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Sacar a Allie Mathews de las ruinas de su casa debería haber sido una tarea más en el cumplimiento de su deber, pero los inocentes ojos azules de Allie provocaron en Ricky un irreprimible deseo de protegerla, así que la invitó a que se quedara con él mientras encontraba un lugar donde vivir. Al cabo de poco tiempo, Ricky ya se estaba replanteando su intención de permanecer soltero, pero ¿cómo podía demostrar su amor a Allie si ni siquiera era capaz de encontrar las palabras adecuadas? Allie se sentía tan vulnerable que quería una vida sin riesgos... hasta que apareció Ricky para protegerla y sacarla de su aburrido mundo. Vivir con él era un auténtico torbellino de emociones, pero ella temía no poder seguir a un hombre que estaba acostumbrado a vivir siempre al límite.
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Seitenzahl: 269
Veröffentlichungsjahr: 2018
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2001 Sherryl Woods
© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
El idioma del corazón, n.º 29 - junio 2018
Título original: A Love Beyond Words
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-9188-701-0
Ayúdenme. Por favor, ayúdenme». Allison oía el eco de las palabras en su cabeza, pero no estaba segura de haberlas pronunciado en voz alta.
A su alrededor todo permanecía extrañamente silencioso. Pero así había sido desde mucho antes de que el huracán Gwen, con sus vientos de ciento cincuenta kilómetros por hora, sacudiera Miami justo después de media noche. En realidad, su mundo estaba en silencio desde hacía casi quince años: demasiado tiempo para estar sin oír las voces de sus padres; demasiado tiempo para que alguien que había estudiado música se perdiera la letra de una canción de amor... y más tiempo aún para acostumbrarse a una vida de perpetua quietud.
Mientras miraba el avance informativo sobre la tormenta que se acercaba, leyendo los labios del veterano meteorólogo, había sentido, más que escuchado, su pánico creciente por la magnitud y la fuerza del temporal que se dirigía directamente hacia Miami.
Después se había ido la luz, dejándola completamente a oscuras y preguntándose qué estaría ocurriendo fuera. Había intentado decirse a sí misma que no podía controlar la situación, que debía irse a la cama e intentar dormir, pero por alguna razón se había quedado donde estaba, en el sofá del cuarto de estar, esperando que llegara la mañana. Como no podía oír las noticias de la radio sobre el avance de la tormenta, se había repetido mentalmente los últimos informes una y otra vez, confiando en haber hecho todo lo posible por protegerse a sí misma y a su casa.
Cualquiera que hubiera vivido algún tiempo en el sur de Florida conocía las precauciones que había que tomar. Desde que en primavera comenzaba la estación de los huracanes, hasta que acababa en noviembre, eran repetidas con cada tormenta tropical que se formaba en el Atlántico.
Allie había llegado del Medio Oeste solo unos meses antes, pero era una mujer precavida. A diferencia de muchos recién llegados, se había tomado en serio la amenaza potencial de aquellos potentes temporales.
Al comienzo de su primera estación de huracanes, había leído todos los artículos sobre las precauciones necesarias. Había instalado contraventanas a prueba de tormentas eléctricas en su bonita casa de estilo español, antes de gastarse ni un céntimo en los arreglos de decoración y jardinería que pensaba hacer. Tenía el garaje lleno de botellas de agua, un cajón repleto de pilas para la linterna y un buen acopio de velas y comida en conserva.
Reprimió una risa histérica al preguntarse dónde estarían en ese momento todas esas preciadas provisiones, enterradas allí, junto a ella, entre escombros, pero fuera de su alcance e inútiles. Y, en cuanto a la casa de la que se sentía tan orgullosa, de ella parecía haber quedado poco más que los cascotes que la mantenían prisionera. Obviamente, todas sus precauciones habían resultado insuficientes.
Todo estaba oscuro como la boca de lobo, pero no sabía si se debía a la hora del día o a la cantidad de escombros que la sepultaba. Sospechaba que sería lo primero, pues de vez en cuando la lluvia penetraba a través de las tablas y los muebles rotos que la sostenían precaria y dolorosamente.
Le dolía todo el cuerpo. Tenía cortes y arañazos por todas partes. El dolor más intenso procedía de su pierna izquierda, que estaba doblada en un extraño ángulo bajo el peso de una pesada viga. Ignoraba cuánto tiempo había estado inconsciente, pero tenía la sensación de que debían de haber sido más que unos pocos minutos. Todavía le dolía el estómago del susto que se había dado cuando de pronto se habían roto las contraventanas, los cristales habían estallado y las paredes se habían derrumbado a su alrededor.
No había habido tiempo de huir. Tal vez si hubiera oído el viento y el azote de la lluvia, las cosas habrían resultado de otro modo. Pero no había sido así y, de pronto, había tenido la extraña sensación de que las paredes se cerraban literalmente sobre ella. Luego, todo había comenzado a desplomarse a su alrededor. Su casa parecía haberse desintegrado a cámara lenta y, sin embargo, ella no había podido moverse lo bastante rápido.
Había dado un paso hacia la puerta y después había sentido una violenta ráfaga de aire cuando el tejado se elevó un instante y luego se derrumbó en una lluvia de pesados cascotes. Las carísimas contraventanas en las que había invertido sus últimos ahorros no habían servido de nada contra la furia de la tormenta.
Recordaba haber sentido un golpe fuerte en la parte de atrás de la cabeza. Luego el mundo se había quedado a oscuras durante un tiempo indeterminado. Cuando había vuelto en sí, solo había sentido dolor. Un temerario intento de moverse le había provocado intensas punzadas en la pierna.
Se había quedado totalmente quieta, respirando pesadamente y luchando contra el miedo. No había estado tan atemorizada desde hacía casi quince años, desde el día en que se había despertado en el hospital con la sensación de que todo estaba extrañamente silencioso. Sintiendo que faltaba algo, había encendido la televisión y había tratado de ajustar el volumen. Al principio, maldijo el aparato, creyendo que estaba roto, pero después golpeó sin querer un florero que cayó al suelo y se rompió sin hacer ruido. Y, entonces, comprendió lo que pasaba.
Aterrorizada, llamó a gritos a sus padres, que llegaron corriendo y avisaron a los médicos. Estos ordenaron una batería de pruebas antes de concluir que los nervios auditivos habían resultado dañados por el acceso de paperas, particularmente violento, que había sufrido.
Al principio confiaron en que el efecto sería reversible, pero cuando pasó el tiempo y nada cambió, los médicos reconocieron que quizá su mundo permanecería ya para siempre en silencio. Habían pasado días antes de que Allie asumiera aquella devastadora noticia, semanas antes de que la aceptara y, lentamente, aprendiera a compensar hasta cierto punto aquella pérdida con sus otros sentidos.
Pero allí, entre los escombros, sin poder ver lo que sucedía, era como si de pronto también hubiera perdido la vista. Y no sabía si podría soportar que la negra oscuridad que la rodeaba fuera permanente.
Desesperada, pidió ayuda a gritos otra vez, o creyó que lo hacía. En aquel inmenso vacío de silencio en que vivía, ignoraba si alguien la había oído y le respondía. Ni siquiera sabía si estarían rastreando la zona en busca de heridos, o si habría pasado lo peor de la tormenta, o si esta soplaba todavía aunque no alcanzara a oírla.
Ignoraba si lo que humedecía sus mejillas era lluvia, sangre o lágrimas. Por si acaso era esto último, se reprendió a sí misma.
—Cálmate —se dijo—. Poniéndote histérica no vas a arreglar nada.
Pero también sabía que, en ese momento, podía hacerle bien liberar el llanto y la rabia.
Sin embargo, eso no era propio de ella. Antes de perder el oído, nunca había valorado o puesto a prueba su propia fortaleza. A los diecinueve años, le preocupaba más ser bonita y popular y sacar adelante sus estudios de música. Luego, en un instante, todo eso había dejado de importarle. Había tenido que afrontar que tendría que vivir en completo silencio y se había sentido aterrorizada. ¿Qué haría si no podía compartir con los demás su amor por la música? ¿Qué sería de ella si no podía tocar en los conciertos de la orquesta municipal como había hecho desde que su profesora de violín le consiguiera una audición cuando solo tenía catorce años?
Durante algún tiempo, Allie había dejado la universidad y se había replegado sobre sí misma. Ella, que antes era sociable, había buscado la soledad, diciéndose que era preferible estar sola que permanecer en una habitación llena de gente de la que se sentía totalmente escindida. Sus padres revoloteaban a su alrededor, aturdidos, culpándose por algo que escapaba a su responsabilidad.
Luego, un día, Allie había lanzando una larga e impasible mirada a su futuro y se había dado cuenta de que no quería vivir de aquella manera, de que en realidad no estaba viviendo en absoluto. Su fe le había enseñado que Dios nunca cerraba una puerta sin abrir otra. Y se había puesto a buscar esa puerta.
No solo había aprendido el lenguaje de los signos, sino que también había aprendido a enseñárselo a otros.
Había perdido algo precioso cuando aquella fatídica infección le había arrebatado el oído, pero también había ganado otras cosas. Y en esos momentos de su vida tenía una carrera que la llenaba y la satisfacía, que le daba la oportunidad de allanar para otros el camino que ella había tenido que recorrer antes. Los niños con sordera adquirida con los que trabajaba eran un desafío y una inspiración para ella.
Su fortaleza, que la había llevado a contemplar la tragedia como una oportunidad, la sacaría también de aquello. Solo tenía que sobreponerse al dolor, a la casi paralizante manta de la oscuridad, y concentrarse en sobrevivir.
—Piensa, Allison —se dijo con más calma.
Por desgracia, pensar no parecía servir de mucho. Decidida a abrirse camino hacia la salvación, trató de apartar uno de los cascotes más pequeños que había sobre ella, pero comprendió que el movimiento podía hacer que todo se tambaleara de forma impredecible y potencialmente mortal.
Esa vez, cuando notó las lágrimas, no hubo confusión posible: las sintió llegar al mismo tiempo que el dolor y el miedo.
—No voy a morir así —dijo, y se lo repitió, pensando que probablemente era mejor no poder oír el temblor de su propia voz—. Espera, Allie. Alguien vendrá. Ten paciencia.
Pero la paciencia no era una virtud para la que estuviera especialmente dotada. Cuando por fin había aceptado su sordera, se había lanzado ansiosamente a aprender el lenguaje de los signos y la lectura de los labios. Afrontaba las demás cosas de la vida de la misma forma, consciente de lo rápido que podía cambiar todo, de cómo un súbito vuelco del destino podía alterar completamente la percepción del futuro de una persona.
En esos instantes, al igual que cuando los médicos se habían mostrado incapaces de combatir la infección que le había costado el oído, parecía que su destino estaba en manos de otros. Solo podía rezar para que, fueran quienes fueran esos otros, se dieran prisa.
—Vamos, Enrique —dijo Tom Harris, desafiante—. Enséñanos las cartas. Con lo que voy a ganar, voy a comprarme un coche nuevo.
—Ni lo sueñes —replicó Ricky, desplegando un «full» sobre el banco que había entre los dos.
Los otros bomberos se habían reunido para observar la mano a «todo o nada» que jugaban aquellos dos hombres que, en su tiempo libre, eran rivales en todo, desde las mujeres hasta el póquer, pero entregados compañeros cuando se trataba de operaciones de rescate. La sonrisa de Ricky se ensanchó mientras la cara de Tom se alargaba.
—Vamos, chico. Enséñamelas —dijo—. Pon esas cartas donde todos podamos verlas.
Tom puso tres ases sobre el banco y luego suspiró pesadamente. Justo cuando Ricky iba a recoger el dinero, Tom chasqueó los labios con desaprobación.
—No tan deprisa, amigo. Este diablillo de aquí debe de habérseme olvidado —puso otro as sobre el banco y recogió las monedas—. Venid con papá.
Los otros bomberos del equipo de búsqueda y rescate se echaron a reír ante la expresión abatida de Ricky.
—La próxima vez, amigo —dijo este con buen humor.
Con Tom, siempre habría una próxima vez. Porque lo único que le gustaba más que jugar a las cartas era perseguir mujeres. Se consideraba un experto en ambas materias, aunque a regañadientes tenía que admitir que era Ricky quien realmente poseía el don de encandilar a cualquier mujer entre los ocho y los ochenta años.
—Puede que tengas suerte en el juego, pero yo tengo más suerte en el amor —alardeó Ricky.
—Eso es por los ojos oscuros y la sangre caliente de los latinos —respondió Tom sin rencor—. ¿Cómo voy a competir con eso?
—No puedes, así que déjalo —replicó Ricky, como siempre hacía—. Tampoco puedes competir con mis hoyuelos. Mis hermanas dicen que son irresistibles.
—Tus hermanas no son precisamente imparciales. Además, es una vergüenza cómo miman a su hermanito pequeño —respondió Tom—. No me extraña que no te hayas casado. ¿Para qué, si tienes cuatro mujeres que te tratan a cuerpo de rey? No sé cómo lo permiten sus maridos.
—Sus maridos sabían que yo era parte del trato cuando les dejé que salieran con mis hermanas —dijo Ricky—. Y son cinco mujeres, no cuatro. Te olvidas de mi madre.
—Que el cielo me perdone, sí. Mamá Wilder pertenece a la vieja escuela cubana, donde el marido es el rey y el hijo el príncipe. Ella también tiene parte de culpa por haberte convertido en un canalla.
Ricky sonrió con ironía.
—Eso no te atreves a decírselo a la cara.
Tom se puso pálido.
—Pues claro que no. La última vez que ofendí a su hijito, salió detrás de mí con un machete.
—Era un cuchillo de mantequilla —dijo Ricky meneando la cabeza ante tamaña exageración. Su madre podía defender apasionadamente a su vástago, pero no estaba loca. Además, consideraba a Tom como un segundo hijo, lo que según ella le daba el derecho a reprenderlo con el mismo entusiasmo con que reprendía a Ricky y a las hermanas de este. Todavía lo sermoneaba por su divorcio, aunque ya hacía tres años que había tenido lugar. Si hubiera dependido de ella, Tom habría vuelto con su mujer hacía mucho tiempo.
—Eh, chicos, cortad el rollo —gritó el teniente con expresión sombría mientras colgaba el teléfono—. Tenemos que largarnos. Han dado aviso de que se han derrumbado unas casas.
—¿Hay víctimas? —preguntó Ricky, acercándose ya a recoger su equipo.
—No se sabe, pero ha sido en plena noche. Es posible que algunas personas hayan ido a los refugios, pero, fuera de las zonas de inundación donde se había dado orden de evacuar, la mayoría debe de haberse quedado en casa para proteger sus bienes. En el peor de los casos, podríamos tener a docenas de familias cuyos techos se han derrumbado sobre ellas mientras dormían.
—¿Eran casas adosadas? —preguntó Ricky—. Ya me parecía que hasta ahora habíamos tenido mucha suerte. Sabía que esto no había hecho más que empezar. ¿Ha sido el huracán o un tornado de los que ha levantado la tormenta?
—No está confirmado. De todas formas, parece que es grave —dijo el teniente.
Al cabo de unos minutos los camiones estaban ya en la carretera, avanzando con mucha más lentitud de la que Ricky hubiera deseado. La calle principal en la que estaba situado el parque de bomberos estaba inundada hasta la altura de la rodilla y llena de lodo y residuos. La lluvia todavía caía en ráfagas y el viento combaba las palmeras casi hasta el suelo. Otros árboles habían sido arrancados de cuajo, y sus ramas rotas estaban dispersas como garrotes gigantescos sobre el pavimento.
Las señales de tráfico habían sido descuajadas de las esquinas, haciendo el trayecto todavía más difícil. Sin señales ni indicadores, les haría falta mucho suerte para llegar a tiempo a su destino. Ricky rezó en silencio una plegaria para que alcanzaran la calle siniestrada antes de que alguien muriera.
Como en respuesta a sus oraciones, la lluvia y el viento comenzaron a amainar. La inundación habría remitido al cabo de unas horas, pero eso no les servía de mucho en ese momento.
La escena que contemplaron, cuando por fin llegaron al vecindario de clase media de Miami, se parecía a una zona de guerra. Los postes de la luz se habían caído, dejando los cables pelados sobre la calzada. Aquí y allá alguna casa había escapado milagrosamente a la furia huracanada. Pero la mayoría de las edificaciones de dos pisos habían sido arrasadas por el viento del huracán o por algún tornado. Las que no se habían derrumbado completamente estaban severamente dañadas. Las vigas de los tejados se habían desplomado, los cristales estaban rotos y las puertas habían sido arrancadas de sus goznes. Otra muestra de inspección chapucera y construcción de pacotilla, pensó Ricky sombríamente mientras observaba los daños. ¿Es que la ciudad no había aprendido nada del huracán Andrew?
Pero no era momento de lamentarse por lo que ya no podía cambiarse. Con la compenetración de un equipo formado hacía largo tiempo, los bomberos evaluaron la situación y luego se desplegaron. Llamaron a la compañía eléctrica para que mandara una cuadrilla a la zona. Mientras tanto, levantaron barricadas para impedir que la gente se acercara a los cables desnudos.
Algunas personas vagaban aturdidas y sangrando, ajenas a la ligera llovizna que era ya lo único que quedaba del huracán Gwen. Varios bomberos instalaron una estación de primeros auxilios y empezaron a atender a los heridos menos graves, mientras otros tomaban sus perros entrenados y comenzaban a buscar signos de vida entre los escombros.
Una mujer de unos setenta años, cubierta apenas con una bata, se acercó cojeando a Ricky. Parecía completamente ajena a la brecha sangrante que tenía en la frente, pero tenía una expresión frenética.
—Tiene que encontrar a Allie —lo apremió.
—¿Su hija, señora?
—No, no. Es mi vecina —señaló hacia una casa muy dañada. Cuando Ricky y Tom avanzaron en aquella dirección, ella los siguió—. Es una joven maravillosa y ha pasado por tantas cosas... Esa casa era su orgullo y su alegría. La compró hace solo unos meses y ha pasado mucho tiempo arreglándola, plantando flores... —las lágrimas brillaron en sus ojos—. Pero eso no importa, claro. Las casas pueden reconstruirse. Las flores pueden volver a plantarse.
—¿Dice que se llama Allie? —preguntó Ricky.
—Allison, en realidad. Allison Matthews.
Mientras Tom iba en busca del equipo que necesitaban, Ricky observó la estructura derrumbada a la luz del amanecer. Abrió la boca para gritar, pera la mano de la mujer sobre su hombro lo detuvo.
—Gritar no servirá de nada —dijo ella a toda prisa—. No podrá oírlo. Allie es sorda.
Por si las cosas no eran ya lo bastante complicadas, pensó Ricky, pero luego se dijo que debía plantearse el rescate como si estuviera en un país extranjero cuyo idioma desconociera. No importaba que no pudiera comunicarse con la tal Allie de la manera normal. En cualquier caso, tenía que encontrarla.
Rodeó el montón informe de cascotes buscando algún signo de la mujer, algún atisbo de lo que podían haber sido los dormitorios. ¿Estaría en una habitación del piso de arriba o de abajo?
Sombra, el perro especialmente entrenado que llevaba a su lado, se movía inquieto entre los escombros, husmeando. Rick se quedó donde estaba, dejando que Sombra hiciera su trabajo. Aquella era siempre la peor parte de un rescate: quedarse atrás y dejar que el pastor alemán encontrara indicios de vida.
Finalmente, el perro se quedó quieto, gimió y luego ladró.
—La has encontrado, ¿eh, chico?
Sombra gimió, nervioso, pero no se movió, como si entendiera que el más leve movimiento podía resultar fatal.
—Vamos a sacarla de ahí —dijo Ricky. Se detuvo un instante para lanzarle una sonrisa de aliento a la vecina—. Parece que hemos localizado a su amiga. La sacaremos en un abrir y cerrar de ojos.
—Gracias a Dios —dijo ella—. Allie es una de esas personas especiales puestas en la tierra para enseñar a los demás el significado de la bondad. Es un ángel, créame.
Ricky no conocía a muchas mujeres que pudieran estar a la altura de semejante halago. Él tendía a gravitar en torno a mujeres que podían ser descritas como libres y de afectos fáciles; mujeres que no le pedían nada, que sabían que su trabajo era lo primero. Mujeres a las que, definitivamente, no podía llevar a casa para que conocieran a su madre, la cual se lamentaba casi todos los días de que siguiera soltero. Solo dejaba de hacerlo cuando Ricky llevaba a Tom a comer su famoso asado de cerdo con judías pintas y arroz. En esas ocasiones, su madre servía consejos matrimoniales con la comida. Y a Tom le gustaban demasiado sus guisos como para quejarse.
Por supuesto, en ese momento nada importaba que Allie fuera una santa o una pecadora. Era alguien que necesitaba su ayuda, y eso era lo único que importaba.
Estudió de nuevo con atención la casa derruida, buscando los mejores accesos y utilizando la presencia vigilante de Sombra como guía para localizar a Allie.
—¿No debería darse prisa? —preguntó la vecina, retorciéndose las manos ansiosamente.
—Es mejor hacerlo bien que precipitarse y causarle más daño de lo que ya haya podido sufrir —pensando en cómo se habría sentido su abuela en esas circunstancias, Ricky se tomó un momento para apretar las manos heladas de la mujer—. Todo va a salir bien.
No bien había pronunciado aquellas palabras cuando oyó un débil grito de ayuda procedente de las profundidades de los escombros. El sonido le encogió el corazón. Consciente de que no podía decir nada, de que sus palabras de aliento caerían en oídos literalmente sordos, intentó reconfortar a la anciana.
—¿Lo ve? Está viva. La sacaremos enseguida —dijo con optimismo—. Mientras tanto, ¿por qué no va a uno de los puestos de primeros auxilios para que le echen un vistazo a ese corte que tiene en la frente? Parece que también se ha torcido un tobillo.
—A mi edad, es natural cojear. En cuanto al corte, no es nada —dijo, mirándolo con determinación—. Quiero estar aquí cuando saquen a Allie. Debe de estar aterrorizada. Necesitará ver una cara conocida.
Ricky reconoció la determinación de aquella mujer y no discutió. Como su abuela, la anciana tenía sus propias ideas.
Miró a su alrededor hasta que vio a Tom, que había llevado el equipo necesario para el rescate y ya estaba preparado para empezar.
—¿Listo? —preguntó su compañero.
La adrenalina sacudió a Ricky como siempre cuando el trabajo duro estaba a punto de comenzar.
—Vamos allá —dijo, con una ansiedad que siempre le parecía vagamente inapropiada. Sin embargo, era precisamente esa ansiedad lo que lo había llevado a elegir un trabajo tan arriesgado. Cierto que a veces salvaba vidas, lo que resultaba increíblemente reconfortante, pero el burlar a las fuerzas de la naturaleza y a la muerte cercana también ponía a prueba su habilidad y su ingenio. Y una parte de él ansiaba ese elemento de riesgo.
A menudo tenía que cruzar medio mundo para encontrarlo. Ese día, en cambio, estaba en su casa, por así decirlo. De alguna forma, eso hacía más interesante el desafío.
Pensó en lo que la anciana había dicho sobre Allie y sonrió con ironía. Tenía que admitir que su ansiedad era ligeramente mayor ante la promesa de que, cuando concluyera el rescate, se encontraría por primera vez en su vida cara a cara con un ángel.
Allie salía y entraba de un estado de inconsciencia. O tal vez solo dormía. Únicamente sabía que, de vez en cuando, sus ojos parecían cerrarse y el dolor se desvanecía. Cuando se despertaba, el latido del dolor era más intenso que nunca.
—¡Socorro! —gritó de nuevo. Seguramente ya habría equipos de rescate en la zona. Si la oían, podrían encontrarla. Gimiendo por el dolor, tomó fuerzas y gritó de nuevo—. ¡Socorro!
Pero sus gritos solo hallaron el mismo silencio. Se sentía como si clamara en medio de un inmenso vacío. Sus gritos seguían sin respuesta y comenzaba a perder la esperanza. ¿Y si nunca la encontraban? ¿Cuánto tiempo podría mantenerse viva con aquel calor implacable y sin agua? La desesperación empezó a apoderarse de su espíritu.
Luego, de pronto, justo cuando iba a abandonar, creyó ver un ligero movimiento por encima de ella. ¿Era posible? Pero en aquella oscuridad impenetrable, no podía estar segura. ¿Había visto un destello de luz?
—¡Aquí! —gritó por si acaso no había sido producto de su imaginación—. ¡Estoy aquí abajo!
Un cascote de lo que antes había sido su tejado fue apartado, permitiéndole ver un primer retazo de cielo. Irónicamente, teniendo en cuenta la tormenta que se había desatado hacía tan poco tiempo, el cielo estaba de un azul brillante y tan bello que nadie habría podido imaginar que había provocado semejante destrucción apenas unas horas antes.
Aliviada por conservar todavía la vista, Allie deseó mirar y mirar aquella luz, pero tuvo que cerrar los ojos por el resplandor del sol, aunque sintió su deliciosa tibieza en las mejillas y prometió que nunca más se quejaría del clima sofocante de Miami. En ese momento, le pareció maravilloso.
Cuando por fin se atrevió a abrir los ojos otra vez, había una cara observándola, la cara más atractiva que había visto nunca. Por supuesto, en ese momento habría caído rendida a los pies de un hombre con una barba hasta las rodillas y el pelo con la consistencia de la estopa, con tal de que hubiera ido a salvarla. Pero aquel hombre nada tenía que ver con esa imagen.
A pesar de que llevaba el casco puesto, Allie podía ver que tenía el pelo negro y un poco largo. Tenía los ojos muy oscuros y una complexión que sugería ascendencia hispana, y unos hoyuelos que podían hacer suspirar a una mujer. A Allie casi le dio un vahído y murmuró:
—Madre mía...
Él estaba demasiado lejos para que pudiera leer sus labios, pero Allie pudo ver que su boca se curvaba lentamente en una sonrisa reconfortante y devastadora. Se aferró a la visión de aquella sonrisa. Era un recordatorio de que la vida merecía la pena. Ningún hombre le había sonreído así desde hacía mucho tiempo. Tal vez, nunca.
O tal vez ella no lo había notado, admitió cándidamente. Desde el momento en que había perdido el oído, su vida se había concentrado en un único objetivo: aprender a adaptarse, aprender a salir adelante, a abrir esa nueva puerta... y había olvidado la vida social que antaño la había absorbido. Además, había descubierto que había pocos hombres interesados en una mujer que no estuviera pendiente de cada una de sus palabras.
En los últimos quince años había habido hombres entre sus compañeros de trabajo. Incluso algunos se contaban entre sus amigos, pero ni uno solo había hecho bullir su sangre como aquel que le sonreía. Allie pensó que debía de ser una reacción normal ante las circunstancias. Después de todo, aquel no parecía un momento adecuado para que sus hormonas despertaran después de más de una década de letargo.
El tiempo pasaba y ella seguía mirando aquella cara increíble. Por el modo en que los escombros eran apartados lentamente sobre ella, comprendió que había alguien más intentado liberarla, pero que aquel hombre se había quedado allí para que pudiera verlo y que, centímetro a centímetro, iba acercándose a ella.
—Hola, Allie —dijo.
Ya estaba lo bastante cerca para poder leer sus labios. Y Allie comprendió, por el modo en que le había hablado y por la forma insistente en que la miraba, que sabía que era sorda.
—Hola —dijo, dando un gemido, aunque se sentía inundada por el alivio.
—¿Puedes leer en mis labios? —mirándolo fijamente, ella asintió—. Bien —él estiró un brazo—. ¿Puedes darme la mano?
Allie trató de mover un brazo, pero sintió como si también lo tuviera atrapado por un gran peso, al igual que la pierna. Casi se echó a llorar de frustración.
—Está bien —dijo él—. Aguanta ahí un poco más. Estás siendo muy valiente y, si nos das un poco más de tiempo, podré alcanzarte y toda esta pesadilla habrá pasado —ella asintió—. ¿Te duele algo?
—Todo —dijo Allie.
Él sonrió.
—Sí, una pregunta estúpida, ¿eh?
Desvió la cabeza. Allie pudo ver un cambio en su expresión y supuso que estaba hablando con alguien a quien no podía ver.
Los cascotes seguían desapareciendo y sobre ella llovían pedazos de yeso. Gimió, llamando la atención del hombre.
—¿Estás bien? —preguntó él, preocupado. Ella asintió, con la mirada clavada en sus ojos oscuros—. Bien. Vamos a hacer una cosa, Allie. Supongo que querrás saber lo que estamos haciendo aquí arriba, ¿verdad?
—Sí —ella quería saberlo todo, aunque no le gustara. Había aprendido hacía mucho tiempo que podía hacerse cargo de casi cualquier situación, siempre que supiera a qué se enfrentaba.
—Bien. Yo voy a irme solo un minuto. No nos gusta este acercamiento, así que vamos a intentarlo por otro lado. Llevará un poco más de tiempo, pero es menos arriesgado. ¿Te parece bien?
Ella quiso protestar, pero al fin y al cabo él sabía lo que hacía. Debía confiar en él. Mirándolo a los ojos, comprendió que podía hacerlo. Y aunque no quería que se fuera, aunque no quería perderlo de vista, asintió otra vez.
—De acuerdo.
Volvió la cabeza para ocultar las lágrimas. De pronto, sintió un puñadito de polvo que parecían haberle arrojado a la cara deliberadamente. Miró hacia arriba y se lo encontró mirándola ansiosamente.
—Perdona —se disculpó él—. Tenía que llamar tu atención. Te prometo que volverás a verme enseguida. Yo nunca dejo a una mujer bonita en apuros.
Ella estuvo a punto de reírse. Nadie en los últimos años le había dicho que era bonita. Y pensó que debía de tener un aspecto horrible. Estaba a punto de irse a la cama cuando la había sorprendido el desastre, y solo llevaba puesta una camiseta vieja. Al final del día, su pelo era siempre una maraña de rizos castaños, gracias a la perpetua humedad de Miami. Pensó que debía de estar tan bonita como una fregona polvorienta.
—Vete —le dijo—. Estaré aquí cuando vuelvas.
Él sonrió.
—Eso quería oír.
Y luego desapareció, dejando a Allie preguntándose si era posible que los ángeles tuvieran ojos traviesos... y se parecieran tanto al pecado.
Ricky todavía sonreía cuando salió del montón de escombros. Allie Matthews era valiente, desde luego. Estaba muy asustada, pero hacía lo posible por no demostrarlo. Él había percibido un destello de pánico en sus impresionantes ojos azules, pero ella no se había quejado ni una sola vez. Tenía que dolerle, pero, aparte de su broma al admitirlo, no había vuelto a mencionar las heridas.
—¿Qué te hace tanta gracia? —le preguntó Tom, mirándolo con curiosidad mientras saltaba al suelo junto a él.
—Tenías que haberla visto —contestó Ri-cky.
—¿Está bien?
—Tiene el sentido del humor intacto, pero no puede moverse. No hay forma de saber si es porque está atrapada o porque tiene alguna herida. Pero es la mujer más valiente que he visto nunca. No está histérica, aunque en sus increíbles ojos, azules como el océano, brillan lágrimas que intenta reprimir.
Tom sacudió la cabeza.
—Te parecerá bonito ponerte poético en medio de un rescate.
—Solo quería motivarte —dijo Ricky, aunque la idea de que Tom se interesara por Allie lo molestaba más de lo que se hubiera atrevido a admitir. Era una estupidez tener celos de una mujer a la que ni siquiera le habían presentado. Miró hacia los escombros con preocupación—. ¿Alguna idea de cómo podemos llegar hasta ella sin hacer que todo se derrumbe a su alrededor?
Se quedaron mirando el amasijo informe de cascotes. No era de lo peor que habían visto. Pero Ricky nunca había sentido tanta urgencia. Algo en el ánimo y la valentía de Allie había captado su atención como pocas mujeres podían hacerlo. En solo unos minutos, había percibido algo de la fortaleza y el coraje del que le había hablado la anciana vecina.
