La mujer más hermosa - Margaret Way - E-Book
SONDERANGEBOT

La mujer más hermosa E-Book

Margaret Way

0,0
2,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 2,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Al bajar del avión en el desierto australiano, Sienna Fleury sintió que había llegado a casa. El impresionante paisaje despertó su sensibilidad artística, pero lo que más la atrajo del lugar fue Blaine Kilcullen, el hombre que lo dirigía todo. Blaine, un ganadero adinerado, tenía montones de mujeres dispuestas a llamar su atención, pero ninguna le había interesado tanto como Sienna. Con sus ojos de color ámbar y su cabello caoba, era la mujer más atractiva que había conocido nunca. Sin embargo, no debía olvidar que estaba allí representando a la esposa de su hermano fallecido para reclamar la fortuna de los Kilcullen…

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 171

Veröffentlichungsjahr: 2011

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56 28001 Madrid

© 2011 Margaret Way, Pty., Ltd.

Todos los derechos reservados.

LA MUJER MÁS HERMOSA, N.º 2418 - septiembre 2011

Título original: Her Outback Commander

Publicada originalmente por Mills and Boon®, Ltd., Londres.

Publicado en español en 2011

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios.

Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-9000-730-3

Editor responsable: Luis Pugni

Epub: Publidisa

Inhalt

Capitulo 1

Capitulo 2

Capitulo 3

Capitulo 4

Capitulo 5

Capitulo 6

Capitulo 7

Capitulo 8

Capitulo 9

Promoción

CAPÍTULO 1

Vancouver. Canadá

ÉL LA reconoció en cuanto ella entró en el recibidor del hotel. El portero le había sujetado la puerta con una amplia sonrisa en el rostro. ¿Quién podía culparlo? Una mujer como aquélla provocaba sonrisas. Pero lo que no comprendía era cómo podía estar tan seguro de que era ella. ¿Intuición? Se había creado una imagen mental de ella en base a la descripción que Mark le había dado a su madre, Hilary, en una carta que le envió después de haberse casado con la chica canadiense.

Pero la descripción de Mark no le hacía justicia. Era preciosa. Y siempre lo sería. Y de ella irradiaba un aire refinado. Iba muy arreglada y se notaba que era estilosa. Se había quedado viuda hacía poco tiempo y era evidente que su apariencia camuflaba el vacío de la mujer que era en realidad.

Él había elegido un lugar donde pasar inadvertido para esperarla porque pensaba que así tendría una pequeña ventaja al verla antes de que ella pudiera verlo a él. De ese modo podría hacerse una idea mejor acerca del tipo de mujer con el que Mark se había casado. En aquellos momentos se encontraba incapaz de contrastar la realidad con la descripción que le había dado su hermano. ¿Dónde estaba su cabello rubio? Y ¿no se suponía que era una mujer menuda? Era cierto que llevaba zapatos de tacón y ya se sabía que las mujeres cambiaban de color de pelo a menudo.

Él sabía que no se había equivocado de mujer a pesar de que hubiera muchas discrepancias. Aquélla tenía que ser Mandy, la viuda de Mark. No tenía aspecto de Mandy, ni de Amanda. Eran nombres bonitos pero no le pegaban. ¿Quizá fuera una de las bromas de Mark? Mark siempre había mentido, y ya desde la infancia contaba medias verdades en las que enredaba a todo el mundo. Incluso su padre le había confesado una vez que temía que Mark se convirtiera en un sociópata. Cuando a Mark se le ocurría algo no había nada que lo detuviera. Nunca se había preocupado por los demás y había sido muy egocéntrico.

¿Y en cuanto a su gusto por las mujeres? Mark sólo se había interesado por las chicas guapas bien dotadas. El resto de cualidades, como por ejemplo la ternura, el compañerismo, la espiritualidad o la inteligencia, le parecían mucho menos importantes. A Mark siempre le habían gustado las chicas glamurosas. Marcia, su hermana gemela, siempre las había llamado cabezas huecas, a excepción de Joanne Barrett, la novia que Hillary había elegido para su hijo y quien Mark había abandonado cruelmente. La mujer con la que finalmente había elegido casarse se salía de la norma.

Al ver que ella se detenía y miraba a su alrededor, él se puso en pie y levantó la mano para identificarse.

Ella no sonrió al verlo.

Él tampoco sonrió después.

Su corazón estaba paralizado ante tanta frialdad.

Ella se acercó a él, mirándolo como si no fuera consciente de las miradas de admiración que recibía por parte de hombres y mujeres. Pero probablemente estaba tan acostumbrada que ni siquiera se percataba de ello.

Por desgracia, él no tendría tiempo de hacer turismo en Vancouver, una bonita ciudad rodeada de mar y montañas, pero admitía que en un lugar tan frío no se encontraba cómodo. En el exterior, lejos de la calefacción central que había en el hotel, el aire era gélido. Él nunca había estado en un lugar tan frío, ni siquiera cuando había pasado algún invierno en Europa. Había nacido y se había criado en un rancho de Australia al borde del Simpson, uno de los desiertos más grandes del mundo. Y había ido allí por un motivo concreto: preparar el cuerpo de su hermanastro para llevarlo a casa e invitar a la viuda de Mark a que regresara con él a Australia, para que asistiera al funeral y conociera por fin a la familia. La familia que ella había decidido ignorar durante los dos años que había durado su matrimonio.

Él no creía que continuara ignorándolos. Para empezar, Mark le había dejado un legado considerable. Y muy poca gente rechazaba el dinero. Además, algunas personas merecían saber por qué Mark había actuado como lo había hecho. La primera, Hilary, su madre. Después Marcia, su hermana gemela, y también Joanne. Él no necesitaba ninguna explicación. Los comportamientos de Mark nunca lo habían sorprendido. Ni tampoco a su difunto padre, que había pasado los dos últimos años de su vida inválido debido a una fractura de columna que no había mejorado tras dos operaciones. Para empeorar las cosas, su padre había sufrido un extraño tipo de amnesia tras el accidente. No recordaba nada acerca del día en que lo tiró su caballo, a pesar de haberse criado en una montura y de ser un jinete experto.

Ella caminó hacia él con calma, a pesar de que por dentro no estaba nada calmada. Aquél era Blaine Kilcullen. El hermano de Mark. Ella lo habría reconocido aunque él no hubiera levantado la mano para identificarse. Era una mano autoritaria. La mano de un hombre acostumbrado a conseguir la atención de manera inmediata. Sin embargo, su gesto no le parecía arrogante. Era un hombre alto. Mucho más alto que Mark. Y tenía anchas espaldas y piernas esbeltas. Estaba en forma y tenía un cuerpo escultural. Pero también Lucifer había sido un ángel antes de la caída.

El comentario de repulsa que Mark había hecho hacia su hermano invadió su cabeza.

«Tan atractivo como Lucifer e igual de mortal».

Lo había dicho con rabia, e incluso odio. Mark había sido un hombre que podía ser encantador y, al minuto, se volvía frío como un témpano. Y resultaba imposible saber cuál había sido el motivo para el cambio.

Mark había dicho que su hermano era la causa de gran parte de la infelicidad y el dolor que sentía.

«Blaine fue el motivo por el que tuve que marcharme. Dejando mi casa y mi país. Mi padre murió, pero mucho antes de morir me rechazó, por culpa de Blaine y de su carácter manipulador. Blaine estaba decidido a deshacerse de mí y lo hizo de la peor manera posible. Envidiaba el amor que mi padre sentía por mí. Y al final, mi padre me desplazó. Nunca era lo bastante bueno. Nunca daba la talla. La nieve tendrá que cubrir el desierto de Simpson antes de que vuelva a dirigirle la palabra a mi hermano», recordó sus palabras.

Por desgracia, Mark consiguió su deseo. Al menos en parte. El destino lo obligó a no volver a hablar a su hermano. Y había muerto en la nieve. Sufrió un accidente de esquí al chocarse con un árbol mientras bajaba por un fuera de pista. Amanda y ella lo presenciaron. Y nunca conseguirían olvidarlo. Pero a Mark le gustaba comportarse de manera temeraria, como si fuera un adolescente. ¿Quizá el hecho de tener que demostrar constantemente que era superior a su hermano había determinado su actitud? A veces ella temía que él pudiera suicidarse. Desde luego, tenía motivos. Pero entonces se convenció de que estaba exagerando. Después de todo, no era psiquiatra.

–¿Amanda? –el ranchero extendió su mano bronceada.

Había llegado el momento de contar otra de las historias de Mandy. Llevaba tantos años cubriendo a su prima que empezaba a cansarse.

–Lo siento, señor Kilcullen –le estrechó la mano con firmeza y se sorprendió al ver cómo reaccionaba su cuerpo. Intentó disimular su reacción con una explicación–. Me temo que no había tiempo para informarlo. Soy Sienna Fleury, la prima de Amanda. Amanda me pidió que viniera en su lugar. Tiene migraña. Las sufre a menudo.

–Comprendo.

Muy educado. Pero ella no tenía problema para leer su mente. Mostraba indiferencia hacia la mujer con la que Mark se había casado. Y rechazo hacia la familia Kilcullen.

–Por favor, permítame que le ofrezca mis más sinceras condolencias –dijo ella–. Mark me caía bien –no era verdad, pero nunca le había gustado hablar mal de los muertos. Al principio había tenido que hacer un gran esfuerzo para que Mark le cayera bien. Él siempre había tenido algo en su mirada que la incomodaba. Amanda, sin embargo, se había enamorado locamente de él, así que al rechazar a Mark la familia sabía que equivaldría a rechazar a Amanda. Algo que ella no podía hacer después de haber cuidado a Amanda durante años como si fuera su hermana mayor.

–Gracias, señorita Fleury –su humor se suavizó al oír aquella voz encantadora. Su acento canadiense era tranquilizador. Al mirarla, recordó que Hilary le había contado que la manera de hablar de la dama de honor de Amanda le había parecido extraña. ¿Sería posible que ella fuera la dama de honor? Aquella mujer había pasado de ser la viuda de Mark a ser la posible dama de honor de Amanda.

Sienna percibió su cambio de actitud y se preguntó a qué sería debido. Para Mark, sus hermanos eran enemigos y, por eso, Amanda no se había puesto en contacto con la familia de su difunto esposo, ni se había esforzado en reconciliarse con ella. Incluso se había empeñado en no avisarlos de que Mark había sufrido un accidente mortal. Pero eso iba contra las normas de comportamiento. Sienna había contactado con su padre, Lucien Fleury, uno de los artistas más famosos de Canadá, para suplicarle que realizara la llamada que Amanda no quería, o no podía, realizar.

–Siempre ha sido problemática, ¿verdad? Pobrecita Mandy.

Amanda era su sobrina. Su hermana Corinne y su marido habían fallecido en un accidente de coche cuando Amanda tenía cinco años. Los padres de Sienna, Lucien y Francine, habían adoptado a Amanda y la pequeña se había criado con Sienna, que era dieciocho meses mayor y con su hermano Emile, quien se había convertido en un famoso arquitecto e interiorista.

La voz grave de Blaine Kilcullen interrumpió su pensamiento.

–¿Te apetece una copa antes de cenar? –dijo él, sin revelar lo que pensaba acerca de ella y de su papel de sustituta de la viuda de su hermanastro.

–Me parece bien –¿qué más podía decir? Él le parecía tan sobrecogedor como Mark había dicho. Pero debía dejarle libertad de acción. Aquéllos no eran tiempos felices.

***

Cuando llegaron al lujoso salón, él la ayudó a quitarse el abrigo y lo dejó en el respaldo de la silla junto a la bufanda amarilla que ella llevaba alrededor del cuello. Había pasado bastante tiempo desde que ella había estado en aquel hotel del centro de Vancouver. El hotel era famoso por su estilo europeo.

Él le sujetó la silla. Ella se sentó y se atusó el cabello.

–¿Qué quieres tomar? –apartó la mirada de su larga melena y miró hacia la barra del bar.

–¿Quizá un cóctel de brandy? –en realidad no le apetecía tomar nada.

Él decidió tomar un coñac.

Ella lo observaba con su mirada de artista, pero tratando de que no resultara evidente. A sus veintiséis años ya había realizado varias exposiciones de arte. También era una fotógrafa con talento, aunque su primer trabajo era dirigir la galería de arte que su padre tenía en Vancouver y controlar la que tenía en Toronto y la que tenía en NuevaYork. ¿Y qué opinaba sobre el hombre que tenía delante? Blaine Kilcullen, un ganadero australiano, era el hombre más atractivo que había visto nunca, incluso a pesar de la expresión seria de su rostro. Pero podía ser que estuviera penando la muerte de su hermano. ¿Remordimientos amargos? ¿Pensamientos acerca de lo que pudo haber sido?

Vestía un traje negro con una corbata de seda de rayas de color azul cobalto y plateadas. Ella pensó que probablemente estuviera igual de elegante vestido con la ropa tradicional de ganadero. Sus piernas largas y su cuerpo delgado formaban una silueta perfecta. Lo sorprendente era que Mark no se parecía en nada a su hermano. Mark tenía el cabello castaño claro y ojos oscuros. Aquel hombre tenía el cabello espeso y las cejas de color negro. Sin embargo, sus ojos tenían el brillo del hielo cuando le da el sol.

Les sirvieron las bebidas y ella se preparó para lo que tocaba después. La conversación sería difícil. Lo más irónico era que ni siquiera era su problema. Amanda era la viuda de Mark. Era ella quien debía asistir a esa reunión, con un miembro de la familia de Mark. Pero Amanda había empleado el viejo truco. Con el paso de los años se había vuelto una artista a la hora de ponerse enferma. Todos le habían tolerado sus rabietas excusándola por haber perdido a sus padres, pero cuando llegó a la adolescencia se hizo evidente que le gustaba regodearse en sus sentimientos. Ese mismo día, había dicho con lágrimas en los ojos que no podría encontrarse con el hermano de Mark.

«Hablamos del hermano que trató de destrozarle la vida, Sienna. ¿Esperas que yo me fume la pipa de la paz con él? ¡De ninguna manera!», Sienna recordó sus palabras.

Mark había convencido a Amanda y a su familia de que odiaba a su hermano, culpándolo de haberlo desterrado de la casa de la familia Kilcullen. Al parecer, era un fuerte del desierto situado en medio de la nada. Ella había buscado la zona en Internet y había leído sobre los cambios sobrecogedores que ocurren en el desierto de Simpson después de la lluvia. Parecía fascinante.

Mark había pensado de otra manera.

–Canadá me gusta. Está suficientemente lejos, al otro lado del mundo –de vez en cuando Mark empezaba a discutir de forma acalorada y con mucha rabia. Una vez, Sienna le sugirió a Amanda que Mark necesitaba ayuda de un profesional, pero ella se puso histérica.

–¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves?

Sienna nunca volvió a mencionarlo.

Lo curioso era que Mark no había conocido a Amanda en Vancouver. Se habían conocido cuando Amanda y Sienna estaban de vacaciones en París. En aquellos tiempos, Mark trabajaba detrás de la barra de un hotel de lujo.

–Es un trabajo divertido. Además, me permite conocer un montón de chicas guapas.

Mark había vivido para divertirse, trabajando en cosas relacionadas con la hostelería y el sector servicios. Era un hombre muy atractivo, pero nunca se comprometía con nada. Amanda se había enamorado de él en muy poco tiempo.

Nadie se sorprendió demasiado cuando Mark las acompañó a casa casi un mes más tarde. Había conocido a sus familiares y ellos percibieron cierto desequilibrio en su persona, pero fueron tolerantes por respeto a Amanda. Ella no hizo caso a nadie, aunque habría sido una buena idea que los hubiera escuchado. Al cabo de seis meses, Mark y ella se casaron con una pequeña ceremonia. Por parte de Mark no asistió ningún invitado, aunque había bastantes Fleury y amigos para hacer una buena celebración. Más tarde se descubrió que Amanda estaba embarazada y no se lo había dicho a nadie. Por desgracia sufrió un aborto un mes después. Sin embargo, no volvió a quedarse embarazada durante el resto de su corto e infeliz matrimonio.

Sienna se preguntaba a menudo si ése era el motivo por el que Mark se había casado con Amanda, aunque era cierto que Amanda era muy guapa y podía ser muy agradable cuando quería. Sienna nunca había tenido la impresión de que Mark hubiese estado enamorado de su prima. ¿A lo mejor la había utilizado? La familia de Amanda era adinerada. Su padre era un artista famoso, su madre, dermatóloga y su hermano estaba a punto de convertirse en un diseñador famoso. Por ese motivo, a ella le iba bastante bien. Y a Mark nunca le había faltado el dinero. Al parecer, tenía dinero personal. Los trabajos que desempeñaba no eran más que hobbies. En un momento dado, él había intentado convencerla para que lo dejara trabajar con ella en la galería. Ella ni se lo planteó. No quería tenerlo cerca. Él la inquietaba. Un año después de la boda, él le había demostrado por qué. Ella no soportaba pensar en aquella tarde terrible y vergonzosa. Todavía la atormentaba. Desde aquella noche, ella lo odiaba…

***

Blaine Kilcullen continuaba hablando y la sacó de sus pensamientos inquietantes. –Espero que su prima se encuentre bien mañana para hablar conmigo, señorita Fleury. Necesito verla.

–Por supuesto –convino ella, pensando que se llegaría a la paz mundial antes de que Amanda saliera de la cama.

–¿Cuál es el verdadero motivo por el que no ha querido venir, señorita Fleury?

–Por favor, llámame Sienna –bebió un sorbo del cóctel. El efecto que aquel hombre tenía sobre ella la molestaba. Era como si tuviera magnetismo.

–Sienna –sonrió él–. Sienna es un nombre con fuerza. ¿Se inspiraron en el color de tu cabello? –posó la mirada sobre su larga melena. El color era sobrecogedor: una mezcla de rojo oscuro, ámbar y marrón cobrizo. Sus grandes ojos estaban rodeados de espesas pestañas. Su color recordaba al del jerez cuando se miraba a contraluz.

–Me lo puso mi padre –dijo ella con una sonrisa–. Al parecer, nada más nacer ya tenía el pelo de color siena. Es un pigmento para pintura. Mi padre es un artista bastante famoso, aquí en Canadá. Se llama Lucien Fleury –dijo con orgullo.

–Entonces, ¿fue tu padre el que llamó a la madre de Mark para informarla del accidente?

«La madre de Mark. ¿Y por qué no decía, «nuestra madre»?».

–Sí. Amanda estaba tan impresionada que tuvieron que sedarla –no era cierto. Amanda estaba ebria. Otra tapadera. Amanda tenía un problema con el alcohol.

–Creo que debería ver la obra de tu padre –dijo él–. Mi familia ha sido coleccionista desde hace años. Tengo una tía abuela, Adeline, que vive en Melbourne en una casa que es como un museo. Cuadros, esculturas, antigüedades, alfombras orientales y porcelana fina detrás de una vitrina. Cada vez que me ve me dice que me lo dejará todo.

–¿Y te satisface? –él era ganadero, un hombre de acción, aunque también un hombre de mundo–. No a todo el mundo le gustan esas cosas –ella tenía amigas a las que no le gustaba el arte ni las antigüedades, a pesar de que tenían dinero suficiente para comprar lo que quisieran.

Él apretó los labios y esbozó una sonrisa. Ella sabía que no estaba casado porque el tema había salido durante la conversación entre la señorita Hilary Kilcullen y su padre.

–En mi caso, sí me gustan. Pero quién sabe dónde irá a parar. Mi plan es deshacerme de las cosas menos valiosas. Tenemos mucha familia. Pero tú no sabrás nada acerca de ello.

–Por desgracia no –bajó la mirada–. Debo señalar que la viuda de tu hermano es Amanda.

–Hermanastro –la corrigió él con tono cortante.

Ella se sorprendió. Mark nunca se lo había contado.

–Mi madre murió de malaria cuando yo tenía seis años. Mi padre y ella estaban en una plantación de café en Nueva Guinea. Ambos se habían tomado el profiláctico pero, en el caso de mi madre no funcionó. Mi padre, sus amigos, y toda la familia quedaron destrozados. Todavía recuerdo a mi madre, aunque su imagen va cambiando a lo largo de los años. Es difícil olvidar cómo era. Mi padre encargó un retrato de ella a un famoso artista italiano para celebrar su matrimonio. Está colgado en el salón principal. Nunca lo han quitado.

¿Ni siquiera cuando la segunda esposa, la madre de Mark, ocupó su puesto? Eso no debió de resultar fácil para Hilary Kilcullen. Y hablando de cuadros, aquel ganadero también quedaría muy bien en un cuadro. Ella sabía que su padre podría retratarlo de maravilla, pero dudaba de que él estuviera dispuesto a hacer un encargo.

–Así que tienes un recuerdo permanente de tu madre –dijo ella, con compasión–. Siento que haya fallecido. Supongo que nunca se olvida a una madre. Yo estoy muy unida a la mía. No puedo imaginar la vida sin ella.

–Eres afortunada –dijo él, mirándola a los ojos–. Tienes a tu padre y a tu madre. Mi padre murió hace unos años.

Tal y como Mark le había dicho. Había decidido que Blaine Kilcullen era un hombre que mantenía el control, pero un gesto de dolor invadió su rostro.

–Según Adeline, mi padre se casó de nuevo para darme otra madre –no le contó que Adeline había dicho una niñera. Todo el mundo sabía que su padre se había casado con Hilary por conveniencia, aunque Hilary era la hija de unos amigos de la familia y había idealizado a Desmond Kilcullen desde hacía años.