ocupaba más de nueve mil trescientos metros cuadrados, ni en las edificaciones: una puerta central trasladada hasta allí desde un famoso templo de Kyoto, un pabellón de entrada y para visitantes, íntegramente trasladado de un antiguo templo de Nara, y un comedor de más reciente construcción.
En plena conmoción causada por la introducción después de la guerra del impuesto sobre el capital, el Setsugoan había pasado de las manos de su antiguo propietario, un industrial que también traficaba en té, a las de una mujer bella y vivaz. Bajo su dirección, el Setsugoan se convirtió rápidamente en un restaurante distinguido.
La propietaria del Setsugoan se llamaba Kazu Fukuzawa. Una vena de rústica sencillez en la figura rolliza y atrayente de Kazu, siempre rebosante de energía y de entusiasmo, impulsaba a quienes comparecían ante ella con motivos complejos a sentirse avergonzados de su complejidad. Quienes se advertían alicaídos, al ver a Kazu, o bien se animaban considerablemente, o se sentían por completo subyugados. Alguna extraña bendición de los cielos había unido en un cuerpo la resolución de un hombre con el entusiasmo audaz de una mujer. Esta combinación alzaba a Kazu hasta alturas a las que ningún hombre podía llegar.
Kazu irradiaba su talante abierto y cordial y su disposición absolutamente tenaz había asumido una forma tan sencilla como bella. Incluso en su niñez había preferido amar a ser amada. Su aire de inocente simpleza ocultaba una considerable determinación para imponerse, y las acciones solapadas de los seres insignificantes que la rodeaban sólo servían para alentar a su carácter, infinitamente espontáneo y directo.
Durante muchos años Kazu había disfrutado de la compañía de algunos amigos con los que jamás tuvo relaciones románticas. Genki Nagayama, un político que actuaba entre los bastidores del Partido Conservador, era un amigo relativamente reciente, pero quería a Kazu, veinte años más joven que él, como hubiera podido querer a una hermana menor. «No se encuentran muchas mujeres como ésa», solía decir. «Uno de estos días hará algo sensacional. Para Kazu no significaría demasiado ponerse al Japón por montera. Cualquier hombre con su capacidad sería un auténtico hijo del destino; pero lo más que se puede decir de Kazu, puesto que de una mujer se trata, es que está llena de dotes naturales. Cuando llegue el día en que un hombre consiga enamorarla de verdad, realmente explotará.»
Los comentarios de Nagayama no molestaron a Kazu cuando le fueron revelados, pero poco días más tarde, sentada junto a él, le dijo:
–Nunca conseguirás enamorarme, Genki. No respondo de mí cuando se me acerca un hombre muy seguro de sí. Eres muy hábil cuando se trata de juzgar a la gente, pero no destacas por tu persuasión.
–Nunca traté de persuadirte. ¡Si algún día se me ocurriera cortejarte, ése sería mi final!
Parecía malicioso el tono de la voz del viejo político.
El mantenimiento del jardín del Setsugoan era todo lo que su popularidad exigía. El corazón del jardín, sobre todo en las fiestas a la luz de la luna, era un estanque que se hallaba precisamente al sur de lo que había sido pabellón de los visitantes en un templo de Nara. El jardín estaba rodeado de árboles de una edad y tamaño hoy rara vez encontrados en Tokio, y cada pino, cada castaño, cada almez y cada roble, se alzaban majestuosamente hacia un cielo azul no alterado por la fachada de cualquier construcción moderna e incongruente. Desde hacía años, dos milanos solían hacer su nido en la copa de uno de los árboles, un pino extraordinariamente alto. En cada determinada época del año visitaban este jardín distintas variedades de aves, pero no podían compararse en número y barahúnda con las de la temporada migratoria, que descendían del cielo para picotear los frutos de los bambúes sagrados o los insectos del amplio césped.
Cada mañana Kazu daba un paseo por el jardín. Nunca dejaba de proporcionar instrucciones de un género u otro al jardinero. En ocasiones, sus sugerencias resultaban apropiadas, pero a menudo erraba. En cualquier caso, aquellas instrucciones se habían convertido en parte de la rutina diaria de Kazu y de su buen humor. En consecuencia, el jardinero principal, aunque experto en su oficio, jamás se atrevía a contradecirla.
Aquel paseo constituía para Kazu la cima de su complacencia en su soltería y la ocasión de ensoñaciones sin freno. Pasaba casi todo el día charlando con sus clientes o cantando para ellos; jamás estaba sola. Pero la distracción de sus clientes, por mucho que se hubiera trocado en parte familiar de su vida, nunca dejaba de fatigarle. El paseo matinal de Kazu era en realidad prueba de la serenidad de un corazón que probablemente jamás tornaría a enamorarse.
El amor ya no perturbaba su vida íntima... Esta certidumbre arrobó a Kazu, aunque estuviese contemplando cómo penetraba majestuosamente la luz del sol a través de la neblina que envolvía los árboles hasta hacer brillar mágicamente el verde musgo del sendero que se extendía ante ella. Había transcurrido mucho tiempo desde que Kazu y el amor se separaron. Su último amorío era ya un lejano recuerdo y se hallaba hondamente convencida de que estaba a salvo de cualquier sentimiento peligroso.
Aquel paseo matutino era el poema de la seguridad de Kazu. Ya había cumplido los cincuenta, pero viendo a esta mujer cuidadosamente arreglada, cuya tez y cuyos ojos brillantes conservaban todo su encanto mientras vagaba por el amplio jardín, nadie hubiera podido sustraerse a la impresión que creaba ni rehuir románticas conjeturas. Pero, como la propia Kazu comprendía mejor que nadie, sus historias románticas eran algo del pasado y su poema estaba muerto. Naturalmente, Kazu percibía la fuerza latente en su seno, mas al mismo tiempo era muy consciente de que esa fuerza había sido doblegada y refrenada y que jamás se libraría de sus grilletes.
Este enorme jardín, la casa, los depósitos en el banco, los títulos negociables, los clientes poderosos y generosos del mundo de las finanzas constituían garantías adecuadas para la vejez de Kazu. Habiendo logrado esta seguridad, ya no le importaba que existiesen personas a quienes no agradara o que murmurasen a sus espaldas. Sus raíces habían cobrado fuerza en la sociedad que ella eligió, y podía imaginar que el resto de su vida transcurriría cómodamente, respetada por todos, consagrada a refinados empeños, gastando liberalmente en viajes y en atenciones sociales y, llegado el caso, instruyendo a un sucesor adecuado.
A veces, cuando llenaban su mente tales pensamientos, hacía una pausa en su paseo. Se sentaba entonces en el banco del jardín y dejaba que su mirada vagase allá lejos, a lo largo del sendero cubierto de musgo, para observar penetrantemente los rayos del sol matinal que se vertían sobre el camino e iluminaban los delicados movimientos de los pájaros. Aquí no podía alcanzarla el eco del estrépito de los tranvías o del estruendo de las bocinas. El mundo se había trocado en una imagen inmóvil. ¿Cómo era posible que emociones que antaño fulguraron tan intensamente se hubieran extinguido sin dejar rastro? Las razones se le escapaban a Kazu. Se sentía perpleja cuando trataba de comprender a dónde podrían haber ido las sensaciones que sin duda alguna atravesaron en un tiempo su cuerpo. Le resultaba falsa la creencia convencional según la cual las gentes llegan a la madurez cuando acumulan experiencias de todo género. Pensaba que era más probable que los seres humanos no fuesen más que oscuras acequias por donde fluían los más variados objetos o el empedrado de una encrucijada en donde quedaban las huellas de los diversos vehículos que por allí pasaron. Acequias arruinadas y empedrados desgastados. Pero una vez fueron encrucijada en un día de fiesta.
Habían transcurrido años desde que Kazu supo lo que significaba la oscuridad. Todo le parecía poseer ahora claros contornos y una luminosa transparencia, como su visión de este jardín en esta mañana soleada; en el mundo no subsistía un solo punto de ambigüedad. Sentía ahora como si ante sus ojos fuesen diáfanas las mentes de los demás. Ya no existían tantas cosas de las que pudiera sorprenderse. Cuando oía que un hombre había traicionado a su amigo por dinero, le parecía verosímil; cuando se enteraba de que otro hombre había fracasado en los negocios por culpa de su apasionamiento por una mujer, también esto se le antojaba verosímil. Pero de cualquier modo estaba segura de algo: aquellos desastres jamás la abrumarían.
Cuando algunos solicitaban el consejo de Kazu en sus amores, sus sugerencias eran siempre certeras y oportunas. Para ella la psicología humana se hallaba dividida en veinte o treinta compartimentos claramente delimitados, y por difícil que el problema fuese, podía proporcionar una respuesta a cualquier interrogante, combinando simplemente los distintos elementos implicados. No existía en la vida humana nada que fuera más complejo. El consejo de Kazu se hallaba basado en cierto número de preceptos y en el hecho de estar en disposición de brindar una orientación precisa en su calidad de campeón retirado. En consecuencia (y muy naturalmente), desdeñaba la idea de «progreso». ¿Podía ser cualquiera, por moderno que se creyera, una excepción a las reglas de la pasión que habían existido desde la remota antigüedad?
–Los jóvenes de ahora –observaba Kazu a menudo– hacen exactamente lo que siempre hicieron los jóvenes. Sólo la indumentaria difiere Los jóvenes creen estúpidamente que lo que es nuevo para ellos debe serlo también para cualquier otro. Por mucho que abominen de los convencionalismos, están simplemente repitiendo lo que otros hicieron antes. La única diferencia es que la sociedad ya no se asombra tanto como antes de sus extravagancias y que para llamar la atención los jóvenes han de incurrir en exageraciones cada vez mayores.
No había nada de nuevo ni de sorprendente en esta declaración, pero en labios de Kazu poseía autoridad.
Kazu, todavía sentada en el banco, extrajo un cigarrillo de la manga y fumó serenamente. El humo se retorció en la luz de la mañana y permaneció en el aire quieto, claro y pesado como seda. Este momento poseía un sabor que con seguridad jamás conocería una mujer con familia; aportaba el gusto de la seguridad de poder proporcionarse una cómoda vida. Kazu disfrutaba de una salud tan espléndida que, por mucho que hubiese bebido la noche anterior, era incapaz de recordar una sola vez en que hubiera dejado de disfrutar de este cigarrillo matinal.
Kazu no podía verlo todo desde donde estaba sentada, pero en su mente se hallaba firmemente grabada la totalidad del paisaje del jardín; conocía hasta el último detalle tan bien como conocía la palma de su mano. El alto acebo verde oscuro que constituía el centro del jardín, sus manojos de hojitas lustrosas y crespas, las enredaderas silvestres en torno de los árboles en la eminencia posterior..., la vista desde el recibidor del edificio principal, una amplia extensión de césped con una discreta linterna de piedra, la isleta del estanque con su antigua pagoda y una espesa mata de bambúes: nada crecía en el jardín por accidente, ni el más diminuto matorral, ni la flor menos conspicua. Mientras fumaba su cigarrillo, Kazu sintió como si la exquisita perfección del jardín hubiera envuelto por completo todos sus recuerdos. Kazu observaba a la gente y a la sociedad como ahora observaba este jardín. Y eso no era todo. Lo poseía.
De un cierto miembro del Gobierno, Kazu recibió aviso de que al Club Kagen le agradaría celebrar su reunión anual en su establecimiento. El Club Kagen era una especie de asociación integrada por ex embajadores, aproximadamente de la misma edad, y que se reunía cada siete de noviembre. Hasta entonces no habían tenido suerte con los lugares en donde se habían congregado, y el miembro del Gobierno, apiadado de ellos, se lo advirtió a Kazu.
–Forman un grupo de elegantes caballeros, ya jubilados –añadió–. Todos, menos uno, que nunca se retiró por completo. Estoy seguro de que ha oído hablar de él; el viejo Noguchi, el famoso Noguchi que perteneció a tantos Gobiernos de antes de la guerra. No sé qué le pasó, pero hace un par de años consiguió un escaño en la Dieta por el grupo radical, pero fue derrotado en las siguientes elecciones.
Kazu se enteró de los planes del club en una fiesta al aire libre que había organizado el ministro. Estaba entonces demasiado atareada para seguir escuchando. Aquel día el jardín se hallaba invadido por una muchedumbre de hombres y mujeres extranjeros. Era como si una bandada de aves grandes y de colores vivos –y no el enjambre habitual de pajarillos gorjeantes– hubiese descendido sobre el Setsugoan.
Cuando se aproximó el siete de noviembre, Kazu empezó a hacer planes. Con tales clientes lo más importante era manifestarles su respeto. Las bromas sencillas y el trato familiar que probablemente agradarían a unos individuos en la cima de su poder podían herir el orgullo de unos hombres que antaño fueron famosos pero que ya vivían retirados. Su misión de anfitriona con aquellos ancianos personajes debería limitarse enteramente a escucharles. Más tarde les halagaría con palabras amables y les daría la ilusión de que en aquella compañía había florecido de nuevo su antigua gloria.
Aquella noche, el menú de Setsugoan fue el siguiente:
SOPAMiso blanco con champiñonesy cuajada de semillas de sésamo.PESCADO CRUDORodajitas finas de calamar en salsaaliñadas con perejil y limón.GUISADORaño en caldo de almejas rojas, pimientos dulces y limón.ENTREMESESZorzales asados en salsa china, bogavante, vieiras,nabos en adobo, cogollos de regaliz.ENTRADAPato y cogollos de bambú cocidos con pasta de arrurruz.PESCADO ASADODos carpas pequeñas con lubina asadas en sal con limón.VERDURASPudin de castañas con cogollos de helechosy ciruelas en adobo.
Para esta ocasión Kazu vistió un kimono violeta y gris, de pequeños dibujos, con un obi teñido en púrpura oscuro de una sola banda de crisantemos formando rombos. El broche de cornalina del obi lucía una gran perla negra. Había optado por aquellas galas, pensando que sujetarían su amplio cuerpo al tiempo que le proporcionaban una mayor dignidad.
El día de la reunión era cálido y despejado. Poco después de que anocheciera, el ex ministro de Asuntos Exteriores, Yuken Noguchi, y el antiguo embajador en Alemania, Hisatomo Tamaki, llegaron juntos al Setsugoan. Junto a la robusta constitución de Tamaki, Noguchi parecía delgado y poco atrayente, pero bajo su pelo plateado, sus ojos eran límpidos y vivos; cuando relampaguearon, Kazu comprendió por qué aquel inconfundible idealista era el único de los reunidos, todos ex embajadores, que no se había retirado.
La fiesta era animada y sociable, pero los temas de conversación se ceñían al pasado. El más charlatán, con mucho, parecía Tamaki.
La cena tuvo lugar en la sala principal del pabellón de visitantes. Tamaki, cuando comía, se apoyaba en una columna entre la ventana acampanada de negra laca y las puertas correderas espléndidamente decoradas. Las pinturas de las puertas representaban en brillantes colores un par de pavos reales entre blancas peonías. En contraste, el fondo era un paisaje monocromo, una curiosa mezcla de estilos al gusto de la aristocracia provinciana.
Tamaki llevaba en un chaleco de su traje de hechura londinense un antiguo reloj de cadena de oro, regalado por el káiser Guillermo II a su padre, quien también había sido embajador en Alemania. Aquel reloj había conferido a Tamaki prestigio incluso en la Alemania de Hitler.
Tamaki era un hombre apuesto y un gran conversador, un diplomático de inclinaciones aristocráticas que antaño se jactaba de su conocimiento de las ásperas realidades de la vida. Sus intereses actuales, empero, superaban por completo la escena contemporánea. Su mente se hallaba enteramente ocupada en los recuerdos del brillo de las arañas de recepciones de tiempos lejanos, en las que se habían congregado quinientos o mil invitados.
–Pues aquí tengo una rara historia que me provoca estremecimientos en la espina dorsal cada vez que la recuerdo. Ésta es verdaderamente interesante.
La autocomplacencia de aquella introducción de Tamaki habría enfriado incluso el entusiasmo del oyente mejor dispuesto.
–Durante todo el tiempo que llevaba de embajador, jamás había ido en el metro de Berlín; así que un día el consejero de la embajada –se llamaba Matsuyama– me llevó a que lo conociera. Subimos en la cola de un tren de dos vagones; no, probablemente eran tres. Iba bastante lleno cuando entramos. Levanto la vista y ¿a quién veo ante mí? ¡Pues a Goering!
En este punto, Tamaki hizo una pausa para observar la reacción de sus oyentes, pero, aparentemente, todo el mundo había oído la historia una docena de veces y no provocó réplica alguna. Kazu irrumpió en la brecha armoniosamente.
–Pero entonces ya era un hombre muy famoso. ¿No es cierto? ¿Quiere usted decir que iba en el metro?
–Desde luego, se trataba de él, de Goering, que ya por entonces era amo del cotarro. Vestía ropas raídas de obrero y ceñía con su brazo la cintura de una muchacha que no habría cumplido veinte años, una verdadera belleza. Parecía muy seguro de sí mismo. Me froté los ojos preguntándome si no me habría equivocado, pero cuanto más le miraba, más seguro estaba de que se trataba de Goering. Al fin y al cabo, yo podía saberlo. Le veía en recepciones casi todos los días. Me tambaleé, lo confieso, pero él ni siquiera pestañeó. La chica. Supongo que la chica sería una prostituta, pero, por desgracia, ése es un asunto en el que no soy muy ducho.
–Pues nadie lo diría –repuso Kazu, a modo de cumplido.
–Era una chica verdaderamente atractiva, pero había algo sospechosamente zafio en su maquillaje, en la pintura de sus labios sobre todo. Goering, desenfadado como no pueden imaginar en su disfraz de obrero, jugueteaba con el lóbulo de una oreja de la muchacha y pasaba una mano por su espalda.
»Miré a Matsuyama, que seguía a mi lado. Sus ojos parecían salírsele de las órbitas. Goering y la chica se bajaron dos estaciones más allá. Matsuyama y yo continuamos en el tren, completamente aturdidos. Durante el resto del día no pude quitarme de la cabeza la imagen de Goering en el metro. A la noche siguiente Goering celebró una recepción. Matsuyama y yo nos colocamos cerca de él y le examinamos atentamente. No había duda al respecto. Parecía exactamente el mismo hombre que habíamos visto el día anterior.
»Fui incapaz de dominar por más tiempo mi curiosidad. Me olvidé de mi posición como embajador y antes de que me diera cuenta estaba diciéndole: “Ayer fuimos en el metro. Queríamos observar cómo viven las gentes corrientes. Realmente pienso que la experiencia mereció la pena. ¿Ha hecho lo mismo Su Excelencia?”
»Al oírme, Goering sonrió, pero su respuesta fue solemne: “Siempre estamos con el pueblo y somos parte del pueblo. Por eso jamás consideré necesario viajar en el metro”.
Tamaki dio la respuesta de Goering en un conciso alemán, añadiendo inmediatamente la traducción al japonés.
Pese a su solemne apariencia, nada había de diplomático en aquellos antiguos embajadores; no se esforzaban lo más mínimo en pretender que escuchaban lo que cualquiera dijera. El ex embajador en España, apenas capaz de aguardar a que Tamaki concluyera su relato, empezó a hablar de su vida de cuando era ministro en la República Dominicana, en la bella capital de Santo Domingo. El paseo junto al mar bajo las palmeras, los maravillosos atardeceres del Caribe, las pieles oscuras de las muchachas mulatas que brillaban en el ocaso... El anciano se mostraba completamente arrobado por su concienzuda descripción de aquellas imágenes, pero el elocuente embajador Tamaki recobró el uso de la palabra y desvió la conversación para hablar de la ocasión en que conoció a Marlene Dietrich cuando aún era joven. Porque para Tamaki los relatos sobre bellas desconocidas carecían de interés; un nombre mundialmente famoso, una reputación resplandeciente constituían un ornato necesario en cada historia.
Kazu se sentía incómoda con todas aquellas diferentes palabras extranjeras que salpicaban la conversación y le molestaba especialmente que las frases clave de los chistes verdes fuesen invariablemente expresadas en la lengua original. Al mismo tiempo, los hombres del mundo de la diplomacia rara vez visitaban su restaurante y le intrigaba la atmósfera especial que les envolvía. Indudablemente, todos eran «elegantes caballeros, ya jubilados», e incluso si ahora vivían pobres, en el pasado sus dedos habían conocido el tacto del auténtico lujo. Por desgracia, el recuerdo de aquellos días había manchado para siempre sus dedos con un polvo dorado.
Sólo Yuken Noguchi parecía distinto y destacaba entre los demás. Su rostro viril poseía una sincera aspereza que nunca perdería y, a diferencia de los otros, su indumentaria se hallaba profundamente desprovista de afectación o de dandismo. Unas cejas espesas y sorprendentemente largas sobresalían sobre sus ojos penetrantes y límpidos. Considerados aisladamente, sus rasgos resultaban impresionantes, pero chocaban entre sí, y su esbelta constitución acentuaba la desarmonía.
Noguchi no se olvidaba de sonreír en los momentos apropiados, pero rara vez participaba en la conversación, indicio de que se hallaba constantemente en guardia. Kazu no dejó de advertir tales rasgos distintivos, pero lo que llamó especialmente su atención en este primer encuentro fue el tenue tiznón que se aferraba como una sombra a la parte posterior del cuello de Noguchi.
«¡Cualquiera lo diría, un ex ministro del Gobierno con una camisa como ésa! ¿Pero es que no tiene nadie que le cuide?» Aquel pensamiento aguijoneó a Kazu, y, disimuladamente, observó las gargantas de los demás asistentes. Los cuellos que implacablemente oprimían las resecas pieles de esos elegantes y ancianos caballeros mostraban una blancura resplandeciente.
Noguchi fue el único que no habló del pasado. También él había sido embajador en varios pequeños países antes de regresar al Ministerio de Asuntos Exteriores, pero la fastuosa vida de los diplomáticos se hallaba al margen de sus intereses actuales. Su oposición a hablar del pasado parecía un signo de que él era el único que aún seguía con vida.
El embajador Tamaki empezó de nuevo, esta vez con el relato de una remota cena, una deslumbrante recepción en un palacio en donde se habían congregado bajo las brillantes arañas la realeza y la nobleza de toda Europa. Allí resplandecían también las condecoraciones y las joyas de toda Europa, y las mejillas de las ancianas aristócratas, arrugadas y moteadas como blancas rosas marchitas, palidecían bajo los reflejos de las innumerables gemas.
Después siguieron historias sobre cantantes de ópera de los viejos tiempos. Un embajador proclamó la supremacía del Aria de la Locura de la Galli-Curci en Lucia; otro afirmó que para entonces la Galli-Curci había pasado su mejor momento y declaró que la Lucia de Dal Monte que él había escuchado era muy superior.
Noguchi, que apenas había dicho una palabra, habló por fin:
–¿Por qué no dejamos toda esta charla acerca de los viejos tiempos? Al fin y al cabo, aún somos jóvenes.
Noguchi sonreía mientras hablaba, pero la embravecida fuerza de su tono hizo enmudecer a los demás.
Kazu se sintió cautivada por aquella única observación. En tales casos es función de la anfitriona aliviar el silencio, formulando alguna que otra observación banal, pero el comentario de Noguchi dio en el blanco con tanta exactitud y expresó tan perfectamente lo que a ella misma le hubiera gustado decir que olvidó sus obligaciones. Y pensó: «Este caballero es capaz de decir bellamente las cosas que en realidad son difíciles de decir».
El comentario de Noguchi fue todo lo que resultaba necesario para que la chispa se extinguiera instantáneamente en la fiesta; nada quedó, más que las negras y húmedas cenizas humeantes, después de que el agua hubiera sido vertida sobre el fuego. Un anciano caballero tosió. Su fatigoso jadeo tras la tos atravesó el silencio de los demás. Por un instante, como era evidente en sus rostros, todos pensaron en el futuro, en la muerte.
Justo entonces barrió el jardín una oleada de la brillante luz de la luna. Kazu llamó la atención de sus clientes sobre lo tarde que había salido. El licor había causado ya un considerable efecto y los ancianos caballeros, sin importarles el relente nocturno, propusieron dar una vuelta en torno del jardín con objeto de contemplar aquellos de sus encantos que no eran visibles de día. Kazu ordenó a las criadas que dispusieran linternas de papel. El anciano que había estado tosiendo y que no quería quedarse solo se envolvió en una bufanda y siguió con los demás hacia afuera.
El pabellón de los visitantes poseía gráciles columnas y la barandilla del pórtico, proyectándose en el jardín, tenía la delicada estructura que se halla en los templos antiguos. La luna, que acababa de asomar por el este, sobre el tejado, enmarcaba el edificio con pesadas sombras y las criadas sostenían en alto las linternas de papel para iluminar los peldaños por los que se descendía al jardín.
Todo fue bien mientras caminaron por el césped, pero cuando Tamaki propuso que avanzaran por el sendero del otro lado del estanque, Kazu lamentó haber hecho que sus clientes repararan en la luna de noviembre. Los cinco hombres que se hallaban en el césped parecían terriblemente frágiles e inseguros.
–Es peligroso. Fíjense en dónde pisan, por favor –les apremió.
Pero cuanto más les prevenía Kazu, más tenazmente insistieron en seguir por el sendero bajo los árboles aquellos ancianos a quienes no les agradaba ser tratados como tales. A través de las ramas sobre sus cabezas, la luz de la luna parecía más encantadora que nunca, y cualquiera que hubiese llegado al estanque en donde se reflejaba la luna no hubiese podido resistir la tentación de avanzar por el otro lado.
Las criadas, instintivamente conscientes de los deseos de Kazu, bulleron en torno, iluminando con sus linternas las rocas peligrosas, los tocones y los espacios resbaladizos por culpa del musgo, señalándoselos cuidadosamente a los clientes.
–¡Qué fría se ha puesto la noche! –observó Kazu, alzando sus mangas hasta el pecho–. ¡Y hacía tanto calor hoy!
Noguchi caminaba a su lado, y, bajo su bigote, ella pudo distinguir el vaho de su respiración, blanco a la luz de la luna. Optó por no añadir nada a los comentarios de ella.
Kazu se adelantó a todos los demás para guiarles, pero, sin darse cuenta, avivó el paso en exceso para quienes iban detrás y las linternas que les acompañaban oscilaron frenéticamente bajo los árboles. Las linternas y la luna se reflejaban plácidamente en el estanque. Aquella visión impresionó a Kazu más que a los ancianos caballeros e indujo en ella una excitación pueril. Desde el otro lado del estanque, gritó:
–¡Es encantador! ¡Observen el estanque, miren!
Una sonrisa revoloteó en los labios de Noguchi.
–¡Qué voz tan fuerte, grita usted como una muchacha!
El accidente sobrevino después de que hubieron dado la vuelta al jardín y regresado al pabellón de visitantes. Kazu había cuidado de que en el comedor ardiera alegremente una estufa de gas, y los ancianos caballeros, destemplados por el aire de la noche, se reunieron en torno del fuego, acomodándose como mejor les pareció. Se sirvieron frutas, seguidas de pasteles japoneses y té espolvoreado. Tamaki había enmudecido, privando de gran parte de su vivacidad a la conversación. Había llegado el momento de prepararse para partir y Tamaki se dirigió a los lavabos. Cuando los demás estuvieron por fin dispuestos para irse, repararon en que Tamaki aún no había regresado. Decidieron aguardar un poco más. El silencio en la sala se tornó opresivo. Los cuatro viejos se comportaban como si su único tema de conversación fuese aquel al que nadie quería aludir.
La charla se transformó en un debate acerca de la salud de cada anciano. Uno se quejó del asma; otro, de una afección gástrica; el tercero, de hipotensión. Noguchi, cuyo rostro había adoptado una expresión de gravedad, no hizo intento alguno por participar en la conversación.
–Iré a echar un vistazo –dijo, quedamente, mientras se levantaba.
Kazu, al parecer impulsada por su decisión de levantarse e investigar, le indicó el camino, andando con rapidez por el pasillo de reluciente piso. El embajador Tamaki se había desplomado en el urinario.
Como propietaria del Setsugoan, Kazu no se había enfrentado jamás con una situación semejante. Chilló en demanda de ayuda. Acudieron las criadas y les ordenó que hicieran venir a todos los varones del servicio. Para entonces los demás miembros del Club Kagen se apiñaban en el pasillo.
Kazu pudo oír muy cerca de ella la serena voz de Noguchi, que hablaba a los demás:
–Probablemente se trata de un derrame cerebral. No me agrada importunar al restaurante, pero creo que lo mejor será no moverle demasiado. Llamaremos a un médico. Déjenmelo todo a mí. Todos ustedes tienen familia. Yo soy el único al que nada le ata.
Era extraño que entre tanta conmoción las palabras de Noguchi: «Yo soy el único al que nada le ata», se hubieran grabado con tanta fuerza en la mente de Kazu. Sí, desde luego, aquéllas habían sido las palabras de Noguchi y su significado, como las vibraciones de un hilo de plata, envió un destello de luz al corazón de Kazu.
Con profunda sinceridad, Kazu se consagró a cuidar del hombre enfermo, pero todo lo que podía recordar claramente en su agitación era la observación de Noguchi. La señora Tamaki llegó precipitadamente no mucho después, pero incluso mientras se disculpaba y deploraba su negligencia, y en manera alguna era insincera aquella manifestación de sus sentimientos, las palabras de Noguchi seguían resonando con viveza en su cerebro.
A su lado, Noguchi tranquilizó a Kazu:
–Exagera usted su responsabilidad. Ésta era la primera vez que venía Tamaki y nada sabía usted acerca del estado de su salud. Y al fin y al cabo fue el propio Tamaki quien propuso que saliéramos afuera para dar una vuelta por el jardín.
El enfermo seguía emitiendo sonoros ronquidos.
La señora Tamaki era una mujer atractiva y de mediana edad que no representaba. Iba elegantemente vestida y parecía serena ante el grave estado de su marido. Fruncía ligeramente el ceño cada vez que captaba el rasgueo de los samisens del comedor principal, en donde todavía se desarrollaba una fiesta. La señora Tamaki parecía extraordinariamente dueña de sí misma, y cuando el médico aconsejó que su marido se quedase al menos un día en el Setsugoan, rechazó con firmeza la recomendación, dando excelentes razones.
–Siempre ha sido lema de mi marido no causar molestias a los demás. Si permitiera que el Setsugoan sufriese nuevos trastornos, me horrorizaría pensar cómo se pondría una vez que se hubiese recobrado. Después de todo, el restaurante tiene muchos clientes y no es como si mi esposo hubiese sido un asiduo del establecimiento. No puedo permitir más molestias a la propietaria. Mi marido debe ser trasladado a un hospital tan pronto como sea posible.
Con su elegante dicción, la señora Tamaki enumeró los mismos argumentos una y otra vez, sin dejar de dar repetidas gracias a Kazu. Ésta se opuso a la decisión de la señora Tamaki.
–No hacen falta tantos cumplidos –insistió–. Por favor, deje aquí a su esposo hasta que el médico diga que se le puede llevar. No importa cuándo sea.
Esta conmovedora escena de una anticuada cortesía, desarrollada junto a la almohada del paciente, que proseguía roncando, se hallaba acompañada por interminables expresiones de deferencia mutua. Ni siquiera por un instante perdió la señora Tamaki su compostura, ni por su parte Kazu cedió en sus solícitas y subyugantes atenciones. Al final el corpulento doctor se sentía profundamente agotado.
El paciente había sido trasladado a un pequeño edificio anejo, poco utilizado. La habitación era bastante grande, pero con el enfermo, Noguchi, la señora Tamaki, el médico, la enfermera y Kazu ofrecía un aspecto congestionado. Noguchi hizo una señal con los ojos a Kazu, abandonó la habitación y ella le siguió al pasillo. Noguchi avanzó rápidamente por él. Caminaba delante de ella con tanta seguridad que Kazu, observándole por detrás, sintió como si aquélla fuese la casa de Noguchi y ella tan sólo una visitante casual.
Naguchi prosiguió adelante, sin propósito definido de ir a parte alguna. Cruzó un pasadizo arqueado como un puente encorvado, continuó por el siguiente pasillo y luego dobló a la izquierda. Salieron a un jardín interior rebosante de crisantemos blancos. No había flores en el jardín principal, pero éste las tenía durante todo el año.
Las dos pequeñas habitaciones contiguas que daban al jardín constituían el apartamento de Kazu. Ahora se hallaban a oscuras. Un jardín pequeño y sin pretensiones era lo que Kazu deseaba para sí misma cuando se alejaba del trabajo. Las plantas y las flores no estaban dispuestas siguiendo un orden rígido, ni tampoco había allí las habituales peñas de jardín y los pilones de piedra colocados de la manera prescrita. Kazu quería un jardín como el que uno ve ante un chalet en un lugar veraniego, con filas de conchas para delimitar el espacio en donde crecen las verdolagas. Los crisantemos blancos habían podido crecer desordenadamente, algunos altos, otros cortos y dispersos. Al comienzo del otoño, el jardín había sido un universo lleno de maraña.
Deliberadamente, Kazu se abstuvo de invitar a Noguchi a que pasara a sus habitaciones. Reacia a brindarle una cordialidad especial, ni siquiera le dijo que allí era en donde vivía. Ofreció a Noguchi una silla de terraza que había junto a las puertas de cristal que dominaban el jardín.
Noguchi habló tan pronto como tomó asiento.
–También usted ha sido tenaz. La amabilidad deja de serlo cuando es tan insistente.
–Pero si un cliente, aunque sea nuevo, se pone enfermo estando aquí, no puedo abandonarle.
–Sí, eso es lo que usted quiere que creamos. Pero ya no es ninguna niña. Con seguridad, comprende que la resistencia de la señora Tamaki no se debe a mera cortesía. Sabe por qué se comporta así. ¿No es cierto?
–Pues claro que sí. –Kazu sonrió y las arrugas se congregaron un tanto en torno de sus ojos.
–Si lo comprende, eso demuestra que usted es tan testaruda como ella.
Kazu no respondió.
–La señora Tamaki es la clase de mujer que necesita tiempo para disponerse adecuadamente, incluso cuando se entera de que su marido ha caído gravemente enfermo.
–Resulta muy natural. No en vano es la esposa de un embajador.
–Ése no es necesariamente un motivo.
Noguchi interrumpió la conversación y permaneció en un silencio que a Kazu le pareció extremadamente agradable.
Desde el lejano comedor principal les llegaban tenues sonidos de música y de voces. Kazu se sintió al fin liberada de su desconcierto y preocupación tras el incidente. También Noguchi se echó cómodamente hacia atrás en su silla. Extrajo un cigarrillo. Kazu se levantó para encenderlo.
–Muchas gracias –repuso Noguchi.
Su tono carecía de emoción, pero Kazu era consciente de un acento que emanaba de algo distinto a las relaciones habituales entre clientes y propietaria.
Kazu se sintió físicamente incapaz de reprimir su bienestar tan pronto como lo experimentó.
–Y de repente me siento extrañamente alegre. Me avergüenza pensar en el pobre señor Tamaki. Quizás esté empezando a hacerme efecto el sake.
–Supongo que será eso –respondió Noguchi, con indiferencia–. Ahora mismo estaba pensando en la vanidad de las mujeres. Espero que pueda ser franco con usted. La señora Tamaki anhela que su marido muera, no en un restaurante, sino en la cama de un hospital idóneo, aunque eso signifique acelerar su final. Por lo que a mí mismo se refiere, siento realmente perder a un viejo amigo. A mí me gustaría pedirle a usted que le permitiera quedarse hasta que se hallara fuera de peligro... Pero precisamente porque soy su amigo no puedo oponerme a la vanidad de su mujer y violentarla con mi amistad.
–Eso demuestra que usted no experimenta por él un auténtico sentimiento. –Kazu se advirtió capaz de decir cualquier cosa a Noguchi–. Si yo fuera, procedería como me dictasen mis sentimientos, sea lo que fuese lo que otros pensaran. Así he sido siempre. Siempre hice lo que quería hacer cuando intervenían mis sentimientos.
–Supongo que también esta noche ha dejado que le guiaran sus sentimientos.
El tono de Noguchi era bastante serio. Kazu se extasió ante la idea de que Noguchi pudiera estar celoso de sus relaciones con Tamaki, pero era demasiado honesta para abstenerse de añadir inmediatamente la explicación, por completo innecesaria:
–Oh, no, me quedé sorprendida y me sentí responsable, pero no existe razón alguna para que yo experimentara cualquier sentimiento especial por el señor Tamaki.
–Entonces, simplemente, se está mostrando obstinada. En ese caso, Tamaki debería ser trasladado tan pronto como sea posible.
Mientras se levantaba de la silla, Noguchi había hablado con tanta frialdad y decisión que no le dejó base en la que apoyarse. Su ilusión se hizo añicos. La réplica de Kazu, directa y desprovista de cualquier emoción, fue un espléndido ejemplo de su fuerte temperamento.
–Sí. Me encargaré de eso. Exactamente como desea la señora Tamaki.
Los dos retornaron por el pasillo sin cruzar palabra. Noguchi no rompió el silencio hasta que recorrieron la mitad del camino de vuelta.
–En cualquier caso, esta noche, una vez que le llevemos al hospital, creo que volveré a mi casa. Ya le visitaré mañana hacia mediodía. No me queda nada más que hacer.
