La mejor elección - Margaret Way - E-Book
SONDERANGEBOT

La mejor elección E-Book

Margaret Way

0,0
2,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 2,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Invitación a una boda. Nada habría impedido que Toni Streeton regresara a Australia para asistir a la boda que uniría a su hermano con la influyente familia Beresford. Ni siquiera saber la mala opinión que tenían de su actual estilo de vida. Cuatro años en Europa habían pulido su excepcional belleza, convirtiéndola en una seductora tentación para Byrne Beresford, que dirigía con mano férrea el vasto imperio ganadero de su familia. Toni estaba espectacular con su vestido de dama de honor, y a Byrne cada vez le costaba más resistirse a ella. Pero una boda no podía llevar a otra. Toni no era la mujer adecuada para convertirse en la esposa de ese Beresford…

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 201

Veröffentlichungsjahr: 2015

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



 

 

 

Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1998 Margaret Way Pty., Ltd.

© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.

La mejor elección, n.º 2560 - febrero 2015

Título original: Beresford’s Bride

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español en 1998

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

 

I.S.B.N.: 978-84-687-6062-9

Editor responsable: Luis Pugni

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño

www.mtcolor.es

Índice

 

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Epílogo

Publicidad

Capítulo 1

 

A LOS diecisiete años era tan linda como un gatito persa. A los veintidós era deslumbrante, la típica rubia ceniza que los hombres no pueden dejar de mirar.

Zoe de nuevo.

Pero quizás no lo fuera, pensó, comparándola con la imagen de la madre. Era varios centímetros más alta, su cuerpo era esbelto y delgado, mientras que la delicada estructura de Zoe era casi exuberante. Sin embargo, tenía el mismo sex-appeal. Ese mismo atractivo que volvía locos a los hombres. Salía del ascensor escoltada por dos tipos guapos de la misma edad que él, que, sin lugar a dudas, la cortejaban. Ellos hablaban, ella reía y se apartaba la larga cascada de pelo de la cara.

Perdió unos segundos.

No había contado con su propia reacción. Estaba tan impresionado como si ella fuera una desconocida. Se le contrajeron los músculos del estómago y su sangre entró en ebullición. ¡Extraordinario! Se concedió un momento para recuperar la compostura. Esa era la pequeña Toni. Antoinette Streeton. La conocía de toda la vida, aunque antes hubiera sido demasiado joven para llamar su atención.

 

 

Toni era la única hija del difunto Eric Streeton y la notoria Zoe Streeton von Dantzig LeClair. Los Streeton eran dueños y operarios del rancho Nowra desde principios de siglo. Nowra era el rancho más cercano al suyo, unos ciento sesenta kilómetros al nordeste, y Eric Streeton había sido amigo de su padre y de sus tíos toda su vida. Incluso había sido el padrino en la boda de sus padres. Toda su familia lo pasó muy mal cuando Eric Streeton perdió la batalla contra la septicemia hacía unos años. No prestó atención a un profundo corte hasta que fue demasiado tarde. Así era Eric. Entonces, Eric y su hijo Kerry estaban solos. Zoe los había abandonado cuando los niños eran adolescentes y había vuelto para llevarse a Antoinette a París cuando acabó el último curso de internado. Se suponía que era un regalo, de seis meses como máximo. Antoinette se quedó con su madre casi cinco años. Ninguna de las dos había asistido al funeral de Eric. Estaban demasiado ocupadas haciendo un crucero por las islas griegas con uno de los admiradores de Zoe, Van Dantzig, que se convirtió en su segundo marido. Zoe ya iba por el tercero, un francés. En realidad no quería pensar en eso, le seguía causando el mismo enfado que antes, la misma tristeza por su trato hacia Eric. La amplia zona interior de Australia, de población escasa, pero muy unida, opinaba igual. La hija de Zoe caminaba hacia él; la luz se reflejaba en los discretos hilos brillantes de su corto vestido de noche. Era un vestido muy simple, de corte recto, pero un escaparate perfecto para un cuerpo y unas piernas preciosas. Se le notaban los años pasados en París. Parecía muy chic, con un toque de elegancia que no tenían las bellas jóvenes que él conocía. Los dos hombres se despedían de ella como si fueran viejos amigos, y uno sacó una libreta negra y apuntó algo. ¿Su teléfono y dirección? Dios, ¡era como Zoe! Eso lo hirió en lo más profundo.

En ese momento entró en el vestíbulo principal, atrayendo todas las miradas. Debió de notar que la observaba porque se volvió hacia él como atraída por un rayo de luz. Se levantó, abandonando el periódico, e intentó librarse de la extraña sensación que lo había invadido.

 

 

Era incluso más impresionante de como ella lo recordaba. Alto, delgado, de una belleza oscura y agresiva. Intensamente varonil, con una sexualidad poderosa que lo convertía en un peligro para cualquier mujer, igual que el brillo irónico de sus bellos ojos color lluvia. Lo hubiera reconocido en cualquier sitio, hasta en el fin del mundo. Al verlo, su corazón se paró un instante, como si hubiera estado a punto de ser atropellada. Le costaba respirar. Era extraño volver a ver a Byrne Beresford, rodeado por su aura de excitación, poder y glamour. Un hombre que dirigía un imperio ganadero con mano de hierro. El hombre con el que había fantaseado cuando era una adolescente romántica e impresionable. Pero para él nunca había sido más que la hermana pequeña de Kerry. Solo otra Zoe en potencia, una mujer tan insustancial como adorable, con la mala costumbre de arruinar vidas. Byrne Beresford, un hombre a quien conocía de toda la vida y que nunca llegaría a conocer de verdad.

Caminaba hacia ella con determinación y con toda la gracia de un poderoso felino. Con un metro ochenta y nueve centímetros de chispeante energía en tensión, lucía su ropa de ciudad con la elegancia de un patricio, pero su vitalidad y vigor, su piel bronceada y su mirada distante proclamaban que era imposible encerrarlo entre cuatro paredes. Era lo que era, un miembro de la clase terrateniente, un magnate ganadero con influencia y poder. Un hombre que era imposible ignorar, especialmente para el sexo opuesto.

–Byrne –exclamó. Respiró profundamente y le tendió la mano. Él la aceptó y además inclinó la cabeza para rozar su mejilla con los labios. Un detalle que la afectó profundamente, el beso recorrió todo su cuerpo.

–Antoinette, bienvenida a casa. ¿Cómo estás? No has cambiado nada –dijo, dándose cuenta de lo absurdo de su comentario. Había florecido como una rosa. Tenía la piel hidratada y perfecta, y emanaba una fragancia que amenazaba con absorberlo. Maldición. Lo molestaba que lo hechizaran sin esfuerzo aparente.

–Es maravilloso verte. ¡Han pasado años!

–Hará cinco en marzo –respondió, examinándola–. Ya eres una mujer –dijo. Sin duda prohibida, aunque lo había impresionado más de lo que esperaba.

–París me ha venido muy bien. ¿Cómo están todos? Tienes que ponerme al día.

–Están bien –replicó–. ¿Por qué no entramos? Tomemos una copa antes de cenar –sugirió, tomándola del brazo con seguridad, apretando su piel desnuda durante un instante.

Ella sintió como si la quemara, la recorrió una oleada de excitación, como si fuera la primera vez que un hombre la tocaba. «Cálmate», pensó, asombrada por la rapidez e intensidad de su reacción. Ese hombre era único.

Un camarero los condujo a la mesa, en un salón panelado con espejos. Sobre su cabeza, enormes arañas de cristal emanaban una suave luz, muy favorecedora.

–¿Qué va a ser? –preguntó, mirándola con ojos luminosos, aún más sorprendentes porque no parecía consciente de su magnetismo. Era parte de él, como el aura de poder y prestigio que lo rodeaba, la gran riqueza que su familia había acumulado durante generaciones.

–Me encantaría una copa de champán –replicó ella volviendo la cabeza y viendo cómo su imagen se multiplicaba de espejo en espejo.

–Champán. ¿Por qué no? Tenemos algo que celebrar.

Mientras hablaba con el camarero, Toni se descubrió examinando su perfil. Su rostro era llamativo, con rasgos muy marcados. No era suave, sino profundamente esculpido. Tenía la barbilla partida de los Beresford con una hendidura profunda, no superficial como la de su hermano Joel, más joven y mucho más accesible. Pensó que debía de resultarle difícil afeitarse.

–Bueno, ¿he cambiado? –preguntó dándose la vuelta de repente.

–Perdón. ¿Te miraba demasiado?

–Sí, un poco.

Ella sacudió la cabeza, como si intentara liberarse de una corriente en la que sería fácil sumergirse.

–Pensaba en lo familiar que me resulta tu cara, aunque en realidad no lo es. No sé si me explico.

–Bueno, no éramos coetáneos. Eres de la edad de Joel.

–¿Cómo está? –preguntó ella.

–Encantado de que hayas venido.

–¿Por qué lo dices como si no pensaras que fuera a venir?

–Nunca te habías molestado en hacerlo antes –replicó él con más brusquedad de la que hubiera deseado. Sentía una corriente de deseo bajo esa hostilidad y, aún más abajo, la necesidad de poner fin a esos sentimientos.

Toni, sentada frente a él, se dio cuenta perfectamente, y sintió el brillo de las lágrimas en los ojos.

–Nunca nos vais a perdonar, ¿verdad? –musitó en voz baja, como si hablara consigo misma.

–Ya está hecho, Toni. Se acabó –dijo, mirándola a los ojos, pensando que eran como flores de loto. Azul y violeta.

–No lo creo, Byrne –dijo ella tras una pausa. Quería hablar honestamente, acortar las distancias, pero había aspectos de la vida de Zoe que necesitaba mantener en secreto–. No tienes idea de las dificultades que hubo. Zoe utilizaba su nombre de soltera y eso complicó mucho las cosas. Estábamos en alta mar. Cuando por fin recibimos el mensaje, era demasiado tarde –se interrumpió bruscamente, deseosa de no implicar más a su madre. Zoe era experta en tomar decisiones incorrectas. No le había dicho nada a Toni durante días, mientras luchaba con sus propios demonios.

–Bueno, eso es lo más cerca que has estado de explicar tu conducta –aseveró él con voz dura.

–Todavía nos duele recordarlo –dijo con una mirada de dolor casi físico, como si sintiera un latigazo de desolación. Los ojos grises la observaron calculadores y no quedaron convencidos.

–Perdona, Toni, pero eso es difícil de creer. Zoe no tuvo ningún problema en dejar a tu padre plantado.

–¿Y se supone que yo debo expiar sus pecados? –preguntó tensa.

–Desde luego que no ante mí –aseveró cortante. Estaba afectándolo demasiado, crispándole los nervios.

–No quiero tener que soportar tu desaprobación continua, Byrne. Vamos a ser cuñados.

–No te desapruebo. Eres encantadora, Antoinette –interpuso él, con una mirada que la hizo estremecerse–. París te ha sentado muy bien.

–No hablaba de mi aspecto –interpuso ella con tristeza.

–Vaya por Dios, ¿acaso no lo hace todo el mundo?

A veces su belleza se convertía en una clara desventaja. Cambió de tema deliberadamente, intentando encontrar uno seguro.

–Cate debe de estar muy excitada.

–Sí lo está –asintió él, notando su cambio de expresión–. La boda nos está afectando mucho a todos. Es la primera boda que se celebra en Castle Hill desde tiempos de mi abuelo. Como sabes, mis padres se casaron en Sídney.

–Y papá fue el padrino. Supongo que era inevitable que las familias terminaran uniéndose. Cate y Kerry siempre fueron muy buenos amigos. Era natural que se enamoraran. Tienen suerte.

–Tú habrás estado enamorada, ¿no? –inquirió él.

–Eso creí. Una o dos veces. Pero no funcionó.

–Tómate tu tiempo –aconsejó–. El matrimonio es un gran riesgo.

–¿Eso es otro ataque?

–En absoluto. Está claro que estás resentida. ¿Cómo le va a Zoe?

–Ahora está con unos amigos –respondió ella, a la defensiva.

–En Marruecos, ¿no?

–Sí, en una casa a unos kilómetros del centro de Marrakech. Es muy bonita, una granja de estilo colonial francés rodeada de palmeras datileras, cedros y olivos plateados. Las paredes están recubiertas de buganvillas rosas.

–Suena atractivo. Imagino que has estado allí.

–Sí, hace algún tiempo –admitió ella en voz baja–. Patrick quiere casarse con mi madre.

–¡No! –exclamó él con asombro fingido–. Eso debe de ser difícil, incluso para Zoe. ¿Qué le parece la idea a su marido?

–¡Calla, Byrne! –masculló entre dientes. ¿Se había atrevido a decir eso? Sí, lo había dicho.

–No, en serio –sonrió él fríamente–. Todavía quedan ciertas normas.

–Mamá odia las normas. Además, Claude está resignado a perderla. Le saca muchos años de edad.

–¿Y eso hace que sea diferente? –retó Byrne, con ojos fríos como el diamante.

–Para Zoe sí. Si algo no funciona, no funciona.

–Claro, hay que ser feliz a toda costa. Supongo que Patrick es rico.

–Por supuesto. Los dos sabemos que Zoe necesita tener dinero –replicó, herida por su burla.

–Parece que ha cuidado muy bien de ti –dijo, observando lo bien arreglada que estaba, el bonito y caro vestido de seda rosa y amarilla.

–No me he dedicado a vivir de mi madre y de sus maridos –interpuso ella. Era cuestión de honor.

–Lo siento. Creí que los seguías por toda Europa. Por cierto, tienes acento. Es encantador.

–¿Te sorprendería si te digo que hablo francés como una nativa?

–En absoluto. ¿Qué has estado haciendo en París? –preguntó con ojos burlones.

Estaba claro que no se la imaginaba como una dedicada maestra de inglés, función que había desempeñado con bastante éxito. Eso y actuar como modelo fotográfica de vez en cuando, sobre todo luciendo su larga melena rubia.

–Te lo contaré algún día si de verdad te interesa.

–¿Por qué no ahora?

–Creo que tienes muchas ideas preconcebidas sobre mí.

–La verdad, Toni, aún no te habías definido como persona –dijo, aunque no era cierto–. Tu madre te llevó consigo cuando solo tenías diecisiete años. Kerry te echó muchísimo de menos. ¿No lo sabías? Sobre todo después de la muerte de tu padre.

–No debería haber sucedido –dijo con voz temblorosa.

–No –asintió él, serio–. Tu padre se volvió poco cuidadoso. El divorcio lo afectó profundamente.

–Yo lo quería, Byrne –susurró ella, agachando la cabeza.

–Él te quería mucho, desde luego –dijo, y pensó para sí que en realidad la adoraba.

–Me quedé deshecha cuando me enteré –dijo. De hecho, se había derrumbado y acusado a su madre histéricamente.

–¿Y no encontraste el camino de vuelta? –preguntó sin ninguna compasión, aunque ella ofrecía una estampa conmovedora.

–Estaba preocupada por Zoe –explicó ella, sin entrar en detalles–. Además, tenía problemas económicos –añadió. En aquel momento había estado muy escasa de recursos.

–¿No pudo darte nada Zoe? –inquirió Byrne, arqueando una ceja.

–No le quedaba ni la mitad de sus ahorros. Estaba muy preocupada. Realizó una inversión desastrosa y una persona que tenía en muy buen concepto abusó de su confianza. Zoe es muy impulsiva. Actúa sin pensárselo.

–Diablos, ya lo sé –corroboró él, pensando en cuánto había trabajado Eric para ganar el dinero–. Olvídalo, Toni. Ya es cosa del pasado.

–Por desgracia, el pasado nunca nos deja. Nos sigue a todas partes. Me sorprendió mucho que Cate me pidiera que fuese dama de honor.

Él sabía que se había librado una gran lucha de poder, con la familia dividida en dos bandos, uno a favor de Antoinette y el otro en contra.

–Os llevabais muy bien de niñas –se evadió–. Y eres la única hermana de su prometido.

–Estoy segura de que esa es la única razón para que esté en el cortejo de la novia.

–Debo admitir que a algunos nos preocupaba que no aparecieras el día en cuestión –dijo, y al ver el destello de dolor en sus ojos, se arrepintió. ¿Acaso estaba intentando castigarla? Quizás sí.

El camarero volvió con una bandeja de plata. Depositó una botella de Dom Perignon en la mesa y la descorchó, dando las gracias con fervor al recibir la propina.

–Bienvenida a casa –dijo Byrne–. Debo pedirte excusas, Toni. Estoy siendo demasiado duro contigo.

–Puede que un día de estos te lo devuelva –le advirtió, sonando de repente como si fuera otra persona–. En cualquier caso, eres un hombre duro.

–¿De verdad tengo esa reputación?

–Te guste o no –sonrió ella, tomando un sorbo de champán.

–Escúchame, Toni –comenzó, aflojándose el botón de la elegante chaqueta y reclinándose hacia atrás–. Mucha gente depende de mí. Debo ocuparme de todo un imperio ganadero. Vivimos en tiempos difíciles y la dureza es una cualidad muy deseable. Harás bien en recordarlo.

–¡Lo recordaré! Puedes estar seguro. ¿Y Joel no te hace la competencia?

Durante un instante pareció que él iba a ignorar la provocación.

–No voy a hacer de menos a mi propio hermano, pero creo que te darás cuenta de que Joel no desearía cargar con mis responsabilidades.

–Pues me alegro, dadas las circunstancias. No estoy en absoluto de acuerdo con la vieja ley de la primogenitura. ¿Los dos seguís solteros?

–Ni siquiera estamos comprometidos. Joel aún tiene mucho tiempo. Yo lo haré cuando esté preparado –contestó algo picado, pero divertido.

–A lo mejor hasta tienes alguna candidata en mente –dijo con sus ojos de loto fijos en él.

–De eso nada.

–¿No te hacen falta las mujeres? –insistió. Sabía que su voz sonaba desafiante, pero daba igual, él ya la había etiquetado.

–Oh, claro que sí, Toni. No siempre duermo solo.

No. Desde luego que no, pensó Toni, intentando ignorar el escalofrío que recorrió su espalda.

–¿Algún nombre?

–No –cortó Byrne.

Estaba claro que no había más que decir.

–Acaba la copa y vamos a cenar –ordenó él–. Llevo todo el día de reuniones. Me siento como un Porsche que aún tiene el motor encendido. Necesito relajarme un poco.

Pero no se relajaron. La tensión aumentó un poco más, aunque admitieron tácitamente que sentían cierta atracción el uno por el otro.

El comedor principal era lujoso, la iluminación era suave y bellos cuadros y tapices decoraban las paredes; en las mesas había velas y centros de flores.

–Es precioso –murmuró Toni con aprecio, viendo la luz reflejarse en la piel cobriza de Byrne.

Él miró a su alrededor, como una persona que está acostumbrada a la grandiosidad desde la infancia.

–Creo que han renovado el comedor recientemente. Si no te importa, me gustaría salir temprano mañana, Toni.

–No temas, no tengo intención de ser una molestia.

La miró atentamente y casi se echó a reír.

–Bien, me gustaría estar en el aeropuerto a las ocho y media, como muy tarde. Supongo que es razonable asumir que traes bastante equipaje.

–No soy mi mamá querida, Byrne. He venido para un mes, luego volveré a París –replicó, con una mueca de disgusto.

–Suena como si hubiera alguien esperándote allí –dijo él con un súbito destello en los ojos, que brillaron como diamantes.

–Hay alguien –declaró ella. Respiró profundamente y simuló que se le nublaban los ojos.

–Siempre lo hay –replicó él. La miró fijamente antes de dedicar su atención a la carta.

–Se llama Akbar –le confió–. Hacemos auténticas locuras juntos.

–No estoy seguro de querer enterarme de tus aventuras marroquíes. En muchos sentidos, llevo una vida muy convencional –intervino Byrne, y apretó los labios con firmeza.

Ella abrió los ojos de par en par.

–No te avergüences, Byrne. En realidad eres un hombre espléndido –le dijo, consiguiendo que se asombrara de su facilidad para incomodarlo.

–Vaya, gracias, Antoinette. Pero recuerda que no me dedico a las jovencitas.

–Puedo decir, sin miedo a que me contradigas, que eso me excluye. Tengo veintidós años.

–Una edad considerable –contestó él, medio burlón y medio cariñoso.

–No pienso permitir que me trates como a una niña, Byrne.

–Mejor para ti. Estoy disfrutando con tu esfuerzo.

–¿Ah, sí? Creí que estabas intentando hacerme sufrir.

Eso hizo que cambiara de actitud.

–Perdona, Toni. No era esa mi intención.

–Claro, te perdono –mintió ella, deseando suavizar la tensión–. Siempre y cuando tengas algo muy presente.

–Por favor, no te aguantes las ganas de decirlo –sonrió, sirviendo otra copa de champán.

–No soy ninguna estúpida.

La miró con un destello de luz en sus ojos gris plata.

–Eso hace que seas doblemente peligrosa.

 

 

Toni esperó hasta que estuvieron en el aire para hablar.

–Tengo que admitir que me encanta el avión nuevo –dio un golpe con una uña perfecta en el brazo de su sillón–. ¿Qué pasó con el Beech Baron?

–Se lo vendí a Winaroo Downs. Era justo lo que querían.

–¿Y esto es un Super King Air?

–Sí. Con turbopropulsión. Hace una media de doscientos ochenta nudos. Un jet no me hubiera servido para mucho, es demasiado difícil encontrar lugares donde aterrizar. Este aterriza en cualquier sitio, como el Baron, y eso es lo que necesito. Últimamente vuelo mucho, visito otras propiedades, voy a reuniones…

–Debe de haber sido carísimo –dijo Toni. Millones. Probablemente cinco o seis.

–No es un lujo, Toni, no es un juguete de hombre rico. Es una necesidad. Una forma de vida. Puede llevar a diez pasajeros cómodamente, además del piloto y el copiloto. Muchas veces llevo el pasaje completo. Sobre todo ganaderos. Les encanta viajar cómodamente.

–Como si yo no lo supiera –dijo ella mirando el paisaje–. Nunca me canso de volar. Es como un milagro.

–¿Sabes que Kerry tuvo que deshacerse del Cesnna? –preguntó mirándola con intención.

–Por supuesto –se mordió el labio–. Por mucho que papá y Kerry trabajaran, siempre había contratiempos.

–Y encima Zoe se llevó el mejor trozo del pastel –reflexionó él sin poder evitar la amargura.

–No sé nada de eso, Byrne.

–Claro que lo sabes. ¿Por qué mentir?

–Papá nunca discutió la asignación con ninguno de nosotros. Tenía trece años cuando Zoe se marchó, ¿recuerdas? Kerry acaba de terminar el colegio. Papá intentó protegernos.

–Entonces discúlpame. Tampoco le gustó nada que te fueras con tu madre.

–Sufrió mucho, pero, como me quería, cedió.

–¿Nunca se casó con el hombre con quien se escapó? –preguntó Byrne tras una larga pausa–. ¿O acaso no era lo suficientemente rico?

Ella miró por la ventana. El cielo era de un azul vívido, moteado con un velo de nubes.

–Algo así.

–¿Cuánto tiempo llevabas con tu madre cuando Van Dantzig desapareció?

–Fue horrible, Byrne.

–Ya me imagino –dijo, sintiendo un profundo deseo de protegerla–. Debió de ser una pesadilla para una bella jovencita.

–No tenía nada que temer. Lloré un poco cuando Zoe y Rolf rompieron. Zoe ya había conocido a Claude. Él decidió convertirla en una gran dama. Eso le gustó.

–Vaya, vaya –dijo, chasqueando la lengua–. ¿Cómo conseguiste aguantar todos esos líos?

–Soy infinitamente más madura que mi madre –replicó ella con sencillez.

–¿Por eso te quedaste? ¿Para protegerla? –preguntó, mirándola con perspicacia.

–Y tú que creías que iba como loca de aquí para allá. De hombre en hombre, de fiesta en fiesta, de droga en droga –dijo, mirando burlona su duro y atractivo perfil. Él lo notó.

–Vi a tus colegas del hotel.

–¿Qué colegas? –preguntó, parpadeando confusa.

–Esos dos que se morían por tener tu dirección.

–¡Ah, ellos! –exclamó Toni, dejando caer los hombros con desaliento–. Te encantó pensar que soy una linda cabecita hueca, ¿verdad?

–Sé perfectamente que no lo eres –negó. Estaba claro que era ingeniosa, inteligente y con valores personales.

–Les estuve dando consejos para su visita a la Gran Barrera de Coral. Son americanos, e iban en esa dirección.

–¿No te invitaron a ir?

Diablos, estaba haciendo lo imposible por provocarla.

–Bueno, sí, lo intentaron. No es ningún secreto que los hombres están convencidos de que las rubias saben disfrutar de la vida.

–A mí me parece bastante correcto –sonrió Byrne, y fue como si un rayo de sol iluminara su cara, normalmente oscura e impertérrita.

–¿No tuviste una novia bastante alocada una vez? –contraatacó Toni, intentando recuperarse de la impresión que le había causado su sonrisa.

–Lo dudo, Toni. Las mujeres alocadas no son de mi estilo.

–Pues a mí me parece recordar una. ¿Hettie?, ¿Lettie? Era una morena alta y guapa, que no tenía pelos en la lengua.

–Creo que te refieres a Charlotte Reardon –dijo, endureciendo la mirada de sus ojos gris plata.

–Sí, Lottie. Todo el mundo decía que era una libertina.

–¿Qué demonios te propones, Toni? –inquirió, enarcando la ceja.

–Solo quería ver si podía tomarte el pelo –bromeó ella.

–Será mejor que esperes a conocerme un poco mejor.

–Te conozco de toda la vida –dijo ella. Pero nunca lo había considerado un reto, como en ese momento.

–No de cerca –repuso él, entrecerrando los ojos–. Dime, ¿para qué has vuelto a casa en realidad? –inquirió, sabiendo que era una pregunta bastante agresiva.

–Para acompañar a Kerry, por supuesto. Para ser parte del cortejo de Cate. Es un honor.

–¿Qué va a hacer Zoe sin ti?

–Zoe ha tomado su decisión, Byrne. Va a casarse con Patrick. Yo no puedo hacer nada.

–Pero ¿te preocupa? –preguntó, intentando atravesar sus defensas.

–Quizás. A Zoe le encantan las bodas. Toda la excitación y el glamour. Ese ambiente mágico que se respira. No suele pensar en lo que ocurrirá después.

–Entonces, puedes considerar que fue un milagro que aguantara tanto con tu padre.