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Después de que su novio, un hombre que hasta su madre aprobaba para ella, la abandonara dos semanas antes de la boda, Maggie salió huyendo. A ella siempre le había importado muy poco lo que opinaran los demás, y sin embargo se estaba escondiendo. Afortunadamente, sus amigas no tardaron en dejarle las cosas bien claras. Tenía tres alternativas: sentarse y llorar, volver a casa a hacerse cargo de su galería, o ayudarlas a construir una casa para una familia que la necesitaba. Con sólo ver a Maggie, Josh Parker, maestro de obras, supo que se enfrentaba a una delicada señorita. Por mucho que Maggie supiera manejar la sierra circular sin ningún problema y que entre ellos saltaran chispas, seguían siendo muy diferentes. Y si había algo que Josh había aprendido por venir de una familia pobre, era que siempre era mejor desear poco que arriesgarlo todo y perder.
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Seitenzahl: 334
Veröffentlichungsjahr: 2013
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2005 Sherryl Woods. Todos los derechos reservados.
JUGANDO CON EL DESTINO, Nº 78 - septiembre 2013
Título original: Flirting with Disaster
Publicada originalmente por Mira Books, Ontario, Canadá
Publicado en español en 2007
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin, logotipo Harlequin y Romantic Stars son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-687-3539-9
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
Maggie Forsythe estaba sentada en el porche de una diminuta casa alquilada al borde de la playa, en Sullivan’s Island. Mientras le daba un sorbo a su tercer vaso de té helado, observaba el mar e intentaba encontrarle el sentido a las cosas.
Por supuesto, aquellas reflexiones tenían que ver con un hombre. ¿Por qué otro motivo iba a huir de su casa y a alejarse de su negocio una mujer razonable, cuerda y madura? ¿Por qué iba a sentirse tan insegura y llena de dudas como para permanecer en el diván de un psiquiatra durante años? Además, no se le escapaba la ironía de que había sido precisamente un psiquiatra el que había hecho que su mundo se tambaleara.
Warren Blake, doctor en psiquiatría, seguro, sólido y fiable, era el hombre respetable y encantador que su familia siempre había querido para ella. Su padre había aprobado aquella elección de Maggie. Y previsiblemente, su madre lo había adorado a primera vista. Disfrutando de la aprobación de sus padres por primera vez en su vida, Maggie se había convencido de que quería a Warren y de que quería casarse con él. La fecha de la boda se fijó al poco tiempo.
Y entonces, cuando las invitaciones ya estaban en el correo, Warren había cancelado el compromiso. Le había dicho a Maggie que había recuperado el sentido común y que se había dado cuenta de que su matrimonio sería un desastre. Lo había hecho con tanta delicadeza que, al principio, Maggie ni siquiera había entendido lo que él estaba intentando decirle. Y cuando por fin lo había asimilado, se había sentido furiosa primero, y después se había quedado destrozada. Cuando por fin había hecho lo correcto, había elegido al hombre perfecto, ¿qué había conseguido? La humillación total.
Maggie había hecho las maletas y se había marchado de casa. Con respecto a la distancia, no se había alejado demasiado, pero con respecto a su psique hecha pedazos, Sullivan’s Island estaba a años luz de Charleston. Allí, Maggie se sentaba en el porche, sacudiéndose perezosamente los mosquitos, y no estaba obligada a tomar ninguna decisión que después pudiera lamentar como la de haberse comprometido con Warren.
Comía bocadillos, escuchaba la radio a todo volumen y bailaba en el porche a cualquier hora del día o de la noche, y podía irse a nadar al mar y después volver a casa sin haberse limpiado la arena de los pies.
De hecho, llevaba haciéndolo durante unos días y ya estaba empezando a ponerse nerviosa. Ella era una criatura sociable. Le gustaba la gente. Echaba de menos su galería de arte de Charleston. Y casi estaba preparada para ver a sus amigos de nuevo, al menos en pequeñas dosis.
Sin embargo, había tomado la decisión de que no iba a volver a casa hasta que no hubiera entendido por qué demonios se había empeñado tanto en casarse con Warren. Tenía que haber alguna razón oculta para que ella se hubiera convencido de que estaba enamorada de un hombre tan distinto a todos los demás con los que había salido durante su vida. En los momentos en los que estaba dispuesta a concederle algún mérito a su ex prometido, admitía que él les había ahorrado a los dos mucha tristeza. Entonces, ¿por qué motivo la había empujado aquella ruptura a hacer las maletas?
No era la humillación. No del todo. A Maggie nunca le había importado un comino lo que los demás pensaran de ella, al contrario que a su madre. Su madre estaba obsesionada por la opinión de los demás, y se había quedado horrorizada con la ruptura del compromiso de su hija.
El motivo tampoco era que se le hubiera roto el corazón. Su ego se había quedado un poco maltrecho, pero su corazón estaba bien. De hecho, en muy poco tiempo se había dado cuenta de que suspiraba de alivio, aunque no tuviera intención de admitirlo ante Warren. Que él siguiera retorciéndose de sentimiento de culpabilidad.
Entonces, si no eran ni su orgullo ni su corazón la causa de aquella huida, ¿qué era? Quizá sólo el hecho de ver su último y desesperado sueño hacerse añicos ante sus ojos, dejándola sin más sueños, ni más opciones.
Con aquellos pensamientos tan inquietantes, Maggie se levantó de la mecedora y fue a la cocina. Sacó un bote de helado del frigorífico y volvió al porche. Después comer un poco, encendió la radio y comenzó a bailar al son de viejas canciones de amor.
Así continuaba cuando vio a tres personas al otro lado de la puerta mosquitera. Desafortunadamente, incluso en la oscuridad, supo quiénes eran: su mejor amiga, Dinah Davis Beaufort, el marido de Dinah, Cordell, y el traidor Warren.
Si hubiera tenido energía, habría cerrado la puerta trasera, pero como no la tenía, se limitó a saludarlos como la dama sureña que era por educación. Oía la voz de su madre en la cabeza, diciéndole que la compañía, aunque no fuera deseada, siempre era compañía bienvenida.
Sin embargo, mientras esbozaba una sonrisa fingida y abría la puerta, se juró que la próxima vez que se escapara de casa, iba a elegir un destino al otro lado del mundo para que nadie pudiera encontrarla.
Maggie estaba bastante segura de que tener a tres personas sentadas ante ella con una expresión de nerviosismo, una de las cuales era el mismo hombre que había causado aquella situación, no era la manera de solucionar las cosas.
—Magnolia Forsythe, ¿estás escuchando lo que te digo? —le preguntó Dinah Davis Beaufort, con impaciencia y con el ceño fruncido de preocupación.
Dinah y Maggie eran amigas desde pequeñas, y aquélla era la única razón por la que Maggie no la abofeteó por haber usado su odiado nombre completo. Magnolia. ¿En qué estarían pensando sus padres, por Dios?
—No —respondió.
No quería oír nada de lo que aquellos tres tuvieran que decir. Cada uno de ellos había sido culpable en parte de enviarla a aquel estado de depresión. Había intentado echarlos cinco minutos después de que llegaran, pero ninguno se había dado por aludido.
—Te dije que iba a detestar esto —dijo Cordell Beaufort.
—No me importa —respondió Dinah—. Tenemos que convencerla de que deje de compadecerse en esta casa. Mírala. Ni siquiera se ha peinado ni maquillado, y lleva unos vaqueros rotos.
—¡Estoy en la playa, por el amor de Dios! Y deja de hablar de mí como si hubiera salido de la habitación —protestó Maggie.
Dinah hizo caso omiso y siguió hablando con su marido.
—Esto no es saludable. Tiene que volver a casa. Necesita salir y hacer algo. Este proyecto nuestro es perfecto.
—En tu opinión —le dijo Cord—. Es posible que Maggie no esté de acuerdo.
Dinah frunció el ceño.
—Bueno, si no quiere ayudarnos con esto, entonces al menos tendrá que recordar que tiene una vida y un negocio que atender.
Maggie acabó por estallar.
—¿Y qué vida es ésa? —preguntó—. ¿La que tenía antes de que Warren decidiera que yo no era su tipo y me dejara dos semanas antes de la boda? ¿O la vida humillante que tengo ahora, enfrentándome a mis amigos e intentando explicarles cómo he hecho las cosas tan mal?
De todos ellos, sólo Warren respondió con evidente disgusto.
—Maggie, sabes que las cosas entre nosotros nunca habrían funcionado —le explicó pacientemente, como lo había hecho la noche en que le había dado la noticia de que se cancelaba la boda—. Yo he sido el que ha tenido el valor de decirlo.
—¿Y qué clase de psiquiatra eres, que no te has dado cuenta de nuestra completa incompatibilidad un año antes de la boda, o al menos seis meses antes?
—Sólo llevábamos unas semanas comprometidos, Maggie —le recordó él en aquel mismo tono fastidiosamente paciente—. Tú eras la que tenías tanta prisa por casarte. Ninguno de los dos tuvo demasiado tiempo para pensar.
—¡Estaba enamorada de ti! ¿Por qué iba a querer perder el tiempo con un compromiso largo?
—Maggie, por mucho que quiera pensar que te enamoraste de mí tan rápidamente, los dos sabemos que la prisa se debía a que querías seguir el ritmo de Dinah y Cord. En cuanto ellos se casaron, te entró pánico. No querías quedarte atrás bajo ningún concepto y yo estaba disponible.
—Estás equivocado —protestó ella obstinadamente. No le gustaba nada lo que él estaba describiendo.
—¿De verdad? Ya habíamos dejado de salir después de unas cuantas citas desastrosas, pero justo en mitad de la celebración de la boda de Cord y Dinah, decidiste que le diéramos otra oportunidad a lo nuestro.
—Porque mi familia te adoraba y todo el mundo decía que eras perfecto para mí. Estaba siendo abierta. ¿No es eso lo que hacen las mujeres sensatas a las que tanto admiras?
Cord intentó, sin éxito, tragarse una risita, y Warren y Dinah lo miraron con cara de pocos amigos.
—A mí me parece que Warren tiene razón —intervino Dinah—. Creo que te aferraste a él como a un salvavidas en mitad del océano.
—Oh, ¿y tú qué sabes? —replicó Maggie—. Cord y tú estáis tan obsesionados el uno por el otro que apenas os dais cuenta de que hay más gente a vuestro alrededor.
—Estamos aquí, ¿no es cierto? —respondió Dinah, asombrada por el desagradable tono de su amiga—. No creo que estemos tan obsesionados.
—A propósito, ¿cómo me habéis encontrado?
—Soy periodista —le recordó Dinah—. Sé cómo hacer llamadas telefónicas. Además, te conozco. Sabía que no te alejarías mucho de casa. Llevas Charleston en la sangre.
—Vaya por Dios —masculló Maggie.
Claramente, tenía que ampliar horizontes. Quizá fuera aquello lo que fallaba en su vida. Nunca había sentido deseos de ir a otro lugar que no fuera Carolina del Sur. Quizá si hubiera viajado tanto como había hecho Dinah durante su carrera como corresponsal en el extranjero para una cadena de televisión, Maggie habría descubierto otro lugar donde habría podido ser perfectamente feliz. Al menos, habría conseguido escapar de la mirada enjuiciadora de su madre.
—En realidad, no necesito que sigáis aquí con esas caras tan sombrías, intentando planear mi vida —les dijo con cansancio a sus amigos—. Demonios, Dinah, tú fuiste la que convenciste a Warren para que saliera conmigo. Y teniendo en cuenta cómo han salido las cosas, debería odiarte por ello.
En realidad, Maggie tenía que reconocer que había sabido durante todo el tiempo que se conformaba con Warren porque era un hombre seguro, tranquilo y fiable, todo lo contrario de lo que ella había preferido siempre: a los tipos peligrosos y atractivos. Sin embargo, aunque sabía que posiblemente Warren nunca conseguiría que le diera vueltas la cabeza, Maggie también sabía que nunca le haría daño. Sin embargo, en aquello se había equivocado. Le había hecho daño, sí, aunque en realidad era su ego lo que estaba dolorido. Si un hombre como Warren no podía quererla de verdad, ¿quién iba a hacerlo?
Aquélla era la idea a la que Maggie llevaba dándole vueltas, durante semanas ya, en Sullivan’s Island. Warren era su última oportunidad.
—¿Os importa que diga una cosa? —preguntó Cord de repente.
Maggie se encogió de hombros.
—Como quieras.
—Yo lo veo de esta manera: no hay nada que te impida seguir en esta casita de la playa durante toda tu vida, si es lo que quieres hacer. Estoy seguro de que tu galería de arte seguirá en marcha, gracias a esas dos competentes empleadas que has contratado. Y de todas formas, no importaría que no fuera así, ¿verdad? Tienes ese fondo fiduciario que te ha regalado tu padre. No necesitas hacer nada.
Maggie se irritó. Ella no era una niña rica y malcriada que viviera sin trabajar. Había puesto todo su empeño en sacar adelante Images, la galería de arte que vendía a los ciudadanos más ricos de Charleston y a los turistas que visitaban el centro histórico de la ciudad. Para ella no había sido una afición, y se sentía enorgullecida por su éxito. Y también sentía cierta perversa satisfacción al pensar en que su madre se desesperaba por el hecho de que su hija fuera una vendedora, como decía ella. Juliette Forsythe debía de vivir en el siglo pasado.
En cuanto a sus empleadas, Maggie no sabía de dónde habría sacado Cord la idea de que eran eficientes. Tendría suerte si no llevaban la galería a la ruina. Aunque hasta aquel momento en el que Cord la había picado, no le había preocupado demasiado.
Sin embargo, si Cord se había percatado de que cada vez estaba más indignada, no lo dejaba entrever.
—Maggie es una mujer lista —continuó él, dirigiéndose a Warren y a Dinah—. Evidentemente, esto ha sido una experiencia dura para ella. Creo que deberíamos permitir que decida por sí misma cómo quiere pasar sus días. Puede volver a trabajar a su negocio, si es eso lo que quiere hacer. Puede venir con nosotros y ayudarnos con nuestro proyecto, que servirá para mejorar la vida de una persona. O también puede quedarse aquí sentada compadeciéndose de sí misma. Ella es quien debe decidirlo. Creo que cuando nos marchemos y tenga tiempo para pensar, tomará la decisión correcta.
Maggie vio al instante la trampa. Si hacía lo que quería hacer, que era quedarse allí comiendo helado y regodeándose en su tristeza, se preocuparían, pero la dejarían en paz y no pensarían mal de ella porque la querían. Pero en el fondo, ella se vería como una idiota demasiado indulgente consigo misma. Así era como se estaba comportando.
—Está bien, está bien. Contadme qué es ese estúpido proyecto —dijo refunfuñando.
Cord reprimió una sonrisa.
—Vamos a construir una casa para una persona que la necesita. La idea ha partido de la congregación de la parroquia. Un benefactor ha donado el terreno, y el predicador me pidió que reuniera una cuadrilla de obreros. Trabajaremos durante los fines de semana, que es cuando la gente está disponible. Dinah y su madre se encargarán de recaudar el dinero para los materiales que no consigamos por donación.
—¿Y qué queréis que haga yo? —preguntó Maggie desconfiadamente.
—Lo que te digan —respondió Dinah con un brillo de diversión en la mirada—. Lo mismo que yo. Será un cambio refrescante para nosotros. Al menos, eso es lo que dice Cord. Tendremos que dar martillazos y pintar paredes, como todos los demás.
Maggie miró a Warren.
—¿Y tú? —le preguntó.
—Como tú quieras —respondió él—. He dicho que ayudaría, pero me mantendré al margen si eso es lo que quieres, Maggie. No quiero que te sientas incómoda.
—Haz lo que quieras —le dijo ella, con toda la indiferencia que fue capaz de reunir.
—Entonces, ¿ayudarás? —le preguntó Dinah.
—Ayudaré —dijo Maggie—. Si no lo hago, ¿quién sabe qué casa construiríais? Todo el mundo sabe que yo soy la que tiene buen gusto del grupo.
—Vamos a construir una casa con tres habitaciones y con las instalaciones básicas para una madre soltera con tres niños —le advirtió Cord—. No una mansión. No podemos olvidar eso.
—Vais a construir una casa —replicó Maggie—. Yo la convertiré en un hogar.
Pero, justo cuando terminó de pronunciar aquellas palabras, Maggie detectó un brillo de satisfacción en los ojos de Dinah, y se preguntó si no estaba cometiendo el segundo error que había cometido aquel día.
El primero había sido abrirles la puerta a aquellos tres.
El bendito ventilador del techo estaba haciendo tanto ruido que Josh ni siquiera podía pensar. Por lo general, aquello habría sido estupendo, pero en aquel momento estaba sentado al borde de la cama de su habitación de motel, frente a su jefe y a la despampanante mujer de su jefe, que valientemente, intentaba fingir que aquel lugar de mala muerte era un palacio. Todos sabían que no lo era.
Josh se pasó una mano por el pelo e intentó no quedarse mirando fijamente las largas y elegantes piernas de Dinah Davis. Dinah Davis Beaufort, se recordó con severidad. Tenía el presentimiento de que si su mirada se detenía un segundo más de lo normal, Cord le daría un puñetazo y olvidaría lo que fuera que los había llevado, a él y a su mujer, a visitarlo a tan temprana hora del sábado por la mañana.
Lo cual no estaría mal, pensó Josh. No le gustaba la forma en que a ambos les brillaban los ojos.
—¿Por qué habéis venido, exactamente? —les preguntó.
—Necesito que me hagas un favor —respondió Cord.
—Un gran favor —matizó Dinah.
Josh los miró desconfiadamente.
—No voy a salir con ninguna de tus amigas —anunció Josh, mirando a Dinah. Aquello era lo que siempre querían de él las mujeres. Suponían que, como estaba soltero, estaba solo. Y no era así; de hecho, tenía mucha experiencia con las mujeres.
—Claro que no —dijo Dinah dulcemente—. A mí nunca se me ocurriría abusar de ti de esa manera, Josh. No te conozco lo suficientemente bien como para saber cuál es tu gusto en cuanto a las mujeres.
Aunque él sólo había visto a Dinah unas cuantas veces, sabía con certeza que ella sólo usaba aquel tono meloso cuando mentía. Su madre era igual. Josh también había visto a Dorothy Davis unas cuantas veces mientras trabajaba en la reforma que Beaufort Construction estaba llevando a cabo en Covington Plantation, su adorado proyecto de conservación. Ella siempre usaba un tono de voz tan acaramelado que podría causarle a un hombre un coma diabético antes de entrar a matar. Ver el trabajo que Dinah había hecho con Cord le había dado a Josh todas las lecciones que necesitaba para tratar con las mujeres Davis.
—Entonces, ¿qué?
—En realidad, va a ser un desafío, algo muy gratificante —dijo Cord con optimismo—. Vamos a construir una casa para una familia, y necesito que supervises el proyecto. Tú cobrarás tu nómina, pero todos los demás serán voluntarios.
—Tú no construyes casas —dijo Josh, intentando entender lo que le estaba diciendo su jefe—. Tú haces reformas de edificios históricos. Como yo.
Cord sonrió.
—Yo diría que los dos tenemos la suficiente habilidad como para construir una casa de los cimientos al tejado si nos lo proponemos. Además, esto será algo excepcional. No te estoy pidiendo que supervises la promoción de una urbanización entera.
Josh estaba confuso.
—Pero... no lo entiendo. ¿Por qué yo? Y a propósito, ¿cómo os habéis visto involucrados en esto?
Cord le lanzó una mirada a su mujer, lo cual respondía una de las preguntas. Después miró a Josh.
—Quiero que lo supervises tú porque la reforma de Atlanta está acabada, y no hay nada que hacer hasta que cerremos ese nuevo contrato. La reforma de Covington también está casi terminada. Tengo que acabar completamente si quiero que mi suegra esté contenta. Tiene previsto celebrar un gran evento dentro de un mes para enseñar la plantación, y si no está todo perfecto, me cortará el cuello. Tú tienes tiempo para supervisar este proyecto. Yo no.
—Yo me dedico a la reforma de edificios históricos —repitió Josh—. No construyo casitas monas con principiantes.
—Sí lo haces, si es lo que yo necesito que hagas —le recordó suavemente Cord, y después intentó persuadirlo—. Vamos, amigo, sólo serán unos meses de tu vida, y es por una buena causa. ¿Qué tiene de malo?
Josh se estremeció. Él sabía más que la mayoría de la gente de buenas causas. Durante buena parte de su vida había estado recibiendo la caridad de los demás, y no le había gustado. Le recordaba siempre que su familia no era normal, que su padre había desaparecido cuando él era un bebé y que su madre había intentado llenar aquel vacío con un bicho raro tras otro. Habían ido siempre de motel barato en motel barato en más ciudades de las que él podía recordar, intentando escapar del peor de aquellos tipos. Ésa era la razón por la que él elegía habitaciones como aquélla. Le recordaban a sus supuestos hogares. Y aquel tipo de historia no lo cualificaba precisamente para construir la casa de los sueños de nadie.
—¿De qué se trata exactamente?
—Se trata de construirle una casa a una viuda madre de tres niños pequeños —le explicó Cord—. Es un proyecto que ha puesto en marcha una parroquia de Charleston. El marido de la mujer murió en un accidente de tráfico y dejó a su familia sin nada, sólo con una montaña de deudas. Tuvieron que vender su casa y mudarse a un apartamento diminuto. Estaban a punto de ser desahuciados cuando intervino la iglesia y se hizo cargo de la renta. Sin embargo, necesitan un lugar más grande, un hogar que les pertenezca de verdad. Esta casa les dará un nuevo comienzo en la vida —le dijo a Josh, y le lanzó una mirada significativa—. Estoy seguro de que puedes identificarte con eso.
Josh se maldijo por haberle contado en una ocasión la historia de su espantosa infancia. Debería haber sabido que tendría consecuencias.
Antes de que Josh pudiera detenerla, Dinah sacó una fotografía de una mujer guapa pero con aspecto de estar agotada y de sus tres niños de mirada solemne. Desgraciadamente, tal y como le había dicho Cord, Josh podía identificarse con ellos. Su madre, Nadine, había tenido aquel aspecto muy a menudo. Notó que se le encogía el corazón. Ya no podía negarse a ayudar.
—Supongo que ellos participarán —dijo.
—Es parte del trato —respondió Cord—. Tienen que ayudar todos, incluida la más pequeña.
—No voy a hacer de niñera para un puñado de niños —declaró Josh—. Una obra es un lugar demasiado peligroso para ellos.
—No tendrás que preocuparte por eso —le aseguró Dinah—. Yo me ocuparé de que estén ocupados y fuera de peligro.
—¿Y la madre?
—Hará todo lo que tú necesites, como los demás —le dijo Dinah—. Y ya tenemos muchos más voluntarios. Además, contrataremos a profesionales para la fontanería y la instalación eléctrica —le prometió Cord.
Josh suspiró.
—Estupendo. Es posible que la casa se caiga, pero los baños y las luces funcionarán.
—Es cosa tuya evitar que la casa se caiga —le reprochó Cord—. Entonces, ¿trato hecho?
—¿Acaso me queda otro remedio?
—Siempre podrías ir a buscar otro proyecto de reforma para llenar el tiempo hasta que cerremos el trato de Atlanta —le sugirió Cord.
Sin embargo, Josh sabía que no podría hacerlo. Le debía mucho a Cord. Él le había contratado como capataz de sus obras cuando muchos otros constructores le habrían dado la espalda a un hombre como él, que durante toda su vida había vagado de un sitio a otro. Cord había confiado en que se quedaría y terminaría el trabajo.
Josh lo había hecho, y aquél sería un momento perfecto para marcharse de nuevo, como siempre hacía. Sin embargo, quizá también fuera el momento perfecto para intentar echar raíces en algún sitio en vez de seguir viviendo en aquel aislamiento solitario que se había convertido en un hábito desde siempre. La gente que siempre estaba huyendo no tenía amigos de verdad. Quizá aquélla fuera la razón por la que Nadine siempre se había aferrado tan desesperadamente a cualquiera que le mostrara la más mínima bondad.
Josh miró a Dinah con dureza, porque sospechaba que era ella la que no estaba siendo completamente sincera en cuanto a sus motivaciones.
—Se trata sólo de la casa, ¿verdad?
Ella le dedicó una sonrisa resplandeciente.
—Por supuesto. ¿De qué otra cosa iba a tratarse?
En la humilde opinión de Josh, Dinah había respondido con demasiado entusiasmo.
—Dímelo tú. No tendrás ninguna idea brillante sobre esa madre viuda y yo, ¿verdad?
—Pues claro que no —respondió Dinah—. Aún no conozco a Amanda. Así es como se llama. Amanda O’Leary. Queríamos tenerlo todo atado antes de contarle lo que estaba sucediendo. No queríamos que se hiciera ilusiones y que después se llevara una decepción si las cosas no salían bien. Estoy segura de que aún está sufriendo por la pérdida de su marido, así que dudo mucho que esté buscando una nueva relación.
Josh miró fijamente a Dinah, pero ella ni siquiera parpadeó. Entonces, miró a Cord.
—¿Está diciendo la verdad?
—Dinah es periodista —respondió Cord—. Siempre dice la verdad.
—Eso ya lo veremos —dijo Josh, sin perder su escepticismo.
—¿Eso es un sí? —le preguntó Dinah.
—Claro —dijo él, sin entusiasmo—. Como ha dicho Cord, tengo tiempo. No está de más que haga algo productivo.
—Eres un ángel —declaró Dinah.
Josh se rió.
—En absoluto, cariño. Ni de lejos.
Una vez que había llegado a Charleston, Maggie sabía que no le quedaba más remedio que ir a ver a su madre. Si Juliette Forsythe se enteraba por otra persona de que su hija había vuelto, Maggie estaría oyéndola quejarse hasta el fin del mundo. Aquello sería un añadido más a su ya larga lista de pecados.
Maggie se dirigió hacia la mansión Forsythe, la elegante casa frente al puerto de Charleston. Había planeado la visita cuidadosamente. Juliette iba a la peluquería todos los jueves a las diez y media de la mañana. Maggie sabía que, si llegaba a las nueve y media, sólo tendría que soportar un interrogatorio de veinte minutos antes de que su madre tuviera que irse.
—Ya era hora de que vinieras —declaró Juliette en cuanto Maggie entró en la sala de estar del piso superior, donde su madre estaba desayunando, ya perfectamente arreglada con un elegante traje de punto.
Juliette tenía cincuenta y siete años, pero parecía diez años más joven, debido a que se cuidaba mucho y controlaba su dieta.
En aquel momento, Juliette estaba observando con una expresión de desaprobación a Maggie, que llevaba un sencillo vestido rojo y unas sandalias. Suspiró y le dijo a su hija:
—Creía que te habías desvanecido.
—Es evidente que no estabas demasiado preocupada, o habrías enviado una partida a buscarme —replicó Maggie, mientras le daba un beso obediente a su madre en la mejilla—. ¿Cómo estás? Tienes muy buen aspecto.
—Estoy humillada, así es como estoy —declaró Juliette—. Apenas puedo mantener la cabeza alta como resultado de la debacle de tu boda.
—Pues deberías estar en mi piel —replicó Maggie, aunque estaba claro que aquella ironía no impresionaba a su madre. Juliette siempre pensaba en sí misma, en cómo le afectaban los eventos a ella. Antes de llegar a la adolescencia, Maggie ya había dejado de buscar en ella a una amiga comprensiva.
—Aún no me has dicho por qué no habías venido a verme.
—He estado fuera —respondió Maggie.
—¿Fuera? ¿Dónde? —le preguntó Juliette—. No me habías dicho nada de que te fueras de viaje.
—Alquilé una casa en Sullivan’s Island. He estado allí un mes.
—Cielo santo, ¿por qué has hecho semejante cosa? ¿Qué habría sucedido si tu padre o yo te hubiéramos necesitado por una emergencia? ¿Es que nunca piensas en nadie aparte de en ti misma, Magnolia?
—Si me hubieras necesitado, yo me habría enterado —dijo ella—. Escuché los mensajes de mi contestador todos los días. Ya que no había ninguno vuestro, es evidente que no ha habido ninguna emergencia, así que no hagas una montaña de un grano de arena, mamá.
Juliette la miró con una expresión de consternación muy familiar.
—Algunas veces no sé qué hacer contigo.
Maggie reprimió una sonrisa.
—Eso sí que es nuevo.
Su madre frunció el ceño.
—¿Qué has dicho?
—Nada importante —respondió Maggie—. Ahora tengo que marcharme. Sé que tú también, porque tienes cita en la peluquería. Yo tengo que pasarme por la galería para ver qué tal van las cosas. Sólo quería que supieras que ya he vuelto.
Su madre miró el reloj, sin saber qué hacer.
—Es cierto que debo irme, pero tú y yo tenemos que hablar, Magnolia.
—¿De qué?
—Del fiasco con Warren.
—El fiasco con Warren ya ha terminado. No quiero hablar de eso.
—Pero estoy segura de que podrías arreglar la situación si te lo propusieras. Él es un hombre razonable, y te perdonará por lo que le hayas hecho.
—¿Que él me perdonará a mí? —le preguntó Maggie sin dar crédito—. ¿Estás de broma, mamá? Yo no he hecho nada. Él es el que canceló la boda. Si alguien tiene que humillarse aquí es Warren.
—Ya estamos otra vez —le dijo su madre en tono acusatorio—. Es ésa cabezonería tuya. Siempre ha sido tu mayor defecto, Magnolia. Si no te reconcilias con Warren, ¿qué vas a hacer?
—Sobreviviré, mamá. De hecho, ya estoy involucrada en un proyecto muy interesante que me tendrá ocupada durante todo el verano. Ya te lo contaré la próxima vez que te vea. Y ahora, las dos tenemos que irnos —dijo, y se inclinó para besar de nuevo a su madre en la mejilla—. Te quiero.
Maggie salió por la puerta y bajó las escaleras a toda velocidad. Cumplido el deber de visitar a su madre, la vida era más bonita.
El buen humor de Maggie duró sólo hasta que entró por la puerta de Images y echó un vistazo a las exposiciones que se habían organizado en su ausencia. Eran caóticas. Por supuesto, nadie más que ella tenía la culpa. Ella era la que se había marchado y les había dejado tomar todas las decisiones a sus empleadas. No podía esperar que una muchacha de veintiún años que vestía de negro de pies a cabeza y tenía mechones de color fucsia en el pelo y una alumna que no había completado los estudios en la escuela de arte local organizaran la galería con la misma mano maestra que la misma Maggie. Probablemente, tenía suerte de que las muchachas se hubieran molestado en desembalar los nuevos envíos y en haberles puesto precio.
—¡Has vuelto! —exclamó Victoria, después de levantar la cabeza del libro que estaba leyendo. A juzgar por la portada, debía de ser algo oscuro y deprimente, adecuado para una mujer que siempre vestía de negro.
—Pues sí —dijo Maggie—. Veo que llegaron los nuevos encargos.
—La semana pasada —le dijo Victoria—. Yo no quería tocarlos, pero Ellie dijo que deberíamos hacerlo. Parecía que la galería se estaba quedando vacía, como si fuéramos a cerrarla o algo así.
—Ellie tenía mucha razón —dijo Maggie—. Bueno, cuéntame qué tal ha ido el negocio mientras he estado fuera.
—En realidad, tendrás que preguntarle a Ellie. Yo tengo una cita a las once, así que ella va a venir temprano. Pero como tú ya estás aquí, me iré ya para no llegar tarde.
Maggie siempre les había dado a sus empleadas mucha flexibilidad con el horario, pero normalmente esperaba que trabajaran más de una hora antes de irse.
—¿Y cuándo volverás?
Victoria se encogió de hombros.
—No lo sé. Depende de cuánto tiempo tenga Drake.
—¿Drake?
—Mi novio —le explicó Victoria con impaciencia, como si Maggie ya debiera saberlo.
—Eh... creía que tu novio se llamaba Lyle.
—Lo dejamos hace tres semanas, así que ahora salgo con Drake.
—¿En mitad de la jornada laboral? —le preguntó Maggie, intentando comunicarle con sutileza que había algo inapropiado en aquella forma de actuar. Sin embargo, el mensaje no caló en Victoria.
—Es cuando él tiene tiempo libre —dijo la muchacha razonablemente—. Después tiene que ir a casa con su mujer.
Maggie se quedó mirando a Victoria mientras salía por la puerta para acudir a su cita con su novio casado. Y Juliette pensando que su hija hacía malas elecciones. Su madre debería pasar una hora charlando con Victoria. Entonces, comenzaría a considerar a Maggie como alguien completamente tradicional.
Unos minutos después Maggie estaba tomando una taza de café que acababa de hacer cuando Ellie entró por la puerta. En comparación con Victoria, tenía un aspecto completamente profesional con unos pantalones de pinzas marrones y una blusa blanca. Tenía el pelo corto, con un peinado algo descuidado, pero de un color rubio dorado perfectamente normal.
—¿Dónde está Victoria? —le preguntó, sorprendida de encontrar a Maggie tras el mostrador—. No la has despedido, ¿verdad?
—No, aunque se me ha pasado por la cabeza. Se ha ido a ver a Drake.
Ellie suspiró.
—¿Te lo puedes creer? Está saliendo con un hombre casado. Y él debe de tener alguna crisis de mediana edad, o algo así. ¿Por qué iba a salir con alguien tan frívolo como Victoria si no? Es viejo. Debe de tener por lo menos treinta y cinco años.
La misma Maggie tenía problemas con los hombres de aquella edad. Warren tenía treinta y cinco.
—Quizá debieras sentarte y contarme qué ha estado sucediendo. ¿Ha ido bien el negocio?
Ellie se quedó desconcertada por la pregunta.
—Supongo que sí —dijo por fin—. Los recibos de los ingresos están en tu escritorio.
Maggie suspiró también. Debería haber sabido que no podía esperar ningún tipo de supervisión de la faceta financiera de la galería por parte de Ellie o Victoria. Tenía suerte de que se las hubieran arreglado para evitar que el lugar ardiera durante su ausencia.
Irónicamente, los clientes las adoraban. Las dos jóvenes, con sus extravagancias, se adaptaban al estereotipo artístico que la gente esperaba cuando entraba a una galería. Su propia contribución, pensó Maggie, era la clase, necesaria para asegurarles a los clientes que las obras y las antigüedades que se exponían eran auténticas y que valían todo lo que se marcaba en las etiquetas de los precios exorbitantes.
—Gracias por cuidar de las cosas —dijo Maggie, con sinceridad—. Te agradezco de verdad cómo has arrimado el hombro.
—De nada. No tienes que agradecérmelo. Ya me conoces, siempre me vienen bien los ingresos extra —dijo Ellie, y su expresión se animó—. Pero he vendido dos de mis cuadros mientras estabas fuera.
A Maggie se le dibujó una enorme sonrisa en los labios. Todo lo que le faltaba a Ellie en habilidad para los negocios, le sobraba en talento para el arte.
—¡Enhorabuena! Te dije que era cuestión de tiempo. Creo que deberíamos hablar de organizar una exposición uno de estos días. Ya estás preparada, ¿no crees?
Ellie vaciló.
—Quizá deberías venir al estudio y echar un vistazo antes de decidirte —le sugirió con preocupación a Maggie—. Quizá los cuadros no sean lo suficientemente buenos todavía. No quiero avergonzarte.
—Tú nunca podrías avergonzarme. Eres la artista con más talento a la que he descubierto hasta el momento —le aseguró Maggie con total franqueza—. Estoy impaciente por hacer una exposición de lanzamiento de tu trabajo. ¿Qué te parecería que fuera un día a tu estudio, después de cerrar la galería, a ver lo que tienes? Entonces podremos decidir. Me encantaría programar algo para este otoño.
—¿De verdad? —preguntó Ellie, con los ojos brillantes.
—Cariño, vas a estar exponiendo en el Museo de Arte Moderno de Nueva York antes de que te des cuenta, y yo estaré alardeando de que te conocí antes de que fueras famosa.
—No bromees con eso —dijo Ellie, ruborizada.
—¿Y quién está bromeando? ¿No te das cuenta de lo buena que eres? —le aseguró Maggie. Sin embargo, por la expresión de duda y preocupación de la chica, se dio cuenta de que no—. No te preocupes. Ya lo verás. Te lo prometo.
De hecho, ver despegar la carrera de Ellie tal y como Maggie había visto despegar a otros de sus descubrimientos era la razón principal por la que se dedicaba a aquel negocio. Era reconfortante saber que, en un área de su vida, su juicio era impecable.
Había al menos cuarenta personas en la sala de reuniones de la iglesia cuando Josh llegó, el sábado por la mañana. Divisó a Cord en una esquina de la sala, inmerso en lo que parecía una conversación muy seria con otro hombre al que no conocía. Josh estaba a punto de darse la vuelta cuando Cord lo vio y le hizo una seña para que se acercara.
—Hola, Josh —le dijo, y se volvió hacia el otro hombre—. Mira, voy a presentarte a Caleb Webb. Es el predicador de la iglesia, y la persona que ha puesto en marcha todo el proyecto.
Sorprendido, Josh miró al hombre que le tendía la mano. Llevaba unos pantalones vaqueros y un polo. No parecía un predicador. Para empezar, por su físico parecía que se había dedicado a la construcción toda su vida. Y para continuar, era joven. No tenía aspecto de ser mayor que Josh, que tenía treinta y cuatro años.
—Siento interrumpir —dijo Josh—. Sólo quería que supieras que ya he llegado, Cord.
—No te preocupes —le dijo Cord—. Caleb me estaba poniendo al tanto de un par de problemas que han surgido.
Josh debería haber supuesto que aquel proyecto no sería tan fácil como Cord le había prometido.
—¿Qué tipo de problemas?
—No te preocupes —le dijo Caleb—. Es sólo que tengo una pequeña rebelión en las filas de mis feligreses. Algunos no aprueban lo que estamos haciendo. Se ha puesto un poco feo, pero yo lo solucionaré.
—¿En qué sentido se ha puesto feo? —preguntó Josh.
—Hay unos cuantos que piensan que deberían despedirme por haber hecho esto por Amanda O’Leary. Y se hacen oír.
—¿Por qué?
—Supongo que Cord te habrá explicado la situación de Amanda —le dijo Caleb.
Josh asintió.
—Sé que su marido murió hace un tiempo.
—Es más que eso —explicó Caleb—. Él había incurrido en deudas muy grandes, y ella se vio forzada a declararse en la ruina. Ha estado trabajando incansablemente para intentar pagar todas las deudas. Estaba a punto de ser desahuciada de su apartamento cuando la iglesia intervino. Al principio sólo nos hacíamos cargo de la renta, pero después alguien tuvo la idea de construirle una casa. La mayor parte de la congregación se ofreció a ayudar, pero unos cuantos piensan que hemos elegido mal a la persona a la que hay que ayudar.
—¿Por qué? —preguntó Josh.
—Porque Amanda es hija de William Maxwell, uno de los hombres más ricos de Charleston. Algunos piensan que es Big Max el que debería ayudar a su hija, no la iglesia.
—¿Y por qué motivo ese hombre no ayuda a su hija? Supongo que habrá alguna razón.
—La relación entre ellos es muy mala —le explicó Caleb—. Big Max desheredó a su hija cuando ella se casó. No aceptó a Bobby O’Leary, e intentó que Amanda lo dejara. Sin embargo, ella no cedió a sus presiones, así que él no ha querido tener nada que ver con ella durante diez años. Ni siquiera conoce a sus nietos. Yo creo que ahora lamenta todo esto, pero es demasiado obstinado como para querer arreglarlo, y Amanda está demasiado herida y es demasiado orgullosa como para pedirle ayuda ahora que tiene problemas por los errores de Bobby.
Josh comenzó a entenderlo.
—Pero algunos feligreses piensan que debería tragarse su orgullo y pedirle ayuda a su padre, en vez de quitarle esta oportunidad a otra familia que no tenga recursos.
—Exactamente —dijo Caleb.
—Supongo que entiendo esa postura, pero es evidente que ella no cree que pueda acudir a su padre, ni que quiera hacerlo, después del modo en que él la ha tratado —dijo Josh—. No puedo decir que la culpe por ello.
Él se identificaba con aquella mujer. Incluso aunque descubriera al día siguiente que su padre nadaba en millones de dólares, Josh preferiría pudrirse en el infierno antes que pedirle ayuda.
