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Annie había regresado a Serenity con la alegría de volver a casa y la amargura de tener que hacerlo sin Tyler, su amigo de toda la vida y el hombre que le había robado el corazón. Después de que la traicionara, Annie había perdido para siempre la oportunidad de formar la familia con la que tanto había soñado. La estrella del béisbol, Tyler Townsend, por su parte, tampoco había logrado superar su ruptura con Annie. Aunque él había sido el culpable de la separación, no quería dejar de soñar con tenerlo todo de nuevo; a su hijo, a Annie y el futuro con el que los dos habían soñado. Pero sabía que no le iba a resultar nada fácil conseguir que ella lo perdonara. A pesar de todo, era el partido más importante de su vida y estaba decidido a ganarlo.Sherryl Woods pone en sus personajes profundidad, intensidad y la dosis correcta de humor.RT Book ReviewsUna nueva serie televisiva, basada en las novelas de la saga Sweet Magnolias de Sherryl Woods, se emitirá en Netflix.
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Seitenzahl: 383
Veröffentlichungsjahr: 2011
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A. Núñez de Balboa, 56 28001 Madrid
© 2010 Sherryl Woods. Todos los derechos reservados. LA DECISIÓN DE ANNIE, Nº 271 - abril 2011 Título original: Home in Carolina Publicada originalmente por Mira Books, Ontario, Canadá.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV. Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia. ® Harlequin, logotipo Harlequin y Mira son marcas registradas por Harlequin Books S.A. ® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-9000-274-2 Editor responsable: Luis Pugni
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Annie Sullivan abrió el periódico local por la página de deportes mientras se terminaba el desayuno en el restaurante de su madre. Aunque hacía mucho que no estaba con Tyler Townsend, jugador de béisbol profesional al que conocía de siempre, no había conseguido quitarse la costumbre de leer los deportes cada mañana. Tenía la esperanza de llegar a leer algún día su nombre en un titular y no sentir nada. Pero aún no le había ocurrido.
Era el mes de abril y la temporada de béisbol acababa de empezar. Imaginó que iba a tener que leer algo sobre él, pero se quedó boquiabierta al ver lo que decía el titular principal de esa página: Tyler Townsend, lanzador de los Star Braves, de baja por lesión.
El artículo explicaba que, después de sólo tres partidos, la estrella del equipo, originario del pueblo de Serenity, había pasado por el quirófano y no podría jugar durante un tiempo indefinido. El periodista llegaba incluso a comentar la posibilidad de que la lesión que se había hecho en el hombro supusiera el fin de su carrera. Estaba tratando de recuperarse con fisioterapia. Según decía el periódico, iba a pasar varios meses en su pueblo para tratar de recuperarse.
Se aferró al periódico angustiada y tuvo que concentrarse en su respiración para tratar de calmarse. Se puso entonces de pie y fue hacia la cocina del restaurante mientras llamaba a su madre. El ayudante de su madre, Erik Whitney, se cruzó con ella y la miró con preocupación.
—¿Qué pasa, Annie? ¿Adónde vas con tanta prisa? —le preguntó.
—Tengo que hablar con mi madre —repuso ella intentando zafarse de él.
—Está en su despacho. Pero, ¿ha ocurrido algo, Annie? Estás pálida, como si hubieras visto un fantasma.
De adolescente, se había desahogado en más de una ocasión hablando con Erik, pero lo que acababa de descubrir la había dejado sin palabras. Se limitó a enseñarle el periódico que aún asía en su mano.
Erik lo miró con el ceño fruncido y maldijo entre dientes.
—Ya sabía yo que esto iba a pasar…
Se quedó mirándolo estupefacta.
—¿Lo sabías? —le preguntó sintiéndose traicionada—. ¿Sabías que Tyler estaba aquí?
Erik asintió con la cabeza.
—Lo supe anteayer.
—¿Mi madre también lo sabe?
Erik asintió de nuevo.
Fue ella entonces la que soltó un improperio. Dándose media vuelta, regresó a su mesa y recogió su bolso. No entendía por qué le habían ocultado una noticia tan importante. Se sentía especialmente traicionada por su madre, que sabía mejor que nadie el daño que los secretos y las mentiras podían llegar a hacer.
Erik se acercó a ella.
—Vamos, Annie. Cálmate y no te enfades con tu madre. Ve a su despacho y habla con ella, por favor —le pidió—. Sólo intentaba protegerte, nada más.
Annie, que ya había llegado a la puerta del restaurante, se giró al oírlo.
—Pues no me ha protegido, me siento engañada —replicó enfadada—. ¡A Tyler lo operaron hace dos semanas, Erik!
—Estoy seguro de que Dana Sue pensó que tendría ocasión de contártelo antes de que lo leyeras en el periódico.
—Lo del periódico es lo que menos me importa. Estamos hablando de Serenity y de la época de Internet y los teléfonos móviles —le dijo ella—. Los rumores y las noticias se extienden a una velocidad de vértigo, sobre todo si estamos hablando de alguien tan conocido en el pueblo como Tyler. ¡Hasta tú lo sabías y eso que no sueles cotillear tanto como otra gente! Todos lo sabíais…
—Helen suele enterarse de todo, es mi esposa. Y, trabajando además como trabajo para tu madre… Ya sabes que a las Dulces Magnolias no se les pasa nada. Todas se dieron cuenta de lo que pasaba en cuanto Maddie se enteró de que Tyler tendría que operarse.
—¿Y por qué a nadie se le ocurrió que tengo derecho a saberlo? Se quedó callada de repente al darse cuenta de algo.
—Por eso se fue del pueblo Maddie hace un par de semanas, ¿verdad? Para estar con Tyler durante su operación, ¿no es así?
Erik asintió con la cabeza.
—No se trata de que merezcas o no saberlo —repuso él—. Todos sabemos que no reaccionas bien cuando se trata de algún tema relacionado con Tyler y creo que nadie sabía muy bien cómo decírtelo.
Se dio cuenta de que tenía razón. Entendía el dilema por el que habían tenido que pasar. Tyler y ella habían empezado a salir juntos durante el último curso en el instituto. Habían pasado juntos tres años. Sus madres, tanto Dana Sue como Maddie, eran muy buenas amigas, igual que lo habían sido Tyler y ella desde muy pequeños. Habían estado unidos a distintos niveles toda su vida.
Pero todo se echó a perder. Sabía que había sido inevitable que acabaran rompiendo. Tanto como el hecho de que dos amigos como ellos acabaran enamorándose. Después de todo, los deportistas profesionales como Tyler tenían a un montón de bellas mujeres siguiéndolos por todas partes. Y ella no había sido entonces más que una chica de pueblo que aún intentaba superar un desorden alimenticio. No había podido competir con modelos o actrices.
Pospusieron el momento de la ruptura durante todo un año. Ninguno de los dos había querido destrozar los sueños de sus padres, que ya los imaginaban casados y felices para siempre.
Las señales habían sido claras para los dos. Pero, durante meses, se habían negado a admitir que su relación no tenía futuro. En los momentos de mayor tensión, habían calculado sus visitas a Serenity para no estar los dos en la pequeña ciudad durante los mismos fines de semana. Y, en las pocas ocasiones en las que habían tenido que verse en reuniones familiares, se habían tratado con educación y cierta indiferencia, tratando siempre de que nadie se diera cuenta de los problemas que tenían. Sabían que, si fracasaban en su intento de romper de manera civilizada, podrían poner en peligro la entrañable amistad que había unido a sus madres durante años y ninguno de los dos había querido que sufrieran.
Y se habían mantenido así hasta que estalló la bomba y la infidelidad de Tyler se hizo pública de la peor manera posible. Después de aquello, no pudieron seguir con la farsa y todo el mundo tuvo muy claro que la suya no había sido una ruptura amigable, todo lo contrario.
Por suerte, ni la madre de Tyler ni la suya les habían hecho demasiadas preguntas. Tenía que reconocer que las dos mujeres habían demostrado mucha sensibilidad. Imaginó que Dana Sue y Maddie habían acordado desde el principio no meterse en la vida de sus hijos pasara lo que pasara entre ellos. Y era algo digno de mención porque las Dulces Magnolias, que así se hacían llamar Helen, Maddie y Dana Sue desde que se hicieran amigas en el instituto, eran conocidas por meterse demasiado en las vidas de los demás.
Con ellos dos, sin embargo, habían sido muy respetuosas y evitaban mencionarle a Tyler. Imaginaba que en presencia de él hacían lo mismo. Había agradecido que no trataran de interferir, pero le parecía que habían llevado demasiado lejos su silencio al no decirle que Tyler estaba en Serenity.
Sabía que su intención había sido buena, pero estaba demasiado enfadada para perdonarlas. Aunque ya no estaban juntos, seguía interesándole lo que pudiera pasarle y necesitaba estar preparada cuando cabía la posibilidad de que se lo encontrara cualquier día por la calle. Le molestaba mucho que no la hubieran puesto sobre aviso.
Abrió la puerta del restaurante y Erik, una vez más, trató de detenerla.
—¡Espera! —le pidió—. Vamos, Annie. Si no quieres hablar con tu madre, habla al menos conmigo. Prometo escuchar, puedes quejarte y gritar todo lo que quieras.
Lo miró con tristeza.
—No tengo nada que decir.
Aunque no le gustara la idea y supiera que iba a cambiar su vida totalmente, sabía que Tyler tenía todo el derecho del mundo a regresar a Serenity.
—¿Adónde vas?
Ni ella misma lo sabía. Lo que tenía claro era que no quería ir al balneario urbano donde trabajaba. Era propiedad de las Dulces Magnolias y lo dirigía la propia Maddie. Lo último que quería era tener que hablar con ella en esos momentos. Aunque las dos habían tratado de llevarse bien, las cosas habían estado algo tensas entre ellas desde que rompiera con su hijo. Después de lo acababa de descubrir, le iba a ser aún más difícil hablar con ella.
Era irónico que se dedicara a la Fisioterapia y estuviera especializada en lesiones deportivas. Después de conseguir el título en la universidad y de trabajar durante dos años en una clínica de Charleston, se le ocurrió ofrecer sus servicios en el club.
Aunque era un centro exclusivo para mujeres, estaba segura de que Tyler querría usarlo para su rehabilitación cada noche, cuando estaba cerrado. Imaginó que Cal Maddox, su padrastro, que había sido además su entrenador, se estaría encargando de supervisar su rehabilitación. O quizás estuviera también trabajando con él Elliott Cruz, el otro fisioterapeuta del balneario. Pero imaginaba que, tarde o temprano, alguien iba a pedirle que lo ayudara. Después de todo, las lesiones deportivas eran su especialidad.
Pero no quería ni pensar en ver de nuevo a Tyler. Le bastaba con pensar en ello para que se le revolviera el estómago y le entraran ganas de vomitar. Aunque tenía completamente superada la anorexia que le había afectado unos años antes, le bastaba con pensar en comida en esos momentos para sentir fuertes náuseas. No había desayunado demasiado esa mañana y se encontraba muy revuelta.
Sabía que no podía pensar así ni meterse en ese agujero negro de nuevo. Estaba decidida a que la vuelta de Tyler no la destruyera. Le había costado mucho superar una enfermedad que había estado a punto de matarla. Creía que era una mujer fuerte y que podría superar aquello. Además, seguía pensando que Tyler era un cerdo que no se merecía que sufriera por él. Decidió que esa idea debía convertirse en su nuevo mantra.
—¡Soy una mujer fuerte y Tyler Townsend es un cerdo! —dijo en voz alta para probarlo.
Esperaba que le sirviera para mantener la cordura. Si veía que no era capaz de soportar la presión, siempre le quedaba la opción de tomarse unas vacaciones e ir a algún otro sitio hasta que Tyler se recuperara y volviera a su glamurosa vida en la ciudad.
Algo más tranquila, pensó en ir al trabajo, pero decidió que no estaba aún preparada. Llamó al club y le pidió a Elliott que se encargara de sus pacientes de ese día.
—Voy a tomarme el día libre. Lo necesito —le dijo ella.
—Así que ya sabes lo de Tyler, ¿no? —repuso Elliott con amabilidad—. ¿Puedo ayudarte de alguna manera?
—¿Ha estado yendo al centro cuando está cerrado? —le preguntó.
Le molestaba que todo el mundo supiera tanto de su vida, pero así eran las ciudades pequeñas, donde todos se conocían.
—Sólo un par de veces —admitió Elliott—. He empezado a trabajar con él, pero tú eres la que podrías ayudarlo.
—Eso no va a pasar —repuso ella enfadada.
—Piénsalo un poco, Annie —le pidió su compañero—. Su carrera está en peligro. Además, se trata de Tyler… Que no se te olvide que fue tu amigo, ¿no?
—Fue más que un amigo, pero lo echó todo a perder. ¿Vas a encargarte hoy de mis pacientes o no? —preguntó impaciente.
—Por supuesto —repuso Elliott—. Siento mucho que todo esto te haga sufrir, Annie.
Suspiró al oír sus palabras de consuelo.
—Lo peor es que no sé qué me hace sufrir más, que Tyler esté de vuelta en Serenity o que todo el mundo lo supiera antes que yo y nadie me dijera nada.
—Supongo que estás disgustada por las dos cosas. ¿Por qué no aprovechas el día para hacer algo espontáneo, alguna locura? Hará que te sientas mejor y te distraerás un poco, ya lo verás.
Pensó en lo que acababa de decirle, pero lo veía imposible. Creía que sólo se sentiría mejor si Elliott o algún otro hombre se ofreciera a darle una paliza a Tyler. Sonrió al imaginar la escena y se le ocurrió entonces lo que iba a hacer. Tenía que hablar con la única persona que de verdad estaría dispuesta a hacer algo así por ella.
Diez minutos más tarde, estaba sentada en un taburete en la ferretería de su padre. La tienda estaba en la calle Mayor. Ronnie Sullivan atendía en esos instantes a un cliente. Siempre había sido demasiado protector y le costaba controlar sus impulsos. Creía que podría aprovecharse ese día de lo que siempre le había parecido un defecto de su padre.
En cuanto se quedaron solos, su padre la miró con preocupación.
—No tienes buen aspecto, hija.
—Podrías hacer que me sintiera mejor —repuso ella.
—¿Qué es lo que quieres que haga? ¿Que le dé una paliza a Tyler Townsend? —adivinó Ronnie—. No me parece buena idea.
No le sorprendió que también su padre hubiera estado al corriente del regreso de Tyler.
—¿Por qué no? ¡Se lo merece!
Ronnie se echó a reír antes de contestar.
—Eso no lo dudo. Pero, ¿te imaginas la que se armaría entre Maddie y tu madre? Tendrían que tomar partido por ti o por él. Y a Cal y a mí nos pasaría lo mismo. Helen y Erik también se verían involucrados y, antes de que nos diéramos cuenta, todo Serenity estaría opinando al respecto. Ya imagino a todos los vecinos con chapas de distintos colores en la solapa, anunciando de parte de quién están. Lo siento, cariño, no puedo hacerlo. Mi negocio se vería afectado y sé que a ti te consumiría enseguida la culpa al ver que habías sido la causante de todo.
Aunque seguía enfadada, no pudo evitar que las palabras de su padre la hicieran reír. Sabía que era cierto, todo Serenity tomaría partido por uno u otro. Los problemas que tenía con Tyler se convertirían en una disputa familiar que se extendería al resto de los vecinos.
Y, aunque le pesara, tenía un corazón bastante blando y sabía que acabaría sintiéndose culpable por ello.
—Bueno, supongo que tendré que enfrentarme yo sola a esto —murmuró de mala gana.
Su padre acercó un taburete y se sentó a su lado. La miró con el ceño fruncido.
—¿Puedo hacer algo para ayudarte?
—Me encantaría que me explicaras por qué los hombres sois tan tontos.
No era una pregunta retórica, de verdad quería saberlo.
—Creo que gran parte de la culpa reside en nuestras hormonas —repuso Ronnie—. Tampoco tenemos demasiado sentido común. Mírame a mí. Yo también compliqué mucho mi relación con tu madre sin motivo aparente. ¿Quieres que hablemos de lo que pasó? Sé que es un tema algo espinoso para ti, pero la verdad es que nunca nos has contado cómo te sentiste cuando la verdad salió a la luz y algunas revistas publicaron noticias sobre la vida sentimental de Tyler.
—Creo que mis sentimientos fueron bastante obvios, no había razón para hablar de ellos —repuso ella.
—A veces viene bien hablar de esos temas.
—No, no creo.
—Cariño, sé que te hizo mucho daño. Si de verdad creyera que te iba a servir de ayuda, no dudaría en darle una paliza. Pero también sé que su amistad fue muy importante para ti durante mucho tiempo. ¿De verdad quieres perder también esa amistad?
—Hace mucho tiempo que perdí su amistad —repuso ella con tristeza.
La pérdida de su amistad había sido más dolorosa aún que el fin de su relación sentimental.
—Tengo que aceptarlo, eso es todo, papá. Todo ha terminado. Y no sólo la relación, también nuestra amistad. Nunca podré volver a confiar en Tyler.
—Tu madre aprendió a confiar de nuevo en mí —le recordó su padre.
—No es lo mismo.
Pero su padre sí que tenía razón en algo. Tyler y Ronnie tenían algo en común. Habían sido infieles a sus parejas. La gran diferencia era que su padre había reconocido su error después de un irresponsable desliz. Tyler no había reconocido nunca su error y había seguido siéndole infiel hasta que lo pillaron. Y tenía un hijo de tres años como prueba de esa infidelidad.
Creía que habría sido capaz de superar la infidelidad con ayuda del tiempo, pero no podía olvidarse de ese niño. Era imposible.
Pensaba que debería haber tenido hijos con ella, no con una cazafortunas con la que se había acostado en un par de ocasiones. Esa mujer había dejado a su hijo a cargo de Tyler cuando éste se negó a casarse con ella.
Conocía todos los detalles. Y no porque Tyler se lo hubiera contado, sino porque había sido noticia en la prensa del corazón durante semanas. Si Tyler estaba en Serenity, también estaría su pequeño. Los pocos habitantes de la ciudad que no se hubieran enterado de su historia, tendrían la ocasión de darse cuenta de lo tonta que había sido al entregar su corazón a una estrella profesional del deporte como Tyler.
Y lo peor de todo, además de la traición, el dolor y la humillación, era que aún lo amaba. Y eso la convertía en una tonta aún mayor.
—Tienes que hablar con Annie —le dijo Maddie a Tyler después de ver una noticia sobre su hijo en el periódico local—. Fue una tontería pensar que podrías estar aquí sin que se enterara.
—¿No crees que Dana Sue ya le habrá puesto al día? —le preguntó él.
Le angustiaba la idea de encontrársela por la ciudad, pero también tenía ganas de verla. Su relación había terminado muy mal y había sido todo por su culpa.
—Además, Annie no quiere hablar conmigo. Ya me lo dejó muy claro hace tres años.
—Cuando nació Trevor —adivinó su madre.
Tyler asintió con la cabeza. Quería a su hijo más que a nada en el mundo, pero sabía que Annie nunca podría perdonarlo, no sólo le había sido infiel, sino que había tenido un hijo con otra mujer. No había manera de explicar ni excusar lo que le había hecho. Sabía que ella nunca le perdonaría una traición tan grande.
Recordó cómo había tratado de explicarle entonces a Annie que no era buena idea tener una relación demasiado seria a su edad, cuando ella aún estaba en la universidad y él viajaba de un sitio a otro con el equipo de béisbol. Esa explicación no le había servido de nada.
—¿Y crees que eso te da derecho a dejar embarazada a otra mujer? —le había preguntado entonces Annie con los ojos llenos de dolor—. ¿Cómo podría llegar a perdonarte algo así?
—No lo sé —le había respondido él—. La verdad es que no lo sé.
Y seguía sin saberlo. Aun así, lo único positivo que había tenido la lesión había sido la posibilidad de volver a Serenity e intentar arreglar las cosas con Annie. Podía haber hecho la rehabilitación en cualquier otro sitio, tenía a su disposición a los mejores fisioterapeutas del mundo, pero había rechazado todo lo que su equipo le había ofrecido. No le costó tomar la decisión de hacer las maletas y llevarse a Trevor de vuelta a su ciudad natal. No sabía por qué era tan importante para él arreglar las cosas con Annie, pero lo era. Había aprendido de la peor manera posible que no merecía la pena arriesgar una amistad a cambio de una efímera aventura.
Había tenido muy claro desde el primer momento que quería volver a Serenity, pero no sabía cómo dar el siguiente paso ni qué hacer al respecto. Pensó que quizá su madre tuviera razón y la mejor manera de iniciar un acercamiento fuera tomando el teléfono y llamando a Annie sin pensárselo dos veces.
—¿Te ha preguntado por mí?
Su madre negó con la cabeza.
—Supongo que no te extrañará…
—No, claro que no —le dijo él.
—Me encantaría que las cosas hubieran terminado de otra manera, Tyler. Vosotros dos...
—Lo nuestro acabó hace mucho tiempo —la interrumpió bruscamente—. Y fue decisión de Annie.
—Si de verdad estás tan convencido de que no tienes nada que hacer con ella, ¿por qué decidiste volver a Serenity?
—Pensé que estaría bien que Trevor pasara algún tiempo con vosotros.
Era parte de la verdad. Sabía que a Trevor le vendría muy bien vivir durante algún tiempo allí. Tenía la mejor niñera que había podido conseguir, pero no podía compararla con su familia.
—¿De verdad? ¿Se te ocurrió que sería buena idea antes o después de que te mencionara que Annie también ha vuelto a vivir aquí? ¿Por qué no nos habías traído antes a Trevor?
—Sólo ha sido una coincidencia, nada más —aseguró él.
—Tyler, al menos sé honesto contigo mismo. Estás aquí por Annie. No sé por qué tienes que negarlo, soy tu madre. ¿Qué vas a hacer para intentar arreglar las cosas con ella?
Miró a su madre a los ojos, parecía algo decepcionada. Era algo con lo que iba a tener que vivir el resto de sus días. Después de que su padre la engañara y él lo odiara por ello, creía que debería haberse comportado de manera más responsable. Pero había sido tan débil como su progenitor.
—No sé qué puedo hacer. No tengo ni idea —confesó.
—Bueno, creo que necesitas un plan. Tarde o temprano, os encontraréis por el pueblo. Nuestras familias tienen mucha relación. Dana Sue y yo somos muy amigas y tenemos un negocio en común. Annie trabaja para mí...
No le estaba diciendo nada que no supiera, pero le venía bien recordarlo.
—Lo siento, mamá. Espero que no tengas problemas con tu amiga por mi culpa. Si lo prefieres, puedo irme de aquí y hacer la rehabilitación en algún otro sitio. Hay muchos centros donde pueden atenderme en Atlanta.
—No, no sabes cuánto me alegra teneros aquí con nosotros. Tus hermanos también están muy felices y encantados de poder pasar más tiempo con Trevor. Dana Sue y yo aprenderemos a aceptar la situación —le dijo su madre con seguridad—. Hace mucho tiempo que somos amigas y siempre hemos sabido que había una posibilidad de que fracasara tu relación con Annie. Por eso hemos tratado siempre de mantenernos al margen.
—¿Y cómo es tu relación con Annie? —preguntó preocupado.
Lamentó no haber pensado con más detenimiento en las consecuencias de sus acciones. Acababa de darse cuenta de que había tenido razones muy egoístas para volver a Serenity.
—Es casi como una hija para ti y trabajáis juntas. No le va a gustar nada saber que estoy viviendo aquí. ¿Y si decide dejar el trabajo para tratar de evitarme?
—Annie es una mujer madura y fuerte —le dijo Maddie con seguridad—. Lo superará.
—Pero, ¿y si...?
No se atrevía siquiera a decirlo. Era su mayor miedo, uno que no había conseguido superar desde que rompiera con ella.
—¿Y si sufre una recaída? ¿Y si vuelve a ser anoréxica?
Maddie lo miró con preocupación.
—No, Tyler. Eso no va a ocurrir.
—¿Qué demonios estaba pensando al venir? Sufrió tanto cuando su padre se fue de casa que ese estrés provocó su desorden alimenticio. Recuerdo que sentía que su vida era un desastre y la comida era lo único que podía controlar. Temo que mi presencia provoque los mismos sentimientos y recaiga por mi culpa. Si eso ocurriera, nunca me lo perdonaría.
—No va a pasar —le aseguró su madre—. Cuando enfermó, era sólo una adolescente. Ahora tiene veintitrés años. Ha pasado mucho tiempo. Sus padres se darían cuenta enseguida. Además, sigue viendo a la doctora McDaniels de vez en cuando y superó bien vuestra ruptura. No creo que tu presencia en Serenity vaya a afectarle tanto.
—No, supongo que no.
Pero seguía preocupado. Sabía que Annie no era tan fuerte como hacía creer a los demás. La conocía mejor que nadie y sabía que era una joven muy vulnerable. Recordó entonces cómo había sido su relación de amistad durante la adolescencia, cuando ella lo había admirado y confiado en él completamente.
Pero la había traicionado. Había cambiado la relación que tenía con ella por unas cuantas aventuras que no habían significado nada. Entonces, sólo había querido probar que era un hombre de éxito. Los jugadores siempre estaban rodeados de bellas mujeres fueran donde fueran y les gustaba salir y relajarse después de cada partido. No había sido difícil encontrar a mujeres dispuestas a acompañarlo noche tras noche.
Por desgracia, había tardado demasiado en darse cuenta de lo vacía que era esa vida. No tenía nada que ver con la relación que había compartido con Annie.
Y la madre de Trevor sólo había sido una más. La había conocido tras un partido en Cincinnati. Al principio, le pareció que era algo tímida. Recordaba sus ojos marrones y su pelo castaño claro. Era más callada que la mayoría de ellas y menos lanzada. Creía que lo que más le había gustado entonces de esa joven era que le recordaba a la vulnerable Annie.
Tras su siguiente partido en Cincinnati, vio de nuevo a Dee-Dee y pasó tres noches con ella. La tercera vez que visitó la ciudad durante esa temporada, la joven le dijo que estaba embarazada. La noticia lo dejó sin palabras. Se dio cuenta en ese instante de que ni siquiera sabía cómo se apellidaba la que iba a ser la madre de su hijo. Tampoco estaba seguro de que fuera suyo.
Quiso entonces que Dee-Dee se hiciera las pruebas y eso provocó una primera pelea.
Sin saber qué hacer, le contó a un compañero de su equipo lo que le había pasado.
—¿Estás enamorado de ella? —le había preguntado entonces Jimmy Falco.
—No, la verdad es que apenas la conozco.
—Lo primero que necesitas es una prueba de paternidad. Si el niño es tuyo, ya decidirás lo que haces.
A Dee-Dee no le gustó nada su plan. Lo amenazó con contárselo todo a la prensa si no se casaba con ella. A pesar de que su prestigio y su nombre estaba en juego, no dejó que lo chantajeara.
Su mayor error fue no contarle entonces a Annie lo que le había pasado. Esperó y la noticia terminó por llegar a oídos de un periodista.
Cuando Trevor nació, su relación con Dee-Dee era aún peor. La prueba de paternidad resultó ser positiva, pero eso no cambió nada. Reconoció ante un tribunal que era el padre de Trevor y acordaron que ella se quedaría con la custodia y que él le pasaría la manutención.
Dos meses más tarde y durante un viaje a Denver, abrió la puerta de su habitación del hotel y se encontró a Trevor en su sillita. Su madre no estaba allí. En ese momento cambió para siempre su vida y se convirtió en un padre soltero.
Después de un año de lucha en los juzgados y mucho papeleo, consiguió que le otorgaran la custodia. Había sido difícil criar a Trevor siendo un jugador de béisbol profesional, viajaba a menudo. También había sido difícil encontrar una buena niñera. Hasta que dio con Cassandra, una mujer mayor que había criado a cuatro hijos y adoraba a Trevor como si fuera uno de sus nietos.
La prensa del corazón había contado su historia con todo lujo de detalles. Imaginaba que Dee-Dee habría sacado bastante dinero por su historia.
Y la verdad salió a la luz antes de que tuviera el valor de contárselo Annie. Temió entonces que volviera a recaer en la anorexia. Estaba convencido de que no podría pasar por ello. Sabía que le había hecho mucho daño y lo último que quería era poner su salud en riesgo.
Por otro lado, pensó que quizás Annie hubiera superado todo lo ocurrido y estuviera contenta al ver que se había librado de él. No le habría sorprendido que siguiera adelante con su vida.
Sabía que se lo merecía, pero era duro y doloroso. Porque Annie se había colado en su corazón cuando eran sólo unos niños y allí seguía, a pesar de todo lo que había hecho para demostrarle lo contrario.
Helen Decatur-Whitney salió del juzgado feliz y satisfecha. Le entraron ganas de dar saltos de alegría, pero se contuvo. Su cliente había conseguido todo lo que se merecía en el divorcio. Le había encantado ver el gesto de estupefacción en el rostro del tacaño ex marido cuando el juez dictó sentencia.
Durante los primeros años de ejercicio, su carrera profesional había estado llena de éxitos como aquél. Pero, desde que se casara con Erik y naciera su hija, Sarah Beth, aceptaba muy pocos casos y ya no era la abogada matrimonial más temida del estado. Por eso estaba disfrutando tanto con la victoria de ese día. Sentía que había vuelto a ser la misma de siempre.
Estaba deseando celebrarlo con sus amigas, las Dulces Magnolias. Ya se imaginaba bebiendo margaritas con ellas. Le había costado mucho ganar ese caso. Había temido que su nueva vida la hubiera ablandado, pero acababa de darse cuenta de que podía tenerlo todo. Sacó del bolso su teléfono móvil y llamó a Dana Sue.
—En mi casa, esta noche a las ocho —le anunció en cuanto contestó su amiga—. Tenemos que celebrar que vuelvo a triunfar en los juzgados.
—¿A las ocho un viernes por la noche? —preguntó Dana Sue con incredulidad—. ¿Es que no sabes que dirijo un exitoso restaurante? Es la hora de más trabajo de toda la semana.
—Pero tu segundo chef, que además es mi marido, es muy capaz de quedarse al mando del restaurante —le recordó Helen—. ¿Cuándo fue la última vez que salimos todas juntas?
—Ha pasado mucho tiempo —reconoció Dana Sue—. ¿Has hablado con Maddie?
Había algo en el tono de su amiga que le llamó la atención, pero no supo descifrarlo.
—No, aún no, ¿por qué?
—Cabe la posibilidad de que esté intentando evitarme.
—¿Por qué? ¿Habéis discutido por algo?
—Se trata de Tyler y Annie —le dijo Dana Sue—. Mi hija descubrió hoy que Tyler están Serenity. Erik la vio justo después de que leyera la noticia y me ha dicho que estaba muy enfadada con nosotros, no sabe por qué no se lo habíamos dicho antes. La llamé al trabajo y Elliott me dijo que se había tomado el día libre. He intentado localizarla, pero no sé dónde está.
—Pero lo que pase con Tyler y Annie no tiene nada que ver con vosotras —le dijo—. Bueno, tiene que ver porque son vuestros hijos, pero ya acordasteis hace mucho tiempo que lo mejor que podíais hacer era no meteros en su relación y dejar que arreglaran solos sus problemas.
—Pero viendo la importancia de los problemas que tienen, es complicado mantenerse al margen. Que no se te olvide que Tyler ha regresado a Serenity con un niño. ¿Te imaginas cómo se sentirá mi hija si los ve por la calle? Es como si quisiera recordarle que le fue infiel.
—Lo sé, es muy complicado —reconoció Helen—. Pero no permitas que esto destruya tu amistad con Maddie. Sois mis mejores amigas y no me gustaría ver esa amistad en peligro.
—Sé que nada de esto es culpa de Maddie. Pero su hijo le rompió el corazón a mi hija, no puede ignorarlo ni olvidarlo.
—¿Y te crees que Maddie no está tan disgustada como tú? Ella también quiere mucho a Annie. ¿Qué te parece si acordamos no hablar del tema? O eso o firmamos una tregua. Se me da muy bien negociar, por si lo habías olvidado.
Dana Sue se echó a reír y las dos se relajaron un poco.
—¿Cómo voy a olvidarlo si siempre nos lo estás recordando?
—Venga, no me digas que no. Necesitó celebrar este juicio y quiero que estés allí.
—De acuerdo, allí estaré. Pero si las cosas se ponen tensas, tendré que irme.
—Ya hablaremos de ello si llega el caso. Te veo a las ocho —le dijo Helen.
—Yo llevo la comida —le dijo Dana Sue—. Guacamole y algunos aperitivos del restaurante.
—Estupendo, el complemento perfecto a mis margaritas.
Se despidieron y llamó a Maddie para invitarla también. No le sorprendió que su amiga se mostrara algo reticente.
—Dana Sue también viene y hemos decidido no hablar de Tyler ni de Annie. Sólo vamos a hablar de mí.
Maddie se echó reír.
—Menuda novedad. No sé si vas a conseguir que no hablemos de nuestros hijos, pero me encantará ver cómo lo intentas. ¿Se lo digo a Jeanette?
—Por supuesto.
A Jeanette, que trabajaba en el centro de salud integral de Maddie, la habían agregado a su grupo de Dulces Magnolias. Aunque no hacía tanto tiempo que la conocían, era una más.
—¿Por qué no la llamas tú? Si puedes, compra unos nachos para el guacamole de Dana Sue. Yo tengo que comprar la botella más grande de tequila que tengan en la licorería y pasar un poco de tiempo con mi hija antes de que se vaya a la cama.
—Por cierto, ¿qué es lo que estamos celebrando?
—Que he conseguido sacarle los cuartos a Henry Porter esta mañana en los juzgados.
Se trataba de un empresario de mucho éxito que había intentado abandonar a la que había sido su esposa durante treinta años sin compensarla económicamente.
—Me alegro —le dijo Maddie—. Algunos hombres le quitan importancia al duro trabajo de sus esposas y se niegan a aceptar que ellas han sido esenciales en su éxito profesional.
Maddie había sabido lo que era vivir con alguien así antes de divorciarse del médico Bill Townsend. Cal Maddox, su pareja desde entonces, era el entrenador de béisbol del instituto local y diez años más joven que ella.
—Esta noche brindaremos por todas las mujeres que han sido vilipendiadas, pero que han acabado ganando la batalla —le dijo Helen.
—Me parece fenomenal —repuso Maddie—. Helen, ¿cómo has encontrado a Dana Sue? ¿Te ha parecido que le molestaba que Tyler esté en Serenity? Sé que es un tema espinoso y que Annie lo estará pasando mal, pero me alegra muchísimo tenerlo aquí. Sobre todo por Trevor.
—Lo sé, lo sé. Estoy segura de que Dana Sue entiende cómo te sientes, pero también es muy duro para ella ver a Annie disgustada.
—Hoy no ha venido a trabajar —le confesó Maddie suspirando.
—Eso he oído —admitió Helen.
—Lo ha sabido por la prensa. Debería habérselo dicho yo, pero pensé que lo haría su madre. Todo esto es muy complicado. La verdad es que no sé en qué estaba pensando mi hijo.
—Es que creo que eso es lo que menos hizo, pensar —repuso Helen—. Disfruta de ellos mientras estén aquí y mantente al margen de su relación con Annie. Después de todo, son adultos. Lo mismo le he dicho a Dana Sue.
—Es muy duro. Siempre pensé que acabaría en...
—Lo sé. Hacían muy buena pareja y todos pensamos que seguirían así toda la vida —admitió Helen—. Pero no dependía de nosotras.
—Así es... Bueno, luego te veo.
Se despidieron y Helen se quedó satisfecha. Su victoria en los juzgados le daba la excusa que había estado buscando para que sus dos mejores amigas se juntaran y pudieran pasar algún tiempo en un terreno neutral. Hacía años que no se sentía así, desde el nacimiento de su hija Sarah Beth. Sentía que llevaba las riendas de su vida.
La sensación de euforia tras la victoria en los juzgados no le duró a Helen demasiado. Acababa de llegar a casa, cuando sonó el teléfono. La llamaban desde un hospital de Florida para decirle que su madre acababa de ser ingresada en el centro con una cadera rota. Se aferró con fuerza al teléfono y se dejó caer en una silla.
—Se ha roto la cadera... —repitió con incredulidad.
Sabía que era una de las lesiones más peligrosas en una persona de avanzada edad y que muchos ancianos nunca se recuperaban de ese tipo de lesiones. Su madre no era muy mayor. Flo Decatur tenía setenta años y se mantenía bastante activa. Esperaba que, en su caso, no fuera tan grave.
—¿Es muy grave? —preguntó con voz temblorosa.
—La operación ha salido muy bien —le dijo la enfermera—. Pero no deja de preguntar por usted y, cuando le demos el alta, va a necesitar a alguien que se haga cargo de ella. Tendrá que ir a un centro de fisioterapia, una residencia para personas mayores o tener una enfermera en casa. Pero, bueno, ya podrán tomar ese tipo de decisiones cuando venga a verla.
—Pero es que...
Se quedó callada. Había estado a punto de decirle a la enfermera que no tenía tiempo para ir a Florida. Su madre y ella no estaban muy unidas, pero sentía que tenía que ayudarla.
Flo se había quedado viuda cuando Helen sólo tenía diez años y había tenido que trabajar mucho para que a su hija no le faltara de nada. Incluso había conseguido pagarle la universidad.
Había llegado el momento de que se ocupara de que estuviera bien atendida. Hasta entonces, le había parecido suficiente comprarle un piso en Florida y pasarle una asignación mensual, pero acababa de darse cuenta de que su madre iba a necesitar más ayuda.
—Dígale que estaré allí mañana, por favor —le pidió a la enfermera.
Estaba acostumbrada a trabajar bajo presión y era una mujer decidida. Imaginó que no tardaría más de dos días en encontrar una residencia para su madre. La niñera podría hacerse cargo de Sarah Beth durante ese tiempo y Erik podría ocuparse de todo lo demás después del trabajo.
Tendría que hablar con su secretaria para que reorganizara su agenda. Mentalmente, comenzó a hacer listas con todo lo que tenía que hacer antes de irse.
Cuando llegaron sus amigas, ya lo tenía todo organizado. Quería mantener la cabeza ocupada con todos esos preparativos para no pensar en lo que iba a encontrarse cuando llegara al hospital.
Le iba a venir muy bien contar con la compañía de las Dulces Magnolias y tomarse unos cócteles con ellas. Sabía que iba a ser muy duro ese viaje. Cada vez que veía a su madre, acababan discutiendo.
El viernes por la tarde, Tyler seguía disgustado. Le había afectado mucho la conversación que había tenido con su madre y decidió ir a visitar a Cal al Instituto. Antes incluso de convertirse en su padrastro, había sido su entrenador y una gran influencia en su vida. Podía hablar con él de cualquier cosa. Cal también había sido jugador profesional y entendía muy bien ese mundo.
Lo esperó en su despacho durante un tiempo y Cal se lo encontró muy pensativo cuando entró.
—¡Menuda sorpresa! ¿Qué haces por aquí? —le preguntó Cal mientras lo miraba intensamente a los ojos—. ¿Qué es lo que te pasa? ¿Tienes demasiado tiempo para pensar y te aburres?
—Algo así —repuso él.
—Quédate conmigo esta tarde si quieres, podrías ayudarme. Tengo entrenamiento con los lanzadores del equipo de béisbol.
—No, sería contraproducente. En mi estado, no puedo mostrarles cómo lanzar bien una pelota, no tengo fuerza en el brazo.
—Acabas de empezar con la fisioterapia, Tyler. Mejorará muy pronto, ya lo verás.
—De eso no podemos estar seguros. Tú tampoco conseguiste recuperarte.
La carrera de Cal como jugador profesional de béisbol también había terminado con una lesión.
—Es verdad, fue el fin de mi carrera, pero no de mi vida. Me encanta ser entrenador. Tengo una esposa y una familia maravillosas. No me arrepiento de nada.
—Venga ya, Cal. ¿No me digas que no te afectó saber que no volverías a jugar nunca más?
—Fue muy duro, por supuesto —reconoció su padrastro—. Me quedé muy hundido, pero no hay razón para pensar que te va a pasar lo mismo que a mí, la operación fue muy bien. Es cierto que vas a perder la temporada, pero te recuperarás.
—¿Es ésa tu opinión médica? —preguntó con sarcasmo.
Cal se le acercó entonces y se sentó a su lado.
—Tyler, ¿qué es lo que te pasa hoy? Sé que no tiene nada que ver con la lesión. ¿Por qué estás de tan mal humor? —le preguntó—. No sé ni para qué te pregunto. Es por Annie, ¿verdad? Viniste a Serenity pensando que todo volvería a la normalidad y que conseguirías recuperar lo que tenías con ella, como en los viejos tiempos. Y te das cuenta de que, si quieres volver con ella, vas a tener que esforzarte mucho para que vuelva a confiar en ti.
—Nunca pensé que fuera a ser fácil. Sé que me odia.
—No me extrañaría nada, pero eso no tiene por qué ser algo malo.
—No te entiendo...
—El odio es lo contrario al amor. Al menos, eso dicen. Lo peor que te podría pasar, es que Annie no sintiera nada por ti. ¿La has llamado?
Tyler negó con la cabeza.
—¿Has ido al gimnasio para verla?
—No.
—Y supongo que tampoco te has pasado por la casa de Dana Sue y Ronnie.
Tyler lo miró como si se hubiera vuelto loco.
—¿Es que no te das cuenta de que su madre se lanzaría a mi cuello en cuanto me viera entrar por la puerta? No sabes cómo se puso cuando descubrió que su marido la había engañado. Esa mujer tiene mucho carácter.
Cal se echó a reír.
—Bueno, sí, es una mujer muy expresiva. Pero tienes que hacer algo, Tyler. ¿Crees acaso que será Annie la que dé el primer paso? Espera sentado.
—Sí, lo sé, lo sé —repuso de mala gana.
—Entonces, ¿qué piensas hacer?
—No lo he pensado. ¿Qué te parecen las flores? Podría enviarle margaritas. Son sus favoritas.
—Bueno, supongo que sería una manera de romper el hielo. Pero las flores no van a hacerlo todo. Si lo que quieres es recuperarla, vas a tener que esforzarte y estar dispuesto a todo. Lo de las flores es demasiado fácil.
—En otras palabras, crees que lo que Annie quiere es verme sufrir.
—Algo así. Después de todo, se lo debes.
—Sí, supongo que es verdad —dijo mientras se ponía en pie—. Gracias.
—¿Vas a venir a vernos esta tarde? A Ronnie y a mí nos vendría fenomenal que nos ayudaras a entrenar a los pequeños. Son demasiados niños para sólo dos entrenadores.
—Aún no estoy preparado para enfrentarme a Ronnie, lo siento.
—Ven con tus hermanos pequeños. Ronnie nunca se atrevería a pegarte en presencia de un niño.
—No soy tan cobarde como para esconderme detrás de Cole, que aún usa pañales. Tampoco pienso usar a Jessica Lynn ni a mi hijo Trevor. Eso sería patético.
—También es bastante patético que estés intentando evitar Annie. Tarde o temprano, tendrás que verla y hablar con ella, Tyler. Así al menos sabrás a qué atenerte y si tienes alguna posibilidad de recuperarla.
Salió del instituto tan hundido como había llegado, pensando en que no había en el mundo margaritas suficientes para arreglar las cosas con Annie.
Annie apartó el plato de comida. No había probado nada. Pero, al ver el gesto de preocupación de su madre, volvió a acercárselo y probó el asado.
—Ahora mismo no tengo apetito, eso es todo —le aseguró para tranquilizarla.
—Sé que estás disgustada y que te ha afectado mucho saber que Tyler está aquí —le dijo Dana Sue—. Lo entiendo y siento mucho no habértelo contado, es que no encontraba el momento de hacerlo.
Annie asintió con la cabeza. Las primeras horas había sido difíciles, pero había llegado a entender que la situación era muy complicada y no era justo enfadarse con su madre ni con la madre de Tyler, que estaban metidas en una especie de guerra fría entre los dos. Vio que su madre seguía mirándola con preocupación.
—Es que no quiero que...
—Lo sé. Te preocupa que deje de comer. Pero no pasa nada, estoy bien. De verdad. Me tomé un buen desayuno esta mañana, pregúntaselo a Erik si no me crees. Estaba terminando cuando vi la noticia sobre Tyler en el periódico. Y también he comido. Sólo una sopa, pero algo es algo. Pregúntaselo a Grace si no me crees.
—Te creo, hija. No voy a espiarte —le dijo su madre indignada.
—Bueno, no sería la primera vez.
—Eso fue hace mucho tiempo, cuando te dieron el alta en el hospital. Entonces, tanto tu padre como yo teníamos que vigilarte muy de cerca para asegurarnos de que no recaías. Era nuestra obligación y no me arrepiento. Pero cambiemos de tema. Tengo algo importante que quiero preguntarte y me gustaría que fueras sincera. Si te molesta, no tienes más que decírmelo.
—¿Qué pasa?
—Se supone que tengo que ir a casa de Helen esta noche.
—Os juntáis las Dulces Magnolias, ¿no? ¿Por qué me lo cuentas?
—Quiero saber si te molesta que siga siendo amiga de Maddie.
—No digas tonterías, mamá. Habéis sido amigas toda la vida y no tenéis que dejar de serlo sólo porque Tyler y yo no nos hablemos.
—¿Estás segura?
—Claro que sí. Tienes que ir.
—Pero, si quieres, podemos hacer alguna otra cosa juntas. A lo mejor quieres hablar de lo que está pasando... Si te apetece, podemos ir hasta Charleston y ver una película. Ya he hablado con Erik y él se hará cargo del restaurante.
—Lo último que quiero es hablar de Tyler. Todo ha terminado, no hay nada de lo que hablar.
—¿De verdad? —pregunto su madre con incredulidad.
—Sí, de verdad.
—Entonces, ¿qué te parece lo del cine? ¿Te apetece?
—¿El qué? ¿Ir al cine y sentirme culpable por haberte alejado de tus amigas? No, gracias.
—Entonces, ¿qué vas a hacer esta noche?
Se encogió de hombros. No le apetecía volver a casa y estar sola. Sabía que su padre estaría trabajando en la ferretería hasta tarde y estaba segura de que su madre tampoco iba a volver muy temprano.
—No lo sé, puede que hable con papá. A lo mejor le apetece ir a cenar o ver una película.
