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Después de que aquel accidente de coche destrozara su carrera, Catrina Russell solo deseaba encontrar un lugar tranquilo donde recuperarse; por eso se apresuró a conseguir aquel empleo como ama de llaves en la granja Northern Queensland. Royce McQuillan jamás habría elegido a Carrie para aquel trabajo si no hubiera sido por la inmediata simpatía que había surgido entre su hija y ella. Lo que le resultaba más difícil de entender era lo que él mismo sentía por Carrie. Después de que su esposa lo abandonara para volver a la animada vida de la ciudad, ¿cuánto tiempo podría esperar que se quedara la bella ama de llaves compartiendo la tranquilidad y el aislamiento de su granja?
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Seitenzahl: 181
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2001 Margaret Way
© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Fuego austral, n.º 1686 - octubre 2019
Título original: Master of Maramba
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1328-650-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Si te ha gustado este libro…
NO VIO el coche hasta que lo tuvo casi encima. Era un enorme Jaguar de color platino, que era el color de moda aquel año. Unos segundos antes había observado la calle llena de árboles y el tráfico, en mitad del cual no conseguía encontrar un sitio para aparcar en la zona donde solía hacerlo siempre que iba a visitar a su tío, James Halliday, de la empresa Scholles & Associates, un bufete de abogados y asesores fiscales que trabajaban solo para los más ricos. Aquel barrio estaba lleno de oficinas de todo tipo, por eso no había ningún sitio para aparcar salvo el hueco que acababa de descubrir, en el que no cabrían dos coches y, desde luego, nunca un enorme Jaguar como el que en esos momentos desistía del empeño. Carrie sintió una malévola satisfacción al comprobar que tenía razón y que, efectivamente, el lugar iba a ser solo para ella.
Mientras cerraba su coche, observó con sorpresa que el otro conductor, un hombre de pelo negro como el carbón, volvía a intentar aparcar su enorme vehículo en el espacio que quedaba. Carrie siempre había pensado que los hombres eran muy obstinados, pero ese lo era por partida doble… Además, acababa de estar a punto de empotrar su coche contra el de ella. No sabía si echarse a reír o a llorar; desde que había tenido aquel accidente no había vuelto a ser capaz de controlar sus reacciones. Se había convertido en una auténtica desconocida, de repente era una mujer miedosa y vulnerable.
Al recuperarse del susto, comprobó admirada que aquel hombre había conseguido encajar el coche en ese hueco diminuto. A lo largo de los años, también había comprobado que incluso los hombres más estúpidos eran capaces de maniobrar de tal modo que conseguían aparcar hasta en los lugares más inverosímiles. Si se hubiera tratado de una mujer, no habría podido reprimir un sincero aplauso ante tal proeza.
Sin embargo lo que hizo fue mirar hacia otro lado con fingida indiferencia y, se disponía a alejarse, cuando cayó en la cuenta de que se había dejado las gafas de sol dentro del coche y había una luz cegadora, propia de la época primaveral en la que se encontraban. Era la estación de las flores, pero también de los exámenes, cosa que ella todavía recordaba perfectamente. Carrie se había graduado con matrícula de honor en el conservatorio de música y la habían aceptado en la prestigiosa Academia Julliard de Nueva York. Era una joven con un futuro prometedor.
Hasta el accidente.
Con un desagradable escalofrío, Carrie abrió la puerta del coche, alcanzó las gafas y volvió a cerrar con excesiva energía, impulsada quizá por la rabia y el dolor irracional que la invadían. Iba a necesitar toda una vida para digerir lo que le había ocurrido, para hacerse a la idea de que todas las puertas que una vez se habían abierto para ella estaban ahora cerradas para siempre.
Se dio la vuelta y vio a aquel hombre salir del coche sin dejar de mirarla fijamente, como si pudiera saber lo que ocurría en su cabeza o en su corazón. Era un tipo de ojos negros y piel bronceada; alto como una montaña e igualmente impresionante. Seguramente tenía bastante dinero, porque una presencia tan inquietante solo se conseguía cuando el atractivo iba acompañado de riqueza. Sus movimientos eran atléticos y tan elegantes como su indumentaria. Carrie no podía dejar de mirarlo y, por algún motivo, centró en él toda la rabia que tenía dentro de ella.
–¿Le ocurre algo?
Como todo lo demás, su voz era poderosa y autoritaria. Nada más oírlo se hizo a la idea de que seguramente era el presidente de una gran empresa, un hombre que se pasaba el día dando órdenes mientras los demás obedecían de inmediato. Pero ella no era uno de sus empleados, ella se jactaba de no doblegarse ante nadie; aunque al mismo tiempo no podía reprimir la sensación de que algo importante le estaba ocurriendo.
–Nada en absoluto –consiguió contestar con frialdad–. Solo estaba observando con admiración cómo ha encajado el coche en un lugar tan pequeño; la verdad es que habría jurado que no iba a poder.
–¿Por qué? No era tan difícil.
Carrie vio con nerviosismo cómo se acercaba a ella hasta envolverla en su poderoso aura, sin dejar de mirarla con aquellos ojos oscuros y, al mismo tiempo, enormemente luminosos. A pesar de ser una mujer bastante alta, no podía evitar sentirse como una diminuta muñeca comparada con él. Era consciente de que aquel hombre estaba observándola detenidamente, sin perderse ni el más mínimo detalle de su fisionomía, ni siquiera el pequeño lunar en forma de corazón que tenía sobre el pecho derecho.
–Me ha dado la sensación de que creía que iba a arrollarla.
–¿Solo porque he levantado las cejas? –replicó ella con indignación.
–Me ha parecido que se sobresaltaba. No se habrá asustado, ¿verdad?
–Claro que no.
–Me alegro, porque no ha corrido el más mínimo peligro. A lo mejor es que no le gustan los hombres al volante –añadió con suavidad. Ella se quedó pensando–. La mayoría aparcamos mejor que cualquier mujer. Por cierto, ha dejado la rueda de atrás encajada en la alcantarilla.
Carrie no le dio la satisfacción de volverse a comprobar lo que estaba diciendo.
–Reconozco que no soy la persona que mejor aparca del mundo.
–Eso es más que obvio –dijo él en tono algo burlón–. Pero le aseguro que no trataba de desafiarla.
–Ni siquiera se me había ocurrido que estuviera haciéndolo.
–Entonces confiese por qué se ha puesto tan nerviosa. Estamos en pleno día… Normalmente no hago que las mujeres se sientan tan inquietas.
–¿Está seguro? –le preguntó Carrie con ironía.
–Está claro que no me conoce –la miró con aquellos ojos negros llenos de un brillo que daba a entender que no estaba acostumbrado a que nadie le hablara de ese modo–. Mire –añadió cambiando de tema–, no hay nada de tráfico, pero ¿me permite que la escolte hasta el otro lado de la calle? –preguntó a punto de ponerle la mano en el brazo.
¿Debía permitir que la tocara?, pensó ella algo alarmada. Aquel hombre era demasiado dominante, tanto que le hacía sentir algo parecido al miedo.
–Debe de estar bromeando –dijo ella por fin, pero consiguió decirlo con dulzura en lugar de rechazarlo de lleno, como había sido su primer impulso.
–No, no estoy bromeando –tenía una boca preciosa y sensual, pero que también añadía firmeza a su rostro–. Va a acabar rompiéndose la blusa de tanto retorcerla.
Carrie se dio cuenta de que, en otro de sus gestos nerviosos, no había parado de enredar su mano en el dobladillo de la blusa.
–Está bien; si de verdad quiere saberlo, me pareció que se había acercado demasiado a mí con su coche.
–Debería hablar de eso con alguien.
–¿De qué? –preguntó sonrojada y ofendida.
–Me imagino que la palabra que lo describe es «fobia».
Estaba claro que había sido un error ponerse a hablar con él.
–¿Me está diciendo que tengo una fobia? –lo miró con la mayor agresividad posible–. ¿No cree que está excediéndose, teniendo en cuenta que no me conoce absolutamente de nada?
–Solo he dicho lo que pienso –contestó con total tranquilidad.
Aquello era demasiado. No podía dejar que un desconocido la tratara de ese modo. Carrie se dio media vuelta y su pelo color ámbar flotó en el aire unos segundos.
–Que tenga buen día –dijo dándole la espalda.
–Igualmente –contestó él mientras la observaba, maravillado por su forma de moverse y sus preciosas piernas. Entonces ella se volvió con orgullo para dejar claro que quería ser la que dijera la última palabra, lo que hizo que él esbozara una sonrisa.
–Espero que no tenga pensado dejar el coche ahí mucho tiempo, porque en realidad no está permitido aparcar; puede que pase por aquí algún agente y le ponga una multa. Además, si no mueve el coche, no sé cómo voy a sacar yo el mío, ya que me ha dejado totalmente encajonada.
–No estoy de acuerdo –contestó con una sonrisa que la dejó totalmente confundida–. Pero si me hace algo en el coche, no se preocupe. Déjeme su nombre y teléfono en el parabrisas y yo me encargaré de todo.
–Descuide que no le haré nada a su coche.
¿Cómo era posible que aquella situación le estuviera pareciendo divertida? pensó él confundido. Lo cierto era que no solía entablar conversaciones con mujeres a las que no conocía; además, aquella le resultaba extrañamente familiar. Con aquella cabellera rojiza que parecía prometer una personalidad igualmente ardiente… y la piel clara y los ojos marrones, casi rojizos también. Hacía siglos que no veía a nadie con tal magnetismo, y el caso era que estaba claro que no era más que una chiquilla, seguramente tendría unos diez años menos que él, que estaba a punto de cumplir los treinta y dos. Treinta y dos años, divorciado y con una niña a la que adoraba. Su gran problema era que Regina en realidad no era su hija, sino que había sido el resultado de una de las aventuras de Sharon. Le resultaba curioso pensar que, en solo unos segundos, aquella impetuosa mujer había alejado a Sharon de su mente por primera vez en mucho tiempo.
–¡Cuídese! –le dijo él una vez que ella ya estaba bastante lejos–. ¡Qué agresivas son las chicas de ciudad!
Carrie se dio media vuelta. A pesar de su determinación de seguir adelante sin pensar, no pudo evitar que le llamara la atención que la identificara como «chica de ciudad».
–¿Y usted de dónde ha salido? –no sabía de dónde demonios había sacado el valor para decir aquello, estaba claro que ese hombre era alguien importante.
–De muy lejos de aquí, pero puede que siga aquí cuando usted vuelva.
Carrie hizo un gesto con la mano como quitándole importancia a todo aquello y se alejó. Quizá estuviera siendo un poco maleducada con la única persona que había proporcionado algo de diversión a su monótona vida. Se quedó pensando en que a lo mejor seguía allí cuando ella volviera y eso la hizo sentir una mezcla de enfado e impaciencia.
La secretaria de James Halliday anunció la llegada de su jefe con extrema formalidad. A Carrie no le extrañó, porque lo cierto era que la señora Galbally siempre había sido increíblemente correcta, incluso ceremoniosa en sus maneras. Era una mujer que solía intimidar a la gente, pero su tío afirmaba que era sencillamente perfecta.
–¡Hola, preciosa! –exclamó su tío nada más verla. El hermano de la difunta madre de Carrie era tan atractivo y elegante como lo había sido esta, e igualmente cariñoso. La condujo a su enorme despacho con vistas al río; estaba decorado con finísimas piezas de porcelana china y con cuadros de marinas que denotaban la afición que Halliday tenía a la vela y al mar en general. Con solo ver aquella habitación se sabía que aquel era un hombre con éxito en los negocios; claro que no tanto como el padre de Carrie, que era el propietario de una empresa eléctrica.
Los dos hombres no se llevaban bien; eran demasiado diferentes en todo. Carrie los quería a los dos y de su tío y de su madre había heredado un profundo amor al arte que nada tenía que ver con los intereses de su padre, de Glenda, su madrastra, o de su hermanastra Melissa, que era tres años más joven que ella.
–¿Te apetece un café, cariño? –preguntó él observando a su sobrina con sincera preocupación. Carrie había sufrido un tremendo golpe que había dejado ciertas huellas en su aspecto; había perdido la chispa de su mirada. No obstante Halliday estaba seguro de que su sobrina disponía de la fortaleza necesaria para superar todo aquello y seguir adelante renovada.
–Sí, por favor –respondió ella dejándose caer sobre un cómodo sillón de cuero–. En casa ya nadie bebe café; Glenda ha convencido a papá de que no le conviene…, bueno, ni a él ni a nadie. Creo que debería marcharme de casa; aunque no vaya a irme a Nueva York, debería salir de allí. Sé que a papá no le va a hacer ninguna gracia, pero tampoco es que esté mucho en casa para saber cómo van las cosas.
–Es una verdadera pena que Melissa y tú no os llevéis bien.
–Es culpa de Glenda. Estoy segura de que Melissa no me odiaría tanto si su madre no hubiera despertado en ella esos celos y esa envidia.
–Sé que no te resulta nada fácil vivir con tu madrastra –comentó Halliday con comprensión, sin decir todo lo que pensaba sobre aquella mujer.
–Ella nunca me ha querido. Nunca le gustó que su marido tuviera una hija que además era la viva imagen de su madre. Te aseguro que sigue sintiendo celos de mi madre.
James asintió sin dudarlo.
–No puede evitarlo. Está claro que le da rabia que tengas tanto talento, y que además se te reconozca lo que vales con todos esos premios…
–Y que a Mel no le ocurra lo mismo… Bueno, ya no tiene por qué preocuparse –añadió Carrie con resignación.
–Cariño, tú sigues siendo una gran pianista –le aseguró James destrozado al recordar las horribles secuelas del accidente.
–La verdad es que no me consuela mucho. Cada vez que pienso en que el mismo día del accidente me habían dicho que me admitían en Julliard… A veces el destino es tremendamente cruel.
–Fue una tragedia, pero no puedes dejar que eso arruine tu vida, preciosa –le dijo James con ternura, pero también con firmeza–. Necesitas algo de tiempo para recuperarte y seguir adelante. Además, debes recordar que podría haber sido mucho más grave que un par de costillas y un dedo roto.
–Te juro que lo intento, Jamie, de verdad, pero es muy duro. Lo más curioso es que sé que papá lo siente por mí, pero al mismo tiempo creo que se siente aliviado, porque no quería que me fuese a Estados Unidos a estudiar. Lo único que quiere es que me quede aquí, me case y tenga hijos.
James no pudo evitar pensar que el padre de Carrie siempre quería demasiadas cosas. También había querido a su hermana, pero nunca había conseguido hacerla feliz; había reprimido su intenso espíritu, cosa que, afortunadamente, no había logrado hacer con Carrie.
–Tu padre tiene muchas cualidades, pero hay que reconocer que no sabe nada de música –comentó James sin dejar entrever lo que realmente pasaba por su cabeza.
–Tienes razón –asintió ella sonriendo–. La verdad es que nunca ha comprendido la música que yo toco… bueno, que tocaba, porque no he vuelto a tocar el piano desde el accidente.
–De eso hace ya casi un año.
–Necesito más tiempo. Jamie… No me gusta enseñar, me temo que lo que realmente me gusta es interpretar.
–No te preocupes, cariño, todavía eres muy joven. Veintidós años no son nada.
–Bueno, es edad suficiente para marcharse de casa –replicó Carrie–. Lo habría hecho antes, pero no quería herir a papá. Sin embargo, sé que no hay nada que hacer con Glenda, nunca voy a gustarle.
–No quiero ser injusto, pero mucho me temo que Melissa es bastante parecida a su madre –añadió James con pena–. Así que seguramente lleves razón y lo mejor sea que te vayas de allí. ¿Qué te gustaría hacer? Sabes que puedes venirte a vivir con Liz y conmigo, a nosotros nos encantaría. Ya que no tenemos hijos, sería una maravilla tenerte en casa.
–Sois un encanto. Liz ha sido como una madre para mí, cosa que jamás podré decir de Glenda…, pero creo que va siendo hora de que me establezca por mi cuenta. Sabes que tengo razón.
–Seguro que tu padre te compraría un piso, es un hombre muy rico.
–Puede ser, pero no voy a pedírselo. Me compré mi propio coche y alquilaré una casa yo sola.
James era tremendamente protector con su sobrina, por lo que no le hizo ninguna gracia oír aquellas palabras.
–También yo podría ayudarte. Por nada del mundo querría que tu padre pensara que estoy poniéndome en su contra, que pudiera añadir eso a… –tuvo que contenerse para no acabar la frase.
–¿A su lista de resentimientos? –completó Carrie con tristeza–. Muchas gracias, Jamie, pero puedo valerme por mí misma. Creo que voy a estudiar un doctorado; ya que parece que tendré que dedicarme a la enseñanza, mejor será que adquiera la formación adecuada. ¡Después de tantos años estudiando para ser concertista…!
–Pero ¿cómo vas a mantenerte? –le preguntó James preocupado–. Unas cuantas clases no dan dinero suficiente.
–Todavía tengo el dinero de la abuela –explicó ella refiriéndose a la herencia que había recibido tras la muerte de su abuela materna, la cual no había podido soportar la muerte de su única hija–. El problema es que ahora mismo necesito salir de aquí y tengo que encontrar un refugio, al menos durante un tiempo. Tengo que alejarme de todo lo que me recuerde a la música hasta que asimile lo ocurrido.
–Lo comprendo, preciosa –después de esas palabras se quedó pensativo unos segundos–. Me ha venido a la cabeza que uno de nuestros clientes, en realidad nuestro cliente más importante, está buscando alguien que cuide de su hija. No quiero decir con eso que ese sea el trabajo que te corresponda… –añadió rápidamente.
–¿Y por qué no?
–Cariño, tienes muchísimo talento, eres guapa y joven. Una mujer así no debería recluirse en el campo.
–¿En el campo? –preguntó Carrie sorprendida–. Explícame bien eso.
–Ahora siento haberlo mencionado –se disculpó James justo en el momento en el que alguien llamaba a la puerta. Una secretaria joven entró con el café y un montón de bizcochos.
–¡Cómo es posible que no engordes! –exclamó su sobrina riéndose–. No me creo que solo haciendo vela te mantengas tan en forma.
–Por cierto, este fin de semana voy a ir a navegar un poco, ¿te apetece venir conmigo?
–¡Sí, por favor! –respondió inmediatamente con entusiasmo. A Carrie le encantaba el mar y adoraba ir a navegar con su tío.
Una vez se hubieron sentado a tomar el café que había llevado la secretaria, Carrie reanudó la conversación donde la habían dejado.
–Supongo que ese empleo sería en una casa del interior del país.
–Yo no lo describiría como una casa, más bien es todo un reino –aclaró James–. Se trata de una familia de importantes ganaderos, poseen millones de hectáreas en toda Australia. Mi cliente es uno de los más relevantes propietarios del sector; y ya sabes que Queensland es un sitio muy importante para el comercio de ganado. Es una empresa muy grande y la base la tienen en el norte de Queensland, en una enorme finca.
–¿Y cómo se llama esa propiedad? –preguntó Carrie con repentina curiosidad.
–Maramba.
–Me suena haber oído ese nombre.
–Es probable –James hizo una pausa mientras escogía una pasta–. Royce sale mucho en los periódicos.
–¿Qué Royce? –preguntó ella impaciente–. Vamos, James, deja de hacerte el misterioso.
–Carrie, preciosa, no creo que ese empleo te convenga –le explicó su tío, arrepentido de haberlo mencionado.
–Al contrario, cada vez me parece más interesante.
–Tengo entendido que se trata de una niña un tanto difícil; todas las niñeras se marchan espantadas.
–¿Y qué es lo que hace ese pequeño diablo? –Carrie sabía mucho de pequeños diablos, ya que ella misma había sido uno.
–Ya sé qué estas pensando –dijo James soltando una carcajada–. Recuerdo cuando Glenda se quejaba de ti. Pero Royce no lo ve del mismo modo. Él echa la culpa a las niñeras.
–Ya entiendo. ¿Cómo se apellida ese Royce?
–McQuillan. Royce McQuillan… Es un tipo estupendo, una de las mejores personas que conozco. Tampoco él ha tenido una vida fácil. Perdió a sus padres hace algunos años en un horrible accidente de avión. Poco después se divorció de su mujer…
–¡Dios mío! –exclamó Carrie comprendiendo a la perfección todo el dolor que debía de haber sentido–. ¿Y la madre no se llevó a la niña? ¡Qué extraño!
–Parece ser que no quiso –explicó él con tristeza–. No conozco muy bien la historia, Royce no suele hablar del tema. Pero seguro que has oído hablar de ella, aunque es unos años mayor que tú, creo que tiene treinta o treinta y un años. Es una mujer con mucho estilo, pero con muy mal carácter. Sharon Rowlands, sale mucho en las revistas de sociedad.
–La verdad es que no tengo mucho tiempo para ver esas revistas. La niña debió de pasarlo muy mal cuando se separaron sus padres. ¿Cuántos años tiene?
–Seis, casi siete.
–O sea, que se casaron muy jóvenes… –especuló Carrie mientras hacía cálculos.
–Según dice Liz, su matrimonio se acordó cuando ellos todavía estaban en la cuna.
