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Cassie Collins había regresado a su ciudad y quería retomar la relación con sus antiguas amigas para así poder olvidarse de todos sus problemas. Pero los problemas aumentaron con la aparición del sexy Cole Davis, el padre de su hijo. Tras descubrir su secreto, Cole insistía en casarse con ella... si no, Cassie se arriesgaba a perder a su hijo y tener que entregárselo al poderoso clan de los Davis. El tiempo no había hecho desaparecer el odio que sentía por el hombre que la había traicionado diez años atrás... pero tampoco había enfriado la pasión que había entre ellos.
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Seitenzahl: 236
Veröffentlichungsjahr: 2013
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2001 Sherryl Woods. Todos los derechos reservados.
OTRA VEZ EL AMOR, Nº 58 - julio 2013
Título original: Do You Take This Rebel?
Publicada originalmente por Silhouette® Books
Publicado en español en 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-687-3464-4
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
El grueso sobre blanco tenía toda la formalidad de una invitación de boda. Cassie lo sopesó entre las manos y miró el matasellos. Winding River, Wyoming, su ciudad natal, el lugar en el que, en ocasiones, anhelaba estar en la oscuridad de la noche, cuando, en vez de su sentido común, escuchaba a su corazón, cuando la esperanza dejaba atrás los sentimientos de pesar.
Se decía que tenía que afrontar los hechos. Aquél ya no era su hogar. El mayor regalo que le había dado nunca a su madre había sido dejar la ciudad. Sus amigas del instituto, las integrantes del club de la Amistad, o el club de las Calamidades, como solían llamarse a sí mismas en honor a la facilidad que tenían para encontrarse con problemas y acabar con el corazón destrozado, estaban desperdigadas por todo el país. El hombre al que había amado... quién sabría dónde se encontraría... Lo más probable era que hubiera regresado a Winding River a ocuparse del rancho que era el legado de su poderoso y dominante padre. No había preguntado, porque hacerlo hubiera sido lo mismo que admitir que todavía sentía algo, incluso después de haberla dejado sola y embarazada.
A pesar de todo, no pudo evitar experimentar un sentimiento de anticipación al acariciar el sobre. Se preguntó qué sería lo que contendría. ¿Se iría a casar una de sus amigas? ¿Anunciaría acaso el nacimiento de un bebé? Fuera lo que fuera, seguramente le provocaría muchos recuerdos.
Al final, con cierto recelo, abrió el sobre y sacó las páginas que contenía. Con la misma intrincada caligrafía que adornaba el sobre se explicaba el motivo de la carta: dos meses después, a principios del mes de julio, se celebraría una fiesta para conmemorar los diez años de su graduación en el instituto. Las páginas adicionales contenían información sobre todas las actividades planeadas: un baile, un picnic, un recorrido por las nuevas instalaciones del colegio... Después, las celebraciones se culminarían con el desfile anual y los fuegos artificiales del Cuatro de Julio.
Su primer pensamiento fue para sus amigas del club de la amistad. ¿Asistirían todas? ¿Regresaría Gina de Nueva York, donde dirigía un elegante restaurante italiano? ¿Dejaría Emma unos días Denver y su fulgurante carrera en un prestigioso bufete? Aunque sólo estaba a poco más de cien kilómetros de allí, ¿podría Karen ausentarse de su rancho y dejar por unos días sus interminables y agotadoras tareas? Además, por supuesto, estaba Lauren, la estudiosa, que las había asombrado a todas convirtiéndose en una de las estrellas más taquilleras de Hollywood. ¿Regresaría a una pequeña ciudad de Wyoming para algo tan corriente como una reunión de antiguos alumnos?
Sólo la posibilidad de verlas a todas era suficiente como para que a Cassie se le hiciera un nudo en la garganta y le entraran ganas de llorar. Las había echado tanto de menos... Todas eran tan diferentes como el día y la noche. Sus vidas habían tomado caminos completamente opuestos, pero, de alguna manera, siempre se las habían arreglado para mantenerse en contacto, para seguir siendo como hermanas a pesar de la poca frecuencia con que hablaban. Todas se habían alegrado de los cuatro matrimonios que había habido, de los nacimientos de sus hijos, sobre los triunfos de sus carreras y habían llorado por los dos divorcios de Lauren y el de Emma.
Cassie daría cualquier cosa por verlas, pero no iba a poder ser. El mal momento en que se producía aquella reunión, el coste del viaje... No iba a poder ser.
–Mamá, ¿estás llorando?
Cassie se sobresaltó y miró a su hijo, que tenía el ceño fruncido.
–Claro que no –dijo, mientras se secaba la delatora humedad que tenía sobre la mejilla–. Se me debe de haber metido algo en el ojo.
–¿Qué son esos papeles? –preguntó el niño, tras mirarla con escepticismo.
–Cosas de Winding River.
–¿De la abuela? –quiso saber el niño, muy contento. La mirada se le había iluminado.
A pesar de su estado de ánimo, Cassie sonrió. Su madre, con la que siempre había tenido roces por una cosa u otra, era la persona a la que más adoraba su hijo, principalmente porque lo mimaba escandalosamente en sus infrecuentes visitas. También tenía el hábito de meter dinero para Jake en las cartas que, por obligación, le escribía a ella cada semana. Para su noveno cumpleaños, que había sido unos pocos meses atrás, le había enviado un cheque. El niño se había sentido muy mayor cuando lo llevó al banco para hacerlo efectivo.
–No, no es de la abuela. Es de mi instituto.
–¿Por qué?
–Tienen una reunión este verano y me han invitado.
–¿Y vamos a ir? –preguntó el niño, encantado–. Eso sería estupendo. Casi nunca vamos a ver a la abuela. La última vez, yo era un bebé.
En realidad, Jake tenía entonces cinco años. Cassie nunca había tenido valor de decirle que las visitas eran tan poco frecuentes porque su adorada abuela lo quería así. En realidad, nunca había desanimado a Cassie para que no fuera a Winding River, pero tampoco la había animado. Siempre había parecido más a gusto cuando era ella la que iba a visitarlos, lejos de las miradas de amigos y vecinos. Por mucho que Edna Collins amara a Jake, el hecho de que el niño fuera ilegítimo chocaba con sus valores morales y le echaba la culpa de todo ello a quien la tenía en realidad: Cassie. Nunca había dejado que aquello afectara a su relación con el niño.
–Lo dudo, cielo. No creo que me den permiso en el trabajo.
–Me apuesto algo a que Earlene te lo daría si se lo pidieras.
–No se lo puedo pedir. Estamos en medio de la temporada turística. El restaurante siempre está lleno en el verano, ya lo sabes. Es entonces cuando consigo las mejores propinas. Necesitamos todo el dinero que podamos conseguir, de todos los fines de semana, para poder pasar los meses de invierno, que son mucho más tranquilos.
Nunca le decía demasiado sobre su precaria situación económica al niño. No quería que un niño de nueve años tuviera que vivir con aquel peso sobre los hombros, pero también deseaba que Jake fuera realista sobre lo que se podían permitir y lo que no. Un viaje a Winding River, por mucho que los dos lo desearan, estaba completamente descartado. Era el dinero que perdía, y no el coste del viaje, lo que le impedía aceptar.
–Yo podría ayudar –dijo Jake–. Earlene me pagará por echar una mano cuando haya mucha gente.
–Lo siento hijo, pero no.
–Mamá...
–He dicho que no, Jake, y hemos terminado de hablar del asunto.
Para rubricar sus palabras, rompió en pedazos la invitación y la tiró a la basura.
Aquella noche, más tarde, se lamentó de aquel gesto tan impulsivo y fue a recoger los trozos, pero ya no estaban. Jake los había sacado de la basura, sin duda, aunque no podía imaginarse por qué. Por supuesto, Winding River no significaba lo mismo para ella que para el niño: equivocaciones, arrepentimientos y, si era completamente sincera consigo misma, unos cuantos recuerdos muy valiosos, aunque también muy dolorosos.
Su hijo no comprendía nada de todo aquello. Sólo sabía que su abuela estaba allí, la única familia que tenía aparte de su madre. Si Cassie hubiera sabido lo mucho que el niño echaba de menos a Edna o de lo que sería capaz para volver a verla, habría quemado la invitación sin ni siquiera abrirla.
Para cuando lo descubrió, Jake se había metido en más líos que los que nunca se habría podido imaginar y su vida estaba a punto de sufrir una de esas calamidades por la que sus amigas y ella eran famosas.
A sus diez años, Jake Collins no parecía exactamente un delincuente. De hecho, a Cassie le pareció que su hijo tenía todo el aspecto de un niño asustado cuando se sentó al otro lado del escritorio del sheriff. Los pies le colgaban de la silla a más de diez centímetros del suelo y tenía las gafas casi en la punta de la nariz. Cuando se las subió un poco, su madre pudo ver que tenía sus enormes ojos azules llenos de lágrimas. No obstante, resultaba algo difícil apiadarse de él.
–Lo que has hecho es muy grave –le dijo el sheriff Joshua Cartwright, con gesto muy grave–. Lo sabes, ¿verdad?
–Sí, señor –susurró el niño, asintiendo al mismo tiempo con la cabeza.
–Has robado.
–No les robé nada a esas personas –replicó el niño, levantando la cabeza con indignación.
–Te quedaste con su dinero y no les enviaste los juguetes que les habías prometido –le espetó Joshua–. Hiciste un trato con ellos, pero no mantuviste tu parte. Eso es lo mismo que robar.
Cassie sabía que la única razón por la que el sheriff no era más duro con Jake era por Earlene. Ella dirigía el restaurante en el que Cassie trabajaba y Joshua la había estado cortejando durante los últimos seis meses, desde que Earlene había conseguido reunir el valor para echar a la calle a su borracho marido. El sheriff se pasaba mucho tiempo en el restaurante y, por lo tanto, sabía que Earlene protegía a Cassie y a Jake como si estos fueran hijos suyos. De hecho, en aquellos momentos, Earlene estaba a la puerta del despacho para enterarse de por qué Joshua tenía allí a su niño preferido.
–¿De cuánto dinero se trata? –preguntó Cassie, temiendo la respuesta.
–De dos mil doscientos cincuenta dólares y algunos centavos –dijo el sheriff, leyendo el total del informe que tenía encima de la mesa.
Cassie contuvo el aliento al oír aquella cantidad.
–Tiene que haber un error. ¿Quién enviaría tanto dinero a un niño que ni siquiera conocen? –preguntó.
–No se trata sólo de una persona, sino de docenas. Todos ellos pujaron en las subastas que Jake realizó en Internet. Cuando llegó el momento de enviarles los artículos, no lo hizo.
Cassie estaba asombrada. No sabía nada de Internet. ¿Cómo podía su hijo conocer lo suficiente para timar a la gente?
–La semana pasada, empecé a recibir llamadas de personas que afirmaban que alguien de esta ciudad les había timado –prosiguió el sheriff–. Tengo que confesar que, cuando la primera persona me dio el nombre, estuve a punto de caerme de la silla. Igual que tú, pensé que tenía que haber algún error. Al ver que las llamadas no cesaban de llegar, me imaginé que tenía que haber algo de verdad. Realicé indagaciones en la oficina de correos y Louella me confirmó que Jake había estado cobrando un buen montón de giros postales. No se le ocurrió preguntarse por qué un niño de su edad recibía tanto correo y mucho menos de aquellas características.
Tratando de no prestar atención al profundo dolor que sentía en el pecho, Cassie se enfrentó a su hijo.
–Entonces, ¿es cierto? ¿Has hecho tú todo eso?
–Sí, mamá –susurró el niño, bajando la cabeza.
Cassie miró a Jake. Sabía que su hijo era un niño muy inteligente y que el mal comportamiento de su hijo era conocido por todo el mundo, lo mismo que le había ocurrido a ella años atrás. Sin embargo, aquel suceso dejaba atrás las ocasionales peleas en el colegio o el hurto de un paquete de chicles. Sabía que su comportamiento había empeorado desde que le había dicho que no irían a Winding River durante el verano.
–¿Cómo has conseguido acceso a Internet? –le preguntó Cassie–. Nosotros no tenemos ordenador.
–En el colegio sí que lo hay. Me alabaron mucho por utilizarlo.
–Pues me parece que no lo harían ahora, cuando sepan que has estado timando a la gente en un sitio de subastas –dijo el sheriff secamente. Entonces, miró a Cassie–. Desgraciadamente, no hay nada que impida a un niño poner algo en la subasta. La mayoría de los sitios web esperan a recibir los comentarios de sus clientes para ver si los vendedores son honrados o no. Según tengo entendido, la mayoría de las subastas que realizó se produjeron con un día o dos de por medio, así que, cuando llegaban los comentarios negativos, ya era demasiado tarde porque él tenía el dinero. El gerente del sitio web me llamó esta mañana por la gran cantidad de quejas que había recibido.
–¿Qué clase de juguetes les prometías a esas personas, Jake? –preguntó Cassie, incrédula. La cantidad de dinero que su hijo había estafado era mucho más de lo que ella ganaba de propinas en varios meses.
–Cromos de béisbol, tazos de Pokémon, juguetes poco frecuentes... Parece que había estado estudiando antes el sitio web y conocía perfectamente los objetos que estaban a la venta y los que más dinero podrían reportarle.
–¿Y dónde está ese dinero? –quiso saber Cassie.
–Lo he estado ahorrando –explicó Jake, con una mirada intensa en el rostro–. Para algo verdaderamente importante.
–¿Ahorrándolo?¿Dónde lo tienes?
–En mi caja de metal.
–¡Oh, Jake! –exclamó la madre, sabiendo que todos los amigos de su hijo tenían acceso a aquella caja.
–Está a salvo –afirmó el niño–. La escondí donde nadie pudiera encontrarla.
–¿Por qué has tenido que hacer algo como esto? –dijo Cassie, sin comprender–. Seguro que sabías que estaba mal. No lo entiendo. ¿Por qué necesitabas tanto dinero? ¿Es que querías comprarte un ordenador con él?
–No. Lo hice por ti, mamá.
–¿Por mí? –repitió Cassie, escandalizada–. ¿Por qué?
–Para que pudiéramos ir a Winding River para tu reunión y tal vez quedarnos allí durante mucho tiempo. Sé que te gustaría mucho, aunque digas que no. Además, echo de menos a la abuela...
–Oh, hijo, ya lo sé –suspiró Cassie–. Y yo también, pero esto... esto no está bien. El sheriff tiene razón. Es robar.
–No es que le haya quitado mucho dinero a alguien –insistió el niño, testarudamente–. Sólo me pagaron dinero por unos cromos y unos juguetes. Además, probablemente los habrían perdido de todos modos.
–No se trata de eso –dijo Cassie, muy impaciente–. Te dieron dinero para que se los entregaras. Tienes que devolverles el dinero, a menos que tengas los juguetes que les prometiste –añadió, sabiendo que aquello era muy poco probable–. Sheriff, ¿hay un listado de las personas implicadas?
–Por supuesto. Y, por lo que yo sé, está completo.
–Si Jake envía el dinero y escribe una nota de disculpa a cada uno de ellos, ¿se podría solucionar todo?
–Me imagino que la mayoría de la gente estará dispuesta a retirar los cargos cuando reciban el dinero y se enteren de lo que ha pasado. Creo que la mayoría de ellos se sentirán bastante estúpidos cuando se den cuenta de que han estado tratando con un niño.
–Eso espero.
Cassie no quería imaginarse dónde podría acabar su hijo si seguía así. Aquélla no era la primera vez que se creía estar fallando en la educación de su hijo, igual que le ocurría a la mayoría de las madres solteras. Cassie había aceptado que no sería fácil criar a su hijo cuando tomó la decisión de tenerlo ella sola, sin ningún familiar que la ayudara.
Tal vez no tuvieran mucho dinero, pero Jake era un niño muy querido. Ella tenía un trabajo fijo que cubría sus necesidades básicas. En realidad, había muchas influencias positivas en su vida. Sin embargo, había heredado la brillantez de su padre y la capacidad de su madre para meterse en líos. Evidentemente, era una combinación peligrosa.
–Si me das esa lista de nombres, Jake escribirá las notas esta misma noche. Mañana por la mañana, te las traeremos con el dinero.
–Pero, mamá... –dijo el niño, en tono de protesta. Al ver la mirada que le dedicaba su madre, las palabras se le helaron en los labios.
–Jake, ¿podrías esperar fuera con Earlene durante un momento? Me gustaría hablar con tu madre.
El niño se bajó de la silla y, con una última mirada, salió de la sala. Cuando se hubo marchado, Joshua volvió a mirar a Cassie.
–Ese niño tuyo es muy travieso –dijo.
–Ya lo sé.
–¿Has pensando alguna vez en volver con su padre? A mí me parece que le vendría muy bien tener la influencia de un hombre.
–Ni hablar –replicó Cassie, fieramente.
Tal vez Cole Davis fuera el hombre más inteligente y sexy que había conocido en toda su vida. Tal vez fuera el hijo del ranchero más importante de Winding River. Sin embargo, no se casaría con él aunque fuera la última oportunidad que tuviera para escapar de los fuegos del infierno. La había convencido para que se metiera en la cama con él cuando Cassie tenía dieciocho años y él veinte, pero una vez que había conseguido lo que deseaba, había desaparecido. Había regresado a la universidad sin ni siquiera despedirse de Cassie.
Cuando ella descubrió que estaba embarazada, el orgullo le impidió localizar a Cole y suplicarle que la ayudara. Decidió marcharse de Winding River. Su reputación estaba hecha pedazos, pero había decidido construir una vida decente para su hijo y para ella en algún lugar en el que las personas no estuvieran esperando siempre lo peor de ella.
En realidad, les había dado causas más que suficientes para que así fuera. Había sido rebelde desde el momento en que descubrió que romper las reglas era mucho más divertido que obedecerlas. Le había dado disgustos a su madre desde que tenía dos años y había descubierto que su palabra favorita era «no» hasta la adolescencia, cuando no había sabido decir «no» cuando era necesario.
Si había problemas en la ciudad, Cassie era la primera persona a la que todos miraban. Su embarazo no había sorprendido a nadie. En vez de disponerse a soportar las miradas de todos, había decidido huir.
En los años que habían transcurrido desde entonces, había ido pocas veces a ver a su madre y nunca había preguntado por Cole o su familia. Si su madre sospechaba quién era el padre de Jake, ella nunca lo había admitido. Cassie sentía que su hijo era sólo de ella y se enorgullecía de haberlo criado sola. Por eso, le había dolido especialmente la implicación de Joshua de que no podía hacerlo por sí misma.
–¿Me estás diciendo que Jake no habría hecho esto si su padre hubiera estado con él? –le gritó–. ¿Y qué habría hecho él que no haya hecho yo? Le he enseñado a Jake que robar está mal y créeme cuando te digo que le castigaré por esto.
–No te estaba criticando. Los niños se meten en líos incluso cuando cuentan con los mejores padres, pero los niños necesitan una figura masculina como referente.
–Te tiene a ti, Joshua –replicó Cassie–. Desde que vienes a cenar al restaurante ha estado pasando mucho tiempo contigo. Te admira. Si hay alguien que represente la autoridad, la ley y el orden para él, ése eres tú, ése eres tú. ¿Le ha servido eso de algo?
–Tienes razón. ¿Vas a hacer ese viaje del que Jake estaba hablando? Evidentemente, es algo que el niño desea mucho.
–No veo cómo vamos a poder hacerlo.
–Por lo que dijo él, me pareció que era cuestión de dinero, por lo que es algo que se puede solucionar. Earlene y yo...
–No pienso aceptar dinero de vosotros –replicó ella, con fiereza–. Earlene ya ha hecho bastante por mí.
–Creo que deberías reconsiderarlo. Mira, Earlene me mataría si supiera que te estoy sugiriendo esto, pero creo que deberías pensarte lo de quedarte en Winding River cuando regreses allí.
–¿Nos estás echando de la ciudad?
–No, no, nada tan dramático –respondió Joshua, sonriendo–. Sólo estaba pensando que sería una buena idea que Jake tuviera más familia a su alrededor, más personas que se ocuparan de él y que pudieran darle más estabilidad a su vida. Sería una gran ayuda para ti y tal vez serviría para evitar que se metiera en más líos. Esta última travesura no puede olvidarse tan fácilmente como algunas de las otras. A veces hasta los niños necesitan volver a empezar. He oído cómo le decías a Earlene los disgustos que les da a sus profesores en el colegio. Tal vez un ambiente completamente nuevo, en el que nadie espere lo peor de él, lo ayudaría a tranquilizarse. Es mejor tratar de hacerlo ahora que cuando sea un adolescente y los problemas puedan hacerse más serios.
–Lo sé –dijo Cassie, derrotada. Ella sabía muy bien el valor del volver a empezar. Sin embargo, no todo era tan fácil como Joshua quería pintárselo–. Lo pensaré. Te lo prometo.
Volver a Winding River para una reunión escolar era una cosa. Regresar a la ciudad en la que Cole Davis y su padre regían era otra muy diferente. Desgraciadamente, parecía que las circunstancias, y el bienintencionado sheriff, no le iban a dar mucha elección.
–¡Maldita sea, muchacho! Cada día me estoy haciendo más viejo –gruñó Frank Davis, sobre un plato de huevos y jamón–. ¿Quién va a dirigir este rancho cuando yo muera?
Cole dejó el tenedor encima de la mesa y suspiró. Su padre y él llevaban al menos ocho años teniendo la misma discusión.
–Yo creía que para eso estaba yo aquí –dijo Cole–. Para que pudieras descansar eternamente sabiendo que el rancho seguía en manos de los Davis.
–Tu corazón no pertenece a este lugar –se lamentó el padre–. Todo esto se podría desmoronar ante nuestros ojos sin que tú le prestaras ninguna atención. Te pasas la noche encerrado en ese despacho tuyo, con ese ordenador tan moderno. No me puedo imaginar qué puede haber de fascinante en una pantalla en la que aparecen un montón de tonterías.
–El año pasado, esas tonterías consiguieron tres veces más dinero que este rancho –señaló Cole, aunque sabía que no impresionaría a su padre.
Si algo no era ganado o tierras, Frank Davis no confiaba en ello. Cole se había cansado de esperar que su padre se sintiera orgulloso de sus logros en el mundo de la tecnología. Conseguía más alabanzas cuando negociaba el precio del ganado en el mercado.
–Lo único que tengo que decir es que, si hubiera sabido lo que sé ahora, no me habría apresurado tanto a hacer que rompieras con esa chica, Collins. Tal vez ahora ya habrías sentado la cabeza. Tal vez tendrías un poco de respeto por el rancho que comenzó tu bisabuelo.
Cole no quería seguir hablando sobre aquello. Recordaba demasiado claramente lo que había ocurrido en el momento en que su padre supo que Cassie y él estaban saliendo. Había recogido las cosas de Cole y lo había mandado a la universidad semanas antes de que comenzara el curso.
De lo que siempre se arrepentiría era de que no había habido nada que él pudiera hacer al respecto. En aquellos momentos, había deseado demasiado ir a la universidad. Un diploma era lo que podría alejarlo del mundo del rancho. Le había enviado una nota a Cassie explicándoselo todo y suplicándole que lo comprendiera. La respuesta de ella había sido muy concisa. Le dijo que no importaba, que podría hacer lo que más le conviniera. Ella tenía la intención de seguir con su vida.
La ironía del destino había hecho que, justo cuando terminaba de obtener su diploma, su padre había sufrido un ataque al corazón y le había suplicado que regresara a casa. Y allí estaba, pasándose los días en el rancho que odiaba y las noches en los programas informáticos que tanto amaba. Sin embargo, no era tan horrible como podría haber sido. La realidad era que podía diseñar sus programas en cualquier lugar, aunque fuera una pequeña ciudad que le evocaba recuerdos a cada instante.
Para cuando regresó a Winding River, Cassie Collins se había marchado y nadie le decía adónde. Hasta entonces, la madre de la joven había sido muy amable con él, casi sustituyendo a la que él había perdido a una temprana edad. Sin embargo, cuando había ido a verla tras regresar a la ciudad, Edna Collins le había dado con la puerta en las narices. Cole no había comprendido por qué, pero había decidido no preguntar.
A lo largo de los años, había oído el nombre de Cassie asociado con hechos salvajes y arriesgados que habían sido exagerados por el tiempo. Había hablado con las mejores amigas de ella cada vez que éstas pasaban por la ciudad, pero había llegado a la conclusión de que si él hubiera significado algo en su vida, Cassie habría respondido a la carta de un modo diferente. Tal vez sólo había considerado lo suyo como un amor de verano. Tal vez sólo había sido él quien lo había considerado algo más. Fuera como fuera, lo mejor era dejar las cosas como estaban. Seguramente ella estaría felizmente casada.
Tenía que reconocer que su romance con Cassie había estado condenado desde el principio. Los dos eran como la noche y el día. Hasta que se conocieron, Cole había sido un chico muy estudioso y tímido. Sólo una innata habilidad para los deportes y el apellido David lo habían hecho popular.
Cassie, con su calidez, exuberancia y mentalidad arriesgada, había despertado algo salvaje en él. Cole hubiera hecho cualquier cosa con tal de ganarse una de sus hermosas sonrisas. El verano que pasaron juntos había sido lo mejor de su vida. Sólo recordar los momentos que pasaron juntos era suficiente para despertar en él más deseo que cualquier mujer de carne y hueso.
Decidió que debía dejar todo aquello atrás. Aquellos días habían terminado hacía mucho tiempo. Era mucho mejor no remover el pasado.
–¿Y bien? –le preguntó su padre–. ¿Es que no tienes nada que decir al respecto?
–Déjalo estar, papá. El modo más rápido de librarte de mí es empezar a hablar del pasado.
–He oído que ella va a regresar a la ciudad para esa reunión que el instituto ha organizado. ¿Te parece que esto es hablar del presente?
A Cole no le gustó el modo en que su pulso reaccionó al oír aquellas noticias. Lo había animado casi tanto como que le hubieran dicho que su compañía había tenido más ingresos que Microsoft.
–Eso no tiene nada que ver conmigo –insistió.
–No está casada –replicó su padre. Aquella vez, Cole tuvo que admitir que el corazón había empezado a latirle a toda velocidad–. Y tiene un hijo que está criando ella sola.
–¿Sabes una cosa? Creo que te has equivocado de profesión. Deberías haber fundado un periódico. Pareces conocer todos los chismes de la ciudad.
–¿Me estás diciendo que no te interesa?
–Exactamente –mintió Cole, sin titubear.
–En ese caso, de acuerdo. ¿Qué te parece si echamos una partida de póquer esta noche? Podría llamar a algunos hombres. Hacer que vinieran dentro de una hora.
–¿Y por qué se te ha ocurrido eso? –le preguntó Cole, mirándolo con sospecha ante el rápido cambio de conversación de su padre.
Frank Davis sonrió.
–Porque un hombre que puede mentir con la soltura con la que tú lo haces debería utilizar ese talento apostando dinero en los juegos de cartas.
Mientras Jake y ella conducían en dirección a Winding River dos meses después, Cassie no podía olvidar las palabras de Joshua Cartwright. Volver a su casa, aunque fuera temporalmente, no era tan sencillo como él lo había hecho parecer. Precisamente, se había negado a llevarse todas sus cosas. Ya tendría tiempo de hacerlo si decidía quedarse.
